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8/6/24

Alimentos ultraprocesados: La suciedad rentable con la que nos alimenta el capitalismo... los alimentos que comemos nos están enfermando... El capitalismo está contaminando el aire que respiramos, el agua que bebemos y los propios alimentos que comemos: todo en nombre del beneficio... la causa principal de los crecientes niveles de obesidad es el cambio drástico en nuestra dieta moderna que ha llegado con la introducción y proliferación de la alimentación ultra procesada (UPF), para obtener beneficios por encima de todo lo demás. El UPF constituye ahora más de la mitad de nuestra dieta en el Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y Australia, pero las grandes empresas alimentarias están intentando (con éxito) convertirlo en el alimento básico en todo el mundo... El sello distintivo de la UPF es la adición de estabilizantes, emulsionantes, gomas, lecitina y aceites extraños que nunca encontraremos en un supermercado o en una cocina normal. Lo que tienen en común estos ingredientes es que ahorran dinero a las empresas, ya que reducen la necesidad de ingredientes reales en los alimentos... no es realmente comida

"El capitalismo está contaminando el aire que respiramos, el agua que bebemos y los propios alimentos que comemos: todo en nombre del beneficio. Otra prueba de ello es una revisión publicada por el British Medical Journal (BMJ) el 28 de febrero, en la que se evalúan las mejores investigaciones disponibles sobre el efecto de los «alimentos ultraprocesados» (UPF) en nuestra salud. Esta revisión incluyó 45 estudios y casi 10 millones de participantes, y, lo que es más importante, no incluyó ninguna investigación financiada por las grandes empresas alimentarias. Las conclusiones son categóricas.

La revisión descubrió que el consumo de UPF estaba vinculado a un riesgo sustancialmente mayor de al menos 32 resultados perjudiciales para la salud, incluida la mortalidad por cualquier causa, el cáncer, la diabetes, las enfermedades inflamatorias intestinales y los problemas de salud mental. Esta revisión confirma lo que el médico e investigador sanitario de la UCL, Chris van Tulleken, argumentó en su libro Ultra Processed People (publicado en 2023): los alimentos que comemos nos están enfermando.

En general, la discusión en torno a la dieta hoy en día es un sermón monótono. Desde las columnas de los periódicos hasta los estudios de televisión, se nos dice que el problema empieza y acaba en el individuo. La raíz de la epidemia mundial de nutrición se reduce a la falta de voluntad para hacer ejercicio, la falta de disciplina para resistirse a los tentempiés poco saludables y la falta de inteligencia o capacidad para enseñarse a cocinar y preparar comidas variadas.

En esta atmósfera rancia, el libro de van Tulleken, Ultra Processed People llega como un soplo de aire fresco. Plantea un riguroso análisis materialista del efecto del sistema capitalista tanto en el sistema alimentario mundial como en la dieta humana.

Utilizando una amplia gama de datos de investigación y entrevistas, van Tulleken cuestiona el consenso de que los seres humanos se han vuelto simplemente perezosos y codiciosos.

En su lugar, propone que la causa principal de los crecientes niveles de obesidad es el cambio drástico en nuestra dieta moderna que ha llegado con la introducción y proliferación de la UPF, impulsada para obtener beneficios por encima de todo lo demás. El UPF constituye ahora más de la mitad de nuestra dieta en el Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y Australia, pero las grandes empresas alimentarias están intentando (con éxito) convertirlo en el alimento básico en todo el mundo.
UPF: no es realmente comida

UPF es una definición científica de una categoría de alimentos, elaborada originalmente por Carlos Monteiro, investigador brasileño en nutrición. El sello distintivo de la UPF es la adición de estabilizantes, emulsionantes, gomas, lecitina y aceites extraños que nunca encontraremos en un supermercado o en una cocina normal. Lo que tienen en común estos ingredientes es que ahorran dinero a las empresas, ya que reducen la necesidad de ingredientes reales en los alimentos.

No todos los científicos están de acuerdo en que la UPF sea el problema. Ha habido muchos que han defendido la UPF, algunos incluso argumentando que puede ser buena para la salud. Sin embargo, una inspección más cercana muestra que estos científicos que defienden la UPF tienen vínculos con las grandes corporaciones de alimentos que fabrican UPF como Mcdonald’s, Nestlé y Coca-Cola.
UPF y sobrealimentación

Analizando los últimos 100 años de investigación, el libro demuestra que no son ni la grasa, ni el azúcar, ni la falta de ejercicio lo que ha provocado fundamentalmente la crisis de obesidad y el aumento de los trastornos metabólicos. Por el contrario, es la propia naturaleza de la UPF la que provoca el aumento de peso y la mala salud, ya que estos alimentos están diseñados para fomentar la sobrealimentación.

El UPF es blando y bajo en fibra, lo que hace que sea más rápido de comer y digerir, dejándote menos saciado, y los aditivos de sabor que contiene raramente se correlacionan con el contenido nutricional, interfiriendo con la regulación hormonal del apetito de nuestro cuerpo. El UPF está diseñado para que sigas comiendo, y los estudios han descubierto que puede activar el cerebro del mismo modo que el alcohol y las drogas.

Van Tulleken hace referencia a un estudio que demostró que el UPF conduce a comer en exceso y al consiguiente aumento de peso. Los investigadores alimentaron a dos grupos con una dieta idéntica en contenido nutricional, uno con un 80% de UPF y el otro sin UPF, e intercambiaron los grupos al cabo de dos semanas. Los mismos individuos comieron una media de 500 calorías más al día con la dieta UPF.

Este consumo excesivo de alimentos se ha convertido en una epidemia sanitaria mundial. Desde 2017, en el mundo hay más personas obesas que con bajo peso. Paradójicamente, la obesidad empieza a entenderse como una forma de malnutrición, ya que la UPF es alta en calorías pero baja en contenido nutricional.

En algunos lugares, esta transformación se ha producido en pocos años, a medida que multinacionales alimentarias como Nestlé extienden su alcance al mundo en desarrollo e inundan los mercados locales con UPF. Las consecuencias para la población de los países de renta baja y en desarrollo pueden ser devastadoras, ya que no tienen acceso a la odontología ni a la asistencia sanitaria para tratar los problemas que causa el consumo de UPF, como la caries dental y la diabetes.
No se puede «huir» de la UPF

La solución propuesta a la sobrealimentación es el ejercicio. A menudo son las mismas multinacionales que provocan la crisis las que proponen esta solución. Por ejemplo, Coca-Cola financió el programa «El ejercicio es medicina» y muchos estudios para «demostrar» que la causa de la crisis de obesidad es la falta de ejercicio y no el consumo de Coca-Cola.

Sin embargo, Ultra Processed People examina las pruebas y demuestra que aumentar el ejercicio no incrementa el gasto de calorías de nuestro cuerpo.

El libro utiliza un estudio de los Hadza, una tribu de cazadores-recolectores de Tanzania, y descubrió que quemaban la misma cantidad de calorías que un oficinista estadounidense. Esto no quiere decir que Van Tulleken crea que debemos dejar de hacer ejercicio. El ejercicio es bueno para la salud, tanto física como mental. Sin embargo, la dieta es el factor crucial.
La UPF es a menudo la única opción

A pesar del efecto que la UPF tiene en nuestro organismo, el dominio de los grandes monopolios alimentarios hace que, para muchos, la UPF sea la única opción.

23,5 millones de estadounidenses viven en desiertos alimentarios, donde no hay alimentos frescos disponibles. 3 millones de personas en el Reino Unido no tienen una tienda que venda materias primas a menos de 15 minutos de su casa en transporte público. Casi un millón de personas en el Reino Unido no tienen frigorífico, 2 millones no tienen cocina, 3 millones no tienen congelador, y el coste de la energía ahora significa que muchos de los que sí la tienen, no pueden utilizarla. La UPF es, por tanto, indispensable.

Las zonas desfavorecidas de Inglaterra tienen más del doble de establecimientos de comida rápida (per cápita) que las zonas más acomodadas. Los adolescentes están inundados de UPF, sus billetes de autobús contienen vales de McDonald’s y los restaurantes de comida rápida son a menudo el único lugar donde pueden pasar el rato después de la escuela, dado el cierre de clubes juveniles y centros comunitarios.

En el mundo en desarrollo, la situación es aún peor. La Coca-Cola es a menudo más barata que el agua, y como la afluencia de UPF barata saca del mercado a los agricultores locales, la UPF se convierte rápidamente en la única opción. A nivel mundial, el 75% de nuestra dieta actual se compone de sólo 12 plantas y cinco animales, la UPF ha sustituido a los alimentos tradicionales.

Para ver la depravación de los capitalistas no hay más que mirar a los monopolios de los preparados para bebés, como Nestlé. Han introducido agresivamente sus productos en países donde era imposible acceder a agua potable segura, lo que ha provocado 80.000 muertes infantiles evitables al año.
Por qué las empresas no pueden dejar de venderlo

Lo que deja claro Ultra Processed People es que no podemos cambiar la UPF y hacerla más sana. Los productos que sean más adictivos se venderán mejor y funcionarán mejor en el mercado.

El libro pone el ejemplo del helado. En la mayoría de los casos se utilizan emulsionantes como sustituto del huevo, ya que es más barato y fácil de almacenar y transportar. La razón por la que las empresas se ven impulsadas a experimentar con los ingredientes es que no queda margen para reducir costes en otras áreas. El capitalismo impulsa a las empresas a reducir costes de producción siempre que sea posible, y el UPF es más barato de hacer, más fácil de almacenar y transportar, y tiene una vida útil mucho más larga.

La evidencia de los peligros de la UPF, tal y como la encontró el BMJ, cae en saco roto para los capitalistas, que responden con más procesamiento: añadiendo probióticos para «contrarrestar» sus emulsionantes que dañan el microbioma, añadiendo edulcorantes artificiales, añadiendo vitaminas y minerales después de que todos los originales hayan sido blanqueados.

Reformulen como reformulen sus productos, su prioridad última siempre será obtener beneficios, vender lo máximo posible y, por tanto, impulsar un consumo excesivo.

La razón de la proliferación de la UPF, a pesar de estos efectos perjudiciales sobre casi todos los aspectos de la salud humana es directamente económica: un alimento que la gente consume más es un alimento que se vende más. Esto viene con el doble beneficio de que se puede vender un plan de gimnasio, «pérdida de peso» de marca UPF, o membresía de salud privada como soluciones para añadir aún más ingresos.

No es casualidad que nuestras dietas nos estén matando: es parte integrante del sistema capitalista de búsqueda de beneficios.
Por qué necesitamos una revolución

Lo que demuestra Ultra Processed People es que los consumidores son en gran medida impotentes para eliminar la UPF, ya que comemos lo que podemos permitirnos. Las empresas son casi igual de impotentes para cambiar las cosas, ya que deben producir los productos más rentables, y la basura que no podemos dejar de comer es una mina de oro para ellas.

El principal defecto del libro de Van Tulleken es que, una vez extraídas estas conclusiones, pide una reforma del gobierno como solución. En realidad, el gobierno -a través de la financiación de campañas, sobornos descarados y lucrativas oportunidades de «trabajo» para los diputados- está comprado por las empresas alimentarias. Y los capitalistas que intentan reducir sus costes alimentándonos con basura son tan antiguos como el propio capitalismo; Marx hablaba de la adulteración del pan desde principios del siglo XVIII.

Si queremos imaginar un mundo sin UPF, lo cual es posible, tenemos que imaginar un mundo sin capitalismo.

La UPF se ha vuelto indispensable, porque las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera son paupérrimas. Incluso antes de la crisis del coste de la vida, los británicos gastaban el 8% de su presupuesto familiar en alimentación. Si el 50% de los hogares más pobres quisieran seguir una dieta que se ajustara a las actuales directrices de vida sana, tendrían que gastar el 30% de su presupuesto en alimentos. ¿Por qué gastamos tan poco? Porque todo lo demás (alquiler, servicios, transporte) cuesta mucho.

Incluso si puede permitirse comprar alimentos reales más sanos, la mayoría de la gente no tiene tiempo o energía después del trabajo para cocinar tres comidas desde cero cada día. Muchas otras personas dependen por completo de los platos precocinados porque, por discapacidad o enfermedad, no pueden cocinar por sí mismas.

A pesar de la industrialización de la agricultura y de la producción de 2,6 veces los alimentos que la humanidad necesita para alimentarse, al menos 2.300 millones de personas carecen de acceso seguro a alimentos sanos y nutritivos. Pero no tiene por qué ser así.

Mediante un plan socialista de producción, podríamos producir fácilmente suficientes alimentos reales para satisfacer las necesidades de todos. Con la creación de comedores públicos que sirvieran comida sana y deliciosa, podríamos socializar el trabajo doméstico de cocinar, que actualmente recae principalmente en las mujeres. Podríamos permitir a la gente relacionarse socialmente a la hora de comer, en lugar de la solitaria realidad a la que muchos se enfrentan hoy en día de volver de un largo día de trabajo para comer una comida preparada frente al televisor.

Todo esto es posible y es la única manera de liberarnos de la dependencia de la UPF. Pero requiere abandonar el afán de lucro y recrear nuestra sociedad a todos los niveles en beneficio de la clase trabajadora, la inmensa mayoría de la población. Si quieres unirte a nosotros en la construcción de este futuro, únete a los comunistas revolucionarios y lucha para derrocar al capitalismo."                    (Ezra Ellis, MRonline, 03 de mayo de 2024, traducción DEEPL)

21/1/22

“Se produce un 60% más de alimentos de lo que necesita la humanidad y la mayor pandemia que hay es el hambre”... En el 2005 por primera vez se iguala el número de hambrientos y el número de personas obesas y con sobrepeso... En Tanzania hay una ley que prohíbe a los agricultores el uso de semillas tradicionales bajo multa de hasta 200.000 dólares o 10 años de cárcel. Esto ha hecho que hayan desaparecido la mayor parte de las variedades tradicionales. ¿Cómo es posible? Porque algunos países ricos han condicionado su ayuda internacional a Tanzania a que tengan esa ley. ¿Quién está detrás de todo esto? Las grandes compañía semilleras... por cada euro que pagamos en el mercado por un producto del agrobusiness o agroindustria, nosotros estamos pagando a través de impuestos dos euros más para paliar los daños medioambientales y a la salud humana. Eso es lo que yo llamo subvención encubierta, lo que no puede permitirse. Y ahí está la raíz del problema. Es un problema estructural del sistema... Hay que ampliar el número de especies, el número de variedades de cada especie y todo eso con una agricultura amigable con el medio ambiente, o sea, agroecológica. Además, todo esto tiene otro valor adicional que es dar más empleo... No puede ser que sigamos teniendo publicidad engañosa de grandes compañías de producción de alimentos... En Francia está prohibido que los restaurantes tiren alimentos... En Portugal hay una ley por petición popular para que los colegios de niños tengan comida vegetariana al menos una vez a la semana e incentivos para que el suministro de comida para comedores públicos sea del tipo agroecológico

 " José Esquinas (Ciudad Real, 1945) es un científico y un humanista. De familia de agricultores y formación como ingeniero agrónomo en España y doctor en Genética en EEUU, Esquinas ha dedicado 30 años de su vida a trabajar en la FAO, la organización de Naciones Unidas para acabar con el hambre en el mundo. 

Cuenta con un interminable currículo de experiencias y trabajo en el ámbito de la preservación de la diversidad de las especies agrícolas para contribuir a erradicar el hambre. Ha sido presidente del Comité de la FAO sobre Ética en la Alimentación y la Agricultura, puesto en el que trabajó en cuestiones como la biodiversidad agrícola, la justicia distributiva, la contaminación del medio ambiente y la volatilidad de los precios de los alimentos. 

Y esa experiencia le hace ser una voz más que autorizada en estos tiempos en los que la ONU aconseja cambiar la dieta humana y por primera vez ha relacionado la alimentación con la sostenibilidad del planeta. 

 Se produce el 60% más de lo que la humanidad necesitaría para alimentarse bien de manera saludable. Y sin embargo, tenemos 821 millones de hambrientos. Y la cifra ha crecido en los tres últimos años. Eso significa que unos 17 millones de personas mueren de hambre como consecuencia de la malnutrición y el hambre cada año: unas 40.000 mueren cada día. Más que cualquier otra causa, enfermedades y demás. La mayor pandemia de la humanidad es el hambre.

¿Qué está fallando en la producción de alimentos?

Yo cuestionaría qué está fallando en el sistema agroalimentario. Si es capaz de producir mucho más de lo que se necesita y, sin embargo, mueren de hambre cantidad de personas y la malnutrición crece y en estos momentos el número de personas obesas y con sobrepeso es una de las causas principales de enfermedades… Esto ha crecido mucho más rápido que el hambre. 

En el 2005 por primera vez se iguala el número de hambrientos y el número de personas obesas y con sobrepeso. Se igualan no porque baje el número de hambrientos sino porque sube el de personas con sobrepeso. Y hoy es más del doble el número de hambrientos. Por tanto, algo está fallando.

¿Es eficiente nuestro actual sistema agroalimentario? ¿Es sostenible?

Si la eficiencia la miramos desde el punto de vista económico, es muy eficiente, porque si no, no tendría la cantidad de inversiones que tiene y no estarían las grandes compañías interesadas en él. ¿Es eficiente desde otros puntos de vista como el social? No, porque produce mucho más de lo que se necesita y aumenta el hambre. ¿Es un sistema justo? Tampoco.

Para hablar de sostenibilidad hay que hablar la relación que existe entre el medio ambiente y la alimentación. ¿Qué es producir alimentos? La agricultura es la transformación de los recursos naturales del planeta -tierra, agua, aire, diversidad biológica y energía- en alimento, a través de tecnologías muy distintas que pueden ir desde ordeñar a una vaca o cultivar un campo a la ingeniería genética. Pero siempre son recursos naturales limitados y perecederos que se transforman en alimentos. Abusar de estos recursos para producir más de lo que necesitamos no es sostenible.

Si producimos mucho más, ¿a dónde va lo que no se consume? ¿Somos conscientes de cuánta comida se tira?

Parte va a la producción de biocombustible, que puede ser útil y, si hay alimentos para todos, por qué no se va a poder hacer. Otra parte va a otras actividades que no tienen que ver con la producción de alimentos…. Pero un tercio de la producción mundial de alimentos se desperdicia por el camino dentro del sistema agroalimentario. En el mundo Occidental, lo que se pierde es en gran parte lo que se tira. En países en vías de desarrollo también se tira, pero se pierde mucho en transporte y conservación.

 ¿Cuánta comida se pierde? 1.300 millones de toneladas métricas a nivel mundial, 89 millones de toneladas métricas en Europa. En España se desperdician 7,7 millones de toneladas métricas, lo que equivale a 169 kilos por habitante y año. La mayor parte de eso termina en la basura y el 25% o 30% son envases sin abrir porque han caducado.

Hay un sistema con elementos perversos, pero también hay una corresponsabilidad de cada persona, porque al final soy yo el que compra, el que toma las decisiones de comprar, qué compra, cuánto compra y dónde compra y si se interesa por la huella ecológica de lo que compra.

¿Cómo afecta esa producción de alimentos que se pierden al medio ambiente?

En producir los alimentos que no se va a comer nadie estamos utilizando a nivel mundial 1.400 millones de hectáreas, 28 veces la superficie de España si toda España fuera fértil. En producir lo que no se va a comer nadie estamos utilizando la cuarta parte del agua dulce del planeta al año, 250 km cúbicos de agua; estamos utilizando al año 300 millones de barriles de petróleo. Y la emisión de gases invernadero que se producen como consecuencia de la producción de los alimentos que no se come nadie, está teniendo un peso en el cambio climático del 12%. Por ejemplo, el alimento medio que llega a nuestras bocas hoy en España ha recorrido entre 2.500 y 4.000 km.

Si hay ese desperdicio de recursos naturales, el sistema no es sostenible. Y además, se está destruyendo la diversidad biológica. En el siglo XX se ha perdido más del 90% de la diversidad biológica agrícola.

Otra cuestión sería poner el foco en si el actual sistema agroalimentario es saludable.

Aquí entramos en la generación de personas obesas y con sobrepeso. En la UE, el 67% de la población es obesa o con sobrepeso. Y el 32% de los niños entre 3 y 9 años también. Y España no le va a la zaga. El problema está en que esa obesidad y sobrepeso es la causa fundamental del desarrollo e incremento de enfermedades no transmisivas: la diabetes, las cardiovasculares y también las oncológicas. Ese grupo de enfermedades está incentivado por la obesidad y el sobrepeso. Y más del 70% de las muertes en los países europeos están ligadas a esas enfermedades en última instancia.

Además, Europa se está gastando cada año 700.000 millones de euros en medicamentos para combatir esas enfermedades. Es el coste de las enfermedades derivadas de una mala alimentación. Algo está fallando. Y las compañías farmacéuticas no son ajenas a esto.

¿Cómo se cambian los objetivos de las empresas de alimentación: el vender más por el alimentar bien?

Cuando buscas el por qué está ocurriendo esta sinrazón de producir cuanto más mejor, y fomentar un consumo cuanto más grande mejor independientemente del efecto que pueda tener en la salud, para mí la razón principal es el proceso de mercantilización de los alimentos. Antes se producía para alimentarse, ahora se produce para vender. Hoy no importa que se tiren los alimentos, cuanto más se venda y se compre, mejor.

 Sobre ello siempre ha habido un control por parte de pocas empresas pero eso ha empeorado en los últimos años. Hace unos meses, Monsanto y Bayer se habían unido para formar una única compañía por un total de unos 70.000 millones de euros. Pero es que unos meses antes se habían unido Syngenta con Chem China y poco antes se habían unido DuPont y Dow. Distintas compañías multinacionales semilleras o de agroquímicos se están fusionando y estas tres grandes fusiones controlan casi el 75% de las semillas comerciales del mundo y el 65% de los agroquímicos. Entonces ¿quién manda? Eso forma parte de ese proceso de mercantilización.

En eso es donde están los grandes problemas, porque de alguna manera lleva a la pérdida de biodiversidad y a otras muchas cosas, porque dependemos de sus semillas, de sus fertilizantes, de su maquinaria…y todo nos lo venden en un paquete. Y el agricultor cada vez tiene menos grado de libertad, con lo cual al final el agricultor prácticamente está desapareciendo por la agroindustria.

¿Los agricultores tienen toda la información para producir de manera lo más "limpia" posible?

Los agricultores tienen la información y la capacidad, ellos no saben producir de otra manera. Un agricultor que ha estado produciendo, él y sus antepasados, a lo largo de 10.000 años y ha llegado a nuestros días, es porque era una forma sostenible de producción. Saben producir en armonía con el planeta. Siempre han hecho lo que hoy llamamos economía circular. El que más conocimientos tiene de sostenibilidad es el agricultor. El problema es que, en estos momentos, no pueden hacerlo.

Aquí hay un problema grave. Y hay un problema debido a las legislaciones. Impiden que el agricultor siembre, intercambie o venda sus propias semillas tradicionales, que son las que han sido adaptadas a sus condiciones locales a lo largo de los siglos. Hay una normativa dentro de los acuerdos internacionales de libre comercio -el acuerdo internacional ADEPIC sobre derechos de propiedad intelectual y comercio- que establece que la semilla para ser vendida, intercambiada y/o comercializada debe ser uniforme y estable. Pero claro, las semillas tradicionales de los agricultores no han sido nunca uniformes ni estables, porque su gran riqueza era la diversidad interna que es lo que le permite adaptarse a las condiciones cambiantes.

En el momento en que tú, por ley, castras las semillas de esa diversidad interna, ya la fijas y ya no se puede adaptar. Lo que está haciendo esa ley es impedir al agricultor sembrar sus propias semillas o intercambiarlas o venderlas. En la UE eso llega hasta ahí. Pero en el caso de algunos países pobres es más cruento. En Tanzania, por ejemplo, hay una ley de hace un par de años en la que se prohíbe literalmente a los agricultores el uso de semillas tradicionales bajo multa de hasta 200.000 dólares o 10 años de cárcel. Esto ha hecho que en un periodo mínimo de tiempo hayan desaparecido la mayor parte de las variedades tradicionales. ¿Cómo es posible? Porque algunos países ricos han condicionado su ayuda internacional a Tanzania a que tengan esa ley. ¿Quién está detrás de todo esto? Las grandes compañía semilleras.

¿Están bien retribuidos los agricultores? Siempre se escuchan las quejas sobre el precio pagado por el producto en origen y el que se paga en el mercado

Los agricultores están teniendo que competir con semillas comerciales que pueden, si quieren, no tener en cuenta el efecto medioambiental o sobre la salud. Cuando se dice que el campo no es rentable es verdad. Pero en otros muchos ámbitos sí es rentable, por su multifuncionalidad de la agricultura o externalidades económicas. La idea es que la agricultura no es y no ha sido sólo producir alimentos, esa es una de sus funciones. Pero es la única que se cotiza en el mercado. Las otras funciones como la conservación de la biodiversidad, la conservación de los recursos naturales, la producción de agua limpia y de aire menos contaminado, el desarrollo rural, el mantenimiento del paisaje…todas esas otras funciones de la agricultura no cotizan en el mercado. 

 Cuando esto se lo expones a los economistas y les dices que esto también tiene un valor, dicen: sí, pero esto son externalidades del sistema. Cierto, pero tiene remedio. El reto en la primera Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro en 1992 era, para resolver los problemas medioambientales, internalizar esas externalidades. En otras palabras, que cuando tú compras una manzana tienes que pagar no solo por el coste de producción de la manzana, sino también por el coste de conservar los recursos naturales que van a permitir a tus nietos seguir comiendo manzanas. Al agricultor no se le está pagando por el valor real de su trabajo.

 Pero la industria no tiene en cuenta estos elementos y se le está permitido producir a costes mínimos…. No se trata de dar una subvención a los agricultores ecológicos. Se trata de evitar las subvenciones encubiertas a la agroindustria. Porque por cada euro que pagamos en el mercado por un producto del agrobusiness o agroindustria, nosotros estamos pagando a través de impuestos dos euros más para paliar los daños medioambientales y a la salud humana. Eso es lo que yo llamo subvención encubierta, lo que no puede permitirse. Y ahí está la raíz del problema, que está ligada al propio sistema. Es un problema estructural del sistema.

La ONU ha recomendado cambiar la dieta mundial, tomar menos carne y más vegetales para luchar contra el cambio climático. ¿Está de acuerdo?

No se puede estar en desacuerdo. No hay opción. Entre un tercio y un cuarto de los gases de efecto invernadero son debidos al actual sistema de producción agroalimentaria, unos 11.000 millones de toneladas métricas de gases invernadero. Por lo tanto, es obvio, no se puede solucionar el problema del cambio climático pensando solamente en cambiar el tipo de energías o que los coches sean eléctricos.

Otro aspecto del informe es el uso de los suelos. Más del 70% del suelo en el mundo no cubierto por hielos está dedicado a la producción de alimentos o a satisfacer otras necesidades básicas del ser humano. Y como decía recientemente un político español, estamos transformando los suelos de ser los sumideros de los gases de efecto invernadero a ser emisores de los mismos. Y con los incendios como los de la Amazonia, muchísimo más CO2. Además, lo peor es que muchos de estos incendios son provocados y/o consentidos para utilizar esas tierras en la producción de soja para alimentar animales en ganadería intensiva.

Todo esto sin hablar de la cantidad de agua que se necesita en la agricultura intensiva…. Es imposible de mantener. El problema más grave que se va a plantear es la escasez de agua dulce en el mundo.

Es imprescindible tener en cuenta esto para frenar el cambio climático. ¿Por qué carne versus vegetales? Para producir la misma cantidad de nutrición humana necesitas nueve veces más hectáreas si es con carne que si es obtenida directamente de plantas. Con respecto al agua, para producir un kilo de carne de ternera estamos utilizando 25.000 litros de agua, lo cual es una monstruosidad.

Con respecto a la biodiversidad, muchas de las enfermedades son debidas a la falta de micronutrientes. Justamente es la biodiversidad y la diversidad en la dieta la que te da esos micronutrientes. Con respecto a la salud, la obesidad es debida, muchas veces, a la ingestión de grasas no saturadas procedentes de carnes poco saludables. En España nos sobran grasas y proteínas y sin embargo nos faltan vitaminas y micronutrientes que son los que tienen los vegetales.

 Además, el informe no habla de vegetales y carne en abstracto: habla de frutas y verduras, de leguminosas y frutos secos. Y en el caso de la carne, que sea de ganadería extensiva, que es la que menos daño hace al medio ambiente. Este es el primer informe que pone de relieve la relación directa entre la producción y consumo de alimentos y la crisis climática.

En general, ese informe de la ONU habla de los cambios necesarios en la producción, de los cambios en nuestras dietas y en el consumo y de la necesidad de mirar a las prácticas agrícolas tradicionales y de los pueblos indígenas. No es volver al tiempo de las cavernas: utilicemos las nuevas tecnologías pero en sinergia con los conocimientos tradicionales, con la sabiduría milenaria de los agricultores, con la información y las tecnologías locales. Se trata de utilizar ambas cosas, poniéndolas no al servicio de la economía en abstracto, sino en beneficio del ser humano y siempre en el contexto de la sostenibilidad.

Se han puesto multas a la compañía Monsanto por los efectos cancerígenos del glifosato en EEUU. ¿Cómo ha llegado a ser el herbicida más utilizado del mundo con tantos riesgos?

Multas por valor de más de miles de millones de dólares en EEUU. Hay riesgos e incertezas. La OMS, a través de la Agencia Internacional de Investigaciones del Cáncer, clasifica el glifosato como probablemente cancerígeno. Sin embargo, la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria dice que no hay suficiente evidencia y no se atreve a condenarlo. Pero también hay una aparente interferencia en el sistema endocrino que la Agencia Europea no descarta.

Con respecto a la salud ambiental, el glifosato afecta a las plantas y a los animales. Mata las malas hierbas. ¿Pero qué son malas hierbas? Una planta de tomates en un campo de trigo es una mala hierba. ¿Dónde estableces los límites? Si tú matas masivamente muchos tipos de plantas, estás cambiando los agroecosistemas. Y al cambiar los agroecosistemas te estás cargando plantas que son vitales para la subsistencia de determinados insectos polinizadores que a su vez forman parte del proceso agrícola, porque son insectos beneficiosos. Estás alterando estos equilibrios ecológicos. Incluso con algunos mamíferos. De hecho, la Agencia Alemana para el Medio Ambiente hace recomendaciones sobre el glifosato , diciendo que si se usa, hay que reservar áreas compensatorias en barbecho para que las plantas e insectos puedan sobrevivir y actuar. Si te cargas los polinizadores, te estás cargando la productividad de las plantas cultivadas a medio y largo plazo. Pero las grandes empresas buscan beneficios a corto plazo.

Además hay otras cuestiones. Pasa como con los antibióticos. Ya han aparecido en EEUU y Canadá las primeras "supermalas hierbas" resistentes al glifosato . Para lo cual ya se está pensando en otros herbicidas más potentes. Es una carrera alocada en la que cuanta más potencia tenga eso, más daños va a causar al medio ambiente y a la salud. Por otra parte, un problema grave es que la mayor parte de las pruebas las hace la empresa, con investigadores pagados por la propia empresa. ¿Qué fiabilidad tiene?

¿La presión de las grandes empresas como estas puede más que los efectos nocivos que sus prácticas en ocasiones tienen para la salud?

No cabe ninguna duda. Un ejemplo: el DDT -un eficaz insecticida de amplio espectro que comercializó Monsanto en los años 50 del siglo XX con gran éxito-. Cuando aparecen en un libro de Rachel Carson ‘La primavera silenciosa’ (1962) las primeras denuncias de los efectos negativos del DDT sobre la salud y el medio ambiente, hay una serie de ataques furibundos contra la autora, hasta que finalmente se impone la verdad. O pasó con el tabaco. La reacción de los productores de tabaco y las grandes compañías que decían que cómo iba a producir enfermedades. Las grandes compañías están detrás de eso, como ahora ocurre en el caso de las bebidas azucaradas.

En cualquier caso, siempre hay una salida bastante lógica. Si hay dudas, se debe aplicar el principio de precaución. La UE lo ha ratificado, pero no se está cumpliendo.

¿Qué efectos tiene este "monopolio" de Monsanto y las otras grandes compañías sobre la alimentación mundial?

Muy grande. La producción de alimentos a nivel mundial está condicionada profundamente por estas multinacionales. Es realmente un oligopolio. Prácticamente las tres grandes compañías controlan el 75% de las semillas comerciales del mundo y el 65% de agroquímicos.

Tiene un efecto económico, el más claro: los oligopolios distorsionan el mercado y controlan los precios. Además, se produce para vender y no para alimentar. Y en tercer lugar, el no tener en cuenta las externalidades medioambientales y sobre la salud humana conlleva una especie de subvención encubierta. 

 También está el efecto político, porque están condicionándose las legislaciones, los lobbys están teniendo repercusiones en Unión Europea, a nivel mundial en los tratados de libre comercio con la obligación de uniformidad para las semillas….Se obliga a los países a que sus semillas estén protegidas y para que estén protegidas y certificadas, tienen que reunir el requisito de ser uniformes y estables, con lo cual no solo afecta a los agricultores sino a la biodiversidad.

¿Tienen también un efecto directo sobre la pérdida de biodiversidad agrícola?

A lo largo de la historia de la Universidad y los 10.000 años de agricultura, las plantas se han ido adaptando a las condiciones climáticas y de suelo, y a las costumbres y a las necesidades de las familias. Eso dio pie a que hubiese una infinita multitud de variedades locales y razas locales de plantas y animales en cada uno de los lugares. En el siglo pasado, a mediados, ocurre un fenómeno: la producción de nuevas variedades comerciales, más uniformes y estables, que tenían una alta producción, lo cual estaba muy bien. El problema es que en muy pocos años, en 40 o 50 años, en la segunda mitad del siglo XX, se sustituye esa inmensa cantidad de cientos de miles de variedades locales de cada una de las plantas cultivadas por un número muy reducido de variedades comerciales, uniformes y estables, producidas y promovidas por las grandes multinacionales. Hoy, a nivel mundial, hemos perdido más del 90% de las variedades cultivadas en el siglo pasado.

Además estas grandes multinacionales tienen, por las leyes que se han aprobado con sus propios lobbys, la facultad de patentar esas variedades o reclamar derechos de propiedad intelectual sobre ellas. Esa patente hace que el agricultor que quiere cultivar esas variedades tiene que pagar royalties, no una vez sino de forma permanente porque la propia ley prohíbe resembrar una semilla patentada. Como algunos no lo cumplían, lo que han hecho es que muchas de esas variedades tengan semillas estériles, no puedes sembrarlas. Donde no llegaba la ley ha llegado la biología. Ese proceso de control permanente es el `principal responsable de esa pérdida de biodiversidad biológica.

No es que sea malo cultivar esas semillas comerciales. No. Pero tiene que hacerse con pleno respeto y libertad para las semillas tradicionales, que el agricultor tome la decisión y que no le prohíban sembrar lo que desee. Y además está también la diversidad en los sistemas agrícolas, los sistemas agroalimentarios…. Eso es la base de la libertad y de la democracia.

Eso nos lleva a una pérdida de diversidad. Un ejemplo: en los años 70, para mi tesis doctoral, yo recolecté unas 380 variedades distintas de melón en España. Hoy, no encuentras en el mercado más de 10 o 12 variedades. Eso se ha perdido.

¿Se puede dar marcha atrás? ¿Podemos recuperar esa biodiversidad perdida?

Sí y no. Una parte se ha mantenido en bancos de germoplasma. Pero si en vez de hablar de variedades, habláramos de especies cultivadas, también ha habido una pérdida. Según estudios de la FAO, la humanidad ha utilizado a lo largo de su historia de manera documentada de 7.000 a 10.000 especies distintas de plantas para la agricultura. Hoy no se cultivan comercialmente más de 150, y de ellas solo cuatro -trigo, arroz, maíz y patata- están contribuyendo a más del 60% de la alimentación calórica humana. Ese es empobrecimiento. Hay tres tipos de diversidad que se está perdiendo: las especies, las variedades y la existente dentro de cada variedad.

Pero claro, ¿le conviene a las grandes industrias que esto ocurra? Claro. Tú no puedes controlar decenas de miles de variedades y especies. Cuanto menos y más uniformes sean, más fáciles son de controlar. Pero hace a la agricultura más vulnerable, y de alguna manera, es suicida.

En la FAO se consiguió aprobar por más de 150 países del mundo el Tratado de Recursos Fitogenéticos. Ese Tratado regula y compromete a los países a la conservación, tanto en bancos de germoplasma como en áreas protegidas y reconoce algo fundamental: los Derechos de los Agricultores tradicionales, donde se define a los agricultores como los custodios de la diversidad agrícola. Pero esos derechos, que son vinculantes, en muchos países no se han desarrollado…. Y son derechos para proteger los conocimientos tradicionales, la distribución justa y equitativa de los beneficios, el derecho a resembrar sus propias semillas y decidir qué cultivar, y el derecho a participar en la toma de decisiones políticas que les afectan. Esto ha sido reforzado con la reciente aprobación -diciembre de 2018- por la Asamblea General de Naciones Unidas de la Declaración Universal sobre los Derechos de los Campesinos. España aún debe desarrollar las normativas necesarias para implementarlo. Sin embargo, esto entra en conflicto con las grandes multinacionales de semillas y sus intereses.

Sobre la irreversabilidad de la pérdida de biodiversidad, hay muchas cosas que se han perdido para siempre. Pero aún hay mucho que salvar y sería suicida no salvarlo. Porque la alimentación humana depende de eso. Y la capacidad de adaptarse a las condiciones climáticas cambiantes depende de la diversidad de las semillas, porque se van a seleccionar las más adaptadas, como ha ocurrido durante milenios.

Ahora Monsanto está hablando de semillas comerciales “inteligentes”, con capacidad de adaptación al cambio climático. Esto no es verdad. Las únicas semillas con capacidad de adaptación son las que tienen diversidad intravarietal, las que tiene genes que les permite irse adaptando y les permite ir seleccionando lo que necesita en casa caso. Pero para eso debe haber diversidad. Tú no puedes seleccionar lo que necesitas en la uniformidad, solo en la diversidad.

¿Qué soluciones se pueden poner en ese sistema? ¿Qué medidas políticas se deberían tomar en este sentido?

Las soluciones desde el punto de vista técnico, pasan por producir sólo lo que necesitamos. Y hacerlo desde lo local, lo más cerca posible de nosotros. La globalización es un hecho, no se puede estar en contra. La cuestión es qué tipo de globalización. Yo quiero la globalización que es el sumatorio de los locales y a eso lo llamo ‘glocalización’. Si acercamos la producción, eliminamos muchos costos de transporte y de preservantes, etc… Además son alimentos más sanos, más frescos, y al mismo tiempo, marginamos la producción del agrobussines. 

 En lugar de ir a un modelo único, la diversificación es imprescindible. Con unas leyes que ponga límite a lo que destruye el medio ambiente y la salud humana. Es la base de una dieta más diversificada, pero solo hay diversidad en la mesa si hay diversidad en el campo. Hay que ampliar el número de especies, el número de variedades de cada especie y todo eso con una agricultura amigable con el medio ambiente, o sea, agroecológica. Además, todo esto tiene otro valor adicional que es dar más empleo.

Luego están las soluciones que tienen que venir con medidas políticas y leyes. Lo primero sería cumplir las leyes existentes, pero que no están implementadas. La alimentación tiene que contemplarse como derecho humano y ser sancionable. Al mismo nivel que lo son el derecho a la educación y la sanidad. También habría que derogar o cambiar las leyes que van contra todo ello.

Y habría que desarrollar nuevas leyes, entre ellas estaría las legislaciones como la creación de la figura del Defensor de las Generaciones Futuras, porque destruir el planeta es destruir la base de la vida de las generaciones futuras. Habría que establecer también un Alto Comisionado de Transición Agroecológica o Agroalimentaria. Teresa Ribero lo está haciendo muy bien en mi opinión, pero la parte agrícola sigue siendo débil porque hay un conflicto permanente entre los intereses cortoplacistas entre ministerios técnicos y los más políticos. Se necesita esa figura del Alto Comisionado que abarque varios ministerios porque son elementos interdisciplinarios: agricultura y alimentación, medio ambiente, sanidad alimentaria y salud, industria, hacienda, etc. Este organismo interministerial tendría la fuerza necesaria para buscar políticas integradoras.

 Luego, en la política europea, la Política Agraria Común (PAC) debería transformarse en Política Agro-Alimentaria Común (PAAC). Y esta debería depender no solo de los ministerios de agricultura sino que también tiene que ser interministerial e interdisciplinaria. Es fundamental mirar a este problema de una manera integral.

Otro elemento debería ser la formación académica, es absolutamente necesaria que haya una formación medioambiental y nutritiva desde el Bachillerato hasta el final de la Universidad, una enseñanza transversal, porque nuestra vida depende de eso.

También es importante la información sobre estos temas. No puede ser que sigamos teniendo publicidad engañosa de grandes compañías de producción de alimentos. Aquí aplicaría el sistema de la zanahoria y el palo: esa información engañosa debe desaparecer y debe haber información fidedigna fomentada por los poderes públicos, y por los medios de comunicación, sobre qué es la buena alimentación y los efectos de la mala alimentación en nuestra salud y en la del medio ambiente.

Esa información debe estar también en el etiquetado de los productos, como por ejemplo con la Ley Semáforo que hay en Reino Unido: sintetiza en un color el efecto dañino o beneficioso de un producto para la salud y el planeta. En lo mínimo, sería rojo, naranja o verde, o puede ser una gama más amplia y de un simple vistazo puedes ver lo que te conviene más.

Además, el precio de los alimentos no debería ser solo el económico: sino el ecológico y el energético. Y nada impide, aunque sea solo de forma indicativa, que tú tengas en la etiqueta una estimación de la huella ecológica de ese producto. A eso lo llamaría precio ecológico o energético. Eso ya se está haciendo en algunos lugares porque, aunque aún no se refleje en el precio, al menos como comprador lo puedes tener en cuenta.

Hay leyes en países de nuestro entorno, por ejemplo, contra la pérdida o desperdicio de alimentos. En Francia está prohibido que los restaurantes tiren alimentos: eso conlleva desarrollar alternativas, el propio restaurante regula la cantidad de comida y lo que sobra va a comedores públicos o a animales, pero no se tira. En Dinamarca hay un distintivo especial para los restaurantes que reciclan, es decir, que con la comida que sobra hacen otros platos como se ha hecho siempre por ejemplo con el cocido y luego las croquetas con la carne que sobraba.

 En Portugal hay una ley por petición popular para que los colegios de niños tengan comida vegetariana al menos una vez a la semana e incentivos para que el suministro de comida para comedores públicos sea del tipo agroecológico.

¿Y los ciudadanos cómo podemos contribuir?

Si las medidas políticas no van acompañadas por una concienciación profunda del ciudadano, no van a ser eficientes. Ni los políticos van a reaccionar si no sienten la presión. Por eso, ese proceso de concienciación es esencial, sentirnos corresponsables del hambre en el mundo y de la pérdida de recursos naturales y destrucción del planeta.

En la Cumbre de Río el lema era: ‘Piensa globalmente y actúa localmente’. Eso es plenamente actual y lo podemos hacer. Si estamos hablando del despilfarro, de la pérdida de alimentos,…eso depende de nosotros y nosotros tenemos que tener conciencia de eso y ser responsables cuando vamos al supermercado. Ser conscientes de que comprar es un acto político. Y que cuando yo compro una cosa u otra distinta estoy incentivando o desincentivando determinados tipos de producción. Por tanto, mi actitud como consumidor va a tener una repercusión en la oferta.

Un producto debe ser bueno, limpio y justo: bueno desde el punto de vista nutritivo y organoléptico, limpio desde el punto de vista ecológico sin destruir recursos naturales, y justo desde el punto de vista social, pagado con salarios justos. Son tres elementos esenciales a la hora de decidir qué compras. Yo añadiría que sea local y que sea estacional, también son elementos importantes.

Por eso, el consumidor puede transformar su carro de la compra en un carro de combate por un mundo mejor, más justo y más sostenible. Para hacer eso tenemos que cambiar nuestros valores, nuestra forma de pensar, ser conscientes de que el verdadero valor es cuánto consume de recursos naturales. Eso significa un cambio por dentro.

¿Algo más?

Y hacerlo también a través de nuestros votos. No da igual votar a unos que a otros. Y si alguien dice que no sabe a quién votar, pues aprende al menos contra quién. No habrá uno que piense como tú, pero habrá muchos que te lleven en la dirección contraria. El tema medioambiental no puede estar hoy ajeno a los programas políticos. Y lo está. Cuando hablas con políticos y preguntas por qué el tema de la alimentación, del medio ambiente, no está en su programa… La respuesta inexorable ha sido: porque no da votos. Depende de nosotros el que dé votos.

Y debemos ser mosquitos y colibrís. Cuando alguien te dice que soy tan pequeño que no puedo tener impacto en la sociedad, decía alguien que ese es que nunca había dormido con un mosquito en su habitación. Y desde ese punto de vista, tenemos que ser no solo mosquitos sino moscas cojoneras e impedir dormir a quien nos impide vivir. Concienciar exigiendo. Y al mismo tiempo ser también colibrí. Cada uno debe hacer su parte, es absolutamente esencial.

Para ello, la ciencia y la tecnología tienen que ser nuestros aliadas e ir orientadas en la dirección correcta para beneficiar a la humanidad. Tenemos la capacidad hoy de transformar la tierra en un paraíso pero también tenemos la capacidad de destruir el planeta. Por eso la Ética es el elemento esencial que nos tiene que servir para decir en qué dirección queremos ir.

El saber que, por primera vez en la historia de la humanidad tenemos en nuestras manos el volante de la evolución, nos tiene que hacer más corresponsables. Esta generación es única porque, por una parte, es la primera que tiene ese poder, pero al mismo tiempo tiene una responsabilidad que ninguna generación ha tenido, que es la de destruir el planeta. Seamos consecuentes y tengamos en cuenta esa responsabilidad. Aunque solo sea pensando en nuestros nietos."                 

(Entrevista a José Esquinas, ingeniero agrónomo y doctor en genética ha dedicado su vida a trabajar para acabar con el hambre en el mundo desde la FAO. Carmen Reina, eldiario.es, 14/09/19)

18/1/22

Las mismas gaseosas, los mismos cereales, las mismas galletas, el mismo pan del desayuno, los mismos yogures: la región come cada día más igual. La homogeneidad arrasa con culturas alimentarias ricas y variadas, con territorios enteros que ahora están vaciados o bien obligados a producir lo mismo... Yogur de frutilla sin frutilla, pastas de avellanas sin rastros de avellana... “Lo que realmente ha impulsado esta mayor agresividad para penetrar los productos ultraprocesados en Latinoamérica es la saturación de mercados en el hemisferio norte, donde alrededor del 50% o 60% de la alimentación son ultraprocesados. En Latinoamérica esa incidencia es de entre el 10% y el 30% entonces es posible crecer más”... los mercados emergentes son fundamentales para cumplir con las metas de marcas como Coca Cola... La obesidad en la niñez y la adolescencia ha alcanzado proporciones epidémicas en la región

 "Las mismas gaseosas, los mismos cereales, las mismas galletas, el mismo pan del desayuno, los mismos yogures: la región come cada día más igual. La homogeneidad arrasa con culturas alimentarias ricas y variadas, con territorios enteros que ahora están vaciados o bien obligados a producir lo mismo, y con la salud de los comensales cuyos cuerpos terminan forzados a adaptarse a un menú de excesivos nutrientes críticos --azúcar, grasas de mala calidad y sal--, repletos de aditivos que maquillan haciéndolos parecer comidas que no son. Yogur de frutilla sin frutilla, pastas de avellanas sin rastros de avellana.

De 2009 a 2014 la venta de ultraprocesados escaló 8,3% en América. Hacia 2019 sumó otro 9,2% de acuerdo con los últimos datos de la Organización Panamericana de Salud (OPS). Este incremento no es una casualidad, sino el resultado de una estrategia activa de las grandes corporaciones alimenticias, que ven a la región como la tierra prometida; el lugar donde puede reverdecer un negocio que en los países desarrollados toca su límite. “Lo que realmente ha impulsado esta mayor agresividad para penetrar los productos ultraprocesados en Latinoamérica es la saturación de mercados en el hemisferio norte, donde alrededor del 50% o 60% de la alimentación son ultraprocesados. En Latinoamérica esa incidencia es de entre el 10% y el 30% entonces es posible crecer más”, explica Fabio da Silva Gomes, asesor regional en Nutrición de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Según un informe del Center of Science in Public Interest (CSPI), los mercados emergentes son fundamentales para cumplir con las metas de marcas como Coca Cola. En 2013, las operaciones fuera de Estados Unidos representaron el 58% de las operaciones netas de la marca y las ventas crecieron drásticamente en países como Tailandia, India, Rusia, Brasil, Ecuador, Guatemala, Vietnam y Argelia. 

Pese a su promesa publicitaria, no es precisamente felicidad lo que nos trae el consumo sostenido de este tipo de productos. Hoy el 80% de las muertes de la región se explica por enfermedades no transmisibles (ENT) (complicaciones cardiovasculares, cáncer, diabetes y enfermedades respiratorias crónicas), que tienen entre sus principales factores de riesgo las dietas con exceso de azúcar, sal y grasas, los nutrientes críticos que aumentan proporcionalmente con el consumo de ultraprocesados. En América Latina las enfermedades no transmisibles crecieron un 26,7% entre 2000 y 2013. Hoy 3,9 millones de personas mueren cada año por estas causas evitables.

Pero la situación es todavía más alarmante en la infancia. Son los niños, niñas y adolescentes quienes más consumen estos productos. Una encuesta realizada en el sur de Brasil reveló que los ultraprocesados representan el 20% de la energía alimentaria en los lactantes de menos de dos años de edad y el 36% de la energía alimentaria en niños de dos a seis años, lo que explica por qué el marketing de las marcas se ensaña con niños y niñas: son ellos quienes engordan las billeteras corporativas, a costa de su propia salud.

La comida infantil aparece con una multiplicidad de opciones desde el inicio de la alimentación complementaria. Hay lácteos, jugos y galletitas destinadas a la primera infancia --en algunos casos con inscripciones como “mi primer Yogurísimo”--; productos revestidos de diseños que provocan ternura, modelan los paladares y generan vínculos afectivos.

Pero en realidad generan males. La obesidad en la niñez y la adolescencia ha alcanzado proporciones epidémicas en la región. Se calcula que 7% de los menores de 5 años de edad tienen sobrepeso u obesidad y en la población escolar (de 6 a 11 años) las tasas varían desde 15% (Perú) hasta 34,4% (México). En la población adolescente, de 12 a 19 años, los números van de 17% (Colombia) a 35% (México).

Las proyecciones de la OPS indican que si se eliminaran los factores de riesgo como el tabaquismo, el consumo de ultraprocesados, el sedentarismo y el consumo excesivo de alcohol se podrían prevenir el 80% de las cardiopatías, los accidentes cerebrovasculares y los casos de diabetes de tipo 2, así como más del 40% de los casos de cáncer.

¿Por qué, hasta ahora, la industria ha podido aumentar su presencia y transformar productos que eran considerados superfluos o de consumo esporádico en parte central de la alimentación cotidiana? ¿Por qué los padres y madres ofrecen sistemáticamente a sus hijos un menú de productos que pueden dañar su salud? El senador chileno Guido Girardi, principal impulsor de la ley de etiquetado en su país, no tiene dudas: “Porque hay una asimetría de información, un ocultamiento. Los sistemas de etiquetado que tiene la industria están hechos para que nadie los entienda y les permite poner basura dentro de un envase que parece saludable y afuera tiene animaciones, colores, formas de animales”.               

(Delfina Torres Cabrero / Gino Viglianco (Bocado), CTXT, 14/01/2022)

3/1/22

Carolyn Steel: “Elegir ser consumidor por encima de persona es la muerte en vida”... El 95% de todas las semillas que hay en el mundo están en manos de una única compañía: Monsanto... Los supermercados tienen miles de productos. Pero, en realidad, muchos son repeticiones de distintas formas realizados por la misma marca. Parece que podamos elegir, pero lo realmente distinto es mucho más caro porque cuesta más producirlo. La alimentación del planeta está en manos de apenas cinco marcas. Los colmados y las fruterías de barrio no pueden competir con eso... ¿Qué hace posible que los aguacates de otro continente sean más baratos que los que crecen cerca, en el denominado kilómetro cero? Los subsidios para combustible que reciben las compañías aéreas... A los gobiernos les aterra lidiar con la comida. ¿Por qué? Porque a la gente no le gusta que le digan lo que debe comer... comer cerezas en diciembre es libertad. Desde el punto de vista biológico, comer algo fuera de estación es un sinsentido con un alto coste de contaminación. No hay un concepto más desvirtuado... En los años setenta, Francia e Italia tenían leyes que impedían construir supermercados de más de 1.000 metros cuadrados. ¿Qué pasó? Un sistema de comida industrializado. Eso hace que la gente deje de cocinar y la fruta se empaquete en plástico. Es una herencia norte­americana donde el supermercado se convirtió en sinónimo de modernidad. El tiempo para comprar, cocinar y comer juntos se fue perdiendo. Ahora está pasando en España: la gente compra bocadillos envasados en plástico... ¿Qué ha hecho posible que paguemos un 23% menos por la comida que en 1980? Hemos externalizado su verdadero coste... ¿Quién está pagándolo? Nosotros. Pero no en el supermercado. Pagamos con impuestos: reduciendo la fiscalidad de las empresas o su coste de transporte. Estamos contribuyendo a destrozar el planeta por la forma cómoda en que hemos decidido alimentarnos

 "La arquitecta Carolyn Steel (Londres, 1965) cuestiona el modelo de prosperidad basado en la explotación de la naturaleza. Ha explicado en el libro Ciudades hambrientas (Capitán Swing) cómo la forma de las urbes depende de la manera en que nos alimentamos, y en su nuevo ensayo, Sitopia, cómo la comida puede salvar al mundo. La entrevistamos en el congreso sobre cambio climático Carta de Santiago que acogió en noviembre la capital gallega.

¿Por qué pagamos más por la plata si necesitamos más el trigo?

La gente que paga por la plata ya tiene el trigo. Hace 10 años me pregunté qué es una buena vida. Me obsesionaba averiguar qué nos hace felices y por qué nuestra economía se dirige en la dirección opuesta.

¿Qué encontró?

Nuestra idea de una buena vida es un concepto del siglo XIX. La vida de cualquier agricultor era dura. De modo que si alguien le decía: “Ya no tendrás que trabajar a la intemperie, lo harás bajo el techo de una fábrica”. ¿Cómo rechazar esa promesa de futuro?

¿Qué hemos perdido tratando de alcanzar la buena vida?

Antes la manera de resolver los problemas de la vida determinaba la existencia. Y comer es una de las grandes cuestiones porque, si no lo solucionas, mueres. Por eso los políticos hablan tanto de comida. Ernst Schumacher lo explica en Lo pequeño es hermoso: “El crecimiento económico no mejora la vida del hombre. La mejora poner la economía al servicio del hombre”. Es eso: la buena vida no puede existir mientras la de los otros está en peligro.

La historia parece empeñada en demostrar lo contrario.

Pero no hemos encontrado la buena vida.

¿Los problemas de la humanidad comenzaron cuando dejamos de compartir el bosque o cuando dejamos de cultivar lo que comemos?

Algunas sociedades de cazadores nómadas tenían una aspiración material tan baja que conseguían lo que se proponían y la gente se sentía rica.

¿Cómo lo sabe?

Leyendo a historiadores como Marshall Sahlins [autor de Economía de la Edad de Piedra] entiendes cómo les costó cambiar porque estaban felices viviendo en la naturaleza. Trabajaban para sobrevivir. Entendían la naturaleza como un lugar de abundancia, no como un medio del que protegerse. No temían las malas cosechas: cuando no había, se trasladaban. Desde que nos convertimos en sedentarios vivimos con sensación de escasez.

El sedentarismo nos hizo perder…

Comida, forma física, dientes… La vida de los recolectores era dura, pero completa: los mantenía alerta y en forma. La idea del trabajo no existía: recolectaban y cazaban para comer. Muchas sociedades fueron igualitarias y esas fueron lo más cercano a una democracia que hemos tenido jamás: compartían el trabajo, se ayudaban y se cuidaban entre ellos. Tenían una óptima alimentación porque comían de todo. Ahora redescubrimos que la diversidad alimentaria es la base de la salud.

¿La rentabilidad ha matado la diversidad?

Exacto. El 95% de todas las semillas que hay en el mundo están en manos de una única compañía: Monsanto.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Controlar el alimento es poder. Muchos problemas históricos explotaron cuando los responsables de alimentar al pueblo no conseguían hacerlo. Los políticos de hoy no quieren ese problema, dedican su energía a ser reelegidos. Y el poder de alimentar queda en manos de otros.

De cada vez menos: los supermercados están en manos de pocos grupos.

Vivimos la ilusión de la diversidad. Los supermercados tienen miles de productos. Pero, en realidad, muchos son repeticiones de distintas formas realizados por la misma marca. Parece que podamos elegir, pero lo realmente distinto es mucho más caro porque cuesta más producirlo. La alimentación del planeta está en manos de apenas cinco marcas. Los colmados y las fruterías de barrio no pueden competir con eso. Comemos lo que quieren que comamos. Amazon ha empezado a servir comida a domicilio. No tienen bastante con una parte del pastel, lo quieren todo. Y nosotros se lo permitimos a cambio de una cierta comodidad y una pequeña rebaja en el precio.

¿Qué hace posible que los aguacates de otro continente sean más baratos que los que crecen cerca, en el denominado kilómetro cero?

Los subsidios para combustible que reciben las compañías aéreas. Los políticos trabajan con la industria alimentaria, pero no asumen responsabilidades. A cambio, hacen lo que las empresas de alimentación les piden: subsidios, tipos de fiscalidad… A los gobiernos les aterra lidiar con la comida.

 ¿Por qué?

Porque a la gente no le gusta que le digan lo que debe comer. O beber. Forma parte de la idea de libertad que ha arropado el capitalismo neoliberal: hacer lo que a uno le da la gana sin pensar en las consecuencias. Desde ese punto de vista, comer cerezas en diciembre es libertad. Desde el punto de vista biológico, comer algo fuera de estación es un sinsentido con un alto coste de contaminación. No hay un concepto más desvirtuado. Si libertad es hacer lo que me da la gana, por lógica va en contra de cualquier convivencia.

¿Cómo debe organizarse la sociedad?

Necesitamos políticos que entiendan que están en el poder para servirnos, no para firmar contratos y hacer dinero, que es lo que la mayoría busca. Por eso dejan la alimentación de la población en manos de la industria alimentaria. Muchas de las cuestiones que nos han hecho tan vulnerables a la covid están relacionadas con la forma en que vivimos y qué comemos. Y es un fenómeno del siglo XX. Mercados como Les Halles, en París, o Smithfield, en Londres, nacieron para tener su propio poder. Eran un lugar de intercambio. Hoy, nada más llegar a la ciudad, la comida se mercantiliza, se convierte en dinero.

¿Cómo cambió?

La industria de la alimentación moderna se inventó en Chicago gracias al ferrocarril. Eso separó al agricultor de lo que vendía e hizo que la comida fuera anonimizada: ya no existía un compromiso entre granjero y consumidor. La comida se convirtió en mercancía.

 En los años setenta, Francia e Italia tenían leyes que impedían construir supermercados de más de 1.000 metros cuadrados. ¿Qué pasó?

Lo que sucede hoy lo hemos vivido hace tiempo en el Reino Unido porque tuvimos antes un sistema de comida industrializado. Eso hace que la gente deje de cocinar y la fruta se empaquete en plástico. Es una herencia norte­americana donde el supermercado se convirtió en sinónimo de modernidad. El tiempo para comprar, cocinar y comer juntos se fue perdiendo. Ahora está pasando en España: la gente compra bocadillos envasados en plástico.

Y manzanas peladas.

¿Qué será lo próximo? ¿Manzanas premasticadas? ¿Predigeridas? [Carcajada].

¿Hasta dónde se puede llegar?

Al final todo remite a lo mismo: ¿cuál es nuestra idea de una buena vida? Y parece que esforzarse lo mínimo lleva las de ganar: no cocinar, no limpiar y ver Netflix toda la noche. Es una podredumbre global. No lleva a una vida mejor.

¿Usted ve Netflix?

Sí. Claro que necesito relajarme en casa. Pero intento que eso no decida todo lo demás, como comer bien, ser justa o sentirme bien.

¿Qué hace para sentirse bien?

Cocino. Cultivo verduras. Escribo, investigo, denuncio… El circo romano entretenía y alimentaba a la población. Y algo parecido tenemos hoy. Estamos pagando un precio muy alto por tener comida y entretenimiento baratos. Elegir ser consumidor por encima de persona es la muerte en vida.

¿Por qué no lo vemos?

Hemos sido persuadidos. Para que el engaño triunfe debe existir tolerancia ante el autoengaño y eso lo tenemos muy desarrollado porque evita el sufrimiento. Pero en realidad lo pospone. Y lo agranda. Unos 70 millones de americanos todavía creen que Donald Trump ganó las últimas elecciones. Ese es el mundo en que vivimos. El poder de los medios actuales para perpetrar mentiras da terror.

¿Vivimos en una sociedad escapista?

“Come solo estas pastillas y adelgazarás”, o lo contrario: “Come todo el azúcar que quieras y siéntete bien reafirmando tu personalidad”. Las empresas nos venden una idea de la buena vida que es, en realidad, la mala vida. Comida barata es vida barata.

Cultivar los propios alimentos es una utopía.

Claro. Pero no lo es tratar de recuperar la conciencia de lo que es la comida: algo vivo. La limpieza de la modernidad parece separarnos de lo que está vivo: la vida ensucia.

¿Qué ha hecho posible que paguemos un 23% menos por la comida que en 1980?

Hemos externalizado su verdadero coste.

 ¿Quién está pagándola?

Nosotros. Pero no en el supermercado. Pagamos con impuestos: reduciendo la fiscalidad de las empresas o su coste de transporte. Estamos contribuyendo a destrozar el planeta por la forma cómoda en que hemos decidido alimentarnos.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

De la misma manera que la gente abandonó el campo y se trasladó a la ciudad. Sin olvidar la dureza del campo, la ciudad no fue la comodidad que prometía ser. Lo mismo ha sucedido con la tecnología. Nos prometió facilitarnos la vida y aceptamos. Lo que no sabíamos que firmábamos, aceptándola, era que el acceso a la naturaleza sería cada vez más difícil o que los trabajos dejarían de proporcionar orgullo y motivación.

Si somos lo que comemos, ¿qué somos?

El producto de un sistema de alimentación industrializado: cambio climático, degradación del suelo, reducción de la biodiversidad, hambre, obesidad, sequías y covid, claro. Esta pandemia es una consecuencia directa de la falta de biodiversidad que sufre el planeta.

 ¿La falta de biodiversidad obedece a valorar más la rentabilidad que el largo plazo?

El melón más grande, los huevos más fáciles de producir… Si todo lo apuestas a un tipo de árbol, naranja o lo que sea, cuando llegan las plagas nada se salva. Hemos construido un sistema de producción tan eficaz que termina siendo ineficaz.

¿Hemos hecho algo bien?

Como regla general, casi todo lo que promete eficacia termina por no ser eficaz. Si mecanizo el proceso productivo, ¿de dónde sacarán dinero los trabajadores para comprar lo que produzco?

¿Ser hija de enfermera y médico la llevó a prestar atención a la alimentación?

Entendimos desde niños la relación entre comida y salud. Si se nos caía algo al suelo, nos lo hacían comer: los microbios protegen construyendo resistencia.

Pero la obsesión le llegó en el hotel de sus abuelos paternos, The Miramar…

Allí me fasciné con la puerta que separaba la vida de los clientes de la del servicio. Nuestro lado era ruidoso, caótico. Y el otro silencioso, placentero…

¿Cuál prefería?

La cocina, siempre.

¿Es buena cocinera?

Sí. Con perdón.

¿Por qué quiso ser arquitecta?

Me costó 20 años expresar que para mí la arquitectura no eran los edificios, sino la manera en que se habitan. En la universidad, la manera en que los arquitectos hablaban de arquitectura me aburría. Me gusta que las cosas funcionen, pero no me emociona el detalle constructivo. La mirada de las mujeres en la arquitectura es otra. Aunque hay excepciones —Zaha Hadid se comportaba como un hombre produciendo arquitecturas poco habitables—. Mi punto de vista plural proviene de mi familia. Mi madre era finlandesa y mi padre judío polaco-escocés-holandés. Nunca me sentí británica.

¿Por qué?

Nunca formé parte del grupo de niños guais. Solo tuve dos amigos. Era una outsider.

¿Qué quiere decir?

No lo pasé bien. De pequeña trataba de encajar en la manera de vivir de los demás sin plantearme lo que yo quería o podía hacer.

¿Fue buena estudiante?

Sí. Era mi defensa: ordenada, puntual y pulida. Hasta que llegué a Cambridge y empecé a rebelarme. Me negué a proyectar una residencia de estudiantes. ¡Con los problemas que había en el mundo quería hacer algo útil! Y conseguí hacer una propuesta alternativa a la transformación que por entonces se estaba diseñando para los muelles de Londres convertidos en viviendas de lujo más para invertir que para vivir.

Dio clase en el departamento de ciudades de la London School of Economics.

Allí había sociólogos, ingenieros, especialistas en movilidad… Pero descubrí que a pesar de esa diversidad, sus saberes no se contagiaban, no se fundían en un mensaje pluridisciplinar. De modo que no logré introducir la vida real en el discurso urbanístico. Y comencé a investigar sobre la comida. Dediqué siete años a escribir Ciudades hambrientas.

En el libro habla de resistencia: ciudadanos oponiéndose a la desaparición de mercados o los vecinos de Primrose Hill a la llegada de un café Starbucks. ¿Lograron frenarlo?

Sí. La gran escala no es nunca benigna. Los comerciantes y los clientes ganan cuando se conocen. El lazo entre vendedor y consumidor se estrecha y eso mejora la vida en el barrio. Hoy se cambia a los empleados de las sucursales de los bancos para que no sientan empatía. Hay ayuntamientos que protegen los pequeños comercios frente a los arrasadores supermercados. Si dejamos que desaparezcan las calles mayores, la vida será peor en las ciudades. Nos pasó en Inglaterra porque apostamos por el modelo de vida norteamericano que consume más que cocina.

¿Quién cocina en las casas?

No defiendo recuperar al ama de casa de los años cincuenta. Defiendo que todos podamos cocinar. Para mí es un placer. Me encanta alimentar a la gente. No hay nada más importante que eso.

Cocinar es tener tiempo.

Exacto. Es hacer un pastel para alguien en lugar de mezclar el preparado que venden en el súper.

En 1921 el Gobierno británico consideró importante mantener la diversidad en la fruta. Para 1992 lo juzgó innecesario. ¿Qué pasó?

Los políticos se alejan cada vez más de la responsabilidad de alimentar a los ciudadanos. En el supermercado hay tres variedades de manzanas, aunque existen más de quinientas. Eso resume la logística de la alimentación: más eficacia y mercancía vistosa. La razón por la que se cultivan unas manzanas y no otras es para que haya todo el año la misma fruta. Tenemos esa ilusión absurda de que para la fruta no existen las estaciones. Comemos cerezas en Navidad que no saben a nada. Pero hemos vencido la organización natural. ¡Ja!

¿Somos poshumanos?

Todavía no. Nos sentimos mejor compartiendo. Recuerde: nadie se quiere comer la última aceituna. Eso es querer compartir y el altruismo es más poderoso que el egoísmo. Es mejor elección.

¿Vive sola?

Sola, ni hijos, ni mascotas ni exmaridos o exmujeres. Jamás lo hubiera imaginado, pero me encanta. La soledad es relativa. Disfruto cuidando las plantas porque es un tipo de relación con otro ser vivo. Epicuro lo escribió: acepta la necesidad y obtén placer de lo que haces. También tengo grandes amigos. Los grandes amigos son la familia elegida. Ya sabe: no discutas o te quedas fuera."               (Anatxu Zabalbeascoa , El País, 01/01/22)

12/11/21

Al menos 46 variedades de helados de Nestlé están afectadas por la contaminación con óxido de etileno La empresa sigue sin hacer público el listado. FACUA ha recibido información de trabajadores de varias cadenas de distribución

 "Dentro de la alerta alimentaria que viene desarrollándose en toda la Unión Europea desde finales de junio, trabajadores de varias cadenas de distribución han facilitado a FACUA-Consumidores en Acción listados de helados de la multinacional suiza Nestlé que están retirando de sus estanterías tras distintos avisos del fabricante, Froneri, por la presencia del cancerígeno óxido de etileno en el aditivo estabilizante E410 (también llamado goma de garrofín o algarroba).

La relación de productos objeto de retirada recibida por FACUA incluye 46 variedades de helados fabricados por Froneri de las marcas Nestlé, Milka, Toblerone, Nuii, Oreo, Princesa, La Lechera y Smarties, todos ellos comercializados por la firma suiza en España. La asociación advierte de que la lista no es necesariamente completa, ya que forma parte de alertas de retirada de la comercialización de productos de Froneri/Nestlé difundidas a nivel interno por las cadenas Carrefour, Dia y Covirán. Puedes descargar la lista en este enlace (en ella se identifican los lotes con los que los identifican las tres superficies comerciales).

FACUA ha reclamado a Nestlé y Froneri que actúen con transparencia y hagan pública la lista completa de productos afectados. De momento, Froneri se han limitado a incluir en su página web un aviso donde insta a los consumidores a teclear los seis primeros dígitos del lote del helado que hayan adquirido para saber si puede estar contaminado. Algo que les imposibilita conocer si han consumido un producto con la sustancia que está dando origen a su retirada si ya tiraron el envase.

La asociación también ha instado a la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan) del Ministerio de Consumo a que publique la lista de helados contaminados. FACUA considera lamentable que hasta la fecha, el organismo sólo haya incluido en su web sendos enlaces a los contenidos de las páginas de Mars y Nestlé relativos a la alerta.

Mars, el único fabricante que ha sido transparente

El único fabricante que ha hecho pública hasta la fecha la lista de productos objeto de retirada por contaminación con óxido de etileno en España es Mars, que ha dado a conocer en su web que se trata de determinados helados M&M's, Snickers y Twix.

FACUA aconseja a los usuarios que tengan uno de los productos afectados en sus hogares que se abstengan de consumirlos y procedan a devolverlos a los establecimientos para que les reembolsen el dinero. La asociación reclama al conjunto de resto de fabricantes y empresas de distribución que actúen también con transparencia y hagan lista la lista de productos contaminados que han elaborado o comercializado.

En este sentido, la asociación advierte de que numerosos establecimientos de hostelería y tiendas de alimentación podrían seguir comercializándolos si no los adquirieron a través del distribuidor sino de forma directa en hipermercados antes de su retirada. Por ello, insiste en la necesidad no sólo de que las comunidades autónomas vigilen los protocolos de retirada, sino de que exista transparencia hacia los consumidores sobre los productos afectados.

El óxido de etileno es, como ha indicado la Aesan, una "sustancia activa en productos fitosanitarios no está aprobado en la UE ni, por lo tanto, en España. Se trata de una sustancia clasificada como mutagénica, carcinogénica y tóxica para la reproducción".                    (FACUA. 26/07/21)