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9/1/25

2025: ¿Hacia dónde vamos? Tecnofeudalismo, tecnocapitalismo, turbocapitalismo... auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas... un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba... Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo... del desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio... la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente... Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, pero permanecen inmutable dos factores, primero, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso, el Consenso del Silicon Valley... y segundo, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables no tienen ni informaciones simétricas, ni capacidades para revertir la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación... la nueva política económica se va a edificar sobre un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros... ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social (Carles Manera)

" Se habla de que entramos en una nueva era, en un nuevo paradigma: ruptura del multilateralismo, proteccionismo económico, negacionismo generalizado, desacreditación de la democracia, dominio de los llamados tecno-magnates, búsqueda de liderazgos atribulados por redes sociales. Lo contrario, lo vigente pero en peligro, es, con todos los matices y críticas, la idea de una globalización compartida, la apertura comercial, la conciencia del problema climático y de la emergencia energética y la capacidad de las instituciones democráticas. Lo comentaba Andrea Rizzi, en un interesante artículo (“Guerras, desastres climáticos y magnates: los retos del año”, Ideas, 504, 5 de enero de 2025): este cambio de paradigma no sabemos cómo se va a dirimir, si en mesas de negociación o en campos de batalla. Nos adentramos en una fase, sea cual sea la denominación que le demos, de gran incertidumbre en un sentido preciso: el cuestionamiento del estado actual amparado por las democracias liberales, en una dirección que nada tiene que ver con procesos de mejora, sino más bien de formación de escenarios dogmáticos y autoritarios. Distopías impulsadas por personajes que utilizan el caos como arma de dominación. Una regresión en toda regla.

Se está hablando de tecnofeudalismo, concepto acuñado por Cédric Durand (El capital ficticio, Ned Ediciones, Madrid, 2018; Tecnofeudalismo. Crítica a la economía digital, La Cebra, Donostia, 2021. Ver un excelente comentario en Gemma Cairó-i-Céspedes, Revista de Economía Crítica, 33, 2022) y que Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto, Barcelona, 2024) ha seguido explorando: auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de  rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas por la propiedad del “capital en la nube”. Se trata de transformaciones profundas en la economía global, que afectan a su vez a la esfera financiera. Es la transición hacia una economía que conoce avances relevantes en el plano tecnológico, pero con claros retrocesos políticos.

                Estos importantes desempeños de la tecnología punta, proveniente de la Industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial, están suponiendo un control social por la gran conexión de la población con las plataformas digitales. La dominación de los potentes conglomerados tecnológicos y la dependencia de los individuos, junto al incremento descomunal de los beneficios de aquellas empresas, culminan con conductas excéntricas con fines improductivos por parte de los tecno-magnates. Lo que antaño eran el consumo de lujo y la guerra se repite de nuevo, si bien con otras formulaciones: carreras espaciales que pretenden llegar a Marte e incursiones en el mundo de la política alimentando la crispación, el desorden, la manipulación y, por qué no, también la guerra. Estamos ante un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado –y sigue caracterizando– la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba, para Durand y Varoufakis.

Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo, concepto aportado por Edward Luttwak (Turbocapitalismo. Quiénes ganan y quiénes pierden en la globalización, Crítica, Barcelona, 2009), que se sintetiza así: el desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio. El turbocapitalismo arranca de los procesos des-regulatorios de los inicios de la era neoliberal, desde la década de 1980, que entierran el paradigma de la economía keynesiana que había funcionado de forma notable desde 1945/1950 hasta el estallido de las crisis energéticas de 1973 y 1979 y el proceso de estanflación. Las desregulaciones afectaron de manera remarcable al sistema financiero, alimentando además toda una constelación de productos derivados sustentados en una sofisticada ingeniería financiera –estimulada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación– que arrasó en Wall Street.

La obsesión por una libertad económica sin control alguno, con la premisa de que el problema económico central residía en el Estado y no en el mercado y que, por tanto, se debía recortar el gasto público –el social de forma preeminente; pero no el militar, como se demostró con el programa de Ronald Reagan de la “guerra de las galaxias”–, consagró las tesis más conservadoras en el pensamiento económico, con líneas específicas de actuación: privatización de empresas y servicios públicos, reducción de costos laborales unitarios tensionando los salarios a la baja, rechazo a las negociaciones sindicales, dominio de lo privado sobre lo público, rebajas impositivas a las franjas más ricas de la población. Consecuencias: déficits gemelos en la economía de Estados Unidos, comercial y presupuestario. Un fracaso.

                El enlace de ambos conceptos parece clave: la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente, según las investigaciones de Costas Lapavitsas (Beneficios sin producción, Traficantes de sueños, Madrid, 2016); y el brutal avance y consolidación de la microelectrónica digital, que aparentemente extiende posibilidades democráticas a la población, pero que acaba por ejercer un dominio aplastante sobre la misma al generar una dependencia directa de las plataformas, un empuje que se nutre de la expansión del capitalismo financiero. No estamos seguros de que, como dice Varoufakis, el capitalismo tal y como lo conocemos haya muerto; o, en expresión de Cairó-i-Céspedes, estemos ante un capitalismo senil. El sistema económico ha tenido y tiene capacidades innegables de mutación en coyunturas críticas, en etapas en las que muchos preconizaban su caída utilizando, entre otros indicadores, la evolución de la tasa de beneficio. Por el contrario, la fortaleza de esa senilidad es firme y, tal vez, el turbo sigue estando bien activo en los principales motores del crecimiento económico que nutre el sistema: las nuevas tecnologías emergentes con la Industria4.0.

Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, si nos remontamos a la época medieval. Pero lo que permanece inmutable son dos factores: en primer término, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso que complementa el ya conocido Consenso de Washington, y que es el Consenso del Silicon Valley; y, en segundo lugar, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables –ubicados en mercados libres– no tienen ni informaciones simétricas ni capacidades tangibles para revertir fenómenos como, por ejemplo, la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación. No apreciamos semejanzas extremas con el feudalismo. Y sí observamos procesos de transición que, también históricamente, han durado siglos: no se han dirimido en poco tiempo, como precisamente acaeció con el tránsito del feudalismo al capitalismo, un tema que generó un intenso debate económico e historiográfico.

Preocupantes incertidumbres

                Esta nueva forma del capitalismo, llamémosla como queramos, se presenta espoleada por los cambios políticos que se han producido en las últimas convocatorias electorales del año 2024, con la máxima expresión en los resultados en Estados Unidos. El triunfo de Donald Trump, el ideario que ha ido comunicando y los primeros nombramientos que ha realizado, promueven una seria preocupación. Las incertidumbres que se abren son numerosas. Sin embargo, podemos aventurar las tendencias posibles.

                En primer término, la nueva política económica que se va a edificar sobre preceptos de un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente. Los instrumentos, ya anunciados, son el incremento de los aranceles a productos asiáticos, europeos y canadienses bajo la premisa de reindustrializar un país, Estados Unidos, cuyas grandes empresas tienen ya intereses prioritarios en otras latitudes, tanto las del llamado “cinturón del óxido” como las de los distritos tecnológicos. La cerrazón comercial que se infiere de tales medidas proteccionistas pueden tener otras consecuencias, como el repunte de la inflación y, por consiguiente, la previsible actuación de la Reserva Federal subiendo tipos de interés –y ello impactará sobre el resto de bancos centrales–. Si a esto se suma las amenazas de expulsión de población inmigrante, el resultado no se augura positivo, ni social ni económicamente.

                En segundo lugar, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros. Las empresas que han financiado generosamente la campaña de Trump, tanto del espectro tecnológico como de las energías fósiles, van a exigir contrapartidas como, de hecho, ya está haciendo el principal adalid de todo esto, Elon Musk. Musk constituye el ejemplo de la irrupción de un personaje –hay otros– no elegido democráticamente, pero con una incidencia tremenda en la nueva administración por su poderío económico y su capacidad para generar informaciones falsas y distorsionadas. Volviendo al tema ambiental, ya en su primer mandato, Trump desautorizó las conclusiones de la Cumbre del Clima de París, donde se fijó el horizonte de incremento de 1,5 grados centígrados. Las críticas de sus nuevos nombramientos a la política de vacunaciones, del aborto y de la igualdad de oportunidades entre géneros y razas, constituyen otros vectores regresivos. Volvemos hacia atrás, en décadas.

                En tercer lugar, el diseño de otra geopolítica que permeabilice las relaciones con Rusia fortalezca la alianza con Israel, debilite la Unión Europea y la OTAN y se distancie de China, considerada la potencia emergente y un adversario a batir. Los conflictos vigentes –Ucrania, Gaza, Oriente Próximo– serán piedras de toque que deberán poner en guardia, especialmente, a los gobiernos europeos. Pero la crisis de la Unión Europea no invita al optimismo: Francia desencajada, Alemania con severas amenazas de triunfo de la extrema derecha y en recesión económica, posiciones dispares en el seno de diferentes socios comunitarios. Un caldo de cultivo para los desestabilizadores europeos, que pretenden un retorno a un neo-nacionalismo, desde las mismas entrañas de la Unión, con un neo-fascismo como reclamo central. Esto se vincula, a su vez, con el ataque reiterado a las coordenadas básicas –separación de poderes, elecciones libres, importancia del Estado del Bienestar– de las democracias liberales, desde posicionamientos que se engarzan con el anarco-capitalismo: ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social.

Frente a esto, sendos documentos tratan de poner ejes claros de actuación. El de Mario Draghi (véase https://equipoeuropa.org/informe-draghi-ue-competitiva/) propone un ambicioso plan de reindustrialización de la Unión, focalizado en los grandes retos económico-sociales que van desde la transición energética hasta la aplicación de nuevas tecnologías, inteligencia artificial y defensa. Se plantea una inversión que oscila entre 750 mil y 800 mil millones de euros anuales, si bien Draghi piensa que buena parte debieran provenir del sector privado. Por otra parte, el de Enrico Letta (véase: https://www.hablamosdeeuropa.es/es/Paginas/Noticias/El-Informe-Letta-el-futuro-del-mercado-%C3%BAnico-europeo-.aspx) sobre el mercado único plantea la necesidad de capturar los factores intangibles de la economía digital y los beneficios de la economía circular con el objetivo de encarar el cambio climático. Apoyar la transición verde y digital, la promoción de la paz y el respeto al Estado de Derecho, y el reforzamiento de un mercado único –con la apuesta por estimular el crecimiento en tamaño de las empresas– para crear empleo y facilitar la posibilidad de hacer negocios, son otros elementos que Letta aporta. Ambos textos son complementarios y su aplicación supondría tres consecuencias básicas:

  • La flexibilización de las reglas fiscales europeas, es decir, una visión más acorde con los planes de actuación que se desempeñaron con la COVID;
  • La apuesta clara por la inversión pública como palanca inicial para estimular el efecto multiplicador sobre la privada;
  • El reforzamiento de una gobernanza que supone establecer consensos entre formaciones con objetivos distintos.

No es fácil; pero probablemente sea esta una vía razonable de actuación, una hoja de ruta a seguir.

                En definitiva, tal y como señala Laura Camargo (Trumpismo discursivo. Origen y expansión del discurso de la ola reaccionaria global, Editorial Verbum, Madrid, 2024), Donald Trump ya está actuando, y va a actuar más, como catalizador clave de todo este nuevo relato reaccionario y retrógrado. Es, para Camargo, lo que denomina “trumpismo discursivo”, que ha redefinido la comunicación política contemporánea con la internacionalización de un estilo agresivo, simplista y provocador para escandalizar, polarizar y confundir. Una herramienta fundamental para ello son las redes sociales, en las que este tipo de relatos tienen predicamento por parte de las extremas derechas del mundo, en su defensa de nuevos regímenes de sello autoritario. La gran damnificada es la información veraz, habida cuenta que esas infraestructuras digitales tienen tras de si empresarios que alimentan la desinformación, como indica Julia Cagé (Salvar los medios de comunicación, Anagrama, Barcelona, 2016). De ahí que resulte fundamental la calidad de la información más que la cantidad de la misma.

Conclusión

                Creemos que el capitalismo sigue siendo un sistema fuerte, con capacidad manifiesta de mutación, de adaptabilidad. El tecnofeudalismo, el turbocapitalismo son, a nuestro parecer, versiones que no particularizan al sistema, sino que son expresiones de su enorme capacidad de cambiar, a partir de la actuación de los agentes económicos, sociales y políticos. Las sombras de una posible crisis se proyectarán en función de los cisnes negros que puedan aparecer, o de las dislocaciones socio-económicas que generen los gobernantes histriónicos. En la coyuntura actual, los datos disponibles sobre beneficios empresariales son positivos, en el sentido de que la tasa de ganancia crece. Decimos esto porque este indicador, que es determinante, suele adoptarse como posible señal que aventura la posibilidad de una recesión, en caso de caídas graves de los beneficios. Acceder a datos sobre este asunto no suele ser sencillo. Para el caso de España, disponemos del Observatorio de Márgenes Empresariales (https://www.observatoriomargenes.es/wme/es/), con variables significativas desde 1994 sobre más de 800 mil empresas, procedentes de los registros mercantiles y depositadas en la Central de Balances del Banco de España. Para la primera mitad de 2024, las empresas españolas ostentaban un beneficio sobre ventas del 13,6% entre abril y junio, frente al 12,5% que se registró entre enero y marzo. La media esperada por la Agencia Tributaria se situaría entorno al 13,5%, tasa que supera la recogida para ejercicios pasados. Todo esto encaja con la evolución de la trayectoria económica española: un crecimiento del 3,1% en previsión de cierre para 2024; la creación de medio millón de nuevos empleos; una tasa de paro de poco más del 11%; y un cuadro macroeconómico agregado –déficit público, deuda pública– con cifras muy razonables.

                Las magnitudes sobre crecimiento económico en Estados Unidos infieren, igualmente, buenos resultados empresariales desde la óptica de la tasa de beneficio. Por ello, las medidas económicas que se piensan aplicar desde la administración Trump pueden inducir una recesión, forzándola, sin que existan causas que la justifiquen, más allá de las fobias ideológicas del presidente estadounidense y sus asesores. Nos adentramos, pues, en un futuro en el que el principio de incertidumbre, alimentado además por iniciativas de corte caótico desde una administración desballestada, va a estar más presente que nunca. E incidirá en todo el planeta. Tenemos ante esto una necesidad imperiosa de seguir analizando la evolución de la economía con rigor, perseverancia, altas dosis de paciencia y confianza en que el futuro depare, también, alguna esperanza."

(Carles Manera, Un. Illes Balears, Economistas frente a la crisis, 08/01/25)

24/1/24

Las consecuencias de los monopolios intelectuales... ¿Hacia qué tipo de economía nos dirigimos? ¿Está experimentando el capitalismo una transformación cualitativa hacia un «tecnofeudalismo»?

 "¿Capitalismo a la antigua? Las consecuencias de los monopolios intelectuales

¿Hacia qué tipo de economía nos dirigimos? ¿Está experimentando el capitalismo una transformación cualitativa hacia lo que Cédric Durand ha denominado «tecnofeudalismo»? La economista Cecilia Rikap aborda estas cuestiones desde una nueva perspectiva, centrándose específicamente en las relaciones de producción en el seno de los gigantes del sector digital.

 ¿Qué tipo de régimen de acumulación se está configurando hoy en día? Los rasgos distintivos de la economía atlántica contemporánea -estancamiento prolongado, producción globalizada, financiarización, redistribución ascendente de la riqueza, revolución digital en curso- han dado lugar a diversas respuestas.

En Techno-feudalism, Cédric Durand sostiene que se está produciendo una mutación cualitativa del capitalismo en su frontera digital, en la que la depredación se está convirtiendo en la principal modalidad para extraer beneficios, como en el caso de las rentas o los monopolios resultantes de decisiones políticas. Ve una analogía con las relaciones feudales de expropiación, que difiere de la restricción económica de «acumular innovando» típica de la explotación capitalista.

Evgeny Morozov se ha opuesto a esta tesis formulando una serie de críticas a los intentos, tanto de derechas como de izquierdas, de entender la evolución actual, en el sector digital o más ampliamente, por referencia a la época feudal. El capitalismo», insiste, «se mueve en la dirección en la que siempre se ha movido; está aprovechando todos los recursos que es capaz de movilizar, y con mayor gusto porque son más baratos». Dado que el capital siempre se ha basado, hasta cierto punto, en métodos extraeconómicos de acumulación, no es necesario, para comprender su dinámica contemporánea, desarrollar conceptos innovadores -o incluso no tan innovadores[1].

¿Estamos asistiendo a un desplazamiento hacia formas no capitalistas, al advenimiento de un nuevo modo de producción? ¿O, como afirma Morozov, estamos sólo ante los últimos avatares del capitalismo de viejo cuño?

Nos proponemos contribuir a estos debates centrándonos en un elemento clave del paisaje contemporáneo: las nuevas relaciones de producción vigentes en el sector digital, que el economista italiano Ugo Pagano ha denominado «capitalismo monopolista intelectual»[2]. Los gigantes de la economía digital, tanto estadounidenses -Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft- como chinos -Baidu, Alibaba, Tencent, Huawei- están a la vanguardia de estos cambios, aunque puedan identificarse tendencias similares en otras industrias. A pesar del golpe asestado a sus acciones a finales de 2022 por el fin de las políticas de flexibilización cuantitativa, los gigantes tecnológicos siguen siendo actores dominantes en el escenario del siglo XXI.

De hecho, es sorprendente observar que las empresas que tanto han prosperado en 2022 -ya sean los gigantes del petróleo (Big Oil), los gigantes farmacéuticos (Big Pharma) o los gigantes tecnológicos (Big Tech)- tienen una cosa en común: ejercen un poder de monopolio sobre otras empresas. Su diferencia radica en la naturaleza de lo que controlan -de lo que privan a los demás-, lo que tiene importantes implicaciones: los que monopolizan sistemáticamente el conocimiento y los datos ejercen un poder global de exclusión que los hace aún más resistentes.

A continuación examinaremos la novedad del poder monopolístico de los gigantes tecnológicos, los factores que lo originan y los mecanismos utilizados para consolidarlo. Me centraré en particular en Microsoft, que está codo con codo con Apple y Aramco en el podio de las tres mayores empresas del mundo en términos de capitalización bursátil.

El monopolio como relación de poder

La propiedad privada es una relación entre los que tienen y los que no tienen, a los que se priva de lo que necesitan. Como tal, la propiedad privada es la forma más general de monopolización en el capitalismo. Por lo tanto, los derechos de propiedad deben entenderse, no simplemente en términos de sujeto y objeto de propiedad, sino como una relación social. Como escribe David Graeber, pueden reducirse a «acuerdos o compromisos hechos por personas sobre cosas» -por «personas» podemos entender individuos, pero también colectivos, clases o empresas. En esta relación desigual, una de las partes puede ser la inmensa mayoría de la sociedad.

Desde este punto de vista, el monopolio, como relación de poder, incluye tanto a los que se benefician como a los que se ven privados de lo monopolizado. Esta es la concepción que se encuentra en el Estatuto de Monopolios inglés de 1623,[3] que abolió la concesión de monopolios debido a los «grandes agravios e inconvenientes» que infligían a los súbditos de Jacobo I. Estos «agravios» consistían en que los monopolios no se concedían a los súbditos. Estos «agravios» consistían en restricciones a la libertad de comprar (lo que se conoce como «monopsonio») o vender (la definición convencional de «monopolio»). Como Edward Coke, fiscal general del rey Jaime, se esforzó en señalar, la capacidad de dominar la fabricación, explotación o uso de una cosa también constituía un monopolio[4].

Como ha puesto de relieve la literatura reciente sobre el tema, el poder de monopolio no puede reducirse a un fenómeno de mercado; los sistemas jurídicos desempeñan un papel crucial en este sentido[5]. Sin embargo, también es crucial destacar los efectos de la monopolización como relación de poder. Esta fue una de las principales preocupaciones de los teóricos del «capital monopolista», que en la década de 1960 describieron una nueva etapa del desarrollo capitalista caracterizada por la existencia de gigantescas corporaciones, como General Electric, con suficiente poder de mercado para fijar los precios. El capitalismo, según la definición de Paul Sweezy, se produce «mediante la constitución, por un lado, de una clase de trabajadores sin propiedad y, por otro, de una clase capitalista de propietarios»[6]. Estos son los dos polos de una relación basada en el monopolio de los medios de producción por parte de los capitalistas, verdadera condición de posibilidad de la explotación de los trabajadores y de la apropiación del valor que crean.

Los medios de producción son heterogéneos, de modo que a la del capital sobre el trabajo pueden superponerse otras relaciones definidas por el poder del monopolio. Las particularidades de ciertas industrias, en términos de tamaño mínimo de la explotación o, más generalmente, de economías de escala, son capaces de crear monopolios naturales. La monopolización también puede referirse a un recurso, como es el caso de las empresas que monopolizan los combustibles fósiles -pensemos en Aramco y Exxon Mobil- en detrimento de quienes dependen de ellos. 

Los Estados modernos también son capaces de crear formas de relaciones monopolísticas, como las basadas en los derechos de propiedad intelectual (DPI).
La especificidad de este último tipo de monopolio, que se refiere a la propiedad intelectual, es doble. En principio, es posible que varios individuos hagan uso simultáneo de un mismo conocimiento sin privar a nadie más de él -mejor aún, se trata de una forma de multiplicar sus beneficios, como en el caso de la alfabetización universal- y sin que este uso esté circunscrito espacialmente. 

De este modo, la propiedad privada, cuando se refiere al conocimiento, genera un monopolio global sobre todas las aplicaciones que de él se derivan. Se producirá entonces una diferenciación estructural en la capacidad de las empresas para absorber nuevos conocimientos y aprender de ellos, de modo que las que se encuentren en la vanguardia del conocimiento concentrarán las mejores oportunidades de innovación futura. En segundo lugar, dado que el conocimiento interviene en todos los procesos de producción, es probable que se monopolice en cualquier sector o industria de la economía. (...)"

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23/1/24

La supercrisis mundial llegará como se predijo... los dirigentes mundiales han frenado deliberadamente el desarrollo científico y tecnológico, que ya estaba perdiendo impulso, al limitarlo, en su propio interés, a un único campo, el de la información y la comunicación, es decir, las tecnologías digitales. Éstas pueden utilizarse para un fantástico lavado de cerebro y para el control de la población... La mayoría de los últimos inventos de las últimas décadas han ido por el lado del ocio y el entretenimiento, no de la producción... el desarrollo del capitalismo desde los años 60 ha sido un camino ascendente que conduce hacia abajo, no hacia el progreso sino hacia la regresión... ¿Qué significa esto en términos de conclusiones sociales y políticas? El comienzo de una nueva ola de inhumanidad de las clases altas hacia las clases bajas. Pero el hecho es que esta ola ya ha comenzado

 "La aplicación de medidas antisociales fuera del corazón del sistema capitalista ha permitido durante mucho tiempo a los gobernantes capitalistas mitigar el conflicto social dentro del corazón del sistema y ralentizar y modificar la lucha de clases. Como dijo Cecil Rhodes a finales del siglo XIX, «o te conviertes en imperialista o tienes una guerra civil». Y, efectivamente, la fase imperialista del capitalismo fue un intento de evitar la guerra civil en su propia sociedad recurriendo a la expansión exterior. Pero el hecho es que el imperialismo estaba limitado desde el principio por el tamaño del planeta, y a finales de los siglos XIX y XX, las zonas exteriores, a expensas de las cuales se podían limar los conflictos sociales en el centro, estaban agotadas, y para evitar la guerra civil, se necesitaban guerras no coloniales, sino imperialistas, es decir, entre las propias potencias imperialistas.

Esto coincidió, entre otras cosas, con el desarrollo de la segunda revolución industrial (1870-1910). La segunda revolución industrial significó la electricidad, el motor de combustión interna y, en la vida cotidiana, el teléfono, el telégrafo, el cine, el suministro de agua y los ascensores. Hay que señalar que la segunda revolución industrial duró menos que la primera. La primera revolución industrial fue la máquina de vapor y los ferrocarriles entre 1750 y 1830. La línea descendente de la dinámica económica industrial del capitalismo se demuestra de forma aún más llamativa con la tercera revolución industrial: 1970-2000. Hablamos del ordenador, el teléfono móvil, Internet y los robots.

La posmodernidad es el estado natural de la civilización occidental después de la modernidad, es decir, la era del Sturm und Drang de una sociedad industrial de masas progresiva con un sistema comercial-industrial que destruyó sucesivamente la organicidad de la jerarquía social de la Edad Media y creó gradualmente un hábitat global tecno-trónico artificial y el culto al individualismo.

Hace ya 60-70 años, algunos escritores de ficción estadounidenses dibujaban distopías en las que las cosas son casi desechables, porque es necesario mantener la industria en marcha con altos niveles de empleo y consumo, y la gente es absolutamente tolerante entre sí, por lo que en la sociedad no debe haber nadie que se eleve por encima de los demás con sus cualidades superiores, porque esto genera envidia malsana de las masas y malestar social.

Comparada con los logros de las dos primeras revoluciones industriales, la tercera palidece y duró incluso menos que la segunda. Es más, los dirigentes mundiales han frenado deliberadamente el desarrollo científico y tecnológico, que ya estaba perdiendo impulso, al limitarlo, en su propio interés, a un único campo, el de la información y la comunicación, es decir, las tecnologías digitales. Éstas pueden utilizarse para un fantástico lavado de cerebro y para el control de la población.

A finales del siglo XX, la introducción de las ciencias aplicadas en la producción real, con excepción de la militar, estaba casi completamente bloqueada, debido al control casi total del capital financiero, es decir, del capital no productivo, sobre el capital industrial, por así decirlo. La mayoría de los últimos inventos de las últimas décadas han ido por el lado del ocio y el entretenimiento, no de la producción. Pensemos en los últimos siglos del Imperio Romano, cuando la situación era más o menos la misma. La tasa de crecimiento de la productividad y del crecimiento económico en la tercera revolución industrial es inferior a la de la segunda revolución industrial, pero se trata de una tendencia. Aquí llegamos a una conclusión paradójica.

La fase tecnoindustrial en el desarrollo del capitalismo desde los años 60 ha sido un camino ascendente que conduce hacia abajo, no hacia el progreso sino hacia la regresión. Es más, la expansión del sistema patronal y esclavista de la época apoyó el desarrollo de este sistema a costa de destruir el entorno externo, es decir, el segundo principio de la termodinámica, al aumentar la entropía del entorno externo. Y cuando el entorno externo se agotó, comenzó la entropía del propio sistema capitalista, la fase final y terminal a la que estamos asistiendo.

Un buen ejemplo de regresión industrial y económica a partir de cierto momento del desarrollo del capitalismo es el crecimiento medio de la productividad del trabajo desde la segunda revolución industrial.

Veamos esta cifra. De 1891 a 1972, la tasa de crecimiento de la productividad del trabajo fue del 2,33; de 1972 a 1996, del 1,38; de 1996 a 2004, es decir, en 8 años, volvió a ser del 2%, debido al saqueo del antiguo campo socialista, a la reducción temporal de los gastos de guerra occidentales y a la distribución a gran escala de productos chinos baratos. Pero esto pronto llegó a su fin. De 2004 a 2012, la tasa de crecimiento de la productividad laboral fue del 1,33% y del 0,4 al 0,5% a partir de 2012. Es lo que llamamos «asíntota de Hola». Estoy de acuerdo con los economistas que piensan que no habrá más revoluciones industriales ni científicas y tecnológicas. La cuarta revolución industrial de Schwab no puede considerarse una revolución científica y tecnológica.

A finales del siglo XXI, si no se produce una catástrofe mundial, el mundo, sobre todo teniendo en cuenta la desindustrialización en curso, volverá completamente a la asíntota, a 0,2-0,4. El célebre economista Gordon, de la Northeastern University de Estados Unidos, ha mostrado muy claramente, utilizando el ejemplo de Estados Unidos, por así decirlo con los dedos de una mano, cómo se logrará el retorno a tasas de crecimiento del 0,4 e incluso del 0,2. Ha identificado 6 factores, cada uno de los cuales es un factor de crecimiento. Ha identificado 6 factores, cada uno de los cuales es capaz de garantizar el retorno a la asíntota. Ha identificado 6 factores, cada uno de los cuales reduce una parte del crecimiento económico. El primer factor. La baja demografía de la población activa, a pesar de que entre 1965 y 1990 las mujeres se incorporaron al mercado laboral como una reserva adicional que había que explotar. Hoy, este reservorio se ha agotado, los baby-boomers, la generación que traicionó a América, como se la llama, están muriendo y jubilándose. De ahí la disminución del número de horas trabajadas per cápita y la caída del 0,2% del crecimiento económico. Si restamos esta cifra del 1,8 actual, obtenemos 1,6.

Debido a la baja tasa de natalidad, Estados Unidos espera una «gran remontada» en el futuro, según ha declarado el multimillonario estadounidense Elon Musk. Así comentaba el empresario la publicación de Reuters de que las reservas del principal fondo fiduciario del sistema de seguridad social estadounidense se agotarán en 2033, un año antes de lo previsto en las previsiones del año pasado. «Se avecina un gran peaje debido a las bajas tasas de natalidad. Japón es un indicador adelantado», escribió Musk en su cuenta de Twitter. En 2022 nacieron en Japón 799.700 personas. Es la primera vez desde 1899, cuando se empezaron a llevar estas estadísticas, que la tasa de natalidad cae por debajo de los 800.000 nacimientos.

El segundo factor es que, desde la década de 1990, Estados Unidos no ha visto aumentar su nivel educativo, y el país ha descendido cada vez más en la lista de países con mayor porcentaje de personas con un título universitario. Gordon resta otro 0,2%, lo que da 1,4.

Tercero. El rápido crecimiento de la desigualdad en Estados Unidos desde la década de 1980. Tras la crisis de 2008, comenzó a crecer a un ritmo frenético. De 1993 a 2008, el crecimiento medio de la renta real en Estados Unidos fue del 1,3%, con un crecimiento del 0,75% para el 99% de la población y del 52% para el 1%. En otras palabras, el 99% tiene menos del 1% y el 1% tiene el 52%. Desde 2009, el 1% de la población estadounidense ha recibido el 93% de la renta nacional gracias a lo que se conoce como crecimiento de sustitución. Gordon resta otro 0,5% y ya tiene el 0,9%.

Cuarto. Las modernas tecnologías de la información y la globalización han tenido efectos tanto positivos como negativos en la economía estadounidense. Los centros de llamadas y otros servicios se han deslocalizado a otros países. Resta otro 0,2 y ya tiene el 0,7.

Quinto. La agenda «verde» se convierte en prioritaria, en detrimento de otras áreas de crecimiento económico, reste otro 0,2. El resultado final es 0,5.

Por último, los déficits gemelos, por cuenta corriente y presupuestario, pierden 0,3. Y obtenemos el 0,2% de la tasa de crecimiento de la productividad y del crecimiento económico en Inglaterra entre 1300 y 1750.

A la luz de todo esto, Gordon predice una recesión mundial que durará para siempre.

Sabemos que nada dura para siempre, pero la economía asintótica existe desde hace 10.000 años y el mundo moderno parece estar cayendo en ella. Esto no significa que la industria vaya a desaparecer por completo. Pero sí significa que la industria será muy limitada. La verdadera industria estará destinada a la cima, mientras que el resto de nosotros tendremos un agujero para panecillos. O, como dice Schwab «elegantemente», entre comillas, en su libro, «a la mayor parte del mundo le espera la patagonización».

La Patagonia es una región de Argentina habitada por pastores, gauchos y una economía de subsistencia. Cualquiera que haya leído Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne, recordará que los héroes también viajaron por la Patagonia. Eso demuestra lo que es la Patagonia. Según Schwab, la Patagonia representa el destino de una gran parte del mundo, es decir, la vida en una economía preindustrial. Balatsky coincide básicamente con las conclusiones de Gordon. No sé si Balatsky conoce el trabajo de Gordon, pero ambos piensan en la misma línea, por así decirlo. Según Balatsky, tras una breve pausa de 250 años, el mundo está volviendo a caer en la trampa maltusiana. Yo diría más bien el seno de la asíntota, pero da igual. Balatsky cita estadísticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que muestran que la tasa de crecimiento de la productividad laboral, una de las medidas más importantes del rendimiento económico, cayó del 2,3% al 1% en Estados Unidos entre 2006 y 2017, y del 2,2% a medio punto porcentual en el Reino Unido. El ritmo de crecimiento económico se está ralentizando y los cálculos de Gordon sugieren que deberíamos alcanzar entre el 0,2% y el 0,4% en 2030.

E incluso Thomas Piketty ha escrito que «a principios del siglo XXI, el volumen de capital inmobiliario acumulado muestra todos los signos de un exceso de oferta». De ahí la disminución de su rentabilidad. Según este indicador, como señala Piketty, «el mundo se encuentra ahora al nivel de las dos guerras mundiales anteriores del siglo XX». de hecho, añadiría yo, estas guerras sirvieron para elevar este indicador. Y lo elevaron, por así decirlo, hasta mediados de los años 60 del siglo XX.

¿Qué significa esto en términos de conclusiones sociales y políticas? Balatsky, y estoy de acuerdo con él, predice el comienzo de una nueva ola de inhumanidad de las clases altas hacia las clases bajas. Pero el hecho es que esta ola ya ha comenzado."

( Andrei Fursov, Jaque al neoliberalismo, 13/12/23; fuente:  Euro-Synergies)

22/1/24

La globalización neoliberal: una nueva fe religiosa... Cuando se analiza desde el punto de vista de las clases dominantes globalistas, la globalización puede parecer, en efecto, entusiasta y muy digna de alabanza y valorización... En los albores del nuevo milenio, Europa tiene 20 millones de parados, 50 millones de pobres y cinco millones de personas sin hogar, mientras que en los últimos veinte años la renta total en Europa ha aumentado entre un 50% y un 70%. Esto confirma, de manera difícilmente refutable, el carácter de clase de la globalización y del progreso que genera... Desde el punto de vista de los dominados (y, por tanto, vista desde «abajo»), se identifica con el infierno muy concreto de la nueva relación de fuerzas tecno-capitalista, que se consolidó a escala planetaria después de 1989 (Diego Fusaro)

 "Según la sintaxis de Gramsci, existe una «ideología» cuando «una clase determinada logra presentar y hacer aceptar las condiciones de su existencia y de su desarrollo como clase como un principio universal, como una concepción del mundo, como una religión».

El clímax esbozado por Gramsci es totalmente pertinente si nos referimos a la ideología de la globalización como una naturaleza dada, irreversible y fisiológica (globalismus sive natura). En el contexto del Nuevo Orden Mundial posterior a 1989 y de lo que se ha definido como «el gran tablero de ajedrez», se presenta como un «principio universal», porque es aceptado indiscriminadamente en todas las partes del mundo (es lo que podríamos llamar la globalización del concepto de globalización) y, al mismo tiempo, también es asumido por los dominados, que deberían oponerse a él con la mayor firmeza. Se presenta como una verdad indiscutible y universalmente válida, a la espera de ser ratificada y aceptada en forma de adaequatio cognitiva y política.

La globalización aparece así como una «visión del mundo», es decir, como un sistema articulado y omnicomprensivo, porque se ha estructurado en forma de perspectiva unitaria y sistemática, centrada en la desnacionalización del cosmopolitismo y en la eliminación de todas las limitaciones materiales e inmateriales a la libre circulación de mercancías y personas mercantilizadas, al flujo de capital financiero líquido y a la extensión infinita de los intereses competitivos de las clases dominantes.

Por último, adopta la forma de una «religión», porque se experimenta cada vez más como una fe indiscutible, muy por encima de los principios de la discusión racional socrática: quien no acepte el nuevo orden globalizado sin reflexión y con referencias fideístas será inmediatamente condenado al ostracismo, silenciado y estigmatizado por la policía de la lengua y los gendarmes del pensamiento como hereje o infiel, amenazando peligrosamente la estabilidad de la catequesis globalista y sus principales artículos de fe (libre circulación, apertura total de toda realidad material e inmaterial, competitividad sin fronteras, etc.). ). La globalización coincide así con el nuevo monoteísmo idólatra del mercado mundial, propio de una época que ya no cree en Dios, pero tampoco en el capital.

En términos generales, la globalización no es otra cosa que la teoría que describe, refleja y, a su vez, prescribe y glorifica el Nuevo Orden Mundial de clase postwestfaliano, surgido y estabilizado después de 1989 y que (por utilizar la fórmula de Lasch) ha sido elevado ideológicamente al rango de paraíso único. Este es el mundo totalmente subordinado al capital y al imperialismo centrado en Estados Unidos de los mercados de capital privado liberalizados, con la exportación colateral de la democracia de libre mercado y el libre deseo, y de la antropología del homo cosmopoliticus.

El poder simbólico del concepto de globalización es tan omnipresente que literalmente imposibilita el acceso al discurso público a cualquiera que se atreva a cuestionarlo. En este sentido, se parece más a una religión con un credo obligatorio que a una teoría sujeta a la libre discusión y a la hermenéutica de la razón dialógica.

A través de categorías que se han convertido en piedras angulares del neolenguaje capitalista, cualquier intento de limitar la invasión del mercado y de desafiar el dominio absoluto de la economía globalizada y centrada en Estados Unidos es demonizado como «totalitarismo», «fascismo», «estalinismo» o incluso «rojopardismo», la síntesis diabólica de lo anterior. El fundamentalismo liberal y el totalitarismo globalista de libre mercado también demuestran su incapacidad para admitir, incluso ex hypothesi, la posibilidad teórica de otros modos de existencia y producción.

Cualquier idea de un posible control de la economía y de una posible regulación del mercado y de la sociedad abierta (con un despotismo financiero integrado) conduciría infaliblemente, según el título de un conocido estudio de Hayek, al «camino de la servidumbre». Hayek afirma eufemísticamente: «el socialismo es esclavitud».

Evidentemente, el teorema de von Hayek y sus acólitos no tiene en cuenta el hecho de que el totalitarismo no es sólo el resultado de la planificación política, sino que también puede ser la consecuencia de la acción competitiva privada de las reglas políticas. En la Europa actual, además, el peligro no se encuentra en el nacionalismo y el retorno de los totalitarismos tradicionales, sino en el liberalismo de mercado hayekiano y la violencia invisible del garrote sutil de la economía despolitizada.

Por lo tanto, es imperativo descolonizar el imaginario de las actuales concepciones hegemónicas de la globalización e intentar redefinir su contenido de forma alternativa. Esto requiere una nueva comprensión marxiana de las relaciones sociales como móviles y conflictivas, donde la mirada cargada ideológicamente sólo registra cosas inertes y saneadas, rígidas e inmutables.

En otras palabras, necesitamos deconstruir la imagen hegemónica de la globalización, mostrando que está basada en las clases y no es neutral.

Cuando se analiza desde el punto de vista de las clases dominantes globalistas, la globalización puede parecer, en efecto, entusiasta y muy digna de alabanza y valorización.

Amartya Sen, por ejemplo, celebra enfáticamente la globalización por su mayor eficiencia en la división internacional del trabajo, por la reducción de los costes de producción, por el aumento exponencial de la productividad y (en una medida mucho más cuestionable) por la reducción de la pobreza y la mejora general de las condiciones de vida y de trabajo.

En los albores del nuevo milenio, Europa tiene 20 millones de parados, 50 millones de pobres y cinco millones de personas sin hogar, mientras que en los últimos veinte años la renta total en Europa ha aumentado entre un 50% y un 70%.

Esto confirma, de manera difícilmente refutable, el carácter de clase de la globalización y del progreso que genera. Desde el punto de vista de los dominados (y, por tanto, vista desde «abajo»), se identifica con el infierno muy concreto de la nueva relación de fuerzas tecno-capitalista, que se consolidó a escala planetaria después de 1989 con la intensificación de la explotación y la mercantilización, del clasismo y del imperialismo.

A esta duplicidad hermenéutica, que preside la duplicidad de clase en el muy fracturado contexto post-1989, se refiere el interminable debate que ha interesado y sigue interesando a los dos focos de esta contraposición frontal: por un lado, los apologistas de la globalización; por otro, los que se dedican a elaborar los cahiers de doléances del globalismo.

Los primeros (que, a grandes rasgos, pueden calificarse de mundialistas, pese a la caleidoscópica pluralidad de sus posiciones) ensalzan las virtudes de la mercantilización del mundo. En cambio, los segundos (que sólo coinciden en parte con aquellos a quienes el debate público ha bautizado como «soberanistas») subrayan las contradicciones y el carácter eminentemente regresivo del marco anterior centrado en las soberanías nacionales.

En resumen, y sin entrar en los entresijos de un debate prácticamente inabarcable por la cantidad de contenidos y la diversidad de enfoques, los panegiristas del globalismo insisten en la forma en que la mundialización extiende la revolución industrial, el progreso y las conquistas de Occidente a todo el mundo; o, dicho de otro modo, en la forma en que «universaliza» los logros de una humanidad entendida de algún modo como «superior» y, por tanto, con derecho a organizar el «expediente único» del desarrollo lineal de todos los pueblos del planeta.

Incluso los escritores más sobriamente escépticos sobre el valor axiológico de la globalización, como Stiglitz, parecen sufrir una atracción magnética y en última instancia injustificada por la labor de transformar el mundo en un mercado. Para Stiglitz y su optimismo reformista, este proceso, que al mismo tiempo «planetariza» la desigualdad y la miseria capitalista, no merece ser abandonado por los desarrollos y cambios que podría provocar."

(Diego Fusaro, Jaque al neoliberalismo, 30/12/23, fuente:  Euro Synergies)

25/10/23

El capitalismo, el campesinado, los mercaderes...

 "El libro de Jairus Banaji A Brief History of Commercial Capitalism, publicado por primera vez en 2020, se propone desvelar las profundas raíces históricas del desarrollo capitalista. El libro aborda importantes debates teóricos, especialmente dentro de la tradición marxista, sobre los orígenes del capitalismo.

La obra de Banaji pone en tela de juicio varios relatos arraigados sobre la historia económica mundial, incluida la visión de una Edad Media económicamente regresiva y la idea de una transición lineal a la modernidad. Las imágenes que Banaji esboza a través de un impresionante conjunto de casos ilustrativos de todo el planeta, que abarcan casi un milenio, plantean muchas cuestiones fundamentales para cualquiera que quiera entender cómo se formó el sistema económico mundial y cómo podría seguir desarrollándose en el futuro.

A Brief History of Commercial Capitalism ha tenido ya una gran repercusión en el mundo académico y ha suscitado numerosas reacciones entre los colegas historiadores de Banaji. Pero también debería ser de gran interés para los lectores no especializados.

Capitalismo mercantil

Jairus Banaji nació en Poona en 1947, el año en que la India obtuvo su independencia, y fue escolarizado en Inglaterra antes de regresar a su país natal como activista político. En su labor académica, Banaji es un historiador de la Antigüedad tardía y la Edad Media con foco en el Mediterráneo y Oriente Próximo, aunque sus intereses se centran también en la larga historia del capitalismo. Su obra aborda diversos temas, como el destino de los campesinos en el contexto de una economía en rápida globalización y la historia de la economía mercantil a lo largo del último milenio.

El principal objetivo de Banaji en A Brief History es volver a centrar el concepto de capitalismo mercantil como categoría clave para investigar la formación de la economía global moderna. En su obra, este término se utiliza para describir un sistema económico impulsado por el beneficio en el que los mercaderes emplean su capital no solo para hacer circular mercancías, sino también para obtener el control directo de la producción y subordinarla así a sus intereses.

El énfasis de Banaji en el control mercantil sobre la producción es un ataque frontal a la dicotomía marxista tradicional entre el mundo del comercio (la «esfera de la circulación») y el de la producción, una dicotomía que llevó a economistas e historiadores marxistas como Maurice Dobb a descartar la idea misma del capitalismo mercantil como una contradicción en los términos.

Como señala Banaji, fueron en gran medida los historiadores que trabajaban fuera de la tradición marxista, o que se relacionaban más libremente con ella, los que adoptaron la categoría. El caso más notable es el de Fernand Braudel, que definió el capitalismo comercial como el término más útil para describir la naturaleza de la producción y el intercambio mercantil en Europa y el Mediterráneo entre los siglos XV y XVIII.

A Brief History es el último de una serie de volúmenes que abordan estas cuestiones, tras Agrarian Change in Late Antiquity (2001), Theory as History (2010) y Exploring the Economy of Late Antiquity (2016). Aunque Banaji escribe desde la tradición académica marxista, sus puntos de referencia clave en la galaxia marxista difieren de los de la mayoría de los historiadores marxistas occidentales. En particular, Banaji se basa en la obra de tres eruditos rusos de principios del siglo XX: el historiador Mikhail N. Pokrovsky (1868-1932), el economista Yevgeni A. Preobrazhensky (1886-1937) y el economista agrario Alexander V. Chayanov (1888-1939).

Pokrovski, Preobrazhenski, Chayanov

Mijaíl N. Pokrovski fue uno de los intelectuales más influyentes de la sociedad soviética en la década de 1920. Gozó de un enorme prestigio, de hecho inigualable, entre los historiadores soviéticos de su época. Apartándose radicalmente de lo que se consagraría como el relato marxista ortodoxo bajo Joseph Stalin, la interpretación de Pokrovsky de la historia rusa hacía hincapié en la centralidad del capital comercial como agente del cambio socioeconómico entre los siglos XVII y XIX. Sin embargo, afirmaba explícitamente que la existencia y el funcionamiento del capital comercial no significaban que hubiera surgido una economía capitalista.

Yevgeni A. Preobrazhensky fue un pionero en el estudio de las consecuencias de la «penetración lateral» del capital industrial en el campo. Al igual que Pokrovsky antes que él, Preobrazhensky consideraba que la pequeña producción de mercancías era típica del capitalismo mercantil y, al mismo tiempo, uno de los principales obstáculos para su expansión. En línea con marxistas agrarios como Lev N. Kritsman, Preobrazhensky veía el capitalismo como una fuerza que desarraigaba al campesinado y acababa provocando su desaparición.

En su opinión, esto ocurrió como resultado de dos procesos. Por un lado, el desarrollo interno de las relaciones capitalistas en las filas del propio campesinado, con la formación de una clase de campesinos ricos que controlaban la agricultura a gran escala. Por otro lado, de forma más generalizada y catastrófica, se produjo la subordinación externa de las zonas rurales a la gran industria, con la creación de una clase de campesinos sin tierra que trabajaban en cultivos comerciales.

Alexander V. Chayanov fue uno de los principales economistas agrarios de su época. En su obra The Theory of Peasant Economy, Chayanov destacaba la resistencia de los hogares campesinos y su capacidad de adaptación para resistir los embates del capitalismo, en contraste directo con los marxistas agrarios y Preobrazhensky. Sostenía que el desarrollo de las tendencias capitalistas y la concentración productiva en la agricultura no tenían por qué desembocar en la desposesión de los campesinos y el auge de las grandes explotaciones capitalistas.

Para Chayanov, el capital comercial y financiero también podía ejercer su control más sutilmente estableciendo una hegemonía económica sobre sectores considerables de la agricultura. Mientras tanto, esos sectores podrían seguir siendo muy parecidos a los de antes en lo que se refiere a la producción, es decir, compuestos por pequeñas empresas campesinas basadas en la mano de obra familiar.

El trabajo de Banaji demuestra que podemos conciliar estos modelos aparentemente incompatibles. Cada uno describe una posible trayectoria diferente de la penetración del capital en el campo. Pero también reflejan distintas fases de la trayectoria intelectual del propio Banaji.

En sus primeros escritos, Banaji adoptó la idea de Preobrazhensky de la penetración lateral del capital para mostrar el efecto destructivo de la industrialización en el campesinado de la Rusia de finales del siglo XIX y principios del XX. En ese contexto, el modelo de Preobrazhensky fue útil como punto de comparación para el análisis de Banaji de los campesinos de todo el mundo. En estudios posteriores, sin embargo, Banaji llegó a considerar la reconstrucción de Preobrazhensky solo como una de las posibles vías de penetración del capital industrial en el campo.

En este giro le influyó un renovado interés por la obra de Chayanov, en particular por los trabajos que más tarde desarrolló y amplió Henry Bernstein. La conceptualización de Chayanov de la relación entre el campesinado y el capital ocupa, por tanto, un lugar central como fuente primaria de inspiración de Breve historia de Banaji.

Esta reevaluación de la obra de Chayanov lleva a Banaji a incluir en su modelo las circunstancias históricas en las que los hogares campesinos resistieron la penetración del capitalismo. Tenemos que entender dicha «resistencia» en el sentido de que los hogares campesinos no fueron desarraigados sino «incorporados», un acto que a su vez permitió el conflicto y la resistencia por su parte. Aunque estos hogares siguieron existiendo en gran número, su ciclo de reproducción social estaba ahora en gran medida y de forma crucial determinado por el capital.

Mercaderes y manufactura

En A Brief History, a diferencia de sus obras anteriores, Banaji no se preocupa tanto por establecer una distinción teórica entre lo que Karl Marx llamó «el modo de producción capitalista» y los modos no capitalistas. En su lugar, aborda el capitalismo en términos menos normativos, sosteniendo en particular que una especie de «capitalismo mercantil» existió mucho antes de la industrialización en ciertas regiones del mundo, en un período que va desde el siglo XII (o incluso antes) hasta el XVIII.

Aunque Banaji no ofrece una definición formal del capitalismo comercial, podemos captar su significado combinando el análisis del libro con sus escritos teóricos anteriores. Fernand Braudel veía el capitalismo como una red global de banqueros y grandes comerciantes que presidían la economía de la vida cotidiana desde sus centros financieros urbanos, al tiempo que carecían de cualquier control directo sobre los productores primarios. Banaji, por su parte, identifica la larga historia del capitalismo en términos de sus relaciones sociales características.

El capitalismo es un sistema en el que los poseedores de capital tienen un control limitado de los medios de producción y reducen el trabajo a un factor dentro del proceso de producción, una simple mercancía que se puede comprar y vender. La confrontación entre un capitalista y un campesino o un artesano —una persona que sobrevive vendiendo su trabajo— ocupa el centro mismo del análisis de Banaji.

Partiendo de esta distinción, argumenta contra la extendida opinión marxista de que la riqueza mercantil no constituye capital en el sentido marxiano, porque permanece externa al proceso de producción. Puesto que la riqueza mercantil está, según Marx, separada de lo que él llamó la subsunción real del trabajo al capital, se limita a extraer los productos de los productores primarios, y los mercaderes obtienen beneficios vendiéndolos.

Por su parte, Banaji sostiene que la riqueza mercantil consiste efectivamente en capital y que, desde el siglo XII hasta el XVIII, los mercaderes utilizaron sistemáticamente este capital para controlar y explotar el trabajo de una parte significativa de la población en todo el mundo afro-euroasiático. Identifica dos ámbitos de producción en los que la penetración del capital comercial fue especialmente significativa.

El primero fue en el sector de la agricultura de cultivos comerciales, donde los «capitalistas mercantiles» se apropiaron de grandes cantidades de trabajo familiar no remunerado mediante diversos expedientes, imponiendo así relaciones de deuda a los campesinos. Los capitalistas mercantiles eran terratenientes que se convirtieron en comerciantes; a veces también eran comerciantes (incluidos prestamistas) que se interesaron por controlar las fincas de cultivos comerciales. Formaban una categoría flotante históricamente muy difícil de precisar.

A pesar de sus diferencias, la base productiva de la mayoría de los comercios de productos era una mano de obra mixta. Este es un punto que Banaji ha demostrado en su examen de los pequeños campesinos de Deccan a finales del siglo XIX, y recibe más apoyo del trabajo de Lorenzo Bondioli sobre el campesinado egipcio del siglo XI.

El segundo sector es el de la producción artesanal, o «fabricación mercantil», como la denomina Banaji. En este sector, los mercaderes obligaban a los pobres rurales y urbanos a procesar la seda, la lana y el algodón para el mercado. Esto significaba que no se limitaban a vender sus excedentes, sino que trabajaban para los mercaderes a «destajo».

Trayectorias de acumulación

En A Brief History, Banaji examina las «trayectorias de acumulación» que conducen del capitalismo mercantil al industrial. Mientras que los capitalistas mercantiles premian la apertura de la agricultura —junto con la minería, la explotación de los recursos marinos, etc.— a la explotación capitalista, los capitalistas industriales llevan ese proceso a un nivel completamente distinto. La mera escala de subordinación, la naturaleza de su impacto y el grado de subsunción distinguen la subyugación del campo a la acumulación industrial de ciclos anteriores de «capitalismo».

Banaji no solo nota una rápida intensificación de los mecanismos de explotación bajo el capitalismo industrial. También observa un cambio radical en el reparto de los beneficios entre comerciantes e industriales en beneficio de estos últimos. A finales del siglo XIX, los agentes económicos que controlaban directamente la producción consiguieron así marginar a los comerciantes, logrando la subordinación del capital comercial al capital industrial descrita por Marx.

Esta parece ser la clave de una separación duradera, en opinión de Banaji, entre la era del capitalismo comercial y la del capitalismo industrial, una era plenamente merecedora de la etiqueta de modo de producción capitalista. Sin embargo, estas trayectorias del capitalismo comercial al industrial fueron multilineales en el tiempo y en el espacio. No siguieron una secuencia rígida de etapas ni fueron irreversibles, como demuestran las tendencias contemporáneas.

Hoy en día, los minoristas globales que operan en el mercado mundial controlan la fabricación a través de los flujos de capital comercial sin poseer los medios de producción. Como observó Nelson Lichtenstein,

"La hegemonía del comercio minorista en el siglo XXI se hace eco e incluso reproduce características del régimen mercantil presidido antaño por los grandes comerciantes y casas bancarias de Ámsterdam, Hamburgo y la City londinense de los siglos XVII y XVIII."

En resumen, una especie de empresario braudeliano ha «regresado para apuntalar el sistema global contemporáneo».

La exposición de Banaji del «capitalismo mercantil» puede, por tanto, acomodar varios niveles y diversos grados de integración entre la producción y la circulación, señalando la fuerza motriz del capital como un denominador común que atraviesa diferentes configuraciones. El modelo de capitalismo comercial resultante es el de un desarrollo desigual y combinado. Este modelo rechaza la noción de una sucesión lineal entre los distintos modos de producción —antiguo, feudal y capitalista— y rescata las historias del capitalismo tanto del eurocentrismo como del orientalismo.

Perspectivas críticas

Desde su publicación en 2020, A Brief History ha atraído la atención de una amplia y diversa comunidad de especialistas en el campo de la historia del capitalismo, lo que ha dado lugar a múltiples reseñas de la obra de Banaji. Aunque cada autor expresó diferentes preocupaciones sobre diversos aspectos de su visión del capitalismo, podemos identificar tres grandes temas: (1) la definición de capitalismo comercial, (2) la relación entre el auge del capitalismo comercial y el Estado y (3) el impacto del capitalismo comercial y el colonialismo en la vida social.

La primera crítica surge de la laxa definición que hace Banaji del capitalismo mercantil. Lorenzo Bondioli señala que las infraestructuras del capitalismo comercial que Banaji ha identificado como las primeras en aparecer en el siglo IX de nuestra era tienen raíces más profundas de lo que sugiere el libro. Sus cimientos se establecieron en la Antigüedad Tardía (en ocasiones con raíces que se remontan a la Antigüedad propiamente dicha), y siguieron funcionando sin discontinuidades dramáticas hasta la Edad Media.

Partiendo de esta observación, Bondioli aísla tres posibles definiciones de capitalismo e intenta esbozar una relación no teleológica entre ellas. En primer lugar, está el capitalismo de los mercaderes capitalistas que desplegaron la riqueza monetaria como capital extrayendo plusvalía de productores subordinados de diversas maneras; en segundo lugar, está el capitalismo de los Estados mercantiles coloniales que pusieron la violencia organizada al servicio de la acumulación por parte de los mercaderes capitalistas; en tercer lugar, está el capitalismo de la sociedad capitalista industrial moderna (en otras palabras, de un modo de producción capitalista de pleno derecho).

La intervención del Estado en la economía mundial es el segundo criterio que Banaji despliega en su análisis del capitalismo comercial. Banaji ve en la «colusión entre el comercio y el Estado» —es decir, en el auge de los Estados mercantilistas en la Europa medieval tardía y moderna temprana— un cambio significativo en el proceso de acumulación de capital y subordinación del trabajo. Sin embargo, podemos observar la «colusión» per se, y en particular la participación de los comerciantes en las finanzas estatales, en muchos contextos históricos.

Esto sugiere que, como Martha Howell demuestra claramente, no fue la mera presencia de un Estado en connivencia con los mercaderes lo que determinó una aceleración de la escala de acumulación de capital. Tampoco fue cualquier tipo de Estado —como los Estados tributarios musulmanes o las dinastías chinas examinadas por Andrew Liu— el que determinó un cambio en la escala de acumulación de capital y subordinación del trabajo.

Más bien, fue solo el Estado que actuaba como exportador de agresión y violencia el que controló dicho cambio. Esta idea también vuelve a centrar el vínculo clave entre el capitalismo comercial y el colonialismo, subrayando que fue la violencia colonial la que provocó un cambio en la calidad y el funcionamiento del capital comercial.

Con este punto, pasamos al tercer elemento de controversia que se desprende del relato de Banaji: la relación entre capitalismo comercial y colonialismo. Como observan perspicazmente Priya Satya y Sheetal Chhabria, Banaji no separa la raza de la clase ni la casta de la clase. Sin embargo, estas distinciones son importantes, ya que nos permiten diagnosticar el punto en el que el capitalismo comercial se cruzó con el colonialismo y empezó a depender de la racialización o de la identidad de casta.

Esta laguna también apunta en la dirección de una crítica más amplia. En su análisis de las relaciones de producción, Banaji no siempre deja claro cómo el capitalismo comercial impactó y rehizo violentamente la vida social de las personas subordinadas a él. En otras palabras, nos queda preguntarnos hasta qué punto el capitalismo comercial, tal y como lo describe Banaji, transformó fundamentalmente (o no) los modos de vida social en diferentes lugares y en diferentes épocas.

Esta pregunta podría abrir una serie de prometedoras vías de investigación que parecen apuntar todas en una misma dirección. No podemos escribir la historia del capitalismo sin considerar la intersección de diferentes mecanismos de opresión como la raza, el género, la etnia y el origen nacional, además de la clase social. Estos ofrecen una imagen más rica del modo en que los «distintos niveles de opresión» cambiaron la vida de la gente corriente bajo el capitalismo."                (Paolo Tedesco, JACOBINLAT, 24/08/23)

30/9/22

Milanovic: No podemos volver a la época dorada del capitalismo

"El economista serbioestadounidense Branko Milanovíc es uno de los investigadores de la desigualdad más reconocidos a nivel mundial y es autor de muchos estudios importantes sobre la distribución del ingreso. Exdirector del Grupo de Desarrollo de Investigación del Banco Mundial, hace tiempo que Milanovíc decidió dedicarse al estudio de la desigualdad desde una perspectiva global y a la medición de la desigualdad a la vez dentro de los países y entre ellos.

El trabajo de Milanovíc es fundamental a la hora de comprender algunos de los principales rasgos del capitalismo contemporáneo. Entre ellos el aumento de la desigualdad en Occidente durante los últimos cuarenta años y en el marco de una disminución de la desigualdad a nivel mundial —que se explica en gran medida por el ascenso de las clases medias en China y en la India—, y también las distintas formas por las que pasó el capitalismo desde sus orígenes. En su último libro, Milanovíc analiza en profundidad las transformaciones más recientes del capitalismo y la emergencia de una nueva clase dominante en Occidente, que combina ingresos provenientes tanto del capital como de los salarios.

Aunque a veces Milanovíc parece sugerir que esta imagen del capitalismo contemporáneo condena la comprensión decimonónica que tenía Marx de las divisiones de clase, su último libro, Capitalism, Alone: The Future of the System That Rules the World (Belknap Press, 2021), muestra que comprende bien el análisis marxista y que, como sugiere el título, hace un gran esfuerzo por comprender la especificidad del capitalismo como sistema histórico.

Milanovíc se tomó un momento para conversar con Pablo Pryluka para Jacobin sobre su último libro y sobre los acontecimientos mundiales recientes.

PP: En tu último libro, Capitalism, Alone, tomaste una dirección ligeramente distinta de la que guiaba tus trabajos anteriores. En vez de centrarte en la desigualdad, estás más interesado en examinar los fundamentos del capitalismo. Es curioso notar que Thomas Picketty adoptó un enfoque similar en su último libro, Capital e ideología (Deusto, 2019). ¿Qué te llevó a desplazar el foco de la desigualdad hacia esta explicación más abarcadora del capitalismo?

BM: En realidad mi interés en los estudios empíricos sobre el capitalismo me acompaña desde mis épocas de estudiante universitario. Algunas de las cosas que estoy trabajando ahora son básicamente cosas que me habría gustado hacer hace cuarenta años: por ejemplo, estudiar las relaciones entre los distintos tipos de ingresos —capital versus trabajo— y cómo interactúan empíricamente en el interior de la sociedad. Esto es algo en lo que estaba realmente interesado. Pero en aquel momento no había tanta información disponible.

Mencionaste a Thomas Picketty. Él hizo un aporte importante, que fue reintroducir el tema del estudio del capital y de la importancia de los ingresos del capital en la distribución del ingreso, que habían sido prácticamente suprimidos de los estudios sobre la desigualdad de los ingresos. La idea básica de mi último libro, no tan distinta de la de Picketty, es intentar combinar lo que a veces se denomina distribución factorial del ingreso con la desigualdad interpersonal de los ingresos.

Mientras trabajaba en mi libro, algo que empecé a notar es que cada vez tenemos más hogares que son lo que denomino «homoplúticos». Con esta palabra me refiero a que las personas que tienen ingresos elevados provenientes a la vez del salario y del capital terminan generalmente en la cima de la pirámide de distribución de los ingresos. Cuando combinamos estos tipos de ventajas (es decir, propiedad de capital y trabajo) con el denominado «emparejamiento selectivo» —básicamente, casarse con alguien que tiene el mismo nivel de ingresos, el mismo nivel educativo o el mismo estatus social— terminamos en la transmisión intergeneracional de la desigualdad. En definitiva, lo que estoy describiendo es una dinámica que lleva a la formación de una élite autosustentable de la que trato en el segundo capítulo de Capitalism, Alone.

La dificultad a la hora de lidiar con algunos aspectos de la desigualdad es que no son controlables en sí mismos y ni siquiera son siempre negativos. Por ejemplo, no es malo que dos personas de estatus similar decidan casarse. Pero el hecho es que cuando lo hacen aumentan mucho sus probabilidades de ser ricos y de transmitirles muchos beneficios a sus hijos, creando así una especie de nueva aristocracia. Y este es un problema importante.
Hablando de desigualdad de los ingresos, quizás sería útil volver un poco atrás y comparar nuestra época presente con la del Estado de bienestar. ¿Cuáles eran los principales rasgos de la denominada época dorada del capitalismo de posguerra? ¿Por qué el Estado de bienestar fue capaz de reducir la desigualdad y de garantizar al mismo tiempo el crecimiento económico? ¿En qué medida el neoliberalimso deshizo este proceso?

BM: La característica principal que todos tienden a enfatizar es la capacidad de los países de Europa occidental y de Estados Unidos de, como dijiste, mantener altas tasas de crecimiento y reducir la desigualdad de los ingresos. Ahora bien, si planteamos la cuestión en estos términos, no cabe duda de que ambos enunciados son verdaderos. Los países de Europa occidental, desde 1945 hasta probablemente el final de lo que los franceses denominan Les Trente Glorieuses, tenían tasas de crecimiento que oscilaban entre el 4 y el 5%. Esto era algo absolutamente nuevo: nunca habíamos visto tasas de crecimiento tan elevadas en el pasado. En segundo lugar, también es cierto que la desigualdad efectivamente disminuyó en términos significativos. Así que ambos enunciados son verdaderos.

Pero tendría cierta cautela a la hora de hablar de los años dorados del Estado de bienestar. Viví está época, y creo que no deberíamos sobreestimarla. Tenía muchas cosas difíciles. Durante dicho período, Francia estuvo dos veces al borde de la guerra civil, con la crisis de Argelia y la resistencia, por no mencionar la organización de extrema derecha Organisation Armée Secrète, que realizaba ataques terroristas en el país y que intentó asesinar a [Charles] de Gaulle en varias oportunidades. Y había muchas situaciones similares en todo el mundo. Si fue un período tan importante, ¿por qué teníamos una dictadura militar en Grecia, o a Franco en España, a Salazar en Portugal, etc.? ¿Por qué teníamos la Baader-Meinhof o la Brigadas Rojas en Italia? Estaban pasando muchas cosas, así que deberíamos tener cautela antes de afirmar que vivíamos en una especie de utopía o Arcadia.

Pero, volviendo a tu pregunta, ¿cómo se alcanzaron simultáneamente las altas tasas de crecimiento y la reducción de la desigualdad? Pienso que la historia básica, en cuanto a las altas tasas de crecimiento, es que contábamos con el proceso de recuperación que siguió a la Segunda Guerra Mundial. En muchos países —por ejemplo, Alemania— la guerra terminó con la destrucción de capitales muy valiosos, pero se mantuvieron las calificaciones, y también la capacidad de organizar la producción. Esto implica que había una enorme cantidad de capital humano y de trabajo que había que poner en uso. Es lo que sucedió cuando hubo condiciones adecuadas, y la consecuencia fue el crecimiento.

En cuanto a la reducción de la desigualdad, pienso que lo que jugó un rol importante fue la toma de conciencia de la clase capitalista —o lo que suele denominarse el bloque burgués de los partidos— de que realmente tenía que tener mucho cuidado si no quería ser derrocada. Tenemos que recordar que en 1947, por ejemplo, los comunistas franceses estaban en el gobierno. Eran un partido muy poderoso, y sucedía lo mismo en Bélgica. En 1973, en Italia, los comunistas eran el partido más grande del país. Esto hacía que los partidos más de derecha o burgueses tuvieran que ser más conciliadores, porque querían conservar el capitalismo contra múltiples amenazas.

Y también estaba la fuerte oposición de los partidos socialistas y comunistas, que estaban conectados con los sindicatos. Encima de todo esto estaba el sistema de producción fordista que permitía que los trabajadores se organizaran en sus lugares de trabajo. En definitiva, todos estos factores hicieron que la clase capitalista fuera más permeable a las ideas vinculadas con la democracia social y con el Estado de bienestar. Pongo el énfasis en Alemania, Francia e Italia, pero había procesos similares, aunque no idénticos, en los países nórdicos.

Y después, para responder a tu otra pregunta, vino el giro neoliberal. Estuvo impulsado básicamente por la insatisfacción creciente ante el rol del Estado de bienestar y en particular de la desaceleración del crecimiento posterior a la crisis del petróleo de 1973. Creo que Margaret Thatcher supo captar realmente el clima general cuando dijo: «si queremos crecer más rápido, tenemos que deshacernos de todas estas cosas que nos lo impiden».

Así que el Estado de bienestar, que había sido percibido tan favorablemente en los años 1960, en los años 1970 empezó a ser visto como un problema que impedía el crecimiento económico. Fue un cambio dramático, aunque probablemente más en las palabras que en la realidad. Si comparamos el tamaño del Estado de bienestar de aquella época con el actual, no cambió tanto. Es menos redistributivo, de eso no cabe duda. Pero el neoliberalismo no fue capaz de derrocar el Estado de bienestar en el sentido que reivindica.

PP . También están los que afirman que el Estado de bienestar estuvo impulsado por motivos políticos, específicamente por el objetivo de compensar el atractivo del socialismo. En Capitalism, Alone leemos que el socialismo sirvió sobre todo para fomentar el desarrollo en las sociedades pobres, atrasadas y colonizadas, de las que el principal ejemplo es China. ¿Está vía al desarrollo todavía está abierta? ¿O la globalización canceló esta posibilidad?

BM: En cuanto al rol histórico general o global del comunismo, mi argumento es que fue un proceso histórico que nadie había anticipado, ni aquellos que se oponían a él, ni aquellos que participaban del movimiento. Pero, en realidad, pienso que los partidos comunistas estaban singularmente bien posicionados para efectuar dos revoluciones. Una fue liberar ciertos países de la injerencia extranjera, es decir, descolonizar estos países. Incluso en un país como China, que no era formalmente una colonia, los extranjeros se beneficiaban de aranceles aduaneros, su política económica estaba dictada en lo esencial por extranjeros, había extraterritorialidad para ciudadanos extranjeros, etc.

La segunda revolución fue ponerle fin a un cierto número de prácticas seudo o cuasi feudales, o incluso prácticas feudales reales: el rol de los terratenientes, la práctica de la usura, la situación miserable de las mujeres, la educación del pueblo, etc. El movimiento comunista en estos países sentó las bases para una transformación social que era similar a la que había realizado la burguesía en Occidente. Por supuesto, la diferencia estaba en que en Occidente no había movimientos de liberación porque había Estados independientes.

En mi libro discuto aproximadamente doce países —China, Vietnam, Argelia, Etiopía, etc.— en los que podemos observar la combinación de movimientos de independencia nacional y una especie de movimiento antifeudal que luchaba por la eliminación de los obstáculos feudales al crecimiento. En fin, pienso que esto es lo que hicieron efectivamente los movimientos comunistas, y después también, sin saberlo, sentaron las bases para el desarrollo de un capitalismo local, como sucedió en China y en Vietnam. Por supuesto, el asunto es bastante más complejo y en mi libro también discuto el rol de la Comintern en los años 1920 y la inusual decisión que tomó de formar alianzas con los partidos burgueses en los países colonizados, decisión que estaba fuera del manual marxista.

En cuanto a si esta vía sigue abierta, creo que no. Y creo que es así porque los dos factores clave —feudalismo y colonización— desaparecieron. No contamos con estas condiciones: acaso existan relaciones de tipo feudal en alguna parte de los márgenes del mundo desarrollado, pero no más que eso. Y, por otro lado, no existen más colonias formales ni informales. Por supuesto, hay países que dependen de prestamistas extranjeros, o de organizaciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial, pero no es la misma relación colonial.

PP:  Hay algunas escuelas de pensamiento en América Latina —pienso sobre todo en la teoría de la dependencia— que discutirían tu argumento. De hecho, en tu libro hay un debate con la teoría de la dependencia y me gustaría que te explayes un poco sobre este tema.

BM: Los estructuralistas latinoamericanos son un caso interesante. Naturalmente, aquellos que están más familiarizados con esta escuela podrían responder mejor, pero pienso que lo que sucedió es que, como digo en mi libro, llegaron tarde. Lo que quiero decir es que si hubiesen llegado antes, digamos en los años 1920, probablemente habrían podido posicionarse mucho más a la izquierda. Pero llegaron en los años 1960, cuando ya había cierto desencanto con la experiencia socialista y con el sistema socialista a causa del estalinismo y de los enormes costos humanos que debían soportar las personas de estos países. Y, además, la vía anticolonial que mencioné antes —la lucha combinada contra el colonialismo y contra el feudalismo— no era la misma porque América Latina se había independizado en los años 1820. Imposible repetir en los años 1960 lo que había sucedido hacía 150 años.

Creo que esta pregunta suscita un tema distinto pero relacionado. Muchas personas me preguntaron si Turquía, por ejemplo, habría podido seguir esta vía. Y pienso que la respuesta es que no, porque Turquía no había sido colonizada. Hubo ciertas insinuaciones, cuando Turquía estaba en su punto más débil, antes de la Primera Guerra Mundial, de que el país estaba en una posición colonial, pero, en realidad, era un país que había colonizado parte del Oriente Medio. Turquía, bajo la presidencia de Atatürk, hizo propio un movimiento muy fuerte y político —bastante de izquierda— que no era tan distinto del Kuomintang en China.

PP: En la primera parte de Capitalism, Alone leemos que el éxito del capitalismo dependió en gran medida de convencer al mundo de que sus objetivos más generales están alineados con los deseos y los valores que estructuran la vida cotidiana de las personas. ¿Por qué es tan exitoso el capitalismo?

BM: Lo que se necesita para que cualquier sistema tenga éxito es que haya una coincidencia o concordancia entre las necesidades del sistema y los valores que sostienen las personas. Y esto está incluso en Platón, cuando habla de cuatro sistemas imperfectos y distintos: la democracia, la tiranía, la oligarquía y la timocracia. Lo mismo vale en el caso del capitalismo: necesitamos ganancias, porque sin ganancias no hay crecimiento. Pero también, a nivel personal, tenemos que infundir un sistema de valores que coloque la adquisición de riqueza como el valor supremo y promueva la idea de que podemos convertirnos en consumidores, inversores o trabajadores, siempre con el fin de fortalecer los objetivos del sistema.

Entonces, ¿por qué tuvo tanto éxito? Aquí hay dos posibilidades diferentes. Una opción es simplemente aceptar que el capitalismo es un sistema natural, porque hay deseos humanos innatos de riqueza y de dominación. En esta línea de pensamiento, el capitalismo es el reflejo más fiel de la naturaleza humana. Estoy en contra de este punto de vista, porque creo que el capitalismo, como cualquier otro sistema, es un sistema histórico.
En realidad, creo que lo que sucedió es que el capitalismo fue capaz de satisfacer bastante bien nuestras necesidades históricas. Por supuesto, cuando hablo de necesidades me refiero a necesidades socialmente creadas. En este sentido, hasta podríamos decir que nos sentimos bastante cómodos con el capitalismo. Pero esto no significa que nuestras necesidades no puedan cambiar: podemos imaginarnos un sistema diferente, una organización de la producción diferente, más abundancia de productos, tal vez más tiempo de ocio, un sistema donde el trabajo se convierta en el factor dominante de la producción, en el sentido de que el trabajo sea escaso y el capital abundante.

PP: Una de las secciones más interesantes de Capitalism, Alone trata sobre la conexión entre el capitalismo y la democracia liberal. El argumento define dos tipos de capitalismo: el capitalismo liberal meritocrático y el capitalismo político. ¿En qué sentido estas dos versiones del capitalismo son diferentes?

BM: Pienso que, a causa de la maquinaría de propaganda capitalista de los últimos treinta años, la gente tiende básicamente a identificar el capitalismo con el sistema político liberal. Pero si revisamos el archivo histórico de los regímenes capitalistas y hacemos un balance de las sociedades capitalistas democráticas y de las no democráticas, probablemente descubramos que, en realidad, desde 1815 en adelante, menos de la mitad de los países capitalistas fueron democráticos. Y en el caso de las sociedades capitalistas democráticas, tenemos que recordar el ejemplo de países como Estados Unidos, donde el 13% de la población es dueña de todo el país y —más allá del derecho de voto— el resto de las personas son tratadas básicamente como máquinas.

Si hacemos este ejercicio mental, nos damos cuenta rápidamente de que no existe ningún vínculo necesario entre el capitalismo y la democracia política. Este vínculo es una idea bastante reciente, y lo cierto es que muchos de los países que hoy son democráticos no lo eran hace sesenta años. Basta pensar en las dictaduras militares de América Latina —Argentina, Brasil, Chile—, por no mencionar, de nuevo, los casos de Portugal, Turquía, España y tantos otros. Tomemos Indonesia, un país claramente capitalista, pero que también estaba gobernado por una dictadura. La lista es más larga: Tailandia, Alemania, Japón antes de la Segunda Guerra Mundial. Estamos hablando de los países capitalistas más grandes del mundo, y no eran democráticos.

PP: ¿Qué sentido tiene entonces distinguir entre el capitalismo político y el capitalismo liberal meritocrático?

BM: Voy a ponerlo en estos términos: una de las cosas que me llevó a escribir este libro es que empecé a sentirme muy antifukuyamista. De nuevo, empiezo por rechazar la idea de que el capitalismo y la democracia liberal estén unidos por algún tipo de vínculo necesario. Después tenemos que considerar un país capitalista poderoso como China, u otros países capitalistas similares, que divergen de los modelos políticos normales que tendemos a asociar con el capitalismo. Si tomamos el caso de la China contemporánea, podemos decir con cierto grado de veracidad que el futuro no estará dominado por un único modelo político. En parte, el mundo es demasiado complicado como para ser dominado por un único modelo político y económico.

Entonces, la pregunta es, ¿en qué sentido estos países son diferentes? Son diferentes en el hecho de que, en términos políticos, no tenemos una democracia en China. Tenemos un sistema unipartidista y el rol del Estado es tan predominante que parece inmune a los intereses privados. Un ejemplo: hace poco, el gobierno chino canceló la que habría sido la oferta pública de venta más grande de la historia mundial, la de Jack Ma y su empresa AMD.

Es más interesante todavía: en la reunión en la que decidieron esto estaban Jack Ma, una de las personas más ricas del mundo, y algunas autoridades estatales de nivel medio pertenecientes a la comisión de regulación. Esto muestra claramente el poder que tiene el Estado en China. Sería mucho más difícil hacer algo así en Estados Unidos. Imaginemos una reunión entre Elon Musk o alguien parecido y autoridades de nivel medio del Departamento de Comercio que le dicen que rehaga su oferta pública de venta.

PP: Una de las ideas principales de tu libro tiene que ver con que, si nos enfocamos específicamente en los súper ricos, observamos que la composición de capital y trabajo en esta clase cambió mucho en los últimos treinta años. ¿Podrías explicar un poco más esta idea?

BM: Tenemos que retomar el concepto de «homoplutía» que mencioné antes, que muestra que tenemos personas en la cima de la pirámide de distribución del ingreso que son ricas a la vez en el sentido del capital y en el de los ingresos laborales. Este es un hecho nuevo. Voy a ponerlo en estos términos: cualquiera que haya estudiado economía clásica, o que se haya interesado —incluso a nivel sociológico— en lo que escribieron Smith, Ricardo y Marx, sabe que estos pensadores creían básicamente que el mundo estaba dividido en clases.

En Ricardo hay terratenientes, capitalistas, trabajadores y estas tres clases prácticamente no se superponen. No significa que nunca haya habido un trabajador que haya tenido más riqueza que una persona con capital. Además, existen de hecho diferencias entre los distintos trabajadores. Pero hablando en términos generales, había pocos capitalistas más ricos que terratenientes en 1817, y casi no había ningún trabajador que, en virtud de sus ingresos, fuera más rico que un capitalista. Así que la distribución funcional del ingreso básicamente determina tu posición en la distribución del ingreso interpersonal.

Pero esto cambió con la evolución del capitalismo del siglo veinte. Ahora encontramos que en la cima de la pirámide están las personas que tienen salarios muy altos. Y no estoy hablando de personas que tienen, por ejemplo, participación accionaria en las empresas. Me refiero simplemente a personas que tienen ingresos salariales elevados: CEO, médicos exitosos, trabajadores informáticos, ingenieros, etc. Y, por otro lado, tenemos personas que acumulan muchos ingresos y después los invierten o los ahorran, o que tal vez recibieron una gran herencia de sus padres. En cualquier caso, terminan teniendo activos importantes, por los que reciben mucho dinero. Y estas mismas personas también son las que están más calificadas, así que obtienen grandes ingresos salariales.

Insisto, esto es algo nuevo. Los datos muestran que en Estados Unidos, de 1980 a esta parte, si tomamos el tramo de ingresos del 10% más rico, casi un tercio son personas que están a la vez entre el 10% más rico por ingresos de capital y el 10% más rico por ingresos salariales. De nuevo, no era así en el pasado. En los años 1970, este porcentaje de personas que estaban entre el 10% más rico tanto por ingresos de capital como de trabajo era solo el 15%. Ahora es el doble. Es lo que sucede en varios países. No todos, por supuesto: en América Latina, en México, en Brasil, por ejemplo, esta superposición no existe porque son países capitalistas más típicos, con capitalistas de primer nivel que no trabajan.

Ahora bien, la pregunta que suscitan todos estos datos es: ¿qué sucede? Es decir, ¿qué sucede cuando casi todas las personas que están en la cima de la pirámide de distribución del ingreso laboral son a la vez los poseedores de capital más grandes? Otra vez, esta situación es inédita en la historia. Hasta cierto punto, podríamos decir que es un progreso, porque no existe una asociación automática entre capital y riqueza y entre trabajo y pobreza. Pero, por otro lado, estos datos muestran una sociedad en la que todos los activos están en manos de un único grupo de personas. Y este grupo transmite estos activos a la próxima generación. Así que me parece que es interesante indagar si estas tendencias no conducen a una sociedad todavía más segmentada y estratificada que la que tenemos hoy.

PP: Hace poco cuestionaste la tendencia del Premio Nobel a ignorar a los economistas que no trabajan en el canon de la teoría económica dominante. ¿Podrías decirnos algo sobre la profesión y la disciplina de la economía? ¿Quiénes son los economistas ignorados por la economía dominante?

BM: Este debate empezó con un breve tuit, y terminó convirtiéndose en una bola de nieve. Hace poco leí el excelente libro de Avner Offer y Gabriel Söderberg, The Nobel Factor, que básicamente cuenta toda la historia del Premio Nobel. Cuando leemos esta historia, es como leer la historia de unas familias ricas: todo empieza con crímenes y saqueos. El Premio Nobel —que antes no tenía este nombre— era otorgado originalmente por el Banco Central de Suecia.

La idea detrás del premio era que reforzaría la independencia del Banco Central del gobierno socialdemócrata. No tenía el sentido que le atribuimos hoy: era un premio de derecha que supuestamente reforzaba una posición política contra el gobierno. Eventualmente, el Banco Nacional de Suecia permitió que el Comité Nacional del Nobel invirtiera en ciertos instrumentos financieros. Resumiendo una historia bastante larga, el Comité Nacional fue sobornado.

Pero dejando de lado la cuestión de los orígenes del Premio Nobel, cuando miramos los importantes acontecimientos del presente, todo apunta a China. Después de la Revolución industrial, e incluso después del gran período de expansión económica estadounidense, no tuvimos ningún acontecimiento de tanta relevancia económica como el ascenso de China. Estamos hablando de más de mil millones de personas creciendo a una tasa del 8% durante cuarenta años. Mi punto es que, aunque todos observamos esto, no tenemos ningún ganador del Premio Nobel que explique lo que está sucediendo. Nadie está estudiando China en este sentido.

Es un poco como si, en el origen de la Revolución industrial inglesa hubiésemos ignorado a Adam Smith, que estaba discutiendo el nacimiento de la sociedad industrial y el desarrollo del capitalismo, y hubiésemos dicho, «bueno, en realidad no viene al caso». Esto es lo que está sucediendo hoy en los institutos de investigación económica con China. La idea de que el capitalismo es lo mismo que la economía, y de que todo el resto es no económico, implica que no es importante entender el sistema feudal, el romano, el bizantino o el griego, y, por extensión, que no importa estudiar la China de antes de 1978. En este sentido, lo único interesante es el Occidente de los últimos treinta o cuarenta años. Más vale dejar de lado cualquier otra cosa vinculada a la historia económica, o a otros sistemas económicos.

Ahora bien, la reducción de la desigualdad es básicamente resultado del ascenso de Asia, no solo de China, sino también de India, Indonesia, etc. Esta tendencia es en cierto sentido un reflejo invertido de lo que sucedió durante la Revolución industrial, cuando, por supuesto, la desigualdad creció porque Occidente se hizo mucho más rico que el resto del mundo e hizo aumentar la desigualdad durante el siglo diecinueve. Ahora, con el ascenso de Asia, tenemos casi un reflejo invertido de estos acontecimientos: toda una región que empezó con niveles de ingresos muy bajos está enriqueciéndose y, en el proceso, está reduciendo la desigualdad global. (...)"  
                (Entrevista a Branko Milanovic, Pablo Pryluka, JACOBIN, 29/09/22)