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12/9/23

Los republicanos españoles lideraron la liberación de la Alta Saboya de la ocupación alemana

 "Los héroes españoles que lucharon contra el nazismo ya no tienen quien cuente su historia.

 “Soy un hombre sencillo, no tengo pretensión de notoriedad, pero en las calles de Annecy el prefecto se para a saludarme y los vecinos me tienen como a una personalidad que representa a la resistencia española”. Estas sinceras palabras corresponden a Miguel Vera, un malagueño de Nerja que, con solo 11 años, se exilió junto a su madre a la capital del departamento francés de Alta Saboya en 1948. En Annecy aguardaba Miguel Vera padre, héroe de la resistencia española que había liderado la lucha antifascista junto a los franceses, con una estrategia clave para convertir la Alta Saboya en la primera región del país galo en liberarse del yugo nazi en 1944, un año antes del final definitivo de la II Guerra Mundial. 

 Durante décadas, los últimos de aquellos resistentes —hoy todos fallecidos— y sus familias han salvaguardado el recuerdo de los republicanos que tuvieron que abandonar España al finalizar la Guerra Civil y que, ya en Francia, soportaron durísimas condiciones de vida y se vieron obligados a combatir a un nuevo enemigo, la Alemania nazi. Tanto en Annecy como en el resto de la región alpina, han participado en numerosos actos de homenaje, dando voz a la gesta de sus familiares.

A los 87 años, Miguel Vera hijo continúa con la labor registrada en los estatutos de la asociación Amicale de la Résistance Espagnole, creada en 1968, que consiste en “preservar la memoria de quienes lucharon por la libertad y transmitirla a los jóvenes”. El primero objetivo se ha cumplido, pero el malagueño lamenta no tener opciones de hacer calar el segundo con mayor fuerza: “Los hijos de los resistentes son de mi edad o incluso mayores, mientras que los jóvenes han perdido el afán por difundir lo que hicieron sus antepasados”, reconoce. 

 En tanto llega (o no) ese relevo, Miguel Vera sigue a lo suyo con la misma pasión: mantener vivo el espíritu de los luchadores españoles, narrando la vida del héroe que mejor conoce. “Mi padre siempre luchó por mejorar las duras condiciones laborales de los trabajadores. No podía soportar que un obrero que cogía un saco de carbón por necesidad fuera denunciado a la Guardia Civil, que le requisaba y destrozaba la mercancía y la emprendía a bofetadas con él”, relata Miguel Vera hijo desde su casa en Annecy. Aquella defensa de los trabajadores en tiempos oscuros lo enemistó con el terrateniente que reclutaba a los operarios en condiciones indignas, el marqués de Larios. Esta circunstancia, unida al estallido de la Guerra Civil, le obligaría a dejar su tierra. 

Un calvario tras la Guerra Civil

“Cuando Franco entró en Madrid, en marzo de 1939, mi padre se encontraba en Puertollano. Cada día, las camionetas iban recogiendo a los denunciados y los fusilaban. Él sabía que acabaría tocándole, así que huyó hacia los Pirineos, pero las abundantes lluvias que cayeron durante una semana hicieron que tardara más de 15 días en cruzar la frontera hacia Francia”. Finalmente, lo consiguió a mediados del mes de abril de 1939. Y cuando creyó encontrarse a salvo se presentó a la policía francesa. Lo que ignoraba entonces era que le aguardaba un nuevo calvario: la reclusión en los campos de concentración de Argèles-sur-Mer y Saint-Cyprien junto a decenas de miles de compatriotas. 

En vísperas de la ocupación nazi, Francia creó las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE), destinadas a realizar los trabajos más duros, desde la reparación de carreteras a la construcción de fortificaciones. El malagueño Miguel Vera acabó entrando en una de estas formaciones, dedicada a la fabricación de carbón, que entonces se utilizaba como combustible para vehículos, sustituyendo a la gasolina. Al fin y al cabo, fue un golpe de fortuna.

 “Era mejor quedarse en esta compañía que acudir a reforzar la Línea Maginot (una muralla construida por Francia para prevenir ataques de Alemania e Italia), cuyos trabajadores cayeron prisioneros de los alemanes tras su ataque relámpago”, reflexiona Miguel Vera hijo. Se refiere al inicio de la Ocupación francesa, en junio de 1940, y al trágico final de aquellos operarios, muchos de ellos exiliados republicanos. A unos 8.000 les aguardaba la pesadilla de Mauthausen, el “campo de los españoles”, y a más de la mitad de estos, cerca de 5.000, la muerte, en el infierno de Gusen. 

Maquis en la resistencia

Dos años más tarde (1942), Alemania creó el Servicio de Trabajo Obligatorio (STO), ante la necesidad de proveer a las fábricas germanas de trabajadores procedentes de los países ocupados. Esta circunstancia suponía un enorme riesgo de deportación que los españoles querían evitar a toda costa. La Alta Saboya, una región de montaña limítrofe con Suiza, se convertiría en un emplazamiento idóneo para organizar la resistencia.

Desde Annecy, Miguel Vera comenzó a organizar un movimiento que permitía luchar contra el reclutamiento forzoso hacia Alemania, lo que lo convirtió en uno de los principales cabecillas de los grupos de guerrilleros republicanos, los célebres maquis. “Mi padre consiguió hacerse con las llaves de las oficinas de los oficiales franceses, que recibían desde Vichy (capital de la zona colaboracionista, en el sur francés) las cartas con la identidad de las personas que serían deportadas; es así como podían alertarlas y facilitar su huida”, detalla el hijo del exiliado republicano.

La organización y eficacia de los maquis españoles comenzó a causar admiración entre los franceses, quienes valoraban de los republicanos su experiencia en la guerra civil española y su capacidad para sobrevivir al franquismo. En 1943, Miguel Vera, ya como jefe de los guerrilleros españoles en la zona de los Alpes, contactó con Tom Morel, miembro del Estado Mayor de la Resistencia en la Alta Saboya, y decidieron trabajar de forma conjunta contra la Alemania nazi, el enemigo común. 

 La confianza en los españoles era tal, que cuando en 1944 Reino Unido decidió suministrar armamento a la resistencia francesa lanzándolo a través de sus aviones en las montañas de los Alpes, la defensa de uno de los emplazamientos más complicados, el Plateau de Glières, fue encomendada a un grupo con fuerte presencia española: allí Miguel Vera estaba al mando de 56 compatriotas.

La derrota inicial frente a los alemanes que querían impedir la recepción de los envíos—saldada con numerosas muertes— fue interpretada como una “victoria moral” que, finalmente, posibilitó que la Alta Saboya se convirtiera en la primera región francesa liberada de la Ocupación nazi, meses antes de la expulsión completa de los invasores.

“Las armas obtenidas en el Plateau de Glières permitieron que la Alta Saboya se independizara por sus propios medios el 19 de agosto de 1944, mientras que el resto de departamentos franceses fueron liberados por los aliados (una maniobra que terminó el 8 de mayo de 1945). Ahí el papel principal fue español”.

Miguel Vera hijo no deja de insistir tanto en la decisiva intervención de los republicanos, como en el reconocimiento de los franceses a esta contribución capital. “No hay un aniversario sobre la liberación de la guerra o de los campos de concentración nazis donde no estemos invitados por las autoridades”, asevera, todavía hoy, después de decenas de actos, un tanto emocionado.

Un recuerdo muy especial

Los actos públicos de reconocimiento no se quedaron solo en eso. De la gesta republicana, de su lucha antifascista en Europa tras la derrota frente a Franco, debía quedar una sustancia material. La Alta Saboya está sembrada de monumentos que lo recuerdan. Pero hubo un recuerdo labrado en piedra muy especial. “El alcalde de Annecy tomó la decisión de homenajear a los españoles por su papel en la resistencia y en la liberación de Francia a través de las Fuerzas Francesas de Interior (FFI), para conseguir la liberación total”, relata Miguel Vera. En 1946, el representante de Annecy comenzó a colaborar con su padre para reservar un terreno en la ciudad donde poder situar un futuro monumento. 

 El ayuntamiento decidió abrir una suscripción popular para costear la obra, una recaudación que se suspendió tras aparecer en escena un empresario español al que Miguel Vera padre había ayudado a sostener su empresa durante los difíciles años de la Ocupación. José Calviño no solo se ofreció a financiar íntegramente la escultura, sino que su residencia en París fue clave a la hora de elegir el artista que pondría su firma al monumento. Calviño sugirió a los promotores del homenaje la participación del artista Baltasar Lobo, otro republicano exiliado en París y estrechamente ligado a Pablo Picasso. El zamorano Baltasar Lobo tallaría una obra de estilo vanguardista en su taller parisino, con la condición de viajar a Annecy para realizar, en persona, la inscripción sobre el pedestal, fabricado en piedra del lugar: “A los españoles muertos por la libertad en las filas del ejército francés de la Resistencia”, fue el texto estampado por el propio Lobo.

La custodia del monumento de Annecy, del que Miguel Vera destaca su originalidad —“es el único cuyo protagonista no es un soldado”, señala—, se convirtió desde su inauguración en 1952 en una de las funciones asumidas por los republicanos supervivientes y sus herederos. Pese a todo, ocho décadas más tarde de aquella gesta con sangre española, la extrema derecha que puso en jaque a todo el planeta resurge en la actual Unión Europea. Sin embargo, sea por su dilatada experiencia o por los valores que le inculcó su padre, Miguel Vera ni se inmuta al hablar sobre el futuro inmediato: “Aquí en Francia, aunque la popularidad de Macron ha caído, no hay riesgo de que la ultraderecha acceda al Gobierno; los partidos moderados gobernarán después de Macron”, pronostica, mientras repasa la documentación legada por su padre, cuya hazaña y la del resto de republicanos españoles frente al fascismo precisa de relevo, un relevo que aún no ha llegado."                (J. M. Sadía, eldiario.es, 09/09/23)

13/4/15

La Guerra Civil es nuestro Far West... pero también, a su manera, nuestra Ilíada, nuestra Odisea

"No soy el único que piensa que la Guerra Civil es nuestro Far West. Y es normal que lo sea. Hablamos de la épica, y para que la épica surja tiene que haber héroes, por mucho que ironicemos con ellos y los desgastemos. Tiene que haberlos o el sistema no funciona.

Y queda bastante claro que la guerra civil fue una fábrica de héroes, además de uno de esos momentos trágicos y épicos que se dan muy pocas veces en la historia. Son algo así como la guerra de Troya, y las diferentes generaciones tienden a ubicarse, al menos alguna vez, en ese espacio mítico, en ese Far West donde hasta lo imposible es perfectamente posible.  (...)

A un narrador de ahora le puede interesar más el ambiente de locura colectiva que presidió los días de la guerra, aquel aquelarre sangriento en el que podían darse cita todas las formas del extravío, que el asunto estrictamente político. He ahí la utilidad más evidente de los espacios míticos: en ellos cualquier exploración parece posible.

Pero es que también todo fue posible para aquellos españoles que ya se habían curtido en la Guerra Civil y entraron a formar parte de la división Leclerc, la que liberó París. Aquellos luchadores que llegaban a París y acogían con orgullo el clamor de la multitud podían decir que habían ganado la guerra. 

No habían liberado Madrid, pero habían liberado París: algo así como la capital de Europa. Podían mirar hacia atrás y marearse de vértigo. Se habían salvado por los pelos numerosas veces: eran los héroes de nuestro tiempo justo antes de que el existencialismo llenase las calles con sus brumas constantes y empezase a reinar el concepto de angustia.

Para los españoles que entraban en París con Leclerc, la angustia era un lujo que no se podían permitir, y la locura una enfermedad sólo al alcance de los suizos.

Únicamente los griegos de la Antigüedad tenían algo parecido. Por eso nos quedamos cortos cuando hablamos de Far West: es eso, desde luego, pero también es a su manera la Ilíada y la Odisea. La Ilíada sería la Guerra Civil en sí misma, y la Odisea el periodo de la división Leclerc y todo lo que Bergamín llamó la España peregrina. Una Odisea ya vinculable a otro mito muy poderoso, el del éxodo judío.

Aquellos peregrinos no conocieron el paraíso y sin embargo no transmitieron al final de sus vidas un retrato negativo del ser humano. Eran en realidad de una inteligencia hegeliana capaz de asimilar en ella todas las tragedias y convertirlas en sustancia positiva. Y para eso hay que tener mucha madera de héroe, y mucha perspectiva, que es lo que falta ahora.

Lo que más claramente percibí de esa generación épica cuando traté a algunos de sus representantes en París era su dureza, combinada con un sentido de la humanidad muy asentado. Algunos y algunas estaban casados en segundas nupcias porque se habían quedado viudos. Conformaban matrimonios discretos y amables, que sólo hablaban de la guerra cuando se lo preguntaban; y les gustaba transmitir su relato a los jóvenes. Si les pedías que hablasen, hablaban.

Recuerdo que una vez, yendo en tren desde París a Barcelona, me puse a hablar con un hombre muy entrado en años que, según me confesó, había sido esclavo en una granja alemana durante la II Guerra Mundial. Me interesó mucho su relato y sólo le hice una pregunta, más bien perversa: ¿se había llegado a crear entre amos y esclavos un lazo afectivo?

No dudó en decirme que sí. Se habían ido de la granja con síndrome de Estocolmo. Al fin y al cabo, su condición de esclavos les había salvado la vida. ¿Recordaba con rencor a los granjeros alemanes? No, si bien sabía ponerlos en su sitio. Y les censuraba que una noche estuviese a punto de morir de frío, porque cerraron todas las puertas de la granja olvidándose de él, que había permanecido todo el día trabajando en el bosque.

Los experimentos que los nazis hicieron sobre la resistencia al dolor en los campos de concentración les llevaron a la conclusión de que los individuos más resistentes parecían ser los ucranios y los españoles. 

Por descontado que si se trataba de españoles de la Guerra Civil, la resistencia al dolor estaba más que asegurada y podían batir cualquier récord. Justamente por eso siempre he dado cierta validez a los informes que hicieron a ese respecto los médicos alemanes, si bien es cierto que se trataba de españoles de una determinada generación, la generación de la guerra de Troya y del Far West: la generación mitológica. 

Dudo mucho que ahora los españoles ganásemos la medalla de oro de resistencia al dolor, aunque viendo la paciencia y la resignación que estamos teniendo ante la crisis es para pensar que seguimos siendo el pueblo con más resistencia al dolor de cuantos ha parido la historia, y que al menos en eso no nos diferenciamos tanto de los héroes de la Guerra Civil, “domadores de potros”.

La generación de la Guerra Civil tenía una fe supurantemente ideológica en lo que llamaban la “raza española”, tanto en la derecha como en la izquierda. Se trataba de un abuso extraordinario del concepto raza, que ya se confundía con el de estirpe y el de nación, y también Salazar hablaba de la “raza portuguesa”. 

Había que pensar que sólo la península Ibérica albergaba cuatro o cinco razas más o menos definidas. Cierto racismo interior estaba asegurado entonces y ahora, si bien ahora se camufla bajo otros conceptos hurtados a la etnología, pero que en realidad significan lo mismo y tienen la misma función: separar y crear fronteras.

Un republicano al que conocí en Barcelona tenía una fe asombrosa en la fortaleza de la raza. Cené con él una noche en el Ritz, en una de aquellas fiestas de Planeta, y entre otras cosas estuvimos hablando del sida, cuyo fantasma ya volaba por el mundo como el ángel exterminador. 

 El hombre al que me refiero hizo un gesto de escepticismo cercano al estupor y me dijo que nosotros no teníamos que preocuparnos por el sida, por la sencilla razón de que la raza española era muy fuerte. “Yo mismo”, me dijo, “estuve en campos de concentración en los que había hasta lepra y aquí me tienes”.

Sí, de acuerdo, pensé para mí, pero es que eso me lo estaba diciendo un héroe, y los héroes no son personas normales y corrientes. Son seres mitológicos, como el señor heroico que cenaba conmigo aquella noche en el Ritz y que había participado en el desembarco de Normandía, lo más parecido que tenemos hoy en día al desembarco de Troya. En esa acción habían participado 150 españoles: sólo murió uno. 

Normal, eran gentes tocadas por la gracia, en parte porque se habían jugado demasiadas veces la vida. Asombrosamente, materializaban en sus vidas todos los atributos del héroe, tanto positivos como negativos: dejaban tras ellos un largo camino de sepulcros pero seguían vivos. Habían regresado del abismo."                    (   , El País,   11 ABR 2015)

22/4/14

La RAE eliminó en 1950 la palabra exilio. No existía el exilio y no existían los exiliados en la política de la dictadura

"Vencidos, cansados y sin nada en sus manos. Cientos de miles de republicanos abandonaron España entre 1936 y 1939 tratando de escapar de la represión del ejército y la dictadura franquista. Casi 500.000 lo hicieron a pie atravesando los Pirineos en febrero de 1939 para llegar a Francia. 

Otros huyeron en barcos fletados por la República o en pequeñas embarcaciones con destino al norte de África, a la propia Unión Soviética o a alguna República iberoamericana. Habían perdido la Guerra Civil y también su libertad. En España ya no había sitio para ellos.

"La RAE eliminó en 1950 la palabra exilio. No existía el exilio y no existían los exiliados en la política de la dictadura", explica aPúblico la experta enEstudios Hispánicos de la Universidad William & Mary en Virginia (Estados Unidos) Francie Cate-Arries. El falangista José Esteban Vilaró explicó a la perfección cuáles eran las intenciones del régimen de Franco respecto a los exiliados: "Los rojos republicanos vivirán solamente en la infamia. Después, desaparecerán para siempre".

Cuenta Virgilio Botella, exiliado español en México, que Eduardo Santos, expresidente de Colombia, le dijo que el exilio de 1939 era el más trágico de la historia de España. "Su exilio es el destierro de todo un pueblo, desde el analfabeto hasta los hombres de mayor ciencia y cultura, desde el pobre de solemnidad hasta banqueros y ricos notorios, desde el simple ciudadano hasta el jefe de Estado, pasando por militares, nobles y sacerdotes", afirmó Santos.

El destierro del pueblo republicano ha sido documentado y analizado por la catedrática Alicia Alted en la obra La voz de los vencidos (Aguilar). La historiadora da buena cuenta en su obra del destino de los exiliados señalando que "se puede rastrear la presencia" de españoles republicanos en países tan alejados geográficamente como China, Indonesia, Indochina o Australia. 

"El grueso se asentó en México y Francia, en menor medida en la Unión Soviética y Argelia", señala Alted, que afirma la República Dominicana también acogió a cerca de 4.000 refugiados.

Durante la Guerra Civil también fueron evacuados alrededor de 33.000 niños, calcula Alted. El país que acogió un mayor número de menores fue Francia, cerca de 20.000. A Inglaterra fueron unos 4.000 niños. Bélgica recibió en torno a 5.000. A la URSS llegaron 2.900 en cuatro expediciones. México albergó 463; Suiza, a unos 430, y Dinamarca, un pequeño grupo de 100.

Campos de concentración en Francia

 En febrero de 1939 casi 500.000 personas atravesaron la frontera francesa a través del Departamento de Pirineos Orientales. "Muchos eran mujeres, niños, ancianos, inválidos... sin responsabilidades políticas, ni militares, que se habían visto impelidos a marchar empujados por le miedo físico o psicológico de los últimos momentos de una guerra perdida", describe Alted.

Los republicanos, sin embargo, no fueron acogidos en Francia como esperaban en un país que consideraba 'el derecho de asilo' como seña de identidad. Una vez atravesada la frontera, describe la catedrática, los exiliados eran agrupados en campos detriage, donde se procedía a su distribución.

 Los niños, mujeres, ancianos y enfermos eran conducidos en trenes hacia localidades del centro o el oeste de Francia. A los hombres civiles y a los antiguos combatientes del ejército republicano se los llevaba a los campos de concentración o internamiento donde, además, hubo mujeres y niños.

A mediados de febrero estaban internados 257.000 españoles; de ellos, 180.000 en los campos de Argelès y Saint-Cyprien, 65.000 en los campos del Vallespir y 30.000 en los de la Cerdaña. Alted recoge el testimonio de Juan Martínez, quien estuvo en los campos de Argelès y Saint-Cyprien: 
"Cuando llegué al dichoso campo quedé como atontado de asombro, aquello era un hormiguero de hombres detrás de las alambradas tirados en la arena y muchos guardias, moros y negros senegaleses con el dedo en la ametralladora en posición frente al campo. Increíble pero verdad".

Además, 55.000 españoles estuvieron adscritos además a las Compañías de Trabajadores Extranjeros, unidades militarizadas mandadas por oficiales del ejército francés. En torno a 12.000 fueron enviados a la línea Maginot y al "Primer Frente", y unos 30.000 a la zona comprendida entre la línea Maginot y el río Loire. Los integrantes de estas Compañías trabajaban en obras públicas, construcción o reparación de instalaciones militares, la industria bélica... Por último, otros 6.000 españoles se enrolaron en los Batallones de Marcha de Voluntarios Extranjeros.

Republicanos en los campos nazis

La catedrática Alted calcula que fueron a Alemania de manera forzada unos 40.000 republicanos españoles. Aunque no todos corrieron la misma suerte, hubo muchos de ellos que terminaron en campos de concentración nazis. En el complejo de Mauthasen, que incluía otros campos como Gusen, fueron internados algo más de 7.000 republicanos de los que morirían 5.000. En otros campos como Buchenwald, Bergen-Belsen, Dachau, Auschwitz, Ravensbrück, Flossenburg, Nevengamme u Oranienburg, estuvieron internados unos 1.000.

En este último, el de Oranienburg, un campo situado cerca de Berlín y destinado a albergar a personajes de algún relieve político o intelectual de los países ocupados, estuvieron algo menos de un centenar de españoles, entre ellos, el que fuera presidente del Gobierno de la República durante la Guerra, Francisco Largo Caballero.

La periodista Montserrat Llor recogióen 'Vivos en el averno nazi', las experiencias de decenas de españoles que sobrevivieron a los campos de concentración nazis. Uno de ellos es Marcelino Bilbao, fallecido recientemente, que vivió en primera persona los experimentos científicos nazis.

"Terrible, allí ya estaba. Había llegado al campo un terror de doctor. Entra en una barraca, coge la maleta y se sienta. Prepara las inyecciones. Allí llegabas tú, para que te inyectara, como castigo o como experimento a ver cuánto tiempo resistías. Y aquel hombre, allí sentado, sin mirar a nadie, pinchaba. A algunos les daban convulsiones; a otros se los llevaban a rastras. 

Ese día no fui yo, pero sí algunos de mis compañeros de barraca. Los que vivían estaban rotos en la cama, no podían moverse. Luego me tocó a mí, seis sábados consecutivos me inyectaron [benceno] al lado del corazón. Nos cogieron a 30, sólo 7 logramos sobrevivir a los pinchazos", relató Bilbao a Llor en su domicilio de Châtellerault (Francia).

 México. El exilio intelectual

 Entre 1939 y 1950 fueron a México entre 20.000 y 24.000 españoles, en función de las fuentes. Los primeros fueron un grupo de 464 niños que desembarcaron en Veracruz el 7 de junio de 1939, la mayoría de clase obrera y en menor medida de una burguesía baja. La mayoría provenían de Barcelona y Madrid. "La mayoría de los refugiados que llegaron a México eran casados e iban en compañía de sus familias y provenían del sector terciario", explica Alted.

Durante los meses de febrero a mayo de 1939 estuvieron yendo a México una serie de responsabilidades que habían tenido un papel relevante en la Guerra, como Indalecio Prieto, Juan Prieto o el general Miaja. En los meses de junio y julio arribaron varias expediciones a México los barcos Sinaia, Mexique e Ipanema. En el primero iban 1.599, en el segundo, 2.067 y 994 en el Ipanema.

Claudi Esteva Fabregat, que iba en el Sinaia, recuerda: "Cuando llegamos, para nosotros fue un día de felicidad suprema. Me acuerdo que había una gran cantidad de jarochos [nombre con el que se conocía a los naturales de Veracruz] esperándonos en el puerto, que había unas autoridades, pero especialmente para nosotros fue importante el recibimiento sindical, fue un recibimiento popular (...) Y nosotros no sabíamos prácticamente nada de México".

Chile. El último poema de Neruda

 Entre abril y julio de 1939, Neruda estuvo trabajando en el exilio de españoles a Chile. A instancias de Neruda, el Gobierno de la República contrató el Winnipeg para el traslado de unos 2.365 exiliados. La mañana del 4 de agosto de 1939 partió el barco y todo el pasaje portaba en su mano un folleto que les había entregado Neruda: "Chileos acoge". Llegaron a Valparaíso la noche del 3 de septiembre entraba en el puerto de Valparaíso.

El desembargo se inició en la mañana del día 4 y, como recuerda Ovidio Oltra, "los muelles (...) se encontraban repletos de multitud expectante, amiga, formada por antiguos emigrantes españoles, algunos refugiafos que acababan de llegar y muchos chilenos (...), hombres y mujeres de toda condición, autoridades municipales, nacionales, miembros del Senado y de la Cámara de los Diputados (...) Valparaíso nos recibió de manera entusiasta y en un día de primavera, lo que casi siempre es un augurio al llegar a un nuevo país.

Entre el pasaje se encontraba Isidro Martín, viudo de 41 años,. Atrás dejaba una vida entera dedicada a los zapatos y a sus tres hijos que quedaban en Portillo (Toledo). "Mi padre marchó con la pena de que sus hijos pudieran acusarlo de abandonarlos. Desde que llegó no hizo otra cosa que trabajar para traer a sus hijos", recuerda Matilde Martín, hija del nuevo matrimonio que Isidro mantendría en Chile, en conversación telefónica con Público.

URSS. Los niños de la guerra

 El exilio en la URSS, describe Alted, presenta básicamente cuatro características que lo singularizan frente al exilio republicano en otros países de Europa y América. El rasgo más diferenciador es que el colectivo de españoles numéricamente más importante que se encontraba en ese país al finalizar la Guerra Civil era el de los casi 3.000 niños que fueron evacuados en varias expediciones entre 1937 y 1938. 

 Junto a ellos había otros colectivos que también fueron durante la Guerra: el de los maestros y el personal auxiliar que había acompañado a los niños; el de los alumnos pilotos que iban a estudiar a las escuelas soviéticas de aviación; y el de los tripulantes de los barcos españoles que se encontraban en ese país o navegando hacia él cuando terminó la contienda.

La primera expedición oficial de niños partió de Valencia rumbo a Yalta el 17 de marzo de 1937. Había 72 niños, la mayoría de Madrid. La segunda expedición se empezó a organizar en mayo de 1937 ante la implacable ofensiva de las fuerzas de Franco en Vizcaya. En la madrugada del 13 de junio, cinco días antes de que cayera Bilbao, salieron del puerto de Santurce alrededor de 4.500 niños en el barco Habana, rumbo a Burdeos. 

Aquí, 1.495 niños, en gran parte vascos, fueron embarcados en el buqueSontay con dirección a Leningrado, donde tuvieron una entusiasta recogida. La tercera expedición partió el 24 de septiembre de 1937 desde el puerto de El Musel (Gijón). En un carguero francés iban 1.100 niños casi todos asturianos, santanderinos y vascos.

El carguero iba hacia Burdeos, pero fue interceptado por el buque Cervera, a las órdenes de Franco, y tuvo que desviar su rumbo hacia Saint Nazaire. Aquí algunos niños fueron desembarcados y los restantes trasladados al buque soviético Kooperatsia que zarpó con dirección a Londres, donde una parte de los pequeños embarcaron en el Félix Dzerzhinki hacia la URSS. La última expedición fue a finales de 1938 y estuvo integrada 300 niños de Catalunya, Aragón y la costa mediterránea.

Uno de los niños a bordo de esos barcos fue Francisco Mansilla, quien actualmente es el presidente delCentro Español de Moscú. "Me trasladaron a Gandia cuando el asedio de Madrid en el otoño del 36. Allí, un señor ruso preguntó quién quería ir a la Unión Soviética y yo levanté la mano. Mi padre me dice que me iba al paraíso del del proletariado. Lo que él no sabía era que me iba al infierno del proletariado", explica Francisco a Público.

Norte de África. Los últimos expatriados

El número total de exiliados que desembarcaron en las costas norteafricanas fue de unos 12.000, la mayor parte, unos 7.000, lo hicieron en el puerto de Orán, según informes del Gobierno de Argelia. Casi todos ellos permanecieron aquí hasta la liberación de esta zona por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, a excepción de algo más de la mitad de los que desembarcaron en Túnez (protectorado francés desde 1881) y del cerca de un centenar de militantes y dirigentes comunistas que, en mayo de 1939, marcharon desde Argelia a la URSS.

Al igual que sucedió en Francia, tampoco en los territorios franceses del norte de África se había previsto nada para acoger a la posible oleada de los últimos momentos de la Guerra. Por ello, hubo que improvisar centros deinternamiento, algunos en la ciudad, pero otros en los muelles donde desembarcaban. "Entre los refugiados que llegaron a Argelia, la proporción de población civil era elevada, muchos de ellos constituían familias enteras", escribe Alted.

El campo de concentración más importante fue el de Morand, que llegó a tener algo más de 3.000 internados. Se encontraba en una zona muy inhóspita, donde soplaba con fuerza el siroco y se alcanzaban temperaturas superiores a los cincuenta grados en verano.

Conrado Lizcano, que ha escrito sobre su experiencia en estos campos, coincidió en él con el poeta Pedro Salinas. Lo describe así: "Era un hombre delgado, tímido y afable que no sustentaba ninguna ideología concreta, pero que se sentía identificado de corazón con la causa del pueblo español y las mejores inquietudes culturales y artísticas del mundo moderno (...) Un buen día lo vi llegar jubiloso con el petate en la mano. Había logrado la ¡liberación! A través de una embajada iberoamericana que lo había reclamado".    (Público, 31/03/2014)

8/4/14

El exilio republicano, "Un día nos informan que los contrabandistas van a hacer un pasaje con tabaco desde Andorra, como conocíamos el itinerario preparamos una recuperación."

"Tras la caída de Cataluña, en enero de 1939, miles de combatientes españoles fueron internados en los campos de concentración del sur de Francia. Durante los meses de la primavera y el verano, y ante los problemas derivados de la saturación de las instalaciones, las autoridades francesas ofrecieron a los internos la posibilidad de salir de ellas para emplearse como jornaleros en las explotaciones agrícolas vecinas [1] .

Cuando se produjo la ruptura de hostilidades entre Francia y la Alemania nazi, en septiembre de 1939, la administración gala instó a los extranjeros útiles para las armas a integrarse en los Batallones de Marcha de Voluntarios o en la Legión Extranjera. Los hombres de edades comprendidas entre los 20 y los 48 años que no contrajeron voluntariamente un compromiso militar se convirtieron en “prestatarios extranjeros”, obligados a contribuir a la defensa de Francia en los recién creados Cuerpos de Trabajadores Extranjeros (CTE), en actividades agrícolas o industriales a criterio del Ministerio de Trabajo, o en tareas de fortificación de la “línea Maginot”.

 Según Sixto Agudo, de los 380.000 españoles que se encontraban en tierra francesa cuando estalló la guerra, unos 55.000 fueron enviados a las CTE, agregados a las unidades de Ingenieros Militares, grandes obras públicas e industrias de guerra, y unos 6.000 se enrolaron en los Batallones de Marcha y la Legión, unos de forma voluntaria, y otros, forzados [2] .

Los trabajadores asignados a las CTE tenían estipulado un salario de 0,50 francos diarios y unas condiciones laborales reguladas por el Ministerio de Trabajo, pero no siempre se cumplía la reglamentación al respecto. Una veces, porque los contingentes eran considerados “comandos de trabajo” bajo vigilancia, en aplicación de la legislación vigente sobre “extranjeros indeseables”, como ocurría, según relata Victorio Vicuña, con los trabajadores recluidos en el campo de Vernet [3] ; otras, porque los empresarios imponían sus propias condiciones [4] .

Entre los destinos a los que fueron adscritos los refugiados españoles destacaron los chantiers, lugares donde se llevaban a cabo obras de construcción, demolición o minería, y que abarcaban actividades que iban desde la tala de bosques para la venta de madera y la fabricación de carbón vegetal hasta la construcción de pequeñas centrales hidroeléctricas, pasando por la explotación de canteras.

Hubo chantiers que fueron creados por militantes o simpatizantes del Partido Comunista Francés (PCF) para prestar acogida a sus camaradas españoles y, en algunos casos, para contribuir solidariamente a la financiación de las actividades del Partido Comunista de España (PCE): En Manjou, en el departamento de Aude, funcionó una explotación cuyo titular, el doctor Delteil, pagaba de su bolsillo los salarios de los españoles empleados, a los que cedió el producto de la venta de todo el carbón que pudieran fabricar a fin de que lo destinaran al sostenimiento del aparato del PCE y, posteriormente, del XIV Cuerpo de guerrilleros. 

En Varilhes (Ariége), un propietario de bosques llamado Benazet cedió a los españoles el uso de una pequeña explotación y de un garaje. En otros casos, ciudadanos franceses, como un tal Valisou, aceptaron figurar nominalmente como titulares de explotaciones que, en realidad, pertenecían a comunistas españoles [5] . 

Estos fueron haciéndose progresivamente con el control de un mayor número de enclaves, cuyos réditos se destinaban, en su mayoría, al sostenimiento de los gastos del partido. Los chantiers fueron adquiridos en unos casos con la reinversión de los beneficios obtenidos en los ya existentes, y en otros mediante el producto de operaciones –eufemísticamente denominadas “recuperaciones”- como la que relata en sus memorias Vicente López Tovar:

“Un día nos informan que los contrabandistas van a hacer un pasaje con bastante tabaco desde Andorra, en ese momento el tabaco costaba caro, como conocíamos el itinerario preparamos una recuperación. Nos emboscamos y cuando los vimos cargados con mulos, en un sitio que no les quedaba más remedio que recular, tiramos algunos disparos con los fusiles, echaron la carga por tierra y pies para qué te quiero. 

La venta de este tabaco nos produjo mucho dinero, y creo que Vallador [sic] pagó el chantier de Prayols con este dinero, este lugar nos era de gran utilidad, pues era uno de nuestros pasajes para ir a España” [6] . 

Otros chantiers, como los gestionados por el ingeniero George Thomas, servían de refugio estacional –una vez iniciada la ocupación- para los refugiados sobre los que recaían sospechas o para los amenazados de deportación. Estos chantiers, abiertos en septiembre de 1940, se repartían entre Saint Nicoulau, cerca de Foix ; la Peyregade, en Montferrier –ambos en el departamento de Ariège- ; y Mont Fourcat y Saint-Hilaire –en el departamento de Aude-. 

En invierno, el equipo de la Peyregade bajaba a Saint-Hilaire, y en primavera, los carboneros de Saint-Hilaire retornaban a Ariège, movimientos estacionales que resultaban útiles para obstaculizar las pesquisas policiales.

Sin embargo, no faltaban los chantiers explotados por oportunistas que veían en el aprovechamiento de una mano de obra que no podía revelar su estancia ilegal la oportunidad para la obtención de elevados beneficios. 

A cambio de esconder a los refugiados españoles, los satisfechos propietarios obtenían una sustancial plusvalía de la producción aportada por los trabajadores realmente existentes, cuyo número superaba sustancialmente al de operarios legalmente registrados:
“Existían otros también que, sin ser comunistas, nos dejaban hacer carbón, estaban encantados, pues declaraban tres obreros, y tenían el producto de diez o doce que teníamos allí escondidos, todos estábamos convertidos en leñadores” [7] . 

Por último, existieron chantiers de reclutamiento obligatorio, surgidos tras la instauración por el gobierno colaboracionista de Vichy de los Grupos de Trabajadores Extranjeros (GTE) en octubre de 1940. Obligado a entregar a Alemania buena parte de su producción industrial y agrícola para alimentar la máquina de guerra germana, el gobierno de la “zona libre” intentó paliar la falta de mano de obra -los prisioneros franceses continuaban aún cautivos- con la movilización de todos los extranjeros entre 18 y 55 años, y su adscripción a los GTE. 

Los trabajadores encuadrados mediante este sistema de conscripción eran entregados a las empresas que los precisaban o enviados a las fábricas alemanas y, a diferencia de los pertenecientes a las Compañías del periodo anterior a la rendición, no percibían retribución alguna. Muchos fueron destinados a la construcción del “Muro del Atlántico”, en las costas de Normandía; otros hubieron de trabajar en las bases de submarinos próximas a Burdeos o en el campo de aviación de La Rochelle, bajos los continuos bombardeos de la Royal Air Force (RAF) británica.

 Decenas de miles, por último, fueron remitidos a Alemania y, posteriormente, a Austria, donde un gran número dejaría sus vidas en los tristemente célebres campos de exterminio de Mauthausen, Gusen, Dachau, Buchenwald y Orianemburg [8] 

Los aún balbucientes grupos de la resistencia procuraron infiltrar a sus simpatizantes en las dependencias administrativas territoriales del los GTE, a fin de obtener información acerca de las necesidades de mano de obra de los alemanes y de sus movimientos para reclutarla –especialmente tras la instauración del Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) en febrero de 1943-, dando aviso a los refugiados para que se pusieran a salvo:
“En San Juan de Verges, de donde dependíamos administrativamente, se encontraban las oficinas de un Grupo de Trabajadores Extranjeros, estaba empleado un camarada que se llamaba Aniceto Pérez, y nos facilitaba documentaciones, informándonos de todo aquello que nos interesaba, cuando los alemanes pedían obreros para ir a trabajar a Alemania podíamos evitar que los camaradas que se ocupaban de la organización fueran deportados” [9] . 

De todos los tipos de chantiers, los dedicados a la fabricación de carbón vegetal, que proliferaron en las regiones pirenaicas (en particular en Aude –Languedoc-Rosellón-, Ariége y Alto Garona –Midi Pyrénées), adquirieron una importancia significativa a medida que la escasez de hidrocarburos hizo aumentar la demanda de este combustible para los vehículos a gasógeno. 

El Estado Francés decidió enviar a ellos a una parte importante de los trabajadores extranjeros que aún esperaban destino en los campos de internamiento. Pero lo que las autoridades contemplaron como una oportunidad para rentabilizar y controlar al “número excesivo de extranjeros para la economía nacional” se convirtió, en virtud de la estructura dispersa y recóndita de los chantiers, en un factor crucial para el surgimiento y desarrollo de la actividad de los maquis.

 Los numerosos grupos de leñadores y carboneros, que en un principio resultaron excelentes refugios para los perseguidos por la Gestapo alemana y sus colaboradores de Vichy, acabaron por erigirse en la base de la organización armada contra los ocupantes nazis.

2. Los chantiers y la Resistencia (1941-1944).

Durante los primeros tiempos de la guerra mundial, los chantiers funcionaron fundamentalmente como refugio [10] . Los activistas internados en los depósitos creados por las autoridades del nuevo Estado Francés para albergar a los miembros dispersos de las compañías de trabajo difundían la consigna de solicitar “trabajos de bosque” para evitar la entrega a la policía franquista o eludir el envío a las obras de fortificación o a las factorías y campos de Alemania [11] . 

 Los comunistas, tanto franceses como españoles, se encontraban en la clandestinidad, pero aún se abstenían de participar activamente en la resistencia en virtud del seguimiento del pacto germano-soviético. Sin embargo, el hostigamiento al que fueron sometidos tanto por los alemanes como por la administración colaboracionista francesa llevó a los leñadores y carboneros a albergar a perseguidos por la Gestapo o por la policía de Petain, a los que ayudaban a pasar a España para que, desde allí, alcanzaran Londres [12] .

 Los refugiados comunistas españoles, acostumbrados a la militancia en condiciones de ilegalidad y fogueados por la experiencia de la guerra de España, fueron pioneros en activar las redes de solidaridad que ya habían entretejido desde la época de su internamiento en los campos del sudoeste francés. Es en este periodo cuando se dieron los primeros pasos desde la improvisación y las acciones aisladas a formas de resistencia que implicaban el surgimiento de un cierto nivel de organización [13] . 

En concreto, se crearon tanto el aparato de pasos, denominado “de cara a España”, como el de falsificación de documentos [14] . Los carboneros también se dedicaron a ocultar armas y explosivos de los que los aliados lanzaban en paracaídas sobre el territorio ocupado. Las armas iban destinadas, en principio, a la Armée Sécrete (AS) que obedecía órdenes de De Gaulle. 

Los militantes de la AS se ocupaban de ocultarlas hasta que pudiesen ser empleadas en apoyo de los aliados. Cuando los comunistas, tras la invasión alemana de la URSS en junio de 1941, se implicaron en los combates contra la ocupación, se originaron enfrentamientos entre la AS y los maquis españoles, que “recuperaron” algunas partidas con la intención de emplearlas de inmediato:

“[En febrero de 1944] me traen información de que se va a efectuar un aterrizaje de armas y que es la AS la que va a recibirlo, y esconderlo como de costumbre. Esperando el día X. Nos informamos del día, hora y lugar, y preparamos la recuperación de esas armas que nos hacían mucha falta. Llegó el día esperado y bien escondidos, dejamos que cargaran el camión y empezamos a tirar tiros al aire, cogimos el camión y lo escondimos en el bosque” [15] . 

Entre las primitivas acciones de resistencia se encontraba la práctica del sabotaje. Muchos chantiers de los GTE se dedicaban casi en exclusiva a la producción de carbón vegetal para los vehículos alemanes, lo que motivó que grandes cantidades del combustible destinado a los gasógenos se entregasen húmedas y mezcladas con piedras. A Valledor, en concreto, los alemanes acabaron pagándole el carbón a mitad de precio, e incluso le amenazaron con la deportación, debido a la mala calidad del material que suministraba [16] .

A medida que aumentaba la presión sobre los trabajadores extranjeros, los chantiers fueron llenándose de huidos y hubo problemas para mantenerlos. No resultaba fácil conseguir recursos para alimentar a una población laboral muy por encima de la legalmente declarada sin delatar su presencia, lo que dio lugar, en ocasiones, a episodios insólitos:

“La llegada de nuevos camaradas aumentaba y estábamos un poco justos, cuestión comida, teníamos hambre y decidimos comprar un cerdo. Estábamos en una casita y solo circulábamos de noche, para que los campesinos no nos vieran, por esta causa decidimos matar el cerdo por la noche. Vaya problema para matar al pobre cerdo, aquello fue peor que la inquisición, golpe de martillo por aquí, golpe de hacha por allí, cuchillazos por todos lados, a tal extremo que el animal lleno de sangre y enloquecido se nos escapa. 

Quince o veinte de nosotros detrás del cerdo, en plena noche, los campesinos que encienden las luces; en fin, una verdadera catástrofe. Al día siguiente se dio la orden de evacuar, por si a los campesinos se les ocurría comentar esta famosa noche y llegaba a malas orejas, vale más prevenir lo que pueda ocurrir” [17] . 

A finales de 1941 los refugiados comunistas españoles decidieron pasar a la resistencia armada. En agosto de ese año el Comité Central del PCE había lanzado el manifiesto de “Unión Nacional”. El objetivo, de cara al interior de España, era unir a toda la nación -desde la clase obrera a la “burguesía nacional”- para evitar que Franco entrara en la guerra al lado de Hitler; y, en el exilio, contribuir a la lucha activa para la derrota del nazismo en el marco de la alianza con las potencias occidentales.

En una reunión convocada en Carcassonne por Jaime Nieto, miembro de la delegación del PCE en Francia, se decidió la organización de los guerrilleros en la zona sur, que tomó el nombre de “XIV Cuerpo de Guerrilleros Españoles” en homenaje a la unidad homónima creada por el Ejército Popular de la República Española en 1937. La lucha de los republicanos aparecía así enlazada, sin solución de continuidad, con la guerra de España, conforme a la línea mantenida por los comunistas bajo los “gobiernos de la resistencia” del doctor Negrín. 

Nieto celebró otra reunión en la presa en construcción de Larroquebrou (Cantal), en la que se acordó organizar los primeros núcleos de guerrilleros de la zona central. Entre noviembre de 1942 y mayo de 1943 el PCE impulsó las guerrillas de Pirineos Orientales, Altos y Bajos Pirineos, y la consolidación de sus organizaciones urbanas en Toulouse, Foix, Pamiers, Tarascón y Lavelanet [18] .

El principal teatro de operaciones de los guerrilleros españoles estuvo comprendido en el territorio de los departamentos de Ariège y Aude, y entre sus responsables se encontraban Jesús Ríos, Cristino García, Luis Walter (a) “Manolo el mecánico”, Luis Fernández, Vicente López Tovar y José Antonio Valledor [19] .Las primeras acciones se llevaron a cabo en mayo de 1942, y consistieron en “recuperaciones” de dinero y armas lanzadas por los aliados, y en el sabotaje de vías férreas.

 Al mismo tiempo se produjo el lanzamiento de un órgano de expresión propio, “Reconquista de España”, editado con una pequeña imprenta “Minerva” por un grupo de carboneros en el departamento de Vaucluse [20] .

Valledor y López Tovar fueron encargados de visitar los chantiers existentes para unificar la acción de los maquis residentes en ellos. Se trataba de combinar el mantenimiento de la vida legal de los leñadores, carboneros, mineros y constructores de presas, cuya integración con la población francesa no planteaba problema alguno, con las actividad clandestina, que exigía una ejecución rápida de las misiones asignadas y el retorno al lugar de trabajo antes de que la ausencia fuera percibida.

 Al contrario que sus camaradas franceses, que incurrieron en ocasiones en el error de formar grandes unidades partisanas para buscar la confrontación frontal con el enemigo, los españoles, según Sixto Agudo, cultivaron “el arte de reunirse y de dispersarse. Reunirse, condensarse, para caer como la lluvia sobre un objetivo dado. Dispersarse, desparramarse, para escapar a la persecución” [21] . 

La preocupación por preservar al máximo tanto la integridad de los grupos de combatientes como su independencia orgánica no era ajena a la concepción de la resistencia que tenían los comunistas españoles, para quienes la lucha contra el ocupante nazi era no solo una continuación de su combate anterior en España, sino un episodio que presagiaba la lucha por la liberación de su propio país que habría de producirse en el porvenir [22] .

La estructura de los maquis españoles en del Midi francés antes de 1944, era sumamente flexible y articulada en tres niveles:

- Los maquis “de primer nivel”, “maquis blancos” o “maquis del llano”, que, dispersos por los chantiers, aún no habían participado abiertamente en acciones de la resistencia. Entre ellos se encontraban los capataces de las explotaciones, que aparecían como la cara legal del entramado, encargados de la contratación de las obras y de la administración de los recursos.
- Los maquis “de segundo nivel” o “de nivel intermedio”, que eran los amenazados o puestos bajo sospecha que debían cambiar frecuentemente de localización.

- Los maquis “de tercer nivel” o “maquis verdadero”, guerrilleros móviles que se mantenían habitualmente alejados de los chantiers para llevar a cabo sus acciones [23] .

El paso de un nivel a otro era dinámico, pero procurando no romper nunca el cordón umbilical que unía a los guerrilleros con el centro de trabajo de procedencia. Como afirma Victorio Vicuña, “en cualquier momento un destacamento guerrillero podía verse obligado a dispersarse. Entonces escondíamos las armas y la ropa, y cada guerrillero se fundía con leñadores, los mineros o los constructores de embalses” [24] .

Con la creación del Comité Militar de la Mano de Obra Inmigrada (MOI) a finales de 1943 [25] , y sobre todo a partir de la formación de la Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE) en mayo de 1944, la mayor parte de los maquis pasó a integrase en el tercer nivel, el del “maquis verdadero”, jugando un papel fundamental en la liberación del sur de Francia, desde Oloron, en los Pirineos Atlánticos, a Dordogne, el Ariége y Aude [26] . (...)"                    (Fernando Hernández Sánchez, La estación finlandia, Rebelión, 17/01/2014)