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1/3/24

Pedro Fresco: “El colapsismo es uno de los grupos que más bulos energéticos expande”... las renovables tienen impactos en el territorio, pero a nivel ambiental el impacto de las energías renovables es muchísimo menor que el de las energías a las que están sustituyendo, que son las fósiles y las tradicionales. Eso no quiere decir que no haya un impacto y, sobre todo, que no haya impactos de carácter paisajístico que son los más difíciles de evitar, porque son obvios. Pero yo defiendo que el impacto paisajístico es un impacto muy asumible para los beneficios que traen las energías renovables... y el impacto sobre la biodiversidad es bajo

 "Pedro Fresco (Valencia, 42 años) es el director de la Asociación Valenciana del Sector de la Energía y es una de las voces que desde hace años defiende públicamente la expansión de las renovables y la necesidad de las macroplantas solares y eólicas. Tras trabajar en este sector durante más de una década, fue asesor del Ministerio para la Transición Ecológica. De ahí saltó a la Generalitat valenciana en 2021, donde fue nombrado director de Transición Ecológica. Pero en diciembre de 2022 fue destituido por Compromís tras imponerse en esa formación la corriente que rechazaba la implantación de grandes parques fotovoltaicos. Ahora publica el libro Energy Fakes. Mitos y bulos sobre la transición energética (Barlin Libros), donde combate los bulos que se difunden a diestra y siniestra del arco político y desde empresas. “Hay mitos que son transversales, pero la mayor intensidad de mitología sobre energía viene de las dos partes del extremo ideológico: de la derecha radical y luego de ciertos grupos de extrema izquierda”, resume Fresco en esta conversación telefónica con EL PAÍS.

Pregunta. ¿Dónde nacen las noticias falsas?

Respuesta. De muchos sitios, pero generalmente tienen dos fuentes principales. La primera son los intereses económicos —por parte de compañías— o políticos —por parte de determinadas cosmovisiones—. Luego hay otra parte que viene de aprendizajes previos, de cosas que fueron ciertas en el pasado, cuando la tecnología era diferente, y que hoy no lo son.

P. ¿Hay empresas del sector fósil que difunden las noticias falsas?

R. Las fake news que vienen de esas empresas son algo histórico. Comenzó en los años setenta y ochenta con el cambio climático, cuando grandes petroleras usaban fakes para sembrar desconfianza sobre lo que decía la ciencia. Pero luego ha continuado con distintas tecnologías. Hoy las fakes provenientes de empresas sobre las renovables son mucho menores, porque prácticamente todas las compañías, incluso las petroleras, tienen secciones que se dedican a las renovables. Donde se observan actualmente más noticias falsas que salen de las compañías es en el campo del coche eléctrico, que supone una amenaza para el destino principal del petróleo: la movilidad en los vehículos.

P. ¿Y provienen más de empresas que suministran esos combustibles o de fabricantes de automóviles?

R. Vienen de los dos, de empresas que suministran el petróleo, que es un negocio que no quieren perder rápidamente, y del sector de los fabricantes de automóviles y todo lo que envuelve al motor de combustión. Creo que esto se ve claramente con muchísimos supuestos estudios, que son falsos, que dicen que el coche eléctrico contamina más o que no hay suficientes materiales para tantos coches eléctricos o que siempre van a ser carísimos o que la red eléctrica no puede sostener un sistema de coches eléctricos.

P. ¿Las noticias falsas abundan más en la izquierda o la derecha ideológicas?

R. Hay mitos que son transversales, pero la mayor intensidad de mitología sobre energía viene de las dos partes del extremo ideológico: de la derecha radical y luego de ciertos grupos de extrema izquierda. Quizás la derecha radical difunde más mitos, porque al final la base de muchos mitos es el pensamiento conspirativo y las ideologías de derecha radical se basan muchísimo en el pensamiento conspirativo para extenderse. Lo curioso es que también hay bastantes mitos en la parte de los sectores más radicales de la izquierda. Lo estamos viendo, por ejemplo, contra las renovables y en todos los sectores que tienen cierta afinidad con el colapsismo, porque el colapsismo es uno de los grupos que más bulos energéticos expande.

 P. ¿Considera que defender el decrecimiento como única forma de luchar contra el cambio climático es una fake news?

R. Las evidencias demuestran que insistir en que el decrecimiento es la única vía para combatir el cambio climático es falso, es una fake news. Eso no quiere decir que todos los decrecentistas expandan fake news. El decrecentismo es un movimiento amplio donde hay distintas familias y distintas ramas. Algunos son más moderados, más realistas, y no suelen expandir fake news, pero hay sectores que son radicales, y estoy hablando fundamentalmente del colapsismo, cuya idea de colapso se basa en propagar que nada es posible, que nada es real, que no hay alternativa. Por tanto, se convierten en difusores máximos de cualquier mitología que ven en el mercado de las mitologías. De hecho, es extremadamente curioso ver cómo los colapsistas usan muchos de los mitos de la derecha radical para defender sus tesis.

P. ¿Por ejemplo?

R. Cosas como que no se puede introducir más electricidad en la red eléctrica es algo que se ha defendido desde las opciones energéticas más conservadoras. O, por ejemplo, toda esa tendencia a minusvalorar los coches eléctricos son mitologías que vienen del mundo fósil y de la fabricación de los vehículos de combustión, y los colapsistas lo usan sin ningún problema, porque les es útil para difundir sus teorías.

P. ¿Usted se considera una víctima de estos bulos energéticos por haber sido destituido de su cargo en la Generalitat?

R. Es verdad que mi cese tuvo mucho que ver con uno de los mitos: que se puede hacer la transición energética solo con fotovoltaica en los tejados y sin necesidad de instalar energías renovables en el territorio. Ese no es un pensamiento colapsista realmente, porque el colapsismo cree que la transición energética es imposible. Es otro tipo de mitología diferente que arraiga en aquellas visiones políticamente infantiles que no son capaces de asumir que hay que hacer cosas que tienen cierto rechazo para conseguir los objetivos climáticos.

 P. ¿Pero usted considera que las renovables tienen impactos en el territorio?

R. Para empezar, cualquier cosa que hacemos los seres humanos tiene un impacto, y las renovables tienen un impacto y lo tienen en el territorio. La cuestión es que a nivel ambiental el impacto de las energías renovables es muchísimo menor que el de las energías a las que están sustituyendo, que son las fósiles y las tradicionales. Eso no quiere decir que no haya un impacto y, sobre todo, que no haya impactos de carácter paisajístico que son los más difíciles de evitar, porque son obvios. Pero yo defiendo que el impacto paisajístico es un impacto muy asumible para los beneficios que traen las energías renovables.

P. ¿Y qué impacto tienen sobre la biodiversidad?

R. El impacto en la biodiversidad es bajo. Sobre todo es bajo cuando tenemos autorizaciones ambientales para que los proyectos salgan adelante. Los impactos de las energías renovables se valoran en los estudios ambientales y las autorizaciones que dan las administraciones. No son nulos, obviamente, pero son bajos. Y muchas veces lo que observamos es que cuando se hacen estas energías renovables sobre los sitios menos sensibles y sustituyen actividades que también intrínsecamente tienen un impacto, como puede ser la agricultura, en muchas ocasiones el impacto sobre la biodiversidad es positivo.

P. ¿De todos los mitos que ha analizado usted en el libro cuál cree que ha calado más entre la población?

R. Hay dos mitos extremadamente persistentes. Uno es que la energía nuclear es barata, que es una cosa que llevamos viendo en Europa desde hace más de dos décadas que no es así. Y otros mitos que perviven mucho son los relativos a las bombas de calor. Hay muchísimo mito sobre que una bomba de calor no es eficiente, no puede calentar una casa, no puede estar en climas fríos.

P. ¿Está viviendo la nuclear un auge en el mundo?

R. No, la nuclear no está viviendo ningún auge internacional, eso es propaganda. De hecho, en tres de los últimos cuatro años la potencia nuclear ha retrocedido en el mundo, es decir, se han cerrado más centrales de las que se han conectado. Llevo escuchando hablar del renacimiento nuclear desde hace alrededor de 25 años y siempre se decía que estaba llegando. Es una energía estancada en el mundo desde hace tres décadas.

 P. ¿Los residuos de las nucleares son igual de difíciles de gestionar o de peligrosos que los de las renovables?

R. Los residuos de la nuclear son muchísimo más difíciles de gestionar que los de las renovables porque son peligrosísimos. Otra cosa es que sean menos voluminosos, pero son infinitamente más peligrosos. Los residuos de las renovables son residuos normales: aluminio, hormigón, cobre o cristal. Lo más complicado son los composites de las palas de los aerogeneradores, que son difíciles de reciclar, pero siguen siendo un residuo no peligroso. Comparar los residuos nucleares con los residuos de las renovables es una argumentación totalmente ridícula, un fake.

P. ¿Cree que el expresidente Felipe González estuvo mal asesorado o sabía que era un fake lo que estaba difundiendo cuando comparó ambos residuos?

R. Este caso nos demuestra hasta qué punto las fake news pueden llegar a confundir a las personas más inteligentes. Felipe González es probablemente el personaje histórico más importante vivo que hay en España y ha caído en varios de los bulos que comento en el libro, tanto sobre la nuclear como en que no se pueden reciclar los paneles de solares. Es un caso muy paradigmático de cómo incluso las personas más ilustradas y más preparadas, cuando no tienen un conocimiento específico sobre la materia energética, son víctimas de las fake news como podemos ser cualquiera de nosotros.

P. ¿Hay algún bulo que se ha dejado en el tintero y le preocupe?

R. Me preocupan mucho dos bulos que comienzo a ver por parte de las plataformas contra las renovables y que se pueden ver en sus alegaciones a proyectos concretos. Uno es que las plantas solares van a aumentar la temperatura de la zona y de las personas que tienen casas alrededor, lo cual es un bulo, es falso. Y otro que he visto nuevo es que las plantas solares van a hacer que llueva menos, otro bulo que tampoco tiene ningún sustento científico. Estos dos bulos no están en el libro porque son relativamente nuevos."              (Manuel Planelles, El País, 01/03/24)

14/12/23

David Talbot, en su libro 'La Conspiración', narra la historia de dos hermanos provenientes de la élite que quisieron transformar el mundo, se enfrentaron a las fuerzas que impedían el cambio y acabaron asesinados... se enfrentaron contra el poderoso establishment de seguridad nacional de EE.UU. que estaba decidido a tener un enfrentamiento nuclear con la Unión Soviética... y desafiaron al ala sureña de su propio partido y al racismo arraigado en el sur estadounidense... Robert Kennedy también se enfrentó con la CIA, que a su juicio no era lo suficientemente leal al presidente Kennedy... Cuando Robert Kennedy escuchó la trágica noticia de la muerte de su hermano, inmediatamente sospechó que la peligrosa alianza entre la CIA y la Mafia se había vuelto contra JFK... tuvieron que pagar un precio terrible por ello en forma de profundos resentimientos. "Las élites saben la verdad sobre el asesinato de John F. Kennedy, pero los medios se la callan"

 "David Talbot tenía 16 años y trabajaba como voluntario para la campaña de Robert Kennedy la noche en que éste fue alcanzado por ocho balas de calibre 22. Para Talbot, periodista de éxito (trabajó en The New York Times, colaboró con Rolling Stone y New Yorker, y fue fundador y editor de la revista Salon) aquel momento supuso, como para tantos otros estadounidenses, el fin de la esperanza en el futuro de su país. Con su excelente La conspiración (cuyo título original es Brothers), la obra que la editorial Crítica puso en el mercado con motivo del 50 aniversario del asesinato de John Fitzgerald Kennedy, Talbot trató de recomponer la confianza perdida buscando respuestas desde una nueva perspectiva. El libro repara especialmente en la figura de Robert, su hermano y más fiel seguidor, para construir una memoria sentimental y política de una época que marcó de modo definitivo el resto del siglo XX.

La conspiración es, ante todo, una tragedia griega llena de afectos, intrigas y malvados, cuyo telón de fondo es el de las vidas del ciudadano medio de Occidente. El Confidencial habló extensamente con David Talbot, quien arroja luz en la conversación sobre los años que van desde el inicio de la presidencia de JFK hasta el asesinato de Robert.

E.C. Ha definido La conspiración como un drama épico americano. Y hay mucho de gran tragedia, porque es la historia de dos hermanos provenientes de la élite que quisieron transformar el mundo, se enfrentaron a las fuerzas que impedían el cambio y acabaron asesinados.

D.T. Sí, Brothers da la verdadera medida del valor de los hermanos Kennedy. A los medios de EEUU les gusta centrarse principalmente en el aspecto físico y en el estilo de la familia mucho más que en la parte más valiente de los Kennedy. La verdadera razón por la que hay que recordar a John F. Kennedy y a su hermano Robert, quien fue su principal compañero político, es que sacrificaron sus vidas para hacer que la historia avanzase. Los dos grandes problemas a los que se enfrentaba Estados Unidos cuando John asume la presidencia en 1961 eran la supervivencia humana en la era nuclear y el creciente clamor por la justicia racial. Los Kennedy lograron que se avanzase enormemente en esas dos cuestiones esenciales y, al hacerlo, se enfrentaron contra el poderoso establishment de seguridad nacional de EE.UU. que estaba decidido a tener un enfrentamiento nuclear con la Unión Soviética, a pesar de las enormes pérdidas de vidas humanas que se habrían derivado de ello. Los Kennedy también desafiaron al ala sureña de su propio partido y al racismo arraigado en el sur estadounidense. Hay que tener en cuenta que JFK envió agentes federales y soldados del Ejército de Estados Unidos a la Universidad de Mississippi en una noche infernal de disturbios y violencia, para obligar a la universidad a admitir a su primer estudiante negro y tuvieron que pagar un precio terrible por ello en forma de profundos resentimientos.

La posición de Robert fue peculiar, porque sospechaba que la muerte de su hermano no la había causado un francotirador solitario, pero tampoco podía investigar a fondo para saber qué había ocurrido y menos aún proclamar sus dudas. Tuvo que soportar mucho dolor, y mucho miedo, mientras planificaba los movimientos estratégicos que le podrían llevar al poder de nuevo.

Sí, Robert Kennedy fue sometido a una prueba agónica tras el asesinato de su hermano. RFK fue uno de los investigadores más experimentados de los Estados Unidos, cuya destreza adquirió en la lucha contra la Mafia que llevó a cabo cuando fue un joven asesor del Senado y que prosiguió como Fiscal General, una vez que su hermano alcanzó el poder. Robert Kennedy también se enfrentó con la CIA, que a su juicio no era lo suficientemente leal al presidente Kennedy.

En 1962, Robert estaba profundamente alarmado al descubrir que estas dos fuerzas clandestinas, la CIA y la Mafia, habían planeado un complot para asesinar a Fidel Castro. Cuando Robert Kennedy escuchó la trágica noticia de la muerte de su hermano el 22 de noviembre de 1963, inmediatamente sospechó que esta peligrosa alianza entre la CIA y la Mafia se había vuelto contra JFK. Pero el nuevo presidente en la Casa Blanca, Lyndon Johnson, odiaba al joven Kennedy, y la Comisión Warren, designada por el presidente Johnson para investigar el asesinato de JFK, fue dirigida por enemigos de los Kennedy. Así que Robert sabía que iba a tener que esperar a regresar al poder para investigar a fondo la muerte de su hermano. Esa es una de las razones por las que RFK decidió postularse a la presidencia en 1968.

Robert tenía la sospecha de que después de su hermano vendría él, que su persona constituía un problema pendiente. Usted asegura que un aspecto importante de la operación contra JFK era lograr inmovilizar a Robert.

El complot contra JFK fue orquestado por expertos y tenía todas las características de una operación de inteligencia sofisticada. Tan pronto como Robert se enteró de la muerte de su hermano, supo que se estaba enfrentado a un enemigo poderoso. Y sabía que no podía confiar en las agencias de seguridad que habían traicionado a su hermano, la CIA , el FBI o el Servicio Secreto. Así, en la tarde del 22 de noviembre 1963, la casa de RFK en McLean, Virginia, fue rodeada por US Marshals partidarios de Kennedy, figuras pertenecientes a un departamento menor del gobierno federal. Los US Marshals estaban dirigidos entonces por un duro neoyorquino de origen irlandés en quien la familia Kennedy confiaba. Este es un momento sumamente dramático en la historia de EEUU, con el gobierno violentamente fracturado y con el Fiscal General y el hermano del presidente rodeado de protección porque le podían matar y no sabía quién, si la CIA o los sicarios de la Mafia.

¿Qué le parecen las versiones que insisten en que fue Lee Harvey Oswald el autor del asesinato, instigado por Castro? ¿Por qué surgen ahora tantos anti-Kennedy?

Los rumores y las acusaciones que vinculan a Harvey Oswald con Fidel Castro comenzaron inmediatamente después del asesinato de JFK, y esta campaña de desinformación está vinculada a fuentes de la CIA. De hecho, el último libro encargado de vender esta mentira, Secretos de Castro, de Brian Latell, fue escrito por un exoficial de la CIA. No hay nada de cierto en esta acusación, una conclusión a la que incluso llegó la Comisión Warren, y que fue ratificada por investigaciones posteriores. Castro sabía que atentar contra el Presidente de Estados Unidos equivalía a suicidarse y ciertamente el líder cubano no era un estúpido. Pero además, a pesar de las hostilidades que el presidente Eisenhower y la CIA habían iniciado contra el régimen de Castro, en los últimos meses de su presidencia, JFK había abierto canales diplomáticos secretos con La Habana con vistas a diseñar una solución pacífica. Castro, de hecho, se quedó muy abatido al enterarse de la muerte de Kennedy, ya que se dio cuenta al instante de que eso "iba a cambiarlo todo”.

Llama la atención la convicción absoluta de Robert en que no habían sido los comunistas. De hecho, mandó un emisario a Moscú para comunicarles que sabía que ellos no habían sido, ¿no?

Robert se dio cuenta inmediatamente de ese trabajo de desinformación que intentaba hacer de Oswald un agente comunista. Y se lo comunicó a Moscú a través de un amigo de confianza, muy cercano a la familia, llamado Bill Walton. En los días posteriores al asesinato de JFK, cuando estos rumores sobre Oswald se propagaban masivamente a través de los medios de EEUU, Robert y Jacqueline Kennedy, la viuda de JFK, pidieron a Walton que llevase un mensaje a los funcionarios soviéticos trasladándoles que ellos no culpaban a Moscú del asesinato y que sospechaban que el presidente había sido víctima de una conspiración en el más alto nivel de EEUU. Se trata de un mensaje muy peculiar para enviarlo a Moscú durante la Guerra Fría, y revela de modo inequívoco la escasa confianza que Robert Kennedy tenía en su propio gobierno.

¿Menospreciaron los Kennedy las fuerzas a las que se enfrentaban? Porque parece evidente que cuando tu enemigo es J. Edgar Hoover, va a haber problemas seguro. O cuando lo es alguien como Curtis LeMay, un militar que, según cuenta, fue capaz de decirle a la esposa de un senador que la guerra con la Unión Soviética era inevitable, que la mayoría de las ciudades estadounidenses acabarían destruidas y que lo mejor que podía hacer era huir a una zona despoblada.

Es cierto que los Kennedy, a causa de su riqueza, sus privilegios y su ambición, tenían demasiada fe en su capacidad de transformar la estructura de poder de Washington. Ellos no valoraron plenamente el poder de hombres como el jefe de la Fuerza Aérea Curtis LeMay (a quien JFK consideraba un belicista fuera de control), el director del FBI J. Edgar Hoover, y el legendario director de la CIA Allen Dulles. Cuando JFK despidió a Dulles, después de la desastrosa invasión de Bahía Cochinos en 1961, se ganó un enemigo peligroso. Dulles estaba en el centro de lo que el profesor Peter Dale Scott ha llamado "política profunda" (Deep politics) esa red oculta de intereses poderosos que manipulan las acciones oficiales desde bastidores. Cuando fue expulsado de la CIA, Dulles siguió trabajando como si estuviera todavía en el poder, convirtiendo su casa en el barrio de Georgetown de Washington en el centro de un gobierno en el exilio contra Kennedy. Entre los muchos agentes de la CIA que fueron a visitar a Dulles o que se comunicaron con él estaban James Angleton, Richard Helms, Howard Hunt y William Harvey, todos ellos conectados, según los investigadores, con el asesinato del presidente Kennedy y su posterior encubrimiento.

¿Esa lucha entre el poder político y los poderes que, sintetizados en lo que se llamó el “complejo militar-industrial”, pretendían dirigir de facto los países, sigue existiendo? ¿Es tan complicado llevar adelante las decisiones de los políticos, como entonces?

Todos los presidentes desde Kennedy han sabido lo peligroso que resultaría hacer frente a los pilares del poder de EEUU, como Wall Street, la industria de la energía y el complejo de seguridad nacional

El "complejo militar-industrial", acerca del cual el presidente Eisenhower advirtió a Estados Unidos cuando dejó la Casa Blanca en 1961, ha crecido hasta dominar toda la economía de EEUU. Nuestro país ha sido una sociedad militarizada desde la Segunda Guerra Mundial, con la Guerra Fría y ahora la Guerra contra el Terror como los motores que impulsan las empresas estadounidenses. JFK fue el último presidente en desafiar a esta enorme fuerza y pagó con su vida. Todos los presidentes desde Kennedy han sabido lo peligroso que resultaría hacer frente a los pilares del poder de EEUU, como Wall Street, la industria de la energía y el complejo de seguridad nacional. La administración Bush-Cheney era una criatura que pertenecía por completo a este complejo, que se nutre de la guerra y la expoliación planetaria. El presidente Obama llegó al poder ofreciendo una visión más optimista de América y de su lugar en el mundo, pero ha presidido el periodo de mayor crecimiento del estado de vigilancia masiva.

Los asesinatos de los hermanos Kennedy fueron algo traumático. Generaron mucha desconfianza, especialmente entre las élites, por lo que tenía de aviso para navegantes.

El asesinato descarado del presidente Kennedy, a plena luz del día en las calles de una ciudad de Estados Unidos, envió un mensaje escalofriante a la élite de EEUU. Los líderes políticos como Lyndon Johnson y Richard Nixon inmediatamente se dieron cuenta de que JFK fue víctima de una poderosa conspiración y hablaban entre ellos en voz baja entre ellos acerca de las consecuencias de este crimen, mientras aseguraban al público que Oswald había actuado solo y que el caso estaba cerrado. Los medios de EEUU, incluyendo amigos cercanos de JFK como el editor del Washington Post Ben Bradlee, también estaban preocupados en privado acerca de la existencia de una conspiración, pero no hacían nada para investigar el crimen y promovían el mito del francotirador solitario. Ningún miembro de las élites políticas o de los medios de comunicación de EEUU estaba dispuesto a arriesgar su carrera (o su vida) abriendo la puerta de este oscuro túnel. A excepción de Robert Kennedy, que corrió la misma suerte que su hermano.

También fue traumático para el ciudadano, que vio cómo la máxima autoridad de su país podía morir asesinada sin mayor problema. En este sentido, ¿en qué cambiaron los asesinatos de los hermanos Kennedy los EEUU?

El asesinato de JFK traumatizó a toda una generación de estadounidenses. Desde Dallas, las encuestas han mostrado que la mayoría de la población de EEUU ha tendido a rechazar la versión oficial de los hechos. Esto no sólo condujo a una constante erosión de la confianza pública en la autoridad del gobierno y de los medios sino que también dio lugar a un creciente malestar cívico que percibe que la democracia de EEUU es una farsa y que el poder real está en manos de una élite despiadada dispuesta a hacer cualquier cosa para mantener su estatus privilegiado.

El asesinato de los hermanos Kennedy, y de otros líderes visionarios como Martin Luther King Jr., nos privó a los americanos de una confianza esencial en nuestro futuro. Sus muertes llevaron a la guerra de Vietnam y a conflictos cívicos y, a largo plazo, a una polarización cada vez mayor entre los súper ricos y los súper poderosos y el resto de nosotros. También dio lugar a un estado de guerra permanente y a la vigilancia a lo Gran Hermano. Desde Vietnam, EEUU ha estado en un constante estado de guerra virtual.

Es curioso, porque todo el mundo sabe que la tesis de que fue Lee Harvey tiene demasiadas lagunas. La gente de la calle lo sabe, y la élite lo sabe, pero los medios suelen ser muy escépticos respecto de otra explicación que no sea la de que Lee Harvey Oswald fue el autor de todos los disparos. ¿Por qué?

Es correcto decir que la “calle” de Estados Unidos no se cree el mito de Oswald, lo cual dice mucho del estadounidense medio, que ha sido objeto de enormes lavados de cerebro sobre el asesinato y el verdadero legado de JFK. Este lavado de cerebro a través de los medios ha alcanzado un nivel enorme de ignorancia en el 50 aniversario de la muerte de JFK. A pesar de que altos funcionarios como el secretario de Estado John Kerry se atrevieron a expresar sus dudas sobre el mito Oswald, los principales medios de comunicación no han permitido ningún debate serio sobre la posibilidad de la conspiración de Dallas. Este “apagón” de las opiniones discrepantes es muy similar al control absoluto de la conciencia pública que se ve en las sociedades totalitarias.

Los medios corporativos en los Estados Unidos trabajan bajo muchos tabúes oficiales. Esto se hace evidente cada vez que una crisis como el caso de Edward Snowden tiene que aparecer en los medios. En estas circunstancias, cuando la viabilidad del estado de seguridad nacional de EEUU está en juego, incluso los periódicos liberales como el New York Times se apresuran a reforzar la confianza del público en los mitos oficiales. El New York Times abrazó rápidamente el Informe Warren en 1964 ¡antes de que el informe se hubiera finalizado!

Cuando la historia finalmente promulgue su sentencia acerca del monumental crimen contra la democracia que tuvo lugar en Dallas, los miembros del cuarto poder serán seguro condenados por su vergonzosa actuación.

Está trabajando en un documental acerca de La conspiración y dirige ahora una nueva empresa tras abandonar el periodismo diario. ¿Cree que una revista como Salon, que usted dirigió, es hoy más importante que nunca o, por el contrario, cree que ya no tiene sentido? ¿Cree que el periodismo ya no puede dar cobijo a buenas historias, que sólo se pueden contar a través de libros y documentales televisivos o cinematográficos?

Actualmente estoy trabajando en un documental basado en La conspiración, así como un nuevo libro sobre el difunto director de la CIA Allen Dulles y el surgimiento del estado de seguridad nacional de EEUU. Este nuevo libro, El tablero de ajedrez del diablo, será publicado por Harper Collins en 2015 y arrojará más luz sobre el complot dirigido por la CIA para matar a JFK.

He dejado el periodismo diario (por ahora) para concentrarme en libros y documentales a través de mi empresa, Talbot Players, porque creo que es mucho más factible llegar a través de estos formatos a contar verdades más profundas sobre el poder y la lucha social.

Sin embargo, me parece muy interesante la nueva iniciativa de periodismo en internet que ha llevado a cabo mi antiguo colega de Salon Glenn Greenwald. Yo apoyo firmemente los esfuerzos valientes de Greenwald para exponer los crímenes y escándalos del coloso de seguridad nacional. Dado que la CIA sigue desafiando la ley de EEUU mediante la ocultación de más de 1.100 documentos relacionados con el asesinato de JFK, es posible que necesitemos un periodista valiente como Greenwald y un denunciante como Snowden para asegurar la publicación de esta información vital. La historia pertenece al pueblo estadounidense."                 (Esteban Hernández , El Confidencial, 22/11/23) 

31/10/23

Ignacio Ramonet: “Hoy en día es literalmente imposible saber si algo es cierto o es falso”... no solo son mentiras, sino una articulación entre unas mentiras y también una situación social que favorece la recepción de esas mentiras como verdades... Hay una crisis de la verdad. Hay una crisis de la información. Parecía que si teníamos redes sociales nos íbamos a librar de los grandes medios que pertenecían a corporaciones o a los Estados. Ya ves dónde estamos. Peor que nunca... “Informarse cuesta”. No solo cuesta dinero, porque hay que abonarse a diferentes medios de información sino porque hay que dedicar mucho tiempo a consultar fuentes diferentes. Hay sitios especializados en la revelación del origen de las fotografías o vídeos. Hoy se puede saber, pero se necesita mucho tiempo. Un ciudadano normal no tiene tanto tiempo

 "Es bien difícil la situación hoy de la información. En este universo lo que está en crisis es la verdad”. “Hay una crisis de la información. Parecía que si teníamos redes sociales nos íbamos a librar de los grandes medios que pertenecían a corporaciones o a los Estados. Ya ves dónde estamos”.  “Se ha alentado a grupos extremistas a pasar al acto en base a mentiras, a no reconocer resultados electorales y en base a bulos. No solo son mentiras, sino una articulación entre unas mentiras y una situación social que favorece la recepción de esas mentiras como verdades”. Extracto de la entrevista al reconocido periodista y académico.

Tiene una amplia trayectoria periodística al frente de una publicación histórica como Le Monde Diplomatique. Cuenta decenas de libros publicados sobre comunicación, sociología o política internacional. Es doctor en Ciencias Sociales y catedrático de Teoría de la Comunicación. Ignacio Ramonet (Redondela, Pontevedra, 1943) no necesita mucha presentación. Recientemente ha publicado un nuevo libro. En “La era del conspiracionismo: Trump, el culto a la mentira y el asalto al Capitolio” (Clave Intelectual, 2022) se centra en desgranar todo lo que rodeó al impactante suceso que tuvo lugar en EEUU el 6 de enero de 2021. En esta entrevista con Público ofrece algunos detalles de lo que contiene la publicación. 

Al principio del libro escribe: “El asalto al Capitolio de enero de 2021 es un evento clave para el porvenir de la democracia, no solo en EEUU”. Lo califica como el “testimonio más impresionante de lo enfermo que está el sistema democrático”.  No parece un inicio demasiado esperanzador.

Hace unos días, Joe Biden hizo un discurso. Y dijo esencialmente, con respecto a los midterms (elecciones de medio mandato), ( ) que la democracia está amenazada. Él empezó su discurso diciendo: ¿Dónde está Nancy? Eso decía el tipo con un martillo en la mano que entró en la casa de los Pelosi y que atacó al marido. ¿Dónde está Nancy? es lo que decían el 6 de enero de 2021 los asaltantes al Capitolio, cuando la buscaban también para, literalmente, ejecutarla. La situación ha ido evolucionando en el peor de los sentidos…

¿Cree posible entonces que Trump vuelva a gobernar en EEUU?

No lo sabemos. Aún faltan dos años y pueden pasar muchas cosas. Pero hemos visto el peso que tiene Trump en este momento en el Partido Republicano. Cómo él está determinando a los candidatos y cómo los está eligiendo. Es verdad que hay una corriente anti Trump en su partido, pero por el momento no se ve quién podría ser candidato y presentarse a las primarias contra él. Tiene una maquinaria colosal, unos aportes financieros colosales, ha creado su red social, etc. Pero el hecho de que su íntimo amigo Elon Musk haya comprado ahora Twitter también nos dice que es posible que Trump regrese a esta red social. Trump, antes de que Instagram, Youtube o Facebook lo prohibieran, tenía como 150 millones de seguidores. Tenía una potencia comunicacional muy importante y hoy en día la sigue teniendo. 

¿Cuál sería ese Trump revanchista que regresaría? Con una Corte Suprema designada prácticamente por él mismo. En base además a una campaña basada en muchas mentiras. Es lo que decía Biden también el otro día, es el triunfo de la mentira si los republicanos ganasen…

Dice en el libro que la lección de lo que pasó en el Capitolio vale para otros contextos. Y aquí menciona a Jair Bolsonaro. Hemos visto cómo se resistía a reconocer  explíctamente su derrota frente a Lula. ¿Hay riesgo en Brasil de que no se respeten los resultados electorales y que pase como en EEEU?

Los resultados ya parece difícil que no se reconozcan. Implícitamente Bolsonaro no niega los resultados, sin aceptarlo explícitamente. Pero varios lugartenientes importantes suyos, en particular el nuevo gobernador electo en Sao Paulo, han reconocido la victoria de Lula. Lo que en Brasil puede ocurrir es un golpe de Estado militar. Lo que los bolsonaristas están pidiendo en este momento no es que Bolsonaro no reconozca la victoria de Lula. Es que los militares se apoderen de las riendas del Estado. Entonces este es el peligro del golpe de Estado. 

Lo del 6 de enero en EEUU, el hecho de asaltar un edificio emblemático, se había producido por ejemplo en Alemania cuando la extrema derecha asaltó el Bundestag. O cuando los fascistas italianos asaltaron la sede de la CGIL, el sindicato principal del país. Todo eso fue antes. Y luego, una vez se asaltó el Capitolio, mucha gente se sintió autorizada para asaltar edificios emblemáticos. Los camioneros canadienses cercaron el Parlamento de Canadá en Ottawa. Se ha alentado a grupos extremistas a pasar al acto en base a mentiras, a no reconocer resultados electorales y en base a bulos. Lo que trato de explicar es que no solo son mentiras, sino una articulación entre unas mentiras y también una situación social que favorece la recepción de esas mentiras como verdades. Por ejemplo, la situación de la clase media blanca en EEUU. 

De hecho en el libro destaca que muchas personas de clase trabajadora y media votaron en contra de los intereses de su clase por motivos identitarios. Y que cuando se vieron defraudadas comenzaron a abrazar las tesis conspiracionistas. ¿Qué lleva a una persona a abrazar este tipo de tesis?

Nosotros analizamos con una especie de parrilla marxista básica, y yo creo científica y social, que votan contra su clase social. Pero ellos no piensan en términos de clases sociales. Piensan, como Trump les incita a pensar, en términos de identidad racial o étnica. En tanto que como categoría étnica se sienten amenazados, porque son los blancos pobres rodeados de los inmigrantes no blancos que van subiendo desde el punto de vista social.

Entonces ellos se sienten amenazados y ya no tienen el estatuto que tuvieron en toda la historia de EEUU, que es la historia también de un genocidio, mediante el cual por el hecho de ser blanco ya era un estatuto privilegiado. Hoy lo están perdiendo. De ahí que ellos también favorezcan esta tesis, que la extrema derecha en Europa maneja mucho, de “la gran sustitución”. Es decir, están llegando inmigrantes gota a gota pero al cabo del tiempo nos van a sustituir, como ha pasado en algunos territorios, barrios o regiones. Como nos han sustituido desde el punto de vista electoral en algunas esferas locales, en los sindicatos u organizaciones de vecinos. Ellos se ven como un grupo étnico amenazado. Por eso todo esto tiene una dimensión muy racista. 

¿Y en España estamos a salvo de riesgos parecidos?

En la época de Obama, hace unos ocho años, el Tea Party nos parecía lo más a la extrema derecha que podíamos imaginar, lo más irracional desde el punto de vista político. Con cosas tan reaccionarias y alejadas del progreso, del curso de la historia. Y hoy el Tea Party es casi una organización democrática modélica frente a las nuevas extremas derechas. En Europa mira lo que acaba ocurrir en Italia. Un siglo después de la marcha sobre Italia, Giorgia Meloni está ahí reivindicando a Mussolini. La extrema derecha ha ganado las elecciones en Suecia, que era un ejemplo de socialdemocracia. En Francia el primer partido es el de Le Pen. Vemos cómo ese modelo americano que parece lejano o exótico y adaptado a una cultura americana muy poco estructurada según sus nuestros criterios académicos y educacionales. Pero las extremas derechas aquí también van subiendo. Por las mismas razones, la cuestión de la inmigración es extremadamente rentable con estas teorías. 

“Hay una crisis de la verdad”

En el libro se relatan todos los bulos relacionados con las teorías conspiracionistas de la era Trump y posterior. Pone un poco los pelos de punta especialmente todo lo relacionado con el Pizzagate, la red pedófila satánica… Y que hubiera total impunidad para difundir ese tipo de informaciones. 

Las redes sociales han creado la idea de que finalmente descubres que tus ideas que no te atrevías a expresar porque te avergonzaban, porque no estaban en el ámbito de lo aceptable, resulta que hay miles de personas que las tienen. De cualquier tipo. Entonces uno piensa que no está solo como pensador de tal idea torcida. Eso alienta a afirmarse en una sociedad que lo exige, a tener personalidad e identidad comunicacional. Estos canales favorecen esto. Esta expresión salvaje se fue corrigiendo últimamente. Y en particular después del asalto al Capitolio las grandes redes tomaron la decisión de moderar mucho más para ir eliminando a aquellos que difundían bulos o tesis racistas. Pero ahora vemos cómo Elon Musk, al comprar Twitter, dice que va a restablecer la libertad, que la libertad de expresión está muy limitada. No sabemos qué va a ser esta cuestión. 

Es muy crítico con las redes sociales y el uso que se le da. ¿Qué puede hacer un ciudadano en este contexto para informarse con cierto rigor?

Es bien difícil la situación hoy de la información. En este universo que describimos aquí lo que está en crisis es la verdad. Es decir, en particular yo desarrollo casi un capítulo sobre la crisis de la verdad, la historia de la verdad. Esto es una realidad hoy en día. Hoy en día literalmente es imposible saber si algo es cierto o es falso. Estamos ante una de las mayores crisis geopolíticas de los últimos 60 o 70 años, que es la guerra de Ucrania. Mira cuanta gente confundida hay. No digo que nadie tenga la verdad absoluta pero es muy difícil saber algunas cosas. Por ejemplo, ¿quién bombardea la central nuclear de Zaporiya? No tenemos una respuesta convincente para un razonamiento racional. Porque si son los rusos, ¿por qué se van a bombardear ellos que están ahí? Y si son los ucranianos, ¿por qué dicen que son los rusos?

En el libro hay un pequeño capítulo sobre esta guerra y es usted muy crítico con el papel de los grandes medios de comunicación. 

En general, unos y otros. No creo que los rusos tengan una visión muy objetiva de la guerra tampoco. 

Insisto entonces de nuevo en qué puede hacer un ciudadano con ánimo de informarse correctamente

Hay una crisis de la verdad. Hay una crisis de la información. Parecía que si teníamos redes sociales nos íbamos a librar de los grandes medios que pertenecían a corporaciones o a los Estados. Ya ves dónde estamos. Peor que nunca. Quizás lo que hay que decir es que informarse siempre ha sido difícil. Nunca ha sido fácil. Siempre hemos tenido la esperanza de que llegaría una tecnología que nos iba a permitir informarnos bien. Una tecnología o una política como la democratización de la información en la época del Informe McBride. Pero hoy se ha realizado la democratización de la información y estamos en una confusión muy importante. Repito, informarse siempre ha sido difícil.

Yo escribí un artículo hace un tiempo llamado “Informarse cuesta”. No solo cuesta dinero, porque hay que abonarse a diferentes medios de información sino porque hay que dedicar mucho tiempo a consultar fuentes diferentes. Hay sitios especializados en la revelación del origen de las fotografías o vídeos. Hoy se puede saber, pero se necesita mucho tiempo. Un ciudadano normal no tiene tanto tiempo. Quiere abrir el noticiero de televisión y que le digan la verdad. Eso hoy no es posible. 

Hablamos todo el rato de la extrema derecha pero quería preguntarle si la izquierda está a salvo de las teorías conspiracionistas sin fundamento.

La izquierda no está a salvo. La izquierda también entra en el conspiracionismo, ocurre cualquier cosa y la culpa es del imperialismo. Es muy fácil decirlo. Te voy a dar dos ejemplos. Cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre, una parte de la izquierda le hizo una acogida mundial a la tesis de Thierry Meyssan que decía que eso había sido el gran embuste de nuestro tiempo, que nunca había habido un ataque contra las Torres Gemelas. Y que había sido un autoatentado hecho por el Pentágono. Eso, parte de la izquierda lo recibió y lo repitió. No toda la izquierda, yo me considero de izquierdas y combatimos esa tesis como irracional y complotista.

El otro ejemplo es que en los medios de izquierdas se lee regularmente que el grupo de Bildelberg es el amo del mundo y que todo lo que ocurre tiene que ver con eso. Para una parte de la izquierda, Bildelberg son los reptilianos. La izquierda no está a salvo del complotismo. Una cosa que digo es que los complots existen de verdad. No muy lejos de aquí se asesinó a Prim, que fue víctima de un complot que aún hoy en día no se ha podido dilucidar."                 

(Entrevista a Ignacio Ramonet, Colectivo Luis Emilio Recabarren, 14/12/22)

22/6/23

El 42% de los americanos y el 29% de los franceses se declaran negacionistas climáticos, e incluso un 18% y un 12% (¡seis millones de franceses!) creen que la Tierra es plana. No sé si hay cifras para España, pero conviene no tomar a risa estos datos... Con porcentajes como estos se pueden ganar unas elecciones y gobernar un país. Con porcentajes como estos se dibuja el declive de una civilización... El conspiracionismo me interesa más aquí como síntoma neurótico. En 1960, para describir la indiferencia de los franceses ante los crímenes coloniales en Argelia, Jean Paul Sartre diagnosticó tajante: “Francia no es un país, es una neurosis”. El mundo entero es hoy, diría, una neurosis narcisista de clase media (los más pobres, como decía Chesterton, no se pueden permitir ni el optimismo ni el desánimo)... Esta pulsión de muerte suele ser la respuesta pendular a la pérdida de control sobre el propio entorno, a la impotencia y a la sensación de derrota; los conspiracionistas, en efecto, prefieren un mundo gobernado por una Mano Negra que un mundo ingobernable. Incluso los negacionistas climáticos no buscan protegerse del miedo mediante un engaño confortable: encuentran satisfacción, más bien, en la idea de que se les está engañando. ¿Y por qué le puede apetecer a alguien que la Tierra sea plana? Porque eso colma, precisamente, el deseo neurótico de que el poder nos mienta... Esta neurosis históricamente hispana y hoy universal se acompaña de tres deseos subjetivos: el deseo de ser apaleado, el deseo de que nos gobierne el Mal y el deseo de distinción. Queremos ser víctimas de alguien; queremos el apocalipsis now; queremos formar parte de la contra-élite que conoce la fecha y la hora de la perdición

 "Según una encuesta realizada en enero de este año por el IFOP, el 55% de los estadounidenses y el 35% de los franceses creen en al menos una teoría de la conspiración, tendencia al alza entre los más jóvenes y los más conservadores. Por ejemplo: el 42% de los estadounidenses y el 33% de los franceses están convencidos de que el Gobierno de EE UU conocía de antemano, y no impidió, el atentado terrorista contra los Torres Gemelas; el 41% y el 23%, respectivamente, aseguran que el Apolo nunca llegó a la luna en 1969; el 41% y el 31% creen que Biden desencadenó la invasión de Ucrania para ocultar los negocios de su hijo y el 27% y el 20% que las matanzas de Bucha fueron una “puesta en escena” de los ucranios; un 40% de los estadounidenses y un 26% de los franceses cuestionan el triunfo electoral de Biden y estiman que el asalto al Capitolio fue amañado para desacreditar a los partidarios de Trump; el 42% y el 29% se declaran negacionistas climáticos e incluso un 18% y un 12% (¡seis millones de franceses!) creen que la Tierra es plana. No sé si hay cifras para España, pero conviene no tomar a risa estos datos. Con porcentajes como estos se pueden ganar unas elecciones y gobernar un país. Con porcentajes como estos se dibuja el declive de una civilización.

No voy a explorar las razones sociológicas de esta tendencia universal. El conspiracionismo me interesa más aquí como síntoma neurótico. En 1960, para describir la indiferencia de los franceses ante los crímenes coloniales en Argelia, Jean Paul Sartre diagnosticó tajante: “Francia no es un país, es una neurosis”. El mundo entero es hoy, diría, una neurosis narcisista de clase media (los más pobres, como decía Chesterton, no se pueden permitir ni el optimismo ni el desánimo). Las épocas de peligro se reconocen por esto: la gente que antes era indiferente ante el Mal pasa a desearlo con todas sus fuerzas: “que se imponga de una vez, aunque me cueste la vida”. Esta pulsión de muerte suele ser la respuesta pendular a la pérdida de control sobre el propio entorno, a la impotencia y a la sensación de derrota; los conspiracionistas, en efecto, prefieren un mundo gobernado por una Mano Negra que un mundo ingobernable. Incluso los negacionistas climáticos no buscan protegerse del miedo mediante un engaño confortable: encuentran satisfacción, más bien, en la idea de que se les está engañando. ¿Y por qué le puede apetecer a alguien que la Tierra sea plana? Porque eso colma, precisamente, el deseo neurótico de que el poder nos mienta.

Podemos decir que se trata de la típica neurosis narcisista del perdedor: si no puedo ganar, entonces quiero perderlo todo. Se trata de una neurosis, por cierto, muy española; o lo ha sido y quizás vuelve a serlo. Pensemos, por ejemplo, en el fútbol como receptor transversal de nostalgia imperial y fragilidad nacional en un país mal construido que solo ha sabido pensarse a sí mismo como conquistador o como paria; como Imperio sin puestas de sol o como periferia cutre de Europa. Esta neurosis decimonónica, prolongada durante el franquismo y superada en las últimas décadas, encontró su último refugio en los campos de fútbol. Opera así: si la selección gana el primer partido del Mundial, entonces España es el mejor equipo del mundo; si pierde el segundo, entonces es el peor y queremos que sea derrotada una y otra vez, para darnos la razón, de la manera más humillante. “Si no ganas, quiero que pierdas por goleada”. Hasta el gol de Iniesta en 2010, todos los españoles —y no solo los independentistas catalanes y vascos— deseaban profundamente la derrota de la selección. Cuando no son los judíos y los masones (o la embajada estadounidense), es el Destino el que conspira contra los españoles.

Esta neurosis históricamente hispana y hoy universal se acompaña de tres deseos subjetivos: el deseo de ser apaleado, el deseo de que nos gobierne el Mal y el deseo de distinción. Queremos ser víctimas de alguien; queremos el apocalipsis now; queremos formar parte de la contra-élite que conoce la fecha y la hora de la perdición.

Esta neurosis, ¿es de derechas o de izquierdas? De ambas. Pero con una diferencia. La derecha, que suele ganar, no sabe ganar: cuando gana —heredera de una tradición nefasta— nunca perdona al vencido. La izquierda, por su parte, se quiere perdedora y, por lo tanto, no sabe perder: cuando pierde, tiende a destruirse a sí misma. Hay una izquierda superoptimista, en efecto, que apuesta por el “cuanto peor mejor”; una izquierda teológica que quiere que el Mal sea uno y no múltiple y que desea reducir toda contingencia a una Voluntad omnipotente que al menos nos reconocería como enemigos y cuya victoria anhelamos como evidencia irrefutable de nuestra superioridad cognitiva y moral.

Más allá de los cálculos y las estrategias, creo que esta neurosis narcisista, muy reaccionaria, opera hoy activamente en el inconsciente de Podemos. Derrotados, quieren ser apaleados en la plaza pública, como víctimas agresivas de una traición general: su proyecto es ser odiados y se las arreglan para que todo el mundo los odie. Derrotados, quieren que gobierne el Mal, para resistir heroicamente al determinismo y la brutalidad metafísicas. Derrotados, quieren al menos tener razón, para así distinguirse del resto de los españoles, que se dejan engañar con mansedumbre o ceden por felonía. Da mucho miedo que Podemos traslade esta neurosis narcisista de derrota necrófila al interior de Sumar. Ya lo ha hecho. Lo ha hecho durante unas negociaciones lastradas de bulos, filtraciones y presiones subsidiarias; y ha seguido haciéndolo después, atacando sin escrúpulos a sus compañeros de Unidad, como si su único proyecto político fuera el de extender el morbo a la totalidad de la izquierda y con independencia del precio a pagar: aunque con ello —digo— se facilite una victoria ultraderechista que confirmaría (máxima felicidad neurótica) las tesis conspiracionistas en torno a los medios de comunicación, la “izquierda cuqui” y las cloacas del Estado. En las negociaciones, Podemos se ha movido entre el interés pragmático de una máquina partidista amenazada de muerte y necesitada de escaños y el placer neurótico del apocalipsis colectivo. Ojalá el interés más bajo hubiese contenido en este caso el deseo más alto de destrucción. Ojalá todavía lo contenga. Porque Podemos puede hacer aún mucho daño a un proyecto al que se unió voluntariamente con el propósito de sobrevivir. No tengo muchas esperanzas. Entre la supervivencia y la destrucción, el neurótico —ay— elige siempre la destrucción.

¿Hay alguna curación para esta neurosis general, tan española y tan universal? Cambiar el deseo. Ahora bien, el problema es que el deseo no lo puede cambiar la voluntad: solo se puede cambiar en el mundo y desde el mundo. Hace falta una pequeña victoria que sustituya el narcisismo entrópico por la autoestima compartida. Por desgracia, la neurosis misma —pues es deseo de derrota— hace difícil cualquier victoria; y hace difícil (como han demostrado los años de la nueva política) gestionarlas bien —las victorias. Sumar es imprescindible, pero si quiere sumar tiene que ser ante todo un proyecto de salud mental.

El 23-J nos jugamos mucho, porque las derechas globales son hoy muy “españolas” y la española aún más. No estamos ante un cambio de ciclo sino ante un cambio de mundo. Las teorías conspiratorias, lo hemos dicho, son fundamentalmente reaccionarias: los judíos, los masones y los comunistas (y los inmigrantes y los maricones) nos están robando España. Una victoria de la derecha será una victoria imperial: somos los mejores y ganamos por goleada; y no tendremos piedad con los vencidos. No olvidemos a la hora de votar que las neurosis narcisistas, las de derechas y las de izquierdas, hoy campantes en la política global, son causa y efecto de la renuncia a la política y del fracaso de la democracia."

(Santiago Alba Rico es escritor y filósofo. El País, 16/06/23)

16/6/23

Hace tres años, la ultraderecha intentó desestabilizar España parapetada tras los antivacunas. Y nadie pareció tomarse en serio el peligro que se estaba fraguando. El tiempo ha pasado y a una parte de este país le parece sensato creer que existen avionetas fumigando las nubes con el objeto de someternos a la sequía, los mismos que tachan el cambio climático de estafa e insultan a los meteorólogos... La conspiranoia, una mezcla de conspiración más paranoia, la creencia irracional en la presencia constante de confabulaciones que pervierten el mundo en el que vivimos... la crisis de ciclo largo en la que llevamos inmersos quince años ha sido un acelerante para la desconfianza. La población está más asustada de lo que reconoce y una parte canaliza ese temor hacia una moderna Inquisición contra brujas y espectros que nos acechan. Hay algo pueril, pero confortable, en pensar que estamos amenazados por élites que planifican catástrofes, antes que asumir que el capitalismo es un sistema anárquico e inestable y que, en ocasiones, la ruina lleva el apellido de lo inesperado... Existen lagunas científicas en nuestro conocimiento que permiten que haya convencidos del terraplanismo, pero existe una ignorancia aún mayor de cómo funcionan las instituciones gubernamentales o los mercados financieros... Asustados, pero también más solos, buscamos la pertenencia contra la disgregación, un colectivo del que formar parte, la última línea de resistencia frente a la maquinación que intenta pervertir lo que una vez fue puro. No hay nada más peligroso que darle una misión histórica a gente aburrida... La conspiranoia es el clavo ardiendo al que nos agarramos para evitar alcanzar la mayoría de edad ciudadana. Ante un presente acelerado lleno de incógnitas preferimos creer que, al menos, aún hay alguien velando sobre el caos... A esto hay que sumarle el hecho cierto de que las conspiraciones existen... La conspiración es el método seguido por un grupo de poder para imponer sus deseos por encima de las normas previstas... siguen existiendo como manera de adulterar el devenir político y económico, en beneficio de grupos con capacidad de influencia que no desean someterse a los procedimientos y reglas previstas... es mejor pensar que el mundo es amenazado por unos villanos al estilo de Spectra, que desde una oscura mesa de reuniones planifican catástrofes, que asumir que pueden existir malos mandatarios, ejecutivos codiciosos y toda una estructura social dispuesta a colaborar con ellos con tal de ascender socialmente

 "La lluvias han llegado tarde y en algunos lugares de manera destructiva. Sin embargo, la sequía de comienzo de la primavera agrietó la tierra, mermó la cosecha y perjudicó la economía. También hizo brotar un nuevo foco de suspicacia.

 A finales de abril la Agencia Estatal de Meteorología se vio obligada a pedir respeto mediante un vídeo que mostraba un torrente de insultos y amenazas, proferidos por usuarios de Twitter convencidos de que la AEMET era parte de un complot para alterar las precipitaciones. Conocidos meteorólogos, sobre todo si advierten de los peligros del cambio climático, son acosados a diario con la misma hostilidad. Incluso la Fiscalía recibió denuncias, ya archivadas, en la misma línea. Un diputado tránsfuga de Ciudadanos elevó, a principios de mayo, una pregunta a la Mesa del Congreso: “¿Está el Gobierno manipulando el tiempo a través del rociado aéreo?”. 

 ¿Qué ha pasado para que la información meteorológica, antes conversación de cortesía en el ascensor, tranquilo refugio de sobremesa, se haya vuelto un tema conflictivo? Lo mismo que ha sucedido con las vacunas. Este no es un artículo que intente desmentir las demenciales teorías en las que se basa el pensamiento conspiranoico, el esfuerzo resulta inútil cuando las palabras pierden su significado, la razón se atrofia y la sospecha arraiga en el fértil terreno abonado con el miedo. Los que utilizan con soltura términos como “plandemia” o “mienteorólogo” han pasado a convertirse, en el mejor de los casos, en el síntoma de una enfermedad social y, en el peor, en la herramienta de aquellos que acechan a la democracia. 

 A mediados de los noventa, cuando Expediente X dominaba la televisión, lo conspiranoico resultaba tan sólo materia de entretenimiento para el gran público. Tres décadas después, esta manera disparatada de discurrir es tomada en serio por un número creciente de ciudadanos. ¿Por qué? Parece obvio que el descontrol digital permitió ganar notoriedad a todo tipo de iluminados y charlatanes que incluso lograron profesionalizarse y hacer del recelo un lucrativo negocio. Tenemos claro el vector de extensión de un mal que la Fundéu recogió en el año 2019 como conspiranoia, una mezcla de conspiración más paranoia, la creencia irracional en la presencia constante de confabulaciones que pervierten el mundo en el que vivimos. Pero debemos cuestionarnos por sus causas.

Obviamente, la crisis de ciclo largo en la que llevamos inmersos quince años ha sido un acelerante para la desconfianza. La población está más asustada de lo que reconoce y una parte canaliza ese temor hacia una moderna Inquisición contra brujas y espectros que nos acechan. Hay algo pueril, pero confortable, en pensar que estamos amenazados por élites que planifican catástrofes, antes que asumir que el capitalismo es un sistema anárquico e inestable y que, en ocasiones, la ruina lleva el apellido de lo inesperado. También debemos contar con el sesgo de una educación que nos prepara para ser excelentes técnicos pero no nos forma como ciudadanos, convirtiéndonos en maestros en lo parcial pero ignorantes en el funcionamiento global de nuestra sociedad.

 Existen lagunas científicas en nuestro conocimiento que permiten que haya convencidos del terraplanismo, pero existe una ignorancia aún mayor de cómo funcionan las instituciones gubernamentales o los mercados financieros. Sabemos que hay cosas que no marchan demasiado bien, pero desconocemos por completo las causas del error y sus protagonistas. Asustados, pero también más solos, buscamos la pertenencia contra la disgregación, un colectivo del que formar parte, la última línea de resistencia frente a la maquinación que intenta pervertir lo que una vez fue puro. No hay nada más peligroso que darle una misión histórica a gente aburrida, una aventura desde la seguridad de la sala de estar, que requiere, por todo compromiso, extender bulos mediante el móvil.

No obstante, el pensamiento conspiranoico es también atractivo por su carácter irrefutable. Al carecer de método siempre puede ofrecernos una nueva pirueta frente a la explicación lógica, volviéndose más fuerte ante la evidencia que lo contradice. La connivencia surge de algo tan elemental como el ego. Prestamos más atención a quien finge tener todas las respuestas, por rocambolescas que sean, y queremos imitarlo, sentirnos por encima de ese “rebaño de simples” que aceptan “la versión oficial”. La conspiranoia es el clavo ardiendo al que nos agarramos para evitar alcanzar la mayoría de edad ciudadana. Ante un presente acelerado lleno de incógnitas preferimos creer que, al menos, aún hay alguien velando sobre el caos.

 

A esto hay que sumarle el hecho cierto de que las conspiraciones existen. Llevan existiendo desde que Julio César fue acuchillado por un grupo de senadores en el año 44 antes de Cristo. Bastante antes, de hecho. La conspiración era la manera casi habitual en la que los mandatarios eran depuestos, el modo en que se solventaban los conflictos por el poder cuando las rutinas de sucesión fallaban. La conspiración es el método seguido por un grupo de poder para imponer sus deseos por encima de las normas previstas. La diferencia con la antigüedad es que esas conspiraciones se tuvieron que sofisticar con la aparición de la democracia liberal, un sistema lleno de contrapesos y con el poder muy repartido. El hecho de que existan menos magnicidios lo que nos indica es que matar al líder dejó de ser rentable una vez que desapareció el poder omnímodo y su sucesión se guiaba por una serie de mecanismos que escapan al control de quien empuñaba el arma.

Las conspiraciones siguen existiendo como manera de adulterar el devenir político y económico, en beneficio de grupos con capacidad de influencia que no desean someterse a los procedimientos y reglas previstas. La intriga palaciega se transforma, pero ya no aspira al poder total porque no puede. Como tampoco permanecer demasiado tiempo en la penumbra ocultando sus maquinaciones. Hoy nos enteramos de todo, o casi todo, si no en el momento que sucede, poco tiempo después. En los últimos años hemos sido testigos de cómo se trazó la crisis financiera, cuáles fueron los sectores, empresas e individuos que convirtieron lo inmobiliario en una ruleta asentada sobre dinamita. También de cómo se trazó el monumental engaño que condujo al Brexit, de una manera muy parecida al asalto al Capitolio en Estados Unidos. Y acabaremos conociendo los detalles de la voladura del Nord Stream.

La razón es que en nuestro presente para que una conspiración resulte efectiva necesita muchas personas para ejecutarse, demasiadas. Por otro lado, nunca fue tan sencillo realizar una filtración de manera anónima. Que usted conozca los últimos movimientos de inteligencia estadounidense en torno a la guerra de Ucrania es producto, simplemente, de las ganas de notoriedad de un post-adolescente en uniforme. El alto secreto sigue existiendo, pero tiene fecha de caducidad y, desde luego, no existe la capacidad formal para que nadie, por mucho dinero o influencia que atesore, pueda trazar algo así como un plan de dominación global. Pensar lo contrario es no entender cómo funciona el mundo, también tener un miedo atroz a descubrirlo.

“La idea de un sistema coordinado, por siniestra que sea, resulta preferible a la realización de que flotamos a la deriva en un universo nihilista, gobernados por gente incompetente y expuestos a todo tipo de contingencias imprevisibles [...] En el fondo, se trata de intentar ordenar el caos cacofónico de la vida moderna, lo que no diferenciaría tanto al pensamiento conspiranoico del religioso”, concluye Noel Ceballos en su libro El pensamiento conspiranoico (Arpa, 2021), un excelente tratado para adentrarnos en este mal de época cada vez más extendido. La conclusión es clara: es mejor pensar que el mundo es amenazado por unos villanos al estilo de Spectra, que desde una oscura mesa de reuniones planifican catástrofes, que asumir que pueden existir malos mandatarios, ejecutivos codiciosos y toda una estructura social dispuesta a colaborar con ellos con tal de ascender socialmente.

¿Existe una conspiración en torno a la conspiranoia?¿Se fomenta el pensamiento irracional en amenazas inexistentes para que desviemos la vista de las amenazas reales? Que Vox se presentara al 1º de Mayo con una caricatura donde se apelaba a la Agenda 2030 es una respuesta rápida a la pregunta. La ultraderecha surfea con habilidad la ola de la suspicacia, ofreciendo, como en una representación de guiñoles, malos arquetípicos a los que atizar. Que un partido lleno de nobles, millonarios y altos funcionarios del Estado diga ir contra “las élites” es un chiste de mal gusto. Que obtenga un relativo éxito a la hora de imponer esta narrativa, la prueba de que una parte de la sociedad se siente más cómoda creyendo estas estupideces que mirando de frente a los problemas.

Hace tres años, la ultraderecha intentó desestabilizar España parapetada tras los antivacunas. Y nadie pareció tomarse en serio el peligro que se estaba fraguando. El tiempo ha pasado y a una parte de este país le parece sensato creer que existen avionetas fumigando las nubes con el objeto de someternos a la sequía, los mismos que tachan el cambio climático de estafa e insultan a los meteorólogos. Una semana y media antes de las autonómicas, el Departamento de Seguridad Nacional advirtió de una campaña de la ultraderecha para deslegitimar las elecciones. Llegó el 28M y, a juzgar por la diferencia entre las encuestas y los resultados, una parte de la ciudadanía, con la inestimable ayuda de lo peor de los medios de comunicación, mordió el anzuelo. Para cosechar antes hay que sembrar."                   (Daniel Bernabé, InfoLibre, 06/06/23)

20/1/23

Teorías de la conspiración: la conjura del dolor... Se trata de un culto a la mentira, y también a una imaginación anfetamínica, que responde a las dificultades de un mundo en constante transformación, un planeta que marcha a toda velocidad solapando innovaciones mientras se consolida un creciente desarraigo social que prefiere ser ignorado... El alarido del converso contra la conspiración mundial es un grito de dolor y de impotencia no atendido... lo que buscamos, al final, es sentirnos parte de algo, queridos, aceptados, escuchados

 "Si bien es difícil negar que la historia esté llena de conspiraciones, lo es mucho más afirmar que esta sea, en sí misma, una conspiración. De esta manera concluía el sociólogo Charles W. Mills en su libro ‘La élite del poder’, la obra que, en el año 1956, diseccionaba por primera vez la estructura nacional del poder norteamericano. En un complejo análisis lleno de matices, Mills distinguía tres altos círculos cuya combinación, mezcla y comunión estaba en el origen de las decisiones más importantes para los Estados Unidos, y por tanto, para el resto del mundo en aquella nueva etapa de posguerra.

 Dichos altos círculos hacían referencia a los directivos militares, cercanos a las empresas de armamento, a los grandes empresarios y a los dirigentes políticos. Un alto empresario que estuviera en muchos consejos de administración y que tuviera contactos con las empresas de armas detentaría probablemente mucha influencia sobre las decisiones del gobierno federal. Estos perfiles híbridos, que en España suelen comenzar su carrera profesional al adquirir una plaza de alto funcionario, como los célebres abogados del Estado, configuran la clase dominante.  

Uno de los seguidores de la escuela de Mills, William Domhoff, avanzó en este esquema de dominación a partir de su obra ‘¿Quién gobierna Estados Unidos?’ Actualizada desde 1969 hasta el año 2020 en un total de diez versiones, este trabajo amplía el estudio de Mills a otras entidades aparentemente separadas del mundo corporativo, como las más importantes universidades, las fundaciones, los ‘think tank’ y otros tipos de instituciones sin ánimo de lucro. La clase dominante se organiza y evoluciona con las décadas: esta se divide entre los ricos corporativos, la élite del poder y las redes de planificación de políticas públicas; la clave está en cómo todas las instituciones ejercen como mecanismos de cohesión y de adaptación a las cambiantes circunstancias del entorno económico y social. Más que una planificación, existe una dinámica históricamente construida.

A partir de estos dos análisis, entre otros muchos, tenemos una aproximación de cómo se genera y se mantiene la profunda conciencia de clase de los más poderosos: la socialización de la clase dominante se prolonga en escuelas, grupos de iguales y clubes elitistas. Sin embargo, pese a estas ventajas, ni Mills ni Domhoff negaron nunca que Estados Unidos, con todos sus defectos, fuera una democracia. En ella conviven múltiples intereses que llevan a la élite a continuos enfrentamientos internos y desacuerdos -para España podemos recordar el eterno contencioso entre el constructor Florentino Pérez y el eléctrico Ignacio Sánchez Galán-; los sindicatos -otro tipo de élite en sus niveles superiores, para algunos estudiosos- han tenido una variable capacidad de interlocución en los acuerdos laborales; los movimientos sociales ejercen también influencia, así como otros grupos de la sociedad civil; además, pese al retroceso que se ha producido en las últimas décadas, son múltiples los medios de comunicación locales, comunitarios e independientes que permiten la expresión de los intereses del público, y por tanto, de la democracia. 

Estos trabajos no permiten establecer una conclusión que quepa en una sola línea. Plantean un marco de análisis y siembran muchas dudas. Y es que una cosa es la ciencia social -con sus defectos y sus aproximaciones a veces demasiado rudimentarias- y otra, la superchería. Y si la primera exige un gran esfuerzo, la segunda ofrece una respuesta rápida, sencilla y reconfortante a nuestros más urgentes desvelos. Una buena terapia psicológica suele iniciarse admitiendo sus propias limitaciones; una pseudoterapia, en competición con la primera, ha de mostrarse mucho más atrevida y categórica. Algo así sucede con las teorías de la dominación y del poder, cuya eterna y recurrente deformación es el archipiélago de las teorías de la conspiración, un nuevo opio popular digital que plantea historias fascinantes dirigidas a unas masas mareadas por el constante flujo de información malsonante y mal explicada.  

El ensayista y profesor Ignacio Ramonet ha publicado recientemente ‘La era del conspiracionismo. Trump, el culto a la mentira y el asalto al Capitolio’. Centrado en los Estados Unidos -uno de los principales emisores de gases contaminantes, pero también de todo tipo de modas y tendencias sociales a veces no muy ejemplares-, este trabajo repasa algunos de los rumores virales que más influencia han adquirido en una sociedad norteamericana que parece haber cruzado el Rubicón de la explicación conspiratoria desde la extraña victoria de Donald Trump en 2016. Las tramas de demócratas pederastas que beben sangre infantil, portadora del adenocromo, santo grial de la energía vital y de la juventud, se combinan con el ‘Pizzagate’, el papel asesino en la sombra de la política demócrata ‘Killary Clinton’; a estos delirios pueden añadirse otros, como la denuncia de una trama mundial para instalarnos un chip rastreador a través de las vacunas contra el Covid-19, los sospechosos rastros que dejan los aviones en el cielo (los ‘chemtrails’), hasta llegar a la mismísima planicie terráquea y a los reptilianos de David Icke. 

Se trata, en definitiva, de un culto a la mentira, y también a una imaginación anfetamínica, que responde a las dificultades de un mundo en constante transformación, un planeta que marcha a toda velocidad solapando innovaciones mientras se consolida en un creciente desarraigo social que prefiere ser ignorado. Con este caldo de cultivo, la impaciencia ante la desazón de un mundo difícil de comprender queda aliviada por la metadona complotista. Si no entendemos lo que pasa, es porque ‘ellos’, los que mueven los hilos, quieren que así sea...  

Progresivamente carentes de vínculos sociales profundos y enfangados en un cinismo que pretende protegernos de la recurrente decepción que las instituciones -la política, la justicia, los sindicatos, la Iglesia…- nos producen, los ciudadanos navegamos en una altamar de incertidumbre que la ficticia batalla entre medios de comunicación e ideologías no hace sino empeorar. En esta situación cercana a la anomia que ya detectara en el siglo XIX uno de los primeros sociólogos, Émile Durkheim, ciertas teorías simplificadas se combinan para ascender al rango de creencias, y para prometer un oasis al que agarrarse al final del tormentoso horizonte. Los creyentes se sienten temporalmente aliviados hasta el próximo revés, y encuentran en las redes sociales de Internet a un conjunto de próximos con más síntomas en común que tiempo para compartir sentimientos y circunstancias reales. La curva de estas dopadas creencias es exponencial, convergiendo hacia el delirio: lo que buscamos, al final, es sentirnos parte de algo, queridos, aceptados, escuchados. El alarido del converso contra la conspiración mundial es un grito de dolor y de impotencia no atendido. 

La explicación complotista o conspirativa se ha convertido en toda una institución alternativa en estos tiempos de incertidumbre radical. Muerta la religión, la fe, que mueve montañas, sigue tratando de excavar una ruta llena de pureza para explicar con la misma inmediatez de la sociedad actual una enorme y desasosegante complejidad. La conjura es uno de los nuevos ansiolíticos, que en altas dosis, produce una creciente tolerancia. A los seguidores de estas explicaciones mágicas se les exime de la costosa y pegajosa duda, y liberados de esta, promueven un nuevo populismo: los que mueven los hilos son unos cuantos malvados que, conectados internacionalmente, planean cada movimiento de lo que en el futuro será la historia de la humanidad. Resta descubrir el complot, hacerles caer, y comenzar todo de nuevo. Pero hasta entonces, sigamos conectados en las catacumbas digitales, donde el solaz del simulado apoyo mutuo nos seguirá alejando, poco a poco, de una realidad social que no nos quiere, no nos cuida y nos es cada vez más adversa. "                   (Andrés Villena Oliver , eldiario.es, 18/01/23)

22/8/22

Teoría de la conspiración... Ayer se hizo viral la escena de indepes reventando el homenaje a las víctimas del atentado del 17A en BCN. Hubo insultos a los familiares y a "los españoles". Ahora bien, esto es la punta de un iceberg conspiranoico alimentado durante años

Authentic Indepe Hours @Authenticindepe

Ayer se hizo viral esta escena de indepes reventando el homenaje a las víctimas del atentado del 17A en BCN. Hubo insultos a los familiares y a "los españoles". Ahora bien, esto es la punta de un iceberg conspiranoico alimentado durante años. Breve hilo

Комісаp @Casfetera

Han increpado incluso a los familiares de las víctimas. Les han llamado "burros", "falsos " e "hipócritas". A un hombre que les reprocha los insultos (dirigiendose a ellos en catalán) le llaman "puto español de mierda".

2:35 p. m. · 17 ago. 2022
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¿En qué se basa la teoría de la conspiración según la cual España es responsable del atentado ocurrido en el 2017 en Barcelona y Cambrils? En nada. Pero como veremos, eso no ha impedido a docenas de políticos, “periodistas” y twittstars sin escrúpulos a difundir el bulo.

Este es un buen resumen, pero cae en el problema que abordaremos aquí: asume que solo una parte de las organizaciones indepes, las cercanas a Puigdemont, han comprado la teoría de la conspiración. Eso no es cierto.

"Teoría conspiranoica del 17-A; así se fabrica el relato que una parte del independentismo ha comprado" (CatalunyaPlural)

La realidad es que, durante años, todos los partidos independentistas con representación en el Parlament catalán han difundido la teoría de la conspiración. (...)

También las dos principales organizaciones políticas indepes, ANC y Òmnium Cultural, la han alimentado. Aquí vemos la posición oficial de la ANC y un extracto de una carta firmada en el 2018 por los que entonces eran presidentes de Òmnium y la ANC, Jordi Ciuxart y Jordi Sànchez. (...)

El actual presidente de Òmnium no parece pensar de manera muy distinta, por cierto: (...)

Por supuesto, el chiringuito de Puigdemont, el Consell per la República, también se suma a la fiesta. (...)

Finalmente, la teoría de la conspiración ha llegado tan lejos que hasta ha sido comprada por el entorno soberanista o no oficialmente indepe, gracias al entorno mediático pabloiglesiense y de los medios de Roures. (...)

Esto último sobre todo a partir de 2 elementos: 1. El INVENT de Villarejo de “el CNI quería pegarle un susto a los catalanes”, dicho en enero para apoyarse en la conspiranoia y ganar apoyos en el contexto del follón judicial en el que está, chantajeando al Estado.

... Dicho por el mismo que acusa a los servicios secretos franceses de estar detrás del atentado del 11-M, por cierto.

2. Los bulos difundidos por Público en 2019, basados en un informe fantasma publicado por cierto “periodista” que ha recurrido varias veces a esas jugarretas. Antonio Maestre le cantó las cuarenta en su día

Fin del hilo. Las conspiranoias se basan en la nada, pero algunas cuentan con algo de “chicha”: el apoyo institucional para darles alas. Si te ha gustado el hilo, puedes retuitear el primer tweet.

BONUS: ERC y su entorno han difundido la teoría de la conspiración desde sus primeras etapas y hoy en día siguen haciéndolo aunque no le gusten "las formas" de los de ayer.

Ah, me olvidaba de la "disidencia" (spoiler: son seguidores de nostro sinyó Puigdemont) del entorno de los CDR y de Albano Dante, este último compartiendo hoy otro artículo-bulo del mismo autor de Público que hemos visto antes. Están en modo control de daños tirano de hemeroteca

11:31 a. m. · 18 ago. 2022
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20/5/22

Losurdo: La industria de la mentira y las guerras imperialistas... “Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión un genocidio... Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de todas maneras autentificada como real por el sistema mediático mundial"... después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera

 "En la historia de la industria de la mentira como parte integrante del aparato militar-industrial del imperialismo, el año 1989 marcó un verdadero viraje. Nicolae Ceaucescu se mantiene en el poder en Rumania. ¿Cómo derrocarlo? Los medios de prensa occidentales comienzan a divulgar masivamente informaciones e imágenes del «genocidio» perpetrado en Timisoara por la policía del propio Ceaucescu.

LOS CADÁVERES MUTILADOS

¿Qué había pasado en realidad? Basándose en el análisis de Guy Debord sobre la «sociedad del espectáculo», un ilustre filósofo italiano, Giorgio Agamben, sintetizó magistralmente este caso:

«Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo o que se hallaban aún en las mesas de las morgues fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión el genocidio destinado a legitimar un nuevo régimen. Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de todas maneras autentificada como real por el sistema mediático mundial, para que quedara claro que lo real no era a partir de entonces otra cosa que un momento del movimiento necesario de lo falso. Verdad y falsedad se hacían así imposibles de distinguir una de la otra y el espectáculo se legitimaba solamente mediante el espectáculo.

Timisoara es, en ese sentido, el Auschwitz de la sociedad del espectáculo. Incluso se ha dicho que si después de Auschwitz es imposible escribir y pensar como antes, después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera.» [1]

El año 1989 es el año en que el paso de la sociedad del espectáculo al espectáculo como técnica de guerra comenzó a manifestarse a escala planetaria.

Varias semanas antes del golpe de Estado, o sea antes de la «revolución de Cinecittà» en Rumania [2], se producía en Praga –el 17 de noviembre de 1989– el triunfo de la «revolución de terciopelo» con una consigna inspirada en Gandhi: «Amor y verdad». En realidad, la difusión de la información falsa según la cual la policía había «matado brutalmente» a un estudiante desempeñaba un importante papel. Eso es lo que nos revela, 20 años más tarde y con satisfacción, «un periodista y líder de la disidencia, Jan Urban», protagonista de aquella manipulación: su «mentira» tuvo en aquel momento el mérito de suscitar la indignación de las masas y el derrumbe del régimen, ya debilitado [3].

Algo similar ocurrió en China. El 8 de abril de 1989, Hu Yaobang, secretario del Partido Comunista Chino (PCCh) hasta el mes de enero de 1987, sufre un infarto en medio de una reunión del Buró Político y muere una semana después. La multitud de la Plaza de Tiananmen vincula su deceso al enconado conflicto político que se había manifestado en el marco de aquella reunión [4]. El fallecido se convierte de cierta forma en víctima del sistema cuyo derrocamiento se desea.

En los 3 casos, el invento del crimen y su denuncia buscan suscitar la ola de indignación necesaria para favorecer el movimiento de protesta. Esa estrategia encuentra éxito en Checoslovaquia y Rumania –países donde el régimen socialista había surgido al calor del avance del Ejército Rojo– pero fracasa en la República Popular China, fruto de una gran revolución nacional y social. Y el fracaso mismo se convierte en punto de partida de una nueva guerra mediática más masiva aún, desencadenada por una superpotencia que no tolera la existencia de rivales reales o potenciales. Esa guerra mediática aún se mantiene en vigor. Pero lo cierto es que el momento que define el viraje histórico es, en primer lugar, Timisoara, «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo».

DAR PUBLICIDAD A LOS BEBÉS Y AL CORMORÁN

Dos años después, en 1991, se producía la primera guerra del Golfo. Un periodista estadounidense tuvo el coraje de revelar cómo se desarrolló «la victoria del Pentágono sobre los medios», o sea la «colosal derrota de los medios implementada por el gobierno de Estados Unidos» [5].

En 1991, la situación no era nada fácil para el Pentágono –ni para la Casa Blanca. Había que convencer de que la guerra era necesaria a una población que aún conservaba en mente el recuerdo de Vietnam. ¿Qué hacer? Diversos subterfugios van a reducir drásticamente las posibilidades de que los periodistas hablen directamente con los soldados o de que envíen crónicas directamente desde el frente. En la medida de lo posible, todo debe ser sometido a un filtro: la fetidez de la muerte y, sobre todo, la sangre, los sufrimientos y lágrimas de la población civil no deben irrumpir en las casas de los ciudadanos de Estados Unidos –ni de los habitantes del resto del mundo– contrariamente a lo sucedido en tiempos de la guerra de Vietnam.

Pero el problema central y más difícil de resolver es otro: ¿Cómo demonizar el Irak de Sadam Husein, que años antes había ganado méritos –a los ojos de los propios Estados Unidos– al agredir el Irán nacido de la Revolución islámica y antiestadounidense de 1979 y con tendencia al proselitismo en el Medio Oriente? El proceso de demonización no habría sido difícil si la víctima [de Sadam Husein –Kuwait–] hubiese sido [un país] angelical. Pero la operación no iba a ser nada fácil. Y no sólo debido a la implacable represión reinante en Kuwait contra toda forma de oposición. Había cosas mucho peores: los peores trabajos eran para los inmigrantes, víctimas de una «esclavitud de hecho» que tenía por demás visos de sadismo. Los casos de «serbios defenestrados, quemados, cegados o asesinados a golpes» no suscitan la menor emoción [6].

¡Pero se logró! Generosa o fabulosamente pagada, una agencia publicitaria lo resuelve todo… denunciando que los soldados iraquíes les cortan las «orejas» a los kuwaitíes que se resisten. Pero el punto culminante de esta campaña estaba por venir: los invasores habían irrumpido en un hospital «sacando 312 recién nacidos de sus incubadoras y dejándolos morir de frío sobre el suelo del hospital de Kuwait» [7].

Repetida hasta el cansancio por el presidente Bush padre, reafirmada por el Congreso, avalada por la prensa más autorizada e incluso por Amnistía Internacional, esa información tan horrible, y también detallada, no podía dejar de provocar una enorme ola de indignación: Sadam Husein era el nuevo Hitler, hacerle la guerra no sólo era necesario sino además urgente y quienes se oponían o no parecían convencidos tenían que ser considerados como cómplices más o menos conscientes del nuevo Hitler. Por supuesto, esa información era una mentira cuidadosamente fabricada y divulgada. Precisamente por eso la agencia publicitaria se había ganado su dinero.

La reconstrucción de ese caso aparece en un capítulo del libro ya mencionado aquí, con un título apropiado: «Dar publicidad a los recién nacidos» [8]. La verdad es que los recién nacidos no fueron los únicos que recibieron publicidad. Al inicio de las operaciones de guerra se difundió en el mundo entero la foto de un cormorán que se ahogaba en el petróleo proveniente de los pozos que Irak había volado. ¿Verdad o manipulación? ¿Fue Sadam quien provocó la catástrofe ecológica? ¿Hay cormoranes en esa región del mundo y en esa temporada del año? La ola de indignación, autentica y cuidadosamente manipulada, arrasaba con las últimas muestras racionales de resistencia.

FABRICACIÓN DE FALSEDADES, TERRORISMO DE LA INDIGNACIÓN Y DESENCADENAMIENTO DE LA GUERRA

Viajemos en el tiempo hasta la disolución, o más bien el desmembramiento de Yugoslavia. Contra Serbia, que había sido históricamente el protagonista del proceso de unificación de ese país multiétnico, se desencadenaban una tras otra –en los meses anteriores a los verdaderos bombardeos– sucesivas olas de bombardeo mediático. En agosto de 1998, dos periodistas, un estadounidense y un alemán, «reportaban la existencia de fosas comunes con 500 cadáveres de albaneses entre los cuales había 430 niños, en los alrededores de Orahovac, donde se habían producidos intensos combates. Otros diarios occidentales retomaron la noticia y le dieron gran difusión. Pero todo era falso, como demuestra una misión de observación de la Unión Europea». [9]

Pero eso no pone en crisis la fábrica de falsedades. A inicios del año 1999, los medios occidentales comenzaban a hostigar a la opinión pública internacional con fotos de cadáveres amontonados en el fondo de una fosa y a veces decapitados y mutilados. Las explicaciones y artículos que acompañaban aquellas imágenes proclamaban que eran civiles albaneses desarmados masacrados por los serbios. Pero:

«La masacre de Racak es aterradora, con mutilaciones y cabezas cortadas. Una escena ideal para suscitar la indignación de la opinión pública internacional. Pero algo parece extraño en las características de esa matanza. Habitualmente, los serbios matan sin realizar mutilaciones […] Como nos muestra la guerra de Bosnia, las denuncias de barbaries cometidas con los cuerpos, huellas de tortura, decapitaciones, son un arma de propaganda frecuentemente utilizada […] Quizás no sean los serbios sino los guerrilleros albaneses quienes mutilaron los cuerpos.» [10].

O quizás los cadáveres de las víctimas de uno de los innumerables enfrentamientos fueron objeto de un tratamiento ulterior, para dar la impresión de ejecuciones a sangre fría y de un desencadenamiento de furia bestial, atribuido de inmediato al país que la OTAN quería bombardear [11].

El montaje de Racak no era más que el punto culminante de una campaña de desinformación obstinada e implacable. Unos años antes, el bombazo del mercado de Sarajevo había permitido a la OTAN presentarse como la instancia moral suprema, que no podía tolerar que las «atrocidades» serbias quedasen impunes. Hoy en día podemos leer, incluso en el diario italiano Corriere della Sera que «fue una bomba de origen bastante dudoso lo que provocó la masacre de Sarajevo, desencadenando la intervención de la OTAN» [12]. Con ese precedente, Racak nos parece ahora una especie de reedición de Timisoara, reedición que se prolongó por varios años.

 Sin embargo, incluso antes de ese caso, ya se habían registrado otros éxitos. El ilustre filósofo que había denunciado en 1990 «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo» que había tenido lugar en Timisoara, se unía 5 años más tarde al coro dominante criticando de manera maniquea «el súbito deslizamiento de las clases dirigentes ex comunistas hacia el racismo más extremo (como en Serbia, con el programa de “purificación étnica”)» [13].

Después de haber analizado con agudeza la trágica ausencia de diferenciación entre «verdad y falsedad» en el marco de la sociedad del espectáculo, Agamben acababa por confirmarla involuntariamente al acoger expeditivamente la versión (o sea la propaganda de guerra) difundida por el «sistema mediático mundial», que él mismo había designado anteriormente como fuente principal de la manipulación. Después de haber denunciado la reducción de lo «verdadero» a «un momento del necesario movimiento de lo falso», reducción implementada por la sociedad del espectáculo, Agamben se limitaba a conceder una aparencia de profundidad filosófica a ese «verdadero» reducido precisamente a «un momento del necesario movimiento de lo falso».

Por otro lado, un elemento de la guerra contra Yugoslavia nos remite, más que a Timisoara, a la primera guerra del Golfo: el papel de los public relations.

«Milosevic es un hombre esquivo, no le gusta la publicidad, no le gusta mostrarse ni hacer discursos públicos. Parece que en el momento de los primeros anuncios de la descomposición de Yugoslavia, Ruder&Finn, la compañía de relaciones públicas que trabajaba para Kuwait en 1991, fue a verlo para proponerle sus servicios. Y la pusieron de patitas en la calle.

En cambio, Ruder&Finn fue contratada por Croacia, por los musulmanes de Bosnia y los albaneses de Kosovo a cambio de 17 millones de euros al año, para proteger y promocionar la imagen de los tres grupos. ¡E hizo un excelente trabajo! James Harf, director de Ruder&Finn Global Public Affairs, afirmaba […] en una entrevista: “Logramos hacer coincidir, en la opinión pública, a serbios y nazis […] Somos profesionales. Tenemos un trabajo que hacer y lo hacemos. No nos pagan por dedicarnos a la moral”» [14].

Veamos ahora la segunda guerra del Golfo. En los primeros días de febrero de 2003, el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, mostraba al Consejo de Seguridad de la ONU las imágenes de los laboratorios móviles de producción de armas químicas y biológicas que supuestamente poseía Irak.

Algún tiempo después, el primer ministro británico Tony Blair reforzaba la dosis: Sadam Husein no sólo tenía esas armas sino que ya había elaborado planes para utilizarlas y podía activarlas «en 45 minutos». Y de nuevo venía el espectáculo que, más que el preludio de la guerra, constituía en sí el primer acto de guerra, con la advertencia contra un enemigo que el género humano tenía que liquidar a toda costa.

Pero el arsenal de mentiras usadas o por usar iba mucho más allá. En su empeño por «desacreditar al líder iraquí a los ojos de su propio pueblo», la CIA se proponía «divulgar en Bagdad un documento filmado donde se revelaba que Sadam era gay. El video debía mostrar al dictador iraquí en plena relación sexual con un muchacho. Tenía que dar la impresión de haber sido filmado con una cámara oculta, como si fuera una grabación clandestina». También se estudiaba «la posibilidad de interrumpir las transmisiones de la televisión iraquí con una edición extraordinaria –falsa– del noticiero de televisión en la que se anunciaría que Sadam había dimitido y que todo el poder había pasado a manos de su hijo, el temido y odiado Uday» [15].

El Mal tenía que ser denunciado y estigmatizado mientras que el Bien debía aparecer en todo su esplendor. En diciembre de 1992, los Marines estadounidenses desembarcaban en el litoral de Mogadiscio. Para decirlo con más exactitud, desembarcaban allí 2 veces, pero la repetición de la operación no se debía a dificultades militares ni de logística. Había que demostrarle al mundo que, además e incluso antes de ser una formación militar de élite, los Marines estadounidenses eran una organización benéfica y caritativa que traía esperanza y sonrisas al pueblo somalí víctima de la miseria y el hambre. La repetición del desembarco-espectáculo tenía como objetivo corregir detalles erróneos y defectos. Un periodista que fue testigo del hecho explicaba:

«Todo lo que está pasando en Somalia y lo que va a producirse en las próximas semanas es un show militaro-diplomático […] Realmente, una nueva época en la historia de la política y de la guerra comenzó en aquella extraña noche de Mogadiscio […] La “Operación Esperanza” fue la primera operación militar que no sólo se filmó en vivo para las cámaras de televisión sino que además se pensó, se construyó y se organizó como un show de televisión» [16].

Mogadiscio era la contraparte de Timisoara. Unos años después de haber puesto en escena la representación del Mal (el comunismo que al fin se desplomaba) se montaba la representación del Bien (el Imperio estadounidense que surgía del triunfo obtenido en la guerra fría). Los elementos que conforman la guerra-espectáculo y que determinan su éxito están ahora claros."            (Domenico Losurdo, Observatorio de la crisis, 06/04/22)