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9/2/18

¿Qué hacer? Organizarse para la transición anticapitalista. Puntos co-revolucionarios en torno a los cuales la acción social podría converger: procedimientos administrativos democráticos, procesos de trabajo organizados por sistemas directos, la vida cotidiana como libre exploración de nuevos tipos de relaciones sociales, e innovaciones tecnológicas y organizativas orientadas hacia la búsqueda del bien común

"(...) El 3% de crecimiento compuesto anual (usualmente considerada la tasa de crecimiento mínima aceptable para una economía capitalista saludable) es cada vez menos posible de sostener sin recurrir a todo tipo de ficciones (como las que han caracterizado a los mercados de acciones y mercados financieros en las dos últimas décadas). (...)

La crisis actual se originó en las medidas adoptadas para resolver la crisis de los setenta.  (...)

El corolario fue aumentar la rentabilidad de las corporaciones financieras y encontrar nuevas formas de globalizar y, supuestamente, absorber riesgos mediante la creación de mercados de capital ficticios.
En el otro extremo de la escala social, esto significó mayor confianza en la “acumulación por desposesión” como medio para aumentar el poder de la clase capitalista. (...)

El aumento de la demanda efectiva, de lo contrario menguada, mediante el impulso de la economía de deuda (gubernamental, corporativa y del mercado interno) hasta su límite máximo (especialmente en los Estados Unidos y el Reino Unido, pero además en muchos otros países de Letonia a Dubai).

La compensación de las tasas de retorno anémicas en la producción por la construcción de toda una serie de mercados- burbuja de activos, la cual tenía la impronta Ponzi [2] , culminó con la burbuja inmobiliaria que estalló en agosto de 2007. Estas burbujas de activos se basaron en el capital financiero y fueron facilitadas por las innovaciones financieras como los derivados y las obligaciones de deuda con garantía u obligaciones de deuda colateral. (...)

¿Puede el capitalismo sobrevivir el trauma actual? Sí. Pero ¿a qué costo? Esta pregunta encubre otra. ¿Puede la clase capitalista reproducir su poder ante las dificultades económicas, sociales, políticas y geopolíticas, y medioambientales? Una vez más, la respuesta es un rotundo “sí”.  (...)

 Todo esto puede requerir mucho más que un poco de represión política, violencia policial y control estatal militarizado para reprimir los disturbios.  (...)


Por lo tanto, ¿qué pasará esta vez? Si vamos a volver a un crecimiento del 3%, entonces esto significa que debemos encontrar oportunidades globales de inversión, nuevas y rentables, de 1,6 billones de dólares en 2010, llegando a más de 3 billones de dólares en 2030.  (...)

¿Qué espacios se dejan en la economía mundial para los nuevos arreglos espaciales para la absorción de excedentes de capital? China y el ex bloque soviético ya se han integrado. Asia, meridional y sudoriental, se está atiborrando rápidamente. África aún no está totalmente integrada, pero no hay otro lugar con la capacidad de absorber todo este excedente de capital.

¿Qué nuevas líneas de producción pueden abrirse para absorber el crecimiento?
Probablemente no haya soluciones capitalistas efectivas de largo plazo (además de revertir las manipulaciones de capital ficticio) a esta crisis del capitalismo. (...)
El apalancamiento que nos llevó a la crisis ha vuelto triunfal como si nada hubiera pasado. Están en marcha innovaciones en las finanzas, como las nuevas formas de paquetes de venta de pasivos de capital ficticio que son promovidas y ofrecidas a las instituciones (como los fondos de pensión) desesperadas por encontrar nuevas salidas para el capital excedente. Las ficciones (así como los bonos) ¡han vuelto!. (...)
Si este es el esbozo de la estrategia de salida casi con toda seguridad estaremos en otro lío en cinco años. (...)

La pérdida de valor de los activos en esta coyuntura (mediados de 2009) es, nos informa el FMI, como mínimo de 55 billones de dólares, lo que equivale, casi exactamente, a la producción mundial anual de bienes y servicios. Entonces, ¿cuáles son las alternativas?.

Tiene largo tiempo el sueño de muchos en el mundo en que una alternativa a lai-racionalidad capitalista pueda ser definida, y que se llegue a la racionalidad mediante la movilización de las pasiones humanas en la búsqueda colectiva de una vida mejor para todos. Estas alternativas –llamadas históricamente socialismo o comunismo– han sido intentadas en distintos momentos y lugares. En épocas anteriores, como la década del treinta, la visión de una u otra de ellas funcionaba como un faro de esperanza.

Pero en los últimos tiempos ambas han perdido su brillo, desestimadas no sólo por el fracaso histórico de las experiencias comunistas en hacer honor a sus promesas y por la inclinación de los regímenes comunistas a encubrir sus errores por medio de la represión, sino también debido a sus presupuestos incorrectos con respecto a la naturaleza humana y el potencial de perfectibilidad de la personalidad humana y de las instituciones humanas. (...)

A largo plazo, esto no resultó ser próspero, pero, curiosamente, su conversión en China (y su implementación temprana en lugares como Singapur) ha demostrado ser mucho más exitosa que el modelo neoliberal puro en la generación de crecimiento capitalista, por razones que no pueden ser proporcionadas aquí. 

Los intentos contemporáneos de revivir la hipótesis comunista usualmente prescinden del control estatal y buscan otras formas de organización social colectiva para desplazar a las fuerzas del mercado y a la acumulación de capital como base para organizar la producción y la distribución. Integrados horizontalmente en red, a diferencia de los sistemas de mando jerárquico, la coordinación de colectivos de productores y consumidores organizados ora de manera autónoma, ora con gobierno propio, se vislumbra como el núcleo de una nueva forma de comunismo.
Las tecnologías de comunicación contemporáneas hacen que este sistema parezca factible. Se pueden encontrar, en todo el mundo, toda clase de experiencias en pequeña escala en la que tales formas económicas y políticas se están construyendo. En esto hay una convergencia de algún tipo entre las tradiciones marxista y anarquista que se remonta, en general, a la situación de colaboración entre ellas de la década de 1860 en Europa. (...)
El desarrollo desigual de las prácticas capitalistas en todo el mundo ha producido, por otra parte, movimientos anticapitalistas en todos lados. (...)


Esto se aplica tanto a los talibanes y al régimen comunista en Nepal como a los zapatistas en Chiapas, los movimientos indígenas en Bolivia y los movimientos maoístas en la India rural, aun cuando ellos vivan en mundos separados en lo que hace a objetivos, estrategias y tácticas.

El problema central es que, en conjunto, no hay un movimiento anticapitalista decidida y suficientemente unificado que adecuadamente pueda impugnar la reproducción de la clase capitalista y la perpetuación de su poder en el escenario mundial.

 Tampoco hay una forma obvia de atacar los bastiones de privilegios de las élites capitalistas o de poner freno a su desmesurado poderío financiero y militar. Si bien existen aperturas hacia un posible orden social alternativo, en realidad, nadie sabe dónde está ni qué es. Pero sólo porque no hay ninguna fuerza política capaz de articular y mucho menos de construir su programa, ello no es razón para claudicar en la proyección de alternativas.
La famosa pregunta de Lenin, “¿qué hacer?”, no se puede responder, por cierto, sin una idea de quiénes pueden hacerlo y dónde. Sin embargo, un movimiento anticapitalista global es poco probable que surja sin cierta visión de lo que hay que hacer y por qué. Existe un bloqueo doble: la falta de una visión alternativa evita la formación de un movimiento de oposición, mientras que la ausencia de tal movimiento se opone a la articulación de una alternativa. ¿Cómo puede ser superado este bloqueo, entonces?
(...) La pregunta de Lenin exige una respuesta.
El problema central que debe abordarse es suficientemente claro. El crecimiento sostenido por siempre no es posible, y los problemas que han afectado al mundo en estos últimos treinta años señalan que se avecina el límite para la acumulación de capital y que no podrá ser superado sin crear ficciones, poco o nada duraderas.  (...)

Una política revolucionaria que enfrente la acumulación ilimitada de capital compuesto y que finalmente la desactive como el principal motor de la historia humana requiere una comprensión sofisticada de cómo se produce el cambio social. 

El fracaso de esfuerzos anteriores para construir un socialismo y comunismo duraderos debe ser evitado y las lecciones de esa historia, enormemente complicada, deben ser aprendidas. Sin embargo, también debe ser reconocida la necesidad absoluta de un movimiento revolucionario anticapitalista coherente. El objetivo fundamental de dicho movimiento social es asumir el mando tanto de la producción como de la distribución de excedentes.
Necesitamos urgentemente una teoría revolucionaria adecuada a nuestros tiempos. Propongo una “teoría co-revolucionaria” derivada de la comprensión de lo postulado por Marx acerca de cómo el capitalismo surgió del feudalismo. El cambio social emerge mediante el despliegue dialéctico de las relaciones entre los siete momentos del cuerpo político del capitalismo visto como un conjunto, o como un conjunto de actividades y prácticas: las formas tecnológicas y organizacionales de la producción, intercambio y consumo; las relaciones con la naturaleza; las relaciones sociales entre las personas; las concepciones mentales del mundo que abarcan conocimientos, saberes culturales y creencias; los procesos específicos de trabajo y producción de bienes, geografías, servicios o afectos; convenios institucionales, legales y gubernamentales; y la conducta en la vida cotidiana que sustenta la reproducción social.
Cada uno de estos momentos es internamente dinámico y está intrínsecamente marcado por tensiones y contradicciones (basta pensar en las concepciones mentales del mundo), pero todos ellos son co-dependientes y co-evolucionan interrelacionadamente. La transición al capitalismo implica un movimiento de apoyo mutuo a través de los siete momentos. (...) 

Cuando el capitalismo se somete a una de sus fases de renovación lo hace precisamente por la co-evolución de todos los momentos, obviamente, no sin tensiones, luchas, peleas y contradicciones. 

Pero consideremos cómo estos siete momentos se configuraban alrededor de 1970, antes de la aparición neoliberal, y consideremos cómo se ven ahora y sabrán que todos han cambiado de manera tal que redefinen las características operativas del capitalismo visto como una totalidad no hegeliana.
Un movimiento político anticapitalista puede empezar en cualquiera de estos momentos (en los procesos de trabajo, alrededor de concepciones mentales, en la relación con la naturaleza, en las relaciones sociales, en el diseño de tecnologías y formas de organización revolucionarias, en la vida cotidiana o por medio de intentos de reformar las estructuras institucionales y administrativas, como así también la reconfiguración de los poderes del Estado).
El truco es mantener el movimiento político desplazándose de un momento a otro mediante el refuerzo mutuo. Así fue como el capitalismo surgió del feudalismo y así es como algo radicalmente diferente que se llama comunismo, socialismo o lo que sea necesario, surgirá del capitalismo. (...)

Las posibilidades futuras viables surgen del estado de relaciones existente entre los diferentes momentos. Las intervenciones políticas estratégicas dentro y a través de las esferas pueden gradualmente mover el orden social hacia un camino de desarrollo diferente. Eso es lo que los líderes sabios e instituciones de avanzada hacen todo el tiempo en situaciones localizadas, así que no hay razón para pensar que existe algo particularmente fantástico o utópico en cuanto a actuar de esta forma.
La izquierda debe buscar construir alianzas entre y a través de aquellos que trabajan en las diferentes esferas. Un movimiento anticapitalista tiene que ser mucho más amplio que grupos movilizándose en torno a las relaciones sociales o en torno a las cuestiones de la vida cotidiana en sí mismas. Las hostilidades tradicionales entre, por ejemplo, aquellos con pericia técnica, científica y administrativa, y aquellos que animan a los movimientos sociales en las bases, tienen que resolverse y superarse. Ahora tenemos a mano, en el caso del movimiento en torno al cambio climático, un ejemplo significativo sobre cómo tales alianzas pueden comenzar a funcionar. (...)
En cualquier movimiento de transición, sin embargo, debe haber al menos algunos objetivos comunes. Algunas normas generales pueden establecerse como guía.

Éstas podrían incluir (y las menciono aquí meramente para ser discutidas) respeto a la naturaleza, igualitarismo radical en las relaciones sociales, arreglos institucionales basados, en algún sentido, en el interés y la propiedad común, procedimientos administrativos democráticos (contrarios a los esquemas monetizados fraudulentos que existen hoy), procesos de trabajo organizados por procedimientos directos, la vida cotidiana como libre exploración de nuevos tipos de relaciones sociales y acuerdos de convivencia, concepciones mentales enfocadas en la autorrealización en servicio a los demás e innovaciones tecnológicas y organizativas orientadas hacia la búsqueda del bien común en lugar del apoyo al poderío militar, la vigilancia y el egoísmo corporativo. 

Estos serían puntos co-revolucionarios en torno a los cuales la acción social podría converger y girar. ¡Por supuesto que es utópico! ¡Y qué! No podemos darnos el lujo de no serlo. (...)

Para que esto suceda se necesita una revolución en el pensamiento, en lugares tan diversos como las universidades, los medios de comunicación y el gobierno, así como dentro de las propias instituciones financieras.  (...)


La estructura actual de conocimientos es claramente disfuncional y evidentemente ilegítima. La única esperanza es que una nueva generación de estudiantes perceptivos (en el sentido amplio de todos aquellos que buscan conocer el mundo) lo vea claramente e insista en cambiarlo. Esto sucedió en la década del sesenta. 

En varios puntos críticos de la historia, los estudiantes inspiraron movimientos, reconociendo la disyunción entre lo que sucede en el mundo y lo que se les enseña y muestra desde los medios de comunicación, y estuvieron dispuestos a hacer algo al respecto. Hay indicios de tal movimiento (...)

En términos más amplios, ¿qué pasaría si un movimiento anticapitalista fuese constituido a partir de una amplia alianza entre los alienados, los descontentos, los marginados y los desposeídos? La imagen de todas esas personas por todas partes, que se levantan, exigen y alcanzan un lugar apropiado en la vida social, política y económica, está sucediendo de hecho. También ayuda a concentrarse en la cuestión de qué es lo que pueden demandar y qué es lo que hay que hacer. (...)

En la actualidad, hay un gran número de ONG que juegan un papel político que apenas era visible antes de mediados de la década del setenta. (...) Pero el cambio revolucionario por las ONG es imposible. Están demasiado ajustadas a la política y a las posturas políticas de sus donantes. (...)

La segunda gran tendencia de la oposición surge de los anarquistas, autonomistas y organizaciones de base, que rechazan financiamiento externo, incluso cuando algunos de ellos se basan en instituciones alternativas (tales como la Iglesia Católica, con su iniciativa de “comunidad de base” en América Latina para ampliar el patrocinio de la iglesia a la movilización política en los centros urbanos de los Estados Unidos). 

Este grupo está lejos de ser homogéneo (de hecho, hay fuertes disputas entre ellos, picas, por ejemplo, la de los anarquistas sociales contra los que tildan cáusticamente como de mero “estilo de vida” anarquista).
Hay, sin embargo, una antipatía común de negociación con el poder del Estado y un énfasis en la sociedad civil como la esfera donde el cambio se puede lograr.
El poder de autoorganización de las personas en las situaciones cotidianas que viven debe ser la base para cualquier alternativa anticapitalista.La creación de redes horizontales es su modelo de organización preferido. Las llamadas “economías solidarias”, basadas en el trueque, sistemas de producción colectiva y local o regional, son su forma político-económica preferida.
Normalmente se oponen a la idea de que cualquier dirección central podría ser necesaria y rechazan las relaciones sociales jerárquicas o las estructuras jerárquicas de poder político, junto con los partidos políticos convencionales. Organizaciones de este tipo se pueden encontrar en todas partes y en algunos lugares han alcanzado un alto grado de prominencia política.

(...) Pero la eficacia de todos estos movimientos (dejando de lado sus franjas más violentas) está limitada por su resistencia y su incapacidad de convertir su activismo en formas de organización a gran escala capaces de enfrentar problemas globales.

La presunción de que la acción local es el único nivel de cambio significativo y que cualquier cosa que huela a jerarquía es contrarrevolucionaria se torna autodestructiva cuando se trata de cuestiones mayores. Sin embargo, estos movimientos proporcionan, incuestionablemente, una base amplia para la experimentación con políticas anticapitalistas.
La tercera posición o tendencia general está dada por la transformación que viene ocurriendo en la organización laboral tradicional y en los partidos políticos de izquierda, que van desde las tradiciones sociales democráticas a formas más radicales, trotskista y comunista, de organización de partidos políticos. Esta tendencia no es hostil a la conquista del poder estatal o a las formas jerárquicas de organización.
De hecho, se refiere a este último como necesario para la integración de la organización política mediante una variedad de escalas políticas. (...)

En los años en que la socialdemocracia era hegemónica en Europa y aún influyente en los Estados Unidos, el control estatal sobre la distribución del excedente se convirtió en una herramienta crucial para reducir las desigualdades.  (...)

Una forma de mirar al neoliberalismo, como se ha señalado, es como a un movimiento muy revolucionario y muy grande (encabezado por la autoproclamada figura revolucionaria, Margaret Thatcher) encargado de privatizar los excedentes o de al menos prevenir más su socialización. (...)

La actuación del Partido Verde Alemán en el poder ha sido poco estelar en relación con su postura política fuera del poder, y los partidos socialdemócratas han perdido completamente el camino de una verdadera fuerza política. Sin embargo, los partidos políticos de izquierda y los sindicatos todavía son importantes y su toma de posesión de aspectos del poder estatal, como el Partido de los Trabajadores en Brasil o el movimiento bolivariano en Venezuela, ha tenido un claro impacto en el pensamiento de izquierda, no sólo en América Latina. 

El problema complicado de cómo interpretar el papel del Partido Comunista Chino, con su control exclusivo sobre el poder político, y cuáles podrían ser sus políticas futuras, no es fácil de resolver tampoco.  (...)
La cuarta tendencia general está constituida por todos los movimientos sociales que no estén guiados por alguna filosofía política en particular o tendencias, sino por la necesidad pragmática de resistir el desplazamiento y el despojo (mediante el aburguesamiento, el desarrollo industrial, la construcción de represas, la privatización del agua, el desmantelamiento de servicios sociales y las oportunidades de educación pública, o lo que sea).
Esta instancia focaliza en la vida cotidiana en la ciudad, pueblo, aldea o en lo que provea una base material para la organización política contra las amenazas que las políticas estatales y los intereses capitalistas invariablemente plantean a las poblaciones vulnerables. Estas formas de protesta política son masivas.

Una vez más, hay una amplia gama de movimientos sociales de este tipo, algunos de los cuales pueden radicalizarse con el tiempo a medida que sean cada vez más conscientes de que los problemas son sistémicos y no particulares y locales.

La puesta en común de esos movimientos sociales en alianzas por las tierras –como la Vía Campesina, el Movimiento Sin Tierra (MST) de campesinos de Brasil o los campesinos en la India que se movilizan contra la apropiación de tierra y recursos por parte de las corporaciones capitalistas– o en contextos urbanos –el derecho a la vida digna en la ciudad y los movimientos de recuperación de tierras en Brasil y ahora en los Estados Unidos– sugiere que el camino puede estar abierto para crear alianzas más amplias, para debatir y confrontar a las fuerzas sistémicas que sustentan las particularidades del aburguesamiento, la construcción de represas, la privatización o lo que sea. Más pragmáticos antes que impulsados por preconceptos ideológicos, estos movimientos, sin embargo, pueden llegar a entendimientos sistémicos desde su propia experiencia. (...)

 Este es el terreno donde tiene mucho que decir la figura del “intelectual orgánico”, que es muy representativa y parte fundamental en la obra de Antonio Gramsci, los autodidactas que llegan a entender el mundo inmediato a través de experiencias difíciles pero que forman su comprensión del capitalismo en general.

Escuchar a los líderes campesinos del MST en Brasil o a los dirigentes del movimiento anticorporativo de apropiación de tierras en la India es una educación privilegiada. En este caso, la tarea de alienados y descontentos educados es ampliar la voz subalterna de manera tal que se pueda prestar atención a las circunstancias de explotación y represión y a las respuestas que se pueden formar en un programa de lucha anticapitalista.
El quinto epicentro para el cambio social reside en los movimientos emancipatorios en torno a cuestiones de identidad –mujeres, niños, homosexuales, razas y minorías étnicas y religiosas demandan un mismo lugar bajo el sol– junto con la amplia gama de movimientos medioambientales que no son explícitamente anticapitalistas.
Los movimientos que reclaman emancipación en cada uno de estos temas son geográficamente desiguales y a menudo están espacialmente divididos en términos de necesidades y aspiraciones, pero las conferencias mundiales sobre los derechos de la mujer (Nairobi en 1985, que condujo a la declaración de Beijing de 1995) y el anti-racismo (la conferencia más polémica fue la de Durban en 2009) están tratando de encontrar un terreno común, como es cierto también de las conferencias del medio ambiente y no hay duda de que las relaciones sociales están cambiando a lo largo de todas estas dimensiones por lo menos en algunas partes del mundo.

Cuando son enunciados en estrechos términos esencialistas, estos movimientos pueden parecer antagónicos a la lucha de clases. Ciertamente, en gran parte de la academia se arrogan un lugar de privilegio a expensas del análisis de clase y la economía política, pero la feminización de la fuerza laboral global, la feminización de la pobreza en casi todas partes y el uso de las diferencias de género como medio de control laboral hacen que la emancipación y la eventual liberación de la mujer de sus represiones sea una condición necesaria para enfocar más definidamente la lucha de clases. La misma observación se aplica a todas las otras formas de identidad donde se encuentran la discriminación o la represión pura y simple.

El racismo y la opresión de mujeres y niños fueron fundacionales para el surgimiento del capitalismo, pero el capitalismo, tal como en la actualidad se constituye, en principio, puede sobrevivir sin estas formas de discriminación y opresión, aunque su capacidad política para hacerlo se vería gravemente disminuida, si no herida de muerte, frente a una fuerza de clase más unificada.

El abrazo modesto del multiculturalismo y los derechos de la mujer dentro del mundo corporativo, especialmente en los Estados Unidos, aporta algunas pruebas del alojamiento del capitalismo en estas dimensiones del cambio social (incluyendo el medio ambiente), aun cuando hace hincapié en la relevancia de las divisiones de clase como principal dimensión de acción política.

Estas cinco grandes tendencias no son mutuamente excluyentes o exhaustivas de las plantillas de organización para la acción política.

Algunas organizaciones combinan perfectamente los aspectos de las cinco tendencias. Pero hay mucho trabajo por hacer para unir a estas tendencias en torno a la cuestión subyacente: ¿puede cambiar el mundo material, social, mental y políticamente, de tal manera que sea enfrentado no sólo el mal estado de las relaciones sociales y naturales en muchas partes del mundo sino también la persistencia del crecimiento compuesto ilimitado?

Esta es la pregunta que deben insistir en preguntar los alienados y descontentos, una y otra vez, incluso cuando aprenden de los que experimentan el dolor directo y por lo cual son tan adeptos a organizar resistencias a las graves consecuencias del crecimiento compuesto. (...)

Los comunistas, Marx y Engels, afirmaban en su concepción original, expresada en El manifiesto comunista, no tener partido político. Simplemente se constituyen en todo momento y en todo lugar como aquellos que comprenden los límites, fracasos y tendencias destructivas del orden capitalista, así como las innumerables máscaras ideológicas y legitimaciones falsas que los capitalistas y sus apologetas (particularmente en los medios de comunicación) producen para perpetuar su poder singular de clase. (...)"

(Conferencia pronunciada en el Foro Social Mundial de 2010, Porto Alegre. Traducción de Eugenia Cervio,  David Harvey, Socialismo21, Rebelión, 20/03/2013)

27/2/17

Para los ricos las últimas décadas han sido “cara, yo gano; cruz, tú pierdes”

"En los últimos casi 40 años, la ideología y las políticas del capitalismo de “libre mercado” han regido de manera absoluta en casi todo el mundo industrializado y avanzado. Sin embargo, mucho de lo que se entiende como capitalismo de “libre mercado” no son más que medidas diseñadas y promovidas por el Estado capitalista a favor de las facciones dominantes del capital. ¿Qué otros mitos y mentiras acerca del “capitalismo realmente existente” vale la pena señalar?

-Gore Vidal, el escritor estadounidense, muy bien dijo una vez que el sistema económico estadounidense es de “libre empresa para los pobres y socialismo para los ricos”. Pienso que esta afirmación resume de buena manera lo que se entiende por ‘capitalismo de libre mercado’ en las últimas décadas, sobre todo, pero no exclusivamente, en Estados Unidos. 

 En las últimas décadas los ricos han sido protegidos, cada vez más, de las fuerzas del mercado, mientras que los pobres han sido expuestos mucho más a ellas.

Para los ricos las últimas décadas han sido “cara, yo gano; cruz, tú pierdes”. Altos directivos, sobre todo en Estados Unidos, firman paquetes salariales que les dan cientos de millones de dólares por hacerlo mal y las corporaciones son subsidiadas a gran escala y con pocas condiciones, algunas veces de manera directa, pero a menudo de manera indirecta por medio de programas de gasto gubernamental (especialmente en defensa), con precios inflados y tecnología gratuita producida por programas de investigación financiados por el Estado.

Después de cada crisis financiera, empezando por la crisis bancaria de Chile en 1982, pasando por la crisis financiera asiática de 1997, hasta la crisis financiera global de 2008, los bancos han sido rescatados con cientos de trillones de dólares provenientes del dinero de los contribuyentes, y pocos banqueros han ido a prisión. 

En la última década, las clases dueñas de los activos en los países ricos también han sido mantenidas a flote por tasas de interés históricamente bajas. En contraste, los pobres han estado, crecientemente, sujetos a las fuerzas del mercado. En nombre del aumento de la “flexibilidad del mercado laboral”, los pobres han sido privados, cada vez más, de sus derechos como trabajadores.

Esta tendencia ha alcanzado un nuevo nivel con la irrupción de la así llamada “economía de los pequeños encargos” (gig economy), en la que los trabajadores son falsamente contratados como “trabajadores por cuenta propia” (sin el control sobre su trabajo, que sí ejerce el verdadero trabajador por cuenta propia) y privados de, incluso, los derechos más básicos (por ejemeplo, ausencia por enfermedad, pago de vacaciones).

 Con sus derechos debilitados, los trabajadores deben comprometerse cien por ciento en una carrera en la que compiten al aceptar salarios más bajos y condiciones laborales cada vez más precarias.

En el área del consumo, el aumento de la privatización y desregulación de las industrias proveedoras de servicios básicos, de la que los pobres tienden a depender más –como lo son el agua, electricidad, transporte público, servicio postal, servicios de salud y educación básicos–, ha significado que estos han visto un aumento desproporcionado en la exposición de su consumo a las lógicas del mercado.

En los últimos años, desde la crisis de 2008, los derechos sociales se han reducido en muchos países, y los términos de sus accesos –por ejemplo, los cada vez menos generosos “test de aptitud laboral” para los discapacitados, el entrenamiento obligatorio para la gestión curricular para quienes reciben beneficios de desempleados– se han vuelto más exigentes, haciendo que más y más personas pobres vayan a mercados laborales para los cuales no están capacitadas para competir.

En cuanto a los otros mitos y mentiras del capitalismo, el más importante, para mí, es aquel que afirma que existe un dominio objetivo de la economía, en donde la lógica política no se debe entrometer.

 Una vez que aceptas la existencia de este dominio exclusivo de la economía, como muchas personas lo hacen, terminas por aceptar la autoridad de los expertos económicos, como si fuesen interlocutores de alguna verdad científica sobre la economía, que dictarán la manera en que esta funciona.

Sin embargo, no existe una manera objetiva de determinar la frontera de la economía, porque el mercado es en sí mismo una construcción política, como lo demuestra el hecho de que hoy en día en los países ricos es ilegal comprar y vender una serie de cosas que se solían comprar y vender de forma libre, como los esclavos y la fuerza laboral de niños.

Es muy importante rechazar el mito de una frontera inviolable de la economía, porque ese es el punto de partida para desafiar el statu quo. Si aceptas que el Estado de bienestar debería ser reducido, los derechos laborales debilitados, el cierre de fábricas aceptado, etcétera, y todo por una supuesta lógica económica objetiva –o “fuerzas del mercado”, como lo llaman­–, se hace prácticamente imposible modificar el statu quo.

La austeridad se ha convertido en el dogma prevaleciente en toda Europa, y es muy importante en la agenda Republicana. Si la austeridad se basa también en mentiras, ¿cuál es su objetivo real?

-Muchos economistas, como por ejemplo Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Mark Blyth y Yanis Varoufakis, por mencionar algunos nombres prominentes, han sostenido que la austeridad no funciona, especialmente en medio de una recesión económica –tal como se llevó a cabo en muchos países en desarrollo bajo los Programas de Ajuste Estructural del Banco Mundial y del FMI en las décadas de 1980 y 1990 y, más recientemente, en Grecia, España y otros países de la Eurozona–.

Muchos de los que presionan por la austeridad lo hacen porque de verdad creen (aunque erróneamente) que funciona, pero aquellos que son lo suficientemente inteligentes para saber que no funcionará, seguirán desplegando este discurso porque es una buena manera de reducir al Estado –y, de este modo, dar más poder al sector corporativo, incluyendo al extranjero– y de cambiar la naturaleza de las actividades del Estado hacia una posición pro corporativa –por ejemplo, el gasto social es el que se elimina primero–.

En otras palabras, la austeridad es una muy buena forma de hacer presión por una agenda política regresiva, sin que lo parezca. Se dice que debes recortar el gasto porque tienes que balancear la contabilidad y poner la casa en orden, cuando lo que realmente estás haciendo es lanzar un ataque sobre la clase trabajadora y los pobres.

Esto es, por ejemplo, lo que el gobierno de la coalición conservadora y liberal demócrata dijo en Inglaterra cuando lanzó un severo programa de austeridad al momento de asumir el poder en 2010 –las finanzas públicas del país eran tales en ese entonces, que no fue necesario un programa de austeridad severo, incluso para los estándares de los economistas ortodoxos–. (...)"            (Entrevista a Ha Joon-Chang, Socialismo21, 14/02/17)

18/12/14

Los días del capitalismo están contados

"(...) “Las tasas medias de beneficio empresarial en el siglo XVIII oscilaban entre el 20 y el 30% anual; en las décadas de los 50 y 60 del siglo XX (era keynesiana), se situaban en el 10%; en los 70 y 80 del siglo XX se redujeron al 5% y hoy se sitúan en torno al 3,6%. (...)

En este contexto se confirma que como estas inversiones no están dando los frutos que estos empresarios esperaban, el capital se ha visto obligado (en la busca de incrementar su tasa de ganancia y con la colaboración de los lacayos que arteramente ha sabido utilizar), a recurrir a dos medidas estrechamente vinculas entre sí; dos medidas sobradamente conocidas y que en sus praxis no se ajustan a los cánones con los que se debe desenvolver la economía; como son las concesiones de un crédito indiscriminado y la cuasi total liberación de los condicionamientos que determinaban a los capitales.

(...) en el entendimiento de que con una política económica de expansión del crédito (en función de que sólo se están posponiendo a un mañana los problemas que en un hoy nos están acuciando) es imposible asegurar la pervivencia del capitalismo; y en la certeza de que una economía en la que como consecuencia de la especulación, el valor nominal que adquieren los activos, ni se corresponden con su valor real, ni hay medios de cambio que los estén representando; podríamos volver a inferir (como hace siglo y medio lo hizo Marx), que los días del Capitalismo están contados. En este último contexto vuelvo a utilizar los argumentos del economista Andrés Piqueras…

“En concreto, Estados Unidos no ofrece información desde 2006 sobre las emisiones de dólares que realiza, aunque al no facilitar esas cifras viole las leyes internacionales. Y lo oculta porque está emitiendo masivamente “dólares-chatarra” sin valor real.

 El PIB mundial es de cerca de 80 billones de dólares. Según el Banco de Basilea, el capital financiero circulando por el mundo sin respaldo real oscila entre los 600 y los 650 billones de dólares.

 Pero según las estimaciones del Observatorio Internacional de la Crisis (a partir de algunos documentos de la Casa Blanca y la Reserva Federal de Estados Unidos), el capital financiero sin respaldo en el mundo podría alcanzar los 1.100 billones de dólares. Por cada dólar que circula por el planeta al menos entre 15 y 20 son ficticios. Conclusión:
“Estamos funcionando en un sistema absolutamente demencial, basado en el puro engaño. Y esto lo saben todos”. Esto se traduce en el escenario geopolítico en que el principal acreedor de Estados Unidos, el que le compra los títulos de deuda pública, China, transforma los dólares-chatarra en riqueza real. Y lo hace comprando tierras en África, energía en América Latina o empresas en Asia. En el momento en que los principales países productores de petróleo, sobre todo Arabia Saudí, se nieguen a vender el escaso crudo que les queda en dólares-chatarra, el dólar colapsará.”
En consecuencia la situación es inquietante. A pesar de que la “casta” pretenda vendérnosla como un árbol con raíces vigorosas. El Capitalismo se cree (y en función de que nosotros también nos lo creemos) es casi inmortal. (...)

El Capitalismo es un dechado de virtudes y potencialidades corrompidas. Y como tal hay que asumirlo. Solo hay una manera de poder domesticarlo. Haciendo que éstas recobren lo que con nuestro subjetivismo han perdido.

 Empoderándonos de un sistema de control con el que controlar a los que desde siempre nos han venido controlando; es decir, dándole al pueblo el ejercicio de los derechos y de las facultades que al pueblo han de corresponderle. Y esto, a diferencia de lo que ocurrió en el pasado, hogaño es factible materializarlo."            (Leopoldo De Gregorio, Jaque al neoliberalismo, 17/12/2014)

28/7/14

La banca en la sombra ha contaminado los depósitos de los bancos, con sus 'derivados'

"(...) La especulación en torno de las hipotecas subprime en los Estados Unidos detonó la crisis de 2008 y colocó al sistema financiero de este país al borde de la quiebra. La solución ideada por la Reserva Federal para evitar el quebranto de los principales bancos, y para otorgar crédito a la economía “real”, recayó en una política de facilitación monetaria o quantitative easing (QE) consistente en su primera fase en la compra sistemática y masiva de hipotecas “basura” en posesión de los bancos. 

 Esto revalorizó a estos activos y aumentó las reservas líquidas de los bancos. Como contrapartida se regularon las actividades de estos últimos, a fin de evitar su contaminación con inversiones especulativas. Se salvó así a los grandes bancos de la quiebra, pero no se logró el objetivo explícito de reavivar a la economía. 

El resultado inmediato fue el aumento de las reservas de los grandes bancos y el crecimiento del crédito de corto plazo otorgado por la “banca en las sombras” (shadow bank). Constituida por los hedge funds, fondos de pensión, fondos soberanos, compañías de seguros etc., la banca en la sombra no fue regulada y operó con tasas de interés mayores que las de los bancos. 

De ahí las grandes y rápidas ganancias especulativas de este sector a través de un complicado encadenamiento de operaciones con “derivados” financieros (instrumentos financieros de distinto tipo cuyo valor deriva del valor de otro activo subyacente: acciones, opciones, bonos corporativos, bonos soberanos, swaps de tasas de interés, credit default swaps, etcétera).

 La banca en la sombra financió gran parte de sus actividades con el uso y reuso (repos) de los depósitos y garantías colaterales de los grandes bancos. De este modo, la banca formal y la banca en las sombras quedaron cada vez mas interconectadas.

 La magnitud de estas operaciones de corto plazo, su opacidad al no figurar en la contabilidad de los bancos o de las entidades financieras y la contaminación de los depósitos de los bancos con inversiones de alto riesgo hacen de las finanzas un mundo salvaje, extremadamente turbulento y frágil. 

En este casino de múltiples apuestas abiertas, la cláusula del safe harbor en transacciones con derivados parece potenciar tanto la posibilidad de concentración del capital como el riesgo de implosión financiera. Introducida en la reforma financiera de 2005, esta cláusula exceptúa a los traders en derivados de la cautelar (stay) que bloquea los esfuerzos del acreedor por cobrar la deuda, otorgándoles así derechos especiales y prioridad en el cobro de la deuda. 

Esto facilitaría la concentración del capital, al permitir que los acreedores –y especialmente los grandes bancos con grandes tenencias de derivados– exijan el pago inmediato de la deuda y se apropien de los activos de los deudores. 

Los colapsos de Bear Stearn, Lehman Brothers, AIG y más recientemente el colapso de MF Global, en 2011, habrían sido detonados por la súbita paralización de las transacciones con derivados por parte de sus respectivos socios y el consiguiente saqueo de estas entidades, aplicando la cláusula del safe harbor. 

La posibilidad de una estampida para liquidar colaterales por parte de entidades financieras que tienen repos y derivados con cláusula de safe harbor amenazaría así la estabilidad del sistema financiero norteamericano.  (...)"        (Mónica Peralta Ramos – Página/12, en Attac 18/07/2014)

21/7/14

Más del 80 por ciento del comercio mundial transcurre a través de cadenas de valor de las empresas multinacionales

"(...) Las crisis económicas son inherentes al desarrollo del modo de producción capitalista y se caracterizan por un movimiento doble: destrucción de bienes, activos y fuerzas productivas por un lado, y por el otro una creciente concentración del capital y de la riqueza.

 La crisis financiera de 2008 ha expuesto la enorme concentración de la riqueza y la creciente desigualdad social en los países centrales, alentando un incipiente debate intelectual y político sobre los mitos del capitalismo. Por otra parte, esta crisis global ha desnudado la relación que existe entre la estructura de poder mundial y la que predomina en nuestro país.

 Sin embargo, la desinformación impregna nuestra coyuntura política. Esta desinformación fluye del relato de los medios de comunicación, un relato que oculta toda información relativa a las relaciones de poder y a su impacto sobre nuestra realidad inmediata.  (...)

La necesidad de producir constantemente una ganancia y de realizarla en el mercado ha dado lugar en los países centrales a una acumulación altamente intensiva en capital, una acumulación que reemplaza continuamente fuerza de trabajo por bienes de capital, provocando desocupación, estancamiento y caída de los salarios, rápida obsolescencia tecnológica, sobreacumulación de bienes, caída de precios, y un enorme incremento de la capacidad ociosa instalada con relación a la capacidad potencial existente. 

En consecuencia, los países centrales enfrentan hoy día las amenazas de recesión y deflación en el contexto de una creciente desigualdad social. La OECD estima que hacia 2030 las tasas de crecimiento del producto, del empleo y de las inversiones en stock de capital de estos países serán inferiores a las logradas en las décadas del ’90 o del 2000, y el crecimiento de su ingreso medio anual será inferior a la tasa promedio anual del crecimiento del ingreso mundial.

A pesar de este estancamiento productivo, y más allá del rol de China en la economía mundial que no podemos abordar ahora, los países centrales –y en particular los Estados Unidos– controlan la producción a nivel global. La acumulación altamente intensiva en capital ha dado lugar a una expansión del capital hacia fuera de las fronteras a través de cadenas de valor. 

Un grupo relativamente reducido de corporaciones multinacionales domina eslabones estratégicos de estas cadenas de valor, controlando así un proceso que desintegra la producción a nivel local, al mismo tiempo que la integra a nivel global. De este modo, el capital monopólico/oligopólico determina la forma en que se produce el excedente económico a nivel mundial.

 Asimismo tiene un rol decisivo en el comercio internacional. En efecto, más del 80 por ciento de este último transcurre hoy día a través de cadenas de valor y por las redes de producción de las empresas multinacionales (filiales, contratistas, proveedores, licenciatarios etcétera). 

Esto coarta enormemente la posibilidad que tienen los Estados de controlar el comercio exterior de sus respectivos países y facilita las actividades especulativas a nivel comercial. En este contexto, las rentas monopólicas adquieren una importancia crucial. 

Son un mecanismo de succión del excedente económico y de la riqueza acumulada, e impulsan un proceso de acumulación mundial basado en la desposesión lisa y llana de vastos sectores sociales.  (...)

La manipulación de las tasas de interés y las operaciones especulativas de todo tipo constituyen los mecanismos utilizados por distintos actores en su lucha por apropiar una mayor cuota del excedente económico y de la riqueza acumulada. En este proceso turbulento, las rentas financieras impulsan grandes transferencias de ingresos y la desposesión de múltiples y diversos sectores sociales.

 Estas rentas han dado lugar a una clase rentista que vive de comisiones financieras fijadas monopólicamente y transferidas a los precios. La intervención del Estado en el sistema financiero de los países centrales juega un rol crucial en estos procesos y tiende a impulsar la concentración del capital.  (...)"                (Mónica Peralta Ramos – Página/12, en Attac 18/07/2014)

9/3/14

Mientras que las ganancias de la élite en la última década fueron las más altas, el desempleo y el subempleo se han convertido en una forma de vida para millones de trabajadores

"(...) Las raíces de la crisis no se encuentran en el gasto del sector público, si no en un proceso de cambio en el equilibrio del poder político y económico hacia los intereses de la élite. 

Para incrementar la tasa de ganancia del capital se favoreció un deterioro de gran parte de la industria manufacturera, o bien se promocionó su traslado a países con mano de obra más barata; el movimiento sindical fue atacado y casi diezmado; los salarios se han deprimido y han caído en términos reales a lo largo de más de tres décadas.

Entonces, claro está, para compensar el vaciamiento de la economía, los bajos salarios y el aumento del subempleo, el crédito se convirtió en la solución a corto plazo para estimular la demanda. Y de aquellos barros estos lodos: una brutal crisis de deuda impagable y un sistema bancario quebrado. 

Pero en vez de solucionar los problemas, estas élites, que al principio de la crisis estaban acorraladas, han sido capaces de revolverse panza arriba, “convencer” a una clase política mediocre y hacernos creer que la culpa es nuestra, que el Estado del Bienestar es insostenible.

Mientras que las ganancias en la última década fueron más altas que en las tres décadas precedentes, el desempleo y el subempleo se han convertido en una forma de vida para millones de trabajadores. 

Simplemente analicen la evolución del empleo en nuestro país donde además de los descensos en la población activa, aumento del número de parados, lo poco que se genera es temporal y a tiempo parcial. Donde antes había un trabajo a tiempo completo con un salario más o menos digno, ahora hay tres con salarios y condiciones laborales miserables. 

Jamás pensé que tras el estallido de la crisis, típica ejemplo de inestabilidad financiera minskyana, llegaríamos a donde hemos llegado. Nos indica una sociedad enferma hasta la médula. Pero la partida finalmente les saldrá muy cara, no les quepa ninguna duda. (...)

La crisis económica no se debe al derroche de dinero en los servicios públicos, sino a la ruptura del consenso keynesiano de la posguerra, en favor de un recetario neoliberal basado en la inequidad, en unos bajos salarios con su correspondiente baja demanda y los consiguientes excesos de inversión.

 Todo ello aderezado con unos bajos impuestos o una nula tributación para los evasores corporativos, y el fomento del mayor proceso de acumulación de deuda de la historia, muy lucrativo para la banca mientras perduran las inflaciones de activos, pero nefasto para la ciudadanía cuando estallan. Y ahora se proponen el desmantelamiento del Estado del bienestar para rescatar definitivamente a un sistema bancario quebrado. Miserables."               (Juan Laborda, Vox Pópuli, 11/01/2014)

19/2/14

La tiranía de la deuda en el imperio de los acreedores


El antropólogo estadounidense David Graeber, líder del movimiento 'Occupy Wall Street', reexamina en la obra 'En deuda' los violentos cimientos económicos del capitalismo, y describe la deuda como una herramienta de los Estados para controlar a los ciudadanos y emplaza a una condonación de los créditos

"El mundo necesita condonar todas las deudas existentes. Tanto las internacionales como la de los consumidores. De esta manera, se “aliviría sufrimiento” y la humanidad recordaría que el “dinero no es inefable”, que “pagar los propias deudas no es la esencia de la moralidad” y que la democracia es el sistema que permite a las personas ponerse de acuerdo para buscar lo mejor para todos.

 Esta es la “propuesta” que lanza el antropólogo estadounidense David Graeber, líder del movimiento Occupy Wall Street, en su ensayo En deuda, una historia alternativa de la economía (Ariel) [Debt: The First 5000 Years]

La propuesta de Graeber, doctor en Antropología y profesor del Goldsmiths de Londres, no es producto de una genialidad propia, siquiera de una observación de la realidad económica del mundo occidental, sumido en una grave crisis de deuda desde 2008. 

Graeber repasa la historia de la economía mundial desde la antigua Mesopotamia hasta la actualidad a lo largo de 516 de páginas, en las que reexamina los orígenes de diferentes mitos y aseveraciones que el sistema ha convertido en verdades indiscutibles como el origen del capitalismo o el propio concepto de deuda. (...)

La premisa que da lugar al análisis de la historia económica es contundente. Tras la explosión de la crisis en 2008 quedó patente que “la historia que se había contado a todo el mundo durante la última década se había revelado como una inmensa mentira”.

 Por lo que Graeber considera imprescindible iniciar un “auténtico debate público acerca de la naturaleza de la deuda, del dinero y de las instituciones financieras que han acabado teniendo el destino del mundo en sus manos”. Un debate indispensable en las puertas de un cambio de era, según Graeber. “Cada vez más, parece que no tenemos otra opción”. (...) 

Smith y los posteriores historiadores de la economía olvidan adrede, a juicio de Graeber, que la historia del mercado y de la deuda, y del capitalismo por extensión, están ligadas a la guerra, la conquista militar, la esclavitud o el tráfico de personas.

 Remarca Graeber que la deuda y el mercado no han existido sin la compañía de una institución fuerte, ya sea ley sharia, la monarquía de origen divino, o el Imperio romano que imponen a ciudadanos o súbditos que imponga determinados tributos, impuestos y dé valor a las deudas adquiridas. (...)

 Para Groeber, la economía como tal surge en el momento en el que en la antigua Mesopotamia se iniciaron a contabilizar por escrito las deudas. En todas y cada una de las experiencias humanas en sociedad, argumenta Groeber, ha existido la deuda. 

Sin embargo, las diferentes civilizaciones, como la romana o la griega, quienes también se vieron envueltas en diferentes crisis de deuda, insistieron en “suavizar el impacto, eliminar abusos evidentes como la esclavitud por deudas” o “emplear los botines del imperio para proporcionar todo tipo de beneficios extra a sus ciudadanos pobres a fin de mantenerlos más o menos a flote pero que nunca cuestionaran el propio concepto de deuda”. 

Asimismo, otras sociedades aplicaban una especie de año Jubileo en el que se borraban todas las cuentas y se reiniciaban las cuentas para que las bases sociales del sistema no se sublevaran.

El imperio capitalista, forjado durante los últimos 500 años, aprendió esta lección. A través de la deuda, sus principales potencias establecieorn una jerarquía mundial condenando a una gran mayoría del mundo a una esclavitud eterna (en este punto el autor pone como ejemplo la historia de Haití, pero sabía cómo mantenerse.

 El sistema en una "situación de conflicto de clases" límite que ponía en peligro su propia viabilidad, debido al auge del comunismo en el período de entreguerras y tras la Segunda Guerra Mundial, supo repartir “los botines del imperio de la deuda” entre los ciudadanos de los países dominantes. Tal y como hizo Roma o Atenas para superar sus respectivas crisis de deuda.

En el caso de que las instituciones no respondieran a tiempo a la situación de crisis se corría el peligro de una sublevación popular. “A lo largo de la mayor parte de la historia, cuando ha aparecido un conflicto abierto entre clases, ha tomado la forma de peticiones de cancelación de deudas: la liberación de quienes se contraban en la servidumbre por ellas y, habitualmente, una redistribución más justa de las tierras”, escribe.

El sistema aplicó las tesis keynesianas y “suspendió la guerra de clases”. “Para explicarlo crudamente: a las clases trabajadoras y blancas de los países de Atlántico Norte, de Estados Unidos a Alemania, les ofrecieron un trato. 

Si acordaban dejar de lado las fantasías de cambiar radicalmente la naturaleza del sistema, se les permitiría mantener sus sindicatos, disfrutar de una amplia gama de ventajas sociales (...)”, explica.(...) Sin embargo, en 1979 con la llegada de Ronald Reagan y Margaret Thatcher al poder en Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente, el sistema capitalista volvió a mutar y el “trato quedó deshecho”. (...)

No obstante, a diferencia de otras fases de la historia el Estado o el Imperio no ha actuado para defender a la población de los acreedores. Muy al contrario, ha obligado a los “deudores pobres” a rescatar a los “deudores ricos” y ha modificado las normas para proteger a los acreedores de manera que el pago de la deuda por parte de los pobres sea obligatoria. “Resulta que no todos tenemos que pagar nuestras deudas, sólo algunos”, analiza.

Por ello, Groeber emplaza a “limpiar la pizarra [de deudas] a todo el mundo y volver a comenzar”. La manera de organizarse en esta nueva etapa aún es desconocida. La alternativa no lo tendrá fácil, recuerda Groeber, quien señala que durante los últimos treinta años la sociedad ha presenciado “la creación de un vasto aparato burocrático para la creación y mantenimiento de la desesperanza” cuyo objetivo es asegurarse de que “los movimientos sociales no crezcan, florezcan o propongan alternativas”. “Cualquier idea de cambiar el mundo parece una fantasía vana e infundada”, apunta.

El primer paso de la nueva forma de organización social está señalado. “Limpiar la pizarra de deudas”. Después, apunta Groeber habrá que continuar debatiendo. “Lo que sí sabemos es que la historia no ha acabado y que surguirán con total seguridad nuevas y sorprendentes ideas”, concluye."                  (Jaque al neoliberalismo, 22/01/2014)

9/1/14

Un modelo que requiere una lucha competitiva al límite, con un incremento constante en la explotación laboral, incrementos de la jornada laboral, reducciones salariales y otros aspectos propios del siglo XIX

"(...) Una reducción de las rentas salariales en todas partes del mundo provoca un efecto contradictorio. En primera instancia las empresas ven aumentado su margen de beneficio, ya que sus costes laborales se reducen. Eso podría estimular la inversión, y es lo que predice la teoría neoclásica dominante. 

Pero en segunda instancia, y al ser la reducción de costes laborales un fenómeno generalizado, también se reduce la demanda total y en consecuencia la rentabilidad de la inversión.

 A una empresa puede convenirle que sus propios trabajadores cobren menos (y así la empresa gana más) pero es imposible que le convenga que los trabajadores del resto de empresas vean igualmente mermados sus salarios (dado que son su fuente de mercado). La contradicción central del capitalismo, la relación capital-trabajo.

El problema que emerge es que faltan fuentes de demanda, y que donde antes había salarios que creaban mercado ahora no hay nada. Las teorías económicas marxistas han situado al gasto militar y a los mercados externos como posibles fuentes sustitutorias y complementarias para este problema.

 La idea es que si no hay suficientes fuentes, hay que crearlas. Una guerra, un plan de estímulo económico o una colonización permiten ampliar los mercados. También las privatizaciones son una forma de ampliar mercados para la esfera privada (ya que desplazan a los ciudadanos desde lo público hacia lo privado). Las teorías del imperialismo (desde J. A. Hobson hasta V. Lenin, pasando por R. Luxemburgo), o la llamada acumulación por desposesión (de D. Harvey) son resultado de esta interpretación. Y toda la base del keynesianismo se encuentra igualmente aquí.

Ahora bien, en el contexto de la globalización neoliberal, donde se han multiplicado los sujetos económicos que compiten al máximo nivel en el mercado mundial (a diferencia de la época de postguerra), otra fuente de demanda puede emerger también en las finanzas. 

Efectivamente, la poca demanda existente en la economía real puede ser compensada con las burbujas financieras. Gracias a unas nuevas reglas de juego, resulta mucho más rentable invertir en los mercados financieros (deuda pública, deuda privada, acciones, futuros…) que en la economía real (industria, turismo…), todo lo cual estimula igualmente el crecimiento económico.

 Con el riesgo, comprobado está, de la inestabilidad financiera asociada y de la emergencia sistemática de crisis financieras derivadas de los estallidos de las burbujas. La crisis de las puntocom, a principios del siglo XXI, o la reciente de las hipotecas subprime son buenos ejemplos de ello.

La financiarización, resultantemente, no requiere la existencia de un pacto capital-trabajo. El capital encuentra rentabilidad en sus propios espacios creados ad hoc, y no necesita de la demanda salarial más que de forma indirecta. En este contexto, la desigualdad está íntimamente asociada a la llamada financiarización (predominio de las finanzas) y a la crisis.

Además, la financiarización de la economía mundial ha permitido a muchas economías capitalistas esquivar la crisis que hubiera provocado, en distinto contexto, la desigualdad creciente. Así, economías como España, Grecia o Portugal han podido crecer económicamente a ritmos elevados a pesar de mostrar cada vez mayores desigualdades en la distribución funcional de la renta. 

La razón está en que sus fuentes de demanda efectiva han sido virtuales, como demuestra el creciente endeudamiento privado que ha permitido a la burbuja inmobiliaria seguir manteniéndose hasta su pinchazo (y que ha dejado tras éste un enorme reguero de deudas, en gran parte asumidas por el Estado).

Así, el crédito ocultaba una realidad subyacente mucho más dramática a la vez que permitía a la economía crecer a tasas suficientemente altas como para crear un empleo (vinculado, en todo caso, a la propia burbuja inmobiliaria y su dinámica). Surgida la crisis, el modelo estalla y el proceso de crecimiento económico dirigido por el crédito se agota.

Desde entonces, la Troika y los gobiernos europeos están tratando de recomponer al capitalismo a partir de otros fundamentos distintos, con otro modelo de crecimiento económico. Estamos ante otro cambio histórico similar al de los años ochenta, y basado en la agudización de lo que entonces ocurrió. Otra vuelta de tuerca neoliberal.

En este caso la idea pasa por instaurar un modelo de crecimiento económico dirigido por las exportaciones, es decir, donde éstas tengan un papel primordial en el crecimiento económico. Para ello se requiere, en primer lugar, que las exportaciones sean superiores a las importaciones. Y, en segundo lugar, que se alcancen nichos de mercado donde las empresas españolas sean altamente competitivas. El modelo de referencia es el alemán. (...)

En la medida que no todos los países pueden ser exportadores netos, esto es, exportar más de lo que se importa, este modelo no puede ser generalizable. Sólo algunos países, los que más ventaja llevan en el desarrollo capitalista, pueden vencer. Se da lo que llamamos falacia de la composición. (...)

Es más, de hecho cualquier tipo de colaboración entre capital y trabajo es un obstáculo para la consecución y mantenimiento de un modelo que requiere una lucha competitiva en el límite, y fundamentalmente a partir de un incremento constante en la explotación laboral –traducida en incrementos de la jornada laboral, reducciones salariales y otros aspectos propios del neoliberalismo… y del siglo XIX–.

El modelo que se busca, que a veces se etiqueta de neomercantilismo, tiene sustraída la posibilidad de generalizarse y, en consecuencia, aboca a muchas economías a la crisis permanente.

 Pero en aquellos países donde puede triunfar, aunque sin convertirse ellos mismos en los líderes de la manada, el modelo impone unas transformaciones sociales profundas que, aun permitiendo al capitalismo sobrevivir, no es compatible con los derechos laborales, civiles ni democráticos. Es decir, no hay espacio para el capitalismo domesticado. No hay espacio para la socialdemocracia. (...)"            (Alberto Garzón, Attac Madrid, 21/11/2013)

30/12/13

Las rabietas de los gobernadores neuróticos del Bundesbank" y la estupidez del ordoliberalismo alemán

"(...) En este ejercicio de columnista, Marcello De Cecco es el mejor, por encima incluso de Paul Krugman quien se expresa semanalmente en el New York Times con lucidez y no poca valentía. 

Pero la competencia histórica, geopolítica y financiera de De Cecco es verdaderamente única, y se condensa en su libro Ma cos’è questa crisi (2013), donde se recopilan sus intervenciones aparecidas en La Reppublica entre 2007 y 2013.

 "La crisis actual es estrictamente financiera", y se trata de una crisis que tiene en Estados Unidos su verdadera variable independiente, el motor que determina el comportamiento de todos los demás.

 De Cecco es de los pocos, quizá el único, que ha invocado, al analizar los inicios de la crisis actual (2007), lo que sucedió en 1907, la "conclusión de un ciclo de desarrollo mundial igual de turbulento que el que la economía mundial experimenta desde hace más de un quindenio (...). 

También hace un siglo, el epicentro de la crisis fue el sistema financiero americano, y la economía de Estados Unidos se vio implicada tanto como parece estarlo ya ahora —con sus bienes raíces— y amenaza estarlo todavía más en los próximos meses". 

Esto escribe De Cecco en su artículo del 17 de septiembre de 2007 (la fecha es importante), apoyándose en su trabajo Moneta e impero. Il sistema finanziario dal 1890 al 1914 (1979), hasta hoy el único estudio de un periodo que asiste al desarrollo de algunos grandes países, como Estados Unidos y Alemania, que vinieron a desafiar la hegemonía de Inglaterra y Francia, paralelamente a la industrialización de un conjunto de países (que hoy llamamos BRIC) como Japón, Italia y Rusia, con la explotación de materias primas y el desarrollo de la agricultura de exportación.

Un periodo, como en el curso de nuestros últimos veinte años, en el que el mercado financiero internacional conoció un desarrollo "turbulento y desordenado" aunque potentísimo, que condujo derecho a la crisis de 1907, seguida de una tregua de "keynesianismo vulgar" (el reajuste como medida contracíclica para contrarrestar la caída de las importaciones), la institución de la Reserva Federal estadounidense y el crecimiento del populismo y el nacionalismo. Y que provocó la Primera Guerra Mundial.

El 21 de enero de 2013 (L’ultima guerra delle monete), De Cecco se expresa sobre la actualidad de la crisis del modelo de capitalismo financiero revisando las últimas dos décadas. 

Una crisis que ve a la Reserva Federal y a los bancos centrales ingleses y japoneses comprometidos en garantizar muy generosamente liquidez a los mercados y en intervenir en el mercado de divisas para evitar revalorizaciones de sus monedas, pero con el Banco Central Europeo oprimido por la camisa de sus propios Tratados, verdaderos "monstruos jurídicos", con un euro cuyo valor se ha dejado por completo en manos de los mercados financieros, los cuales, revalorizándolo, frustran los esfuerzos de reequilibrar los balances de cuentas, con "las rabietas de los gobernadores neuróticos del Bundesbank" y la estupidez del ordoliberalismo alemán que pone la austeridad como prius del crecimiento, y con Mario Draghi que, como buen americano, busca por todos los medios hacer del BCE un banco central a todos los efectos, es decir completar la construcción del euro como moneda única, lo que todavía no es, al ser el euro una moneda sin Estado. (...)

La independencia del BCE es según De Cecco la clave de bóveda para afrontar en los próximos años los riesgos enormes que estamos corriendo. "Se sorprenderán de lo que acabo de afirmar quienes me conocen y saben que desde hace tiempo soy enemigo de la independencia de los bancos centrales con respecto a los poderes políticos".

 En el vacío institucional europeo, en la huída política que del Parlamento a la Comisión europeos deja amplio espacio a la Alemania de Merkel para perseguir sus intereses exclusivos, "se debe proceder a vestir tal estructura de una modalidad institucional de governance eficaz, antes de que finalice el mandato de Draghi como [presidente del BCE] y nos encontremos con que surja no otro Draghi sino una nueva dirección alemana". 

El riesgo es muy serio y próximo, ya a partir de las elecciones de 2014, de que la supremacía alemana en la Europa monetaria pueda llegar a ser superior de lo que ha sido en estos últimos años.  (...)

La invitación de De Cecco se ha de tomar muy en serio. Tal y como hoy existe, el euro es un desastre, verdadero dispositivo de deriva económica y de sufrimiento humano y social. Su ruptura, en cualquier forma que se quiera, sería asimismo un desastre, porque nos podría dirigir al nacionalismo, especialmente si se tiene en cuenta la tendencia a la desglobalización a escala mundial, inducida por el claro descenso del comercio mundial y la tentación proteccionista hoy presente por doquier. 

La opción Draghi, la "americanización" de la política monetaria europea, no puede ignorar por otra parte sus fuertes límites, que son los de una política monetaria que de facto se sostiene en un sistema bancario ligado al doble filo de la deuda soberana. 

Una política que no induce crecimiento real, en la que el desempleo y las desigualdades aumentan sin medida, mientras la liquidez inyectada en grandes cantidades se queda en los circuitos financieros, no filtra adonde debiera, arriesgando inevitablemente alimentar una burbuja.

 Las únicas, tímidas señales de recuperación, como en España, se explican en efecto sobre la única base de la reducción dramática del coste del trabajo y de una pobreza rampante, tanto que el mismo FMI considera estas señales de "salida" de la crisis como meramente coyunturales. 

El problema es que, mientras el tiempo apremia, las fuerzas políticas en juego a todos los niveles no parecen salir de este impasse histórico. Una nueva táctica para una nueva estrategia es por tanto necesaria. Ni con la derecha fascista, ni con la izquierda soberanista. 

Ésta es la provocación explícita de De Cecco, quien no piensa tanto en Draghi como en la construcción de un ciclo de luchas en el terreno de la moneda del común, un sistema monetario que sepa garantizar una redistribución de la renta sobre la base de derechos de ciudadanía absolutos. (...)"             (Christian Marazzi, Diagonal, 27/12/2013)

9/12/13

El crecimiento económico era básicamente producto del gasto de los superricos, y ellos eran los principales beneficiarios

"Si las clases bajas no ofrecen un buen ejemplo, ¿para qué sirven? Como clase, parecen no tener ningún sentido de la responsabilidad moral". Oscar Wilde pretendía ser irónico cuando hizo que Algernon, personaje de La importancia de llamarse Ernesto, pronunciara estas palabras. 

Ahora vivimos en una época en que personajes muy reales están claramente a la altura del aristócrata imaginado por Wilde.

Gente como el multimillonario Stephen Schwarzman (patrimonio personal: 6.500 millones de dólares), consejero delegado del fondo de capital riesgo Blackstone. Cuando le preguntaron por los problemas fiscales de EEUU, se fijó en el 45% de sus compatriotas que no pagan impuesto federal de la renta: "Se trata de que estamos todos juntos metidos en esto.

 La idea de que la mitad de la gente no esté implicada en el impuesto sobre la renta es algo extraña. No voy a decir cuánto tiene que pagar la gente, pero todos deberíamos ser parte del sistema".

Ese 45% está formado principalmente por contribuyentes que no llegan al mínimo exento para pagar impuestos directos, parados, estudiantes o jubilados. Obviamente sí pagan impuestos indirectos.

Schwarzman quiere que paguen más los que menos tienen. Se diría que los considera unos privilegiados. Algernon suscribiría encantado esa tesis. No es eso lo que indica la realidad fiscal de EEUU. Los 400 contribuyentes más ricos (ingresos medios: 200 millones) pagan cerca del 20% de sus ingresos en impuestos, aproximadamente el mismo porcentaje que corresponde a los que ganan entre 200.000 y 500.000 dólares.
En 2009, 116 de esos 400 multimillonarios pagaron menos del 15% en impuestos. (...)

"Un aspecto de la equidad que está profundamente arraigado en los valores de EEUU es la igualdad de oportunidades", escribe Joseph Stiglitz en el libro El precio de la desigualdad. "EEUU siempre se ha considerado a sí mismo un país donde hay igualdad de oportunidades. Las historias de Horatio Alger, sobre individuos que desde abajo conseguían llegar a lo más alto, forman parte del folclore estadounidense.

 Pero poco a poco (…) el sueño americano que consideraba este país como una tierra de oportunidades empezó a ser simplemente eso: un sueño, un mito reafirmado por anécdotas e historias, pero no respaldado por los datos. La probabilidad de que un ciudadano estadounidense consiga llegar a lo más alto partiendo desde abajo es menor que la que tienen los ciudadanos de otros países industrializados avanzados".

Lo mismo se puede decir de otro mito, el que dice que si los de arriba no se esfuerzan lo suficiente, ellos o sus hijos se verán superados por ciudadanos más avispados. Puede ser cierto con las empresas, incluidas algunas muy grandes, pero no con las personas. (...)

En 2005, tres economistas de Citigroup le dieron forma de manera provocadora al acuñar el término plutonomía para referirse a la economía de EEUU, Reino Unido y Canadá: el crecimiento económico era básicamente producto del gasto de los superricos, una minoría privilegiada, y ellos eran los principales beneficiarios. Era ese 1% del que tanto se habló después gracias a las movilizaciones de Occupy Wall Street.

Esta ola de riqueza ilimitada de una élite muy selecta se había dado antes "en la España del siglo XVI, la Holanda del siglo XVII, la Edad Dorada (en EEUU tras la guerra civil), y los años 20 (en EEUU)", decían los autores. En el reparto de ingresos y consumo los privilegiados marcan el ritmo de la economía.
 
El 1% de los más ricos gana al año tanto como el 60% más pobre. En cifras absolutas, un millón de hogares recibe tantos ingresos como 60 millones de hogares. Su patrimonio es similar al del 90% más pobre. 

Los abogados de Citigroup han amenazado en varias ocasiones con acciones legales a las webs que han reproducido el estudio, lo que hace que aparezca y desaparezca de Internet con una cierta frecuencia. 

En el mundo financiero, da mala imagen verse asociado a tamaño gesto de sinceridad. Otros datos confirman la idea de los autores del informe. Según Moody’s Analytics, el 5% más rico fue responsable del 37% del consumo en 2010, sólo 2,5 puntos menos que lo que gasta el 80% de la población en la escala inferior.

Si es verdad que la desigualdad se reduce durante las recesiones, en esta última ha ocurrido lo contrario. Entre 2007 y 2009 aumentó. Según Gallup, entre mayo de 2009 y mayo de 2011, el consumo diario creció un 16% en el caso de los norteamericanos que ganan más de 90.000 dólares al año. En el resto, no experimentó una variación significativa.

La recuperación de la Bolsa, que desde el año pasado disfruta de un impulso alcista, está muy por encima de lo que ocurre en el mercado laboral. Es la salida de una recesión con la recuperación de empleo más anémica que se recuerda allí. 

 Los que más tienen reciben una parte mayor de sus ingresos gracias a las inversiones en Bolsa, con lo que por ahí es lógico que exista una diferencia. Además, el valor de las viviendas se ha reducido tras el estallido de la burbuja, y ese suele ser el mayor activo de patrimonio de la clase media.

Por eso, se produce un incremento del 1,6% de la desigualdad de ingresos en 2011, el mayor aumento anual en las dos últimas décadas, según datos de la oficina del censo difundidos en septiembre de 2012. La tasa de pobreza se ha mantenido estable con respecto al año anterior, pero la nueva realidad comienza a abrirse paso en la conciencia del país.

 Una tercera parte de los norteamericanos se sitúa a sí mismo en la clase baja o media baja, cuando cuatro años antes eran el 25%. En la cúspide todo se ve mejor. El 5% más rico (con ingresos superiores a 186.000 dólares) ve aumentado su porcentaje de la tarta nacional en un 5% en un solo año. (...)

El escaparate más sonrojante de esa situación está formado por los salarios de los consejeros delegados (CEO) de las grandes empresas. Bloomberg reunió los datos de las remuneraciones totales de los CEO de las empresas que cotizan en el índice S&P 500. Su estimación es que la ratio frente al sueldo medio de sus trabajadores es de 204-1. En algunas empresas, la diferencia es inmensa: JC Penny (1.795-1), Abercrombie (1.640-1), Oracle (1.287-1), Starbucks (1.135-1), CBS (1.111-1), Nike (1.050-1). (...)

La fascinación por la vida de los de arriba y la esperanza inquebrantable en que con trabajo duro se podrá llegar muy lejos han sido un elemento de cohesión social imprescindible en la sociedad norteamericana. 

Todo parecía posible, fuera cierto o no. Gatsby anhelaba de joven esa "luz verde" en la mansión de los Buchanan, símbolo de lo que quería alcanzar. Después, otros anhelaban poder compartir el misterio y la riqueza de Gatsby.

¿Pero es posible sentarse algún día en la mesa del 1%? Scott Fitzgerald fue en cierto modo el primero en utilizar el concepto del 99% que se ha visto estos años en tantas pancartas de denuncia de la crisis económica.

En un cuento poco conocido –Los nadadores, publicado en 1929, sólo cinco días antes del crash–, una mujer francesa ve a un grupo de alegres jóvenes norteamericanas en la playa con todo el futuro por delante. Le dice a su marido que los sueños de las chicas no son más que sueños. Casi todas quedarán decepcionadas: "Es la historia que les han contado. Y al final le ocurre sólo a una, no a 99".

¿Llegará el momento en que el 99% vea que ese sueño es inalcanzable?"        (Iñigo Sáenz de Ugarte , eldiario.es, 19/10/2013)