Mostrando entradas con la etiqueta t. Prejuicios historicos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta t. Prejuicios historicos. Mostrar todas las entradas

11/8/22

A menudo me preguntan por qué Europa nos permitió a los griegos entrar primero en el mercado común y después en el euro. La respuesta correcta suena hoy improbable: porque, en 1979 el Estado griego tenía uno de los niveles de deuda pública más bajos de Europa y sus ciudadanos casi ninguno. Sí, éramos un pueblo pobre, pero nos las arreglábamos con nuestros modestos medios... Incluso en 1999, justo antes de ser admitidos en el euro, apenas ningún griego tenía una hipoteca, y mucho menos una tarjeta de crédito... Sin embargo, para entrar en Europa tuvimos que reducir nuestras barreras comerciales y, más tarde, desmantelar todos los controles de capital... Inmediatamente, un tsunami de importaciones, dinero y préstamos salió del norte de Europa hacia Grecia. No es que nos resistiéramos a ello, hambrientos como estábamos de los adornos materiales de la modernidad. Antes de que nos diéramos cuenta, nuestras fábricas se cerraron (y se convirtieron en almacenes para las lavadoras y los frigoríficos importados que antes se fabricaban aquí)... Era sólo cuestión de tiempo que la burbuja bancaria y de la deuda mundial estallara... los que habían insistido en que tomáramos prestadas montañas de su dinero -para que pudiéramos comprar sus coches, lavadoras y alta costura- no dudaron en llamarnos con todo tipo de nombres que no son dignos de publicarse aquí... nuestra dignidad y nuestra filotimia se desgarraron... así que respondemos a las estúpidas preguntas de las encuestas con un falso orgullo. Por supuesto, sabemos que es falso, pero, de nuevo, el orgullo falso es el último recurso para aquellos que han perdido el verdadero

 "Los griegos tenemos fama de ser nacionalistas insufribles, la mayoría de los cuales cree sinceramente que la cultura griega es superior a la de otras naciones y pueblos. En una reciente encuesta de Pew, incluso se nos ha calificado como los europeos más chovinistas desde el punto de vista cultural. A riesgo de confirmar ese estereotipo, lo achacaré a... los extranjeros, con su inmoderada alabanza de la cultura griega y su superficial lectura de sus propias y tontas encuestas. (...)

Pero pregúntenos a nosotros, los griegos, sobre la cultura griega moderna y obtendrá una respuesta muy diferente. Por supuesto, tenemos nuestra cuota de ultranacionalistas chiflados, algunos de los cuales creen que el darwinismo se aplica a todos los humanos excepto a los griegos, que provienen de algún gen divino extraterrestre. Sin embargo, la gran mayoría de mis compatriotas piensa muy poco en nuestra cultura, formas y comportamientos contemporáneos. La última década, sobre todo desde nuestra bancarrota total, nos ha dejado tambaleantes, inseguros y rozando el autodesprecio.

Sí, todavía apreciamos los brillantes éxitos de los griegos que abandonaron Grecia en busca de una vida mejor en otro lugar. Sí, celebramos alguna que otra victoria deportiva y apreciamos la belleza de la tierra, el mar y el medio ambiente de Grecia. Sí, mantenemos cierto orgullo por conceptos exclusivamente griegos como la filotimia, una inclinación a actuar de forma digna simplemente porque sí. Pero al mismo tiempo, tememos que estas cualidades, naturales y espirituales, se hayan diluido terriblemente en las últimas décadas; en parte porque las hemos descuidado y canibalizado (nuestra monstruosa inversión en turismo, por ejemplo), y en parte por una Unión Europea que nos ha ayudado a perder el rumbo. (...)

Cuando Giscard d'Estaing pronunció su discurso de 1979, un año antes de que el norte de Europa nos admitiera formalmente en la UE, la mayoría de los griegos se alegraron. Por desgracia, pronto nos dimos cuenta de que la pérdida general de dignidad era el alto precio que acabaríamos pagando por ese privilegio. A menudo me preguntan por qué Europa nos permitió a los griegos entrar primero en el mercado común y después en el euro. La respuesta correcta suena hoy improbable: porque, en 1979, cuando Giscard se explayaba sobre la civilización griega, el Estado griego tenía uno de los niveles de deuda pública más bajos de Europa y sus ciudadanos casi ninguno. Sí, éramos un pueblo pobre, pero nos las arreglábamos con nuestros modestos medios, viviendo y respirando paradigmas de parsimonia. Eso es lo que aportamos a la UE: un bajo nivel de deuda y altos niveles de propiedad de la vivienda, una combinación que era el sueño húmedo de los banqueros occidentales.

Incluso en 1999, justo antes de ser admitidos en el euro, apenas ningún griego tenía una hipoteca, y mucho menos una tarjeta de crédito. Sin embargo, para entrar en Europa tuvimos que reducir nuestras barreras comerciales y, más tarde, desmantelar todos los controles de capital. Inmediatamente, un tsunami de importaciones, dinero y préstamos salió del norte de Europa hacia Grecia. No es que nos resistiéramos a ello, hambrientos como estábamos de los adornos materiales de la modernidad. Antes de que nos diéramos cuenta, nuestras fábricas se cerraron (y se convirtieron en almacenes para las lavadoras y los frigoríficos importados que antes se fabricaban aquí); nuestras cuentas bancarias pasaron de estar en negro a estar en rojo intenso; nuestra dignidad y nuestra filotimia se desgarraron.

Era sólo cuestión de tiempo que la burbuja bancaria y de la deuda mundial estallara, antes de que los mismos europeos y estadounidenses que una vez nos elogiaron como los pilares de la civilización occidental se volvieran contra nosotros. Ignorando convenientemente que habían insistido en que tomáramos prestadas montañas de su dinero -para que pudiéramos comprar sus coches, lavadoras y alta costura- no dudaron en llamarnos con todo tipo de nombres que no son dignos de publicarse aquí.

Peor aún, en voz baja, nos llamamos a nosotros mismos con nombres similares. Cuando hablamos entre nosotros, no tenemos reparos en ser muy autocríticos, a menudo rozando el odio a nosotros mismos. Ningún griego que conozca estaría, por ejemplo, en desacuerdo con David Holden, el periodista del Times que en 1972 describió a Grecia como "rica en talento y pobre en recursos, desarrollada en sus gustos y subdesarrollada en sus capacidades". Y así, en parte por una falsa dedicación a no decepcionar a los que hablan de la civilización griega, y en parte por nuestro enfado con nosotros mismos y con una Europa que nos llevó por el mal camino antes de tratarnos como ganado que perdió su precio en el mercado, respondemos a las estúpidas preguntas de las encuestas con un falso orgullo. Por supuesto, sabemos que es falso - pero, de nuevo, el orgullo falso es el último recurso para aquellos que han perdido el verdadero."    
             (Yanis Varoufakis, UnHerd, 05/08/22)

8/10/21

El populismo historiográfico como problema y síntoma del presente. No solo se politiza la historia, también se la moraliza. En estos discursos abundan los “buenos” y “malos” y se intercalan juicios de valor. Con ello fomentan maniqueísmos que favorecen la polarización e intolerancia... los gobiernos, los movimientos de todo tipo e incluso las personas individuales han sentido la tentación de legitimarse y reafirmarse desde la “autoridad del pasado”... lo más distante pueda ser lo más próximo y presente a nivel emotivo o político... las leyendas negras denunciadas por los nacionalismos son justamente creaciones que proceden en gran medida de otras historiografías nacionalistas y que, al mismo tiempo que se las combate, no se las deja de imitar... las utopías propugnadas en la actualidad no residen tanto en el futuro como en el pasado, pues este se ha convertido ahora mismo, en tiempos de posverdad, en un espacio mucho más manipulable que un futuro poco promisorio

 "La importancia de la historia para la política viene de antiguo. También, naturalmente, las tentaciones de instrumentalizarla. De ahí que se convierta en un terreno de persistente politización y proliferen visiones sesgadas y presentistas del pasado. Además, como se comprueba actualmente, estas visiones son muchas veces las que más éxito tienen, no solo en ventas o público, sino también a nivel político. 

En buena medida, eso se explica por el auge de relatos históricos que incurren en lo que podríamos llamar “populismo historiográfico”, el cual se caracteriza por propagar explicaciones sesgadas del pasado cuyo éxito en buena medida descansa en saber servirse de recursos populistas que colisionan con una investigación académica a la que se enfrentan o suelen desdeñar e incluso desacreditar en público.

Lo curioso es que esto ocurre en una época en que, con sus limitaciones, el nivel de la investigación histórica tanto en España como en el extranjero es en realidad muy elevado. La paradoja contemporánea es que en el momento en que la calidad de esa investigación se encuentra en un gran momento de su existencia, cuando tantos libros buenos hay para conocer y matizar desde diversos ángulos lo acontecido en el pasado, es también cuando proliferan best-sellers de historia que se refugian en perspectivas más sesgadas y pragmáticas que omiten o desconocen el estado de esas investigaciones y propagan tesis hace tiempo refutadas; tesis que, más deformadas aún, se repiten, amplifican y circulan abundantemente por los medios o las redes.

 Ciertamente, se debería hablar aquí de las dificultades de la academia a la hora de divulgar los progresos alcanzados, que se explican por factores como el exceso de especialización, la tendencia a encerrarse en los círculos académicos, la difícil legibilidad de muchos de sus textos, un publish or perish materializado en papers solo leídos por especialistas o una precariedad que dificulta una divulgación tan importante y necesaria como poco valorada para medrar en la universidad. Todo eso influye en la progresiva pérdida de presencia de los historiadores en la esfera pública.

Sin embargo, el auge del populismo historiográfico no solo deriva de los errores o limitaciones de “la academia” –una palabra problemática pues no pocas grandes contribuciones a la historia se han hecho con rigor desde fuera de los ámbitos universitarios, mientras que dentro también se han escrito obras muy cuestionables–. Los mismos requisitos y virtudes ideales de la investigación histórica (imparcialidad, desapasionamiento, consulta de fuentes de todos los bandos, problematización y tratamiento crítico de los documentos, evitación en la medida de lo posible de anacronismos y del presentismo, no generalización, cautela a la hora de sacar conclusiones…) dificultan que sus libros puedan ser altamente populares. Y es que uno de los clásicos problemas de la historia ha sido la gran atracción que siempre ha suscitado. Por ello, continuamente, los gobiernos, los movimientos de todo tipo e incluso las personas individuales han sentido la tentación de legitimarse y reafirmarse desde la “autoridad del pasado” y, con ello, de ahormarlo a los intereses del presente desde una historia oportunamente distorsionada.

 Si bien este populismo historiográfico es una categoría transversal, también hay que decir que encuentra un acomodo más fácil en los nacionalismos (europeos o no europeos y se reconozcan como tales o no). Sin embargo, y pese a que haya importantes elementos en común y la nación no sea entonces más que otro rostro de ese pueblo al que se dirige, no se lo debería identificar con el nacionalismo historiográfico. No pocos libros de historia influidos por el nacionalismo no pretenden venderse como best-sellers ni siguen necesariamente el modus operandi populista. De facto, muchas obras de “la academia” no son totalmente ajenas a unas influencias políticas entre las cuales también están las nacionalistas. Precisamente porque el populismo historiográfico es transversal puede darse en cualquier movimiento político, y sin duda los usos populistas del pasado no son privativos ni exclusivos de ninguna ideología. En verdad, es menos importante qué se defiende que el cómo, aunque ambas cuestiones no se desliguen con facilidad y la nación haya sido y siga siendo una fórmula históricamente muy exitosa a la hora de construir un nosotros político. El populismo historiográfico es en tales casos la forma más eficaz, mas no la única, que asume hoy en día el relato histórico nacionalista.

Por otro lado, el populismo historiográfico tampoco es lo mismo que el revisionismo. A menudo ciertamente revitaliza tesis revisionistas como si fuesen nuevos descubrimientos o, al contrario, como si hubieran sido injustamente perseguidas por el establishment académico. Ahora bien, no siempre el revisionismo ha pretendido ser populista, mientras que el populismo historiográfico persigue clara e incluso descaradamente la conquista de la opinión y, al mismo tiempo, la construcción, reafirmación o redefinición de un pueblo desde el discurso histórico. La escritura de la historia conecta así con la reescritura de la memoria y el pasado aparece como una especie de presente extendido hacia atrás; uno en el que lo que vende es la relectura de ese pasado que, por muy lejano que pueda ser, nos interpela todavía en la actualidad.

 Al fin y al cabo, la memoria no solo sirve para recordar sino también para olvidar, o al menos para postergar otros episodios menos cómodos o digeridos. Eso se percibe en el revival de una Leyenda Negra asociada cronológicamente a la etapa más esplendorosa del Imperio español y de la que, sobre todo desde la derecha, se declara su plena vigencia contemporánea. En cambio, desde los mismos posicionamientos también se repite que la memoria de la mucho más reciente Guerra Civil o del franquismo solo forma parte del pasado y que ya es hora de superarla, como si fuera una historia lejana y muerta para el presente. En el campo de la memoria no es contradictorio que lo más distante pueda ser lo más próximo y presente a nivel emotivo o político.

 Por eso, mientras que la investigación histórica reivindica la distancia, dar cuenta de las diferencias y comprender el pasado desde el pasado, el populismo historiográfico incurre sin cesar en el presentismo y en otros anacronismos flagrantes. El retrato del pasado, pues, se confunde y entremezcla continuamente con lo que preocupa en el presente y, no por casualidad, aparecen los mismos sujetos políticos, los mismos enemigos, los mismos problemas que nos absorben hoy en día...

Por último, el populismo historiográfico no debe ser directamente tachado de pseudohistoria, algo más atribuido a iniciativas como el Institut Nova Història (conocido por sus tesis sobre la catalanidad de Colón, Cervantes y un largo etcétera) en el libro Pseudohistòria contra Catalunya (2020), coordinado por Vicent Baydal y Cristian Palomo, y que desmonta posverdades propagadas en nombre de la historia, incluyendo también las de la historiografía anticatalanista. Y no es tanto pseudohistoria porque el populismo historiográfico no se define tanto por la mentira o la ficción absoluta como por la exageración. Su problema es más bien el de tomar ventajosamente una parte por el todo y, con ello, invisibilizar o menospreciar lo que no cuadra con su relato. De ahí que lo contrario a un relato populista no suela ser la tesis contraria, que puede recaer en muchos de sus defectos y la retroalimenta, sino la problematización y el matiz.

 Si la historia como herramienta crítica se propone problematizar y matizar, evitar generalizaciones y deshacer prejuicios o clichés, el populismo historiográfico difunde otros nuevos o actualiza antiguos mientras ofrece grandes explicaciones generales más fáciles de vender. Además, estas explicaciones tienden a ser prácticamente monocausales, con lo que puede pretender dar cuenta de un fenómeno complejo de varios siglos desde un único factor que mágicamente lo explica todo (por cierto, muchas veces psicológico, bajo la forma de fobias, envidias, resentimientos o complejos de inferioridad o superioridad) o desde un colectivo culpable que conecta el pasado con el presente y facilita una oportuna dialéctica como la del amigo/enemigo. Por ello, son obras con una tesis clara y rotunda que anuncian, recuerdan y demuestran machaconamente. Además, la información recolectada se adapta ad hoc a esa tesis con procedimientos como una selección (cherry picking) muy voluntarista y con frecuencia cita pasajes descontextualizados, adaptados e incluso modificados, como desgrané en su momento en relación a Imperiofobia y leyenda negra (2017).

 

Así pues, lo que suelen faltar más son las aristas, los matices y los contraejemplos, todo aquello que pueda invalidar la tesis expuesta. En vez de abordarlo o mencionarlo, se prefiere infravalorarlo o pasarlo por alto como si no existiera. De este modo se impulsa una unidimensionalización de la historia que también pasa a serlo de la política. Por añadidura, eso conduce a revelar que lo importante de estos relatos no es solo lo que dicen sino sobre todo lo que omiten. En realidad, pueden describir episodios concretos más o menos correctamente y exponer tesis parcialmente ciertas, pero estiran esa parcialidad para convertirla en un todo exagerado o falso. Por eso, una clásica respuesta a las críticas no es “descender” al debate constructivo y sosegado sino desautorizarlas globalmente desde acusaciones generales (discurso negrolegendario, facha o las variantes correspondientes) que sustituyen a la argumentación.

A la hora de la verdad no solo se politiza la historia, también se la moraliza. En estos discursos abundan los “buenos” y “malos” y se intercalan juicios de valor, incluidas alusiones o difamaciones ad hominem para desacreditar a personajes históricos o historiadores. Con ello fomentan maniqueísmos que, pasados por el filtro de la moralización, favorecen la polarización e intolerancia contemporáneas. Además, también recrudecen los problemas políticos actuales al proyectarlos al pasado y retratarlos como si fueran fatalmente crónicos e inevitables.
Así pues, mientras que el populismo historiográfico apunta a priori a un pueblo que pretende unificar y cohesionar, lo que hace en realidad es crear división, polarización y antagonismo. En esta misma línea, reproduce visiones unilaterales que solo se preocupan por los de un lado y que lo “explican” todo desde ese lado. Las fuentes de autoridad reivindicadas también vienen principalmente de ahí. Obviamente, el autor en cuestión se alinea explícitamente con una causa y recurre con frecuencia a una retórica del “nosotros y ellos”, aunque a menudo ese mismo “nosotros” sea incompleto y tenga como sintomáticas excepciones a esos enemigos internos contra los que combatir y que al mismo tiempo ayudan a forjar y delimitar el potencial cohesivo anhelado.

Para acabar, este populismo historiográfico también se sirve de un tono apasionado y vehemente o de expresiones inflamadas con las que atrae y fideliza a la audiencia. En los tiempos actuales, esta retórica se identifica con frecuencia con una “sinceridad”, un “compromiso” y una “valentía” que se alaban públicamente. De hecho, muchas de estas obras, pese a que puedan tener gran apoyo mediático e incluso político, se presentan como osadas y sus autores son retratados desde una retórica épica como “políticamente incorrectos”.

Sin embargo, en rigor no se trata de una novedad sino más bien de una tendencia que se ha ido consolidando en el decurso de los últimos años. Desde una perspectiva semejante, Jean Sévillia creó ya en 2006 el “Premio al libro incorrecto del año” en Francia y, siguiendo varios de los aspectos mencionados, ha publicado libros exitosos como Históricamente correcto (2004), Moralmente correcto (2007) o Históricamente incorrecto (2011). En el último ha criticado lo “históricamente correcto” como forma colectiva de odio a sí mismo que entronca con la pérdida de valores comunes en una sociedad francesa “cuya cohesión cultural se tambalea por la brusca introducción del Islam”. Por ello, Sévillia proporciona una interpretación alternativa de la historia gala y propugna un olvido de los episodios divisorios, a lo que añade lamentos nacionalistas y pasajes en los que escribe que “en las escuelas de antaño, la historia tenía como finalidad formar franceses. Esto se hacía con mentiras, como hacer recitar Nuestros antepasados los galos por todos los niños. Sin embargo, era mejor que nuestra escuela actual, que se dirige a mentes que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte”.

 La Leyenda Negra como síntoma

La Leyenda Negra, tan en boga de nuevo, en realidad no solo hace referencia a la historia de las contumaces injurias padecidas por España, también es el símbolo victimista y la justificación de buena parte de estos populismos, nacionalismos o revisionismos historiográficos en otras partes. De ahí que, con las mismas palabras u otras equivalentes, haya renacido en tantos lugares, incluso Domenico Losurdo se empeñó hace años en criticar y “desmontar” la Leyenda Negra de Stalin, lo que no impide que cada colectivo se centre en la propia y no en la de los otros. Eso mismo se observa en el libro de Jean Sévillia, quien denuncia la “leyenda negra” (sic) de la derecha y del catolicismo en Francia y justifica la Inquisición francesa, que “en la Edad Media no indignaba a nadie”. En cambio, no sale tanto en defensa de la española, de la que prudentemente afirma que fue más un producto hispano que católico para señalar acto seguido que “Torquemada no es, pues, el fruto del catolicismo: es el producto de una historia nacional”.

El propósito de estos populismos historiográficos es patrimonializar el agravio. Se nutren de un victimismo movilizador que se propone reconquistar la memoria y restaurar así la autoestima colectiva. Por ello, cada uno de estos relatos populistas compite por ser la verdadera y mayor víctima, a la vez que deniega los agravios sufridos por los demás, en especial por los antagonistas políticos. El problema es que estos relatos rivalizan entre sí y a la postre se retroalimentan de manera conflictiva, pues para salvar la memoria nacional deben recurrir a comparatismos ventajistas que, además de destacar las injusticias padecidas, se centran en resaltar que las otras naciones eran peores. En otras palabras, lo paradójico es que las leyendas negras denunciadas por los nacionalismos son justamente creaciones que proceden en gran medida de otras historiografías nacionalistas y que, al mismo tiempo que se las combate, no se las deja de imitar.

 

No es extraño, pues, que encontremos estos populismos en muchos otros países, especialmente en aquellos que se proponen hacer una nueva historia oficial del pasado. En Polonia se intenta eximir al siempre heroico pueblo polaco de toda responsabilidad en el exterminio judío y culpar únicamente a los alemanes, algo materializado en leyes mordaza para silenciar a aquellos historiadores que damnifiquen la imagen nacional. En la Hungría de Viktor Orbán se ha reivindicado la memoria de un dictador como el almirante Horthy y, mientras se retrata a los húngaros como víctimas, héroes o al menos inocentes, también se culpa en exclusiva a los alemanes del Holocausto. En Alemania, Alternative für Deutschland ha llegado a calificar a la etapa nazi como una simple minucia o nadería histórica (Alexander Gauland la llamó Vogelschiss, literalmente “mierda de pájaro”), ha impulsado una cruzada contra lo que desdeñosamente llaman el culto a la culpa (Schuldkult) y fomenta frente a este una memoria nacional de la que enorgullecerse. En Rusia, Putin ha rehabilitado parcialmente la memoria de Stalin y promueve relatos que centran la culpa de la Segunda Guerra Mundial en Francia y Gran Bretaña y que sirven para justificar históricamente el Pacto Molotov-Ribbentrop y la ocupación de Polonia oriental como una necesidad de una Unión Soviética retratada como víctima. Para ello se ha basado mucho incluso en textos producidos por Stalin y su entorno como Los falsificadores de la historia (1948), mientras ha preferido no mencionar la guerra contra Finlandia de 1939-1940 o las anexiones de Besarabia y los Países Bálticos en 1940.

En Francia, un gran best-seller como Le suicide français (2014) de Eric Zémmour –quien ahora se ha apuntado a la carrera presidencial– aporta una reinterpretación nacionalista y revisionista de un gobierno de Vichy que habría tenido el mérito de “salvar a un 90% de los judíos franceses”. Critica a Robert Paxton y su demonizada “doxa paxtoniana”, la cual deriva de la exhaustiva investigación acerca de Vichy promovida y realizada por este historiador, tachada por Zemmour de antifrancesa por haber dejado desvalido al Estado francés frente a la actual “amenaza migratoria”. En su opinión, y mezclando de nuevo pasado y presente, el Estado francés ya no puede “mantener sus fronteras contra la avalancha de inmigrantes del sur, por miedo a ser acusado de enviar a los judíos a campos de exterminio”.

La conclusión común de este tipo de retóricas es la promoción de una historia afirmativa que salga en defensa de la autoestima del pueblo o la nación y que elimine aquello que pueda hacerle sombra. De ahí que apunten hacia una suerte de reconstitución moral nacional en un contexto como el actual, tan influido por la importancia de las redes, la crisis de las mediaciones o el auge de la posverdad. Además, coincide en una época marcada por una crisis de futuro que, caracterizada por la dificultad del presente de imaginar y creer en un porvenir sustancialmente distinto y mejor, contribuye a la actual ubicuidad de estos pasados que no pasan y de una memoria deformada e instrumentalizada. La consecuencia lógica fue advertida por Zygmunt Bauman en su libro Retrotopía (2017): las utopías propugnadas en la actualidad no residen tanto en el futuro como en el pasado, pues este se ha convertido ahora mismo, en tiempos de posverdad, en un espacio mucho más manipulable que un futuro poco promisorio y que ya no brinda grandes esperanzas de cambio."                  (Edgar Straehle, CTXT, 06/10/21)

16/12/20

La arqueóloga que encontró a los romanos en la Vasconia irreductible... Mertxe Urteaga ha demostrado la importancia de la colonización romana en la zona montañosa del País Vasco, pese al persistente mito del enclave sin conquistar

 "Desde que exploró una asombrosa galería en Gipuzkoa con 22 años, Mertxe Urteaga ha demostrado la importancia de la colonización romana en la zona montañosa del País Vasco, pese al persistente mito del enclave sin conquistar.

A sus 22 años, la arqueóloga Mertxe Urteaga planeó una exploración secreta por el subsuelo de las Peñas de Aya (Gipuzkoa). Aprovechó un fin de semana, cuando no había gente trabajando en las minas de Arditurri, para dirigir al geólogo Txomin Ugalde y al historiador Ricardo Berodia en la búsqueda de una rendija hacia el tesoro: hacia una galería romana en este territorio vascón que en teoría los romanos nunca habían conquistado.

Era 1982, la Real Compañía Asturiana de Minas explotaba el coto de Arditurri y acababa de ofrecer al Ayuntamiento de Oiartzun una pequeña joya: un tramo de galería romana que podría abrirse al público. Urteaga, una recién licenciada que trabajaba en los archivos del municipio, arrugó la nariz. Había visto fotos sacadas por los ingenieros en las minas, había leído informes que acumulaban polvo de dos siglos y sospechó que la empresa ofrecía ese caramelo, en un paraje remoto y sin valor económico, para distraer la atención de la maravilla que escondían aquellas montañas: una asombrosa red subterránea excavada hacía 2.000 años.

“La empresa conocía los informes de Thalacker en 1803 o de Gascue en 1897 en los que se hablaba de una gran infraestructura romana, y conocía las bocas de muchas de aquellas minas”, explica. “Les servían para llegar a los filones y seguir explotándolos. Pero no decían nada porque no querían arqueólogos incordiando. Y en el mundo académico nadie hacía caso al asunto. El mito de que los vascones de la zona montañosa habían rechazado a los romanos estaba muy extendido, era una clave para explicar la pervivencia de la lengua vasca”.

Cuarenta años después, la guipuzcoana Urteaga nos guía por la vaguada de Arditurri para mostrarnos el paraje en el que ella y sus compañeros empezaron a agrietar el mito. En el regazo de las imponentes muelas de granito de las Peñas de Aya se cuela por una galería de dimensiones humanas: 1,80 metros de altura aproximada, una anchura que se puede abarcar con los codos desplegados y una forma suave y abovedada típica de los romanos, que encendían fogatas para fragmentar la roca y luego retocaban el túnel con picos.

“Enseguida percibimos la mano romana, fue muy emocionante”, dice, mientras acaricia la roca tallada, señala huecos donde los mineros depositaban lamparitas de aceite, muestra el canal que sigue desaguando, explica hallazgos de bateas de madera, picos de hierro, tejidos impermeables de lana con pelo: ropa de minero. “La sensación de avanzar por el interior de la tierra es muy intensa, te adentras en lo más profundo y de pronto descubres una huella humana de hace milenios… A mí este sitio me maravilla. Percibes el plan minucioso para acceder hasta el filón, las rectificaciones en el trazado de la galería, la inclinación para que desagüe. Es una construcción en negativo, un vacío escultórico. Parece una obra de Oteiza”.

Al cabo de 50 metros, esta galería horizontal conecta con otra diagonal muy inclinada por la que penetraron los prospectores romanos. Cuando encontraron el filón, los topógrafos tuvieron que determinar el nivel en el que debían perforar la segunda galería, la horizontal en la que trabajarían los mineros, por la que ahora caminamos. Una hipótesis dice que enlazaban docenas de metros de intestinos de gato hasta el exterior y los llenaban de agua: así podían ver desde fuera el nivel exacto del filón subterráneo.

La Compañía Asturiana cerró las minas en 1984 y dejó campo libre para los arqueólogos. Solo en Arditurri encontraron más de 40 zonas de explotación romana, incluidas obras tan complejas como un acueducto subterráneo de 425 metros que desaguaba las filtraciones –y las sigue achicando– para que los mineros trabajaran 15 metros por debajo del río. “Cuatrocientos hombres durante 200 años no hubiesen sido suficientes para horadar todas estas galerías”, escribió el ingeniero Thalacker en 1803. Los arqueólogos descubrieron más explotaciones romanas en el entorno de las Peñas de Aya, tanto en Gipuzkoa como en Navarra, y así confirmaron la importancia de aquel distrito minero, uno de los principales productores de plata, hierro y cobre de la provincia Tarraconensis. Convencidos de que la ocupación romana debió de ser mucho más intensa de lo que se creía, Urteaga y sus compañeros del centro Arkeolan buscaron y hallaron otra gran sorpresa en pleno centro de Irun.

En 1992, aprovechando unas obras en la calle de Santiago, pidieron permiso al Ayuntamiento para buscar restos de un puerto romano. “Les daba la risa. Pero hicimos varios sondeos, el cazo de la excavadora iba sacando montones de limo negro y de repente soltó un montón de piezas de cerámica romana. ¡Tremendo! Encontramos miles de fragmentos, estructuras de madera, amarres… Era un puerto con muelles, almacenes, aduanas, un punto por el que circulaban salazones del Mediterráneo Oriental, cereales y vino del valle del Ebro, aceite de la Bética… Justo ahora estoy con una investigación en la que planteo que el puerto tenía una fachada monumental, para mostrar la importancia de la ciudad”

Debajo de Irun estaba Oiasso, la ciudad de los vascones que mencionaban los geógrafos clásicos, con el puerto, las necrópolis y las termas que han ido desenterrando los arqueólogos, con trazas de templos y teatros que aún no han aparecido. “Algunas personas se acercaban a la excavación y nos tomaban el pelo: ‘Pero a ver, chicas, ¿todavía no sabéis que los romanos nunca llegaron aquí?’. Un señor pasaba todos los días junto a la excavación y nos insultaba”.

—¿Y eso?

—A algunos, nuestros descubrimientos les sentaban fatal porque les rompíamos una idea de su identidad: “Los romanos nunca ocuparon este país, los vascones se resistieron, por eso somos un pueblo peculiar con una lengua única…”. Ese mito estaba muy arraigado. Algunas personas del mundo cultural y académico también nos trataban como si estuviéramos cometiendo una traición

Ella sostiene que la cultura vasca no sobrevivió a pesar de los romanos, sino gracias a ellos. “Su ejército era imparable, se instalaron en las zonas vasconas que les interesaban y los dirigentes nativos probablemente se integraron en el imperio para recibir ventajas: cargos políticos, negocios, nivel de vida. Gracias a los romanos, recibieron un cursillo de actualización acelerado. En un par de siglos adoptaron la escritura latina, las técnicas más avanzadas de construcción y agricultura, el urbanismo, el arte, la higiene, todo lo que otras civilizaciones habían desarrollado durante milenios. Hubo culturas que se quedaron al margen de esas modernizaciones y desaparecieron”.

El pasado no existe, dice Urteaga. Siempre vivimos en el presente, son las ideas del presente las que modelan nuestra visión del pasado. El de Oiasso era el primer puerto romano de la península Ibérica que veía la luz, no había más de una docena en todo el mundo, se trataba de un tesoro, pero debían apostar por la divulgación para que la sociedad vasca fuera entendiendo su valor. Contaban con unas pruebas arqueológicas consistentes y el apoyo de las instituciones públicas. Dieron conferencias, abrieron el Museo Oiasso, todos los años organizan un festival de cine arqueológico, otro de espectáculos romanos… 

Hace unos años, Mertxe Urteaga conversaba durante un recorrido en tren con una señora de Irun. “Me preguntó en qué trabajaba, le dije que era arqueóloga y me contestó: ‘Ah, sabes que Irun fue una ciudad romana, ¿no?’. Pensé: ‘Ya está, lo hemos conseguido”.              (Ander Izaguirre, El país Se,amañ. 06/12/20)

15/6/20

Revisionismo o barbarie, cuando el «buenismo» pretende borrar la Historia del cine... ¿debe el stablishment bienpensante de cada época dictaminar qué se puede ver y qué no?, ¿puede la mirada contemporánea juzgar y sentenciar una obra creada hace seis décadas?

"La decisión de HBO Max de retirar temporalmente de su catálogo ‘Lo que el viento se llevó’ para añadirle una nota contextualizando su contenido racista, abre de nuevo el debate sobre hasta qué punto debemos juzgar obras pretéritas con una mirada contemporánea. 

El debate es atávico y resurge cuando menos se le espera. En esta ocasión ha sido un clásico del cine lo que ha hecho disparar las alarmas en el seno del buenismo mundial, reabriendo de paso un viejo debate, a saber; ese que pretende embadurnar el Arte con una pátina de corrección política. 


La plataforma de streaming HBO Max retiraba este miércoles de su catálogo Lo que el viento se llevó (1939), la oscarizada película dirigida por Victor Fleming. Una cinta que es Historia del cine y que ha sido muy criticada durante años por ofrecer una visión idealizada de la esclavitud y perpetuar estereotipos racistas.


La decisión llegaba un día después de que el diario Los Angeles Times publicara una columna de opinión, firmada por John Ridley, guionista de la película 12 años de esclavitud, que cargaba contra la cinta al entender que «glorifica» la esclavitud durante la Guerra de Secesión, «ignora sus horrores y perpetúa los estereotipos más dolorosos para las personas de color».  


Su retirada, tal y como aclaran desde la compañía, será temporal y volverá a la plataforma «con un aviso de su contexto histórico y una denuncia de esas representaciones. No obstante, se presentará tal y como se creó originalmente porque no hacerlo sería lo mismo que afirmar que estos prejuicios nunca existieron. Si queremos crear un futuro más justo, equitativo e inclusivo, primero debemos reconocer y comprender nuestra historia».


El movimiento coincide con la decisión de otras compañías como Disney, que evitó incluir en su nueva plataforma Canción del Sur −un filme polémico desde su estreno en 1946− o la cadena de televisión Paramount que ha cancelado el realityCops, protagonizado por policías de EEUU.


El cuestionario surge solo: ¿debe el stablishment bienpensante de cada época dictaminar qué se puede ver y qué no?, ¿puede la mirada contemporánea juzgar y sentenciar una obra creada hace seis décadas?, ¿hasta qué punto eludir nuestro pasado es una buena solución a la hora de abordar nuestro presente?

«No somos responsables de las obras del pasado»


El historiador y documentalista de cine Luis E. Parés pone el foco en nuestra mirada contemporánea y en cómo somos capaces de articularla: «Tenemos el deber de releer la historia, pero esta relectura ha de ser inclusiva y no exclusiva, no podemos negar la importancia que ha tenido Lo que el viento se llevó en la Historia del cine por una visión que no existía en el tiempo en que fue rodada».


La euforia revisionista produce monstruos. Aproximarse a una obra con las dioptrías del XXI puede llegar a emborronar aún más la imagen. «Una película es hija de su tiempo, intentar corregir Lo que el viento se llevó o cualquier otra es intentar corregir su tiempo y esto es algo que no está en nuestra mano», apunta el historiador. Ahora bien, esto no significa que no haya que contextualizarlas, «estoy a favor −prosigue Parés− de que se introduzca una nota aclaratoria que presente la obra e informe al espectador, pero no pedir perdón por lo que va a ver, porque no somos responsables de las obras del pasado».


Por otro lado, enjuiciar desde un posicionamiento político Lo que el viento se llevó  sería como tratar de ponerle un traje para el que nunca estuvo hecho. «Es un melodrama, lo que pretendía era emocionar a la gente y erizar el vello, es decir, todo es político y está bien que intentemos extraer lecturas políticas de casi todo, pero no que busquemos finalidades políticas en aquellas cosas que no las tuvieron, creo que hoy día podemos trascender ese tipo de lecturas y hacer una lectura realmente artística», zanja Parés.


«Un debate ficticio»


Begoña Piña, periodista especializada en cine, encuentra estéril el debate: «Me parece ficticio, si aplicamos la misma óptica no habría películas en el planeta que se pudieran exhibir, no hay duda de que Lo que el viento se llevó es una peli racista, también lo es El nacimiento de una nación, y sin embargo es una película importantísima para entender el cine».


Un debate que además de ficticio es eterno. No en vano esta última polémica obedece a una lógica que viene de lejos y que, según se mire, emparenta a una cierta progresía extremadamente sensible a lo políticamente incorrecto, con hordas y hordas de pacatos y fanáticos que a lo largo de los siglos han boicoteado obras bajo el pretexto de herir sensibilidades. 


«La Historia del cine está hecha de películas machistas, homófobas y racistas. Tendríamos que eliminar millones de referencias que ilustran la historia de nuestra civilización, ¿qué hacemos con todos esos archivos?, son importantísimos para entender lo que somos», zanja Piña."                  (Juan Losa, Público, 10/06/20)

16/10/12

Tiburcio Vásquez, quien fue ajusticiado por los estadunidenses en 1875, vivió por más de 20 años robando al gringo y repartiendo una parte del producto de sus andanzas entre los californianos

"Eric Hobsbawm, el conocido historiador marxista muerto recientemente, deja en su prolífica producción bibliográfica una herencia intelectual trascendente para el pensamiento crítico contemporáneo. 

De este monumental legado sobresalen, desde el sesgo antropológico de quien esto escribe, dos libros en los que explora el concepto de bandolerismo social: Rebeldes primitivos, estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX (1959), donde dedica un capitulo al tema, y Bandidos (1969), donde lo desarrolla plenamente. 

Estas son sus obras de historia social consideradas clásicas, fuera del ámbito de la historia económica, en la que trabajó más asiduamente en su longeva y fecunda vida. 

La interpretación de Hobsbawm sobre el bandolerismo social rompe con la tradición historiográfica que considera como mero delincuente, un fuera de la ley, a todo participante en las luchas armadas contra el poder establecido, situando en un primer plano, en el campo de la investigación histórica, a movimientos sociales que los prejuicios ideológicos y sociales habían relegado al anonimato de los archivos policiacos, las páginas sensacionalistas de los periódicos, leyendas, relatos y cantos populares.

 Es por eso que la crítica de Hobsbawm de que bandoleros y salteadores de caminos preocupan a la policía, pero también debieran preocupar al historiador, es completamente justa.

Este autor conceptualiza el bandolerismo social como una de las formas más primitivas de protesta social organizada y sitúa este fenómeno casi universalmente en condiciones rurales, cuando el oprimido no ha alcanzado conciencia política, ni adquirido métodos más eficaces de agitación social. 

Esta forma de protesta social surge especialmente, y se torna endémica y epidémica, durante periodos de tensión y desquiciamiento, en épocas de estrecheces anormales como hambres y guerras, después de ellos, o en el momento en que los colmillos del dinámico mundo moderno se hincan en las comunidades estáticas para destruirlas y transformarlas. 

El bandolerismo social se presenta como una forma pre-política de resistir a los ricos, a los opresores extranjeros, a las fuerzas que de una u otra forma destruyen el orden considerado tradicional, en condiciones extraordinariamente violentas, provocando cambios notables en un espacio de tiempo relativamente corto. 

El bandolero social representa un rechazo individual a nuevas fuerzas sociales que imponen un poder cuya autoridad no es del todo reconocida o sancionada por la comunidad, que ayuda y protege al bandolero.

 La existencia de esta cooperación por parte de una población oprimida es fundamental para diferenciarlo del simple delincuente. Y es que al enfrentarse contra los opresores –aunque sea por medios delictivos– el pueblo oprimido ve expresados sus anhelos íntimos de rebeldía. 

Por ello, toma el papel o es trasformado en el vengador o defensor del pueblo. Estos símbolos de la rebeldía popular son hombres que generalmente “se rehúsan a jugar el papel sumiso que la sociedad impone… los orgullosos, los recalcitrantes, los rebeldes individuales… los que al enfrentarse a una injusticia o a una forma de persecución, rechazan ser sometidos dócilmente.” Sin embargo, como toda rebelión individual, tiene sus límites.

 Es una protesta recatada y nada revolucionaria. Protesta contra los excesos de la opresión y la pobreza, no contra su existencia misma. El bandolero social no se plantea con sus acciones la trasformación del mundo, no es un revolucionario, sino que intenta, en el mejor de los casos, poner un coto o revertir la violencia de los dominadores.

 Su papel no es acabar con el sistema que da origen a la opresión y explotación contra las que se enfrenta, sino más bien hacer que queden limitadas dentro de los valores tradicionales que la población que lo protege considera justos.

 Por lo tanto, por su acción e ideología, el bandolero social es un reformista: actúa dentro del marco institucional impuesto por un sistema cuya existencia no es puesta en tela de juicio. Por ello, afirma Hobsbawm, para convertirse en defensores eficaces de su pueblo, los bandoleros tendrían que dejar de serlo.

Me correspondió aplicar el concepto de bandolerismo social al estudiar la resistencia de los mexicanos a la conquista estadunidense de los territorios arrebatados a México en 1848 y lo encontré de gran utilidad para explicar especialmente el periodo que en California da lugar a la creación literaria sobre bases reales del personaje conocido como Joaquín Murieta, que reúne todos los rasgos del arquetipo de bandolero social. 

Tiburcio Vásquez, quien fue ajusticiado por los estadunidenses en 1875, vivió por más de 20 años robando al gringo y repartiendo una parte del producto de sus andanzas entre los californianos, contando con el apoyo y la admiración de esta población. 

Si Joaquín Murieta y Tiburcio Vásquez alcanzaron gran celebridad gracias a la literatura y hasta el cinematógrafo (trastocados en el diluido personaje de El Zorro, que no lucha contra los yanquis), numerosos mexicanos siguieron anónimamente sus pasos durante el periodo que va de 1850 a 1880, aproximadamente.

 En Nuevo México y Texas tenemos en esas mismas fechas bandoleros sociales del tipo de los vengadores, como Sóstenes L’Archevêque, de madre mexicana, quien ante la muerte de su padre a manos de los estadunidenses inicia una sangrienta vendetta que según Carey McWilliams lo llevo a contar 23 marcas de gringos en su escopeta: dos marcas más que las encontradas en la escopeta de Billy The Kid.

Con sus estudios sobre el bandolerismo y otras formas de resistencia arcaica, Eric Hobsbawm ilumina la historia olvida del mundo de los insumisos, que no porque su camino fuese un callejón sin salida hemos de negarle el anhelo de libertad y de justicia que les impulsaba.            (Gilberto López y Rivas, La Jornada, Rebelión, 13/10/2012)

15/4/10

Prejuicios históricos

"El responsable del primer prejuicio a eliminar es Davide Cantoni, un doctorando de 26 años de la Universidad de Harvard que acaba de colgar en la red un trabajo llamado Los efectos económicos de la reforma protestante donde desmonta con tanto cuidado como rigor la tesis clásica de que los protestantes son más eficientes e industriosos que los católicos.

Según dicha tesis, formulada por Max Weber en La ética protestante del capitalismo, pero sostenida también con variaciones por filósofos como Hegel o historiadores como Braudel, el protestantismo, con su énfasis en la responsabilidad individual, sería más compatible con la ciencia y el progreso económico que el catolicismo, históricamente hostil a la usura y promotor de la sumisión a la jerarquía frente al individualismo.

Atreverse con Weber en tu primera investigación relevante, con la que además quieres encontrar trabajo después, es una apuesta arriesgada. Si eres creyente, primero es Dios, claro está. Pero si eres sociólogo, primero es Weber. Pues, sintiéndolo mucho por Weber, Cantoni ha introducido en una base de datos las cifras de crecimiento económico de nada menos que 272 ciudades alemanas (162 luteranas, 88 católicas y 21 calvinistas) durante un periodo de 600 años (de 1300 a 1900) y, tras numerosas pruebas controlando diversas variables, ha llegado a la conclusión de que la religión no explica las diferencias de crecimiento de unas y otras. En otras palabras, frente a la creencia comúnmente establecida desde Weber, la religión no importa a la hora de explicar el progreso económico.

Así que los estudios sobre el impacto de la cultura y la religión sobre el rendimiento económico deberán ir pasando por boxes próximamente y someterse a rigurosas pruebas estadísticas para convencernos de que no se trata de un simple conjunto de prejuicios." (JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA: Prejuicios. El País, ed. Galicia, internacional, 05/04/2010, p. 8)