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16/4/24

Los desproporcionados costes de la austeridad... estamos observando un preocupante aumento de la retórica militar por parte de los líderes políticos mundiales... Para ello, resulta útil conocer qué es lo que generó las dos primeras Guerras Mundiales y establecer alguna similitud con la situación presente... existe un importante paralelismo entre la situación actual y la de los años 20 y 30... y es que ambos contextos surgen de un período de austeridad fiscal e ideología política neoliberal... El apoyo de los votantes a partidos extremistas se vincula a las consecuencias económicas de las políticas de austeridad, que provocan una caída del PIB, del empleo, de la inversión, y de los salarios... es la estrategia que se implementó durante el auge neoliberal (1990-2007) y la que se está intentando restablecer hoy. Por aquel entonces esta estrategia nos llevó a una crisis económica global de consecuencias catastróficas; y hoy nos ha colocado a las puertas de la tercera Guerra Mundial. Otra opción es un capitalismo social (como el del periodo 1945-1973) que sea capaz de gestionar el descontento de los perdedores desde su origen; creando un crecimiento inclusivo y sostenible que reduzca la necesidad y el deseo de autoritarismo en la sociedad civil

  "Actualmente, estamos observando un preocupante aumento de la retórica militar por parte de los líderes políticos mundiales. Esta escalada del discurso bélico, probablemente fruto del debilitamiento del sentido común político-militar que solía guiar las relaciones entre las superpotencias nucleares, podría desembocar en un conflicto nuclear. 

La mera posibilidad de una tercera Guerra Mundial es demasiado terrible y nos obliga a tomar medidas para prevenirla. Para ello, resulta útil conocer qué es lo que generó las dos primeras Guerras Mundiales y establecer alguna similitud con la situación presente. 

En una entrevista reciente (ver aquí), David Harvey nos recuerda que existe un importante paralelismo entre la situación actual y la de los años 20 y 30, y es que ambos contextos surgen de un período de austeridad fiscal e ideología política neoliberal. Un artículo recientemente publicado en la prestigiosa revista Review of Economics and Statistics (ver aquí) señala que la austeridad fiscal causa un aumento significativo del porcentaje de votos a los partidos extremistas. 

El apoyo de los votantes a partidos extremistas se vincula a las consecuencias económicas de las políticas de austeridad, que provocan una caída del PIB, del empleo, de la inversión, y de los salarios. Otro artículo importante, y un clásico en este tema, publicado en el Journal of Economic History (ver aquí), señala que en las cuatro elecciones alemanas entre 1930 y 1933 el partido Nazi tuvo más éxito electoral en las áreas más afectadas por la austeridad fiscal. 

La austeridad fiscal ha causado que hoy se estén dando situaciones de gran agitación política; y de tal agitación están saliendo reforzados políticos aparentemente anti establishment cuyas propuestas son eminentemente autoritarias. De este modo, tal y como indica la evidencia empírica y la historia, los efectos socioeconómicos de las políticas de austeridad refuerzan los marcos ideológicos de represión disciplinaria. Esta estructura ideológica de represión constituye una herramienta clave para el creciente autoritarismo que nos ha situado hoy, de nuevo, a las puertas de una guerra planetaria. 

La crisis financiera global y la Gran Recesión frenaron en seco el proceso de acumulación de deuda de los hogares en el que se basó el régimen de crecimiento económico del periodo 1990-2007, y crearon una crisis en el capitalismo global cuyos efectos siguen hoy presentes. La clave para la renovación institucional necesaria para abordar esta situación pasa por gestionar el descontento de los perdedores. Para ello existen, como mínimo, dos estrategias. Una de ellas es el neoliberalismo autoritario, que básicamente implica reconciliar a los hogares trabajadores con las realidades del mercado laboral neoliberal mediante la coacción, la distracción y la austeridad. 

Esta es la estrategia que se implementó durante el auge neoliberal (1990-2007) y la que se está intentando restablecer hoy. Por aquel entonces esta estrategia nos llevó a una crisis económica global de consecuencias catastróficas; y hoy nos ha colocado a las puertas de la tercera Guerra Mundial. Otra opción es un capitalismo social (como el del periodo 1945-1973) que sea capaz de gestionar el descontento de los perdedores desde su origen; creando un crecimiento inclusivo y sostenible que reduzca la necesidad y el deseo de autoritarismo en la sociedad civil."                     ( , Economistas frente a la crisis, 06/04/24)

27/10/23

El Estado no es la solución... Una repolitización de la lucha de clases y un creciente papel del Estado pueden significar un proceso de disciplinamiento autoritario. En muchos lugares, lo que podemos ver es que, ante la dificultad del Estado para integrar demandas, se producen procesos mixtos: se integran las demandas de algunos sectores, se reprimen o neutralizan las de otros. Experiencias tan disímiles como las de Turquía de Erdoğan, El Salvador de Bukele, la Rusia de Putin, la deriva autoritaria de la derecha republicana en USA (el «trumpismo») y los mecanismos de integración y represión políticos del régimen chino parecen orientarse en esa dirección común

"La teoría económica, incluso el marxismo, ha tendido a separar la política de la economía. Esto condujo a que sectores de la izquierda consideren al Estado capitalista como un ente «exterior», capaz de regular al capital a su antojo. Pero cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de las relaciones sociales, incluyendo el Estado. No se trata de determinismo económico sino de relaciones de fuerza entre clases.

Adrián Piva es especialista en el estudio de la relación entre modo de acumulación de capital y la dominación política, y uno de los marxistas latinoamericanos más interesantes de su generación. En esta entrevista, explica a Jacobin su comprensión de algunos de los puntos centrales del análisis marxista de la economía.

¿Qué debe entender un marxista por economía? ¿Cuál es el estatus de la economía como tal desde un punto de vista marxista?
 

AP: Esa es una pregunta difícil de responder. En principio, tendríamos que empezar diciendo que la distinción entre economía y política es relativamente reciente. Es decir, nace con el capitalismo; previamente, esta separación no existía ni en el pensamiento ni en los hechos: explotación y dominación coincidían, del mismo modo en que la dirección y vigilancia del proceso de trabajo son inseparables del proceso de explotación en la fábrica. Además, el aparato de dominio no estaba separado de la clase dominante. La propia clase dominante era la que ejercía el dominio político a través de aparatos, en ciertos casos con un alto grado de centralización.

Por lo tanto, la separación de economía y política aparece con la transición al capitalismo. Pero tenemos que agregar que esta separación es aparente, porque en realidad no hay explotación sin dominación. La unidad sigue estando presente como condición para la reproducción de las sociedades capitalistas. Esto no significa que sea una simple ilusión ideológica o una apariencia subjetiva, sino que es lo que los marxistas llamamos apariencia objetiva. Efectivamente, los fenómenos se presentan de esa manera y el hecho de que se presenten de esa manera tiene importancia para que la sociedad capitalista se reproduzca. Entonces, esta separación entre economía y política tiene esta doble dimensión: por un lado es aparente, hay una unidad de fondo —no habría explotación económica sin dominación política—; por otro lado, cierto grado de separación objetiva es una necesidad para la reproducción del sistema.

En ese sentido, podemos decir que el estatuto de la economía es ambiguo. Ni es una esfera separada como la consideran los economistas, que piensan que puede tratarse como un área particular, con sus propias leyes (leyes además semejantes a las ciencias naturales, etcétera), ni tampoco podemos decir que carece de importancia analizar aspectos específicamente económicos, que no existen dimensiones específicamente económicas, aunque solo es posible comprenderlas en su relación con las dimensiones específicamente políticas.

Un fenómeno como la inflación es interesante para observar esto. Por un lado, pueden verse en la inflación aspectos específicamente económicos, que tienen que ver con fenómenos monetarios, la productividad de la economía, etcétera. Pero, por otro lado, el hecho de que ciertos procesos se desarrollen o no de manera inflacionaria depende en gran medida de aspectos que llamaríamos propiamente políticos: la relación de fuerzas entre las clases, la manera en que se expresa en el Estado, cómo el Estado da forma a las relaciones de dominación…

Hay un debate histórico sobre si el marxismo es un economicismo. Me interesa tu opinión sobre una forma específica del economicismo, que es la lectura que postula al capital como una relación social que totaliza al conjunto de la sociedad y, por lo tanto, como un sujeto que se autodesenvuelve automáticamente.

AP: Hay una larga tradición en el marxismo que entiende el capital como una relación social que es totalizante en el sentido de que abarca todos los aspectos de la vida social, donde no hay (este es ya un primer debate) ninguna esfera de la vida social que no pueda ser explicada por la teoría del capital. Pensemos en las relaciones de opresión de género. ¿Pueden reducirse a la relación capitalista? Bueno, yo creo que no. Creo, por ejemplo, que el psicoanálisis es efectivamente necesario para entender alguno de esos fenómenos (y que, a su vez, el objeto del psicoanálisis no puede ser reducido completamente a la relación de capital).

Por otro lado, existe también la noción, en la mayoría de los casos asociada a la anterior, de que el capital es un sujeto que se autodesarrolla, se autodesenvuelve. Esta noción encuentra fundamento en la propia apariencia de la relación de capital. La relación de capital se presenta como una relación objetiva, que se autodesarrolla, cuyo desarrollo no tiene límites, o bien, si los tiene, se trata de límites internos, límites que aparecen como resultado de un desarrollo objetivo en el que no es clara la intervención de los seres humanos como sujetos.

Yo no soy afín a ese tipo de lecturas de Marx, aunque hay algunas de ellas que tienen planteos interesantes, como la de Moishe Postone. Pero, todas esas perspectivas se aproximan al capital con la idea de que tiene una lógica, y esa lógica es entendida como un movimiento o proceso que se abstrae de los accidentes, de la contingencia histórica, en el que las relaciones entre los distintos fenómenos son relaciones lógicamente necesarias. Yo, por el contrario, creo que la historia de la relación de Marx con el idealismo alemán, en particular con Hegel, es la de un creciente distanciamiento de una concepción de la historia como movimiento lógicamente necesario.

Marx a lo largo de su obra da cada vez más espacio a la contingencia como clave para entender el desarrollo histórico. Las contradicciones, que son las que explican el movimiento histórico, para Marx son contradicciones históricas que tienen soluciones históricas, contingentes, y por tanto el propio desarrollo del capital está atravesado por esa contingencia, no puede entenderse como el desarrollo de una lógica objetiva. En ese sentido, las relaciones de fuerza, los conflictos sociales, la lucha de clases son elementos centrales para entender las formas históricas que asume el capital y cómo se desarrolla en el tiempo.

¿Cuáles son las principales diferencias entre el marxismo y las escuelas económicas «heterodoxas», especialmente las que provienen del keynesianismo?
AP: En primer lugar, una aclaración: hay que distinguir, por un lado, entre el keynesianismo y las corrientes poskeynesianas, sobre todo de los años sesenta y setenta, (e incluso de los cincuenta), y, por otro lado, la llamada síntesis neoclásico – keynesiana (mainstream en la segunda posguerra) y los contemporáneos neokeynesianos (algo así como el keynesianismo después del neoliberalismo). Las teorías keynesianas y poskeynesianas han hecho aportes interesantes a la comprensión del funcionamiento del capitalismo; y el marxismo, en ese sentido, tiene una relación con esos enfoques, como la que ha tenido con la economía política clásica en sus orígenes, en el sentido de que su crítica permite recuperar y transformar esos aportes para integrarlos en una teoría marxista del capital.

Dicho esto, el agrupamiento del marxismo junto con las corrientes keynesianas y poskeynesianas dentro de ese gran paraguas que se denomina «heterodoxia» está bastante vinculado a la etapa que se inicia con el predominio del neoliberalismo. Y con cierta tendencia, sobre todo en algunos sectores de la izquierda, a identificar al neoliberalismo como enemigo principal. En un modo no siempre explícito, se construyó una especie de «frente único» entre keynesianos y marxistas contra el neoliberalismo. Yo creo que ahí hay un problema de fondo, que tiene que ver con la manera en que se comprendió al neoliberalismo y con la forma en que se comprende al Estado. En líneas generales, la tendencia fue asumir que el Estado era capaz de regular la economía en un sentido favorable a los trabajadores y que, en ese punto, había confluencia en torno a dos aspectos: una crítica teórica de la economía neoclásica y de las corrientes neoliberales en particular, por una parte, y la defensa del Estado de bienestar en los países europeos, la defensa de determinados aspectos de los Estados nacional-populares o populistas en América Latina, la defensa de cierta intervención del Estado, en definitiva, por otra.

El problema no es tanto que pueda haber una confluencia política o práctica en la oposición a determinada privatización, en la defensa de determinado derecho laboral o en la demanda de la intervención del Estado en algún punto especifico, lo que es una práctica habitual de la lucha social, tanto en el terreno sindical como el terreno político. El problema está cuando empieza a asumirse que efectivamente el Estado, de alguna manera, es un tercero que puede arbitrar, que puede regular la acumulación desde fuera, e impedir que o bien las crisis se desarrollen o bien que sus efectos se descarguen sobre la vida de la clase trabajadora.

Esto se conecta con lo que decía antes, el hecho de que Estado y capital están solo en apariencia separados, pero, tras esa apariencia, hay unidad entre ambos. El capital no es una relación social puramente económica, el Estado es uno de los modos en que la sociedad capitalista se desenvuelve, se desarrolla, se reproduce. El Estado es parte del problema, no de la solución. Cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de esas relaciones sociales; entra en crisis lo que llamamos «la economía» y entra en crisis también lo que llamamos «la política».

Por otro lado, la intervención del Estado tiene límites. La separación entre economía y política se origina en el hecho de que la relación de capital tiene ciertas características que hacen que la regulación estatal de las relaciones económicas no pueda desarrollarse más allá de cierto punto sin poner en crisis esa misma relación. ¿Por qué? Porque esas relaciones están articuladas a través del mercado. Y esto no es ficción, es una realidad. Capitalista y trabajadores se vinculan a través de la compra y venta de mercancías: compra – venta de la fuerza de trabajo, compra – venta de bienes de consumo, compra – venta de medios de producción, etcétera. El conjunto de las relaciones sociales está mediado, articulado, por relaciones de mercado. El Estado, entonces, tiene límites reales para la intervención; si la intervención del Estado disuelve la separación entre economía y política, que es la condición de funcionamiento del mercado, pone en crisis la forma en que se articulan las relaciones sociales.

Un ejemplo clásico de esto es el problema de la regulación de los precios. Ciertas corrientes heterodoxas (aunque no Keynes, por cierto) parecen pensar que el Estado podría regular los precios de manera casi ilimitada. Esto no es así. Más allá de cierto punto se producen fenómenos de escasez, aparecen «mercados negros» y procesos de desinversión, etcétera. Entonces, emergen concretamente los límites del Estado para regular la economía y, más en general, los límites que tiene para intervenir de manera favorable a los trabajadores. En cierto punto, los gobiernos y el personal del Estado, sienten la necesidad de dar solución a los problemas que creó su propia intervención, porque afectan a la reproducción del aparato estatal: si la economía entra en crisis, el Estado no tiene recursos, pierde capacidades, etcétera.

Por lo tanto, la diferencia de fondo con la heterodoxia, creo yo, gira en torno a la naturaleza y el rol del Estado. En el keynesianismo, en el poskeynesianismo y en otras corrientes heterodoxas existe la idea de que el Estado es un tercero que puede regular la acumulación de manera que las crisis desaparezcan, o de que la intervención del Estado puede hacer compatible el desarrollo capitalista con una tendencia permanente a la mejora de la vida de los trabajadores. Estas nociones, desde el punto de vista marxista, son utópicas. Existe un límite objetivo a esas intervenciones: en algún momento la crisis se precipita y afecta al propio Estado; por ello, las mejoras en la vida de los trabajadores están siempre amenazadas, son precarias. Las épocas de retroceso, como pasó en toda la fase neoliberal, ponen de manifiesto esos límites: detrás del neoliberalismo está la crisis del keynesianismo.

¿Hay una teoría marxista de la crisis? ¿En qué consiste? Y, más en particular, ¿no hay una tendencia del marxismo a enfatizar unilateralmente el papel disruptivo de la dominación de la crisis capitalista, subestimando su posible carácter disciplinante?

AP: Como lo demuestran la teoría del Estado, la teoría de las ideologías, la teoría de las clases, etcétera., el marxismo está en construcción. No podemos pensar que la teoría marxista es una teoría ya terminada. La construcción de varias ortodoxias y, en particular, la transformación del marxismo en ideología de Estado en los «socialismos reales», han hecho difícil el desarrollo de la teoría. Pero la derrota catastrófica de las estrategias revolucionaria y reformista de la clase obrera desde los setenta, ambas ligadas al marxismo, han producido crisis y dispersión. De hecho, en muchos aspectos vemos que todavía nos encontramos en el lugar donde Marx dejó las cosas. Si bien hay muchos avances teóricos, son avances heterogéneos, fragmentarios, con bajo grado de integración. A lo que hay que agregar la marginalización de nuestro pensamiento en ámbitos intelectuales y académicos, acompañada de desconocimiento y caricaturización.

Sin embargo, las teorías marxistas de la crisis tuvieron mucho más desarrollo que otros temas. Lo que dejó Marx son apenas esbozos, en distintas partes de los Grundrisse y El capital, interpretables de modos muy diversos. El gran debate teórico sobre las crisis se inicia después de la muerte de Marx e incluso de Engels. En el marxismo clásico podemos encontrar explicaciones multicausales e incluso eclécticas, pero en todas ellas están presentes elementos de una teoría que explica la crisis por el subconsumo o insuficiencia de la demanda. Este enfoque ha seguido muy presente en el marxismo. También desde los primeros debates encontramos a quienes explican las crisis como producto de la tendencia a la sobreproducción; en estos casos el énfasis de la explicación está puesto en la anarquía de la producción capitalista. Las explicaciones por sobreproducción han ganado terreno entre los marxistas en las últimas décadas. Desde los años 1930 hasta la actualidad ha tenido mucha difusión la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, aunque en las últimas décadas muchos marxistas la han abandonado. Y después están las teorías más recientes, sobre el carácter financiarizado de las relaciones capitalistas en los últimos cuarenta años.

Ante tal variedad, no podemos hablar de «una» teoría sino de diversas teorías marxistas de la crisis. Pero lo que sí me parece importante destacar, como un rasgo compartido por la mayoría de esos enfoques, es el énfasis en la producción y en la tendencia al desequilibrio del proceso de acumulación de capital que creo que es un punto de partida muy importante para entender la cuestión. En el centro del análisis marxista de la producción capitalista está la tendencia a la acumulación de capital; dicha tendencia impulsa a aumentar continuamente la producción y esto es lo que genera desequilibrios y finalmente conduce a fenómenos de crisis. Marx en los Grundrisse insiste mucho en este punto frente a la economía vulgar (hoy la neoclásica) pero también frente a la economía política clásica (y hoy diríamos también la heterodoxia). Marx señala una y otra vez que el problema central de la economía es que en el fondo siempre entiende la producción capitalista como producción para el consumo y al intercambio como intercambio mercantil simple. Más allá de los mecanismos específicos que conducen a las crisis (esto es lo que discuten, a fin de cuentas, las diversas teorías) el énfasis en la acumulación permanente —y el hecho de que esta acumulación tiene un límite, que conduce finalmente a la crisis— me parece el rasgo más valioso de las teorías marxistas de la crisis. Ante ciertas corrientes del marxismo, que en los últimos cuarenta o cincuenta años han puesto cada vez más énfasis en fenómenos de carácter financiero, creo que hay que volver a centrarnos en la producción.

Ahora bien, en lo que refiere al énfasis que la izquierda en general ha hecho en la crisis como momento de desestructuración de la dominación y, por lo tanto, como oportunidad política, creo que ha habido una subestimación del carácter disciplinante de la crisis. La crisis general – de eso hablamos – es una crisis de reproducción de la sociedad, es decir, un proceso de disolución de la sociedad, más o menos agudo según la crisis sea más o menos profunda. Puede ser catastrófico o puede desarrollarse gradualmente en el tiempo pero, como sea, se trata de procesos de crisis de reproducción de la sociedad, de disolución de los lazos sociales, que afectan a todos los sectores sociales. Y a medida que la crisis se profundiza, se agrava, se prolonga en el tiempo, afecta mucho a la clase trabajadora y a los sectores populares.

Ese efecto disciplinante es muy importante sobre todo en períodos de crisis de alternativa política. Porque ante la ausencia de alternativa política, la clase trabajadora, si está movilizada y organizada, solo puede tener cierta capacidad de bloqueo. Y el éxito en el bloqueo a la ofensiva capitalista lo que tiende a provocar es una prolongación en el tiempo de la crisis y, en algún momento, inevitablemente, su profundización. Entonces es ahí donde el efecto disciplinante juega un papel importante.

En ese sentido, no creo que sea casual que este papel disciplinante apareciera como un problema en la Europa de los años 1920 y los 1930, pasada la primera oleada revolucionaria tras la Revolución de Octubre y un contexto de reflujo y derrota de la revolución en Europa. En ese momento, la revolución dejó de ser vista como inmediatamente posible; creció la demanda de orden y empezó a hacer mella en los propios trabajadores. Lo mismo pasó en Argentina durante la hiperinflación: un fenómeno muy agudo de disolución de lazos sociales que generó una demanda de orden y de estabilidad en todos los grupos sociales. Y lo mismo podría pasar con fenómenos como el que vivimos actualmente en Argentina, con una prolongación indefinida de la crisis.

Ahora bien, también es cierto que, en tanto la crisis no está resuelta, el juego está abierto. Por lo tanto, es verdad que es una oportunidad política y que el futuro se juega también en los modos en que la clase trabajadora y los sectores populares se organizan y responden. Pero la estrategia a seguir no puede basarse en la idea de que la profundización de la crisis vuelve más probable procesos de radicalización popular, porque ese es solo uno de los cursos posibles.

¿Qué pensás del debate en torno a que asistimos al final del ciclo neoliberal del capitalismo?

 AP : En principio hay que definir qué fue el neoliberalismo. Podemos decir que fue dos cosas: primero, una estrategia de ofensiva del capital contra el trabajo que se desarrolla tras la crisis del capitalismo de posguerra, una respuesta a la crisis de acumulación global y a la crisis del Estado keynesiano en USA, de los Estados de bienestar keynesianos de Europa, de los Estados populistas de América Latina y también de los «socialismos reales».

El neoliberalismo dio unidad y coherencia a una ofensiva que ya se había iniciado molecularmente: los procesos de deslocalización de capitales del centro a la periferia son parte de esa respuesta que comenzó entre fines de los sesenta y mediados de los setenta y que dieron inicio al proceso de internacionalización de la producción.

La especificidad de la estrategia de ofensiva neoliberal fue el uso de la coerción del mercado como medio de disciplinamiento. Esto no quiere decir que haya estado ausente la violencia o que no haya jugado un papel fundamental. Las dictaduras militares de los setenta en América Latina son una evidencia elocuente. Pero la violencia es un rasgo siempre presente en las estrategias de ofensiva del capital, no es una especificidad histórica. El uso de la violencia estatal es un rasgo inherente a cualquier ofensiva capitalista, nunca va a estar ausente.

El problema es, entonces, ¿qué fue lo específico de la ofensiva neoliberal? Y es que la violencia estatal estuvo orientada a transformar las relaciones entre Estado y acumulación de modo que se convirtió al mercado en un medio de disciplinamiento, de desorganización de la clase obrera y de individualización de los comportamientos sociales. Se podría objetar que la coerción mercantil también es un elemento siempre presente en el capitalismo, pero esa coerción que estructura la relación de explotación capitalista se define, justamente, por su carácter económico, no político, como un aspecto esencial de la separación entre explotación y dominación que mencionábamos antes. En el neoliberalismo la coerción del mercado se transforma en un arma política. La segunda dimensión del neoliberalismo, por lo tanto, es como modo de dominación política. Porque lo que vemos desde fines de los años 1980 (en algunos casos, desde principios de los años 1980) es la estabilización del neoliberalismo como modo duradero de dominación. Sobre la base de un proceso de internacionalización en marcha – y al que, a su vez, dio impulso – la combinación de apertura comercial y financiera, desregulación de los mercados y políticas monetarias restrictivas transformó la coerción mercantil en un mecanismo duradero de dominación sobre masas desmovilizadas e individualizadas.

Sin embargo, ya desde la segunda mitad de los años noventa se empezaron a ver los límites de esa estructura de dominación y se desarrollaron una serie de crisis en la periferia: en el sudeste asiático en 1997, la crisis rusa de 1998, en el 2001 la crisis en Argentina y también la crisis turca… En fin, una serie de fenómenos puso de manifiesto que el mecanismo de dominación neoliberal se empezaba a agrietar. El mecanismo de coerción mercantil resultaba ineficaz como mecanismo de dominio y se desarrollaban procesos de movilización popular. En ese contexto, en algunas regiones de la periferia se desarrollaron ensayos posneoliberales. Es lo que ocurrió en gran parte de Sudamérica.

Una de las condiciones para que el neoliberalismo funcione es que el mercado sea eficaz para sostener la desmovilización. En la medida en que se producen procesos de movilización y los mecanismos de coerción mercantil empiezan a fracasar, podemos decir que comienza la crisis del neoliberalismo. Tras la crisis mundial de 2008, la crisis de estos mecanismos se demostró cada vez más global.

La principal evidencia de esta crisis es la ruptura de la restricción monetaria. La restricción monetaria es un mecanismo esencial del neoliberalismo. Elmar Altvater, en un viejo artículo, decía que la política monetaria era la trinchera de la ofensiva neoliberal contra la clase trabajadora. No se trata simplemente de limitar la emisión como política antiinflacionaria. Se trata del uso político, disciplinante, de la moneda. Es un límite a la expansión monetaria y fiscal como respuesta a la presión de las demandas populares. ¿Qué significa, entonces, el fin de la restricción monetaria? Que de alguna manera los procesos de movilización obligan al Estado a relajar esa restricción. La emisión de moneda es una respuesta a demandas que comienzan a emerger y que no se pueden simplemente reprimir (no hablamos solo del ejercicio de la violencia material sino, sobre todo, de la coerción del mercado).

Esto me parece muy claro en Estados Unidos después de la crisis mundial del 2008. Las llamadas políticas de «flexibilización cuantitativa», al comienzo, fueron una repuesta a la crisis financiera, un mecanismo para transferir dinero a los bancos y otras entidades financieras en un contexto de falta de liquidez. Pero llegaron para quedarse, y se transformaron en un mecanismo más o menos permanente hasta el alza reciente de los índices de inflación. Los sucesivos gobiernos (el final de la administración Bush, Obama, Trump y el propio Biden) no pueden escapar del aumento de gastos, el déficit fiscal y la expansión monetaria. Los intentos de volver al corset monetario neoliberal no tienen viabilidad política.

Pero si volvemos la vista al resto del mundo podemos ver, como decíamos antes, que desde fines de los noventa y agudamente desde 2008 la crisis del neoliberalismo es un fenómeno global. En el caso de Rusia y su zona de influencia, particularmente el Cáucaso y el Asia central, después de la crisis de 1998 comienza un proceso de salida del neoliberalismo. En todas esas economías se observa un rol creciente del Estado y una reversión parcial de las reformas neoliberales tras la disolución de la URSS. A eso hay que agregarle el crecimiento global de la economía china. Si bien China inicia su crecimiento con la transición al capitalismo desde fines de la década de los setenta, hasta fines de los años noventa la economía china no era un actor tan relevante. Pero desde principios de los 2000 China aumentó notablemente su peso económico global. Y China es un país que nunca llevó adelante políticas neoliberales en el sentido que las hemos conocido en gran parte del mundo desde los ochenta. Podríamos seguir agregando casos: el caso japonés desde los años noventa que, ante el inicio de un largo estancamiento, giró hacia políticas de aumento del gasto público e inversión en infraestructura.

Entonces, en mi opinión, existe un conjunto de elementos que muestran claramente una crisis del neoliberalismo y la tendencia a su abandono, sobre todo a partir de 2008. La Unión Europea ha sido una excepción parcial. En particular en la zona Euro la restricción monetaria y fiscal juega un papel político relevante por la modalidad de integración regional. La integración monetaria en un contexto en que los Estados nacionales retienen decisiones importantes en el terreno fiscal otorga a la disciplina monetaria impuesta por el BCE un papel central. Pero también allí hay elementos de agrietamiento del mecanismo de coerción de mercado. Desde 2008 crecieron las presiones por el relajamiento de la restricción monetaria y las crisis de gobierno se han vuelto recurrentes en muchos de los países europeos. En ese contexto, creció la oposición a la Unión Europea. En fin, existen una serie de elementos tanto en la Zona Euro como en la Unión Europea en general que plantean, si bien no una salida del neoliberalismo, sí una crisis en ciernes, e incluso cierta tendencia del Banco Central Europeo a relajar la restricción monetaria.

Ahora bien, que el neoliberalismo esté en crisis no quiere decir que no haya intentos de restauración neoliberal. En América Latina los hemos visto recientemente. Es el caso del macrismo en Argentina, que fue un intento de restauración neoliberal fallido. También podemos citar el caso brasileño, y la experiencia de Bolsonaro no se puede considerar tampoco exitosa.

Sin embargo, que el neoliberalismo esté en crisis a nivel mundial y que los intentos de restauración neoliberal en la región hayan fracasado no quiere decir que haya un proceso de mejora en la situación de las clases populares. La crisis del neoliberalismo es un aspecto de una crisis global que atraviesa el capitalismo desde 2008. Y el capitalismo no termina de encontrar respuesta. Se enmarca en un proceso de transformación muy profundo del capitalismo desde mediados de los setenta, una transformación como no veíamos desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Y en ese proceso de crisis y de transformación profunda del capitalismo, las presiones por llevar adelante una ofensiva sobre la clase trabajadora son muy fuertes en todo el mundo. La emergencia de las nuevas derechas es un aspecto de este proceso. Sobre todo, frente a la ausencia de alternativas anticapitalistas, por lo menos en lo inmediato. Por lo tanto, la crisis del neoliberalismo no significa que estemos ante la inminencia de un giro progresista a nivel mundial. La crisis del neoliberalismo es el terreno de una disputa: hay intentos de restauración neoliberal, hay ensayos posneoliberales de izquierda o populistas como ocurrió en América Latina, y también hay nuevos fenómenos de derecha posneoliberal, que son cada vez más amenazantes.

En este sentido, yo creo que la difusión del término «neoliberalismo autoritario» ha tendido a inflar el concepto de neoliberalismo hasta volverlo inútil para entender lo que está ocurriendo. Porque autoritario, en mi opinión, tiende a dar cuenta de lo que empieza a ser el rasgo más claro de la respuesta a la crisis del neoliberalismo: una cierta repolitización de la lucha de clases. Es decir, si el neoliberalismo se caracterizó por un predominio de la coerción mercantil como mecanismo de disciplina, cuando el mercado empieza a fallar y la dominación se agrieta aparece como respuesta cierta repolitización de la lucha de clases. Crece el papel del Estado en ese disciplinamiento. Me parece que el adjetivo «autoritario» que se agrega a neoliberalismo trata de captar esto.

Si me preguntás cuales son los rasgos de ese posneoliberalismo emergente, sinceramente no sé, porque estamos en un proceso de transformación y los bordes no se ven claros todavía, las tendencias no son tan claras. Pero un elemento que sí me parece persistente es esta repolitización autoritaria de la lucha de clases. Pero esa repolitización no es necesariamente progresiva, y eso nos devuelve al principio, cuando hablábamos de las diferencias con el keynesianismo, sobre si un mayor papel del Estado es siempre favorable a las clases populares. Si fuera el caso, una repolitización de la lucha de clases sería una buena noticia. Pero no necesariamente es así.

Una repolitización de la lucha de clases y un creciente papel del Estado pueden significar un proceso de disciplinamiento autoritario. En muchos lugares, lo que podemos ver es que, ante la dificultad del Estado para integrar demandas, se producen procesos mixtos: se integran las demandas de algunos sectores, se reprimen o neutralizan las de otros. Experiencias tan disímiles como las de Turquía de Erdoğan, El Salvador de Bukele, la Rusia de Putin, la deriva autoritaria de la derecha republicana en USA (el «trumpismo») y los mecanismos de integración y represión políticos del régimen chino parecen orientarse en esa dirección común. Incluso, tras el fracaso de la restauración neoliberal, el «bolsonarismo» en su etapa final en el gobierno y en su debut como oposición parece dirigirse hacia allí. En algunos casos estas tendencias se desarrollan en los marcos de la democracia formal, aunque tensionando sus límites, en otros en el marco de regímenes autoritarios.

Los fenómenos de crisis o al menos de puesta en discusión de los mecanismos de representación también son parte de estos cambios que están ocurriendo. Se pone de manifiesto en las disputas sobre los resultados electorales (EE. UU.), las luchas en torno a los mecanismos de elección popular y los cambios en los distritos electorales (Venezuela), la crisis de los gobiernos y la formación de mayorías parlamentarias (Unión Europea), etcétera, que la democracia tiene algo de ficción, que la construcción de una voluntad mayoritaria implica la definición de cómo se construye esa mayoría.

Ahora bien, el cuestionamiento a los mecanismos de representación no es del mismo tipo que a fines de los noventa y principios de los dos mil cuando, por ejemplo en Sudamérica, la crisis de representación tenía un elemento progresivo, en el sentido de que lo que se reivindicaba era la autoorganización popular, la acción directa de las masas, etcétera. Por el contrario, hoy aparece como un cuestionamiento a la democracia. Entonces, yo hoy no le veo un carácter tan progresivo a la crisis de los mecanismos de representación, por lo menos en lo inmediato… Desde la izquierda tenemos mucho para decir en relación a eso, pero lo cierto es que hoy esos cuestionamientos aparecen como parte de aquellos elementos de repolitización autoritaria de lucha de clases, como intentos de desconocimiento de las mayorías populares, seas cuales sean las formas de su construcción, intentos de exclusión de sectores populares que se movilizan y cuyas demandas no se pueden integrar, etcétera. Hablo de indicios, de tendencias incipientes, no necesariamente tiene que desarrollarse ese sendero. Lo central, en todo caso, en mi opinión, es que la repolitización autoritaria de la lucha de clases es un elemento común de estas formas posneoliberales. Incluso en aquellos gobiernos que intentan llevar adelante, por lo menos en sus intenciones explícitas o en sus discursos, salidas progresistas o de izquierda: veamos sino la deriva venezolana o lo que está ocurriendo en Nicaragua, incluso – en un grado muy diferente y como manifestación de la combinación de potencia popular y disciplinamiento estatal – el papel de control de la movilización y la organización populares ligado a la expansión del gasto social, como sucede actualmente en Argentina y aprovechó muy bien el macrismo. Esto no es nuevo, conocemos de sobra ese costado autoritario de los Estados de bienestar de posguerra, a pesar de su embellecimiento posterior por algunos sectores de la izquierda.

¿Cómo entiende el marxismo la inflación? Y, más concretamente, ¿cuál es tu opinión sobre el retorno de la inflación como una problemática global? 

AP :Primero, sobre el aspecto más conceptual de la inflación: antes decíamos que había una diversidad de teorías marxistas de la crisis, y con la inflación pasa algo parecido, porque el problema de la inflación está ligado a ciertas perspectivas marxistas sobre la acumulación, el dinero, etcétera.

En primer lugar, hay una diferencia importante con la heterodoxia, en particular con los keynesianismos. Lo digo en plural porque es muy difícil atribuir a Keynes ciertas afirmaciones: si hay algo que Keynes jamás ha dicho —y tenía razón— es que se pueda emitir indefinidamente. Keynes decía que mientras hubiera niveles altos de desempleo podía emitirse sin que esto generara inflación o, por lo menos, no una alta inflación; pero que mas allá de cierto punto empezaba a aparecer lo que llamaba la «verdadera inflación». Es decir, la emisión descontrolada no podía ser la respuesta a los problemas económicos. Keynes nunca dijo esto.

Pero en las últimas décadas han aparecido reinterpretaciones del keynesianismo y del poskeynesianismo que han negado cualquier vínculo entre emisión monetaria e inflación y que han tendido a aseverar que es posible emitir dinero siempre sin que esto genere inflación.

Afirmar que existe un «lado monetario» de la inflación no es lo mismo que decir, como dicen los neoclásicos, que la inflación es puramente de origen monetario y que la emisión monetaria per se genera inflación. Esto evidentemente también es falso. Nunca se ha podido demostrar una correlación entre la emisión monetaria y la inflación como la que pretenden los neoclásicos, no existe tal cosa.

Los neoclásicos sostienen que el dinero es exógeno, es decir, que la determinación de la cantidad de dinero es básicamente una decisión política. Un aspecto valioso de las perspectivas poskeynesianas (los poskeynesianos tienen un punto a favor en esto respecto de Keynes), es que han enfatizado que el dinero es endógeno. Afirman que la cantidad de dinero depende, básicamente, de la demanda de dinero que genera la propia economía.

Ahora bien, en las últimas décadas entre los poskeynesianos surgió una corriente —que tiene su mayor expresión en la llamada Teoría Monetaria Moderna— que, simplificando, plantea que podríamos aumentar siempre la cantidad de moneda sin efectos inflacionarios porque eso provocaría un aumento de la demanda, ese aumento de la demanda generaría una expectativa de mayor ganancia y, por lo tanto, un aumento de la inversión. Entonces siempre tendríamos niveles de inflación bajos, no se desataría un proceso inflacionario.

Para los marxistas esto no es así y, en general, aceptamos que existe un lado monetario de la inflación. Las explicaciones que dan los keynesianos y la mayoría de los poskeynesianos de los fenómenos económicos, en última instancia, son subjetivas, dependen de la psicología de las personas, de lo que esperan, de las expectativas que se forman. Para los marxistas existen determinaciones materiales, objetivas, de la acumulación de capital y de su tendencia a las crisis. La inversión depende, en lo esencial, de la tasa de ganancia y que la tasa de ganancia sea más alta o más baja no depende de expectativas. La inversión depende también de ciertas condiciones sociales, por ejemplo, será baja si existen problemas de dominación política que hagan que el marco de la inversión sea inestable. En tales condiciones — baja tasa de ganancia, problemas de dominación política, etcétera—, por más que se emita moneda e incluso que esto se traduzca en aumentos de la demanda, es altamente probable que la inversión no aumente o no aumente lo suficiente. Esto genera desajustes que terminan produciendo inflación. En particular, el financiamiento permanente del déficit fiscal por la vía de la emisión monetaria en condiciones de baja inversión puede generar fenómenos inflacionarios.

En segundo lugar, la inflación expresa ciertas relaciones de fuerzas. Antes yo hablaba de la restricción monetaria: si la respuesta frente a ciertas demandas es la restricción monetaria, lo más probable es que todo un conjunto de fenómenos económicos que comúnmente asociamos con la inflación – el ejemplo más usual, los aumentos de salarios – no se expresen de manera inflacionaria, que incluso las crisis den lugar a una dinámica deflacionaria, como pasó en Argentina en los años noventa.

Ahora bien, la ruptura de la restricción monetaria no es el simple producto de una decisión política, como sostienen los neoclásicos, tiene que ver con cierta incapacidad política para sostenerla. En muchos casos, lo que sucede es que la propia movilización de los trabajadores genera un relajamiento de la emisión monetaria, es decir, que se responda a esas demandas aumentando el gasto, emitiendo moneda, etcétera., en condiciones en que la inversión, por razones objetivas, no aumenta o no lo hace lo suficiente. De esa manera se valida el aumento de gastos, se valida el aumento de los ingresos populares, etcétera. En esas condiciones de ruptura de la restricción monetaria pueden aparecer, entonces, fenómenos inflacionarios.

Pero veamos ahora cómo opera esto concretamente para entender lo que pasó en los últimos años a nivel mundial y por qué tenemos fenómenos de inflación a nivel global.

Primero, independientemente de algunas de las cuestiones que estuvimos planteando, tenemos factores que impulsan el aumento de los precios por el lado de los costos de producción. Efectivamente, aumenta el precio de la energía producto de la guerra de Rusia contra Ucrania, y esto impacta en el costo de producción de las mercancías. Tenemos, además, problemas de suministro que se originaron con la pandemia. La internacionalización capitalista hizo de la producción un proceso global, lo que vuelve muy dependiente la cadena de suministros de ciertas condiciones de la circulación de mercancías a nivel mundial. La pandemia alteró estas condiciones de circulación y generó cuellos de botella en el suministro de determinadas materias primas, insumos, etcétera, que crearon presiones inflacionarias.

Todo esto ha jugado un papel en el aumento de precios de los últimos años, pero lo llamativo es cómo distintos fenómenos se expresan últimamente de manera inflacionaria después de 40 años de baja inflación. Incluso la inflación núcleo en Estados Unidos, sacando energía y alimentos, es históricamente alta. Creo, entonces, que es posible adjudicar los aumentos generalizados de precios de los últimos años a nivel global, y cierta tendencia a que fenómenos muy diversos se expresen de manera inflacionaria, al relajamiento de la restricción monetaria que identificamos como uno de los indicadores de la crisis del neoliberalismo. Allí donde aparecen obstáculos, restricciones, a la inversión, al aumento de la oferta, pueden desarrollarse tendencias inflacionarias. Yo creo que es una combinación de factores coyunturales (pandemia, guerra de Ucrania) y de transformaciones en la estructura de dominación lo que explica el retorno de la inflación.

¿Y cómo explicás la prácticamente crónica inflación en Argentina? 

AP: En Argentina tenemos una larga historia de inflación. En todo caso, en Argentina podemos decir que lo que sucede en estos momentos es que se agudizan tendencias que son locales. La aceleración de la inflación el último año obedece también en parte a estos problemas globales. Pero tenemos un problema de inflación profundo en el país. Pensemos que estamos hablando, aproximadamente, de un 10% de inflación anual en Europa… en Argentina esa cifra alcanza el 100 % anual. Entonces, efectivamente hay un problema más profundo y de larga data. Pero acá no me quiero ir tan atrás; quisiera limitarme a lo que pasa desde 2002 en adelante, desde la salida del plan de convertibilidad hasta hoy.

En el plano más general, existe un elemento que ha señalado el estructuralismo económico latinoamericano, en particular en Argentina, que creo que es correcto: la tendencia a la restricción externa al crecimiento. El hecho de que cuando la economía argentina crece tienden a aparecer problemas en el sector externo. Básicamente, faltan dólares porque salen más dólares de los que entran, por diversos motivos. El primero, el más profundo, tiene que ver con las importaciones que se generan por la propia producción; la industria argentina es una industria deficitaria que importa más de lo que exporta. Muchos de estos sectores orientan la producción hacia el mercado interno y otros, aunque exportan, no compensan lo que importan. Hay algunos sectores industriales que son netamente exportadores, que son superavitarios. Son los sectores que industrializan recursos naturales y otros de manufactura de origen industrial de bajo valor agregado. Pero, en líneas generales, se trata de una estructura industrial que genera déficit comercial.

También inciden otros comportamientos, como la fuga de capitales de los capitalistas locales, la remisión de utilidades de las empresas extranjeras y la salida de dólares por pago de intereses de la deuda externa. Y en los últimos años se suma también el tema de la energía, que fue particularmente duro este ultimo año por el aumento de precio del petróleo y del gas. Entonces, existe un problema de restricción externa al crecimiento, que durante las fases expansivas tiende a generar déficit de cuenta corriente y que produce presiones por la devaluación. Y la devaluación genera inflación. ¿Qué es la devaluación? La pérdida de valor de la moneda local, que hace que los precios expresados en moneda local aumenten, incluso aunque tengamos deflación en dólares, que es lo que suele pasar en los procesos de crisis. Tenemos un aumento notable de los precios en moneda local y una caída de los precios medidos en dólares, eso pasó en los últimos años.

Ahora bien, ¿cómo se responde a esa presión recurrente por la devaluación? Ahí entran a jugar otros elementos. Y para abordar esto quiero venir más acá en el tiempo, a la crisis de la convertibilidad en 2001. La crisis de la convertibilidad obedeció a factores de restricción externa, de falta de divisas, de la dinámica desequilibrada de crecimiento de un capitalismo dependiente periférico como el de Argentina. Pero en parte también respondió a la capacidad de la clase obrera de bloquear esa salida deflacionaria a la que me refería antes, de sostener un proceso deflacionario en el tiempo. Grecia demuestra que se puede; demuestra que era posible una salida que no fuera del tipo de la que se produjo en Argentina. En ese sentido, la movilización popular de diciembre de 2001 rompió la restricción monetaria, obligó a la devaluación e hizo que retorne esa tendencia a la expresión inflacionaria de ciertos fenómenos económicos y políticos (que, como decíamos, tienen una larga historia en Argentina).

Como la salida de la crisis de 2001 estuvo determinada por la movilización popular, la recomposición del poder político requirió la integración de demandas. Y ese proceso de integración de demandas se desarrolló en base a políticas fiscales y monetarias expansivas en un marco de comportamiento inversor reticente. Ese, de manera muy simplificada, es el núcleo del problema inflacionario, que se agudizó con la vuelta del déficit fiscal y de los problemas de restricción externa entre 2010 y 2011. A partir de ahí se combinan los problemas locales, la tendencia inflacionaria local, con los problemas globales: la crisis global de 2008 y su impacto pleno en la región después de 2013, tras la desaceleración de China y la caída de los precios de los commodities. En este escenario global, se desarrollaron presiones renovadas por el ajuste y la reestructuración. Cuando hablamos de reestructuración nos referimos a una renovación profunda de la base productiva local —la última se produjo en la primera mitad de los noventa—, a una transformación de los procesos de trabajo y un cambio en la estructura de gastos y funciones del Estado de naturaleza regresiva. Pero esas presiones se desarrollaron en un contexto local marcado por el bloqueo popular a los intentos de avanzar en ese proceso de reestructuración. Eso explica la irresolución de la crisis y la tendencia a la espiralización de devaluación e inflación.

Yo creo que en la base de la dinámica inflacionaria de los últimos diez años está esto. Después, específicamente, los momentos de aceleración o de cierta desaceleración requieren explicaciones particulares que me llevarían a una discusión mucho más larga…

Sin embargo, hay ciertas evidencias de que en el marco del estancamiento y la crisis las grandes empresas exportadoras han avanzado en el proceso de reestructuración y está además la discusión previa, la referida al impacto de la prolongación de la fase de estancamiento y crisis en la capacidad y la voluntad de bloqueo popular. Los procesos inflacionarios son particularmente eficaces para desarmar la resistencia popular en ausencia de alternativas políticas."

 (Entrevista a Adrián Piva, Martín Mosquera, JACOBINLAT, 01/08/23)

19/9/23

¿Cambian las crisis el apoyo de los ciudadanos a la solidaridad, a la disposición de éstos a prestar apoyo a los países vecinos?

 "En la primavera de 2020, durante la primera oleada de la pandemia de COVID-19 en Italia, el Bild-Zeitung publicó una carta abierta a los ciudadanos italianos, tanto en alemán como en italiano. En ella se les aseguraba que "¡Estamos con vosotros! Lloramos con vosotros... Sin vosotros, el milagro económico alemán no habría sido posible". (traducción propia).

Esta fue la versión sentimental de lo que dijo la canciller Merkel en una entrevista para seis periódicos nacionales en mayo de 2020, que "[L]a pandemia de coronavirus nos enfrenta a un desafío de dimensiones sin precedentes. Nos ha golpeado a todos indiscriminadamente... Para Italia y España... la pandemia de coronavirus significa una enorme carga en términos económicos, médicos y... emocionales. En estas circunstancias, es justo que Alemania no piense sólo en sí misma, sino que esté dispuesta a comprometerse en un acto extraordinario de solidaridad". Con ese espíritu hicimos nuestra propuesta el presidente francés Emmanuel Macron y yo".

La pandemia se presentó como una conmoción común de la que ninguno de nosotros había sido responsable y que fue muy grave para todos. La declaración de Merkel se hacía eco de lo que nueve países del sur y el oeste de Europa habían manifestado anteriormente en una carta abierta en la que abogaban por un instrumento de deuda común, bautizado como Coronabond.

 Sin embargo, una década antes, Bild-Zeitung -que tiene la mayor tirada de todos los periódicos de Alemania- había calumniado a los "codiciosos griegos" por exigir miles de millones de subvenciones y estafar al contribuyente alemán durante su crisis de deuda soberana. Se hacía eco, de la forma más grosera posible, de lo que habían insinuado el ministro de Finanzas Schäuble y los economistas euroescépticos. El contraste entre el encuadre de la pandemia del COVID-19 y el encuadre de la crisis de la eurozona no podría ser más marcado.

Marcos y apoyo a la solidaridad

¿Importan estas diferentes formas de presentar la solidaridad transnacional? ¿Responden los ciudadanos al marco de una crisis y apoyan la ayuda financiera a los vecinos más afectados dependiendo de cómo se presente la difícil situación de ese otro país, como Italia en 2020 o como Grecia en 2010? ¿Importa la forma que adopte el apoyo a otro país, ya sea un regalo o un préstamo?

 Estas son las preguntas que intentamos responder en un nuevo estudio. Argumentamos, basándonos en los discursos de los representantes nacionales, que hay tres marcos importantes que se invocaron en los dos escenarios de crisis extrema. Por un lado, estaba la narrativa de la pandemia COVID-19: Merkel caracterizó la crisis como común, no atribuible y existencial. Por otro lado, estaba la narrativa de la crisis de la eurozona en países como Alemania y los Países Bajos e incluso en la literatura académica: se trataba supuestamente de una crisis de deuda soberana de unos pocos países como Grecia que habían vivido por encima de sus posibilidades; y debería ser su propio problema ocuparse de ella, ya que no afectaba al resto de la Unión.

No importaba que los bancos del resto de la UE hubieran prestado alegremente para el derroche público y privado que garantizaba el empleo en las industrias exportadoras. O que los ciudadanos griegos nunca habían exigido, y mucho menos recibido, regalos fastuosos. Todo lo que sus gobiernos pidieron a los contribuyentes alemanes -y a otros, incluido el italiano- fue que garantizaran la emisión de bonos con la que el Mecanismo Europeo de Estabilidad recaudó el préstamo para el gobierno griego, en caso de que Grecia no pudiera devolverlo. Incluso cuando Grecia dejó de pagar, estas garantías no se ejecutaron; los bancos privados tuvieron que asumir un fuerte recorte en sus créditos contra el gobierno griego.

Una encuesta experimental

Ambas crisis se enmarcaron de formas particulares. Para examinar cómo afectaban estos marcos al apoyo a la solidaridad, realizamos un experimento con encuestas en el que cambiamos el escenario de referencia de la crisis de la eurozona como un problema autoinfligido que sólo tenía implicaciones limitadas para el resto de la UE.

Nuestros tratamientos experimentales variaron cada una de estas características. También preguntamos a los encuestados por las características específicas de la ayuda financiera que apoyarían en cada escenario, especialmente si se financiaba mediante deuda conjunta, mediante un aumento de los impuestos o se concedía en forma de subvención. Esto último resultó bastante importante. Para tomar sólo el otro escenario extremo al escenario de referencia, en particular el encuadre de la pandemia COVID-19 como un choque común y muy grave del que no se podía culpar a las políticas pasadas:

    Si la solidaridad se financia aumentando la deuda conjunta, el escenario COVID-19 tiene el efecto positivo más fuerte en las actitudes de los encuestados hacia la ayuda a otros Estados miembros (todos los demás escenarios, variando sólo una o dos características, también tuvieron un efecto positivo).

    Si la solidaridad se financia mediante una subida de impuestos, se produce un pequeño efecto positivo en la disposición a ayudar en comparación con el escenario de la zona euro (también en los otros tres escenarios).

    Si la solidaridad se financia mediante una transferencia, no hay, por término medio, ningún cambio perceptible en las actitudes de los encuestados entre los escenarios de la zona euro y de la crisis COVID-19 (sólo otros dos escenarios tienen un efecto positivo).

 En resumen, el cambio de marco influye notablemente en las actitudes solidarias. De hecho, en casi todos los Estados miembros septentrionales, los encuestados reaccionaron más enérgicamente a los distintos escenarios que los encuestados de los Estados miembros meridionales y orientales, aunque las actitudes solidarias en el sur de Europa son, de media, más fuertes para empezar. Por último, el encuadre de la crisis de la eurozona en algunos Estados miembros del norte fue extremadamente desfavorable para solicitar la disposición de los votantes a ayudar a otros países.
Apoyo a Ucrania

Resulta tentador plantearse qué significan estos resultados para el intento de mantener el apoyo de los votantes de la UE a la defensa de Ucrania frente a la agresión rusa. Si nuestras conclusiones se aplican también a este vecino inmediato de la UE, entonces importa menos que se trate ante todo de una crisis específica de un país. Sería más eficaz que los gobiernos insistieran en que no es culpa de Ucrania y que se trata de una amenaza existencial para su nacionalidad.

Si nuestras conclusiones viajan, este escenario tendría un efecto positivo en la disposición de los encuestados a apoyar a Ucrania en las tres formas en que puede ejercerse la solidaridad financiera. De hecho, el efecto marginal de un escenario de crisis ucraniana es mayor si la solidaridad se extiende en forma de transferencia. Aunque sorprendente a primera vista, esto tiene sentido: si no estamos igualmente afectados, podemos ayudar; pero para que nuestra ayuda sea eficaz, tiene que ser un regalo generoso, ya que el país está en peligro de muerte, sin culpa propia.

 Nos inclinamos a ver aquí un doble mensaje: no subestimar la empatía de los ciudadanos por los demás, pero también ser conscientes de que la empatía puede verse socavada por encuadres distorsionados. Por desgracia, los periodistas sensacionalistas parecen saberlo y lo explotan en ambos sentidos."              

(Waltraud Schelkle, Zbigniew Truchlewski, Federico Ferrara, LSE, 07/09/23; traducción DEEPL)

30/8/23

El fascismo está repuntando en las democracias liberales... el neoliberalismo está evolucionado desde una visión cínica de la democracia, hacia una deriva autoritaria, un nuevo fascismo... el surgimiento del populismo fascista tiene sus raíces en las mismas fuentes que han dado lugar al denominado “estancamiento secular”... las élites reaccionan ... Creen que desde un sistema represivo autoritario mantendrán intacto sus riquezas y de paso competirán con China. Esperemos que sea exactamente lo contrario, su desaparición definitiva y la vuelta a un sistema económico y político inclusivo, auténticamente democrático... los gobiernos emisores de moneda nunca pueden quedarse sin dinero. El culto a la austeridad se deriva de la lógica del patrón oro y no son aplicables a los sistemas monetarios “fiat” modernos. Por lo tanto, las políticas fiscal y monetaria pueden, y deben, concentrarse en garantizar que el gasto doméstico fuera el suficiente para mantener altos niveles de empleo (Juan Laborda)

 "El fascismo está repuntando en las democracias liberales, con piel de cordero, con su verdadera cara oculta, ésa que debería haber quedado grabada en los rostros de todo hombre de bien, especialmente de aquellos dedicados a la vida pública, para que no se volviera a repetir la ignominia. El despertar de las ideas totalitarias, que algunos creían imposible, es la consecuencia lógica de ese sistema de gobernanza llamado neoliberalismo. La historia se repite. Hoy más que nunca es necesario una hoja de ruta distinta que pase página definitivamente a aquella impuesta desde las élites, que, bajo la apariencia de libertad, solo escondía el peor de los yugos, el miedo, la deuda, un nuevo feudalismo.

Desde 1998 se han desarrollado varias dinámicas, aparentemente independientes, que no solo es que estén profundamente interrelacionadas sino que en la actualidad están dirigidas. Abarcan economía, finanzas, gobernanza y geopolítica. Desde un punto de vista político, el neoliberalismo está evolucionado desde una visión cínica de la democracia, el totalitarismo invertido, hacia una deriva autoritaria, un nuevo fascismo. Es la reacción de las élites ante lo que ellos consideran desorden e inestabilidad social. Creen que desde un sistema represivo autoritario mantendrán intacto sus riquezas y de paso competirán con China. Esperemos que sea exactamente lo contrario, su desaparición definitiva y la vuelta a un sistema económico y político inclusivo, auténticamente democrático.

El sistema de gobernanza actual, el neoliberalismo, está agotado

Permítanme introducir alguno de los análisis del estratega jefe de una de las mejores gestoras de fondos del mundo, GMO. El extravagante James Montier, en colaboración con Philip Pilkington, de la Kingston University, ambos postkeynesianos de pro. Son dos piezas que permiten entender lo que está pasando desde una perspectiva distinta. Por un lado, “Six Impossible Things Before Breakfast”, y, por otro, sobre todo, “The Deep Causes of Secular Stagnation and the Rise of Populism”

Para Montier y Pilkington el surgimiento del populismo fascista tiene sus raíces en las mismas fuentes que han dado lugar al denominado “estancamiento secular”.

 Cuando hurgamos la raíz del problema nos encontramos con un sistema roto de gobernanza económica, denominado “neoliberalismo”, surgido a mediados de la década de 1970 y que se caracterizó por cuatro políticas económicas significativas basadas en hipótesis falsas y que han colapsado. 

Primera, el abandono del pleno empleo como objetivo político deseable y su reemplazo por objetivos de inflación. 

Segunda, un aumento en la globalización de los flujos de personas, capital, y comercio. 

Tercera, un enfoque empresarial basado en la maximización del valor para los accionistas en lugar de la reinversión y el crecimiento económico. 

Cuarta, la búsqueda de mercados laborales flexibles con la disrupción de sindicatos y trabajadores.

 Bajo este marco, la visión ortodoxa sobre el estancamiento secular adopta dos perspectivas distintas: O bien el estancamiento secular es causado por una situación en la que el tipo de interés real tiene que ser negativo para generar una vuelta al crecimiento (explicación desde el lado de la demanda); o bien algo no funciona desde el lado de las fuerzas que determinan la productividad en la economía (explicación desde el lado de la oferta).

Montier y Pilkington, al igual que otros tantos economistas postkeynesianos, son profundamente críticos con este marco de pseudo-pensamiento. Argumentan que las razones últimas del auge del populismo se encuentran en las políticas que se han seguido bajo el paradigma neoliberal, y que han llevado a los “hechos estilizados” observados del actual estancamiento secular.

 El régimen neoliberal ha dado lugar a una inflación más baja, menores tasas de crecimiento económico, caídas de las tasas de expansión de la inversión, menor crecimiento de la productividad, aumento de la desigualdad de ingresos y riqueza, disminución de la seguridad laboral, y períodos de deflación. Además, la economía mundial se ve temporalmente “obstruida” por los altos niveles de deuda, cuando los precios del colateral que la alimentan se hunden. Estas son tendencias de largo plazo que han sido visibles durante décadas, pero que se vieron gravemente exacerbadas por el colapso de la burbuja de la deuda privada mundial en 2008-2009.

 Pero a medida que los ciudadanos de varios países de todo el mundo percibieron que las soluciones puestas en marcha después de la crisis solo beneficiaban a la superclase, y que simplemente eran una coartada para mantener un sistema desequilibrado y cada vez más disfuncional, se rebelaron. Fue entonces cuando comenzaron a emitir votos para varios candidatos políticos populistas en un aparente esfuerzo por sacudir al sistema. Si no hay un cambio de rumbo hay muchas posibilidades de que el sistema siga adelante, independientemente de su disfunción, hasta que se descomponga.

Qué se puede hacer

Para conseguir una mayor eficiencia económica y mayor cohesión social se deben dar muchos más pasos. 

Lo primero, desmantelar y desmontar los andamiajes colocados por una ortodoxia que ya no da más de sí. La economía, en el momento actual, representada por la corriente dominante, no deja de ser una pseudo-ciencia. En “The Trouble with Macroeconomics”, el premio nobel Paul Romer entona un mea culpa, y nos obsequia con un resumen que no tiene desperdicio: “Durante más de tres décadas, la macroeconomía ha ido hacia atrás. El tratamiento de la identificación ahora no es más creíble que a principios de la década de 1970, pero escapa al desafío porque es mucho más opaco. Los teóricos de la macroeconomía descartan los meros hechos fingiendo una ignorancia obtusa sobre afirmaciones tan simples como que una política monetaria restrictiva puede causar una recesión. Sus modelos atribuyen las fluctuaciones de las variables agregadas a fuerzas causales imaginarias en las que no influye la acción de ninguna persona…”.

 En segundo lugar, el Estado debe repensarse. Para ello debe expulsar de sus inmediaciones a los distintos lobbies económicos y financieros que succionan del presupuesto público, y volver a controlar, desde la voluntad de la ciudadanía, el volante de la política fiscal. Sí es posible alcanzar el pleno empleo, y la política económica debe ineludiblemente centrarse en ello. Tras la ruptura de Bretton Woods en 1971, la mayoría de los gobiernos empezaron a emitir sus monedas mediante decretos legislativos bajo un tipo de cambio flotante. Un tipo de cambio flexible libera a la política monetaria de tener que defender una paridad fija. Los gobiernos que emiten sus propias monedas ya no tienen que financiar su gasto, ya que los gobiernos emisores de moneda nunca pueden quedarse sin dinero. El culto a la austeridad se deriva de la lógica del patrón oro y no son aplicables a los sistemas monetarios “fiat” modernos. Por lo tanto, las políticas fiscal y monetaria pueden, y deben, concentrarse en garantizar que el gasto doméstico fuera el suficiente para mantener altos niveles de empleo.

 

Sin embargo, la realidad fue por otros derroteros: se cedió la financiación a los Tesoros al sistema financiero. Con ello se pretendía limitar la eficacia de la política fiscal de los gobiernos. Michal Kalecki ya en 1943 en “Political Aspects of Full Employment” exponía las razones por las que a “los hombres de negocio” o a las élites no les gustaba, y sigue sin gustarles, la idea de utilizar la política fiscal como instrumento de política económica. Hay que seguir manteniendo comportamientos y estructuras institucionales que limiten las capacidades de gasto de los gobiernos. Esto le da a la superclase un poderoso control indirecto sobre la política del gobierno, mientras permiten dar forma a los fundamentos de cierta ética capitalista basados en que te ganarás el pan con el sudor -a menos que tengas los medios privados suficientes-. Pero sobre todo permiten que el miedo siga desempeñando su papel como medida disciplinaria.

En tercer lugar, se debe desmontar el principal andamiaje, a modo de Leviatán, generado por la ortodoxia económica en las últimas tres décadas, bajo el fundamentalismo de mercado: la financiarización de la economía. Dicha financiarización es la responsable última de las subidas de los precios de los alquileres, del precio de la vivienda, del precio de los alimentos y de los combustibles, del precio de la luz, de la pobreza energética y alimentaria, de la desigualdad creciente, del mayor poder de mercado de ciertas empresas, en definitiva, de una extracción de rentas asfixiante… ¿O ustedes creen que los personajes más ricos del mundo han conseguido su fortuna con negocios reales y no financieros?

Sí, lo sé, lo que pido quizás, ingenuamente, es demasiado soñar. Pero, como recitaba el poeta Carl Sandburg, “nada sucede a menos que primero lo soñemos”.     (Juan Laborda  , El Salto, 21/08/23)

3/10/22

La guerra de invierno que cambió la historia hace 90 años. O Roosevelt o Hitler... Y que ahora se está repitiendo

 "La guerra de Ucrania está sometiendo a Occidente, y a Europa en especial, a fuertes tensiones. Se avecina un invierno duro, salvo que el conflicto bélico acabe pronto, lo que no parece que vaya a suceder, y ese escenario plantea a los gobiernos un dilema claro respecto de cómo afrontar la crisis económica en la que estamos, y que se espera que sea más dura si el frío intenso hace acto de presencia.

El instante queda resumido en el diagnóstico de Raymond Torres, director de Coyuntura Económica de Funcas. Estamos en un momento en el que los problemas de redistribución son importantes porque "una asimetría pronunciada del reparto de los costes de la inflación tendría un fuerte impacto social y económico". Por eso, "muchos gobiernos y muchos expertos, como el economista jefe del BCE, han decidido redistribuir, incluso mediante mecanismos de mercado, como la intervención de precios".

 Pero, por otra parte, "el margen de maniobra para este tipo de políticas, con la naturaleza estanflacionaria de la crisis energética y en un contexto de deuda elevada alta, es escaso. Es una situación paradójica". De cómo se resuelva este dilema, si se continúa con políticas de ayuda y de reforma del mercado, o se regresa a la ortodoxia pronto dependerá el futuro de las poblaciones occidentales, y principalmente de las europeas.

La 'guerra de invierno'

Este dilema se planteó en términos muy similares hace 90 años en EEUU: ¿qué se debe hacer en una economía que ha entrado en crisis? ¿Cómo afrontarla? La respuesta se dio en las elecciones celebradas el 8 de noviembre de 1932. Franklin Delano Roosevelt fue elegido presidente con una mayoría aplastante gracias a que había prometido un cambio radical de la política económica: debía sacar a su país de la Gran Depresión y estaba apostando por una fuerte intervención estatal para recuperar el nivel de vida de sus ciudadanos. Roosevelt debía afrontar muchas resistencias, pero entendió que, para estabilizar el sistema y aplacar las tentaciones comunistas y, sobre todo, las autoritarias, que estaban apareciendo en su país, eran imprescindibles políticas que generasen empleo y actividad económica, a pesar de que eso supusiera una mayor inversión estatal.

Roosevelt no tomó posesión del cargo hasta el 4 de marzo de 1933. Fueron cuatro intensos meses, que dieron lugar a lo que el historiador Eric Rauchway ha denominado ‘guerra de invierno’ ('Winter War', ed. Basic Books), en los que FDR hubo de hacer frente a todo tipo de presiones. Hoover, el presidente en funciones, puso todo tipo de obstáculos a lo que Roosevelt representaba e inició una fuerte oposición interna para conseguir que el presidente electo tomase otra dirección. Pero no fue eso lo más grave: en febrero de 1933, Roosevelt sufrió un intento de asesinato que falló porque una mujer desvió la pistola del asesino. Las cinco balas disparadas acabaron con la vida del alcalde de Chicago, presente en la comitiva presidencial. Además de las amenazas físicas, Roosevelt tuvo que afrontar otra clase de riesgos: las tentaciones autoritarias habían penetrado en parte de las élites estadounidenses, y ese invierno fue cuando más cerca estuvo de concretarse en un giro político que sintonizaba con el fascismo europeo. Tras esos turbulentos meses, FDR comenzó la implantación del New Deal.

Hasta entonces, la respuesta estadounidense había sido ortodoxa. Hoover reaccionó a la depresión con una serie de medidas que intentaron paliar los efectos negativos con el apoyo a algunas industrias nacionales y al ámbito financiero, y con la convicción de que los salarios no debían bajar. Sin embargo, tales medidas resultaron contraproducentes porque, como bien describe Andreu Espasa en ‘Historia del New Deal’, el entonces presidente se negó a reconocer cualquier problema en el modelo de crecimiento de los años 20. Insistió en que la depresión estaba causada por las disfunciones europeas, por lo que no tenía sentido plantear ninguna reforma sustancial de la economía estadounidense. Además, esa visión, según la cual las crisis servían para eliminar a las empresas menos eficientes, por lo que no tenía sentido interferir en esa necesaria purga, era la adoptada, en última instancia, por Hoover. Las medidas no funcionaron, y los cambios empezaron a llegar únicamente cuando Roosevelt desarrolló su novedoso programa.

El invierno que llevó a la guerra

El mismo dilema se había planteado en Europa, pero la respuesta elegida fue en dirección contraria. Cada país introdujo sus variantes, pero en esencia fue la opuesta a la estadounidense. Resulta especialmente relevante el ejemplo alemán, ya que era una gran potencia que estaba pasando graves apuros, en buena parte por la retirada de apoyo financiero estadounidense cuando la Gran Depresión estalló. Allí, el canciller Heinrich Brüning, el centrista que se había colocado al frente del Gobierno, apostó por el camino estándar: políticas antiinflacionistas, recorte de gastos estatales y bajada de los costes laborales. La idea era sanear la economía y, una vez conseguido ese propósito, conseguir que la inversión regresara.

El temor a la hiperinflación que Alemania había sufrido apenas 10 años antes permitió que esas políticas fueran acogidas también por el partido socialdemócrata, que, además, percibía a Brüning como la última línea de defensa frente al ascenso de Hitler.

El Estado alemán se hizo más rígido y menos democrático: Brüning tuvo que gobernar a golpe de decreto. Necesitaba ese margen de acción porque había apostado por aumentar los impuestos, reducir los beneficios sociales, recortar el número de funcionarios del Gobierno y los salarios de quienes conservaron el empleo, por lo que tuvo que lidiar con resistencias internas y con descontento social, como explica Eric D. Weitz en ‘La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia’ (Ed. Turner). Su sucesor en 1932, Franz von Papen, continuó la misma línea, y el último canciller de la República, Kurt von Schleicher, solo duró en el cargo un mes. Hindenburg nombró canciller a Hitler el 30 de enero de 1933.

Las semejanzas con Alemania

Un examen del contexto germano desde el punto de vista social resulta ilustrativo por las semejanzas que puede guardar con nuestra época. Alemania había sufrido dos grandes crisis, la posterior a la I Guerra Mundial, dadas las cargas que tuvo que soportar, y la hiperinflación de 1923. La recuperación de los años posteriores se vio frenada de golpe en 1929 y, en esos seis años, la situación de sus ciudadanos no había mejorado en exceso. Entonces, sufrieron un nuevo golpe económico.

Incluso en los años buenos, en la época dorada de los 20, los despidos se habían incrementado. Quizá los salarios subieran, pero también el paro. Como bien describe Weitz, había dos sectores especialmente afectados: los jóvenes, que tenían muy difícil encontrar un espacio en el mercado laboral, y los trabajadores de más edad, que eran percibidos como incapaces de ajustarse a los nuevos ritmos de trabajo. La productividad había aumentado a finales de la década respecto de 1923 gracias a dos factores perversos: se habían reducido las plantillas al mismo tiempo que se exigía mayor producción, y había regresado el trabajo a destajo. Como las retribuciones del mismo eran bajas, los operarios debían trabajar más, y más rápido, para alcanzar un salario razonable. El resultado no solo incrementó la productividad, también las presiones cotidianas y los accidentes laborales.

Las mujeres fueron parte importante en la mano de obra de aquellos años, dado que, al ser su salario más bajo, unas dos terceras partes de lo que percibía un varón, se las consideraba rentables. Puesto que ellas realizaban, además, las tareas del hogar, sus jornadas eran interminables: formaban parte de ese pueblo que se levantaba a las cinco y media de la mañana y no se acostaba hasta las 11 de la noche. Era un país que no dormía lo suficiente y que no tenía tiempo para descansar. Alemania se desenvolvía entre la desvitalización de los parados y la hiperactividad de los empleados, y era la primera más frecuente entre los hombres y la segunda entre las mujeres.

Si los sectores industriales no vivían buenos momentos, tampoco los demás. Los empleados por cuenta ajena, en especial si trabajaban en grandes empresas, vivían en un entorno jerárquico y muy disciplinado, en el que se generaban escasas posibilidades de ascender. Los cargos directivos estaban copados por una élite ligada por lazos familiares, educativos o de clase, cuyo nivel de vida era estable, porque permanecían en esos puestos hasta su jubilación. Muchos oficinistas se quedaban sin empleo a los 40 años, ya que, al igual que los obreros, eran percibidos como poco adaptados a unos ritmos de trabajo más veloces. El cambio era la constante: en 1930 solo la quinta parte de los asalariados realizaba las mismas tareas que habían llevado a cabo sus padres.

La suerte tampoco sonreía a las pequeñas y medianas empresas, muchas de las cuales desaparecieron. De los 11 millones de autónomos que estaban registrados en el censo de 1925, siete millones pertenecían al sector agrario. El resto, tenderos, artesanos y profesionales liberales, vivieron intensamente el aumento de costes y la competencia de las empresas de mayor tamaño, de modo que su subsistencia era precaria. Eran un grupo importante para el discurso político, en especial para la derecha, pero cuya realidad se había empobrecido sustancialmente."                   (Esteban Hernández , El Confidencial, 01/10/22) 

21/10/19

Un multimillonario advierte: "Todos lo sabemos, este capitalismo está muerto"... Warren y Sanders quieren poner límite a la avaricia de la economía financiarizada... el debate de los aspirantes demócratas fue un ejemplo de hasta qué punto la hostilidad hacia las grandes corporaciones se ha vuelto más intensa...

"Luis de Guindos ha regresado para decir a la banca española que es la hora de las fusiones, que la concentración es ineludible y que deben seguir creciendo, ya que es la manera de aumentar su rentabilidad.

Según el vicepresidente del BCE, la banca tiene un problema de baja rentabilidad, “ya que el 90% de los bancos tiene un rendimiento sobre el capital que está por debajo del coste que requieren los inversores”, como afirmaba ‘Expansión’. 

Advirtió, además, sobre la amenaza que supone para el sector financiero el crecimiento de la industria de fondos en busca de mayores rentabilidades por los bajos tipos: “Existe un riesgo de liquidez si los fondos de inversión tienen una mayor demanda de reembolsos”.

El centro de todo

Esta es la idea que estructura nuestra economía, que orienta la actividad de toda clase de empresas a que los inversores consigan los beneficios que desean. Los bancos son un ejemplo, porque no se trata de que resulten rentables, sino de que no lo son lo suficiente para satisfacer las exigencias de quienes, de una manera u otra, aportan el capital. 

Las consecuencias de esta manera de operar, la de ‘makers’ contra ‘takers’, es un asunto central en el debate público estadounidense en los últimos tiempos, ya que las críticas a esa forma de actuación empresarial son numerosas.

La Business Roundtable, una asociación cuyos miembros son los presidentes ejecutivos de las principales empresas estadounidenses, intentó mitigar los recelos con un texto firmado por 181 CEO, ‘Statement of the Purpose of a Corporation’, en el que se señala que los ‘stakeholders’ (clientes, empleados, proveedores, comunidades y sociedad) deben ser tenidos muy en cuenta y que las empresas deben equilibrar las preocupaciones legítimas de estos con las expectativas de los accionistas de obtener el máximo rendimiento.

“Un nuevo capitalismo”

El pasado lunes, Marc Benioff, el multimillonario presidente y coCEO de Salesforce, prolongó el debate publicando un artículo en 'The New York Times', "We need a new capitalism", en el que afirmaba lo siguiente:

“Como capitalista, creo que es hora de decir en voz alta lo que todos sabemos que es verdad: el capitalismo, tal como lo conocemos, está muerto.

El capitalismo, tal como se ha practicado en las últimas décadas, con su obsesión por maximizar las ganancias para los accionistas, también ha llevado a una terrible desigualdad. A nivel mundial, las 26 personas más ricas del mundo ahora tienen tanta riqueza como los 3.800 millones de personas más pobres, y la incesante emisión de carbono está empujando al planeta hacia un cambio climático catastrófico. 

En Estados Unidos, la desigualdad de ingresos ha alcanzado su nivel más alto en al menos 50 años, con el 0,1% superior, personas como yo, que poseen aproximadamente el 20% de la riqueza, mientras que muchos estadounidenses no pueden hacer frente a una emergencia que les suponga gastar 400 dólares adicionales. No es de extrañar que el apoyo al capitalismo haya disminuido, especialmente entre los jóvenes.

A mis compañeros, líderes empresariales y multimillonarios, les digo que ya no podemos quitarnos de encima la responsabilidad... Sí, las ganancias son importantes, pero también lo es la sociedad. Y si nuestra búsqueda de mayores ganancias deja nuestro mundo peor que antes, todo lo que habremos enseñado a nuestros hijos es el poder de la codicia.

Es hora de un nuevo capitalismo: un capitalismo más justo, equitativo y sostenible, que realmente funcione para todos y donde las empresas, incluidas las empresas de tecnología, no solo le quiten a la sociedad, sino que realmente le devuelvan y tengan un impacto positivo”.

Las transformaciones

Las dimensiones de este debate, el porqué de la autocrítica empresarial y los motivos por los cuales aparece en este instante, nos sirven para comprender el momento político estadounidense, pero también para darnos algunas pistas sobre la recomposición que está empezando a vivir Occidente. La guerra comercial entre EEUU y China, junto la presidencia de Trump, está generando movimientos significativos, ligados al fin de la globalización que conocimos, o la desglobalización o como quiera denominarse.

El repliegue estadounidense, las medidas proteccionistas y la intención de favorecer sus empresas respecto de las extranjeras no son una intención libre de contradicciones. En este escenario, si la mayoría de las firmas continúa deslocalizando, presionando a proveedores y clientes, acabando con las pequeñas empresas y canalizando sus beneficios hacia los accionistas, algunos de los cuales son fondos internacionales, generarán más animadversión interna: si son empresas estadounidenses, tendrán que producir en su país y favorecer a los suyos; si no, habrá problemas serios. De hecho, muchos de los votantes de Trump confiaron en él porque afirmó que iba a revertir esta situación.

Los equilibrios

En ese contexto, la desigualdad que señala Benioff es un asunto crucial. No se trata de que la brecha entre los que tienen y los que no se haya hecho más profunda, sino de que los ricos son mucho más ricos mientras que el resto de la población vive situaciones muy inestables. Buena parte de los estadounidenses tiene que hacer grandes equilibrios en su vida cotidiana, ya que hay mucho empleo mal pagado y los salarios no suben o lo hacen en una proporción mucho menor que los beneficios de las empresas, al mismo tiempo que los gastos necesarios para la simple subsistencia aumentan. 

El coste para mantener una vida mínimamente digna se ha elevado, y reproducir los estándares de clase media ha quedado al alcance de muchas menos personas, máxime cuando la sanidad y la educación son muy caras en EEUU, en especial las de calidad.

Cuando esta presión por ambos extremos aumenta, y es el caso, es lógico que el descontento crezca y que se responsabilice de las situaciones de inestabilidad económica menos a los inmigrantes o a los chinos, como ha ocurrido hasta ahora, y más a las grandes empresas. En un sentido, porque se las acusa de no ser en realidad estadounidenses y de no pensar en su país ni en sus ciudadanos; desde otro espacio, porque se las tilda de depredadoras y de estar guiadas por la avaricia desnuda.

Las dos posiciones políticas

Estas son hoy las dos posiciones políticas principales en EEUU: la de Trump, con el giro nacional, la defensa de los intereses económicos de su país frente al resto, la del alejamiento de la UE para asegurarse mejores condiciones comerciales, la que restringe la globalización a aquello que le resulta beneficioso, y la de Warren y Sanders, que quieren poner límite a la avaricia, predistribuir y redistribuir, modificar el funcionamiento del mercado, y atacar la economía financiarizada, la concentración a la que aboca y el dominio exclusivo del primado del accionista. 

El reciente debate de los aspirantes demócratas fue un ejemplo muy claro de hasta qué punto la hostilidad hacia las grandes corporaciones y sus prácticas se ha vuelto mucho más intensa.

Este es el momento político estadounidense, y a ese descontento responde la declaración de la Business Roundtable, así como la reflexión de Benioff sobre el giro necesario. Pero, en todo caso, por un lado y por otro, la apuesta por la generación de valor para el gran accionista, la rentabilidad para el ‘taker’ en lugar de para el ‘maker’, está siendo ampliamente cuestionada, y tiene traducción clara en el momento ideológico. La validez y utilidad de este sistema económico para la sociedad se ha situado como uno de los debates más importantes, y lo va a ser más aún en el futuro próximo.

Al menos en EEUU, porque la UE es otra cosa y las declaraciones de Luis de Guindos son buena muestra. Aquí los ecos de esos debates apenas llegan y seguimos centrados en los populismos, la estabilidad presupuestaria, el iliberalismo y demás, mientras los modelos centrados en maximizar beneficios para los accionistas siguen sin cuestionarse. 

Es una ausencia llamativa, máxime cuando los CEO de las empresas más importantes del mundo se han visto obligados a emitir un comunicado al respecto. En Europa, en este sentido, seguimos anclados en el típico retraso que nos impide enfrentarnos a los problemas a tiempo. Lo usual es que los debates que arrancan en suelo estadounidense acaben reproduciéndose en Europa, y más aún en nuestro país, tiempo después. Veremos."                      (Esteban Hernández, El Confidencial, 17/10/19)