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22/6/26

Slavoj Žižek: Por qué soy un ateo comunista que apoya al Papa... El capitalismo desenfrenado de hoy se acerca a una nueva etapa, aún más peligrosa: la del feudalismo digital. Una IA impulsada sin restricciones por el beneficio corre el riesgo de concentrar la riqueza y el poder algorítmico en manos de unos pocos monopolios tecnológicos... El Papa insiste en la necesidad de garantizar que las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos... También rechaza acertadamente cualquier forma de gestión paternalista... lo que necesitamos es una responsabilidad compartida de todos nosotros, no una nueva élite que enmascare su poder brutal con un falso rostro humano. Y, para dejar este punto aún más claro, el Papa insiste en que el desarrollo algorítmico no puede dejarse únicamente en manos de la "mano invisible" del mercado libre, se necesita una nueva forma de acción social... La pregunta que deberíamos hacernos aquí es: ¿quién, entonces, se acerca a la figura del Anticristo contra la que el Papa nos advierte? La respuesta es fácil, la misma persona que, en un acto de brutal ironía, ataca permanentemente a sus oponentes calificándolos de figuras del Anticristo: Peter Thiel... Describe a quienes presionan por la regulación tecnológica como precursores del Anticristo... Thiel aboga por una dictadura total de la IA, pero basada en la religión conservadora y el poder estatal para mantener la estabilidad y la cohesión social... Acierta en su presunción de que en nuestras sociedades, que aún mantienen la apariencia de apertura, la unidad y la cohesión no pueden imponerse mediante medidas estatales e ideológicas directas y contundentes (como en Rusia y China), así que ¿por qué no hacerlo a través del espacio digital, controlando y regulando lo que la gente piensa y cómo actúa mediante el uso despiadado de sus deseos miméticos? De este modo, podemos combinar el liberalismo total fuera del control estatal (de los amos neofeudales de la IA como Thiel) con el control de los individuos ejercido por el estado y la religión

"El capitalismo desenfrenado de hoy se acerca a una nueva etapa, aún más peligrosa: la del feudalismo digital. Una IA impulsada sin restricciones por el beneficio corre el riesgo de concentrar la riqueza y el poder algorítmico en manos de unos pocos monopolios tecnológicos. Son muchos los críticos que señalan diferentes aspectos de esta amenaza, pero lo que echábamos en falta hasta ahora era una visión general claramente escrita que ofreciera un análisis del papel que desempeña la IA en nuestras sociedades, evitando tanto la trampa de rechazar la IA como algo inherentemente malvado como la de elevarla a un instrumento de solución milagrosa para nuestros mayores problemas. 

Lo que ningún político o teórico social ha sido capaz de hacer, la encíclica del Papa León, *Magnifica humanitas*, lo ha logrado de manera insuperable. Su punto de partida es que la tecnología nunca es neutral, porque adopta las características de quienes la conciben, financian, regulan y utilizan. El Papa insiste en la necesidad de garantizar que las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos, ampliando así la brecha entre los incluidos y los excluidos de la revolución digital. También rechaza acertadamente "cualquier forma de gestión paternalista o basada en el estado del bienestar de la vida social": lo que necesitamos es una responsabilidad compartida de todos nosotros, no una nueva élite que enmascare su poder brutal con un falso rostro humano. Y, para dejar este punto aún más claro, el Papa insiste en que el desarrollo algorítmico no puede dejarse únicamente en manos de la "mano invisible" del mercado libre: se necesita una nueva forma de acción social.

La pregunta que deberíamos hacernos aquí es: ¿quién, entonces, se acerca a la figura del Anticristo contra la que el Papa nos advierte? La respuesta es fácil: la misma persona que, en un acto de brutal ironía, ataca permanentemente a sus oponentes calificándolos de figuras del Anticristo. Peter Thiel, el fundador de la empresa de inteligencia de datos Palantir Technologies —contratista del Pentágono cuyos sistemas de IA se utilizan en el ataque estadounidense e israelí contra Irán— está preocupado por el riesgo de un "estado totalitario y mundial" que obstaculice el progreso científico y tecnológico. Describe a quienes presionan por la regulación tecnológica como precursores del Anticristo:

"La forma en que el Anticristo se apoderaría del mundo es hablando sin parar del Armagedón. Hablando sin parar del riesgo existencial, y esto es lo que hay que regular. Lo que tiene resonancia política es: necesitamos detener la ciencia, necesitamos decir 'alto' a esto".1

Entonces, ¿qué características concretas convierten al estado de Thiel en una figura del Anticristo? Thiel menciona los "tratados fiscales, la vigilancia financiera y la arquitectura de sanciones" como rasgos definitorios del sistema internacional de gobernanza "parecido al Anticristo". Thiel explica cómo "se ha vuelto bastante difícil ocultar el dinero" a raíz de la Ley Patriota, el estado administrativo "extenso" (el Departamento del Tesoro, en particular) y la red de mensajería internacional conocida como SWIFT, que los bancos utilizan para procesar pagos globales. Todos estos factores hacen imposible "escapar de la tributación global si eres ciudadano estadounidense".2

En este sentido, Thiel es efectivamente un fascista liberal. Aboga por una dictadura total de la IA, pero basada en la religión conservadora y el poder estatal para mantener la estabilidad y la cohesión social. Acierta en su presunción de que en nuestras sociedades, que aún mantienen la apariencia de apertura, la unidad y la cohesión no pueden imponerse mediante medidas estatales e ideológicas directas y contundentes (como en Rusia y China), así que ¿por qué no hacerlo a través del espacio digital, controlando y regulando lo que la gente piensa y cómo actúa mediante el uso despiadado de sus deseos miméticos? De este modo, podemos combinar el liberalismo total fuera del control estatal (de los amos neofeudales de la IA como Thiel) con el control de los individuos ejercido por el estado y la religión. Por eso Thiel no está solo en su proyecto. A mediados de abril de 2026, Palantir publicó un resumen de 22 puntos de *The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West*, el libro de 320 páginas que el multimillonario CEO coescribió y publicó a principios de 2025. El punto principal de su manifiesto3 es que Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso. La élite ingenieril de Silicon Valley tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación. (...)"

 (Slavoj Žižek , blog, 20/06/26, traducción Deep Seek) 

15/6/26

¿Qué es el tecnofeudalismo? Es la hipótesis de que las plataformas digitales han transformado la economía tan profundamente que ya no es capitalista. En un sistema así, el poder y la riqueza no provienen de la producción de bienes, sino de la renta que un puñado de corporaciones cobran por el acceso a la infraestructura que poseen... Varoufakis ve una diferencia fundamental con el capital tradicional. Las máquinas de fábrica o los equipos agrícolas se utilizan para producir bienes. El capital nube no produce nada directamente: crea y controla el entorno digital donde la gente comercia, socializa y trabaja, y los dueños de las plataformas obtienen ingresos de su control sobre ese entorno y el acceso a él (forklog)

"¿Qué es el tecnofeudalismo?

### 1. ¿Por qué "feudalismo"?

El tecnofeudalismo es la hipótesis de que las plataformas digitales han transformado la economía tan profundamente que ya no es capitalista. En un sistema así, el poder y la riqueza no provienen de la producción de bienes, sino de la renta que un puñado de corporaciones cobran por el acceso a la infraestructura que poseen.

La analogía feudal es directa. En la Edad Media, los campesinos trabajaban la tierra propiedad de un señor y entregaban parte de la cosecha por el derecho a permanecer en ella. Sus defensores argumentan que las plataformas digitales son la nueva tierra. Los comerciantes, desarrolladores y usuarios dependen de ellas como los campesinos dependían de los feudos, y entregan una parte de sus ingresos a los propietarios.

### 2. ¿Quién acuñó el término?

El nombre más asociado con el tecnofeudalismo es Yanis Varoufakis — el economista, exministro de finanzas griego y autor del bestseller de 2023 "Tecnofeudalismo: Lo que mató al capitalismo". Pero la visión de las redes y plataformas digitales como una nueva forma de dominación surgió al menos dos décadas antes.

En 2002, Alexander Bard y Jan Söderqvist describieron a los "netócratas" —una nueva élite de la sociedad digital que controla los flujos de información— en su libro "Netocracia: La nueva élite del poder y la vida después del capitalismo".

En 2004, el teórico de los medios McKenzie Wark introdujo la "clase vectorialista" —propietarios de los canales de transmisión de información— en "Manifiesto Hacker".

En 2014, los investigadores Vasilis Kostakis y Michel Bauwens, en "Sociedad Red y Escenarios Futuros para una Economía Colaborativa", propusieron el concepto de "capitalismo netárquico" —un régimen en el que plataformas controladas centralmente organizan interacciones de usuarios para acumular capital. Lo llamaron una "forma neofeudal del capitalismo cognitivo": los usuarios crean valor, mientras los dueños de las plataformas lo monetizan.

La obra "Tecnofeudalismo: Crítica de la economía digital" (2020) del economista Cédric Durand ha influido fuertemente en la comprensión moderna del término.

La teórica política Jodi Dean, en "La tumba del capital: Neofeudalismo y la nueva lucha de clases" (2025), desarrolla la idea de que el capitalismo está dando paso gradualmente a un nuevo sistema de poder y dependencia.

El tecnofeudalismo, entonces, no es la teoría de una sola persona, sino un concepto moldeado por años de debate entre filósofos y estudiosos de la sociedad digital. Varoufakis lo llevó a un público más amplio y atrajo la atención de los medios, actuando más como un divulgador que como un pionero.

### 3. ¿Qué son el capital nube y la renta de la nube?

El capital nube es una nueva forma de capital materializada en plataformas digitales, algoritmos y conjuntos de datos. No solo extrae beneficios de la actividad del usuario, sino que también moldea preferencias al dirigir la atención y el comportamiento a través de motores de búsqueda, sistemas de recomendación y otros servicios. Wark llamaría a esto control sobre el "vector", mientras que Varoufakis lo describe como poseer los "medios de modificación de la conducta".

Varoufakis ve una diferencia fundamental con el capital tradicional. Las máquinas de fábrica o los equipos agrícolas se utilizan para producir bienes. El capital nube no produce nada directamente: crea y controla el entorno digital donde la gente comercia, socializa y trabaja, y los dueños de las plataformas obtienen ingresos de su control sobre ese entorno y el acceso a él.

Estos ingresos se llaman renta de la nube. Por ejemplo, un desarrollador distribuye una aplicación a través de la App Store, y el dueño de la tienda se queda con una parte de las ventas y las compras dentro de la aplicación. Desde la perspectiva del tecnofeudalismo, la fuente de estos ingresos no es la creación del producto en sí, sino el control sobre la infraestructura digital a través de la cual fluyen los datos y los pagos.

### 4. ¿Quiénes son los capitalistas vasallos, los proletarios de la nube y los siervos?

Varoufakis divide a los participantes en la economía tecnofeudal en cuatro grupos:

- **Propietarios del capital nube**: los dueños de las plataformas digitales y los sistemas algorítmicos. Controlan la infraestructura donde ocurren las compras, búsquedas, comunicaciones y el entretenimiento, y extraen renta de ella.

- **Capitalistas vasallos**: empresas que producen bienes y servicios reales pero dependen de las plataformas. Un fabricante de bicicletas eléctricas en Alibaba o un vendedor en Amazon entrega parte de su beneficio al dueño de la plataforma y termina subordinado, aunque formalmente siga siendo capitalista.

- **Proletarios de la nube**: repartidores, conductores de aplicaciones de movilidad, personal de almacenes y otros trabajadores cuyo trabajo es organizado por algoritmos. Se les paga por turno o tarea, pero no poseen la plataforma ni establecen las condiciones laborales.

- **Siervos de la nube**: los usuarios comunes. Cada publicación, "me gusta", comentario o consulta de búsqueda se convierte en datos y contenido que el servicio monetiza. A diferencia de los empleados, los siervos de la nube normalmente no reciben pago por ello.

"Cada vez que subes un video a TikTok, Facebook o Instagram, aumentas el valor de esas plataformas. Hacemos esto con nuestro trabajo, nuestra actividad y simplemente nuestra presencia. Así que no somos solo siervos. Somos siervos de la nube que crean capital. Y nada como esto ha existido nunca en la historia", dijo Varoufakis en una entrevista con WIRED.

### 5. ¿Realmente no es capitalismo?

No todos están de acuerdo con la afirmación de Varoufakis de que el capitalismo ha dado paso a un nuevo sistema. Los críticos reconocen que las plataformas digitales han cambiado radicalmente la economía, pero dicen que eso no implica necesariamente un giro hacia el feudalismo.

Una de las críticas más detalladas proviene del tecnólogo Evgeny Morozov. En su ensayo "Crítica de la razón tecnofeudal" y en una entrevista con Jacobin, argumenta que los defensores del concepto confunden características del capitalismo contemporáneo con señales de un orden fundamentalmente nuevo.

Cuando las corporaciones controlan plataformas, imponen tarifas, gestionan los datos de los usuarios y dictan las reglas del mercado, es tentador concluir: "Esto ya no es capitalismo".

Morozov califica esa conclusión de prematura. El capitalismo, señala, nunca se redujo a la libre competencia y la innovación. Las grandes empresas siempre han buscado consolidar su poder, acaparar recursos clave y utilizar su posición para obtener ganancias adicionales. Plataformas como Google, Amazon o Meta hacen esto de nuevas maneras, pero la lógica subyacente sigue siendo la misma.

Los gigantes tecnológicos continúan invirtiendo: construyen centros de datos, expanden la infraestructura digital, desarrollan nuevos productos, invierten miles de millones de dólares en investigación y contratan a cientos de miles de empleados. Para Morozov, esto es importante porque estas corporaciones no solo cobran rentas de plataforma; crecen y compiten entre sí.

Por lo tanto, sugiere ver la economía de plataformas no como un orden postcapitalista o feudal, sino como una forma de capitalismo contemporáneo. En su opinión, las plataformas digitales han amplificado las tendencias de larga data del sistema capitalista —concentración del poder, monopolización del mercado y extracción de rentas— sin crear una forma fundamentalmente nueva de organizar la economía.

### 6. ¿Qué dice Varoufakis sobre Bitcoin?

Varoufakis dedica un capítulo aparte a los activos digitales: "Las falsas promesas de las criptomonedas". Comienza con un paralelo histórico. En "Utopía", Tomás Moro reflexionó sobre cómo liberar a la sociedad de los vicios feudales. "La ciudad del sol" de Tommaso Campanella argumentaba que el poder debería pertenecer a los artesanos en lugar de a las élites parasitarias. El economista ve a los criptoentusiastas como herederos de esta búsqueda de un orden social más justo.

"[Su] fe en el poder de las criptotecnologías es tanto una reacción al tecnofeudalismo como la Utopía original lo fue al feudalismo", escribe Varoufakis.

Dice que, después de la crisis financiera de 2008, Bitcoin inspiró a una amplia gama de personas, pero con el tiempo prevaleció la "facción libertaria del movimiento cripto".

"Para ellos, el enemigo número uno siempre fueron los bancos centrales, a los que retrataban como una especie de Iglesia Católica que insistía en mediar entre las personas y sus sagradas ganancias, mientras se presentaban a sí mismos como modernos Martín Lutero, proclamando una Reforma Protestante. Así, un movimiento cripto que inicialmente atrajo tanto a anarquistas como a socialistas se convirtió en un mercado de divisas extremadamente volátil donde cualquiera lo suficientemente hábil en la nueva tecnología blockchain acuñaba sus propias 'monedas', tratando de aumentar su valor en dólares antes de retirar su efectivo. Su desprecio ideológico por el dinero fiduciario, o creado por el estado, resultó ser un engaño para emitir su propio dinero fiduciario. Para cuando un bitcoin se negociaba por encima de los veinte mil dólares en 2017, el aura emancipadora inicial de la criptomoneda se había evaporado", dice el libro.

En opinión de Varoufakis, los principales beneficiarios de la tecnología se convirtieron en las mismas instituciones a las que inicialmente se oponía. Señala ejemplos como las plataformas blockchain de JPMorgan y Microsoft, y las soluciones de Goldman Sachs, Mastercard y Visa.

"En lugar de guiarnos gradualmente hacia la utopía, la criptomoneda se ha convertido en otro instrumento de las finanzas en la nube y en un motor de la acumulación de capital en la nube", concluye.

Varoufakis califica a blockchain como una respuesta brillante a una pregunta "que todavía no hemos formulado". Pero si la pregunta es cómo arreglar el capitalismo o derrocar el tecnofeudalismo, argumenta, no es la herramienta para ello.

"Esto no significa que las criptotecnologías nunca resulten útiles para los progresistas. Si y cuando logremos socializar el capital nube y democratizar nuestra economía, las tecnologías blockchain serán útiles", admite." 

(forklog, 12/06/26, traducción Deep Seek, enlaces en el original) 

13/1/25

Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y Silicon Valley ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras (consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales)... El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización... Silicon Valley cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación... la inteligencia artificial puede reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión... Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia... La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes... Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político (Esteban Hernández)

 "Peter Thiel es uno de los empresarios tecnológicos con más prestigio y una figura fundamental en el capital riesgo de Silicon Valley. Fundó PayPal, el dinero que gestiona ha apoyado a empresas como Facebook, Tesla, Uber o Airbnb y es el CEO de Palantir. Forma parte de esa aristocracia empresarial nacida con la tecnología, pero también es uno de los nombres de referencia dentro del republicanismo trumpista.

El periodista Max Chafkin firmó una biografía de Thiel, The Contrarian, en la que quedaba definido de esta manera: "Es brillante, tiene ideas visionarias y una asombrosa habilidad para saber exactamente cómo ganar. Posee la habilidad especial de ver la vida como un juego de ajedrez: utiliza a sus amigos, sus socios comerciales y las empresas de su cartera como medios para lograr un fin".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto

Thiel, que insiste en la necesidad de que existan nuevas élites en EEUU (las contraélites están triunfando), describió a la consultora McKinsey como una "estafa total". Según Thiel, "McKinsey era algo real en 1985 en Estados Unidos. Si contratabas a un consultor, en realidad te ayudaba a mejorar tu empresa porque las empresas estaban mal administradas en ese momento. La administración Reagan-Thatcher fortaleció a McKinsey porque permitió que se adquirieran más empresas y que se produjeran más fusiones y adquisiciones. Generó una reorganización de la sociedad algo brutal pero muy poderosa. Pero ahora McKinsey es un fraude total. Todo es falso. A estas alturas, McKinsey nunca va a ser otra cosa que un engaño corrupto".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto y, en general, a esa profesión. Hay dos aspectos relevantes en la posición del inversor que delimitan con precisión cuáles son los cambios que están produciéndose, la magnitud de los mismos y lo que significa el ascenso de los empresarios del capital riesgo en el nuevo gobierno republicano.

La sustitución de élites

El primero es político-social. La llegada al poder de Trump de la mano de Musk, y de gestores del capital riesgo como Thiel y Marc Andreessen, implica algo más que una suerte de alianza con el sector tecnológico. De hecho, Silicon Valley no fue particularmente afín a Trump durante su campaña, y menos todavía el personal y muchos directivos de las big tech. Ahora, con Trump en la Casa Blanca, esas compañías se están acercando a Trump, pero siempre contra la voluntad de personas como Musk o Thiel. Hay una brecha entre el venture capital y las big tech que está por cerrarse.

El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización

En todo caso, es innegable que Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y este entorno tecnológico ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras.

Ese cúmulo de consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales que han influido sobre la política durante estos años se ha visto especialmente presionado con el triunfo de los republicanos. El orden basado en reglas, las interconexiones globales, la paz comercial y la mundialización feliz eran sus dogmas. Trump los está haciendo saltar por los aires. Es un nuevo mundo que necesita de nuevas reglas, y son sectores especialmente incapaces para comprenderlas. Eso es lo que afirman Musk y Trump.

Las grandes consultoras pertenecen a ese pasado, ya no es su tiempo. Fueron útiles en algún momento, pero no ahora. Se necesitan nuevos líderes y nuevas fuentes de influencia.

La tecnología y el conocimiento humano

Hay que entender de dónde viene Peter Thiel, cuál es su recorrido y cuál su manera de pensar para comprender el desafío que lanza. Fue el primero en Silicon Valley en apoyar a Donald Trump en 2016 y es el valedor del próximo vicepresidente, J.D. Vance. Fundó PayPal y fue uno de los primeros inversores de Facebook. Pero, sobre todo, junto con Alex Karp y Stephen Cohen, creó Palantir, una exitosa empresa especializada en software y soluciones de big data para la defensa y para las agencias de inteligencia.

Palantir es una firma con mucho prestigio en un sector en el que las máquinas y la tecnología cada vez tienen mayor importancia, al mismo tiempo que disminuye la relevancia que se le da a los humanos. Thiel, como tantos otros en el Valle, cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación.

"La IA se ha convertido en una forma de que la empresa eluda su responsabilidad: afirma que solo hace lo que dice el algoritmo"

Esa superioridad de la tecnología a la hora de ofrecer soluciones, con las grandes bases de datos y la mejora de la inteligencia artificial de fondo, es una de las creencias más asentadas de nuestra época. Esa es la tarea que Palantir ha llevado a cabo. Y si ha funcionado en un ámbito tan relevante como la seguridad, puede hacerlo con mayor eficacia aún en el terreno empresarial. Más allá de la clase de instrumentos que utilicen, los consultores no dejan de aportar conocimiento humano para la gestión, y es justo eso lo que está en discusión.

El cambio de modelo

Hay otros aspectos en los que la gran consultoría podría salir perjudicada. El escritor Ted Chiang explicó de manera nítida uno de ellos en un artículo para The New Yorker. El uso de la consultoría como justificación, que es una de las prácticas más frecuentes en la empresa, estaría deslizándose hacia la IA: "Si quieres que se haga algo, pero no quieres ensuciarte las manos, McKinsey lo hará por ti. Esa huida de la responsabilidad es uno de los servicios más valiosos que ofrecen las consultorías de gestión. Los jefes tienen ciertos objetivos, pero no quieren que se les culpe por hacer lo necesario para alcanzarlos; al contratar consultores, la dirección puede decir que solo estaban siguiendo el consejo de expertos independientes. Incluso en su forma rudimentaria actual, la IA se ha convertido en la manera en que una empresa elude la responsabilidad, al afirmar que solo hace lo que dice el algoritmo, aunque haya sido la empresa la que haya encargado ese tipo de algoritmo".

La IA es un modo de ahorrar costes más que una solución eficaz. Pero da beneficios. Y eso es lo que hacían los consultores

La tecnología, en este sentido, aportaría un plus de credibilidad. Basta con afirmar que son soluciones apoyadas en datos y que han sido diseñadas con la fría objetividad de las máquinas, para que resulten menos cuestionables que las conclusiones aportadas por los consultores.

Además, existe otra realidad, que apenas se suele mencionar, pero que conforma la aplicación práctica y concreta que la inteligencia artificial está teniendo en la vida empresarial contemporánea. Por más que se expresen grandes posibilidades futuras, lo cierto es que "la IA se reduce a analizar una tarea que realizan los seres humanos y a encontrar la manera de reemplazarlos". Es un modo de ahorro de costes mucho más que una solución eficiente. Pero dado que el propósito de las firmas es ampliar la cantidad de beneficios, se trata de un instrumento útil. Eso es justo lo que hacían los consultores. Lo que nos viene a decir Thiel es que no solo se pueden reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión. Su sector tiene los instrumentos adecuados para esa tarea.

Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia. Desde la sanidad hasta la educación, pasando por múltiples áreas de administración, existe una intención expresa de ampliar el negocio aportando nuevos sistemas de gestión basados en algoritmos. Es un sector en crecimiento y que se espera explotar en los próximos años.

La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes, o al menos de llevarse una parte significativa de su negocio. De eso ha ido la tecnología hasta ahora, que se ha apoyado en modelos de negocio que trataban de evitar toda regulación (Airbnb, Uber, las redes sociales). Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político."

(Esteban Hernández , El Confidencial, 13/01/25)

9/1/25

2025: ¿Hacia dónde vamos? Tecnofeudalismo, tecnocapitalismo, turbocapitalismo... auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas... un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba... Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo... del desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio... la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente... Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, pero permanecen inmutable dos factores, primero, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso, el Consenso del Silicon Valley... y segundo, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables no tienen ni informaciones simétricas, ni capacidades para revertir la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación... la nueva política económica se va a edificar sobre un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros... ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social (Carles Manera)

" Se habla de que entramos en una nueva era, en un nuevo paradigma: ruptura del multilateralismo, proteccionismo económico, negacionismo generalizado, desacreditación de la democracia, dominio de los llamados tecno-magnates, búsqueda de liderazgos atribulados por redes sociales. Lo contrario, lo vigente pero en peligro, es, con todos los matices y críticas, la idea de una globalización compartida, la apertura comercial, la conciencia del problema climático y de la emergencia energética y la capacidad de las instituciones democráticas. Lo comentaba Andrea Rizzi, en un interesante artículo (“Guerras, desastres climáticos y magnates: los retos del año”, Ideas, 504, 5 de enero de 2025): este cambio de paradigma no sabemos cómo se va a dirimir, si en mesas de negociación o en campos de batalla. Nos adentramos en una fase, sea cual sea la denominación que le demos, de gran incertidumbre en un sentido preciso: el cuestionamiento del estado actual amparado por las democracias liberales, en una dirección que nada tiene que ver con procesos de mejora, sino más bien de formación de escenarios dogmáticos y autoritarios. Distopías impulsadas por personajes que utilizan el caos como arma de dominación. Una regresión en toda regla.

Se está hablando de tecnofeudalismo, concepto acuñado por Cédric Durand (El capital ficticio, Ned Ediciones, Madrid, 2018; Tecnofeudalismo. Crítica a la economía digital, La Cebra, Donostia, 2021. Ver un excelente comentario en Gemma Cairó-i-Céspedes, Revista de Economía Crítica, 33, 2022) y que Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto, Barcelona, 2024) ha seguido explorando: auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de  rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas por la propiedad del “capital en la nube”. Se trata de transformaciones profundas en la economía global, que afectan a su vez a la esfera financiera. Es la transición hacia una economía que conoce avances relevantes en el plano tecnológico, pero con claros retrocesos políticos.

                Estos importantes desempeños de la tecnología punta, proveniente de la Industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial, están suponiendo un control social por la gran conexión de la población con las plataformas digitales. La dominación de los potentes conglomerados tecnológicos y la dependencia de los individuos, junto al incremento descomunal de los beneficios de aquellas empresas, culminan con conductas excéntricas con fines improductivos por parte de los tecno-magnates. Lo que antaño eran el consumo de lujo y la guerra se repite de nuevo, si bien con otras formulaciones: carreras espaciales que pretenden llegar a Marte e incursiones en el mundo de la política alimentando la crispación, el desorden, la manipulación y, por qué no, también la guerra. Estamos ante un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado –y sigue caracterizando– la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba, para Durand y Varoufakis.

Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo, concepto aportado por Edward Luttwak (Turbocapitalismo. Quiénes ganan y quiénes pierden en la globalización, Crítica, Barcelona, 2009), que se sintetiza así: el desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio. El turbocapitalismo arranca de los procesos des-regulatorios de los inicios de la era neoliberal, desde la década de 1980, que entierran el paradigma de la economía keynesiana que había funcionado de forma notable desde 1945/1950 hasta el estallido de las crisis energéticas de 1973 y 1979 y el proceso de estanflación. Las desregulaciones afectaron de manera remarcable al sistema financiero, alimentando además toda una constelación de productos derivados sustentados en una sofisticada ingeniería financiera –estimulada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación– que arrasó en Wall Street.

La obsesión por una libertad económica sin control alguno, con la premisa de que el problema económico central residía en el Estado y no en el mercado y que, por tanto, se debía recortar el gasto público –el social de forma preeminente; pero no el militar, como se demostró con el programa de Ronald Reagan de la “guerra de las galaxias”–, consagró las tesis más conservadoras en el pensamiento económico, con líneas específicas de actuación: privatización de empresas y servicios públicos, reducción de costos laborales unitarios tensionando los salarios a la baja, rechazo a las negociaciones sindicales, dominio de lo privado sobre lo público, rebajas impositivas a las franjas más ricas de la población. Consecuencias: déficits gemelos en la economía de Estados Unidos, comercial y presupuestario. Un fracaso.

                El enlace de ambos conceptos parece clave: la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente, según las investigaciones de Costas Lapavitsas (Beneficios sin producción, Traficantes de sueños, Madrid, 2016); y el brutal avance y consolidación de la microelectrónica digital, que aparentemente extiende posibilidades democráticas a la población, pero que acaba por ejercer un dominio aplastante sobre la misma al generar una dependencia directa de las plataformas, un empuje que se nutre de la expansión del capitalismo financiero. No estamos seguros de que, como dice Varoufakis, el capitalismo tal y como lo conocemos haya muerto; o, en expresión de Cairó-i-Céspedes, estemos ante un capitalismo senil. El sistema económico ha tenido y tiene capacidades innegables de mutación en coyunturas críticas, en etapas en las que muchos preconizaban su caída utilizando, entre otros indicadores, la evolución de la tasa de beneficio. Por el contrario, la fortaleza de esa senilidad es firme y, tal vez, el turbo sigue estando bien activo en los principales motores del crecimiento económico que nutre el sistema: las nuevas tecnologías emergentes con la Industria4.0.

Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, si nos remontamos a la época medieval. Pero lo que permanece inmutable son dos factores: en primer término, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso que complementa el ya conocido Consenso de Washington, y que es el Consenso del Silicon Valley; y, en segundo lugar, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables –ubicados en mercados libres– no tienen ni informaciones simétricas ni capacidades tangibles para revertir fenómenos como, por ejemplo, la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación. No apreciamos semejanzas extremas con el feudalismo. Y sí observamos procesos de transición que, también históricamente, han durado siglos: no se han dirimido en poco tiempo, como precisamente acaeció con el tránsito del feudalismo al capitalismo, un tema que generó un intenso debate económico e historiográfico.

Preocupantes incertidumbres

                Esta nueva forma del capitalismo, llamémosla como queramos, se presenta espoleada por los cambios políticos que se han producido en las últimas convocatorias electorales del año 2024, con la máxima expresión en los resultados en Estados Unidos. El triunfo de Donald Trump, el ideario que ha ido comunicando y los primeros nombramientos que ha realizado, promueven una seria preocupación. Las incertidumbres que se abren son numerosas. Sin embargo, podemos aventurar las tendencias posibles.

                En primer término, la nueva política económica que se va a edificar sobre preceptos de un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente. Los instrumentos, ya anunciados, son el incremento de los aranceles a productos asiáticos, europeos y canadienses bajo la premisa de reindustrializar un país, Estados Unidos, cuyas grandes empresas tienen ya intereses prioritarios en otras latitudes, tanto las del llamado “cinturón del óxido” como las de los distritos tecnológicos. La cerrazón comercial que se infiere de tales medidas proteccionistas pueden tener otras consecuencias, como el repunte de la inflación y, por consiguiente, la previsible actuación de la Reserva Federal subiendo tipos de interés –y ello impactará sobre el resto de bancos centrales–. Si a esto se suma las amenazas de expulsión de población inmigrante, el resultado no se augura positivo, ni social ni económicamente.

                En segundo lugar, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros. Las empresas que han financiado generosamente la campaña de Trump, tanto del espectro tecnológico como de las energías fósiles, van a exigir contrapartidas como, de hecho, ya está haciendo el principal adalid de todo esto, Elon Musk. Musk constituye el ejemplo de la irrupción de un personaje –hay otros– no elegido democráticamente, pero con una incidencia tremenda en la nueva administración por su poderío económico y su capacidad para generar informaciones falsas y distorsionadas. Volviendo al tema ambiental, ya en su primer mandato, Trump desautorizó las conclusiones de la Cumbre del Clima de París, donde se fijó el horizonte de incremento de 1,5 grados centígrados. Las críticas de sus nuevos nombramientos a la política de vacunaciones, del aborto y de la igualdad de oportunidades entre géneros y razas, constituyen otros vectores regresivos. Volvemos hacia atrás, en décadas.

                En tercer lugar, el diseño de otra geopolítica que permeabilice las relaciones con Rusia fortalezca la alianza con Israel, debilite la Unión Europea y la OTAN y se distancie de China, considerada la potencia emergente y un adversario a batir. Los conflictos vigentes –Ucrania, Gaza, Oriente Próximo– serán piedras de toque que deberán poner en guardia, especialmente, a los gobiernos europeos. Pero la crisis de la Unión Europea no invita al optimismo: Francia desencajada, Alemania con severas amenazas de triunfo de la extrema derecha y en recesión económica, posiciones dispares en el seno de diferentes socios comunitarios. Un caldo de cultivo para los desestabilizadores europeos, que pretenden un retorno a un neo-nacionalismo, desde las mismas entrañas de la Unión, con un neo-fascismo como reclamo central. Esto se vincula, a su vez, con el ataque reiterado a las coordenadas básicas –separación de poderes, elecciones libres, importancia del Estado del Bienestar– de las democracias liberales, desde posicionamientos que se engarzan con el anarco-capitalismo: ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social.

Frente a esto, sendos documentos tratan de poner ejes claros de actuación. El de Mario Draghi (véase https://equipoeuropa.org/informe-draghi-ue-competitiva/) propone un ambicioso plan de reindustrialización de la Unión, focalizado en los grandes retos económico-sociales que van desde la transición energética hasta la aplicación de nuevas tecnologías, inteligencia artificial y defensa. Se plantea una inversión que oscila entre 750 mil y 800 mil millones de euros anuales, si bien Draghi piensa que buena parte debieran provenir del sector privado. Por otra parte, el de Enrico Letta (véase: https://www.hablamosdeeuropa.es/es/Paginas/Noticias/El-Informe-Letta-el-futuro-del-mercado-%C3%BAnico-europeo-.aspx) sobre el mercado único plantea la necesidad de capturar los factores intangibles de la economía digital y los beneficios de la economía circular con el objetivo de encarar el cambio climático. Apoyar la transición verde y digital, la promoción de la paz y el respeto al Estado de Derecho, y el reforzamiento de un mercado único –con la apuesta por estimular el crecimiento en tamaño de las empresas– para crear empleo y facilitar la posibilidad de hacer negocios, son otros elementos que Letta aporta. Ambos textos son complementarios y su aplicación supondría tres consecuencias básicas:

  • La flexibilización de las reglas fiscales europeas, es decir, una visión más acorde con los planes de actuación que se desempeñaron con la COVID;
  • La apuesta clara por la inversión pública como palanca inicial para estimular el efecto multiplicador sobre la privada;
  • El reforzamiento de una gobernanza que supone establecer consensos entre formaciones con objetivos distintos.

No es fácil; pero probablemente sea esta una vía razonable de actuación, una hoja de ruta a seguir.

                En definitiva, tal y como señala Laura Camargo (Trumpismo discursivo. Origen y expansión del discurso de la ola reaccionaria global, Editorial Verbum, Madrid, 2024), Donald Trump ya está actuando, y va a actuar más, como catalizador clave de todo este nuevo relato reaccionario y retrógrado. Es, para Camargo, lo que denomina “trumpismo discursivo”, que ha redefinido la comunicación política contemporánea con la internacionalización de un estilo agresivo, simplista y provocador para escandalizar, polarizar y confundir. Una herramienta fundamental para ello son las redes sociales, en las que este tipo de relatos tienen predicamento por parte de las extremas derechas del mundo, en su defensa de nuevos regímenes de sello autoritario. La gran damnificada es la información veraz, habida cuenta que esas infraestructuras digitales tienen tras de si empresarios que alimentan la desinformación, como indica Julia Cagé (Salvar los medios de comunicación, Anagrama, Barcelona, 2016). De ahí que resulte fundamental la calidad de la información más que la cantidad de la misma.

Conclusión

                Creemos que el capitalismo sigue siendo un sistema fuerte, con capacidad manifiesta de mutación, de adaptabilidad. El tecnofeudalismo, el turbocapitalismo son, a nuestro parecer, versiones que no particularizan al sistema, sino que son expresiones de su enorme capacidad de cambiar, a partir de la actuación de los agentes económicos, sociales y políticos. Las sombras de una posible crisis se proyectarán en función de los cisnes negros que puedan aparecer, o de las dislocaciones socio-económicas que generen los gobernantes histriónicos. En la coyuntura actual, los datos disponibles sobre beneficios empresariales son positivos, en el sentido de que la tasa de ganancia crece. Decimos esto porque este indicador, que es determinante, suele adoptarse como posible señal que aventura la posibilidad de una recesión, en caso de caídas graves de los beneficios. Acceder a datos sobre este asunto no suele ser sencillo. Para el caso de España, disponemos del Observatorio de Márgenes Empresariales (https://www.observatoriomargenes.es/wme/es/), con variables significativas desde 1994 sobre más de 800 mil empresas, procedentes de los registros mercantiles y depositadas en la Central de Balances del Banco de España. Para la primera mitad de 2024, las empresas españolas ostentaban un beneficio sobre ventas del 13,6% entre abril y junio, frente al 12,5% que se registró entre enero y marzo. La media esperada por la Agencia Tributaria se situaría entorno al 13,5%, tasa que supera la recogida para ejercicios pasados. Todo esto encaja con la evolución de la trayectoria económica española: un crecimiento del 3,1% en previsión de cierre para 2024; la creación de medio millón de nuevos empleos; una tasa de paro de poco más del 11%; y un cuadro macroeconómico agregado –déficit público, deuda pública– con cifras muy razonables.

                Las magnitudes sobre crecimiento económico en Estados Unidos infieren, igualmente, buenos resultados empresariales desde la óptica de la tasa de beneficio. Por ello, las medidas económicas que se piensan aplicar desde la administración Trump pueden inducir una recesión, forzándola, sin que existan causas que la justifiquen, más allá de las fobias ideológicas del presidente estadounidense y sus asesores. Nos adentramos, pues, en un futuro en el que el principio de incertidumbre, alimentado además por iniciativas de corte caótico desde una administración desballestada, va a estar más presente que nunca. E incidirá en todo el planeta. Tenemos ante esto una necesidad imperiosa de seguir analizando la evolución de la economía con rigor, perseverancia, altas dosis de paciencia y confianza en que el futuro depare, también, alguna esperanza."

(Carles Manera, Un. Illes Balears, Economistas frente a la crisis, 08/01/25)

24/7/24

Varoufakis: “Los señores tecnofeudales son la nueva clase dominante”... En este nuevo modo de extracción de valor, donde los dos pilares del capitalismo han sido marginados (el mercado es reemplazado por plataformas digitales y las ganancias por las rentas de la nube), la IA simplemente acelera el poder de los propietarios del capital de la nube

 "(...) —Yanis, ¿podrías resumir tu idea de economía tecnofeudal?

— El tecnofeudalismo fue introducido por el desarrollo de una nueva forma de capital que yo llamo “capital en la nube”. A diferencia del capital convencional (por ejemplo, redes eléctricas, tractores o robots industriales), que es un medio de producción producido, el capital en la nube es un medio producido para modificar nuestro comportamiento; por ejemplo, hacernos desear productos básicos que luego nos vende directamente (a través de Amazon o similares), evitando los mercados y, por lo tanto, permitiendo a los propietarios de este capital de la nube (por ejemplo, personas como Jess Bezos) extraer rentas gigantescas de la nube de vendedores y compradores.

— ¿Y qué papel juega en esa transformación del capitalismo específicamente la inteligencia artificial?

— En este nuevo modo de extracción de valor, donde los dos pilares del capitalismo han sido marginados (el mercado es reemplazado por plataformas digitales y las ganancias por las rentas de la nube), la IA simplemente acelera el poder de los propietarios del capital de la nube. Ellos son los señores tecnofeudales de nuestra era o, como yo los llamo, nuestra nueva clase dominante nubalista."               (Varoufakis, Other News, 08/07/24)

5/6/24

Ceder datos personales a los partidos: lo que Meta admite que pretendía hacer con Facebook e Instagram

 "Se presentan como herramientas electorales para ayudar al usuario a formarse una opinión antes de votar, obtener información veraz o auxiliarle a discernir entre bulos o información engañosa. Las herramientas que Meta pretendía poner en marcha en Facebook e Instagram con motivo de las elecciones europeas se presentaban con ese fin, pero la sospecha es que los datos facilitados sirvan para recabar datos idóneos para revelar las orientaciones políticas de los usuarios de ambas redes sociales. La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) se sumó el viernes a las investigaciones abiertas por la Comisión Europea e Italia y prohibió a la compañía de Mark Zuckerberg poner en marcha esas funcionalidades electorales para el 9J. Meta ya admitió en la investigación italiana en 2022 que entre los socios a los que podría ceder esos datos estaban los partidos políticos, una actividad prohibida en España.

Las aplicaciones vetadas cautelarmente en España desde el viernes y por los próximos 15 días son Election Day Information (EDI) y Voter Information Unit (VIU). La primera ya estuvo en marcha en Facebook e Instagram en las elecciones al Parlamento italiano del 25 de septiembre de 2022. Su finalidad, según transmitió Meta a los medios de ese país, era proporcionar información sobre los comicios, combatir las interferencias y eliminar contenidos que disuadieran de votar. La investigación italiana del Garante della Privacy –equivalente a la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) ese país– explica que se trataba de recordatorios electorales que redirigían a la sede del Ministerio del Interior italiano (con el que Meta no había firmado ningún acuerdo previo) para “encontrar información confiable sobre las elecciones”. Según la reciente resolución de la AEPD, VIU tendría una finalidad similar.

Sin embargo, la propia Meta reconoció a la autoridad italiana que los datos recabados mediante esas aplicaciones podrían ser agregados y compartidos “con terceros como socios de investigación, el mundo académico, socios gubernamentales”, pero también con “comités electorales”, entendiéndose por esto último los organismos de los partidos que se encargan de coordinar las campañas electorales. Según la autoridad de protección de datos italiana, la utilidad de Facebook e Instagram, implicó la recopilación de datos de los usuarios sobre su posición geográfica, su edad, el dispositivo que utilizaban para acceder a esas redes y las interacciones con esa plataforma. Y todo ello sin que los usuarios “hubieran recibido información sobre dicho tratamiento” ni dado su permiso p ara el uso de sus datos para esos fines.

“Se observa una contradicción enorme entre el propósito filantrópico-social declarado por Meta y la recopilación de datos de ciudadanos dentro de un contexto electoral”, escribió el Garante en su resolución del 21 de diciembre de 2022, en la que tomó una medida análoga a la adoptada ahora por la Agencia Española de Protección de Datos. “Se puede deducir que la finalidad de Meta no se limita a facilitar el recordatorio a medida que se acerca la fecha de la votación para ayudar a proporcionar una información correcta a los ciudadanos”, sino “una recogida de los datos provenientes de las interacciones [con EDI], su almacenamiento, un posterior proceso de agregación y la posible comunicación de los datos a terceros”.

Interés público, finalidad comercial

El acuerdo de medida provisional de la AEPD del pasado viernes recurre a argumentos similares al rechazar que la compañía de Zuckerberg pueda recabar de sus usuarios en España ese tipo de datos. Recuerda que Meta es una entidad privada con una finalidad comercial “cuya actividad principal consiste en proporcionar una plataforma de red social que se financia mediante la venta de espacios publicitarios fundamentalmente vinculada a la elaboración de perfiles de los usuarios”. Y luego añade: “La celebración de elecciones democráticas (…) y el derecho de voto constituyen un interés público incompatible con el carácter comercial de la sociedad”. Es decir, que el tratamiento de datos personales de sus usuarios obtenido en período electoral, ese “interés público”, es incompatible con la finalidad del contrato que tiene con ellos, que es privada.

El organismo de control español, como el italiano, se queja de la falta de colaboración de la dueña de Facebook e Instagram que, al responder al cuestionario que se le envió, no fue suficientemente exhaustiva. “Los datos se utilizan con la finalidad de agregarlos y cederlos a terceros”, indica la AEPD, que subraya que Meta no informa del proceso de agregación, “por lo que se desconoce si (…) permite la identificación de los usuarios”. La compañía tenía previsto lanzar EDI y VIU del 30 de mayo al 9 de junio, es decir, coincidiendo con los últimos días de la campaña electoral, la jornada de reflexión y el día de la votación. A diferencia de la agencia italiana, la española ha rechazado hacer públicos más datos de la respuesta de la tecnológica, con sede en Irlanda, a sus preguntas.

Un portavoz de Meta aseguró a la publicación tecnológica TechCrunch que sus herramientas electorales han sido “expresamente diseñadas para respetar la intimidad de los usuarios y cumplir con el Reglamento de Servicios Digitales”. También señaló que aunque la compañía esté en desacuerdo con el procedimiento español, ha colaborado con la AEPD con su petición de información. Facebook e Instagram son las dos redes más usadas en España con más de 30 millones de usuarios únicos mensuales cada una. Las dos plataformas cuentan con más de 250 millones de usuarios a nivel europeo.

Prohibidos los perfiles ideológicos

“El Tribunal Constitucional ya prohibió en 2019 que los partidos pudieran recopilar datos sobre las opiniones políticas de los ciudadanos para crear perfiles ideológicos”, recuerda el abogado y profesor especialista en Estrategia y Comunicación Digital Borja Adsuara, uno de los promotores del recurso de inconstitucionalidad presentado por el Defensor del Pueblo que dio lugar a la sentencia del alto tribunal. Esa posibilidad, declarada inconstitucional, fue introducida en Ley Orgánica de Régimen Electoral General en diciembre de 2018 con el apoyo de todos los partidos. El precepto ahora anulado permitía “la recopilación de datos personales relativos a las opiniones políticas de las personas que lleven a cabo los partidos políticos en el marco de sus actividades electorales”. El TC consideró que vulneraba el derecho fundamental a la protección de datos personales.

A ambas investigaciones nacionales, se suma el procedimiento contra Meta abierto por la Comisión Europea el pasado 30 de abril. El Ejecutivo comunitario lo abrió formalmente al considerar insuficiente el informe de evaluación de riesgos que reclamó a la compañía sobre los mecanismos con los que cuenta para luchar contra contenidos ilegales, desinformación, acceso a datos personales o el uso de inteligencia artificial generativa, a través de la cual se crean los deepfakes de fotos, imágenes y noticias falsas. La Comisión reprocha a ambas redes sociales que carezcan de una herramienta que garantice el seguimiento electoral y el discurso cívico en las elecciones europeas y en las de otros Estados miembros.

El Reglamento de Servicios Digitales impone a los grandes operadores de internet obligaciones sobre el control de sus contenidos. “Hoy hemos abierto un caso contra Meta por presunta vulneración de las obligaciones que le impone el reglamento para proteger la integridad de las elecciones”, escribió en X (antiguo Twitter) el comisario de Mercado Interior Thierry Breton. “La inadecuada moderación de publicidad se aprovecha para interferencias extranjeras y estafas”, añadió refiriéndose implícitamente a los ciberataques de Rusia. “El acceso a los datos es inadecuado para monitorear las elecciones; su herramienta para marcar el contenido ilegal no cumple la legalidad”."                (Manuel Altozano, InfoLibre, 04/06/24)

7/4/24

El capitalismo algorítmico... surgió tras dos décadas de acumulación de «capital algorítmico»... es decir, la captación de una «plusvalía» del trabajo, transformada en datos digitales; y en segundo lugar, la predicción, gracias a estos datos, del comportamiento de los usuarios. El «excedente conductual»... ¿Cómo ha podido nacer semejante distopía, que se estaba construyendo a la vista de todos desde hacía veinte años? Pudo surgir porque fue deseada. Y ante todo por los gobiernos... Lejos de controlar a las Gafam estadounidenses o a las BATX chinas, los gobiernos han preferido aliarse con ellas para desarrollar una nueva «gubernamentalidad algorítmica» incompatible con el ejercicio de la democracia... Los algoritmos se han introducido en casi todos los ámbitos del poder público: la policía, pero también la justicia –en Estados Unidos, los algoritmos recomiendan veredictos y los jueces determinan las penas adecuadas–, las prisiones –Taiwán está experimentando con «cárceles sin guardias»– e incluso la asignación de programas sociales según criterios opacos... una gran parte de la población mundial parece aceptar este estado de cosas

 "En su libro Minority Report, adaptado al cine por Steven Spielberg en 2002, el novelista estadounidense Philippe K. Dick imaginaba una sociedad distópica en la que los asesinos potenciales eran detenidos y juzgados antes incluso de cometer un asesinato. El secreto de esta justicia predictiva: mutantes con precognición.

A falta de tales mutantes, cada vez más fuerzas policiales de todo el mundo recurren a algoritmos que analizan conjuntos masivos de datos para identificar «cajas rojas», zonas en las que es probable que se produzcan delitos, que la policía puede evitar interviniendo con antelación. En la actualidad se detiene a jóvenes, en su mayoría mestizos y de clase trabajadora, por delitos que podrían cometer. La distopía se ha hecho realidad.

Para los economistas canadienses Jonathan Durand Folco y Jonathan Martineau, este fenómeno es sintomático del advenimiento de una «sociedad algorítmica», cuyo nacimiento y características analizan en su libro Le capital algorithmique.

El nuevo Eldorado del capitalismo

Esta sociedad surgió tras dos décadas de acumulación de «capital algorítmico». Mientras que muchos ensayos consideran las tecnologías algorítmicas como la inteligencia artificial (IA), las redes sociales, el reconocimiento facial, etc. independientemente del contexto en el que se produjeron, los dos autores nunca las disocian del sistema económico que les dio origen: el capitalismo, del que ahora son su núcleo.

Estas tecnologías se basan en un nuevo tipo de materia prima: los datos. El nuevo Eldorado del capitalismo, los datos, son a la vez un material que se puede extraer –mediante el análisis cuantitativo del comportamiento humano– y una mercancía que se puede vender. El capitalismo algorítmico se apoya en dos pilares. En primer lugar, la extracción masiva de lo que la socióloga estadounidense Shoshana Zuboff denominó, en su libro L’Âge du capitalisme de surveillance (Zulma, 2018), el «excedente conductual», es decir, la captación de una «plusvalía» del trabajo, transformada en datos digitales; y en segundo lugar, la predicción, gracias a estos datos, del comportamiento de los usuarios.

Los primeros capitalistas algorítmicos –Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft, los famosos «Gafams»– se convirtieron en adalides de esta nueva era del capitalismo tras la crisis económica de 2007-2008. Los autores del libro fechan en ese periodo la transición del neoliberalismo al capitalismo algorítmico. La década que siguió a la crisis financiera vio el ascenso al poder de los Gafam, que hoy son algunas de las empresas más cotizadas en bolsa, gracias a un sinfín de inventos (teléfonos inteligentes, ordenadores portátiles, un número cada vez mayor de sensores, etc.). Al mismo tiempo, los agentes económicos tradicionales han integrado los algoritmos en sus propios procesos de trabajo. La pandemia de Covid-19 y los sucesivos confinamientos habrán actuado como aceleradores –como un «gran salto digital»– de una tendencia global fundamental.

Sin embargo, los capitalistas algorítmicos no han construido su imperio únicamente sobre la eficacia de sus tecnologías. Al mismo tiempo que han aumentado la productividad, el trabajo se ha degradado y devaluado en todos los sectores. Trabajo asalariado disfrazado (Uber, Deliveroo, etc.), microtrabajo («granjas de clics», Mechanical Turk de Amazon, etc.), subcontratación a países del Sur global (formación de ChatGPT por trabajadores kenianos mal pagados por OpenAI) o incluso explotación del trabajo gratuito de los usuarios (las valoraciones dadas a tal o cual establecimiento en Google, Yelp, Airbnb, etc.): a las plataformas no les falta imaginación a la hora de fragmentar y coartar a los trabajadores que dan forma a sus algoritmos… y aumentar sus beneficios en consecuencia.

Una distopía deseada

¿Cómo ha podido nacer semejante distopía, que se estaba construyendo a la vista de todos desde hacía veinte años? Esta es una de las tesis más sólidas de las 22 de Jonathan Durand Folco y Jonathan Martineau: la sociedad algorítmica pudo surgir porque fue deseada. Y ante todo por los gobiernos. Lejos de controlar a las Gafam estadounidenses o a las BATX chinas (Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi), los gobiernos han preferido aliarse con ellas para desarrollar una nueva «gubernamentalidad algorítmica» incompatible con el ejercicio de la democracia.

Utilizando el poder de los algoritmos para determinar y dirigir los impulsos dentro de sociedades complejas, los Estados contemporáneos están convirtiendo «la información en un instrumento de política que anima a los distintos actores a actuar de determinadas maneras en lugar de otras». Los algoritmos se han introducido en casi todos los ámbitos del poder público: la policía, pero también la justicia –en Estados Unidos, los algoritmos recomiendan veredictos y los jueces determinan las penas adecuadas–, las prisiones –Taiwán está experimentando con «cárceles sin guardias»– e incluso la asignación de programas sociales según criterios opacos, incluso a los ojos de los funcionarios públicos.

A pesar de lo aterrador de este capitalismo de la vigilancia promovido tanto por gobiernos como por multinacionales, hay que decir que una gran parte de la población mundial parece aceptar este estado de cosas. Las últimas tesis de Algorithmic Capital examinan las razones de esta ambigua aceptación social. Si tanta gente equipa su casa inteligente con un frigorífico conectado que pide leche directamente cuando se le acaba, una cama inteligente que analiza la calidad del sueño y otros artilugios tecnológicos, es porque lo ven como una forma de aliviarse de parte del trabajo doméstico… todo ello sabiendo perfectamente que están abriendo la ventana de su intimidad doméstica a estas empresas.

La explotación de la intimidad puede ir aún más lejos. Además de la plétora de juguetes sexuales y muñecas hinchables inteligentes, la industria produce ahora «errobots», generalmente chatbots, como Replika, con los que los usuarios necesitados de interacción humana pueden entablar amistad o incluso formar parejas virtuales. Se completa así el círculo: frente al vacío humano que crea, el capitalismo ofrece soluciones tecnológicas… que sólo sirven para aislar aún más a los desamparados. Surge una nueva forma de subjetividad; en la era de las redes llamadas «sociales», emerge un «yo conectado», apogeo del narcisismo social, que muestra su vida privada en público y obtiene placer de ello.

«Tecnosobrios»

A pesar de todo, parece surgir un rayo de esperanza en el sombrío panorama del mundo pintado por los dos Jonathan. En su opinión, los algoritmos no son esencialmente malos, porque todo depende de cómo se utilicen. En un enfoque que pretenden «tecnosobrio» y no «tecnofóbico», estos canadienses imaginan algoritmos arrebatados al capitalismo y puestos al servicio de la democracia, con vistas a su mejor ejercicio, en el que se automatizarían los procesos complejos más laboriosos, para reducir el tiempo de trabajo y aumentar el tiempo de ocio de sus miembros.

Teniendo en cuenta el catastrófico coste medioambiental del sector digital, que los economistas están analizando en detalle, una propuesta así está aún por demostrar a largo plazo y, sobre todo, plantea dudas sobre su pertinencia: ¿realmente necesitamos automatizar algo? ¿Debemos esperar a que los algoritmos aprendan a compartir nuestro trabajo y sus frutos de forma justa?"                  (El Viejo Topo, 07/04/24, fuente Reporterre.)

24/1/24

Las consecuencias de los monopolios intelectuales... ¿Hacia qué tipo de economía nos dirigimos? ¿Está experimentando el capitalismo una transformación cualitativa hacia un «tecnofeudalismo»?

 "¿Capitalismo a la antigua? Las consecuencias de los monopolios intelectuales

¿Hacia qué tipo de economía nos dirigimos? ¿Está experimentando el capitalismo una transformación cualitativa hacia lo que Cédric Durand ha denominado «tecnofeudalismo»? La economista Cecilia Rikap aborda estas cuestiones desde una nueva perspectiva, centrándose específicamente en las relaciones de producción en el seno de los gigantes del sector digital.

 ¿Qué tipo de régimen de acumulación se está configurando hoy en día? Los rasgos distintivos de la economía atlántica contemporánea -estancamiento prolongado, producción globalizada, financiarización, redistribución ascendente de la riqueza, revolución digital en curso- han dado lugar a diversas respuestas.

En Techno-feudalism, Cédric Durand sostiene que se está produciendo una mutación cualitativa del capitalismo en su frontera digital, en la que la depredación se está convirtiendo en la principal modalidad para extraer beneficios, como en el caso de las rentas o los monopolios resultantes de decisiones políticas. Ve una analogía con las relaciones feudales de expropiación, que difiere de la restricción económica de «acumular innovando» típica de la explotación capitalista.

Evgeny Morozov se ha opuesto a esta tesis formulando una serie de críticas a los intentos, tanto de derechas como de izquierdas, de entender la evolución actual, en el sector digital o más ampliamente, por referencia a la época feudal. El capitalismo», insiste, «se mueve en la dirección en la que siempre se ha movido; está aprovechando todos los recursos que es capaz de movilizar, y con mayor gusto porque son más baratos». Dado que el capital siempre se ha basado, hasta cierto punto, en métodos extraeconómicos de acumulación, no es necesario, para comprender su dinámica contemporánea, desarrollar conceptos innovadores -o incluso no tan innovadores[1].

¿Estamos asistiendo a un desplazamiento hacia formas no capitalistas, al advenimiento de un nuevo modo de producción? ¿O, como afirma Morozov, estamos sólo ante los últimos avatares del capitalismo de viejo cuño?

Nos proponemos contribuir a estos debates centrándonos en un elemento clave del paisaje contemporáneo: las nuevas relaciones de producción vigentes en el sector digital, que el economista italiano Ugo Pagano ha denominado «capitalismo monopolista intelectual»[2]. Los gigantes de la economía digital, tanto estadounidenses -Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft- como chinos -Baidu, Alibaba, Tencent, Huawei- están a la vanguardia de estos cambios, aunque puedan identificarse tendencias similares en otras industrias. A pesar del golpe asestado a sus acciones a finales de 2022 por el fin de las políticas de flexibilización cuantitativa, los gigantes tecnológicos siguen siendo actores dominantes en el escenario del siglo XXI.

De hecho, es sorprendente observar que las empresas que tanto han prosperado en 2022 -ya sean los gigantes del petróleo (Big Oil), los gigantes farmacéuticos (Big Pharma) o los gigantes tecnológicos (Big Tech)- tienen una cosa en común: ejercen un poder de monopolio sobre otras empresas. Su diferencia radica en la naturaleza de lo que controlan -de lo que privan a los demás-, lo que tiene importantes implicaciones: los que monopolizan sistemáticamente el conocimiento y los datos ejercen un poder global de exclusión que los hace aún más resistentes.

A continuación examinaremos la novedad del poder monopolístico de los gigantes tecnológicos, los factores que lo originan y los mecanismos utilizados para consolidarlo. Me centraré en particular en Microsoft, que está codo con codo con Apple y Aramco en el podio de las tres mayores empresas del mundo en términos de capitalización bursátil.

El monopolio como relación de poder

La propiedad privada es una relación entre los que tienen y los que no tienen, a los que se priva de lo que necesitan. Como tal, la propiedad privada es la forma más general de monopolización en el capitalismo. Por lo tanto, los derechos de propiedad deben entenderse, no simplemente en términos de sujeto y objeto de propiedad, sino como una relación social. Como escribe David Graeber, pueden reducirse a «acuerdos o compromisos hechos por personas sobre cosas» -por «personas» podemos entender individuos, pero también colectivos, clases o empresas. En esta relación desigual, una de las partes puede ser la inmensa mayoría de la sociedad.

Desde este punto de vista, el monopolio, como relación de poder, incluye tanto a los que se benefician como a los que se ven privados de lo monopolizado. Esta es la concepción que se encuentra en el Estatuto de Monopolios inglés de 1623,[3] que abolió la concesión de monopolios debido a los «grandes agravios e inconvenientes» que infligían a los súbditos de Jacobo I. Estos «agravios» consistían en que los monopolios no se concedían a los súbditos. Estos «agravios» consistían en restricciones a la libertad de comprar (lo que se conoce como «monopsonio») o vender (la definición convencional de «monopolio»). Como Edward Coke, fiscal general del rey Jaime, se esforzó en señalar, la capacidad de dominar la fabricación, explotación o uso de una cosa también constituía un monopolio[4].

Como ha puesto de relieve la literatura reciente sobre el tema, el poder de monopolio no puede reducirse a un fenómeno de mercado; los sistemas jurídicos desempeñan un papel crucial en este sentido[5]. Sin embargo, también es crucial destacar los efectos de la monopolización como relación de poder. Esta fue una de las principales preocupaciones de los teóricos del «capital monopolista», que en la década de 1960 describieron una nueva etapa del desarrollo capitalista caracterizada por la existencia de gigantescas corporaciones, como General Electric, con suficiente poder de mercado para fijar los precios. El capitalismo, según la definición de Paul Sweezy, se produce «mediante la constitución, por un lado, de una clase de trabajadores sin propiedad y, por otro, de una clase capitalista de propietarios»[6]. Estos son los dos polos de una relación basada en el monopolio de los medios de producción por parte de los capitalistas, verdadera condición de posibilidad de la explotación de los trabajadores y de la apropiación del valor que crean.

Los medios de producción son heterogéneos, de modo que a la del capital sobre el trabajo pueden superponerse otras relaciones definidas por el poder del monopolio. Las particularidades de ciertas industrias, en términos de tamaño mínimo de la explotación o, más generalmente, de economías de escala, son capaces de crear monopolios naturales. La monopolización también puede referirse a un recurso, como es el caso de las empresas que monopolizan los combustibles fósiles -pensemos en Aramco y Exxon Mobil- en detrimento de quienes dependen de ellos. 

Los Estados modernos también son capaces de crear formas de relaciones monopolísticas, como las basadas en los derechos de propiedad intelectual (DPI).
La especificidad de este último tipo de monopolio, que se refiere a la propiedad intelectual, es doble. En principio, es posible que varios individuos hagan uso simultáneo de un mismo conocimiento sin privar a nadie más de él -mejor aún, se trata de una forma de multiplicar sus beneficios, como en el caso de la alfabetización universal- y sin que este uso esté circunscrito espacialmente. 

De este modo, la propiedad privada, cuando se refiere al conocimiento, genera un monopolio global sobre todas las aplicaciones que de él se derivan. Se producirá entonces una diferenciación estructural en la capacidad de las empresas para absorber nuevos conocimientos y aprender de ellos, de modo que las que se encuentren en la vanguardia del conocimiento concentrarán las mejores oportunidades de innovación futura. En segundo lugar, dado que el conocimiento interviene en todos los procesos de producción, es probable que se monopolice en cualquier sector o industria de la economía. (...)"

(

12/1/24

Cómo los 'visionarios' de Silicon Valley priorizan las ganancias sobre el verdadero progreso tecnológico... se benefician de una mitología común que eleva su estatus. Ese mito es la creencia de que los “visionarios” ejecutivos que dirigen grandes corporaciones son los motores que impulsan avances esenciales demasiado ambiciosos o futuristas para las instituciones públicas, más lentas... Sin embargo, en realidad, la mayoría de los componentes tecnológicos modernos –como las baterías de los automóviles, los cohetes espaciales, Internet, los teléfonos inteligentes y el GPS– surgieron de investigaciones financiadas con fondos públicos. No fueron el trabajo inspirado de los amos corporativos del universo... el afán de lucro que se observa en Silicon Valley (y más allá) frecuentemente impide la innovación en lugar de mejorarla... Las “instituciones de conocimiento abierto” y las cooperativas de plataformas se centran en la innovación para el bien colectivo más que para la gloria individual (John Pilger)

 "La innovación tecnológica de las últimas dos décadas ha traído fama y enorme riqueza a personas como Elon Musk, Steve Jobs, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos. A menudo festejados como genios, son los rostros detrás de los dispositivos y medios de los que muchos de nosotros dependemos. A veces son controvertidos. A veces se critica el nivel de su influencia.

 Pero también se benefician de una mitología común que eleva su estatus. Ese mito es la creencia de que los “visionarios” ejecutivos que dirigen grandes corporaciones son los motores que impulsan avances esenciales demasiado ambiciosos o futuristas para las instituciones públicas lentas.

 Porque hay muchos que consideran que el sector privado está mucho mejor equipado que el sector público para resolver desafíos importantes. Vemos esa ideología plasmada en empresas como OpenAI. Esta exitosa empresa se fundó con la premisa de que, si bien la inteligencia artificial tiene demasiadas consecuencias como para dejarla en manos de las corporaciones, el sector público es simplemente incapaz de seguir el ritmo.

 El enfoque está vinculado a una filosofía política que defiende la idea de que los empresarios pioneros sean figuras que hagan avanzar la civilización a través de pura brillantez y determinación individuales. Sin embargo, en realidad, la mayoría de los componentes tecnológicos modernos –como las baterías de los automóviles, los cohetes espaciales, Internet, los teléfonos inteligentes y el GPS– surgieron de investigaciones financiadas con fondos públicos. No fueron el trabajo inspirado de los amos corporativos del universo.

 Y mi trabajo sugiere una desconexión adicional: que el afán de lucro que se observa en Silicon Valley (y más allá) frecuentemente impide la innovación en lugar de mejorarla. Por ejemplo, los intentos de sacar provecho de la vacuna COVID tuvieron un impacto perjudicial en el acceso global al medicamento. O considere cómo las recientes incursiones en el turismo espacial parecen priorizar las experiencias de personas extremadamente ricas sobre misiones menos lucrativas pero de mayor valor científico.

  En términos más generales, la sed de ganancias significa que las restricciones a la propiedad intelectual tienden a restringir la colaboración entre (e incluso dentro) de las empresas. También hay evidencia de que las demandas a corto plazo de los accionistas distorsionan la innovación real en favor de la recompensa financiera.

  Permitir que ejecutivos centrados en las ganancias establezcan agendas tecnológicas también puede generar costos públicos. Es costoso lidiar con los peligrosos desechos de la órbita terrestre baja causados por el turismo espacial, o con las complejas negociaciones regulatorias involucradas en la protección de los derechos humanos en torno a la IA.

 Por tanto, existe una clara tensión entre las demandas de ganancias y el progreso tecnológico a largo plazo. Y esto explica en parte por qué importantes innovaciones históricas surgieron de instituciones del sector público que están relativamente aisladas de las presiones financieras de corto plazo. Las fuerzas del mercado por sí solas rara vez logran avances transformadores como los programas espaciales o la creación de Internet.

 El dominio corporativo excesivo tiene otros efectos de atenuación. Los científicos investigadores parecen dedicar un tiempo valioso a buscar financiación influenciada por intereses comerciales. También están cada vez más incentivados a ingresar al rentable sector privado. Aquí los talentos de esos científicos e ingenieros pueden dirigirse a ayudar a los anunciantes a mantener mejor nuestra atención. O se les puede encomendar la tarea de encontrar formas para que las corporaciones ganen más dinero con nuestros datos personales.

 Es menos probable que los proyectos que podrían abordar el cambio climático, la salud pública o la desigualdad global sean el centro de atención. Asimismo, las investigaciones sugieren que los laboratorios universitarios están avanzando hacia un modelo de “ciencia con fines de lucro” a través de asociaciones industriales. 

 Destino digital

 Pero la verdadera innovación científica necesita instituciones y personas guiadas por principios que van más allá de los incentivos financieros. Y afortunadamente hay lugares que los apoyan. Las “instituciones de conocimiento abierto” y las cooperativas de plataformas se centran en la innovación para el bien colectivo más que para la gloria individual. Los gobiernos podrían hacer mucho más para apoyar e invertir en este tipo de organizaciones.

 Si lo hacen, en las próximas décadas se podrían desarrollar ecosistemas de innovación más saludables que vayan más allá de las corporaciones y su gobierno ejecutivo. Crearían un ambiente de cooperación en lugar de competencia, para un beneficio social genuino.

 Todavía habrá un lugar para el peculiar “genio” de Musk y Zuckerberg y sus colegas multimillonarios de Silicon Valley. Pero confiar en sus infladas corporaciones para diseñar y dominar la innovación tecnológica es un error.

 Para un verdadero descubrimiento y progreso no se puede confiar en las mentes y motivos de unos pocos hombres famosos. Implica invertir en instituciones arraigadas en la democracia y la sostenibilidad, no sólo porque es más ético, sino porque, a largo plazo, será mucho más eficaz."

( Peter Bloom, profesor de Gestión, Universidad de Essex, Brave New Europe, 01/01/24)