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18/2/19

Angélica Liddell carga sobre el escenario contra el MeToo. A Angélica Liddell no le gusta “este mundo donde las mujeres han dejado de amar a los hombres”...

"A Angélica Liddell no le gusta “este mundo donde las mujeres han dejado de amar a los hombres”. Lo proclama al comienzo de su nueva obra, The Scarlett Letter, libremente inspirada en la novela de Nathaniel Hawthorne, que se estrena esta noche en los Teatros del Canal de Madrid.

 La francotiradora por excelencia de la escena española no ha firmado una vulgar adaptación de ese monumento literario, sino un texto que parte de aquella diatriba decimonónica contra el puritanismo estadounidense para cargar contra la última iteración del feminismo en tiempos del #MeToo.




Liddell denuncia sobre el escenario la “justicia de revista de peluquería” del movimiento, conducido por “misandras totalitarias” que no dudan en condenar “a quienes, con su perversión, nos hicieron más libres”. No lo expresa la propia directora, sino su álter ego escénico, aunque en su caso cuesta distinguir al doctor Frankenstein de su criatura.

 Y, para aclararlo, de nada sirve pedirle ayuda. Hace meses que Liddell dejó de conceder entrevistas, tal vez porque sus explicaciones no serían audibles en el clima actual. Aun así, el programa del espectáculo contiene un texto firmado de su puño y letra que no deja lugar a dudas.

 “Seguimos rebelándonos contra la violencia de la hipocresía moral en tiempos de puritanismo. Hemos perdido en el arte la fuerza de la naturaleza salvaje para siempre”, escribe. “Hemos ganado en pacatería, en estupidez y en embuste. La cobardía y la mojigatería son más agresivas que nunca. Antes era la religión. Ahora, la ideología”.

Para Liddell, todo en la vida humana procede del deseo, “de un sucio y violento movimiento entre penes y vulvas, de una pasión irrefrenablemente violenta”. Eso es lo que traducen sus pinturas vivientes, en la que se pasea entre machos desnudos con la letra A, de adúltera, zurcida en rojo sobre su vestido negro. Su escritura teatral, ese recital tremendista, no ha cambiado mucho y sus rituales escénicos siguen siendo perturbadores.

Sobre la música de Lully, compositor oficial del Rey Sol, Liddell sujeta órganos sexuales con sus manos y luego los acerca a su boca. Así se transforma en una prima lejana de Hester, la protagonista de Hawthorne, condenada por los colonos por haberse acostado con el pastor y después elevada a la categoría de “Eva estadounidense” por el teórico Harold Bloom.

Como Hester, las heroínas del Nuevo Mundo serán ángeles caídos, condenados a tener vidas dolorosas por haber desacatado la autoridad. Liddell hace lo mismo respecto a los consensos de nuestra era.Tras un retiro voluntario de los escenarios españoles, a los que renunció en 2014 al haber llegado “al tope de desprecio que uno puede soportar”, Liddell volvió a Madrid el año pasado con su Trilogía del infierno. Ahora reincide, pero solo por tres funciones, para las que no quedan entradas desde hace meses.

El estreno de The Scarlett Letter se produjo en Orleáns en diciembre, pocas semanas antes de triunfar en el Teatro de la Colline de París, que dirige otro grande de la escena europea como Wadji Mouawad. En la primera función, descolocó la contundencia verbal de sus monólogos, “diatribas tan misóginas que seguramente costarían un exilio artístico a cualquier intérprete masculino”, sentenció The New York Times.  

Algunos se lo tomaron a risa, como si la vieran incapaz de atacar a su propio género. Es conocerla mal. “Ninguna mujer es bella al envejecer”, apuntaba Liddell sobre esas “heroínas de vaginas marchitas” que dice observar a su alrededor.

El espectáculo también funciona como homenaje a sus ídolos, con Foucault, Barthes, Genet, Pasolini o Artaud en cabeza. En el ensayo que este último dedicó a Van Gogh, El suicidado por la sociedad, el escritor francés sostenía que el torturado artista no puso fin a sus días a causa de una crisis de locura, sino de lucidez. “Fue la sociedad la que lo mató para vengarse y castigarlo por haberse alejado de ella”, expresó. 

En The Scarlett Letter, Liddell juega en esa misma liga. “Sin jueces no existiría el arte. Sin hipocresía no existiría el arte. Sin ustedes no existiría el arte. Les doy las gracias por despreciarme”, escupe al espectador desde el comienzo de la obra, asumiendo ser una de esas “flores negras de la sociedad civilizada” sobre las que habló su admirado Hawthorne."                     (Alex Vicente, El País, 14/02/19)

7/1/19

Juliette Binoche: creo que al #MeToo le ha llegado ya la hora de evolucionar hasta crear una especie de “conciencia de lo femenino”. Quiere decir que hombre y mujer —los dos juntos— alcancen un equilibrio...

"SON LAS TRES de la tarde en San Sebastián y Juliette Binoche no parece estar para bromas. “Ya pueden coger y marcharse tranquilamente, váyanse a tomar algo, den un paseo y vuelvan cuando hayamos acabado. ¡Necesitamos intimidad!”, les suelta airada a los fotógrafos, a los asistentes, al camarero, a los responsables de prensa y a todo bicho viviente que pulule por la suite y no sea estrictamente el entrevistador. 

La Binoche (París, 1964) no sugiere la idea de un personaje fácil (una vez, en otra entrevista, en aquella ocasión en una playa privada de Cannes, bajaba la cabeza y se quedaba callada cada vez que una pregunta no le hacía tilín). Ni falta que hace. 

Ante la avalancha actual de tanto simpático profesional hueco de contenido, la mezcla entre las cosas que dice esta superlativa actriz francesa y la forma que tiene de decirlas es impagable. Poesía, sensibilidad, sinceridad, incorrección política y una proverbial mala leche si es preciso se entremezclan en su discurso mientras se relaja progresivamente en el sofá.  (...)

Es usted actriz, pero también canta, pinta y, sobre todo, escribe poesía. ¿Considera la poesía necesaria en este mundo tan rápido, tan virtual y tan de saberes útiles? Necesaria, no. Indispensable.

¿Por qué? Porque es la quintaesencia de la experiencia íntima. En un poema, la asociación de palabras a veces no es correcta gramaticalmente, pero siempre es justa, porque es una creación de un universo personal, entra en el ámbito de la persona. Yo soy una lectora ferviente de poemas no tanto que brillen en la forma, sino que entren en un fondo complejo.

 O sea, poemas en los que la forma llega a ser brillante gracias al fondo. Y no lo contrario, que es utilizar la forma como un atajo para llegar al fondo. A veces una se pregunta cómo van unidos, qué llega antes, ¿fondo o forma? Ese es el misterio de la poesía. Que lleguen a la vez. De la mano.   (...)

¿Se lleva esos personajes a casa con usted después de los rodajes? ¿O los mete en un armario y cierra con llave hasta el día siguiente? Lo que cuenta en la interpretación es la preparación. Una puede decidir no prepararse mucho previamente, es una forma como otra cualquiera de trabajar, pero en mi caso es una obligación. Es como la gestación de un embarazo. El rodaje es solo la llegada, el parto. 

Es una consecuencia, no es casi nada. Pero la gestación lo es casi todo. Y a menudo los productores llevan eso muy mal. Por ignorancia, no se fían de los actores. “¿Qué va a hacer esta?”, se preguntan. Resulta bastante penoso. En Inglaterra o en Estados Unidos, que un actor contrate a un coach es completamente normal. En Francia, no. Y después de 35 años de profesión, la cosa sigue igual. Es bastante triste.

¿Usted siempre trabaja con un coach? Yo sé perfectamente lo que necesito en cada película. Y desde luego un coach no te resuelve la vida, pero sí te permite hacer un trabajo de guion y de diálogos para el que normalmente no se tiene tiempo si se quiere hacer con el director.

 ¿Sabe?, en un rodaje de cinco semanas no tienes demasiado tiempo para buscar, para investigar, para dudar. Y ese trabajo previo es tiempo ganado. Además, a menudo el director no sabe hacer ese trabajo, sencillamente porque no conoce nada acerca del camino personal que un actor atraviesa cuando prepara un papel.  (...)

Es que un actor o una actriz son materiales para que el espectador pueda leer dentro de él mismo.
¿Son espejos? ¿Transmisores? El intérprete es un medio de transmisión, sí. Es como el lenguaje. Puro sistema de transmisión. Si uno se obsesiona demasiado con las palabras, se queda colgado de la poesía bonita de la que hablábamos antes, y nada más. No sirve de nada. Así que la humildad permite ser de verdad, ser auténtico.  (...)

¿Le atraen las cosas bellas? Hoy no es un concepto muy en boga. Una película bonita, un cuadro bello… A mí me atrae la belleza y no me da vergüenza admitirlo. Hubo un momento en mi carrera en el que no hacía comedias. No les encontraba mucho interés artístico. Entonces dijeron: “Binoche no sabe hacer comedias”. Así que hice comedias. 

Bah, fue divertido, pero desde luego no una gran revelación en mi vida. Algunas veces he tenido la sensación de estar obligado a justificarme, y entonces pienso: “¿Es que Marguerite Duras tuvo que justificarse por no escribir libros cómicos? ¿Es que Paul Gauguin tuvo que justificarse por pintar los cuadros que pintaba?”. ¿Quién y a partir de dónde se establece la forma en que debes gustar a la gente?   (...)

Usted contó en el diario Le Monde que había sido víctima de tres agresiones sexuales de joven. También declaró que Harvey Weinstein no había abusado de usted aunque era consciente de “la bestia que él llevaba dentro”. Y apoyó el manifiesto impulsado por Catherine Deneuve contra los excesos del movimiento #MeToo. ¿Cómo contempla hoy la relación hombre-mujer y la lucha por la igualdad femenina? Ha habido un movimiento que era necesario para que se produjera una toma de conciencia, para que las cosas se empezaran a mover. Y a mí que exista ese movimiento me parece bien. Pero al mismo tiempo creo que al #MeToo le ha llegado ya la hora de evolucionar hasta crear una especie de “conciencia de lo femenino”. 

 Quiere decir que hombre y mujer —los dos juntos— alcancen un equilibrio. No se trata de que la mujer diga: “¡Quiero ser exactamente igual que los hombres!”, sino de poder llegar a ese equilibrio y respetarlo.

Impresionaba bastante leer su relato de esas tres agresiones sexuales a los 7, a los 18 y a los 21 años. ¿Se ha arrepentido alguna vez de haberlo contado? No. Para mí no es en absoluto un tema tabú. Quizá, entre otras cosas, porque había hablado de ello mucho antes de que saliera el movimiento #MeToo y todas esas historias. ¡Desde luego, no esperé a ese momento para hablar de ese tema! Bueno, cuando me ocurrió el primero, ya hablé de ello con mi madre. 

Primero hablé con una amiga y eso creo que me dio fuerzas para hablar con mi madre. Yo estaba aterrada de que ella se lo dijera a alguien, y sobre todo a los profesores. De hecho, nunca supe si lo hizo o no. 

Empecé a usar siempre pantalón. Y de forma inconsciente empecé a tener una relación mucho más desconfiada con los hombres. Pero a la vez sufrir esas tres agresiones sexuales me fortaleció porque me enseñó a construir mis propias defensas. Desde luego, es mucho mejor no tener que hacerlo, claro.

De hecho, ha admitido en público que Weinstein nunca la molestó… Pero es que es eso, es que cuando me tocó estar con él y tratarlo, yo ya estaba muy preparada por… digamos que por las cosas a las que había tenido que hacer frente. 

Ya tenía muy claro que tenía que protegerme, así que cuando tuve que trabajar con él, hacía muchos años ya que me encontraba en una situación de alerta."         (Entrevista a Juliette Binoche, Borja Hermoso, El País Semanal, 29/12/18)

17/7/18

"Philip Roth casi gana el Nobel por sostener que las mujeres son un trozo de carne"

"Jessa Crispin (Kansas, 1978) habla rápido como si sujetase una ametralladora con los dientes, pero sus palabras generan un efecto más parecido al de la bomba atómica. Como ejemplo, su anterior libro Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista (2017), donde no dejaba títere con cabeza en un movimiento que, según ella, "ha perdido el rumbo".

 "Si es universal, si se puede apuntar cualquier hombre y mujer del mundo, entonces no es para mí", apunta.

Se refería a quienes tildaron a Hillary Clinton de candidata feminista solo por ser la mujer que se enfrentaba a Trump, a las que lucen camisetas de marca con consignas revolucionarias, a Beyoncé y a la creadora de Girls, Lena Dunham: "una cría blanca malcriada que no tiene ni puta idea de lo que dice". Muchos la tacharon entonces de pirómana y de lucrarse poniendo minas a su propio movimiento, pero ella se confesó más interesada en un feminismo transversal y que huya del victimismo.

Ahora, acaba de publicar El complot de las damas muertas (Alpha Decay), un cóctel literario breve y muy diferente a todo lo que había escrito hasta ahora. En él, mezcla pensamientos suicidas con cuidadosos ensayos sobre grandes figuras literarias como James Joyce, Igor Stravinsky, Rebecca West o Margaret Anderson.

Un cuaderno de bitácora fascinante, escrito durante más de diez años, y en una decena de países, que aúna su amor por la lectura, por sus referentes, por el esoterismo y, como no podía ser de otra forma, por el feminismo.

Reivindica mucho la figura de las esposas en El complot de las damas muertas, como a Nora Barnacle [la mujer de James Joyce] o Isabel Arundell [la de Richard Burton]. ¿Han sido los historiadores injustos con ellas?

Claramente sí, y cada vez hay más estudios y libros sobre las amantes y esposas de estos grandes artistas porque se han dado cuenta de que merece la pena devolverlas a la luz. Son interesantes por derecho propio, no solo porque estuviesen casadas con un tío.

A mí, por alguna extraña razón, me fascinan las figuras de Cósima Wagner, la mujer del compositor alemán, y la de Alma Mahler, la esposa de Gustav Mahler. Esta última era un genio y se tiró absolutamente a todo el mundo de la escena musical y artística de la época. Era una lunática delirante y a la vez una genia y una criatura fascinante. Era lo opuesto a todo lo que imaginamos de una esposa o una musa: nada recatada o silenciosa.

Y Cósima Wagner tampoco. Era sádica, malvada, brillante y rara. Quienes la conocían a través de su marido llegaban a la conclusión de que ella era el genio de la relación, mucho más brillante que él. Exudaba inteligencia. Es interesante acordarse de estas mujeres cuando asumimos lo que "una esposa" debe ser, porque nunca pensamos en Alma Mahler o en otras "enormes zorras" que obsesionaban tanto a los hombres que las llegaban a replicar en muñecas a tamaño real - como hizo Oskar Kokoschka con Alma-.

Dice en el libro que espera encontrar a un hombre para que se convierta en su "esposa". ¿Por qué no existe la figura del hombre muso del mismo modo que existe y existirá siempre la de la musa?

Para empezar, "querer una esposa" es un deseo corrupto. Lo que se presupone a una esposa en el imaginario patriarcal es alguien que se encargue de tu mierda y que no se queje. Ha de ser casi una asistente. Y es evidente que no deberíamos desear eso en una relación romántica, sino a una igual. Pero la figura de la musa es de por sí un rol pasivo. Creo que la sociedad ha inculcado al hombre que que debe la figura principal de la pareja y a la mujer el apoyo, la compañera.

Cuando hablamos de esposas no pensamos en mujeres que fueron más grandes que la vida misma o tan vibrantes como las que te decía antes. Pensamos en algún alma en pena sentada en una mecedora y cosiendo a la espera de que su marido vuelva a casa. Y eso dice mucho de cómo asumimos que puede ser la vida de una mujer.

Pero no solo hay esposas en su libro, también grandes escritoras. ¿Cuál fue la vida que le impactó más o con la que se sintió más identificada?

Conecté a un nivel muy personal con Margaret Anderson en el sur de Francia por razones obvias. Los primeros treinta años de nuestra vida fueron bastante similares: las dos somos del Medio Oeste de Estados Unidos, empezamos nuestra carrera en Chicago y las dos tenemos los mismos problemas mentales a raíz de vivir en Chicago [risas].

Me fascina leerla y me encantaría que escribiesen una biografía completa sobre ella. Al final, es una figura imprescindible en el modernismo y la mitad de la literatura modernista que conocemos no existiría sin ella. Dicho esto, a diferencia de Anderson, no me gustó demasiado vivir en el sur de Francia, fue uno de los sitios en los que me sentí más miserable.

A raíz de esto, habla sin tapujos del suicido y la depresión durante estos viajes. ¿Qué región le resultó más terapéutica?

Creo que en Trieste, en Italia, encontré un pequeño oasis mental. Y obviamente las islas griegas, tan preciosas e idílicas. En realidad el único sitio con el que no tuve una gran relación fue con Belgrado. No me gustó nada. No salía nunca de mi habitación porque odiaba esa ciudad. Pero la verdad es que cada una me ofreció algo único o me ayudó a pensar con claridad. Todas me sirvieron de apoyo de una forma u otra, excepto Belgrado [risas].

En su manifiesto, No soy feminista, defiende un feminismo académico y alejado del oportunismo. ¿Qué o quién le llevó a pensar que se estaba haciendo ese uso del feminismo en la actualidad?

Últimamente he leído a Emma Goldman, quien me ha llegado más por sus memorias que por sus escritos políticos. Ella fue muy crítica con el feminismo de la primera ola, porque habían centrado el foco en la clase media, en la adquisición de propiedades privadas, en el matrimonio o en el derecho al voto de las mujeres blancas.

Goldman intentaba señalar que, solo porque las mujeres conservadoras obtuviesen el voto, no se iban a solucionar los problemas de las pobres, las negras o cualquiera de la clase trabajadora en Nueva York, que era una ciudad increíblemente pobre en aquella época. Que alguien como ella pensase en llevar los asuntos y derechos de las mujeres a un ala más izquierdista del movimiento, antes que obtener pedacitos de feminismo, es algo a resaltar.

Creo que al feminismo contemporáneo le pasa lo mismo. Defiende que debemos centrarnos en nuestros propios derechos y no se está integrando un pensamiento más amplio en el que la sociedad sea reformulada para todas. El feminismo ha cojeado siempre de ese pie, pero ahora se ha convertido en un flagrante y enorme problema. En mi opinión, deberíamos dirigirlo de nuevo hacia la anarquía y el socialismo, y a pensar no solo lo que es bueno para las mujeres sino para todo el mundo.

¿Cuál sería, según usted, la mayor reivindicación feminista actual que se está planteando desde el individualismo?

En Norteamérica hay enormes partes del país donde resulta imposible abortar. Si lo necesitas, tienes que conducir como mínimo cuatro horas y cuesta miles de dólares. Así que hay una enorme parte de la población femenina que no tiene acceso a unos cuidados reproductivos básicos. Y al feminismo en EEUU no le importa una mierda el derecho al aborto.

Las feministas apoyan a candidatos supuestamente pro-elección, pero estos políticos no están interesados en mejorar la situación del acceso al aborto porque la mayoría vive en la costa, donde hay acceso incluso a "abortos de lujo".
Para mí es el ejemplo más notorio de cómo el feminismo deja tirado al 80% de las mujeres de mi país. 

De que su retórica está centrada por completo en ese pequeño segmento de mujeres que han tenido una buena educación, que son pudientes y que viven en áreas urbanas. Yo hablo mucho del derecho al aborto porque así fue cómo me introduje en el feminismo, como consejera en un centro de planificación familiar.

Hay un ejemplo elocuente sobre esto en la segunda temporada de El cuento de la criada, que muchas feministas están rechazando por ser demasiado explícita en las violencias sobre la mujer, incluyendo el aborto. ¿Es una postura propia del feminismo de clase alta?

Es un plomazo apabullante pensar en todo lo que queda por hacer. Así que es más sencillo pensar solo en nuestros propios problemas y en otras que sufren lo mismo que nosotras. Hay que reformar muchas capas de nuestra sociedad para llegar a conseguir una igualdad real. No es algo que se pueda cambiar con un plan a diez años vista, es un trabajo de generaciones.

Pero el primer paso para solucionar cosas como las que se muestran en El cuento de la criada, y que ocurren en la realidad, es ser capaz de mirarlas y que nos provoquen una mala sensación. Si ni siquiera estamos dispuestas a tener ese gesto, no sé a qué estamos contribuyendo al movimiento.

Es muy crítica con el feminismo mainstream, como el de Beyoncé o el de Lena Dunham. ¿No es complementario un feminismo light que llegue a más capas de la sociedad con uno académico que tenga menos alcance pero sea más crítico?

Uno de los argumentos que más escucho es que Beyoncé o una camiseta son una buena forma de introducir a la gente en el feminismo. "¿Qué hay de malo en eso?". Pero no creo que una persona que se compra una camiseta de Todos debemos ser feministas vaya a estar más comprometida con los grandes debates del movimiento.

Es como cuando la gente decía que Harry Potter iba a ser el libro light con el que la sociedad se iba a aficionar a la literatura en condiciones, cuando en realidad Harry Potter es una basura y no condujo a eso. Tampoco creo que una canción de Beyoncé o la camiseta sean la droga de la violación, quizá sean inocuas. Pero sí que creo que ahogan el verdadero mensaje del feminismo y permiten que la gente inapropiada se lucre con ello.

Pasó lo mismo cuando se estrenó Wonder Woman, las críticas perdieron la jodida cabeza por lo feminista que era esta película. Una película sobre violencia y cuya protagonista estuvo enrolada en las Fuerzas Armadas israelíes, donde se cometen crímenes de guerra contra los palestinos. En fin. 

Pero esta cultura del feminismo light es tan monolítica que no acepta las críticas. Si te atreves a hacerlo, te tacharán de traidora, de cascarrabias o de opositora a la hermandad, como han hecho conmigo.

En España, el feminismo se ha popularizado generando un movimiento social y cultural nunca antes visto: ya sea con una reacción solidaria ante una violación múltiple o en el Día de la Mujer. ¿No hay que aplaudir esto?

Se esgrimió mucho ese argumento durante la Marcha de las mujeres después de las elecciones de Donald Trump en Norteamérica. De acuerdo, fue bonito, pero todavía tenemos a Donald Trump. Las marchas de las mujeres tampoco crearon una agenda coherente ni muy alentadora.

También es cierto que hay más mujeres postulándose para cargos públicos en las próximas elecciones que en toda la historia americana. Y sería genial si esas mujeres tuvieran una política feminista de verdad o al menos progresista. Porque muchas de ellas son de centro-derecha, y apoyan cosas como la superpoblación de las prisiones o las terribles políticas de inmigración de EEUU.

Entonces, ¿cuál es el resultado real? Soy pragmática. ¿Cuál es el cambio social y la consecuencia final? Hasta ahora, con todo el feminismo mainstream que existe en mi país, no he visto que el mundo haya mejorado ni un poquito. Me sigue pareciendo una espiral de codicia, egoísmo y un montón de sandeces. Así que me atrevería a asegurar que el feminismo mainstream no ha conseguido absolutamente nada. No soy cínica, pero tampoco ingenua.

También defiende que el feminismo ha de ser incómodo. Eso inevitablemente lleva a que nos provoque contradicciones. ¿A cuáles se enfrenta a diario?

Casi te diría que a nivel romántico. Estoy trabajando en un proyecto que avanza algo lento con otra escritora llamado La heterosexualidad es una maldita pesadilla, porque si existes en una sociedad patriarcal, como hacemos todos, y quieres estar enamorada, ¿cómo estructuras la relación para que sea políticamente coherente?

La simple división de la tarea doméstica es política, el matrimonio es rabiosamente político, los asuntos del sexo son política, los desequilibrios de poder, la seducción, la dominación y el consentimiento. Las mujeres han sido educadas para no mostrar sus deseos sexuales y los hombres para usar la dominación como técnica de seducción. 

Y es muy difícil pensar en estas cosas cuando lo único que quieres que alguien te quite los pantalones por las noches o cuando te enfrentas a un tsunami de sentimientos.

Con la muerte de Philip Roth, ha vuelto esa contradicción entre el artista y su obra. Días antes, los medios publicaban columnas sobre su misoginia, pero casi nadie se atrevió a mencionarlo en los obituarios. ¿Prescribe la parte oscura de un escritor cuando muere?

Philip Roth es un maldito problema, pero también forma parte de toda una hornada de escritores norteamericanos de posguerra. Encuentro interesante que, durante la segunda ola feminista y mientras las mujeres reclamaban su derecho a ser tratadas como seres humanos, en la literatura proliferaron los hombres que les decían: "no, sois un trozo de carne". Roth, Norman Mailer y John Updike casi ganan el Nobel de Literatura básicamente por argumentar que las mujeres no son seres humanos, sino trozos de carne.

Lo que me gustaría es que su trabajo fuese revalorizado, con una comprensión más complicada sobre quiénes fueron y qué hicieron. Porque yo pienso que esos libros son basura. Los describen como una íntima y compleja visión de la masculinidad, pero son fanfarronerías en las que se jactan de tratar a las mujeres como si fueran mierda. 

No es heroico describir todas las formas en las que odias a la mujer, y por supuesto no contribuye a eliminar la misoginia. Pero no somos lo suficientemente perspicaces aún para verlo.

¿Apuesta, entonces, por analizar la obra junto a su contexto antes que por otras propuestas más radicales como el boicot o la censura?

Desde luego. Esta es una parte importante del debate feminista en EEUU, sobre todo desde el me too. ¿Qué hacemos con alguien que ha actuado de una forma inaceptable y dónde nos situamos entre el castigo y la rehabilitación? ¿Cuál es la respuesta proporcionada ante ciertos comportamientos? Es raro ver cómo las cosas se han ido de madre tan rápido.

Me viene a la cabeza el caso específico de un escritor llamado Junot Díaz, que da clases en el MIT. Varias mujeres le acusaron de conductas inaceptables, y seguro que en los próximos días seguirán saliendo porque es un caso bastante paradigmático. Sin embargo, el acto más grave del que ha sido acusado por el momento es de forzar un beso. Ahora la gente quiere que el MIT le despida y yo creo que es una respuesta desproporcionada, porque no es que haya acosado a una de sus estudiantes.

Si actuamos de forma desproporcionada, si la gente pierde su trabajo solo basándose en acusaciones públicas o si son despedidos por actos menores, nos encaminamos a una senda de venganza y represalias por la que no deberíamos. No creo que sea la manera de crear una sociedad más justa.

Algunas de las acusaciones que he leído son demenciales. Como la mujer que acusó a Morgan Freeman de acoso porque estaba embarazada y él le dijo que desearía estar ahí dentro. Es raro, pero puede ser tomado de mil maneras distintas. 

¿Por qué elegir el victimismo? Es un tema delicado, pero si nuestra meta es la justicia, necesitamos tener una conversación más amplia sobre qué hay que hacer con estas acusaciones.

¿Cree entonces que hay quien está haciendo un uso oportunista del me too?

Ya se ha demostrado que hay gente que ha hecho falsas acusaciones, y hay personas que se han enfrentado a consecuencias reales por ellas y otras que no. Pero creo que estamos creando una atmósfera de venganza. Vamos, si tienes un enemigo o quieres el trabajo de otro, solo tienes que decir que te ha tocado de forma inapropiada y lo tienes.

 Es un camino muy, muy peligroso por el que ir. Tenemos una historia muy larga de mujeres blancas denunciando a hombres negros por violaciones, que fueron ejecutados, y que más tarde se demostró que eran falsas acusaciones. Tenemos que alejarnos de esa senda demencial. Tenemos que ser justos y perseguir una justicia real por encima de todo lo demás.

Se define como pragmática, pero al mismo tiempo no esconde su gusto por el tarot y otras artes prestidigitadoras. ¿Para qué le sirven a la hora de analizar la realidad?

El tarot para mí tiene que ver con la intuición. Si no tengo algo claro de manera consciente, el tarot es una manera de descifrarlo desde el subconsciente. De la misma manera que creo que los sueños y las coincidencias tienen un significado para mí, la espiritualidad es una parte de las cosas, de la femineidad, de la cultura, y de todos los aspectos del mundo que han sido degradados bajo el patriarcado.

Ahora está muy de moda ser ateo, incluso esos imbéciles, cabezas huecas, racistas y pedazos de mierda de la derecha como Donald Trump. Así que, sí, estoy a favor de recuperar aspectos de la femineidad que fueron degradados. Y la espiritualidad y la intuición son definitivamente parte de ella."           (Entrevista a Jessa Crispin, María Zas Marcos, eldiario.es, 04/06/18)

21/5/18

Nancy Fraser: me temo que el movimiento para la liberación de las mujeres se haya terminado enredando en una “amistad peligrosa” con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado

"Como feminista, siempre he asumido que al luchar por la emancipación de las mujeres estaba construyendo un mundo mejor, más igualitario, justo y libre. Pero, últimamente, ha comenzado a preocuparme que los ideales originales promovidos por las feministas estén sirviendo para fines muy diferentes. Me inquieta, en particular, el que nuestra critica al sexismo esté ahora sirviendo de justificación de nuevas formas de desigualdad y explotación.

En un cruel giro del destino, me temo que el movimiento para la liberación de las mujeres se haya terminado enredando en una “amistad peligrosa” con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado.

Esto podría explicar porqué las ideas feministas, que una vez formaron parte de una visión radical del mundo, se expresen, cada vez más, en términos de individualismo. Si antaño las feministas criticaron una sociedad que promueve el arribismo laboral, ahora se aconseja a las mujeres que lo asuman y lo practiquen. 

Un movimiento que si antes priorizaba la solidaridad social, ahora aplaude a las mujeres empresarias. La perspectiva que antes daba valor a los “cuidados” y a la interdependencia, ahora alienta la promoción individual y la meritocracia.

Lo que se esconde detrás de este giro es un cambio radical en el carácter del capitalismo. El Estado regulador del capitalismo, de la era de postguerra, tras la II Guerra Mundial, ha dado paso a una nueva forma de capitalismo “desorganizado”, globalizado y neoliberal. La segunda ola del feminismo emergió como una critica del primero, pero se ha convertido en la sirvienta del segundo.

Gracias a la retrospectiva, podemos ver hoy como el movimiento de liberación de las mujeres apuntó, simultáneamente, dos futuros posibles muy diferentes. En el primer escenario, se prefiguraba un mundo en el que la emancipación de género iba de la mano de la democracia participativa y la solidaridad social. 

En el segundo se prometía una nueva forma de liberalismo, capaz de garantizar, tanto a las mujeres como a los hombres, los beneficios de la autonomía individual, mayor capacidad de elección y promoción personal a través de la meritocracia. La segunda ola del feminismo fue ambivalente en ese sentido. Compatible con cualquiera de ambas visiones de la sociedad, fue susceptible de realizar también dos elaboraciones históricas diferentes.

Tal como yo lo veo, la ambivalencia del feminismo ha sido resuelta, en los últimos años, en favor del segundo escenario, el liberal-individualista. Pero no porque fuésemos víctimas pasivas de la seducción neoliberal. Sino que, por el contrario, nosotras mismas hemos aportado tres ideas importantes para este desarrollo.

Una de esas contribuciones fue nuestra critica del “salario familiar”: del ideal de familia, con el hombre que gana el pan y la mujer ama de casa, que fue central en el capitalismo con un estado regulador. La critica feminista de ese ideal sirve ahora para legitimar el “capitalismo flexible”. Después de todo, esta forma actual de capitalismo se apoya, fuertemente, sobre el trabajo asalariado de las mujeres.

 Especialmente sobre el trabajo con salarios mas bajos de los servicios y las manufacturas, llevados a cabo no solo por las jóvenes solteras, sino también por las casadas y las mujeres con hijos; no sólo por mujeres discriminadas racialmente, sino también por las mujeres, prácticamente, de todas las nacionalidades y etnias. Con la integración de las mujeres en los mercados laborales en todo el mundo, el ideal del salario familiar, del capitalismo con estado regulador, está siendo reemplazado por la norma, más nueva y más moderna, aparentemente sancionada por el feminismo, de la familia formada por dos asalariados.

No parece importar que la realidad subyacente, en el nuevo ideal,  sea la rebaja de los niveles salariales, la reducción de la seguridad en el empleo, el descenso del nivel de vida, el fuerte aumento del numero de horas de trabajo asalariado por familia, la exacerbación del doble turno, ahora, a menudo, triple o cuádruple, y el incremento de la pobreza, cada vez más concentrada en los hogares de familias encabezadas por mujeres. 

El neoliberalismo nos viste a la mona de seda a través de una narrativa sobre el empoderamiento de las mujeres. Al invocar la crítica feminista del salario familiar para justificar la explotación, utiliza el sueño de la emancipación de las mujeres para engrasar el motor de la acumulación capitalista.

El feminismo, además, ha hecho una segunda contribución a la ética neoliberal. En la era del capitalismo con estado regulador, criticábamos, con razón, la estrecha visión política que, intencionalmente, se focalizaba en la desigualdad de clases y que no era capaz de fijarse en otro tipo de injusticias “no económicas”, como la violencia domestica, las agresiones sexuales y la opresión reproductiva. 

Rechazando el “economicismo” y politizando lo “personal”, las feministas ampliaron la agenda política para desafiar las jerarquías de status basadas en las construcciones culturales sobre las diferencias de genero. El resultado debía haber conducido a la ampliación de la lucha por la justicia, para que abarcara tanto lo cultural como lo económico. Pero el resultado ha sido un enfoque sesgado hacia la “identidad de género”, a costa de marginar los problemas del “pan y la mantequilla”. 

Peor aun, el giro del feminismo hacia las política de la identidad encajaba sin fricciones con el avance del neoliberalismo, que no buscaba otra cosa que borrar toda memoria de la igualdad social. En efecto, enfatizamos la critica del sexismo cultural precisamente en el momento en que las circunstancias requerían redoblar la atención hacia la critica de la economía política.

Finalmente, el feminismo contribuyó con una tercera idea al neoliberalismo: la critica al paternalismo del estado del bienestar. Indudablemente y de forma progresiva, en la era del capitalismo con estado regulador esa crítica ha ido convergiendo con la guerra neoliberal contra el “estado-niñera” y su más reciente y cínico apoyo a las ONGs.

 Un ejemplo ilustrativo es el caso de los “micro-créditos”, el programa de pequeños préstamos bancarios para mujeres pobres en el Sur global. Presentado como un empoderamiento, de abajo hacia arriba, alternativo al de arriba a abajo, al burocratismo de los proyectos estatales, los micro-créditos se promocionan como el antídoto feminista contra la pobreza y el sometimiento de las mujeres. 

Lo que se pasa por alto, sin embargo, es una coincidencia inquietante: el micro-crédito ha florecido precisamente cuando los Estados han abandonado los esfuerzos macro-estructurales para combatir la pobreza, esfuerzos que no se pueden sustituir con prestamos a pequeña escala. 

También en este caso una idea feminista ha sido recuperada por el neoliberalismo. Una perspectiva dirigida, originalmente, a democratizar el poder del Estado para empoderar a los ciudadanos, es ahora utilizada para legitimar la mercantilización y los recortes de la estructura estatal.

En todos estos casos la ambivalencia del feminismo ha sido resuelta en favor del individualismo (neo)liberal. Sin embargo, el escenario alternativo de la solidaridad puede que aún esté vivo. La crisis actual ofrece la posibilidad de volver a tirar de ese hilo una vez más, de manera que el sueño de la liberación de las mujeres sea de nuevo parte de la visión de una sociedad solidaria.

 Para llegar a ello, las feministas necesitamos romper esa “amistad peligrosa” con el neoliberalismo y reclamar nuestras tres “contribuciones” para nuestros propios fines.

En primer termino, debemos romper el vinculo espurio entre nuestra crítica al salario familiar y el capitalismo flexible, militando en favor de una forma de vida que no gire entorno al trabajo asalariado y valorice las actividades no remuneradas, incluyendo, pero no solo, los “cuidados”. 

En segundo lugar, debemos bloquear la conexión entre nuestra critica al economicismo y las políticas de la identidad, integrando la lucha por transformar el status quo dominante que prioriza los valores culturales de la masculinidad, con la batalla por la justicia económica. 

Finalmente, debemos cortar el falso vínculo entre nuestra crítica de la burocracia y el fundamentalismo del libre-mercado, reivindicando la democracia participativa, como una forma de fortalecer a los poderes públicos, necesarios para limitar al capital, en nombre de la justicia."            

(Nancy Fraser es una académica feminista estadounidense, profesora de ciencia política en el New School University de Nueva York. Sin Permiso, 20/10/13)

15/1/18

Que el movimiento feminista se ponga como objetivo una huelga mundial de mujeres el próximo 8M es sin duda un síntoma de que vamos avanzando, y mucho...

"(...) La cuestión no es si el feminismo está o no de moda, ni tampoco si es ganador o no (aunque esto último sea importante tenerlo en cuenta para un proyecto político). Lo que debemos pensar como feministas es qué proyecto y qué tipo de feminismo necesitamos para avanzar hacia una sociedad de iguales. 

Como dice Nancy Fraser la cuestión es si elegimos un feminismo neoliberal basado en una idea de libertad, igualdad e independencia de corte meritocrático e individualista, o si por el contrario elegimos aquel que plantea una idea de libertad basada en la democracia radical que apuesta por la paridad absoluta en la participación en todas las esferas de la vida social. Ahí está la disputa. 

Porque el peligro evidente que corremos es que tanto en este país como en el mundo la lucha de las mujeres pueda terminar siendo hegemonizada, dirigida o incorporada a proyectos de ultraderecha como el del Frente Nacional en Francia, o el del Partido Popular en España, donde perfiles como el de Cristina Cifuentes pueden llegar a aparecer como defensores de los derechos de las mujeres, como en su momento y en sus partidos Thatcher o Clinton,  aun cuando sus políticas reales estén en realidad en las antípodas del feminismo. 


Por tanto lo importante es dotar de contenido a la palabra “feminismo” y de estrategia al movimiento. Huir de nociones basadas únicamente en valorizar lo femenino y apostar por cuestionar radicalmente la diferencia de roles y el reparto de poder dentro de esta sociedad; combatir el discurso de la igualdad de oportunidades aplicado a la lucha de las mujeres, así como la concepción de que el empoderamiento es algo individual, y combatir también las simplificaciones, siempre útiles a los privilegios masculinos, de que situar a mujeres en puestos de visibilidad servirá por arte de magia para “desmasculinizar” y convertir todo lo que tocamos en cuidadoso, amable y dialogante.


El feminismo transformador debe ir más allá del discurso, generando espacios de organización social de mujeres y redes de apoyo mutuo conformadas desde la experiencia de la lucha personal y política. 

También debe ir mucho más allá del discurso centrado en la denuncia de la violencia machista para cuestionar las estructuras mismas de poder y el modelo económico que se sostiene sobre la transferencia permanente de trabajo gratuito desde las mujeres hacia el conjunto de la sociedad y al sistema capitalista. Podemos llegar a pensar en un patriarcado desconectado del capitalismo depredador de derechos y del planeta, pero la realidad es que no es posible separarlos. 

El capitalismo actual tal como lo conocemos necesita del patriarcado para subsistir. Por eso el feminismo tiene que plantar políticas de cambio estructural y de defensa de los servicios públicos, poniendo en jaque los pilares fundamentales de esta sociedad y sus instituciones, como la judicial, por ejemplo, como ya está haciéndose; atreviéndose a poner en cuestión el poder masculino en su conjunto. 


Cuando pensamos en por qué el año 2017 ha sido un año feminista vemos que no es baladí que la mayoría de medios de comunicación u organismos como Naciones Unidas se hayan centrado casi exclusivamente en el abuso sexual. Porque a pesar de que la campaña #MeToo haya demostrado que este abuso es sistémico, también puede ser fácilmente vinculado a problemas individuales de determinados hombres. 

No es casual tampoco que estas instituciones o medios estén muy dispuestos a centrarse en la violencia machista y muy poco en la precarización del empleo para las mujeres, el aumento de la pobreza entre ellas o la persistencia de la brecha salarial o en la lucha de las trabajadoras de Inditex. Así pues debemos poder generar memoria colectiva y construir nuestra propia agenda. 


Que el movimiento feminista se ponga como objetivo una huelga mundial de mujeres el próximo 8M es sin duda un síntoma de que vamos avanzando, y mucho; síntoma también de que en la batalla importante, la de qué proyecto es capaz de hegemonizar y dirigir la lucha de las mujeres por independizarse y ser tratadas como iguales y libres, vamos ganando."                   (Isabel Serra, CTXT, 09/01/18)

14/6/17

Nancy Fraser: feminismo, “neoliberalismo progresista” y movimientos sociales

"¿Qué es el feminismo del 99 %?

En un nivel, es una suerte de reacción a la dirección que ha tomado el feminismo, especialmente en Estados Unidos, pero no únicamente aquí, hacia lo que yo considero una relación peligrosa con el neoliberalismo. La principal corriente se ha convertido en un feminismo corporativo, del “techo de cristal”, que llama a las mujeres a escalar posiciones en las empresas.

Ha renunciado a toda concepción amplia y sólida de lo que significa la igualdad de género o la igualdad social en general. En lugar de eso, parece estar centrado realmente en lo que yo llamaría la “meritocracia”. Y eso significa solo eliminar las barreras que impiden que las mujeres talentosas avancen hacia las posiciones más altas de las jerarquías corporativas, militares.

La clase de feminismo que yo siempre he apoyado –y debo decir que soy hija de los años ‘60 en este sentido– es un feminismo que trata de abolir las jerarquías corporativas, no de ayudar a una pequeña cantidad de mujeres a ascender en ellas.

Pero el feminismo empezó a dar un giro neoliberal hace alrededor de 20 años. Para mí no se trata simplemente de algo terrible que pasó con la elección de Trump, aunque eso ciertamente es muy malo. 

 Pero creo que bajo la punta del iceberg hay un conjunto más amplio de circunstancias relacionadas con aspectos estructurales de nuestra sociedad que han sido ignorados por casi todas las corrientes feministas, salvo algunas de izquierda relativamente marginales, con las cuales me identifico personalmente, pero que hasta ahora no hemos logrado amplificar nuestras voces.
 
Quizás tengamos que agradecerle a Trump el hecho de que éste sea un momento en el que se pueden escuchar voces más radicales. Parece que después de las grandes movilizaciones, la indignación y el deseo de participar en protestas y en la resistencia, que se manifestó en la Marcha de las Mujeres, esta puede ser una oportunidad para dar una dirección distinta al feminismo en Estados Unidos. Yo lo llamaría una corrección del rumbo, y no una mera resistencia.

Las marchas del 21 de enero fueron fantásticas. Hubo una energía enorme, una cantidad extraordinaria de gente y mucha creatividad, pero debo decir que a nivel político fueron un poco rudimentarias.

 No hubo una dirección clara, y quizás por eso tanta gente quiso participar.

Pero también es posible desarrollar un activismo de mujeres que tenga un perfil más claro, una orientación más clara, una plataforma. Y creo que en este contexto, puede empezar a atraer un apoyo más amplio. Porque hay mucha gente que se está radicalizando y politizando por primera vez. 

Gente que durante la presidencia de Obama mantuvo un perfil bajo. Nadie quería oponerse al primer presidente negro y, por supuesto, él hizo algunas cosas que se pueden considerar progresistas. Pero el activismo había decaído y ahora creo que se destapó y hay nuevas oportunidades.

Entonces hicimos el llamado a una huelga para el 8 de marzo como respuesta específicamente estadounidense al llamado internacional más amplio que ha recibido el apoyo de más de 30 países. Y pensamos que había que aprovechar la oportunidad y ver si podemos construir un feminismo de izquierda, radical. A eso nos referimos cuando decimos un feminismo del 99 %. Un feminismo para todas las mujeres por las que el feminismo corporativo no ha hecho prácticamente nada.

Hablas del fin del “neoliberalismo progresista”, ¿a qué te refieres con esa categoría y cómo ves que se desarrolla este “comienzo del fin”?

Durante mucho tiempo me resultó difícil caracterizar este desvío que acabo de describir de la corriente prevaleciente del feminismo hacia una especie de molde corporativo. Y debo aclarar enseguida que diría lo mismo acerca de todos los movimientos sociales progresistas.

No es solo un problema del feminismo. Es un problema en los movimientos antirracistas, que también incluyen un aparato político de la elite negra, por lo menos hasta la irrupción de Black Lives Matter. Creo que tenemos un ala corporativa y neoliberal del movimiento ecologista que promueve el capitalismo verde. Dentro de los movimientos LGTBI tenemos sectores que solo promueven la inclusión de homosexuales en las fuerzas armadas y en la vida corporativa, etcétera.

Tengo que decir que en EE. UU. tenemos una cultura de individualismo, de voluntarismo, de salir adelante con el esfuerzo personal y se considera que si no se lo logra, es culpa de uno. Es el camino normal que sigue la sociedad. Solo en períodos de crisis abierta los estadounidenses tienen un incentivo real para empezar a pensar en términos estructurales sobre cómo funciona la sociedad y cómo está compuesta desde el inicio. 

Bernie Sanders usó términos maravillosos. Dijo que es una “economía amañada,” una “sociedad amañada”, un “sistema político amañado”. Todo eso es cierto. Pero para comprenderlo, hay que caracterizar las estructuras que introdujeron esa situación.

Hace mucho tiempo que observo y escribo acerca del desvío neoliberal de los movimientos sociales. Pero de alguna manera, la última elección en EE. UU., la campaña, todo eso me ayudó a verlo con mayor claridad. Porque creo que Hillary Clinton lo encarnaba a la perfección. Y luego pude atar los cabos sueltos y dije, “¡Ajá!

Lo que tenemos en la carrera electoral entre Clinton y Trump es un concurso entre dos opciones horribles”, que yo denominé “neoliberalismo progresista” y “populismo reaccionario”. Y llegué a entender que lo que ha sido el bloque dominante, hegemónico en Estados Unidos por lo menos desde que asumió Bill Clinton en 1992 –mucho tiempo– representa una alianza nefasta entre corrientes mainstream corporativizadas de los nuevos movimientos sociales y ciertos sectores de la clase capitalista estadounidense.

No todos, sino los sectores del mundo empresarial que dependen no de la industria manufacturera sino de un capitalismo “simbólico y cognitivo”, como se ha denominado. Eso es Hollywood, Silicon Valley y, obviamente, Wall Street y las finanzas. Las finanzas se han convertido en una parte enorme de nuestra economía y han desplazado a otros sectores.

A eso me refería al hablar del neoliberalismo progresista. A la forma en que este sector del mundo empresarial pudo crear una especie de cubierta progresista para políticas que, en realidad, están destruyendo el sustento y los modos de vida, las familias y las comunidades de los estadounidenses de clase trabajadora y pobres. Y también corroen la vida de la clase media.

Las dos grandes respuestas a este neoliberalismo progresista han sido, por supuesto, la victoria de Trump pero también la campaña extraordinariamente exitosa –que superó todas las expectativas– de Bernie Sanders, que casi derrota a Hillary Clinton, que contó con todo el aparato y el poder a su disposición. 

Fue un levantamiento muy potente contra el neoliberalismo progresista. Un polo a la derecha y un polo a la izquierda. Lamentablemente, triunfó el polo de Trump. Pero de alguna manera expuso esta alianza hegemónica y creo que eso es lo que ha allanado el camino hacia las movilizaciones actuales.

Y debería agregar un último punto. Uno de mis miedos con respecto a lo que está sucediendo ahora es que, en ausencia de una intervención fuerte y clara de la izquierda, toda esta resistencia, que es enorme, termine por reconstituir el neoliberalismo progresista en una forma nueva, con la dirección de alguna figura más aceptable que Hillary Clinton, que creo que está políticamente acabada, básicamente. Ese es uno de mis miedos. Fue al intentar impedir eso que escribimos el llamado a la huelga de la manera en que lo hicimos y que estamos intentando organizar este feminismo de izquierda.

Quisiera que ese fuera un modelo para otros movimientos sociales. Quisiera ver desarrollarse varias coaliciones antirracistas alrededor de un programa radical similar. Un antirracismo para el 99 %. ¿Por qué no tenemos eso? Para el movimiento de los gays, lesbianas y trans y para el movimiento ecologista. Creo que esta es la dirección.

Y Sanders, que no es una figura perfecta de ninguna manera, ha trazado de alguna forma un camino. Si se mantiene dentro del partido Demócrata o no es otro problema, pero proporcionó un lenguaje que ayudó a exponer lo que ha estado haciendo ese partido durante los últimos 30 años.

 Y siento que estamos tomando esa apertura que él ayudó a crear y que, a su propio modo perverso, está ayudando a crear Trump, y vamos a intentar profundizarla. Y, como dije antes, me encantaría ver a otros movimientos sociales hacer algo más o menos similar y coordinado.

En Fortunas del feminismo, decías que las luchas por el reconocimiento (así como por la redistribución) no tienen un carácter inherentemente anticapitalista, sino que debían aliarse a luchas anticapitalistas. ¿Cuáles son las consecuencias políticas de esta división y cómo seguir hacia delante?

Yo daría un paso atrás, históricamente, para contextualizar esos términos, “redistribución” y “reconocimiento”, que han sido términos clave para la forma en que he intentado comprender estos desarrollos durante varias décadas. Para mí, el término “redistribución” ya era una especie de concesión y de alguna manera una alternativa al socialismo o quizás un “socialismo light”. Es el socialismo que no se atreve a nombrarse a sí mismo.

En otras palabras, cuando los movimientos obreros y otros movimientos radicales, los movimientos socialistas, estaban luchando contra las reglas básicas de la sociedad capitalista, las relaciones de propiedad, la apropiación de la plusvalía, etc., no hablaban en realidad de redistribución, sino de transformación estructural. Creo que el término “redistribución” fue desarrollado dentro de la socialdemocracia y supone en realidad que el problema es la distribución injusta de bienes divisibles. No se trata de cambiar las reglas de base, por decirlo de alguna manera.

Yo diría que después de la Segunda Guerra Mundial, este paradigma redistributivo se volvió dominante en Estados Unidos, pero también en países socialdemócratas ricos, y en muchos Estados desarrollistas que no eran tan ricos, los Estados independientes que también intentaban “desarrollarse”. Y ciertamente corrientes importantes del movimiento obrero y de la izquierda, la izquierda socialdemócrata, retomaron este concepto de la redistribución.

Hay varios problemas con esto, evidentemente, pero un problema adicional es que este fue un período, de la posguerra, en el cual ese modelo redistributivo empezó a aparecer como demasiado restrictivo. Betty Friedan escribía sobre las amas de casa atrapadas en los suburbios, y se fundaba una nueva izquierda en contra de la ética consumista. Eran aspiraciones distintas a la distribución justa del ingreso, los salarios y el trabajo, etc.

Estaba la lucha contra la segregación racial, por ejemplo. Y comenzaban a acercarse a algunos problemas profundos y estructurales. Planteaban el problema de la ciudadanía de segunda y la pobreza de los afroamericanos y de esa manera exponían algunos aspectos terribles de la historia estadounidense que no quedaron totalmente en el pasado.

Entonces, creo que lo que sucedió como respuesta fue que se desarrolló un segundo paradigma junto con el paradigma dominante redistributivo, que yo y muchas otras personas han denominado “reconocimiento”, en el cual el problema no es solo que uno quiere ser tratado de manera igualitaria, sino que quiere que se reconozca, apruebe y valide su especificidad.

Uno no tiene que ser como otros ni vivir la vida de un hombre blanco heterosexual para ser un integrante pleno y válido de la sociedad, todo lo cual está muy bien en un sentido, pero una vez más la historia nos presenta muchas sorpresas. 

Porque el momento en el cual se desarrollaba el paradigma del reconocimiento también fue el momento en el que el modelo capitalista fordista en decadencia se encontraba con dificultades y cuando la redistribución socialdemócrata perdía su base económica.
Entonces había dos sectores, no me parece totalmente adecuado el término “de izquierda”, pero era lo que más se parecía a una izquierda, dos sectores que parecían estar en conflicto

. Thomas Frank escribió sobre un mundo industrial en decadencia de trabajadores sindicalizados predominantemente blancos, pero no solo blancos, que se sienten amenazados por el aumento de reclamos en una situación en la cual su sustento está en caída. No están en una situación cómoda para nada.

 Y luego surge la idea neoliberal progresista entre la gente que promueve el reconocimiento de que esos trabajadores son atrasados –“deplorables” como los denominó Hillary Clinton– racistas y misóginos.

Yo no negaría que hay elementos de racismo y misoginia en toda nuestra sociedad, pero la situación es más compleja y no se puede entender exclusivamente en términos morales. Tenemos que entender que es el desarrollo, la transición de una forma de capitalismo –la forma socialdemócrata administrada por el Estado– hacia otra, la forma financierizada y globalizadora. Esa transición es la que está creando las alianzas extrañas y los antagonismos muy poco productivos entre sectores de la población que tal vez se habrían aliado en otras circunstancias.

Cuando crecen varios movimientos y sentimientos nacionalistas, en el llamado que hicieron para el 8 de marzo, destacaron la importancia de construir un movimiento internacional, ¿por qué?

En primer lugar, diría que creo que todo movimiento social progresista y transformador debe pensar en términos internacionales. La izquierda apoya esta idea hace alrededor de 200 años, por lo menos de la boca para afuera.

 Pero yo diría que es todavía más urgente hoy en día que en cualquier otro momento de la historia, porque ahora el sistema mundial capitalista está mucho más globalizado. Y creo que aun en la medida en que uno quiere hablar de cuál debería ser la política nacional en un país determinado, hay que partir del reconocimiento de que lo que es posible a ese nivel depende en gran medida de la estructura financiera global internacional del sistema mundial.

En ese sentido, lo que hizo posible un modelo de socialdemocracia a nivel nacional, en países ricos, como los escandinavos, que era más o menos igualitaria a nivel interno, fueron los controles de capitales de Bretton Woods. Y una vez que fueron desmantelados [los controles], ese tipo de socialdemocracia relativamente igualitaria, aunque restrictiva, es posible porque se apropia de parte de la riqueza del Sur mundial, depende de cierto tipo de imperialismo… Pero lo que sugiero es que lo nacional y lo mundial o internacional están estrechamente relacionados.

Y ese sería un argumento a favor de que si no pensamos cómo frenar las finanzas mundiales, y eso solo se puede hacer mediante un movimiento social mundial, un esfuerzo mundial, nuestra capacidad de hacer cualquier cosa a un nivel local será muy limitada. Otro ejemplo es el cambio climático. Obviamente no se puede enfrentar con un activismo local, independientemente de cuánto uno reduzca su huella de carbono aquí o allá.

Hay problemas como ese que solo se pueden abordar a nivel internacional. ¿Cuál es el nivel internacional hoy? Es Davos, es la OMC, es el régimen de propiedad intelectual del acuerdo sobre los ADPIC (Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual), entre otros. Entonces, ¿cuáles son las instituciones de la izquierda que puedan enfrentarse a ellas?

Al principio, me pareció muy prometedor el desarrollo del Foro Social Mundial, porque parecía apuntar a una respuesta a ese nivel. Hubo problemas que podemos discutir, pero quizás no para resaltar aquí. Pero creo que es muy importante pensar ahora en términos globales.

Lo que hace esta huelga internacional [de mujeres] es alentar la solidaridad y el aprendizaje mutuo. Algo que nos impactó mucho cuando escribimos la declaración que apareció en The Guardian, fue el lenguaje que estaban desarrollando las argentinas. Tenían una comprensión fantástica, integral y estructural de lo que comprende la violencia contra la mujer. No responsabilizaban simplemente a los “tipos malos”.

Y tomamos eso como perspectiva para pensar la violencia contra las mujeres de una manera que se dirigiera al 99 % de las mujeres. Creo que tenemos mucho que aprender los unos de los otros. Nadie tiene una visión completa.

Y es muy emocionante ver el apoyo mutuo y una de las cosas que están sucediendo con la marcha es que los grupos que se están organizando en distintos países van a filmar sus eventos y vamos a intercambiar los videos y eso crea una percepción de que está pasando algo, de que somos parte de algo mucho más grande.

¿Te gustaría agregar alguna reflexión sobre el movimiento de mujeres, decir algo más?

Agregaré un punto más. En mi opinión, la base estructural de la subordinación de las mujeres en la sociedad capitalista es la división entre la producción económica y la reproducción social. Esta división nunca había existido antes en la historia. 

Estas actividades siempre estaban mezcladas en el mismo lugar. Creo que la forma en que esa división se ha establecido e implementado ha cambiado de manera significativa en la historia del capitalismo, mediante una serie de distintos regímenes de acumulación.

Sin embargo, creo que ese es el eje central y diría que cualquier política feminista centrada exclusivamente en cualquiera de esos dos polos sin considerar su imbricación e interconexión profundas no podrá lograr la emancipación de las mujeres."                 (Entrevista con Nancy Fraser, Salir del euro, 07/06/17)