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13/1/23

Žižek: Meloni, Isabel II, la película La Mujer Rey, y las protestas generalizadas en Irán tras el asesinato de Mahsa Amini, son cuatro acontecimientos con mujeres como protagonistas que reflejan rasgos esenciales del panorama político actual... El papel central de las mujeres en el moviminento de derechas en Europa todavía no ha recibido la atención que se merece... Las lideresas de derechas como Meloni y Marine Le Pen se presentan como alternativas más sólidas a los tecnócratas masculinos tradicionales... encarnan un fascismo con rostro humano... La monarquía irradia compasión, amabilidad y patriotismo... los monarcas representan no la trascendencia de la ideología, sino más bien la ideología en su forma más pura... La Mujer Rey es una película de épica histórica sobre las agojie, una unidad de guerreras que protegió el reino africano occidental de Dahomey, también trata de la lógica política de la monarquía, la forma de feminismo preferida por la clase media liberal occidental... condenarán sin tapujos todas las formas de lógica binaria, patriarcado y trazas de racismo en el lenguaje cotidiano, pero se cuidarán mucho de perturbar las formas de explotación más profundas... en cambio Las masivas protestas en Irán tienen una significancia histórica mundial, ya que combinan distintas luchas (contra la opresión a las mujeres, la opresión religiosa y el terrorismo de estado) en una unidad orgánica. Si bien ha movilizado a millones de mujeres de a pie, habla de una lucha mucho más amplia, y rehúsa la tendencia antimasculina que suele haber en el feminismo occidental... lo que está ocurriendo en Irán es algo que todavía está por acontecer en el mundo occidental desarrollado, en que se están acelerando las tendencias hacia la violencia política, el fundamentalismo religioso y la opresión de las mujeres... somos nosotros quienes tenemos que aprender de los iraníes si hemos de tener alguna posibilidad de confrontar la violencia y la opresión de derechas en Estados Unidos, Hungría, Polonia, Rusia y tantos otros países... Todo el parloteo relativista sobre especificidades y sensibilidades culturales ha dejado de tener significancia. Podemos y debemos ver la lucha de los iraníes como sinónimo de la nuestra. No necesitamos lideresas femeninas ni Mujeres Reyes, sino mujeres que nos movilicen a todos en torno a consignas como “mujer, vida, libertad” y contra el odio, la violencia y el fundamentalismo

  "Mujer, vida, libertad y la izquierda.

 Cuatro acontecimientos con mujeres como protagonistas han llegado a los titulares noticiosos durante el último mes: la electoral de Giorgia Meloni en Italia, de la Reina Isabel II, el estreno de la película La Mujer Rey y las en Irán tras el asesinato de Mahsa Amini por parte de la policía de la moral de ese país. Si se las toma en conjunto, esas cuatro historias reflejan rasgos esenciales del panorama político actual.

En momentos en que la izquierda no ha podido ofrecer una respuesta adecuada a la crisis de la democracia liberal, no cabe sorprenderse por el ascenso de nuevos gobiernos de derechas en Europa. Pero el papel central de las mujeres en este movimiento todavía no ha recibido la atención que se merece. 

Las lideresas de derechas como Meloni y Marine Le Pen en Francia se presentan como alternativas más sólidas a los tecnócratas masculinos tradicionales. Encarnan tanto la dureza derechista como características que, por lo general, se asocian con la femineidad, como el énfasis en los cuidados y la familia: un fascismo con rostro humano.

 Ahora pensemos en el espectáculo televisado del funeral de Isabel II, que subrayó una interesante paradoja: a medida que el estado británico se ha ido alejando de su pasado estatus de superpotencia, la capacidad de su familia real de inspirar ensueños imperiales no ha hecho más que aumentar. No deberíamos descartar esto como una ideología que enmascara relaciones de poder reales. Más bien, las fantasías monárquicas son ellas mismas parte del proceso por el cual se reproducen las relaciones de poder. La muerte de Isabel II nos recordó la distinción moderna entre reinar y gobernar, con la primera hoy confinada únicamente a deberes ceremoniales. 

Se espera que el monarca irradie compasión, amabilidad y patriotismo, y que se mantenga alejado de los conflictos políticos. Como tales, los monarcas representan no la trascendencia de la ideología, sino más bien la ideología en su forma más pura. Durante siete décadas, la función de Isabel II fue ser el rostro del poder estatal. Puede que la coincidencia de su fallecimiento con el ascenso al poder de la Primera Ministra Liz Truss haya dependido mucho de la contingencia, pero también ha sido profundamente simbólica del paso de Reina al de Mujer Rey. 

(...) La Mujer Rey de Gina Prince-Bythewood también trata de la lógica política de la monarquía: una película de épica histórica sobre las agojie, una unidad de guerreras que protegió el reino africano occidental de Dahomey entre los siglos diecisiete y diecinueve. La actriz Viola Davis representa el papel de Nanisca, una general de ficción, subordinada solo al Rey Gezo, figura histórica que gobernó Dahomey de 1818 a 1859, y que participó en el comercio de esclavos africanos hasta el final de su reinado.

En la película, entre los enemigos de las agojie se encuentran comerciantes de esclavos liderados por Santo Ferreira, personaje ficticio basado vagamente en Francisco Félix de Sousa. Pero, de hecho, de Sousa fue un comerciante de esclavos brasileño que ayudó a Gezo a llegar el poder, y Dahomey fue un reino que conquistó otros estados africanos y vendió como esclavos a sus pueblos. Aunque Nanisca aparece protestando frente al rey contra el comercio de esclavos, las agojie históricas en realidad lo apoyaron.

Así, La Mujer Rey promueve una forma de feminismo preferida por la clase media liberal occidental. Al igual que las actuales feministas del #MeToo, las guerreras amazonas de Dahomey condenarán sin tapujos todas las formas de lógica binaria, patriarcado y trazas de racismo en el lenguaje cotidiano, pero se cuidarán mucho de perturbar las formas de explotación más profundas que sustentan el capitalismo global moderno y la persistencia del racismo.

 Esta postura implica atenuar la importancia de dos hechos básicos acerca del esclavismo. Primero, los tratantes blancos de esclavos apenas tuvieron que pisar suelo africano, ya que los africanos privilegiados (como el reino de Dahomey) les proveían de un amplio suministro de esclavos frescos. Y, en segundo lugar, el comercio de esclavos estaba generalizado no solo en África occidental, sino también en sus áreas del este, donde los árabes esclavizaron a millones de personas y donde la institución duró más que en Occidente (Arabia Saudí no lo abolió formalmente sino hasta 1962). 

 En efecto, Muhammad Qutb, hermano del intelectual musulmán egipcio Sayyid, defendió intensamente el esclavismo islámico de las críticas occidentales. Argumentando que “el islam dio dignidad espiritual a los esclavos”, contrastó el adulterio, la prostitución y el sexo ocasional (“esa forma tan odiosa de animalismo”) que había en Occidente con “el vínculo puro y espiritual que une a una doncella [una chica esclava] con su amo en el islam”. 

 Todavía se pueden escuchar esos planteamientos en algunos eruditos salafistas conservadores, como el Jeque Saleh Al-Fawzan, miembro de la más alta entidad religiosa de Arabia Saudí. Pero uno no los conocería si solo escuchara a los liberales occidentales de clase media. Por fortuna, los vínculos históricos del islam no tienen por qué obstaculizar el potencial emancipatorio de las sociedades musulmanas.

 Las masivas protestas en Irán tienen una significancia histórica mundial, ya que combinan distintas luchas (contra la opresión a las mujeres, la opresión religiosa y el terrorismo de estado) en una unidad orgánica. Irán no es parte del Occidente desarrollado, y el eslogan de los y las manifestantes “Zan, Zendegi, Azadi” (“mujer, vida, libertad”) no es una mera imitación del feminismo occidental o el #MeToo. 

Si bien ha movilizado a millones de mujeres de a pie, habla de una lucha mucho más amplia, y rehúsa la tendencia antimasculina que suele haber en el feminismo occidental. Los hombres iraníes que cantan “Zan, Zendegi, Azadi” saben que la lucha por los derechos de las mujeres lo es también por su propia libertad, y que la opresión de las mujeres no es más que la manifestación más visible de un sistema de terrorismo de estado más amplio.

 Más aún, lo que está ocurriendo en Irán es algo que todavía está por acontecer en el mundo occidental desarrollado, en que se están acelerando las tendencias hacia la violencia política, el fundamentalismo religioso y la opresión de las mujeres. En Occidente no tenemos derecho a tratar a Irán como un país que intenta desesperadamente ponerse al día con nosotros. Más bien somos nosotros quienes tenemos que aprender de los iraníes si hemos de tener alguna posibilidad de confrontar la violencia y la opresión de derechas en Estados Unidos, Hungría, Polonia, Rusia y tantos otros países. 

Cualquiera sea el resultado inmediato de las protestas, lo crucial es mantener vivo el movimiento mediante la organización de redes sociales que sigan operando de forma subterránea en caso de que las fuerzas de la opresión estatal logren una victoria temporal. No basta con expresar simpatía o solidaridad con los y las manifestantes iraníes, como si pertenecieran a una cultura exótica y distante. Todo el parloteo relativista sobre especificidades y sensibilidades culturales ha dejado de tener significancia.

 Podemos y debemos ver la lucha de los iraníes como sinónimo de la nuestra. No necesitamos lideresas femeninas ni Mujeres Reyes, sino mujeres que nos movilicen a todos en torno a consignas como “mujer, vida, libertad” y contra el odio, la violencia y el fundamentalismo."               (

25/2/21

Lucia Etxebarria: Cuando empecé a oponerme a la ley trans pensaba que la gente caería en la cuenta de la burrada que es esa ley. Todas vosotras habéis sido testigos de la campaña de acoso y derribo que he sufrido. No puedo salir sola. Mi hija ya ha sido identificada y tiene que ir y volver del instituto en una zona complicada. Como sabeís, soy epiléptica. Tras varias crisis fui al médico y salí con diagnóstico de depresión y ansiedad generalizada reactiva. Y con la recomendación expresa de que dejara las redes. Por esta razón me parece que voy a tener que dejar Twitter definitivamente. Las que podéis aguantar, hacedlo por mí, por favor...

Lucia Etxebarria @LaEtxebarria
23 feb.

 Queridas compañeras Ultimamente me veis muy poco por Twitter, y me parece que voy a tener que dejar Twitter definitivamente, así que antes de hacerlo os voy a explicar el porqué. Entra hilo

1. Cuando empecé a oponerme a la ley trans pensaba, en mi ingenuidad, que la gente se tomaría el trabajo de leer el borrador de la ley y que inmediatamente caería en la cuenta de la burrada que semejante ley sin pies ni cabeza significa.

2. No caí en la cuenta de tres cosas

- Que España es el país con el indíce lector más bajo de Europa

- Que hay intereses económicos detrás de esta ley

- Que gran parte de los 451 millones del Ministerio de Igualdad están destinados a campañas de propaganda política

3. Todas vosotras habéis sido testigos de la campaña de acoso y derribo que he sufrido. Todo por ejercer un DERECHO DEMOCRÁTICO, como es el de criticar un borrador de ley DE FORMA RACIONAL, desde los datos y a estadística

4. A todas nosotras nos han amenazado. Vosotras leeis cada día los mensajes que recibo. Insultos y amenazas. Pero hay una diferencia entre vosotras y yo. En mi caso se sabe donde vivo, y se me reconoce por la calle. No tengo coche ni escolta, uso transporte público

5. Tengo llamaditas al telefonillo practicamente a diario. No puedo salir sola. Mi hija ya ha sido identificada y tiene que ir y volver del instituto en una zona complicada, y va y vuelve andando.

6. Como sabeís, soy epiléptica, y el estrés es nefasto para la epilepsia. Tras varias crisis fui al médico para ajustar la medicación. Y sucedió lo siguiente:

7. Salí con un diagnóstico de depresión y ansiedad generalizada reactiva. Y la recomendación expresa de mi médico de que dejara las redes. En mi estado no puedo estar leyendo insultos y amenazas cada día. Pero ahí no acaba la cosa

8. No me apetece contar la vida de mi hija, pero todos sabéis que padece una enfermedad. Esta enfermedad es comórbida con otras. Y esas enfermendades empeoran con el estrés.Mucho. No quiero daros el cuadro clínico de mi hija, porque es menor y tiene derecho a su intimidad

9. Pero su madre debe seguir trabajando porque alguien tiene que pagar la comida, la luz, el agua, y algunos gastos médicos que la Seguridad Social no paga.

10. El perfeccionismo y el mandato de género que recibí de mi educación católica ( "seguro que hay gente que lo pasa peor", " quejarse es de débiles", " ofrécele tu sufrimiento a Cristo" etc...) hicieron que no me diera cuenta de lo mal que estaba, o que no quisiera reconocerlo

11. El caso es que sí, estoy enferma. Me cuesta muchísimo levantarme de la cama, sufro ataques de ansiedad, lloro a la mínima, tengo unos dolores de cabeza que me están matando, apenas duermo. No puedo decir " todo esto me la sopla y soy muy fuerte". No lo soy.

12. Añadidle a esto que mi madre de 93 años padece deterioro cognitivo y que está internada. No en una residencia, en una clínica. Esa clínica es cara. Esto afecta mucho a mi familia. Y a mí.

13. Por esta razón me retiro una temporada. Pero os ruego, POR FAVOR, no paréis con la lucha. Podéis contar conmigo para cualquier cosa. Sea aparecer en medios de comunicación, sea diseñar acciones, sea unirme a ellas.

15. Recordad que a día de hoy Podemos es el partido con menor intención de voto (10,7%, según Electocracia) e Irene Montero la ministra peor valorada. Esto no va a durar toda la vida y lo que hacemos va calando, aunque en principio no se vea

16. Las que podéis aguantar, hacedlo por mí, por favor, no paréis. Este 8 de marzo debe quedar claro que no estamos de acuerdo con esta deriva peligrosa y totalitaria de " estás conmigo o estás contra mí, y si estás contra mí acabaré contigo".

Y muy especialmente a mis compañeras de @espaciofemrad y @espaciofemrad2: Vosotras tenéis mi contacto directo. Por favor, llamadme y hablemos.

Enormes besos a todas

Ps. El caso de Ana, En Albacete, acosada en su instituto y en toda la ciudad sin que nadie haya movido un dedo, solo porque criticó a la Ley Trans en twitter, es particularmente aterrador. Empezó cuando ella tenía 18 años

 10:25 a. m. · 23 feb. 2021
860 Retweets 551 Tweets citados 2.668 Me gusta

5/6/20

Una novelista en el huracán del MeToo. Mary Gaitskill da voz a los hombres acusados de abusos y a las mujeres que sintieron ambivalencia ante la ola de denuncias

"En el arranque de Esto es placer (Literatura Random House) Margot confiesa que ha dejado de hacerle gracia la vieja anécdota, con la que ella y su marido habían reído en tantas ocasiones, sobre su amigo Quin, un seductor y brillante editor británico afincado en Nueva York. 

Sofisticado, intenso y provocador, siempre al límite, Quin y su buena amiga Margot alternan sus voces en la narración de su estruendosa caída en desgracia por las denuncias de abusos que una serie de mujeres han presentado contra él. La escritora Mary Gaitskill (Kentucky, 65 años) se colocó en el ojo del huracán del MeToo y en apenas un centenar de páginas —en lo que le gusta definir más como cuento que como nouvelle—, no es que pusiera el dedo en la llaga, sino que se metió en la herida con un afilado bisturí. Sin que la temblara el pulso ha construido un memorable relato cargado de matices, grises y controversia.

 Empezó con Esto es placer a principios de 2018; había pasado un tiempo en Chicago con su madre muy enferma y se había perdido el arranque del tsunami de denuncias. “Cuando llegué a Nueva York vi que la mierda realmente había llegado al ventilador. Un amigo perdió su trabajo, y después a su mujer, al ser acusado por el MeToo. Yo no tenía ninguna duda de que se había propasado, lo había visto, pero no pensaba que había sido algo tan extremo. Tenía sentimientos encontrados”, explicaba en videoconferencia el jueves. En su libro decidió dar voz, desde la ficción, a quienes menos se escuchaba en aquel momento: los hombres acusados, y las mujeres que sentían cierta ambivalencia respecto del MeToo.

 Cuando saltaron las primeras denuncias, no faltaron voces que llamaban a todos, hombres y mujeres, a hacer balance y evaluar su responsabilidad en los abusos perpetrados. ¿La respuesta de Gaitskill fue este libro? “Algunos lectores piensan que el personaje de Margot es demasiado permisiva, yo no lo creo, es muy crítica y le echa muchas charlas a Quin. Un facilitador es alguien que no solo trata de ignorar el abuso, sino que de hecho ayuda a que ocurra como sucedió con la amiga de Jeffrey Epstein que le buscaba niñas. Él por cierto, hizo algo criminal, mientras que el protagonista de mi libro lo que hace puede ser a menudo detestable, manipulador y grosero, pero no delito”. 

La escritora, contenta con la recepción del libro, se refiere durante la videollamada a la diferencia entre un delito judicial y un crimen social, y a la idoneidad o no de determinada conducta. “No quería que hubiera villanos en el libro porque no me interesan. Mira, uno de los personajes acusa a Quin, y claramente le usa pero tengo simpatía por ella, cae bajo el embrujo de él y fueron amigos, él no se equivoca, pero luego se siente estúpida y rechazada”, señala. “Se deja llevar a un terreno sin darle importancia y entiendo su incomodidad más adelante. No es una villana pero él tampoco, porque ella entró al juego”.

 A Gaitskill le sorprende lo tajante de algunas opiniones. “La gente en blogs y chats, habla como si nunca jamás hubieran hecho nada desconsiderado. Cuando saltó el MeToo le dije a alguien que si esto iba de tratar de castigar a los que se han comportado como capullos ¡pues eso sería un montón de gente! Todos en un momento o en otro se han comportado de una forma grosera. Yo esperaba hasta que me acusaran a mí de acoso”, apunta, antes de añadir que nunca ha tenido nada con ningún alumno, pero alguna vez les ha abrazado, y “a veces he hecho comentarios, no de flirteo, pero sí con connotaciones sexuales”.

 Recuerda la escritora que una vez bromeó sobre las bonitas piernas de una alumna: al final de la clase le preguntó si tenía algo más que decir y, al responder ella que no, Gaitskill le dijo que, al fin y al cabo, sus piernas hablaban por ella. “Todos se rieron. No había mala intención pero ¿puede salir y decir que la acosé en clase?”, se pregunta. “Si se lo hubiera dicho de una determinada manera o criticara siempre su trabajo, podría haber sido algo francamente desagradable y ofensivo. No se ofendió porque ese no era el caso y lo dije de una forma ligera y juguetona”. 

Pero todo es susceptible de ser sacado de contexto, el contexto puede cambiar, la interpretación y percepción también, lo que hoy te hace gracia mañana ya no, y de todo esto escribe en Esto es placer. “Distinta gente tiene posturas diferentes sobre lo que es aceptable y lo que no, y es parte de lo que creo que hace que la vida sea interesante”, reflexiona y sonríe.

Desde que se estrenó en las librerías con Mal comportamiento en los ochenta, en novelas como Verónica —que será próximamente reeditada— y relatos como el que inspiró la película Secretary, Gaitskill no ha temido nunca llevar la contraria y meter su pluma en asuntos escabrosos para demostrar que ahí se puede hacer buena literatura. El sexo, el poder, la sumisión, la belleza, los excesos o la envidia han sido asuntos que ha tratado, esquivando clichés y respuestas sencillas. Sorprende verla al otro lado de la pantalla con gafas y una modosa camisa de algodón con bordados, en una habitación con muros blancos que ofrece pocas pistas sobre ella.

Gaitskill cuenta que intuía el MeToo. “Pasé unos años separada de mi marido, viviendo sola en Nueva York, y vi lo mal que se trataba a las mujeres. Era peor que cuando yo era joven. Había habido feminismo y las cosas supuestamente eran más igualitarias, y pensaba ¿pero qué es esto, mujeres inteligentes haciendo lo imposible por complacer a hombres que se portan horrible, en plan pasivo agresivo?”, señala. Para su sorpresa, luego, cuando llegaron las denuncias aquello le pareció también “fuera de foco”, le surgieron dudas, objeciones. “No me gusta ver el sexo demonizado. 

Si un hombre expresa su deseo y le dices que no y no hace caso, o te da un beso a la fuerza, eso es cruzar la línea y es un ataque sexual, me da igual que no haya violación propiamente, porque lo que ha hecho es perder el respeto. Pero me parece equivocado el énfasis en la pulsión sexual. La devaluación de la mujer toma muchas formas más sutiles, hay cosas más amorfas a través de las que se las empequeñece y desprecia, que no tienen que ver con el sexo”.

No ser víctima

La escritora no tiene duda de que Trump forma parte de la ecuación del MeToo — “la gente se siente frustrada y asustada y por eso hay menos margen para los matices; en el libro Quin dice si no puedes ir por el rey ve por el bufón”—. También siente que tiene una actitud distinta sobre el acoso respecto a mujeres más jóvenes. “¿Debería sentirme terriblemente ofendida porque un tipo trató de agarrarme o tocarme de determinada manera? No lo sé, y quizá mi postura prueba una falta de autoestima. Pero si no dices: ‘¡Para!’, ¿cómo esperas que sepa que no te gusta? Entiendo que puedes quedarte congelada, en shock, a mí me ha pasado de joven, pero no puedes dejarlo ahí”.

Sobre el revisionismo y las relecturas que surgieron a partir del MeToo, la novelista tampoco duda en señalar que prefiere que los hombres expresen su misoginia en literatura a que lo hagan en la vida real o a que sus colegas se autocensuren al escribir. “Mientras lo hagan de una manera artística y no sea un simple vómito me interesa. Me gustaría que las mujeres también lo hicieran, que no sintieran que tienen que agradar, que algunas veces hablaran de si sienten asco por el tipo que tienen al lado”.

En los 90 la escritora publicó un ensayo autobiográfico en Harper’s hablando de abusos titulado Sobre cómo no ser víctima. Ahora, quiso entrar en el tema desde la ficción, ¿por qué? “No he escrito un artículo sobre el MeToo porque es algo tan grande y hay tanta gente metida y todas las situaciones son distintas. Las acusaciones contra algunos hombres han sido totalmente correctas y ellos han sido castigados como debían y, otras veces, las mujeres han ido demasiado lejos y han usado el MeToo para ganar poder. Pero todo está bajo el mismo paraguas.

 En un relato puedes fijarte en un caso muy concreto y mirarlo con todo detalle”. No le importó a Gaitskill que el material de su ficción estuviera hirviendo: ella no cree en esa regla de que hay que esperar 60 años para escribir sobre un acontecimiento histórico, ni siquiera tiene claro que, transcurrido ese tiempo, alguien vaya a escribir sobre la ola del MeToo. ¿Su amigo, que en la vida real perdió empleo y esposa, leyó el relato? “Sí, no le gustó todo, pero me apoyó”.                  (Andrea Aguilar, El País, 31/05/20)

21/1/19

Lea Garofalo, la esposa del capo que se divorció y organizó la revolución contra la mafia calabresa

"En Calabria existe una expresión para aquellos que la mafia hace desaparecer sin dejar rastro: “lupara bianca” [escopeta blanca]. Esta forma de ocuparse de los chivatos, los enemigos o los incómodos, afecta sobremanera a las mujeres que por una u otra razón se cruzan con el crimen organizado. 

Tal y como cuenta en Las buenas madres (Ariel. 2019), Alex Perry, las únicas que han podido (y querido) plantar cara a la 'Ndrangheta tienen rostro femenino. Son sus madres, sus esposas, sus vecinas y sus hijas, y han vencido al miedo para acabar —en muchas ocasiones— fundidas a negro, en una oscuridad que no permite saber nada más de ellas.

Perry, un periodista de la revista New Yorker, ha dedicado años a excavar en la historia de una región aparentemente pobre, pero en la que viven 141 familias que se calcula que controlan gran parte del tráfico de cocaína y heroína europeo y blanquean decenas de miles de millones de euros, ya sea de sus propias actividades o de las otras mafias, como la rusa. 

Los tentáculos de la 'Ndrangheta abarcan los cinco continentes y controlan miles de comercios, empresas y tapaderas de todo tipo y pelaje. Sus orígenes son inciertos, pero nadie duda de su inmenso poder y del silencio que reina a su alrededor. Sin embargo, en la última década, las mujeres han capitaneado una revolución que ha hecho mella en una sociedad acostumbrada a ejercer de mono de Confucio: nadie oye o ve nada. Y el que lo ve, calla.

Las buenas madres escoge como núcleo narrativo y conceptual la historia de Lea Garofalo, la esposa de un capo de la mafia calabresa, que cansada de aguantar humillaciones y consciente del hecho de que nada cambia por sí mismo, decide abandonar a su marido y empezar a colaborar con la fiscalía antimafia. La decisión conllevaba una sentencia de muerte. 

De eso Garofalo fue plenamente consciente cuando comenzó su relación con Alessandra Cerreti, la poderosa fiscal, una mujer que creció en una Sicilia asediada por los asesinatos propiciados por mafiosos o las matanzas entre los propios integrantes de los distintas facciones de los sindicatos del crimen organizado. 

Cerreti indaga en la desaparición de Garofalo y por el camino se pregunta qué empuja a los calabreses de la 'Ndrangheta a eliminar con fiereza (incluso más de la acostumbrada) a sus esposas o sus hijas, como si nadie pudiera ser peor enemigo que ellas.

El autor, que ha indagado en la mafia de un modo casi intimista, hace algo más que contar la historia de Garofalo, Maria Concetta Cacciola o Giuseppina Pesce, mujeres que lo arriesgaron todo por aspirar a algo mejor, ya fuera libertad, verdad o justicia. Perry desmonta la presunta invulnerabilidad de un sistema en el que disentir significa perder la vida, literalmente.

“La 'Ndrangheta siempre había confiado en sus invenciones. Y una de sus invenciones más importantes era que no se podía plantar cara a la 'Ndrangheta. Y mucho menos una mujer", apunta el libro. "Lea Garofalo, Giuseppina Pesce y Maria Concetta Cacciola habían desenmascarado esa mentira. la reacción de la 'Ndrangheta había sido implacable: las mujeres debían morir. Y sus historias debían volver a escribirse”, cuenta Perry.

La mafia calabresa lograba que algunas se retractaran, asustaba a las demás y mantenía con las mujeres que formaban sus familias una relación como la que un negrero mantiene con su esclavo. Para Perry, y en términos puramente teóricos, no existe una diferencia visible entre el modo en el que el fundamentalismo islámico trata a las mujeres y la manera en la que la 'Ndrangheta hace lo propio: ninguna mujer puede moverse por sí misma, siempre deben acompañarlas hombres; muchas son maltratadas habitualmente y no tienen ni voz ni voto en su propia casa; hacer preguntas de más o no transigir puede costarles la vida. 

A pesar de ello, insiste el autor, nadie ha hecho más en los últimos tiempos por destruir el andamiaje criminal que sostiene a la mafia que las mujeres de Calabria. Nadie ha luchado tanto, perdido tanto y resistido tanto como ellas.

 El 19 de octubre de 2013, miles de personas rindieron homenaje a Lea Garofalo en Milán. Centenares de calabresas acudieron por su cuenta al acto. Al acabar, una mujer, esposa de un capo de la 'Ndrangheta, se presentó en una comisaría de la policia italiana. Quería declarar contra su marido. “Lea me ha enseñado a ser valiente. Lea me ha enseñado a tener coraje”.                (Toni García, El País, 17/01/19)

4/4/17

Sólo el 7,6% de los referentes culturales, humanísticos y científicos que aparecen en los libros de texto son femeninos

"HACE UN PAR de semanas asistí, maravillada, a la monumental manifestación feminista de Madrid del día 8 de marzo. Como poco éramos 60.000 o 70.000 personas, aunque la gran mayoría de los medios decidió ignorar semejante noticia. 

Y hubo récords históricos de participación en muchos otros puntos del planeta, desde la masiva movilización de Asunción (Paraguay) a los 300.000 manifestantes de Montevideo (Uruguay), según cifras de la policía. 

Algo ha sido distinto este año en el Día de la Mujer. Algo parece estar tomando forma en las calles y en los corazones. Hay un rearme del activismo frente a los vientos de violencia retrógrada que soplan por la Tierra. Creo que los ciudadanos empezamos a comprender que los logros democráticos están en peligro. (...)

Allí, en esa noche festiva y entusiasta, me sentí formar parte de una larguísima cadena. Viendo a las jóvenes que me rodeaban, comprendí que yo les estaba pasando el testigo. Fue conmovedor. (...)

Y es un testigo precioso y cargado de historia, aunque haya sido siempre una historia silenciada. Ana López-Navajas es una investigadora formidable de la Universidad de Valencia que publicó un estudio en 2014 en el que demostraba la ausencia de figuras femeninas en los contenidos de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). 

De hecho, sólo el 7,6% de los referentes culturales, humanísticos y científicos que aparecen en los libros de texto son femeninos: aprendemos una cultura y una ciencia sólo de hombres. Y no es porque no hayan existido mujeres extraordinarias a lo largo de la historia, sino porque el sistema patriarcal se ha encargado de borrar su memoria.

 Por eso López-Navajas lleva más de ocho años preparando una base de datos para incluir mujeres en los contenidos de la ESO, un trabajo monumental y épico por el que Ana acaba de ganar el premio Avanzadoras de Oxfam Intermón.

La importancia de esta base de datos es tal que puede dar un vuelco a nuestra concepción del mundo: “Por ejemplo, el nacimiento de la ópera va unido a Monteverdi, pero también a Francesca Caccini, conocida y famosa compositora. 

Ella fue la primera que sacó la ópera de Italia para representarla en Varsovia, y a partir de ahí empezó a difundirse. Fue Sophia Brahe la que realizó en su mayor parte –casi completamente– las tablas que después utilizó Kepler. La primera literatura de autor, más antigua que Gilgamesh y los Veda, es La exaltación a Inanna, de la sacerdotisa acadia Enheduanna, a quien también pertenecen las primeras notaciones astronómicas. 

Y hay un sinfín más. Tantas, que la historia tal como la conocemos se descompone”, explica Ana, que espera tener la base operativa el próximo verano. Unas chicas llevaban en Gran Vía este cartel: “Somos las nietas de todas las brujas a las que no pudisteis quemar”.

 En efecto. Y también de todas esas mujeres prodigiosas que contribuyeron al conocimiento y a la belleza del mundo y que fueron silenciadas por el patriarcado, de la misma manera que la mayoría de los medios de comunicación silenciaron las manifestaciones del 8 de marzo."               (Rosa Montero, el País Semanal, 26/03/17)

6/2/17

Mujeres kurdas: musulmanas, feministas y guerrilleras

 
Amenazadas. EI puso a las mujeres de las montañas del Kurdistán en la mira –considera que no aplican la ley del islam–, con lo cual viven bajo un peligro duplicado. Foto:Tomas Marchetta 

"Resistencia, autodeterminación y revolución. Bajo estas tres banderas, el pueblo kurdo defiende desde hace seis años el norte de Siria del violento embate perpetrado por el Estado Islámico (EI). Enmarcado en esta batalla, se encuentra aparejado el rol de la mujer kurda en las guerrillas. Kurdistán es una región de Asia Menor repartida entre Turquía, Irak, Irán y Siria, históricamente reclamada por los kurdos, conocidos como “la etnia sin Estado”.

Bajo una fachada wahabista (interpretación más conservadora del Corán), EI extiende una cruzada terrorista contra el “no musulmán” y el pueblo kurdo se encuentra dentro de sus objetivos a eliminar. Defensiva. Cuando EI invadió la ciudad de Kobane en Rojava, Siria, no fue el Ejército sirio quien defendió la soberanía. 

Las milicias armadas de autodefensa denominadas Unidades de Protección de las Mujeres (YPJ), una forma de organización femenina que nació en las montañas con el impulso del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), libraron un arduo enfrentamiento militar contra EI entre el 13 de septiembre de 2014 y el 15 de marzo de 2015, cuyo resultado fue la liberación de aquella ciudad.

Durante los combates, las milicianas jugaron un papel preponderante que “expuso a nivel mundial la lucha de las mujeres kurdas”, sostiene Leandro Albani, periodista y autor de Revolución en Kurdistán. Su participación en el conflicto armado fue vista como una ruptura contra el supuesto rol tradicional de la mujer en Medio Oriente. 

 Sin embargo, las mujeres guerrilleras dentro del movimiento kurdo no es algo que ha surgido en el último tiempo. El PKK impulsa un trabajo concreto para que los espacios de las combatientes y militantes sean respetados. Desde 1993, realizan congresos de mujeres para discutir las problemáticas de género y trazar políticas de igualdad.

En 1995, crearon la Unión de Mujeres Libres de Kurdistán y la primera unidad guerrillera integrada sólo por milicianas. En la actualidad, la guerrilla tiene sus propios campamentos y academias de formación integradas por mujeres. Esta característica no implica que a la hora de ir al combate lo hagan por separado de los hombres, o que no existan unidades mixtas.

 De hecho, una gran cantidad de organizaciones vinculadas al PKK están dirigidas por copresidencias –un hombre y una mujer–, elegidas en consenso dentro de sus respectivas bases. “El logro del movimiento de mujeres kurdas es romper con el patriarcado e incluir en su lucha a otras mujeres y hombres, además de la intensa formación que tienen”, afirma Soledad De Battista, periodista y representante en Argentina del Movimiento de Mujeres Libres de Kurdistán.

Igualdad. Este proceso no se encuentra aislado del Confederalismo Democrático, doctrina creada en 2005 por Abdullah Öcalan, presidente del PKK, cuyo fin es establecer autogobiernos autónomos y multiculturales con una fuerte democracia participativa. Plantea, por sobre todo, la igualdad de género, una economía alternativa basada en la redistribución, y el rechazo al sistema liberal y el capital financiero.

Con el triunfo en Rojava y la profundización del Confederalismo, las mujeres –como ya lo hacían en la guerrilla– pusieron en marcha órganos e instituciones manejados por ellas mismas, hasta el punto de tener una “policía de mujeres”. También, establecieron instituciones contra la violencia, grupos de estudios y círculos de discusión política.

Se trata de un proceso que ya está repercutiendo en Medio Oriente, como sucede dentro del pueblo yazidí o en ciudades árabes como Manbij, Siria, donde se abrieron escuelas de formación para mujeres.

Por otro lado, Zidane Zeraoui El Awad, investigador argelino del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey especializado en Medio Oriente, argumenta que “el rechazo a la modernidad capitalista no tiene nada que ver con el rol de las mujeres kurdas, sino que es la situación de conflicto y la vida en la montaña lo que le ha dado una presencia más activa a la mujer”.

El panorama político, militar y diplomático está plagado de dificultades. Lo que parece una innovadora visión política-social en Medio Oriente no resulta agradable para los gobiernos de Turquía, Estados Unidos y Arabia Saudita, inculpados por los kurdos de financiar a EI.

Tampoco para las monarquías del Golfo Pérsico, que ven en la liberación de la mujer un nuevo impulso a la Primavera Arabe.

“Los kurdos demuestran que se puede vivir diferente. La liberación de la mujer –concluye De Battista– y el Confederalismo Democrático debe repercutir en otros lugares, como Latinoamérica. Sería incurrir en un error grave pensar que la opresión sólo ocurre en Medio Oriente”.         (Tomas Marchetta, Perfil, 30/12/16)

19/5/15

Cuando las mujeres comienzan a distinguir entre las costumbres sociales y las realidades espirituales, algo revolucionario está ocurriendo

"El pasado 19 de marzo, cuando los titulares de prensa se hicieron eco de la muerte de una joven afgana, el mundo se dividió entre los escandalizados por las connotaciones heréticas de su supuesto delito y los horrorizados por la brutalidad del castigo que había recibido. 

Pero varias semanas después cambió la situación: la fisura se situaba entre los que se escandalizaban al enterarse de que las acusaciones de blasfemia eran falsas y los horrorizados al saber que, para empezar, se pudiera linchar a alguien por ese motivo.

¿Qué es peor, blasfemar contra el Corán o patear, golpear, quemar y asesinar a alguien dando por hecha esa blasfemia? ¿Dónde está verdaderamente el delito, en vender supersticiones en nombre de la religión o en vulnerar las convenciones culturales discutiendo con un clérigo por embaucar a los crédulos? 

¿Acaso la fe musulmana descansa principalmente en los textos fundamentales del profeta o en los comentarios de los hombres que los interpretan? ¿Tiene una mujer derecho a señalar la diferencia entre unos y otros? Desde el trágico final de Farkhunda la opinión pública ha oscilado de un lado a otro, poniendo de manifiesto que, en el mundo islámico, se ahonda cada vez más la brecha entre las mujeres y la jerarquía religiosa.

No es la primera vez que una mujer ha sido acusada de blasfemia por la ortodoxia, ni será la última. Y, a lo largo de la historia, tampoco ha sido la religión islámica la única en la que las mujeres se han llevado la peor parte de las violentas represalias del clero masculino. 

Consciente o inconscientemente, lo que líderes religiosos de toda laya han hecho realmente durante los últimos seis mil años al sancionar el sometimiento de la mujer es, más que difundir las enseñanzas espirituales del hinduismo, el judaísmo, el budismo, el cristianismo y el islam, fomentar arraigadas costumbres patriarcales. 

Pero la discusión registrada en Kabul el pasado marzo supone un auténtico movimiento sísmico en la ancestral historia de la desigualdad de género. Está directamente relacionada con la crisis de la modernidad que, iniciada a mediados del siglo XIX en Oriente Medio, ahora se está extendiendo por todos los países del mundo.

Lo que casi nadie sabe es que el crimen que tuvo lugar en Kabul, a plena luz del día y bajo la mirada de las cámaras de vídeo, estuvo precedido, hace más de ciento sesenta años, por otro registrado en medio de un sofocante secreto en Teherán. 

Una tórrida noche de agosto de 1852, una joven de talento, erudita y conocida por sus polémicas ideas, fue estrangulada en los alrededores de la capital persa y enterrada bajo un cúmulo de piedras. Creía que había que distinguir entre las verdades espirituales y las tradiciones supersticiosas. Su delito fue utilizar esas ideas para criticar al orden religioso de su tiempo. Se llamaba Tahirih Qurratu'l-Ayn.

En las escuelas teológicas de Kerbala y Nayaf, Tahirih era muy admirada por su elocuencia y conocimientos jurídicos, pero también había levantado ampollas dentro de la comunidad eclesiástica. En contra de las normas, había adoptado el papel de profesora, no de acólita, vulnerando además las costumbres al indicar a los alumnos que recalcaran su independencia espiritual luciendo indumentaria colorista durante el mes de Muharram. 

Lo peor de todo es que dio la vuelta al rol femenino al divorciarse de su marido y presentarse en público sin velo. Ante el horror y la indignación de la ortodoxia chií y suní, insistió en que había llegado el momento de anular la sharía.

Está claro que los más amenazados por esas ideas eran los clérigos. Al igual que el ulema de Kabul cuya reacción ante Farkhunda incitó a una frenética turba juvenil a cometer un horrendo crimen, el orden religioso de Irán se vio zarandeado por los argumentos de Tahirih, sintiendo que esa mujer cuestionaba peligrosamente su posición. 

Mientras ella fuera fuerte, ellos se sentirían débiles; mientras su popularidad aumentara entre las mujeres, ellos verían minada su influencia. Así que la vilipendiaron y difamaron, haciendo todo lo posible por cercenar su influencia y silenciarla. A la vista de ello, poco puede sorprender que acabara siendo estrangulada por difundir las heréticas enseñanzas del Bab.

Las fisuras que surgen entre las creencias personales y la tradición cultural siempre han sido un semillero de disyuntivas morales. Tahirih y Farkhunda podrían haber acatado las costumbres seculares y cerrar la boca; podrían haber aceptado el antiguo modelo femenino, evitando la confrontación con las autoridades religiosas. 

Pero insistieron en distinguir entre superstición e investigación racional, entre la letra y el espíritu del Corán. Y su coraje planteó cuestiones esenciales sobre la autoridad sacerdotal. Al principio, cuando se acusó a Farkhunda de quemar un Corán, se dijo que el hombre con el que había estado discutiendo era un “ulema”. 

Después, cuando quedó claro que de lo que había discutido con él era de la venta de talismanes y tawiz a los incautos, se le describió simplemente como un “ayudante” de la mezquita. Al final, cuando se determinó que la muchacha asesinada no había cometido ni apostasía ni blasfemia, los reporteros le convirtieron en un “buhonero”.

Y la mengua de categoría externa que fue experimentando este hombre anónimo no fue nada en comparación con su humillación interior. Fuera quien fuera, una muchacha le había superado con su argumentación; esa interlocutora conocía mejor que él el Corán y cuando la multitud se fue congregando a su alrededor atraída por la discusión, ese hombre debió de enfrentarse a un terrible dilema. 

Podía perder su reputación, su forma de ganarse el sustento y probablemente la vida, o darle la vuelta a la situación y acusar a esa mocosa que le superaba en conocimientos sagrados de cometer la blasfemia en la que él estaba incurriendo. Optó por lo segundo.

Independientemente de que vivamos en Kabul o en Nueva York, la relevancia de la disyuntiva moral salta a la vista, porque atraviesa el cuerpo de la mujer actual, dejando patente la violación de sus derechos. 

Cuando las mujeres comienzan a distinguir entre las costumbres sociales y las realidades espirituales, algo revolucionario está ocurriendo. Cuando cuestionan la autoridad de los líderes religiosos para inmiscuirse en su vida personal, en sus relaciones íntimas, en su derecho a trabajar, a viajar, en los derechos legales sobre sus hijos, está teniendo lugar una redefinición de la fe que va más allá de cualquier manifestación externa de liberación.

Es la misma revolución que tuvo lugar en Turquía este mismo año, cuando, contraviniendo de manera flagrante las costumbres, las mujeres de la provincia meridional de Mersin, con el rostro embadurnado de pintura roja, se negaron a que los hombres tocaran el ataúd de Özgecan Aslan, la estudiante de psicología de veinte años que, después de ser violada por un grupo de hombres en un autobús, fue asesinada a puñaladas y quemada. 

Esta revolución la plasmaron de nuevo las afganas que, cubriéndose con la máscara ensangrentada que representaba el rostro de Farkhunda, rompieron con la tradición al rechazar la presidencia del ulema en Kabul e insistir en ser las únicas portadoras del féretro durante el entierro de la asesinada. 

Esas mujeres seguían el ejemplo de Tahirih. Su capacidad para distinguir entre las creencias y las convenciones culturales, entre la fe y la costumbre, es un símbolo de nuestro tiempo. Ellas se encuentran en la encrucijada de un cambio con inmensas repercusiones para todos."               

(  , El país,   9 MAY 2015 , Bahiyyih Nakhjavani es escritora. Autora de los libros La fábula de la alforja robada y La mujer que leía demasiado. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo)

18/11/12

“No soy propiedad de nadie. No somos animales”

"Sus manos pequeñas pero fuertes revelan muchos otoños de siembra y recogida de lo que da la tierra. Pero Rosa Ojeda, de 50 años, es más que una campesina de una zona rural de Perú. 

Su defensa por el derecho de las mujeres a ser dueñas de los terrenos que trabajan y que por tradición heredan los hombres, ha derivado en una lucha personal por la igualdad de género en su país. Desde la niñez ha buscado la independencia.

 Empezó vendiendo quesos con nueve años para tener sus propios recursos, en contra de la voluntad de su padre. Hoy es vicepresidenta de la Federación Nacional de Mujeres Campesinas, Artesanas, Indígenas, Nativas y Asalariadas del Perú. En el tiempo transcurrido entre estos dos momentos vitales Ojeda ha nadado a contracorriente, superando tradiciones machistas que no entiende ni le gustan, algunas todavía por erradicar.

“Lo más doloroso es que no podamos poseer la chacra (terreno en el campo)”, lamenta. Ojeda habla con ternura de las papas que cultiva en las tierras que le dejaron sus padres al fallecer y de las que sus hermanos se desentendieron. Y critica que el entrante (pescado) no esté acompañado de patatas como sí se hace en Perú. 

Ella suele cocinar en casa y lo sabe bien. Encargarse del hogar es uno de los tres roles que cumple la mujer en su país, sobre todo en las zonas rurales, explica. Los otros dos son el campo y el reproductivo. 

Pero ella se cansó hace tiempo de que la mujer tenga que ser sumisa en la cama. “Yo no soy propiedad de nadie. No somos animales”, se queja. Sus ideas y su lucha le han costado el rechazo de su esposo y de alguno de sus hijos. “El impuesto es caro, pero lo pago por todas”, llora.

Ojeda no tuvo oportunidad de cursar más allá de la primaria. “La educación estaba reservada a los varones”, afirma, “pero yo era inquieta y me ayudé a mí misma”. De adulta, casada y con cinco hijos, empezó a estudiar por las noches. Primero cursos de capacitación de trabajadoras rurales; después, enfermería.

 “Capté que la formación era importante para las mujeres”. Aunque ganó algunas batallas en solitario en su provincia —buscando apoyos de puerta en puerta— para desarrollar programas de enseñanza para sus vecinas, sabía que sola no podría cambiar las cosas. 

Por eso se involucró en diferentes asociaciones hasta que en 2006 se creó la federación de la que hoy es vicepresidenta. “Ya estamos en 16 regiones y aglutinamos a 126.000 mujeres”, detalla orgullosa."     (El País, 09/11/2012)

10/3/10

Feminismo

"Ahora bien, mientras que la idiosincrasia nacionalista es difícilmente conjugable con el concepto moderno de ciudadanía, el imperante feminismo de la diferencia constituiría una especie de perversión identitaria con respecto a las aspiraciones cívicas que inspiraron al feminismo clásico.

Al igual que el nacionalismo excluyente o cualquier otra ideología que establezca distinciones ontológicas entre los seres humanos, lo que define al feminismo radical es su sectarismo. Lo expresa muy bien Odo Marquard: "Buscan chivos emisarios, diablos generados desde dentro, humanos-no humanos, a los que cuelgan el blasón de ser los autores de la infelicidad en la historia, de modo que los agentes del progreso puedan estilizarse como exclusivos portadores de la felicidad, o sea, como salvadores". La propia denominación "violencia de género" proyecta una sombra de sospecha sobre cualquier individuo por su mera pertenencia a un determinado sexo. La prueba: la exclusión de las estadísticas oficiales de las víctimas que pertenezcan al sexo masculino o a los colectivos de gays y lesbianas.

Si el nacionalismo es, en definición de Santayana, "la indignidad de tener un alma controlada por la geografía", el feminismo, en su formulación más identitaria, consistiría en tenerla dominada por el sexo. Los individuos devienen, así, arquetipos: simplificaciones más o menos estereotipadas en las que cualquier rasgo de singularidad se convierte en la expresión de una imperfección o deficiencia que debe ser suprimida. Por eso, aunque este tipo de perspectivas introducen una dimensión de anomia que perjudica la salud democrática de toda la sociedad, quizá sus víctimas más directas sean, paradójicamente, las propias mujeres.

Al confundir igualdad con homogeneidad, el feminismo feroz interpreta que cualquier opción personal que no comulgue con sus parámetros supone una agresión potencial contra las determinaciones convencionales de la Idea. El pretexto de Procusto será, a tales efectos, la apelación a la dignidad, que no es nunca la dignidad de las personas concretas, sino la que totémicamente le es asignada al ídolo ideológico por la minoría sacerdotal que custodia sus esencias: quien domine el arquetipo tendrá el poder de decretar qué es lo bueno y qué es lo malo. (...)

Como en toda ideología cerrada se juega con dos recursos cardinales: en primer lugar, la descalificación integral de cualquier crítica que venga a poner en evidencia la naturaleza de sus excesos. El segundo, es la conminación a que cualquier diferencia, por razonable que pueda ser, debe ser silenciada para no hacer el juego a aquello que se pretende combatir. Afirmar, por ejemplo, que no todo vale para combatir la "violencia de género", supone la acusación fulminante de ser al menos cómplice, cuando no instigador de la misma." (MANUEL RUIZ ZAMORA: Feminismos. El País, ed. Galicia, opinión, 01/03/2010, p. 29)

15/5/08

Contra el poder, contra la pederastia

“Lydia Cacho (México DF, 1963) ha radiografiado la violencia de género y también investigó en 2005 una red de pederastia con grandes empresarios y políticos encharcados. El reportaje acabó en libro: Los demonios del poder. Desde entonces, un infierno eterno de amenazas.

… dos veces un "si llego a vieja"...) un esfuerzo titánico por resistir. "Como de niña, me dan ganas de decir 'no juego más' y salir corriendo; pero es vital para mi comunidad seguir, debo procesar emocionalmente que estoy en un lugar del que no puedo salir. El tequila ayuda. ¿Vamos a por café?". Todo parece irreal, fugaz, en el comedor acristalado. ¿Bromeaba con la bebida? ¿Ya ha acabado de comer? Discurso y manos hipnotizan.

"Nadie puede quedarse con la idea de que los hombres son animales torpes dirigidos por sus penes por la excitación que les provocan las mujeres", había arrancado de buena mañana. ¿Sabemos del origen de esa violencia? "Claro: es la construcción de las ideas".

“…se rearma para hablar del secuestrador austriaco Fritzl: "Es la sofisticación de la violencia en los países civilizados: se provocaron procesos intelectuales y funcionales muy rápidos, pero quedaron en el fondo problemas ancestrales; es como lo del partido de pedófilos en Holanda, tan argumentado... Qué moderno, ¿no? La modernidad es un betún sobre un pastel de mierda". (…)

“¿Por qué siempre mujeres en las batallas más feas? "Me gustaría tener una frase bonita y cursi, pero la verdad es que salimos de las tinieblas y debemos ver y conocer mejor el horror", lanza mientras ladea la negra cabellera. (…)

Le irrita lo políticamente correcto: "Es una doble moralina que evita el debate". Y las cuotas femeninas: "¿Cómo las eligen, especialmente las derechas? Forzamos los procesos sociales; eso sólo sirve si va con medidas educativas". Y el establishment: "Tiene más utilidad mi centro de mujeres maltratadas en Cancún que hablar como hice en la ONU: nunca me sentí tan conmovida como inútil a la vez". (El País, ed. Galicia, Última, 14/05/2008)