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23/11/21

De Trump a los 'indepes' catalanes; los múltiples tentáculos de la extrema derecha

 "Hace poco más de una semana, una respuesta de Steven Forti (Trento, 1981) truncó la constructiva, por dialogante, serie de entrevistas sobre su último ensayo, 'Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla', publicado en Siglo XXI. 

El historiador italiano afincado en Barcelona rehuía a la precisión de nombres con una explicación más de contexto, donde definía a Junts per Catalunya como un mejunje nacionalpopulista Twitter se inundó de comentarios agresivos de independentistas radicales, y no tanto, sobre lo esgrimido por Forti, tildándolo, como él mismo colgó .en su cuenta, de falangista y pirado mientras pedían su denuncia a la universidad en la que imparte sus clases. La guinda fue un tuit donde una cuenta con identidad falsa alentaba a partirle la cara. 

 El primer caso era, según Forti, una réplica de los usos trumpistas y salvinistas en redes sociales. El segundo una muestra de 'hate speech', el discurso de Odio. En este sentido, su libro había generado un espejo de sus argumentaciones finales, como si una forma de combatir a esa nueva extrema derecha fuera desnudarla ante la opinión pública por reacciones y métodos de acción en las mismas.

La obra de Forti, y el autor es muy consciente, nada en un mar de términos, siglas, geografías y periodos históricos muy difíciles de navegar porque raramente sus caminos se juntan con exactitud. Pueden ser una internacional de carácter global, pero en cada país o región varían directrices y tendencias. La confusión puede paliarse con un buen orden a la hora de diseccionar el cuerpo.

Fantasma del pasado

Aquí, se empieza con algo bien lógico. La identificación de extrema derecha con fascismo, término banalizado hasta la extenuación por su pésimo empleo, se corresponde a una comparación facilona por no estudiar cómo fueron los antecedentes fundacionales, a nivel canónico establecidos a principios de los años veinte en Italia con el ascenso de Benito Mussolini al poder. A este le acompañaría en la órbita europea el nazismo de Adolf Hitler, extendiéndose la influencia en otros países, como España o Portugal.

 Durante la segunda posguerra mundial, la resaca de la derrota y la reticencia de los dirigentes a cambiar de postulados y estética, supuso un rotundo retroceso en sus posiciones. Olían a fantasma del pasado, con una liturgia antediluviana y dañina. Tras el 68, nació en Francia la Nouvelle Droite, con un lenguaje renovado, oponiéndose a la mezcla de culturas dentro de una misma sociedad, mientras abogaban por el derecho de los pueblos a mantener sus propias tierras.

La infiltración en el sistema tuvo distintas fases, siendo el preludio de la actual la explosión tras la caída del muro de Berlín, cuando, poco a poco, la democracia liberal entró en crisis por desconfianza de la ciudadanía en los partidos políticos, la debilidad de los sindicatos, incapaces de cumplir su función con los trabajadores, el derrumbe de las ideologías y la incerteza, suma de todos estos trances, acentuada por la velocidad vital e informativa.

El planeta se ha poblado de formaciones con características similares, algunas de ellas aupadas a lo más alto, hasta sacudir los cimientos geopolíticos de la época. Las victorias de Trump y Bolsonaro, son paradigmáticas, con las múltiples consecuencias de sus mandatos. Asimismo, China podría enmarcarse en el conjunto, si bien, como Rusia, disputan otra liga.

En Europa, donde Forti acota los episodios, el decálogo de esta extrema derecha iría de la mano desde el ultranacionalismo, un identitarismo exacerbado, la soberanía por encima de la Unión Europea, conservadurismo en el ADN, una buena dosis de islamofobia, un no sin paliativos a la inmigración y enfocar el fascismo como un eco lejano, casi inaudible. La deriva de la izquierda, para muchos sin responder a las urgencias de su target, allana la pasarela para cuajar este decálogo en la calle y la arena política.

En el Viejo Mundo, suele vincularse la financiación de muchos de estos partidos, del Front National a la Lega, con el Kremlin. Cuando le pregunto qué hay de cierto en esta inyección rusa para beneficiar a este tipo de formaciones, responde que “es difícil saberlo con precisión porque nos falta información al respecto. Lo que sabemos es que el Frente nacional francés recibió varios millones de euros de bancos rusos vinculados al Kremlín y que la Liga –como muestra el caso Metropol donde Gianluca Savoini, hombre de total confianza de Salvini, se reunió con dirigentes muy cercanos a Putin en Moscú– intentó lo mismo". Y prosigue: "El Ibiza Gate mostró lo mismo en el caso del FPÖ austriaco. Orbán, por otro lado, tiene una excelente relación con Putin y ha cerrado varios acuerdos con Moscú. Pero esta es solo la punta del iceberg. Hay que investigar más. Hay que añadir también todo lo que es la desinformación llevada a cabo por las granjas de trolls creadas por el Kremlin: no se trata de financiación directa a un partido de extrema derecha u otro, pero actúan como fuerza de choque en el entorno digital para difundir sus mensajes y allanarle el camino".

 

El populismo y la orgía de la distracción

El otro ingrediente de la ecuación típica para calificar a estos partidos siempre incluye populismo. El desarrollo de la palabra y su aplicación a la realidad ha sido, es y será fuente de muchos debates. Una de sus victorias en la extrema derecha 2.0 es la hegemonía en la guerra cultural, al plantear temáticas muy rebajadas que, bien alimentadas con un ruido insoportable, introducen en el escenario ejércitos de acólitos, activos o robóticos. Otras carpetas con más importancia quedan apartadas del mismo, sin asomar la cabeza por culpa del alocado calendario del día a día, siempre con nuevos trending topic en esa clínica orgía de la distracción.

Para Forti, “una de las características de esta extrema derecha 2.0 es el tacticismo exacerbado: lanzan globos sonda para ver si un tema funciona para polarizar más la sociedad y aumentar el consenso. Pueden cambiar de tema rápidamente, inclusive de una semana para otra, sin aparentemente entrar en contradicción. Piénsese en la actitud de Vox en los primeros meses de la pandemia: antes se debía cerrar todo, un par de semanas más tarde se debía abrir todo. Lo que pasa es que la memoria es cada vez más corta y casi todo el mundo se olvida de lo que se dijo hace seis meses o incluso hace tres días. Evidentemente, los cambios en el entorno mediático y la rapidez debida a las redes sociales facilita todo esto, así como el tema de que estamos viviendo en la era de la posverdad y de que existe una profunda desconfianza hacia las instituciones".

El profesor de la UAB añade que “todo esto, efectivamente, permite distraer a la ciudadanía, al quedar lo importante relegado por un sinfín de vuelos y nimiedades. Los tuits nocturnos de Donald Trump lo ilustrarían. Sacaba de foco cuestiones más importantes, y problemáticas para él, mientras ganaba iniciativa política y marcaba la agenda, siguiéndole los demás sólo sea para criticarlo.”

La clase trabajadora

Otro de los tópicos sobre esta extrema derecha versa sobre cómo han captado el voto de la antigua clase obrera, desatendida por los gobiernos y compradora del programa electoral de Le Pen, Salvini o Abascal. Esta creencia más o menos arraigada oscila según el país. En España, VOX registró muchos sufragios en distritos militares, barrios pudientes y cosechó buenos resultados en algunas periferias. Muchas de sus papeletas han sido trasvases del PP y Ciudadanos, así como la Lega de Salvini, quizá ahora Fratelli de Italia, heredó el campo de la Forza Italia de Berlusconi.

 El caso del Front National es arquetípico para enterrar otro mito, el de un proletariado occidental fiel a la izquierda. Los Le Pen tienen un feudo en el mundo rural, con un votante no sólo masculino como garantía en las urnas. En el Reino Unido, sin ir más lejos, en zonas desindustrializadas se ha blindado el giro de laboristas a conservadores.

La atomización, pluralidad y, paradójicamente, el ultranacionalismo, con detalles inherentes a cada territorio, son una barrera para combatirlo. Forti sugiere una respuesta poliédrica, con medidas desde abajo. Desde las instituciones, deben plasmarse cordones sanitarios como el alemán. De lo contrario no hay duda de cómo la extrema derecha 2.0 recibe complicidades. Este veto de consenso ayuda a evitar la infiltración de los ultras en el entramado público. Desde esta tesitura, el Parlamento constituye un muro de contención y una salvaguarda de la Democracia al determinar sus conductas.

 En Hungría, nada frenó el despiece de Viktor Orbán y su Fidesz. El Estado magiar, ya sin la República en su nombre, es como el laboratorio avanzado de la extrema derecha 2.0, con control de los aparatos de comunicación, previsible hegemonía de su relato, un liderazgo con altos índices de popularidad y leyes condenadas por la UE, quien, sin embargo, no la expulsa de su membresía. La dictadura democrática húngara junto a Polonia son “una de las paradojas tácticas de estos partidos, en este caso en el poder. Fidesz y Ley y Justicia no quieren sacar a Hungría y Polonia de la UE porque la gran mayoría de su población es europeísta y reciben miles de millones de euros de Bruselas, entre ayudas, fondos de cohesión y ahora el NGEU. Lo que quieren es quedarse en el club, pero hacer lo que les da la gana y, obviamente, frenar una posible mayor integración. Así que criticar a Orbán porque recorta derechos, pero al mismo tiempo continuar a financiarlo es un error garrafal. Lo que se debería hacer es ponerle un aut-aut claro a estos gobiernos: si no respetáis el Estado de Derecho y la Carta de derechos fundamentales de la UE, os cortamos el grifo. Esto los pondría en crisis realmente porqué sus gobiernos se basan en el clientelismo y la corrupción.”

Una mirada al Procés

En su ensayo, Forti aborda el Procés sin intención de dedicar un capítulo a su omnipresencia mediática durante casi dos lustros. Dentro de toda la heterodoxia, queda inserido en una fórmula sui generis, remarcada cuando los partidos independentistas se adhieren al cordón sanitario del Parlament contra VOX, cuando meses atrás habían rubricado un pacto casi para jurar no acordar nada con el PSC.

 Junts y el tipo de relato de este decenio se han dotado de una parafernarlia nacionalpopulista, más nítida tras 2017 en representantes de la vieja Convergència, con tintes y afinidades muy a la extrema derecha. Le pregunto a Forti sobre cómo en Catalunya, pese a todos estos signos, nunca encuadran en el imaginario colectivo ciertas conductas con esta ideología. “En Catalunya, afirma, se ha hecho pasar la idea de que cualquiera que es independista es democrático frente a una España supuestamente autoritaria y con tics franquistas. Ahora bien, es evidente que una gran parte del movimiento independista es demócrata, pero hay una parte, por cierto cada vez más ruidosa y radicalizada, que no lo es y que, además de franjas ultraminoritarias como el FNC, ha encontrado acomodo dentro del extraño mejunje que representa JxCAT.”

A este silencio sobre estos comportamientos, declaraciones y ensoñaciones no mayoritarias de extrema derecha ha contribuido el aparato de los medios públicos y algunos privados, hasta normalizar anomalías. Para Forti, y concluye, “esta propaganda ha influido para que una gran parte de la población lo vea como la normalidad y que otros eviten decirlo para evitar problemas y ser tachados de “colonos”, “ñordos” o “fachas”, neolengua en consonancia con otras latitudes donde la extrema derecha ejecuta la misma melodía desde otros parámetros. La extrema derecha 2.0 ha venido para quedarse".         (Jordi Corominas, El Confidencial, 22/11/21)

20/7/17

Alberto Garzón: respuesta a Pau Llonch. ¿Qué habría de votar una persona no nacionalista o independentista el 1-0? Sencillamente, no puede... el marco constituido por sus promotores hace imposible que la sociedad catalana pueda expresarse en su totalidad. El proceso carece de las garantías suficientes

"Recientemente, el compañero Pau Llonch, militante de las CUP y miembro del Seminari de Economía Crítica Taifa, ha escrito una misiva pública dirigida a mi persona con objeto de debatir la llamada cuestión catalana. 

El origen de la disputa pública se encuentra en el posicionamiento público de IU de no participar en el referéndum que tendrá lugar el 1 de Octubre, algo que Pau Llonch considera una «colosal decepción». Procedo a valorar sus argumentos.

En primer lugar, sobre las citas de autoridad.  

En el marco de la discusión original en redes, Llonch me citó una posición de Lenin sobre el derecho de autodeterminación que, de aceptarse tal cual, pondría de manifiesto que aquellas personas pertenecientes a la escuela marxista tendrían que apoyar los deseos de independencia de cualquier pueblo. 

Eso sería así siempre que se cumplieran dos precondiciones: que existiera tal cosa como una escuela marxista, homogénea y atemporal, y que la interpretación de Lenin fuera la canónica. En mi caso, siempre he sido renuente a leer a los clásicos como si fueran portadores de la verdad y a sus textos como si fueran escrituras sagradas. 

De ahí que recurriera, paradójicamente, a la definición de marxismo que hizo el propio Lenin: «análisis concreto de la realidad concreta». Sobre esta cuestión mi opinión es coincidente con la de uno de los mejores marxistas que hemos tenido, Francisco Fernández Buey, quien recomendó leer a los clásicos no a la búsqueda de la cita interesada sino como inspiradores de una plural y heterogénea tradición política, siempre abierta al contexto y al momento histórico. 

De lo contrario corremos el riesgo de interpretar la cita de Marx que encabeza el artículo de Llonch, así como su posición sobre Escocia o Irlanda, como si no estuviera inscrita en un singular contexto histórico. Y la realidad es que nuestros clásicos también tenían contradicciones.

 ¿Quién no recuerda la posición de Marx sobre la brutal colonización de la India por Inglaterra, país este último al que otorgó nada más y nada menos que la definición de «instrumento inconsciente de la historia»? 

Nuestro querido viejo Engels justificó también la «guerra de conquista» llevada a cabo por los estadounidenses contra los mexicanos preguntándose retóricamente si acaso era «una desgracia que la soberbia California sea arrebatada a los holgazanes mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?». Y qué decir de la II Internacional, internacionalista de boquilla en términos europeos y colonialista a tiempos iguales, y que en su V Congreso reconoció «el derecho de los habitantes de los países civilizados a establecerse en países cuya población se halla en estadios inferiores de desarrollo». 

En suma, mejor el análisis concreto de la situación concreta que la lectura escolástica del marxismo.

En segundo lugar, sobre el método. 

Llonch acusa a mi análisis de quedarse en la abstracción, a diferencia del suyo que estaría interpelando a realidades concretas. En breve, lo que él arguye es que yo defiendo el no a la independencia a partir de un hilo deductivo que excluye el detalle, algo que determina fatalmente el resultado. 

Por ejemplo, yo estaría hablando de la burguesía pero sin profundizar en sus divisiones. Pero esta es una percepción errónea de mi forma de trabajar. No en vano, ambos –y todos- utilizamos categorías abstractas (clase, nación, partido, burguesía, independencia…) que se construyen inspiradas por una determinada concepción del mundo, que además, dicho sea de paso, en este caso es prima hermana la una de la otra.

 Lo que cambia es el peso explicativo que se otorgan a las diferentes categorías y la forma de articularse entre ellas. Llonch no habla de realidades más concretas sino que articula de forma diferente sus categorías abstractas. Otra cosa es, y me temo que aquí está la confusión, que él otorgue a la estrategia independentista una esperanza materializable más a corto plazo, en comparación que cualquier otra. 

En efecto, él llega a decir que la estrategia independentista es una «potencialidad concreta» mientras que la nuestra, teóricamente, es una «alternativa abstracta». Esto es una hipótesis legítima pero no tiene nada que ver con el método analítico. En definitiva, no se trata de que mis análisis sean más abstractos y los de Llonch no lo sean; se trata de que nuestras perspectivas e instrumentos de análisis difieren, y con ello las conclusiones políticas.

En tercer lugar, hablemos de la categoría nación. 

Como materialista no dogmático que soy, parto de la base de que las naciones son construcciones sociales. O, como explica el historiador marxista Benedict Anderson, son comunidades imaginadas. Ser español, ser catalán o ser francés es parte del ámbito de las creencias, las cuales se crean y desarrollan históricamente. 

Circunstancias externas históricas y contingentes y desarrollos personales vitales están implicados en la consolidación o destrucción de esas mismas creencias. Pero sobre las creencias no se hace ciencia, sino política. Por lo tanto yo no discuto a quien se siente catalán o español sobre la base del sentido objetivo que eso tendría, sino sobre su capacidad de mediación respecto a los objetivos, sean éstos el socialismo o la simple mejora de las condiciones de vida. Por eso es absurdo meter a todos los nacionalismos en el mismo saco. 

El nacionalismo imperialista de la Alemania de 1914 o el nacionalcatolicismo de la España franquista son incomparables con el nacionalismo de liberación nacional de los pueblos latinoamericanos o el de las luchas anticoloniales de mediados del siglo pasado. De este argumento podemos obtener una primera conclusión: el derecho de autodeterminación no es un fin en sí mismo. Ser independentista, a mi juicio, tampoco. Depende de la realidad concreta.

En cuarto lugar, los pueblos también son construcciones sociales.  

Esto quiere decir que su reconocimiento como existencia es un acto político. Un acto que ha de estar fundamentado. Yo, por ejemplo, reconozco al pueblo catalán. Un pueblo con instituciones propias –lengua, cultura, normas, etc.- cuyas raíces que se encuentran, por cierto, más allá de 1713; y si no, que le hubieran preguntado a Felipe IV a mitad del siglo XVII. 

El pueblo catalán se ha ido construyendo a partir de, como decía, trayectorias históricas. Sin duda, el hecho de que en España gobernara durante tanto tiempo la dinastía de los Austrias y no la de los Borbones influyó de forma notoria en el desarrollo del pueblo catalán. Pero en este punto cabe recordar que la burguesía es responsable de construir el Estado, pero no de construir los pueblos. 

Hay un pueblo catalán de los de abajo y hay un pueblo catalán de los de arriba; hay un pueblo que se referencia más en la semana trágica de 1909 o en la defensa de Barcelona durante la guerra civil que en el espíritu de Francisco Cambó, por ejemplo.

En quinto lugar, el reconocimiento del derecho de autodeterminación es un principio básico para los marxistas. 

Como decía Manuel Sacristán, «ningún problema nacional tiene solución si no parte de una situación de autodeterminación». Aunque los pueblos y naciones sean construcciones sociales, operan en la realidad como si fueran entes objetivos y en consecuencia sus actividades producen efectos reales. Cuando los pueblos entran en conflicto entre sí, cualesquiera que sean las causas, la única vía de resolución habría de ser el diálogo y la negociación. 

Otorgando la misma condición abstracta a nacionalismo español y nacionalismo catalán, no cabe tomar partido de antemano por ninguno de los dos. He aquí la vena libertaria que subyace a todo planteamiento que conduce a la expresión «los proletarios no tienen patria». 

Cabe, por el contrario, ser conscientes de que es posible abrir cauces institucionales para resolver el conflicto real. El mejor cauce institucional es el reconocimiento del derecho de autodeterminación, lo que implica que cualquier proceso de diálogo entre pueblos –obsérvese que hablo de pueblos, y no de Rajoy- ha de incorporar ese mecanismo específico.

En sexto lugar, es compatible la defensa del derecho de autodeterminación con la defensa de un modelo federal. 

Dado que el derecho a autodeterminación no está fundado en la creencia de que un pueblo cualquiera ha de ser independiente, sino en principios democráticos y prácticos como los precedentes, es compatible con defender un Estado federal. Esto no es otra cosa que defender la convivencia entre los pueblos en el marco de unas instituciones comunes, idealmente fundadas en principios de fraternidad y autogobierno.

 Esa fraternidad, como explica de forma genial Antoni Domenech, procede de la tradición republicano-socialista y es la que inspira, entre otras cosas, el internacionalismo. Un Estado federal que reconozca a los pueblos y naciones de España y que no los enfrente, es una aspiración hermosa. Y también posible.

En séptimo lugar, ¿es posible no ser independentista antes?

 Lo que plantea Llonch es que dada la realidad de un Estado autoritario en España, es imposible ser federalista sin ser antes independentista. Algo así como: me gustaría ser federalista pero no me dejan. Este argumento tiene una parte de verdad, y es la que se refiere al carácter obcecado y autoritario del Estado español y de sus dos principales partidos, PP y PSOE. 

Su posición política ha cercenado las posibilidades de habilitar, hasta ahora, cauces institucionales adecuados –como el referéndum. Pero el crecimiento del voto independentista en los últimos años no obedece únicamente a esta causa. Hay, de forma notable, una canalización populista de la frustración popular ante la crisis y el capitalismo. 

Dicho de otra forma: la independencia ha sido presentada también no como el derecho democrático del pueblo catalán sino como la solución a males económicos y sociales padecidos individualmente. La derecha catalana fue la primera en ver que las banderas son cobijos interesantes en tiempos de crisis. 

Aunque ahora no se destile el corpus argumental del «España nos roba» -cómo iba a hacerlo, con argumento tan necio-, hay sin duda un trasfondo económico, espoleado por la propia derecha catalana, que entiende como lastre la mera existencia de nexos con zonas menos desarrolladas del Estado. Aun así, la cuestión sigue vigente: ¿es posible ser federalista en Cataluña? A tenor de la pregunta del 1-O, desde luego que no. 

Esto es llamativo, pues de hecho es una diferencia con el 9-N. ¿Qué habría de votar una persona no nacionalista o independentista, española o catalana, el 1 de octubre? Sencillamente, no puede. Dicho de otra forma: el marco constituido por los promotores del 1-O hace imposible que la sociedad catalana pueda expresarse en su totalidad. En suma, el proceso carece de las garantías suficientes.

 En octavo lugar, las garantías van más allá de la legalidad. 

Cuando decimos que el proceso no tiene garantías no nos referimos a su legalidad, cómo si acaso nos pareciera prioritario el respeto al Régimen del 78, sino a su utilidad como mecanismo de resolución del conflicto. 

No es sólo que la opción federalista esté neutralizada, cosa destacable, sino que además en tanto que el proceso ha sido dirigido más como arma política que como instrumento para canalizar el conflicto, no da la sensación de que pueda contribuir a solucionar nada. Las disputas en el seno del Govern, vinculadas al cómo hacer el referéndum, parece abundar en esta idea: pocos se creen que esto vaya a ser útil. En todo caso es una demostración de fuerza, legítima, pero inservible.

 La garantía consiste en que cuando el pueblo catalán sea consultado, éste pueda expresar de forma clara y nítida, y tras un debate serio y riguroso, su opinión. El derecho de autodeterminación es clarificador, en efecto, y por eso lo defendemos. 

Pero para que pueda ejercerse con garantías no puede ser como el propuesto el 1-O. Aquellas personas que, compartiendo mis tesis, quieran votar por la ruptura con el Régimen del 78 sin votar por la independencia tienen que tener su espacio propio; y eso no sucede actualmente.

 En noveno lugar, no es buena idea subestimar la fuerza de la burguesía catalana. 

Es verdad que una parte considerable de la burguesía catalana no parece apoyar la independencia, y es verdad que las tensiones han llegado a la antigua Convergencia y al nuevo PDCat. Pero se me hace difícil asumir que la burguesía catalana es tan torpe y mala que ha regalado a las fuerzas subalternas catalanas el control del proceso. Llonch nos recuerda cómo 1.515 militantes de las CUP consiguieron tumbar a Mas y quitarle de la primera fila en diciembre de 2015. 

Pero se olvida recordar que otros 1.515 militantes votaron a favor de la investidura de Mas, de tal modo que priorizaron la cuestión nacional a la de clase de una forma bastante significativa. Mi admirado Antonio Baños dimitió por la misma razón, porque él era partidario de mantener al líder de la derecha al timón. Y qué decir de ERC, que lleva varios años soportando –de apoyar- un Gobierno catalán al que las clases populares catalanas tienen que soportar –de sufrir.

Y es que, entre una cosa y otra, llevamos al menos cinco años viendo como la elite catalana sigue gobernando realmente Cataluña. Honestamente, con esta hoja de ruta no sé muy bien quién controla a quién. Por cierto, que haya una correlación de fuerzas que permita aprobar leyes antidesahucios, por ejemplo, es muy positivo. 

Pero no veo de qué manera eso justifica el independentismo. También hubo una ley antidesahucios en Navarra y en Andalucía y en todos los casos el Régimen del 78, Tribunal Constitucional mediante, las tumbó. A mí esto me invita a pensar más en el enemigo común que en la independencia de una parte.

 En décimo lugar, ¿es el referéndum la mejor manera de romper con el Régimen? 

Eso parece insinuar Llonch y otras muchas personas, también en la izquierda española. A veces parte de esta argumentación se basa en alguna formulación del «cuanto peor, mejor», que yo no comparto. 

El problema es que, para empezar, incluso asumiendo que es la mejor manera de romper con el Régimen (cosa que no creo, pues el Régimen se constituye para defender un modo de producción y una estructura de poder que no tiene por qué alterarse por la mera existencia de más Estados), no es nuestra forma.

 Es decir, no controlamos ninguno de los parámetros de esa ruptura. Podría pasar cualquier cosa y no hay nada decidido de antemano. ¿Conseguirían las compañeras de la CUP gobernar un escenario post-independencia o sería la derecha catalana la que lo dirigiría? ¿Relanzaría a las fuerzas de ruptura en el resto del Estado o las llevaría a un repliegue fomentado por el reforzamiento del nacionalismo español? La cita de Brecht con la que abro esta respuesta no es casual. 

 Estoy convencido de que el nacionalismo español ha creado miles de nacionalistas catalanes. Pero a menudo se nos olvida que también existe un pueblo español y que el nacionalismo catalán crea tantos otros nacionalistas españoles. 

Y encerrados en este dilema nos llegan los ecos de aquel fatídico 1914 en el que la socialdemocracia alemana y francesa, entre otras, traicionaron a su clase para defender a su nación; y lo hicieron enfrentando a los pueblos y a su propia clase. Yo prefiero pensar, en suma, en fórmulas que nos permitan hablar de ruptura democrática y social y en la que los de abajo de nuestros pueblos respectivos podamos cooperar.

Hay algo más con lo que me gustaría terminar. El capitalismo lanza a las clases populares a competir unas con otras tanto en la esfera productiva como en otros espacios. Competimos por puestos de trabajo, por el acceso a los servicios, por el estatus social… Nuestros clásicos (Marx, Engels, Luxemburgo, Lenin, Gramsci…) sabían muy bien esto y entendieron que la clase social parte de un hecho objetivo –el lugar que se ocupa en la producción- pero que se construye también socialmente. Por eso se llamó «formación de clase» a los procesos de constitución de organizaciones tales como partidos, sindicatos, etc.

 Cuando nos organizamos hacemos algo más que coordinarnos: declaramos lo que tenemos en común frente a un sistema que nos divide. Así se construye un «nosotras» que evita una «guerra entre pobres», que es la situación normal en este sistema capitalista. «Proletarios del mundo, uníos» o «Hermanos proletarios, uníos» no sólo fueron consignas coyunturales de enorme dignidad, sino que expresaban el universal de una situación específica, la de los desposeídos y de la parte sufriente de la humanidad, como decía Fernández Buey, que lucha por emanciparse del reino de la necesidad… en todas partes del mundo. 

Este es mi enfoque, que parte de lo abstracto en su exposición y que cristaliza con análisis concretos. El de esta cuestión, es bien claro: derecho de autodeterminación y república federal. Y, también, socialismo apátrida.

Salud y República,

Alberto Garzón"                       

8/4/16

«El imperio español se preocupó por sus condiciones morales, eso es impresionante»

"En una librería londinense de la mayor cadena del Reino Unido, Waterstones, está expuesto en un lugar de honor un voluminoso tocho con unas letras doradas en portada, titulado «Spain».

Debajo, un subtítulo: «The centre of the world, 1519-1682». El autor es un historiador londinense llamado Robert Goodwin, y publica una editorial de fuste, Bloomsbury. Ojeas el libro y sonríes con una inesperada satisfacción. Esta vez no se trata del enésimo zurriagazo de la academia anglosajona al imperio español.

Goodwin parece un apasionado de los hombres que construyeron aquel prodigio y expone con pasión sus méritos. Hay que buscar a este tipo y charlar con él. (...)

Goodwin se arranca comentando algo poco sabido: Samuel Johnson, el gran sabio británico del XVIII, «era un admirador de algunos logros intelectuales del Siglo de Oro español, en concreto de la Escuela de Salamanca, que fue precursora en cierto modo de lo que hoy llamamos derechos humanos».

-Me ha llamado la atención su enfoque. Lo habitual en el mundo anglosajón es más bien denigrar la conquista española, enfatizar que fue un acto de barbarie.

-Está claro que desde el punto de vista indígena, para los que habitaban allí, el colonialismo fue una especie de desastre. Eso es así. Pero se puede decir lo mismo de cualquier imperio y de cualquier acto colonial. No han sido los españoles los exclusivamente malos.

También los británicos, por ejemplo, o los chinos. Lo que sí se puede añadir y destacar es que en aquel entonces en España la gente se preocupaba por lo salvajes que eran algunos españoles. Un imperio tiene sus buenos, malos y mediocres.

-¿Qué aportaciones positivas destacaría de nuestro Siglo de Oro?

-Pues para mí, por ejemplo, lo interesante es que en el siglo XVI, en el inicio de la época moderna, cuando aún no había llegado la Ilustración, cuando Europa no tenía todavía dos o tres siglos de desarrollo intelectual a sus espaldas, españoles importantes y con influencia, como Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas, toda la Escuela de Salamanca, preguntaban cuáles serían las cuestiones morales y legales que deberían reglar todo el proceso del imperialismo, del colonialismo. Eso es impresionante.

-¿Los escuchó la Monarquía?

-Pues ahí viene justamente lo más importante. La Monarquía de los Austrias, en la figura de Carlos V primero y luego con Felipe II, intentó parar los actos más salvajes del imperio en las Indias.

Su junta de teólogos y juristas se ocupaba de estas cosas, por ejemplo en los famosos debates de Valladolid, que en realidad entroncan ya con lo que se hacía desde una generación atrás; las leyes de Burgos, que intentaron amortiguar y aliviar la experiencia del indígena, eran de 1512. La Monarquía intervino con la intención de establecer para el imperio un armazón legal y conceptual de naturaleza moral.

-Leyéndole, usted parece reivindicar que en aquel momento España alumbró varias instituciones relevantes, como sus universidades, un cierto respeto a la ley, o lo que acaba de referir…

-Sí, sobre todo la universidad y el sistema legal de aquella España. Aunque en realidad, cuando digo España hablamos fundamentalmente de Castilla, que era entonces el centro del mundo. Hemos puesto «Spain» de título porque para vender libros en Londres o Nueva York es más fácil, pero fundamentalmente hablamos de instituciones castellanas.

En el siglo XVI, Castilla era uno de los reinos más litigiosos de la historia, y un campesino no acude a un tribunal sino considera fiable el sistema. La gente normal se fiaba de su sistema legal, que dependía de una Corona lo suficientemente poderosa como para imponer su ley, el derecho, a las grandes casas aristócratas y otras instituciones fuertes, como las ciudades.

-¿Fueron cambios rápidos?

-Sí, asombrosos. En medio siglo, España pasó de ser un país donde los poderosos eran una banda de aristócratas con sus propios ejércitos, a un país en el que si tú como individuo tenías alguna queja frente a alguna casa importante disponías de la posibilidad de querellarte de una manera más o menos eficaz.

Evidentemente había muchísima corrupción, pero la opción estaba ahí. La gente acudía a las audiencias a resolver sus problemas, todo el mundo lo hacía.

-Sin embargo, los españoles actuales no ponemos en valor todo esto, parecemos empecinados en denigrar lo nuestro. ¿Por qué cree que actuamos así?

-Es curioso, porque allá donde vayas en el mundo, normalmente la gente del país reacciona mal frente a un comentario político o histórico de un extranjero. Pisas sobre ascuas. Yo lo he visto en reseñas de mis libros en Estados Unidos, cuando dicen «el historiador británico», y ese británico no es neutro, porque derrotarnos fue su mito fundacional. Pero en España, curiosamente, desde hace una o dos generaciones, han sido mucho más receptivos a la idea de que lleguemos gentes de fuera a comentar sobre su país.

Normalmente eso se interpreta como una especie de complejo de inferioridad. Pero también se puede interpretar como que el español está muy seguro de sí mismo, que le da igual. Es como cuando te dicen en Sevilla: «¿Viajar? Yo solo voy al extranjero para saber que aquí se está mejor que en cualquier otro sitio». España es un país maravilloso.

-Usted lo acaba de decir, «un país maravilloso». Pero me temo que los españoles, en general, no se dan cuenta.

-España vive tan solo un momento de resaca, la gran resaca española. Hubo una época que era como una boda con barra libre. En Sevilla todo el mundo se montaba a caballo en la feria. (...)

Pero no se debería confundir la fiesta y su resaca con lo que es lo esencial de España, que es un país con muchísima calidad humana. Además se come muy bien. Aunque curiosamente, a nivel de local ordinario, algo peor a raíz de ese boom de riqueza, que se llevó aquellas glorias sencillas, como unos huevos con patatas fritas. Ahora hay muchas tascas superpijas, pero sin gracia.

-¿El problema catalán forma parte de esa resaca?

-Yo soy poco fan de cualquier tipo de nacionalismo. Lo de Cataluña me parece una mala idea. Durante el referéndum de Escocia, yo decía que si los escoceses decidían irse tendríamos que aceptar su decisión y abrir los brazos a muchos amigos de Escocia que tendrían que marcharse por la política nacionalista.

Hasta cierto punto diría lo mismo en lo de Cataluña. Si quieren separarse sería una tragedia. Pero se debe superar, tendiendo además una mano de amistad a todos los catalanes que pasarían a sentirse extranjeros en su propio país.

-Triste panorama.

-Sí. Yo soy abonado del Chelsea y me siento al lado de un amigo escocés. Tres días después del referéndum nos vimos en el partido y le dije: «Oye, enhorabuena». Y me respondió: «Sí, enhorabuena, porque podía estar aquí en un estadio del extranjero». En un mundo democrático toca aceptar si se quieren ir de España, pero sería una tragedia.

-Pero sería el principio del fin de España, ¿no?

-Eso no lo tengo muy claro. España sin Cataluña no sería la España que conocemos, eso sí. Pero personalmente dudo mucho de que se vayan de España. Al político nacionalista le interesa sobre todo tener apoyo popular, y eso se logra mejor funcionando dentro del Estado, porque es más fácil protestar que gobernar.

Fuera de España, al pueblo catalán le resultaría muy difícil conseguir unas condiciones de vida mejores que las que tienen las otras regiones españolas.

«Felipe II superó la primera crisis de deuda soberana de la historia»

-¿Qué valoración hace de la figura de Carlos I, un hombre que aterriza en España como un marciano?

-Aterrizó en España con 17 años y acaba muriendo en Yuste, en Cáceres, en 1558. A lo largo de 40 años está continuamente de viaje fuera de España.

Pero en a lo largo de esa vida impresionante llegó a la conclusión que España era su casa, su hogar. También es verdad que si Tiziano no miente en el cuadro, su emperatriz, Isabel de Portugal, era guapísima, aunque se casó con ella sobre todo por los Comuneros.

-Usted cuenta con detalle sus homenajes gastronómicos en Yuste, ¡qué saque!…

-Sí. Era un ser fascinante. Un monarca que tenía una colección de relojes, que era la última tecnología de la época, y el tío se dedicaba a desmontarlos y montarlos. Luego está también la importante movida de los Comuneros, que se podría interpretar casi como una reacción nacionalista castellana frente un rey extranjero.

Dicho en términos taurinos, al principio de su experiencia en España los castellanos lo castigaron con una puya en condiciones, y les ganó con una nobleza y bravura que le resolvió el tema para el resto del reinado.

-¿Qué tal gobernante fue su hijo? No hay película, documental o serie inglesa sobre el tema que no pinte a Felipe II como un incompetente burlado por Isabel I de Inglaterra. Un poco maniqueo, ¿no?

-El hijo fue un gran gobernante y administrador. Siempre es más difícil dominar un imperio que conquistar sus tierras. Fíjate en la Guerra de Irak. El problema no fue la guerra, un gran éxito militar de Estados Unidos, sino que no se preocuparon de ganar la paz. Cuando llega Felipe II tiene que manejar muchas novedades.

Le quieren prestar dinero constantemente, un poco como ha pasado ahora en la España actual. En 1575 se da cuenta de que no puede pagar lo que debe. Fue la primera crisis de deuda soberana de la historia y él, negociando dos años con sus banqueros, consiguió reestructurar esa deuda.

Nunca se había hecho algo así. Además reconoció que no se podía gobernar sin una estructura, virreyes, administradores, adelantados… Su padre no tenía eso, intentó hacerlo como un príncipe potentado del Medievo.

-De todos los personajes que aborda, ¿quién goza de sus mayores simpatías?

-Cervantes, sin duda. Soy un enamorado de él. Me encanta cómo escribe y su ironía, que no sé de dónde la sacó. En España esa ironía, parecida a la inglesa, solo la hay en Sevilla y en Galicia." (Entrevista a Robert Goodwin, ABC, 07/06/15)

22/12/14

El histórico militante anarquista Jacinto Toryho enjuició al nacionalismo catalán

"Jacinto Toryho, miembro de CNT y de la FAI y director de Solidaridad Obrera de 1937 a 1939, testigo del fracaso del golpe militar del 36 en Barcelona y de la llamada Revolución Española, denunció explícitamente en su libro Del triunfo a la derrota (Argos Vergara, 1977) cómo las gastaba el separatismo catalán cuando no conseguía llevar a su redil al movimiento obrero.(...)

 «Simultáneamente a la tragedia asturiana se produjo la tragicomedia de Cataluña. Aquélla fue un conato de auténtica revolución, mientras que ésta no pasó de mísera caricatura, bufonada que anegó en ridiculez a sus promotores. /…/ Los inspiradores, organizadores y directores de la ‘epopeya’ fueron dos alienados que se adueñaron de los resortes del Poder con la complacencia y la colaboración de varios cultores de la hipocresía en sus innumerables matices /…/ 

Al aludir a los inspiradores, organizadores y directores me refiero a José Dencás Puigdollers, consejero de Gobernanción, jefe de los servicios de Orden Público, también separatista y jefe de los ‘escamots’, grupos armados a los que imprimieron una tónica mussolinesca. Dencás era un separatista que odiaba a España con fervor satánico. Poseía todos los rasgos que el psiquiatra halla en el paranoico. 

Con anterioridad a la República había militado en la Lliga [Regionalista, de fuerte tendencia derechista]. Luego se pasó a la Esquerra y Estat Catalá. Siendo diputado de las Cortes Constituyentes, su pueril fervor antihispánico le llevó a desgarrar con una hoja de afeitar los escudos de la República Española que había grabado en los pupitres de los escaños correspondiente a Esquerra Catalana. 

Antes de la ‘proeza’ de octubre, los ‘escamots’, capitaneados por Badía, practicaban el deporte de apalear obreros a los que previamente secuestraban para someterlos a torturas diversas, por la más férrea negativa de éstos al menor con tacto con ellos. Porque los trabajadores de Cataluña, originarios de tierra catalana o de otros puntos de la Península, jamás tuvieron nada en común con los catalanistas de la derecha (la Lliga), ni con los de la izquierda (la Esquerra), quienes en lo social no eran fracciones diferentes, sino dos expresiones reaccionarias a las que solamente separaba un matiz partidista electorero. /…/ 

La insurrección de Cataluña tuvo una nota original: comenzó con una huelga general impuesta por el Gobierno contra la voluntad de los obreros que se negaron a hacer el juego a los innovadores. Pues tratábase de una innovación singularísima, ya que por primera vez en la Historia la huelga general la organizaba y dirigía el Poder público. Los ‘escamots’ de Dencás y Badía, armados hasta los dientes, los días 5 y 6 impusieron el cierre de fábricas, oficinas, bancos, tiendas, talleres. 

 Mas no habían contado con la ‘huéspeda’: los trabajadores se negaban a complacerlos. En algunas fábricas cedían momentáneamente ante las armas exhibidas por los representantes de la coacción oficial, mas apenas éstos se alejaban, volvían al trabajo con más ahínco. Los medios de de transporte fueron paralizados merced a la elocuencia de las ametralladoras de que hacían alarde los hombres de Badía. /…/ 

En el feudo de Dencás /…/ se halló un montón de cenizas de papeles y documentos incinerados antes de escapar [tras el fracaso del golpe de estado secesionista], pero encontróse sin haber sido pasto de las llamas la lista firmada por Miguel Badía con los nombres de las personas que deberían ser fusiladas al día siguiente del triunfo allí donde se las encontrara y sin formación de causa. La mayoría de esos nombres eran militantes de la FAI y de la CNT. /…/

  Acerca del ‘generalísimo’ de la insurrección separatista [Dencás] y de la Esquerra que la impulsó, escribió, en 1935, Joaquín Maurín [ex-secretario general de la CNT que se pasó a la facción antiestalisnista del marxismo], líder del Bloque Obrero y Campesino: /…/ 

“Dencás, jefe de la fracción de ‘Estat Catalá’, turbio en sus propósitos, no podía ocultar sus intenciones deliberadamente fascistas. Todo su trabajo de organización y toda su actividad política tendían hacia un objetivo final: un fascismo catalán. Su declaración de guerra a los anarcosindicalistas, sus ‘escamots’ de camisas verdes regimentadas, todo eso tenía un denominador común: el nacional socialismo catalán”».    (Somatemps, 20/11/2014)

25/3/14

Esbozo de una propuesta ofensiva sobre el tema nacional. La salida de España del euro provocaría un reforzamiento inmediato de las posiciones independentistas en Cataluña o Euskadi. La lógica neoliberal tiende a bloquear la solidaridad de los territorios ricos con respecto a los pobres alimentando el exclusivismo territorial

"La izquierda del Estado contempla los acontecimientos en Cataluña con una excesiva pasividad. Hay tres actitudes distintas dentro de esa pasividad general. Ninguna de las tres es el resultado de un análisis sistemático. Más bien reflejan una actitud espontánea, intuitiva o emocional frente a los acontecimientos. (...)

(1) El primer grupo es el de aquellos que ven son simpatía la posibilidad de que Cataluña -y por extensión también Euskadi- se hagan independientes. Su argumento es que la disolución de lo que hoy representa el “Estado español” tiene un contenido progresista de fondo puesto que dicho Estado es, esencialmente, reaccionario e impide la emancipación de los “pueblos” contenidos en su territorio,  emancipación que podría ser posible con la creación de nuevos estados que se solapen con dichos pueblos. (...)

(2) El segundo grupo considera que una posible independencia de Cataluña y Euskadi no alterará en lo esencial el escenario político en el resto del Estado o, al menos, no lo hará negativamente.

 Pueden considerar que dicha independencia una pérdida más o menos grande pero consideran -también aquí más intuitiva- y emocional que reflexivamente- que lo que quedará después se parecerá mucho a lo que ya son hoy los territorios no “periféricos” del Estado: homogéneos lingüísticamente, con una identidad común, con sus viejos problemas históricos y desigualdades y con correlaciones sociales parecidas a las que se dan en la actualidad. 

Esta actitud adopta una posición de tolerancia explícita frente al derecho a decidir de catalanes, vascos y gallegos pero se abstiene de intervenir en la definición de las opciones entre las que habría que poder decidir pues lo considera un asunto exclusivo de las nacionalidades periféricas.  (...)

(3) El tercer grupo, probablemente el más numeroso, no sabe cómo posicionarse entre estos dos polos.  Bien porque no comulga con ninguna de dos actitudes, bien porque intuye que la política tiene que incluir de alguna forma la pieza identitaria aún cuando el análisis racional y de clase tenga que ser, de alguna forma, el primordial desde una posición de izquierdas. 

Desde luego intuyen que las cosas no van a ser las mismas para la izquierda con una Cataluña o un Euskadi independiente, pero se ven impotentes para abordar esta cuestión de forma sistemática: esperan, más o menos preocupados, a ver qué pasa.   

II. Mis argumentos 

1. Ninguna de las tres actitudes, particularmente las dos primeras, refuerzan un proyecto político basado en una solidaridad sostenible entre clases y territorios, en la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de sus poblaciones, en la sostenibilidad ambiental, en la diversidad cultural y en un proyecto de país basado en la paz y la neutralidad activa en la esfera internacional.   


2. El elemento identitario es fundamental para cualquier proyecto político que quiera salir de los salones de los círculos intelectuales. No se trata de ignorarlo ni de combatirlo como una pieza disfuncional sino de canalizarlo racionalmente e insertarlo en un análisis universalista de clase,  de evitar que actúe de forma ciega, aleatoria y espontánea.


3. Todas las personas democráticas, y no sólo los catalanes, vascos, catalanes o tal vez también los andaluces o canarios, tienen derecho a una identidad acorde con sus valores éticos de justicia social, solidaridad y cultura democrática. (...)

La izquierda estatal viene adoptando desde hace décadas un discurso abstracto en relación al derecho de autodeterminación. Haciéndolo así, ha alimentado la abiguedad con la que muchos independentistas han venido manejando este término de forma táctica. El resultado ha sido el desarrollo de un discurso poco transparente, fuertemente influido por el abstencionimo del grupo (2) en temas identitarios, y que ha acabado beneficiando al nacionalismo y las posiciones del  grupo (1). 

Si efectivamente resulta  absurdo plantear el derecho en abstracto a la autodeterminación en Murcia o en Madrid esto quiere decir que, de lo que realmente se está hablando cuando se utiliza ese término, es del derecho a crear un Estado independiente. Eston último no es lo mismo al derecho a la autodeterminación sino una propuesta concreta y particular por la que elegir haciendo uso de dicho derecho. 

Es algo similar a identificar el derecho a votar en unas elecciones, con la necesidad de votar a un partido determinado. Esta ambiguedad no favorece a la izquierda sino a las opciones nacionalistas de uno y de otro signo. 

5. No es este el sitio para analizar el punto de vista de las izquierdas nacionalistas y sus intereses estratégicos. Lo que está fuera de dudas es que dicha independencia contradice los intereses estratégicos de las  izquierdas estatales de la mayor parte de los países de Europa incluída España. 


Primero porque en el contexto de la Europa de principios del siglo XXI, y que no tiene mucho que ver con los procesos de descolonización del siglo XX o con la situación creada en Rusia en 1917, el camino hacia un escenario de independencia lleva implícito un secuestro continuado de la agenda antineoliberal por la agenda nacional.

 Las experciencias recientes en el Este de Europa demuestra que cuando la aceleran las dinámicas identitarias, se diluyen de forma igualmente rápida las dinámicas sociales, incluso en la conciencia de muchas personas de izquierdas.

 En el actual contexto europeo es impensable un proceso de  construcción nacional exitoso no liderado por los profesionales urbanos y las clases propietarias, aún cuando estas últimas no sean necesariamente los grandes socios capitalistas. Este secuestro salpicará con toda seguridad al resto del Estado y al panorma político de toda la izquierda europea colocándola en una posición de persistente defensiva.

Segundo Una indepedencia en Cataluña sólo es imaginable en un escenario rupturista con el Estado, apostar por otro escenario es no estar en la realidad. Si el escenario británico sugiere una secesión pactada es porque sabe que el sí a la independencia no es mayoritario. 

 Esta situaación quiere decir que, en caso de que lo consiguiera, Cataluña va a hacer todo lo posible por recibir un reconocimiento por parte de las potencias occidentales dominantes y sus socios estratégicos como Israel: los contactos del nacionalismo catalán con este país son reveladores. 

 La difícil búsqueda de este reconocimiento obligará al nuevo Estado a alinearse enteramente con los intereses de los países poderosos de la órbita occidental de forma similar a como ha sucedido en algunos países del Este de Europa. 

Es altamente improbable que la OTAN deje caer a su socio estratégico español a cambio de abrazar la causa de una Cataluña independiente. Incluso el país de la Unión Europea que desde finales del siglo XIX es más proclive a apostar por la fragmentación de grandes países y su satelitización -Alemania- podría ser reticente después de los efectos que ha tenido esta política tras su intervencionismo en Yugoslavia. 

Sin embargo, las cosas cambiarían radicalmente si en el resto del Estado triunfa un gobierno de izquierdas que amenace los pilares del  neoliberalismo (prevalencia de la propiedad financiera e inmobiliaria frente al trabajo, aplicación de políticas de ajuste etc.). 

En este caso una Cataluña independiente funcionará como una quinta columna incrustada en la península ibérica poniendo en peligro un proyecto republicano-antineoliberal como aquel por el que hoy lucha la izquierda: su posible independencia afecta seriamente los intereses estratégicos por el que hoy lucha la izquierda estatal y europea. 

 Esta quinta columna torpedearía cualquier intento similar que pueda triunfar en países próximos como Portugal, Grecia o Italia impidiendo toda posibilidad, por ejemplo, de contruir un frente antineoliberal en el sur de Europa para poder enfrentarse a los poderes fácticos en Bruselas. La salida de España del euro provocaría un reforzamiento inmediato de las posiciones independentistas Cataluña o Euskadi.

Tercero Una dinámica independentista en la península ibérica secuestraría o debilitaría a largo plazo la agenda antineoliberal en países  occidentales con minorías independentistas como Bélgica, Italia, Francia y también Gran Bretaña, pero también en otros con graves conflictos identitarios como Ucrania. 

El antiestatismo del grupo (1)  (ver arriba) puede ver aquí un debilitamiento de los Estados represores, pero sucederá todo lo contrario: se producirá un reforzamiento de las fuerzas anti-solidarias que arrastrarán a partes importantes de la ciudadanía de orientación progresista. El avance de la ultraderecha, que ya hoy es una realidad en Europea, sadrá  severamente reforzado y contaminará a enemigos potenciales  del neoliberalismo. 

Cuarto. El programa social del independentismo catalán no se basa en la resdistribución interna de la riqueza entre clases sociales catalanas, que debilitaría el "bloque nacional", como en cortar las aportaciones de Cataluña que, a través de Madrid, sirven para desarrollar las zonas más pobres del Estado, que lo refuerza.

 Las dinámicas identitarias pueden ser muy poderosas pero no cambian en nada un hecho esencial de naturaleza objetiva: a diferencia de Escocia, Galicia, Andalucía, Canarias o Quebec, el país vasofrancés, del Rosellón, de los territorios asiáticos de la antigua URSS, de Palestina y Cuba con respecto a los Estados Unidos o incluso con respecto a la España del siglo XIX, pero al igual de lo que sucede en Flandes, en el norte de Italia, en Sudán del sur o en la provincia boliviana de Santa Cruz, la renta per cápita en Cataluña y del País Vasco español están -bastante- por encima de la media del Estado: se trata de  regiones ricas, que accedieron históricametne pronto a la modernidad capitalista pero que no quieren cargar con los pobres de sus estados, no se trata de regiones pobres discriminadas económicamente.

 En el núcleo de los programas de todas las izquierdas del mundo también está la redistribución de riqueza y de espacios solidarios entre diferentes territorios- Por muy activas que puedan ser algunas ONGs catalanas o vascas, sería irracional excluir a los territorios catalán y vasco de esta lógica redistributiva. 

El concierto vasco y navarro excluyen en parte a estos territorios de ella.  Esto no ha debilitado el nacionalismo en estos territorios. Todo lo contrario: la lógica neoliberal tiende a bloquear la solidaridad de los territorios ricos con respecto a los pobres alimentando el exclusivismo territorial, una tendencia que también se observa en otros territorios ricos como el de la Comunida de Madrid. 

Su versión “progresista”, que cancela la solidaridad con los pobres no catalanes asegurando una mayor solidaridad entre catalanes, no tiene bases consistentes. 

Primero porque, instalados en una dinámica nacional, los nuevos territorios independientes cancelarán las políticas solidarias una vez que no necesiten los apoyos de sus clases populares: son los “más ricos” (“Cataluña, la Finlandia del Mediterráneo” etc.) y se comportarán como tales, es decir, se instalarán en una lógica territorial competitiva igual que el resto de los “más ricos” occidentales. 

Segundo porque es altamente improbable que, con su estructura de clases, una Cataluña recién independizada y que lucha por subsistir permita elevar los salarios y favorecer realmente a las rentas más bajas mientas intenta subsistir en el actual mundo ultracompetitivo por mucho que hoy se hagan concesiones a las clases populares con el fin de acumular apoyos para el proyecto de construcción nacional.  

El resto de los territorios del Estado, instalados en una lógica competitiva igual de radical, harán todo lo posible por responder al dumping fiscal y salarial de los catalanes: la carrera hacia abajo con el fin de atraer inversiones adquirirá unas dimensiones dramáticas e incluirá un corrimiento político progresivo de las clases populares hacia el nacionalismo de derechas tanto al sur como al norte del Ebro. 

Lo que se observa hoy en algunos países del Este se parece mucho más al escenario más probable a lo que haya sucedido en lugares sacados del contexto histórico, económico y geográfico europeo y contemporáneo.  

Tercero los gastos de la creación de una nueva infraestructura estatal anularán una buena parte del efecto de la  eliminación de las transferencias solidarias a otros territorios del Estado reduciendo el margen material para la distribución secundaria. 

Los gastos financieros destinados a financiar esta construcción a través del endeudamiento en los mercados financieros, con primas de riesgo importantes y elevados tipos de interés, tendrán un efecto similar: se comerán una buena parte, si no toda la riqueza que, creada en Cataluña, se desvía hoy para darle colegios, ambulatorios e infraestructuras a las comarcas más pobres del Estado. (...)"                (Armando Fernández Steinko, 'Esbozo de una propuesta ofensiva sobre el tema nacional', en Piensa y actúa, 21/01/2014)

27/1/14

La izquierda tiene que abordar de forma ofensiva y sistemática la construcción de una identidad nueva y compartida.... solidaria

"¿Qué hacer?

A.) En el actual contexto internacional, los Estados son los únicos actores con capacidad de enfrentarse al poder de los grandes actores globales. La Unión Europea es, hoy por hoy, un espacio destinado a debilitar a los Estados frente a dichos actores. 

Hay que democratizar los Estados para que se conviertan en instrumentos al servicio del interés general, no debilitarlos aún más fraccionándolos en unidades territoriales más pequeñas.

B.) Seguir ignorando el componente identitario de la acción política es colocarse en una posición de defensiva y pasividad frente a las fuerzas nacionalistas: frente al nacionalismo españolista y frente al nacionalismo periférico en sus diferentes variantes. La izquierda del estado tiene que abordar de forma  ofensiva y sistemática la construcción de una identidad  nueva y compartida. 

Esta identidad sólo puede ser plural, republicana y solidaria: no hay espacio político para crear una identidad confederal que no acabe reforzando al nacionalismo. La construcción de una identidad compartida tiene que  transcurrir por el canal de la razón, de la ilustración y de las tradiciones empancipatorias de la humanidad.

 Si estas no se implantan en la sociedad y en las escuelas, será imposible construir un espacio territorial compartido de solidaridad y complicidad entre todas las nacionalidades. Esto no es sinónimo de uniformización pero tampoco es sinónimo de contrucción de un proyecto confederal. 

C.) En el núcleo de la construcción identitaria están a.) las lenguas, y b.) la construcción de relatos históricos coherentes con las tradiciones emancipatorias y humanistas.

a.) Hay que crear un único espacio plurilingue en todo el Estado a lo largo de varias generaciones. Los niños tienen que nacer, crecer y desarrollarse como individuos en y gracias a esta diversidad lingüística. (...)

b.) Hay que escribir entre todos una historia basada en la identificación de las tradiciones humanistas, heterodoxas, solidarias y universalistas. Las luchas de la transición, la segunda experiencia republicana, la cultura del trabajo, el regeneracionismo cultural del siglo XIX y su descubrimiento de los dialécticos, de las tradiciones populares y de la naturaleza, el liberalismo progresista del siglo XIX, las pluralidad religiosa y el comunitarismo democrático medievales, son algunas de ellas.

 No es posible crear nada en este sentido poniendo al mismo nivel a los defensores y los destructores de la democracia, a los que han defendido la heterodoxia religiosa y los que la han destruido, a los que viven del trabajo y los que viven de la propiedad.  Esta equiparación es la que ha bloqueado la construcción  de una identidad democrática compartida a partir de 1978,  el contenido republicano de dicha identidad es una garantía inprescindible para que salga adelante.  

D.) Hay que hacer coincidir el discurso territorial que tiene la  izquierda alternativa del Estado con el que tiene para Europa y el mundo en general. 

 ¡No es posible pedir una Europa más solidaria y, al mismo tiempo, trabajar para destruir las bases de la solidaridad entre los territorios del Estado por mucho que pueda y deba mejorar el funcionamiento del Estado y por mucho que quede por hacer para  crear órganos democráticos de representación de los territorios. 

El internacionalismo no es compatible con el argumento del exclusivismo territorial por mucha solidaridad que se muestre por las causas palestina, bolivariana o cubana.  

E.) La construcción cultural e identitaria tiene que ir acompañada de una propuesta para la configuración institucional de una República Federal  -que no confederal- Multinacional. 

En ella quedarían recogidos los derechos y las obligaciones de los ciudadanos y de todos los territorios siguiendo los principios de una nueva convivencia consitucional: la solidaridad entre clases y territorios, la puesta de la economía al servicio del interés general y la sostenibilidad del planeta, la diversidad cultural y lingüistica en todo el territorio de la República, su neutralidad activa en el plano internacional, la separación geográfica de las sedes del poder ejecutivo-legislativo y judicial, la laicidad y la representación territorial siguiendo criterios de justicia social y territorial etc."        (Armando Fernández Steinko, 'Esbozo de una propuesta ofensiva sobre el tema nacional', Piensa y actúa, 21/01/2014)