" Se habla de que entramos en una nueva
era, en un nuevo paradigma: ruptura del multilateralismo, proteccionismo
económico, negacionismo generalizado, desacreditación de la democracia,
dominio de los llamados tecno-magnates, búsqueda de liderazgos
atribulados por redes sociales. Lo contrario, lo vigente pero en
peligro, es, con todos los matices y críticas, la idea de una
globalización compartida, la apertura comercial, la conciencia del
problema climático y de la emergencia energética y la capacidad de las
instituciones democráticas. Lo comentaba Andrea Rizzi, en un interesante
artículo (“Guerras, desastres climáticos y magnates: los retos del
año”, Ideas, 504, 5 de enero de 2025): este cambio de paradigma
no sabemos cómo se va a dirimir, si en mesas de negociación o en campos
de batalla. Nos adentramos en una fase, sea cual sea la denominación
que le demos, de gran incertidumbre en un sentido preciso: el
cuestionamiento del estado actual amparado por las democracias
liberales, en una dirección que nada tiene que ver con procesos de
mejora, sino más bien de formación de escenarios dogmáticos y
autoritarios. Distopías impulsadas por personajes que utilizan el caos
como arma de dominación. Una regresión en toda regla.
Se está hablando de tecnofeudalismo, concepto acuñado por Cédric Durand (El capital ficticio, Ned Ediciones, Madrid, 2018; Tecnofeudalismo. Crítica a la economía digital, La Cebra, Donostia, 2021. Ver un excelente comentario en Gemma Cairó-i-Céspedes, Revista de Economía Crítica, 33, 2022) y que Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto,
Barcelona, 2024) ha seguido explorando: auge de monopolios
des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas
de rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter
privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas por
la propiedad del “capital en la nube”. Se trata de transformaciones
profundas en la economía global, que afectan a su vez a la esfera
financiera. Es la transición hacia una economía que conoce avances
relevantes en el plano tecnológico, pero con claros retrocesos
políticos.
Estos
importantes desempeños de la tecnología punta, proveniente de la
Industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial, están suponiendo un control
social por la gran conexión de la población con las plataformas
digitales. La dominación de los potentes conglomerados tecnológicos y la
dependencia de los individuos, junto al incremento descomunal de los
beneficios de aquellas empresas, culminan con conductas excéntricas con
fines improductivos por parte de los tecno-magnates. Lo que antaño eran
el consumo de lujo y la guerra se repite de nuevo, si bien con otras
formulaciones: carreras espaciales que pretenden llegar a Marte e
incursiones en el mundo de la política alimentando la crispación, el
desorden, la manipulación y, por qué no, también la guerra. Estamos ante
un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha
caracterizado –y sigue caracterizando– la etapa del capital financiero,
si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital
introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la
gleba, para Durand y Varoufakis.
Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo, concepto aportado por Edward Luttwak (Turbocapitalismo. Quiénes ganan y quiénes pierden en la globalización,
Crítica, Barcelona, 2009), que se sintetiza así: el desarrollo de una
economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio. El
turbocapitalismo arranca de los procesos des-regulatorios de los inicios
de la era neoliberal, desde la década de 1980, que entierran el
paradigma de la economía keynesiana que había funcionado de forma
notable desde 1945/1950 hasta el estallido de las crisis energéticas de
1973 y 1979 y el proceso de estanflación. Las desregulaciones afectaron
de manera remarcable al sistema financiero, alimentando además toda una
constelación de productos derivados sustentados en una sofisticada
ingeniería financiera –estimulada por las nuevas tecnologías de la
información y la comunicación– que arrasó en Wall Street.
La
obsesión por una libertad económica sin control alguno, con la premisa
de que el problema económico central residía en el Estado y no en el
mercado y que, por tanto, se debía recortar el gasto público –el social
de forma preeminente; pero no el militar, como se demostró con el
programa de Ronald Reagan de la “guerra de las galaxias”–, consagró las
tesis más conservadoras en el pensamiento económico, con líneas
específicas de actuación: privatización de empresas y servicios
públicos, reducción de costos laborales unitarios tensionando los
salarios a la baja, rechazo a las negociaciones sindicales, dominio de
lo privado sobre lo público, rebajas impositivas a las franjas más ricas
de la población. Consecuencias: déficits gemelos en la economía de
Estados Unidos, comercial y presupuestario. Un fracaso.
El enlace de ambos conceptos parece clave: la aceleración del proceso
de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía
financiera sobre la real es cada vez más contundente, según las
investigaciones de Costas Lapavitsas (Beneficios sin producción,
Traficantes de sueños, Madrid, 2016); y el brutal avance y
consolidación de la microelectrónica digital, que aparentemente extiende
posibilidades democráticas a la población, pero que acaba por ejercer
un dominio aplastante sobre la misma al generar una dependencia directa
de las plataformas, un empuje que se nutre de la expansión del
capitalismo financiero. No estamos seguros de que, como dice Varoufakis,
el capitalismo tal y como lo conocemos haya muerto; o, en expresión de
Cairó-i-Céspedes, estemos ante un capitalismo senil. El sistema
económico ha tenido y tiene capacidades innegables de mutación en
coyunturas críticas, en etapas en las que muchos preconizaban su caída
utilizando, entre otros indicadores, la evolución de la tasa de
beneficio. Por el contrario, la fortaleza de esa senilidad es firme y,
tal vez, el turbo sigue estando bien activo en los principales motores
del crecimiento económico que nutre el sistema: las nuevas tecnologías
emergentes con la Industria4.0.
Las
relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas
históricamente, si nos remontamos a la época medieval. Pero lo que
permanece inmutable son dos factores: en primer término, quiénes
controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un
nuevo consenso que complementa el ya conocido Consenso de Washington, y
que es el Consenso del Silicon Valley; y, en segundo lugar, el marcador
de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de
producción en las que asalariados, profesionales y colectivos
vulnerables –ubicados en mercados libres– no tienen ni informaciones
simétricas ni capacidades tangibles para revertir fenómenos como, por
ejemplo, la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra
mutación. No apreciamos semejanzas extremas con el feudalismo. Y sí
observamos procesos de transición que, también históricamente, han
durado siglos: no se han dirimido en poco tiempo, como precisamente
acaeció con el tránsito del feudalismo al capitalismo, un tema que
generó un intenso debate económico e historiográfico.
Preocupantes incertidumbres
Esta nueva forma del capitalismo, llamémosla como queramos, se presenta
espoleada por los cambios políticos que se han producido en las últimas
convocatorias electorales del año 2024, con la máxima expresión en los
resultados en Estados Unidos. El triunfo de Donald Trump, el ideario que
ha ido comunicando y los primeros nombramientos que ha realizado,
promueven una seria preocupación. Las incertidumbres que se abren son
numerosas. Sin embargo, podemos aventurar las tendencias posibles.
En primer término, la nueva política económica que se va a edificar
sobre preceptos de un nacionalismo fuertemente ideologizado y
excluyente. Los instrumentos, ya anunciados, son el incremento de los
aranceles a productos asiáticos, europeos y canadienses bajo la premisa
de reindustrializar un país, Estados Unidos, cuyas grandes empresas
tienen ya intereses prioritarios en otras latitudes, tanto las del
llamado “cinturón del óxido” como las de los distritos tecnológicos. La
cerrazón comercial que se infiere de tales medidas proteccionistas
pueden tener otras consecuencias, como el repunte de la inflación y, por
consiguiente, la previsible actuación de la Reserva Federal subiendo
tipos de interés –y ello impactará sobre el resto de bancos centrales–.
Si a esto se suma las amenazas de expulsión de población inmigrante, el
resultado no se augura positivo, ni social ni económicamente.
En segundo lugar, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y
de la igualdad de géneros. Las empresas que han financiado
generosamente la campaña de Trump, tanto del espectro tecnológico como
de las energías fósiles, van a exigir contrapartidas como, de hecho, ya
está haciendo el principal adalid de todo esto, Elon Musk. Musk
constituye el ejemplo de la irrupción de un personaje –hay otros– no
elegido democráticamente, pero con una incidencia tremenda en la nueva
administración por su poderío económico y su capacidad para generar
informaciones falsas y distorsionadas. Volviendo al tema ambiental, ya
en su primer mandato, Trump desautorizó las conclusiones de la Cumbre
del Clima de París, donde se fijó el horizonte de incremento de 1,5
grados centígrados. Las críticas de sus nuevos nombramientos a la
política de vacunaciones, del aborto y de la igualdad de oportunidades
entre géneros y razas, constituyen otros vectores regresivos. Volvemos
hacia atrás, en décadas.
En tercer lugar, el diseño de otra geopolítica que permeabilice las
relaciones con Rusia fortalezca la alianza con Israel, debilite la Unión
Europea y la OTAN y se distancie de China, considerada la potencia
emergente y un adversario a batir. Los conflictos vigentes –Ucrania,
Gaza, Oriente Próximo– serán piedras de toque que deberán poner en
guardia, especialmente, a los gobiernos europeos. Pero la crisis de la
Unión Europea no invita al optimismo: Francia desencajada, Alemania con
severas amenazas de triunfo de la extrema derecha y en recesión
económica, posiciones dispares en el seno de diferentes socios
comunitarios. Un caldo de cultivo para los desestabilizadores europeos,
que pretenden un retorno a un neo-nacionalismo, desde las mismas
entrañas de la Unión, con un neo-fascismo como reclamo central. Esto se
vincula, a su vez, con el ataque reiterado a las coordenadas básicas
–separación de poderes, elecciones libres, importancia del Estado del
Bienestar– de las democracias liberales, desde posicionamientos que se
engarzan con el anarco-capitalismo: ultra-liberalismo acérrimo, sin la
más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y
social.
Frente a esto, sendos documentos tratan de poner ejes claros de actuación. El de Mario Draghi (véase https://equipoeuropa.org/informe-draghi-ue-competitiva/)
propone un ambicioso plan de reindustrialización de la Unión,
focalizado en los grandes retos económico-sociales que van desde la
transición energética hasta la aplicación de nuevas tecnologías,
inteligencia artificial y defensa. Se plantea una inversión que oscila
entre 750 mil y 800 mil millones de euros anuales, si bien Draghi piensa
que buena parte debieran provenir del sector privado. Por otra parte,
el de Enrico Letta (véase: https://www.hablamosdeeuropa.es/es/Paginas/Noticias/El-Informe-Letta-el-futuro-del-mercado-%C3%BAnico-europeo-.aspx)
sobre el mercado único plantea la necesidad de capturar los factores
intangibles de la economía digital y los beneficios de la economía
circular con el objetivo de encarar el cambio climático. Apoyar la
transición verde y digital, la promoción de la paz y el respeto al
Estado de Derecho, y el reforzamiento de un mercado único –con la
apuesta por estimular el crecimiento en tamaño de las empresas– para
crear empleo y facilitar la posibilidad de hacer negocios, son otros
elementos que Letta aporta. Ambos textos son complementarios y su
aplicación supondría tres consecuencias básicas:
- La
flexibilización de las reglas fiscales europeas, es decir, una visión
más acorde con los planes de actuación que se desempeñaron con la COVID;
- La apuesta clara por la inversión pública como palanca inicial para estimular el efecto multiplicador sobre la privada;
- El reforzamiento de una gobernanza que supone establecer consensos entre formaciones con objetivos distintos.
No es fácil; pero probablemente sea esta una vía razonable de actuación, una hoja de ruta a seguir.
En definitiva, tal y como señala Laura Camargo (Trumpismo discursivo. Origen y expansión del discurso de la ola reaccionaria global,
Editorial Verbum, Madrid, 2024), Donald Trump ya está actuando, y va a
actuar más, como catalizador clave de todo este nuevo relato
reaccionario y retrógrado. Es, para Camargo, lo que denomina “trumpismo
discursivo”, que ha redefinido la comunicación política contemporánea
con la internacionalización de un estilo agresivo, simplista y
provocador para escandalizar, polarizar y confundir. Una herramienta
fundamental para ello son las redes sociales, en las que este tipo de
relatos tienen predicamento por parte de las extremas derechas del
mundo, en su defensa de nuevos regímenes de sello autoritario. La gran
damnificada es la información veraz, habida cuenta que esas
infraestructuras digitales tienen tras de si empresarios que alimentan
la desinformación, como indica Julia Cagé (Salvar los medios de comunicación, Anagrama, Barcelona, 2016). De ahí que resulte fundamental la calidad de la información más que la cantidad de la misma.
Conclusión
Creemos que el capitalismo sigue siendo un sistema fuerte, con
capacidad manifiesta de mutación, de adaptabilidad. El tecnofeudalismo,
el turbocapitalismo son, a nuestro parecer, versiones que no
particularizan al sistema, sino que son expresiones de su enorme
capacidad de cambiar, a partir de la actuación de los agentes
económicos, sociales y políticos. Las sombras de una posible crisis se
proyectarán en función de los cisnes negros que puedan aparecer, o de
las dislocaciones socio-económicas que generen los gobernantes
histriónicos. En la coyuntura actual, los datos disponibles sobre
beneficios empresariales son positivos, en el sentido de que la tasa de
ganancia crece. Decimos esto porque este indicador, que es determinante,
suele adoptarse como posible señal que aventura la posibilidad de una
recesión, en caso de caídas graves de los beneficios. Acceder a datos
sobre este asunto no suele ser sencillo. Para el caso de España,
disponemos del Observatorio de Márgenes Empresariales (https://www.observatoriomargenes.es/wme/es/),
con variables significativas desde 1994 sobre más de 800 mil empresas,
procedentes de los registros mercantiles y depositadas en la Central de
Balances del Banco de España. Para la primera mitad de 2024, las
empresas españolas ostentaban un beneficio sobre ventas del 13,6% entre
abril y junio, frente al 12,5% que se registró entre enero y marzo. La
media esperada por la Agencia Tributaria se situaría entorno al 13,5%,
tasa que supera la recogida para ejercicios pasados. Todo esto encaja
con la evolución de la trayectoria económica española: un crecimiento
del 3,1% en previsión de cierre para 2024; la creación de medio millón
de nuevos empleos; una tasa de paro de poco más del 11%; y un cuadro
macroeconómico agregado –déficit público, deuda pública– con cifras muy
razonables.
Las
magnitudes sobre crecimiento económico en Estados Unidos infieren,
igualmente, buenos resultados empresariales desde la óptica de la tasa
de beneficio. Por ello, las medidas económicas que se piensan aplicar
desde la administración Trump pueden inducir una recesión, forzándola,
sin que existan causas que la justifiquen, más allá de las fobias
ideológicas del presidente estadounidense y sus asesores. Nos
adentramos, pues, en un futuro en el que el principio de incertidumbre,
alimentado además por iniciativas de corte caótico desde una
administración desballestada, va a estar más presente que nunca. E
incidirá en todo el planeta. Tenemos ante esto una necesidad imperiosa
de seguir analizando la evolución de la economía con rigor,
perseverancia, altas dosis de paciencia y confianza en que el futuro
depare, también, alguna esperanza."
(Carles Manera, Un. Illes Balears, Econ
omistas frente a la crisis, 08/01/25)