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16/11/21

Hay muchos más preocupados por reescribir lo que pasó hace más de cinco siglos que por poner el foco en el desangre actual que las grandes empresas europeas y españolas llevan décadas practicando en Latinoamérica... Yo no tengo el menor interés en revisar ni la historia de la conquista y colonización, ni de rehabilitar ninguna figura histórica. Excepto en un caso, en el de la Malinche... Malitzin era una princesa heredera de su tribu que tuvo la mala suerte de que su padre muriera y su madre se volverá a casar, teniendo un hijo varón que ocuparía su puesto en la línea sucesoria. Para asegurarse de esto, su propia familia la vendió como esclava en un mercado y dijeron que había muerto a quién preguntó por ella. Pasó de mano en mano, siendo violada por sus diferentes amos, hasta que la compró un cacique en Tabasco, que la regaló, junto con otras mujeres, a los españoles como muestra del buen rollito local. Fue allí donde la conoció Cortés y él se dio cuenta de que esa mujer era, literalmente, el puente que necesitaba para comunicarse con todas las gentes de esas tierras. Así fue, y Malitzin, entonces Doña Marina, sobrevivió y se hizo poderosa. Y eso, a las mujeres, no se les perdona

 "(...) los posmodernos, mucho más preocupados por reescribir lo que pasó hace más de cinco siglos que por poner el foco en el desangre actual que las grandes empresas europeas y españolas llevan décadas practicando en Latinoamérica.

Pretenden hacerlo además y como no podría ser de otra manera, desde la más completa ignorancia hacia todo lo que tiene que ver con Latinoamérica, la del S.XV y la del s.XXI. Nos proponen el revisionismo histórico gentes que, en su mayoría, no han puesto un pie al otro lado del charco, y si lo han hecho, en un 90% no han traspasado las puertas de los resorts de pulserita y “todo incluido” de República Dominicana o Cancún.  Alguno que se debe creer Indiana Jones, a lo mejor ha llegado a ir a Perú y ha hecho un tour dirigido por Cuzco, o tirando largo, ha subido al Machu Pichu a por su foto para el Instagram.

Estas nuevas gentes de la secta de “lo correcto”, deberían mostrar mayor interés en que se hiciera cumplir a las empresas extractivistas una mínima legislación que no tuviera a sus trabajadores y trabajadoras latinoamericanos en régimen de cuasi esclavitud. Podrían entretenerse en pensar si las mejoras en las condiciones de contratación que les ofrecen aquí, por ejemplo, el BBVA, no se deben a que más de la mitad del beneficio de la compañía lo sacan, precisamente de México, y precisamente, a base de pagarle a los y las empleadas, miseria y compañía.

Y así con Naturgy, Telefónica, Banco Santander, ACS, y un montón de empresas españolas, que son la mayoría del IBEX 35, y que aumentan sus beneficios y dan “estabilidad a la economía” gracias a seguir exprimiendo a Latinoamérica.

Pero ni media palabra he escuchado al respecto de esta cuestión a los nuevos “justicieros de la historia”. En serio que se me hace complicado encontrar alguna cuestión más pendeja que querer que se pida perdón por lo que hizo Hernán Cortés, mientras tienes contratado Movistar en tu tele, por un ínfimo precio que sería diez veces mayor, si Telefónica no sacara su beneficio de América Latina.

Ni cuestión más pendeja que ésta, ni personajes más pendejos que quienes lo proponen. Y me permitan ustedes la expresión debido al contenido de esta columna y a las fechas en las que estamos. Hasta que alguno de estos imbéciles pretenda también revisar la lengua y sus expresiones. Ya pasó con una canción del grupo Molotov, “Puto”, que algunos catetos dejaron de poner porque otros más catetos se sentían ofendidos, sin molestarse en saber si quiera, que significa tal cosa al otro lado del Atlántico.

Yo no tengo el menor interés en revisar ni la historia de la conquista y colonización, ni de rehabilitar ninguna figura histórica. Excepto en un caso, en el de la Malinche.

Malintzin, bautizada cristianamente como “Marina” al ser regalada como esclava a los españoles por su gente, llegó a ser Doña Marina, pero para la Historia se quedó en Malinche, para pasar del nombre al insulto de malinchista.

Una de esas grandes figuras femeninas a la que el patriarcado no nos permite sacar del encasillamiento de la mujer malvada y pecadora. En el caso de Malitzin, una traidora, culpable de miles de muertos y de la caída del impero azteca. Sin duda hasta hoy, la mujer más odiada de México. Y para los historiadores españoles, una olvidada, porque según ellos, gran parte de la “conquista de América”, es mérito exclusivo del gran volumen de los testículos de Hernán Cortés.

Por poner un ejemplo, no les importa un pimiento (un chile picante) ni a los historiadores, ni a sus inquisidores revisionistas que en realidad, la caída de Tenochtitlán fuera dada porque todas las etnias diferentes a los aztecas, (unos 80.000 Tlaxcaltecas y huexotzincas, entre otros), se unieron a Cortés para quitarse de encima a los aztecas dominantes, que los tenían fritos a tributos, incluidos seres humanos para su consumo.  

Para los mexicanos la culpa fue de La Malinche y para los españoles el mérito fue de “los conquistadores” y de Cortés que “enamoró” a la traductora que veló por sus intereses.

Malitzin era una princesa heredera de su tribu, que tuvo la mala suerte de que su padre muriera y su madre se volverá a casar, teniendo un hijo varón que ocuparía su puesto en la línea sucesoria. Para asegurarse de esto, su propia familia la vendió como esclava en un mercado y dijeron que había muerto a quién preguntó por ella. Pasó de mano en mano, siendo violada por sus diferentes amos, hasta que la compró un cacique en Tabasco, que la regaló, junto con otras mujeres, a los españoles como muestra del buen rollito local. Fue allí donde la conoció Cortés y él se dio cuenta de que esa mujer era, literalmente, el puente que necesitaba para comunicarse con todas las gentes de esas tierras.

Así fue, y Malitzin, entonces Doña Marina, sobrevivió y se hizo poderosa. Y eso, a las mujeres, no se les perdona.  Así que, si hay que revisar algo y alguien tiene que arrepentirse, que sean todos los sabios que han demonizado a la Malinche, y con ella a todas las mujeres. Que la Malinche se quede en todas nosotras."                    (Nuria gonzález, elTaquígrafo, 11/10/21)

3/11/21

A vueltas con la Hispanidad... comparando el colonialismo español con el francés del s. XIX... el imperio español mantiene un elemento legal que hasta entonces era el habitual, todos, conquistadores y conquistados, súbditos de misma corona, estaban sujetos a la misma jurisdicción...no sería muy frecuente, pero una empleada doméstica india podía perfectamente llevar a los tribunales a su señora terrateniente española en el México o Perú del siglo XVI y ganar el juicio... La Argelia francesa establece dos sistemas jurídicos diferentes: uno francés, para los colonos, y otro para los “musulmanes”... la República francesa permitió la poligamia y el casamiento de las hijas menores a los argelinos de fe musulmana... La división se vendió entonces como respeto al pueblo sometido, aunque en realidad era precisamente lo contrario: se consideraba a la hija de un musulmán argelino indigna del respeto que merecía una francesa

 "Doce de octubre, día de la Hispanidad. Como todos los años se suceden las dos ceremonias, ambas obligadas, inevitables: la oficial, aplaudida y repetida sobre todo por partidos de la derecha y tertulianos que se inscriben en la tradición de considerar España el Faro de Occidente, llamado a cristianizar el mundo —¿cómo va a ser simplemente un país como los demás?— y la otra, a fuerza de costumbre hoy día casi igual de oficial, la que insiste en que España es una nación genocida, exterminadora de pueblos y destructora de continentes; ¿cómo va a ser simplemente un país como los demás?

Siempre me ha parecido hasta cierto punto absurdo que una sociedad se enorgullezca de algo que hicieron sus lejanos antepasados: cómo si alguien de quienes hoy hablan de hispanidad hubiera aguantado viento y oleaje en la Niña de los Hermanos Pinzón. No menos absurdo es, desde luego, flagelar al conjunto de los ciudadanos españoles por algo que cometieron los que no son antepasados de estos ciudadanos sino de quienes ahora blanden la fusta.

Era aún adolescente cuando vi en la televisión española, creo que era la pública, una tertulia en la que se recriminaba con duras palabras a España que hubiese descubierto América, conllevando una conquista que exterminaba a aztecas y mayas. Lo que me sorprendió, en aquel momento, era que quien hablaba no era Rigoberta Menchú sino un señor rubio, creo que alto cargo del Gobierno mexicano, que se apellidaba Alemán.

Luego me fui acostumbrando a esa ceremonia de flagelamiento, aunque reconozco que aún tuvo capacidad de sorprenderme un reciente tuit de una joven española de Canarias que se declaró, aparentemente con toda seriedad, descendiente de unos antepasados guanches “exterminados a sangre y fuego por los castellanos” y denunciaba carecer de lengua propia.  Llevaba así a su última consecuencia este hábito de castellanoparlantes americanos de declararse víctimas de la colonización española.

Porque hoy día, para ser un ciudadano hecho y derecho, lo primero es ser víctima de alguna colonización; es un vocabulario que ha prendido hasta en Cataluña. Y que están copiando incluso amigas mías que el mismo día de la Hispanidad denuncian la falta de interés por la “colonización árabe e islámica” del Magreb que ha arrasado con la cultura original bereber. Y no en un sentido figurado, plenamente justificado, para denunciar la expansión de la ideologia panarabista a mediados del siglo XX y la subsiguiente difusión de la ideología panislamista, hermana melliza y heredera de aquella, sino en referencia al proceso histórico iniciado en el siglo VIII. Y eso es preocupante.

Es preocupante porque por una parte, hablar de una colonización árabe toma en serio y repite la ficción sobre la que se ha creado, precisamente, la ideología panarabista con todas sus nefastas consecuencias: la de un traslado de grandes poblaciones desde Arabia hasta el Magreb, antepasados de la mayor parte de la población local actual, que debe por lo tanto considerarse “árabe”. Eso es simplemente falso, tan falso como considerar a los españoles descendientes de una invasión italiana de la Península Ibérica. Precisamente, para liberarse de la ideología panarabista que ha reprimido los idiomas y culturas locales del Magreb, y lo sigue haciendo, es preciso entender primero que estas culturas son fruto de un proceso de asimilación de un idioma, el árabe, y una religión, el islam, por parte de la población local, y no resultado del traslado de una población ajena que colonizara la región.

Debería ser algo obvio para todo marroquí, porque es sencillamente imposible diferenciar dos “pueblos”, uno árabe y uno bereber, en el Magreb. Algunas familias de Fes pueden creer en su descendencia de Arabia, o del profeta, si prefieren, pero eso no quita que la totalidad del pueblo marroquí es tan autóctona de la región (y tan mestiza) como lo es el pueblo español de la Península Ibérica, al margen del idioma que utilice cada familia… o cada generación dentro de la misma familia, porque este proceso de asimilación del árabe (mejor dicho, de un idioma local magrebí derivado del árabe) se ha intensificó notablemente en el siglo XX.

Pero además es preocupante, porque denunciar el “colonialismo” en todas partes, aparte de permitir rodearse con el glamour que confiere el estatus de víctima, muestra una ignorancia de conceptos históricos. Ni la expansión árabe e islámica hace un milenio comparte características con la conquista española del Nuevo Mundo, ni esta conquista se asemeja a la dominación europea de África y Asia a partir del siglo XIX conocida como época colonial. España colonizó las Américas, sí, pero en un proceso que se distingue tanto del posterior colonialismo francés, británico, belga, español o alemán en África, Asia y Norteamérica que es difícil utilizar el mismo término para ambos fenómenos.

La colonización española de América a partir de los primeros viajes de Colón aún mantenía en gran parte la lógica de expansión de los grandes imperios de siglos y milenios anteriores, ya fuese el romano, el persa, el bizantino o el otomano. Se conquistaban tierras con el fin esencial de cobrarles tributo, en oro, plata o especie, a sus habitantes. Para ello se mandaban militares y administradores, que a menudo se quedaban a vivir en el territorio, formando una élite que se iba mezclando con la población local. Lo facilitaba la escasa diferencia de desarrollo civilizatorio técnico entre los pueblos: todos usaban metal, espada, rueda, montura y habitualmente también escritura. La superioridad militar de un imperio residía en poco más que los detalles de un carro de combate o la disciplina de sus guerreros.

Muy distinta fue la conquista del Nuevo Mundo. La diferencia de desarrollo tecnológico entre la población americana y la mediterránea es enorme, incluso en el caso de los dos imperios más organizados, el azteca y el inca. A la ausencia de la rueda y los animales de montura y un uso muy limitado de metalurgia y escritura se añade la reciente invención de las armas de fuego en el Viejo Mundo. En el plano civil, la tecnología mediterránea permitía una explotación mucho más eficaz de minería y agricultura que la habitual entre los indígenas. Razón para favorecer el traslado importantes contingentes de población desde España a las tierras conquistadas, no solo para recaudar las riquezas, como era habitual en los imperios, sino para producirlas primero.

No bastaba con someter y controlar, había que hispanizar (en términos antropológicos, mediterraneizar) la región, y a tal efecto se legitimaba y se fomentaba desde la primera década el mestizaje, en la práctica por supuesto casi siempre entre hombres españoles y mujeres indias. Pero también hubo matrimonios entre españolas e indios, y lo pedía expresamente una cédula real de 1503: “que asimismo procure que algunos cristianos se casen con algunas mujeres indias, y las mujeres cristianas con indios, porque los unos y los otros se comuniquen y enseñen, para ser doctrinados en las casas de nuestra Santa Fe Católica, y asimismo como labren sus heredades y entiendan en sus haciendas y se hagan los dichos indios e indias, hombres y mujeres de razón”.

Presentar estas consignas políticas de asimilación de la población local como una armónica convivencia entre el pueblo colonizador y el colonizado sería una burla. No obstante, es innegable que la conquista e incorporación de las Américas al imperio español mantiene un elemento legal que hasta entonces era el habitual: si bien se exigía servidumbre a los pueblos sometidos y se les vetaban determinados oficios o el acceso a las armas, todos, conquistadores y conquistados, súbditos de misma corona, estaban sujetos a la misma jurisdicción. Tal vez no fuese muy frecuente, pero una empleada doméstica india podía perfectamente llevar a los tribunales a su señora terrateniente española en el México o Perú del siglo XVI y ganar el juicio.

Esto cambia radicalmente con el advenimiento del colonialismo en el sentido moderno en el siglo XIX, respaldado por obras pretendidamente científicas que cimentaban una visión de razas superiores e inferiores. La Argelia francesa establece dos sistemas jurídicos diferentes: uno francés, para los colonos, y otro para los “musulmanes”, es decir, argelinos nacidos de familia musulmana, sin que importase su fe individual. Así lo precisó el Tribunal de Apelaciones de Argel en 1903: “sin que se deba distinguir si pertenecen o no al culto mahometano”. A los indígenas se les aplicaban leyes diferentes, si es que había un tribunal civil cerca. Si no, simplemente se les sometía a un consejo de guerra, donde los militares hacían las veces de juez.

Esta división de la población en ciudadanos propios e indígenas sometidos —sin derecho a viajar a la metrópoli— caracteriza el colonialismo como sistema legal y como ideología política. Para resumirlo: el Imperio español prohibió la poligamia a los indios y el casamiento de las hijas menores, porque esa era la ley en España; la República francesa permitió ambas cosas a los argelinos de fe musulmana, aunque la ley lo prohibía en Francia.

La división se vendió entonces como respeto al pueblo sometido, aunque en realidad era precisamente lo contrario: se le consideraba a la hija de un musulmán argelino indigna del respeto que merecía una francesa y que la ley le confería. Y es ese misma ideario colonialista que hoy se refleja en el concepto de la “multiculturalidad”, bajo cuya bandera se pide “respeto” a cualquier norma que la ideología islamista-patriarcal intenta imponer a quienes hayan nacido musulmanes, así se hallen en Europa desde hace dos generaciones (y “sin que se deba distinguir si pertenecen o no al culto mahometano”).

Esto sí es, en sentido figurado, una colonización, aunque ya no se haga mediante traslado de población sino via satélite e internet. Y de los políticos españoles, franceses o británicos que la respaldan, llenándose la boca con la palabra respeto, solo cabe decir una cosa: que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón tenían más respeto por las indias que ellos por las musulmanas."                   (Ilya U. Topper , Estambul, MSur, 10/21)

18/10/21

Las perspectivas de futuro de la hispanidad son enormemente esperanzadoras... A ambos lados del Atlántico millones de personas participan cada día en un potente acercamiento cultural en español a través de la literatura, el deporte, la música, el cine, el teatro, las series, los videojuegos, las redes sociales y un largo etcétera. En definitiva, a través de instrumentos valiosos para la vida en común, para la creación de comunidades... En la vanguardia se encuentran hoy los canales de contenido digital de plataformas como Twitch o YouTube, donde día tras día surgen y se fortalecen lazos sin importar la nacionalidad, el color de la piel, el sexo o la edad. No es exagerado afirmar que los vínculos entre la juventud hispana son más fuertes que nunca, y cada día más que el anterior... De darse estas circunstancias entre la población de los Estados miembros de la Unión Europea, la euforia europeísta se extendería como la pólvora... Sin embargo, en el caso del mundo hispano tiende a pasar desapercibido

 "Muchos artículos tratan ya el conflicto existente en torno al concepto de hispanidad y a las dificultades para celebrar los vínculos que unen a más de 700 millones de seres humanos. Estas líneas viajarán por un camino distinto, más optimista y con la vista puesta en el futuro.

A pesar de las estatuas derribadas, de la utilización partidista de la historia, de la búsqueda constante de enemigos pasados que desvíen la atención de los problemas presentes; en fin, a pesar de la losa que cae cada año sobre la Hispanidad en forma de leyenda negra, no todo está perdido. A ambos lados del Atlántico millones de personas participan cada día en un potente acercamiento cultural en español a través de la literatura, el deporte, la música, el cine, el teatro, las series, los videojuegos, las redes sociales y un largo etcétera. En definitiva, a través de instrumentos valiosos para la vida en común, para la creación de comunidades.

En la vanguardia de este propósito, y junto con los elementos mencionados anteriormente, se encuentran hoy los canales de contenido digital de plataformas como Twitch o YouTube, donde día tras día surgen y se fortalecen lazos sin importar la nacionalidad, el color de la piel, el sexo o la edad. Lo relevante es el entendimiento mutuo y pasar buenos momentos juntos. Estas actividades gozan de un crecimiento imparable en el mundo del entretenimiento, y acercan a multitud de personas de procedencias diversas. No es exagerado afirmar que los vínculos entre la juventud hispana son más fuertes que nunca, y cada día más que el anterior.

Del éxito de estas plataformas entre la población joven se pueden extraer dos ideas importantes: primero, que cuentan con un reemplazo generacional asegurado; y segundo, que todos ellos van sustituyendo poco a poco a sus progenitores en el grueso de la ciudadanía de sus respectivas naciones, con las consecuencias sociales y políticas que puede suponer a largo plazo. De darse estas circunstancias entre la población de los Estados miembros de la Unión Europea, la euforia europeísta se extendería como la pólvora y hablaríamos de éxitos y de buenas perspectivas de futuro. Sin embargo, en el caso del mundo hispano tiende a pasar desapercibido, cuando no es visto con recelo o incluso vergüenza por quienes beben de la visión negrolegendaria de la historia de España y América.

No obstante, y volviendo al optimismo, esas personas no contaban con el disimulado pero continuo sabotaje de quienes pasan sus ratos libres hermanándose con otros hispanos de ambos hemisferios, creando comunidad en el mismo momento en que el lector recorre estas líneas. Los lazos lingüísticos y culturales siempre han estado ahí, pero el surgimiento y la generalización de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación los fortalecen, los amplifican y los acercan aún más. Por ello, y pese a los múltiples obstáculos, las perspectivas de futuro de la hispanidad son enormemente esperanzadoras."(Adrián García peña, El Papel)

15/10/21

Ana Iris Simón: La Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural... la Hispanidad es hoy periferia del mundo... millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores... cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán pensé en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte

 "Siempre digo que aprendí a leer dos veces: la primera, con seis años, me enseñó mi profesora Rosa en el colegio. La segunda, ya en el instituto y con 16, fue Julio Cortázar. En su Rayuela descubrí, como tantos adolescentes, una nueva forma de mirar al mundo y de estar en él, pero sobre todo una nueva manera de narrarlo.

Mis años de la ESO suenan al llanto de Rocamadour, a fiesta en Macondo y al silencio de la Biblioteca de Babel, porque después de Cortázar vinieron García Márquez y Borges, Carlos Fuentes y Vargas Llosa. Leyendo a los del lado de allá descubrí la belleza de una lengua que partió del lado de acá hace más de medio milenio.

Después de leerlos mucho, el año pasado, publiqué mi primer libro y lo hice con pena porque mi yo niña nunca tendría la gracia de los críos de Formas de volver a casa de Zambra. Y han sido muchas las sorpresas que me he llevado desde entonces, porque la generosidad de los lectores es infinita, pero uno de los mensajes que más ilusión me ha hecho en todo este tiempo llegó hace unos días y desde muy lejos. Lo firmaba una muchacha llamada Génesis que desde Masaya, en Nicaragua, me contaba que, “aunque nos separaba un océano” se había sentido “muy hermanada conmigo” al leer mi relato.

A mí me emocionó leerla a ella y en mi soberbia me sentí muy orgullosa por haber conseguido hacer universalizable un relato repleto de mancheguismos y que habla de una infancia entre paredes encaladas en blanco y añil. Pero, releyendo su mensaje, me daba cuenta de que el tanto no lo había marcado mi pericia relatora sino la realidad. De que nos separa, en efecto, un océano, pero nos unen una cultura y unos valores, nuestra querencia por los vínculos fuertes y nuestra manía de anteponer —aún y menos mal— lo afectivo a lo productivo.

Génesis no había empleado el término “hermanada” en vano, pensaba, y pensaba también en la sorpresa que me llevé cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán y en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte. Como los Simones de mi libro, la Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural que entiende poco de la realidad tecnificada y acelerada que quieren imponerle los que no son capaces de ver ya lo sagrado del mundo. Como La Mancha de mi relato, la Hispanidad es hoy periferia del mundo.

En el encabezado de su mensaje Génesis me preguntaba que dónde estaba enterrado el tío de mi madre, porque en el libro hablo de él. Era escolapio y murió muy joven durante una misión en Nicaragua en los ochenta. Y ella quería llevarle flores décadas después. Pueda finalmente hacerlo o no, su gesto encierra, además de un tremendo amor, la evidencia de que la Hispanidad no es solo un capítulo en nuestros libros de texto y la razón por la cual discutimos cada 12 de octubre. 

Que no se escribe solo en pasado, sino que cose en presente a millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores. Que es la culpable de enseñarle a tantos adolescentes a lo largo y ancho del globo su propia lengua de ida y vuelta a través de la mejor literatura. Y de que, a miles de kilómetros de su familia de sangre, alguien le lleve un ramito de flores a la tumba del misionero que se dejó la vida en el lado de allá."              (Ana Iris Simón , El País, 09/10/21)

13/10/21

La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera... La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV... Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables

 "Puesto que mañana es 12 de octubre, que no solo es el día del Pilar, sino también Fiesta Nacional de España y de la Hispanidad, vale la pena hacer alguna reflexión con el ánimo de contribuir a quitarnos de encima algunos absurdos complejos, los mismos que, por ejemplo, ahora mismo nos impiden mostrarnos orgullosos de que nuestro país figure entre los primeros del mundo en la campaña de vacunación contra la Covid. Es un éxito del sistema público salud y sus profesionales, pero también de la sociedad española en su conjunto, en la que no ha habido un rechazo significativo hacia las vacunas.

 En cambio, solo que hubiéramos estado por debajo de la media europea, nos lo estaríamos reprochando cada día. Sin duda en España hay muchos problemas de los que avergonzarnos, pero si nos mostráramos un poquito más orgullosos de lo que somos y de nuestras fortalezas, nos iría todo mucho mejor.

 La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera.

 Solo hay que pensar en el importantísimo intercambio de alimentos entre ambos continentes. En Europa, la dieta mejoró extraordinariamente gracias a la patata, el tomate, el maíz, el pimiento, la calabaza o el pavo, por no hablar del chocolate o la vainilla. La comida que llegó de América evitó no pocas hambrunas.

 La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV.

 Por un lado, la aventura americana no se entiende sin la construcción del Estado moderno en España a partir de nuestra pluralidad y de la integración de los diversos reinos en una misma monarquía. Sin la unión entre las coronas de Castilla y Aragón, no cabe duda de que América se hubiera descubierto igualmente por parte de los europeos, pero todo hubiera sucedido de otra manera. Y, por otro, es una efeméride con la que nuestro país inicia su proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos, cuya relevancia llega hasta hoy.

Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables. En realidad, hoy la hispanidad nos habla más de España que de América."             (Joaquim Coll, 20Minutos, 11/10/21)

11/10/21

El 12-O, entre la demagogia y la banalización... el colonialismo es una de las grandes vergüenzas de la historia... La expansión colonial en América y África fue probablemente también, una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo... Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente... anque los ejemplos más claros de genocidio se dieron más claramente después de la independencia de las repúblicas americanas... Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos, o en Argentina... y desde luego, durante el siglo XX ha habido bastantes, como el nazi o el armenio...

 "Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no […]

Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no lo es mucho más que los argumentos esgrimidos por sectores soberanistas, y afines, incluyendo la primera edil de Barcelona Ada Colau, en vísperas del 12-O de 2015, al identificarlo con el inicio del supuesto genocidio de los pueblos indígenas americanos. Supongo que este año vamos a tener más de lo mismo, a tenor de la propuesta de la CUP de demoler el monumento a Colón del puerto de Barcelona. Buen comienzo.

Claro que con la iglesia han topado. Los de «Nova Història» han puesto el grito en el cielo, ya que es cosa sabida que «Cristòfor Colom fou català», como reza un panfleto que circula desde hace ya bastantes años. También peligra la estatura de Antonio López que, como su cuñado Güell, mecenas de Gaudí, hizo fortuna al parecer con el tráfico de esclavos. Pero con Güell no se meten; quizá porque no se llamaba López. Y puestos a hacer, queda pendiente otro monumento de un racista, el del Dr. Robert. Claro que como él lo que intentaba demostrar era que los catalanes eran de una raza superior a la de los españoles, no se le tiene en cuenta.

Veamos. Empecemos por el sustantivo «descubrimiento». Estoy bastante de acuerdo en que calificar el 12-O así, es en gran medida impropio. De manera más o menos fortuita, debió haber bastantes europeos que cruzaron el Atlántico antes que Colón. O quizá asiáticos por el Pacífico. También es impropio en la medida en que el almirante estaba convencido de haber alcanzado las costas de Cipango (Japón). El verdadero «descubrimiento» fue la evidencia de que la circunferencia terrestre era mucho mayor de lo que se había asumido, ya que la existencia de América alejaba necesariamente Europa de Asia.

Sea cual fuere el tipo de descubrimiento, el resultado fue la colonización de todo un continente por diferentes monarquías europeas, no solo la Hispánica. Y no creo que haya desacuerdo en considerar globalmente el colonialismo como una de las grandes vergüenzas de la historia.

Ahora bien, colonialismo no implica irrevocablemente genocidio sino, en cierta manera, algo totalmente contrario. En principio, al colonialista lo que interesa es sacar el máximo provecho de los recursos naturales, mediante la consiguiente explotación de la mano de obra nativa, sin interés especial en exterminarla. Y cuando esa mano de obra resulta insuficiente, por una u otra causa, se busca otra. Caso típico, el tráfico de esclavos de África a América. Las enfermedades introducidas por los europeos habían mermado considerablemente la población amerindia. Pero no tengo noticias de que en el siglo XVI haya habido Mengeles que les inocularan a los indios la viruela, por ejemplo, para exterminarlos. Las jornadas extenuantes a que estaban sometidos los mineros del Potosí boliviano, por ejemplo, se pueden calificar de crueles y despiadadas, pero no son propiamente un genocidio, en el sentido de cómo se estableció el concepto (voluntad de exterminio), como veremos enseguida.

Otro ejemplo, el «Estado Libre del Congo» de Leopoldo II. El rey de los belgas no estaba interesado en matar negros, sino en sacar el máximo provecho de su trabajo esclavo, para pagarse las francachelas. Asimilar explotación, colonial o no, a genocidio, nos llevaría a calificar también como tal el capitalismo llamado manchesteriano. ¿O es que vamos a ser más laxos al juzgar lo descrito por Engels que lo que denunciaba Bartolomé de las Casas? Que por cierto según «Nova Història» era también catalán y se llamaba Casaus. Sobre Engels, todavía no se han pronunciado.

El error se prolonga cuando se asocia exclusivamente la idea de colonialismo y sus víctimas a pueblos no europeos. Como ha demostrado más de un historiador, los primeros en experimentar las consecuencias de la aventura colonial fueron los europeos, digamos, periféricos.

Veamos el caso inglés. Roma somete a la población celta. Cuando el Imperio retira sus legiones, los anglosajones arrinconan a los celtas en los confines occidentales, Gales y Cornualles. Luego, después de Hastings, son los normandos los que feudalizan el país, desposeyendo a los sajones de sus derechos y propiedades. El sojuzgamiento del espacio celta prosigue en Irlanda.

En el este europeo, son los Caballeros Teutónicos los que colonizan, a costa de los pueblos bálticos y eslavos.

Podemos encontrar situaciones no muy diferentes en nuestro entorno inmediato. Por ejemplo, la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, con las «gestas» almogávares en Grecia o la conquista de Cerdeña (¿por qué fue necesario repoblar L’Alguer?). También la Reconquista, en sentido global, tema válido para todas las coronas ibéricas. Un ejemplo.

El 9 de octubre de 1238, Jaime I entraba en Valencia. En realidad la ciudad se había rendido el último día de setiembre. El retraso se debió a la necesidad de expulsar la población musulmana, a fin de distribuir sus hogares entre los conquistadores. ¿Fue mejor o peor la suerte de los musulmanes de las Baleares, muchos de ellos vendidos como esclavos? ¿No se asemeja más esto a lo que hoy llamamos genocidio, que hechos aludidos anteriormente? Será casualidad pero, hasta el momento, nunca he visto que en los círculos nacionalistas cunda el mismo nerviosismo cuando se acerca el citado 9 de octubre, o el 31 de diciembre (conquista de Mallorca), como ocurre en las vísperas del 12-O.

No creo que ningún historiador digno del calificativo acepte simplificar el fenómeno del colonialismo calificándolo de genocidio. Cuestión aparte son determinados hechos puntuales que pueden llegar a calificarse como tal, por características muy específicas. Es el caso de las situaciones de colonización unidas a la introducción de una población ajena, que exige «vaciar» previamente el espacio. Curiosamente, y volviendo al caso americano, los ejemplos más claros de dicho proceder se dieron más claramente después de que se hubiera obtenido la independencia. Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos. Pero hay otros que nos son culturalmente más cercanos. Por ejemplo, Argentina.

La ocupación de las tierras aborígenes del sur, con los consiguientes perjuicios para sus habitantes, comienza no mucho después de la independencia, de la mano de Juan Manuel de Rosas. Culmina con la llamada «campaña del desierto» de Julio A. Roca. En ambos casos el proceso se lleva a cabo en beneficio de las familias criollas, las llamadas «patricias», ya que les permite pasar a poseer enormes latifundios. Me gustaría saber si interpreta de igual manera la cuestión cierto «lobby» argentino establecido en Barcelona con, sospecho, unas más que probables raíces en el peronismo de izquierdas, dado que todo el justicialismo siempre ha sido ardientemente rosista.

Tampoco fue genocidio el idealizado sistema patriarcal de las reducciones jesuíticas, pero sí el exterminio de la etnia tupí-guaraní, especialmente en Brasil, cuando aquellas desaparecieron, cosa que tuvo lugar ya después de la independencia. En prácticamente todas las repúblicas sudamericanas se ha producido el mismo fenómeno: la «leyenda negra» de la colonización (ya de por si suficientemente negra) ha sido una construcción de un sector de la oligarquía criolla, los mismos que en muchos casos llevaron a cabo la política de expansión territorial para el asentamiento de los inmigrantes europeos y que, durante 200 años de independencia, han mantenido segregada a lo que quedaba de la población amerindia.

Se cuenta que Vicente Blasco Ibáñez, en una visita a un país sudamericano, tuvo que aguantar de un criollo una larga retahíla sobre las barbaridades que los conquistadores habían llevado a cabo. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente: «Eso lo debieron hacer sus antepasados, porque los míos se quedaron en España».

La expansión colonial en América, y luego África, fue sin lugar a dudas una vergüenza, como ya he dicho antes, pero probablemente también una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo y el atraso tecnológico de los pueblos nativos, en ambos continentes. Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente

Recordemos además que la idea de genocidio es relativamente nueva. Fue establecido por el jurista Raphael Lemkin, judío polaco emigrado a Estados Unidos, en 1944, con la siguiente definición: » La puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento» . La consecuencia es que se aplica el calificativo de forma retroactiva, a situaciones en un pasado más o menos lejano.

Durante el siglo XX ha habido bastantes casos que, desgraciadamente, se pueden calificar sin titubear como genocidio. La más evidente, por supuesto, es el exterminio nazi contra judíos y romaníes, o incluso homosexuales, aunque en este caso el apelativo de «grupo nacional» no sería aplicable, de tal manera que quizá la definición original resulte insuficiente. El otro gran genocidio en la misma centuria es el de los armenios y cristianos asirios, emprendido hace un siglo por los Jóvenes Turcos, eficazmente ayudados por la población kurda, muy idealizada por cierta izquierda. Y también tuvo visos genocidas la acción del ejército japonés en China en la década de 1930. Recuérdese la toma de Nankín.

Hace ya más de 50 años Hanna Arendt teorizó sobre la banalidad del mal. En el tema que se aborda, asistimos a una banalización terminológica muy peligrosa, ya que vacía de contenido los conceptos correspondientes. Cuando a un mero reaccionario se le califica de «fascista», se le está lavando la cara al fascismo, y lo mismo se hace con la Shoa, cuando se califica como genocidio algo que no lo es. Un análisis de los acontecimientos históricos implica documentarse en aras del máximo rigor conceptual, no ir por la vida de fetichista de fechas o hechos. Y en el caso concreto que aquí se trata, supone distinguir explotación, en sus diversos grados de crueldad y brutalidad, del puro fanatismo asesino.

No creo en la casualidad cuando veo que año tras año, cuando se acerca el 12-O, sea en Cataluña donde aparecen los elementos más radicales de ese sesgo demagógico con el que se juzga la colonización americana. Desengañémonos, en diversos ámbitos del nacionalismo catalán, el hecho de que la supuesta «lengua opresora» tenga la importancia que tiene, molesta en grado sumo. Cuando lo normal sería felicitarse de que los hablantes de una lengua minoritaria tengamos acceso, en nuestra condición de bilingües, a todas las ventajas que supone una de los pocos idiomas de carácter mundial. El terreno ha estado abonado por supuesto durante años por la historiografía nacionalista, reflejada convenientemente en el día a día. Sería interesante, por ejemplo, estudiar el fenómeno en la enseñanza, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales.

En realidad, es pura hipocresía. Cuando oigo determinadas voces que reclaman una escuela con solo catalán e inglés, me pregunto cuántos de nuestros industriales, incluidos los del «Cercle Català de Negocis», la patronal independentista, estarían dispuestos a renunciar a las ventajas que supone hablar castellano, para penetrar en el jugoso mercado latinoamericano. Quizá los que están fuera del juego. Al fin y al cabo, la inmersión no funciona en las escuelas de élite."                   (Rebelión, 08/10/21)