"Observar una galaxia es como escuchar una canción en
finlandés, dice Julieta Fierro: “Aunque no hables ese idioma la canción
puede gustarte”. Así es la física, así es el universo, conocimientos tan
intrincados como poéticos a los que esta astrónoma mexicana de
reputación internacional le echa paletadas de humor. Nació en Ciudad de
México hace 73 años: 40 libros publicados, tres honoris causa, una silla
en la Academia Mexicana de la Lengua; escuelas, planetarios, sociedades
científicas llevan su nombre.
Ha sido presidenta de la Comisión de
Educación de la Unión Astronómica Internacional y es investigadora titular del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM). Toda esa ciencia que hay bajo su melena de luna la usa para
divulgar sin cansancio, no le importa perder unos minutos en explicar a
los terraplanistas que andan bien equivocados. En sus palabras está toda
la poesía planetaria. Si la entrevista resulta prosaica echen la culpa a
las preguntas.
“Me puedes hablar de tú, soy una señora
normal”, dice. Pero lo que demuestra a cada instante no es exactamente
normalidad, sino una cotidianidad amable y desprovista de petulancia. En
varias ocasiones se levantará del sofá para buscar en el interior de la
casa objetos con los que demostrar cómo operan los eclipses, o cómo la
ciencia está lejos de la verdad absoluta. Para eso jugará con la
periodista y la fotógrafa, como si estuviera en una escuela explicando a
los infantes. Al acabar la charla, Fierro se prepara para las fotos:
“Voy a cepillarme el pelo y a hacer pipí”. Más adelante se verá la
importancia del pipí, hasta del de los dinosaurios.
Pregunta. ¿Cómo se imagina a un ser extraterrestre, con antenas?
Respuesta. Depende
de si es listo o no listo; si es tipo bacteria pues pueden crecer, ni
siquiera necesitan estrellas. Júpiter tiene 92 satélites y uno tiene
hielo y un mar abajo del hielo, podría haber vida submarina, y hay
mundos como Júpiter, que van por ahí sin estrellas, se llaman flotadores
libres. Pero para tener inteligencia se necesitan varias cosas, un
tamaño mínimo para desarrollar neuronas, tentáculos o trompa para poder
manipular a la naturaleza, y se piensa que al menos deberían tener dos o
tres kilos de peso y sentidos, depende del lugar.
P. ¿Se lo imagina entonces como un pulpo?
R. Podría ser, son muy inteligentes, lo que pasa es que viven poco, un año. Juegan, saben contar, se divierten, exploran los acuarios, hacen trampas…
P. Y predicen el ganador de los mundiales de fútbol. Volvamos a los terrestres: los humanos somos polvo de estrella.
R. [Señala con un dedo una partícula invisible en su
muñeca]. Mira, ve un protón, velo, lleva 13.800 millones de años en el
universo.
P. ¿Ahí, en la muñeca?
R. Sí. Ha entrado una estrella, ese protón se fusionó para hacer carbono.
P. ¿Pero es el mismo que soltó una estrella al morir hace miles de millones de años?
R. Sí,
el mismo. Cada protón se formó hace 13.800 millones de años, había puro
hidrógeno y helio, las estrellas agarraron el helio y formaron carbono
12, oxígeno. ¿Y de qué estamos hechos? De lo que fabrican las estrellas,
se murieron y aventaron eso al espacio.
P. Pero unas estrellas murieron antes y otras después, mi protón puede ser más antiguo y el suyo más moderno.
R. Claro. Estamos hecho de carbono, nitrógeno y oxígeno porque es lo que más fabrican las estrellas.
P. Si
las galaxias van perdiendo fecundidad, como dicen, y producen menos
estrellas, la existencia del ser humano pende de un hilo, aunque sea un
hilo de millones de años.
R. Ahorita existimos
gracias a que hubo aquellas explosiones estelares, el sol también se
evaporará y se irá al espacio y se va a mezclar con otras nubes y se
formará otro sistema solar con nuestra materia, porque todos nosotros
estamos reciclados, ustedes tienen moléculas de Cristo y de Barrabás, y
de Nerón, porque todos hacemos pipi y la atmósfera transporta los
gases.. todos tenemos átomos de millones de años. Tú tienes átomos que
estuvieron antes en un dinosaurio.
P. ¡Somos un reciclado de Barrabás!
R. Perdón, debería haber dicho de Cristo nada más, jajaja.
P. Mejor Barrabás.
R. ¿Los malos son personajes más interesantes, no?
P. Dicen que el universo se muere, por eso de la infertilidad de las galaxias.
R. Hay
de todo, vivimos en un universo que lleva evolucionando 3.800 millones
de años y han sucedido muchas cosas. El universo empezó muy denso, donde
había más materia nacieron las primeras estrellas. Hubo brotes
importantes. Conforme el universo se fue dilatando más y más la densidad
de materia disminuyó, pero hay 100.000 millones de galaxias y cada una
tiene 100.000 millones de estrellas. Se siguen formando galaxias
pequeñitas, con mucho gas, que se unen a otras y se hacen más grandes.
Por ejemplo, la Vía Láctea se va a fusionar con Andrómeda dentro de 500
millones de años y las dos galaxias van a tener más brotes de formación
estelar hasta que agoten su gas. En el presente hay menos brotes, sí,
pero nuestra galaxia sigue muy activa y su satélites también.
P. Entonces se muere o no se muere.
R.
La energía del universo se va degradando, y los agujeros negros del
universo se van a evaporar cuando el universo tenga un 1 con 70 ceros en
años. Los protones se van a desintegrar cuando el universo tenga un 1
con 32 ceros o sea, con un 1 con 100 ceros el universo será frío, puras
ondas de radio, ya no habrá luz visible, estrellas agotadas, agujeros
evaporados, protones desintegrados.
P. Qué miedo. ¿Y a eso le sucederá otro universo desconocido?
R.
Antes se pensaba que nuestro universo era como una pelota, se expande y
se cae, se expande y se cae, un universo oscilante, pero en esta
ocasión se va a expandir tanto que se va a expandir por siempre. Pero
hay, además, otros universos, que surgen de la nada. El vacío está lleno
de energía siempre, y esa energía varía, si se mueve un planeta la
gravedad cambia, si un campo magnético se modifica, también la energía…
Los campos de la física… De ahí puede surgir un universo como el
nuestro, en este momento podría estar generándose, pero no es que el
nuestro se acabe y surja otro, pueden existir en paralelo y ser
diferentes.
P. Pensar en otros universos ¿no le causa ansiedad?
R. Uy, no, qué maravilla, a mí la mecánica cuántica me encanta.
P. El
telescopio James Webb ha sido lanzado con éxito esta nochebuena. Con él
vamos a ver más atrás de lo que antes vimos, más pasado. ¿Los
astrónomos miran hacia atrás para saber de dónde venimos o también a
dónde vamos?
P. Lo que quiere la ciencia es
avanzar el conocimiento, el pasado, el futuro y qué pasó en el ínter,
somos curiosos, James Webb quiere saber la evolución, las etapas.
P. ¿Qué sacamos para el presente?
R.
Pues que Andrómeda y la vía láctea se van a fusionar, por ejemplo. Al
mirar hacia atrás sabemos cómo se va a comportar el futuro, que el sol
va a vivir otros 4.500 millones de años, por ejemplo, que no se va a
apagar mañana.
P. Siempre habrá un universo, entonces
R.
Pues es la idea de ahorita, pero la ciencia por definición no tiene la
verdad, el teorema de Gödel muestra que la verdad no existe. Ahora
tenemos las ondas gravitacionales para saber, es como si nos regalaran
un nuevo sentido para explorar, otra manera, sin ver ni oler ni tocar,
eso es un regalo de este siglo y con eso vamos a poder explorar de
manera más completa el universo, pero nuestra ignorancia va a seguir.
P. La verdad no existe. Pues la religión dirá: ya la pongo yo.
R. Pues
sí, pero hay verdades nocivas, por ejemplo eso de que Adán esté feliz y
toda la culpa la tengamos las mujeres. ¿Es muy cómodo para un señor
creer en esa religión, no? Tu pareja es la culpable de todo por la
eternidad.
P. México es un país muy supersticioso,
a buena parte de la población le ha costado creer que el coronavirus
era una verdad científica. ¿Cómo se siente una astrónoma al contar estas cosas que son
casi de ciencia ficción, hacer entender verdades, aunque incompletas, a
una población?
R. Se han hecho muchos
experimentos y las personas pueden vivir con dos sistemas del mundo
distintos. En los museos de ciencia les preguntan a los niños cómo
surgió el hombre, y hablan de células y tal. Si a la salida un líder
religioso les pregunta lo mismo, le dicen: Dios lo creo.
P. Qué paranoia. Podemos vivir con dos verdades.
R. Exactamente
y, según el contexto, aplicar una u otra, y es a lo más que puede
aspirar la ciencia. No podemos competir con la religión, solo
respetarla, es demasiado fuerte.
P. ¿Para nuestro lado religioso?
R.
Y por la gente que aprovecha la religión a su favor. Para la mujeres es
nefasta, el sexo es malo, es bueno sufrir, la cupa, somos las brujas.
No hay deidades femeninas más o menos razonables.
P. Los antepasados mexicanos eran unos grandes astrónomos.
R. Las
grandes culturas de la antigüedad han usado los astros para la cuenta
del tiempo, los relojes, la noche, los meses del año. Eso ayudaba a
organizar la vida social. Había que planear con cuidado los mercados, el
comercio de mercancías, la construcción de pirámides y la época del
estar en el campo. Los mayas construían pirámides y los astrónomas
sabían qué día era y cuántos faltaban para llevar al mercado de Oaxaca
las plumas, los pigmentos, etcétera.
P. Pero todas las civilizaciones tenían esa necesidad de establecer un calendario, sin embargo en México fueron alumnos avanzados…
R. Sí,
tenemos una ventaja. La astronomía empezó como ciencia en Europa, pero
están muy al norte y México está más cerca del ecuador, donde se ven
secciones del cielo que no ven en el hemisferio norte, y en diciembre
está despejado en México.
P. Los mayas partían con ventaja.
R. Sí.
P. El Webb ha costado 9.000 millones. ¿La sociedad entiende este gasto?
R. La
ciencia básica no pretender mejorar la vida diaria, sino avanzar el
conocimiento. Los científicos básicos buscar herramientas para
interrogar de la mejor manera a la naturaleza
P. Son ustedes unos preguntones.
R. Tú también, jaja. Tenemos la misma profesión con objetos distintos de conocimiento.
P. Terraplanistas, pandemias que asolan la tierra, antivacunas. Esto huele a edad media.
R. Los terraplanistas agarraron fuerza con la serie Juego de Tronos,
donde hay un muro de hielo al final. Es muy bonito pensar que la Tierra
sea plana y esté rodeada de ese muro de hielo. Todas las grandes
culturas pensaron que la Tierra era plana. Se dieron cuenta del error
los babilonios cuando vieron la sombra de la Tierra sobre la Luna, pero
Cristóbal Colón no le dijo a Chabelita (perdón): ‘mira la sombra de la
Tierra, hay dos eclipses al año’. Nadie se molesta en pensar que la
sombra de la tierra no es una tortilla, no es un taco, una enchilada.
P. Pero que en el siglo XXI surja toda esta caterva de terraplanistas...
R.
Es un súper negocio, todo lo mágico lo es, la astrología… Vivimos en
una sociedad de culpa y es cómodo buscar justificaciones raras. Y además
da cierto glamour, cuando nos invitan a la tele y van los astrólogos
pues es fascinante, con esos ropajes, esas pelucas. En cambio, llega el
astrónomo y te preguntan la distancia hasta Plutón en centímetros y te
quedas calculando como el idiota que no tiene ya esa distancia sabida.
P. ¿Cuál es su astro favorito?
R. Me
gusta el universo, el conjunto, esto que a ti te inquieta a mí también
me fascina, pensar que sabemos tanto de algo tan vasto y que con este
nuevo telescopio veremos hasta 13.000 millones de años luz de distancia,
el nacimiento del universo.
P. Eso puede arrojar sorpresas. ¿Qué espera?
R. No
sabemos, cuándo lanzaron el Hubble, organizamos un congreso en Atlanta
para ver los resultados, y no salió hasta años más tarde y para cuando
lo mandaron estaba desenfocado y de aquí a que lo arreglaron… Era miope,
como yo. Se usó para ver los objetos cercanos, y ahora ha vivido tanto
que ya está tomando puras imágenes bonitas para la gente que se
pregunta. Esa es la despedida del Hubble.
P. Ahora veremos la primera luz del universo, el gran parto. ¿O solo son titulares?
R. Sí,
son titulares. El universo surgió del vacío y se liberó energía. El 70%
es energía y la luz es parte de ella. Después, del 30% restante, el 26%
es materia oscura, una materia que genera gravedad pero no luz, no la
absorbe, no la refleja, no la emite. Pero había luz antes. La primera
luz. Hubo una época en la que el universo temprano se empezó a expandir,
pero la luz rebotaba de un lugar a otro. Solo cuando el universo
cumplió 380.000 años de vida se hizo transparente y la luz pudo viajar,
así que es lo más antiguo que podemos ver. Antes, aunque hubiera un rayo
de luz que quería decir estoy aquí, voy a llegar hasta ti, no podía
salir. El universo entonces era de color rojo, como el sol más o menos,
rojo y opaco." (Entrevista a la astrónoma Julieta Fierro, Carmen Morán, El País, 03/01/22)
"Eduardo Battaner López (Burgos, 1945) no ha buscado a Dios
en la física, pero sí a los físicos que lo han hecho a lo largo de la
historia y a aquellos que han negado su existencia, algo que, según
decía Paul Dirac, es uno de los problemas fundamentales de esta ciencia.
Battaner, astrofísico formado en España y en el prestigioso Instituto
Max Planck de Alemania, es profesor emérito de la Universidad de Granada
y ha publicado Los físicos y Dios (Editorial Catarata), un repaso a la relación de estos buscadores de respuestas a lo largo de la historia.
Pregunta. ¿Por qué Los físicos y Dios?
Respuesta.
Los grandes investigadores han trabajado en ese horizonte que divide lo
conocido y lo ignoto. Por tanto, han tenido el privilegio de observar
la naturaleza como nunca antes se había visto. Su interpretación de la
naturaleza ha tenido implicaciones en la filosofía y en la teología. Por
eso, hay mucha gente que quiere saber cuál era el pensamiento religioso
de los grandes científicos y, por tanto, de los grandes físicos.
Pero
hay que advertir que en este libro no hay ninguna intención de
apostolado. No se defiende ninguna posición religiosa concreta. Ni se
defiende el teísmo ni el ateísmo. Se habla de la actitud de los físicos
ante la idea de Dios basada en sus propias palabras. Este libro tiene
solo un enfoque histórico.
P. ¿Por qué esa preocupación entre los físicos?
R.
Porque esta es una preocupación de todas las personas y lo es de los
físicos porque son personas. Pero su punto de vista tiene un interés
adicional porque su oficio es conocer el universo. Los físicos hoy
trabajan prescindiendo de sus creencias particulares. Incluso los más
creyentes no mezclan su ciencia y su religión. No siempre ha sido así.
Por ejemplo, [Johannes] Kepler era un místico que, basándose en que
estamos hechos a imagen y semejanza, creía que podía comprender el
mundo. Es un método científico inaceptable hoy, pero que le llevó
a establecer unas leyes de gran precisión. Creía tener la
responsabilidad de interpretar la creación.
R.
No he encontrado a Dios en el universo, pero en este libro no pretendo
exponer mis propias ideas sino la de los grandes físicos. Entre ellos y,
en particular, entre los astrofísicos, hay una gran disparidad de
creencias. Los hay creyentes, agnósticos
y ateos. No todos piensan como Mayor. Por ejemplo, [Albert] Einstein sí
encontró a Dios en el universo, en la perfección y la belleza de sus
leyes.
P. Pero usted cuestiona que los físicos de ahora se amparan en la no respuesta como respuesta.
R.
Es verdad que hoy los científicos tienen una especie de pudor al
confesar sus creencias. No sé por qué. No suelen contestar. Esto
contrasta con los físicos de otros tiempos que revelaban sus creencias
sin tapujos. ¿Por qué no decirlo? Otra cosa son los agnósticos que no se
pronuncian porque no encuentran la respuesta o creen que no la hay.
P. ¿Hay un sentido en la evolución del universo?
R.
El universo evoluciona de una forma bastante conocida y previsible
matemáticamente (si se exceptúan los primeros instantes) Hay un sentido
físico. Lo que no quiere decir que haya un propósito.
P. ¿Por qué cambia la relación de la física con Dios?
R.
A lo largo de la historia se observa, en efecto, una evolución. Los
científicos islámicos de la edad media daban por supuesta la existencia
de Dios. Cuando la ciencia pasó a Europa, todos los científicos eran
también creyentes, incluso clérigos y también daban por supuesta la
existencia de Dios. O, si alguno no lo creía, se lo calló. A partir del
Renacimiento empieza la diversidad de opiniones. Y hoy hay muchas
posturas diferentes. ¿Por qué? Seguramente debido al avance prodigioso
de la ciencia y la disolución de la censura.
P. ¿Es compatible la física con Dios?
R. Completamente. Ha habido grandes físicos creyentes, incluso píos o ermitaños. Un buen ejemplo puede ser el de [Georges} Lemaître, el padre de la teoría del Big Bang, era sacerdote jesuita y uno de los mejores físicos de todos los tiempos.
P. ¿La fe limita el método científico?
R.
Históricamente, sí. Por ejemplo, algunas órdenes religiosas tuvieron
grandes intereses científicos, pero la prohibición del heliocentrismo
constreñía su progreso. Pero, en el siglo XVIII, esta limitación se
desvaneció. Hoy la respuesta es tajantemente no. Hay muchos físicos
creyentes, aunque no mezclan sus ecuaciones diferenciales con su fe.
P. ¿La física, seguirá buscando a Dios?
R.
La física no busca a Dios. Los físicos, en cuanto hombres, sí. Pero en
nuestro cerebro, y solo tenemos uno, la interrogante de la existencia de
Dios merodea por ahí.
P. ¿Cuál es el fin de la física?
R. Como astrofísico, pienso que es comprender el principio, la evolución y el final del universo.
El físico busca la unificación de todas las fuerzas. Es un viejo sueño
en el que se embarcaron físicos de la talla de [Michel] Faraday o
Einstein. Se busca la teoría del todo. Se busca una ecuación que lo
explique todo.
P. ¿Esa ecuación podría ser Dios?
R. Habrá algunos físicos que así lo vean y otros que
no. Pero la pregunta de la existencia de Dios no será resuelta por la
ciencia. Preguntas como la que se hacía Gottfried Leibniz, “¿Por qué hay
algo en lugar de nada”, se quedarán sin respuesta en el marco de la
física, pienso.
P. ¿Qué físico ha conjugado mejor la idea de Dios y la ciencia?
R.
Albert Einstein tenía una idea de Dios no vinculada a ninguna iglesia o
fe establecida. No creía en un Dios que premiara a los buenos y
castigara a los malos o que prometiera la inmortalidad. Pero creía que
en un Dios que había creado el Universo. Le extrañaba que él pudiera
escribir las ecuaciones del universo en media cuartilla. No era ni ateo,
ni agnóstico ni panteísta. Él así lo dijo. Con su sentido
característico del humor llamaba a Dios “El Viejo”."
"No
podemos usar luces eléctricas y radios o aprovecharnos de los modernos
instrumentos médicos y clínicos cuando estamos enfermos y, al mismo
tiempo, creer en el mundo maravilloso del Nuevo Testamento. (Rudolf Bultmann, teólogo alemán)
Jesús y sus discípulos fueron a las aldeas de Cesárea de Filipo. En el camino, Jesús les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista. Otros dicen que eres Elías. Y otros dicen que eres uno de los profetas». Jesús preguntó de nuevo: «Pero, y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro respondió: «Tú eres el Mesías». Y Jesús les advirtió con severidad de que no debían decirle esto a nadie. (Evangelio de Marcos)
Cuenta el historiador Tito Livio que Rómulo,
fundador y primer rey de la ciudad de Roma, pasaba revista a las tropas
que desfilaban ante su palco cuando se desató una pavorosa tempestad y
fue rodeado por una espesa nube que ocultó su figura a la vista de
todos, mientras un enorme torbellino se alzaba hacia el cielo.
Cuando se
despejó la atmósfera y volvió a brillar el sol, la silla de Rómulo
estaba vacía: «No se lo volvió a ver sobre la faz de la Tierra», escribe
el cronista. Los soldados, aterrados y desconsolados al principio, se
tranquilizaron pensando que Rómulo se había convertido en «un dios, hijo
de un dios, rey y padre de la ciudad de Roma». Un ser celestial a quien
ahora podían implorar favor y protección.
Tito Livio también dice
que no todos los habitantes de Roma quedaron convencidos y algunos
hicieron correr la voz de que la ascensión a los cielos de Rómulo era
una patraña. Afirmaban que la repentina tempestad había servido para que
Rómulo fuese capturado por orden de un grupo de opositores del Senado;
tras ajusticiarlo habrían desmembrado su cuerpo.
Al oír sobre la
posibilidad de que el rey hubiese sido asesinado de manera tan terrible,
la plebe empezó a reunirse en las calles de Roma, presa de la
indignación. Y también, lo más preocupante para el orden, en el ejército
volvía a cundir el nerviosismo.
Para acallar estos escandalosos rumores, el respetado prohombre Próculo Julio
tomó la palabra ante la multitud: «¡Ciudadanos! Hoy, al despuntar el
alba, el padre de nuestra ciudad bajó del cielo y se apareció ante mí.
[Me dijo] “Ve y di a los romanos que la voluntad del cielo es que Roma
gobierne el mundo”».
El pueblo y el ejército escucharon el discurso con
asombro, pero quedaron por fin tranquilos; aquello confirmaba la
creencia de que su amado rey no había sido descuartizado como un animal,
sino que había alcanzado la inmortalidad que merecía. Livio, no sin
cierta sorna, comenta sobre aquella revelación: «Es maravilloso el
crédito que se dio a la historia que contó aquel hombre».
No sería la última vez que el repentino anuncio de una resurrección serviría para resolver un problema imprevisto.
La milagrosa ascensión de
Rómulo tuvo lugar, según la mitología romana, en el siglo VIII a.C.
Mucho después, a mediados del siglo I d.C., otro relato similar empezó a
circular de boca en boca entre pequeñas comunidades de diversas
ciudades del imperio.
El protagonista de aquel relato era un palestino
de clase baja que había pasado casi toda su vida ejerciendo como
carpintero en una insignificante población galilea llamada Nazaret. Este
carpintero, llamado Yeshúa, había
abandonado su trabajo y su hogar para recorrer Galilea anunciando el
inminente cumplimiento de antiguas profecías recogidas en las escrituras
sagradas del judaísmo.
Después se había trasladado a Jerusalén, capital
de Judea, donde tuvo un encontronazo con las autoridades romanas que
por entonces ocupaban el país. Puesto que se había hecho conocer como el
Mesías, los legionarios lo habían detenido bajo el cargo de sedición.
Yeshúa fue ejecutado mediante el procedimiento más humillante y brutal
empleado por el imperio: la crucifixión.
Algunos seguidores de
Yeshúa, sin embargo, aseguraban que su tumba había sido encontrada
vacía. Había resucitado y ascendido a los cielos y, mediante apariciones
a sus discípulos, había prometido volver para cumplir las promesas
mesiánicas que no había podido llevar a cabo durante su ministerio.
Aunque Yeshúa había sido judío y también lo eran sus primeros
seguidores, la creencia en su resurrección empezó a diseminarse entre
pequeñas comunidades de gentiles.
Tras unas pocas décadas algunos nuevos
seguidores del culto a Yeshúa, que vivían en otros rincones del
imperio, empezaron a escribir, en griego, las historias que habían oído
sobre él. Estas nuevas comunidades aguardaban la παρουσία, «parusía»
o «advenimiento», es decir, la segunda venida de Yeshúa. Bautizaron el
anuncio de su resurrección e inmediato regreso o como εὐαγγέλιον, «evangelio», término que significa «buena noticia».
El Jesús real frente al Jesús histórico
Si usted sale a la calle y
pregunta por Jesús de Nazaret casi cualquier persona, aunque no sea
creyente, recitará un pequeño puñado de datos sueltos que tras casi dos
mil años de tradición están impresos en la memoria colectiva de los
occidentales. Cualquiera sabe algo sobre Jesús, porque el personaje ha
estado en todas partes: la pintura, la escultura, la literatura, la
filosofía, el cine.
Todos tenemos una imagen mental prototípica sobre
cómo era su carácter, sobre el tipo de cosas que hacía y decía. Todos
podemos recordar algunas de sus frases: «Quien esté libre de pecado, que
tire la primera piedra», «Ama a tu prójimo como a ti mismo», «Al césar
lo que es del césar». Este es el Jesús de la tradición cultural y
religiosa. Es el Jesús de Velázquez o el de Jesus Christ Superstar.
Es el Jesús de casi todos los cristianos actuales. Pero no es el Jesús
real. Tampoco es el Jesús histórico. Que no son, por cierto, la misma
cosa.
El Jesús tradicional
dominó la cultura occidental durante tantos siglos que a nadie se le
ocurría pensar que no se pareciese al verdadero Yeshúa que vivió en la
Palestina del siglo I. Hoy, los historiadores e incluso algunos teólogos
contemplan esos otros dos conceptos: el Jesús histórico y el Jesús
real. El Jesús real no dejó rastro material alguno, y de él no sabemos
casi nada con absoluta certeza; más bien suponemos o deducimos cosas.
No
hay un sepulcro, ni un esqueleto, ni un mechón de cabello. Tampoco
hay escritos firmados por él; ni siquiera textos escritos por otros,
pero atribuidos a su nombre, ni testimonios contemporáneos, nada sobre
él que fuese escrito por alguien que lo hubiese conocido en persona, ni
siquiera alguien que viviese en su época y hubiese tenido noticia de sus
andanzas.
Los primeros textos que mencionan a Jesús datan de unos veinte años después de su muerte y fueron escritos por Pablo de Tarso,
san Pablo, que no conoció a Jesús y revela muy poco, o casi nada, sobre
su biografía (más allá de que había sido crucificado y algún otro
detalle). Los primeros relatos «biográficos» sobre Jesús, que en
realidad eran textos de carácter doctrinal, fueron escritos medio siglo
después de su muerte.
Fueron redactados en griego, un idioma distinto al
que Jesús hablaba, por personas que habitaban regiones alejadas de su
tierra. Lo que sabemos sobre Jesús, pues, lo escribieron de oídas
autores que manejaban información que había viajado de boca en boca
durante décadas, con la distorsión de información que eso conlleva. Aun
así, los historiadores actuales suelen coincidir en que existió un Jesús
y que su figura no fue un invento; cosa distinta es cuánto se parecía o
se dejaba de parecer al de aquellos textos que se han conservado.
El Jesús histórico es el
campo de trabajo de esos historiadores, que admiten que nunca podremos
recuperar al Jesús real, como tampoco podemos recuperar al Sócrates real. Como dice el estudioso Dale B. Martin, «para mucha gente supone un descubrimiento revolucionario el concepto de que el pasado ya no existe».
La única manera de averiguar cómo era el Jesús real sería viajar en el
tiempo. El Jesús histórico es, pues, un retrato imperfecto e incompleto
que los historiadores tratan de componer mediante el análisis crítico de
la única información más o menos cercana a su época de la que disponen:
el Nuevo Testamento (y, en menor medida, algún que otro texto que no
está en la Biblia cristiana). ¿Por qué usar el Nuevo Testamento como
herramienta, si los propios historiadores son los primeros en afirmar
que no es históricamente fiable?
Primero, porque otros
textos son más tardíos y, cuanto más tardíos, más improbable encontrar
en ellos un rastro de información fiable. En segundo lugar, porque creen
que ciertas informaciones sobre Jesús eran inconvenientes, pero
conocidas por todos los cristianos de entonces, y no podían ser omitidas
en unos textos cuyos autores las recogieron precisamente con el fin de
adaptarlas a su propia visión de cómo debía retratarse a Jesús.
Las
informaciones molestas están presentes en sus escritos de manera
parecida a como los argumentos de un político están presentes en el
discurso de sus opositores, que citan esos argumentos no para
reforzarlos sino para intentar retorcerlos y conferirles un nuevo
sentido. De hecho, el cristianismo nació como la justificación de la más
molesta de todas las informaciones sobre Jesús: que había muerto
colgado en una cruz de madera.
Desde cualquier perspectiva de la
tradición judía tal cosa era impensable cuando se hablaba de un supuesto
Mesías. Había que explicar por qué el Mesías había sido ejecutado y por
qué había hecho ciertas cosas que no gustaban a los creyentes de la
segunda generación, los que escribieron el Nuevo Testamento.
El hoy llamado «Antiguo
Testamento», la Biblia hebrea, era un conjunto de libros que durante
siglos habían formado parte de la tradición del judaísmo previo a Jesús,
pero de los que provienen muchas de las características que se
atribuyen a su figura, como el mencionado título de Mesías. El Antiguo
Testamento no gira en torno a ninguna figura en particular, exceptuando
al propio Dios padre y creador del universo, y es una mezcolanza de
libros muy diferentes entre sí. En el Nuevo Testamento, sin embargo,
Jesús es la figura central.
Ambos conjuntos de libros forman lo que hoy
es la Biblia cristiana. Hasta aquí, nada nuevo. Pero no siempre fue así.
Los veintisiete libros que hoy contiene el Nuevo Testamento eran solo
una parte de los muchos textos cristianos que circularon por el Imperio
romano durante cientos de años, hasta que en el siglo IV, después de
mucho debate, las autoridades eclesiásticas seleccionaron esos
veintisiete como parte del canon,
esto es, del conjunto de textos inspirados por Dios en los que los
creyentes debían centrar su atención.
El resto de textos circulantes,
incluyendo algunos que eran muy populares, empezaron a ser tachados como
herejías o, con suerte, como errores bienintencionados, por una Iglesia
cada vez más centralizada. Por suerte, unos cuantos de esos textos
descartados han sobrevivido hasta hoy y copias antiguas han sido
descubiertas por arqueólogos, o de manera accidental por otras personas,
hasta tiempos muy recientes. Es posible que en el futuro aparezca
alguno más.
En cualquier caso, los
cuatro evangelios canónicos no fueron seleccionados de manera
caprichosa. Están entre los textos cristianos más antiguos, ya que
fueron escritos en el siglo I, entre cuarenta y setenta años después de
la muerte de Jesús. Habían sido conservados con mimo por las diversas
comunidades de creyentes y eran considerados piezas de autoridad. Uno de
esos textos, el Evangelio de Marcos,
es la narración biográfica más antigua de la que se tiene noticia: los
expertos suelen datarlo en torno al año 70.
No existe ningún otro texto
anterior que narre la vida de Jesús, o no ha sido descubierto. Los dos
siguientes, el Evangelio de Lucas y el Evangelio de Mateo, fueron escritos muy poco después, en torno al año 80, y son adaptaciones modificadas de Marcos
que copian casi toda su estructura hasta el punto de que esos tres son
conocidos como «Evangelios sinópticos» («sinopsis» significa que los
tres textos pueden ser vistos el uno al lado del otro y parecen
iguales).
En el Nuevo Testamento está también el Evangelio de Juan,
datado en torno al año 95, aunque los estudiosos actuales no se ponen
de acuerdo sobre si su autor conocía alguno de los anteriores tres
evangelios o si se basó en otras fuentes.
No sabemos quiénes fueron los autores de los cuatro evangelios canónicos. El Evangelio de Juan
fue escrito por alguien que afirmaba llamarse así («Este es el
testimonio de Juan»), pero sin aclarar con exactitud quién era. Había
muchos Juanes en la época. La tradición atribuyó este texto a Juan el apóstol,
uno de los doce discípulos de Jesús. Sin embargo, por varios motivos,
los estudiosos actuales descartan esa atribución.
Los otros tres
evangelios canónicos ni siquiera están firmados, aunque la tradición los
atribuyó a diversas personalidades bien conocidas entre los cristianos
de entonces: Mateo (otro de los doce discípulos de Jesús), Marcos (intérprete y secretario de otro discípulo, Pedro) y Lucas
(ayudante de Pablo de Tarso).
Aunque hoy deben ser considerados textos
anónimos, por cuestión de comodidad nos referiremos a sus autores como
Marcos, Mateo y Lucas, siempre teniendo en cuenta que no fueron ellos
quienes de verdad escribieron esos textos o que, en el caso de Juan, fue
simplemente alguien que se llamaba así. El primero que mencionó esos
cuatro libros asociados a esos cuatro nombres juntos fue el obispo Ireneo de Lyon, en el año 180.
Aparte
de las fechas, otro de los motivos para descartar que los evangelios
hubiesen sido escritos por discípulos de Jesús es que, pese a la
creencia informal sostenida hoy por mucha gente, estos libros no fueron
redactados en hebreo, sino en griego.
Como el resto del Nuevo Testamento
no son un producto de la Palestina judía, sino de comunidades
cristianas mixtas formadas por judíos y gentiles, situadas en diversos
puntos del imperio, que usaban el griego como lengua vehicular. El
Antiguo Testamento sí había sido escrito en lenguas semíticas como el
hebreo y el arameo, pero hacía mucho tiempo que no era un texto
exclusivo de los palestinos.
Los judíos de la diáspora, dispersos por el
Mediterráneo y por lo general muy helenizados, habían traducido el
Antiguo Testamento al griego mucho antes de que Jesús naciera (la
traducción más famosa de la Biblia hebrea al griego es la llamada Septuaginta
y data del siglo III antes de nuestra era). En una futura entrega
hablaremos del judaísmo en el Imperio romano, algo que explica muchas
cosas en cuanto a la temprana expansión geográfica del culto a Jesús.
Lo razonable es suponer
que ni Jesús ni sus discípulos hablaban griego. Provenían de Galilea,
una región pobre de campesinos y pescadores, donde se ha estimado que el
analfabetismo afectaba a más del 95% de la población. Como en el resto
del Imperio romano y del mundo antiguo en general, la educación (en la
que era básico el conocimiento del griego, lengua del mundo intelectual)
era un privilegio exclusivo de las clases altas; los pobres tenían que
empezar a trabajar en la infancia y no disponían ni del tiempo ni del
dinero para educarse.
Más allá de las regiones donde se hablaba de
manera autóctona solo hablaban griego los aristócratas y algunos
individuos formados de manera especial para ejercer determinados
trabajos. Si Jesús era un obrero y sus discípulos eran pescadores y
gente humilde, es muy improbable que supiesen hablar griego, no digamos
escribirlo. El único idioma que debían de conocer era su lengua materna,
el arameo.
¿Por qué decimos que Jesús
era galileo de clase baja si decimos que los evangelios no son fiables
como documento histórico y es de allí de donde obtenemos ese dato?
Porque suponemos que hay informaciones que no debieron de ser
manipuladas durante la transmisión oral de las primeras décadas de
cristianismo, puesto que no tenían implicación religiosa positiva ni
negativa, y a nadie le habría interesado inventarlas o cambiarlas.
El
nombre «Jesús» carecía de significación especial; si alguien se hubiese
inventado un profeta y hubiese querido rodearlo de un aura mesiánica,
quizá hubiera usado un nombre con mayor peso en la tradición, como
David, Daniel o Isaías.
El pasado laboral de Jesús
es otra de las informaciones que la tradición oral pudo haber
conservado de manera fiable, puesto que no hay motivos religiosos o
simbólicos para que los primeros cristianos le asignaran el oficio de
carpintero en vez otro más «idóneo» como el de pescador o pastor, que
fueron oficios simbólicos con los que se lo representaría en el futuro.
En el Nuevo Testamento Jesús es descrito como τέκτων,
«tekton», que indica un trabajo relacionado con la construcción y que
podríamos traducir como «obrero» o «artesano». El motivo por el que la
tradición dice que fue carpintero es que otros trabajos que podrían ser
incluidos en el término τέκτων,
como herrero, albañil o cantero, solían ser mencionados con términos
más específicos en los textos judíos traducidos al griegos (por ejemplo,
en la Septuaginta), mientras que era más habitual emplear τέκτων
por defecto para los carpinteros.
En realidad, es indiferente que
desempeñara cualquiera de esos trabajos, ya que el estatus social de
Jesús no cambiaría fuese carpintero o albañil. Digamos que, por las
mencionadas cuestiones lingüísticas, la carpintería es la que tiene más
papeletas de haber sido su verdadera profesión.
El oficio de τέκτων
sugiere que Jesús no recibió educación formal, así que es muy probable
que fuese analfabeto. Algunos autores especulan con la posibilidad de
que supiese leer el hebreo, dado que debió tener un buen conocimiento de
las profecías judías de las escrituras, aunque también es razonable la
posibilidad de que fuese iletrado, pero inteligente y dotado de buena
memoria; si, como parece obvio, era un judío muy piadoso, podía haber
aprendido mucho de las escrituras por las enseñanzas orales de los
rabís.
En cualquier caso, es casi seguro que, siendo un trabajador
manual de familia pobre, no tuvo oportunidad de aprender el griego. Por
ejemplo, en el Evangelio de Marcos,
sus últimas palabras son recogidas en arameo, lo que indica que los
cristianos grecorromanos eran muy conscientes de cuál había sido la
lengua materna de su Señor. Todo esto puede aplicarse a sus discípulos,
también galileos humildes, y, además de la datación de los textos, ayuda
a descartarlos como posibles autores.
El problema de los manuscritos
Dice el consenso académico
que los evangelios canónicos fueron escritos durante el último tercio
del siglo I y se basaron en la tradición oral que habían iniciado los
seguidores palestinos de Jesús, pero que pronto había empezado a ser
transmitida en griego por creyentes no palestinos. También se habla de
hipotéticas fuentes que quizá fueron escritas (como las llamadas Q, M o
L, de las que ya hablaremos).
En cualquier caso, aquellos textos
empezaron a ser copiados a mano una y otra vez, puesto que los
materiales de escritura tendían a deteriorarse con el uso. Durante
siglos fueron sometidos a sucesivos proceso de reproducción artesanal
con los errores, omisiones y manipulaciones que eso conlleva. En la Edad
Media había miles de manuscritos del Nuevo Testamento en Europa,
algunos en las manos de altos cargos eclesiásticos y de reyes o nobles,
pero sobre todo en los monasterios, donde se ejercía el trabajo de copia
en sí.
Dada la dificultad para viajar y transmitir información nadie se
preocupaba de comparar unos manuscritos con otros, así que las
discrepancias producto de esta proliferación de copias se multiplicaban.
Esto no era una preocupación para los creyentes, por varios motivos.
El
pueblo llano ni sabía leer ni tenía acceso a los evangelios más allá de
lo que los eclesiásticos quisieran enseñarles de palabra o de lo que
pudieran aprender de la tradición oral y artística. Hacía siglos que el
latín había sustituido al griego como lengua franca del cristianismo y
del mundo intelectual en general. Como en tiempos del propio Jesús, solo
las clases altas podían permitirse el lujo de aprender la lengua en la
que se escribía todo lo importante.
No fue hasta 1455 cuando Johannes Gutenberg
editó la primera Biblia salida de una imprenta. Este invento y la
Reforma luterana permitieron que la gente común pudiese empezar a
acceder al texto. Era mucho más fácil producir copias y, al menos en
algunas regiones europeas, empezaba a ser aceptada la traducción desde
el latín al idioma local del pueblo. Mucha gente continuaba siendo
analfabeta, pero, sobre todo en el ámbito protestante, ahora al menos
podían entender lo que otros leían en las congregaciones. El texto
bíblico ya no era un secreto reservado a los poderosos.
Eso sí, desde la
aparición de la imprenta los editores se encontraron con un problema
inesperado, al descubrir que las Biblias que imprimían eran diferentes
de las versiones impresas por otros. Diferencias textuales que no solo
se debían a sutilezas de la traducción o errores fortuitos; en muchos
casos había párrafos enteros que aparecían y desaparecían o frases que
cambiaban de sentido.
Esto resultaba particularmente incómodo en el caso
de los evangelios. ¿Por qué no consultar los originales para asegurarse
de imprimir la versión correcta? Porque ya no existían. No quedaba ni
rastro de los originales de los evangelios.
Ni siquiera quedaban copias
tempranas completas o casi completas. Con la explosión arqueológica de
los siglos XIX y XX se descubrieron más copias de los evangelios. Hoy se
conocen casi seis mil manuscritos en griego, diez mil en latín y otros
diez mil en otras lenguas antiguas europeas, africanas o de Oriente
Medio, pero la mayoría son medievales, posteriores al siglo IX. Del
siglo en que se escribieron los evangelios canónicos no queda nada, ni
un mísero fragmento.
De los siglos II o III solo se han encontrado
trozos sueltos. El más antiguo es el llamado «Papiro 52», un pedazo
triangular de papiro, del tamaño de un DNI, que contiene algunas líneas
del Evangelio de Juan.
Pertenece a una copia datada a mediados del siglo II, pero el resto de
esa copia se ha perdido. La primera copia que sí se conserva completa
data del siglo IV.
Con la llegada del
racionalismo en el siglo XVII, la inquietud de los impresores empezó a
trasladarse a los estudiosos y teólogos que poseían más de un volumen de
la Biblia y encontraban también esas inquietantes discordancias entre
distintas versiones de la vida de Jesús. Algunos quisieron comprobar
hasta qué punto llegaba el problema.
El trabajo más impresionante lo
llevó a cabo el teólogo inglés John Mill,
quien estuvo durante treinta años comparando los manuscritos antiguos a
los que tuvo acceso (un centenar). Escribió un libro en el que
contabilizaba todas las discrepancias dignas de mención que pudo
encontrar. El título del libro, por cierto, era tan impresionante como
el esfuerzo que había detrás: Novum
testamentum græcum, cum lectionibus variantibus MSS. exemplarium,
versionum, editionum SS. patrum et scriptorum ecclesiasticorum, et in
easdem nolis.
En total, John Mill encontró más de treinta mil
discrepancias entre todos los manuscritos. Hoy se conocen miles de
manuscritos y, aunque nadie ha contado todas las diferencias, lo que
sería una tarea ingente, se calcula que podría haber más discrepancias
que palabras contiene el Nuevo Testamento, en torno al medio millón.
Algunas de las
discrepancias más importantes entre unas versiones y otras son
explicadas como evidentes manipulaciones. Por ejemplo, en las biblias
actuales el Evangelio de Marcos
tiene un final que, hoy se sabe, no estaba en el original. De hecho
muchas Biblias incluyen el final añadido porque forma parte de siglos de
tradición, pero indican que se trata de una falsificación.
En el
desenlace original, tres mujeres (citadas como «María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé»)
acuden a la tumba de Jesús para ungir su cadáver con hierbas
aromáticas. Encuentran el sepulcro abierto y ven a un hombre vestido de
blanco, cabe pensar que un ángel, quien les dice que Jesús ha resucitado
y les ordena que vayan a avisar a los discípulos. Sin embargo las tres
mujeres se asustan al ver al hombre de blanco y se marchan: «No le
dijeron nada a nadie porque tenían miedo». Así acaba el evangelio más
antiguo conocido.
Es, desde luego, un desenlace difícil de entender: si
las mujeres no dijeron nada, ¿cómo supieron los demás, incluido el autor
de ese evangelio, que la resurrección se había producido? Para arreglar
este extraño final, en algún momento alguien decidió añadir varios
versículos, similares a los de evangelios posteriores, en los que Jesús
resucitado se aparece a María Magdalena y a los discípulos.
Esta nueva
versión del final de Marcos es la que se generalizó, pero hay copias
antiguas en las que no existe y por lo tanto sabemos que el final
original era el otro, el más extraño (que quizá fue escrito así como
apelación a la fe de quien leyese este evangelio).
Otro ejemplo es el famoso
momento en que Jesús cura a un leproso. Al final del primer capítulo de
Marcos un leproso se acerca a Jesús y le ruega que lo cure, diciendo:
«Si quieres, puedes sanarme». En las Biblias modernas, el relato sigue
así: «Jesús, conmovido,
extendió la mano y tocó al leproso diciendo: “Así lo quiero. Queda
sanado”».
Nada llamativo aquí, puesto que un Jesús conmovido encaja bien
con la imagen mental que tenemos de un hombre bondadoso hasta la
mansedumbre. Sin embargo en algunos manuscritos antiguos la frase tiene
un matiz inesperado y sorprendente: «Jesús, indignado, extendió la mano y tocó al leproso, diciendo: “Así lo quiero. Queda curado”». ¿Jesús indignado
ante la petición de un leproso? ¿Qué clase de afirmación es esa? Quizá
es incomprensible desde la concepción de Jesús que dos mil años de
tradición ha creado en nosotros, pero en el cristianismo primitivo pudo
tener mucho sentido.
Algunos autores defienden que esta fue la frase
original y que Jesús se mostró enfadado porque, para algunos judíos, la
lepra era un castigo impuesto por Dios a quienes habían transgredido
gravemente sus leyes.
O quizá porque los leprosos tenían prohibido,
según la ley mosaica, dejar sus lugares de confinamiento. Estos y otros
pasajes que aparecen en distintas versiones requieren un cuidadoso
análisis de la mentalidad que había detrás de quien las escribió, y
también de la mentalidad de quien, en algún momento de la historia,
decidió modificarlos.
Las nuevas manera de leer los evangelios
Estas manipulaciones o
añadiduras para encajar el texto a la visión personal de quien lo
transcribía (o de sus jefes) no son escasas, aunque la mayor parte de
las discrepancias entre manuscritos son simples errores de traducción o
descuidos comprensibles en una fatigosa tarea de copia a mano:
omisiones, cambios de orden, nombres equivocados, etc.
En cualquier
caso, el trabajo de John Mill ayudó a impulsar una nueva disciplina, el
análisis crítico del Nuevo Testamento, que iba a terminar con más de mil
quinientos años de estudio exclusivamente teológico o doctrinal.
Algunos teólogos empezaron un análisis crítico de los textos aplicando
los mismos criterios que usaban para analizar otras crónicas históricas y
no pudieron hacerlo sin socavar los cimientos de esa tradición.
En
1835, el teólogo alemán David Friechmann Strauss publicó un libro titulado Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet
(«La vida de Jesús, examinada críticamente»), donde afirmaba que los
evangelios estaban repletos de sucesos mitológicos, como los milagros,
que no podían ser considerados como elementos fiables en una narración
histórica.
Das Leben Jesu fue algo así como un best seller, traducido a varios idiomas, que provocó un gran escándalo en diversos países; un aristócrata inglés, el conde de Shaftesbury,
ganó sin duda el premio a la indignación más florida cuando escribió
que la obra de Strauss era «el más pestilente libro jamás vomitado por
las fauces del infierno».
Pese a la furia de sus
detractores, Strauss, como había hecho John Mill, marcó un antes y un
después en el análisis del Nuevo Testamento. A su estela la teología
alemana tomó la delantera en este campo. Ya en el siglo XX Martin Dibelius fue uno de los creadores de la Formgeschichte
o «crítica formal», corriente hermenéutica que defendía un análisis de
los textos cristianos no de acuerdo a las necesidades teológicas, sino
de acuerdo a sus características literarias e históricas.
Su discípulo
Rudolf Bultmann llegó a ser considerado el principal experto sobre la
figura histórica de Cristo en el ámbito protestante y en 1926 publicó un
libro con el sencillo título de Jesús,
en el que reconocía la imposibilidad de conocer con fidelidad los
detalles concretos de la biografía del personaje central del
cristianismo. Bultmann, pese a ser creyente, calificaba los evangelios
como un relato mitológico repleto de afirmaciones que no podían ser
demostradas ni siquiera bajo los criterios historiográficos poco
exigentes que se empleaban para estudiar otros textos y sucesos de la
antigüedad.
Estos teólogos críticos concluyeron que los cristianos
debían centrarse no en el relato biográfico de Jesús tal como era
narrado en los evangelios, sino en el kerygma
o «proclamación», en el contenido espiritual de dicho relato. En pocas
palabras, admitían que les era más fácil creer en la resurrección de
Jesús como verdad mística que intentar reconstruir los episodios de su
figura humana. Lo importante para ellos no era la supuesta descripción
«periodística» de Jesús, sino la aceptación de su mensaje de salvación
tras la muerte física. Daban por buenos algunos elementos biográficos
muy básicos de los evangelios: que Jesús predicó, que tuvo seguidores y
que fue crucificado, pero poco más.
Los
historiadores actuales que se especializan en el análisis del Nuevo
Testamento continúan usando la crítica textual como principal
herramienta, pero son algo menos pesimistas que los teólogos de la
«crítica formal» y opinan, en su mayoría, que sí es posible obtener
información histórica de los evangelios; algo irónico, porque entre los
estudiosos actuales hay varios que se declaran ateos o agnósticos, pero
son menos escépticos sobre este aspecto que los teólogos arriba citados.
La tesis básica de los historiadores actuales es que el Nuevo
Testamento es muy poco fiable como relato histórico, sí, pero pudo
recoger más información verídica de la que suponía Bultmann. Esa
información puede ser empleada para recomponer una breve cronología del
desarrollo inicial del cristianismo. En una futura entrega veremos cómo
se ha llegado a algunas de estas conclusiones, pero esto nos servirá
como guía:
Años 23-36: El prefecto Poncio Pilato
gobierna la provincia de Judea. Jesús empieza a predicar la inminente
llegada del «reino de Dios», esto es, la restauración del trono de
Israel y la salvación de los judíos que crean en su mensaje, que se
librarán de la muerte y vivirán sin padecimientos para siempre.
Dado que
el encargado de establecer este reino en la mitología judía de la época
era el Mesías, Jesús se presenta como el Mesías o sus seguidores lo
toman como tal. Esto constituye una provocación para los romanos que
ocupaban Judea. Si el Mesías era el futuro «rey de los judíos», eso
puede significar que Jesús ha estado pregonando una rebelión contra el
imperio.
También es posible que influyese en su detención algún desorden
público en el templo de Jerusalén. Los romanos detienen a Jesús y lo
cuelgan de una cruz para que muera por una lenta asfixia, el más
terrible castigo impuesto por el imperio. De cara a los judíos, esta
ejecución desacredita a Jesús como posible Mesías.
Años 33-36 (aprox.):
Tras la ejecución, sin embargo, un grupo de seguidores de Jesús
continúa creyendo en en su naturaleza mesiánica. Para justificar la
inexplicable ejecución de alguien que se suponía iba a vencer a Roma y
restaurar la antigua dinastía de David, afirman que Jesús se ha
entregado al martirio de manera voluntaria y que ha resucitado para
anunciar que regresará en breve. Este grupo, que se estima no contaba
más de unas pocas decenas de personas, inventa así una nueva vertiente
de judaísmo.
El grupo es conocido como la «Iglesia de Jerusalén» o la
«Asamblea de Jerusalén», aunque también podría ser llamada «Sinagoga de
Jerusalén», pues todavía es un grupo netamente judío que defiende el
cumplimiento de las leyes mosaicas (circuncisión, descanso sabático,
restricciones alimentarias, sacrificio en el templo, etc.) y se opone a
que los no judíos, los gentiles, puedan optar a la salvación.
Este es el
cristianismo original, que no tiene todavía un nombre, puesto que sus
miembros se ven como practicantes de un judaísmo bastante tradicional.
El grupo está comandado por uno de los hermanos de Jesús, Santiago, y por Simón Pedro, quien había ejercido como su mano derecha. Ambos aparecerán nombrados unos veinte años después en las Epístolas de san Pablo, y medio siglo después en los evangelios.
Año 36-40 (aprox.):
Entra en escena Pablo de Tarso. Es judío, pero no es palestino, sino
que procede el ámbito helenístico. Al principio cree que puede ser
considerada blasfemia la afirmación de que un presunto criminal
crucificado por los romanos sea calificado como Mesías. Sin embargo
cambia de idea. Aunque nunca ha conocido a Jesús en persona, afirma
haber experimentado una visión en la que se le ha aparecido, resucitado,
para convertirlo en su «apóstol», su mensajero.
Aunque Pablo no deja de
ser judío, empieza a defender la idea de que los gentiles no necesitan
convertirse al judaísmo para optar a la salvación prometida por Jesús.
Cree que es la fe en Jesús, no las «obras», el seguimiento de la ley
mosaica, lo que garantiza la salvación. Su postura le hace entrar en
conflicto doctrinal con el grupo cristiano original de Jerusalén, pero
él continúa con sus planes.
Empieza a fundar comunidades cristianas en
diversas ciudades del Imperio romano, aceptando a gentiles, y decide
situarse a sí mismo en el mismo nivel de autoridad que los líderes de
Jerusalén. Afirma que, si Santiago y Simón Pedro son los «apóstoles de
los judíos», él mismo es «el apóstol de los gentiles».
Años 50-60 (aprox.):
Pablo escribe cartas a las diversas comunidades cristianas fundadas por
él. En esas cartas, escritas en griego, responde a dudas teológicas y
problemas doctrinales concretos. De este modo se convertirá en el
principal impulsor del culto a Jesús fuera de Palestina y más allá del
ámbito judío. De hecho, en la segunda figura más importante del
cristianismo.
Baste decir que el Nuevo Testamento contiene catorce
epístolas paulinas que suponen la mitad del total de los libros y un
tercio del total del texto (aunque en la actualidad se considera que
solo siete de esas cartas fueron escritas por él, mientras que las otras
siete son falsificaciones posteriores escritas por sus seguidores pero
firmadas en su nombre para darles relevancia).
A medio y largo plazo
será el cristianismo paulino el que se imponga sobre el cristianismo
judío original, que empezará a quedar arrinconado. En sus cartas Pablo
no dice nada sobre la vida de Jesús, aunque sí narra algunas de sus
propias interacciones con los miembros del grupo original de Jerusalén y
habla a menudo de Pedro o Santiago.
Año 66: Los habitantes de la provincia de Judea se rebelan contra la ocupación romana y estalla la guerra en Palestina.
Año 70:
Las legiones romanas, que están ganando la guerra, sitian Jerusalén y
crucifican a cualquiera que intente escapar de la ciudad (algunos
cronistas dicen que pudieron llegar a ser cientos de personas en un
día). Tras varios meses de asedio en los que la capital de Judea estaba
rodeada por campamentos militares y la tétrica visión de centenares de
cruces, los legionarios consiguen irrumpir en la ciudad, sometiéndola a
la destrucción y el pillaje. El templo de Jerusalén, el edificio sagrado
de la fe judía, es destruido, lo cual tendrá un efecto decisivo en la
evolución de las dos religiones bíblicas.
Por un lado, el judaísmo
sacerdotal centrado en el templo empezará a declinar en favor del
judaísmo rabínico más similar al que conocemos hoy. Dentro del
cristianismo, donde ha aumentado el número de creyentes gentiles,
empieza a tomar forma la idea de que la destrucción del templo es un
castigo divino por la supuesta (e indemostrada) colaboración de los
judíos en la ejecución de Jesús.
Pese a que Jesús había sido judío, pese
a que su mensaje era judío, pese a que toda la mitología mesiánica y
escatológica en torno a su figura tiene raíces judías, y pese a que los
cristianos de segunda mitad del siglo I siguen considerando que buena
parte de las escrituras judías son sagradas, empieza a crecer esta nueva
vertiente cristiana de tintes antijudíos, aunque no se mostrará con
auténtica fuerza hasta el siglo II.
Año 70 (aprox.): Se escribe el Evangelio de Marcos.
Describe a Jesús como el Mesías humano de la tradición judía y como un
personaje vivaz y elocuente. Sin embargo la Pasión, el relato de su
detención, juicio y ejecución, tiene un tono deprimente que muestra a un
Jesús hundido, sumido en un estado anímico de estupor y total
abatimiento.
Ya en la cruz, justo antes de morir, Jesús pronuncia un
lamento que el texto, curiosamente, no reproduce en griego, sino en la
lengua materna de Jesús: «¿Eloi, Eloi, lema sebactani?»
(«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Siguiendo con esa
imagen humana, Marcos no menciona un nacimiento milagroso de Jesús ni la
virginidad de su madre; de hecho no dice nada sobre su infancia.
En el
texto Jesús es humano por completo y no será elevado a un estatus
superior hasta después de su muerte, cuando se supone que Dios lo
resucita. Y digo se supone, porque recordemos que en el final original
de Marcos, antes de ser retocado, la tumba de Jesús aparece vacía pero
él no vuelve a manifestarse.
Años 80-90: Se escribe el Evangelio de Mateo y El evangelio de Lucas.
Ambos copian la estructura de Marcos, aunque modifican ciertas cosas y
añaden otras, como la narración del nacimiento milagroso de Jesús y su
genealogía, para justificar que era el Mesías. El relato de Mateo
insiste en el carácter judío de Jesús, quizá preocupado porque la
tradición judía se pierda con el creciente número de creyentes gentiles,
aunque, irónicamente, su Evangelio también contiene pasajes que han
sido usados como arma contra los judíos en diferentes épocas de la
historia.
Mateo narra cómo los habitantes de Jerusalén habían sido
partidarios de la ejecución de Jesús («Que su sangre caiga sobre
nosotros y nuestros hijos»). Lucas contiene también un elemento
antijudío y su Jesús, a diferencia del de Marcos, se enfrenta a la
muerte con la confianza plena de quien sabe que en breve estará junto a
Dios.
En esta misma década se escribe el libro Hechos de los Apóstoles,
donde se narra la actividad apostólica posterior a la muerte de Jesús,
en especial las actividades de Simón Pedro y Pablo de Tarso, aunque su
fiabilidad como relato histórico es tan dudosa como la de los
evangelios, o acaso más dudosa, pese a estar escrito más cerca de los
supuestos hechos verídicos que cuenta.
Años 90-100: Se escribe el Evangelio de Juan,
donde el personaje de Jesús es muy distinto al de los tres evangelios
sinópticos (que ya hacen retratos diferentes entre sí), como también es
diferente el tono del libro, mucho más teológico y metafísico. Jesús ya
no es un Mesías humano, ni siquiera un humano con toques divinos nacido
de manera milagrosa de una madre virgen, sino la encarnación del propio
Dios. Así, el Jesús de Marcos es humano; el de Lucas y Mateo es humano
pero tiene una parte divina, aunque solo empieza a existir cuando María,
su madre, da a luz.
En cambio, el Jesús de Juan ha existido desde el
principio de los tiempos y se presenta con una forma verbal que en la
Biblia hebrea se usa para Yahvé («Antes de que hubiera un Abraham, yo soy»).
Su nacimiento en forma humana, pues, ya no es un comenzar a existir,
sino un simple rito de paso, porque ya existía desde siempre. Dicho de
otro modo, Jesús es Dios .
Año 93: Aparece por primera vez el nombre de Jesús en un texto no cristiano, Las antigüedades judías del historiador fariseo Flavio Josefo.
El texto menciona a Jesús solamente dos veces. Aunque los historiadores
modernos discuten si esas menciones (en especial la conocida como Testimonium Flavianum)
pudieron ser retocadas en tiempos posteriores por los cristianos, hay
consenso en que Josefo sí habló de Jesús, aunque fuese de manera
anecdótica.
Lo cual no es extraño, pues por entonces ya había
comunidades cristianas, si bien minoritarias, en unas cuantas ciudades
del Imperio.
De toda esta cronología,
en cuyos fundamentos ya nos extenderemos más, se extraen dos
conclusiones: el culto a Jesús trasciende el ámbito de Palestina para
extenderse por otras zonas del imperio de manera muy, muy temprana.
La
transmisión oral de su vida y mensaje pasa con mucha rapidez de un
idioma local (el arameo) al idioma «internacional» (el griego). Entre
los años 36 y 70, más o menos, los detalles de la vida de Jesús van de
boca en boca sin que haya plasmación escrita de la que haya quedado
constancia, pero conservando algunos elementos biográficos intactos
(nombre, procedencia, profesión, muerte en la cruz, y el núcleo de su
mensaje).
La segunda conclusión es que, de manera paralela, el
cristianismo pasó de ser una creencia judía a otra que se alejaba
progresivamente del judaísmo, manteniendo los textos y terminología
judíos, pero renunciando a casi todas sus normas y costumbres. Dicho de
otro modo, el cristianismo empezó siendo una variante de la religión que
había practicado el propio Jesús, pero terminaría siendo una religión
distinta a la suya, aunque, cosa paradójica, lo tenía a él como elemento
central.
El efecto de todo esto
fue una atomización del cristianismo. Las primeras disensiones entre
cristianos que conocemos —los debates entre la Iglesia de Jerusalén y
Pablo de Tarso— datan, como mucho, de unos veinte años después de la
muerte de Jesús. En apenas unas décadas, incluso antes de la escritura
de los evangelios, ya habían surgido corrientes de todo tipo: judías,
projudías, antijudías y otras ambivalentes.
Los creyentes romanos se
preocupaban de eximir al imperio de la responsabilidad de la
crucifixión, como ejemplifica la muy improbable escena de Pilatos
lavándose las manos, pese a que la crucifixión era un castigo imperial.
Además, algunos pensaban que Jesús había sido humano, otros que había
tenido carácter divino pero no comparable al de Dios padre, y otros que
era la encarnación del propio Dios padre. Había, quizá, decenas de
cristianismos diferentes y las pugnas ideológicas entre unos y otros se
prolongarían durante siglos.
El cristianismo nunca fue
uniforme, salvo quizá en su primera década de existencia, cuando
todavía era un judaísmo típicamente palestino. Así pues se explica que
los cuatro evangelios canónicos, considerados en su conjunto e incluso
con independencia de las distorsiones en los manuscritos que citábamos
antes, pincelen retratos de Jesús que no son compatibles entre sí.
En
una próxima entrega intentaremos explicar por qué la incompatibilidad de
estos retratos casi nunca pareció incomodar a los cristianos, que se
limitaron a fundir esos cuatro retratos en uno, conformando así el Jesús
tradicional, y por qué los estudiosos actuales coinciden en que, pese a
todo este galimatías, es posible extraer algo de verdad histórica sobre
su figura de aquellos textos.
También veremos algunos mitos
generalizados pero erróneos sobre su personaje y sobre la propia
evolución temprana del cristianismo, o sobre la relación entre el
judaísmo y el mundo romano, sin la que el Jesús hubiese caído en el
olvido." (E. J. Rodríguez, JotDown, El País)
"Gallup ha publicado un nuevo sondeo que muestra que una gran cantidad
de estadounidenses sigue rechazando el concepto de la evolución de los
seres humanos. Por cierto hay el doble de estadounidenses que cree que
los seres humanos fueron creados por Dios que los que creen en la
evolución natural.
De hecho, ese 42% cree que Dios creó al hombre en los
últimos 10.000 años. Es una diferencia considerable incluso si se
enfoca solamente en los seres humanos anatómicamente modernos que
aparecieron en el Paleolítico Medio hace unos 200.000 años.
Para los que
creen en la ciencia de la evolución la noticia no es tan mala. El 19%
cree en la evolución sin participación divina mientras otro 31% cree que
hubo evolución de “formas menos avanzadas de vida” pero que Dios
dirigió ese proceso. Eso es el 50%. Por cierto, parece que deja un 8%
que todavía… bueno… se desarrolla.
El creacionismo se mantiene
claramente estable en nuestra sociedad a pesar de los continuos
descubrimientos de antiguos huesos y sitios arqueológicos. En 1982, la
primera encuesta de ese tipo mostró que un 44% creía esa teoría.
Por
el contrario la cantidad de personas que cree en la evolución aumenta,
pero en un porcentaje que solo sería apreciado por Darwin. Los que
aceptan la evolución han aumentado solo diez el 10% desde finales de
1999. Si se considera a los estadounidenses que van a la iglesia, la
cantidad que cree en la evolución darwiniana disminuye únicamente a uno
de cada 100 religiosos practicantes.
Sin embargo la encuesta
sigue mostrando que “el porcentaje de estadounidenses que suscribe un
punto de vista estrictamente laico -que los seres humanos han
evolucionado a lo alrgo del tiempo y que Dios no ha participado en este
proceso– se ha duplicado desde 1999”.
Lo impresionante de esta
situación es el caso de la gente con una formación menor que la
secundaria, el 57% cree en una versión creacionista del origen humano
mientras solo un 10% cree en una evolución sin ninguna intervención
divina. El mayor cambio aparece en el sector de la educación superior. A
nivel universitario, solo un 27% cree que Dios creó a los seres humanos
en su actual imagen, mientras el 41% acepta la teoría de Darwin de la
evolución de los seres humanos.
Mientras nos acercamos a otra
campaña presidencial, será interesante ver si esto de nuevo se convierte
en parte del debate como sucedíó cuando tres de diez candidatos
republicanos proclamaron su fe en el creacionismo. Parece que la
evolución sigue provocando una clara división en nuestra sociedad.(...)" (Jonathan Turley, Information Clearing House, en Rebelión, 10/06/2014)
"El físico Juan Ignacio Cirac
(Manresa, 1965) forma parte de esa brillante saga de científicos
empeñados en completar el guion del universo. Su problema es que en esta
ambiciosa superproducción cuántica, a diferencia de
otras ciencias que tratan de abrir camino hacia el futuro, el tiempo de
la historia deviene hacia el pasado más remoto.
Como Christopher
Nolan en la película Memento, los físicos están reconstruyendo a
ciegas un argumento que en este caso dura trece mil millones de años. Y
nadie está seguro de que se pueda llegar a conocer el principio de la
mayor historia jamás contada, el Big Bang, el punto exacto en
que la física cuántica más sólida se torna volátil metafísica, la
pregunta ante la cual el ser humano se encoge todavía de hombros, el
lugar donde habita el olvido que cantan los poetas.
Lo expresaba muy bien Max Planck, el científico alemán que da nombre al instituto tecnológico cuya división teórica dirige Cirac desde 2001.
"La ciencia es incapaz de resolver los últimos misterios de la
naturaleza, porque en el último análisis nosotros mismos somos parte de
la naturaleza, es decir, del misterio que tratamos de resolver". (...)
P.: Presentando la historia del universo con el clásico esquema planteamiento-nudo-desenlace... ¿qué parte del relato sabemos?
R.: Comprendemos, en parte, hasta poco tiempo después del momento en que surge elBig Bang,
que creemos que es lo que podría ser el principio del universo tal y
como lo conocemos. No sabemos cómo y por qué surgió el Big Bang, pero sí
sabemos lo que ocurrió poco después, por eso a partir de ese punto
podemos correr parte de la película para ver lo que sucedió hasta nuestros días.
P.: ¿Qué hemos comprendido gracias al bosón de Higgs?
R.: El bosón de Higgs nos dice de qué estamos hechos. Sabemos desde hace mucho tiempo que estamos hechos de electrones, de quarks... de varias partículas. Y nos faltaba una fundamental, diferente a todas las demás, y esa era el bosón de Higgs.
P.:
Entre las prioridades del CERN para este año está el descubrimiento de
la materia oscura. Su director de investigación, Sergio Bertolucci, ha
dicho que su hallazgo podría alcanzar dimensiones mayores que las del
bosón...
R.: La historia nos dice que cuando hay algo que
no tiene explicación, si llegamos a explicarlo, tiene una repercusión
importante. La materia oscura es algo que no entendemos, no sabemos de
qué está hecha esa materia que parece que está en todas partes del
universo, y que además no es como la materia a la que estamos
acostumbrados.
Por lo tanto, puede ser algo que no sea ni predecible. El
bosón de Higgs fue predicho con unas teorías que decían que tenía que
existir y luego se observó. La materia oscura es algo que no tenemos ni
idea de lo que es y, por lo tanto, puede dar muchas sorpresas.
P.:
¿Está de acuerdo con la afirmación de que la sociedad se está volviendo
más científica y cada vez recurre menos a mitos para explicar el mundo?
R.:
Normalmente, lo que hace la ciencia es desmontar algunos mitos, pero no
da respuesta a todo. Supongo que por eso aún tendrá que haber otras
formas de ver las cosas, bien a través de la filosofía, bien a través de
las distintas ideologías de la gente, porque la ciencia no ofrece todas
las respuestas, sólo tumba algunos mitos precisamente porque no son
ciertos.
P.: Muchos científicos prestigiosos, desde Einstein a Max
Planck, han recurrido a símiles donde aparece Dios para explicar los
límites de la ciencia. ¿Tiene la física, en último extremo, algo de
místico?
R.: La ciencia no tiene nada que ver con lo
místico, son dos cosas completamente separadas. Otra cosa distinta es
que algunas religiones tienen ideas equivocadas bajo los ojos de la
ciencia, y entonces la ciencia lo dice.
Por ejemplo, hace trescientos
años se pensaba que la Tierra, el universo incluso, tenía seis mil años.
Hoy sabemos que tiene muchos más: trece mil millones. La ciencia nos va
abriendo los ojos, pero eso no quiere decir ni que exista Dios ni que
deje de existir, ni que sea de una manera o de otra. (...)" (Entrevista con el físico JUAN IGNACIO CIRAC, El Confidencial, 21/01/2014)
"Jacques Monod decía que un aspecto
curioso de la teoría de la evolución es que todo el mundo cree entenderla.
¿Por qué piensa que la evolución es tan difícil de comprender? ¿Es
simplemente la dificultad que tenemos para asimilar la inmensidad de la
escala geológica de tiempo?
Yo solía pensar que era eso, pero ahora creo que realmente hay algo más.
Pienso que la dificultad es religiosa, pero en un sentido muy especial del
término. Mucha gente piensa que si creyese en la evolución estaría siendo
desleal con su religión, o que no puede ser a la vez religiosa y
evolucionista.
También creo que existe una dificultad real para comprender
cómo las leyes de la física pueden haber dado lugar a algo tan complicado
como nosotros mismos, sin ayuda de ningún tipo de diseñador.
A muchos les
parece absolutamente obvio que algo tan complejo como un corazón o un riñón o
un ojo tiene que tener un diseñador, y lleva tiempo asumir la idea de que la
evolución por selección natural es una fuerza con potencia suficiente para
hacer precisamente eso.
Pero eso nos lleva a su comentario acerca del tiempo:
la evolución necesita una cantidad inmensa de tiempo y no estamos
acostumbrados a pensar en términos de cantidades de tiempo tan grandes.
¿Qué piezas importantes del
rompecabezas evolutivo nos quedan por descubrir?
Opino que carecemos de una comprensión adecuada de la conciencia subjetiva.
Es un punto sobre el que me
gustaría volver más adelante…
Me temo que no seré capaz de arrojar ninguna luz sobre la cuestión…
Yo tampoco, excepto que sé que yo
mismo soy consciente…
Yo también, pero hasta ahí llega mi conocimiento…
¿Qué grandes avances nos esperan
en las próximas décadas?
Los avances en tecnología molecular son extraordinariamente rápidos y
permiten que el estudio de la evolución progrese a grandes pasos. Espero
avances importantes en el campo de la taxonomía y, especialmente, en el
esclarecimiento del árbol de la vida.
¿Qué cinco libros recomendaría a
alguien que quiera aprender sobre evolución?
El origen de las especies, obviamente, La teoría genética de la selección natural de R.
A. Fisher, Adaptación y selección natural de G. C. Williams… quizás
algo de J. Maynard Smith…
¿Su libro sobre las transiciones
evolutivas?
Ese o quizás el que escribió sobre el sexo [La evolución del sexo
(1978)]. Si se me permite incluir uno de los míos… [duda] El fenotipo extendido.
¿Hay algún aspecto de la
naturaleza humana que se encuentre fuera del alcance de la teoría evolutiva?
Posiblemente la conciencia… [duda] pero si realmente hay algún aspecto que se
encuentre fuera del alcance de la ciencia, entonces se encuentra fuera del
alcance de cualquier otra teoría. Entiéndame, espero que se resuelva el
misterio de la conciencia, pero pienso que la solución vendrá del campo de la
neurobiología y quizás de la informática, más que de la biología evolutiva. (...)
¿Puede un creyente ser darwinista
como afirma Michael Ruse en su libro Can a Darwinian be a Christian?:The
Relationship between Science and Religion (2004)?
Muchos lo son… bueno, ¡al menos algunos lo son! Pienso que es muy difícil
pero algunos evidentemente lo consiguen. Michael Ruse y otros afirman que
religión y evolución son perfectamente compatibles, pero me parece que se
trata de un gesto de apaciguamiento político.
Hay que entenderlo en el
contexto de los Estados Unidos, donde está en marcha un proceso político que
resulta muy difícil de parar: la subversión de la educación biológica.
Para
mucha gente, incluidos Michael Ruse, Eugenie Scott e incluso la posición
oficial de la National Academy of Sciences, lo que hay que hacer es animar a
la gente a que piense que religión y ciencia son perfectamente compatibles y
que se puede hacer ambas, que no existe absolutamente ninguna conexión entre
ellas: la religión trata sobre cuestiones morales y… no sé qué más… sobre
cuestiones profundas relativas a nuestra existencia, mientras que la ciencia
se ocupa de las preguntas del cómo.
Pero pienso que es una manera cobarde de
evadir el problema. No obstante, puedo entender la motivación política que
hay detrás de esa postura.
Muchos probablemente están de
acuerdo con sus ideas acerca de la relación entre ciencia y religión, pero se
guardan sus opiniones para sí mismos. ¿Cuándo y cómo decidió salir del
armario?
Me preocupa la verdad, no me gusta el fraude deliberado, no me gusta la
hipocresía, pienso que hay que llamar a las cosas por su nombre, pero de
forma educada, no de manera agresiva.
Creo que se comete una injusticia
conmigo cuando se dice que soy francamente agresivo. Siempre he sido educado.
Pero también creo que deberíamos decir lo que verdaderamente pensamos en
lugar de fingir.
¿Está el creacionismo ganando
terreno en Europa?
Bueno, existen indicios de que quizás sí… algo en Gran Bretaña, algo en
Holanda. Desconozco cuál es la situación en España.
¿Podría contarnos los problemas
que ha tenido recientemente en Oklahoma?
Bueno, di una conferencia en Oklahoma en marzo y un congresista [el
republicano Todd Thomsen] presentó una moción al congreso estatal para que se
condenase a la Universidad de Oklahoma por invitarme con el pretexto de lo
que iba a decir.
Realmente no sabía lo que iba a decir, pero presumió que iba
a decir cosas contrarias a la opinión de la mayoría de los ciudadanos de
Oklahoma. A lo que contesté diciendo: «¿para qué piensa que están las
universidades?». Desde luego no para reforzar las opiniones de los ciudadanos
del estado de Oklahoma.
Posteriormente, él mismo o algún otro congresista
intentaron sugerir que la Universidad estaba malversando fondos públicos.
Crearon el rumor de que yo había recibido 30.000 dólares de las arcas del
estado y denunciaron que se trataba de un gasto ilegítimo. Exigieron que se
les entregase copia de toda la correspondencia entre mi oficina y la
Universidad para tratar de establecer cuánto dinero se me había pagado.
Resulta que no se me había pagado ni un céntimo. De hecho, renuncié a
cualquier tipo de remuneración ya que se trataba de una conferencia dirigida
a los estudiantes y yo quería ofrecer mis servicios gratuitamente.
Al final
esta gente acabó escaldada, aunque por supuesto no lo reconocerán. Luego
intentaron atacar al profesor de geología que me había invitado, pero
afortunadamente su plaza de profesor está consolidada, por lo que se
encuentra a salvo de sus ataques." (Entrevista:Richard Dawkins. Sin Permiso, 11/11/2012)