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30/5/23

Emigración española en Alemania: "Sinceramente, nunca he podido constatar esas exhibiciones de xenofobia tan evidentes e intolerables. La sensación de rechazo era simplemente silente"

 "El invierno era rudo, por utilizar un adjetivo antropomórfico, en Hannover. Tan rudo como saberte diferente de algún modo, en un sitio que no te corresponde, que no es el tuyo. Diferente cuando vas en el U-bahn, metro con una sola línea en aquella época, camino de Kröpcke, el centro social y neurálgico de la ciudad, y conversas en español. 

Diferente cuando quieres entrar en una discoteca hablando en español con tus amigos y simplemente te dicen despectivamente 'No se puede pasar'. 

Incluso me llegaron a decir que en algunas salas de baile aparecía un cartel indicando que la entrada estaba prohibida para animales y extranjeros. 

Todo esto, claro, a ojos de un niño de unos 15 años.

Sinceramente, nunca he podido constatar esas exhibiciones de xenofobia tan evidentes e intolerables. La sensación de rechazo era simplemente silente. 

En ocasiones soportaba estoicamente que, de camino a casa en el U-bahn, alguna respetable anciana -por razones bélicas obvias, en la Alemania de los 70 había más ancianas que ancianos- me dijera, al escuchar hablar otras lenguas, con complicidad y a media voz aquello de 'Que fastidio de gastarbeiter, desaliñados y hablando esas jergas'.

Asentía cobarde y desganadamente con la cabeza. Si no hablaba demasiado, mi pelo rubio y piel clara no desentonaba entra la masa poblacional autóctona."

 (José Antonio López Guerrero JAL: Virus, chicas y laboratorios. Memorias de un científico. Ed. Guadalmazán, Madrid, 2023, p. 48/9)

19/5/22

El gran reemplazo es la última encarnación de una vieja idea: la creencia de que las élites están intentando destruir la raza blanca abrumándola con grupos no blancos y diluyéndola con la reproducción interracial, hasta que dejen de existir las personas blancas... Esta creencia transforma las cuestiones sociales en amenazas directas: la inmigración es un problema porque los inmigrantes se reproducirán a un ritmo mayor que la población blanca... pero en Estados Unidos, es evidente que esto nunca tiene que ver solo con la inmigración... cuando los atacantes armados escriben sobre los “reemplazadores”, fácilmente podrían estar refiriéndose a cualquier persona de color, tenga raíces estadounidenses o no. La teoría del reemplazo trata de la defensa violenta de la blanquitud

 "No es inmediatamente obvio qué relación guarda la teoría del “gran reemplazo”, a menudo enmarcada como doctrina antiinmigración y dirigida a preservar unas sociedades donde predomine la población blanca, con el tiroteo contra clientes y empleados negros en un supermercado de Búfalo el pasado fin de semana. Quienes se encontraban en la tienda, que vivían a más de 160 km del hombre acusado de la matanza, estaban simplemente haciendo su vida (comprando algo de comida, recogiendo una tarta de cumpleaños, llevando a sus hijos a tomar un helado).

Sin embargo, tanto la elección de las víctimas como la brutalidad de un atentado en el que murieron 10 personas se pueden encontrar en la historia de la teoría. En el contexto estadounidense, tiene en la mira a un gran número de objetivos futuros, entre ellos la propia democracia.

El gran reemplazo es la última encarnación de una vieja idea: la creencia de que las élites están intentando destruir la raza blanca abrumándola con grupos no blancos y diluyéndola con la reproducción interracial, hasta que dejen de existir las personas blancas. En su núcleo, esta idea no tiene que ver con una única amenaza concreta, sean los inmigrantes o las personas de color, sino con la raza blanca que pretende proteger. Es importante ser cautelosos y no demasiado crédulos cuando leamos los textos de autores de atentados por motivos raciales, pero sí debemos reparar en un importante patrón: su obsesión con proteger las tasas de natalidad blancas.

Los activistas del poder blanco llevan décadas preocupándose por su estatus como mayoría. Creen que se avecina una crisis demográfica, y hablan del momento en el que su comunidad, su localidad o Estados Unidos dejen de ser mayoritariamente blancos. Este temor no se mitiga ni siquiera cuando decrece el ritmo del cambio demográfico.

Esta creencia transforma las cuestiones sociales en amenazas directas: la inmigración es un problema porque los inmigrantes se reproducirán a un ritmo mayor que la población blanca. El aborto es un problema porque se abortarán bebés blancos. Los derechos LGBTQ y el feminismo sacarán a las mujeres del hogar y descenderá la tasa de natalidad blanca. La integración, el matrimonio interracial e incluso la presencia de personas negras lejos de una comunidad blanca —al parecer, un asunto de especial interés en el ataque de Búfalo— se consideran una amenaza a la tasa de natalidad blanca, a través de la amenaza del mestizaje.

En Estados Unidos, es evidente que esto nunca tiene que ver solo con la inmigración; cuando los atacantes armados escriben sobre los “reemplazadores”, fácilmente podrían estar refiriéndose a cualquier persona de color, tenga raíces estadounidenses o no. La teoría del reemplazo trata de la defensa violenta de la blanquitud.

La razón por la que a menudo pensamos en la teoría del reemplazo como una ideología específicamente contraria a la inmigración se debe a dos textos: Le Grand Remplacement, de Renaud Camus, y El desembarco, de Jean Raspail. Ambos han adquirido bastante predicamento en los círculos del poder blanco y la derecha militante en la última década. El desembarco, de 1973, es en esencia una precursora distópica y ficticia de Le Grand Remplacement, publicado en 2011 en francés, que sostiene que los blancos europeos están siendo reemplazados en sus países por los inmigrantes no blancos. Que El desembarco fuese recomendado por Stephen Miller, posteriormente arquitecto de las políticas migratorias más crueles del gobierno de Trump, revela que hay miembros del Partido Republicano que conocen esa teoría, si es que no la suscriben. Ambos se basan en el miedo a la inmigración no blanca —incluida la islámica— que llega a Europa, y que represente una gran amenaza de colapso cultural y extinción de la blanquitud.

El extremismo del poder blanco revela que en el núcleo de esta ideología no están las víctimas a las que ataca, sino aquello que intenta preservar, y el mecanismo que transfigura esta ideología en violencia racial. Lo que se imagina es que una conspiración de las élites —normalmente imaginadas a su vez como “globalistas” judíos— están trabajando para erradicar a propósito a la población blanca y la cultura blanca. Por eso el nacionalismo suele ser tan virulentamente antisemita, y por eso también se alimenta de la profunda desconfianza en los medios, la educación, la ciencia y otros árbitros del conocimiento.

En Estados Unidos, los antecedentes patrios de la teoría del reemplazo se remontan a mucho antes de Renaud Camus y Jean Raspail. Henry Ford, entre otros estadounidenses, promovieron “Los protocolos de los sabios de Sion”, que, mediante su relato completamente ficticio de una poderosa conspiración judía que dirigía los acontecimientos mundiales, ha influido en las teorías y creencias racistas desde que fue publicado por primera vez a principios del siglo XX.

Las preocupaciones por el cuerpo político y las amenazas a la composición racial de la nación inspiraron campañas eugenésicas, a los activistas contra la inmigración y a otros progresistas, incluido Theodore Roosevelt. Estas ideas han sido trenzadas con la defensa del medioambiente, y no solo lo hicieron los ecofascistas en el pasado reciente, sino también los ecologistas de finales del siglo XIX y principios del XX, a quienes les preocupaba la carga demográfica y se preguntaban cómo preservar la naturaleza para los blancos.

Cuando los neonazis, el Klan, los milicianos y los cabezas rapadas se unieron en las décadas de 1980 y 1990, les preocupaba el “Gobierno de Ocupación Sionista” o el “Nuevo Orden Mundial”. También aclararon que su nación no era Estados Unidos, sino un cuerpo político transnacional de personas blancas que necesitaban ser defendidas de estos enemigos conspirativos y de las amenazas raciales; defendidas mediante la violencia y la guerra racial. Esa corriente circula todavía por los escritos de aquellos que han sido relacionados con los atentados de Charleston, Christchurch, Oslo, El Paso, Pittsburgh y Búfalo.

Es imposible separar la teoría del reemplazo de sus consecuencias violentas, como nos han demostrado décadas de terrorismo a manos de sus adeptos. La popularización de la teoría del reemplazo, sea mediante el programa de Tucker Carlson o los anuncios de la campaña de Elise Stefanik, seguirá teniendo consecuencias catastróficas.

El objetivo a largo plazo de los activistas del poder blanco no se limita a aterrorizar e intimidar a los no blancos: como muestra El desembarco, estos activistas temen la llegada de una extinción apocalíptica si no toman las armas. Su equivalente estadounidense, Los diarios de Turner, imagina cómo sería instaurar un mundo dominado por los blancos mediante la guerra racial y el genocidio.

¿Cómo es posible que la gente no condene de inmediato una idea como esa?

Las reflexiones y las oraciones nunca son suficientes tras un tiroteo múltiple, pero incluso estos mensajes parecen escasear más de lo habitual. Wendy Rogers, senadora por el estado de Arizona e integrante de la milicia extralegal ultraderechista Oath Keepers, implicada en el asalto al Capitolio, dijo en internet que el tiroteo había sido una operación de bandera falsa perpetrada por un agente federal.

Es evidente que ya no se trata de una idea marginal. Décadas de violencia a manos de extremistas nos dicen que tales ideas conducirán a más violencia; la popularización de la idea significa que empezamos a quedarnos sin margen de acción.

(Kathleen Belew es autora de Bring the War Home: The White Power Movement and Paramilitary America y profesora asociada entrante de historia en la Universidad Northwestern. Revista de Prensa, 18/05/22; fuente: The New York Times)

19/2/21

Hay más suecos que italianos que tienen puntos de vista antifeministas... La Europa del odio...

 "Pocos considerarían a Italia, conocida por su política "machista" y sus líderes de extrema derecha que promueven los roles de género "tradicionales", como un punto de acceso para los valores feministas en Europa. Pero una nueva encuesta, realizada a fines de 2020 y publicada ayer, sugiere que esto puede estar cambiando.  

De los ocho países europeos incluidos en la encuesta, que contó con 12.000 encuestados, los italianos eran los menos propensos a culpar al feminismo de los sentimientos de marginación y demonización de los hombres. 

 Mientras tanto, en Suecia, considerada durante mucho tiempo como un bastión de las políticas progresistas de igualdad de género, más personas (41 por ciento) que en cualquier otro lugar encuestado dijeron estar al menos de acuerdo con la afirmación: 'Es culpa del feminismo que algunos hombres se sientan marginados de la sociedad y demonizado. 

 Daniel Poohl, editor en jefe del grupo sueco anti-extremismo Expo, dijo a openDemocracy que "las sorprendentes opiniones antifeministas de los suecos" podrían explicarse en parte como una reacción violenta a los movimientos feministas exitosos. "Algunas victorias del feminismo sueco en los últimos años podrían haber activado el surgimiento de fuertes actitudes opuestas", dijo.

 Después de Suecia, alrededor del 30 por ciento de los participantes en Polonia expresaron opiniones antifeministas, seguidos por el Reino Unido (28 por ciento), Francia (26 por ciento), Hungría (22 por ciento), Alemania (19 por ciento) y el Holanda (15 por ciento). Sin embargo, solo el 13 por ciento de los encuestados italianos expresó tales opiniones y el 65 por ciento dijo que estaba muy o algo en desacuerdo con ellas. Simone Rafael de la Fundación Amadeu Antonio en Alemania, que encargó la investigación junto con Expo y HOPE not Hate en el Reino Unido, calificó la magnitud de la opinión antifeminista en Europa como "muy preocupante". 

Nick Lowles, director ejecutivo de HOPE not Hate, agregó que, en muchos países, una 'agenda antifeminismo' ahora está 'envuelta en las crecientes guerras culturales de derecha que es mucho más agresiva, retórica bastante violenta y se usa particularmente por hombres más jóvenes '. 

"Estado de odio" 

La encuesta de los grupos anti-extremismo se encargó como parte de un nuevo informe titulado "Estado del odio: extremismo de extrema derecha en Europa". También reveló que al menos una cuarta parte de los encuestados dijeron que tenían sentimientos negativos hacia los musulmanes. Casi un tercio reflejaba opiniones hostiles hacia los inmigrantes en general y más de un tercio reflejaba esas opiniones sobre los romaníes. 

 “Este informe muestra que la amenaza contra la democracia está cambiando de forma y estrategia. La extrema derecha de hoy es un movimiento transnacional que organiza a sus partidarios a través de redes en lugar de organizaciones anticuadas ", dijo Poohl. Antes de las elecciones al Parlamento Europeo de 2019, openDemocracy descubrió cómo una docena de grupos "fundamentalistas" de derecha cristiana de Estados Unidos habían invertido al menos 50 millones de dólares de dinero oscuro en Europa durante una década, impulsando a la extrema derecha que buscaba victorias récord ese año. Lowles dijo que las ideologías extremistas ahora están "internacionalizadas como nunca antes", y "la resistencia también debe serlo".

Según la encuesta, la mayoría de los encuestados en Hungría tienen opiniones negativas hacia los inmigrantes (60 por ciento) y los musulmanes (54 por ciento). Estas cifras son aproximadamente el doble que en el Reino Unido, donde el 30% tiene esa opinión sobre los inmigrantes y el 26% sobre los musulmanes. Cuando se les preguntó si simpatizaban con las protestas de Black Lives Matter contra el racismo y la discriminación contra las minorías, la mayoría de los encuestados en Alemania (52 por ciento), Suecia (51 por ciento) y el Reino Unido (51 por ciento) dijeron que sí. Este no fue el caso en ninguno de los otros países encuestados.
 
 "Gran desconfianza" en las autoridades 
 
El informe también destacó un "pozo profundo de desconfianza" en las autoridades, y agregó que los populistas y extremistas de toda Europa podrían intentar explotar ese entorno. El desencanto político fue particularmente pronunciado en Italia y Francia, donde el 79% y el 67% de los encuestados, respectivamente, dijeron que pensaban que su sistema político estaba total o parcialmente roto.
 
 Estas cifras también fueron elevadas en Polonia (63 por ciento), el Reino Unido (58 por ciento) y Hungría (55 por ciento). `` La escena europea de extrema derecha y antidemocrática está conectada de muchas maneras en la actualidad: es el antisemitismo, la islamofobia y el pensamiento de supremacía blanca lo que concuerdan los enemigos de extrema derecha de la democracia '', concluyó Anetta Kahane, presidenta de Amadeu Antonio Fundación. Este informe, argumentó, "hace visibles los puntos en común de que debemos luchar juntos para proteger la democracia y los derechos humanos en Europa".   
 
 ( , Social europe,   This article was originally published on opendemocracy.net)

2/7/19

El amor a los desconocidos es civilización; y la fidelidad a los principios es Derecho. La civilización y el derecho forman parte de esa tradición, alojada en la decencia común de nuestros antepasados, que hay que conservar... la izquierda debe encontrar ese lugar del “pueblo” donde se reúnen el amor, los principios de Sócrates y el sentido común europeo... Lo contrario es el fascismo

" Acabo de descubrir maravillado que Ivan Illich, el filósofo itinerante muerto en 2002, conocido en los años 70 por su radicales críticas a la cultura del automóvil y a la institución médica, fue sobre todo un riguroso historiador y un brillante teólogo heterodoxo.

(...) la parábola del buen samaritano (Lucas, 10, 25-37), una historia que, seamos  cristianos o no, forma parte de nuestro arsenal rutinario de buenos ejemplos moralizantes. Conocemos el relato: un hombre es robado, golpeado y abandonado medio muerto en una zanja. Pasa primero un sacerdote, luego un levita y ni uno ni otro se detienen a socorrerlo. Por fin pasa un samaritano –una especie de gitano o de palestino de la época– y, contra toda lógica, se compadece del herido y acude en su auxilio. 

Pues bien, hay dos cosas que a Ivan Illich no le gustan de la interpretación tradicional de esta historia. La primera tiene que ver con la tendencia a censurar a los dos viandantes indiferentes; o, mejor dicho, con el olvido del marco de recepción original de la historia. 

Los oyentes de Jesús –dice Illich– no se escandalizaban ante la actitud del sacerdote y el levita, que cumplían con las reglas de solidaridad propias de su pertenencia sectaria y tribal; se escandalizaban más bien con el gesto incoherente, inesperado y, si se quiere, socialmente subversivo del buen samaritano: ¡un apestado que presta ayuda a alguien que no es de su familia! 

La segunda objeción de Illich a la interpretación moral de la parábola atañe a su relación con el deber o con “los principios”. La historia –dice– no propone una “regla de conducta” o un “ejemplo de cumplimiento de una obligación ética”. Jesús, afirma Illich, no estaba respondiendo a la pregunta “¿cómo debemos comportarnos con nuestro prójimo?” sino a esta otra mucho más decisiva: “¿quién es mi prójimo?”. Y la respuesta es: cualquiera que yo decida, con independencia de que forme parte o no de mi mismo grupo o etnia. 

Para Illich esta libertad arbitraria de atender a la llamada de un extraño tiene dos implicaciones. La primera es que este “deber” ni deriva de –ni solicita– una norma. “Tiene un telos”, dice el teólogo, “va dirigido a un alguien, a algún cuerpo (“some body”)”. La segunda implicación, ahora trágica, es que “con la creación de este nuevo tipo de existencia” se abre también la posibilidad de su negación o rechazo. Esto es a lo que Illich llama “pecado”: la infidelidad a este telos concreto de creación amorosa.

Esta “fractura de amor” pone fin, digamos, al “antiguo régimen” y sitúa al ser humano –siempre en la versión de Illich– en el umbral nuevo de un verdadero mal, y ello precisamente porque por primera vez la humanidad ha vislumbrado, y tocado con las manos, el verdadero bien: lo peor es –insiste Illich– la corrupción de lo mejor. 

Un sacerdote judío o un levita de hace 2000 años –o un griego de hace 2.500– podían ignorar la llamada de un cuerpo concreto sin violar con ello el mandato de su tribu y sin incurrir, por tanto, en “pecado”. Tras el mensaje de Cristo mantenerse atado a ese mandato, mientras el prójimo concreto nos llama desde una zanja, es el absoluto mal.

 Más grave aún: mantenerse atado a una norma cualquiera, incluso a un principio de intervención moral universal, anticipa el comienzo del mal, pues cualquier norma es ya una infidelidad amorosa a esa libertad de responder a “la invitación de ver el rostro de Cristo en todo aquel a quien yo elijo”. 

Cuando la Iglesia sustituye esta “libre elección individual” por instituciones de caridad que prestan “servicios” impersonales a los “necesitados” –que por eso mismo se vuelven “necesitados”– los cristianos se olvidan de reservar un lecho y una ración de pan en sus casas para la visita nocturna de un desconocido. Y desaparece así, apenas en embrión, la sociedad cristiana. Y aparece así, ya en embrión, la sociedad capitalista. Eso dice –resumo– Ivan Illich.

No es que Illich no comprenda el impulso de la institucionalización de los cuidados, pero ve en su hechura un riesgo casi inevitable de “perversión” asociada al distanciamiento creciente, burocrático y tecnológico, de los cuerpos vivos y concretos. “Anarquista” a la manera de Simone Weil, muy atento al proceso histórico en virtud del cual el amor de entrada se instrumentaliza y luego se sistematiza, Illich sostiene que la condición de todo este mal es la irrupción del bien; y que “no hubiera podido ponerse el universo en manos de los hombres”, donde corre peligro, si no lo “hubiéramos puesto previamente en las manos de Dios”.

 Primero se lo dimos a Dios –en un acto que para Illich abre ese doble umbral de telos amoroso y de pecado mortal–, luego se lo quitamos para dárselo a los Hombres. ¿Y ahora? Ahora, añado yo, se lo hemos quitado a los Hombres, pero ¿para dárselo a quién? A esta pregunta no podrá ya responder el teólogo croata, aunque sus reflexiones, antes de morir, sobre la transición de la herramienta al sistema (que le plagié sin saberlo en algunos de mis libros) apuntan en una dirección apocalíptica.

 Me quedo, en todo caso, con su interpretación del gesto escandaloso del samaritano: con esta libertad radical de elegir a mi prójimo con independencia de mis filiaciones familiares y de mis afiliaciones étnicas y culturales. Para Illich esa es la verdadera novedad del cristianismo de Jesús, que convierte cada cuerpo en un cualquiera concreto que interpela mi propio cuerpo. 

Es muy bonito y creo que en parte tiene razón. Ese gesto inesperado del buen samaritano (y en todas partes puede haber uno, ateo, budista, judío o musulmán) abre en la historia una vía posible contra las solidaridades tribales y sus agnosias selectivas. Hay otra vía, sin embargo, que Illich prefiere soslayar. La abrió cuatro siglos antes Sócrates en plena guerra del Peloponeso, durante una de esas asambleas en las que los atenienses decidían democráticamente qué era lo más útil o conveniente (symphero) para su propia polis, si matar y esclavizar a los enemigos vencidos o perdonarles la vida. 

En torno a los cautivos de Mitilene (427 a. de C.), por ejemplo, Cleon y Diodoto discutirán de manera ardiente y pedirán el voto de los ciudadanos –respectivamente– en favor del castigo y de la clemencia apelando ambos al concepto de “utilidad” (la piedad –eleo– es, dice Cleón, el mayor peligro para un imperio, casi tanto como las largas deliberaciones). Pues bien, en una de esas asambleas Sócrates, viejo hoplita cansado, levanta la mano y genera un escándalo muy parecido al del buen samaritano con una declaración inesperada que abre de pronto una ventana a otro mundo: no se trata de saber –dice– qué es más conveniente para los atenienses sino más justo (dikaion) para los humanos. 

Carlos Fernández Liria ha explicado del modo más brillante esta brecha histórica abierta por el hachazo de Sócrates –a la espera del hachazo del amor de Jesús– en el momento en que el filósofo reclama en voz alta la necesidad de tratarse a uno mismo al margen del propio grupo tribal, la propia familia y la propia etnia; en el momento en que expone la posibilidad de pensar en los otros como si no hubiera caracteres ni razas ni naciones; en el momento en que señala la superior “utilidad” de actuar como si ni “nosotros” ni “ellos” fuéramos griegos o romanos o judíos o gallegos. Nadie puede tener la menor duda de que la condena a muerte de Sócrates es la consecuencia directa de esta escandalosa pretensión.

Así que la vía del amor y la de los principios convergen en el mismo horizonte: el de cualquiera. Cualquiera puede ser mi prójimo, dice el amor, a condición de que se responda a su llamada. Cualquiera puede ser juez, dice la justicia, a condición de no escuchar la voz de los compatriotas. El cualquiera amoroso es libre porque podría libremente pecar contra esa llamada. 

El cualquiera socrático es libre porque elige libremente renunciar a la propia felicidad. Estas dos vías (la piedad, eleo, y la justicia, diké), a veces paralelas e incluso pugnaces, han luchado durante siglos contra los tiranos y sus pre-juicios y están en el origen –digámoslo tajantemente– de todos los “progresos” humanos, homeopáticos y vacilantes, que ha incorporado Europa, en los últimos 2.500 años, a su Derecho y a su sensibilidad.

 Nuestro “sentido común” contiene, entre otros sedimentos y gangas, restos de los dos impulsos; de otra manera todo avance democrático quedaría inhabilitado para siempre. La vía del amor va de Jesús a San Francisco a John Brown a Simone Weil; a todos esos desconocidos no judíos que, empujados por la “moral de simpatía” (Todorov), se subieron a los trenes de la muerte, asumiendo como una ley física el destino de los campos de concentración. La vía de los principios va de Sócrates a Kant a Dietrich Bonhoeffer a Luther King; a todos esos desconocidos que han defendido sus principios al margen de las consecuencias y sin prevaricar a partir de los rostros concretos, bellos o menos, de los agraviados.

Las dos vías son peligrosas, es verdad, porque están siempre a punto de pervertirse en un mundo dominado por la lucha de clases, las identidades étnicas y el consumismo “soltero”. El amor, como dice Illich, cristaliza en la institución de la Iglesia, que desde el siglo IV criminaliza, persigue y trata de eliminar el pecado de la infidelidad. 

Esa es la paradoja que otro teólogo anticapitalista, Franz Hinkelammert, ha llamado la “no sacrificialidad antisacrificial” del cristianismo: no sólo los cuidados se vuelven impersonales y desencarnados sino que, además, ahora está permitido matar a los que no aman. La obra de la conquista de América, no lo olvidemos, se hizo en nombre del amor de Cristo.

 En los últimos años se han dirigido a la izquierda algunas críticas muy bien fundadas, tanto a su elitismo obrerista como a su elitismo cosmopolita. Yo mismo vengo defendiendo desde hace años, frente a ese doble elitismo, un “conservadurismo antropológico” orientado sobre todo a salvar los vínculos –el cara a cara del amor, según Illich– del naufragio del capitalismo soltero. En esta tarea he leído, entre otros, con interés polemista, a Michea, a Benoist, a Fusaro, a los que no hay que meter en un mismo saco, salvo porque los tres reprochan con dureza a la izquierda este abandono de la decencia o sentido común, que han entregado a la derecha. Estoy completamente de acuerdo en esta denuncia, a condición de añadir enseguida una objeción selectiva. 

El problema es que Benoist y, sobre todo, Fusaro reducen esa decencia común al malestar de los oyentes enfadados de Jesús y de Sócrates, a su irritación justamente reaccionaria, a la defensa de las palabras antiguas (cuando aún conocíamos su significado), a la solidaridad étnica e identitaria, olvidando que Eleo y Diké forman también parte de nuestra tradición; forman también parte de nuestra identidad europea.

 El problema, sin duda, es que la izquierda ha abandonado a la gente común; pero el problema mayor es que la ha abandonado en manos de la derecha, que desprecia el amor a los desconocidos como “buenista” y la fidelidad a los principios como “cosmopolita”. Pero el amor a los desconocidos es civilización; y la fidelidad a los principios es Derecho.

 La civilización y el derecho forman parte también, sí, de esa tradición, alojada en la decencia común de nuestros antepasados, que hay que conservar. Contra el elitismo obrerista, contra el elitismo cosmopolita, pero también contra el elitismo anti-élites de los intelectuales anti-izquierdistas, la izquierda debe encontrar ese lugar del “pueblo” donde se reúnen el amor según Illich, los principios de Sócrates y el sentido común general europeo. ¿No existe ese lugar? Existe. Es un barco que se llama Sea Watch 3. Existe.

 Lo representa una persona concreta de nombre Carola Rackete, capitana del barco, quien hace unos días declaró: “He podido frecuentar tres universidades, soy blanca, alemana, nacida en un país rico y con el pasaporte adecuado. Cuando me di cuenta sentí una necesidad moral: ayudar a quien no tenía las mismas oportunidades”.

 No se me ocurre mejor manera de definir a una persona conservadora; ni de justificar mejor una decisión difícil en nombre de una tradición. Es el viejo amor según Illich: Rackete eligió libremente sus prójimos en el rostro de cuarenta náufragos desconocidos, al margen de sus respectivas “tribus” y culturas. Es también la ética según Sócrates: decidió libremente aplicar el principio de que siempre es preferible sufrir una injusticia que cometerla.

 No nos confundamos: esto es una guerra de tradiciones y de conservadurismos; y la disputa de un sentido común en estado de “guerra civil”. No se puede abandonar el sentido común en manos de la ultraderecha porque la ultraderecha escogerá siempre, junto a bastidores tangibles compartidos, los peores materiales de desecho. Salvini, que exhibe sin cesar su superioridad europea y que no deja de reivindicar la “raíz judeo-cristiana” de Europa, desprecia a Jesús y a Sócrates, los dos pilares de nuestra cultura.

 Lo mismo el provocativo Diego Fusaro, autor de algunos brillantes batiburrillos, cuya indecencia incomún ha llegado al extremo de justificar la detención de la capitana del Sea Watch con este tuit que copio a continuación y que era el móvil, en realidad, de esta larga reflexión: “Generación Erasmus, rasta en el pelo, odio al pueblo, nihilismo hedonista, neoprogresismo liberal, fucsia y arcoiris. Una juventud sin esperanza”. Cualquier palabra, en efecto, se puede asociar a cualquier significado; esto sí es postmodernidad neoliberal.

 ¡Nihilismo hedonista! ¡Ningún pueblo viejo y honrado permitiría que se dijera eso de sus héroes y de sus santos! En defensa de los fariseos y los levitas, de Cleon y Diodoto, contra el papa Francisco y la Europa democrática, Salvini y Fusaro –el mamporrero y el intelectual– arremeten contra esta joven europea valiente que ha reunido en un solo gesto todo aquello que los conservadores como yo queremos proteger: la opción preferencial por los otros, la defensa de los principios trabajosamente establecidos en nuestros marcos de Derecho, una tradición de 2.500 años que hoy vuelve a estar amenazada por los pre-cristianos y los pre-socráticos. No podemos entregar –no– el sentido común general a estos canallas. "                (Santiago Alba Rico, filósofo y escritor, CTXT, 01/07/19)

15/6/18

La detención del flujo migratorio en los países africanos lo hace la UE con los métodos brutales allí imperantes, vía subvenciones a mafias locales para detener a los emigrantes antes de cruzar el mar. Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás. Hipocresía

"Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir vergüenza.

En el mundo de hoy hay 230 millones de emigrantes internacionales, alrededor de un 3% de la población global, frente a los 174 millones estimados en el año 2000. Desde finales del siglo XX, una creciente desigualdad territorial y social, crisis y conflictos, así como la circulación de la información que estimula la comparación y las ganas de irse, aceleraron y mundializaron las emigraciones.

Una encuesta realizada en 2014 por la OIT en 150 países, sugiere que más de una cuarta parte de los jóvenes de la mayoría de las regiones del mundo quiere residir permanentemente en otro país. Nada más comprensible en un planeta en el que 1200 millones de personas viven en la extrema pobreza y donde a una quinta parte de la población le corresponde sólo el 2% del ingreso global, mientras el 20% más rico concentra el 74% de los ingresos.

Este es el gran contexto del fenómeno migratorio que está yendo a más y que las consecuencias del calentamiento global multiplicarán, según todas las previsiones. ¿Cómo se está respondiendo a esto en el Norte global?

La actual crisis migratoria en Europa es insignificante, comparada con la situación de países como Líbano, Turquía o tantos países africanos y del Sur global, donde se recibe más del 50% de los flujos migratorios del planeta. Pese a ser pequeña, la corriente recibida en la UE crea grandes convulsiones políticas. 

La respuesta es el actual endurecimiento de la política migratoria europea enfocado hacia más expulsiones, movilización militar en el Mediterráneo y detención del flujo migratorio en los países africanos, con los métodos brutales y en las circunstancias allí imperantes, vía acuerdos y subvenciones a mafias y bandas militares locales para detener a los emigrantes antes del intento de cruzar el mar.

 Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar apenas el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás, una hipocresía que quedó bien patente en la última cumbre euro-africana celebrada en París a finales de agosto.

El vector de esta política apunta hacia una división del mundo en dos categorías, dos castas geográfico-sociales, en la que el estrato superior que podría implicar al 20% de la población del planeta podría vivir en un cuadro de relativa distribución, suficiente para generar un consenso y una fuerza militar capaz de mantener al 80% restante en una posición totalmente subyugada y paupérrima. Evocando este escenario, el sociólogo Immanuel Wallerstein observa con razón que, “el orden mundial que Hitler tuvo en mente no era muy diferente”.

Al mismo tiempo, es evidente que el Norte no puede abrir de par en par las puertas al Sur sin exponerse a grandes trastornos. Esas tensiones ya están hoy a la vista en Estados Unidos y en la UE, donde alimentan xenofobias y nacionalismos excluyentes que se mezclan con la merma de soberanía que resulta de la mundialización neoliberal y son uno de los factores de desintegración interna.

 Propugnar una política de puertas abiertas, algo que como actitud moral es correcto, resulta completamente inviable e irrealista desde el punto de vista político. 

A la luz de los incrementos que están por venir como consecuencia del belicismo, del cambio climático y de los incrementos demográficos, ni el estado social ni la estabilidad política resistirían la prueba de tal apertura en el Norte. Entonces, ¿Cuál es la política adecuada, la actitud conforme con los retos del siglo y el más elemental humanismo que podrían defender los responsables políticos ante sus electores, desmarcados de esa hitleriana Herrenvolk-Demokratie del 20% de los humanos sobre la subyugación y la pobreza del resto?

La respuesta es obvia: una política decente en materia de emigración es imposible sin afrontar las cuestiones generales que están en el origen del fenómeno; la cuestiones de la guerra y de la paz, del desarrollo desigual y del calentamiento global.

 Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas a una emigración masiva del Sur sin sentir vergüenza. Cumplir con el mundo, quiere decir llevar a cabo en su acción de gobierno -y promover en su acción exterior- una línea en sintonía con los retos de los tiempos. El decálogo de tal política es cada vez más evidente.

La actual crisis migratoria en Europa está en relación directa con el estado de guerra declarado en Oriente Medio, desde Afganistán hasta el norte de África, con su epicentro en Siria e Iraq. Recordemos que en Afganistán quince años de guerra han creado 220.000 muertos, que en Iraq trece años produjeron más de un millón de víctimas y la división del país en tres trozos, que en Libia se contabilizan más de 40.000 muertos tras seis años de caos y la división del país en trozos, y que en Siria seis años de guerra han generado más de 300.000 muertos y fragmentado el país. 

En todos esos países la intervención occidental ha empeorado claramente la situación existente antes. Acabar con eso, dejar de participar en eso y romper con las alianzas que promocionan eso, sería el primer artículo del decálogo para cumplir con el mundo.

El antibelicismo habría que conjugarlo con políticas contra el crecimiento crematístico que está en el origen de tales desastres, con el fin de las políticas comerciales basadas en la rapiña y el abuso así como con los regímenes emplazados en el Sur para garantizarlas, con la práctica del multilateralismo en la esfera diplomática, con la denuncia de los acuerdos y relaciones desiguales, con el coto al extractivismo y a la emisión desenfrenada de gases responsables del efecto invernadero, con el respeto y desarrollo de los acuerdos internacionales en la materia, con el cumplimiento del insuficiente compromiso de la ONU de dedicar el 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo, con la prohibición de la venta de armas y la sanción al colonialismo, con la promoción del desarme de los recursos de destrucción masiva comenzando por las cinco potencias nucleares del consejo de seguridad de la ONU, etc., etc.

Solo desde un programa político reformista y humanista que apuntara en esa dirección, podría un estado nacional cerrar sus puertas a los grandes flujos migratorios que están por venir, alegando su compromiso práctico con un mundo viable y la necesidad de preservar su estabilidad interna.

Solo los gobiernos del Norte que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir la vergüenza que suscita la presente política hipócrita de la Unión Europea, hablando por un lado de derechos y valores mientras se organizan centros de detención de emigrantes en África y se alimentan las hogueras globales con un modo de vida inviable para todos y sostenido por el militarismo."               (Rafael Poch, 15/09/18)

8/6/17

Por qué no pillan a los yihadistas antes de los atentados: una teoría social

"Después de cada atentado, hay una serie de prácticas y de afirmaciones que se repiten insistentemente. 

Una de ellas, quizá la más perturbadora, y lleva ocurriendo así desde el 11-S, es que quienes cometieron los atentados estaban bajo el radar de los servicios de inteligencia y de seguridad. Había alertas evidentes de que eran personas potencialmente peligrosas, y aun así no se las investigó o no se las sometió a vigilancia.

Los atentados, por más que sean frecuentes, siempre resultan traumáticos. Para lidiar con ese estado anímico, los gobernantes, que deben dar respuesta ante una población alarmada, tienen una fórmula invariable: insisten en la unidad y en que no nos vencerán, organizan actos de homenaje y prometen ser firmes contra las amenazas futuras. 

May no ha hecho algo distinto, pero ha añadido que, en esa necesidad de protección frente a un peligro demasiado frecuente, hay que hacer más cosas, fundamentalmente endurecer la legislación y ser mucho menos tolerantes con los extremistas y la difusión de sus ideas, lo cual suele llevar no a controlar a los radicales sino a poner el foco en la mayoría de la población, con los riesgos que conlleva.

Esta es otra de las cosas típicas, como es poner el acento en los lugares equivocados. El problema en el Reino Unido no es de legislación, como tampoco lo es en España. Con el tipo de atentados que están ocurriendo, ¿qué legislación se quiere implantar para impedir que tres personas cojan una furgoneta y acuchillen a quienes encuentran a su paso? ¿Qué clase de peso coercitivo van a tener las leyes respecto de gente que ha decidido inmolarse?

El terrorista, hoy

Este es un punto crucial, porque la tipología del terrorista ha cambiado también, lo que hace más difícil anticipar los atentados, máxime cuando el bajo coste de los mismos les permite autofinanciarse. 

Según 'La evolución del perfil del yihadista en Europa', documento del Instituto Español de Estudios Estratégicos, la gran mayoría de quienes llevan a cabo estos actos criminales son europeos, hijos de emigrantes, cuyos padres suelen ser oriundos de Marruecos, Argelia, Túnez, Malí o Somalia. Pertenecen a la clase media baja, y abandonaron pronto los estudios, o si llegaron a la universidad, se marcharon antes de licenciarse. 

A menudo están vinculados a la delincuencia y al consumo y tráfico de drogas. O tienen trabajos precarios o se ganan la vida trapicheando. La desestructuración familiar, una de las causas supuestas de esta clase de violencia, no está presente en su perfil, y tampoco las enfermedades mentales. Son personas que se radicalizan tras su paso por la cárcel, en las mezquitas o simplemente a través de las redes.

Pero a estas características se suma una novedosa, que Enzensberger atisbó en 'El perdedor radical', y que alude a una especie de resentimiento acumulado que encuentra salida en esta violencia indiscriminada. Pero esto no es exclusivo del terrorismo yihadista, y lo vemos en otras sociedades, por ejemplo en la estadounidense. 

El pasado martes, cinco personas fueron asesinadas en Orlando: un antiguo trabajador de la empresa regresó armado y disparó al que se encontró por allí. Este tipo de actos son bastante frecuentes en la sociedad americana: pueden ocurrir en colegios, universidades, centros de trabajo o en discotecas. Todavía no se han encontrado explicaciones satisfactorias, y menos aún formas de preverlos en un mundo donde las armas de fuego están al alcance de cualquiera.

No es retórica

La frustración, la ira o el deseo de venganza son elementos que siempre salen a relucir, pero que todavía no nos permiten entender bien qué ocurre. Son actos sorpresivos que parecen anclarse en un punto nihilista: como si alguien no aguantase más y decidiera que lo mejor es acabar con todo el que se cruce en su camino.

 Ese sentimiento que lleva a que te dé todo igual, esa expresión tan típica de “me hacen eso y me llevo a 15 por delante” que tantas veces hemos oído en conversaciones informales, es lo que hace especialmente difícil prever los atentados terroristas. Solo que, en estos casos, dejan de ser amenazas retóricas.

La violencia terrorista de los últimos tiempos tiene mucho que ver con esto, solo que esa rabia existencial encuentra además una justificación. Son hijos de una clase media baja que han tenido muchas menos opciones de las que sus padres les dieron a entender, que van acumulando resentimiento, y que encuentran una explicación en esta separación radical entre ellos y nosotros que los radicales forjan.

 De pronto son conscientes de que hay un mundo perverso y pervertido, el de los occidentales, que justifica las acciones de venganza: ellos, que tienen dinero y viven bien gracias a nuestro sufrimiento, tienen una cuenta que pagar. 

El extremismo religioso les ofrece un sentido y una justificación para llevarlas a cabo que excede de lo personal, como si el vengador estadounidense encontrase una bandera con la que arroparse. Son estos perfiles los que hacen mucho más complicado prever los atentados futuros, además de que son baratos y fáciles de llevar a cabo.

Cuando la vida se agota rápido

Desde luego, hay que ser más intolerante con los discursos del yihadismo y con las personas que los difunden, pero mucho más con el contexto que los produce. Una situación en que la gente tiene escasas opciones de futuro lleva a una violencia en la que la vida se agota rápido.

 Puede ser como en Latinoamérica, donde las bandas ligadas a la droga han tomado el papel del Estado en muchos territorios, como en muchos países africanos, donde la pobreza es la primera causa del auge de los yihadistas, en las ciudades estadounidenses cuyos barrios están despoblados, o en la Europa de los sin futuro. En el fondo, todo es un poco lo mismo: ante la ausencia de futuro, se escoge la vía de la violencia, ya sea para tener más bienes materiales o simplemente como acto de venganza.

La paradoja final es que el mismo contexto de falta de recursos y de precariedad, que desestructura ciudades y países, y que es el abono esencial de ese nihilismo, impide también que las fuerzas de inteligencia hagan su trabajo de forma eficiente. Casi todos los terroristas estaban bajo el radar de los servicios de inteligencia y de las fuerzas de orden público. 

Y el caso británico es ejemplar, porque después de haber sido denunciados por personas que iban con ellos a la mezquita, su caso no fue seguido. La explicación ha sido sencilla: si hay 3.000 radicales sospechosos, solo tienen personal y recursos para poner el foco en 300. Los recortes son así, y afectan en todas direcciones.

 De modo que, además de querer prohibir por ley que la gente se inmole, no estaría de más llevar a cabo otro tipo de políticas que generen mejores expectativas vitales. Eso haría no solo que el nihilismo fuese menos frecuente, sino que la sociedad estuviera mucho más cohesionada frente a quienes tratan de desestructurarla."                    (Esteban Hernández, El Confidencial, 07/06/17)

23/1/17

“Cuando veo a un chico andando por la carretera, me siento obligado a detenerme, no tengo otra elección”

 Cédric Herrou, en su casa de de Breil-sur-Roya

"Mi inacción y mi silencio me harían cómplice”. Con estas palabras,  Cédric Herrou, 37 años, trató de justificarse el pasado 4 de enero en Niza durante la sesión de apertura de uno de los juicios más mediáticos en Francia en estas primeras semanas de 2017. 

Este modesto productor de aceite de oliva y huevos de gallina está acusado de haber permitido la llegada a territorio francés de 200 inmigrantes sin permiso de entrada. También le imputan haber abierto un campamento de acogida de refugiados en un edificio abandonado de la SNCF (la compañía ferroviaria estatal francesa). 

Unas acciones que, según la legislación actual, pueden suponerle hasta cinco años de prisión y 30.000 euros de multa. La petición del fiscal se limita, sin embargo, a ocho meses de prisión condicional. Unas acciones que lo han convertido asimismo en una figura emblemática de la Francia más solidaria con los refugiados.
“Cuando veo a un chico andando por la carretera, me siento obligado a detenerme, no tengo otra elección”, explica Herrou para justificar su comportamiento. 

“No soy ningún militante, lo único que busco son soluciones a los problemas que me encuentro delante de casa”, añade este joven campesino que siempre lleva puestas sus gafas de culo de vaso y una boina negra. Afincado en una casita blanca en medio de una colina en las afueras de la localidad de Breil-sur-Roya, a siete kilómetros de la frontera entre Francia e Italia, Herrou ha sido testigo durante este último año de la conversión del valle del río Roya en una zona de paso casi obligada para los refugiados.

 Desde junio de 2015, la policía francesa controla las zonas fronterizas en la carretera y los trenes, donde los inmigrantes sin papeles son detenidos sistemáticamente y reenviados a territorio italiano. Unos controles que se acentuaron después del ataque terrorista del 14 de julio en Niza.

 Más de 36.000 inmigrantes fueron detenidos en la frontera francoitaliana durante el año pasado, según la prefectura de los Alpes-Marítimos. Por este motivo, los centenares de extranjeros que se encuentran bloqueados en la ciudad italiana de Ventimiglia suelen andar de noche siguiendo la vía del tren en medio de las montañas escarpadas de los Alpes. Y una de las primeras casas que divisan en territorio francés es la de Cédric Herrou.

 “Desde el pasado mes de mayo, se han alojado varios centenares de inmigrantes en mi casa. Hemos llegado a ser un máximo de sesenta”, asegura Herrou. Aunque decidió irse a vivir al campo en 2004 porque quería “estar solo y tener una vida tranquila”, su hogar se ha convertido en un lugar de referencia para los refugiados que llegan al Valle del Roya.

 “Primero llegaba un grupo de inmigrantes y unos meses después venían sus hermanos y hermanas”, afirma este campesino que ha instalado tres caravanas y cuatro tiendas de campaña en su jardín, al lado de un campo de olivos. Asimismo, numerosos voluntarios vienen de otras regiones de Francia para alojarse en su casa y ayudarlo en su actividad humanitaria.

Además de darles cobijo, Herrou ofrece comida y da medicinas a los refugiados. “Al principio los campesinos de la zona me ayudaron aportándome comida y a partir del mes de agosto nos organizamos mediante la asociación Roya Citoyenne”, explica. 

Apoyada por unos 300 vecinos de la zona, y compuesta por 100 miembros activos, este grupo se ocupa ahora de obtener la comida, la ropa y los medicamentos. Buena parte de los miembros de este colectivo ha alojado a inmigrantes en sus casas y muchos de ellos les han ayudado a cruzar la frontera.

“Habré transportado a varios centenares de refugiados desde Ventimiglia hasta el territorio francés”, afirma Herrou. Incluso adquirió una furgoneta de nueve plazas que le permitía llevar a un mayor número de personas.

 Aunque el hecho de ayudar a un solicitante de asilo a cruzar la frontera es considerado un delito por la legislación francesa, él no se arrepiente de ello: “El gobierno francés no es consciente de las consecuencias de haber cerrado las fronteras. Muchos de los refugiados llegan cansados y heridos al Valle del Roya”. En 2016, cinco personas murieron mientras intentaban alcanzar el territorio francés.

El 11 de agosto Herrou fue detenido por primera vez por la policía francesa, cuando llevaba de camino a su casa a un grupo de ocho eritreos, entre los que había tres mujeres y dos niños de cinco años, a los que había recogido en Ventimiglia. El fiscal de Niza prefirió no imputarle y lo declaró inocente por “inmunidad humanitaria”. Pero la reivindicación de sus acciones en un artículo del New York Times, publicado a finales de septiembre, fue vista como una provocación por las autoridades locales.

Entonces, el presidente de la región Provence-Alpes-Côte d’Azur, el ultraconservador y sarkozista confeso Christian Estrosi, se puso en contacto con el Ministerio de Justicia para pedir explicaciones sobre su no imputación. A partir de finales de septiembre la policía empezó a investigar su actividad. “Creían que yo era el jefe de una amplia red organizada de militantes franceses e italianos que se encargaba de transportar a inmigrantes”, asegura Herrou.

Esta investigación culminó el 20 de octubre cuando la policía fronteriza viajó expresamente desde Niza para detenerle. El pretexto que utilizaron fue la ocupación de una antigua residencia de vacaciones de la SNCF en Saint-Dalmas-de-Tende, donde el 17 de octubre habían instalado a una cincuentena de refugiados —la mitad de ellos eran menores.

 “Decidimos crear este centro de acogida para alertar a los poderes públicos de la situación de los menores que son reenviados a la frontera italiana y de todos los refugiados que se encuentran en el Valle del Roya y que no pueden pedir asilo en Francia”, reconoce Herrou. (...)

“Cédric Herrou se ha convertido en un grano de arena en el interior de la máquina política, ya que se ha declarado públicamente en contra de la negación de los derechos de los refugiados”, añade Dumont. Gracias a su tarea humanitaria, Herrou fue elegido como ciudadano del año en la Costa Azul por los lectores del diario regional Nice-Matin. 

 Una elección significativa teniendo en cuenta el carácter profundamente conservador de esta región, donde el Frente Nacional obtuvo el 38% de los votos en la segunda vuelta de las elecciones regionales de 2015.

Tras la designación de Herrou como ciudadano del año, el presidente del departamento de los Alpes-Marítimos, Éric Ciotti, publicó un artículo en Nice-Matin en el que criticaba rotundamente esta decisión. 

“Herrou no tiene otro objetivo que el de provocar y desafiar a la autoridad del Estado”, afirmó este político de centro-derecha, que se opone de forma obstinada a la inmigración. Éste calificó asimismo de “delincuentes” y de representar una amenaza para los menores al “puñado de activistas que organiza el pasaje clandestino de extranjeros en la frontera francoitaliana”.

Junto con Herrou, otras once personas se han visto involucradas durante estos últimos meses en procesos judiciales por haber transportado a inmigrantes. Por ejemplo, el profesor universitario Pierre-Alain Mannoni, al que detuvieron mientras transportaba a tres mujeres eritreas y que fue declarado inocente el pasado 6 de enero. 

A pesar de esta sentencia, el fiscal mantiene su petición de ocho meses de prisión condicional para Herrou. “Las autoridades quieren dar un mensaje de atención a todos aquellos ciudadanos que pretendan actuar de forma solidaria con los refugiados”, explica la abogada Mireille Damiano, miembro del sindicato de abogados de Francia. La sentencia del juicio será pronunciada el próximo 10 de febrero. "                      (Enric Bonet, CTXT, 18/01/17)

5/2/16

El islamo-fascismo reacciona, ante el atractivo del capitalismo global, convirtiendo la envidia en odio

"(...) Alain Badiou discierne tres tipos predominantes de subjetividad en el capitalismo global de hoy en día: el ciudadano liberal-democrático de la civilizada clase media occidental; aquéllos que, fuera de Occidente, están desesperadamente ansiosos por imitar el civilizado estilo de vida de las clases medias occidentales; y los fascistas nihilistas, aquéllos cuya envidia de Occidente se convierte en un autodestructivo odio mortal. 

Badiou deja claro que lo que los medios llaman la «radicalización» de los musulmanes es fascistización pura y dura: «Este fascismo es el anverso del frustrado deseo de Occidente que se organiza de una manera más o menos militar según el modelo flexible de una banda mafiosa y con tintes ideológicos variables en los que el lugar que ocupa la religión es puramente formal». 

La ideología de la clase media occidental tiene dos características opuestas: exhibe arrogancia y confianza en la superioridad de sus valores (libertades y derechos humanos universales amenazados por los bárbaros foráneos), pero, al mismo tiempo, está obsesionada por el temor a que su limitado territorio termine invadido por los miles de millones de individuos que están fuera, que no cuentan para el capitalismo global porque ni producen bienes ni los consumen. El temor de sus miembros es el de terminar por sumarse a los excluidos.

La expresión más clara del deseo de Occidente son los refugiados: su deseo no es revolucionario, es el ansia de dejar atrás su hábitat hecho ruinas e incorporarse a la tierra prometida del Occidente desarrollado (los que se quedan atrás tratan de recrear miserables copias de la prosperidad occidental, como esas zonas modernizadas de todas las metrópolis del Tercer Mundo, en Luanda, en Lagos…, con cafeterías que sirven cappuccino, centros comerciales, etcétera).

Sin embargo, puesto que para la gran mayoría de quienes lo anhelan no hay posibilidad de satisfacer este deseo, una de las opciones que quedan es la contramarcha nihilista: la frustración y la envidia se transforman de manera radical en un odio autodestructivo hacia Occidente; y no faltan quienes se involucran en una venganza violenta.

 Badiou sostiene que esta violencia es una pura expresión de pulsión por la muerte, una violencia que sólo puede desembocar en actos de (auto)destrucción orgiástica, sin ningún tipo de visión seria de una sociedad alternativa.

Badiou tiene razón cuando subraya que no hay ningún poder emancipador en la violencia fundamentalista, por muy anticapitalista que diga ser: es un fenómeno estrictamente inherente al universo capitalista global, su «fantasma oculto». El hecho básico del fascismo fundamentalista es la envidia. 

El fundamentalismo echa sus raíces en su mismísimo odio a Occidente. Nos estamos enfrentando aquí al típico deseo frustrado que se transforma en agresividad, descrito por el psicoanálisis, y el islamismo simplemente vehicula la forma de dar sustento a este odio (auto) destructivo. (...)

Una fascistización de esta naturaleza puede ejercer una cierta atracción en la frustrada juventud inmigrante que no puede encontrar un lugar adecuado en las sociedades occidentales o un futuro con el que identificarse; la fascistización les ofrece una vía fácil para escapar de su frustración: una vida arriesgada, azarosa, disfrazada de consagración religiosa expiatoria, más satisfacción material (sexo, coches, armas…). 

No hay que olvidar que el Estado Islámico es también una gran empresa comercial mafiosa que vende petróleo, estatuas de la antigüedad, algodón, armas y esclavas, una mezcla de heroicas propuestas mortales y, al mismo tiempo, de corrupción occidental a base de productos.

Vade suyo que esta violencia fascista-fundamentalista es sólo uno de los modos de violencia propia del capitalismo global y que hay que tener presentes no sólo las formas de violencia fundamentalista de los propios países occidentales (populismo anti-inmigrante, etcétera) sino, sobre todo, la violencia sistemática del propio capitalismo, desde las consecuencias catastróficas de la economía mundial a la larga historia de intervenciones militares. 

El islamo-fascismo es un fenómeno profundamente reactivo en el sentido nietzscheano de la palabra, una expresión de impotencia transformada en rabia autodestructiva.

Aun de acuerdo con la idea general del análisis de Badiou, encuentro problemáticas tres de sus afirmaciones. En primer lugar, la reducción de la religión, de la forma religiosa del nihilismo fascista, a una característica superficial de carácter secundario: «La religión es sólo un ropaje, no es de ninguna manera el meollo de la cuestión, es sólo una forma de subjetivación, no el contenido real de la cosa». 

Badiou tiene toda la razón cuando afirma que buscar las raíces del terrorismo musulmán de hoy en los textos religiosos antiguos (el cuento ése de que «todo está ya en el Corán») es engañoso: en vez de eso hay que centrarse en el capitalismo global de hoy y entender el islamo-fascismo como una de las formas de reaccionar ante su atractivo a través de la conversión de la envidia en odio.  (...)

Nuestros medios de comunicación suelen hacer una distinción entre los refugiados civilizados de clase media y los refugiados bárbaros de clase baja que roban, hostigan a nuestros ciudadanos, se comportan de manera violenta con las mujeres, defecan en público… 

En lugar de descalificar toda esta propaganda por racista, se debería reunir el coraje suficiente para discernir el punto de verdad que hay en ella: la brutalidad, incluso la crueldad manifiesta con los débiles, los animales, las mujeres, etcétera, es una característica tradicional de las clases bajas; una de sus estrategias de resistencia frente a los que están en el poder ha sido siempre una exhibición aterradora de brutalidad dirigida a perturbar el sentimiento de educación de la clase media.

 Y uno se siente tentado a leer también de esta manera lo que sucedió en la víspera de Año Nuevo en Colonia, esto es, un obsceno carnaval de clase baja   (...)

¿Qué tal, pues, si interpretamos el incidente de Colonia como una versión contemporánea de faire le chat, como una rebelión carnavalesca de los menos favorecidos? No ha sido el simple impulso de satisfacción de unos jóvenes muertos de hambre sexual (que podía haberse satisfecho de una manera más discreta, no pública); era por encima de todo un espectáculo público de propagación de miedo y humillación, de exposición de los gatitos de las alemanas privilegiadas a una dolorosa indefensión. No hay, por supuesto, nada de redención o emancipación, nada verdaderamente liberador en semejante carnaval, pero así es como funcionan los carnavales de verdad.

Por ello, los intentos ingenuos de ilustrar a los inmigrantes (explicándoles que nuestras costumbres sexuales son diferentes, que una mujer que pasea en público en minifalda y con una sonrisa no por ello está enviando una señal de invitación sexual…) son ejemplos de una estupidez impresionante; ellos ya lo saben y ésa es la razón por la que hacen lo que hacen. 

Son totalmente conscientes de que lo que están haciendo es ajeno a nuestra cultura predominante, pero lo están haciendo, precisamente, para herir nuestra sensibilidad. Lo que hay que hacer es cambiar esta actitud de envidia y agresividad vengativa, no enseñarles lo que ya saben de sobra."                (SLAVOJ ZIZEK, El Mundo, 05/02/2016)

30/11/15

Y el terrorista... era francés

"El 14 de noviembre, los medios de comunicación difundieron la identidad de un primer terrorista implicado en el ataque a la sala Bataclan de Paris, Omar Ismail Mostefai. En el otoño de 2013 había viajado a Turquía, puerta de entrada hacia los territorios del ISIS, antes de reaparecer en la primavera de 2014 como miembro de un grupo salafista en Chartres. 

Aunque con antepasados argelinos y actividad militante en Argelia, Mostefai había nacido en Francia y era ciudadano de ese país. Su caso vuelve así a plantear las razones por las que musulmanes franceses deciden atentar, de forma indiscriminada, contra sus conciudadanos.

De partida, sorprende la capacidad de ISIS para reclutar a jóvenes en lugares a priori tan poco propicios como Chartres. A pesar de su cercanía a París, esta villa histórica responde al prototipo de ciudad francesa de provincias y apenas supera los 100.000 habitantes junto a sus municipios circundantes. 

En esa localidad, sin embargo, en febrero de este año el Prefecto del Departamento organizó una reunión con profesionales del sector educativo y del trabajo social. Su objetivo: prevenir el reclutamiento yihadista y proteger a la juventud “frente al Islam radical”. En esa reunión, las autoridades señalaron que una adolescente de la localidad acababa de partir hacia Siria y que vigilaban a otra decena de menores.

(...) Las redes sociales sirven de detonante pero, sin núcleos estructurados, es imposible ordenar un proceso que busca trasladar a los nuevos reclutas, hombres o mujeres, al territorio bajo control del Estado islámico. En el caso de Chartres, esa organización pasaba por Bélgica. De ahí venían los principales referentes religiosos, como el islamista marroquí vinculado a la radicalización de Mostefai. Y por ahí transitaban los reclutas en dirección a Siria.

ISIS no podría haber aspirado a la movilización conseguida en Chartres sin la presencia de factores que, entre los jóvenes musulmanes franceses, favorecen una ruptura con el entorno cercano. Pero, al mismo tiempo, ninguno de esos factores explica, por sí solo, la decisión de participar en matanzas indiscriminadas como las de París. Es necesario algo más.

En marzo de 2015, uno de los principales referentes franceses del ISIS, Boubaker al Hakim, mostraba el distanciamiento requerido: humano, más que político o social. En la revista Dabiq, al Hakim pedía a sus hermanos en Francia que actuaran y que lo hicieran sin preocuparse por el objetivo. “Todos los kuffar [infieles] allí son objetivo … Matad a cualquiera que se encuentre allí entre los kuffar”, sostenía.

Para que tal grado de deshumanización se imponga, es necesario que impere el odio, un odio que es preciso además moldear para convertirlo en ciega venganza. Si se consigue, poco importa el matiz respecto a su origen. 

Puede ser político (la acción militar contra el ISIS), religioso (la opresión hacia los musulmanes), social (la percepción de muchos jóvenes con ascendencia norteafricana de ser ciudadanos de segunda en Francia), racial (la vivencia de actos racistas) o simplemente personal (la frustración por una historia, real o percibida, de exclusión o maltrato). Si se dan las condiciones, poco importa que se trate de un musulmán de origen o de un nuevo converso.

Al enfrentarse a esta realidad, un estado democrático nunca podrá eliminar todas las causas de alienación que pueden desencadenar la espiral del odio y de la venganza. Pero sí puede oponerse a la tentación de su propia venganza, una de cuyas peores formas es la exclusión de la comunidad.

En su reacción ante los atentados de París, Jeune Nation, uno de los medios más extremos del nacionalismo francés, presentaba a Mostefai como “indígena de su República, “Francés” de papel, asesino de masas islamista”. Es una calificación personal del asesino que esconde una pretensión más amplia, la de ese grupo social que en Francia niega la participación en la comunidad política a un sector de la juventud con ascendencia norteafricana o musulmana. 

Esa concepción de los Franceses de papel, que algunos aplican tanto al que silba La Marsellesa como al que dispara en el Bataclan, es la trampa principal a la que hoy se enfrenta la República de François Hollande. Para evitarla sólo se precisa determinación. No se necesitan himnos ni banderas, tampoco estados de excepción."              (Agenda Pública, 26/11/15)

22/9/14

El 'síndrome de Ulises', el estrés crónico del inmigrante

"(...) El psiquiatra Joseba Achotegui, secretario de la Sección de Psiquiatría Transcultural de la Asociación Mundial de Psiquiatría, ha centrado sus estudios en los efectos psicológicos que supone para millones de migrantes en todo el mundo dejar todo atrás y comenzar de nuevo en otro lugar. 

 Una perspectiva emocional, defiende, que pretende evitar la "deshumanización" hacia la que se encamina el fenómeno migratorio y que ha enmarcado el congreso ‘Emigrar en condiciones extremas y Salud mental', celebrado este jueves en la Universidad de Comillas de Madrid en colaboración con diferentes fundaciones y entidades, entre ellas la del diario Público. (...)

Una de estas secuelas psicológicas, ubicada en el estrecho margen entre la salud y la enfermedad, es lo que, con cierto simbolismo, Achotegui ha denominado síndrome de Ulises. Una variante extrema del duelo ya habitual por el que pasan los inmigrantes (familia, seres queridos, lengua, entorno, etc.) y que viene dado por la soledad forzada, la ruptura con el instinto de apego, la lucha incesante por la supervivencia y la falta de oportunidades, y el terror provocado ante el peligro que ha supuesto para esa persona llegar a su destino.

El resultado, aunque no supone un trastorno mental, sí implica para quienes lo padecen episodios de estrés intenso y crónico, sumado a otros síntomas como la depresión o fuertes y frecuentes dolores de cabeza que el psiquiatra ha definido como "in-migrañas".
"Este tipo de consecuencias psicológicas no están bien atendidas por el sistema de salud porque, o bien se banaliza por parte de los profesionales, o bien se trata con componentes farmacológicos", dice Achotegui. (...)

Pero el síndrome de Ulises no es puntual. La repetición de estos síntomas en los inmigrantes ha permitido al equipo de psiquiatras poder construir incluso un perfil de quienes son más propensos a sufrirlo. Se trata, en la mayoría de casos, de hombres y mujeres (no hay diferencias de género) de origen subsahariano o latinoamericano, de entre 30 y 45 años, que lleva entre 1 y 2 años en España y que suele ser el hijo mayor de un núcleo familiar.

"No es un enfermedad, ni un trastorno mental, pero existe el riesgo de que derive en alcoholismo o drogadicción", advierte el profesional. (...)"             (Público, 18/09/2014)

29/8/11

"Sarah Palin publicó un mapa en su página web marcando con dianas a los congresistas que había que "eliminar", entre otros a Gifford"

"Una vez celebrados los funerales por las víctimas que Anders Behring Breivik asesinó en su cruzada para defender a Europa contra la supuesta invasión del islam, es preciso abrir una serie de debates. (...)

Breivik impactó contra el Partido Laborista, al que culpa de la presencia de inmigrantes en Noruega. Es un caso extremo por el uso masivo de la violencia, pero su crimen tiene un contenido cultural (frenar la inmigración musulmana supuestamente responsable de modificar la identidad noruega), racista, y político (castigar a los compatriotas que permiten la llegada de inmigrantes y refugiados).

La patología del asesino no oculta este triple carácter que refleja el discurso que mantienen ideólogos ultraderechistas y partidos populistas en ascenso en Finlandia, Austria, Dinamarca, Noruega, Holanda, Francia y España, entre otros. (...)

En enero pasado, un individuo sin pertenencia a ningún grupo político acabó en Arizona con la vida de seis ciudadanos, y dejó en estado grave a la congresista demócrata Gabrielle Giffords. Su acción se fundamentó en el clima de odio político que impera en Estados Unidos. (...)

Poco antes del atentado, Sarah Palin publicó un mapa en su página web marcando con dianas a los congresistas que había que "eliminar", entre otros a Gifford, quien había respondido: "Cuando la gente marca con una diana un nombre tiene que darse cuenta de las consecuencias de sus acciones".

La ultraderecha europea tiene en la diana a las sociedades multiculturales. Su mensaje violento es que la identidad cultural y religiosa de Europa corre el riesgo de verse destruida por la diversidad y la pluralidad; que los europeos serán minoría en una futura Eurabia; que los Gobiernos son cómplices o no responden con suficiente fuerza y que, por lo tanto, hay que actuar con determinación.

Como respuesta, diversos gobernantes se movilizan: la canciller Angela Merkel y el primer ministro David Cameron anuncian la muerte del multiculturalismo, tratando de complacer a posibles votantes que sufren el miedo a las transformaciones.

Algunos políticos saben que es más sencillo acusar al inmigrante musulmán o al refugiado negro de los cambios sociales y la crisis que explicar el impacto de la economía neoliberal, la especulación financiera, y la globalización de la producción y el consumo sobre las sociedades.

Al acusar "al otro", al "diferente", movilizan un nacionalismo primario, y evitan el debate público sobre la convivencia entre la sociedad local y las diferentes comunidades de inmigrantes.

El diálogo es sustituido, en el mejor de los casos, por "tolerar" a los otros, y en el peor, por tratar de que dejen de venir, limitar sus derechos, o expulsarlos." (MARIANO AGUIRRE: Los discursos del odio. El País, ed. Galicia, 22/08/2011, p. 21)

7/4/11

"Si las cuidadoras de guardería pueden llevar velo, si las madres tienen derecho a llevarlo cuando vayan a buscar a sus hijos al colegio

"El debate celebrado ayer en París sobre la laicidad que monopolizaba -y monopoliza- la vida política francesa se cerró con una batería de propuestas. Algunas se convertirán en leyes pronto y otras, después de las elecciones de 2012.

Entre ellas destacan la de prohibir el rezo en la calle, los menús especiales por causas religiosas en los comedores en los colegios o el rechazo a un médico por su sexo o su religión en un hospital o centro de salud.

Los empresarios no deberán ceder a las exigencias de sus empleados en materia religiosa y los trabajadores que quieran que se respeten sus exigencias en cuanto a ayunos deberán prevenirlo en la entrevista de contratación.

También se regulará, entre otras cosas, la financiación de los centros religiosos y la forma de matar ganado por el rito musulmán. El debate no solo ha dividido a la sociedad francesa, sino a la formación de centroderecha del presidente Nicolas Sarkozy. (...)

Se trataba, en teoría, de proponer medidas para regular "algunos usos polémicos del islam en Francia". ¿Qué usos? Pues, entre otros, si se debe o no rezar en la calle, si las cuidadoras de guardería pueden llevar velo, si las madres tienen derecho a llevarlo cuando vayan a buscar a sus hijos al colegio o acompañen a los profesores en una excursión... (...)

También se le acusaba de tratar de regular prácticas minoritarias. Por ejemplo: es difícil ver en París a alguien rezando en la calle. Tampoco se sabe cuántas madres musulmanas con velo acompañan a las profesoras en las salidas escolares... Otro dato que encoleriza a los detractores del debate: fue Marine Le Pen, en diciembre, la que denunció los rezos en la calle, calificándolos de ocupación. (...)

(Alain Juppé) "Estas cosas se sabe cómo despegan, pero no cómo aterrizan".

Para colmo, una encuesta publicada por Le Parisien el domingo mostraba que el tema del laicismo era de los que menos interesaban a los votantes de la derecha francesa, por detrás de asuntos como el paro, el nivel de vida o la subida de los precios." (El País, 06/04/2011, p. 2)