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4/1/22

Cada protón se formó hace 13.800 millones de años, había puro hidrógeno y helio, las estrellas agarraron el helio y formaron carbono 12, oxígeno. ¿Y de qué estamos hechos? De lo que fabrican las estrellas, se murieron y aventaron eso al espacio... Estamos hecho de carbono, nitrógeno y oxígeno porque es lo que más fabrican las estrellas... Ahorita existimos gracias a que hubo aquellas explosiones estelares... todos tenemos átomos de millones de años que estuvieron antes en un dinosaurio

 "Observar una galaxia es como escuchar una canción en finlandés, dice Julieta Fierro: “Aunque no hables ese idioma la canción puede gustarte”. Así es la física, así es el universo, conocimientos tan intrincados como poéticos a los que esta astrónoma mexicana de reputación internacional le echa paletadas de humor. Nació en Ciudad de México hace 73 años: 40 libros publicados, tres honoris causa, una silla en la Academia Mexicana de la Lengua; escuelas, planetarios, sociedades científicas llevan su nombre.

 Ha sido presidenta de la Comisión de Educación de la Unión Astronómica Internacional y es investigadora titular del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Toda esa ciencia que hay bajo su melena de luna la usa para divulgar sin cansancio, no le importa perder unos minutos en explicar a los terraplanistas que andan bien equivocados. En sus palabras está toda la poesía planetaria. Si la entrevista resulta prosaica echen la culpa a las preguntas.

“Me puedes hablar de tú, soy una señora normal”, dice. Pero lo que demuestra a cada instante no es exactamente normalidad, sino una cotidianidad amable y desprovista de petulancia. En varias ocasiones se levantará del sofá para buscar en el interior de la casa objetos con los que demostrar cómo operan los eclipses, o cómo la ciencia está lejos de la verdad absoluta. Para eso jugará con la periodista y la fotógrafa, como si estuviera en una escuela explicando a los infantes. Al acabar la charla, Fierro se prepara para las fotos: “Voy a cepillarme el pelo y a hacer pipí”. Más adelante se verá la importancia del pipí, hasta del de los dinosaurios.

Pregunta. ¿Cómo se imagina a un ser extraterrestre, con antenas?

Respuesta. Depende de si es listo o no listo; si es tipo bacteria pues pueden crecer, ni siquiera necesitan estrellas. Júpiter tiene 92 satélites y uno tiene hielo y un mar abajo del hielo, podría haber vida submarina, y hay mundos como Júpiter, que van por ahí sin estrellas, se llaman flotadores libres. Pero para tener inteligencia se necesitan varias cosas, un tamaño mínimo para desarrollar neuronas, tentáculos o trompa para poder manipular a la naturaleza, y se piensa que al menos deberían tener dos o tres kilos de peso y sentidos, depende del lugar.

P. ¿Se lo imagina entonces como un pulpo?

R. Podría ser, son muy inteligentes, lo que pasa es que viven poco, un año. Juegan, saben contar, se divierten, exploran los acuarios, hacen trampas…

P. Y predicen el ganador de los mundiales de fútbol. Volvamos a los terrestres: los humanos somos polvo de estrella.

 R. [Señala con un dedo una partícula invisible en su muñeca]. Mira, ve un protón, velo, lleva 13.800 millones de años en el universo.

P. ¿Ahí, en la muñeca?

R. Sí. Ha entrado una estrella, ese protón se fusionó para hacer carbono.

P. ¿Pero es el mismo que soltó una estrella al morir hace miles de millones de años?

R. Sí, el mismo. Cada protón se formó hace 13.800 millones de años, había puro hidrógeno y helio, las estrellas agarraron el helio y formaron carbono 12, oxígeno. ¿Y de qué estamos hechos? De lo que fabrican las estrellas, se murieron y aventaron eso al espacio.

P. Pero unas estrellas murieron antes y otras después, mi protón puede ser más antiguo y el suyo más moderno.

R. Claro. Estamos hecho de carbono, nitrógeno y oxígeno porque es lo que más fabrican las estrellas.

P. Si las galaxias van perdiendo fecundidad, como dicen, y producen menos estrellas, la existencia del ser humano pende de un hilo, aunque sea un hilo de millones de años.

R. Ahorita existimos gracias a que hubo aquellas explosiones estelares, el sol también se evaporará y se irá al espacio y se va a mezclar con otras nubes y se formará otro sistema solar con nuestra materia, porque todos nosotros estamos reciclados, ustedes tienen moléculas de Cristo y de Barrabás, y de Nerón, porque todos hacemos pipi y la atmósfera transporta los gases.. todos tenemos átomos de millones de años. Tú tienes átomos que estuvieron antes en un dinosaurio.

 P. ¡Somos un reciclado de Barrabás!

R. Perdón, debería haber dicho de Cristo nada más, jajaja.

P. Mejor Barrabás.

R. ¿Los malos son personajes más interesantes, no?

P. Dicen que el universo se muere, por eso de la infertilidad de las galaxias.

R. Hay de todo, vivimos en un universo que lleva evolucionando 3.800 millones de años y han sucedido muchas cosas. El universo empezó muy denso, donde había más materia nacieron las primeras estrellas. Hubo brotes importantes. Conforme el universo se fue dilatando más y más la densidad de materia disminuyó, pero hay 100.000 millones de galaxias y cada una tiene 100.000 millones de estrellas. Se siguen formando galaxias pequeñitas, con mucho gas, que se unen a otras y se hacen más grandes. Por ejemplo, la Vía Láctea se va a fusionar con Andrómeda dentro de 500 millones de años y las dos galaxias van a tener más brotes de formación estelar hasta que agoten su gas. En el presente hay menos brotes, sí, pero nuestra galaxia sigue muy activa y su satélites también.

P. Entonces se muere o no se muere.

R. La energía del universo se va degradando, y los agujeros negros del universo se van a evaporar cuando el universo tenga un 1 con 70 ceros en años. Los protones se van a desintegrar cuando el universo tenga un 1 con 32 ceros o sea, con un 1 con 100 ceros el universo será frío, puras ondas de radio, ya no habrá luz visible, estrellas agotadas, agujeros evaporados, protones desintegrados.

P. Qué miedo. ¿Y a eso le sucederá otro universo desconocido?

R. Antes se pensaba que nuestro universo era como una pelota, se expande y se cae, se expande y se cae, un universo oscilante, pero en esta ocasión se va a expandir tanto que se va a expandir por siempre. Pero hay, además, otros universos, que surgen de la nada. El vacío está lleno de energía siempre, y esa energía varía, si se mueve un planeta la gravedad cambia, si un campo magnético se modifica, también la energía… Los campos de la física… De ahí puede surgir un universo como el nuestro, en este momento podría estar generándose, pero no es que el nuestro se acabe y surja otro, pueden existir en paralelo y ser diferentes.

P. Pensar en otros universos ¿no le causa ansiedad?

R. Uy, no, qué maravilla, a mí la mecánica cuántica me encanta.

P. El telescopio James Webb ha sido lanzado con éxito esta nochebuena. Con él vamos a ver más atrás de lo que antes vimos, más pasado. ¿Los astrónomos miran hacia atrás para saber de dónde venimos o también a dónde vamos?

P. Lo que quiere la ciencia es avanzar el conocimiento, el pasado, el futuro y qué pasó en el ínter, somos curiosos, James Webb quiere saber la evolución, las etapas.

P. ¿Qué sacamos para el presente?

R. Pues que Andrómeda y la vía láctea se van a fusionar, por ejemplo. Al mirar hacia atrás sabemos cómo se va a comportar el futuro, que el sol va a vivir otros 4.500 millones de años, por ejemplo, que no se va a apagar mañana.

P. Siempre habrá un universo, entonces

R. Pues es la idea de ahorita, pero la ciencia por definición no tiene la verdad, el teorema de Gödel muestra que la verdad no existe. Ahora tenemos las ondas gravitacionales para saber, es como si nos regalaran un nuevo sentido para explorar, otra manera, sin ver ni oler ni tocar, eso es un regalo de este siglo y con eso vamos a poder explorar de manera más completa el universo, pero nuestra ignorancia va a seguir.

P. La verdad no existe. Pues la religión dirá: ya la pongo yo.

R. Pues sí, pero hay verdades nocivas, por ejemplo eso de que Adán esté feliz y toda la culpa la tengamos las mujeres. ¿Es muy cómodo para un señor creer en esa religión, no? Tu pareja es la culpable de todo por la eternidad.

P. México es un país muy supersticioso, a buena parte de la población le ha costado creer que el coronavirus era una verdad científica. ¿Cómo se siente una astrónoma al contar estas cosas que son casi de ciencia ficción, hacer entender verdades, aunque incompletas, a una población?

R. Se han hecho muchos experimentos y las personas pueden vivir con dos sistemas del mundo distintos. En los museos de ciencia les preguntan a los niños cómo surgió el hombre, y hablan de células y tal. Si a la salida un líder religioso les pregunta lo mismo, le dicen: Dios lo creo.

P. Qué paranoia. Podemos vivir con dos verdades.

R. Exactamente y, según el contexto, aplicar una u otra, y es a lo más que puede aspirar la ciencia. No podemos competir con la religión, solo respetarla, es demasiado fuerte.

P. ¿Para nuestro lado religioso?

R. Y por la gente que aprovecha la religión a su favor. Para la mujeres es nefasta, el sexo es malo, es bueno sufrir, la cupa, somos las brujas. No hay deidades femeninas más o menos razonables.

P. Los antepasados mexicanos eran unos grandes astrónomos.

R. Las grandes culturas de la antigüedad han usado los astros para la cuenta del tiempo, los relojes, la noche, los meses del año. Eso ayudaba a organizar la vida social. Había que planear con cuidado los mercados, el comercio de mercancías, la construcción de pirámides y la época del estar en el campo. Los mayas construían pirámides y los astrónomas sabían qué día era y cuántos faltaban para llevar al mercado de Oaxaca las plumas, los pigmentos, etcétera.

P. Pero todas las civilizaciones tenían esa necesidad de establecer un calendario, sin embargo en México fueron alumnos avanzados…

R. Sí, tenemos una ventaja. La astronomía empezó como ciencia en Europa, pero están muy al norte y México está más cerca del ecuador, donde se ven secciones del cielo que no ven en el hemisferio norte, y en diciembre está despejado en México.

P. Los mayas partían con ventaja.

R. Sí.

P. El Webb ha costado 9.000 millones. ¿La sociedad entiende este gasto?

R. La ciencia básica no pretender mejorar la vida diaria, sino avanzar el conocimiento. Los científicos básicos buscar herramientas para interrogar de la mejor manera a la naturaleza

 P. Son ustedes unos preguntones.

R. Tú también, jaja. Tenemos la misma profesión con objetos distintos de conocimiento.

P. Terraplanistas, pandemias que asolan la tierra, antivacunas. Esto huele a edad media.

R. Los terraplanistas agarraron fuerza con la serie Juego de Tronos, donde hay un muro de hielo al final. Es muy bonito pensar que la Tierra sea plana y esté rodeada de ese muro de hielo. Todas las grandes culturas pensaron que la Tierra era plana. Se dieron cuenta del error los babilonios cuando vieron la sombra de la Tierra sobre la Luna, pero Cristóbal Colón no le dijo a Chabelita (perdón): ‘mira la sombra de la Tierra, hay dos eclipses al año’. Nadie se molesta en pensar que la sombra de la tierra no es una tortilla, no es un taco, una enchilada.

P. Pero que en el siglo XXI surja toda esta caterva de terraplanistas...

R. Es un súper negocio, todo lo mágico lo es, la astrología… Vivimos en una sociedad de culpa y es cómodo buscar justificaciones raras. Y además da cierto glamour, cuando nos invitan a la tele y van los astrólogos pues es fascinante, con esos ropajes, esas pelucas. En cambio, llega el astrónomo y te preguntan la distancia hasta Plutón en centímetros y te quedas calculando como el idiota que no tiene ya esa distancia sabida.

P. ¿Cuál es su astro favorito?

R. Me gusta el universo, el conjunto, esto que a ti te inquieta a mí también me fascina, pensar que sabemos tanto de algo tan vasto y que con este nuevo telescopio veremos hasta 13.000 millones de años luz de distancia, el nacimiento del universo.

P. Eso puede arrojar sorpresas. ¿Qué espera?

R. No sabemos, cuándo lanzaron el Hubble, organizamos un congreso en Atlanta para ver los resultados, y no salió hasta años más tarde y para cuando lo mandaron estaba desenfocado y de aquí a que lo arreglaron… Era miope, como yo. Se usó para ver los objetos cercanos, y ahora ha vivido tanto que ya está tomando puras imágenes bonitas para la gente que se pregunta. Esa es la despedida del Hubble.

P. Ahora veremos la primera luz del universo, el gran parto. ¿O solo son titulares?

R. Sí, son titulares. El universo surgió del vacío y se liberó energía. El 70% es energía y la luz es parte de ella. Después, del 30% restante, el 26% es materia oscura, una materia que genera gravedad pero no luz, no la absorbe, no la refleja, no la emite. Pero había luz antes. La primera luz. Hubo una época en la que el universo temprano se empezó a expandir, pero la luz rebotaba de un lugar a otro. Solo cuando el universo cumplió 380.000 años de vida se hizo transparente y la luz pudo viajar, así que es lo más antiguo que podemos ver. Antes, aunque hubiera un rayo de luz que quería decir estoy aquí, voy a llegar hasta ti, no podía salir. El universo entonces era de color rojo, como el sol más o menos, rojo y opaco."             (Entrevista a la astrónoma Julieta Fierro, Carmen Morán, El País, 03/01/22)

5/4/21

“No he encontrado a Dios en el universo, pero Einstein sí, en la perfección y la belleza de sus leyes”... la pregunta que se hacía Leibniz, “¿Por qué hay algo en lugar de nada”, se quedarán sin respuesta en el marco de la física

 "Eduardo Battaner López (Burgos, 1945) no ha buscado a Dios en la física, pero sí a los físicos que lo han hecho a lo largo de la historia y a aquellos que han negado su existencia, algo que, según decía Paul Dirac, es uno de los problemas fundamentales de esta ciencia. 

Battaner, astrofísico formado en España y en el prestigioso Instituto Max Planck de Alemania, es profesor emérito de la Universidad de Granada y ha publicado Los físicos y Dios (Editorial Catarata), un repaso a la relación de estos buscadores de respuestas a lo largo de la historia.

Pregunta. ¿Por qué Los físicos y Dios?

Respuesta. Los grandes investigadores han trabajado en ese horizonte que divide lo conocido y lo ignoto. Por tanto, han tenido el privilegio de observar la naturaleza como nunca antes se había visto. Su interpretación de la naturaleza ha tenido implicaciones en la filosofía y en la teología. Por eso, hay mucha gente que quiere saber cuál era el pensamiento religioso de los grandes científicos y, por tanto, de los grandes físicos. 

Pero hay que advertir que en este libro no hay ninguna intención de apostolado. No se defiende ninguna posición religiosa concreta. Ni se defiende el teísmo ni el ateísmo. Se habla de la actitud de los físicos ante la idea de Dios basada en sus propias palabras. Este libro tiene solo un enfoque histórico.

P. ¿Por qué esa preocupación entre los físicos?

R. Porque esta es una preocupación de todas las personas y lo es de los físicos porque son personas. Pero su punto de vista tiene un interés adicional porque su oficio es conocer el universo. Los físicos hoy trabajan prescindiendo de sus creencias particulares. Incluso los más creyentes no mezclan su ciencia y su religión. No siempre ha sido así. Por ejemplo, [Johannes] Kepler era un místico que, basándose en que estamos hechos a imagen y semejanza, creía que podía comprender el mundo. Es un método científico inaceptable hoy, pero que le llevó a establecer unas leyes de gran precisión. Creía tener la responsabilidad de interpretar la creación.

P. Michel Mayor, descubridor del primer exoplaneta, dice que “no hay sitio para Dios en el universo” En su tarea como astrofísico, ¿lo ha hallado?

R. No he encontrado a Dios en el universo, pero en este libro no pretendo exponer mis propias ideas sino la de los grandes físicos. Entre ellos y, en particular, entre los astrofísicos, hay una gran disparidad de creencias. Los hay creyentes, agnósticos y ateos. No todos piensan como Mayor. Por ejemplo, [Albert] Einstein sí encontró a Dios en el universo, en la perfección y la belleza de sus leyes.

P. Pero usted cuestiona que los físicos de ahora se amparan en la no respuesta como respuesta.

R. Es verdad que hoy los científicos tienen una especie de pudor al confesar sus creencias. No sé por qué. No suelen contestar. Esto contrasta con los físicos de otros tiempos que revelaban sus creencias sin tapujos. ¿Por qué no decirlo? Otra cosa son los agnósticos que no se pronuncian porque no encuentran la respuesta o creen que no la hay.

 P. ¿Hay un sentido en la evolución del universo?

R. El universo evoluciona de una forma bastante conocida y previsible matemáticamente (si se exceptúan los primeros instantes) Hay un sentido físico. Lo que no quiere decir que haya un propósito.

P. ¿Por qué cambia la relación de la física con Dios?

R. A lo largo de la historia se observa, en efecto, una evolución. Los científicos islámicos de la edad media daban por supuesta la existencia de Dios. Cuando la ciencia pasó a Europa, todos los científicos eran también creyentes, incluso clérigos y también daban por supuesta la existencia de Dios. O, si alguno no lo creía, se lo calló. A partir del Renacimiento empieza la diversidad de opiniones. Y hoy hay muchas posturas diferentes. ¿Por qué? Seguramente debido al avance prodigioso de la ciencia y la disolución de la censura.

 P. ¿Es compatible la física con Dios?

R. Completamente. Ha habido grandes físicos creyentes, incluso píos o ermitaños. Un buen ejemplo puede ser el de [Georges} Lemaître, el padre de la teoría del Big Bang, era sacerdote jesuita y uno de los mejores físicos de todos los tiempos.

P. ¿La fe limita el método científico?

R. Históricamente, sí. Por ejemplo, algunas órdenes religiosas tuvieron grandes intereses científicos, pero la prohibición del heliocentrismo constreñía su progreso. Pero, en el siglo XVIII, esta limitación se desvaneció. Hoy la respuesta es tajantemente no. Hay muchos físicos creyentes, aunque no mezclan sus ecuaciones diferenciales con su fe.

 P. ¿La física, seguirá buscando a Dios?

R. La física no busca a Dios. Los físicos, en cuanto hombres, sí. Pero en nuestro cerebro, y solo tenemos uno, la interrogante de la existencia de Dios merodea por ahí.

P. ¿Cuál es el fin de la física?

R. Como astrofísico, pienso que es comprender el principio, la evolución y el final del universo. El físico busca la unificación de todas las fuerzas. Es un viejo sueño en el que se embarcaron físicos de la talla de [Michel] Faraday o Einstein. Se busca la teoría del todo. Se busca una ecuación que lo explique todo.

P. ¿Esa ecuación podría ser Dios?

 R. Habrá algunos físicos que así lo vean y otros que no. Pero la pregunta de la existencia de Dios no será resuelta por la ciencia. Preguntas como la que se hacía Gottfried Leibniz, “¿Por qué hay algo en lugar de nada”, se quedarán sin respuesta en el marco de la física, pienso.

P. ¿Qué físico ha conjugado mejor la idea de Dios y la ciencia?

R. Albert Einstein tenía una idea de Dios no vinculada a ninguna iglesia o fe establecida. No creía en un Dios que premiara a los buenos y castigara a los malos o que prometiera la inmortalidad. Pero creía que en un Dios que había creado el Universo. Le extrañaba que él pudiera escribir las ecuaciones del universo en media cuartilla. No era ni ateo, ni agnóstico ni panteísta. Él así lo dijo. Con su sentido característico del humor llamaba a Dios “El Viejo”."              

(Entrevista al astrofísico Eduardo Battaner, Raúl Limón, El País, 03/04/21)

8/1/19

El Jesús histórico

"No podemos usar luces eléctricas y radios o aprovecharnos de los modernos instrumentos médicos y clínicos cuando estamos enfermos y, al mismo tiempo, creer en el mundo maravilloso del Nuevo Testamento. (Rudolf Bultmann, teólogo alemán)

Jesús y sus discípulos fueron a las aldeas de Cesárea de Filipo. En el camino, Jesús les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista. Otros dicen que eres Elías. Y otros dicen que eres uno de los profetas». Jesús preguntó de nuevo: «Pero, y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

 Pedro respondió: «Tú eres el Mesías». Y Jesús les advirtió con severidad de que no debían decirle esto a nadie. (Evangelio de Marcos)
Cuenta el historiador Tito Livio que Rómulo, fundador y primer rey de la ciudad de Roma, pasaba revista a las tropas que desfilaban ante su palco cuando se desató una pavorosa tempestad y fue rodeado por una espesa nube que ocultó su figura a la vista de todos, mientras un enorme torbellino se alzaba hacia el cielo.

Cuando se despejó la atmósfera y volvió a brillar el sol, la silla de Rómulo estaba vacía: «No se lo volvió a ver sobre la faz de la Tierra», escribe el cronista. Los soldados, aterrados y desconsolados al principio, se tranquilizaron pensando que Rómulo se había convertido en «un dios, hijo de un dios, rey y padre de la ciudad de Roma». Un ser celestial a quien ahora podían implorar favor y protección.

Tito Livio también dice que no todos los habitantes de Roma quedaron convencidos y algunos hicieron correr la voz de que la ascensión a los cielos de Rómulo era una patraña. Afirmaban que la repentina tempestad había servido para que Rómulo fuese capturado por orden de un grupo de opositores del Senado; tras ajusticiarlo habrían desmembrado su cuerpo.

 Al oír sobre la posibilidad de que el rey hubiese sido asesinado de manera tan terrible, la plebe empezó a reunirse en las calles de Roma, presa de la indignación. Y también, lo más preocupante para el orden, en el ejército volvía a cundir el nerviosismo.

Para acallar estos escandalosos rumores, el respetado prohombre Próculo Julio tomó la palabra ante la multitud: «¡Ciudadanos! Hoy, al despuntar el alba, el padre de nuestra ciudad bajó del cielo y se apareció ante mí. [Me dijo] “Ve y di a los romanos que la voluntad del cielo es que Roma gobierne el mundo”».

El pueblo y el ejército escucharon el discurso con asombro, pero quedaron por fin tranquilos; aquello confirmaba la creencia de que su amado rey no había sido descuartizado como un animal, sino que había alcanzado la inmortalidad que merecía. Livio, no sin cierta sorna, comenta sobre aquella revelación: «Es maravilloso el crédito que se dio a la historia que contó aquel hombre».
No sería la última vez que el repentino anuncio de una resurrección serviría para resolver un problema imprevisto.

La milagrosa ascensión de Rómulo tuvo lugar, según la mitología romana, en el siglo VIII a.C. Mucho después, a mediados del siglo I d.C., otro relato similar empezó a circular de boca en boca entre pequeñas comunidades de diversas ciudades del imperio.

 El protagonista de aquel relato era un palestino de clase baja que había pasado casi toda su vida ejerciendo como carpintero en una insignificante población galilea llamada Nazaret. Este carpintero, llamado Yeshúa, había abandonado su trabajo y su hogar para recorrer Galilea anunciando el inminente cumplimiento de antiguas profecías recogidas en las escrituras sagradas del judaísmo.

Después se había trasladado a Jerusalén, capital de Judea, donde tuvo un encontronazo con las autoridades romanas que por entonces ocupaban el país. Puesto que se había hecho conocer como el Mesías, los legionarios lo habían detenido bajo el cargo de sedición. Yeshúa fue ejecutado mediante el procedimiento más humillante y brutal empleado por el imperio: la crucifixión.

Algunos seguidores de Yeshúa, sin embargo, aseguraban que su tumba había sido encontrada vacía. Había resucitado y ascendido a los cielos y, mediante apariciones a sus discípulos, había prometido volver para cumplir las promesas mesiánicas que no había podido llevar a cabo durante su ministerio. Aunque Yeshúa había sido judío y también lo eran sus primeros seguidores, la creencia en su resurrección empezó a diseminarse entre pequeñas comunidades de gentiles.

 Tras unas pocas décadas algunos nuevos seguidores del culto a Yeshúa, que vivían en otros rincones del imperio, empezaron a escribir, en griego, las historias que habían oído sobre él. Estas nuevas comunidades aguardaban la παρουσία, «parusía» o «advenimiento», es decir, la segunda venida de Yeshúa. Bautizaron el anuncio de su resurrección e inmediato regreso o como εὐαγγέλιον, «evangelio», término que significa «buena noticia».

El Jesús real frente al Jesús histórico

Si usted sale a la calle y pregunta por Jesús de Nazaret casi cualquier persona, aunque no sea creyente, recitará un pequeño puñado de datos sueltos que tras casi dos mil años de tradición están impresos en la memoria colectiva de los occidentales. Cualquiera sabe algo sobre Jesús, porque el personaje ha estado en todas partes: la pintura, la escultura, la literatura, la filosofía, el cine.

 Todos tenemos una imagen mental prototípica sobre cómo era su carácter, sobre el tipo de cosas que hacía y decía. Todos podemos recordar algunas de sus frases: «Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra», «Ama a tu prójimo como a ti mismo», «Al césar lo que es del césar». Este es el Jesús de la tradición cultural y religiosa. Es el Jesús de Velázquez o el de Jesus Christ Superstar. Es el Jesús de casi todos los cristianos actuales. Pero no es el Jesús real. Tampoco es el Jesús histórico. Que no son, por cierto, la misma cosa.

El Jesús tradicional dominó la cultura occidental durante tantos siglos que a nadie se le ocurría pensar que no se pareciese al verdadero Yeshúa que vivió en la Palestina del siglo I. Hoy, los historiadores e incluso algunos teólogos contemplan esos otros dos conceptos: el Jesús histórico y el Jesús real. El Jesús real no dejó rastro material alguno, y de él no sabemos casi nada con absoluta certeza; más bien suponemos o deducimos cosas.

No hay un sepulcro, ni un esqueleto, ni un mechón de cabello. Tampoco hay escritos firmados por él; ni siquiera textos escritos por otros, pero atribuidos a su nombre, ni testimonios contemporáneos, nada sobre él que fuese escrito por alguien que lo hubiese conocido en persona, ni siquiera alguien que viviese en su época y hubiese tenido noticia de sus andanzas.

Los primeros textos que mencionan a Jesús datan de unos veinte años después de su muerte y fueron escritos por Pablo de Tarso, san Pablo, que no conoció a Jesús y revela muy poco, o casi nada, sobre su biografía (más allá de que había sido crucificado y algún otro detalle). Los primeros relatos «biográficos» sobre Jesús, que en realidad eran textos de carácter doctrinal, fueron escritos medio siglo después de su muerte.

 Fueron redactados en griego, un idioma distinto al que Jesús hablaba, por personas que habitaban regiones alejadas de su tierra. Lo que sabemos sobre Jesús, pues, lo escribieron de oídas autores que manejaban información que había viajado de boca en boca durante décadas, con la distorsión de información que eso conlleva. Aun así, los historiadores actuales suelen coincidir en que existió un Jesús y que su figura no fue un invento; cosa distinta es cuánto se parecía o se dejaba de parecer al de aquellos textos que se han conservado.

El Jesús histórico es el campo de trabajo de esos historiadores, que admiten que nunca podremos recuperar al Jesús real, como tampoco podemos recuperar al Sócrates real. Como dice el estudioso Dale B. Martin, «para mucha gente supone un descubrimiento revolucionario el concepto de que el pasado ya no existe».

La única manera de averiguar cómo era el Jesús real sería viajar en el tiempo. El Jesús histórico es, pues, un retrato imperfecto e incompleto que los historiadores tratan de componer mediante el análisis crítico de la única información más o menos cercana a su época de la que disponen: el Nuevo Testamento (y, en menor medida, algún que otro texto que no está en la Biblia cristiana). ¿Por qué usar el Nuevo Testamento como herramienta, si los propios historiadores son los primeros en afirmar que no es históricamente fiable?

Primero, porque otros textos son más tardíos y, cuanto más tardíos, más improbable encontrar en ellos un rastro de información fiable. En segundo lugar, porque creen que ciertas informaciones sobre Jesús eran inconvenientes, pero conocidas por todos los cristianos de entonces, y no podían ser omitidas en unos textos cuyos autores las recogieron precisamente con el fin de adaptarlas a su propia visión de cómo debía retratarse a Jesús.

Las informaciones molestas están presentes en sus escritos de manera parecida a como los argumentos de un político están presentes en el discurso de sus opositores, que citan esos argumentos no para reforzarlos sino para intentar retorcerlos y conferirles un nuevo sentido. De hecho, el cristianismo nació como la justificación de la más molesta de todas las informaciones sobre Jesús: que había muerto colgado en una cruz de madera.

 Desde cualquier perspectiva de la tradición judía tal cosa era impensable cuando se hablaba de un supuesto Mesías. Había que explicar por qué el Mesías había sido ejecutado y por qué había hecho ciertas cosas que no gustaban a los creyentes de la segunda generación, los que escribieron el Nuevo Testamento.

El hoy llamado «Antiguo Testamento», la Biblia hebrea, era un conjunto de libros que durante siglos habían formado parte de la tradición del judaísmo previo a Jesús, pero de los que provienen muchas de las características que se atribuyen a su figura, como el mencionado título de Mesías. El Antiguo Testamento no gira en torno a ninguna figura en particular, exceptuando al propio Dios padre y creador del universo, y es una mezcolanza de libros muy diferentes entre sí. En el Nuevo Testamento, sin embargo, Jesús es la figura central.

Ambos conjuntos de libros forman lo que hoy es la Biblia cristiana. Hasta aquí, nada nuevo. Pero no siempre fue así. Los veintisiete libros que hoy contiene el Nuevo Testamento eran solo una parte de los muchos textos cristianos que circularon por el Imperio romano durante cientos de años, hasta que en el siglo IV, después de mucho debate, las autoridades eclesiásticas seleccionaron esos veintisiete como parte del canon, esto es, del conjunto de textos inspirados por Dios en los que los creyentes debían centrar su atención.

El resto de textos circulantes, incluyendo algunos que eran muy populares, empezaron a ser tachados como herejías o, con suerte, como errores bienintencionados, por una Iglesia cada vez más centralizada. Por suerte, unos cuantos de esos textos descartados han sobrevivido hasta hoy y copias antiguas han sido descubiertas por arqueólogos, o de manera accidental por otras personas, hasta tiempos muy recientes. Es posible que en el futuro aparezca alguno más.

En cualquier caso, los cuatro evangelios canónicos no fueron seleccionados de manera caprichosa. Están entre los textos cristianos más antiguos, ya que fueron escritos en el siglo I, entre cuarenta y setenta años después de la muerte de Jesús. Habían sido conservados con mimo por las diversas comunidades de creyentes y eran considerados piezas de autoridad. Uno de esos textos, el Evangelio de Marcos, es la narración biográfica más antigua de la que se tiene noticia: los expertos suelen datarlo en torno al año 70.

No existe ningún otro texto anterior que narre la vida de Jesús, o no ha sido descubierto. Los dos siguientes, el Evangelio de Lucas y el Evangelio de Mateo, fueron escritos muy poco después, en torno al año 80, y son adaptaciones modificadas de Marcos que copian casi toda su estructura hasta el punto de que esos tres son conocidos como «Evangelios sinópticos» («sinopsis» significa que los tres textos pueden ser vistos el uno al lado del otro y parecen iguales).

 En el Nuevo Testamento está también el Evangelio de Juan, datado en torno al año 95, aunque los estudiosos actuales no se ponen de acuerdo sobre si su autor conocía alguno de los anteriores tres evangelios o si se basó en otras fuentes.

No sabemos quiénes fueron los autores de los cuatro evangelios canónicos. El Evangelio de Juan fue escrito por alguien que afirmaba llamarse así («Este es el testimonio de Juan»), pero sin aclarar con exactitud quién era. Había muchos Juanes en la época. La tradición atribuyó este texto a Juan el apóstol, uno de los doce discípulos de Jesús. Sin embargo, por varios motivos, los estudiosos actuales descartan esa atribución.

Los otros tres evangelios canónicos ni siquiera están firmados, aunque la tradición los atribuyó a diversas personalidades bien conocidas entre los cristianos de entonces: Mateo (otro de los doce discípulos de Jesús), Marcos (intérprete y secretario de otro discípulo, Pedro) y Lucas (ayudante de Pablo de Tarso).

Aunque hoy deben ser considerados textos anónimos, por cuestión de comodidad nos referiremos a sus autores como Marcos, Mateo y Lucas, siempre teniendo en cuenta que no fueron ellos quienes de verdad escribieron esos textos o que, en el caso de Juan, fue simplemente alguien que se llamaba así. El primero que mencionó esos cuatro libros asociados a esos cuatro nombres juntos fue el obispo Ireneo de Lyon, en el año 180.



Aparte de las fechas, otro de los motivos para descartar que los evangelios hubiesen sido escritos por discípulos de Jesús es que, pese a la creencia informal sostenida hoy por mucha gente, estos libros no fueron redactados en hebreo, sino en griego.

Como el resto del Nuevo Testamento no son un producto de la Palestina judía, sino de comunidades cristianas mixtas formadas por judíos y gentiles, situadas en diversos puntos del imperio, que usaban el griego como lengua vehicular. El Antiguo Testamento sí había sido escrito en lenguas semíticas como el hebreo y el arameo, pero hacía mucho tiempo que no era un texto exclusivo de los palestinos.

 Los judíos de la diáspora, dispersos por el Mediterráneo y por lo general muy helenizados, habían traducido el Antiguo Testamento al griego mucho antes de que Jesús naciera (la traducción más famosa de la Biblia hebrea al griego es la llamada Septuaginta y data del siglo III antes de nuestra era). En una futura entrega hablaremos del judaísmo en el Imperio romano, algo que explica muchas cosas en cuanto a la temprana expansión geográfica del culto a Jesús.

Lo razonable es suponer que ni Jesús ni sus discípulos hablaban griego. Provenían de Galilea, una región pobre de campesinos y pescadores, donde se ha estimado que el analfabetismo afectaba a más del 95% de la población. Como en el resto del Imperio romano y del mundo antiguo en general, la educación (en la que era básico el conocimiento del griego, lengua del mundo intelectual) era un privilegio exclusivo de las clases altas; los pobres tenían que empezar a trabajar en la infancia y no disponían ni del tiempo ni del dinero para educarse.

Más allá de las regiones donde se hablaba de manera autóctona solo hablaban griego los aristócratas y algunos individuos formados de manera especial para ejercer determinados trabajos. Si Jesús era un obrero y sus discípulos eran pescadores y gente humilde, es muy improbable que supiesen hablar griego, no digamos escribirlo. El único idioma que debían de conocer era su lengua materna, el arameo.

¿Por qué decimos que Jesús era galileo de clase baja si decimos que los evangelios no son fiables como documento histórico y es de allí de donde obtenemos ese dato? Porque suponemos que hay informaciones que no debieron de ser manipuladas durante la transmisión oral de las primeras décadas de cristianismo, puesto que no tenían implicación religiosa positiva ni negativa, y a nadie le habría interesado inventarlas o cambiarlas.

El nombre «Jesús» carecía de significación especial; si alguien se hubiese inventado un profeta y hubiese querido rodearlo de un aura mesiánica, quizá hubiera usado un nombre con mayor peso en la tradición, como David, Daniel o Isaías.

El pasado laboral de Jesús es otra de las informaciones que la tradición oral pudo haber conservado de manera fiable, puesto que no hay motivos religiosos o simbólicos para que los primeros cristianos le asignaran el oficio de carpintero en vez otro más «idóneo» como el de pescador o pastor, que fueron oficios simbólicos con los que se lo representaría en el futuro.

En el Nuevo Testamento Jesús es descrito como τέκτων, «tekton», que indica un trabajo relacionado con la construcción y que podríamos traducir como «obrero» o «artesano». El motivo por el que la tradición dice que fue carpintero es que otros trabajos que podrían ser incluidos en el término τέκτων, como herrero, albañil o cantero, solían ser mencionados con términos más específicos en los textos judíos traducidos al griegos (por ejemplo, en la Septuaginta), mientras que era más habitual emplear τέκτων por defecto para los carpinteros.

En realidad, es indiferente que desempeñara cualquiera de esos trabajos, ya que el estatus social de Jesús no cambiaría fuese carpintero o albañil. Digamos que, por las mencionadas cuestiones lingüísticas, la carpintería es la que tiene más papeletas de haber sido su verdadera profesión.

El oficio de τέκτων sugiere que Jesús no recibió educación formal, así que es muy probable que fuese analfabeto. Algunos autores especulan con la posibilidad de que supiese leer el hebreo, dado que debió tener un buen conocimiento de las profecías judías de las escrituras, aunque también es razonable la posibilidad de que fuese iletrado, pero inteligente y dotado de buena memoria; si, como parece obvio, era un judío muy piadoso, podía haber aprendido mucho de las escrituras por las enseñanzas orales de los rabís.

En cualquier caso, es casi seguro que, siendo un trabajador manual de familia pobre, no tuvo oportunidad de aprender el griego. Por ejemplo, en el Evangelio de Marcos, sus últimas palabras son recogidas en arameo, lo que indica que los cristianos grecorromanos eran muy conscientes de cuál había sido la lengua materna de su Señor. Todo esto puede aplicarse a sus discípulos, también galileos humildes, y, además de la datación de los textos, ayuda a descartarlos como posibles autores.

El problema de los manuscritos

Dice el consenso académico que los evangelios canónicos fueron escritos durante el último tercio del siglo I y se basaron en la tradición oral que habían iniciado los seguidores palestinos de Jesús, pero que pronto había empezado a ser transmitida en griego por creyentes no palestinos. También se habla de hipotéticas fuentes que quizá fueron escritas (como las llamadas Q, M o L, de las que ya hablaremos).

En cualquier caso, aquellos textos empezaron a ser copiados a mano una y otra vez, puesto que los materiales de escritura tendían a deteriorarse con el uso. Durante siglos fueron sometidos a sucesivos proceso de reproducción artesanal con los errores, omisiones y manipulaciones que eso conlleva. En la Edad Media había miles de manuscritos del Nuevo Testamento en Europa, algunos en las manos de altos cargos eclesiásticos y de reyes o nobles, pero sobre todo en los monasterios, donde se ejercía el trabajo de copia en sí.

Dada la dificultad para viajar y transmitir información nadie se preocupaba de comparar unos manuscritos con otros, así que las discrepancias producto de esta proliferación de copias se multiplicaban. Esto no era una preocupación para los creyentes, por varios motivos.

 El pueblo llano ni sabía leer ni tenía acceso a los evangelios más allá de lo que los eclesiásticos quisieran enseñarles de palabra o de lo que pudieran aprender de la tradición oral y artística. Hacía siglos que el latín había sustituido al griego como lengua franca del cristianismo y del mundo intelectual en general. Como en tiempos del propio Jesús, solo las clases altas podían permitirse el lujo de aprender la lengua en la que se escribía todo lo importante.

No fue hasta 1455 cuando Johannes Gutenberg editó la primera Biblia salida de una imprenta. Este invento y la Reforma luterana permitieron que la gente común pudiese empezar a acceder al texto. Era mucho más fácil producir copias y, al menos en algunas regiones europeas, empezaba a ser aceptada la traducción desde el latín al idioma local del pueblo. Mucha gente continuaba siendo analfabeta, pero, sobre todo en el ámbito protestante, ahora al menos podían entender lo que otros leían en las congregaciones. El texto bíblico ya no era un secreto reservado a los poderosos.

Eso sí, desde la aparición de la imprenta los editores se encontraron con un problema inesperado, al descubrir que las Biblias que imprimían eran diferentes de las versiones impresas por otros. Diferencias textuales que no solo se debían a sutilezas de la traducción o errores fortuitos; en muchos casos había párrafos enteros que aparecían y desaparecían o frases que cambiaban de sentido.

 Esto resultaba particularmente incómodo en el caso de los evangelios. ¿Por qué no consultar los originales para asegurarse de imprimir la versión correcta? Porque ya no existían. No quedaba ni rastro de los originales de los evangelios.

Ni siquiera quedaban copias tempranas completas o casi completas. Con la explosión arqueológica de los siglos XIX y XX se descubrieron más copias de los evangelios. Hoy se conocen casi seis mil manuscritos en griego, diez mil en latín y otros diez mil en otras lenguas antiguas europeas, africanas o de Oriente Medio, pero la mayoría son medievales, posteriores al siglo IX. Del siglo en que se escribieron los evangelios canónicos no queda nada, ni un mísero fragmento.

 De los siglos II o III solo se han encontrado trozos sueltos. El más antiguo es el llamado «Papiro 52», un pedazo triangular de papiro, del tamaño de un DNI, que contiene algunas líneas del Evangelio de Juan. Pertenece a una copia datada a mediados del siglo II, pero el resto de esa copia se ha perdido. La primera copia que sí se conserva completa data del siglo IV.

Con la llegada del racionalismo en el siglo XVII, la inquietud de los impresores empezó a trasladarse a los estudiosos y teólogos que poseían más de un volumen de la Biblia y encontraban también esas inquietantes discordancias entre distintas versiones de la vida de Jesús. Algunos quisieron comprobar hasta qué punto llegaba el problema.

 El trabajo más impresionante lo llevó a cabo el teólogo inglés John Mill, quien estuvo durante treinta años comparando los manuscritos antiguos a los que tuvo acceso (un centenar). Escribió un libro en el que contabilizaba todas las discrepancias dignas de mención que pudo encontrar. El título del libro, por cierto, era tan impresionante como el esfuerzo que había detrás: Novum testamentum græcum, cum lectionibus variantibus MSS. exemplarium, versionum, editionum SS. patrum et scriptorum ecclesiasticorum, et in easdem nolis.

En total, John Mill encontró más de treinta mil discrepancias entre todos los manuscritos. Hoy se conocen miles de manuscritos y, aunque nadie ha contado todas las diferencias, lo que sería una tarea ingente, se calcula que podría haber más discrepancias que palabras contiene el Nuevo Testamento, en torno al medio millón.

Algunas de las discrepancias más importantes entre unas versiones y otras son explicadas como evidentes manipulaciones. Por ejemplo, en las biblias actuales el Evangelio de Marcos tiene un final que, hoy se sabe, no estaba en el original. De hecho muchas Biblias incluyen el final añadido porque forma parte de siglos de tradición, pero indican que se trata de una falsificación.

 En el desenlace original, tres mujeres (citadas como «María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé») acuden a la tumba de Jesús para ungir su cadáver con hierbas aromáticas. Encuentran el sepulcro abierto y ven a un hombre vestido de blanco, cabe pensar que un ángel, quien les dice que Jesús ha resucitado y les ordena que vayan a avisar a los discípulos. Sin embargo las tres mujeres se asustan al ver al hombre de blanco y se marchan: «No le dijeron nada a nadie porque tenían miedo». Así acaba el evangelio más antiguo conocido.

 Es, desde luego, un desenlace difícil de entender: si las mujeres no dijeron nada, ¿cómo supieron los demás, incluido el autor de ese evangelio, que la resurrección se había producido? Para arreglar este extraño final, en algún momento alguien decidió añadir varios versículos, similares a los de evangelios posteriores, en los que Jesús resucitado se aparece a María Magdalena y a los discípulos.

Esta nueva versión del final de Marcos es la que se generalizó, pero hay copias antiguas en las que no existe y por lo tanto sabemos que el final original era el otro, el más extraño (que quizá fue escrito así como apelación a la fe de quien leyese este evangelio).
Otro ejemplo es el famoso momento en que Jesús cura a un leproso. Al final del primer capítulo de Marcos un leproso se acerca a Jesús y le ruega que lo cure, diciendo: «Si quieres, puedes sanarme». En las Biblias modernas, el relato sigue así: «Jesús, conmovido, extendió la mano y tocó al leproso diciendo: “Así lo quiero. Queda sanado”».

Nada llamativo aquí, puesto que un Jesús conmovido encaja bien con la imagen mental que tenemos de un hombre bondadoso hasta la mansedumbre. Sin embargo en algunos manuscritos antiguos la frase tiene un matiz inesperado y sorprendente: «Jesús, indignado, extendió la mano y tocó al leproso, diciendo: “Así lo quiero. Queda curado”». ¿Jesús indignado ante la petición de un leproso? ¿Qué clase de afirmación es esa? Quizá es incomprensible desde la concepción de Jesús que dos mil años de tradición ha creado en nosotros, pero en el cristianismo primitivo pudo tener mucho sentido.

Algunos autores defienden que esta fue la frase original y que Jesús se mostró enfadado porque, para algunos judíos, la lepra era un castigo impuesto por Dios a quienes habían transgredido gravemente sus leyes.

 O quizá porque los leprosos tenían prohibido, según la ley mosaica, dejar sus lugares de confinamiento. Estos y otros pasajes que aparecen en distintas versiones requieren un cuidadoso análisis de la mentalidad que había detrás de quien las escribió, y también de la mentalidad de quien, en algún momento de la historia, decidió modificarlos.

Las nuevas manera de leer los evangelios

Estas manipulaciones o añadiduras para encajar el texto a la visión personal de quien lo transcribía (o de sus jefes) no son escasas, aunque la mayor parte de las discrepancias entre manuscritos son simples errores de traducción o descuidos comprensibles en una fatigosa tarea de copia a mano: omisiones, cambios de orden, nombres equivocados, etc.

En cualquier caso, el trabajo de John Mill ayudó a impulsar una nueva disciplina, el análisis crítico del Nuevo Testamento, que iba a terminar con más de mil quinientos años de estudio exclusivamente teológico o doctrinal. Algunos teólogos empezaron un análisis crítico de los textos aplicando los mismos criterios que usaban para analizar otras crónicas históricas y no pudieron hacerlo sin socavar los cimientos de esa tradición.

En 1835, el teólogo alemán David Friechmann Strauss publicó un libro titulado Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet («La vida de Jesús, examinada críticamente»), donde afirmaba que los evangelios estaban repletos de sucesos mitológicos, como los milagros, que no podían ser considerados como elementos fiables en una narración histórica.  

Das Leben Jesu fue algo así como un best seller, traducido a varios idiomas, que provocó un gran escándalo en diversos países; un aristócrata inglés, el conde de Shaftesbury, ganó sin duda el premio a la indignación más florida cuando escribió que la obra de Strauss era «el más pestilente libro jamás vomitado por las fauces del infierno».
Pese a la furia de sus detractores, Strauss, como había hecho John Mill, marcó un antes y un después en el análisis del Nuevo Testamento. A su estela la teología alemana tomó la delantera en este campo. Ya en el siglo XX Martin Dibelius fue uno de los creadores de la Formgeschichte o «crítica formal», corriente hermenéutica que defendía un análisis de los textos cristianos no de acuerdo a las necesidades teológicas, sino de acuerdo a sus características literarias e históricas.

 Su discípulo Rudolf Bultmann llegó a ser considerado el principal experto sobre la figura histórica de Cristo en el ámbito protestante y en 1926 publicó un libro con el sencillo título de Jesús, en el que reconocía la imposibilidad de conocer con fidelidad los detalles concretos de la biografía del personaje central del cristianismo. Bultmann, pese a ser creyente, calificaba los evangelios como un relato mitológico repleto de afirmaciones que no podían ser demostradas ni siquiera bajo los criterios historiográficos poco exigentes que se empleaban para estudiar otros textos y sucesos de la antigüedad.

 Estos teólogos críticos concluyeron que los cristianos debían centrarse no en el relato biográfico de Jesús tal como era narrado en los evangelios, sino en el kerygma  o «proclamación», en el contenido espiritual de dicho relato. En pocas palabras, admitían que les era más fácil creer en la resurrección de Jesús como verdad mística que intentar reconstruir los episodios de su figura humana. Lo importante para ellos no era la supuesta descripción «periodística» de Jesús, sino la aceptación de su mensaje de salvación tras la muerte física. Daban por buenos algunos elementos biográficos muy básicos de los evangelios: que Jesús predicó, que tuvo seguidores y que fue crucificado, pero poco más.



Los historiadores actuales que se especializan en el análisis del Nuevo Testamento continúan usando la crítica textual como principal herramienta, pero son algo menos pesimistas que los teólogos de la «crítica formal» y opinan, en su mayoría, que sí es posible obtener información histórica de los evangelios; algo irónico, porque entre los estudiosos actuales hay varios que se declaran ateos o agnósticos, pero son menos escépticos sobre este aspecto que los teólogos arriba citados.

 La tesis básica de los historiadores actuales es que el Nuevo Testamento es muy poco fiable como relato histórico, sí, pero pudo recoger más información verídica de la que suponía Bultmann. Esa información puede ser empleada para recomponer una breve cronología del desarrollo inicial del cristianismo. En una futura entrega veremos cómo se ha llegado a algunas de estas conclusiones, pero esto nos servirá como guía:

Años 23-36: El prefecto Poncio Pilato gobierna la provincia de Judea. Jesús empieza a predicar la inminente llegada del «reino de Dios», esto es, la restauración del trono de Israel y la salvación de los judíos que crean en su mensaje, que se librarán de la muerte y vivirán sin padecimientos para siempre.

Dado que el encargado de establecer este reino en la mitología judía de la época era el Mesías, Jesús se presenta como el Mesías o sus seguidores lo toman como tal. Esto constituye una provocación para los romanos que ocupaban Judea. Si el Mesías era el futuro «rey de los judíos», eso puede significar que Jesús ha estado pregonando una rebelión contra el imperio.

También es posible que influyese en su detención algún desorden público en el templo de Jerusalén. Los romanos detienen a Jesús y lo cuelgan de una cruz para que muera por una lenta asfixia, el más terrible castigo impuesto por el imperio. De cara a los judíos, esta ejecución desacredita a Jesús como posible Mesías.

Años 33-36 (aprox.): Tras la ejecución, sin embargo, un grupo de seguidores de Jesús continúa creyendo en en su naturaleza mesiánica. Para justificar la inexplicable ejecución de alguien que se suponía iba a vencer a Roma y restaurar la antigua dinastía de David, afirman que Jesús se ha entregado al martirio de manera voluntaria y que ha resucitado para anunciar que regresará en breve. Este grupo, que se estima no contaba más de unas pocas decenas de personas, inventa así una nueva vertiente de judaísmo.

 El grupo es conocido como la «Iglesia de Jerusalén» o  la «Asamblea de Jerusalén», aunque también podría ser llamada «Sinagoga de Jerusalén», pues todavía es un grupo netamente judío que defiende el cumplimiento de las leyes mosaicas (circuncisión, descanso sabático, restricciones alimentarias, sacrificio en el templo, etc.) y se opone a que los no judíos, los gentiles, puedan optar a la salvación.

Este es el cristianismo original, que no tiene todavía un nombre, puesto que sus miembros se ven como practicantes de un judaísmo bastante tradicional. El grupo está comandado por uno de los hermanos de Jesús, Santiago, y por Simón Pedro, quien había ejercido como su mano derecha. Ambos aparecerán nombrados unos veinte años después en las Epístolas de san Pablo, y medio siglo después en los evangelios.

Año 36-40 (aprox.): Entra en escena Pablo de Tarso. Es judío, pero no es palestino, sino que procede el ámbito helenístico. Al principio cree que puede ser considerada blasfemia la afirmación de que un presunto criminal crucificado por los romanos sea calificado como Mesías. Sin embargo cambia de idea. Aunque nunca ha conocido a Jesús en persona, afirma haber experimentado una visión en la que se le ha aparecido, resucitado, para convertirlo en su «apóstol», su mensajero.

Aunque Pablo no deja de ser judío, empieza a defender la idea de que los gentiles no necesitan convertirse al judaísmo para optar a la salvación prometida por Jesús. Cree que es la fe en Jesús, no las «obras», el seguimiento de la ley mosaica, lo que garantiza la salvación. Su postura le hace entrar en conflicto doctrinal con el grupo cristiano original de Jerusalén, pero él continúa con sus planes.

Empieza a fundar comunidades cristianas en diversas ciudades del Imperio romano, aceptando a gentiles, y decide situarse a sí mismo en el mismo nivel de autoridad que los líderes de Jerusalén. Afirma que, si Santiago y Simón Pedro son los «apóstoles de los judíos», él mismo es «el apóstol de los gentiles».

Años 50-60 (aprox.): Pablo escribe cartas a las diversas comunidades cristianas fundadas por él. En esas cartas, escritas en griego, responde a dudas teológicas y problemas doctrinales concretos. De este modo se convertirá en el principal impulsor del culto a Jesús fuera de Palestina y más allá del ámbito judío. De hecho, en la segunda figura más importante del cristianismo.

 Baste decir que el Nuevo Testamento contiene catorce epístolas paulinas que suponen la mitad del total de los libros y un tercio del total del texto (aunque en la actualidad se considera que solo siete de esas cartas fueron escritas por él, mientras que las otras siete son falsificaciones posteriores escritas por sus seguidores pero firmadas en su nombre para darles relevancia).

A medio y largo plazo será el cristianismo paulino el que se imponga sobre el cristianismo judío original, que empezará a quedar arrinconado. En sus cartas Pablo no dice nada sobre la vida de Jesús, aunque sí narra algunas de sus propias interacciones con los miembros del grupo original de Jerusalén y habla a menudo de Pedro o Santiago.

Año 66: Los habitantes de la provincia de Judea se rebelan contra la ocupación romana y estalla la guerra en Palestina.

Año 70: Las legiones romanas, que están ganando la guerra, sitian Jerusalén y crucifican a cualquiera que intente escapar de la ciudad (algunos cronistas dicen que pudieron llegar a ser cientos de personas en un día). Tras varios meses de asedio en los que la capital de Judea estaba rodeada por campamentos militares y la tétrica visión de centenares de cruces, los legionarios consiguen irrumpir en la ciudad, sometiéndola a la destrucción y el pillaje. El templo de Jerusalén, el edificio sagrado de la fe judía, es destruido, lo cual tendrá un efecto decisivo en la evolución de las dos religiones bíblicas.

Por un lado, el judaísmo sacerdotal centrado en el templo empezará a declinar en favor del judaísmo rabínico más similar al que conocemos hoy. Dentro del cristianismo, donde ha aumentado el número de creyentes gentiles, empieza a tomar forma la idea de que la destrucción del templo es un castigo divino por la supuesta (e indemostrada) colaboración de los judíos en la ejecución de Jesús.

 Pese a que Jesús había sido judío, pese a que su mensaje era judío, pese a que toda la mitología mesiánica y escatológica en torno a su figura tiene raíces judías, y pese a que los cristianos de segunda mitad del siglo I siguen considerando que buena parte de las escrituras judías son sagradas, empieza a crecer esta nueva vertiente cristiana de tintes antijudíos, aunque no se mostrará con auténtica fuerza hasta el siglo II.

Año 70 (aprox.): Se escribe el Evangelio de Marcos. Describe a Jesús como el Mesías humano de la tradición judía y como un personaje vivaz y elocuente. Sin embargo la Pasión, el relato de su detención, juicio y ejecución, tiene un tono deprimente que muestra a un Jesús hundido, sumido en un estado anímico de estupor y total abatimiento.

Ya en la cruz, justo antes de morir, Jesús pronuncia un lamento que el texto, curiosamente, no reproduce en griego, sino en la lengua materna de Jesús: «¿Eloi, Eloi, lema sebactani?» («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Siguiendo con esa imagen humana, Marcos no menciona un nacimiento milagroso de Jesús ni la virginidad de su madre; de hecho no dice nada sobre su infancia.

En el texto Jesús es humano por completo y no será elevado a un estatus superior hasta después de su muerte, cuando se supone que Dios lo resucita. Y digo se supone, porque recordemos que en el final original de Marcos, antes de ser retocado, la tumba de Jesús aparece vacía pero él no vuelve a manifestarse.

Años 80-90: Se escribe el Evangelio de Mateo y El evangelio de Lucas. Ambos copian la estructura de Marcos, aunque modifican ciertas cosas y añaden otras, como la narración del nacimiento milagroso de Jesús y su genealogía, para justificar que era el Mesías. El relato de Mateo insiste en el carácter judío de Jesús, quizá preocupado porque la tradición judía se pierda con el creciente número de creyentes gentiles, aunque, irónicamente, su Evangelio también contiene pasajes que han sido usados como arma contra los judíos en diferentes épocas de la historia.

 Mateo narra cómo los habitantes de Jerusalén habían sido partidarios de la ejecución de Jesús («Que su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos»). Lucas contiene también un elemento antijudío y su Jesús, a diferencia del de Marcos, se enfrenta a la muerte con la confianza plena de quien sabe que en breve estará junto a Dios.

En esta misma década se escribe el libro Hechos de los Apóstoles, donde se narra la actividad apostólica posterior a la muerte de Jesús, en especial las actividades de Simón Pedro y Pablo de Tarso, aunque su fiabilidad como relato histórico es tan dudosa como la de los evangelios, o acaso más dudosa, pese a estar escrito más cerca de los supuestos hechos verídicos que cuenta.
Años 90-100: Se escribe el Evangelio de Juan, donde el personaje de Jesús es muy distinto al de los tres evangelios sinópticos (que ya hacen retratos diferentes entre sí), como también es diferente el tono del libro, mucho más teológico y metafísico. Jesús ya no es un Mesías humano, ni siquiera un humano con toques divinos nacido de manera milagrosa de una madre virgen, sino la encarnación del propio Dios. Así, el Jesús de Marcos es humano; el de Lucas y Mateo es humano pero tiene una parte divina, aunque solo empieza a existir cuando María, su madre, da a luz.

 En cambio, el Jesús de Juan ha existido desde el principio de los tiempos y se presenta con una forma verbal que en la Biblia hebrea se usa para Yahvé («Antes de que hubiera un Abraham, yo soy»). Su nacimiento en forma humana, pues, ya no es un comenzar a existir, sino un simple rito de paso, porque ya existía desde siempre. Dicho de otro modo, Jesús es Dios .
Año 93: Aparece por primera vez el nombre de Jesús en un texto no cristiano, Las antigüedades judías del historiador fariseo Flavio Josefo. El texto menciona a Jesús solamente dos veces. Aunque los historiadores modernos discuten si esas menciones (en especial la conocida como Testimonium Flavianum) pudieron ser retocadas en tiempos posteriores por los cristianos, hay consenso en que Josefo sí habló de Jesús, aunque fuese de manera anecdótica.

Lo cual no es extraño, pues por entonces ya había comunidades cristianas, si bien minoritarias, en unas cuantas ciudades del Imperio.
De toda esta cronología, en cuyos fundamentos ya nos extenderemos más, se extraen dos conclusiones: el culto a Jesús trasciende el ámbito de Palestina para extenderse por otras zonas del imperio de manera muy, muy temprana.

La transmisión oral de su vida y mensaje pasa con mucha rapidez de un idioma local (el arameo) al idioma «internacional» (el griego). Entre los años 36 y 70, más o menos, los detalles de la vida de Jesús van de boca en boca sin que haya plasmación escrita de la que haya quedado constancia, pero conservando algunos elementos biográficos intactos (nombre, procedencia, profesión, muerte en la cruz, y el núcleo de su mensaje).

 La segunda conclusión es que, de manera paralela, el cristianismo pasó de ser una creencia judía a otra que se alejaba progresivamente del judaísmo, manteniendo los textos y terminología judíos, pero renunciando a casi todas sus normas y costumbres. Dicho de otro modo, el cristianismo empezó siendo una variante de la religión que había practicado el propio Jesús, pero terminaría siendo una religión distinta a la suya, aunque, cosa paradójica, lo tenía a él como elemento central.
El efecto de todo esto fue una atomización del cristianismo. Las primeras disensiones entre cristianos que conocemos —los debates entre la Iglesia de Jerusalén y Pablo de Tarso— datan, como mucho, de unos veinte años después de la muerte de Jesús. En apenas unas décadas, incluso antes de la escritura de los evangelios, ya habían surgido corrientes de todo tipo: judías, projudías, antijudías y otras ambivalentes.

Los creyentes romanos se preocupaban de eximir al imperio de la responsabilidad de la crucifixión, como ejemplifica la muy improbable escena de Pilatos lavándose las manos, pese a que la crucifixión era un castigo imperial. Además, algunos pensaban que Jesús había sido humano, otros que había tenido carácter divino pero no comparable al de Dios padre, y otros que era la encarnación del propio Dios padre. Había, quizá, decenas de cristianismos diferentes y las pugnas ideológicas entre unos y otros se prolongarían durante siglos.
El cristianismo nunca fue uniforme, salvo quizá en su primera década de existencia, cuando todavía era un judaísmo típicamente palestino. Así pues se explica que los cuatro evangelios canónicos, considerados en su conjunto e incluso con independencia de las distorsiones en los manuscritos que citábamos antes, pincelen retratos de Jesús que no son compatibles entre sí.

En una próxima entrega intentaremos explicar por qué la incompatibilidad de estos retratos casi nunca pareció incomodar a los cristianos, que se limitaron a fundir esos cuatro retratos en uno, conformando así el Jesús tradicional, y por qué los estudiosos actuales coinciden en que, pese a todo este galimatías, es posible extraer algo de verdad histórica sobre su figura de aquellos textos.

También veremos algunos mitos generalizados pero erróneos sobre su personaje y sobre la propia evolución temprana del cristianismo, o sobre la relación entre el judaísmo y el mundo romano, sin la que el Jesús hubiese caído en el olvido."                                       (E. J. Rodríguez, JotDown, El País)

13/6/14

El 42% de los estadounidenses rechaza la teoría de la evolución de los seres humanos

"Gallup ha publicado un nuevo sondeo que muestra que una gran cantidad de estadounidenses sigue rechazando el concepto de la evolución de los seres humanos. Por cierto hay el doble de estadounidenses que cree que los seres humanos fueron creados por Dios que los que creen en la evolución natural. 

De hecho, ese 42% cree que Dios creó al hombre en los últimos 10.000 años. Es una diferencia considerable incluso si se enfoca solamente en los seres humanos anatómicamente modernos que aparecieron en el Paleolítico Medio hace unos 200.000 años.

 Para los que creen en la ciencia de la evolución la noticia no es tan mala. El 19% cree en la evolución sin participación divina mientras otro 31% cree que hubo evolución de “formas menos avanzadas de vida” pero que Dios dirigió ese proceso. Eso es el 50%. Por cierto, parece que deja un 8% que todavía… bueno… se desarrolla. 

El creacionismo se mantiene claramente estable en nuestra sociedad a pesar de los continuos descubrimientos de antiguos huesos y sitios arqueológicos. En 1982, la primera encuesta de ese tipo mostró que un 44% creía esa teoría. 

Por el contrario la cantidad de personas que cree en la evolución aumenta, pero en un porcentaje que solo sería apreciado por Darwin. Los que aceptan la evolución han aumentado solo diez el 10% desde finales de 1999. Si se considera a los estadounidenses que van a la iglesia, la cantidad que cree en la evolución darwiniana disminuye únicamente a uno de cada 100 religiosos practicantes. 

Sin embargo la encuesta sigue mostrando que “el porcentaje de estadounidenses que suscribe un punto de vista estrictamente laico -que los seres humanos han evolucionado a lo alrgo del tiempo y que Dios no ha participado en este proceso– se ha duplicado desde 1999”. 

Lo impresionante de esta situación es el caso de la gente con una formación menor que la secundaria, el 57% cree en una versión creacionista del origen humano mientras solo un 10% cree en una evolución sin ninguna intervención divina. El mayor cambio aparece en el sector de la educación superior. A nivel universitario, solo un 27% cree que Dios creó a los seres humanos en su actual imagen, mientras el 41% acepta la teoría de Darwin de la evolución de los seres humanos. 

Mientras nos acercamos a otra campaña presidencial, será interesante ver si esto de nuevo se convierte en parte del debate como sucedíó cuando tres de diez candidatos republicanos proclamaron su fe en el creacionismo. Parece que la evolución sigue provocando una clara división en nuestra sociedad.(...)"            (Jonathan Turley, Information Clearing House, en Rebelión, 10/06/2014)

17/3/14

"La ciencia nos abre los ojos, pero no tiene que ver con que Dios exista o deje de existir"

"El físico Juan Ignacio Cirac (Manresa, 1965) forma parte de esa brillante saga de científicos empeñados en completar el guion del universo. Su problema es que en esta ambiciosa superproducción cuántica, a diferencia de otras ciencias que tratan de abrir camino hacia el futuro, el tiempo de la historia deviene hacia el pasado más remoto. 

Como Christopher Nolan en la película Memento, los físicos están reconstruyendo a ciegas un argumento que en este caso dura trece mil millones de años. Y nadie está seguro de que se pueda llegar a conocer el principio de la mayor historia jamás contada, el Big Bang, el punto exacto en que la física cuántica más sólida se torna volátil metafísica, la pregunta ante la cual el ser humano se encoge todavía de hombros, el lugar donde habita el olvido que cantan los poetas.

Lo expresaba muy bien Max Planck, el científico alemán que da nombre al instituto tecnológico cuya división teórica dirige Cirac desde 2001. "La ciencia es incapaz de resolver los últimos misterios de la naturaleza, porque en el último análisis nosotros mismos somos parte de la naturaleza, es decir, del misterio que tratamos de resolver". (...)

P.: Presentando la historia del universo con el clásico esquema planteamiento-nudo-desenlace... ¿qué parte del relato sabemos?

R.: Comprendemos, en parte, hasta poco tiempo después del momento en que surge el Big Bang, que creemos que es lo que podría ser el principio del universo tal y como lo conocemos. No sabemos cómo y por qué surgió el Big Bang, pero sí sabemos lo que ocurrió poco después, por eso a partir de ese punto podemos correr parte de la película para ver lo que sucedió hasta nuestros días. 

P.: ¿Qué hemos comprendido gracias al bosón de Higgs?

R.: El bosón de Higgs nos dice de qué estamos hechos. Sabemos desde hace mucho tiempo que estamos hechos de electrones, de quarks... de varias partículas. Y nos faltaba una fundamental, diferente a todas las demás, y esa era el bosón de Higgs.

P.: Entre las prioridades del CERN para este año está el descubrimiento de la materia oscura. Su director de investigación, Sergio Bertolucci, ha dicho que su hallazgo podría alcanzar dimensiones mayores que las del bosón...

R.: La historia nos dice que cuando hay algo que no tiene explicación, si llegamos a explicarlo, tiene una repercusión importante. La materia oscura es algo que no entendemos, no sabemos de qué está hecha esa materia que parece que está en todas partes del universo, y que además no es como la materia a la que estamos acostumbrados. 

Por lo tanto, puede ser algo que no sea ni predecible. El bosón de Higgs fue predicho con unas teorías que decían que tenía que existir y luego se observó. La materia oscura es algo que no tenemos ni idea de lo que es y, por lo tanto, puede dar muchas sorpresas.

P.: ¿Está de acuerdo con la afirmación de que la sociedad se está volviendo más científica y cada vez recurre menos a mitos para explicar el mundo?

R.: Normalmente, lo que hace la ciencia es desmontar algunos mitos, pero no da respuesta a todo. Supongo que por eso aún tendrá que haber otras formas de ver las cosas, bien a través de la filosofía, bien a través de las distintas ideologías de la gente, porque la ciencia no ofrece todas las respuestas, sólo tumba algunos mitos precisamente porque no son ciertos.

P.: Muchos científicos prestigiosos, desde Einstein a Max Planck, han recurrido a símiles donde aparece Dios para explicar los límites de la ciencia. ¿Tiene la física, en último extremo, algo de místico?

R.: La ciencia no tiene nada que ver con lo místico, son dos cosas completamente separadas. Otra cosa distinta es que algunas religiones tienen ideas equivocadas bajo los ojos de la ciencia, y entonces la ciencia lo dice.

 Por ejemplo, hace trescientos años se pensaba que la Tierra, el universo incluso, tenía seis mil años. Hoy sabemos que tiene muchos más: trece mil millones. La ciencia nos va abriendo los ojos, pero eso no quiere decir ni que exista Dios ni que deje de existir, ni que sea de una manera o de otra. (...)"            (Entrevista con el físico JUAN IGNACIO CIRAC, El Confidencial, 21/01/2014)

22/11/12

Creo que existe una dificultad real para comprender cómo las leyes de la física pueden haber dado lugar a algo tan complicado como nosotros mismos

"Jacques Monod decía que un aspecto curioso de la teoría de la evolución es que todo el mundo cree entenderla. ¿Por qué piensa que la evolución es tan difícil de comprender? ¿Es simplemente la dificultad que tenemos para asimilar la inmensidad de la escala geológica de tiempo?
 
Yo solía pensar que era eso, pero ahora creo que realmente hay algo más. Pienso que la dificultad es religiosa, pero en un sentido muy especial del término. Mucha gente piensa que si creyese en la evolución estaría siendo desleal con su religión, o que no puede ser a la vez religiosa y evolucionista. 

También creo que existe una dificultad real para comprender cómo las leyes de la física pueden haber dado lugar a algo tan complicado como nosotros mismos, sin ayuda de ningún tipo de diseñador. 

A muchos les parece absolutamente obvio que algo tan complejo como un corazón o un riñón o un ojo tiene que tener un diseñador, y lleva tiempo asumir la idea de que la evolución por selección natural es una fuerza con potencia suficiente para hacer precisamente eso. 

Pero eso nos lleva a su comentario acerca del tiempo: la evolución necesita una cantidad inmensa de tiempo y no estamos acostumbrados a pensar en términos de cantidades de tiempo tan grandes.

¿Qué piezas importantes del rompecabezas evolutivo nos quedan por descubrir?
 
Opino que carecemos de una comprensión adecuada de la conciencia subjetiva.
Es un punto sobre el que me gustaría volver más adelante…
 
Me temo que no seré capaz de arrojar ninguna luz sobre la cuestión…
Yo tampoco, excepto que sé que yo mismo soy consciente…
 
Yo también, pero hasta ahí llega mi conocimiento…
¿Qué grandes avances nos esperan en las próximas décadas?
 
Los avances en tecnología molecular son extraordinariamente rápidos y permiten que el estudio de la evolución progrese a grandes pasos. Espero avances importantes en el campo de la taxonomía y, especialmente, en el esclarecimiento del árbol de la vida.
¿Qué cinco libros recomendaría a alguien que quiera aprender sobre evolución?
 
El origen de las especies
, obviamente, La teoría genética de la selección natural de R. A. Fisher, Adaptación y selección natural de G. C. Williams… quizás algo de J. Maynard Smith…
¿Su libro sobre las transiciones evolutivas?
 
Ese o quizás el que escribió sobre el sexo [La evolución del sexo (1978)]. Si se me permite incluir uno de los míos… [duda] El fenotipo extendido.
¿Hay algún aspecto de la naturaleza humana que se encuentre fuera del alcance de la teoría evolutiva?
 
Posiblemente la conciencia… [duda] pero si realmente hay algún aspecto que se encuentre fuera del alcance de la ciencia, entonces se encuentra fuera del alcance de cualquier otra teoría. Entiéndame, espero que se resuelva el misterio de la conciencia, pero pienso que la solución vendrá del campo de la neurobiología y quizás de la informática, más que de la biología evolutiva.  (...)

¿Puede un creyente ser darwinista como afirma Michael Ruse en su libro Can a Darwinian be a Christian?: The Relationship between Science and Religion (2004)?
 
Muchos lo son… bueno, ¡al menos algunos lo son! Pienso que es muy difícil pero algunos evidentemente lo consiguen. Michael Ruse y otros afirman que religión y evolución son perfectamente compatibles, pero me parece que se trata de un gesto de apaciguamiento político. 


Hay que entenderlo en el contexto de los Estados Unidos, donde está en marcha un proceso político que resulta muy difícil de parar: la subversión de la educación biológica. 

Para mucha gente, incluidos Michael Ruse, Eugenie Scott e incluso la posición oficial de la National Academy of Sciences, lo que hay que hacer es animar a la gente a que piense que religión y ciencia son perfectamente compatibles y que se puede hacer ambas, que no existe absolutamente ninguna conexión entre ellas: la religión trata sobre cuestiones morales y… no sé qué más… sobre cuestiones profundas relativas a nuestra existencia, mientras que la ciencia se ocupa de las preguntas del cómo.

 Pero pienso que es una manera cobarde de evadir el problema. No obstante, puedo entender la motivación política que hay detrás de esa postura.
Muchos probablemente están de acuerdo con sus ideas acerca de la relación entre ciencia y religión, pero se guardan sus opiniones para sí mismos. ¿Cuándo y cómo decidió salir del armario?
 
Me preocupa la verdad, no me gusta el fraude deliberado, no me gusta la hipocresía, pienso que hay que llamar a las cosas por su nombre, pero de forma educada, no de manera agresiva. 


Creo que se comete una injusticia conmigo cuando se dice que soy francamente agresivo. Siempre he sido educado. Pero también creo que deberíamos decir lo que verdaderamente pensamos en lugar de fingir.
¿Está el creacionismo ganando terreno en Europa?
 
Bueno, existen indicios de que quizás sí… algo en Gran Bretaña, algo en Holanda. Desconozco cuál es la situación en España.
¿Podría contarnos los problemas que ha tenido recientemente en Oklahoma?
 
Bueno, di una conferencia en Oklahoma en marzo y un congresista [el republicano Todd Thomsen] presentó una moción al congreso estatal para que se condenase a la Universidad de Oklahoma por invitarme con el pretexto de lo que iba a decir.


 Realmente no sabía lo que iba a decir, pero presumió que iba a decir cosas contrarias a la opinión de la mayoría de los ciudadanos de Oklahoma. A lo que contesté diciendo: «¿para qué piensa que están las universidades?». Desde luego no para reforzar las opiniones de los ciudadanos del estado de Oklahoma. 

Posteriormente, él mismo o algún otro congresista intentaron sugerir que la Universidad estaba malversando fondos públicos. Crearon el rumor de que yo había recibido 30.000 dólares de las arcas del estado y denunciaron que se trataba de un gasto ilegítimo. Exigieron que se les entregase copia de toda la correspondencia entre mi oficina y la Universidad para tratar de establecer cuánto dinero se me había pagado. 

 Resulta que no se me había pagado ni un céntimo. De hecho, renuncié a cualquier tipo de remuneración ya que se trataba de una conferencia dirigida a los estudiantes y yo quería ofrecer mis servicios gratuitamente. 

Al final esta gente acabó escaldada, aunque por supuesto no lo reconocerán. Luego intentaron atacar al profesor de geología que me había invitado, pero afortunadamente su plaza de profesor está consolidada, por lo que se encuentra a salvo de sus ataques."   (Entrevista:Richard Dawkins. Sin Permiso, 11/11/2012)