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14/6/26

Ann Pettifor: El fascismo actual... Paralelismos con la década de 1930 en el Norte y el Sur... Los auges bursátiles, la inflación, la austeridad, la independencia de los bancos centrales, la quiebra de la economía convencional y la ausencia de un liderazgo político internacional en tiempos de crisis global son solo algunos de esos paralelismos, inflación, y paralelismos del patrón oro con el patrón del dólar estadounidense... somos testigos de un "terremoto" global que pone en peligro a las sociedades de todo el mundo, mientras recurren a "hombres fuertes" de la política para protegerse de los mercados globalizados del dinero, la energía y los alimentos

"El fascismo actual: Paralelismos con la década de 1930 en el Norte y el Sur

Auge y caída, inflación, austeridad, independencia de los bancos centrales y paralelismos del patrón oro con el patrón del dólar estadounidense

El 18 de mayo de este año participé en un podcast organizado por la Sociedad Internacional Karl Polanyi de la Universidad de Viena para hablar sobre "Las finanzas globales y el fascismo: ayer y hoy" con Bruno De Conti, profesor de la Universidad de Campinas (Unicamp, Brasil). La sesión fue presentada por Andreas Novy. Al prepararme para el debate, volví a consultar *El mundo en depresión, 1929-1939* de Charles P. Kindleberger, un libro muy manoseado que ha estado en mis estanterías durante décadas.

Los paralelismos eran casi demasiado numerosos para incluirlos en este debate, pero lo intenté. Los auges bursátiles, la inflación, la austeridad, la independencia de los bancos centrales, la quiebra de la economía convencional y la ausencia de un liderazgo político internacional en tiempos de crisis global son solo algunos de esos paralelismos.

Uno de los aspectos más interesantes de la conversación fue la reflexión del profesor De Conti sobre los paralelismos desde la perspectiva de los países del Sur. En particular, discutimos las decisiones del presidente Roosevelt en 1933 de abandonar el patrón oro, y también, al parecer, la del presidente brasileño Getúlio Vargas de Brasil, y el impacto de los controles de capital para estabilizar primero la economía estadounidense y luego, tras la conferencia de Bretton Woods en 1945, la economía global, lo que condujo a la "edad de oro" de 1945-1971. [Me interesaba subrayar la diferencia entre el nacionalismo y el fascismo de muchas sociedades tanto del Sur como del Norte que buscaban "protección" frente a las fuerzas del mercado, y el internacionalismo de, por ejemplo, las políticas del presidente Roosevelt para un control público y democrático sobre los mercados globales].

Actualizamos todo esto señalando que hoy tanto las economías de altos como de bajos ingresos viven bajo un nuevo patrón deflacionario: el patrón del dólar estadounidense. Esto nos lleva a discutir la hegemonía del dólar y la determinación de muchos países del Sur de desdolarizarse. Más recientemente, como señala el profesor De Conti, la Unión Europea y el BCE han comenzado a realizar esfuerzos decididos para desvincular a las economías de la UE de la dependencia del dólar estadounidense y de "criptócratas" como el presidente Trump, reformando el sistema internacional de pagos.

Terminamos discutiendo la relevancia de la obra de Karl Polanyi. Es decir, que el auge del fascismo en la década de 1930 puede explicarse por la demanda de las sociedades de ser protegidas del proyecto utópico de un gobierno ejercido por los mercados privados globales.

Como argumentó Polanyi, los mercados desregulados "no podrían existir por mucho tiempo sin aniquilar la sustancia humana y natural de la sociedad"… y por lo tanto "inevitablemente la sociedad tomó medidas para protegerse a sí misma… y al hacerlo, "perjudicó la autorregulación del mercado, desorganizó la vida industrial y, por lo tanto, puso en peligro a la sociedad de otra manera".

Hoy, como argumentó el profesor De Conti en un artículo reciente, somos testigos de un "terremoto" global que pone en peligro a las sociedades de todo el mundo, mientras recurren a "hombres fuertes" de la política para protegerse de los mercados globalizados del dinero, la energía y los alimentos."

1 Karl Polanyi, 2001 (primera edición en 1957) p. 3: *La gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo*.

#### Discusión sobre esta publicación

4 comentarios más...

Desde el punto de vista de la antropología, los mercados no regulados son mercados dominados por los poderosos porque la población de un país ha sido despojada de su poder de decisión económica y política sobre sus propias vidas.

El propósito de la derecha en el gobierno es conferir cada vez más poder a la riqueza y a sus corporaciones. Esto es definitorio. Un gobierno que otorga cada vez más poder a la jerarquía, a la riqueza y a las corporaciones es, por definición, de derecha. Esta es la definición basada en el espectro original de izquierda y derecha nacido en la Revolución Francesa.

El propósito de la izquierda en el gobierno es conferir igualdad de poder de decisión económica y política a la población. De nuevo, esto es definitorio.

Cualquier movimiento político que le diga a la gente que hay un compromiso entre libertad y prosperidad es de derecha. La libertad y la prosperidad son inseparables. Y una población que defiende celosamente su poder de decisión, la libertad y la agencia de cada individuo en la sociedad, es una que preserva su propia libertad y prosperidad.

La función del neoliberalismo siempre ha sido convencer a la gente para que entregue su libertad y prosperidad a la riqueza y al poder. Cualquier política pública que no se centre en la crisis fundamental que vivimos, que es que el pueblo de Estados Unidos y Reino Unido ha sido despojado de su capacidad de decisión en sus propios asuntos, es una pérdida de tiempo y una distracción.

Las personas más ricas del mundo están consolidando su control totalitario sobre esas dos naciones y la mayor parte del mundo a través de la fuerza militar, o al menos lo están intentando. La amenaza que enfrentamos no son las emisiones de CO2. Es el proyecto de asesinato genocida global de los súper ricos.

Gran análisis Ann. La parte más aterradora del fascismo es cómo convierte a la gente común en participantes activos sin que sean conscientes de ello. No triunfa solo por la fuerza; engancha a la gente llenando un vacío emocional y explotando los deseos humanos profundamente arraigados.

Acabo de publicar un análisis en profundidad explorando 'Por qué el fascismo sigue atrayendo a millones de personas en todo el mundo'. Me encantaría saber tu opinión (...)" 

(Ann Pettifor , blog, 28/05/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original) 

6/8/24

La internacional ultra y la boxeadora monstruo... La extrema derecha agita un bulo contra la boxeadora olímpica Imane Khelif, a la que acusa de ser un hombre... La polémica sobre el combate entre la boxeadora italiana Angela Carini y la argelina Imane Khelif ha sido una muestra de la capacidad de la extrema derecha global para marcar el paso de la opinión pública a través del odio, la mentira y la desinformación... La boxeadora argelina Imane Khelif no lo sabe pero ella solo es un significante que el fascismo usa para asentar en la sociedad su visión de mundo y hacer hegemónico su ideario contra la diversidad. La necesidad de identificar el paradigma del monstruo en una boxeadora argelina, falsamente identificada como trans, provoca el miedo en la sociedad y funciona de un modo perfecto para la ofensiva ultrarreaccionaria al transmitir su discurso de odio a través de una guerra cultural que sirva para engrasar su ideología entre los todavía no convencidos (Antonio Maestre)

 "La ofensiva ultra hacia “lo trans” como elemento simbólico de la degeneración de occidente es seguida por los tontos útiles que dentro del progresismo han hecho de su vida un ejercicio constante de activismo y odio al colectivo trans

La extrema derecha agita un bulo contra la boxeadora olímpica Imane Khelif, a la que acusa de ser un hombre

Lo monstruoso es el significante perfecto de lo degenerado. La modernidad es degeneración y la tradición la voluntad de dios, lo correcto, lo ordenado, la vía natural. La boxeadora argelina Imane Khelif no lo sabe pero ella solo es un significante que el fascismo usa para asentar en la sociedad su visión de mundo y hacer hegemónico su ideario contra la diversidad. La necesidad de identificar el paradigma del monstruo en una boxeadora argelina, falsamente identificada como trans, provoca el miedo en la sociedad y funciona de un modo perfecto para la ofensiva ultrarreaccionaria al transmitir su discurso de odio a través de una guerra cultural que sirva para engrasar su ideología entre los todavía no convencidos.

La polémica sobre el combate entre la boxeadora italiana Angela Carini y la argelina Imane Khelif ha sido una muestra de la capacidad de la extrema derecha global para marcar el paso de la opinión pública a través del odio, la mentira y la desinformación. El bulo sobre la transexualidad de la boxeadora nació de un canal de telegram ruso y fue posteriormente difundido por una agencia de noticias rusa y sirvió a la fascista Giorgia Meloni para usar el caso en su país e instrumentalizarlo políticamente al enfrentarse a una boxeadora italiana. Después de que el agitprop putinista lo lanzara y Meloni lo usara, el resto vino en cascada. Javier Milei, Isabel Díaz Ayuso, los ultras europeos y el feminismo tránsfobo hispano hizo el resto. Golpear a una boxeadora se convirtió en viral para hacer un favor al plan ultraconservador del fascismo global para acabar con la diversidad en las sociedades europeas.

Lo que separa Ucrania lo une el odio al progresismo. Giorgia Meloni y Vladimir Putin tienen la misma visión sobre la diversidad en la sociedad. La visión ultraconservadora que ambos tienen de lo que debe ser la familia, la sexualidad, el género y la multiculturalidad confluye en los bulos, la mentira y el odio vertidos a una boxeadora argelina. Es muy posible que muchos de los que difundieron el último bulo tránsfobo sobre la identidad de la boxeadora argelina no tuvieran ni idea que estaban formando parte de manera involuntaria de una red de difusión del ideario putinista ultrarreaccionario. Pero que no lo supieran no significa que no sea así y que ejercieron como proxis del plan maestro de Vladimir Putin para desestabilizar las democracias liberales a través del descrédito de los valores de respeto, libertad y pluralidad que pretendemos defender.

En un discurso que Vladimir Putin realizó el día antes de su reunión anual ante la Duma expresó cuál era el enemigo principal al que Rusia se enfrentaba, y no, no era la OTAN, sino la ideología de género y la diversidad: “Como principal objetivo eligen por supuesto a la gente joven y a nuestra generación más joven, Y también mienten constantemente. Dan la vuelta a los hechos históricos. No cesan los ataques a la cultura rusa. A la iglesia ortodoxa y a otras organizaciones religiosas de nuestro país. Mirad lo que están haciendo con su pueblo. Destruyen la noción de familia. Destruyen la identidad cultural y nacional. Los abusos a niños, incluso la pedofilia. Son vistos como algo normal. Me gustaría decirles, miren la sagradas escrituras, de otros libros sagrados. Todo queda dicho ahí, incluyendo el hecho de que la familia es la unión de un hombre y una mujer. Pero incluso esos textos sagrados están siendo revisados. La iglesia anglicana quiere incluir la visión de un dios de género neutro. Qué puedo decirles, que dios los perdone.”

Ese discurso es la base fundamental de la ideología reaccionaria hasta el punto que fue defendido en España por Disenso, el órgano de propaganda de Vox, creando un pequeño cisma en aquel momento en el partido de ultraderecha porque en aquel momento les interesaba primar su visión interesada atlantista. Eso ya no pasa, ahora no, que tras unirse al grupo de Patriotas Europeos de Viktor Orban no tienen ningún problema en defender sin tapujos que su visión ideológica es la misma que la de Vladimir Putin.

La ofensiva ultra hacia “lo trans” como elemento simbólico de la degeneración de occidente es seguida por los tontos útiles que dentro del progresismo han hecho de su vida un ejercicio constante de activismo y odio al colectivo trans. Su prioridad no es establecer un debate ético y filosófico sobre el género, sino focalizar su frustración en un discurso de odio ante el colectivo trans por la pérdida de poder y la incertidumbre ante un futuro donde sus ideas no son tenidas en cuenta ni aceptadas como una ley universal. Puede que hubiera un tiempo donde el debate sobre el género fuera un honesto ejercicio intelectual sobre la deriva del feminismo, pero aquel tiempo ya pasó, la internacional reaccionaria que querría ver a toda mujer convertida en una tradwife que se dedicara únicamente a cocinar y dar hijos y placer a los hombres está usando el odio al colectivo trans y los mensajes de ese feminismo tránsfobo como correa de transmisión de una visión ultraconservadora del mundo. Es tiempo de cavar una trinchera entre aquellos que solo entienden el mundo como los dioses, católicos u ortodoxos, y quienes entienden la sociedad como un lugar donde cabe la pluralidad, la diversidad y el respeto estricto de los derechos humanos. Defender a una boxeadora argelina del odio es una manera de cavar esa trinchera."                 (Antonio Maestre , blog, 03/08/24)

9/4/24

El fascismo fue un movimiento político con orígenes europeos, y fue en este continente donde cometió sus peores crímenes. Fue también un movimiento imperialista... Hitler, por ejemplo, admiraba la conquista del Oeste americano y la práctica eliminación de los nativos. También tenía en mente como modelo administrativo para su imperio futuro el de los británicos en la India, esto es: una pequeña élite extractora controlando las vidas de millones de personas... Los fascistas y pronazis de los años veinte y treinta tuvieron que reinventarse después de 1945. Como Francisco Franco entendió muy bien, la nueva capa de respetabilidad sería ahora el anticomunismo, pero también la protección de la religión y la identidad nacional supuestamente amenazadas... Que no nos extrañe lo que hagan hoy sus herederos políticos... Israel no es ni mucho menos el único país antes colonizado que ahora está gobernado por un partido creado por antiguos fascistas...

 "En 1928, Abba Ahimeir, un periodista del periódico Doar Hayom, editado en Palestina por el movimiento sionista revisionista, publicó un artículo llamado Sobre la llegada de nuestro Duce. Se refería a la visita inminente de Zeev Jabotinsky, líder indiscutible del sionismo de derechas. El artículo apareció en su columna habitual en ese rotativo titulada Del cuaderno de un fascista. Cuatro años después, este mismo periodista fue arrestado por interrumpir una conferencia en la Universidad Hebrea de Jerusalén. En el juicio que siguió, su abogado defensor, en respuesta al discurso del fiscal comparando la acción de su representado con los disturbios causados por los nazis en Alemania, dijo: “Los comentarios sobre los nazis van demasiado lejos. Si no fuese por el antisemitismo de Hitler, no nos opondríamos a su ideología. Hitler salvó a Alemania”. Hay muchos más ejemplos de la admiración por el fascismo —empezando por el propio Jabotinsky, un declarado entusiasta de Benito Mussolini— entre la derecha sionista de antes de la Segunda Guerra Mundial. Esta fascinante historia la cuenta (en inglés) el excelente libro del israelí Tom Segev El séptimo millón: los israelíes y el Holocausto.

Hoy tendemos a mirar al fascismo como un fenómeno de, sobre todo, Europa, felizmente derrotado por las armas en 1945. Es una lectura tan optimista como eurocéntrica y autocompasiva. El fascismo fue un movimiento político con orígenes europeos, y fue en este continente donde cometió sus peores crímenes. Fue también un movimiento imperialista. Como lo veían los fascistas, lo que ellos hiciesen en África, los Balcanes o en el Este de Europa no era sino una versión tardía, pero igualmente justificable, de lo que otros europeos habían hecho antes en todo el mundo. Hitler, por ejemplo, admiraba la conquista del Oeste americano y la práctica eliminación de los nativos. También tenía en mente como modelo administrativo para su imperio futuro el de los británicos en la India, esto es: una pequeña élite extractora controlando las vidas de millones de personas. En vez de indios, eso sí, sus vasallos e inferiores raciales serían los eslavos. Esto se sabe bastante bien, lo que ya no se tiene siempre tan presente es que dentro de los imperios europeos hubo movimientos independentistas de corte fascista, y que sus herederos políticos gobiernan hoy, como lo hacen los de Mussolini en Italia —y quizás pronto los de Philippe Pétain en Francia—, naciones ya libres.

Volviendo a Palestina, la relación entre el sionismo y el Imperio británico fue muy complicada. Ya desde la Primera Guerra Mundial el sector mayoritario de aquel, de corte más o menos socialista, se alineó con este. El sector derechista, también llamado revisionista, tuvo en cambio una actitud muy beligerante. Quería manos libres para colonizar el territorio, desalojar a los árabes y quitarse de encima el control de Londres. Este antiimperialismo fascista adoptó el terrorismo como estrategia política. Mientras que la milicia armada oficial del sionismo, la Haganá, colaboró con los británicos en reprimir la gran revuelta árabe-palestina de 1936-1939 y en la Segunda Guerra Mundial, las mucho más pequeñas milicias fascistas como el Irgún, fundada por Jabotinsky, y Lehi se enfrentarían a ellos. Dos líderes revisionistas y futuros primeros ministros de Israel, Menachem Beguín e Isaac Shamir, estuvieron en busca y captura por sus acciones armadas. No era para menos. En 1946, el Irgún voló el hotel King David de Jerusalén, sede de la Administración colonial británica, matando a 91 personas. En 1947 su cruel ahorcamiento de dos sargentos previamente secuestrados provocó la histeria entre la opinión pública británica y el último pogromo antisemita en ese país, en Mánchester. Un año después el Irgún masacraría a unos cien civiles árabes en el poblado de Deir Yassim.

Por su parte, Shamir, dirigente de Lehi, incluso durante la Guerra Mundial buscó una alianza con Alemania e Italia. Entre sus hazañas se incluyen el asesinato en El Cairo del ministro residente británico, Lord Moyne, en 1944; la coparticipación en la matanza de Deir Yassim; y la muerte en 1948 de Folke Bernadotte, mediador para Palestina de las Naciones Unidas. Del movimiento revisionista unificado surgiría el partido Likud, que ganó las elecciones generales de 1977 que permitirían a Beguín primero y luego a Shamir gobernar Israel. Este es el partido de Benjamín Netanyahu. Además de la supervivencia política personal, su acción de gobierno ha tenido dos objetivos básicos: asentar a más colonos israelíes en Cisjordania y Jerusalén, y evitar el nacimiento de un Estado palestino.

Israel no es ni mucho menos el único país antes colonizado que ahora está gobernado por un partido creado por antiguos fascistas. En Occidente tenemos la visión de la lucha pacífica de Mohandas Gandhi y Pandit Nehru como la de la historia de la liberación de la India, pero en esta narrativa placentera olvida el papel de los ultraderechistas antimperiales como Subhash Chandra Bosse, un antiguo líder del Congreso Nacional Indio. Antiguo procomunista convertido luego al fascismo, Bosse vivió la Segunda Guerra Mundial entre Roma, Berlín (por donde estuvo también el palestino, rabioso antisemita y reclutador de musulmanes para las SS, Gran Muftí de Jerusalén, Amín al-Husayni; instigador, entre otras, de la matanza de judíos de Hebrón en 1929) y Tokio. En 1943, usando a prisioneros de guerra indios, Bosse creó en Birmania un ejército de liberación para invadir el subcontinente junto a los japoneses. Fracasó, pero desde su muerte en 1945 es considerado por muchos indios como el principal patriota de la lucha por la independencia de su país.

También se ignora a menudo que los orígenes del partido gobernarte hoy en la India, el Bharatiya Janata, y su primer ministro, Narendra Modi, están en la milicia ultraderechista y antimusulmana RSS (Organización Nacional Voluntaria), creada en 1925 y que desde el principio imitó las fórmulas y los rituales fascistas. Fue uno de sus militantes quien en 1948 asesinó al “traidor” Gandhi. En 2002, cuando Modi era ministro principal de Gujarat, permitió, y fue acusado de fomentar, los disturbios interétnicos que causaron la muerte a entre mil y dos mil personas, en su mayoría musulmanas. Este hecho propulsó su figura a nivel nacional entre los sectores más duros partidarios de la Hindutva, la ideología del supremacismo hindú.

Los fascistas y pronazis de los años veinte y treinta tuvieron que reinventarse después de 1945. Como Francisco Franco entendió muy bien, la nueva capa de respetabilidad sería ahora el anticomunismo, pero también la protección de la religión y la identidad nacional supuestamente amenazadas. En Europa, el continente americano y Sudáfrica esto se tradujo en un discurso de defensa de la civilización cristiana occidental (un invento de la propaganda de Joseph Goebbels cuando los nazis veían la guerra perdida); en Israel, en la preservación de un Estado judío étnicamente excluyente; y, en el caso de la recién descolonizada India, del hinduismo frente a la amenaza del islam. Los antiguos fascistas lucharon por la independencia de sus países, pero no por la de todos los países; abogaban por la libertad de sus pueblos, pero no tenían reparos en imponer su tiranía a otros; no creían en la paz, sino en la victoria; eran ultranacionalistas, no humanistas, y aborrecían la democracia. Que no nos extrañe lo que hagan hoy sus herederos políticos."                    ( Antonio Cazorla ,  , El País, 05/04/24)

29/1/24

Giorgia Meloni resume en una frase el odio de la derecha hacia los pobres... Pasar la responsabilidad de un sistema a sus víctimas es el objetivo de quienes quieren gobernar a los pobres, no liberar a la sociedad de la pobreza. Hay algunos que están “orgullosos” de ello, como Meloni

 "La fuerza impulsora detrás del odio a los pobres es la idea de “trabajo”. No sólo el trabajo disponible –precario, brutal, cada vez peor pagado, a veces incluso sin remuneración– sino, lo más importante, el trabajo que no existe. Este trabajo inexistente es lo que se supone que persiguen los “pobres empleables” –aquellos considerados “aptos para trabajar”-, inscribiéndose en el galimatías de los cursos de capacitación, con la esperanza de que estos les conduzcan a un trabajo, sin importar cuál sea, y con la esperanza de obtener los míseros 350 euros al mes que les prometen durante el proceso. Incluso inscribirse en los cursos no garantiza que recibirán dinero alguno, según informes de prensa de las últimas semanas.

 Aquellos entre los “empleables” que se encuentran atrapados en este círculo del infierno recibieron otra reprimenda el miércoles por parte de Giorgia Meloni, hablando durante el “tiempo de primer ministro”. “Si no estás disponible para trabajar”, dijo, “no puedes esperar que te mantengan con el dinero de quienes trabajan todos los días”.

 Sus palabras dicen mucho. Quiere decir que la pobreza es culpa de quienes no quieren trabajar. Porque, como todo el mundo sabe, a los pobres que tienen empleo les va muy bien. Se han redimido de la culpa de la pobreza. Se han emancipado de la necesidad. Han sido elevados al paraíso de las mercancías y lo disfrutan felizmente. La historia del capitalismo está plagada de ejemplos de discursos tan atroces. Ya estuvieron allí entre 1597 y 1601, cuando Isabel I aprobó las primeras “leyes de pobres” en Inglaterra. Hoy podemos estar en una época diferente, pero seguimos en el mismo lugar. Los pobres no escapan de la pobreza, ni siquiera cuando trabajan. Se les llama "trabajadores pobres". Este eufemismo angloamericano está ahí para encubrir lo espantoso de una vida pasada en la necesidad, y no hace nada para evitar añadir insulto al daño cuando alguien pierde su trabajo y no puede encontrar otro.

 Las palabras de Meloni también son deshonestas. Lo que no dijo fue que su gobierno cambió los criterios mediante los cuales se evalúa la “disponibilidad para trabajar” de los pobres. Estos criterios no tienen nada que ver con la voluntad de trabajar de un individuo, sino que se utilizan para emitir una condena moral, contrastándolos con aquellos que “trabajan todos los días” – en una línea de pensamiento que termina tildando de “vagos” a quienes reciben asistencia pública. o "moochers". En concreto, hablamos de la rebaja del umbral máximo de renta estimada, según el indicador de situación económica equivalente (ISEE), de 9.360 euros a 6.000 euros anuales para poder acceder a la nueva medida. Esto no es un tecnicismo sino una cuestión política. Esta norma ha excluido a muchos de los "empleables" del acceso al "apoyo a la formación y al empleo", la medida destinada a ellos, en paralelo al "subsidio de inclusión" destinado a los pobres considerados "no aptos para trabajar". Los datos fueron proporcionados por la propia Meloni: de 249.000 personas potencialmente “empleables” que recibían los ingresos de la ciudadanía, sólo 55.000 solicitaron la nueva medida, algo más del 22 por ciento.

 "Es posible que algunas de estas personas hayan encontrado trabajo por sí mismas", dijo el Primer Ministro, "pero también es posible que algunas de ellas no estuvieran buscando empleo o prefirieran trabajar fuera de los registros: esta es la razón por la que Estoy muy orgullosa del trabajo que hemos realizado”.

 Qué tipo de trabajo pueden encontrar las personas con ingresos ISEE superiores a 6.000 euros pero inferiores a 9.350 euros queda a la imaginación del lector. Y nadie puede sorprenderse de que esto no esté registrado en los libros. Una vez más, Meloni pasó por alto el punto esencial: el problema no existiría en absoluto si hubiera empleadores dispuestos a contratar personas legalmente y no explotarlas “fuera de los libros”; si había un gobierno dispuesto a limpiar la selva de contratos precarios; si hubiera un Estado de bienestar con una renta básica, un sistema fiscal justo y un sistema escolar y de salud pública que no estuvieran aplastados por las garras de la corporativización. Por no hablar de la “autonomía diferenciada”, próximamente, que causará aún más estragos.

 Pasar la responsabilidad de un sistema a sus víctimas es el objetivo de quienes quieren gobernar a los pobres, no liberar a la sociedad de la pobreza. Hay algunos que están “orgullosos” de ello, como Meloni. Quienes la critican hoy sólo necesitan señalar que un umbral más estricto para la asistencia pública no es lo mismo que “abolir la pobreza”, para citar las palabras de un anterior ocupante del Palazzo Chigi."                  (Roberto Ciccarelli, Il Manifesto Global, 29/01/24, traducción google)

25/1/24

Ayer, hoy y la sombra del fascismo... ¿Por qué ha regresado la extrema derecha, después del Holocausto y la guerra? El caos pone nerviosos a los vulnerables y endulza las promesas vacías del fascismo... Zweig vio el ascenso del fascismo como el resultado de un proceso dinámico de perturbación social y económica, un proceso que hundió las vidas de millones de personas en el caos, socavó su autoimagen y despertó un profundo deseo de abrazar e incluso difundir mentiras... en el descontento de la pequeña burguesía, más temerosa de deslizarse hacia el proletariado que envidiosa de los ricos. Zweig vio aquí las semillas de movimientos extremistas posteriores... "Nada amargó al pueblo alemán (y esto siempre debe tenerse en cuenta); nada lo hizo más maduro para Hitler que la inflación"... Hoy en día, una dinámica social similar parece estar regresando hasta cierto punto... las sociedades occidentales internalizaron los valores neoliberales de competencia, materialismo e individualismo... Con el colapso de esta visión neoliberal del mundo (con la crisis de 2008, el retroceso de la globalización, el aumento de la desigualdad, la pandemia y el llamado cada vez más urgente a la acción climática: muchos ciudadanos se encuentran en una crisis de identidad. La vieja narrativa de que el trabajo duro y la superación personal eventualmente conducirían al bienestar y la prosperidad ha perdido su poder en una economía estancada... Muchos anhelan un significado, pero ya no pueden obtenerlo mirando el mundo únicamente a través del lente del mercado. Esta ruptura en la visión del mundo, dice Mason, abre la puerta a movimientos de extrema derecha, a veces francamente fascistas

 "En algún momento después de la crisis financiera de 2008, surgieron aquí y allá populistas de extrema derecha. Donald Trump, Viktor Orbán, Narendra Modi, Jair Bolsonaro... inicialmente fueron vistos simplemente como ondas en las, por lo demás, turbulentas aguas de la política internacional. Pero desde entonces, su ideología se ha extendido cada vez más. Al menos en Europa, ahora parecen indispensables. Hungría e Italia ya están bajo un gobierno de extrema derecha, al igual que Polonia hasta las recientes elecciones. En Finlandia y Suecia, son fundamentales para las coaliciones de derecha. En Bélgica, Francia y, tras las elecciones allí también, en los Países Bajos, estas mismas fuerzas están ganando influencia. fascistas modernos Es cierto que existen diferencias significativas entre populistas, radicales y conservadores. Pero hay un inconfundible aumento de ideologías de extrema derecha, incluso fascistas, en muchas naciones occidentales.

 Paul Mason, columnista, escritor y periodista de Europa Social, advierte en Cómo detener el fascismo que muchos de estos movimientos suscriben la “teoría del gran reemplazo”, haciéndose eco de ideologías extremistas del pasado, cuando las poblaciones indígenas eran representadas como víctimas de la inmigración. Buscan revertir los avances logrados por el feminismo, de la misma manera que lo hicieron hace nueve décadas, cuando las mujeres fueron elevadas de manera imaginaria como “criadoras de raza y nación”. Y desdeñan la democracia y la esfera pública, mostrando escepticismo hacia los intelectuales y los medios de comunicación: la acusación de “noticias falsas” de Trump recuerda la de los nazis contra die Lügenpresse (“la prensa mentirosa”).

 Hasta ahora, la mayoría de los gobiernos liberales occidentales han descartado a la extrema derecha como una anomalía pasajera, explicando a menudo su ascenso en términos económicos. El filósofo político de Oxford, Anton Jager, argumentó recientemente en el New York Times que los políticos europeos se habían centrado demasiado en los intereses comerciales a partir del tratado de Maastricht de 1992, lo que provocó desigualdad y deterioró los servicios públicos; De este modo, la extrema derecha podría presentarse como el único rival creíble del status quo.

 Esta perspectiva económica es importante pero no es toda la historia. La recuperación pospandemia que la Unión Europea ha tratado de promover no resolvería por sí sola el problema más profundo de una población que se inclina hacia ideas autoritarias y fascistas. Es como intentar rescatar a alguien enredado en las salvajes corrientes de turbulencia ideológica con un salvavidas roto.  

Abrazando mentiras  

La autobiografía de Stefan Zweig (1881-1942), El mundo de ayer, arroja una luz admirable sobre el atractivo del fascismo y ofrece una comprensión más profunda. Zweig vio el ascenso del fascismo como el resultado de un proceso dinámico de perturbación social y económica, un proceso que hundió las vidas de millones de personas en el caos, socavó su autoimagen y despertó un profundo deseo de abrazar e incluso difundir mentiras.

 El judío austríaco Zweig, uno de los autores más elogiados de las décadas de 1920 y 1930, era un ferviente humanista. El mundo de ayer es una oda a la vibrante Viena de principios del siglo XX. La dinastía de los Habsburgo había gobernado durante siglos una sociedad vienesa estable; Zweig incluso llamó al siglo XIX la «edad de oro de la certeza». Pero finalmente Viena se vio arrastrada por el caos de la guerra mundial.

 Sin embargo, ya había comenzado el ascenso de la extrema derecha, liderada por figuras como Karl Lueger, más tarde alcalde de la ciudad. Utilizaron una retórica antisemita, cuidadosamente envuelta en palabras respetables, para canalizar el descontento de la pequeña burguesía, más temerosa de deslizarse hacia el proletariado que envidiosa de los ricos. Zweig vio aquí las semillas de movimientos extremistas posteriores.

 La dinámica económica ascendente de principios del siglo XX condujo a un nacionalismo febril y evocó emociones poderosas. Sin embargo, este entusiasmo fue fugaz y requirió un estímulo constante. Intelectuales, escritores y especialmente periodistas desempeñaron un papel en esto: en palabras de Zweig, “tocar el tambor del odio”, lo que finalmente contribuyó a la guerra. 

 Vorágine frenética

 En la Austria de Zweig, la epidemia de posguerra (gripe española), la escasez de viviendas y especialmente la inflación llevaron a una sociedad caótica y que cambiaba rápidamente. De repente, el dinero perdió su valor, las pequeñas monedas desaparecieron y las ciudades comenzaron a imprimir su propio “dinero de emergencia”. Los precios se dispararon sin ninguna lógica y la gente compró todo lo que pudo conseguir. La sociedad se convirtió en una vorágine frenética en la que ahorradores y deudores cambiaban de lugar, los especuladores astutos se beneficiaban y la gente honesta pasaba hambre.

 Lo que ocurrió en Austria se desarrolló en Alemania con mayor fuerza aún. El marco bailaba, giraba y chocaba en paroxismos de locura. Lo que ayer parecía firmemente establecido, hoy se derrite como nieve ante el sol. El periódico de la mañana costaba 50.000 marcos, mientras que el de la tarde pedía el doble y ya nadie encontraba esto extraño. Los tipos de cambio se dispararon, dieron saltos vertiginosos y colapsaron con la misma rapidez, como un castillo de naipes.

 Los valores se invirtieron y lo que antes era un vicio, de repente también aquí se volvió normal. En los rincones oscuros de los bocetos de Berlin Zweig, los caballeros ricos buscaban la compañía de estudiantes de secundaria de familias acomodadas (que buscaban ganar algo de dinero extra). La vida nocturna de la ciudad superó el libertinaje de la antigua Roma bajo el despiadado "Suetonio".

 Con la llegada del nuevo marco alemán, el frenesí terminó abruptamente. El “hombrecito” había sido derrotado; el grande triunfó. Un período de experimentación libre, durante el cual Zweig comentó que los excesos le dejaban una sensación de “artificialidad”, cambió radicalmente hacia lo contrario.

 Debido a la devastadora inflación, el público alemán albergaba un profundo odio hacia la democrática y liberal república de Weimar. La desconfianza hacia el gobierno era generalizada. Incluso la guerra, a pesar de sus horrores, había traído momentos de triunfo y alegría. Pero la inflación sólo había engañado y humillado. Una generación nunca borraría la memoria ni perdonaría a la república: la autoimagen alemana quedó mellada. En 1924 la locura parecía haber terminado, pero el anhelo de orden, estabilidad y autoridad era más fuerte que nunca.

 Poco a poco, esto hizo que Alemania volviera a añorar a sus antiguos “carniceros” que tenían la Primera Guerra Mundial en su conciencia. El mito nazi de la “puñalada por la espalda”, que culpaba erróneamente a judíos y comunistas por la derrota de Alemania, cayó así en terreno fértil. Zweig comentó: "Nada amargó al pueblo alemán (y esto siempre debe tenerse en cuenta); nada lo hizo más maduro para Hitler que la inflación". 

 Crisis de identidad

 Hoy en día, una dinámica social similar parece estar regresando hasta cierto punto. Según Mason, las sociedades occidentales internalizaron los valores neoliberales de competencia, materialismo e individualismo en las últimas décadas, sin ofrecer una narrativa alternativa atractiva. Con el colapso de esta visión neoliberal del mundo (con la crisis de 2008, el retroceso de la globalización, el aumento de la desigualdad, la pandemia y el llamado cada vez más urgente a la acción climática: muchos ciudadanos se encuentran en una crisis de identidad. La vieja narrativa de que el trabajo duro y la superación personal eventualmente conducirían al bienestar y la prosperidad ha perdido su poder en una economía estancada, injustamente compartida y contaminante.

 Muchos anhelan un significado, pero ya no pueden obtenerlo mirando el mundo únicamente a través del lente del mercado. Esta ruptura en la visión del mundo, dice Mason, abre la puerta a movimientos de extrema derecha, a veces francamente fascistas.

 Estas fuerzas políticas esbozan una narrativa utópica alternativa: el líder, en el papel de figura paterna, afirma ser capaz de brindar certidumbre en tiempos de incertidumbre ejerciendo un control total (mediante la opresión, en otras palabras), sin rehuir el racismo, la misoginia y la violencia. Esto provoca una inversión de los valores modernos y restringe la libertad de ser uno mismo. Sin embargo, proporciona a quienes lo suscriben una ilusión de dominio, seguridad y propósito.

 La autobiografía de Zweig ilustra cómo, especialmente en tiempos de crisis, el fascismo surge como una conversión ideológica entre quienes rechazan la libertad. Por tanto, es demasiado sencillo confiar en correcciones económicas superficiales. Lo que se necesita es un liderazgo alternativo caracterizado por un servicio desinteresado, que pueda proporcionar una luz que guíe en la oscuridad. Sin embargo, los gobiernos occidentales parecen poco dispuestos a demostrar ese liderazgo, y nuestras democracias son vulnerables.

 Zweig fue un espectador involuntario del más horrendo colapso de la razón y del triunfo más brutal de la barbarie. Escribió: "Nunca antes (no lo escribo con orgullo, sino con vergüenza) una generación ha caído de una altura espiritual, de un poder moral tan grande como el nuestro". En 1942, presa de la desesperación, se suicidó. junto con su esposa, un día después de haber enviado el manuscrito de El mundo de ayer a su editor."

(Werner de Gruijter, profesor de ciencias sociales y pedagogía en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Ámsterdam)

 

10/11/23

Existen preocupantes líneas de continuidad entre el gobierno de Israel y el fascismo en su vertiente específicamente nazi: un racismo virulento y con tintes biologicistas; variadas operaciones de captura institucional con vocación totalitaria, desprecio por la debilidad y exaltación de la violencia... El dolor del pueblo palestino también es el dolor de miles de latinoamericanas y latinoamericanos que, por décadas lloraron a sus familiares muertos y detenidos desaparecidos por la violencia blindada de los fascismos dependientes. El antifascismo es la última línea de defensa para proteger aquello que consideramos más valioso de lo que significa ser humano: el respeto por la dignidad del otro independiente de su proveniencia, credo, origen, género, capacidades, orientación sexual o color de piel

 "El teatro del horror que dejan las semanas de asedio del ejército israelí al pueblo palestino deja en claro que el nuevo siglo se inicia con una clara deriva fascista. Debemos plantear la pregunta sobre lo que significa ser antifascista hoy y conectarnos con una tradición latinoamericana que nos pueda ayudar a encontrar respuestas. 

Lo escalofriante de la situación actual en Franja de Gaza no tiene que ver solamente con la multiplicación de los crímenes de guerra y con la decadencia moral e ideológica del orden liberal occidental que pretende esconder, por todos los medios –cercos mediáticos, censura, estigmatización, intimidaciones, etc. – una realidad cada vez más avasalladora. Los paralelos con lo peor de los fascismos del siglo XX, en particular, son una clara señal de alarma. El intelectual judío Daniel Blatman lo pone en los siguientes términos: «Como historiador del Holocausto y el nazismo, me resulta difícil decir esto, pero hoy en día hay ministros neonazis en el gobierno [israelí]. No se ve eso en ningún otro lugar —ni en Hungría ni en Polonia— ministros que ideológicamente, son racistas». «Lo que estamos viendo hoy —concluye— es una especie de genio que está saliendo de la botella y no estoy seguro que pueda detenerse». 

Un ensayo reciente de Alberto Toscano también traza preocupantes líneas de continuidad entre el gobierno de Israel y el fascismo en su vertiente específicamente nazi: un racismo virulento y con tintes biologicistas; variadas operaciones de captura institucional con vocación totalitaria, desprecio por la debilidad y exaltación de la violencia, homofobia y anti-intelectualismo. 

¿Cómo posicionarnos frente a esta situación? O más bien, ¿cuáles son las consecuencias que se desprenden de nuestra toma de postura? En estos días se ha hablado mucho de la guerra de Argelia como un paralelo histórico relevante para entender lo que sucede en Gaza y de Frantz Fanon como un importante intérprete de la lucha argelina por la descolonización y la liberación nacional. Sin embargo, es en un prólogo que Jean Paul Sartre escribió para la edición francesa de 1963 de Los condenados de la tierra donde se plantea con fuerza el problema ético de la toma de postura (una de las temáticas más recurrentes en el pensamiento existencialista de la época). En este texto, Sartre impugna al lector por su complicidad velada con la violencia colonial. En un tono acusador que resulta incluso incómodo de leer, el autor afirma que no tomar postura y simplemente guardar silencio equivale a ponerse del lado del opresor. Usualmente me cuesta escribir en primera persona. Sin embargo, ante estas circunstancias no me es posible callar. Tampoco tengo claro el registro en el que debo escribir estas líneas, pero sí tengo claro que es un imperativo alzar la voz contra la violencia genocida y la deshumanización sistemática a la que está siendo sometido el pueblo palestino. Ponerme del lado de la lucha por la liberación palestina no significa que no valore por igual las vidas israelíes que se perdieron con los atentados de Hamas del 7 de octubre. Es precisamente por el valor intrínseco que tiene cada vida humana que la asimetría y la naturaleza del conflicto me llevan a tomar una posición clara contra la política del gobierno israelí.

Además, si la dinámica histórica que le están imprimiendo los sucesos en Franja de Gaza al siglo que comienza es de un carácter filofascista, entonces mi propio proceso de toma de postura necesariamente conlleva la pregunta acerca de lo que significa, en las circunstancias actuales, reconocerse como antifascista. No tengo respuestas para esta pregunta, pero un buen punto de partida puede ser la búsqueda dentro de nuestra propia tradición latinoamericana. La pulsión deshumanizante y genocida que llevó a un ministro israelí a referirse a los palestinos como «animales humanos» es bien conocida por las víctimas de los autoritarismos de la región. De hecho, uno de los titulares de prensa más infames de la época de la dictadura chilena informa a sus lectores que algunos de los opositores perseguidos por la Operación Cóndor fueron «exterminados como ratones». En general, la retórica de gobiernos dictatoriales que presentaban construcciones monstruosas de sus opositores en las que se anulaban sus rasgos humanos fue un lugar común. 

Bajo exilios, persecuciones e incluso exterminios organizados en ocasión de los golpes militares de la década de 1970, la intelectualidad latinoamericana se dedicó a discutir de manera sistemática la cuestión del fascismo. De hecho —e incluso de forma trágica y paradójica— ese período trajo consigo importantes avances teóricos sobre la naturaleza de los autoritarismos modernos. El libro Modernización y autoritarismo de Guillermo O’Donnell, publicado en 1973, es un conocido clásico sobre la materia. En este importante texto, O’Donnell traza un nexo entre el proceso de industrialización endógena latinoamericana y la construcción de los cuadros técnicos y las burocracias que más adelante diseñarían y gestionarían el aparato represivo de los regímenes autoritarios. En un libro de 1968 titulado Socialismo o fascismo, el sociólogo brasileño Theotônio Dos Santos reconstruye la categoría marxiana de bonapartismo para analizar el golpe de 1964 contra el gobierno de João Goulart en Brasil y la particularidad del autoritarismo al que dio origen. En esos momentos, Dos Santos interpretaba al fascismo más como una amenaza futura para la región que como una realidad ya materializada.

Fue durante su segundo exilio en México, sin embargo, cuando Dos Santos reconstruyó de forma más sistemática la categoría de fascismo para arrojar luz sobre la naturaleza del giro autoritario en la región, sobre todo tras las particularidades que le imprimió el golpe de 1973 en Chile. En un artículo titulado “Socialismo y fascismo en América Latina hoy”, publicado en 1978 en la Revista Mexicana de Sociología, Dos Santos argumenta que la categoría de fascismo no se puede aplicar de manera mecánica a los regímenes dictatoriales latinoamericanos. En su versión más pura, el autor indica que el fascismo es un régimen represivo del gran capital monopólico que busca movilizar a las masas para destruir a la oposición, particularmente bajo una fuerte mística irracionalista, tradicionalista y nacionalista. Si bien en Latinoamérica se verificaban varios de estos elementos, la clase capitalista se encontraba subordinada al capital extranjero. Por esta razón, el carácter nacionalista de estos regímenes autoritarios no contó con la misma consistencia lógica y discursiva de la experiencia europea, lo que los ponía en condiciones de inestabilidad política. Por lo tanto, Dos Santos propone denominar a estos regímenes fascismos dependientes. En este texto, además, Dos Santos concluye que «la lucha antifascista asume en consecuencia un carácter universal y continental». 

También en 1978 el sociólogo ítalo-argentino Gino Germani publicó su libro Autoritarismo, fascismo y populismo nacional, otra de las grandes contribuciones a esta discusión. En este texto, elabora una explicación acerca del rol de la movilización de masa y, particularmente, de las clases medias, como fundamento de los regímenes totalitarios. Por su parte, la revista mexicana Cuadernos Políticos publicó en este mismo año un foro titulado “La cuestión del fascismo en América Latina”, en el que distintos intelectuales de la región contribuyeron con sus perspectivas sobre esta temática. Sin embargo, antes de que el pensamiento latinoamericano hubiera avanzado hacia caracterizaciones teóricas sobre el fascismo y sus distintas derivaciones, el antifascismo ya se había constituido como una identidad política sólida. Más puntualmente, el antifascismo fue una ética antes que el resultado de una teoría sistemática o decantada sobre la distribución social del poder. De hecho, como lo demuestra el trabajo de la socióloga Ana Grondona, Gino Germani fue un militante antifascista antes de ser un teórico del fascismo. Miembro de la organización italiana Giustizia e Libertà, Germani fue encarcelado en 1930 por distribuir propaganda política antifascista. 

La enseñanza que se desprende de esto es clara: no es necesario esperar por una definición nítida que confirme si determinado régimen o proyecto político es fascista o no para actuar cuando alguno de sus rasgos se haga identificable. De hecho, muchos de los movimientos antifascistas del período de entreguerras emplearon el concepto de fascistización precisamente para señalar que no hay que esperar a la materialización de un régimen de este tipo para organizar nuestra propia acción. Un elemento destacable del antifascismo latinoamericano, además, es el hecho de que también estuvo entrelazado con una fuerte sensibilidad internacionalista. En este sentido, la experiencia del Movimiento para la Emancipación de las Mujeres (MEMCH) en Chile, es particularmente ilustrativo. Desde su fundación en 1935, el MEMCH se definió a sí mismo como un movimiento feminista y antifascista. Además, como lo ha argumentado recientemente la historiadora Valeria Olivares, el antifascismo del MEMCH incorporó demandas internacionales a sus principios organizativos, pronunciándose sobre eventos como el ataque del ejército fascista italiano a Etiopía y declarándose en solidaridad con las mujeres republicanas que resistían al régimen franquista en España. 

Además, el MEMCH trazó un potente vínculo entre la experiencia cotidiana de la opresión de género y el antifascismo como ideal regulativo de carácter universal. De acuerdo con sus documentos programáticos, el MEMCH decidió oponerse al fascismo porque era una de las más grandes amenazas para la humanidad y porque, en términos concretos, tendía a reducir a la mujer a la función biológica de ser un vientre para procrear «hijos de la patria», por un lado, y a la función doméstica de las labores de cuidado, por el otro. Es precisamente en este mismo registro, que entrelaza los sucesos cotidianos con la historia mundial, que Natasha Lennard —intelectual judía comprometida con la causa palestina— reflexiona sobre lo que significa vivir una vida antifascista en nuestros tiempos. En su reciente libro Being Numerous: Essays on Non-Fascist Life, la autora recorre las trayectorias biográficas de algunos de sus familiares involucrados en causas antifascistas para cuestionar las inconsistencias del ideal liberal de no-violencia, así como de la aversión centrista a la toma de postura. Además, Lennard ofrece algunas pistas de lo que significaría aplicar estos principios a nuestra propia vida cotidiana. En sus palabras:

No podemos solamente ser antifascistas; debemos también practicar y construir mejores hábitos, mejores formas de vida. En vez de sustantivo o adjetivo, antifascista como verbo gerundio: un esfuerzo constante de anti-fascistizar contra los fascismos que incluso se encuentran en nosotros mismos/as. Trabajar para construir modos no jerárquicos de vivir, para contrarrestar nuestros privilegios y deseos de poder. El yo individualizado e indiferente, las sobrecodificaciones de la normatividad familiar, la tendencia autoritaria de la ambición profesional, todos ellos ámbitos que necesitan atención antifascista.

No existe ninguna contradicción en forjar una identidad antifascista que se constituya a partir de pequeñas prácticas cotidianas al tiempo que se aspira a la emancipación de la humanidad como un todo. La dialéctica nos enseña que la realidad es una unidad orgánica internamente diferenciada. Esto significa que lo particular y lo universal se encuentran interconectados en una dinámica de constitución mutua; además significa que las luchas del pasado se entretejen con las del presente y las de los otros con las nuestras. El dolor del pueblo palestino también es el dolor de miles de latinoamericanas y latinoamericanos que, por décadas lloraron a sus familiares muertos y detenidos desaparecidos por la violencia blindada de los fascismos dependientes. El antifascismo es la última línea de defensa para proteger aquello que consideramos más valioso de lo que significa ser humano: el respeto por la dignidad del otro independiente de su proveniencia, credo, origen, género, capacidades, orientación sexual o color de piel. Recordar y honrar a quienes han tomado un compromiso frente a esto es proyectar un rayo de luz en estos tiempos de oscuridad y empezar a redefinir lo que significa ser libres. "                      

( , Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Manchester (Reino Unido) y profesor de sociología en la Universidad Diego Portales (Santiago de Chile), JACOBINLAT, 07/11/23)

9/11/23

¿Quiénes son los fascistas? Entrevista a Emilio Gentile

 "El debate sobre el fascismo está cada vez más presente en la arena pública. ¿Ha vuelto el fascismo? ¿Nunca se fue y existe un fascismo eterno? En esta entrevista, Emilio Gentile, una referencia en los estudios del fascismo italiano, vuelve sobre ese régimen y sobre el papel que tuvo en él el propio Benito Mussolini.

 En un contexto político internacional en el que emergen extremas derechas, regímenes iliberales y gobiernos autoritarios, la palabra «fascismo» ha vuelto a estar a la orden del día. Hay quienes definen como «fascistas» a Donald Trump, Víktor Orbán, Marine Le Pen, Giorgia Meloni y Santiago Abascal, y quienes se refieren a un «retorno del fascismo» para explicar las oposiciones conservadoras a las agendas feministas y de los colectivos de diversidad sexual. La situación va incluso más allá: la palabra es utilizada también para acusar a izquierdas autoritarias, a movimientos y grupos religiosos y hasta para definir actitudes genéricamente «antiliberales». El concepto se ha transformado, en definitiva, en un arma arrojadiza que adversarios políticos e ideológicos se endilgan entre sí. Pero ¿qué fue realmente el fascismo? ¿Cuáles fueron sus características? ¿Qué diferencia a las extremas derechas actuales de esa experiencia? 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad La Sapienza de Roma hasta 2012 –y hoy profesor emérito en la misma casa de estudios–, Emilio Gentile ha historizado, a partir de documentos y de un laborioso trabajo de archivo y de interpretación de fuentes históricas, el fascismo italiano. En su extensa trayectoria historiográfica, Gentile ha escrito numerosos libros, muchos de los cuales han sido traducidos al español. Entre ellos se destacan Fascismo: historia e interpretación (Alianza, 2004); La vía italiana al totalitarismo. Partido y Estado en el régimen fascista (Siglo XXI, 2005); El culto del Littorio. La sacralización de la política en la Italia fascista (Siglo XXI, 2007); El fascismo y la marcha sobre Roma (Edhasa, 2014); Mussolini contra Lenin (Alianza, 2019) y ¿Quién es fascista? (Alianza, 2019). En 2022 publicó, por el sello Laterza, Storia del fascismo, un volumen de 1.376 páginas en el que explica minuciosamente, sobre la base de una vasta documentación de archivo, el nacimiento y el desarrollo del fascismo en Italia. Su último trabajo es Totalitarismo 100. Ritorno alla storia (Editrice Salerno, 2023).

En esta extensa entrevista, Emilio Gentile dialoga con Nueva Sociedad sobre el nacimiento y el desarrollo del régimen fascista y profundiza en las características particulares de ese movimiento y de ese régimen político a poco más de un siglo de la Marcha sobre Roma.

Profesor Gentile, todavía hoy, cuando nos remontamos al tiempo en que nació el fenómeno fascista, nos encontramos con un contexto particular y específico que, por su diversidad de aristas, no siempre somos capaces de comprender por completo. Pensamos en los escuadristas, en el bienio rosso, en las consecuencias humanas y políticas de la Gran Guerra, en la fragilidad del régimen liberal-democrático. ¿Cómo era realmente el clima en Italia en la época del ascenso del fascismo?

Desde el final de la guerra hasta el advenimiento del fascismo, el clima en Italia fue muy agitado. Entre 1919 y 1920, ese clima se caracterizó por una serie de violentos enfrentamientos de clase que fueron seguidos, en los dos años posteriores, por una reacción escuadrista que desató una verdadera guerra civil contra las organizaciones del proletariado. Esas acciones violentas del escuadrismo fascista se dirigieron principalmente contra el Partido Socialista, pero también contra el Partido Popular, el partido aconfesional de los católicos, y el Partido Republicano. Se trató, en definitiva, de un periodo muy crítico para una Italia que, si bien había resultado victoriosa en la Primera Guerra Mundial –con el sacrificio de más de medio millón de hombres y la movilización de todo el país–, tendió a vivir los años posteriores a la contienda como si hubiese sido derrotada y como si se encontrara a las puertas de una revolución bolchevique.

En aquel marco posbélico, buena parte de la clase obrera –que había sido militarizada durante la guerra, pero que, a diferencia de los campesinos, había estado mayoritariamente en las oficinas y no en el campo de batalla– se sintió atraída por aquellos que habían condenado la participación italiana en la contienda: es decir, el Partido Socialista. Esa organización experimentó, en consecuencia, un fuerte crecimiento, a tal punto que resultó la fuerza más votada en las elecciones de noviembre de 1919 y consiguió 150 bancas en el Parlamento italiano. Un mes antes, el Partido Socialista había adoptado una línea revolucionaria que quedó fijada en sus estatutos partidarios, según la cual su objetivo era lograr la dictadura del proletariado mediante la conquista violenta del poder. El problema, sin embargo, era que la dirigencia de la Confederación General del Trabajo –la organización sindical más importante del país, que alcanzaba casi dos millones de miembros y era una de las que sostenían al Partido Socialista– era reformista y contraria a la revolución. Todo esto provocó una política esquizofrénica entre la voluntad de una revolución bolchevique que no podía hacerse –y ni siquiera se intentaba– y una posible revolución democrática, que habría podido producirse si el Partido Socialista hubiera apoyado a los partidos laicos y reformadores dentro del Parlamento, como los republicanos, los radicales y los socialistas reformistas. El Partido Socialista, que había condenado totalmente la guerra, y de hecho había atacado con violencia e incluso con algunos asesinatos a quienes la reivindicaban, recibió pronto la reacción de todos aquellos que creían que la guerra había sido una necesidad para que Italia se convirtiera en una gran potencia, pero que, estando dominada por las masas socialistas, el país había ganado en el campo de batalla pero había perdido en el campo de la paz. Es en ese sentido en el que hablaban de una «victoria mutilada», lo que constituía un mito sin fundamento alguno porque, con el tratado de paz con Austria, Italia obtuvo las que eran sus principales aspiraciones. No solo consiguió las tierras que se encontraban bajo el dominio del Imperio austríaco –y que eran habitadas mayoritariamente por italianos–, sino también tierras habitadas mayoritariamente por alemanes o eslavos, quienes, sin embargo, debían garantizar fronteras seguras para Italia. La idea de la victoria mutilada fue una reacción, un mito de la reacción a la condena de la guerra por parte de las masas socialistas. Y fue, además, el comienzo de un choque violento contra los socialistas por parte de los nacionalistas, a los que se sumó luego el movimiento fascista, con la fundación de los Fascios de Combate. En este sentido, suelo ser muy cauto a la hora de hablar de un biennio rosso. Lo cierto es que se produjeron agitaciones cotidianas y ataques a oficiales y generales, pero sin que nunca se desarrollara un verdadero intento de golpe revolucionario como el que Lenin había dado en Rusia, porque incluso mientras el Partido Socialista sostenía una línea revolucionaria o bolchevique, mantenía una práctica política parlamentaria y reformista. Que el país sintiera, por tanto, que la posibilidad de una revolución bolchevique era cercana no quiere decir que efectivamente lo fuera. Cuando se habla de biennio rosso, debe recordarse eso.

En definitiva, la situación italiana en vísperas de la Marcha sobre Roma, y sobre todo en los tres años anteriores, era más confusa que revolucionaria. Es una situación marcada por desórdenes muy violentos pero sin la posibilidad de que en Italia pudiera producirse realmente una revolución bolchevique, por la simple razón de que Italia había ganado la guerra, su Ejército era todavía poderoso para poder reprimir una revolución interna y no disponía de todos aquellos recursos naturales que permitieron a la Rusia bolchevique, después de 1921, iniciar su propia industrialización. Era posible, en cambio, una revolución democrática, porque después de 1919 los dos partidos más importantes en el Parlamento eran el Partido Socialista y el Partido Popular, este último fundado por el sacerdote Luigi Sturzo, de inspiración católica pero con una política democrática. Si esas dos fuerzas políticas se hubieran entendido en términos del posible desarrollo de una revolución democrática, se habría podido producir una profunda transformación capaz de impedir que fuera posible la victoria de los nacionalistas. Sin embargo, la división entre estos dos grandes partidos que podían controlar el Parlamento italiano, sumada a la división dentro del Partido Socialista entre reformistas y revolucionarios –estos últimos luego fueron expulsados y dieron nacimiento al Partido Comunista–, hicieron imposible ese proceso. La izquierda, en ese contexto, peleó más entre sí que contra el fascismo emergente: las disputas entre los socialistas maximalistas, el Partido Comunista y el Partido Socialista Unitario, que manifestaba una línea reformista, fueron constantes. Por otra parte, estaba el Partido Popular, que también tenía problemas para avanzar en la dirección de una unidad por una revolución democrática, ya que, como partido católico, no podía aliarse con un partido revolucionario y ateo, pero tampoco con los liberales dirigidos por Giovanni Giolitti, que rechazaban a un partido que era dirigido por un sacerdote. Todas estas divisiones favorecieron, a partir de 1921, el ascenso del fascismo hasta su conquista del poder.

A partir del análisis histórico, usted ha planteado que el fascismo de 1919 –el de los Fascios de Combate– no era necesariamente la semilla para la formación del fascismo de masas que nace en 1921. ¿Cuál es la diferencia entre ese primer fascismo y el de los escuadristas?

Efectivamente, yo sostengo que lo que llamamos fascismo nace en 1921 y no tiene su semilla ni su embrión en los Fascios de Combate creados por Mussolini en 1919. Al mismo tiempo, sostengo que el fascismo de 1919 no constituía un movimiento nuevo, sino que era, en rigor, una reconstitución de los Fascios de Acción Revolucionaria que Mussolini había creado en 1915 para apoyar la intervención italiana en la Gran Guerra. El fascismo diecinuevista era, de modo muy evidente, un movimiento reformista –y no revolucionario y anticapitalista como muchas veces se lo ha definido–, que no buscaba una conquista insurreccional del poder, pregonaba la colaboración de clases, hacía una fuerte defensa de la burguesía productiva, pretendía el sufragio universal masculino y femenino, esgrimía demandas como la jornada laboral de ocho horas y se manifestaba nacionalista, democrático y anticlerical. Ese fascismo, el de los Fascios de Combate, solo se refería al término «revolución» para hablar de modo genérico de una «revolución italiana», concepto que era utilizado para reivindicar a los ex-combatientes como los verdaderos representantes de la nación. Además de ser un movimiento reformista, el fascismo de 1919 estaba a favor de una mayor autonomía regional frente a la centralización estatal, hecho que también lo diferenciaba muy claramente de lo que luego sería el programa del fascismo como fuerza escuadrista y como partido político. Si quisiéramos ver en una imagen la diferencia clara entre el fascismo diecinuevista y el fascismo nacido en 1921, deberíamos acudir al símbolo de Il Fascio, el órgano oficial de los Fascios de Combate de 1919. La insignia, entonces, no era el fascio littorio –ni en su versión romana ni en su forma republicana francesa–, sino un puño cerrado sujetando un manojo de espigas.

Otro aspecto que debemos mencionar es que, en el fascismo diecinuevista, como luego sucedería también en el Partido Fascista, Mussolini no era el líder reconocido oficialmente como tal, sino solo la figura nacional más importante. Desde 1912, primero como líder socialista, después como líder intervencionista [en la guerra] y luego, sobre todo, como editor de un periódico político nacional, Il Popolo d’Italia, Mussolini estaba en escena y era conocido, mientras que el resto de los líderes eran personalidades que habían desarrollado su actividad política en la izquierda socialista o sindicalista, pero que no tenían fama nacional. A pesar de ello, Mussolini no se erigió, como lo hicieron Lenin y Hitler, como líder oficial y absoluto de su propio movimiento. Mussolini solo fue miembro del Comité Central de la Junta Ejecutiva y, siendo un gran orador, no hizo casi nada por recorrer Italia y multiplicar las inscripciones en el Fascio. Permaneció en Milán y, a diferencia de Hitler, hizo muy poca propaganda política en la península, hasta 1921.

Excepto por unos pocos hombres y por el apoyo de las organizaciones paramilitares de los Arditi (los soldados de asalto de elite del Ejército italiano en la Primera Guerra Mundial), el fascismo de 1919 no tiene nada que ver con lo que sería luego el fascismo escuadrista de 1921. Hay mucha documentación al respecto y, por ello, mi posición es muy clara en este sentido. Y es que en el fascismo de 1919 no se encontraba el germen de lo que llamamos «fascismo histórico», aunque ya en julio de 1920 una organización armada de escuadras fascistas establecida en Trieste atacó e incendió la Narodni Dom, la sede de las organizaciones de la minoría eslava. Sin embargo, este «fascismo fronterizo» no constituyó un movimiento de masas.

Ese fascismo de masas nace en 1921, se organiza de modo militar en el escuadrismo, luego toma la estructura de partido milicia [el Partido Nacional Fascista], se dedica a destruir las organizaciones del proletariado y se propone y logra la conquista del poder con la Marcha sobre Roma. En cambio, el fascismo diecinuevista no buscaba instaurar una dictadura; usaba la violencia, pero no con el objetivo de destruir sistemáticamente las organizaciones proletarias; no planeaba, como el fascismo escuadrista nacido en 1921, una insurrección revolucionaria para conquistar el poder, y tampoco quería convertirse en un partido político (a punto tal que se declaraba apartidario).

Según su perspectiva, Mussolini no creó el fascismo, sino que el fascismo creó a Mussolini. ¿Cómo consiguió hacerse con el liderazgo de ese movimiento y qué tensiones vivió en ese proceso?

Primero debemos puntualizar que Mussolini llegó a ser reconocido como el líder del fascismo, pero nunca oficialmente, en tanto no fue jamás el secretario general de los Fascios de Combate, ni el secretario general del Partido Nacional Fascista que nació en noviembre de 1921. En agosto de 1921, tras el crecimiento del escuadrismo como movimiento de masas, Mussolini pensó que reivindicando la paternidad del fascismo podría imponer su voluntad, llegando incluso a promover un pacto de pacificación con el Partido Socialista y con la Confederación General del Trabajo. Es decir que, después de que el escuadrismo destruyera el control y la hegemonía del Partido Socialista sobre las masas, Mussolini pensó en transformar a esa masa de escuadristas en un partido laborista para las clases medias. Hizo incluso un programa para hacer las paces con los socialistas y para desarmar a los escuadristas armados y, finalmente, lanzó una propuesta a los socialistas reformistas para que se desvincularan del Partido Socialista –que aún seguía inspirado en Lenin– y formaran una coalición con los fascistas y con el Partido Popular. Pero los escuadristas, que eran en su gran mayoría jóvenes de alrededor de 25 años y que se habían unido al fascismo en 1920, querían algo muy diferente.

Para ver la diferencia entre los Fascios de Combate, creados por Mussolini en 1919, y el fascismo como escuadrismo, conviene repasar los números. Los Fascios de Combate eran un movimiento marginal que en su primer año contaba apenas con unos 800 miembros. El número ascendió a unos 10.000 a finales de 1920, pero solo con el surgimiento y la explosión del escuadrismo los inscriptos pasaron a ser casi 200.000. En definitiva, Mussolini vio crecer de forma repentina y vertiginosa un movimiento que llevaba un nombre como el que él había creado, pero qué él no había inventado ni propuesto. En ese marco lanza la idea del pacto de pacificación, pero no toma en cuenta que los escuadristas no apoyan ese pacto, porque aspiraban a seguir conquistando el poder local. Es así que, en agosto de 1921, los escuadristas se rebelan contra Mussolini y lo llaman «traidor». Dicen: «El que ha traicionado al socialismo ahora traiciona al fascismo»1. Los escuadristas del Valle del Po marchaban cantando «Quien ha traicionado traicionará», dirigiendo ese dardo contra Mussolini. Al final de esa rebelión, los escuadristas le ofrecieron a Gabriele D’Annunzio el liderazgo del movimiento fascista, que ya se había convertido en un movimiento de masas. Pero D’Annunzio no aceptó hacerse cargo de la situación. Ese es el momento en que Mussolini renunció a su programa de transformar al escuadrismo en un partido parlamentario y aceptó seguir a los escuadristas. Y fueron los propios escuadristas quienes decidieron crear el Partido Nacional Fascista como partido armado. Por eso digo que no era Mussolini quien dirigía el fascismo, sino que Mussolini era quien seguía al fascismo. Y esto sucedió hasta la Marcha sobre Roma. Quien decidió atreverse con una insurrección armada no fue Mussolini, sino el secretario del Partido Fascista Michele Bianchi. Mussolini todavía estaba negociando en secreto con ex-líderes liberales como Giovanni Giolitti, Antonio Salandra y Francesco Saverio Nitti la posibilidad de formar un gobierno en el que el fascismo tuviera cuatro o cinco ministerios, pero que estuviera presidido por uno de esos viejos líderes liberales, cuando el 26 de octubre Bianchi lanzó la idea de un gobierno liderado por Mussolini como forma de chantaje al rey y a la dirigencia liberal. Hay una llamada telefónica del 27 de octubre a las 2:40 de la madrugada en la que Bianchi le advierte a Mussolini que la insurrección ya había comenzado y en la que Mussolini le responde: «Espera un poco».

Otra confirmación de esta situación se produce el 10 de junio de 1924, el día del asesinato del líder socialista reformista Giacomo Matteotti. En esa fecha, en la que el fascismo parecía colapsar, Bianchi le escribe una carta a Mussolini en la que lo acusa de haber obstaculizado siempre el programa revolucionario y le recuerda que fue él, y no Mussolini, quien desató la destrucción de las últimas organizaciones proletarias en agosto de 1922. Allí le dice: «Fui yo quien lanzó la Marcha sobre Roma, mientras tú me acusabas de ser un loco salvaje». En ese mismo documento Bianchi asegura que fue él, un sindicalista revolucionario calabrés, el verdadero creador de la organización político-militar fascista y el que luego se atrevió a chantajear al gobierno y al rey imponiendo el nombre de Mussolini.

¿Esto significa que Mussolini fue forzado o empujado a hacer la Marcha sobre Roma?

Forzado no, pero digamos que se enfrentaba al riesgo de ser desautorizado por Michele Bianchi, Italo Balbo y Roberto Farinacci, los verdaderos lideres revolucionarios del escuadrismo fascista, que eran quienes controlaban efectivamente a la masa armada. Tenga presente que, en octubre de 1922, los escuadristas armados controlaban las principales ciudades, las capitales y todo el Valle del Po, desde Trentino hasta Bolonia, y luego la mayor parte de Italia central. Todas estas provincias estaban ya antes de la Marcha sobre Roma bajo un dominio dictatorial del Partido Fascista. El verdadero éxito de la Marcha sobre Roma como insurrección es que, entre el 27 y el 28 de octubre, les permitió a los escuadristas ocupar grandes ciudades, organismos gubernamentales e incluso cuarteles. A partir de allí, se produce el chantaje de Bianchi al rey y a los liberales para imponer a Mussolini como nuevo jefe de gobierno. Y allí es donde sí se expresa el genio político de Mussolini, que, sabiendo que se trataba de un movimiento arriesgado, ve que no hay ninguna resistencia por parte del gobierno ni de las Fuerzas Armadas, pero tampoco por parte de los trabajadores –millones de ellos aún organizados por los partidos antifascistas–. No hubo, fíjese, ni siquiera una huelga. Con esto quiero decir que los fascistas pudieron llegar a Roma teniendo ya el control de gran parte del norte y del centro de Italia con la fuerza armada del escuadrismo, sin encontrar ninguna resistencia por parte de las organizaciones obreras. Por tanto, en el libro  El fascismo y la Marcha sobre Roma2,  sostengo que no hubo compromiso para que Mussolini y el fascismo llegaran al poder, sino que se produjo la victoria completa del chantaje.

Uno de los aspectos centrales de la mitología fascista es la de haber salvado al país del «peligro bolchevique». ¿Cómo se construyó esa mitología, sobre la que usted trabaja en su libro Mussolini contra Lenin, y por qué la considera históricamente falsa?

La idea de que Mussolini evitó una revolución bolchevique en Italia fue, en rigor, una invención de la prensa conservadora inglesa, y muy particularmente del periodista Percival Phillips, quien poco después de la Marcha sobre Roma escribió un libro titulado The «Red» Dragon and the Black Shirts: How Italy Found Her Soul: The True Story of the Fascisti Movement [El dragón «rojo» y los camisas negras. Cómo Italia encontró su alma: la verdadera historia del movimiento fascista]3. La tesis de Philips, un periodista estadounidense con claras simpatías por el fascismo, falsificaba completamente los hechos históricos, a punto tal que llegaba a afirmar que, incluso durante el proceso de la Marcha sobre Roma, había en Italia un peligro revolucionario de tipo leninista. Esta tesis fue, lógicamente, usufructuada y utilizada por el propio régimen para crear el mito del fascismo como el salvador de la nación. La realidad, por supuesto, era muy distinta, y existen numerosas pruebas documentales que permiten demostrar la falsedad de esas afirmaciones. En primer término, el movimiento fascista no había conseguido monopolizar el consenso de las masas –recordemos que en las elecciones solo obtiene 35 diputados, que luego se convierten en 30–, pero sí el de las clases medias, es decir, de ese amplísimo sector de la población italiana que se había convertido en mayoritario en los años comprendidos entre 1911 y 1921 y que no tenía representación política propia y se identificaba con la nación, con el Estado y con los valores de la burguesía. En segundo lugar, la llamada izquierda revolucionaria estaba completamente dividida y desorganizada. El conflicto y la división en su seno eran de tal magnitud que, hacia 1921, el Partido Comunista estaba mucho más claramente decidido a destruir al Partido Socialista que a luchar contra el fascismo.

Observando la completa división entre socialistas y comunistas, pero también lo que estaba sucediendo en la Rusia Soviética –donde había terminado la guerra civil, la dictadura bolchevique se había asentado y se estaba adoptando una política neocapitalista como la Nueva Política Económica (NEP)–, es el propio Mussolini quien, en el verano de 1920, afirma que el intento de exportar el leninismo a Europa ya había fracasado. Y en julio de 1921, vuelve a declarar que hablar del peligro bolchevique en Italia es «una tontería». A tal punto la consideración de Mussolini es que el peligro bolchevique está muerto que, en ocasión de la Conferencia Internacional de Génova –que es convocada por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial para discutir los problemas económicos de la posguerra–, no se opone a la asistencia de Lenin. En aquel momento se llega a admitir la posibilidad de que Lenin viaje personalmente a Italia, y Mussolini, como si fuera el amo del país, escribe: «El señor Lenin puede venir, pero no debe hablar de política, de lo contrario nuestros escuadristas se encargarán de él».

Pero permítame agregar algo más. Que el peligro bolchevique no existía en Italia era también claro por el hecho de que, cuando se desarrolla la Marcha sobre Roma, los dirigentes maximalistas del Partido Socialista y los del Partido Comunista toman un tren y se van a Moscú para la Conferencia de la Internacional Comunista. Dicen que en Italia no pasa nada, que lo que está sucediendo es solo una disputa entre burgueses. Fíjese que el 27 de octubre de 1922, luego del gran mitin de los escuadristas fascistas en Nápoles, el periódico comunista L´Ordine Nuovo, dirigido por Antonio Gramsci, afirma que todo se trata de una farsa y sostiene que se está asistiendo a las «vísperas de la desintegración del fascismo». Frente a estos documentos, frente a estos datos, hablar todavía hoy de un peligro rojo revolucionario, de una amenaza comunista en Italia, es una de las mayores tonterías que se pueden decir. La idea del «peligro bolchevique» fue instalada y utilizada por el fascismo para construir su mito de salvación nacional, pero está completamente alejada de lo que fueron los hechos históricos.

En muchos de sus libros, pero en particular en El culto del Littorio. La sacralización de la política en la Italia fascista4, usted definió el fascismo como una religión política y lo ubicó dentro del fenómeno más amplio de la «sacralización de la política». ¿Qué es lo que constituye una religión política y qué hizo que el fascismo se constituyera como tal?

Efectivamente, la religión política es un aspecto del totalitarismo fascista y los primeros en referirse al fascismo como una «religión política» fueron los católicos antifascistas y los liberales. Ellos alegaban que el fascismo pretendía imponer su ideología, es decir, la exaltación de la nación, la exaltación del Duce y la exaltación del propio fascismo como un dogma al que todo el mundo debía someterse, constituyéndose como una «religión política de la nación». Ese tipo de práctica de imposición se desplegó incluso antes de que el fascismo desarrollara su dictadura. Ya a fines de 1923, y a través de feroces palizas, los fascistas obligaban a la gente a quitarse el sombrero y a hacer reverencias a su paso. Los católicos antifascistas, como Luigi Sturzo, entendieron que el fascismo no podía ser de ninguna manera compatible con el catolicismo y que la Iglesia no podía apoyar el fascismo porque era un movimiento pagano que sacralizaba la nación y el Estado. El término de «religión política» se extendió luego entre otros antifascistas que observaban la forma en que el régimen imponía sus ritos, sus símbolos y sus mitos a toda la población italiana por medio de la violencia. Es este el sentido en que, en 1924, el periodista Igino Giordani, que adhería al Partido Popular de Luigi Sturzo, definía el fascismo como una «religión política pagana».

Debo aclarar, sin embargo, que la religión política no es exclusiva del fascismo, sino que pertenece a todos los totalitarismos. Fue, por ejemplo, un fenómeno visible en la Rusia bolchevique de 1918 y 1919, pero sobre todo tras la muerte de Lenin en 1924. En este sentido, y atento a su pregunta, me gustaría hacer algunas puntualizaciones. La primera es que la religión política forma parte de un movimiento más extenso que, como usted bien dice, he denominado «sacralización de la política» y que concierne a todos aquellos movimientos que sitúan la política en el centro de la vida humana y la convierten en una entidad suprema a la que incluso la religión debe someterse. En este marco, debemos diferenciar lo que constituye una religión política, que es típica de los regímenes totalitarios, de lo que constituye una religión civil, que caracteriza a los países democráticos. Tenemos, de hecho, el ejemplo de Estados Unidos, donde existe pluralismo religioso, pero cuando todos los creyentes, desde protestantes a católicos, pasando por judíos, musulmanes o sijs, se reúnen y cantan «God Bless America», reconocen a un dios que no es el dios de una religión concreta: es el dios de Estados Unidos. Estados Unidos es el primer ejemplo de una sacralización de la política en la que la política misma se convierte en el centro de una devoción. Esto se difunde y se extiende de manera más decisiva con la Revolución Francesa, con la dictadura jacobina, con Napoleón y luego, durante el siglo XIX, en los diferentes países y continentes, entre los que se incluye América Latina, donde distintos movimientos políticos pretenden definir el sentido último y la finalidad de la vida en esta tierra.

El hecho de que el fascismo pretendiera erigirse como una totalidad espiritual del Estado lo llevó a contradicciones con el campo religioso, tal como usted lo documenta en Contro Cesare5. En su libro usted muestra una relación pragmática entre el fascismo y la Iglesia católica, a la vez que puntualiza la complejidad que el fenómeno fascista suponía para muchos cristianos, en tanto se producía un conflicto entre el primado de Cristo y el del César (el Duce). ¿Cómo fue esa relación y qué influencia tuvieron los católicos antifascistas como Luigi Sturzo y Francesco Luigi Ferrari, a la hora de sentar las bases de una oposición cristiana al fascismo?

Al aproximarnos a este tema siempre debemos hacer una distinción entre el Estado Vaticano –es decir, la Iglesia como Estado– de la Iglesia como expresión de una religión determinada. En las relaciones con el gobierno fascista –que no es lo mismo que con el fascismo–, Pío XI aceptó inmediatamente ir por el camino de un Concordato, en tanto había aspectos que el papa compartía. Estos eran el antimarxismo, el antiliberalismo, la crítica a la democracia y, sobre todo, la condena y el rechazo de la soberanía popular y del libre pensamiento. Estos aspectos del fascismo eran compartidos porque eran los mismos objetivos religiosos que tenía la Iglesia en ese momento desde el Concilio Vaticano I. En ese sentido, tenían enemigos comunes. Y ese es el motivo por el que Pío XI intenta y consigue un Concordato con el Estado italiano. Pero el mismo papa, como líder de una religión que predicaba la igualdad –aunque solo fuera en términos espirituales–, el amor entre los pueblos y la condena de la violencia, tenía enfrente un poderoso movimiento político que divinizaba a la nación, que exaltaba a Mussolini como una especie de ídolo y que, sobre todo, contaba con una organización militar armada que se lanzaba no solo contra las organizaciones socialistas, sino también contra las organizaciones católicas y los párrocos que no aceptaban los símbolos fascistas o se rehusaban a recibir a los escuadristas en la iglesia. En ese sentido, se produjo una doble situación. Por un lado, estaba el papa que, como jefe de la Iglesia, buscaba un Concordato para convivir con un Estado laico, pero, por el otro, estaba el mismo hombre que, como líder de una religión, veía ante sí un movimiento que pretendía, cada vez más explícitamente, ser él mismo una religión terrenal que quería para sí no solo la obediencia, sino también la entrega de los ciudadanos. En mi libro Contro Cesare he mostrado con documentos la falsedad de esas teorías o más bien de esas fábulas– según las cuales el papa Pío XI era un hombre con una personalidad similar a la de Mussolini, por lo cual, supuestamente, era piadoso con él. He publicado documentos que demuestran que, desde 1925, mientras buscaba el camino para un acuerdo entre Estados, el papa manifestaba una marcada angustia por el paganismo fascista y por lo que él llamaba, en algunos de sus documentos, una «religión civil». Pero esto no sucede solo en 1925, sino que continúa en el tiempo. El papa estuvo incluso dispuesto a romper el Concordato antes de su firma, cuando Mussolini, en 1929, pronunció una frase herética, claramente blasfema, al afirmar que «sin la romanidad, sin ser trasplantado a Roma, el cristianismo seguiría siendo una pequeña secta judía en Palestina». Pese a que acabó prevaleciendo la diplomacia y el Concordato se firmó en 1929, en mayo de 1931 el Partido Fascista lanzó una guerra escuadrista contra las organizaciones católicas con la intención de destruir el intento de la Acción Católica de convertirse en una especie de refugio para el Partido Popular –que era católico y antifascista–. En ese contexto, el Papa publicó una encíclica en italiano en la que condenaba el paganismo y la estadolatría fascista. Es decir, utilizó en 1931 las mismas palabras que habían empleado Luigi Sturzo y Francesco Luigi Ferrari entre 1923 y 1925, y por las que se habían visto obligados a abandonar Italia y exiliarse. Eran estos católicos los que escribían desde 1923 contra el peligro que una religión neopagana como la fascista suponía para la fe cristiana. Aun así, a pesar de la posición del papa, el fascismo no dio marcha atrás, y fue el propio papa quien tuvo que retroceder pidiéndole a la Acción Católica que solo se ocupara de asuntos religiosos. Sin embargo, el mismo conflicto volvió a estallar en 1938 y, como demuestro en mi libro, las acusaciones de Pío XI contra el fascismo y su dimensión totalitaria volvieron a ser continuas. Cuando el papa muere, el 10 de febrero de 1939, en vísperas del décimo aniversario del Concordato, tenía ya preparada una encíclica, Humanis generis unitas, para romperlo. En esa encíclica condenaba como herejías el totalitarismo de la nación, de la raza y de la clase (es decir, el fascismo, el nazismo y el comunismo). El papa murió sin que la encíclica fuera publicada, y el nuevo pontífice, Pío XII, enfrentado a la amenaza de una guerra inminente, prefirió guardarla en un cajón. Esa encíclica fue finalmente descubierta y dada a conocer en 1995 por algunos estudiosos6. Por tanto, cuando nos enfrentamos a la historia de las relaciones entre el fascismo y la Iglesia, debemos siempre distinguir, por un lado, las relaciones entre un Estado y una institución que asume el carácter de Estado, y, por otro, la relación entre las dos religiones. Entre el Estado fascista y la Iglesia católica hay un Concordato, a la vez que un conflicto continuo, cada vez más grave y cada vez más aterrador para el papa. Los documentos demuestran que esos son, para el papa, diez años de sufrimiento continuo. Es absolutamente ridículo confundir un acuerdo de convivencia entre Estados –sobre todo, en un país en el que en los estatutos el catolicismo era la religión estatal– con una simpatía entre el movimiento fascista y la religión católica. No era posible una real convivencia entre una religión que quería a todo el mundo para sí y un movimiento, como el fascista, que también quería a todos los seres humanos para él en este mundo y que, por lo tanto, no aceptaba la competencia de la Iglesia.

Quisiera ir introduciendo la entrevista, si me permite, en el campo del análisis de la relación entre el fenómeno fascista y otros procesos que tienen lugar en nuestros tiempos. Actualmente se discute mucho sobre el crecimiento del apoyo de los trabajadores a las nuevas extremas derechas. Si volvemos atrás en la historia, ¿cuál era la composición de clase del movimiento fascista? ¿A qué sectores pertenecían aquellos primeros escuadristas armados?

Una pequeña porción del grupo dirigente fascista, tanto en los Fascios de Combate como luego en el escuadrismo, estaba constituida por hijos de la burguesía. Pero la mayor parte –entre la que se encontraban líderes como Italo Balbo, Dino Grandi y Roberto Farinacci– eran hijos de pequeños profesionales locales, abogados o incluso profesores de escuela secundaria. O, como en el caso de Renato Ricci, de un trabajador de las canteras de mármol de Carrara. Por su parte, la base social del movimiento fascista estuvo compuesta, desde el principio, por las nuevas clases medias. Nuevas en el sentido de que muchos de aquellos que militaban eran jóvenes, mayoritariamente del valle del Po, hijos de antiguos agricultores que habían logrado comprar tierras durante el periodo de la gran crisis –que se había extendido entre 1911 y 1921–. Esos hombres, que se habían convertido en propietarios, no querían, lógicamente, someterse a ningún sistema socialista que impusiera una socialización. Debemos tener en cuenta que, entre 1911 y 1921, a partir de la desintegración de la gran propiedad capitalista en el campo, se formó un millón de nuevos propietarios, es decir, personas que habían luchado como campesinos por tener la propiedad de la tierra y que no querían cederla para ninguna idea proletaria o socialista. Si hacemos un ejercicio y le atribuimos a cada una de esas personas un solo hijo varón, tenemos un millón de jóvenes que están en contra del socialismo y que, habiendo sido la mayoría de estos combatientes en la Gran Guerra y habiéndose identificado con la nación, se veían a sí mismos como la nueva clase dirigente. Son ellos quienes dan vida a las nuevas escuadras fascistas, a los líderes fascistas y a los que serán luego los líderes del régimen fascista durante los 20 años de gobierno.

El fascismo tuvo un componente de trabajadores, pero se trataba de trabajadores agrarios que, después de la destrucción de las organizaciones socialistas, habían sido obligados a unirse a los sindicatos fascistas con la promesa de acceder a la tierra –algo que finalmente la mayoría de ellos no obtendría–. Esto nos muestra que la composición de clase del fascismo fue muy diferente de la del nacionalsocialismo, en tanto nunca logró capturar un fuerte apoyo de la clase trabajadora. Mientras que el nazismo tenía un importante apoyo obrero, el fascismo no logró ganarse ese sostén de los trabajadores, exceptuando a los de segunda generación, es decir, a aquellos que no habían conocido la violencia escuadrista. Estos sí eran más favorables al fascismo, tal como lo reconocieron los propios dirigentes comunistas. En 1935, el líder comunista Palmiro Togliatti expresó en una conferencia en Moscú que, en ese punto histórico, ya no era necesario luchar con las armas contra los fascistas, sino entrar en el fascismo, usar los mitos fascistas como el de 1919, y finalmente así conquistar los sindicatos fascistas. Togliatti llamaba a esos obreros «hermanos con camisa negra». Lógicamente, el intento de Togliatti fracasó, porque los fascistas podían ser muy estúpidos en muchos aspectos, pero justamente no para reconocer a sus enemigos. En eso sí que eran muy inteligentes.

Por no remontarnos a muchas otras experiencias que han sido calificadas genéricamente como fascistas, le mencionaré solo algunos casos contemporáneos: un partido como Vox, en España, ha sido calificado como fascista; el gobierno de Jair Bolsonaro en Brasil ha sido calificado como fascista; Donald Trump ha sido calificado como fascista; Mateo Salvini ha sido calificado como fascista. Todo esto por no mencionar los casos en que la expresión se usa aún más indiscriminadamente, llegando a conceptos como «fascismo de izquierda» o «islamofascismo». Usted está manifiestamente en desacuerdo con el uso de ese apelativo. ¿Por qué en ningún caso es válido?

Porque todo lo que no hace crecer nuestro conocimiento de las nuevas realidades que produce la historia es inútil y nocivo. El conocimiento progresa a través de la distinción, no a través de la confusión ni de las analogías. El agua es un líquido, y el aceite y la gasolina también lo son. Si yo digo que todos esos líquidos son agua no avanzo en el conocimiento y puedo correr el riesgo de cocinar fideos con gasolina. Si yo digo que todos los regímenes o movimientos autoritarios son fascistas, corro el riesgo de equivocarme claramente y de no analizar y comprender, de modo concreto, un determinado fenómeno. Ahora bien, ¿por qué puede usarse de este modo extenso, confuso y equivocado el concepto de fascismo? Fundamentalmente porque en su etimología el concepto «fascismo» no significa nada precisamente político. Le daré un ejemplo. Si digo «comunismo», seguramente no apoyo la propiedad privada, sino la comunidad de bienes. Si digo «liberalismo», no apoyo la socialización de los bienes, sino la propiedad privada. Si digo «anarquismo», no apoyo el poder estatal, sino la anulación de cualquier poder. Pero si digo «fascismo» digo solo «fasci», «fascio», que significa literalmente «estar juntos». ¿Entonces todos los movimientos que proponen estar juntos son fascistas? Claramente no. Ahora bien, según el uso extenso de la palabra «fascismo», que es homologada casi a cualquier movimiento o régimen autoritario, podríamos decir, por ejemplo, que Dios es fascista. Fíjese que, si aplicamos ese criterio, el Dios de la Biblia, del Antiguo Testamento, cuando ordena exterminar a las mujeres, niños, hasta la última descendencia, debería ser considerado de ese modo. ¿Y qué diríamos de Caín? Este también podría ser considerado el primer fascista que, para colmo, ha desatado una guerra civil al matar a su hermano Abel.

Hago estas bromas, pero, como usted sabe, todo esto conforma una ironía verdaderamente trágica. Esta difusión del término fascismo ha creado una profunda incapacidad para entender nuevos fenómenos en los que, si bien hay elementos que estaban presentes en el fascismo, no está presente ninguno de los que verdaderamente lo definían, lo hacían particular. Esos elementos son el totalitarismo, el imperialismo, la religión política, la revolución antropológica y la guerra como fin principal de la vida humana. A los regímenes y expresiones políticas que usted planteó en tono jocoso, podríamos agregar los de [Silvio] Berlusconi, [Charles] De Gaulle o [Juan] Perón. ¿Encontramos en ellos algunos elementos similares a los que había en el fascismo? Sí, por supuesto, porque el fascismo siempre fue imitado, sobre todo a través del uso de símbolos, de rituales, de mitos. Pero ¿están los componentes fundamentales del fascismo, aquellos que permitían definirlo como tal? No, no están. ¿Cómo se puede calificar de fascista un movimiento como Vox, que quiere afirmar la primacía de la catolicidad sobre el Estado, sobre la nación, sobre la educación, cuando la primacía del fascismo era la de la política, la del Estado? Hemos llegado a tal punto de confusión, que hay quien no es capaz de distinguir un movimiento nacionalista de inspiración católica que sostiene posiciones de la extrema derecha católica en temas asociados a cuestiones como la familia –donde se opone decididamente al aborto y al feminismo– del propio fascismo. Lo mismo sucede con Salvini y La Liga. ¿Cómo puede ser fascista un movimiento como La Liga, que ha pregonado históricamente la secesión de una región de Italia, cuando uno de los puntos fundamentales del fascismo es el de la unidad de la nación, que fue siempre considerada de carácter sagrado?

Las cosas, como usted comentaba en su pregunta, van incluso más allá. El uso del término fascismo se ha vuelto tan simplista que se lo puede aplicar desde a Trump hasta a Putin. Cualquier régimen autoritario con culto a un líder es llamado fascismo. Corea del Norte entonces sería fascista, la misma China comunista sería fascista. Evidentemente, esto no ayuda a entender los fenómenos contemporáneos que enfrentamos. Este uso priva a la categoría «fascismo» de los componentes que realmente le son propios y que solo se encuentran si los analizamos en la historia.

En resumen, lo que intento transmitir es que muchas veces se sostiene que tal o cual movimiento es fascista porque entre sus ideas figuran posiciones racistas, o apelaciones a la pureza de la nación, o porque desprecia la democracia representativa. Pero todas esas ideas preceden al fascismo. Que haya racismo o que haya autoritarismo no quiere decir que haya fascismo. Esas no son cualidades específicas del fascismo, sino que aparecieron incluso en otras latitudes y todavía perduran. El fascismo no existía durante el tiempo del primer racismo en Francia, o en el siglo XIX cuando había racismo en Inglaterra y en Estados Unidos, país en el cual todavía desgraciadamente sobrevive en muchos estados. Mucho antes del fascismo hubo sociedades, y no solo de Occidente, que afirmaron una identidad nacional que excluyó, por ejemplo, a grupos étnicos de diverso tipo. Con esto quiero decirle, aunque usted lo sabe, que no es posible atribuir a cualquier movimiento, construyendo analogías generales, el carácter de fascista.

Le aseguro que yo me esfuerzo mucho por entender estas analogías, pero las analogías no sirven para comprender la historia, sino para hacerla más confusa. Eso es lo que yo denomino «ahistoriología», es decir, una historia hecha como la astrología, que, en lugar de estudiar científicamente los hechos, se limita a interpretarlos según los propios deseos, esperanzas y temores.

Es completamente cierto que todos esos movimientos o regímenes son nítidamente distintos del fascismo o tienen características que no pueden ser circunscriptas a él. Pero ¿qué sucede con la primera ministra italiana Giorgia Meloni, de Fratelli d'Italia, que proviene de una fuerza política que sí se ha reivindicado como neofascista, como el Movimiento Social Italiano? De hecho, en su propio símbolo, Hermanos de Italia lleva la vieja insignia del Movimiento Social Italiano, la llama encendida…

Efectivamente, entre 1946 y 1994, hubo en Italia un partido neofascista con representación parlamentaria y que llegó a ser el cuarto partido a escala nacional. Hablamos, como usted bien dice, del Movimiento Social Italiano (MSI), una organización política que fue fundada por funcionarios, jerarcas y adherentes al régimen fascista que, aunque nunca llegó a 10% de los votos, rozó esa cifra en las elecciones de 1972. Ese partido participó en la elección de al menos un par de presidentes de la República, y compitió democrática y pacíficamente en las elecciones generales y locales. Como usted sabe, el MSI se disolvió en 1994, transformándose, con el liderazgo de Gianfranco Fini, en el partido Alianza Nacional. Ese partido repudió el fascismo –aunque Fini en los años 2000 seguía diciendo que Mussolini había sido el mayor estadista de toda la historia de Italia– y formó parte de todos los gobiernos de Berlusconi. En tal sentido, desde 1994, Alianza Nacional se despegó de su matriz original de neofascismo y se encaminó a un proceso de transformación hacia una derecha nacional conservadora, posición que ahora es recogida por el partido de Giorgia Meloni.

El partido de Meloni bebe de esa experiencia y, en tal sentido, no tengo inconveniente alguno en considerarlos como posfascistas que han aceptado las reglas del Estado democrático y de la República y que han jurado sobre la Constitución, y que se inscriben en esa derecha nacional conservadora. Por supuesto, la herencia del MSI es visible en el modo de concebir la política y en la relación con los adversarios. Pondré un ejemplo. Por estos días, se habla en Italia de la reforma constitucional. Meloni quiere el presidencialismo y se dirige a la oposición diciéndole: «Si no están de acuerdo con lo que yo digo, avanzaré igual». Evidentemente, no es una actitud democrática dialogar con la oposición bajo esta premisa. Recuerda a aquello que hiciera Mussolini en 1923, cuando siendo líder de un gobierno de coalición, se dirigió a sus opositores parlamentarios –los socialistas y los liberales antifascistas– diciéndoles: «¿Pero ustedes que quieren? Pongámonos de acuerdo». Y ellos respondían: «No queremos escuadristas armados, no queremos violencia». Y Mussolini terminaba diciendo: «Si ustedes no quieren lo que yo impongo, yo seguiré mi propio camino». En esto, digamos, hay un tipo de actitud similar. A esto se suma la perspectiva mitológica que expresan algunos de los que forman parte del gobierno de Meloni, según la cual el fascista fue el mejor gobierno que Italia jamás haya tenido, «excluyendo» las leyes racistas. Esto no implica, sin embargo, que siete millones de italianos que han votado a ese partido y a ese gobierno sean fascistas. De hecho, tampoco se trata en sí de un gobierno fascista –ya hemos dicho que no hay escuadristas armados, no se propicia una revolución antropológica de la sociedad, no instala una religión política, no construye un régimen totalitario–. Es un gobierno que tiene a un partido como Fratelli d'Italia, que convive con otros muy distintos. Fíjese, sin ir más lejos, que en este gobierno convive el partido de Meloni, que reivindica el «orgullo nacional», pero aliado a un partido como La Liga, que ha negado históricamente la propia existencia de la nación italiana y buscaba la secesión de una parte del país –aunque hoy la llamen «autonomía diferenciada»–. Y participa también una fuerza como la de Berlusconi, que exalta el liberalismo y el hedonismo.

Profesor, creo que ya la respuesta surge de sus propias respuestas previas, pero de todos modos le haré la pregunta. Como usted sabe muy bien, en 1995 el ensayista Umberto Eco utilizó la categoría «fascismo eterno» en una conferencia pronunciada en la Universidad de Columbia, que sería publicada algunos años más tarde. Eco no solo apuntaba 14 rasgos que él definía como «fascistas», sino que además asumía que el fascismo era casi una identidad política móvil, que ya no usaba solo uniformes militares sino también «trajes civiles» y que volvía en «nuevos ropajes más inocentes». Su conclusión lógica era que el deber de los demócratas era «desenmascararlo». ¿Cuáles son los inconvenientes que, según su parecer, tienen esta definición y esta idea? ¿Qué problemas puede traer aparejados la idea de una «eternidad» en la política?

Permítame responderle comenzando por el final de su pregunta. Debo decirle que, en comparación con Eco, yo soy un poco avaro, porque he definido al fascismo no en 14 sino en 10 puntos, pero podría reducirlos incluso a tres. El problema con los 14 puntos de Eco es que pueden ser aplicados también a la Iglesia católica o a la Falange española. Y si se pueden aplicar de ese modo, entonces no definen algo particular del fascismo. A eso agregaría otra cuestión de igual importancia. Si los fascistas aparecen, como dice Eco, disfrazados de demócratas, ¿cómo distinguimos a los demócratas antifascistas de los demócratas fascistas? Es decir, ¿quién tiene derecho a definirse como un demócrata antifascista si, por ejemplo, como hizo Gramsci, llamamos semifascistas a socialistas como Filippo Turati, a liberales como Giovanni Amendola, a católicos democráticos como Luigi Sturzo? ¿Y cómo hacemos para decir que el verdadero antifascista fue Gramsci, que fue encarcelado en 1926, mientras que Matteotti fue asesinado en 1924, Amendola fue atacado en 1923 y 1925, y Sturzo se vio obligado a exiliarse en 1924, y Turati en 1926? Lo mismo ocurre con el concepto según el cual el fascismo puede repetirse en otras formas y depende de los demócratas desenmascararlo. Una posición de ese tipo les otorga una suerte de poder totalitario a los llamados demócratas para decidir cómo, cuándo y quién es un fascista disfrazado. Con ese criterio, todo el mundo podría decir «tú eres el fascista, yo soy el verdadero antifascista».

Yo siempre tuve una gran admiración por Umberto Eco, un semiólogo con un enorme conocimiento de la retórica y también de la historia. Pero no podía ni puedo estar de acuerdo con él cuando afirma su tesis del «fascismo eterno». ¿Cómo se puede sostener la idea de algo eterno en la historia, cuando ni siquiera las divinidades se revelan eternas? ¿Dónde están hoy Júpiter y Apolo? ¿Dónde están los dioses de Persia? ¿Estamos seguros de que el cristianismo y el islam serán eternos? Hasta ahora, de hecho, han vivido menos que la religión egipcia. En la historia nada es eterno. Es un absurdo hablar de eternidad en la historia. Y, por otro lado, ¿solo el fascismo sería eterno? No veo que nadie hable de un «liberalismo eterno» o de un «bolchevismo eterno», de un «jacobinismo eterno» o, para referirme a su país, de un «peronismo eterno». Pareciera que solo el fascismo estuviera dotado de eternidad. Pero si el fascismo es eterno, entonces todo antifascista está derrotado de antemano. Nunca ganará porque, al parecer, su adversario es poseedor de un don único que no tiene ninguna otra ideología y ningún otro régimen: la eternidad. Ese supuesto carácter de la «eternidad» se basa, tal como le decía, en la práctica de las analogías. Se basa en atribuirles a movimientos o regímenes no fascistas la categoría de fascistas.

Al mismo tiempo que se ha producido toda esta banalización con la tesis del fascismo eterno, también se ha producido el fenómeno que usted ha denominado como «desfascistización del fascismo». ¿Podría explicar en qué consiste ese proceso?

Por supuesto. Mi concepto de «desfascistización del fascismo» se refiere, sobre todo, a lo que sucedió en Italia inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando distintos grupos ideológicos se enfrentaron al problema de pensar el fascismo tras el propio fin del régimen. Lo que había sido, a todas luces, un régimen de 20 años que había tenido características opresivas y excitantes para toda la sociedad italiana, se transformó, en algunas conceptualizaciones de los propios hombres de la izquierda que lo habían derrotado, en un fenómeno que básicamente consistía en una banda de criminales que se habían quedado con el poder frente a unas masas siempre hostiles al régimen y sometidas a la miseria. Entre los mismos antifascistas que habían derrotado al fascismo se evidenció un fenómeno de falta de rigor a la hora de definir ese régimen. Lo mismo sucedió, claro, desde el lado neofascista, que definía el fascismo como un régimen que había hecho mucho bien al país pero que, desgraciadamente, se había convertido en una dictadura porque el comunismo amenazaba a Italia. Esa derecha neofascista intentaba decir que el fascismo no era totalitario, que recién se había vuelto racista en 1938, que se había convertido en un régimen de partido único solo porque Matteotti había sido asesinado y porque la izquierda y los antifascistas querían derrocarlo. En definitiva, desde la izquierda y desde la derecha se produjo una banalización del régimen que impedía ver su especificidad. Se «desfascistizaba» el fascismo. En la izquierda se llegaba incluso a afirmar que el fascismo no tenía ideología, no tenía una visión de la economía, y hasta que ni siquiera había existido un régimen fascista: solo había mussolinismo.

En torno de este tema conviene mencionar la influencia que tuvo un libro que seguramente usted conoce y ha leído. Me refiero a Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, en el que la autora, sin saber nada del fascismo, afirmaba que el fascismo no era totalitario. En su libro, en el que el único régimen que aparece como totalitario es el estalinismo –ni siquiera considera totalitarios a Lenin y a Mao–, tampoco consideraba totalitario el nazismo: solo le atribuye esa cualidad desde el inicio de la guerra. La tesis de Arendt fue utilizada durante la Guerra Fría como un manifiesto propagandístico para ubicar en el mismo lugar la Rusia de Stalin y la Alemania de Hitler, pero sobre todo, para justificar que Estados Unidos y distintos países de la Alianza Atlántica estuvieran aliados a regímenes como el de la España de[Francisco] Franco y el Portugal de [António] Salazar, que tenían aspectos comunes con el fascismo. El concepto de Arendt según el cual el fascismo no era totalitario sino autoritario les servía a los países aliados a regímenes que tenían algunos aspectos del fascismo para afirmar que, si era autoritario, era «menos malo» –e incluso en ocasiones podría ser bueno– que el totalitarismo, es decir, que la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin. Este tipo de posiciones contribuyeron a la desfascistización del fascismo. A ese proceso de desfascistización del fascismo también contribuyó el hecho de que muchos fascistas reales de los tiempos de Mussolini se hicieran luego democristianos, comunistas o socialistas, por lo que los partidos debían decir que el fascismo no había tenido ninguna influencia y solo se dedicaban a ridiculizarlo.

Mire, cuando yo era niño no vi ni una sola película en la que no se ridiculizara el fascismo. Nunca tuve la sensación, de niño y de joven, de que el fascismo había sido algo trágico, que había allanado el camino para el nazismo y el totalitarismo en Europa. En lugar de hacernos entender cuál había sido la tragedia del fascismo, lo tomaban todo en broma, como algo gracioso. De las atrocidades del fascismo, solo se recordaba el crimen de Matteotti y la muerte de Gramsci. Si usted mira los primeros documentales sobre el fascismo, se dará cuenta rápidamente de que todo era una caricaturización, una serie de burlas y de chistes. Esto influyó mucho. Y el beneficio, por supuesto, se lo llevaron los neofascistas reales, que se presentaban como defensores de las «buenas políticas» del fascismo, de las grandes obras arquitectónicas, de las grandes fábricas, del bienestar de los trabajadores. Utilizaban toda esa palabrería amparados en ese proceso de desfascistización del fascismo. Decían, por ejemplo, que el fascismo había hecho buenas obras, para justificarlo. Usted sabe bien aquello que decía Cervantes: que no hay ningún libro malo que no contenga algo bueno.

Permítame que insista con las cuestiones relativas al uso de la palabra «fascismo» como arma arrojadiza para calificar a los adversarios políticos e ideológicos. Usted recordaba que en 1924 Gramsci llamó «semifascistas» a Amendola, Sturzo y Turati. Podríamos mencionar también que Palmiro Togliatti aplicó conceptos similares a Carlo Rosselli, el socialista liberal que murió luego a manos del fascismo. ¿Qué incidencia tuvo en el uso extenso y equívoco del término fascismo que vemos actualmente el hecho de que los comunistas siguieran la tesis del «socialfascismo» y aplicaran el concepto indiscriminadamente contra sus adversarios políticos, incluso contra aquellos que eran claramente antifascistas?

Tuvo un gran impacto, porque como usted dice, en el antifascismo italiano hasta 1935 e incluso en algunos casos hasta 1937, para los comunistas todos los izquierdistas no comunistas eran fascistas o semifascistas. Quien no se convertía a la interpretación comunista del fascismo era un fascista. Esta interpretación se suspendió durante la guerra y durante el periodo de la Resistencia, pero volvió a ganar lugar tras la Liberación. Después de 1947, los comunistas comenzaron a llamar fascista a Alcide de Gasperi, que era democristiano y antifascista, y ese proceso comenzó otra vez. Fíjese que Lelio Basso, militante marxista antifascista, en 1951 publicó un libro titulado Dos totalitarismos: fascismo y democracia cristiana. Una homologación realmente sin ningún sentido. Y debemos tener en cuenta que esto lo decía Lelio Basso que era quien, en un artículo publicado el 2 de enero de 1925 en La Rivoluzione Liberale, dirigida por el joven antifascista Piero Gobetti –víctima de los escuadristas, obligado al exilio y muerto en París en 1926, a los 25 años— había inventado el término «totalitarismo» para definir el régimen fascista.

El uso indiscriminado del término «fascismo« en Italia se relaciona directamente con esa acusación de fascistas contra todos los antifascistas no comunistas. En términos globales, la incidencia en ese uso indiscriminado la tuvo claramente la victoria de la Unión Soviética de Stalin en la Segunda Guerra Mundial, en tanto los comunistas extendieron la idea de que, como ellos habían vencido, eran los verdaderos opositores al fascismo. En consecuencia, podían marcar como fascista a cualquiera que se les opusiera. Y de ese uso extenso y confuso de la categoría derivó su pasaje a todos los ámbitos, a punto tal que los anticomunistas empezaron a llamar fascistas a los comunistas. Se transformó en una categoría para utilizar como arma contra cualquier opositor ideológico. Por eso vuelvo a mi razonamiento inicial: si el término «fascista» en sí mismo no contiene ninguna idea política clara, fascista puede ser cualquiera. ¡Incluso usted puede ser fascista porque me está haciendo preguntas para meterme en dificultades! Cuando reprobaba alumnos y debían repetir el examen, ¿qué decían?: «¡Este es un fascista!».

El hecho de que usted no utilice, por todas las razones que ha expresado, el concepto de «fascismo» para referirse a fenómenos políticos muy diversos, no implica que no observe los graves problemas de las democracias contemporáneas y sus derivas «iliberales». En tal sentido, usted ha acuñado el concepto de «democracia recitativa». Al mismo tiempo, ha advertido que el mayor peligro en la actualidad es la presencia de líderes elegidos democráticamente pero que carecen de ideales democráticos. ¿Qué significa el concepto de democracia recitativa y cuáles son, según su perspectiva, los dilemas que atraviesa la democracia hoy?

Si nosotros utilizamos el término «fascismo» para referirnos a lo que históricamente ha sido –es decir, que se ha expresado como organización, como cultura y como régimen en una cultura irracionalista y mítica fundada en la exaltación del Estado y de la nación, en una militarización de la política, en el totalitarismo y el imperialismo, en el racismo, en la revolución antropológica de la sociedad y en la guerra como fin último de la vida humana–, entonces debemos concluir que esto no está presente en los países democráticos. Sin embargo, en todos los países democráticos, incluso en los más antiguos, se están verificando una serie de procesos muy preocupantes. Uno es el creciente descontento de la ciudadanía, expresado en términos de desconfianza y, sobre todo, en una fuerte abstención electoral. Otro es la permanente y galopante intrusión de la corrupción. Y el que considero más importante es la renuncia al ideal democrático. El ideal democrático no es lo mismo que el método democrático, que consiste en el proceso de elecciones libres y pacíficas por el cual los ciudadanos eligen a sus gobernantes. Con el método democrático, lo sabemos muy bien, es posible elegir gobiernos racistas, antisemitas, machistas o antifeministas. Por eso el ideal democrático, por el cual durante 200 años muchos ciudadanos han sacrificado su vida en manifestaciones, en agitaciones, en revoluciones y en guerras, no consiste solamente en que los ciudadanos puedan elegir pacífica y periódicamente a sus gobernantes, sino en trabajar constantemente para eliminar todos los obstáculos y discriminaciones entre los gobernados.

Si la desigualdad de riqueza, y la pobreza y la precariedad son cada vez mayores, entonces tenemos un problema democrático –y en buena medida, parte del voto de los trabajadores a la extrema derecha se vincula a estas cuestiones–. Las estadísticas mundiales nos dicen que el 10% más rico del mundo posee hoy alrededor de 76% de la riqueza global. En Italia, durante la pandemia, el 5% más rico aumentó su riqueza, mientras que todas las demás clases perdieron poder adquisitivo salarial. Esa profunda desigualdad en la riqueza hace a un problema democrático muy serio: ¿quién, sino los ricos, puede acceder a propagandas electorales televisivas?

Al problema de la desigualdad, que impacta seriamente en la democracia, se agrega otro, y es el que usted menciona: el de la recitación. Una de las razones por las cuales se produce una fuerte abstención electoral se vincula a la consideración ciudadana de que la democracia se ha transformado en un espectáculo que tiene lugar solo en el periodo electoral. Los ciudadanos sienten que son convocados a votar y que, luego, los dirigentes políticos toman decisiones arbitrarias, de espaldas a la ciudadanía. En definitiva, toman las decisiones que quieren. En el sistema político italiano, los candidatos ni siquiera son elegidos por la ciudadanía, sino por sus compañeros de partido, y la ciudadanía es obligada a aceptar lo que los partidos han decidido. Todo esto hace a la calidad democrática. Es en este sentido en el que hablo de «democracia recitativa».

Ahora bien, es importante destacar que el método democrático prevalece, a diferencia de lo que sucedía hasta 1945, cuando movimientos fascistas y nacionalsocialistas negaban el principio mismo de soberanía popular. O a diferencia de los regímenes comunistas, que predicaban el principio de la soberanía del proletariado, pero que, finalmente, sostenían dictaduras de tipo totalitaria. Hoy todos los partidos, y también los llamados «populistas», reconocen ese principio y, de hecho, se refieren directamente a él. Evidentemente, este tipo de apelación al diálogo directo entre las masas y el pueblo puede constituir un desafío a la democracia liberal, como lo vemos en casos de Europa oriental, en la Rusia de Putin, en la Turquía de [Recep Tayyip] Erdoğan. Pero eso no los vuelve fascistas. No se puede ser fascista y apelar a la soberanía popular. Sería como ser bolchevique defendiendo la propiedad privada. Por lo tanto, los principales riesgos de la democracia emergen de la democracia misma. Repito: no debemos olvidar que la democracia como método basa su acción en el propósito y el objetivo de alcanzar algo más, el ideal democrático. Sin ese ideal, tenemos una democracia recitativa en la que, efectivamente, pueden producirse mayorías racistas, nacionalistas, iliberales. Si se abandona la realización del ideal democrático y la democracia es solo una recitación, el desarrollo del individuo se obstaculiza sin que exista ningún tipo de régimen fascista. Por lo tanto, para evitar la elección de gobiernos racistas, machistas, iliberales, de lo que se trata es de que la democracia no se limite al método democrático, sino que persiga el ideal democrático.

 Permítame hacerle una última pregunta asociada a su propia trayectoria como historiador. Usted tuvo entre sus maestros a Renzo de Felice, un historiador de enorme relevancia, que desarrolló una de las más importantes biografías de Mussolini que se hayan escrito hasta la fecha. ¿Cómo conoció a De Felice y qué aprendió de él en términos del quehacer historiográfico?

Déjeme comentarle que, de niño, yo tenía dos grandes pasiones. Una era la pintura y la otra era la historia. Luego, por una serie de circunstancias, no me fue permitido seguir la vocación que más apreciaba que era la pintura, así que me dediqué a mi otro campo de interés. Mis primeros intentos fueron en historia medieval, y cuando tenía 18 años y estaba terminando el bachillerato, hice un ensayo  sobre la poesía de Dante. Sin embargo, el trabajo fue rechazado por el que entonces era mi profesor. Sinceramente, yo había puesto mucho empeño en ese texto, había dedicado mucho trabajo, y pensé que podía pedir otra opinión sobre aquel ensayo. Entonces se me ocurrió escribirle a Giuseppe Prezzolini, un escritor y periodista que escribía en Il Tempo, el periódico que leía mi padre. Prezzolini era un hombre muy famoso que, entre otras cosas, había sido el fundador de una revista La Voce en la que habían colaborado Giovanni Amendola, Benedetto Croce, Mussolini. Cuando le escribí yo desconocía por completo que él tenía 84 años y, en mi carta, lo traté de «tú», como si se tratara de un amigo. Él me respondió muy amablemente que, por la cultura que expresaba mi artículo, no creía que yo tuviese 18 años. Y así comenzó una relación. Luego, ya realizando mis estudios universitarios en Historia, conocí a un historiador antifascista que había sido amigo de Piero Gobetti y que tuvo una gran influencia para mí. Me refiero al gran historiador Nino Valeri, que fue el primero en estudiar el fascismo de manera científica. Yo quedé fascinado porque Valeri hablaba del periodo giolittiano y de los contestatarios de ese tiempo, entre los que se encontraba un joven intelectual que era el mismísimo Prezzolini. Lo cierto es que Valeri se convirtió en el director de mi tesis, pero se retiró de la academia antes de que yo la terminara. Mi director pasó a ser, entonces, Ruggero Moscati, pero necesitaba, sin embargo, un codirector. Y fue Prezzolini quien me dijo: «Fíjate que en Roma hay un historiador que yo admiro mucho. Se llama Renzo de Felice. Yo te daré una carta de presentación». Y así llegué a De Felice y se convirtió en mi codirector de tesis. Aun así, y a diferencia de lo que muchos creen, e incluso de lo que se afirma en la Enciclopedia Italiana, yo nunca estudié con él ni fui su discípulo directo.

De Felice era, ya entonces, un hombre muy importante en términos históricos. En 1965, cuando me estaba graduando del bachillerato, yo había leído el primer volumen de su extensa biografía de Mussolini, que había sido publicada ese mismo año. Ese libro me causó una profunda impresión. Aunque me fastidió un poco que el libro de De Felice estuviera escrito con un estilo muy difícil –yo siempre he preferido las frases breves, a lo Tácito–, quedé muy impactado por el aparato de citas bibliográficas que manejaba. De hecho, las notas casi duplicaban el tamaño del libro. Todas esas citas de archivo me fascinaron. Fue así como descubrí que no solo existía la historia que yo había leído en los libros de Benedetto Croce, que eran sintéticos y casi sin notas, sino que también estaba esto: la posibilidad de encontrar libros como el de De Felice, donde el archivo y las notas bibliográficas eran fundamentales.

Lo cierto es que, luego de graduarme, con De Felice como codirector de mi tesis, pasé un buen tiempo sin verlo, en tanto yo no comencé rápidamente la carrera académica, sino que me dediqué, algunos años, a enseñar italiano y latín, y luego historia del arte y por último historia y filosofía, en escuelas secundarias. Sin embargo, en 1971, conseguí una beca que no solo me dio una excedencia en la escuela secundaria en la que daba clase, sino que me permitió investigar en Roma. Esa beca hacía necesario tener a un profesor como garante de la investigación, y decidí pedirle ese rol a quien había sido mi codirector de tesis de grado. Acudí a De Felice y me contestó que sí, que él sería el garante de mi investigación. Fue entonces cuando comencé a colaborar en sus clases y seminarios. Esos fueron, para mí, dos años de un enorme aprendizaje. En primer lugar, aprendí la importancia de basar cada hecho histórico en la mejor documentación posible. Y, observando e interactuando con De Felice, entendí el verdadero significado de la independencia intelectual. Recuerdo que en una oportunidad le llevé unos capítulos de mi tesis para que los leyera y él, como buen profesor, me hizo una serie de observaciones. Yo le contesté, muy ingenuamente: «Muy bien, profesor, ahora mismo lo voy a modificar, voy a cambiar esto y aquello». Pero De Felice, a quien yo muchas veces veía en su casa, no me dejó ni siquiera terminar de hablar, me interrumpió y me dijo: «Escuche, Gentile, si usted cambia una palabra porque yo le he hecho una serie de observaciones, no venga más a verme». Fue entonces cuando aprendí lo que es ser un profesor universitario de gran valía pero que, como el propio De Felice decía, no quiere crear su copia en papel carbón.

Yo, que nunca fui su alumno, tampoco soy, como algunos dicen, su mejor heredero. Se dice que lo he seguido, pero en realidad, si esto es así, también lo he traicionado. De Felice argumentaba que el fascismo no había sido totalitario, pero yo llegué a la conclusión contraria a partir de mi trabajo con documentación histórica. Luego, De Felice también se convenció de ello. Fíjese que yo escribí en la década de 1980 muchos artículos sobre este tema, discutiendo la propia tesis de De Felice según la cual el fascismo no había sido totalitario. ¿Y sabe dónde se publicaron algunos de esos artículos? En la revista que dirigía el propio De Felice. Fue él mismo quien los publicó. Eso es lo que él me enseñó. Lo que realmente aprendí de De Felice es que hay que ser muy riguroso en la investigación documental y que no hay que escribir una frase que no corresponda a los documentos, a los hechos tal como resultan de los documentos, evaluándolos, por supuesto, críticamente. Y el otro gran aprendizaje que tuve fue que jamás debes oponerte a alguien que defiende una tesis distinta de la tuya si antes no compruebas si esa persona tiene razón y tú estás equivocado. Yo también he intentado enseñar esto a mis alumnos, muchos de los cuales se convirtieron luego en mis colegas. Son lecciones que hay que aprender. Aunque sea muy cansador e implique un trabajo continuo. El año pasado, en octubre, publiqué una historia del fascismo de 1.300 páginas, pero en el año 2002 publiqué una historia del fascismo de 29 páginas7. ¿Cuál es la verdadera? Ambas. Solo que en la primera no documenté todo lo que afirmaba. En la segunda, en cambio, no hay nada de lo que afirmo que no esté documentado. Y esto me parece importante."              (Entrevista a Emilio Gentile, Mariano Schuster, Nueva Sociedad, junio, 2023)