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13/4/23

Fernando Sánchez Dragó ha mantenido una coherencia ejemplar en su intento por ser una de las grandes figuras ideológicas del fascismo contemporáneo español. Con el enorme talento, que se ha de reconocer, es la figura que mejor representa el hecho de hacer pasar el fascismo como pensamiento políticamente correcto apelando a la transgresión como elemento discursivo... con su libro Gárgoris y Habidis, sobre la España mágica, fue precursor de una estrategia, muy utilizada ahora por los programas de misterio de Iker Jiménez, de introducir doctrina fascista entre fantasmas, leyendas y mitos... o sea, en una sarta de mentiras

 "La muerte de un escritor, como la de un político o cualquier otro tipo de persona pública, lleva asociada una constelación de hagiografías creada por escribas que en muchas ocasiones no conocen de la obra del finado más allá de sus últimas soflamas políticas. En el caso de Fernando Sánchez Dragó son multitud los que han corrido a glosar la figura del filofascista obviando la mayor parte de su carrera para hacer más digerible su figura. La carrera de una persona no debe medirse solo por los últimos años, que en muchos casos son los de decrepitud intelectual cuando uno se mueve por el ego y la necesidad de atención. 

Ese no es el caso de Fernando Sánchez Dragó, que ha mantenido una coherencia ejemplar en su intento por ser una de las grandes figuras ideológicas del fascismo contemporáneo español. Con el enorme talento, que se ha de reconocer, de haber logrado obviar esas filias fascistas en su carrera como intelectual vivo, y también en su muerte. Es la figura que mejor representa el hecho de hacer pasar el fascismo como pensamiento políticamente correcto apelando a la transgresión como elemento discursivo. 

La gran obra de Fernando Sánchez Dragó es sin duda Gárgoris y Habidis, un libro sobre la España mágica que consiguió el Premio Nacional de Ensayo y que fue precursor de una estrategia, muy utilizada ahora con los programas de misterio de Iker Jiménez, de introducir doctrina fascista y antimarxista entre fantasmas, leyendas y mitos. El libro de Sánchez Dragó fue un tratado fascista puro, sin cortar, pero con la capacidad para atraer a incautos lectores atraídos por la mitología hispánica. Ernesto Giménez Caballero, el precursor intelectual del fascismo en España con Carta a un compañero de la Joven España y Genio de España, alabó la obra de Fernando Sánchez Dragó como gran referencia intelectual del fascismo contemporáneo español: “Si el fascismo es exaltado nacionalismo dentro de un orden social nuevo, el operario, el originado en 1917 y Rusia, Sánchez Dragó en su España Mágica ha superado a todos los nacionalistas y tradicionalistas españoles, desde Menéndez Pelayo a mí, por proclamar que de España partieron todos los mitos, tanto de oriente como de occidente, y que por tanto fue la invasora y nunca la invadida”. Fernando Sánchez Dragó recompensó las loas prologando la reedición en 1983 de Genio de España.

 La obra de Sánchez Dragó fue una pretendida publicación tercerista que tenía como intención trascender como construcción de una España imaginada, ideal ancestral y mítica, que obviara la España de izquierdas y derechas elevando el pensamiento falangista a obra de consumo mágico. No es algo que el autor ocultara, en uno de sus artículos en la revista Época lo dejó claro: “De haber nacido a tiempo, mi puesto de combate habría estado en las filas joseantonianas”. El prologuista de su Gárgoris y Habidis fue el falangista Gonzalo Torrente Ballester que dejó clara esa intención propagandística del autor: “La verdadera España, pues, no es la de los unos (las derechas) ni la de los otros (las izquierdas), sino esta otra que no llegó a ser”. El texto de Sánchez Dragó contenía apelaciones xenófobas, antidemocráticas y en favor de la dictadura de un hombre fuerte, también machistas y tremendamente antisemitas. 

En su capítulo dedicado a los judíos el autor acusó a los rabinos de haber orquestado el genocidio de cinco millones de semitas en un pacto con los nazis y la Gestapo para poder justificar la creación del estado de Israel. Escribía Sánchez Dragó: “Es el judío un lobo para el judío. ¿Quién acertará a olvidar los comistrajos y contubernios entre los nazis y sus víctimas? ¿Quién el sombrío genocidio perpetrado a dos manos en la promiscuidad del lager? Cinco millones de personas no van al sacrificio si de verdad desean evitarlo. Sólo los borregos, los suicidas, los mártires y los jugadores a largo plazo colaboran con el matarife”. Ese antisemitismo fue labrado en los años posteriores y escondido solo para los ojos que quisieran mirar para otro lado. En el año 1989 el autor organizó un curso de verano en la Universidad Complutense llamado “La gnosis o el conocimiento de lo oculto” para el que invitó al nazi chileno Miguel Serrano Fernández, miembro de la Sociedad Thule e ideólogo fundamental de las teorías ocultistas nacionalsocialistas, además de ser un antisemita convencido. 

El tema de la conferencia latía en lo más profundo del pensamiento de Sánchez Dragó, de hecho su retiro soriano, donde daba cursos de yoga y pensamiento tántrico, estaba basado en el Círculo Hermético teorizado por el nazi chileno. A esos retiros espirituales sorianos de Fernando Sánchez Dragó acudía Isidro Palacios, uno de sus grandes amigos y máximo exponente del nuevo fascismo español. Isidro Palacios fue una de las figuras prominentes de la Nueva Derecha española. Constructor  de un proyecto editorial e ideológico para trasladar a España las ideas posfascistas de Alain de Benoist y del grupo GRECE. Palacios formó parte del grupo Aurora, las revistas Hespérides y Punto y Coma, donde se intentó introducir el ideario fascista de la mano de autores como Jorge Verstrynge, José Javier Esparza o el propio Fernando Sánchez Dragó. Ha muerto a los 86 años el más efectivo intelectual del pensamiento fascista contemporáneo español y un orgulloso propagandista de sus conquistas con menores de 13 años. Reconocer sus logros es hacer honor a la memoria del escritor."          ( Antonio Maestre  , eldiario.es, 10/04/23)

31/3/23

La huella nazi en los primeros pasos del franquismo

 "El mismo día en que las tropas germanas invadían Polonia, Adolf Hitler firmaba uno de los pocos documentos que le involucraría directamente en el primer proceso de exterminio dirigido por el Tercer Reich hacia un colectivo por razones puramente raciales. La carta, dirigida a su médico personal, Karl Brandt, y al jefe de la Cancillería del Reich, Philipp Bouhler, abrió la puerta durante los siguientes dos años al asesinato de miles de enfermos mentales de todos los asilos y centros psiquiátricos diseminados por Alemania y Austria.

Esta orden que incriminaría a gran parte del colectivo científico alemán formado por médicos, enfermeras, personal sanitario y químicos, con la colaboración de las administraciones municipales, llevaba el nombre en clave de “Aktion T4″. A finales de agosto de 1941, Hitler tuvo que suspender temporalmente el programa debido a las protestas de las iglesias católicas y protestantes, encabezadas por el cardenal Von Galen, y a las sospechas de los familiares de los pacientes, que comenzaron a desconfiar de las justificaciones y explicaciones ofrecidas en los certificados de defunción.

Si bien en España se desconocía el exterminio de aquellos pacientes en las cámaras de gas instaladas en centros operacionales como Hartheim o Grafeneck, no era nuevo, en cambio, el caluroso debate que había originado en 1933 entre la comunidad científica española la legislación nacionalsocialista que implantó la obligatoriedad de esterilizar las lebensunwertes leben (vidas inútiles). Durante la Segunda Guerra Mundial, y a diferencia de la intromisión propagandística en los ámbitos político, económico, social o cultural, la bibliografía sobre la cuestión racial en términos biológicos y genéticos tal y como se planteaba en el ideario nacionalsocialista no tuvo tanta ascendencia en la España ultraconservadora de los años cuarenta. Cabe destacar, aun así, el volumen Du und das Leben del futuro premio Nobel en 1973 y descubridor del lenguaje de las abejas Karl von Frisch, que llegaría a España en 1942 —escasos meses después, por tanto, de la cancelación de la Aktion T4— de la mano de la Editorial Labor con el título en español Tú y la vida. Una biología moderna para todos.

“La degeneración de la raza”

En este libro destacaban, por encima de todo, aquellas páginas en las que el etólogo austriaco y profesor de la Universidad de Múnich achacaba la degeneración de la raza humana a la protección excesiva que se hacía de los deficientes mentales, mientras que “la parte sana y valiosa del pueblo” limitaba su descendencia. De ahí que tomara partido por una política eugenésica del tipo genetista (potenciación de matrimonios racialmente puros, prohibición de la mezcla racial, obligatoriedad de la esterilización...) —que no conductista como la defendida por Vallejo-Nágera a través de los consejos prematrimoniales, que Von Frisch consideraba insuficientes para “evitar el mal”—.

Desde la Ley para la Protección de la Salud Hereditaria y las Leyes de Núremberg, estas medidas estaban protegiendo a la raza humana (aria) frente al paciente enfermo, que era una carga y una amenaza para la sociedad. Al final (recordemos que el libro fue publicado en su primera edición en 1936), su autor vaticinaba, con un lenguaje eufemístico similar al documento que el Führer firmaría tres años después, el cumplimiento de las “muertes dignas” de la Aktion T4: “Si el hombre intenta alguna vez llevar a cabo la supresión de los incapaces, debe emplear para ello, naturalmente, métodos de humanidad”.

Aquella frase retumbó en los oídos de las altas jerarquías eclesiásticas españolas, que censuraron el libro de Karl von Frisch no tan solo por hacer apología de la esterilización y de la eutanasia, sino también porque defendía la teoría darwinista del origen del hombre. Y es que la injerencia religiosa de la Iglesia sobre asuntos (pseudo)científicos no se distanciaba tampoco del influjo que, por otra parte, ejercía el ideario nacionalcatólico en la obra de personalidades como Antonio Vallejo- Nágera. La coyuntura internacional, con un Tercer Reich en la cúspide de sus conquistas, continuó manteniendo la llama del análisis y la formulación del concepto de raza, con el nazismo como referente, entre la intelectualidad española y, muy especialmente, entre sus más prominentes científicos, médicos y psiquiatras. En este último aspecto, tanto Vallejo-Nágera como Misael Bañuelos, que habían mantenido diferentes posiciones a la hora de pensar en la regeneración de la decadente raza hispana en Política racial del Nuevo Estado y Problemas de mi tiempo y de mi Patria, respectivamente, volvían a verse confrontados a través de los ensayos que publicaron a principios de la década de 1940.

Las teorías biotipológicas de Ernst Kretschmer

En la producción de Vallejo-Nágera de estos años hay que destacar el volumen Niños y jóvenes anormales.

Siguiendo la estela de sus libros publicados durante la Guerra Civil, el psiquiatra palentino continuaba abordando una de sus principales líneas de investigación: la degeneración racial. Como señalaba en la introducción, su objetivo consistía en estudiar la biopsicología de individuos “anormales” para indagar en métodos educativos que corrigieran desde la más tierna infancia sus defectos. Esto comprendía los casos de “deficiencia intelectual juvenil”, excluyendo “los grados profundos de idiotez e imbecibilidad” que resultaban “ineducables”. En comparación con la cúpula científica nazi que durante la publicación del libro estaba asesinando sin distinción a todos aquellos “oligofrénicos”, “niños imbéciles”, “débiles inestables”, “débiles pasivos” o “débiles activos” que eran susceptibles, según el autor, de “escolaridad” en centros especiales, Vallejo-Nágera volvía a rechazar la preeminencia del cuerpo (léase rasse en términos nacionalsocialistas) por encima del alma, puesto que en la personalidad y enfermedades mentales de un individuo influían diferentes fuerzas ambientales: climatológica, familiar, escolar, religiosa, económica, estética, social, política, etc. Abogaba, en cambio, por una simbiosis entre lo somático y lo espiritual que le llevaría a exponer y a defender las teorías biotipológicas de Ernst Kretschmer —quien llegó a colaborar con el régimen nazi a pesar de sus protestas iniciales en 1933—, en las que se establecía una conexión entre la figura corporal y las enfermedades psicológicas.

Aunque Vallejo-Nágera, como pedagogo y psiquiatra, buscó en los tres “biotipos” de Kretschmer una determinada orientación pedagógica para solventar la educación de los “niños y jóvenes anormales”, aquellas clasificaciones genéticas o biotipológicas quedaron tergiversadas por el contexto del Tercer Reich al que solo le importaba llevar a cabo una biopolítica racial que justificara el exterminio de deficientes mentales, gitanos, eslavos o judíos. Lejos de postulados educativos, pedagógicos, espirituales o religiosos se situaba, por el contrario, su partenaire en cuestiones eugenésicas, el doctor Misael Bañuelos. Con su obra más importante de los años cuarenta (Antropología actual de los españoles), Bañuelos aportaba a la bibliografía española uno de los pocos volúmenes sobre estudios raciales en consonancia con la política racista del Tercer Reich y con todos aquellos pioneros e inspiradores de la rassenkunde (ciencia racial) nazi como el conde de Gobineau, Houston Stewart Chamberlain, Alfred Rosenberg, Georges Vacher de Lapouge o Hans F. K. Günther. Emulando a este último antropólogo en Rassenkunde des deutschen Volkes (Ciencia racial del pueblo alemán, 1922) y su tesis de que los rasgos físicos de una raza correspondían a un carácter y temperamento específicos, Bañuelos se dedicaba a analizar todas las clases de razas que convivían en España. Destacaba el componente nórdico —pondrá como modelo histórico a Cervantes—, cuyos rasgos biotipológicos coincidirían, tanto en su belleza física como en la superioridad crítica e intelectual, con los de la mayoría de los “dominadores, señores y conductores de todos los pueblos del mundo culto”.

Bañuelos se apuntaba sin miramientos a la teoría rosenberguiana de que el esplendor o la decadencia de las naciones e imperios dependían de la cantidad de sangre nórdica que tuvieran sus dirigentes. Esta se encontraba especialmente entre la nobleza de Castilla, responsable directa de episodios de la historia de España de fuerte germanización como la presencia de los visigodos, el espíritu de la Reconquista o la colonización de América. Sin embargo, este elemento nórdico había ido disminuyendo desde la época de los Austrias, repercutiendo en el ámbito moral e intelectual de la vida nacional, hasta el punto en que podía observarse como en la España contemporánea prevalecía el componente racial preasiático, judío y oriental. Lo que no podía ocultar aquel volumen, que bebía desordenadamente del Ortega de España invertebrada o, especialmente, del último José Antonio de Germánicos contra bereberes, era su deplorable contenido racista: un racismo sin veladuras para afirmar no solo que la mezcla racial iba en perjuicio de la pureza aria, sino también para reiterar la obligación que tenían los países de proteger a los individuos mejor dotados a partir de una legislación como la alemana. Podemos concluir que, al igual que la ideología nacionalsocialista, su interpretación biológica de la raza no sería el único elemento que le distanciaría del catolicismo antirracista de Vallejo-Nágera. Misael Bañuelos dudaba, a la postre, de la eugenesia conductista promovida por su colega, porque decía estar seguro de la escasa influencia sobre las razas del “medio ambiente, nutrición, condiciones climáticas, género de vida y profesión”.                (Marco da Costa , El País, 29/03/23)

20/1/21

Como consecuencia de haber vivido bajo la dictadura fascista existente en España durante mi infancia y juventud, sé cómo reconocer a un fascista en cuanto lo veo. Y reconozco a Trump, en EEUU, como alguien que encaja en esta definición...

 "Como consecuencia de haber vivido bajo la dictadura fascista existente en España durante mi infancia y juventud, sé cómo reconocer a un fascista en cuanto lo veo. Y reconozco a Trump, en EEUU, como alguien que encaja en esta definición. 

Como ocurrió y continúa ocurriendo con el fascismo español, lo que define al trumpismo es un nacionalismo extremo, que considera a los EEUU como una nación designada por Dios para salvar al mundo del comunismo -que supuestamente controla al Partido Demócrata actual-, intentando recuperar un pasado imperial justificado por la superioridad de la raza blanca a la cual, se asume, pertenece la mayoría de la población del país.

 Tiene un ideario hostil hacia lo ajeno, bien sea inmigrante o alguien de raza o grupo étnico considerado inferior, indigno de ser ciudadano de pleno derecho en esa nación privilegiada. Su movimiento político es profundamente conservador y reaccionario, con una visión machista que se manifiesta en su desprecio hacia cualquier forma de humanismo, en su odio hacia la fragilidad humana y en su visión caudillista del poder, exigiendo fe ciega en el dictador, considerando al Estado como un mero instrumento de poder personal, autoritario y antidemocrático.

 Se presenta también profundamente religioso de sensibilidad cristiana y beligerante contra el conocimiento científico y, muy en particular, contra el que se centra en áreas de salud pública, sanidad y temas sociales y ecológicos, a los que ridiculiza constantemente. Hay muchísima evidencia que apoya la existencia de cada una de estas características en el discurso y la práctica política de Trump. 

Y aun así, millones de estadounidenses lo consideran su líder, al que muchos de ellos consideran dotado de poderes sobrenaturales (entre otras cosas, por su supuesta recuperación del coronavirus en solo tres días), que está conduciendo al país hacia un futuro en el que se recuperará un pasado idealizado, que había sido mejor que el presente. Desprecia la democracia y no duda en recurrir incluso a la violencia física y a la represión más brutal para lograr sus fines. No ha desautorizado a grupos armados de ultraderecha que han atacado a grupos en defensa de los derechos civiles y, muy en concreto, a grupos en contra de la discriminación racista.

Y, también como con el fascismo español (más conocido en España como franquismo), el discurso trumpista oculta una enorme ambición por conseguir la máxima riqueza personal posible, utilizando todos los aparatos del Estado a su alcance para su beneficio individual (incluyendo también el de su familia), habiéndose convertido en uno de los presidentes más corruptos que ha tenido EEUU, como ha documentado con gran detalle The New York Times. 

Se presenta también con un discurso contra el establishment mediático y político liberal, centrado en la administración federal con base en Washington (al que define como "ciénaga pantanosa, llena de podredumbre"), canalizando el enfado de grandes sectores de la población (sobre todo de la clase trabajadora blanca) hacia dicha administración federal, a la cual consideran controlada por una mafia liderada por "negros y feministas radicales" que usan los recursos públicos para coaptar a los dirigentes de los movimientos negros y de las feministas de clase alta representadas por la Sra. Hillary Clinton. Su principal hostilidad política es hacia el presidente Obama y esta excandidata demócrata a la presidencia, la citada Hillary Clinton, a los cuales (junto con Biden) quiere enjuiciar y encarcelar. 

¿Quién apoya a Trump en EEUU?

Lo que es sumamente preocupante es que, según las últimas encuestas publicadas en The New York Times, el 40% del electorado apoya a Trump, apoyo que alcanza unos niveles de movilización activa e incluso agresiva hacia aquellos que no comulgan con sus creencias. Trump ha instrumentalizado el Partido Republicano, radicalizándolo y convirtiéndolo en su propiedad privada. 

Y lo que es incluso más notorio y preocupante es que el grupo social que le es más fiel y leal es precisamente la clase trabajadora blanca, que constituye la mayoría de la clase trabajadora estadounidense. Según The New York Times, los estadounidenses sin estudios medios y superiores (clase trabajadora) apoyan primordialmente al candidato Trump (a excepción de negros y latinos).  (...)

¿Por qué la mayoría de la clase trabajadora apoya a Trump? El surgimiento y auge de la hostilidad hacia el establishment político-mediático del país

Por raro que pueda parecer, es muy fácil de ver y entender este apoyo. En realidad, es bastante parecido a lo que ha estado pasando en muchos países de Europa, incluyendo España. Y como ocurre también en Europa, para entender el auge de la ultraderecha en EEUU hay que analizar y entender lo que ha pasado en las democracias a los dos lados del Atlántico Norte, y el fracaso de las izquierdas gobernantes en los últimos años, resultado de su abandono de la socialdemocracia y su conversión al neoliberalismo.

Esta transformación de la socialdemocracia al neoliberalismo (característica de la Tercera Vía) ha ido ocurriendo masivamente desde el mandato del presidente Clinton. Fue durante su mandato cuando se acentuó la sensación de desengaño de la clase trabajadora estadounidense con el Partido Demócrata (partido que en su día, en tiempos de Roosevelt, se había presentado como The People’s Party -el Partido del Pueblo-). El centro de esta conversión fueron los tratados de libre comercio que facilitaron la globalización económica de las grandes empresas industriales de EEUU.  

Clinton, que había ganado las elecciones de 1992 con un programa relativamente progresista (heredado, en parte, de la campaña de Jesse Jackson –al cual tuve el honor de asesorar– en 1988), cambió y pasó a apoyar la propuesta del presidente Bush de establecer el tratado de libre comercio entre EEUU, Canadá y México (NAFTA), causa de que el Partido Demócrata perdiera las elecciones al Congreso de 1994 (perdiendo a la vez el control del Senado, debido a la abstención generalizada de la clase trabajadora, que se oponía a dicho tratado). 

Esta política de promoción de la globalización neoliberal (típica de la Tercera Vía que Clinton inició y Blair replicó en la Gran Bretaña) se tradujo en la deslocalización de empresas manufactureras estadounidenses a otros países con salarios mucho más bajos. La pérdida de buenos puestos de trabajo en la industria estadounidense creó una enorme crisis en los barrios obreros industriales de EEUU.

 Un ejemplo de ello es el mayor barrio obrero blanco de Baltimore, Dundalk (la mayoría de cuyos habitantes trabajaban en la industria siderúrgica), que pasó de ser un barrio con un elevado nivel de vida a un barrio muy pobre cuando los altos hornos de la industria del acero (uno de los principales creadores de empleo de la ciudad) dejaron Baltimore. Hoy es un barrio decadente y pobre. En 2016 sus electores votaron masivamente a Trump y, probablemente, volverán a hacerlo en unos días. Si se pasean por ese barrio estos días, podrán ver posters de Trump por todas partes. 

En 2016, el Partido Demócrata estaba además liderado por la ministra de Asuntos Exteriores del gobierno Obama, la Sra. Hillary Clinton (referente del movimiento feminista), gran defensora de la globalización neoliberal que ha comportado grandes ganancias de las empresas a costa de una gran pérdida de puestos de trabajo en EEUU. 

Las elecciones de 2016 fueron precisamente una lucha entre la figura del establishment del Partido Demócrata (un partido liderado por la clase profesional de renta alta, con claras conexiones con grupos financieros como Wall Street), la Sra. Clinton, que había sido la máxima promotora activa de la globalización económica en la Administración Obama, versus el candidato antiestablishment liberal, el Sr. Trump. 

Ella era la referencia del nuevo Partido Demócrata, que abandonó las políticas de clase (como la redistribución de la riqueza para favorecer a las clases populares a costa de la disminución de los privilegios de las grandes corporaciones financiera y económicas del país), para favorecer las políticas identitarias, encaminadas a la integración de las minorías y de las mujeres (especialmente, las de clase media alta) en las estructuras de poder. Fue en ese momento cuando la clase trabajadora abandonó masivamente el Partido Demócrata. De ahí que muchos barrios obreros blancos que habían votado a Obama en 2012 votaran a Trump en 2016.

 Esta pérdida de la base electoral de la clase trabajadora convirtió al Partido Demócrata en el partido de las clases medias, abandonando a las clases trabajadoras. En realidad, incluso el término "clase trabajadora" prácticamente desapareció del discurso del Partido Demócrata, sustituyéndolo por el de "clase media". Esta transformación se justificó indicando que la clase trabajadora se iba desplazando y subiendo en la estructura social pasando a ser clase media.

 Esta percepción nunca se correspondió con la realidad. De hecho, si se le pide a la población a qué clase pertenece, hay más estadounidenses que se consideran de clase trabajadora que de clase media. En realidad, en lugar de este "ascenso social" de la clase trabajadora a la clase media, hemos visto lo contrario, el empobrecimiento de grandes sectores de las clases medias que ahora son clase trabajadora, en un proceso definido como la "proletarización de las clases medias", consecuencia de los cambios de las condiciones de trabajo de los grupos profesionales que han ido perdiendo más y más autonomía profesional para convertirse en meros empleados de las grandes empresas. 

Por otra parte, la pandemia ha mostrado claramente la existencia e importancia de la clase trabajadora, la gente cuyo trabajo no le permitió confinarse, y que contribuyó como ninguna otra a la supervivencia a todos los demás. Ello ha ocurrido en EEUU y en todos los países capitalistas desarrollados.

Han sido las políticas neoliberales impuestas por los partidos gobernantes de izquierdas las que han causado el gran declive tanto en su militancia como de su base electoral. Los datos así lo muestran. En España, también ocurrió con la conversión del gobierno Zapatero, en su segunda etapa, cuando se aplicaron las políticas neoliberales. 

En Francia y en Italia, los partidos socialdemócratas casi han desparecido. De ahí que el obrero del cinturón rojo francés que votaba a las izquierdas pasara a votar al Frente Nacional de Le Pen; y que aquí en Baltimore, los trabajadores pasaran de votar al Partido Demócrata a votar a Trump. 

¿Cuál sería la alternativa?

El Partido Demócrata de EEUU no es un partido de izquierdas. Durante muchos años fue próximo a la Internacional Liberal, la misma federación de partidos a la que perteneció durante muchos años Convergència Democràtica de Catalunya o CDC (el partido nacionalista -hoy independentista- mayoritario en las derechas catalanas) y Ciudadanos. No hay en aquel país partidos mayoritarios de izquierda, ya sean socialdemócratas o comunistas. 
 
Tales partidos son muy minoritarios y actúan como corrientes dentro del Partido Demócrata, y su fuerza se ve reflejada durante las primarias. El sistema electoral en EEUU no permite un sistema distinto al bipartidista, polarizado entre el Republicano (hoy ultraderecha) y el Demócrata (mayoritariamente liberal con también corrientes de izquierdas). Biden es muy representativo del establishment liberal, y representa una sensibilidad de centro derecha. 
 
Es cierto que las izquierdas dentro del Partido Demócrata han aumentado notablemente su influencia, lideradas por Bernie Sanders, un político perteneciente al Partido Socialista estadounidense, que conserva su vocación socialdemócrata, próximo a los partidos socialdemócratas escandinavos. Estas izquierdas han sido muy influyentes durante la campaña electoral, configurando en gran medida el debate alrededor de una serie de propuestas progresistas, como la de establecer un sistema nacional de salud y un cuarto pilar del bienestar, es decir, los servicios de ayuda a las familias.

 Sin embargo, Biden, que es una persona de gran astucia y experiencia política, ha diluido su liberalismo y ha hecho suyas algunas -pero no todas- de las propuestas de Bernie Sanders, hablando explícitamente de clase trabajadora y de la necesidad de cambiar e interrumpir la exportación de puestos de trabajo, dando prioridad a la población nacional y penalizando la dicha deslocalización. El gran interrogante es saber si podrá convencer a la base electoral perdida durante décadas de políticas neoliberales de que su compromiso social es creíble. Ayuda el apoyo que le brinda Sanders (...)

 ¿Tiene el Partido Demócrata posibilidad de cambiar?

No es nada difícil entender qué es lo que debería hacer el Partido Demócrata para debilitar el fascismo y recuperar el apoyo de la clase trabajadora blanca. En primer lugar, debe promover programas de cobertura universal, es decir, que empoderen social y políticamente a la ciudadanía estadounidense, principalmente mediante el establecimiento de un programa nacional de salud que garantice el acceso a los servicios sanitarios (derecho que aún no existe en EEUU). 

Este programa debe sustituir el carácter asistencial de las políticas públicas federales, como el Medicaid, diseñado para las familias pobres -también denominadas "familias humildes"-, y las poblaciones vulnerables, que la clase trabajadora cree, erróneamente, que son los negros (en realidad, la mayoría de los pobres son blancos). Es bien conocido que los programas universales (que afectan a todos los ciudadanos y residentes) son más populares que los asistenciales (solo para grupos llamados "humildes" o "vulnerables"), como son la mayoría de los servicios y transferencias del Estado del Bienestar estadounidense (el trumpismo acusa al gobierno federal de ayudar solo a los negros y a las mujeres de rentas altas).  

Otra medida esencial es el empoderamiento de las clases trabajadoras y el aumento de su capacidad adquisitiva, facilitando una sindicalización hoy muy dificultada por las políticas aprobadas por el Congreso, que deberían ser revertidas. Y, por supuesto, aumentar la inversión pública, tanto en las áreas sociales como económicas, transfiriendo fondos del complejo militar-industrial a los sectores sociales y ecológicos. 

Que ello ocurra o no va a depender de la relación que exista entre las nuevas izquierdas que se movilizaron a raíz de la candidatura de Bernie Sanders en 2016 y que han continuado en 2020, y la nueva dirección del Partido Demócrata y su aparato liberal, que marcaría los términos del debate político en caso de que ganara Biden. En caso de no prevalecer las nuevas izquierdas, el fascismo o trumpismo continuará vigente e incluso aumentará para desgracia del pueblo estadounidense y de la humanidad. "                  (Vicenç Navarro , Público, 26/10/20)

3/5/19

¿Qué es el fascismo?

"Límites

No podemos comprender bien el fascismo sin trazar fronteras claras que lo diferencien de formas superficialmente similares. Es una tarea difícil porque el fascismo fue ampliamente imitado, sobre todo durante la década de 1930, cuando Alemania e Italia parecían tener más éxito que las democracias. Aparecieron así préstamos del fascismo tan lejos de sus raíces europeas como en Bolivia y en China.1

La frontera más simple es la que separa el fascismo de la tiranía clásica. El socialista moderado exiliado Gaetano Salvemini, que abandonó su cátedra de Historia en Florencia y se fue a Londres y luego a Harvard porque no podía soportar tener que enseñar sin decir lo que pensaba, indicó la diferencia esencial cuando se preguntó por qué «los italianos sintieron la necesidad de librarse de sus instituciones libres» precisamente en el momento en que deberían enorgullecerse de ellas y en que «deberían dar un paso adelante hacia una democracia más avanzada».2 

Para Salvemini el fascismo significó dejar a un lado la democracia y el procedimiento debido en la vida pública en favor de la aclamación de la calle. Es un fenómeno de las democracias fallidas y lo novedoso de él fue que, en vez de simplemente imponer silencio a los ciudadanos como había hecho la tiranía clásica desde los tiempos más remotos, halló una técnica para canalizar sus pasiones en la construcción de una unidad nacional obligatoria en torno a proyectos de limpieza interna y de expansión externa. 

No deberíamos utilizar el término fascismo para dictaduras predemocráticas. Por muy crueles que sean, carecen del entusiasmo de masas manipulado y de la energía demoníaca del fascismo, así como de la misión que este se plantea de «prescindir de las instituciones libres» en pro de la fuerza, la pureza y la unidad de la nación.

El fascismo se confunde fácilmente con la dictadura militar, porque los dirigentes fascistas militarizaron sus sociedades y situaron las guerras de conquista en el centro mismo de sus objetivos. 

Armas3 y uniformes fueron para ellos un fetiche. En la década de 1930 las milicias fascistas estaban todas uniformadas —también lo estaban, en realidad, las milicias socialistas en aquella era de la camisa de color—,4 y los fascistas siempre han querido convertir la sociedad en una fraternidad armada. 

Hitler, recién instalado como canciller de Alemania, cometió el error de vestir una trinchera civil y sombrero cuando fue a Venecia el 14 de junio de 1934 para su primer encuentro con el más maduro Mussolini, «resplandeciente de uniforme y daga».5 A partir de entonces el Führer apareció de uniforme en los actos públicos, unas veces con chaqueta marrón, más tarde a menudo con una guerrera militar sin adornos. Pero mientras todos los fascismos son siempre militaristas, las dictaduras militares no son siempre fascistas. 

 La mayoría de los dictadores militares han actuado simplemente como tiranos, sin atreverse a desencadenar el entusiasmo popular del fascismo. Las dictaduras militares son mucho más comunes que los fascismos, porque no tienen ninguna conexión necesaria con una democracia fallida y han existido desde que ha habido militares.

La frontera que separa al fascismo del autoritarismo es más sutil, pero es una de las más esenciales para la comprensión.6 He utilizado ya el término, o el similar de dictadura tradicional, al analizar España, Portugal, Austria y la Francia de Vichy. La frontera entre fascismo y autoritarismo fue especialmente difícil de trazar en la década de 1930, cuando regímenes que eran, en realidad, autoritarios adoptaron parte de la decoración de los fascismos triunfantes del periodo. 

Aunque los regímenes autoritarios pisotean a menudo las libertades ciudadanas y son capaces de una brutalidad criminal, no comparten el ansia del fascismo de reducir a la nada la esfera privada. Aceptan espacios mal definidos pero reales de ámbito privado para «órganos de intermediación» tradicionales como notables locales, cárteles económicos y asociaciones, cuerpos de oficiales, familias e Iglesias.  

El general Francisco Franco, por ejemplo, que dirigió al Ejército español en la rebelión contra la República en julio de 1936 y que se convirtió en 1939 en el dictador de España, tomó prestados claramente algunos aspectos del régimen de su aliado Mussolini. Se hizo llamar Caudillo y convirtió a la Falange fascista en el único partido. 

Durante la Segunda Guerra Mundial y después de ella, los aliados trataron a Franco como a un socio del Eje. Fortaleció esa impresión el carácter sanguinario de la represión franquista, en la que pudieron haber muerto hasta 200.000 personas entre 1939 y 1945, y por los esfuerzos del régimen para impedir el contacto cultural y económico con el mundo exterior.9

En abril de 1945, funcionarios españoles asistieron a una misa por la muerte de Hitler. Sin embargo, un mes más tarde el Caudillo explicó a sus seguidores que «era necesario bajar un poco las velas [de Falange]».10 A partir de entonces la España de Franco,11 siempre más católica que fascista, basó su autoridad en pilares tradicionales como la Iglesia, los grandes terratenientes y el Ejército, encargándoles básicamente del control social en vez de la cada vez más débil Falange o el Estado. El Estado franquista intervino poco en la economía y apenas se esforzó en regular la vida diaria de la gente siempre que se mostrase pasiva.

El Estado Novo de Portugal12 difirió aún más profundamente del fascismo que la España de Franco. Salazar fue, sin duda, el dictador de Portugal, pero prefirió un público pasivo y un Estado limitado en el que el poder social se mantuvo en manos de la Iglesia, el Ejército y los grandes terratenientes.

 En julio de 1934, el doctor Salazar prohibió el movimiento fascista portugués, el Nacionalsindicalismo, acusándolo de «exaltación de la juventud, el culto a la fuerza a través de la llamada acción directa, el principio de la superioridad del poder político del Estado en la vida social, la tendencia a organizar a las masas tras un dirigente político»... No es una mala descripción del fascismo.13

La Francia de Vichy, el régimen que sustituyó a la república parlamentaria tras la derrota de 1940,14 es indudable que no fue fascista en un principio, ya que ni tuvo un partido único ni instituciones paralelas. Un sistema de gobierno en el que el funcionariado selecto tradicional del país regía el Estado, con papeles reforzados para los militares, la Iglesia, los especialistas técnicos y las élites sociales y económicas establecidas, cae claramente dentro de la categoría de autoritario.

 Después de que la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941 llevase al Partido Comunista Francés a la resistencia abierta y obligase a las fuerzas de ocupación alemanas a actuar con mucha mayor dureza en apoyo de la guerra total, Vichy y su política de colaboración con la Alemania nazi se enfrentaron a una oposición creciente.

 En la lucha contra la Resistencia aparecieron organizaciones paralelas: la Milice, o policía complementaria, «secciones especiales» de los tribunales de justicia para juicios expeditivos de disidentes, la Policía de Asuntos Judíos. Pero, aunque, como vimos en el capítulo 4, se les diesen a unos cuantos fascistas de París puestos importantes en Vichy en los últimos días del régimen, actuaron como individuos más que como jefes de un partido único oficial.

  ¿Qué es fascismo?

Ha llegado el momento de proporcionar al fascismo una definición breve y práctica, aunque sepamos que no nos mostrará todos sus contenidos, lo mismo que una foto no puede mostrarnos del todo a una persona.

Se puede definir el fascismo como una forma de conducta política caracterizada por una preocupación obsesiva por la decadencia de la comunidad, su humillación o victimización y por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza, en la que un partido con una base de masas de militantes nacionalistas comprometidos, trabajando en una colaboración incómoda pero eficaz con élites tradicionales, abandona las libertades democráticas y persigue con violencia redentora y sin limitaciones éticas o legales objetivos de limpieza interna y expansión exterior.

Ciertamente, la actuación política exige elegir entre opciones, y las opciones que se eligen —como mis críticos se apresuran a señalar— nos hacen volver a las ideas subyacentes. Hitler y Mussolini, que despreciaban el «materialismo» del socialismo y del liberalismo, insistían en la importancia básica de las ideas para sus movimientos. 

 Muchos antifascistas, que se niegan a otorgarles esa dignidad, no piensan lo mismo. «La ideología del nacionalsocialismo está cambiando constantemente», comentaba Franz Neumann. «Tiene ciertas creencias mágicas —adoración de la jefatura, supremacía de la raza superior—, pero no está expuesto en una serie de pronunciamientos categóricos y dogmáticos».15 

Sobre ese punto, este libro se aproxima a la posición de Neumann, y ya examiné con cierta extensión en el capítulo 1 la relación peculiar del fascismo con su ideología, simultáneamente proclamada como algo básico y, sin embargo, enmendada o violada cuando conviene.16 

No obstante, los fascistas sabían lo que querían. No se pueden desterrar las ideas del estudio del fascismo, pero puede uno situarlas adecuadamente entre todos los factores que influyen en este complejo fenómeno. Podemos abrirnos paso entre los extremos: el fascismo no consistió ni en la simple aplicación de su programa ni en un oportunismo descontrolado.

Yo creo que como mejor se deducen las ideas que subyacen a las acciones fascistas es partiendo de esas acciones, pues algunas de ellas no llegan a expresarse y se hallan implícitas en el lenguaje público fascista. Muchas pertenecen más al reino de los sentimientos viscerales que al de las proposiciones razonadas. En el capítulo 2 las llamé «pasiones movilizadoras»:  
  •  un sentimiento de crisis abrumadora contra la que nada valen las soluciones tradicionales;
  •  la primacía del grupo, respecto al cual uno tiene deberes superiores a cualquier derecho, sea individual o universal, y la subordinación del individuo a él;
  •  la creencia de que el grupo de uno es una víctima, un sentimiento que justifica cualquier acción, sin límites legales y morales, contra sus enemigos, tanto internos como externos;
  •  el miedo a la decadencia del grupo por los efectos corrosivos del liberalismo individualista, la lucha de clases y las influencias extranjeras;
  •  la necesidad de una integración más estrecha de una comunidad más pura, por el consentimiento si es posible o por la violencia excluyente en caso necesario;
  •  la necesidad de autoridad a través de jefes naturales —siempre varones—, que culmina en un caudillo nacional que es el único capaz de encarnar el destino histórico del grupo;
  •  la superioridad de los instintos del caudillo respecto a la razón abstracta y universal;
  •  la belleza de la violencia y la eficacia de la voluntad, cuando están consagradas al éxito del grupo;
  •  el derecho del pueblo elegido a dominar a otros sin limitaciones de ningún género de ley divina ni humana, derecho que se decide por el exclusivo criterio de la superioridad del grupo dentro de una lucha darwiniana.
El fascismo, de acuerdo con esta definición, así como la conducta correspondiente a estos sentimientos, aún es visible hoy. Existe fascismo al nivel de la Etapa Uno dentro de todos los países democráticos, sin excluir a Estados Unidos. «Prescindir de instituciones libres», especialmente de las libertades de grupos impopulares, resulta periódicamente atractivo a los ciudadanos de las democracias occidentales, incluidos algunos estadounidenses.

 Sabemos, por haber seguido su rastro, que el fascismo no precisa de una «marcha» espectacular sobre alguna capital para arraigar; basta con decisiones aparentemente anodinas de tolerar un tratamiento ilegal de «enemigos» de la nación. Algo muy próximo al fascismo clásico ha llegado a la Etapa Dos en unas cuantas sociedades profundamente atribuladas. 

No es inevitable, sin embargo, que siga progresando. Los posteriores avances fascistas hacia el poder dependen en parte de la gravedad de una crisis, pero tam- bién en muy alto grado de elecciones humanas, especialmente las de aquellos que detentan poder económico, social y político. 

De- terminar las respuestas adecuadas a los avances fascistas no es fácil, porque no es probable que su ciclo se repita a ciegas. Pero estamos en una posición mucho mejor para reaccionar sabiamente si entendemos cómo triunfó el fascismo en el pasado."              (Robert Owen Paxton, CTXT, 01/05/19)

15/7/15

El franquismo es un régimen fascistizado... su componente fascista no es hegemónico

"(...) De modo que cuando digo que el franquismo no es fascismo pero es un régimen fascistizado, estoy diciendo que hay un componente fascista que es importante pero que no es hegemónico, no es dominante. Algunos dirán que digo lo mismo que Linz, que decía que era un régimen autoritario, que es un régimen intermedio entre la democracia y el totalitarismo.

GQ: Como que es más light...

IS: Exactamente, intermedio. Yo no digo eso. Yo digo que el hecho de que haya un componente reaccionario más tradicional, la presencia de la iglesia, los militares y un componente fascista, no lo hace más light que el fascismo. Yo no digo que sea una cosa intermedia, digo que tan antiliberal es el pensamiento reaccionario tradicional de la iglesia como el fascista. 

Están igual de lejos de la democracia y del liberalismo. No es intermedio. En algunas de esas cuestiones, es peor. Desde el punto de vista de la represión política, de la brutalidad, crueldad, el franquismo es mucho más represivo que el fascismo italiano y que el nazismo. 

GQ: Contra la oposición política.

IS: Claro, no en términos de genocidio. El régimen nazi es genocida, persigue a judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados. Esto no es el franquismo, que persigue a los gitanos, homosexuales pero no los gasea. El fascismo tiene dos pasos: destruyo las organizaciones obreras e intento ganarme a los trabajadores. 

Esa idea está presente en el falangismo, destruyo las organizaciones obreras y me gano a los trabajadores pero en ese aspecto está neutralizado. La imagen del falangismo en España es que son los mamporreros. Eso de que quieren la revolución social la gente no se lo cree. 

Ricardo Leiva: Los mamporreros serían los matones, digamos. 

IS: Exacto, la gente lo que percibe es el patovismo falangista, no percibe esa voluntad de aclaración. A cada vez menos capacidad o voluntad de integración, el peso de la represión es mayor. El franquismo es fascismo, decía alguien, porque la represión franquista es como la fascista. Y yo decía, "ojalá". 

En Italia, en todo el período de paz hay 26 fusilados por motivos políticos. En la Alemania nazi, en períodos de paz, 12.000 víctimas de la represión política. En España hay 150.000. Por lo tanto, en algunos aspectos...

Ricardo Leiva: Es más duro...

IS: Yo no estoy diciendo que el franquismo sea mejor o más suave.
RL: La frase se podría completar con lo que decías al principio de que el franquismo no es fascismo pero es católico, o nacional-católico. ¿O es más complejo que eso?

IS: Es un nacionalismo católico, un nacionalismo reaccionario. En ese sentido, por poner un equivalente, básicamente, si pensamos y nos salimos del esquema de que todo es fascismo, encontraremos claves más importantes para comprender otros procesos. 

Por ejemplo, si hablamos de los nacionalistas argentinos, no estaría de más recordar que desde 1945 hasta 1975 los nacionalistas están en el poder en España y Portugal. Esa familia. Y, por lo tanto, podemos hablar de nacionalismo reaccionario, que es el nacional-catolicismo, como hegemónico en la dictadura que también tiene componentes fascistas.

Gabriel Quirici: Y en Argentina, ¿qué vínculo es? ¿Patria, familia y tradición argentina, ese nacionalismo católico?

IS: Claro, ese contenido católico, hispanista, que es distinto al peronismo. 

Ricardo Leiva: Sin embargo, Perón estuvo viviendo un tiempo bajo el ala de Franco.

IS: Esas cosas son...

Gabriel Quirici: Diplomacia.

IS: Diplomacia y proximidades que, a veces, van más lejos. Ahora han hecho una serie en España que es sobre la visita de Evita a Madrid. Se dedica a poner esa visita poniendo a Franco como un reaccionario escandaloso y presenta a Evita casi que como una trotskista, revolucionaria. Unas contraposiciones brutales. 

Joel Rosenberg: Cuando hacías la diferencia con Italia, Alemania y España hacías hincapié en lo católico. ¿Qué peso tiene ahí la monarquía católica? Por la gracia de Dios de Franco que mencionabas, que en España está más presente que en Italia y Alemania, obviamente. 

IS: Esa es otra cuestión. Hitler llegó al poder en una república y encima se murió el presidente Hindenburg, con lo cual lo tenía estupendo. Mussolini llegó al poder con una monarquía. Ya le hubiera gustado ir marginando al rey porque el fascismo es tendencialmente republicano. 

En España, los nacional-católicos son monárquicos pero cuando se sublevan en el 36 son una extrema minoría. Ni los militares que se sublevan lo hacen por la monarquía, se sublevan para establecer una dictadura que puede ser republicana. Pero no se plantean la monarquía. Los falangistas, como fascistas, no son monárquicos, son tendencialmente republicanos. Entonces, los monárquicos tienen fuerza con las élites.

Gabriel Quirici: En las intelectualidades de derecha. 

IS: Intelectuales y, sobre todo, militares, y de la Iglesia. Eso es lo que va a ir posibilitando que poco a poco se vaya avanzando hacia la monarquía. Si me apuras, una de las cosas que no sientan bien entre ciertos sectores más conservadores de España, es que esta monarquía viene de un golpe de Estado, que es el 18 de julio de 1936, con la particularidad de que la mayoría de los que se sublevan no son monárquicos. 

Los falangistas no querían la monarquía, fue una imposición progresiva de Franco porque no podía prescindir de los principales banqueros ni los propios militares. Entonces, lo que se va imponiendo es esa monarquía de modo que en 1969, cuando se proclama Juan Carlos I como sucesor de Franco, a título de rey, se está cumpliendo el programa de los nacionalistas españoles de 1934 o 1931: un programa de un Estado católico, reaccionario, coronado por el rey. 

Gabriel Quirici: Igual, es interesante ver cómo la monarquía trae una transición que termina con la dictadura. ¿Cómo evalúas eso vos?

IS: Son las visiones que se han vendido de la transición española, que quieren exaltar el papel del rey y de los reformistas, que vienen del régimen. La democracia no la trae la monarquía, es en gran parte una conquista porque hay grandes movilizaciones sociales en el año 1975. Entre los años 74, 75 y 76, España es el país con más huelgas de Europa. La dictadura está en absoluto retroceso pero no hay fuerzas suficientes para tumbarla. En el siglo XX, si una dictadura quiere permanecer, no hay fuerza humana que la tumbe. 

GQ: Por los medios represivos, decís.

IS: Claro. En Portugal sí, pero allí es el propio ejército.

Ricardo Leiva: Sí, pero miramos a Egipto y la explicación también va por ahí. 

IS: Y en Argentina están las Malvinas, una catástrofe nacional. Pero cuando un dictador dice "me quedo", se queda, si no hay una fuerza militar, una catástrofe nacional, etc. Entonces, qué es lo que pasa ahí en España, hay un momento con la muerte de Franco en que se intenta construir una pseudo democracia postfranquista.

 Ahí está Manuel Fraga, José de Areilza y está el rey. No está muy claro que el rey estuviese pensando en ese momento en la democracia de verdad. Es ese ensayo reformista que las grandes movilizaciones populares el que las grandes movilizaciones populares tumban. 

GQ: Demandando más democracia. 

IS: Claro. Es cuando llega el momento, a finales de junio, cuando ya el rey mismo se da cuenta de decir, aquí la alternativa ya no es una democracia frente a una pseudo democracia.

 Aquí ya no hay más alternativa que democracia o democracia. Y si quiero contar, tengo que apoyar la democracia. Es cuando viene Suárez y dice no. Aquí lo importante ya no es si iba a hacer democracia o no sino quien va a pilotear el cambio, y es cuando se suben a ese carro democrático y efectivamente lo pilotan. Pero de ahí a decir que el rey trajo la democracia...

Ricardo Leiva: ¿Pero no es esa la visión mayoritaria en España?

IS: Es la visión que se ha vendido, porque hay una construcción. Siempre hay construcciones históricas e historiográficas que vienen bien para unos sectores u otros. En ese sentido ha venido bien para el Partido Popular y para una parte del Partido Socialista.

Gabriel Quirici: Que participa de la negociación.

IS: Participa de esa idea de "hemos conseguido la democracia, hasta aquí hemos llegado, ya está". (...)"               (Entrevista al historiador Ismael Saz, Cien180, 13/07/2015)

20/2/15

¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus ministros? ¿Al Régimen o a sus instituciones?... así era el control social en el franquismo



Censura de libros de Octavio Paz  (El País, 18/02/2015)

"Dice Eduardo Ruiz Bautista, investigador de la Universidad de Alcalá, que los censores franquistas se caracterizaban por su “servilismo desmedido, exceso de celo, ínfulas de literato frustrado y la crasa ignorancia y competencia lectora que exhibían en muchos de sus juicios y prejuicios”.   (   , El País, Madrid 18 FEB 2015)

26/5/14

Franquismo, el fascismo católico

“Hemos banalizado el franquismo para defendernos de él”, las comillas son del historiador Ferran Gallego, que publica El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950), en la Editorial Crítica, en el que argumenta que el fascismo proporcionó un proyecto global a Franco.

 La intención de Gallego es desmontar la revisión del pasado reciente de este país que dice que aquí no hubo fascismo porque hubo una guerra civil, que actuó de cortafuegos ante la llegada del totalitarismo europeo.

“La guerra civil fue la conquista del poder por un movimiento que en Europa se llamó fascismo. La guerra civil no es una alternativa al fascismo”, declara el historiador. La peculiaridad del caso español frente al europeo es que la guerra es el origen del fascismo, no el resultado.

 “En España, el fascismo toma el poder con la guerra civil, a diferencia de Alemania e Italia”, explica. No hubo un partido poderoso que implantara el fascismo, sino un proceso de fascistización reflejo del europeo. 

 La posición ideológica que ocupó el fascismo fue el de la construcción del discurso nacionalsindicalista. Y se ejecutó en estrecha relación con el pensamiento tradicionalista católico. “El fascismo ofrecía envidiables aspectos de modernización, de tensión militante, de atractivo juvenil y de llamada permanente a la nacionalización de masas, dando a su propaganda una singular vehemencia revolucionaria”, añade el autor.

Otra característica propia del fascismo español es que fue el único caso revocable: es alterado sin echar a nadie del nuevo proyecto, sin romper con el 18 de julio. Ferran Gallego explica que el fascismo consigue evolucionar a una realidad propia basada en la idea del imperio católico, frustrado tras la derrota del siglo XVII.  

En ese sentido, el historiador cita a Rafael Sánchez Mazas, quien defendía el establecimiento del mito de la nación y el mito del Imperio. “La misión de destino, como misión nacional en el mundo tiene esta disyuntiva: imperar o languidecer”. La tarea era rehacer España, actualizar la tradición y hacer de las raíces y los orígenes la originalidad española.

 “Todo nuestro avance está aquí: en el retroceso a las virtudes y razones que dieron a España en los siglos fuerza y esplendor”, escribe en Estado e Historia (1933).


Francisco Javier Conde avisa en 1942 que el totalitarismo no había sido todo lo satisfactorio que se esperaba para superar el "fracaso" del Estado liberal. La alternativa era regresar a la doctrina que inspiró el Estado imperial español y demostrar que el pensamiento católico moderno podía enfrentarse a la torcida evolución política de la Europa protestante.

“El español de hoy cuenta entre sus posibilidades con una que desde hace siglos ha perdido el europeo: la de ser movilizado desde la raíz por lo religioso”, escribió Conde, uno de los intelectuales más importantes del franquismo.

El proyecto nacionalista español no miraba al futuro o al pasado exclusivamente, sino a ambos a la vez. Este era el punto de encuentro entre todas las diferencias que pudieran existir entre falangistas y sectores de extrema derecha. Según Gallego el franquismo combinó represión y convencimiento.

 “Se hizo con sutileza, erudición y potencia del discurso. Pero éste ha sido infravalorado para protegernos. El franquismo no era ignorante. No era mera retórica”, cuenta.  (...)

“La tarea debía subrayar la continuidad entre el proceso de fascistización y la consolidación del Nuevo Estado”. La elite académica se reafirmó en sus aseveraciones doctrinales desde antes de la guerra hasta los años de la transición, según explica el autor.

 Se formaron en la Alemania, donde los intelectuales de la “revolución conservadora” proporcionaban, desde los años veinte, propuestas para la construcción del nuevo Estado alemán, en el que debía ser abolida la democracia parlamentaria. Los pensadores franquistas “habían evolucionado radicalizando sus posiciones a medida que se aproximaba la guerra civil, convirtiendo sus simpatías hacia el fascismo en una identificación española con sus planteamientos”.  

El fascismo no era un proyecto político más, era “la esencia de la nación”. “La única forma de ser español, porque saca el ser originario. Por eso no puede entender la pluralidad”. Parece que Ferran Gallego se acerca vertiginosamente el presente, pero aclara que el fascismo corresponde a su época, que es un dinosaurio adaptado a un ecosistema y que cuando éste cae, lo hace el dinosaurio. Fallece en 1945. (...)"           (El Confidencial, 09/05/2014)