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6/6/24

El Imperio Británico fue el mayor productor y exportador de opio del mundo, el principal producto del comercio mundial tras el declive gradual del comercio de esclavos procedentes de África... El imperialismo británico que acabó con las dos principales potencias económicas hasta buena parte de la era moderna, India y China, utilizó el tráfico de drogas como ariete contra los dos países, haciendo de uno el productor y del otro el consumidor de esas sustancias, quedándose ellos con los beneficios (Stansfield Smith)

"Para los chinos, el trauma del Siglo de la Humillación sigue siendo un contundente recordatorio de su pasada derrota y servidumbre neocolonial, así como un recordatorio de la hipocresía y arrogancia farisaicas de Occidente.

En 1500, India y China eran las civilizaciones más avanzadas del mundo. Entonces llegaron los europeos. Acabaron saqueando y causando estragos en ambas, al igual que lo harían en América y África. En el caso de India y China, Gran Bretaña fue la principal culpable, recurriendo al tráfico de drogas patrocinado por el Estado y respaldado por un poder militar industrializado. El Imperio Británico fue el mayor productor y exportador de opio del mundo, el principal producto del comercio mundial tras el declive gradual del comercio de esclavos procedentes de África. Su «civilización» trajo a China el Siglo de la Humillación, que sólo terminó con la revolución popular liderada por Mao Zedong. Este trauma histórico y la lucha por superarlo y restablecer su país están grabados en la mente de los chinos de hoy.

Antes de que los británicos trajeran su «cultura», el 25% del comercio mundial se originaba en la India. Cuando se marcharon, no llegaba al 1%. El tráfico de opio de la India británica fue durante gran parte del siglo XIX la segunda fuente de ingresos más importante de la India colonial. Su «industria del opio era una de las mayores empresas del subcontinente, y producía unos miles de toneladas de la droga al año, una producción similar a la notoria industria del opio de Afganistán [durante la ocupación estadounidense], que abastece el mercado mundial de heroína». El opio representaba entre el 17% y el 20% de los ingresos de la India británica.

A principios del siglo XVIII, China producía el 35% del PIB mundial. Hasta 1800 la mitad de los libros del mundo se imprimían en chino. El país se consideraba autosuficiente, no buscaba productos de otros países. Los países extranjeros compraban el té, la seda y la porcelana chinos, teniendo que pagar en oro y plata. En consecuencia, la balanza comercial fue desfavorable a los británicos durante casi dos siglos, como la situación a la que se enfrentan hoy Estados Unidos y Europa con China.

Este comercio agotó lentamente las reservas occidentales. Finalmente, 30.865 toneladas de plata entraron en China, en su mayoría procedentes de Gran Bretaña. Gran Bretaña recurrió al contrabando de drogas patrocinado por el Estado como solución, y en 1826 el contrabando desde la India había invertido el flujo de plata. Así comenzó uno de los crímenes internacionales más largos y continuos de los tiempos modernos, en segundo lugar después del tráfico de esclavos africanos, bajo la supervisión de la corona británica.

(Los recién formados Estados Unidos ya traficaban con opio a China en 1784. El primer multimillonario de Estados Unidos, John Jacob Astor, se enriqueció traficando con opio a China, al igual que el abuelo de FDR, Warren Delano, Jr).

La Compañía Británica de las Indias Orientales fue clave en este contrabando de opio. Poco después de que Gran Bretaña conquistara Bengala en 1757, Jorge III concedió a la Compañía de las Indias Orientales el monopolio de la producción y exportación de opio indio. Con el tiempo, su Agencia del Opio llegó a emplear a unos 2.500 empleados que trabajaban en 100 oficinas repartidas por toda la India.

Gran Bretaña gravó con el 50% del valor de las cosechas de los campesinos indios para empujarlos a abandonar la agricultura y dedicarse al cultivo del opio. Esto pronto condujo a la hambruna de Bengala de 1770, cuando diez millones, un tercio de la población bengalí, murieron de hambre. Gran Bretaña no tomó ninguna medida para ayudarles, como hizo casi un siglo después con su hambruna orquestada en Irlanda. Otra hambruna azotó India en 1783, y de nuevo Gran Bretaña no hizo nada mientras once millones morían de hambre. Entre 1760 y 1943, según fuentes británicas, más de 85 millones de indios murieron en estas hambrunas, que en realidad fueron genocidios perpetrados por el Raj británico.

En su punto álgido, a mediados del siglo XIX, la exportación de opio patrocinada por el Estado británico representaba aproximadamente el 15% de los ingresos coloniales totales de la India y el 31% de sus exportaciones. Los enormes ingresos procedentes de esta droga consolidaron a la India como una importante base financiera para las posteriores conquistas mundiales de Inglaterra.

En 1729, el emperador chino declaró ilegal la importación de opio. En aquella época ascendía a 200 cofres al año, cada uno de 135 libras, un total de 14 toneladas. En 1799, el emperador volvió a promulgar la prohibición en términos más severos, dado que las importaciones se habían disparado a 4.500 cofres (320 toneladas). Sin embargo, en 1830 aumentaron a 1.100 toneladas, y en 1838, justo antes de que los británicos provocaran la Primera Guerra del Opio (1839-1842), ascendieron a 40.000 cofres (2.800 toneladas).

La producción de un cofre de opio costaba sólo 2 libras en la India, pero se vendía por 10 libras [más de 1.000 dólares a precios actuales] en China, casi 8 libras de beneficio por cofre.

Unos 40.000 cofres abastecían a 2,1 millones de adictos en una población china de 350 millones. China perdía más de 4.000 toneladas de plata al año. Los adictos eran en su mayoría hombres de entre veinte y cincuenta y cinco años, que deberían haber sido sus años más productivos. Fumar opio se extendió gradualmente a diferentes grupos de personas: funcionarios del gobierno, comerciantes, intelectuales, mujeres, sirvientes, soldados y monjes.

Justo antes de la Primera Guerra del Opio, el «zar antidroga» chino, Lin Zexu, escribió a la reina Victoria: «¿Dónde está su conciencia? He oído que fumar Opio está estrictamente prohibido en su país; esto se debe a que el daño causado por el Opio se entiende claramente. Ya que no se permite hacer daño a su propio país, menos aún debe permitir que se transmita al daño de otros países.» Con la arrogancia imperialista habitual, Gran Bretaña ignoró la carta y desafió la legalidad misma de la decisión soberana de China de prohibir las importaciones de Opio.

Gran Bretaña provocó esta Primera Guerra del Opio en represalia porque China incautó y destruyó 1.300 toneladas de opio en manos de traficantes británicos frente a Cantón (actual Guangzhou). Esto tenía un valor equivalente a una sexta parte del presupuesto militar del imperio británico. El ministro británico de Asuntos Exteriores, Palmerston, exigió una disculpa, una compensación por el opio, un tratado para impedir la acción china contra el narcotráfico británico y la apertura de más puertos al «comercio exterior», su eufemismo para referirse al tráfico de drogas.

La British India Gazette informó del saqueo de una ciudad china durante la guerra: No podía concebirse un saqueo más completo que el que tuvo lugar. Todas las casas estaban abiertas, todos los cajones y cajas saqueados, las calles sembradas de fragmentos de muebles, cuadros, mesas, sillas, grano de todo tipo… todo ello salpicado por los cadáveres o los cuerpos vivos de aquellos que no habían podido abandonar la ciudad por las heridas recibidas de nuestros despiadados cañones… El saqueo sólo cesó cuando no hubo nada que llevarse o destruir.

Una vez que Gran Bretaña derrotó a China, el Tratado de Nankín otorgó Hong Kong a los británicos, que rápidamente se convirtió en el centro del tráfico de drogas de Opio, proporcionando pronto a la colonia la mayor parte de sus ingresos. El tratado también permitía a los británicos exportar cantidades ilimitadas de opio.

En 1844, Francia y Estados Unidos obligaron a China a firmar tratados similares, desiguales e injustos, con los mismos derechos comerciales sin restricciones.

Tras la Primera Guerra del Opio, una devastadora hambruna asoló el sur de China, provocando la muerte masiva de millones de campesinos pobres. Pronto estalló la Rebelión Taiping contra el dominio imperial chino, que se cobró 20 millones de vidas chinas entre 1850 y 1864. Al igual que en muchas guerras civiles posteriores, como en Siria hace una década, los Estados europeos financiaron a los rebeldes para socavar el gobierno nacional.

Karl Marx detalló cómo Gran Bretaña provocó la Segunda Guerra del Opio (1856-1860). Francia se unió al saqueo. El Times de Londres, propagandista de su mafia de la droga patrocinada por el Estado, declaró, “Inglaterra, con Francia… dará tal lección a estas pérfidas hordas que el nombre de Europa será en adelante un pasaporte de temor, si no puede serlo de amor, en toda su tierra.”

En octubre de 1860, los militares británicos y franceses atacaron Pekín. A pesar de las protestas francesas, el comandante británico Lord Elgin destruyó Yuanming Yuan, el palacio de verano del emperador, en una muestra de desprecio hacia los chinos.

«El Palacio de Verano era la casa del tesoro por excelencia de China. Jamás había existido en el mundo una colección de riqueza y belleza semejante. Ni volvería a existir jamás: en unos 200 edificios fabulosamente decorados, treinta de ellos residencias imperiales, yacían riquezas que superaban todos los sueños de avaricia. Joyas, jade, trajes ceremoniales, tesoros de la corte, fardos de seda e innumerables objetos de valor incalculable representaban los años de tributo acumulado ante los emperadores chinos. Había espléndidas galerías de pinturas y bibliotecas irremplazables… Durante tres días, las tropas británicas y francesas arrasaron los pasillos de mármol y los relucientes apartamentos del palacio, destrozando con porras y culatas de fusil lo que no podían llevarse». Cuando el robo y la destrucción terminaron, quemaron Yuanming Yuan hasta los cimientos. Se calcula que se llevaron 1,5 millones de reliquias chinas, muchas de las cuales siguen llenando museos y casas de ricos en Occidente.

Gran Bretaña y Francia obligaron a China a legalizar la importación de opio, que alcanzó las 5.000 toneladas en 1858, una cantidad superior a la producción mundial de opio en 1995. China tuvo que aceptar que ningún occidental pudiera ser juzgado en tribunales chinos por delitos cometidos en el país e, irónicamente, legalizar la labor misionera cristiana.

El panfleto de 1881, Opium: La política coercitiva de Inglaterra y sus desastrosos resultados en China e India, afirmaba, “Como muestra de cómo se llevaron a cabo ambas guerras, citamos lo siguiente de un escritor inglés sobre el bombardeo de Cantón: «Piezas de campo cargadas de uva fueron plantadas al final de largas y estrechas calles atestadas de hombres, mujeres y niños inocentes, para segarlos como hierba hasta que las cunetas fluyeran con su sangre». En una escena de carnicería, el corresponsal del Times registró que medio ejército de 10.000 hombres fue destruido en diez minutos por la espada, o forzado a lanzarse al ancho río. El Morning Herald afirmó que ‘un crimen más horrible o repugnante que este bombardeo de Cantón nunca se ha cometido en las peores épocas de la oscuridad bárbara.’”

A mediados de la década de 1860, Gran Bretaña controlaba siete octavas partes del comercio de opio con China, que había crecido enormemente. Las importaciones de opio de la India se dispararon a 150.000 cofres (10.700 toneladas) en 1880. Los ingresos británicos procedentes del opio ascendían a 2.000 millones de dólares anuales en moneda actual y representaban casi el 15% de los ingresos fiscales del erario británico. El London Times (22 de octubre de 1880) afirmaba escandalosamente que «el gobierno chino admitió el opio como artículo legal de importación, no bajo coacción, sino por voluntad propia». Lord Curzon, más tarde Subsecretario para la India, «ningún historiador de renombre, ni ningún diplomático que supiera algo del asunto, apoyaría la proposición de que Inglaterra coaccionó a China en este sentido.»

China inició la producción nacional para no perder más plata con el opio importado. A partir de 1858, grandes extensiones de tierra se dedicaron a la producción de opio, y las provincias pasaron de cultivar alimentos y otros productos de primera necesidad al opio. Con el tiempo, los chinos llegaron a producir 35.000 toneladas, cerca del 85% del suministro mundial, con 15 millones de adictos que consumían 43.000 toneladas anuales.

China, ahora muy debilitada por el narcoestado británico, cedió a Rusia un territorio equivalente a la extensión combinada de Francia, Alemania y España. En 1885, Francia se apoderó del sudeste asiático chino. En 1895, Japón se apoderó de Taiwán y de la Corea controlada por China.

La Alianza de las Ocho Naciones (Japón, Rusia, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Alemania, Italia y Austria-Hungría) invadió de nuevo el país en 1900 para aplastar la rebelión nacionalista de los bóxers. Se exigió una indemnización de 20.000 toneladas de plata y China quedó reducida a una neocolonia.

En 1906, además de a la India británica, el tráfico de opio también aporta ba el 16% de los impuestos a la Indochina francesa, el 16% a las Indias Holandesas, el 20% a Siam y el 53% a la Malaya británica.

Ese año, los británicos, que seguían exportando 3.500 toneladas a China, acordaron finalmente poner fin al sucio negocio en un plazo de diez años. La corona británica tuvo el honor de ser el mayor contrabandista de opio de la historia, un factor central en su destrucción de las civilizaciones china e india.

En 1995, la producción mundial de opio se redujo a 4.200 toneladas métricas (4.630 toneladas), procedentes en su mayor parte de Birmania y Afganistán. Los talibanes lo prohibieron en 2000, y la producción cayó de 3.400 a sólo 204 toneladas. La invasión estadounidense de Afganistán en 2001 revirtió esta situación y, en 2008, el Afganistán ocupado por Estados Unidos producía el 90% del opio del mundo, alcanzando las 10.000 toneladas en 2017. Tras la expulsión de Estados Unidos en 2021, los talibanes detuvieron rápidamente la producción de opio. El Instituto de la Paz de Estados Unidos, posiblemente revelando el apoyo estadounidense al narcotráfico, declaró: «La exitosa prohibición del Opio por parte de los talibanes es mala para los afganos y para el mundo» y «tendrá consecuencias económicas y humanitarias negativas.»

La plaga del opio en China no se resolvió hasta la victoria revolucionaria de 1949, aunque continuó en la Hong Kong británica. Mao proclamó que «China se ha levantado», poniendo fin a su Siglo de Humillación, durante el cual al menos 100 millones de chinos murieron en guerras y hambrunas, y hasta 35 millones durante la invasión japonesa de 1931-1945.

En 1949, China había quedado reducida a uno de los países más pobres del mundo. Hace sólo 75 años, cuatro de cada cinco chinos no sabían leer ni escribir. Pero desde 1981, China ha sacado de la pobreza a 853 millones de sus habitantes, se ha convertido en un país de renta media alta según el Banco Mundial y ha recuperado su estatura en el mundo. Occidente ve ahora a China como una amenaza renovada, tratando de nuevo de inutilizarla económicamente y cortarla en pedazos. Sin embargo, esta vez el pueblo chino está mucho mejor preparado para combatir los designios imperialistas de imponerle una nueva era de humillación."

( Stansfield Smith , MRonline, 30 de mayo de 2024, traducción DEEPL)

27/10/23

Churchill fue un racista y un colonialista que llegó a proponer el eslogan “Mantener Inglaterra blanca”... Ese racismo era un sentimiento compartido por la clase dominante de su tiempo

 "Tariq Ali (Lahore, Pakistán, 1943) es uno de los grandes pensadores de la izquierda del siglo XX y de lo que llevamos de XXI. Historiador, periodista, escritor, cineasta y activista, (...) Ahora suma, también con Alianza Editorial en España, Winston Churchill: sus tiempos, sus crímenes, un análisis histórico de quien fue dos veces primer ministro de Gran Bretaña. Nos atiende por videoconferencia desde su casa en Londres, rodeado de mesas y sillas atestadas de libros y papeles.(...)

En los últimos años, se han estrenado numerosas películas y series de televisión que retratan a Winston Churchill como un demócrata ejemplar y un estadista al que prácticamente le debemos la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, cada vez más activistas han realizado protestas para denunciar el racismo del líder británico que, incluso, llegó a proponer el eslogan Keep England White (“Mantener Inglaterra blanca”, en español). ¿De dónde bebía ese racismo genético del que habla usted en su ensayo? 

La pasión de Churchill era ser militar, pero como no triunfó en el campo de batalla se dedicó a su segunda opción, la política. Procedía de una familia poderosa y de tradición castrense. Antes de ser primer ministro, Churchill trabajó en varios gobiernos y su prioridad fue siempre defender el Imperio Británico, lo que instrumentalizó para ascender en su carrera. Ese racismo era un sentimiento compartido por la clase dominante de su tiempo, que no pensaba en el punto de vista de los países ocupados, de las personas que habían sido torturadas y asesinadas.  

Pero todo el culto del que goza en la actualidad Churchill es bastante reciente. Mientras estaba vivo, recibía numerosas críticas y se publicaron libros sobre lo que realmente era, un líder político muy derechista. Claro que hizo algunas cosas útiles durante la Segunda Guerra Mundial, pero por aquel entonces estaba claro que la habían ganado quienes fueron al campo de batalla y, sobre todo, el Ejército Rojo, que aplastó a los nazis en Stalingrado y que había librado las batallas más determinantes en territorio de la Unión Soviética. Finalmente, hay que sumar el espaldarazo de la ayuda militar de Estados Unidos.

Churchill también se dedicó con ahínco a destruir a las organizaciones obreras en Inglaterra.

Era la política del Partido conservador. Los sindicalistas y socialistas estaban muy orgullosos de su imperio, y esa contradicción fue la que les debilitó. El imperio británico y el colonialismo infectó a grandes sectores de la población. De hecho, cuando los movimientos obreros atacaron a los políticos, defendieron a la monarquía, que desempeña un papel político muy importante, no es apolítica en absoluto. Lenin dijo que las grandes debilidades de Churchill eran que no era demócrata y que dependía demasiado de la monarquía y del Ejército, sus dos instituciones predilectas. Fue una evaluación muy precisa. 

En el libro, explica que Churchill apoyó siempre a Franco porque consideraba que era lo mejor para el Imperio Británico y porque prefería el fascismo a los judíos y a los comunistas. ¿Cómo fue la relación entre ambos?

 Todo comenzó con la Revolución rusa de 1917. Churchill temía que si se extendía y triunfaba en Europa y en el resto del mundo, sería el fin de los británicos. Por eso siempre apoyó a los bandos de la derecha para impedirlo. En este sentido, Franco era perfecto porque había acabado con un gobierno electo de socialistas, comunistas y anarquistas, de los que Churchill siempre defendió que había que deshacerse. De hecho, declaró que de haber sido español habría luchado con los franquistas y en el caso de haber sido italiano, con Mussolini. Fue muy sincero sobre su orientación política. La tragedia no fueron sus palabras, sino las consecuencias de sus políticas. Imagínese qué habría pasado si tras la Segunda Guerra Mundial Franco y la Falange hubiesen sido expulsados y se hubieran celebrado elecciones democráticas. Estoy seguro de que se habría restaurado un gobierno republicano y habría sido una España muy diferente. 

Churchill era una figura profundamente reaccionaria y tuvo mucha responsabilidad de que la dictadura franquista durase tanto. Su influencia también supuso una verdadera tragedia para otras zonas de Europa. De hecho, aunque le dijo a De Gaulle y a otros líderes europeos que apoyaba la unión del continente, también aclaró que si había un enfrentamiento con Estados Unidos, siempre estaría del lado de estos últimos. (...)"              (Entrevista a Tariq Alí, Patricia Simón, La Marea, 26/10/23)

7/5/23

Terry Eagleton: ¿Por qué no le caigo bien al Rey Carlos? Tengo una espina clavada con Carlos III. Hace algunos años, cuando aún era un humilde Príncipe de Gales, concedió una audiencia a unos becarios Rhodes de Oxford en una época en la que yo enseñaba allí. "¿Quién os enseña?", les preguntó. "No ese terrible Terry Eagleton, espero"... Las democracias funcionan siempre que todos estemos de acuerdo en que así sea. Pero, irónicamente, lo mismo ocurre con la monarquía. Sólo sobrevive mientras mantengamos la ficción colectiva de que, por ejemplo, un joven carcamal convertido en viejo carcamal famoso por su irritabilidad, petulancia y autoindulgencia, sin más lealtad que la genética, debe ser venerado de forma casi religiosa. De hecho, sabemos muy bien que ser rey es un trabajo que casi cualquiera podría hacer, siempre y cuando sepas andar, sonreír, dar la mano, cultivar una mirada preocupada y hacer lo que te digan tus cortesanos

 "Tengo una espina clavada con Carlos III. Hace algunos años, cuando aún era un humilde Príncipe de Gales, concedió una audiencia a unos becarios Rhodes de Oxford en una época en la que yo enseñaba allí. "¿Quién os enseña?", les preguntó. "No ese terrible Terry Eagleton, espero".

Me sentí desolado al oír esta noticia. No porque dudara del derecho del Príncipe a juzgar, por duro que fuera, a uno de sus súbditos. Al contrario, con gusto me habría sometido a un torrente de viles improperios de la lengua real, sintiendo que no era más que su prerrogativa. Si hubiera anunciado oficialmente que yo era un gusano despreciable, y que iba a ser tratado como tal en todo el reino, mi lealtad habría permanecido inquebrantable.

Aun así, no pude evitar sentirme conmocionado. Era como descubrir que Dios no soportaba verme, o que el Papa vomitaba cada vez que mencionaban mi nombre. Al oír las palabras de Charles me sentí como una versión más sombría del Christopher Robin de A.A. Milne. "¿Crees que el Rey lo sabe todo sobre mí?", le pregunta lastimero a su niñera, a lo que ella responde con la consoladora mentira: "Seguro que sí, cariño, pero es la hora del té". Estaba claro que el Príncipe también lo sabía todo sobre mí, pero más del modo en que podrían saberlo el MI5 o el HMRC. Esto no me produjo la sensación de seguridad cósmica que uno imagina que sintió el joven Christopher. Era como si su niñera le hubiera contestado: "Seguro que sí, cariño, y piensa que eres un imbécil".

Supuse que eran mis opiniones políticas, más que el corte de mi chaqueta o mi reticencia a montar a los sabuesos, lo que Charles encontraba desagradable, y esto era lo que más me perturbaba. Había imaginado que las personas de la realeza como él estaban por encima del ámbito político, impecablemente ecuánimes en su trato a los conservadores y los trotskistas. Es cierto que había enviado a sus hijos a Eton, pero yo suponía que lo había hecho porque en el colegio local podían darles un poco de caña.

¿Era posible que hubiera pasado toda mi vida sumido en el engaño? Aparecieron fragmentos de memoria, anomalías a las que había cerrado los ojos: el odio patológico de la Reina Madre hacia los alemanes, la comparación de los irlandeses con cerdos por parte de la Princesa Margarita, las geniales meteduras de pata racistas del Duque de Edimburgo, la enorme riqueza privada de todos ellos. ¿Podría haber un patrón aquí? Incluso entonces, el Príncipe Andrés ya no parecía irradiar el aura de misterio y enigma que había sentido por él antes. Por mucho que me resistiera, me resultaba imposible evitar la conclusión de que la familia real no es políticamente neutral.

Las palabras de Christopher Robin revelan cierta perspicacia. La idea de soberanía implica la fantasía de ser conocido por un poder omnisciente, que a pesar de escudriñarte hasta lo más profundo sigue amándote incondicionalmente. La palabra habitual para designarlo es Dios, pero un término más familiar es padre, y el monarca es la mamá o el papá definitivo de todos nosotros.

La ficción es que el Rey conoce a todos sus súbditos desde dentro, pero esto no significa que su conocimiento de ellos se extienda tanto que no pueda conocer a ninguno en particular. Al igual que Bill Clinton, el soberano puede hablar con todo el mundo en una sala abarrotada como si fuera la única persona presente. Es natural, sin embargo, pensar que el Rey podría no tener un conocimiento tan íntimo, y por eso hay cierta ansiedad en la pregunta de Cristóbal a Alicia, la niñera. Si Dios o el Rey son lo bastante trascendentes como para conocer y amar a todo el mundo, ¿no implica esto un distanciamiento que significa que no pueden amar ni conocer a nadie? ¿Cómo se puede ser a la vez íntimo y omnisciente?

Tratar de resolver esta contradicción es el sentido de esos cuentos populares en los que el rey se mueve entre su pueblo de incógnito, observándolo de cerca pero disfrazado, y por tanto sin amenaza para su majestad. Se convierte en un quintacolumnista en su propio reino. ¿Y si el soberano está tan distante que el pueblo se siente despojado, abandonado, como parecen haberse sentido los británicos cuando la Reina se negó a llorar a la princesa Diana? El titular de The Sun de entonces, "¿Dónde está nuestra Reina?", puede traducirse en un temible aullido infantil: "¡Mamá!"

Sin embargo, hay un problema con el amor de los padres. Los padres son como las autoridades políticas porque se supone que deben cuidar de todos sus descendientes/ciudadanos por igual, y en el caso de los padres hacerlo incondicionalmente. Esto se puede ver en acción cada vez que alguien es acusado de un delito grave. Todos sus parientes acudirán espontáneamente en su apoyo, testificando que jamás pisó la tierra un hijo más cariñoso o un hermano de corazón más grande. "¡No puede haberlo hecho!", insisten ante la prensa. "Quiero decir, le conozco. Lo conozco desde que nació". El hecho de que el Estrangulador de Boston también era conocido por otros es extrañamente pasado por alto. Yo mismo soy padre, pero si uno de mis hijos fuera acusado de asesinato, no asumiría automáticamente que es inocente. Todos los asesinos tienen padres. Todo el mundo es capaz de perder la calma y matar a alguien. No hay incoherencia entre ser un hijo cariñoso y empuñar un machete.

La idea de soberanía, por tanto, es a la vez consoladora e inquietante. Ser aceptado por una autoridad inconcebiblemente superior a uno mismo es afianzar y confirmar la propia identidad. El soberano te mira benignamente y tú le devuelves la mirada agradecido. Te han sacado del rebaño común y te han investido de un estatus especial. Eres, en una palabra, UnHerd. La relación es, por supuesto, desigual: Dios o el monarca pueden conocerte, pero tú no puedes conocerlos a ellos, porque son seres trascendentes envueltos en el misterio. Sólo puedes saber que te conocen. Sin embargo, también eres consciente de que esta relación especial también es cierta para todos los demás, en cuyo caso no lo es para ti. Si todo el mundo es especial, nadie lo es. Y ésta es una de las razones de la ansiedad que genera la autoridad.

Las democracias reales, es decir, las republicanas, no funcionan así. Son la única forma política que no necesita invocar un poder legitimador externo al propio pueblo. En lugar de ello, el pueblo se legitima a sí mismo, en su discurso cotidiano, en su acción y en la elaboración de leyes. Esto les confiere una autoridad inusual, pero también genera incertidumbre. Significa que la sociedad política sólo se basa en sí misma, sin un guión escrito de antemano ni una agenda divina, y esto se asemeja a una sensación de falta de fundamento. Las democracias tienen que inventarse las cosas sobre la marcha, más como un teatro experimental que como un drama shakesperiano. "El pueblo" parece una base suficientemente firme, pero en realidad el pueblo está dividido, es diverso y cambia constantemente. Por eso la democracia es el tipo de política adecuada a la modernidad, a la idea de que las sociedades son históricas y no eternas, y de que los hombres y las mujeres se forjan a sí mismos y no están determinados por la tradición.

Mientras tanto, ser conocido no siempre es agradable, como sugeriría "ese terrible Terry Eagleton". Si existe el Rey benévolo que sabe lo que Christopher Robin desayuna, también existe el Gran Hermano. La soberanía no está lejos de la vigilancia. "Tú, Dios, me vigilas" puede significar tanto "¡Deja de pecar porque Él te vigila!" como "¿No es agradable saber que Dios me vigila?".

El filósofo del siglo XIX Jeremy Bentham diseñó una prisión con una torre de vigilancia central y un círculo de celdas alrededor. Los guardianes no tenían la capacidad divina de supervisar a todos los presos todo el tiempo, pero podían echar un vistazo a cualquiera de ellos cuando quisieran; y como los reclusos no sabían cuándo estaban siendo escrutados, esto equivalía a ser inspeccionados todo el tiempo. En Disciplina y castigo, Michel Foucault utiliza esta imagen del estado de vigilancia mucho antes de que estuviéramos realmente vigilados todo el tiempo. Ya no es cierto, adaptando el célebre dicho de Abraham Lincoln, que se puede vigilar a algunas personas todo el tiempo, o a todas las personas parte del tiempo, pero no se puede vigilar a todas las personas todo el tiempo.

Las democracias funcionan siempre que todos estemos de acuerdo en que así sea. Pero, irónicamente, lo mismo ocurre con la monarquía. Sólo sobrevive mientras mantengamos la ficción colectiva de que, por ejemplo, un joven carcamal convertido en viejo carcamal famoso por su irritabilidad, petulancia y autoindulgencia, sin más lealtad que la genética, debe ser venerado de forma casi religiosa. De hecho, sabemos muy bien que ser rey es un trabajo que casi cualquiera podría hacer, siempre y cuando sepas andar, sonreír, dar la mano, cultivar una mirada preocupada y hacer lo que te digan tus cortesanos. El Manchester United podría asumirlo por turnos, con cada jugador haciendo el trabajo durante un año más o menos.

Si Christopher Robin muestra cierto grado de sabiduría, también lo hace el niño que proclamó que el emperador no tenía ropa. O, mejor dicho, el Emperador no es más que ropa: sólo sus atavíos exteriores y su atuendo ceremonial. Las coronaciones son solemnes farsas en las que aceptamos suspender nuestra incredulidad en el mito y el orden divino para aplacar nuestro temor de que, como demócratas, no nos apoyemos en nada más sólido que nosotros mismos. Al igual que con la moneda, es nuestra fe en algo intrínsecamente sin valor lo que hace que funcione. Necesitamos un Otro, y los Windsor están a mano para proporcionárnoslo. En los tiempos en que el monarca tenía verdadera autoridad, se vestía con galas en parte para deslumbrar a sus súbditos, pero también, como sostiene Edmund Burke, para encubrir y suavizar la brutalidad de su poder. Los reyes eran hombres travestidos, que cubrían el feo falo de su dominio bajo seductores ropajes femeninos.

Al final, sin embargo, no funciona del todo bien. Se supone que la realeza representa un oasis de estabilidad y continuidad en el entorno cada vez más fluido, inestable e impredecible que conocemos como sociedad de mercado. Lo que ha ocurrido, en cambio, es que el comportamiento moral de ese mundo ha invadido ahora el santuario interior de la propia familia real, con su letanía de rupturas, meteduras de pata, guerras publicitarias y relaciones disfuncionales. Merece la pena tener esto en cuenta cuando nuestra democracia se inclina ante un jefe de Estado no elegido." 
                       

( , UnHerd, 04/05/23; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

11/7/18

¿La “tanatocracia”, ese sistema represivo fundado sobre la pena de muerte, constituye la faz sombría del surgimiento del salariado?

 Cuando se ahorcaba a los pobres

"Todavía por traducir al español, The London Hanged: Crime and Civil Society in the Eighteenth Century [Los ahorcados de Londres: Crimen y sociedad civil en el siglo XVIII] (Londres, Allen Lane, 1991), primer libro importante de Peter Linebaugh, acaba de ser traducido al francés con el título de Lespendus de Londres.
 Crime et societé civile au XVIII siècle por la editora radical Lux Editeurs. Recogemos dos reseñas recientes que acaso animen a una pronta publicación en lenguas peninsulares. SP 

El paseante londinense que pasa por el ángulo noreste de Hyde Park no dudará de que en ese lugar se levantaba la siniestra horca de Tyburn, de la que se colgaba varias veces al año a los condenados a muerte.

 En un libro que hizo época, publicado en 1991 en Inglaterra, reeditado varias veces y por fin traducido al francés, el historiador norteamericano Peter Linebaugh ha querido saber quiénes eran esos desgraciados y qué delitos les condujeron a este triste fin. El resultado es un libro impresionante y desbordante: un fresco vibrante de la clase obrera inglesa en el amanecer del capitalismo. 

Linebaugh demuestra, gracias a una minuciosa investigación en los archivos judiciales, que los ahorcados de Londres sólo muy raramente eran delincuentes encallecidos. Más a menudo se trataba de trabajadores pobres, marineros, artesanos, criados, condenados por haber robado algunos objetos. 

Tyburn se convirtió en símbolo de la criminalización de los pobres, emblema de una violencia ejercida por las élites contra esta población obrera cuyos hábitos, solidaridades y tradiciones entorpecían el auge del capitalismo inglés. En la línea del gran historiador inglés, E. P. Thompson, del que fue alumno, Linebaugh insiste en la contradicción entre las costumbres populares que consistían, por ejemplo, en substraer un poco de materia prima para consumo personal, y el carácter ya para entonces sagrado de la propiedad individual.

 La “col” de los sastres, compuesta de pedazos de tela sobrante enrollados en una pelota, era considerada un robo, lo mismo que el ron extraído de los barriles por los marineros. Esas formas de apropiación, hasta entonces toleradas e incluso inscritas en el corazón mismo de las relaciones de trabajo, podían en adelante llevar directamente  a la horca. 

El robo, a cambio, se convirtió en una forma de contestación del nuevo orden económico, del mismo modo que las numerosas evasiones de la cárcel, muy populares entre el público inglés, desafiaban la represión.  

Los ahorcados de Tyburn habrían sido, por tanto, víctimas de una violenta lucha de clases. La “tanatocracia”, ese sistema represivo fundado sobre la pena de muerte, constituiría la faz sombría del surgimiento del salariado. Digámoslo: esta explicación demasiado sistemática, sin matices, no convence por completo. 

Se podría objetar que la represión judicial era bastante más severa en los siglos precedentes y que los ahorcamientos cesaron precisamente en Tyburn a finales del siglo XVIII, en el momento en que la Revolución Industrial cobraba impulso. Por otro lado, el peligro consiste en identificar de forma demasiado general delincuencia y pobreza, en nombre de un romanticismo de la ilegalidad. 

Pero en el fondo estas reservas no afectan a lo esencial, pues la potencia y riqueza de este libro llegan bastante más allá: atañen a la reconstitución minuciosa e inspirada del Londres popular.       

Peter Linebaugh posee un talento innegable para hacer revivir el mundo de marineros y tejedores, mozos de cuerda y carniceros, de prostitutas y carpinteros. El crecimiento demográfico de Londres, que llegó al millón de habitantes a finales de siglo, hacía de la ciudad un crisol popular y cosmopolita en el que convergían miles de irlandeses, antiguos esclavos negros, soldados tullidos, refugiados venidos de toda Europa, atraídos todos por la promesa de libertad religiosa y por la prosperidad económica, todos obligados a vivir en condiciones precarias. 

El libro está repleto de anotaciones concretas sobre el mundo de los oficios, de visiones sobre los horizontes lejanos del comercio imperial. Nutrido de referencias literarias, atravesado de un aliento indiscutible, Los ahorcados de Londres tiene a veces la apariencia de una epopeya del pueblo llano londinense. Linebaugh no quería estudiar solamente a los ahorcados de Tyburn, deseaba rendirles homenaje y defender su memoria. 

Hacía falta para ello que la sensibilidad del militante se aliara a la erudición del historiador. Siguiendo este plan, la apuesta se sostiene por entero.     

Fuente: L´Obs, nº 2799 , 28 de junio-4 de julio de 2018

Las normas nacientes del capitalismo se entreveían a la sombra de un patíbulo londinense en el siglo XVIII  

En el extremo noreste de Hyde Park se alzaba la horca de Tyburn, «árbol de los ahorcados» de Londres. De 1571 a 1783 fueron allí ejecutadas en público 50.000 personas. 

Analizando las decisiones judiciales que llevaron a esas detenciones y a las confesiones de los atormentados recogidas por los capellanes que comerciaban con ellas, el historiador borteamericano Peter Linebaugh muestra que en el siglo XVIII Tyburn sirvió sobre todo para castigar los atentados contra la propiedad y de falsificación de moneda cometidos por artesanos cualificados, aprendices y marineros de todos los orígenes, londinenses, ingleses, irlandeses y extranjeros.  

Prototipo de esta «historia desde abajo», del punto de vista de los dominados, inaugurada por el británico Edward P. Thompson, la obra reconstruye los conflictos de clase nacientes en el «taller del mundo» que era Inglaterra entonces. Tolerada antes como complemento de la remuneración, la sisa se convierte en un delito mayor, y la propiedad privada, en un absoluto. 

Para implantarse, el capitalismo exige una mutación antropológica profunda. Es preciso quebrar la indolencia de nacimiento de los pobres y sus veleidades de independencia, meter en la cabeza de los futuros obreros de la gran industria las normas económicas, jurídicas y morales del nuevo sistema. 

Junto a esta lección contundente de sociología histórica, los relatos de vida de los ahorcados hacen de este libro un cuadro apasionante del Londres de las «clases peligrosas», una vibrante Comédie humaine de los sin poder. 

(Sin firma).  Fuente: Le Nouveau Magazine Littéraire, no 6, junio de 2018"                 (Antoine Lilti, Sin Permiso, 06/07/18)

17/4/17

El precariado no es particularmente de izquierdas... se siente más atraído hacia políticas y líderes anti-establishment.

"(...) En el libro habla sobre el precariado y, aunque no inventa el término, sí desarrolla el concepto. Actualmente, ¿podríamos considerar como parte del precariado a los hijos de la clase media que fueron a la universidad pero no encuentran trabajo acorde a sus capacidades?

Creo que no, no estarían en el precariado. Una de las clases de las que hablamos en el libro es la que llamamos “trabajadores de servicios emergentes”. Son personas que, en muchos casos, han ido a la universidad, que están bastante capacitados, pero no tienen todavía una carrera profesional asegurada, y por tanto van cambiando de trabajo.

 Pero quienes están en el precariado están realmente en la parte más baja de la sociedad, trabajando en tiendas, en trabajos de seguridad y vigilancia, y en general no tienen estudios universitarios. Es un tipo distinto de precariedad.

 Nosotros utilizamos términos distintos para diferenciar entre quienes vienen de clase media, con estudios universitarios probablemente, y el precariado, que va pasando de trabajo temporal en trabajo temporal, empleo informal, lo que llamamos contratos “de cero horas”, con pocas capacidades y pocas perspectivas de desarrollar una carrera profesional. 

Y son distintos, yo creo, de quienes han ido a la universidad, que puede que estén encadenando trabajos temporales ahora, pero tienen expectativas de moverse hacia unos puestos de trabajo más afianzados para desarrollar una carrera profesional más adelante.

¿Estamos viviendo el fin de una tendencia en la que las nuevas generaciones solían vivir, como mínimo, igual de bien que las anteriores?

Sin duda. Los jóvenes están experimentando muchas dificultades en Reino Unido; la diferencia entre jóvenes y mayores se está ampliando mucho. Si eres un joven en la veintena ahora, puedes esperar tener un modo de vida peor que tus padres hace 30 años. 

Es una de las contradicciones de la desigualdad contemporánea: la diferencia generacional. Los pensionistas de una determinada edad tienen sus planes de pensiones, y ya pagaron sus casas. Pero los jóvenes tienen dificultades para comprar una casa o incluso para pagar un alquiler y han sido desplazados del mercado inmobiliario. Es un gran problema.

¿Cuál es la inclinación política del precariado? 

En nuestro estudio, el precariado estaba bastante desilusionado, era bastante escéptico respecto a la política. Sin duda lo era respecto a la política oficial del Partido Laborista y del Partido Conservador. Tenemos la imagen de un cambio hacia una política más populista, que se ha podido ver en el Brexit. 

Mucha gente del precariado no se sentía atraída por vivir en Europa porque no veía qué ventajas le ofrecía personalmente el hecho de quedarse en Europa, y también había preocupación por la inmigración. El precariado no es particularmente de izquierdas, tiene mucho más que ver con una visión cortoplacista, se siente más atraído hacia políticas y líderes anti-establishment. 

¿Diría que el Brexit fue un voto de clase?
No sólo de clase, pero sí que la clase fue uno de los elementos, junto con el miedo a la inmigración, la raza… Los resultados del referéndum muestran que fueron quienes vivían en zonas pobres los que se inclinaron por abandonar la UE. Las personas que vivían en zonas con más inmigrantes y un nivel de estudios superior tendieron a votar a favor de permanecer.

Comenta que la mayoría del precariado no ve ventajas en ser parte de la UE pero, al mismo tiempo, depende del sistema público del bienestar, que difícilmente no se verá afectado por esta decisión. 

Tenemos esta imagen de gente que vive de las prestaciones del Estado, pero la mayoría de los que están en paro y cobran la prestación por desempleo lo hacen solo un par de meses mientras buscan otro trabajo. En realidad, la mayoría del precariado trabaja, pero lo hace en condiciones inestables. Una pequeña parte sí vive de estas prestaciones, pero la mayoría de la gente pobre o precaria  sobrevive con trabajos temporales y mal pagados.

¿Cree que los resultados hallados en su investigación podrían generalizarse al resto de Europa?

Creo que hay diferencias entre países. El caso británico es probablemente extremo, pero hay un patrón común: a la clase dominante le va bien y está muy separada del resto, sobre todo de los pobres, del precariado. Imagino que en España el precariado es probablemente más grande que en Reino Unido porque el desempleo es mayor, pero esa diferencia cada vez mayor entre el precariado y las élites es bastante común en muchos países de la UE. 

En medio, según la estructura de clases, se ven grupos sociales bastante complejos y fragmentados. Así que, aunque los detalles pueden variar, el modelo general de una mayor división entre la parte más alta y la más baja de la sociedad está bastante extendido.

¿El aumento del precariado explicaría el auge del populismo en Europa en general?

Sí, sin duda. El populismo también está rechazando las élites. Creo que en muchos países, conforme la élite ha ido decepcionando a la gente, muchos se han inclinado por opciones más populistas. Se vio claramente en la política italiana, por ejemplo, con el Movimiento 5 estrellas. Es una cuestión bastante vigorosa.

 En su obra menciona las políticas conservadoras de Margaret Thatcher y cómo cambiaron la mentalidad hacia el “si eres pobre, es porque no haces lo suficiente para no serlo, por tanto, es culpa tuya”. ¿Dónde estaba el Partido Laborista cuando los conservadores estaban haciendo todo este trabajo mental para convencer a la gente de que es culpa suya ser pobres? 

 El Partido Laborista gobernó durante la mayor parte de los setenta, y era un partido bastante de izquierdas --según los estándares actuales, sin duda--. En cierto modo, Thatcher tenía mucho que ver con derrotar esa visión del Partido Laborista. 

Y lo que pasó en el corto plazo es un poco lo que está pasando ahora con Jeremy Corbyn: el partido se movió hacia la izquierda a principios de los años ochenta, y ese giro no atrajo al votante de centro, así que en las elecciones de 1983 los laboristas sufrieron una seria derrota frente al Partido Conservador. 

A finales de los noventa, Tony Blair trató de relanzar el Partido Laborista con el movimiento New Labour, posicionando el partido en un terreno más centrista. Es discutible si no lo movieron incluso demasiado hacia la derecha. 

Creo que en los noventa los laboristas podrían haber tenido políticas más socialdemócratas, pero Blair era un político muy eficaz. Lo que ha pasado ahora es que Jeremy Corbyn ha vuelto a inclinar el partido hacia la izquierda, rechazando esa visión de Tony Blair, pero ese tipo de visión izquierdista de los ochenta no es ya tan atractiva para el electorado, en parte porque es difícil volver a un modelo de país manufacturero. (...)

¿Hay alternativa para la izquierda?

Creo que sí, creo que hay una sensación entre el electorado de que debería haber más redistribución, que defiende que las personas pudientes paguen más impuestos. Plantearlo de esta forma podría atraer más votantes. El gasto en bienestar, en cambio, es más controvertido. 

Ed Miliband, el líder laborista tras Gordon Brown, desplazó el partido un poco hacia la izquierda, y presentó elementos de redistribución sin perder de vista las identidades populares, pero perdió las elecciones. Creo que la cuestión de Europa ha sido muy controvertida en la política británica por razones obvias. 

El Partido Laborista bajo Jeremy Corbyn no ha hecho de este tema un “gran tema”, lo que yo considero que es un error. Me parece que si el líder del partido hubiera dicho claramente que creía que Reino Unido debía quedarse en Europa, podría haber obtenido un apoyo significativo, porque la mayoría de los partidarios del Partido Laborista son europeístas. "                   (Entrevista a Mike Savage / Autor de ‘Social Class in the 21st Century’, CTXT, Irene G. Pérez, 07/04/17)

26/6/14

El robo de las tierras comunales... ayer y hoy

"(...) El profesor emérito de la Universitat Pompeu Fabra propone un ejercicio de historia comparada, entre lo que ocurre en la España del siglo XIX y el proceso que en la Inglaterra del siglo XVIII expropió a los campesinos de las ventajas que les proporcionaban las tierras comunales y los derechos comunes, y terminó con la existencia de un mundo de campesinos autónomos. 

El poeta John Clare decía: “Hubo un tiempo en que un trozo de tierra me hacía libre de la esclavitud, hasta que llegaron los viles cercados de tierras que han hecho de mi un esclavo de la caridad de la parroquia”.

En el caso francés, el problema que más gravemente afectó a los campesinos a finales del siglo XVIII, y lo que les empujó a la revolución, no era el de los derechos feudales (que sólo afectaba a los propietarios independientes), sino la tendencia por parte de la aristocracia y de la burguesía a introducir contratos “en dinero” y de duración limitada que arruinaban a los campesinos, en sustitución de los tradicionales contratos de larga duración y los arrendamientos en pago por “frutos”.

El malestar rural de 1789 en Francia habría surgido, en primer lugar, por la ofensiva capitalista que estaba destruyendo el viejo sistema agrario, en el que el campesino sin dinero podía vivir, a pesar de todo, gracias a los arrendamientos a largo plazo y pagados con una parte de los frutos, además de los medios que proporcionaban los bienes y derechos comunales. 

Pero el hecho de que la revolución triunfara en Francia, dejó a los campesinos en una situación distinta a la de los ingleses y los españoles, sobre todo en cuanto a la persistencia de la pequeña propiedad campesina, lo que implicaría una gran diferencia en el camino que se iba a seguir.

“El caso de España está claro”, zanja Fontana. Al igual que en Inglaterra o Francia, la lucha por la tierra o, dicho de otro modo, el proceso que conduce a “la propiedad burguesa de la tierra” se inició mucho antes. Posiblemente habría que comenzar con el estudio de las alienaciones de tierras y rentas reales, que en 1637 proporcionaban a la corona más recursos que los aportados por el tesoro americano. 

 Según Alberto Marcos Martí, se convirtieron en un instrumento en manos de la monarquía para contener y compensar a la nobleza, así como integrar a amplios sectores del funcionariado y la burguesía en la clase feudal. Ello implicaba reforzar el orden de los viejos estamentos privilegiados, a expensas de los campesinos.

¿Por qué estos procesos cobran en España nueva fuerza desde comienzos del siglo XIX?, se pregunta el historiador catalán. Sobre todo, para hacer frente a las resistencias de la población campesina a la continuidad del viejo sistema, traducida en una progresiva erosión del pago de los derechos señoriales y del diezmo. La guerra del “francés” y los decretos de las Cortes de Cádiz ayudaron a abrir los ojos sobre la naturaleza real del sistema.

 Ahora bien, explica Fontana, “en lugar de vaciar de contenido los privilegios del viejo sistema en beneficio de los campesinos, la reforma agraria liberal se hizo en buena medida para preservar los derechos de los propietarios; que la operación se mostrara como una gran empresa liberadora, no era más que una forma de legitimarla”.

Pero, además de este gran programa de consolidación de la propiedad, se da (de una manera mucho menos visible) una gran campaña de apropiación de las tierras y bienes comunitarios; tierras y bienes que permitían a los campesinos aquella subsistencia en libertad que los ingleses tenían antes del cercamiento de tierras, y los franceses consiguieron preservar gracias (en buena medida) a su participación e la revolución. Concluye Fontana que esta es una cuestión que no ha tenido en el caso español la abundancia de estudios que se han dedicado, por ejemplo, a la desamortizacón eclesiástica (“uno de los esfuerzos más inútiles de nuestra investigación historiográfica, que abocó a un gran número de historiadores a su estudio en los años 70 y 80 del siglo pasado”).

“Del destino de la propiedad comunal campesina, por el contrario, sabemos únicamente lo que hace referencia a la desamortización civil llamada de Madoz, en 1855, que también era una operación destinada a resolver problemas hacendísticos”. Pero, matiza el especialista en historia económica, “se nos ha pasado por alto la parte más importante del proceso, que es la apropiación que se realiza en una suma de pequeñas operaciones puntuales y a menudo sin cobertura legal”.

 De hecho, la primera ley del siglo XIX autorizando la venta de bienes comunales (5-X-1811), se concretó en un Decreto (4-I-1813) sobre enajenaciones de baldíos y otras tierras comunales. Pero mientras, y esto es lo significativo, se habían vendido muchas tierras (en Guipúzcoa, esta desamortización civil supuso la alienación del 10% de la superficie de la provincia). 

Además, una vez finalizada la guerra contra los franceses continúa la venta de bienes municipales que, según denunciaba una Real Cédula de 21-XII-1818, se había producido “sin absoluta necesidad o con muy poca; otros con ella, pero sin formalidad alguna, quedándose en poder de los propios constituyentes del Ayuntamiento sin subasta; algunas sin tasa, y otras hecha ésta por ellos mismos y habiéndoles dado un valor ínfimo”.

En la preocupación de los historiadores por investigar la evolución del liberalismo y el triunfo de la revolución burguesa, pasaron por alto –según Josep Fontana- la transformación agraria más importante de la primera mitad del siglo XIX, que permitió roturar nuevas tierras, extender el área cultivada y aumentar la producción de granos en la medida que era necesario para hacer frente al aumento de la población.

 Así se evitaban, asimismo, las grandes hambrunas de los primeros años del siglo XIX. No hubo ninguna ley que autorizara este proceso -finalmente legalizado como hecho consumado e irreversible en 1847- en el que se redujeron a cultivo extensos terrenos tanto del estado como “propios” y “comunes” de los pueblos.

Insiste el historiador catalán en que la apropiación de las tierras comunales “desaparece la nuestra vista al desarrollarse en una serie de episodios puntuales, que no aparecen en los relatos históricos globales y además acostumbran a ocultar la conflictividad campesina”. Por ejemplo, al referirse a lo que ocurre en 1836 los libros de historia se ocupan normalmente de los sucesos de la Granja y el motín de los sargentos.

 Pero en Aragón se multiplicaron por esas fechas las protestas campesinas, que llevaron a las casas señoriales a dirigirse al gobierno y alertar de que sus intereses y los de la patria podían correr peligro. El malestar provocado por estas revueltas se debía a la desaparición de las tierras de aprovechamiento común y el endurecimiento de las condiciones de explotación en tierras con viejos derechos de carácter señorial.

Fontana señala otro ejemplo de ocultación historiográfica de la conflictividad campesina. Cuando se habla de Castilla en los años 50 del siglo XIX, se pondera normalmente el enriquecimiento que produjeron las exportaciones de trigo, como consecuencia de las interrupciones del suministro de cereales rusos en los tiempos de la guerra de Crimen. Pero un libro de Javier Moreno Lázaro revela que entre 1854 y 1858 hubo en las tierras de Castilla-La Vieja y León 112 revueltas, casas de propietarios asaltadas y fábricas de harina incendiadas. 

Pero la historia de la revolución “gloriosa” de 1868 tampoco explica hechos como los de Montilla, donde los burgueses locales se aseguraron la victoria en las elecciones con el auxilio de una “partida de la porra. De inmediato, se apropiaron de los bosques comunales de los que tradicionalmente obtenían provecho leñadores y carboneros. Y la historia continúa.

Al proclamarse la I República, la población de Montilla se lanzó a la calle, venció la resistencia combinada de la “partida de la porra” y la guardia civil, mataron a tres propietarios y se incendiaron algunas casas. Como resultado, un gran número de rebeldes terminó en la prisión de Córdoba, donde continuaban (sin juicio) después de un año de República.

Años después, agrega el maestro de historiadores, “los estudios de historia continuaron silenciando estas luchas campesinas, o las falseaban, como lamentablemente hizo Díaz del Moral en su Historia de las Agitaciones Campesinas Andaluzas; sería éste desgraciadamente el libro de referencia para los estudiantes de varias generaciones”. Por lo demás, conflictos como los citados se podrían repetir en diferentes lugares y con fechas muy diversas.

 “Episodios de una historia que está aún por escribir”. Por ejemplo, la lucha por la recuperación de las tierras municipales que se planteó durante la II República, y que llegó al máximo en los debates de las Cortes el 1 de julio de 1936. El dirigente derechista Calvo Sotelo, al defender que no se “tocaran” las apropiaciones ilegales hechas hasta entonces, afirmaba: “yo les digo a los agricultores españoles que la solución se logrará con un estado corporativo”.

Una consecuencia general de este proceso de transformaciones agrarias en toda la Europa occidental, llevado a expensas de la propiedad colectiva de prados y bosques, fue que en la mayor parte de los países (excepto Francia) se produjera un descenso, entre 1814 y la década de 1840, de los niveles de vida de la población campesina y la mayor parte de las capas populares. Subraya Fontana que es algo que puede medirse a través de investigaciones de la historia antropométrica. 

 Puede asociarse, en efecto, la disminución de la estatura con un empeoramiento de las condiciones de alimentación y subsistencia de la población. Se trata de una tendencia general en Europa. La mengua de la estatura hasta la década de los 40 del siglo XIX tiene dos excepciones: Francia (por el predominio de la pequeña propiedad) y España (donde la caída se prolongó hasta 1870, mucho más que en otros países)

¿A cuento de qué esta larga reflexión? Responde Fontana que estos problemas históricos son muy importantes para entender el mundo en el que vivimos. En Colombia, entre 1985 y 2007, se expulsó de sus tierras a un número de campesinos que oscila entre los 3 y los 4 millones, que perdieron sus propiedades. “Y eso se ha hecho en nombre del progreso”. Como en la Inglaterra del siglo XVIII. O en la España del siglo XIX."           (Entrevista a Josep Fontana, Enric Llopis, en Rebelión, 17/06/2014)

10/4/13

El Tatcherismo fue una catástrofe nacional que todavía nos envenena

"En la guerra liderada por los gobiernos de Margaret Thatcher (guerra contra la izquierda, contra los sindicatos, contra el consenso de la posguerra), su facción alcanzó una victoria aplastante, devastadora, humillante. (...)

El thatcherismo fue una catástrofe nacional y seguimos estando atrapados en sus consecuencias. Como dijo el ex Canciller Geoffrey Howe: "Su verdadero triunfo fue haber transformado no sólo un partido, sino dos, de modo que cuando el partido laborista finalmente regresó [al poder], el cuerpo central del thatcherismo fue aceptado como algo irreversible".

Estamos en mitad del tercer gran colapso económico desde la Segunda Guerra Mundial: los tres han ocurrido desde que el thatcherismo lanzó su gran cruzada. La crisis actual hunde sus raíces en el experimento thatcherista del mercado libre, que aniquiló una gran parte de la base industrial del país para favorecer a un sector financiero desregulado.

Un envenenado "debate" sobre la Seguridad Social sacude hoy la Gran Bretaña de Cameron. El debate se centra en la idea de que existe un gran número de personas estancadas a causa de los subsidios. 

Es cierto que el año pasado había más gente languideciendo en el desempleo de larga duración que la que había hace 40 años en todas las modalidades de desempleo juntas. En gran medida eso es consecuencia de lo que hizo Thatcher: eliminar de las comunidades millones de puestos de trabajo industriales cualificados y seguros. 

Grandes extensiones de Gran Bretaña –aldeas mineras, urbes siderúrgicas, etc.- resultaron devastadas y nunca se recuperaron. Incluso cuando Gran Bretaña supuestamente crecía, las antiguas zonas industriales presentaban elevados niveles de lo que de una forma más bien clínica se describe como "inactividad económica".

En estos momentos cinco millones de personas languidecen en las listas de espera para acceder a una vivienda social mientras que miles de millones de libras de subsidios para vivienda se van directamente a los bolsillos de propietarios privados que cobran rentas usureras.

 La escasez de vivienda está enfrentando a unas comunidades con otras al tiempo que se convierte en chivos expiatorios a los inmigrantes o a cualquier otro colectivo de personas consideradas como menos merecedoras. Sin embargo, el verdadero culpable de todo esto es la política thatcherista del “derecho a comprar” y el no haber repuesto el stock que se vendió.

Los campeones del thatcherismo saludan la defenestración de los sindicatos, que resultaron desmembrados por las leyes antisindicales, el desempleo masivo y las aplastantes derrotas de sus huelgas, sobre todo a partir de la derrota de los emblemáticos mineros. 

Eso no sólo ha dejado a los trabajadores a merced de sus jefes sino que los ha hecho más pobres. Cuatro años antes del comienzo de la crisis los ingresos de la mitad inferior de la población estaban estancados, mientras que para el tercio situado más abajo comenzaron a disminuir mientras que las empresas obtenían ganancias récord.

 Sin sindicatos para defender sus intereses el nivel de vida de los trabajadores ha sido exprimido durante mucho tiempo, forzando a muchos a recurrir al crédito barato.

Podríamos seguir. Gran Bretaña era uno de los países más igualitarios de Europa occidental antes del proyecto thatcherita y ahora es una de los más desiguales. El thatcherismo no solamente goza de una espléndida salud, sino que irriga el sistema sanguíneo de la vida política británica.

 Al privatizar la Seguridad Social y al desmantelar el Estado de Bienestar el actual gobierno está llegando allí donde el thatcherismo nunca osó adentrarse."             (Owen Jones, The Independent, Rebelión, 10/04/2013)