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23/2/24

La competencia entre el precario y el enfermo... "Me odié durante mucho tiempo por haberla culpado hasta que comprendí que la precariedad de este sistema nos hace competir con personas a las que deberíamos acompañar" (Antonio Maestre)

 "La precariedad hace competir al precario con el enfermo. Al pobre con el mísero. El capitalismo es un sistema cruel que nos inculca el veneno de juzgar a personas vulnerables y míseras a la que culpas de tu propia situación. El sistema capitalista hace que vuelques tus frustraciones con aquellas personas con las que te ves obligado a competir por un puesto de trabajo en vez de dirigirlas a quien provoca esa situación de vulnerabilidad y pobreza. 

Una experiencia vital de hace años que todavía me atormenta puede servir para explicar cuáles son las dinámicas a las que, sin ser conscientes, nos vemos empujados por el miedo a la incertidumbre a la que aboca la precariedad laboral y la pobreza. Porque la precariedad es pobreza.

Durante un tiempo trabajé como interino de responsable de documentación de TVE en Murcia. Para el momento, año 2009, el sueldo era bastante aceptable, me permitía vivir de alquiler yo solo, en un piso pequeño cerca del centro de la ciudad, con todas las comodidades. Ayudaba el coste de la vida en Murcia, que no tenía nada que ver con el de Madrid, pero vivía por primera vez en mi vida de manera autónoma, con desahogo, en un trabajo que me gustaba, con todos los derechos laborales que se presuponen, y con tiempo para el ocio después del trabajo. Todo lo que la gente que venimos de una familia de clase trabajadora le pedimos a la vida. 

El puesto correspondía a una mujer que se había sacado la oposición y que se encontraba de baja por una grave enfermedad. Yo sabía que era algo temporal, estuve trabajando cerca de dos años y, finalmente, la mujer pidió reincorporarse. Yo sabía que la vuelta a Madrid sería dura, no iba a encontrar de manera inmediata un puesto con unas condiciones laborales y un sueldo como el que perdía, así que decidí invertir lo poco que había podido ahorrar en un máster de investigación para el doctorado en un universidad pública.

A la semana me llamó un compañero de Murcia diciendo que la mujer, a la que solo conocía de un día que pasó por la redacción durante esos dos años, había fallecido. Me dijeron que iban a pedir que volviera a trabajar, pero la plaza de interinidad se había cerrado con su vuelta y los recortes en el ente público habían provocado que ya no se abriera otra nueva. La plaza quedó finalmente vacante durante años. 

Durante mucho tiempo culpé a esa mujer por haberme dejado sin trabajo. La culpé por haber vuelto, por haberse reincorporado sabiendo que su situación ya no tenía solución, la culpé porque si no se hubiera reincorporado yo podría haber huido de la precariedad durante algún tiempo más. Un tiempo ganado a la pobreza. Porque era pobre sin ese trabajo. Me enteré de su fallecimiento mientras estaba vendiendo unas cosas en el Cash Converter de la calle Delicias para poder tirar un poco. Me sentía mal por culparla, porque no conocía su situación, solo conocía la mía, y el pozo de mierda en el que la precariedad me había metido me hacía competir por un trabajo con alguien a quien solo debería abrazar y consolar. 

Durante muchos años me he sentido una mierda por haber sentido ese resentimiento hacia una persona enferma en sus últimos días. Ahora sé, desde una posición más cómoda, que aquellos sentimientos de falta de empatía se debían a la desesperación por saberme otra vez en una posición económica de extrema vulnerabilidad. 

El miedo es un factor que desestabiliza cualquier humanidad y aquella mujer volvió a su puesto de trabajo porque quiso, porque existen multitud de factores que una persona que se encuentra en los últimos días de su vida le hacen tomar decisiones que, desde fuera, parecen no tener sentido.

Volvió para sentirse útil, para despedirse de su trabajo que amaba, como un último acto para recuperar una normalidad que la enfermedad le había despojado. Volvió por cualquier motivo que nunca sabremos y que no soy nadie para juzgar. Que jamás hubiera juzgado sin miedo, sin sentirme vulnerable, sin tener miedo a la pobreza, teniendo unas mínimas certezas vitales. Me odié durante mucho tiempo por haberla culpado hasta que comprendí que la precariedad de este sistema nos hace competir con personas a las que deberíamos acompañar, con las que tendríamos que hacer piña, sonreír, enlazarnos los brazos, y gritar a un sistema que nos convierte en adversarios cuando somos compañeros.

Nunca lo sabrás, pero me cambiaste la vida, y siempre te lo agradeceré."               (Antonio Maestre  , La Marea, 19 febrero 2024)

27/4/23

Varoufakis: El mercadeo de una identidad en la sociedad en línea actual no es opcional... los jóvenes, antes de publicar, deben sopesar cuál o cuáles de sus “yos verdaderos” se verán más atractivos, testeando constantemente sus opiniones frente a su noción de cuál sería la opinión promedio de los formadores de opinión en línea... El capitalismo en la nube ha convertido al individuo en fragmentos de datos, una identidad compuesta por opciones expresadas en clics que sus algoritmos pueden manipular de maneras ininteligibles para las mentes humanas... nuestro centro de atención ha sido secuestrado por una nueva clase dirigente. Y, puesto que los algoritmos integrados en el capital en la nube refuerzan el patriarcado, los estereotipos odiosos y las opresiones preexistentes, quienes más sufren son los más vulnerables: los pobres, los discapacitados mentales, los marginados y los pobres... Si algo nos enseñó el fascismo es nuestra susceptibilidad para demonizar estereotipos y la desagradable atracción (y potencia) de emociones como la santurronería, el temor, la envidia y la aversión que originan en nosotros. En la realidad social contemporánea, la nube nos pone frente a frente a ese temido y rechazado “otro”... A menos que nos coordinemos, nunca civilizaremos ni socializaremos al capitalismo en la nube, ni recuperaremos las partes de nuestras mentes que están expuestas a él. Y aquí radica la gran contradicción: únicamente una completa reconfiguración de los derechos de propiedad de los instrumentos cada vez más basados en la nube y que forman parte de la producción, distribución, colaboración y comunicación puede rescatar la idea liberal fundacional de la libertad como autonomía

 "Mi padre era la personificación del individuo liberal, una espléndida ironía para un marxista de toda la vida. Para ganarse la vida, tenía que vender su mano de obra al jefe de una planta siderúrgica en Eleusis. Pero en cada pausa para comer paseaba alegremente por el patio al aire libre del Museo Arqueológico de Eleusis, en donde admiraba las estelas antiguas llenas de indicios de que los tecnólogos de la antigüedad eran más avanzados de lo que se pensaba hasta entonces.

Tras su regreso a casa, justo después de las 5 p.m., hacía una siesta tardía y salía listo para compartir la vida familiar y apuntar sus hallazgos en artículos académicos y libros. En pocas palabras, su vida en la fábrica estaba claramente separada de su vida personal. Reflejaba un tiempo en que incluso personas de izquierdas como nosotros pensábamos que, si es que nada más, el capitalismo nos daba soberanía sobre nosotros mismos, aunque con límites. Con todo lo duro que uno trabajara para el jefe, al menos podía separar una parte de la propia vida y, dentro de esa separación, mantenerse autónomo, con capacidad de tomar decisiones, libre. 

Sabíamos que solo los ricos eran verdaderamente libres para escoger, que los pobres, en su mayoría, tenían las de perder y que la peor esclavitud era la de aquél que había aprendido a amar sus cadenas. Con todo, valorábamos la autonomía limitada con la que contábamos. A los jóvenes de hoy se les ha negado incluso esta pequeña gracia. Desde el momento mismo en que dan sus primeros pasos, les enseñan implícitamente a que se vean a sí mismos como una marca que se juzgará de acuerdo con lo genuina que se perciba. (Y eso incluye a potenciales empleadores: un egresado me dijo una vez que “nadie me ofrecerá un empleo hasta que yo haya descubierto mi verdadero ser”). 

El mercadeo de una identidad en la sociedad en línea actual no es opcional. Curar sus vidas personales, como si de una exhibición de museo se tratara, se ha vuelto una de las tareas más importantes que hacen los jóvenes. Antes de publicar cualquier imagen, subir cualquier vídeo, reseñar cualquier película, compartir cualquier fotografía o tuit, tienen que estar conscientes de a quien agradará o desagradará la opción que tomen. De alguna manera deben sopesar cuál o cuáles de sus “yos verdaderos” se verán más atractivos, testeando constantemente sus opiniones frente a su noción de cuál sería la opinión promedio de los formadores de opinión en línea. 

Puesto que cada experiencia se puede capturar y compartir, constantemente se encuentran ante el dilema si hacerlo o no. E incluso si no existe en realidad la oportunidad de compartir la experiencia, se la puede imaginar, y así se hará. Cada opción, experimentada o presenciada, se convierte en un acto de cuidadosa construcción de una identidad. No hay que ser de izquierdas para ver que se ha desvanecido el derecho a un poco de tiempo libre cuando uno deja de estar a la venta.

 La ironía es que el individuo liberal no fue eliminado por las camisas marrones de los fascistas ni por los comisarios estalinistas, sino cuando una nueva forma de capitalismo comenzó a instruir a los jóvenes de hacer la más liberal de las cosas: ser uno mismo. De todas las modificaciones conductuales que lo que llamo el capitalismo en la nube ha diseñado y rentabilizado, esta es, sin lugar a dudas, su mayor y más amplio logro. 

 El individualismo posesivo siempre fue perjudicial para la salud mental. La sociedad tecnofeudal a la que el capitalismo en la nube está dando origen ha empeorado las cosas infinitamente más, al derribar la verja que daba un refugio al individuo liberal frente al mercado del trabajo. El capitalismo en la nube ha convertido al individuo en fragmentos de datos, una identidad compuesta por opciones expresadas en clics que sus algoritmos pueden manipular de maneras ininteligibles para las mentes humanas. 

Ha producido individuos no posesivos sino poseídos o, mejor dicho, personas incapaces de poseerse a sí mismas. Ha reducido nuestra capacidad de centrarnos, al desviar nuestra atención. Nuestra fuerza de voluntad no se ha debilitado, sino que nuestro centro de atención ha sido secuestrado por una nueva clase dirigente. Y, puesto que los algoritmos integrados en el capital en la nube refuerzan el patriarcado, los estereotipos odiosos y las opresiones preexistentes, quienes más sufren son los más vulnerables: los pobres, los discapacitados mentales, los marginados y los pobres.

 Si algo nos enseñó el fascismo es nuestra susceptibilidad para demonizar estereotipos y la desagradable atracción (y potencia) de emociones como la santurronería, el temor, la envidia y la aversión que originan en nosotros. En la realidad social contemporánea, la nube nos pone frente a frente a ese temido y rechazado “otro”. Y, puesto que la violencia en línea parece incruenta y anodina, somos más propensos a responder a ese “otro” con palabras burlonas y degradantes. El fanatismo es la compensación emocional del tecnofeudalismo ante las frustraciones y ansiedades que vivimos en relación con la identidad y en centro de atención.

 Ni los moderadores de publicaciones ni la regulación del discurso del odio detendrán este embrutecimiento, puesto que es intrínseco al capitalismo en la nube, cuyos algoritmos están optimizados para los ingresos de nube que fluyen con mayor abundancia hacia los propietarios de las Grandes Tecnológicas desde el odio y el descontento. Las entidades reguladoras no pueden normar los algoritmos alimentados por inteligencia artificial que ni siquiera sus autores pueden comprender. Para dar una oportunidad a la libertad, es necesario socializar el capitalismo en la nube. Mi padre creía que encontrar algo eternamente bello en lo que concentrarse, como lo hizo él entre las reliquias de la antigüedad griega, es nuestra única defensa frente a los demonios que acosan nuestras almas. He intentado practicar eso a lo largo de los años a mi propio ritmo.

 Pero no llegaremos muy lejos si actuamos solos, aislados y como individuos liberales ante la amenaza del tecnofeudalismo. No es la solución salirse de la internet, apagar nuestros teléfonos y usar efectivo en lugar de plástico. A menos que nos coordinemos, nunca civilizaremos ni socializaremos al capitalismo en la nube, ni recuperaremos las partes de nuestras mentes que están expuestas a él. Y aquí radica la gran contradicción: únicamente una completa reconfiguración de los derechos de propiedad de los instrumentos cada vez más basados en la nube y que forman parte de la producción, distribución, colaboración y comunicación puede rescatar la idea liberal fundacional de la libertad como autonomía. Así, para resucitar al individuo liberal se necesita precisamente lo que los liberales tanto detestan: una nueva revolución."                 (

12/4/23

Países Bajos descubre que tiene siete clases sociales... Un estudio promovido por el Gobierno concluye que el debate sobre la desigualdad va más allá de la dicotomía entre ricos y pobres. Son estas: Los que están en el escalón superior del empleo (20%); jóvenes con buenas oportunidades (9%); los que viven de sus rentas (12%); nivel medio de ocupación (25%); pensionistas con pocos estudios (18%); trabajadores sin seguridad (10%); los precarios (6%)

 "La desigualdad contemporánea es una realidad estructural que supera la lucha contra la pobreza, porque el binomio compuesto de ricos y pobres está pasado de moda”. Formulada casi como un principio, esta declaración vertebra el informe elaborado por la Oficina holandesa de Planificación Social y Cultural (SCP, en sus siglas neerlandesas), que debe guiar al Gobierno en la lucha contra los desequilibrios sociales. Este tipo de estudios se efectúan de forma periódica, pero los expertos socioculturales han ampliado ahora el marco de su labor. No solo han analizado variables como el empleo, los ingresos y la educación. Han incluido, además, el capital social (a quién conoces), el capital cultural (dónde encajas) y el capital personal (la salud y el atractivo) de los ciudadanos para elaborar un mapa de Países Bajos distinto al habitual. Un espacio de 17,8 millones de habitantes donde hay, en su opinión, siete clases sociales.

Para llegar a esta conclusión, el SCP sondeó entre 2019 y 2020 a 6.800 personas y cruzó sus datos con los de la Oficina Central de Estadística. Si bien ya había llevado a cabo ejercicios similares en 2014 y 2021, el análisis actual, titulado ­Eigentijdse ongelijkheid (Desigualdad contemporánea), ha ido más lejos. De ahí las siete clases sociales presentadas. Son estas: “Los que están en el escalón superior del empleo (20%); jóvenes con buenas oportunidades (9%); los que viven de sus rentas (12%); nivel medio de ocupación (25%); pensionistas con pocos estudios (18%); trabajadores sin seguridad (10%); los precarios (6%)”. Las diferencias entre unos y otros son muy difíciles de eliminar y por ello, según el estudio, “se puede erosionar la cohesión social”. Por otro lado, se indica al Gobierno que los grupos menos favorecidos “piensan que las autoridades no se ocupan lo suficiente de gente como ellos”. A pesar de su posición en la lista, los dos últimos estratos suponen uno de cada seis ciudadanos. El penúltimo grupo tiene una media de 44 años, y los precarios, de 65 años. Los primeros se manejan con un ordenador. Los otros no. Es posible “que ambos acudan en menor medida a votar en las elecciones”, pero es importante que este contingente de “ciudadanos críticos” se involucre en la política y en la sociedad, dice el trabajo del SCP.

Muchos factores

En el mapa así dibujado no encajan los planes políticos tradicionales centrados en los ancianos, jóvenes e inmigrantes. La explicación es que no se trata de grupos homogéneos, sino que se encuentran repartidos en toda la sociedad. “Por eso, reconocer que la desigualdad de oportunidades es un fenómeno estructural en Países Bajos va más allá de la pobreza”, ha dicho Cok Vrooman, uno de los investigadores. En unas declaraciones a la cadena pública de televisión para presentar el trabajo, hizo hincapié en que no se trata solo del dinero y los estudios. “Hay que tener en cuenta a quién conoces, tu red social, dónde encajas o quién eres. Es decir, tu capital personal. Y eso es también una combinación de salud y atractivo personal”. Vrooman recalcó la necesidad de que el Gobierno preste atención en sus políticas a las diferentes transiciones vitales: “Desde la etapa escolar hasta el ingreso en el mercado laboral, y desde el momento en que se busca una pareja hasta enfrentarse a problemas de salud”.

Hace ocho años, el SCP constató que “ricos y pobres apenas se conocen” en Países Bajos, y advirtió de que emergía “un problema de cohesión”. En 2021, la brecha no se había reducido. En gran parte, ello se debía a que había grupos “estructuralmente rezagados” en sus ingresos, nivel educativo y, por ende, en el manejo de la tecnología."                         (Isabel Ferrer, El País, 08/04/23)

11/4/23

Cómo los trabajadores mal pagados de Madagascar impulsan las ambiciones tecnológicas francesas en Inteligencia Artificial... Los modelos de IA necesitan ser entrenados, con la aportación de una enorme masa crítica de datos, para que aprendan a reconocer e interactuar con el entorno humano. Estos datos deben recopilarse, clasificarse, verificarse y formatearse. Por lo general, las empresas tecnológicas subcontratan estas tareas, que consumen mucho tiempo y están infravaloradas, a un ejército de trabajadores precarios, normalmente radicados en el Sur Global

 "Una investigación de la revista Time de enero de 2023 reveló que trabajadores kenianos a los que se pagaba menos de 2 dólares la hora recibieron el encargo de intentar garantizar que los datos utilizados para entrenar la plataforma de IA ChatGPT estuvieran libres de contenido discriminatorio.

Los modelos de IA necesitan ser entrenados, con la aportación de una enorme masa crítica de datos, para que aprendan a reconocer e interactuar con el entorno humano. Estos datos deben recopilarse, clasificarse, verificarse y formatearse. Por lo general, las empresas tecnológicas subcontratan estas tareas, que consumen mucho tiempo y están infravaloradas, a un ejército de trabajadores precarios, normalmente radicados en el Sur Global.

Este trabajo de datos adopta diversas formas, dependiendo del propósito del algoritmo final. Por ejemplo, puede consistir en delinear personas en imágenes captadas con una cámara de vídeo para enseñar al algoritmo a reconocer a un ser humano. O comprobar los resultados de una herramienta de procesamiento automático de facturas y corregir errores manualmente para ayudar al ordenador en su tarea.

Para explorar la identidad de estos trabajadores de datos, sus funciones y condiciones laborales, y enriquecer el debate en torno a la regulación del sector de la IA, realizamos una investigación entre París y Antananarivo, capital de Madagascar.

Nuestro estudio muestra también la realidad de la IA a la francesa: por un lado, las empresas tecnológicas francesas dependen de las Cinco Grandes (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) para el alojamiento de servicios y la potencia de procesamiento; por otro, las tareas de datos las realizan trabajadores de antiguas colonias francesas, sobre todo de Madagascar, lo que confirma tendencias bien establecidas de externalización. Por cierto, ya se han realizado estudios que comparan el sector tecnológico con la minería y el textil.

Un estudio sobre la globalización de la IA

Nuestro proyecto de investigación se inició en París en marzo de 2021. En primer lugar, nos propusimos comprender qué implicación tenían las empresas francesas de IA en la actividad de trabajo con datos y qué procesos se aplicaban para garantizar la producción de conjuntos de datos de calidad suficiente para el entrenamiento de modelos informáticos. Entrevistamos a 30 fundadores y empleados de 22 empresas parisinas del ecosistema de la IA. De esta exploración inicial surgió rápidamente una conclusión: la mayor parte del trabajo de datos se subcontrataba a contratistas malgaches.

En una segunda parte del estudio, realizada primero a distancia y luego in situ en Antananarivo, entrevistamos a 147 trabajadores, gerentes y directores de diez empresas malgaches. Al mismo tiempo, enviamos un cuestionario a 296 trabajadores de datos establecidos en Madagascar.
Trabajo precario para jóvenes de ciudad bien formados

Nuestras averiguaciones iniciales mostraron que los trabajadores de datos de IA formaban parte de un sector de servicios de TI mucho más amplio, que abarcaba desde personal de centros de llamadas a moderadores de contenidos web, pasando por redactores de optimización de motores de búsqueda (SEO).

Las respuestas al cuestionario mostraron que la mayoría de los trabajadores empleados en el sector son hombres (68%), jóvenes (87% tienen menos de 34 años), viven en ciudades y tienen estudios (75% han cursado o han cursado al menos estudios superiores). Cuando el trabajo se desarrollaba en la economía formal, y no en la sumergida o gris, los encuestados eran generalmente empleados fijos. La escasa protección que ofrece la legislación laboral malgache, frente a la francesa, el desconocimiento de sus derechos por parte de los trabajadores y la debilidad de los sindicatos y de la representación de los trabajadores en las empresas malgaches acentúan la precariedad de su situación. En su mayoría ganan entre 96 y 126 euros al mes, con una enorme diferencia entre su salario y el de los supervisores de equipo: que también suelen ser malgaches, trabajan en el país, pero se llevan a casa entre 8 y 10 veces más.

 Los trabajadores del taller se encuentran al final de una larguísima cadena de subcontratación, lo que explica en parte la minúscula remuneración, incluso para los estándares malgaches. En la cadena de producción de la IA intervienen tres actores diferentes: los servicios de alojamiento de datos/potencia de procesamiento ofrecidos por las cinco grandes empresas tecnológicas, las empresas francesas que venden los modelos de IA y las empresas que ofrecen los servicios de anotación de datos prestados por los trabajadores malgaches. Cada nivel se lleva su tajada.

Las empresas que manejan los datos suelen depender mucho de sus clientes franceses, que gestionan la mano de obra subcontratada de forma casi directa, imponiendo mandos intermedios que trabajan teniendo en cuenta los intereses de las start-ups parisinas. El dominio de estas funciones por extranjeros -empleados por las empresas clientes en Francia, o expatriados que trabajan en Antananarivo- representa un serio bloqueo a la progresión profesional de los trabajadores, que permanecen ignominiosamente atascados en la parte inferior de la cadena de valor.
Aprovechar los vínculos poscoloniales Francia-Madagascar

El sector de la IA se beneficia de una política específica: las "zonas francas" creadas en 1989 para la industria textil. Desde principios de los años 90, las empresas francesas se han instalado en Madagascar, sobre todo en el sector de la edición digital. Estas zonas especiales, equivalentes a las que existen en muchos otros países en desarrollo, atraen las inversiones ofreciendo exenciones fiscales muy atractivas.

En la actualidad, de las 48 empresas que ofrecen servicios digitales en las zonas francas, sólo nueve son propiedad de malgaches, frente a 26 de franceses. Aparte de la situación de las empresas formalmente constituidas, el sector ha desarrollado una práctica de subcontratación en cascada, con empresas y empresarios de la economía sumergida en la parte inferior de la jerarquía, mal tratados y obligados a actuar cuando hay escasez de mano de obra en otros lugares del sector.

Además de mano de obra barata, esta industria subcontratada se beneficia de una mano de obra bien formada: la mayoría ha ido a la universidad y habla francés con fluidez, que aprendió en la escuela, por Internet o en clases del Institut Francais. Esta última institución de iniciación a la lengua y la cultura francesas, creada en 1883, pretendía originalmente extender el poder imperial a través de la lengua a la población colonizada.

Este escenario coincide con lo que el investigador Jan Padios denomina "memoria colonial". Las antiguas colonias con lazos lingüísticos y culturales con los países que dominaban ahora les suministran servicios empresariales.
Hacer visibles a los trabajadores de la IA para entender mejor cómo funcionan

Detrás de la reciente explosión de proyectos comercializados de IA en el Norte Global, se descubre un número creciente de trabajadores de datos. La reciente polémica en torno a las "cámaras de seguridad inteligentes" en los Juegos Olímpicos de París se centró sobre todo en la ética de la vigilancia general. Es necesario tener más en cuenta el componente vital del trabajo humano que se dedica a entrenar los modelos de IA, sobre todo porque plantea nuevas cuestiones sobre las condiciones de trabajo y el derecho a una vida privada.

Hacer visibles las funciones de estos trabajadores es plantear preguntas sobre las cadenas de producción globalizadas. Estas son más familiares en la industria manufacturera, pero también son una característica del sector digital. Estos trabajadores son esenciales para el funcionamiento de nuestra infraestructura digital: son los engranajes invisibles de nuestras vidas digitales.

También hace visible el impacto de su trabajo en los modelos de IA. Una parte del sesgo algorítmico reside en la naturaleza de cómo se lleva a cabo el trabajo con los datos, aunque las empresas de IA mantienen en gran medida en secreto la realidad de esto. Por lo tanto, una IA verdaderamente ética debe establecer normas éticas para las condiciones de trabajo del sector de la IA."  
             

(Clément Le Ludec trabaja en el departamento de sociología de la tecnología digital de Télécom Paris - Institut Mines-Télécom. Maxime Cornet es doctorando en sociología de la IA en Télécom Paris - Institut Mines-Télécom. Brave New europe, 05/04/23; traducción DEEPL)

 

 

7/10/22

Lidia Undiemi: El manifiesto de la lucha de clases en el siglo XXI... La sociedad corre rápido hacia una inexorable interrupción de la capacidad de los trabajadores para generar ingresos, para ellos y sus familias... la verdad desnuda: la tecnología dejada al uso y consumo del capital ha hecho que los trabajadores sean altamente reemplazables, incluso con trabajadores extranjeros que cobran una décima parte de lo que cobran los trabajadores italianos... casi todos los empleos se caracterizan por esta deriva en la relación entre el trabajo, la tecnología y el capital...

 "Mientras el debate laboral continúa a buen ritmo sobre cuestiones insignificantes, la realidad corre mucho más rápido hacia una inexorable interrupción de la capacidad de los trabajadores para generar ingresos, para ellos y sus familias.

Hasta hace poco, hemos vivido en el mito del empleo "estable" que puede garantizar el bienestar económico, sin demasiadas exigencias.

Ahora estamos en la fase de anquilosamiento, aquella en la que todos, en mayor o menor medida, nos hemos dado cuenta de que el empleo va perdiendo sus dos atributos de "estabilidad" y "bienestar".

Sin entender el porqué, no tiene sentido discutir cuál es la alternativa.

Como explico detalladamente en mi investigación en el libro "La lucha de clases en el siglo XXI", las razones están básicamente relacionadas con la deriva del sistema capitalista globalista, que conduce inevitablemente a conflictos entre superpotencias, cuyas consecuencias podemos empezar a ver ahora con el peligroso aumento del coste de la vida debido a la guerra energética.

 La vuelta al trabajo tecnológico al estilo fordista

Por un lado, la tecnología ha mejorado indudablemente ciertos procesos de trabajo y la calidad de vida en general en muchos aspectos, pero por otro lado está perjudicando gravemente el bienestar de los trabajadores al volver a proponer modelos de organización del trabajo cada vez más parecidos a las cadenas de montaje de los siglos XIX y XX: tiempos de trabajo estandarizados por máquinas "virtuales", resultados cada vez más basados en la mera capacidad de los trabajadores de procesar papeles en el menor tiempo posible sin una aportación significativa de conocimientos, que en cambio se incorporan directamente al software de las máquinas en uso.

Muchos las llaman apps, pero en contextos más técnicos se las denomina más genéricamente software o aplicaciones, que no son más que engranajes de una compleja infraestructura tecnológica a través de la cual es posible procesar de forma estandarizada y altamente controlable los servicios realizados por los empleados, llamados a realizar tareas cada vez más repetitivas, que por tanto suelen requerir menos conocimientos técnicos que en el pasado, que en cambio son "adquiridos" por las máquinas, o mejor dicho por el gran cerebro "virtual", del que el trabajador es el último eslabón de la cadena.

Esta es la verdad desnuda: la tecnología dejada al uso y consumo del capital ha hecho que los trabajadores sean altamente reemplazables, incluso con trabajadores extranjeros que cobran una décima parte de lo que cobran los trabajadores italianos.

 Sin ir más lejos, la intercambiabilidad puede tener lugar incluso sin cruzar las fronteras nacionales, con trabajadores contratados por empresas de externalización que compiten entre sí, lo que puede garantizar una reducción rápida y poco conflictiva de los costes laborales.

En los albores del siglo XXI, se pensaba que esta forma de precarización inducida por la tecnología era un fenómeno limitado a ciertos trabajos considerados marginales, como los realizados en los centros de llamadas.

 De hecho, hoy en día casi todos los empleos se caracterizan por esta deriva en la relación entre el trabajo, la tecnología y el capital.

La consecuencia inevitable de esta involución es que el poder de negociación de los trabajadores disminuye.

"La flexibilidad, traducida en precariedad en nombre de la tecnología y de la renovación del mercado, se ha experimentado efectivamente a gran escala en sectores como el de la atención al cliente, que hoy representa un enorme negocio en todo el mundo. Con la ilusión de que sentarse frente a un monitor en vez de frente a un papel significaría realizar quién sabe qué función, los trabajadores pioneros de esta nueva realidad pronto se dieron cuenta de que era algo parecido a las cadenas de montaje de las grandes industrias que producen bienes materiales. Horarios de trabajo puntuados por sistemas de aplicación, formas de ejecutar el trabajo rígidamente predeterminadas y muy estandarizadas, y así durante toda la jornada laboral y las siguientes. Los trabajadores se convierten en meros ejecutores de una máquina tecnológica que guarda para sí el conocimiento del oficio, y detrás de la cual, por supuesto, se encuentra el equipo directivo que da entrada al sistema".                   (cit. La lucha de clases en el siglo XXI).

 La política ha destruido las normas laborales para satisfacer las exigencias de beneficios de las grandes empresas

No es sólo una cuestión de tecnología y sistemas organizativos, el trabajo ya no es lo que era también porque la política no ha hecho otra cosa que destruir las leyes de protección laboral, que precisamente por la reproposición del trabajo fabril "virtual", podrían haber seguido desempeñando un papel muy eficaz contra las pretensiones del capitalismo global.

El ataque se produjo en dos frentes: el de las normas que consagran los derechos individuales de los trabajadores, como las normas sobre despidos, y el de la negociación colectiva. Las consignas han sido, y siguen siendo, la competitividad y la productividad. Términos utilizados con tanta facilidad (explico sus paradojas en el libro), detrás de los cuales está la arbitrariedad del gran capital al poder reducir los costes laborales a voluntad, con sistemas de control antes inimaginables. Por eso he definido el capitalismo del siglo XXI como la apoteosis del capitalismo del siglo XIX. Marx, después de todo, nos advirtió.

"La importancia del tiempo de trabajo crece en la medida en que la organización productiva, gracias a la tecnología, logra crear sistemas estandarizados de gestión del trabajo controlados en tiempo real por máquinas que transmiten los insumos al gerente de turno encargado de controlar a los trabajadores, amplificando lo que Marx sostenía en la relación entre los empleados y los medios de producción: "Ya no es el trabajador el que utiliza los medios de producción; son los medios de producción los que utilizan al trabajador"".                   (cit. La lucha de clases en el siglo XXI).

El encarecimiento de la energía y el aumento exponencial del coste de la vida son un aviso

Ahora bien, no hace falta que venga el experto a decirnos que el poder adquisitivo de los trabajadores y los pensionistas está a punto de verse gravemente comprometido. Por tanto, lo que debemos preguntarnos ahora es cuánto durará y hasta dónde llegará.

Por desgracia, no es posible hacer predicciones más o menos precisas. Depende de las relaciones con Rusia, de lo bueno que sea el próximo gobierno en el manejo de esta crisis (el de Draghi fue un desastre), del posible compromiso energético con Rusia y otros países proveedores.

 Está claro que cuanto más se prolongue esta situación, mayores serán los perjuicios para los empresarios y los trabajadores.

Aunque ya existen formas de indexación salarial, que en cualquier caso siguen siendo una miseria, actualmente no hay ninguna propuesta sobre la mesa para frenar la diferencia entre el crecimiento de los salarios y la inflación.

Con el coco de la espiral inflacionista de los años 70, la gente probablemente optará por soluciones extemporáneas, como las primas, la paga extra y luego ya veremos, y cosas parecidas a las limosnas, con la esperanza de que la crisis energética se revierta en poco tiempo (desde luego, no la pueden resolver los que la han generado).

En cualquier caso, no habrá una cobertura efectiva de esta brecha, por lo que la pérdida de poder adquisitivo debe considerarse como un hecho cierto, sólo queda cuantificar el daño (esto también es difícil por las razones de incertidumbre antes expuestas), que obviamente no será igual para todos, sino que dependerá del tipo de contrato, del tipo de actividad y de otros factores.

Todo esto debe ser visto como una advertencia, un anticipo de lo que está por venir: la hambruna y la privación de los derechos básicos.

De hecho, parece que alguien ha lanzado la hipótesis de más cierres (léase toques de queda) para permitir el ahorro de energía, como cerrar los locales por la noche a las 23 horas, reducir el alumbrado público, etc.

A estas alturas el sistema se está derrumbando, fuentes autorizadas hablan del fin de la globalización, así que es una pérdida de tiempo preciosa pensar que una vez que esta crisis energética termine (si es que termina) todo volverá a ser como antes. Nada será igual que antes, y cualquier cambio sólo será en sentido negativo. Al racionamiento energético podría seguirle el racionamiento de alimentos (que ya con la subida de precios la gente está empezando a hacer por sí misma), y quién sabe qué más.

 Reaccionar y no esperar

Hemos vivido décadas con el privilegio de la espera, de la ilusión del salvador de la patria. Ahora debemos reaccionar. La crisis laboral está estrechamente vinculada a la expansión incontrolada del capitalismo globalizado. La única manera de evitar lo peor es tomar medidas concretas para contrarrestarlo, primero socialmente y luego políticamente.

La vuelta al conflicto es inevitable.

 EL MANIFIESTO DE LA LUCHA DE CLASES EN EL SIGLO XXI


(extracto del libro La lucha de clases en el siglo XXI)

La lucha. La capacidad de lucha de los hombres, es un patrimonio de la humanidad, siempre ha sido el medio utilizado por los seres humanos para evolucionar, para mejorar. Desgraciadamente, el valor de la lucha se ha desvirtuado y degradado hasta quedar aprisionado en la idea de la violencia, la violencia por sí misma.

    Abandono de la lógica de la post-ideología.El primer paso es el abandono de la post-ideología, es decir, el vacío ideológico debido al abandono de las ideologías, que es la savia del engaño de la paz social: como ya no hay conflicto entre el capital y el trabajo, ya no hay necesidad de ideas, de post-ideología precisamente.

    Se ha olvidado, pero todo el orden democrático y constitucional, en Italia y en muchas partes del mundo, se ha construido sobre el valor de la conflictividad como elemento clave para garantizar el equilibrio entre los más fuertes y los más débiles. El reconocimiento del derecho de huelga en los sistemas constitucionales es la máxima expresión de ello.

III. Superar la idea falsa de un estado mínimo pro-capitalista y un estado de bienestar neoliberal. A menudo se piensa erróneamente que el capital quiere eliminar los derechos sociales, de cualquier orden y naturaleza, en verdad necesita un estado de bienestar mínimo para poder mantener un equilibrio sostenible y evitar la rebelión de las masas. Así que debemos aspirar a un verdadero estado de bienestar que no sea para el uso y consumo del capital.

 1 - La conciencia política de la existencia de un orden jurídico de mercado es una de las mayores ilusiones de los últimos tiempos tras las que se ha atrincherado la política. No existe un orden natural de mercado, las reglas económicas son las establecidas por el hombre a través de las leyes, es por tanto mediante la elección de éstas que se crea una economía, una crisis o un crecimiento.La responsabilidad por tanto es siempre de la política.

2 - Reorganización de la comunidad internacional en clave antineoliberal y respetuosa con la soberanía y la democracia interna de los estados. Los estados deben revolucionar las relaciones con las organizaciones internacionales, no es posible, no es democrático que hoy sean las organizaciones económicas internacionales las que decidan las reformas, las que sometan a poblaciones enteras a las lógicas del poder económico y financiero.

 3 - Redefinir la relación entre la política y los interlocutores sociales y cuestionar el interés superior. A pesar de ser históricamente la idea que subyace a los regímenes totalitarios, el interés superior de la nación o de Europa -a veces una crisis económica, a veces una emergencia sanitaria- sigue siendo la clave ideológica para silenciar la disidencia, para reprimir la protesta. Hay que preocuparse cuando la política desata el interés superior, hoy como en el pasado, el mismo método.

VII. Otro cambio de paradigma debe referirse a la forma en que se redistribuye la riqueza. El tan discutido método de la riqueza patrimonial, que actúa aguas abajo del sistema de producción, y en el que el pueblo no tiene ningún control porque requiere el filtro de la política, que le quita acciones que en todo caso son marginales al gran capital, con la promesa de redistribuirlas a las masas, es ineficaz y dispersivo. En cambio, habría que reconsiderar la idea de una redistribución ascendente, a través de un aumento del poder de negociación y económico de los trabajadores, para que el aumento de los salarios vaya inmediatamente a los trabajadores, lo que tendría entonces también una eficacia redistributiva mayor y más generalizada.

VIII. Reorganización interna del sindicato y su reposicionamiento ideológico.En esta revolución de las ideas, el sindicato es, o debería ser, el sujeto colectivo más importante, que debe necesariamente abandonar la inclinación a aceptar el interés superior para reabrir la temporada de la conflictividad.

1 - Relanzamiento y refuerzo de la no-derogación de la negociación colectiva a nivel nacional.Uno de los elementos clave a través de los cuales se ha debilitado el poder de los trabajadores ha sido la ampliación de los poderes de las empresas para decidir a nivel local y de cada empresa una reducción de los derechos de los trabajadores en sentido peyorativo.

2 - Contrarrestar la arbitrariedad del criterio de productividad en la fijación de los salarios.En concreto, la idea del interés superior de la nación o de Europa ha asumido el interés superior de la productividad de las empresas a la posibilidad de reducir los salarios, un juego demasiado fácil para el capital ya que dispone de tantas formas de desvincularlo artificialmente de los salarios.

3 - El reconocimiento del grupo empresarial como único ente empresarial con el que se puede negociar las condiciones de trabajo. Hay que oponerse al método de desarrollo de las multinacionales, mediante el cual logran tomar todo y dar sólo lo que creen conveniente. En este sentido, la subcontratación es una de las principales estrategias utilizadas por las grandes corporaciones y multinacionales para reducir los salarios, lo que hoy representa tal vez la mayor máquina de desigualdad social en el mundo.

XII. El lado oscuro de la tecnología ha llegado a considerar posible que los trabajadores que dependen absolutamente de las grandes empresas puedan ser considerados como autónomos, lo que supone una ganancia para el capital, ya que un trabajador autónomo cuesta menos que un empleado.

XIII. Reorganización interna de los partidos coherente con la vuelta al reconocimiento de la conflictividad. Los partidos, especialmente los de izquierda, deben cerrar la temporada de la paz social para devolver la dignidad política a la conflictividad que nos llevó a la era de los derechos.

XIV. Cuestionar la globalización y el capitalismo moderno en su forma actual mediante investigaciones específicas sobre el terreno. En contra de la creencia popular, la globalización puede ser un proceso reversible, pero se necesitan ideas para aplicarla.

1 - Para cuestionar la globalización para el uso y consumo del capital, hay que admitir que la tecnología se ha convertido en un instrumento de explotación laboral que está haciendo retroceder las manos de la historia.

XVI. Reconocimiento del papel del poder judicial en la investigación del capitalismo actual.El poder judicial en Italia y en todo el mundo está desempeñando un papel muy importante para desvelar las estrategias del capital.

XVII. Otras propuestas para regular la globalización, incluyendo así la expansión de las multinacionales, dentro de los límites democráticos y constitucionales. Las ideas, investigaciones y estudios realizados en este campo deben concretarse en leyes y normas para situar a las multinacionales dentro de los rangos constitucionales y democráticos. Propongo una nueva teoría económica sobre la expansión de las multinacionales, para regular un fenómeno que genera desigualdad. (...)
          (Lidia Undiemi, L'Antidiplomatico, 29/08/22)

27/4/22

El debate sobre el temor a que la Inteligencia Artificial sustituya por completo a los puestos de trabajo es erróneo: en la llamada economía de plataformas, en realidad, los algoritmos sustituyen a la gestión y multiplican los puestos de trabajo precarios... la IA, de hecho, no es solo la automatización laboral, es la imposición de jerarquías sociales de trabajo manual y mental a través de la automatización

 "Matteo Pasquinelli es profesor de Filosofía de los Medios en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe, donde también coordina el grupo de investigación sobre Inteligencia Artificial y Filosofía de los Medios KIM. Su intervención abrió el ciclo de debates “¿En el futuro tecnológico, ¿hay vida alternativa al metaverso?” organizada por el Observatorio Social de Fundación “la Caixa”. Pasquinelli, bajo el enunciado “El trabajo invisible en la inteligencia artificial: de la línea de montaje al algoritmo”, abordó las cuestiones vinculadas a los peligros de la concentración de la atención y del trabajo humano en las plataformas tecnológicas.

El filósofo conversó con la profesora Carmina Crusafon sobre cómo el trabajo digital ha transformado la organización de la fuerza de trabajo tal y como se la conocía hasta ahora. En el diálogo exploraron diversas alternativas frente a los peligros y beneficios de la concentración de la atención y el trabajo humano en las grandes plataformas tecnológicas. Concentración que deriva de la proyección de distopías y mundos virtuales en los que, cada vez más, las personas estaremos inmersas.

Antes del encuentro, el profesor Pasquinelli fue entrevistado por Catalunya Plural y preguntado por algunas cuestiones clave sobre qué nos depara el trabajo en el futuro: 

¿A qué hace referencia con el concepto de “trabajo fantasma” asociado a las Inteligencias Artificiales (IA)?

La primera dimensión del trabajo invisible que quiero destacar es la fuente de la inteligencia que la IA pretende automatizar. Cada vez es más claro para todos que el aprendizaje automático se basa en un vasto depósito de datos individuales y colectivos del que se extrae su «inteligencia». La inteligencia artificial es reparada y mantenida continuamente por una gran multitud de trabajadores fantasmas que corrigen los modelos de aprendizaje automático en tiempo real o en posproducción. Por eso es que la IA también está en deuda con estos trabajadores.

¿Y quiénes son estos trabajadores fantasma?

Son las personas reales más allá de muchos servicios en línea que usamos todos los días. Estos trabajadores invisibles filtran los contenidos violentos, ofensivos y pornográficos que se suben cada minuto a las redes sociales para hacer de ellas un lugar más seguro. El contenido producido por el Norte Global requiere la supervisión constante y el trabajo de mantenimiento, por lo cual a menudo se subcontrata a trabajadores anónimos e invisibles en línea del Sur Global.

Pero este es un ejemplo entre muchos. Florian Schmidt realizó una investigación sobre la línea de producción de IA en el caso de los coches autónomos, y descubrió que los modelos de aprendizaje automático del proyecto alemán de coches autónomos son evaluados por plataformas de crowdsourcing que cuentan con trabajadores de Italia, España y Venezuela. Así mostró cómo la mano de obra del sur de Europa y América del Sur repara autos invisibles que se venden bajo marcas alemanas.

¿Y qué nos puede decir del temor que genera en la sociedad el reemplazo del trabajo humano por parte de estas nuevas tecnologías?

En el mundo real, hoy en día, mucha gente está descubriendo que la IA no se trata realmente de automatizar el trabajo sino de automatizar la gestión. La automatización contemporánea, especialmente en el caso de la economía de plataformas, no se trata de un trabajador individual como en la imagen estereotipada del robot humanoide, sino de la automatización de la gestión, como sucede en las plataformas de la gig economy, lo que se denomina también «gestión algorítmica». Yo creo que lo que pasa hoy en día está más cerca de lo que vemos con empresas como Uber Eats, por ejemplo.

Desde mi punto de vista, los algoritmos están reemplazando a los jefes, no a los trabajadores.

Desde los gigantes de la logística (Amazon, Alibaba, DHL, UPS, etc.) y la movilidad (Uber, Share Now, Foodora y Deliveroo) hasta las redes sociales (Facebook, Twitter), la IA y la automatización digital -lo que se denomina capitalismo de plataformas-, es una forma de automatización que en realidad no reemplaza a los trabajadores, sino que los gobierna y los multiplica. Bajo la automatización de la gestión, o “gestión algorítmica”, todos nos convertimos en microtrabajadores de un gran autómata, es decir, usuarios genéricos, conductores y pasajeros de muchos tipos. El debate sobre el temor a que la IA sustituya por completo a los puestos de trabajo es erróneo: en la llamada economía de plataformas, en realidad, los algoritmos sustituyen a la gestión y multiplican los puestos de trabajo precarios.

Los algoritmos ayudan a contratar a más trabajadores, trabajadores baratos, como los riders. También habrá más trabajo para mantener a las máquinas. Esto es más una automatización de tareas gerenciales, que del trabajo en general. Se multiplicarán los trabajos precarios mientras que se reemplazarán los jefes. La IA implica más trabajo, no menos.

¿Los algoritmos reemplazarán los trabajos que conocemos hoy en día?

Sí, pero también viene a multiplicar nuevos trabajos, los más precarios. Cada vez que introduces una máquina, también se multiplican los trabajadores que se requieren.

¿Cuáles son los cambios más importantes que esperan como consecuencia de la introducción de la inteligencia artificial en el mundo del trabajo?

La automatización nunca reemplaza el trabajo por completo, sino que lo relocaliza en otras tareas y lo esconde en otros sitios. Se va a producir una división internacional del trabajo motorizada por las nuevas tecnologías, se repiten las condiciones colonialistas. Especiales sectores del mercado laboral, la IA tiene el efecto de aplicar o sumar las habilidades del humano. Implica un gran impacto que afectará a los trabajos mecánicos. Los riders son un gran ejemplo.

¿Será un mundo laboral más inclusivo para las personas con capacidades diversas?

Está claro que la IA puede ayudar a los discapacitados, ya que estos pueden ser los primeros en testear y usar estas tecnologías. Los ancianos, los discapacitados, serán los primeros en probar estas tecnologías, como sillas de ruedas, prótesis. Nuestros abuelos serán cyborgs antes que nosotros.

¿Quedarán fuera de este mundo aquellas personas que no puedan acceder al entorno digital, ya sea por sus condiciones de vida como por sus conocimientos?

Un buen término para hablar de esto es el de “extractivismo cognitivo». Hoy se percibe la generación de monopolios de datos, y todos nosotros, incluidas las personas que habitan en áreas remotas, producen conocimientos para estos monopolios. Y estos conocimientos se acumulan en centros de bases de datos, y luego los modelos algorítmicos están fuera de nuestro control.

Entonces no es solo un problema de las personas que habitan en sitios rurales, incluso ellos tal vez hasta sean más afortunados que nosotros. Entonces lo que pasa hoy es que habitamos en una sociedad de crecientes monopolios. El problema con ellos es un problema del cual debería encargarse el Congreso de Estados Unidos, porque Google o Facebook se están convirtiendo en grandes monopolios que ni siquiera existían en los 90. Creo que es un problema de políticas del conocimiento, de compartir el conocimiento, y del control y protección de datos.

Para entender esto hay que contextualizar a la IA en la historia del conocimiento. La IA es la epistemología hegemónica hoy en día; es una manera de pensar que es estadística, mecánica. Pero gracias a Dios en este planeta tenemos muchas otras epistemologías: epistemologías indígenas, epistemologías locales, epistemologías feministas, epistemologías decoloniales y esto es lo que tenemos que discutir. La epistemología se está transformando, peligrosamente, en una forma de pensar hegemónica, cuando en realidad también tenemos muchas otras.

¿Y qué impacto tendrá todo esto a nivel de relaciones sociales?

Estos casos que mencionamos deberían llevar finalmente a cuestionar la relación entre la automatización y los seres humanos, a investigar esta relación como una relación de poder, y también de explotación. Desafortunadamente, la historia de la automatización es una historia de más trabajo, no menos. Pero esta historia es más profunda.

Siempre debemos recordar que el movimiento feminista de los años 60 y 70 fue el primero en señalar la invisibilización del trabajo, específicamente del trabajo de cuidados y del trabajo doméstico. Los futuros tecnológicos vinculados al desarrollo capitalista iteran una fantasía que, a medida que las máquinas, los algoritmos y la inteligencia artificial se hacen cargo del trabajo aburrido, sucio, repetitivo e incluso reproductivo realizado por trabajadores racializados, de género y colonizados en el pasado. Esto lleva a creer que la humanidad completa será liberada para poder desarrollar plenamente sus capacidades creativas.

Las fantasías de automatización total extienden la historia del sujeto autónomo cuya libertad es imposible solo por el efecto sustituto de sirvientes, esclavos, esposas y, más tarde, trabajadores de servicios industriales que realizan un trabajo racializado y de género. Recordando a autoras feministas como Silvia Federici y Ruth Cowan, recientemente Astra Taylor ha introducido el término “fauxtomation” para referirse a las falsas promesas que ofrece la automatización, especialmente en el ámbito doméstico, donde las máquinas a menudo amplifican, no reducen, el trabajo de los cuidadores y mujeres.

¿Por qué llama a su todo la Teoría Laboral de la IA?

Creo que el principio operativo de la IA, de hecho, no es solo la automatización laboral, es la imposición de jerarquías sociales de trabajo manual y mental a través de la automatización. Entre los siglos XIX y XX, la gestión del trabajo se extendió a toda la sociedad. Impuso formas de control basadas en las medidas estadísticas de “inteligencia”, también como forma de discriminar a los trabajadores en clases de calificación. Creo que la IA continúa este proceso de codificar jerarquías sociales y discriminar entre la fuerza laboral.

El sesgo de clase, género y raza que los sistemas de IA amplifican notoriamente debe considerarse, de hecho, no como un error, sino como una de sus características constitutivas.

El sesgo de la IA no solo discrimina a los grupos sociales, sino que lo hace para imponer implícitamente jerarquías de trabajo y conocimiento e imponer una polarización de ocupaciones calificadas y no calificadas en el mercado laboral. Los estudios de IA deberían abordar no solo la sustitución de los trabajos administrativos por algoritmos, sino también el desplazamiento y la multiplicación de trabajos precarios, mal pagados y discriminados en una economía global. La IA y el trabajo fantasma parecen ser, desde este punto de vista, las dos caras del único y mismo mecanismo social de automatización laboral.

La teoría laboral de la IA que propuse es, al final, no solo un principio analítico para ayudar a criticar el poder de las empresas de IA y los monopolios de datos, sino también un principio sintético y político: como una teoría de la autonomía para generar nuevas formas de conocimiento y producción, y una nueva cultura de la invención y el diseño. Pero para abordar esta cuestión necesitamos más horas de entrevista.

¿Cuáles son las facultades o habilidades que la inteligencia artificial no puede simular a las de un humano?

La interacción humana, la labor de cuidado. Para entender la IA, hay que verla desde un punto de vista capitalista, económico. La IA pertenece a la idea de que la naturaleza puede ser descrita según patrones mecánicos, y estos patrones permiten organizar la naturaleza.

Lo cierto es que la IA tiene muchos límites, tiene muchos errores, falacias, aproximaciones, y sesgos que la constituyen. La IA se vende como un paradigma de inteligencia, pero en verdad es un paradigma de automatización estadística, porque lo que en realidad hace es una aproximación estadística.

La traducción es otro de los límites de la IA, por ejemplo. Es muy difícil traducir metáforas o chistes, ese es uno de los límites lógicos de la IA. Porque todo chiste rompe la regla que el algoritmo sigue. Humberto Eco dijo esto muchos años atrás.

¿Quién se va a hacer cargo en el futuro de estos errores de los algoritmos?

El trabajador invisible siempre está detrás en la corrección del algoritmo, de los datos. Hay una máquina que no es perfecta, siempre tiene un margen de error, y el humano está detrás para arreglarla.

¿Quiénes van a ser los ganadores y los perdedores de este sistema con creciente presencia de la IA?

Creo que se producirá una polarización de la sociedad. Qué trabajos serán automatizados, como los choferes, repartidores, trabajos de cuidado, la precarización del trabajo. Y del otro lado, los trabajos como programadores, que se convertirán en una élite. Se producirá una polarización del mercado laboral, y no sólo como fenómeno de la IA, sino de toda innovación.

¿Cuáles son las carreras del futuro que nos permitirán subirnos a la ola de estos nuevos trabajos y no ser arrollados por ella?

Yo lo que intento enseñar en Karlsruhe no es IA, sino las humanidades digitales, que intentan entender este fenómeno tecnológico desde un punto de vista de las ciencias sociales, las humanidades. Es una nueva disciplina que podríamos llamar “humanidades digitales”. En Karlsruhe intentamos estudiar visiones críticas de IA: implicaciones políticas, sociales, históricas, y poner a la IA como parte de la evolución de distintas formas culturales. La IA está dentro de un ecosistema de conocimiento. La IA es parte de nuestra cultura y hay que desarrollar herramientas críticas para comprenderla. Necesitamos desarrollar todo tipo de habilidades desde las humanidades, las ciencias sociales, las ciencias políticas para completar el ecosistema de esta realidad virtual además de los técnicos. El rol de los educadores será crucial, porque no podemos enseñar machine learning sin pensar en las peligrosas implicaciones que puede tener.

La Inteligencia Artificial (IA) ha llegado para quedarse y se ha desarrollado a través del tiempo. Factores como la pandemia han acelerado la digitalización de aspectos de nuestra vida cotidiana como el trabajo hasta lograr una hibridación. Para muchos la IA sigue siendo un mundo inexplorado y hay trabajos en los qué las habilidades humanas no pueden ser reemplazadas, sin embargo, otros muchos empleos se sumarán a la era tecnológica y sustentarán su funcionamiento en este fenómeno digital. La idea es acompañar a la sociedad hacia una mejora, explorando nuevas fronteras a través de nuevos profesionales capacitados para manejar, dar mantenimiento y seguir indagando en el nuevo mundo."                  (Entrevista a Matteo Pasquinelli, VICTORIA TRAPÉ Y KARINA JACOMÉ, La Marea, 18/04/22)

15/3/22

Los millenials de hoy —sin casa, sin trabajo, sin posibilidades de montar una familia, y con pocas posibilidades de cobrar pensión— le podrían cantar a sus padres boomers, a los de mi generación, contadnos otra vez cómo era esa España con una banca pública, una hidroeléctrica pública, una telefonía pública, una indemnización por despido de 60 días por año trabajado, o cómo era vivir en una sociedad en la que los jóvenes encontraban trabajo y se independizaban a los veinte años... el proyecto emancipatorio debe ser revolucionario en lo económico, reformista en lo político y conservador en lo antropológico... Esa falta de interés por los problemas reales para centrarse en los identitarios y emocionales ha facilitado que muchas personas de izquierda miren hacia otros derroteros electorales, o directamente se encuentren sin referentes políticos, huyendo del individualismo posmoderno y buscando sus intereses desaparecidos en los últimos años —el Estado, el pueblo, la familia, o la clase social— sin encontrarlos

 "Hace unos días asistí a una comida en la que nos juntábamos antiguos compañeros del colegio y del instituto. Ni que decir tiene que hace más de 40 años que dejamos aquellas aulas lo que, echen cuentas, el evento me retrotrae a los ochenta. Nada mal.

En la comida recordamos fiestas pasadas, celebraciones de cumpleaños, hasta el golpe de Estado del 23-F y las primeras clases de ética (frente a religión)… no me costó echar de menos aquellas aulas, aquellos años, aquellos compañeros... Y me alegré, al tiempo que volvía a mi cabeza un texto de Amélie Nothomb, La nostalgia feliz, en el que la autora belga recordaba que “en Occidente la nostalgia está menospreciada, que la consideraban un valor tóxico del pasado”, al tiempo que reclamaba la escritora, como yo reclamo para mí, el término japonés natsukashii que “designa la nostalgia feliz, el momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura”.

¿Sentía yo nostalgia —natsukashii—? ¿Me habría vuelto de derechas por recordar el pasado, como se afana en encasillar la izquierda posmoderna a todos los que hablamos del ayer? ¿Me expulsará esa posmo izquiera si me atrevo a hacer público este momento, porque no me supuso, ni me supone, un problema rememorar con cariño cuando comíamos conguitos, recordar que había disfrutado con la película Lo que el viento se llevó, ni tan solo prohibir las cintas de chistes de Arévalo de los noventa? ¿Me pondrán la etiqueta de rancia? Me pregunté al llegar a casa.

Conforme lo escribo pienso que sí, que algún apelativo me pondrán, que la izquierda globalista, identitaria y posmoderna es maestra en ponderar y marcar dónde está el bien y el mal. Y hace tiempo que ha decidido alejarse de lo materialista, afanándose en la defensa del individualismo, frente a lo comunitario.

La desatención desde esta izquierda posmoderna, más preocupada del género, la raza, y la orientación sexual que de las condiciones materiales. El abandono de esos temas que siempre han preocupado y preocupan a la izquierda tradicional, la de aquellos años ochenta y noventa, es lo que ha provocado desengaños en buena parte de la izquierda. Esa falta de interés por los problemas reales para centrarse en los identitarios y emocionales ha facilitado que muchas personas de izquierda miren hacia otros derroteros electorales, o directamente se encuentren sin referentes políticos, huyendo del individualismo posmoderno y buscando sus intereses desaparecidos en los últimos años —el Estado, el pueblo, la familia, o la clase social— sin encontrarlos.

Visto lo visto, parece claro, que la izquierda volcada en lo identitario no es izquierda, del mismo modo que parece claro que si a la nostalgia pudiéramos llamarla sentimiento vintage, a buen seguro esos mismos que hoy critican las reivindicaciones del pasado la vanagloriarían, sin dudarlo ni un minuto, y empezarían a estampar camisetas con ese eslogan.

¿Es legítimo buscar en el pasado soluciones a los problemas del presente? Por supuesto, pero no por eso hay que penalizar la elección, porque no se trata de revindicar todo lo sucedido en aquellos años ochenta y noventa, en los que abundaban las drogas, las enfermedades mortales de transmisión sexual, el machismo campaba a sus anchas, la homofobia era tolerada y todavía se vivía una falta de costumbre de vivir en democracia. Todo eso ha sido felizmente superado y no se mira hacia atrás con envidia. Pero tampoco podemos vanagloriarnos y poner de ejemplo una sociedad, la actual, en la que son legales aplicaciones donde nuestras jóvenes venden fotos de su cuerpo o sobreviven repartiendo en bicicleta sin contrato, hemos perdido la soberanía monetaria, los empresarios pueden prescindir de nosotros sin demasiado coste, existe una policía del pensamiento que nos vigila y nos cancela si nuestro discurso no se ajusta una nueva moralidad, o que nos persigue a las feministas tan solo por defender que hay que abolir la prostitución, el género y los vientres de alquiler. Todas estas últimas cosas, dicho sea de paso, rechazadas ya en los ochenta.

A lo mejor tener natsukashii no solo no es contraproducente sino que nos hace pensar dónde están realmente nuestras necesidades: en la igualdad, la solidaridad y la laicidad; ideas todas ya incorporadas en esa década que tanto denostan ahora.

En definitiva, igual que en los noventa Ismael Serrano le pedía a su padre, Papá, cuéntame otra vez, con el deseo de que este le explicara la lucha antifranquista, los millenials de hoy —sin casa, sin trabajo, sin posibilidades de montar una familia, y con pocas posibilidades de cobrar pensión— le podrían cantar a sus padres boomers, a los de mi generación, contadnos otra vez cómo era esa España con una banca pública, una hidroeléctrica pública, una telefonía pública, una indemnización por despido de 60 días por año trabajado, o cómo era vivir en una sociedad en la que los jóvenes encontraban trabajo y se independizaban a los veinte años.

Ya lo dijo Santiago Alba Rico en su libro Capitalismo y nihilismo: para sobreponernos a las corrientes políticas contemporáneas que niegan toda validez a las propuestas y visiones de Marx “el proyecto emancipatorio debe ser revolucionario en lo económico, reformista en lo político y conservador en lo antropológico”.                   (Carmen Domingo, El País, 05/03/22)

8/2/22

El capitalismo de plataforma sigue estando inextricablemente ligados al concepto de explotación... Se caracterizan por el capital y la compra de una determinada cantidad de tiempo de trabajo suministrado por la mano de obra, los explotados. En el capitalismo de plataforma, las empresas y corporaciones siguen teniendo acceso al uso exclusivo de la energía humana (fuerza de trabajo) y del conocimiento humano... Sólo durante el capitalismo de plataforma resulta profundamente relevante comprender la nueva dinámica de la explotación en línea. Esto se debe a que las plataformas online -basadas en la publicidad y la recopilación de datos- utilizan los rasgos de subjetivación, reconocimiento, atención e identidad del trabajo para el capitalismo... la explotación a través de la atención no sólo está fuertemente asociada al capitalismo de plataforma, sino que, de hecho, lo define

 "El trabajo en plataformas digitales o en línea está configurando cada vez más la forma en que se realiza el trabajo. Con ello, también se reconfiguran, si no se reorganizan, las relaciones laborales, y tal vez incluso el modo en que funciona la explotación en el capitalismo. Pero, ¿qué tipo de explotación existe y difiere bajo el capitalismo de plataforma? En primer lugar, la mayoría de los fundamentos de la explotación capitalista no cambian en absoluto bajo el capitalismo de plataforma. El capitalismo de plataforma tiene lugar entre las plataformas capitalistas (empresas) y los trabajadores explotados (mano de obra).

La explotación también se convierte en un tema aparentemente complicado bajo el capitalismo de plataforma. Tradicionalmente, la explotación marxista se centra en la mano de obra productiva que trabaja por un salario durante un periodo de tiempo determinado. En última instancia, todas las formas de capitalismo dependen del tiempo de trabajo como medida clave.

El capitalismo de plataforma crea lo que se conoce como prosumidores. Se trata de individuos que son, al mismo tiempo, consumidores y productores que "trabajan" por la plusvalía empresarial, es decir, por los beneficios. Los prosumidores son típicos del capitalismo de plataforma. Producen contenidos como, por ejemplo, software, audiovisuales, textos, datos, etc.

Pero no son -al menos no principalmente- trabajadores productivos en el sentido clásico de producir plusvalía según Marx. Por alguna razón, la cuestión de la explotación en el capitalismo de plataforma parece recibir sólo una atención limitada entre quienes escriben sobre el capitalismo de plataforma. El capitalismo de vigilancia de Zuboff, por ejemplo, sólo menciona la "explotación" de pasada en sus 700 páginas. Sin embargo, sin explotación no hay capitalismo.

Esta falta de reconocimiento de la explotación puede tener dos razones. Por un lado, la mayoría de los escritos sobre el capitalismo de plataforma sólo mencionan muy ocasionalmente la explotación, ya que se centran en la vigilancia, la precarización, las desigualdades, etc. Por otro lado, sin embargo, la explotación sigue existiendo en el capitalismo de plataforma y no puede dejar de mencionarse mientras exista el capitalismo.

El capitalismo de plataforma rara vez se considera una etapa distinguida del capitalismo moderno. El capitalismo de plataforma suele verse como regido por determinismos tecnológicos y, lo que es peor, económicos. Sin embargo, sigue siendo indiscutible que las tecnologías -en particular Internet- desempeñan un papel importante en la transición al capitalismo digital. Pero no es, ni mucho menos, todo lo que hay en el capitalismo de plataforma.

El capitalismo de plataforma también significa que se ha producido una transformación en la organización empresarial de los procesos productivos capitalistas. Esto también sigue siendo moldeado por la regulación pro-empresarial - a menudo enmarcada como desregulación bajo la ideología prevaleciente del neoliberalismo. Simultáneamente, aparecieron nuevos modos de controlar a los trabajadores junto con algo llamado gestión algorítmica.

Hasta cierto punto, la transición hacia el capitalismo de plataforma ha cambiado, si no ha mejorado, la explotación capitalista. En última instancia, la explotación bajo el capitalismo de plataforma depende del conocimiento, a menudo no remunerado, que los prosumidores suministran a las empresas y corporaciones en línea. En la mayoría de los casos, esto implica tres tipos de explotación del trabajo de plataforma:

    1) La explotación a través de la alienación;

    2) La explotación a través de la reproducción; y por último

    3) La explotación a través de la atención.

Estas tres versiones de la explotación en línea se relacionan con diferentes modelos de negocio corporativos. Todo ello conduce a nuevos tipos de trabajo controlado por la dirección, a la explotación laboral y a las actividades productivas. Bajo las plataformas capitalistas, éstas adoptan tres versiones básicas de trabajo en línea: i) el trabajo gig (por ejemplo, el 16% de los estadounidenses), ii) los prosumidores, y iii) los propietarios de miniempresas que trabajan por cuenta propia y a menudo se autoexplotan. El trabajo gig es, por ejemplo, bien conocido a través de los trabajadores empleados por, por ejemplo, Uber. Pero también existe Freelancer y otras plataformas online.

 Es bastante obvio que esta plataformización bajo el capitalismo y la aparición del prosumo conducen a un aumento de las contradicciones entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio, así como a otras contradicciones internas al trabajo bajo el capitalismo de plataforma. Por ejemplo, quienes producen y consumen contenidos, datos y atención a través de YouTube, Facebook, etc. encarnan esta tendencia. Por supuesto, el problema de Roblox, el imperio de los videojuegos construido sobre el trabajo infantil, sigue estando entre nosotros.

Pero también está el trabajo comercial realizado por los propietarios de negocios autónomos a través de plataformas en línea mediante el alquiler (por ejemplo, Airbnb) y la venta de bienes físicos (Amazon, etsy, etc.). Esto configura otra nueva tendencia en los procesos laborales capitalistas.

Por último, hay varios tipos de trabajo que se llevan a cabo detrás de las plataformas como, por ejemplo, el desarrollo interno o externalizado de software y hardware, la infraestructura de TI, los recursos humanos en línea, el marketing digital, la logística y el trabajo de almacén. Estos son relativamente nuevos en la historia del capitalismo.

Es bastante habitual dividir la historia del capitalismo en tres grandes etapas: el precapitalismo mercantil (de mediados del siglo XV a finales del siglo XVIII); el capitalismo industrial (de finales del siglo XVIII a finales del siglo XX), y el capitalismo digital, que mostró sus primeros signos a finales de la década de 1970.

Esencialmente, todas las versiones del trabajo de plataforma son representaciones de la fase actual del capitalismo digital o de plataforma y sus formas de explotación resultantes. En su esencia, la explotación capitalista es una relación socioeconómica que cumple cinco requisitos clave para hacer posible el capitalismo:

En primer lugar, los intercambios exaltados en el proceso productivo del capitalismo se generan entre al menos dos clases de actores, a saber, el explotador (el capital) que recibe recursos de quienes trabajan y los explotados, que los producen (el trabajo).

En segundo lugar, los intercambios entre el explotador y el explotado son asimétricos en relación con el valor de los bienes y servicios creados. En la dicotomía amo-esclavo de Hegel, el amo obtiene plusvalía de sus esclavos del trabajo. Esto ocurre independientemente de las representaciones subjetivas que puedan tener estos actores. En términos kantianos, uno sigue siendo un medio, una herramienta, un activo y un recurso humano que permite la obtención de beneficios para el capital.

En tercer lugar, todos los procesos productivos bajo el capitalismo están orientados a la producción de mercancías y servicios que puedan ser vendidos para obtener un beneficio. En concreto, el explotador y la dirección participan en la organización de este proceso.

En cuarto lugar, las posiciones del explotador y del explotado también siguen siendo asimétricas con respecto a la perspectiva que tienen sobre el proceso productivo, incluso cuando - aparentemente - "comparten" este proceso. La división taylorista vertical entre trabajo (abajo) y gestión (arriba) persiste en el capitalismo de plataforma. El explotador tiende a tener una visión global de todo el proceso. El papel del trabajador es diferente. Tal y como Taylor señaló en su día, el explotado -incluso en las condiciones del capitalismo de plataforma- se reduce a realizar una tarea laboral definida por la empresa o la dirección.

Finalmente, bajo el capitalismo de plataforma, estas relaciones asimétricas siguen teniendo lugar -en mayor o menor grado- incluso cuando adoptan una nueva forma de acuerdo aparentemente consensuado. Lo hacen siempre que no impliquen una violación directa de la legislación laboral sobre, por ejemplo, los límites del tiempo de trabajo.

Los cinco aspectos del capitalismo de plataforma siguen estando inextricablemente ligados al concepto de explotación de Marx. Se caracterizan por el capital y la compra de una determinada cantidad de tiempo de trabajo suministrado por la mano de obra, los explotados. En el capitalismo de plataforma, las empresas y corporaciones siguen teniendo acceso al uso exclusivo de la energía humana (fuerza de trabajo) y del conocimiento humano.

 Pero ahora, esto ocurre a través de la aplicación del trabajo en línea durante un período determinado. El tiempo de trabajo en línea puede ser fijo o flexible, largo o corto. Sin embargo, esto no importa mientras tenga lugar dentro de un proceso que acabe con beneficios para el capital.

En el capitalismo, las empresas y corporaciones aportan los medios de producción mientras que los bienes y servicios producidos por el trabajo son, por definición, propiedad del capitalista. Para el trabajo, esto significa alienación. Para el capital, esto ocurre bajo las leyes de la propiedad privada. Y esto se camufla cuando la regulación estatal permite la existencia del capitalismo a pesar de la desregulación neoliberal y la ideología antiestatal.

Como consecuencia, las energías y el conocimiento del trabajo permanecen objetivados en los bienes y servicios producidos. Incluso bajo el capitalismo de plataforma, los capitalistas realizan esto como una mercancía a través de la venta y, lo que es más importante, a través de la obtención de plusvalía. Una novedad en el capitalismo de plataforma es que la explotación también puede producirse a través de la reproducción o simplemente de la copia.

Esto se refiere a la situación en la que el explotador (una empresa o corporación) reproduce el conocimiento que ha sido creado por el explotado (el trabajo). Este conocimiento -a veces, simplemente mediante la copia- pasa a ser propiedad del explotador capitalista, debido a las líneas pro-capitalistas trazadas por el derecho empresarial en forma de ley de propiedad intelectual como, por ejemplo, las patentes, los derechos de autor, las marcas registradas y otras.

Y lo que es peor, aunque el explotado siga poseyendo estos conocimientos, el trabajo puede ser despedido y, en algunos casos, incluso se le prohíbe utilizar los conocimientos que ahora pertenecen a una empresa o corporación en línea. Pero también existe la explotación a través de la atención.

En ella, la información digital puede ser inyectada explotando la subjetividad de un actor en beneficio de una corporación online. Esto se basa en el hecho de que, en el capitalismo de plataforma, una avalancha de información resulta simplemente de la atención humana.

En consecuencia, la atención humana se monetiza especialmente porque su coste tiende a ser cero. El actor explotador (una corporación online) parece que regala algo. Pero, en realidad, el capital obtiene algo más valioso y lo consigue de forma gratuita: la atención humana y la posibilidad de colocar anuncios comerciales aprovechando al mismo tiempo las redes socioemocionales de los actores explotados.

La explotación a través de la atención difiere de la noción habitual de explotación. Por supuesto, su rasgo distintivo es que la dirección en la que fluye el conocimiento se invierte. En el capitalismo de plataforma, el capital busca introducir el conocimiento en línea en los sujetos explotados. Se beneficia de la venta de la atención prestada libremente por los explotados. Curiosamente, gran parte de esto tiene lugar durante el tiempo de ocio. Sin embargo, el prosumidor explotado sigue siendo ajeno a las empresas que se benefician de él.

Curiosamente, los intercambios monetarios directos entre el trabajo y el capital no suelen estar implicados en esta relación. De hecho, el trabajo que realiza el explotado puede o no llamarse trabajo. En resumen, la concepción tradicional del trabajo está cambiando. En el capitalismo de plataforma, el trabajo ya no es una condición esencial para que se produzca la explotación. Esta es la clave para entender el papel del trabajo y la explotación en el capitalismo de plataforma.

Sin embargo, los explotados bajo el capitalismo de plataforma y a través de la atención se perciben a sí mismos como involucrados en un proceso de consumo aparentemente ocioso. Este es un hecho totalmente nuevo, pero fundamental, del capitalismo de plataforma. El capitalismo de plataforma es un proceso "capitalista" y, al mismo tiempo, sigue teniendo explotación: explota a las personas. Pero puede que ya no haya trabajo y explotación en el sentido tradicional de nuestra comprensión.

La parte crucial de gran parte de esto, es que la explotación siempre implica la existencia de un proceso productivo orientado al beneficio. Sin embargo, el capitalismo de plataforma ya no depende -y ciertamente no necesariamente- de un proceso laboral.

Sólo durante el capitalismo de plataforma resulta profundamente relevante comprender la nueva dinámica de la explotación en línea. Esto se debe, en parte, a que las plataformas online -basadas en la publicidad y la recopilación de datos- utilizan los rasgos de subjetivación, reconocimiento, atención e identidad del trabajo para el capitalismo.

A primera vista, esto puede convertir a los trabajadores en empresarios aparentemente autodirigidos que, en la mayoría de los casos, no son más que individuos que buscan atención. Son especialmente aptos para ser explotados mediante el uso de su atención en una esfera conocida como reproducción. Por ello, la explotación a través de la atención no sólo está fuertemente asociada al capitalismo de plataforma, sino que, de hecho, define el capitalismo de plataforma."   
               

(Thomas Klikauer, Meg Young, Brave New Europe, 04/02/22 ; traducción DEEPL)

19/1/22

Jorge Dioni: De cómo el conflicto taxis-Uber explica todo, desde Trump hasta el Brexit

 "La puesta en escena está muy clara: lo viejo contra lo nuevo; mejor dicho, lo viejo, lo analógico, que se resiste a morir, contra lo nuevo, lo digital, a lo que no dejan nacer. Un mundo esclerotizado y burocrático, los taxis, frente al dinamismo y la agilidad de Uber; la lucha espiritual del Fary contra Steve Jobs. 19 preguntas para entender toda la guerra Nación Taxi-Uber-Cabify. Qué es la 'uberización' de la economía y cómo utilizar esta expresión correctamente. La estrategia de Uber para que le perdones todos sus pecados. ¿Diremos adiós a Uber y Cabify en cuatro años?

 El mundo del taxi es viejo y cerrado, gremio es una palabra pertinente, y todas las pegas que queramos ponerle encajan. Sin embargo, conviene no olvidar que son un servicio público y, por tanto, regulado por el Estado: horarios, capacitación y condiciones de uso. Las licencias en las que basan su actividad, aunque sean objeto posterior de especulación, son visadas por instituciones públicas, que las cobraron en el momento de su expedición. El Estado recauda, con matices, como todo en el mundo del taxi, el impuesto de plusvalía en caso de traspaso y también cobra las tasas del examen del permiso, así cómo los impuestos de la actividad, los directos y los indirectos.

Parece obvio, pero el pago de impuestos y el cumplimiento de la ley son dos de los elementos claves en el pacto institucional que sirve de base a nuestro mundo. Los taxistas, como el resto de ciudadanos de la época industrial, aceptan que haya un ente, el Estado, que les imponga todas las cuestiones anteriores. A cambio de esa legitimidad, el Estado protege a esos grupos con actuaciones que van desde la protección a través de las diversas policías, la persecución de la competencia desleal, al asfaltado de las vías o la redistribución de la riqueza para aumentar la demanda.

 Sin embargo, el actual modelo, concretado en el consenso de Washington (1989), rompe ese pacto. Desde los años 80, los Estados han ido reduciendo la protección de los grupos sociales que pagan impuestos, cumplen la ley y, en definitiva, le otorgan su legitimidad. Al no haber contrapesos, modelos alternativos o peligro de rebeliones, los Estados se han puesto al servicio de un grupo muy reducido de actores, una élite empresarial y financiera, con el que ya tenían un frecuente contacto previo a través de los lobbies, la vida social compartida o las dinámicas de la corrupción.

 Por ejemplo, Uber, o Cabify, o cualquier otra empresa de transporte de viajeros. El Estado, que no deja de recaudar el dinero del gremio del taxi y de regularlo, abre la puerta sin problemas a esos nuevos modelos, cuyas exigencias son mínimas. No son un servicio público, luego no hay licencia institucional, ni apenas regulación y lo más importante: las empresas son multinacionales que apenas* tributan en los países donde operan. Las exigencias, cuando se plantean, se centran en el trabajador ocasional de esas empresas, a quien sí se le exige capacitación o el pago de impuestos localizado.

Todos los países occidentales han facilitado el desarrollo de empresas-mundo que actúan como metrópoli colonizadora, destruyendo así su tejido productivo. Por ejemplo, a través de la promoción de los paraísos fiscales o de la deslocalización a través de los acuerdos de servidumbre, habitualmente llamados de libre comercio. La palabra libertad ha sido una buena excusa para desregularizarlo todo en la parte alta de la sociedad, esa élite.

 Para el resto de la sociedad, las derivaciones de la palabra libertad, libre mercado, libre elección de centro en educación y sanidad, liberalización de horarios o del mercado de trabajo, han implicado habitualmente una subversión del significado de la palabra: «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos». Para tener esa facultad, es preciso poder disponer los territorios socioeconómicos para ejercerla, como dinero, seguridad, tiempo, espacios o educación, todos acaparados por la élite.

 La próxima palabra en ser abducida, la que está permitiendo la implantación de este sistema de servidumbre, es colaboración. Su definición, trabajar con otra u otras personas en la realización de una obra, no tiene nada que ver con la economía colaborativa, ni con conceptos como colaboración público-privada, puesto en circulación para evitar una palabra que perdió su encanto: privatización.

Colaboración implica un sistema tendente a la horizontalidad, una red distribuida, en la que todos los actores aportan y recogen con un fin común. Incluso, podría usarse la palabra en una red descentralizada, en la que algunos miembros asumiesen el papel de coordinador o nodo, con cierta preponderancia incluso ganancial. El modelo Uber, donde millones de elementos sin capacidad de decisión, salvo negarse, trabajan para un centro, que concentra capacidad y plusvalía, no tiene nada que ver con la colaboración.

 La puesta en escena, los campos semanticos (coñac, torreznos y radio a toda hostia frente a té verde, muffins e iPhone), nos impiden ver el cambio socioeconómico que hay detrás: la sustitución de un modelo laboral industrial, regulado, previsible y tendente al equilibrio, por otro que se parece demasiado a la servidumbre agraria, una red centralizada que promueve precaridad, desregulación y sumisión. Sin el envoltorio tecnológico, Uber proporciona peonadas; peonadas por iPhone, pero peonadas.

 El modelo taxis-Uber es replicable es cualquier sector. Zapatos Martí, de Manises, sometida a la regulación de las diferentes administraciones, compite desde hace años con el calzado que llega en contenedores al puerto de Valencia que, gracias a las leyes de libre comercio, ha sido elaborado por empresas y personas no sometidas a la misma regulación. No fue un suceso meteorológico, sino una decisión política tomada por el Estado al que los propietarios y los trabajadores de Zapatos Martí llevan legitimando décadas.

 En el combate espiritual del Fary contra Steve Jobs, el primero tiene una mano atada a la espalda y los pantalones bajados. Quizá, por decisiones propias, como el voto, la indiferencia o la ausencia de inversión, todas relacionadas con el conformismo. Se lo merecen, se lee, han sido egoístas y la historia les está pasando por encima. Conviene guardarse la superioridad moral y el deseo de estar en el carro de los vencedores. Reducir el foco y pensar sólo en la bajada de la tarifa o en lo baratos que están esas deportivas es absurdo. En este nuevo modelo, nada es sólo demanda. Todo es también oferta.

Para el Estado, como concepto, debería ser un suicidio dejar de trabajar para los grupos sociales que lo legitiman, pero ya no hay modelos alternativos y los taxistas, como los ciudadanos, son inofensivos a pesar de ser muchos (o quizá por eso mismo).Uber es una y puede persuadir en los lugares adecuados con la gente adecuada (Neelie Kroes, ex comisaria de Competencia de la UE o Ray Lahood, secretario de Transportes con Obama trabajan para Uber).

En enero de este año, Uber completó una nueva ronda de financiación y su capitalización en bolsa era de 62.500 millones de dólares** . Ahí, hay fondos de inversión, de pensiones, bancos, etc. Comienza a ser muy grande para caer. Los taxistas, no. Mueven más dinero, sí, pero no circula por los canales adecuados. Pese a lo que pueda parecer, en esa lucha espiritual, ‘papá-estado’ no está del lado del Fary.

El conflicto taxis-Uber no tiene nada que ver con lo nuevo y lo viejo, ni con la libertad, ni siquiera con la tecnología. Internet puede facilitar modelos de red distributiva, sistemas comunales de propiedad y consumo o modelos muy parecidos a los falansterios. En el transporte privado, se podría facilitar la conversión del sector en un modelo cooperativo, pero las élites, con ayuda de los Estados, promueven otro modelo que, como suele suceder en la historia, es vertical y extractivo. Es lógico que las élites lo intenten, pero no lo es tanto que los Estados, con la indiferencia de los ciudadanos, lo faciliten.

 Los Estados no han perdido legitimidad por la crisis, sino por la gestión de la misma. No han respetado la bidireccionalidad del flujo: piden más ofreciendo mucho menos. La ruptura de ese pacto social, base del funcionamiento de nuestro modelo, es la que provoca las convulsiones de los sistemas políticos. Fenómenos políticos o sociales basados en la indignación o, incluso, la desconexión (el voto del cabreo del Brexit, Trump, Sanders, Le Pen, Corbyn o el Movimiento Cinco Estrellas de Italia ) tienen su origen en esa ruptura del pacto social. Se vota, se actúa, contra esa élite, sin saber muy bien cómo. También, la integración en otras organizaciones pseudoestatales, como cárteles de la droga o grupos religiosos fanáticos. Si no hay Estado, se buscan otros pactos.

El Estado no sólo desampara a los que lo financian y cumplen su ley (los ciudadanos), sino que ampara a los que no lo financian y no cumplen su ley (esa élite empresarial y financiera). En 2008, los estados decidieron rescatar a la segunda a costa de los primeros y no se han revertido ni atenuado las consecuencias. No es una situación excepcional, sino un modelo. El sistema actual, la nueva servidumbre, es el modelo. Esto es lo que había después de la crisis.


*ACTUALIZADO (13-07-2016, 13:00) Tras ser contactados por la agencia de comunicación de Cabify en España para explicarnos las razones por las que tienen su sede en Delawere (EE UU), hemos decidido incluir este link a una pieza de Voz Populi donde la propia empresa explica su modelo de fiscalidad.

**ACTUALIZADO (24-01-2019, 09:00) Según el Wall Street Journal, Uber prepara su salida a bolsa este año. La compañía está valorada actualmente en 76.000 millones de dólares, pero sus asesores informan que podría salir a la bolsa de valores con una capitalización de mercado de hasta 120.000 millones de dólares."                                      (Jorge Dioni,  GQ, 04/07/16)