"Riane Eisler (Viena, 1937) es esa profesora a la que recuerdas con
cariño. Sonríe todo el rato, hace preguntas, dialoga. Que sea, también,
una de las voces más autorizadas en el campo de la antropología y la
sociología solo aumenta el disfrute de la conversación, claro...
En 1987 Riane publicó El Cáliz y la Espada, que ha sido traducido recientemente por la editorial Capitán Swing. “El libro más importante desde El origen de las especies de
Darwin”, en palabras del antropólogo Ashley Montagu. Ya ven, casi nada.
La tesis que Eisler sostiene allí, fundada con evidencias
arqueológicas, es atractiva. ¿En resumen? Que no siempre hemos estado a
la gresca con la guerra de sexos.
Que no siempre hubo dominación. Que ni
siquiera es necesaria esa dominación. Que, hace mucho, existió otra
forma de entender el mundo. Más colaborativa, más coordinada, más
pacífica. Ella agrupa todas esas ideas bajo un componente común: el
culto a eso que denomina “la Diosa”. Deidad femenina, una y todas.
Concepto que Riane desarrolla para mejor comprensión.
Pero eso es después. Como no todos los días tiene uno la posibilidad
de conversar con una antropóloga de talla mundial empiezo por algo que
me es cercano. La covada, nada menos, esa tradición según la cual el
hombre reproducía los dolores del parto tendido junto a la mujer y más
tarde era él quien se quedaba cuidando del recién nacido. Ya ven,
costumbres raras que tenemos aquí, por el norte. Riane asiente y
comienza la charla. Una clase erudita y divertida. Como el libro. No se
lo pierdan.
No me resisto a empezar hablando de la covada...
Ah, sí la conozco. Sé vagamente de la institución, y sus orígenes. Cerca de los vascos, ¿no?
Sí, donde yo vivo, en Cantabria, tenemos constancia de ello a través de textos clásicos.
Una zona más orientada a la asociación, y no al patriarcado o
matriarcado. Tendemos a pensar que es una cosa u otra, y no
necesariamente. Creo que la covada sobrevivió hasta épocas tardías, un
remanente de la cultura anterior. Me encantaría saber más cosas sobre
ello.
Hasta el siglo XIX se conserva en algunos sitios.
Sí, hasta los tiempos de Napoleón, creo...
Aquí tenemos una especie de matriarcado histórico del cual
nos sentimos muy orgullosos. Es falso, pero aun así nos sentimos muy
orgullosos...
¿En qué sentido? Me interesa mucho lo de la covada porque cuando los
hombres se involucran más con los bebés está demostrado que su respuesta
neuronal cambia.
Bueno, hay pervivencias similares hasta época muy cercana,
que tienen cierto aire. En el Valle de Soba, por ejemplo. La
obligatoriedad de no mudarse la ropa durante la semana posterior al
parto. Tiene en común ese momento trascendente...
Quizá era algo sagrado, algo que no se quería cambiar. Es una
especulación. La existencia de sacerdotisas además de sacerdotes y todo
eso en la zona, ¿no?
Y, en tu opinión, ¿por qué se pierde esa matrilinealidad?
Bueno, creo que se perdió porque las culturas cercanas también
cambiaron mucho. Incluso si hablas con algunas personas mayores puede
que aún recuerden cómo se produjo ese cambio. Ahora estamos moviéndonos
hacia un espacio más tendente a la asociación gracias al feminismo, y
llevamos un montón de equipaje mental. De alguna manera los hombres (y
algunas mujeres) piensan que las mujeres van a tomar el control, pero no
se trata de eso, sino de ser compañeros.
Históricamente podríamos hablar mejor, en estas tierras, de matrilinealidad, y no matriarcado.
Sí, es distinto. Uso esa palabra, matriarcado, porque estoy tratando
de explicarme con las categorías que nuestro lenguaje nos da. Ya sabes,
sería hacer el juego al patriarcado usar las dos versiones de
eliminación, de oposición. Hacer el juego a la derecha. Otras reglas,
otros peligros. En cuanto a la matrilinealidad…, hablamos de una
transmisión de la propiedad, pero es algo ficticio, porque el padre o
marido era quien gestionaba esa propiedad. Seguía siendo parte de la
familia.
Eso que planteas sobre no usar las versiones de la
eliminación es una idea potente, aún extraña para nuestra mentalidad de
hoy. Normalmente vemos el mundo como un enfrentamiento, siempre a la
contra.
Claro, pero si miras el arte…, el arte no es “contra”..., el arte
trata la interconexión. Animales, vegetales, hombres y mujeres. Es una
visión diferente del mundo.
Pero hay autores que niegan esto... que defienden un arte,
usando sus palabras, “contra”, lejos de la conectividad. Su libro es muy
heterodoxo en este sentido.
Bueno, ya sabes, puedes ver por ejemplo las llamadas figuritas de
Venus. Embarazadas, grandes pechos, la vulva claramente marcada. No es
pornografía, no hay dominio sino una representación de algún tipo de
sistema de creencias, un sistema de creencias que es distinto. Creo que
para entender la interconexión lo primero que debemos hacer es
comprenderla como un sistema de pensamiento, cambiar nuestra conciencia y
darnos cuenta de que nuestras únicas alternativas no son dominar o ser
dominado. Existe también la asociación. Es un gran salto mental.
Precisamente sobre lo que menciona en relación a las Venus y
su significado... Recientemente hubo en España una polémica con cierta
exposición temporal en el Museo de El Prado que buscaba explicar algunas
pinturas clásicas desde un nuevo punto de vista. O, mejor aún,
recuperar la intención inicial de los artistas. Dicho de otra forma,
recalcar que una “Venus” de Velázquez es una figura mitológica con
significación detrás, sí, pero también una mujer desnuda, y que se
pintaba así precisamente para satisfacer un gusto erótico. ¿Qué piensa
sobre esto?
Bueno, hay claras diferencias entre lo erótico y lo pornográfico,
claro. Y luego, una cosa es una Venus de Tiziano saliendo de las aguas, y
otra las escenas que muestran violaciones, por ejemplo. Creo que estos
últimos cuadros recogen imágenes claramente orientadas a la dominación.
Las feministas hablan de una mirada masculina. Y sí, estamos tan
acostumbradas al macho como norma que es un buen primer paso que estemos
examinando de nuevo todos estos asuntos.
Siguiendo con las creencias... en su libro habla sobre la
‘Diosa’, y comenta que es una figura al mismo tiempo monoteísta y
politeísta...
Sí, son figuras distintas. Hay diosas serpientes que aparecen en
diferentes sitios como icono central, aunque asociadas a otras
divinidades. Pero, en cierto sentido, su figura es también monoteísta,
porque venera el poder de dar y nutrir la vida. Eso es lo que realmente
son las figurillas de Venus. Pero la arqueología decidió, tras abandonar
la idea meramente pornográfica, que eran figuritas sin mayor
trascendencia. Es una negación de la realidad. Solo si tienes esta
visión de dibujo animado sobre el hombre de las cavernas, con sus barbas
y su cachiporra... lo interpretas de esa manera.
En el fondo, ese sincretismo monoteísta / politeísta aparece
en otros sitios, ¿no? En la propia Biblia, por ejemplo, donde se puede
leer sobre dioses y Dios, con minúsculas y mayúsculas...
Es plural, y la gente lo entendía así. La parte menos conocida de la
Biblia es muy interesante, y he trabajado mucho sobre ella. Las dos
historias de la creación de la Humanidad, por ejemplo. La de Adán y Eva
es más tardía que la de los elohim. Muy interesante. Nos falta cambiar
nuestra concepción mitológica ahí.
Sí, diferentes tradiciones en un libro de libros como es la Biblia…
Es que es muy sugestivo, y llama mucho la atención. Jeremías, por
ejemplo. Allí lees a Jehová regañando, afeando que las mujeres horneen
pasteles en honor de la Reina del Cielo. La Reina del Cielo, fíjate. Y
ellas responden: ¿por qué habríamos de dejar estos sacrificios? Hay más
paz y prosperidad si los hacemos. Está ahí, en la Biblia. Antes no me
había percatado de ello, porque no estaba buscándolo. Pero está ahí. No
lo veía porque no encajaba.
Claro, la Biblia es tan grande que siempre puedes encontrar cosas inesperadas. Es fascinante, pero...
Pero un poco peligroso, sí. Mira, otro ejemplo... el Cantar de los Cantares. Es totalmente erótico. Todo eso lo toco en El cáliz y la espada.
Vayamos a este libro, entonces. Escribe muchas veces sobre la
“Vieja Europa”, tomándola como base para sus teorías. ¿Se pueden
trasladar a otros lugares esas conclusiones? Si vamos a Asia, a Oceanía,
¿encontramos movimientos análogos a los descritos aquí?
Sí, claro. Mira el ejemplo del Japón... allí el emperador, para
convertirse en ello, debía mantener relaciones sexuales y luego dormir
con una sacerdotisa de la Diosa. Lo que no encaja con nuestra visión de
la cultura japonesa, ¿no?, muy dominada por los hombres. Entonces...
creo que podemos encontrar pistas aquí y allá. Me concentro
principalmente en el área alrededor del Mediterráneo, porque es donde se
encontraban la mayoría de excavaciones arqueológicas hasta hace poco
tiempo.
En nuestros días aún existen sociedades que se encuentran en
el neolítico (estoy siendo deliberadamente simplificador, pero creo que
entendemos a lo que me refiero). ¿Se han mantenido allí estas ideas
sobre la Diosa?
Bueno, algunos lo hicieron. Mira los minangkabau (un grupo étnico de
Indonesia). Aunque fueron conquistados por los musulmanes aún veneran
las montañas, todas con nombres femeninos. Y es una cultura matrilineal.
Hay más casos. Pero es muy claro que hubo un cambio en cierto momento, y
eso aparece perfectamente plasmado en el Arte. Aparecen escenas
violentas, con gobernantes (también dioses) que son diez veces más
grandes que sus súbditos, gente situada en un espacio inferior. Ya no
están todos de pie al mismo nivel y con idéntico tamaño, como ocurría
cuando se representaba a la Diosa, sino que algunos tienen los brazos
levantados en signo de adoración.
Si abrimos los ojos podemos ver que el
lenguaje es diferente, nos están vendiendo una forma diferente de ver
el poder, una forma diferente de ver a las mujeres y a los hombres.
Tenemos que ir investigando pistas como Sherlock Holmes, despojarnos de
nociones preconcebidas. Volvemos a la Biblia. Las mujeres hacen una cosa
maravillosa, que es dar vida. Pero este acto se considera sucio, dado
que la mujer que da a luz debe ser purificada más tarde por un sacerdote
masculino. Es una locura ¿no? No tiene ningún sentido. Hablamos de
traer una vida al mundo.
Es una visión un poco pesimista, parece. Es como si toda
nuestra evolución cultural hubiese sido trenzada para alejarnos de la
Diosa y lo que representa.
Bueno, pero también hay tendencias actuales en otra dirección. Piensa
en el movimiento Black Lives Matter, por ejemplo. De hecho, si miro la
Historia Moderna mi teoría es que es en períodos de desequilibrio, como
el cambio que estamos viviendo desde que se puso en marcha la Revolución
Industrial hace 300 años, surgen movimientos sociales progresistas que
desafían lo preestablecido, ya sea el derecho divino a reinar, o el
derecho divino a que los hombres estén por encima de mujeres y niños, o
el derecho divino a que exista una raza superior. Hasta podemos hablar
aquí del movimiento ecologista, que desafía nuestra, antaño idealizada,
conquista y dominación de la naturaleza. Que no es sostenible, por
supuesto.
Creo que si examinamos lo que está sucediendo hoy, cuando
cambiamos muy rápidamente, es una oportunidad ideal para acelerar estos
movimientos. El Centro de Estudios de Asociaciones (entidad con base en
California, de la cual Riane es presidenta) está promoviendo una campaña
para que el asociacionismo se convierta en la corriente principal de
nuestros días. Sé que no es fácil porque la gente está atrapada en... En
fin, Trump dijo que todo trata sobre la dominación, ¿no?, y si te
dominan eres débil. Para él no hay una alternativa de asociación. Pero
una de las contribuciones de este libro es mostrar que una configuración
social diferente es posible. Con todo, debemos ser holísticos, mirar a
mujeres y niños no solo en la llamada esfera pública.
En mi último
libro, publicado por Oxford University Press, cito estudios demostrando
que hay personas criadas en la dominación. Y uno de los rasgos que
compartían esas personas era un verdadero malestar y disgusto por las
mujeres que son más asertivas fuera del rol convencional. Otro estudio,
que no aparece en el libro porque no lo descubrí hasta más tarde,
trataba sobre cómo criaban esas personas a sus propios hijos. Primaba
para ellos la obediencia, el castigo, no tanto el desarrollo humano. Se
ponían muy nerviosos cuando sus hijos mostraban conductas
independientes.
Es un cambio de paradigma, general.
Lo es. Tenemos un sistema oculto de valores que incluye siempre el
dinero como eje central. Piensa en la cárcel... La capacidad económica
es un denominador punitivo. Y siempre hay dinero para investigación
armamentística. Pero, de alguna manera, no existen suficientes fondos
para las personas delicadas, femeninas, que cuidan de la naturaleza. Así
que, para mí, la lucha del futuro no será entre derecha e izquierda,
religiosa y secular, oriental y occidental, porque las categorías son
realmente distracciones. La lucha será entre sistemas orientados a la
dominación y a la asociación. Entonces podremos tener una esperanza, sí.
Volvamos al arte prehistórico. Muy cerca de donde estoy ahora
se encuentra el Monte Castillo. Allí hay muchas manos fijadas “en
negativo” sobre los muros. Manos grandes y manos más pequeñas.
Tradicionalmente estas últimas eran consideradas como manos de niño,
fueron muy pocos los autores que dijeran, oye, igual es una mano
femenina...
Es una falta de reflexión, claro. Ahora ya no se podría dar, porque
sabemos que hay diferencias entre los dedos del hombre y de la mujer.
Tiende a haberlas, mejor dicho, así que se puede establecer a quién
perteneció esa mano. Conocí una vez un profesor universitario que se dio
cuenta de esto. “Dios mío, esto son manos de mujer”. Sucede que no
escribió el artículo donde plasmaba tal descubrimiento hasta después de
abandonar la Academia... Esto es interesante, porque muestra cómo el
mundillo académico está aún muy atascado en ideas previas. A eso hay que
añadir que tenemos normalmente un enfoque disciplinario (también yo),
pero si queremos conectar los puntos debemos observar varias
disciplinas. No podemos centrarnos solo en una u otra, hay que descubrir
juntos...
Existe una teoría reciente que habla sobre la posibilidad,
solo la posibilidad, de que las pinturas de Altamira estuvieran hechas
por mujeres. Únicamente eso, la idea... y ya es suficientemente
polémica.
Sí, puede ser el comienzo de algún cambio, y esto es importante. Pero
es muy, muy lento. Y a veces arrastras problemas mentales. También yo,
claro, todos hemos sido adoctrinados. Pienso en David F. Noble, el
historiador de la Ciencia. Escribió un libro titulado A world without women,
donde señalaba que la ciencia moderna occidental, que comenzó hace 600 o
700 años, surge en un entorno clerical totalmente masculino. Ahí
comienza esta cultura. Esta visión, un reconocimiento como el que hace
Noble, tiene solo medio siglo, así que quienes lo sostienen son, aún,
tipos marginales.
Y, con todo, cada vez se pueden leer a más mujeres dentro del campo de los estudios prehistóricos...
Bien, veamos entonces cuántas de estas mujeres pueden liberarse de
todo lo que les han enseñado. Esa es la cuestión. Junto con otra:
¿cuántos hombres pueden liberarse de eso mismo? Creo que tienes razón en
que, al menos en teoría, los estudios de hoy están más motivados para
encontrar pruebas que no solo marginen o ignoren a las mujeres. Pero
sigue habiendo vehículos que permiten encajar todo en la vieja visión,
claro...
Una última pregunta... publicó El cáliz y la espada en 1987...
Sí, lo escribí en 1986, y con motivo del treinta aniversario añadí un nuevo epílogo...
¿Cree que ha cambiado algo? Desde que apareció el libro...
Yo creo que sí. Lo que comentábamos antes sobre las manos, por
ejemplo, es un símbolo de algo que ciertamente ha cambiado. Las
evidencias que manejamos hoy en día sobre el hecho de que había
diferentes culturas son muy, muy fuertes. En otras palabras, la
arqueología muestra que nuestra relación con la guerra tiene cinco o
diez mil años de antigüedad, no más, y eso es algo para reflexionar. En
fin, Pinker aún no acepta esto, ya sabes, hay personas que simplemente
están ancladas en su visión. Él se aferra a su idea de que somos
inherentemente belicosos, somos inherentemente malos. Algunos se
enganchan a sus viejas enseñanzas. Pero hay cambios..." (Entrevista a Riane Eisler, Marcos Pereda, CTXT, 26/08/21)
"¡Casi como la voladura de la estatua de Buda en Afganistán por los Talibán!
Dos meses después de que su imagen apareciera en una pantalla gigante
en la Santa Sophia junto a un imán recitando el Corán, y recibir el
aplauso de una masa exaltada, y una semana antes del aniversario del fallido golpe de estado de EEUU contra su persona en 2016, un desafiante Tayyeb Erdogan declara la reconquista islámica
del fue museo durante ocho décadas. La antigua catedral de Estambul
volvía a ser testigo de la manipulación de la espiritualidad de los
ciudadanos por las instituciones religiosas y los desesperados
embusteros que representan el poder.
La turbulenta historia de Hagia Sofia es la de muchos espacios
sagrados históricos. En Oriente Próximo, cuna de las principales
religiones del mundo, las actuales estructuras sagradas llevan la huella
de los credos que fueron derrotados siempre después de la masacre de
sus fieles.
La Kaaba, un templo pagano, por ejemplo, se convirtió en mezquita en
630 tras varias guerras de Mahoma, quien destruyó los ídolos que acogía,
preservando su forma cuadrada de templos tradicionales árabes: la
estrategia respondía a la intención de no perder a los antiguos fieles y
atrayendo nuevos creyentes que buscaban respuestas, felicidad y paz. En
Irán, los conquistadores árabes levantaron sus mezquitas sobre los
escombros de los Templos de Fuego (Atashkadé) zoroástricos y los
Baharestán budistas, y al no conseguir que el pueblo vencido reconociera
a Alá y siguiera adorando a su Jodá «Nacido de sí mismo», decidieron
asimilar gran parte de sus mitos y rituales elaborados con
sofisticación:
Las mezquitas tendrán grandes patios a cielo abierto, y
estarán adornadas con los mismos árboles que hacían de columnas para
sujetar el cielo en el océano cósmico zoroastriano; tendrán minaretes
(palabra árabe que significa "lugar del fuego", elemento central del
credo mitraísta iraní, el culto a la diosa solar), y además en números
pares, representando el dualismo filosófico persa, en el que el Dios
Mazda estaba unido al anti-dios Ahriman, el Bien al Mal, y el paraíso al
infierno.
Los iraníes ya islamizados mantuvieron las "piscinas" llenas
de aguas puras delante de las mezquitas, para así integrar en los ritos
islámicos un elemento ausente en los desiertos árabes, que de paso
duplicaba la imagen del santuario, como la manifestación de su doctrina
dualista. También salvaron los azulejos, mosaicos y espejos de sus
antiguos santuarios, y llenaron los nuevos con coloridas alfombras
persas obligando a los fieles quitarse los zapatos al entrar para no
ensuciar aquellas valiosas obras de arte, cuyos motivos representaba al paraíso, «jardín» en persa.
Este mestizaje arquitectónico de los templos, también se ve en las iglesias, levantadas en Europa sobre los mitrium,
templos de Mitra, la diosa solar persa. Sus entradas en forma de cueva
recuerdan la leyenda iraní del nacimiento diario de "la Sol" de estas
cavidades y el lugar de su reposo cada noche; los sacerdotes cristianos
se vestirán como los "Sabios Mogs",
llamarán Mitra al gorro de su Papa y Natividad al solsticio de
invierno. Los "disidentes" Cátaros también harán suya, con retoques, la
doctrina de Mani, el profeta pintor. Hoy, la Haiga Sofía, el símbolo de
este sincretismo, que es presentada como un trofeo de un pequeño hombre
guerrero con delirios de grandeza, y mañana tendrá otro destino.
Demoler templos está de moda: Israel lo ha hecho con un centenar de
mezquitas tras ocupar las tierras palestinas, y los hinduistas de la
India lo practicaron con la Mezquita de Babri de Ayodhya (s.XVI),
levantada sobre un templo sagrado hindú, devolviéndole a Rama su templo.
A grandes males grandes remedios
La conversión de Hagia Sofia en mezquita no se debe a su escasez en
Turquía, sino a la suma de una serie de fracasos que han puesto en jaque
al islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) y su
presidente Erdogan, en un intento de reconstruir su imagen, con medidas y
consignas panturquistas y ultrareligiosas:
Cuando los sondeos preelectorales del 2019 revelaron que PJD iba a
perder la alcaldía de la estratégica ciudad de Estambul, Erdogan
prometió en un mitin rezar en Hagia Sofia si iban a ganar. Aun así,
perdieron: Marx ya habia advertido que la economía es lo que manda, y la
preocupación de los "musulmanes" sin trabajo y sin una vivienda digna
que encima aguantan una férrea dictadura no era dónde rezar. Desde su
trono en el Palacio Blanco de 1000 habitaciones, Erdogan decidió seguir
con su plan, convencido de la fuerza reclutadora del sentimiento de
nostalgia de los más fanáticos. Recuperar Estambul mediante este gesto
se parece al traslado de la embajada de EEUU a Jerusalén por Trump, en busca del voto evangélico.
Atraer la simpatía de los extremistas y los sectores
subdesarrollados de la sociedad, mientras los liberales y centristas se
alejan de él y su discurso.
La crisis económica agravada por la aparición del coronavirus, que
ha golpeado duramente la industria turística turca que atendió el año
pasado a 45 millones de visitantes, quienes dejaron unos 34.500 millones
de dólares en el país.
La militarización de la política exterior ha agravado la crisis
económica y social. Turquía que ya estaba implicada en las guerras de
Siria el norte de Iraq se ha metido de lleno en el conflicto libio,
pretendiendo recuperar la "patria Azul".
En Siria, Bashar el Asad sigue en su palacio, a pesar de que Turquía
ha invertido miles de millones de dólares en desbancarlo. Ocupar la
Santa Sofia es un intento de resaltar la figura de Tayyeb Erdogan, como
líder del inexistente "mundo islámico"
Profundizar el culto a su personalidad, para aislar las voces críticas en el seno de su partido, sobre todo por su gestión de la "cuestión kurda".
Aumentan las denuncias sobre las detenciones arbitrarias de cerca de
150.000 opositores -entre ellos cerca de 120 periodistas-, torturas,
violaciones en las cárceles turcas por la Organización de Inteligencia
Nacional (MIT) que recuerdan los peores años de las dictaduras
militares. En protesta a esta situación, dos cantantes del grupo folk
Grup Yorum perdieron la vida tras una larga huelga de hambre, cada mes
miles de mujeres protestan, por los continuos ataques a sus derechos.
Impulsar, bajo la cortina de humo de restaurar las glorias pasadas, medidas impopulares económicas y políticas.
Reforzar el nacionalislamismo en el PJD.
Representar la toma de Hagia Sophia como una victoria no bélica,
señalando a los cristianos y o "los occidentales" como los enemigos del
pueblo, para que no vean a la clase burguesa corrupta, oscurantista, y
militarista que le gobierna.
Vengarse a Europa, por haberle cerrado las puertas definitivamente.
Los europeos, tras las guerras de EEUU en Oriente Próximo, se dieron
cuenta que mejor tener a Turquía como Estado Tapón que compartir
fronteras con Iraq, Siria e Irán. El abandono europeo acercó a Turquía a Rusia, e Irán a China.
Buscar la condena internacional para demostrarla al pueblo como
prueba de que el mundo está contra Turquía y él es el único capaz de
defender su soberanía.
Es un contundente gesto no sólo contra el laicismo de Ataturk, sino
contra el propio Padre de Turquía. El Tribunal que ha firmado la
autorización para usar Hagia Sophia como mezquita afirma que la decisión
del gobierno de Araturk fue una "traición a la historia".
El "líder espiritual" turco se queda sin ideas.
Los siguientes pasos
"bomba" de Erdogan podrán ser recuperar la escritura árabe-persa,
inhabilitar al padre de la nación Kemal Ataturk e incluso adelantar las
elecciones presidenciales previstas para 2022, antes de que la situación
se empeore aún más para su partido.
Hasta 2023, el centenario de la
fundación del país, los ciudadanos tendrán más mezquitas y megaproyectos
en vez de hospitales, puestos de trabajo y derechos, un megalómano
Erdogan, patrocinador del Estado Islámico, construirá las mezquita más
grandes de Albania, Kirguistán y Ghana y va a levantar otras en
Venezuela y Cuba, mientras los "musulmanes" yemeníes se mueren literalmente de hambre" (Nazanín Armanian, Público, 05/08/20)
"No
podemos usar luces eléctricas y radios o aprovecharnos de los modernos
instrumentos médicos y clínicos cuando estamos enfermos y, al mismo
tiempo, creer en el mundo maravilloso del Nuevo Testamento. (Rudolf Bultmann, teólogo alemán)
Jesús y sus discípulos fueron a las aldeas de Cesárea de Filipo. En el camino, Jesús les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista. Otros dicen que eres Elías. Y otros dicen que eres uno de los profetas». Jesús preguntó de nuevo: «Pero, y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro respondió: «Tú eres el Mesías». Y Jesús les advirtió con severidad de que no debían decirle esto a nadie. (Evangelio de Marcos)
Cuenta el historiador Tito Livio que Rómulo,
fundador y primer rey de la ciudad de Roma, pasaba revista a las tropas
que desfilaban ante su palco cuando se desató una pavorosa tempestad y
fue rodeado por una espesa nube que ocultó su figura a la vista de
todos, mientras un enorme torbellino se alzaba hacia el cielo.
Cuando se
despejó la atmósfera y volvió a brillar el sol, la silla de Rómulo
estaba vacía: «No se lo volvió a ver sobre la faz de la Tierra», escribe
el cronista. Los soldados, aterrados y desconsolados al principio, se
tranquilizaron pensando que Rómulo se había convertido en «un dios, hijo
de un dios, rey y padre de la ciudad de Roma». Un ser celestial a quien
ahora podían implorar favor y protección.
Tito Livio también dice
que no todos los habitantes de Roma quedaron convencidos y algunos
hicieron correr la voz de que la ascensión a los cielos de Rómulo era
una patraña. Afirmaban que la repentina tempestad había servido para que
Rómulo fuese capturado por orden de un grupo de opositores del Senado;
tras ajusticiarlo habrían desmembrado su cuerpo.
Al oír sobre la
posibilidad de que el rey hubiese sido asesinado de manera tan terrible,
la plebe empezó a reunirse en las calles de Roma, presa de la
indignación. Y también, lo más preocupante para el orden, en el ejército
volvía a cundir el nerviosismo.
Para acallar estos escandalosos rumores, el respetado prohombre Próculo Julio
tomó la palabra ante la multitud: «¡Ciudadanos! Hoy, al despuntar el
alba, el padre de nuestra ciudad bajó del cielo y se apareció ante mí.
[Me dijo] “Ve y di a los romanos que la voluntad del cielo es que Roma
gobierne el mundo”».
El pueblo y el ejército escucharon el discurso con
asombro, pero quedaron por fin tranquilos; aquello confirmaba la
creencia de que su amado rey no había sido descuartizado como un animal,
sino que había alcanzado la inmortalidad que merecía. Livio, no sin
cierta sorna, comenta sobre aquella revelación: «Es maravilloso el
crédito que se dio a la historia que contó aquel hombre».
No sería la última vez que el repentino anuncio de una resurrección serviría para resolver un problema imprevisto.
La milagrosa ascensión de
Rómulo tuvo lugar, según la mitología romana, en el siglo VIII a.C.
Mucho después, a mediados del siglo I d.C., otro relato similar empezó a
circular de boca en boca entre pequeñas comunidades de diversas
ciudades del imperio.
El protagonista de aquel relato era un palestino
de clase baja que había pasado casi toda su vida ejerciendo como
carpintero en una insignificante población galilea llamada Nazaret. Este
carpintero, llamado Yeshúa, había
abandonado su trabajo y su hogar para recorrer Galilea anunciando el
inminente cumplimiento de antiguas profecías recogidas en las escrituras
sagradas del judaísmo.
Después se había trasladado a Jerusalén, capital
de Judea, donde tuvo un encontronazo con las autoridades romanas que
por entonces ocupaban el país. Puesto que se había hecho conocer como el
Mesías, los legionarios lo habían detenido bajo el cargo de sedición.
Yeshúa fue ejecutado mediante el procedimiento más humillante y brutal
empleado por el imperio: la crucifixión.
Algunos seguidores de
Yeshúa, sin embargo, aseguraban que su tumba había sido encontrada
vacía. Había resucitado y ascendido a los cielos y, mediante apariciones
a sus discípulos, había prometido volver para cumplir las promesas
mesiánicas que no había podido llevar a cabo durante su ministerio.
Aunque Yeshúa había sido judío y también lo eran sus primeros
seguidores, la creencia en su resurrección empezó a diseminarse entre
pequeñas comunidades de gentiles.
Tras unas pocas décadas algunos nuevos
seguidores del culto a Yeshúa, que vivían en otros rincones del
imperio, empezaron a escribir, en griego, las historias que habían oído
sobre él. Estas nuevas comunidades aguardaban la παρουσία, «parusía»
o «advenimiento», es decir, la segunda venida de Yeshúa. Bautizaron el
anuncio de su resurrección e inmediato regreso o como εὐαγγέλιον, «evangelio», término que significa «buena noticia».
El Jesús real frente al Jesús histórico
Si usted sale a la calle y
pregunta por Jesús de Nazaret casi cualquier persona, aunque no sea
creyente, recitará un pequeño puñado de datos sueltos que tras casi dos
mil años de tradición están impresos en la memoria colectiva de los
occidentales. Cualquiera sabe algo sobre Jesús, porque el personaje ha
estado en todas partes: la pintura, la escultura, la literatura, la
filosofía, el cine.
Todos tenemos una imagen mental prototípica sobre
cómo era su carácter, sobre el tipo de cosas que hacía y decía. Todos
podemos recordar algunas de sus frases: «Quien esté libre de pecado, que
tire la primera piedra», «Ama a tu prójimo como a ti mismo», «Al césar
lo que es del césar». Este es el Jesús de la tradición cultural y
religiosa. Es el Jesús de Velázquez o el de Jesus Christ Superstar.
Es el Jesús de casi todos los cristianos actuales. Pero no es el Jesús
real. Tampoco es el Jesús histórico. Que no son, por cierto, la misma
cosa.
El Jesús tradicional
dominó la cultura occidental durante tantos siglos que a nadie se le
ocurría pensar que no se pareciese al verdadero Yeshúa que vivió en la
Palestina del siglo I. Hoy, los historiadores e incluso algunos teólogos
contemplan esos otros dos conceptos: el Jesús histórico y el Jesús
real. El Jesús real no dejó rastro material alguno, y de él no sabemos
casi nada con absoluta certeza; más bien suponemos o deducimos cosas.
No
hay un sepulcro, ni un esqueleto, ni un mechón de cabello. Tampoco
hay escritos firmados por él; ni siquiera textos escritos por otros,
pero atribuidos a su nombre, ni testimonios contemporáneos, nada sobre
él que fuese escrito por alguien que lo hubiese conocido en persona, ni
siquiera alguien que viviese en su época y hubiese tenido noticia de sus
andanzas.
Los primeros textos que mencionan a Jesús datan de unos veinte años después de su muerte y fueron escritos por Pablo de Tarso,
san Pablo, que no conoció a Jesús y revela muy poco, o casi nada, sobre
su biografía (más allá de que había sido crucificado y algún otro
detalle). Los primeros relatos «biográficos» sobre Jesús, que en
realidad eran textos de carácter doctrinal, fueron escritos medio siglo
después de su muerte.
Fueron redactados en griego, un idioma distinto al
que Jesús hablaba, por personas que habitaban regiones alejadas de su
tierra. Lo que sabemos sobre Jesús, pues, lo escribieron de oídas
autores que manejaban información que había viajado de boca en boca
durante décadas, con la distorsión de información que eso conlleva. Aun
así, los historiadores actuales suelen coincidir en que existió un Jesús
y que su figura no fue un invento; cosa distinta es cuánto se parecía o
se dejaba de parecer al de aquellos textos que se han conservado.
El Jesús histórico es el
campo de trabajo de esos historiadores, que admiten que nunca podremos
recuperar al Jesús real, como tampoco podemos recuperar al Sócrates real. Como dice el estudioso Dale B. Martin, «para mucha gente supone un descubrimiento revolucionario el concepto de que el pasado ya no existe».
La única manera de averiguar cómo era el Jesús real sería viajar en el
tiempo. El Jesús histórico es, pues, un retrato imperfecto e incompleto
que los historiadores tratan de componer mediante el análisis crítico de
la única información más o menos cercana a su época de la que disponen:
el Nuevo Testamento (y, en menor medida, algún que otro texto que no
está en la Biblia cristiana). ¿Por qué usar el Nuevo Testamento como
herramienta, si los propios historiadores son los primeros en afirmar
que no es históricamente fiable?
Primero, porque otros
textos son más tardíos y, cuanto más tardíos, más improbable encontrar
en ellos un rastro de información fiable. En segundo lugar, porque creen
que ciertas informaciones sobre Jesús eran inconvenientes, pero
conocidas por todos los cristianos de entonces, y no podían ser omitidas
en unos textos cuyos autores las recogieron precisamente con el fin de
adaptarlas a su propia visión de cómo debía retratarse a Jesús.
Las
informaciones molestas están presentes en sus escritos de manera
parecida a como los argumentos de un político están presentes en el
discurso de sus opositores, que citan esos argumentos no para
reforzarlos sino para intentar retorcerlos y conferirles un nuevo
sentido. De hecho, el cristianismo nació como la justificación de la más
molesta de todas las informaciones sobre Jesús: que había muerto
colgado en una cruz de madera.
Desde cualquier perspectiva de la
tradición judía tal cosa era impensable cuando se hablaba de un supuesto
Mesías. Había que explicar por qué el Mesías había sido ejecutado y por
qué había hecho ciertas cosas que no gustaban a los creyentes de la
segunda generación, los que escribieron el Nuevo Testamento.
El hoy llamado «Antiguo
Testamento», la Biblia hebrea, era un conjunto de libros que durante
siglos habían formado parte de la tradición del judaísmo previo a Jesús,
pero de los que provienen muchas de las características que se
atribuyen a su figura, como el mencionado título de Mesías. El Antiguo
Testamento no gira en torno a ninguna figura en particular, exceptuando
al propio Dios padre y creador del universo, y es una mezcolanza de
libros muy diferentes entre sí. En el Nuevo Testamento, sin embargo,
Jesús es la figura central.
Ambos conjuntos de libros forman lo que hoy
es la Biblia cristiana. Hasta aquí, nada nuevo. Pero no siempre fue así.
Los veintisiete libros que hoy contiene el Nuevo Testamento eran solo
una parte de los muchos textos cristianos que circularon por el Imperio
romano durante cientos de años, hasta que en el siglo IV, después de
mucho debate, las autoridades eclesiásticas seleccionaron esos
veintisiete como parte del canon,
esto es, del conjunto de textos inspirados por Dios en los que los
creyentes debían centrar su atención.
El resto de textos circulantes,
incluyendo algunos que eran muy populares, empezaron a ser tachados como
herejías o, con suerte, como errores bienintencionados, por una Iglesia
cada vez más centralizada. Por suerte, unos cuantos de esos textos
descartados han sobrevivido hasta hoy y copias antiguas han sido
descubiertas por arqueólogos, o de manera accidental por otras personas,
hasta tiempos muy recientes. Es posible que en el futuro aparezca
alguno más.
En cualquier caso, los
cuatro evangelios canónicos no fueron seleccionados de manera
caprichosa. Están entre los textos cristianos más antiguos, ya que
fueron escritos en el siglo I, entre cuarenta y setenta años después de
la muerte de Jesús. Habían sido conservados con mimo por las diversas
comunidades de creyentes y eran considerados piezas de autoridad. Uno de
esos textos, el Evangelio de Marcos,
es la narración biográfica más antigua de la que se tiene noticia: los
expertos suelen datarlo en torno al año 70.
No existe ningún otro texto
anterior que narre la vida de Jesús, o no ha sido descubierto. Los dos
siguientes, el Evangelio de Lucas y el Evangelio de Mateo, fueron escritos muy poco después, en torno al año 80, y son adaptaciones modificadas de Marcos
que copian casi toda su estructura hasta el punto de que esos tres son
conocidos como «Evangelios sinópticos» («sinopsis» significa que los
tres textos pueden ser vistos el uno al lado del otro y parecen
iguales).
En el Nuevo Testamento está también el Evangelio de Juan,
datado en torno al año 95, aunque los estudiosos actuales no se ponen
de acuerdo sobre si su autor conocía alguno de los anteriores tres
evangelios o si se basó en otras fuentes.
No sabemos quiénes fueron los autores de los cuatro evangelios canónicos. El Evangelio de Juan
fue escrito por alguien que afirmaba llamarse así («Este es el
testimonio de Juan»), pero sin aclarar con exactitud quién era. Había
muchos Juanes en la época. La tradición atribuyó este texto a Juan el apóstol,
uno de los doce discípulos de Jesús. Sin embargo, por varios motivos,
los estudiosos actuales descartan esa atribución.
Los otros tres
evangelios canónicos ni siquiera están firmados, aunque la tradición los
atribuyó a diversas personalidades bien conocidas entre los cristianos
de entonces: Mateo (otro de los doce discípulos de Jesús), Marcos (intérprete y secretario de otro discípulo, Pedro) y Lucas
(ayudante de Pablo de Tarso).
Aunque hoy deben ser considerados textos
anónimos, por cuestión de comodidad nos referiremos a sus autores como
Marcos, Mateo y Lucas, siempre teniendo en cuenta que no fueron ellos
quienes de verdad escribieron esos textos o que, en el caso de Juan, fue
simplemente alguien que se llamaba así. El primero que mencionó esos
cuatro libros asociados a esos cuatro nombres juntos fue el obispo Ireneo de Lyon, en el año 180.
Aparte
de las fechas, otro de los motivos para descartar que los evangelios
hubiesen sido escritos por discípulos de Jesús es que, pese a la
creencia informal sostenida hoy por mucha gente, estos libros no fueron
redactados en hebreo, sino en griego.
Como el resto del Nuevo Testamento
no son un producto de la Palestina judía, sino de comunidades
cristianas mixtas formadas por judíos y gentiles, situadas en diversos
puntos del imperio, que usaban el griego como lengua vehicular. El
Antiguo Testamento sí había sido escrito en lenguas semíticas como el
hebreo y el arameo, pero hacía mucho tiempo que no era un texto
exclusivo de los palestinos.
Los judíos de la diáspora, dispersos por el
Mediterráneo y por lo general muy helenizados, habían traducido el
Antiguo Testamento al griego mucho antes de que Jesús naciera (la
traducción más famosa de la Biblia hebrea al griego es la llamada Septuaginta
y data del siglo III antes de nuestra era). En una futura entrega
hablaremos del judaísmo en el Imperio romano, algo que explica muchas
cosas en cuanto a la temprana expansión geográfica del culto a Jesús.
Lo razonable es suponer
que ni Jesús ni sus discípulos hablaban griego. Provenían de Galilea,
una región pobre de campesinos y pescadores, donde se ha estimado que el
analfabetismo afectaba a más del 95% de la población. Como en el resto
del Imperio romano y del mundo antiguo en general, la educación (en la
que era básico el conocimiento del griego, lengua del mundo intelectual)
era un privilegio exclusivo de las clases altas; los pobres tenían que
empezar a trabajar en la infancia y no disponían ni del tiempo ni del
dinero para educarse.
Más allá de las regiones donde se hablaba de
manera autóctona solo hablaban griego los aristócratas y algunos
individuos formados de manera especial para ejercer determinados
trabajos. Si Jesús era un obrero y sus discípulos eran pescadores y
gente humilde, es muy improbable que supiesen hablar griego, no digamos
escribirlo. El único idioma que debían de conocer era su lengua materna,
el arameo.
¿Por qué decimos que Jesús
era galileo de clase baja si decimos que los evangelios no son fiables
como documento histórico y es de allí de donde obtenemos ese dato?
Porque suponemos que hay informaciones que no debieron de ser
manipuladas durante la transmisión oral de las primeras décadas de
cristianismo, puesto que no tenían implicación religiosa positiva ni
negativa, y a nadie le habría interesado inventarlas o cambiarlas.
El
nombre «Jesús» carecía de significación especial; si alguien se hubiese
inventado un profeta y hubiese querido rodearlo de un aura mesiánica,
quizá hubiera usado un nombre con mayor peso en la tradición, como
David, Daniel o Isaías.
El pasado laboral de Jesús
es otra de las informaciones que la tradición oral pudo haber
conservado de manera fiable, puesto que no hay motivos religiosos o
simbólicos para que los primeros cristianos le asignaran el oficio de
carpintero en vez otro más «idóneo» como el de pescador o pastor, que
fueron oficios simbólicos con los que se lo representaría en el futuro.
En el Nuevo Testamento Jesús es descrito como τέκτων,
«tekton», que indica un trabajo relacionado con la construcción y que
podríamos traducir como «obrero» o «artesano». El motivo por el que la
tradición dice que fue carpintero es que otros trabajos que podrían ser
incluidos en el término τέκτων,
como herrero, albañil o cantero, solían ser mencionados con términos
más específicos en los textos judíos traducidos al griegos (por ejemplo,
en la Septuaginta), mientras que era más habitual emplear τέκτων
por defecto para los carpinteros.
En realidad, es indiferente que
desempeñara cualquiera de esos trabajos, ya que el estatus social de
Jesús no cambiaría fuese carpintero o albañil. Digamos que, por las
mencionadas cuestiones lingüísticas, la carpintería es la que tiene más
papeletas de haber sido su verdadera profesión.
El oficio de τέκτων
sugiere que Jesús no recibió educación formal, así que es muy probable
que fuese analfabeto. Algunos autores especulan con la posibilidad de
que supiese leer el hebreo, dado que debió tener un buen conocimiento de
las profecías judías de las escrituras, aunque también es razonable la
posibilidad de que fuese iletrado, pero inteligente y dotado de buena
memoria; si, como parece obvio, era un judío muy piadoso, podía haber
aprendido mucho de las escrituras por las enseñanzas orales de los
rabís.
En cualquier caso, es casi seguro que, siendo un trabajador
manual de familia pobre, no tuvo oportunidad de aprender el griego. Por
ejemplo, en el Evangelio de Marcos,
sus últimas palabras son recogidas en arameo, lo que indica que los
cristianos grecorromanos eran muy conscientes de cuál había sido la
lengua materna de su Señor. Todo esto puede aplicarse a sus discípulos,
también galileos humildes, y, además de la datación de los textos, ayuda
a descartarlos como posibles autores.
El problema de los manuscritos
Dice el consenso académico
que los evangelios canónicos fueron escritos durante el último tercio
del siglo I y se basaron en la tradición oral que habían iniciado los
seguidores palestinos de Jesús, pero que pronto había empezado a ser
transmitida en griego por creyentes no palestinos. También se habla de
hipotéticas fuentes que quizá fueron escritas (como las llamadas Q, M o
L, de las que ya hablaremos).
En cualquier caso, aquellos textos
empezaron a ser copiados a mano una y otra vez, puesto que los
materiales de escritura tendían a deteriorarse con el uso. Durante
siglos fueron sometidos a sucesivos proceso de reproducción artesanal
con los errores, omisiones y manipulaciones que eso conlleva. En la Edad
Media había miles de manuscritos del Nuevo Testamento en Europa,
algunos en las manos de altos cargos eclesiásticos y de reyes o nobles,
pero sobre todo en los monasterios, donde se ejercía el trabajo de copia
en sí.
Dada la dificultad para viajar y transmitir información nadie se
preocupaba de comparar unos manuscritos con otros, así que las
discrepancias producto de esta proliferación de copias se multiplicaban.
Esto no era una preocupación para los creyentes, por varios motivos.
El
pueblo llano ni sabía leer ni tenía acceso a los evangelios más allá de
lo que los eclesiásticos quisieran enseñarles de palabra o de lo que
pudieran aprender de la tradición oral y artística. Hacía siglos que el
latín había sustituido al griego como lengua franca del cristianismo y
del mundo intelectual en general. Como en tiempos del propio Jesús, solo
las clases altas podían permitirse el lujo de aprender la lengua en la
que se escribía todo lo importante.
No fue hasta 1455 cuando Johannes Gutenberg
editó la primera Biblia salida de una imprenta. Este invento y la
Reforma luterana permitieron que la gente común pudiese empezar a
acceder al texto. Era mucho más fácil producir copias y, al menos en
algunas regiones europeas, empezaba a ser aceptada la traducción desde
el latín al idioma local del pueblo. Mucha gente continuaba siendo
analfabeta, pero, sobre todo en el ámbito protestante, ahora al menos
podían entender lo que otros leían en las congregaciones. El texto
bíblico ya no era un secreto reservado a los poderosos.
Eso sí, desde la
aparición de la imprenta los editores se encontraron con un problema
inesperado, al descubrir que las Biblias que imprimían eran diferentes
de las versiones impresas por otros. Diferencias textuales que no solo
se debían a sutilezas de la traducción o errores fortuitos; en muchos
casos había párrafos enteros que aparecían y desaparecían o frases que
cambiaban de sentido.
Esto resultaba particularmente incómodo en el caso
de los evangelios. ¿Por qué no consultar los originales para asegurarse
de imprimir la versión correcta? Porque ya no existían. No quedaba ni
rastro de los originales de los evangelios.
Ni siquiera quedaban copias
tempranas completas o casi completas. Con la explosión arqueológica de
los siglos XIX y XX se descubrieron más copias de los evangelios. Hoy se
conocen casi seis mil manuscritos en griego, diez mil en latín y otros
diez mil en otras lenguas antiguas europeas, africanas o de Oriente
Medio, pero la mayoría son medievales, posteriores al siglo IX. Del
siglo en que se escribieron los evangelios canónicos no queda nada, ni
un mísero fragmento.
De los siglos II o III solo se han encontrado
trozos sueltos. El más antiguo es el llamado «Papiro 52», un pedazo
triangular de papiro, del tamaño de un DNI, que contiene algunas líneas
del Evangelio de Juan.
Pertenece a una copia datada a mediados del siglo II, pero el resto de
esa copia se ha perdido. La primera copia que sí se conserva completa
data del siglo IV.
Con la llegada del
racionalismo en el siglo XVII, la inquietud de los impresores empezó a
trasladarse a los estudiosos y teólogos que poseían más de un volumen de
la Biblia y encontraban también esas inquietantes discordancias entre
distintas versiones de la vida de Jesús. Algunos quisieron comprobar
hasta qué punto llegaba el problema.
El trabajo más impresionante lo
llevó a cabo el teólogo inglés John Mill,
quien estuvo durante treinta años comparando los manuscritos antiguos a
los que tuvo acceso (un centenar). Escribió un libro en el que
contabilizaba todas las discrepancias dignas de mención que pudo
encontrar. El título del libro, por cierto, era tan impresionante como
el esfuerzo que había detrás: Novum
testamentum græcum, cum lectionibus variantibus MSS. exemplarium,
versionum, editionum SS. patrum et scriptorum ecclesiasticorum, et in
easdem nolis.
En total, John Mill encontró más de treinta mil
discrepancias entre todos los manuscritos. Hoy se conocen miles de
manuscritos y, aunque nadie ha contado todas las diferencias, lo que
sería una tarea ingente, se calcula que podría haber más discrepancias
que palabras contiene el Nuevo Testamento, en torno al medio millón.
Algunas de las
discrepancias más importantes entre unas versiones y otras son
explicadas como evidentes manipulaciones. Por ejemplo, en las biblias
actuales el Evangelio de Marcos
tiene un final que, hoy se sabe, no estaba en el original. De hecho
muchas Biblias incluyen el final añadido porque forma parte de siglos de
tradición, pero indican que se trata de una falsificación.
En el
desenlace original, tres mujeres (citadas como «María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé»)
acuden a la tumba de Jesús para ungir su cadáver con hierbas
aromáticas. Encuentran el sepulcro abierto y ven a un hombre vestido de
blanco, cabe pensar que un ángel, quien les dice que Jesús ha resucitado
y les ordena que vayan a avisar a los discípulos. Sin embargo las tres
mujeres se asustan al ver al hombre de blanco y se marchan: «No le
dijeron nada a nadie porque tenían miedo». Así acaba el evangelio más
antiguo conocido.
Es, desde luego, un desenlace difícil de entender: si
las mujeres no dijeron nada, ¿cómo supieron los demás, incluido el autor
de ese evangelio, que la resurrección se había producido? Para arreglar
este extraño final, en algún momento alguien decidió añadir varios
versículos, similares a los de evangelios posteriores, en los que Jesús
resucitado se aparece a María Magdalena y a los discípulos.
Esta nueva
versión del final de Marcos es la que se generalizó, pero hay copias
antiguas en las que no existe y por lo tanto sabemos que el final
original era el otro, el más extraño (que quizá fue escrito así como
apelación a la fe de quien leyese este evangelio).
Otro ejemplo es el famoso
momento en que Jesús cura a un leproso. Al final del primer capítulo de
Marcos un leproso se acerca a Jesús y le ruega que lo cure, diciendo:
«Si quieres, puedes sanarme». En las Biblias modernas, el relato sigue
así: «Jesús, conmovido,
extendió la mano y tocó al leproso diciendo: “Así lo quiero. Queda
sanado”».
Nada llamativo aquí, puesto que un Jesús conmovido encaja bien
con la imagen mental que tenemos de un hombre bondadoso hasta la
mansedumbre. Sin embargo en algunos manuscritos antiguos la frase tiene
un matiz inesperado y sorprendente: «Jesús, indignado, extendió la mano y tocó al leproso, diciendo: “Así lo quiero. Queda curado”». ¿Jesús indignado
ante la petición de un leproso? ¿Qué clase de afirmación es esa? Quizá
es incomprensible desde la concepción de Jesús que dos mil años de
tradición ha creado en nosotros, pero en el cristianismo primitivo pudo
tener mucho sentido.
Algunos autores defienden que esta fue la frase
original y que Jesús se mostró enfadado porque, para algunos judíos, la
lepra era un castigo impuesto por Dios a quienes habían transgredido
gravemente sus leyes.
O quizá porque los leprosos tenían prohibido,
según la ley mosaica, dejar sus lugares de confinamiento. Estos y otros
pasajes que aparecen en distintas versiones requieren un cuidadoso
análisis de la mentalidad que había detrás de quien las escribió, y
también de la mentalidad de quien, en algún momento de la historia,
decidió modificarlos.
Las nuevas manera de leer los evangelios
Estas manipulaciones o
añadiduras para encajar el texto a la visión personal de quien lo
transcribía (o de sus jefes) no son escasas, aunque la mayor parte de
las discrepancias entre manuscritos son simples errores de traducción o
descuidos comprensibles en una fatigosa tarea de copia a mano:
omisiones, cambios de orden, nombres equivocados, etc.
En cualquier
caso, el trabajo de John Mill ayudó a impulsar una nueva disciplina, el
análisis crítico del Nuevo Testamento, que iba a terminar con más de mil
quinientos años de estudio exclusivamente teológico o doctrinal.
Algunos teólogos empezaron un análisis crítico de los textos aplicando
los mismos criterios que usaban para analizar otras crónicas históricas y
no pudieron hacerlo sin socavar los cimientos de esa tradición.
En
1835, el teólogo alemán David Friechmann Strauss publicó un libro titulado Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet
(«La vida de Jesús, examinada críticamente»), donde afirmaba que los
evangelios estaban repletos de sucesos mitológicos, como los milagros,
que no podían ser considerados como elementos fiables en una narración
histórica.
Das Leben Jesu fue algo así como un best seller, traducido a varios idiomas, que provocó un gran escándalo en diversos países; un aristócrata inglés, el conde de Shaftesbury,
ganó sin duda el premio a la indignación más florida cuando escribió
que la obra de Strauss era «el más pestilente libro jamás vomitado por
las fauces del infierno».
Pese a la furia de sus
detractores, Strauss, como había hecho John Mill, marcó un antes y un
después en el análisis del Nuevo Testamento. A su estela la teología
alemana tomó la delantera en este campo. Ya en el siglo XX Martin Dibelius fue uno de los creadores de la Formgeschichte
o «crítica formal», corriente hermenéutica que defendía un análisis de
los textos cristianos no de acuerdo a las necesidades teológicas, sino
de acuerdo a sus características literarias e históricas.
Su discípulo
Rudolf Bultmann llegó a ser considerado el principal experto sobre la
figura histórica de Cristo en el ámbito protestante y en 1926 publicó un
libro con el sencillo título de Jesús,
en el que reconocía la imposibilidad de conocer con fidelidad los
detalles concretos de la biografía del personaje central del
cristianismo. Bultmann, pese a ser creyente, calificaba los evangelios
como un relato mitológico repleto de afirmaciones que no podían ser
demostradas ni siquiera bajo los criterios historiográficos poco
exigentes que se empleaban para estudiar otros textos y sucesos de la
antigüedad.
Estos teólogos críticos concluyeron que los cristianos
debían centrarse no en el relato biográfico de Jesús tal como era
narrado en los evangelios, sino en el kerygma
o «proclamación», en el contenido espiritual de dicho relato. En pocas
palabras, admitían que les era más fácil creer en la resurrección de
Jesús como verdad mística que intentar reconstruir los episodios de su
figura humana. Lo importante para ellos no era la supuesta descripción
«periodística» de Jesús, sino la aceptación de su mensaje de salvación
tras la muerte física. Daban por buenos algunos elementos biográficos
muy básicos de los evangelios: que Jesús predicó, que tuvo seguidores y
que fue crucificado, pero poco más.
Los
historiadores actuales que se especializan en el análisis del Nuevo
Testamento continúan usando la crítica textual como principal
herramienta, pero son algo menos pesimistas que los teólogos de la
«crítica formal» y opinan, en su mayoría, que sí es posible obtener
información histórica de los evangelios; algo irónico, porque entre los
estudiosos actuales hay varios que se declaran ateos o agnósticos, pero
son menos escépticos sobre este aspecto que los teólogos arriba citados.
La tesis básica de los historiadores actuales es que el Nuevo
Testamento es muy poco fiable como relato histórico, sí, pero pudo
recoger más información verídica de la que suponía Bultmann. Esa
información puede ser empleada para recomponer una breve cronología del
desarrollo inicial del cristianismo. En una futura entrega veremos cómo
se ha llegado a algunas de estas conclusiones, pero esto nos servirá
como guía:
Años 23-36: El prefecto Poncio Pilato
gobierna la provincia de Judea. Jesús empieza a predicar la inminente
llegada del «reino de Dios», esto es, la restauración del trono de
Israel y la salvación de los judíos que crean en su mensaje, que se
librarán de la muerte y vivirán sin padecimientos para siempre.
Dado que
el encargado de establecer este reino en la mitología judía de la época
era el Mesías, Jesús se presenta como el Mesías o sus seguidores lo
toman como tal. Esto constituye una provocación para los romanos que
ocupaban Judea. Si el Mesías era el futuro «rey de los judíos», eso
puede significar que Jesús ha estado pregonando una rebelión contra el
imperio.
También es posible que influyese en su detención algún desorden
público en el templo de Jerusalén. Los romanos detienen a Jesús y lo
cuelgan de una cruz para que muera por una lenta asfixia, el más
terrible castigo impuesto por el imperio. De cara a los judíos, esta
ejecución desacredita a Jesús como posible Mesías.
Años 33-36 (aprox.):
Tras la ejecución, sin embargo, un grupo de seguidores de Jesús
continúa creyendo en en su naturaleza mesiánica. Para justificar la
inexplicable ejecución de alguien que se suponía iba a vencer a Roma y
restaurar la antigua dinastía de David, afirman que Jesús se ha
entregado al martirio de manera voluntaria y que ha resucitado para
anunciar que regresará en breve. Este grupo, que se estima no contaba
más de unas pocas decenas de personas, inventa así una nueva vertiente
de judaísmo.
El grupo es conocido como la «Iglesia de Jerusalén» o la
«Asamblea de Jerusalén», aunque también podría ser llamada «Sinagoga de
Jerusalén», pues todavía es un grupo netamente judío que defiende el
cumplimiento de las leyes mosaicas (circuncisión, descanso sabático,
restricciones alimentarias, sacrificio en el templo, etc.) y se opone a
que los no judíos, los gentiles, puedan optar a la salvación.
Este es el
cristianismo original, que no tiene todavía un nombre, puesto que sus
miembros se ven como practicantes de un judaísmo bastante tradicional.
El grupo está comandado por uno de los hermanos de Jesús, Santiago, y por Simón Pedro, quien había ejercido como su mano derecha. Ambos aparecerán nombrados unos veinte años después en las Epístolas de san Pablo, y medio siglo después en los evangelios.
Año 36-40 (aprox.):
Entra en escena Pablo de Tarso. Es judío, pero no es palestino, sino
que procede el ámbito helenístico. Al principio cree que puede ser
considerada blasfemia la afirmación de que un presunto criminal
crucificado por los romanos sea calificado como Mesías. Sin embargo
cambia de idea. Aunque nunca ha conocido a Jesús en persona, afirma
haber experimentado una visión en la que se le ha aparecido, resucitado,
para convertirlo en su «apóstol», su mensajero.
Aunque Pablo no deja de
ser judío, empieza a defender la idea de que los gentiles no necesitan
convertirse al judaísmo para optar a la salvación prometida por Jesús.
Cree que es la fe en Jesús, no las «obras», el seguimiento de la ley
mosaica, lo que garantiza la salvación. Su postura le hace entrar en
conflicto doctrinal con el grupo cristiano original de Jerusalén, pero
él continúa con sus planes.
Empieza a fundar comunidades cristianas en
diversas ciudades del Imperio romano, aceptando a gentiles, y decide
situarse a sí mismo en el mismo nivel de autoridad que los líderes de
Jerusalén. Afirma que, si Santiago y Simón Pedro son los «apóstoles de
los judíos», él mismo es «el apóstol de los gentiles».
Años 50-60 (aprox.):
Pablo escribe cartas a las diversas comunidades cristianas fundadas por
él. En esas cartas, escritas en griego, responde a dudas teológicas y
problemas doctrinales concretos. De este modo se convertirá en el
principal impulsor del culto a Jesús fuera de Palestina y más allá del
ámbito judío. De hecho, en la segunda figura más importante del
cristianismo.
Baste decir que el Nuevo Testamento contiene catorce
epístolas paulinas que suponen la mitad del total de los libros y un
tercio del total del texto (aunque en la actualidad se considera que
solo siete de esas cartas fueron escritas por él, mientras que las otras
siete son falsificaciones posteriores escritas por sus seguidores pero
firmadas en su nombre para darles relevancia).
A medio y largo plazo
será el cristianismo paulino el que se imponga sobre el cristianismo
judío original, que empezará a quedar arrinconado. En sus cartas Pablo
no dice nada sobre la vida de Jesús, aunque sí narra algunas de sus
propias interacciones con los miembros del grupo original de Jerusalén y
habla a menudo de Pedro o Santiago.
Año 66: Los habitantes de la provincia de Judea se rebelan contra la ocupación romana y estalla la guerra en Palestina.
Año 70:
Las legiones romanas, que están ganando la guerra, sitian Jerusalén y
crucifican a cualquiera que intente escapar de la ciudad (algunos
cronistas dicen que pudieron llegar a ser cientos de personas en un
día). Tras varios meses de asedio en los que la capital de Judea estaba
rodeada por campamentos militares y la tétrica visión de centenares de
cruces, los legionarios consiguen irrumpir en la ciudad, sometiéndola a
la destrucción y el pillaje. El templo de Jerusalén, el edificio sagrado
de la fe judía, es destruido, lo cual tendrá un efecto decisivo en la
evolución de las dos religiones bíblicas.
Por un lado, el judaísmo
sacerdotal centrado en el templo empezará a declinar en favor del
judaísmo rabínico más similar al que conocemos hoy. Dentro del
cristianismo, donde ha aumentado el número de creyentes gentiles,
empieza a tomar forma la idea de que la destrucción del templo es un
castigo divino por la supuesta (e indemostrada) colaboración de los
judíos en la ejecución de Jesús.
Pese a que Jesús había sido judío, pese
a que su mensaje era judío, pese a que toda la mitología mesiánica y
escatológica en torno a su figura tiene raíces judías, y pese a que los
cristianos de segunda mitad del siglo I siguen considerando que buena
parte de las escrituras judías son sagradas, empieza a crecer esta nueva
vertiente cristiana de tintes antijudíos, aunque no se mostrará con
auténtica fuerza hasta el siglo II.
Año 70 (aprox.): Se escribe el Evangelio de Marcos.
Describe a Jesús como el Mesías humano de la tradición judía y como un
personaje vivaz y elocuente. Sin embargo la Pasión, el relato de su
detención, juicio y ejecución, tiene un tono deprimente que muestra a un
Jesús hundido, sumido en un estado anímico de estupor y total
abatimiento.
Ya en la cruz, justo antes de morir, Jesús pronuncia un
lamento que el texto, curiosamente, no reproduce en griego, sino en la
lengua materna de Jesús: «¿Eloi, Eloi, lema sebactani?»
(«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Siguiendo con esa
imagen humana, Marcos no menciona un nacimiento milagroso de Jesús ni la
virginidad de su madre; de hecho no dice nada sobre su infancia.
En el
texto Jesús es humano por completo y no será elevado a un estatus
superior hasta después de su muerte, cuando se supone que Dios lo
resucita. Y digo se supone, porque recordemos que en el final original
de Marcos, antes de ser retocado, la tumba de Jesús aparece vacía pero
él no vuelve a manifestarse.
Años 80-90: Se escribe el Evangelio de Mateo y El evangelio de Lucas.
Ambos copian la estructura de Marcos, aunque modifican ciertas cosas y
añaden otras, como la narración del nacimiento milagroso de Jesús y su
genealogía, para justificar que era el Mesías. El relato de Mateo
insiste en el carácter judío de Jesús, quizá preocupado porque la
tradición judía se pierda con el creciente número de creyentes gentiles,
aunque, irónicamente, su Evangelio también contiene pasajes que han
sido usados como arma contra los judíos en diferentes épocas de la
historia.
Mateo narra cómo los habitantes de Jerusalén habían sido
partidarios de la ejecución de Jesús («Que su sangre caiga sobre
nosotros y nuestros hijos»). Lucas contiene también un elemento
antijudío y su Jesús, a diferencia del de Marcos, se enfrenta a la
muerte con la confianza plena de quien sabe que en breve estará junto a
Dios.
En esta misma década se escribe el libro Hechos de los Apóstoles,
donde se narra la actividad apostólica posterior a la muerte de Jesús,
en especial las actividades de Simón Pedro y Pablo de Tarso, aunque su
fiabilidad como relato histórico es tan dudosa como la de los
evangelios, o acaso más dudosa, pese a estar escrito más cerca de los
supuestos hechos verídicos que cuenta.
Años 90-100: Se escribe el Evangelio de Juan,
donde el personaje de Jesús es muy distinto al de los tres evangelios
sinópticos (que ya hacen retratos diferentes entre sí), como también es
diferente el tono del libro, mucho más teológico y metafísico. Jesús ya
no es un Mesías humano, ni siquiera un humano con toques divinos nacido
de manera milagrosa de una madre virgen, sino la encarnación del propio
Dios. Así, el Jesús de Marcos es humano; el de Lucas y Mateo es humano
pero tiene una parte divina, aunque solo empieza a existir cuando María,
su madre, da a luz.
En cambio, el Jesús de Juan ha existido desde el
principio de los tiempos y se presenta con una forma verbal que en la
Biblia hebrea se usa para Yahvé («Antes de que hubiera un Abraham, yo soy»).
Su nacimiento en forma humana, pues, ya no es un comenzar a existir,
sino un simple rito de paso, porque ya existía desde siempre. Dicho de
otro modo, Jesús es Dios .
Año 93: Aparece por primera vez el nombre de Jesús en un texto no cristiano, Las antigüedades judías del historiador fariseo Flavio Josefo.
El texto menciona a Jesús solamente dos veces. Aunque los historiadores
modernos discuten si esas menciones (en especial la conocida como Testimonium Flavianum)
pudieron ser retocadas en tiempos posteriores por los cristianos, hay
consenso en que Josefo sí habló de Jesús, aunque fuese de manera
anecdótica.
Lo cual no es extraño, pues por entonces ya había
comunidades cristianas, si bien minoritarias, en unas cuantas ciudades
del Imperio.
De toda esta cronología,
en cuyos fundamentos ya nos extenderemos más, se extraen dos
conclusiones: el culto a Jesús trasciende el ámbito de Palestina para
extenderse por otras zonas del imperio de manera muy, muy temprana.
La
transmisión oral de su vida y mensaje pasa con mucha rapidez de un
idioma local (el arameo) al idioma «internacional» (el griego). Entre
los años 36 y 70, más o menos, los detalles de la vida de Jesús van de
boca en boca sin que haya plasmación escrita de la que haya quedado
constancia, pero conservando algunos elementos biográficos intactos
(nombre, procedencia, profesión, muerte en la cruz, y el núcleo de su
mensaje).
La segunda conclusión es que, de manera paralela, el
cristianismo pasó de ser una creencia judía a otra que se alejaba
progresivamente del judaísmo, manteniendo los textos y terminología
judíos, pero renunciando a casi todas sus normas y costumbres. Dicho de
otro modo, el cristianismo empezó siendo una variante de la religión que
había practicado el propio Jesús, pero terminaría siendo una religión
distinta a la suya, aunque, cosa paradójica, lo tenía a él como elemento
central.
El efecto de todo esto
fue una atomización del cristianismo. Las primeras disensiones entre
cristianos que conocemos —los debates entre la Iglesia de Jerusalén y
Pablo de Tarso— datan, como mucho, de unos veinte años después de la
muerte de Jesús. En apenas unas décadas, incluso antes de la escritura
de los evangelios, ya habían surgido corrientes de todo tipo: judías,
projudías, antijudías y otras ambivalentes.
Los creyentes romanos se
preocupaban de eximir al imperio de la responsabilidad de la
crucifixión, como ejemplifica la muy improbable escena de Pilatos
lavándose las manos, pese a que la crucifixión era un castigo imperial.
Además, algunos pensaban que Jesús había sido humano, otros que había
tenido carácter divino pero no comparable al de Dios padre, y otros que
era la encarnación del propio Dios padre. Había, quizá, decenas de
cristianismos diferentes y las pugnas ideológicas entre unos y otros se
prolongarían durante siglos.
El cristianismo nunca fue
uniforme, salvo quizá en su primera década de existencia, cuando
todavía era un judaísmo típicamente palestino. Así pues se explica que
los cuatro evangelios canónicos, considerados en su conjunto e incluso
con independencia de las distorsiones en los manuscritos que citábamos
antes, pincelen retratos de Jesús que no son compatibles entre sí.
En
una próxima entrega intentaremos explicar por qué la incompatibilidad de
estos retratos casi nunca pareció incomodar a los cristianos, que se
limitaron a fundir esos cuatro retratos en uno, conformando así el Jesús
tradicional, y por qué los estudiosos actuales coinciden en que, pese a
todo este galimatías, es posible extraer algo de verdad histórica sobre
su figura de aquellos textos.
También veremos algunos mitos
generalizados pero erróneos sobre su personaje y sobre la propia
evolución temprana del cristianismo, o sobre la relación entre el
judaísmo y el mundo romano, sin la que el Jesús hubiese caído en el
olvido." (E. J. Rodríguez, JotDown, El País)
"El sentimiento religioso es una dimensión esencial de la experiencia
humana. Su contenido emocional ha sobrevivido a las manipulaciones y
horrores cometidos en su nombre.
Porque nuestra vida está marcada por
sufrimiento y decepción y necesita de consuelo y refugio que vayan más
allá de la familia porque esta no siempre funciona. Y más allá de la
vida para superar la angustia de nuestra única certeza: tenemos fecha de
caducidad. Es en esa necesidad de consolarnos en esta vida y
proyectarnos en otra más justa donde anidan las creencias religiosas, en
la diversidad en que Dios se manifiesta.
Por eso. contrastando con una
percepción sesgada por el laicismo europeo, la proporción de personas
religiosas aumentó del 83% de la población del planeta en 1980 al 89% en
el 2010.
Sin embargo, no todas las religiones participan por
igual de esa creciente espiritualidad. Hay una excepción: la Iglesia
católica. El porcentaje de católicos sobre religiosos descendió del 22%
en 1980 al 17% en el 2010 y su porcentaje en la población mundial del
19% al 15%.
La religión con más fieles es la musulmana, y también la que
más crece, aumentando en un 4% entre 1980 y el 2010, mientras que los
católicos descendían en 2,1%. También aumentan el hinduismo, en un 2,5%,
y “otros cristianos”, sobre todo pentecostalistas, en un 1,1%, al
tiempo que budistas y judíos se mantienen estables. Es significativo que
la categoría que más desciende es la de los no religiosos, que cae en
un 4,2% en tres décadas.
Ese descenso de los no creyentes es
particularmente marcado en Europa, con lo cual la creencia eurocéntrica
en el laicismo es un dato obsoleto extrapolado por los intelectuales
aspirantes a constituirse en sacerdotes racionalistas de las masas
supersticiosas.
Pero hay un fenómeno inverso en Norteamérica, único
lugar en donde los “otros cristianos” (protestantes) disminuyen en 10%,
el mismo porcentaje en que aumentan los no religiosos. Norteamérica
experimenta un avance del laicismo cuando empieza a decaer en Europa.
Pero también retroceden los católicos en Estados Unidos. De la misma
manera, hay un incremento de no religiosos del 5% en América Latina.
El
descenso del catolicismo no se debe a la demografía, porque América
Latina, principal región católica, mantiene crecimiento demográfico,
pero registra una caída del 15% de los católicos, al tiempo que los
“otros cristianos” se incrementan en un 14%.
El desplazamiento de
católicos por evangélicos es particularmente fuerte en Brasil, el mayor
país católico, mientras que en Chile, Argentina, México el laicismo es
otro factor de declive de la influencia católica, entre jóvenes
especialmente.
En España no hay descenso significativo de la
afiliación católica porque apenas hay competencia para la Iglesia
Católica, pero aquí la crisis se manifiesta mediante un descenso
significativo de la práctica religiosa: un 15%, el mayor del mundo,
superior también a Brasil en donde la práctica religiosa (distinta de la
afiliación) ha caído en un 10%.
La única región del mundo en que la
Iglesia incrementa su influencia, aunque en tan sólo un 3%, es África.
Tal vez por la pervivencia de un espíritu misionero y distante de las
instituciones en un contexto generalmente hostil.
¿A qué se debe
el declive del catolicismo, en particular en América Latina, reserva
histórica de la Iglesia? Los estudios realizados apuntan a varios
factores concurrentes. (...)
Pero el factor más perjudicial para la Iglesia ha sido su
identificación en América Latina, pero también en España e Italia, con
las élites económicas y políticas.
Su imbricación profunda con las
instituciones del poder la ha alejado de los problemas cotidianos de los
sectores pobres, mayoría en América Latina, que perciben a la Iglesia
como la Iglesia de los ricos y poderosos a pesar de los numerosos
ejemplos de heroísmo individual de curas, monjas y seglares en las
barriadas y entre los marginados, como ejemplifica la Comunidad de San
Egidio.
Ese vacío del catolicismo entre los pobres ha sido colmado en
parte por cultos evangélicos a pesar de que muchos de ellos explotan
frecuentemente a sus feligreses, esquilmándoles lo poco que tienen a
cambio de una salvación garantizada por contrato.
Las
tribulaciones de la Iglesia católica no deberían dejar indiferentes a
quienes no se sienten parte de la misma. Porque en una situación de
crisis y desprotección hacen falta redes de solidaridad y esperanza que
mantengan la fe en la vida y en los demás. Y en nuestra cultura la
crisis de confianza en la Iglesia es factor de desamparo agravante de la
crisis. De ahí la importancia del esfuerzo evangelizador del papa
Francisco emplazando a los obispos a estar con la gente, dando ejemplo
de modestia y tolerancia en su vida, limpiando las finanzas vaticanas de
conexiones mafiosas, denunciando los abusos sexuales y pidiendo perdón.
Si su apostolado fracasa perderemos, tras haber perdido la confianza en
las instituciones políticas, otro elemento esencial de convivencia
humana. Aunque siempre nos quedará Dios, que no depende de burocracias." (Dios sube, la Iglesia baja, de Manuel Castells en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 12/06/2014)