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2/2/23

La Renta Básica de Ciudadanía, una idea neoliberal

 "La idea de una renta básica1 ha despertado un renacido entusiasmo desde el inicio de la crisis de 2008. La propuesta parece sencilla y seductora: consistiría en pagar a cada ciudadano un “ingreso básico”2 incondicional, para liberar a nuestras sociedades de la pobreza, la precariedad o el desempleo. En su sentido de “izquierdas”, cada ciudadano podría, por lo tanto, liberarse de la necesidad de trabajar y verse liberado igualmente de las instituciones del Estado social, que en ocasiones son autoritarias, para dar paso a nuevas actividades autónomas y superar la mortífera necesidad del empleo “a cualquier precio“. En una sociedad en la que desapareciese el trabajo, se propone la renta básica como el instrumento social por excelencia de una sociedad postindustrial.

Recientemente, la puso a la orden del día el Gobierno de derechas finlandés, que propone sustituir parte del sistema de seguridad social por una renta básica para todos sus habitantes. En Canadá, en el verano de 2017, la provincia de Ontario inició un proyecto experimental a gran escala. En Europa, la experiencia más avanzada tiene lugar en Holanda. Este 2017, se pondrá en marcha el experimento en unos 20 municipios – Utrecht entre otros- para comprobar empíricamente los efectos en los beneficiarios. En Francia, el desafortunado candidato en las elecciones presidenciales, Benoît Hamon3, lo había convertido en su buque insignia. Muchos partidos políticos de todo el mundo hablan ahora abiertamente de un ingreso incondicional para todos los ciudadanos. A derecha y a izquierda, la propuesta es debatida y apreciada por sus supuestas ventajas (para unos elimina la precariedad, para otros deshace las viejas instituciones burocráticas de la seguridad social). Su carácter aparentemente “liberal” y “social” parece desdibujar la división original, siendo compartida por los que continúan pensando en el viejo marco de las clases y la revolución industrial y por los que entienden que, en la nueva “economía del conocimiento”, es necesario transformar en profundidad nuestro imaginario y nuestras instituciones. Ahora, el pleno empleo es una utopía, la estabilidad laboral una demanda obsoleta ante el dinamismo necesario en vista de las nuevas actividades “creativas”, y las viejas instituciones de los asalariados (derecho al trabajo, seguridad social, sindicatos, etc.) una vieja maquinaria a extinguir y un obstáculo al progreso y a la libertad individual.

La creciente popularidad de la renta básica se ha combinado durante los últimos treinta años con su asociación con un pasado arraigado en una vieja tradición intelectual. De hecho, sus principales promotores la asocian generalmente con las ideas de Thomas More, Charles Fourier o Thomas Paine que, en su momento, habían formulado propuestas supuestamente similares a las de la renta básica. Sin embargo, esta supuesta procedencia no resiste un análisis más en detalle. Porque, ¿realmente podemos asociar la idea de la renta básica con la defensa de More de un nivel de vida mínimo para todos? Con esa línea argumental, bien podía ser el precursor también de la seguridad social universal o de los impuestos progresivos.

Como toda idea política, la renta básica se ha rodeado de su propia mitología, construida por supuesto a posteriori, para barnizar la propuesta de un pasado idealizado que se remonta al siglo XVI. La elaboración de una procedencia totalmente ficticia y más que cuestionable en el plano intelectual es, por tanto, más que una realidad histórica, una forma de dar legitimidad una idea reciente. El historiador Eric Hobsbawm ha mostrado cuántas instituciones, ideas políticas o incluso organizaciones utilizan materiales antiguos con el fin de crear “tradiciones inventadas” para crear una ilusión de permanencia. La primera consecuencia del efecto de otorgar un lejano pasado al origen a la renta básica es, por lo tanto, impedir toda historización, sacar su génesis de la vista de las ciencias sociales, reprimiendo así sus propias condiciones históricas de posibilidad.

De hecho, su formulación moderna -que data de los años sesenta- aumenta su popularidad con el estallido de la crisis económica de 1973 y con sus consecuencias. Tanto entre la izquierda -a menudo proveniente del naciente movimiento ambientalista- como entre la nueva derecha neoliberal, la idea de la renta básica se abrirá camino en las agendas políticas. La renta básica parece ser una exigencia en tiempos de crisis, blandida en situaciones de marcada decadencia social y fuertes políticas de austeridad. Por lo tanto, la paradoja es profunda: cuanto más derechistas son las políticas y cuanto más defensivo es el movimiento social, más terreno gana la renta básica. Cuanto más inaccesibles parecen ser las ayudas sociales, más sentido parece tener la idea de una renta básica. Así pues, la renta básica no parece ser la culminación de los numerosos logros sociales pasados, sino, por el contrario, la alternativa a su desaparición. Es lo que los botánicos comúnmente llaman un “bioindicador”. Nos informa del estado de progreso del neoliberalismo. Su apoyo aumenta allí donde más devastación causan las reformas neoliberales.

Por lo tanto, la apuesta por una renta básica no sólo es de carácter técnico (¿de cuánto dinero? ¿es posible? ¿cómo ponerla en práctica? ¿qué efectos tendrá?), sino que también pone en tela de juicio los fundamentos intelectuales de la izquierda de posguerra. Sin afán de reconstruir historias, mostraré que la idea de la renta básica se abrió camino cuestionando las instituciones de bienestar social. En este sentido, mantiene una íntima relación con el surgimiento del neoliberalismo, tanto en el tipo de respuesta que ofrece a la crisis como en el concepto de justicia social que transmite.

La revolución del estado social

Para comprender el significado político de una propuesta como la renta básica, debemos, en primer lugar, ver a qué se opone. El Estado social y su sistema de seguridad social, de hecho, se basan en una lógica opuesta a la de la renta básica. Su nacimiento y los derechos que se le asocian no son un mero artefacto técnico. Son el producto de una transformación profunda y lenta en la forma en que se entendía la cuestión social, que comenzó a surgir a mediados del siglo XIX, frente al régimen liberal que prevaleció durante la industrialización. Esta “revolución” social estaba basada en cuatro grandes transformaciones.

En primer lugar, se cuestionó la noción de responsabilidad individual. De hecho, el advenimiento de las instituciones de protección social fue posible gracias al desarrollo de una concepción macroeconómica de los problemas sociales. Así, los principios de “responsabilización” de los pobres y la no intervención en las políticas económicas liberales del siglo XIX estaban totalmente desacreditados. La pobreza y el desempleo se pasan a percibir como el efecto del propio sistema económico, y no sólo como una consecuencia de un comportamiento individual fallido (vagancia, inmoralidad, etc.). El problema de la miseria o del desempleo de la clase trabajadora dejan de abordarse con las medidas disciplinarias del régimen liberal, como el trabajo forzoso en los centros de trabajo o los centros de mendicidad ingleses. Lo que está en primer plano en las propuestas de acción política y económica, no es la responsabilidad individual, sino las variables macroeconómicas.

En segundo lugar, la desaparición de la noción de responsabilidad individual implicará la exigencia de derechos sociales con una perspectiva universal y no de favores arbitrarios individuales, como ocurría con la caridad vigente hasta finales del siglo XIX. De hecho, aunque problemas como el desempleo y la pobreza son fenómenos sociales, es natural que el Estado trate de abordarlos colectivamente. La socialización de una parte de la riqueza producida para ofrecer derechos colectivos (salud, educación, pensiones, etc.) crea, además de la propiedad privada, una propiedad social destinada a hacen entrar realmente a los asalariados en la ciudadanía. Fue la solución del siglo XIX a lo que Émile Buret llamó “la separación absoluta del capital y el trabajo”.

En tercer lugar, el empuje de esta propiedad socializada se traduce en un nuevo papel del Estado, un Estado que ya no se limita a actuar en los “márgenes”, sino que actúa sobre todo el cuerpo social. Esta transformación de la protección social amplía el campo de acción del Estado en el ámbito económico. Para ofrecer derechos, es necesario separar el acceso a determinados bienes del acceso de los individuos al mercado. Esta “demarcación” tiene por objeto proporcionar seguridad en aspectos esenciales de la vida (salud, trabajo, ingresos, educación, etc.) y contribuye a un equilibrio de poder más favorable a las clases dominadas frente a las clases dominantes. La lógica del estado social consiste, por lo tanto, en una extensión sin precedentes de mecanismos dirigidos a alejar a los individuos de la violencia de las relaciones comerciales e institucionalizar su fuerza colectiva en torno a la relación salarial moderna y de los derechos que de ella se derivan. Esta idea, que fue la que defendió Karl Polanyi en La Gran Transformación4, que ve, en los principios de protección social, el objetivo de liberar al individuo de las leyes del mercado y de reconfigurar así el equilibrio de poder entre el capital y el trabajo.

Por último, detrás de la regulación de la esfera económica se encuentra el advenimiento del ideal igualitario, verdadero corazón ideológico del proyecto social de posguerra. Si tras las instituciones de caridad pública se esconde la idea de justicia social para los pobres “que se lo merecen”, con la revolución del estado social surge la ambición de la igualdad. De hecho, los niveles de desigualdad conocidos en el período anterior a la guerra son parte de la base de los conflictos que llevaron al viejo continente a la catástrofe. Durante los años 1870-1914 se alcanzaron niveles extremadamente altos de desigualdad y esto parece confirmar la idea, popularizada por Marx, de una acumulación infinita de riqueza en unas pocas manos. En aquel entonces, el problema de la inseguridad social no era visto como un problema en términos de “pobreza” absoluta (“pauperismo”), si no en términos de redistribución general de los ingresos y de reducción de la brecha entre ricos y pobres. Por eso, a las políticas sociales les corresponde encarnar la lucha contra las desigualdades, y establecer, a largo plazo, un derecho universal a los bienes fundamentales. La creciente y cada vez más amplia incorporación de la población a los sistemas de protección social llevará a muchos autores a predecir el fin de la pobreza. Por lo tanto, la solución de los problemas sociales se conecta con el proyecto de universalización de las instituciones de seguridad social.

El retorno de la pobreza

Sin embargo, este optimismo se desvanecerá rápidamente ante la persistencia de la pobreza. Y sería, por primera vez en los Estados Unidos, donde ocurre este retroceso con el enorme éxito del libro de Michael Harrington The Other America, publicado en 1962 y que vendió más de un millón de copias. Harrington habla de esa “otra América”, formada por trabajadores no cualificados, minorías, ancianos, que viven a la sombra del sueño americano y de su crecimiento económico. Piensa que esta América pobre se ha vuelto invisible como resultado del entusiasmo generado por el New Deal. En cierto modo, el desarrollo económico de posguerra habría contribuido al olvido de los pobres y de la pobreza. Ante esperanza traicionada, era hora de volver a situar la pobreza en el centro del debate político.

En Francia, desde principios de los años setenta, el tema de la pobreza ha estado en el centro del debate debido al trabajo de dos altos funcionarios públicos. El primero, René Lenoir, escribe en 1974 Los excluidos: un francés de cada diez. El trabajo de Lenoir será importante debido a su autor, que era ministro de Acción Social bajo el gobierno del presidente francés Valéry Giscard d’ Estaing el año de su publicación. Su postura tendrá un gran impacto e influencia en las políticas sociales en favor de los “excluidos”. Por último, cabe destacar el libro de Lionel Stoléru, también en 1974, que sobre cómo “vencer la pobreza en los países ricos”.5 Sin embargo, lejos de limitarse a la denuncia, su intervención contribuirá también a una transformación más general de la manera en que se concibe la justicia social y sus soluciones. En efecto, la ambición de la universalización de la seguridad social, que dominó hasta mediados de los años sesenta, se va abandonando paulatinamente en favor de una defensa específica de los llamados “nuevos pobres”, que serían las numerosas fracciones “excluidas” de los asalariados y de la prosperidad de los “treinta años gloriosos”. Es el comienzo de los innumerables debates sobre la “exclusión” y sobre la incapacidad de las políticas sociales de posguerra, e incluso sobre su responsabilidad en dicho problema. Nace la idea de que esta “pobreza en medio de la abundancia” no se puede reducir por medio de instituciones convencionales, y se ponen en tela de juicio las políticas sociales que se aplicaron hasta entonces. La seguridad social, el estado social o la legislación laboral habrían “excluido” a los pobres de la distribución de la riqueza y ayudaban a mantenerlos en su posición de exclusión. Por lo tanto, no se trataba de ampliar la seguridad social, ya que era parte responsable de dicha exclusión. Se argumentaba que la seguridad social y los servicios públicos eran ineficaces, burocráticos y totalmente incapaces de dirigirse a aquellos que “realmente lo necesitan”. En términos más generales, muchos estudios (“izquierdistas” y “derechistas”) denunciaron los sistemas de protección como instituciones de control social destinadas a mantener la sumisión al poder estatal más que a emancipar a quienes reciben su ayuda.

En pocos años, la seguridad social y los derechos que impone el Estado social pasan a ser atacados por todas partes. Si hasta entonces el discurso dominante había sido el de la lenta integración de los pobres en las instituciones de los asalariados, ahora se defiende la ruptura. Como señalan acertadamente Jacques Fourier y Nicole Questiaux, la mayoría de los análisis de mediados de 1960 hasta la década de 1970 pretenden demostrar el “fracaso del sistema de protección social” y el “desperdicio de energía durante el proceso de redistribución” y promueven una “idea simple”: “garantizar que todos tengan un mínimo garantizado, en mayor o menor medida independiente de su participación en la protección”6. Se trata ante todo de dar un mínimo a los excluidos de la competencia económica, y de olvidar la regulación de la esfera económica por el Estado. A la idea del seguro, a la que se acusa de mantener al “cuarto mundo” y a los “marginados” en la pobreza, se le opone la idea, de numerosas asociaciones, de un “ingreso mínimo”, un “bienestar mínimo” o un “mínimo social”. Este mínimo sería ante todo “humanitario” o “ciudadano” y no era considerado como una forma de solidaridad vinculada al trabajo.

Sin embargo, esta perspectiva inmediata, anticipa el proyecto más ambicioso al que aspiraban muchos protagonistas de la década de principios de 1970. De hecho, la idea de Milton Friedman del impuesto negativo, a la que seguirá la idea de una renta básica, que reemplacen por completo al sistema de seguridad social, se va abriendo camino.

El impuesto negativo: el antepasado de la renta básica

El hincapié en la idea de limitar la política social al mínimo de subsistencia abrirá rápidamente el camino a la propuesta de los impuestos negativos como alternativa a las viejas políticas sociales. La idea, popularizada por Milton Friedman en 19627 es relativamente sencilla: implica que el Estado conceda una prestación a cualquier persona que se encuentre por debajo de un determinado nivel de renta. Ya no se trata de distinguir entre los que trabajan y los que no, entre los “merecedores” y los que no lo merecen. Todo el mundo recibiría, por debajo de cierto umbral de ingresos, un suplemento del gobierno (un impuesto negativo). El objetivo es garantizar que nadie pueda estar por debajo de un nivel mínimo y evitar que se pierda tiempo en papeleos. Para Friedman, esta medida evidentemente se acompaña del fin de los servicios públicos, de la seguridad social y de cualquier forma de “socialización” de los ingresos con fines colectivos. Según sus preceptos, es preferible subvencionar directamente a las personas y no ofrecerles servicios colectivos que son ineficientes, injustos y que interfieren en el mercado. Su idea se hace eco de los numerosos defectos atribuidos a un sistema anticuado y se abre camino entre todos los partidos.

En Francia, Stoléru y Lenoir serán los principales defensores de este impuesto, que defienden en sus respectivos libros. Para luchar contra la pobreza, Stoléru aboga por una reforma radical de la seguridad social, a la que compara con un “colador ineficaz”, y Lenoir presenta el impuesto negativo como “la mejor técnica” para trabajar por “la desaparición de la pobreza”8. Esta idea, por muy contrario a la intuición que pueda parecer, también formará parte de las reivindicaciones a largo plazo de algunas asociaciones populares como ATD-Cuarto Mundo, quienes defienden que, además de las medidas inmediatas, “la técnica del impuesto negativo presenta más coherencia y garantías que la legislación vigente que establece los derechos garantizados”9.

Esta deriva hacia un sistema en general asociado a la derecha arroja luz sobre la ambigüedad de las reivindicaciones de las asociaciones sobre la pobreza y, más concretamente, sobre su relación con el Estado y los sistemas de seguridad social. Sin embargo, estas ambigüedades no se limitan al sector del voluntariado. A modo de ejemplo, el interés que despierta en un intelectual como Michel Foucault, ya a finales de los años setenta, revela con toda claridad el clima antiinstitucional de una nueva izquierda relativamente escéptica en cuanto a las ventajas del “estatismo”. De hecho, Foucault dedicará largas reflexiones al impuesto negativo en el nacimiento de la biopolítica. La ausencia de criterios de adjudicación es lo que más atrae al filósofo. En su opinión, este sistema es una respuesta a la gobernación y a las formas de normalización impuestas por las caducas instituciones centralizadas y estatales de la seguridad social. Como él mismo señala, “poco importa esta famosa distinción que la gobernabilidad occidental ha buscado durante tanto tiempo, distinguir entre pobres buenos y pobres malos, entre quienes no trabajan por voluntad propia y quienes que están desempleados por razones involuntarias. Después de todo, no nos importa, y debe causar risa, por qué alguien cae por debajo del nivel de juego social; si está drogado o si es un desempleado voluntario, nos importa un bledo.”10 Para Foucault el Homo œconomicus es un agente cuyo único interés son los cálculos racionales; por lo tanto, sus elecciones no se deben juzgar desde un punto de vista moral, sino que simplemente se entienden a través de su interés. Después de todo, no le corresponde al Estado decidir qué debe hacer con su dinero el agente (usarlo en salud, educación, consumo, etc.), sólo a él le corresponde decidir, más allá de todo juicio normativo. El nuevo sistema permitiría por tanto prestar asistencia a la población “flotante” o excedentaria para el mercado de trabajo “de un modo muy liberal, mucho menos burocrático y mucho menos disciplinario que un sistema centrado en el pleno empleo y que aplicaría mecanismos como los de la seguridad social“11. De esta manera, básicamente evita todo lo que Foucault denuncia a lo largo de los años en el curso de su trabajo, todas las formas de control de los cuerpos, conductas y sexualidad, que están activas -a menudo de forma oculta- en numerosas políticas sociales de reducción de las desigualdades.

Sin embargo, la popularidad de este sistema no será sólo teórica, y acabará generando los primeros experimentos a gran escala. En primer lugar, en los Estados Unidos, donde se considera seriamente su puesta en marcha. Aunque se menciona por primera vez durante el gobierno de Johnson a mediados de la década de 1960, será principalmente la presidencia de Richard Nixon la que prevea su implantación. Sin embargo, su plan para ayudar a las familias, que fue diseñado como un impuesto negativo, no fue más allá de algunos experimentos realizados en Nueva Jersey. En Francia, Giscard trató de introducirlo tan pronto como fue elegido presidente en 1974 y, en Canadá, una experiencia de impuestos negativos (“Mincome”)12 tuvo lugar entre 1975 y 1979. En muchos países europeos, el impuesto negativo aparece en las agendas políticas de los partidos de derechas que llegan al poder entre mediados de los setenta y principios de los ochenta.

Renta básica: el colectivo Fourrier

Estas ideas calan rápidamente entre destacados intelectuales de izquierdas, que tienen suspicacias respecto al estado. Esta nueva izquierda, fuertemente influenciada por Mayo del 68 y la autogestión, busca romper con una izquierda excesivamente centralizada, que aspira a conquistar el poder del estado y muy “jacobina”. Para ellos, la idea de un impuesto negativo podría ser una fuente de emancipación y progreso social si se diseñara adecuadamente. Podría ser utilizada como eje de una izquierda libertaria, o como dice Philippe Van Parijs, de un “camino capitalista hacia el comunismo”.13 Al emanciparse de las viejas instituciones asalariadas y de la centralidad del trabajo que imponen, sería posible, mediante la introducción de una renta básica, transformar profundamente la lógica económica capitalista. Políticamente, la idea surge por primera vez en 1977 en los Países Bajos y en países europeos como Alemania, Bélgica y el Reino Unido a principios de los años ochenta. Sin embargo, la primera formulación precisa y cuantificada de esta propuesta se remonta a 1984, cuando en Bélgica, el filósofo Philippe Van Parijs, el sociólogo Paul-Marie Boulanger y el economista Philippe Defeyt (cercanos al movimiento ecologista belga y al movimiento católico belga), junto con el colectivo Fourier, obtienen el premio de la Fundación Rey Balduino14 por su propuesta de sustituir la seguridad social por un sistema universal de renta básica. Aunque el proyecto de este colectivo no reivindica las ideas neoliberales del momento, empieza con estas sorprendentes líneas:

Eliminar los subsidios de desempleo, las pensiones, el minimex15, las ayudas familiares, las desgravaciones fiscales y los créditos fiscales a gente con personas a cargo, las becas […], las ayudas estatales a las empresas en crisis. Y pagar a cada ciudadano mes a mes lo suficiente para cubrir las necesidades básicas de un individuo que vive solo. Páguesele trabaje o no, sea pobre o rico, viva solo o con familia, viva en pareja o en comunidad, haya trabajado o no. [….] Y financiemos todo esto con un impuesto progresivo sobre los demás ingresos de cada individuo. Al mismo tiempo, desregulemos el mercado laboral. Suprimamos toda legislación que imponga un salario mínimo o un tiempo máximo de trabajo. Eliminemos todas las barreras administrativas al trabajo a tiempo parcial. Reduzcamos la edad a la que finaliza la escolaridad obligatoria. Eliminemos el requisito de jubilarse a una edad determinada. Hagamos todo esto. Y veamos lo que pasa.”16

Para sus promotores, está claro “qué pasará”: el desempleo “desaparecerá”, la pobreza “será eliminada”. Mejor aún. Estaríamos asistiendo al fin de las instituciones burocráticas y de sus interminables papeleos administrativos, la economía se emanciparía finalmente de las restricciones estatales – ellos piden una “reducción radical de las actividades estatales” – y, más concretamente, del derecho laboral. La renta básica también permitirá que el trabajo sea algo “opcional”, liberará a las mujeres de la relación de dominación doméstica y “acabará “con los ingratos trabajos que los beneficiarios sociales están obligados a aceptar bajo el riesgo de perder su subsidio. Al maximizar el mercado (mediante la destrucción efectiva de todas las regulaciones que lo limitan) y garantizar al mismo tiempo un ingreso básico, podríamos beneficiarnos tanto de las virtudes del mercado como de las del socialismo. La renta básica sería, en definitiva, una síntesis de las utopías liberales y socialistas.

Esta ambigüedad de una política supuestamente de izquierdas pero que se verá como “liberal” refleja los paradigmas intelectuales en los que navega Philippe Van Parijs durante este período. El filósofo, atraído por las teorías libertarias, no dudó en verlo como una especie de alternativa a la tradicional oposición entre izquierda y derecha. En su opinión, la renta básica es “un proyecto radical que atraviesa el eje izquierda/derecha”, un proyecto que escapa “a la polarización habitual entre una derecha que pide más mercado y una izquierda que exige más estado”. Porque al declarar el derecho a un ingreso independiente de cualquier prestación al mercado o al estado, promueve el desarrollo de una tercera esfera económica, la de las actividades “autónomas”17. Según el filósofo, hace posible salir de la “estatización” de la izquierda18 y confrontar seriamente de una manera novedosa la crítica neoliberal al estancamiento del socialismo.

Por lo tanto, de manera simultánea, a ambos lados del espectro político, algunas voces promueven una liquidación pura y simple de la seguridad social y de las regulaciones del mercado laboral en favor de una lucha contra la pobreza basada en un sistema de ingresos universal. Esto demuestra hasta qué punto, a inicios de 1980, habían desaparecido preceptos del pasado y había mutado la forma de concebir las políticas sociales.

El triunfo de la ideología neoliberal

La creciente popularidad de la renta básica a finales de los años ochenta acompañará, acelerará incluso, el consenso emergente en torno a las ideas neoliberales. La concepción de justicia social plasmada en la idea de la renta básica se opone en todos los sentidos al espíritu del socialismo de posguerra. Lejos de situar las variables macroeconómicas en el centro de la política, la idea central del nuevo proyecto político es el individuo. De hecho, al pagar a cada individuo un ingreso básico, pasa a segundo plano la idea de una gestión colectiva de un ingreso socializado, y predomina su apropiación privada. Lo que se defiende es la libre elección de cada persona de hacer lo que quiera con esta suma, frente a su uso social. Lo que se valora no es la retirada colectiva de los individuos de las fuerzas del mercado, sino más bien su oportunidad de participar en ellas. El acceso a los bienes sociales ya no se garantiza socialmente, sino a través de una participación, de todos, en el mercado.

De este modo, se abandona la idea de combatir la desigualdad. En este sentido, es interesante observar que Lionel Stoléru, en el mismo espíritu de Milton Friedman, plantea un argumento filosófico, distinguiendo entre una política que busca la igualdad (socialismo) y una política que simplemente quiere erradicar la pobreza sin poner en tela de juicio las diferencias sociales (liberalismo). Según él, “las doctrinas […] pueden alentar una política dirigida a erradicar la pobreza o una política que busque limitar la brecha entre ricos y pobres”19. Es lo que denomina la “frontera entre la pobreza absoluta y relativa“20. La primera se define por un nivel determinado arbitrariamente (al que va dirigido el impuesto negativo o la renta básica) y la segunda a las diferencias generales entre individuos (las que mitiga el sistema de seguridad social y el Estado social). En su opinión,”la economía de mercado es capaz de asimilar acciones para combatir la pobreza absoluta“, pero “es incapaz de digerir remedios demasiado fuertes contra la pobreza relativa“21. Por eso, argumenta, “creo que la distinción entre pobreza absoluta y pobreza relativa es de hecho la distinción entre capitalismo y socialismo…”22. Pero reemplazar la igualdad por la reducción de la pobreza también significa cambiar el principio subyacente de justicia. De hecho, gracias a esta operación ideológica fundamental nace una noción de justicia social basada en la igualdad de oportunidades. La igualdad tenía por objeto reducir la disparidad entre ingresos, sin embargo, la igualdad de oportunidades sólo se refiere a la forma en que se distribuyen las desigualdades. Velará por que no sean producto de injusticias que hayan socavado la libre competencia o que la hayan distorsionado. Así pues, la exclusión, el racismo o el sexismo distorsionan el juego económico al favorecer, desde el principio, a algunos individuos en lugar de a otros. Por lo tanto, el objetivo de la igualdad de oportunidades no es abolir la competencia (crear una verdadera igualdad), sino garantizar que la competencia sea justa, que todos estemos en la misma línea de salida. Gracias a la renta básica, por lo tanto, sería posible paliar las discriminaciones y restablecer el equilibrio del juego económico. Sin embargo, una sociedad en la que hubiese de manera exacta la misma igualdad de oportunidades no sería necesariamente menos desigual que la sociedad actual. Probablemente sería más “diversa” y menos influenciada por el peso de nuestros orígenes sociales. Al principio todos tendríamos la misma oportunidad de hacernos ricos, pero sólo un cierto número de personas se haría rico. Por lo tanto, la igualdad de oportunidades aspira a crear una sociedad meritocrática y no igualitaria. Aunque es más envidiable que una sociedad con discriminaciones, no es menos injusta. Las únicas injusticias consideradas ilegítimas son ahora las que aparecen como infracciones de las fuerzas del libre mercado (exclusión, discriminación, etc.) y no la desigualdad como tal.

Por consiguiente, lo que se cuestiona es precisamente la noción de derecho social. Para Friedman, por ejemplo, era preferible pagar una cierta cantidad de dinero a cada individuo para que pudiera decidir individualmente si prefería consumir más salud o irse de vacaciones. Así pues, el entablado neoliberal se construyó, en cierta medida, frente a la atribución de un estatuto específico a bienes como la salud o la educación. No son un “derecho” objetivamente cuantificable y deberían estar sujetos a las normas del mercado, al tiempo que se amplían las posibilidades de que todos puedan “consumirlas”. Aunque los partidarios de la renta básica nunca han defendido esta versión de su propuesta (generalmente no dicen nada sobre los servicios públicos y poco sobre lo que le ocurriría al resto de los sistemas de protección, como la asistencia sanitaria), sin embargo, fortalecen esa dinámica. Por otra parte, una renta básica universal “generosa” -es decir, que “permita” no trabajar- es financieramente inconcebible sin una fuerte reducción de otros gastos sociales “colectivos”. La introducción de una renta básica podría provocar una privatización masiva de los antiguos recursos colectivos para ampliar la esfera del mercado en lugar de restringirla. Por lo tanto, trabaja en contra de la tendencia histórica que surgió a finales del siglo XIX de utilizar el Estado contra el mercado. De hecho, el sistema de tributación impuesto por la renta básica no implica en realidad “menos Estado”, sino un Estado que amplía la esfera del mercado.

La mundialización de una idea conservadora

Este cambio tendrá efectos importantes en la evolución de las políticas de desarrollo. En el Tercer Mundo, donde se ha experimentado con las versiones más limitadas de esta retribución, la imagen es particularmente sorprendente. A principios de los años noventa, las principales organizaciones internacionales (FMI, PNUD, ONU, etc.) sustituyeron progresivamente el discurso centrado en el acceso a los derechos por el de la lucha contra la pobreza. Durante este decenio, el tema de la pobreza se convirtió en el tema central y la renta básica la respuesta de moda. Hay que entender este cambio en el contexto del fin de la Guerra Fría, en un momento en el que se lucha por resetear con los “dogmas del pasado”, especialmente en lo que se refiere al papel del Estado y a la redistribución de los ingresos en las políticas de desarrollo. Como dice Francine Mestrum: “Por paradójico que parezca a primera vista, la lucha contra la pobreza constituye un retroceso con respecto a la protección social existente en el mundo occidental y más o menos embrionaria en el mundo pobre23.” También es interesante leer los textos de las principales organizaciones internacionales sobre este tema. Los informes del PNUD señalan que, si bien “la reducción de la pobreza tiende todavía a identificarse con la seguridad social o la protección social“, esto parte “tal vez de buenos sentimientos“, pero en realidad es “ineficaz“.24 En opinión de la organización para el desarrollo, “la seguridad social puede no ser el mejor uso que pueda usar con los recursos de que dispone un país en desarrollo “25. La aplicación de estas políticas ha acompañado, por tanto, a los numerosos planes de “ajuste estructural” que propugnan estas mismas organizaciones, que a menudo piden la privatización de todo servicio público y de todo sistema de protección social a cambio de créditos para saldar deudas en ocasiones ilegítimas. Estas reformas, que maximizan las “leyes del mercado”, crean por lo tanto mayores desigualdades en los países donde se aplican, que son compensadas por los escasos presupuestos de reducción de la pobreza. Así pues, mientras que la pobreza absoluta (medida por el número de personas que viven con menos de 1,25 dólares al día) ha disminuido en promedio en los últimos 30 años, las desigualdades dentro de cada país han aumentado. En cierto sentido, esta política de desregulación de la esfera económica ha ido de la mano de la lucha contra la pobreza. Es una política que da con una mano mientras que roba diez veces más con la otra.

En este sentido, es significativo ver cómo las grandes fortunas del mundo o los gurús de Silicon Valley se comprometen en esta lucha contra la pobreza o con algo parecido a la renta básica mientras defienden, sin aparente contradicción, las “virtudes” del neoliberalismo26. Estas nuevas estrategias permiten poner las cuestiones sociales en la agenda política sin tener que luchar contra las desigualdades y los mecanismos estructurales que las producen. Quieren convertir a los pobres en agentes económicos racionales, pero rechazan cualquier forma de servicio público. Evidentemente, esto no significa que, en estos países, donde a menudo no existe protección social alguna, el establecimiento de una renta garantizada sea algo malo. Muy a menudo, como muestran las cifras, puede mejorar la vida cotidiana de muchas personas. Sin embargo, el hecho de que su suerte haya mejorado no significa que hubiese les hubiese ido peor de tener salud y educación gratuitas.

Salir de la ideología neoliberal

Aunque los sistemas de renta básica o de impuesto negativo nunca se han aplicado plenamente, el espíritu de estas propuestas ha dominado las políticas sociales europeas en las últimas décadas: reducir el gasto público destinado a la comunidad, garantizando al mismo tiempo ciertos derechos residuales para los más pobres. Por lo tanto, estas políticas acompañan el lento desmantelamiento de los derechos sociales ofreciendo una pequeña compensación por el ahorro logrado en el gasto público. Conocemos los efectos de esta política. La riqueza ha aumentado considerablemente, pero está cada vez peor repartida. De esta manera, la ambición de combatir la desigualdad se ha sustituido por la de luchar contra la pobreza. Sin embargo, más que una mera variación léxica, hemos asistido a una reconfiguración de todo un imaginario político. La pobreza, desconectada de la desigualdad, ya no se concibe como una consecuencia de la distribución desigual de la riqueza. Hoy en día las medidas de lucha contra la pobreza se llevan a cabo junto a las políticas económicas y sociales mundiales, sin ponerlas en tela de juicio o afectarlas. Estas medidas abogan por la igualdad de oportunidades en el mercado, no por una igualdad real frente al mercado. En realidad, sólo la ideología neoliberal, que está en el centro de nuestro imaginario político actual, ha permitido alimentar la fantasía de una lucha contra la pobreza sin redistribución de la riqueza.

Por lo tanto, debemos volver al legado emancipatorio del período de posguerra. Las instituciones que estableció el movimiento obrero después de la Segunda Guerra Mundial son mucho más que instrumentos de “estabilización” del capitalismo. Es cierto que estas instituciones están atravesadas por importantes contradicciones políticas, pero también son, en esencia, los elementos de una sociedad diferente, en la que el mercado ya no tiene el lugar central que ocupa hoy en día. Por lo tanto, debemos continuar el trabajo ideológico y político iniciado con el nacimiento del Estado social, radicalizar su patrimonio, llevarlo cada vez más lejos e imaginar con él, no contra él, una sociedad verdaderamente igualitaria y democrática. La utopía no es sólo un más allá, sino también una realidad."               (Daniel Zamora  , lamayoría, 21/12/17)

26/11/21

Lo productivo se puede hacer con mucha menos mano de obra. Solo te vienen bien como consumidores y pagadores de impuestos. Para que eso funcione, la población tiene que tener algo para poder pagar... Por eso hablamos de renta básica... para que podamos tener cierta paz social, vamos a lanzar la renta básica. Por eso Silicon Valley fue de los primeros sitios en propugnarlo...

  "(...)  En el libro hay mucha geografía y menos demografía. Otro problema de Europa es el envejecimiento de la población, que tiene consecuencias para la sostenibilidad.

Es un problema enorme en muchos sentidos. Somos una población envejecida, lo cual sería un problema grande. Pero si uno examina el futuro y las previsiones que se están haciendo, te das cuenta de que la población que ahora mismo importa mucho tiene una relevancia menor de lo que parece. ¿Para qué necesitan los Estados población? Para tener soldados, mano de obra y en un momento determinado consumidores y gente que paga impuestos.

Ahora las guerras las grandes potencias las pueden hacer con muchos menos soldados, para eso está la tecnología. Lo productivo se puede hacer con mucha menos mano de obra. Solo te vienen bien como consumidores y pagadores de impuestos. Para que eso funcione, la población tiene que tener algo para poder pagar. Pero los otros elementos ya no están presentes. 

Por eso hablamos de renta básica. Como vamos a precisar mucha menos mano de obra, necesitamos un período de readaptación al nuevo modelo productivo que va a dejar fuera a mucha gente. Esa gente debe readaptarse, y para que podamos tener cierta paz social, vamos a lanzar la renta básica. Por eso Silicon Valley fue de los primeros sitios en propugnarlo.

 Esa población que antes era un elemento imprescindible ahora lo es menos. Y ahora el sector donde necesitas mano de obra intensiva, que puede ser servicios, requiere mano de obra más barata, algo a lo que en Occidente, por los derechos adquiridos, no queremos aceptar. Bueno, ahí tienes un problema social.

Al mismo tiempo, hablando de Europa, tienes la presión demográfica africana. Lógicamente, quieren penetrar en Occidente, y no sabes como darle solución. Dices: “Cierto nivel de inmigración me viene bien, pero no puedo soportarla toda”. Y tienes el caso del Mediterráneo. Se juntan la menor necesidad del sistema y el caso de los desfavorecidos que quieren irse para mejorar sus condiciones de vida. Es un problema de muy difícil solución.   (...)"                      (Entrevista a Esteban Hernández, Daniel Gascón, letras libres, 06/04/21)

14/9/21

La renta básica universal: trampa para la izquierda

 "En un anterior artículo sobre la renta básica universal (RBU) exponía sus ideas básicas, defensa y crítica de ésta y viabilidad, y avanzaba algunas dudas sobre esta idea de la RBU como solución a la pobreza.

En este voy a ahondar en esas dudas, aclarar alguna idea y revisar otras ya expuestas. Por ejemplo:

1. ¿A qué cantidad debería corresponder la RBU?

2. ¿La salud mental mejora si se recibe una RBU?

3. ¿Es una medida progresista y de izquierdas?

4. ¿Es una medida que contribuye a la Igualdad mujer-hombre?

Vamos a ver punto a punto.

1. ¿La RBU debería ser igual, menor o superior al salario mínimo interprofesional (SMI), a la renta mínima de inserción (RMI), al ingreso mínimo vital (IMV), al indicador público de renta de efectos múltiples (IPREM) o al indicador de umbral de pobreza (IUP)?

Pues depende de qué fuente se consulte. Si tomamos el criterio de Arcarons, Domènech, Raventós y Torrens[1] “la cantidad de RB es igual o superior al umbral de la pobreza”. Como a 2020 ese umbral se situaba en España en 9.626 €/persona/año (802 €/mes)[2] el que se abonase en la RBU 850, 900 o 950 €/mes es una opción tan “realista” como cualquier otra; y, por supuesto, es más generosa que la RMI, que según autonomías va desde los 300 € de Murcia a los 665 € del País Vasco[3], el IMV[4] de 469,93 €/mes o al IPREM, que para 2021 será de 564,90 €/mes. Y más sencilla de obtener, pues no se piden requisitos algunos.

De modo que la cuantía de la RBU está abierta a diferentes valoraciones, y como dice ATTAC España[5] “es una asignación monetaria de cuantía suficiente, es decir, igual o superior al umbral de la pobreza”. Y al definir la “cuantía suficiente” especifica que “su importe debe ser al menos superior al umbral de pobreza y debe permitir un nivel de vida digno”.

Luego, decir que la RBU puede ser o debería ser equivalente al SMI -que es muy justito- no es ninguna idea descabellada ni fuera de lugar, salvo que se quiera una RBU de mínimos, de subsistencia. Algo con lo que la derecha que ahora defiende esta idea estaría de acuerdo. Pero sobre por qué la derecha y los multimillonarios como Elon Musk y otros ven con buenos ojos la RBU trataré más adelante.

Una crítica muy habitual a qué cuantía sería la adecuada es que en unos casos -si es muy cercana al umbral de pobreza- se queda corta para quienes más lo necesitan, y para quienes tienen mayores ingresos -y cuanto más alto más, que también la recibirían- no tendría casi ningún efecto de mejora siendo una cantidad insignificante respecto a sus ingresos totales.

2. ¿La salud mental mejora si se recibe una RBU?

Si se está con una IMV de 460 € y pasas a 800 o 1.000 € evidentemente que sí se despejan muchas preocupaciones, y como no hay que justificar nada ni andar con revisiones pues la tranquilidad que se gana es evidente.

Pero la mejoría de la salud mental no depende del nivel de ingresos -con ser importante- sino de las condiciones sociales en las que se desenvuelve la persona, de si el trabajo o actividad que realiza satisface, del tiempo y modo de ocio, de las relaciones interpersonales (pareja-amistades), de la participación social (asociaciones-partidos), si ve sentido a su vida, si siente que dirige su vida, etc. Ojalá el dinero fuese la solución. Por supuesto que quien está en la pobreza cualquier cantidad es “salud”, pero hay que valorar qué está siendo condicionado socialmente respecto al futuro. Lo comentaré a continuación en el punto tercero.

3. ¿Es una medida progresista y de izquierdas?

No. Así de simple. Entonces, ¿cómo es que tantas organizaciones progresistas como ATTAC, partidos como Podemos, PSOE, Ciudadanos, intelectuales de izquierda han defendido esta idea?

Pues porque es muy simple en su enunciado básico: El capitalismo no asegura trabajo para todos y expropia el capital del trabajador hasta niveles obscenos, pues que al menos asegure un nivel de subsistencia a ese trabajador. Si el 10% más rico de la población española concentra más riqueza que todo el 90% restante, que menos que distribuyan una parte de su riqueza para que ese 90% no piense en tomarla por su cuenta.

Y esta ingenua idea es la que está detrás de la renta básica universal: Rico, reparte un poco de lo que tienes o los que no tienen pueden ir un día a quitarte todo.

Y esa situación de acumulación de capital se va a ir agravando según avancen los procesos de robotización de la industria y de los servicios. En la industria manufacturera el proceso se inició hace décadas y en su extensión hoy llega con fuerza al transporte, la logística y a cualquier proceso que por efecto del desarrollo de la inteligencia artificial se pueda automatizar.

Y por efecto de esta automatización hay millones de personas, que hoy tienen trabajos de baja cualificación, y no sólo ellos, que pueden perder su puesto en breve. Sin que los procesos de formación o reciclaje puedan dar una nueva salida profesional a esta población.

Los defensores de la RBU se conforman con recibir esa caridad antes que preguntarse por qué se generan esas desigualdades escandalosas en la acumulación de riqueza, por qué se acepta que no habrá trabajo para todos y hay que arbitrar un pago que cubra lo imprescindible a los que no van a tener nada.

Y si se preguntan cómo es que existen esas diferencias abismales en el reparto de la riqueza y por qué se han generado parece que han desistido de cambiar la situación, y a lo que aspiran es a minimizar las consecuencias más graves de la miseria con un “salario” de subsistencia. Los defensores de la RBU aceptan que este estado de cosas continuará así antes que enfrentarlo y cambiarlo. La RBU es un bálsamo para aplacar el escozor social.

Los defensores de la RBU aceptan que aunque se desarrollen nuevos servicios para trabajos hoy mal atendidos como la dependencia, el reciclado y ecología, rehabilitación de espacios y entornos, sanitarios, etc., el incremento sin control de la población lleva a que se generen millones de personas sin trabajo ni visos de tenerlo, y a los que la robotización les va a ir haciendo cada día más difícil encontrarlo.

Se abandona la idea del derecho al trabajo como generador de progreso social y personal por el derecho a la subvención como dolce far niente que mantiene a sus perceptores pobres -los ricos se lo montan de otra manera-, en un estado de anomia e individualismo estéril negando la función social del trabajo como creador de unión y solidaridad entre las personas y comunidades.

Se ignora que la RBU es pan para hoy y hambre para mañana, porque el pago por no hacer nada conlleva aceptar varias trampas ideológicas y el reconocimiento de una derrota como es aceptar que la situación actual es inamovible y lo del pleno empleo o cambiar el modelo productivo o la propiedad de los medios de producción algo a olvidar por la izquierda. Cosas del s. XIX.

Y hay un contrasentido evidente en la defensa de la RBU, y es ¿quién consumirá lo que se produce en una industria robotizada si cada vez hay menos obreros y los que quedan ganan lo justo para sobrevivir? O ¿es que se va a incrementar la RBU con el IPC, o por encima, para mantener el poder adquisitivo de los que sólo reciben la RBU, cada vez más numerosos, y los que cobren un salario mínimo + RBU? Es una incongruencia económica notable.

Los Elon Musk, Amancio Ortega, Richard Bransom, Mark Zuckerberg pagando porque les compren sus productos, y pagando más impuestos para mantener la RBU. Absurdo. ¿Quién se cree que eso lo aceptarían sin pedir a cambio eliminar gastos en el Estado?

Bueno, pues esto es lo que se creen los defensores de la RBU -angelitos- Así leemos que “Es lo que hemos venido diciendo desde hace mucho tiempo aunque hay quien no ha querido entenderlo: todo el mundo recibe la RB, pero no todo el mundo gana; los ricos pierden”[6].

Justo en eso están pensando Amancio Ortega y compañía: en perder. Es un mal chiste. El que la experiencia finlandesa[7] en 2017 fuese un fracaso –y ya sé que fue muy limitada, porque no era una RBU tal cual- no parece tener impacto en la creencia de las virtudes de la RBU a escala nacional o mundial.

Pasemos al último punto.

4. ¿Es una medida que contribuye a la Igualdad mujer-hombre?

En principio y sobre el papel sí: lo reciben igual hombres que mujeres. Igualdad absoluta. Pero qué sucede: que se parte de una situación de desigualdad y con la RBU no se cuestiona esa desigualdad. Al igual que sucede con el reparto de la riqueza.

Pues al igual que en una situación en que se instaura la RBU a unos les pilla en la miseria y a otros bien acomodados, a las mujeres, como a los grupos tradicionalmente marginados en el mundo laboral les pillaría y enquistaría en esa situación. Porque lo que la RBU “soluciona” es el nivel de subsistencia, que no desprecio, al contrario, pero no añade ninguna opción de revertirlo.

Porque lo que la RBU muestra es la idílica situación de que quien recibe ese suplemento, aparte de su salario, ya no está sujeto a tener que aceptar unas malas condiciones de trabajo, sino que podrá irse a casa, a dedicarse a sus hobbies y a buscar tranquilamente ese trabajo que le llene o si no lo encuentra a trabajar en una ONG, montar una asociación de amantes de los campanarios románicos o dar la vuelta al mundo.

Y quiénes van a ser quienes tengan esa presión por irse a casa a “vivir mejor” ante una situación de escasez de trabajo y cobrar por no hacer nada: Exacto, las mujeres. A cuidar a los hijos, a dedicarse a sí mismas… En definitiva: a ser felices.

En la RBU se olvida que quienes tiene los trabajos más precarios, temporales, peor retribuidos y se ocupan del cuidado y mantenimiento de la casa son las mujeres,[8] como dijo en su momento Victoria Sau; y eso no cambia porque reciban el suplemento de la RBU, sino que puede agravarlo reforzando los estereotipos sociales.

La RBU no cambia, ni lo pretende, la estructura ideológica asociada al reparto de tareas en base al sexo, ni critica los procesos de socialización hombre-mujer. No es su campo, y como tal no entra a criticar lo que existe, ni a su transformación, sino más bien a mantenerlo dando un refuerzo económico al hecho de permanecer en casa, en el caso de la mujer.

En conclusión, la RBU:

  1. La cuantía es variable, y no hay una cifra acordada fija entre sus partidarios.
  2. Sí resuelve un problema inmediato para quien está en la miseria, si es que su cuantía es el SMI o por encima.
  3. Sí mejora, entonces la situación de angustia -salud mental- inmediata de quien la recibe, a corto plazo.
  4. No cambia la situación de paro estructural que hay ni modifica el sistema que permite la actual acumulación de riqueza.
  5. Acepta que la riqueza se genere como actualmente lo hace; es más, confía en que así siga siendo para que los ricos paguen con mayores impuestos esa RBU. Ingenuos.
  6. No explica qué pasa con los servicios públicos que mantiene el Estado y aseguran la estabilidad y bienestar de la generalidad de la población. Confían en que se mantengan."          (Ricardo Fernández, El Común.es, 10/09/21)

 "La renta básica universal (RBU)

 ¿Qué es la RBU?

Primero vamos a ver algunos conceptos básicos de qué es y qué no es la RBU. Y en la medida de lo posible voy a referirme a la situación en España.

La renta básica universal (RBU) también se la denomina ingreso básico universal (IBU), renta básica incondicional (RBI), ingreso ciudadano (IC), ingreso mínimo (IM)…

La RBU es una asignación mensual que el Estado entrega a cualquier ciudadano sólo por el hecho de vivir en ese país que le permita subsistir y con independencia de su nivel de renta, si está en el paro o no, si busca o no trabajo, quiere o no trabajar y cualquier otra condición.

Así es posible que se trabaje, gane mucho o poco, se abandone voluntariamente el trabajo, te despidan y se reciba este complemento equivalente al SMI, o al criterio que se establezca en cada país.

En algunas propuestas sí hay alguna condición para establecer la cuantía de ese RBU, como la edad: no se le daría lo mismo a un menor de 14 años (18 años en otras formulaciones) que a un adulto.

El pagador es el Estado y lo hace con los presupuestos generales del Estado (PGE), por lo que se nutre vía impuestos para ese fondo de la RBU, donde el presidente de La Caixa pagaría en función de su nivel de ingresos brutos totales y el jornalero de los suyos, o estaría exento.

La RBU no es un subsidio que se reciba condicionado a una situación de pobreza o marginación social, enfermedad, etc. Puedes ser el presidente de Mercadona o un reponedor con contrato temporal y recibirías la misma asignación.

No es “una prestación dirigida a prevenir el riesgo de pobreza y exclusión social de las personas que viven solas o están integradas en una unidad de convivencia y carecen de recursos económicos básicos para cubrir sus necesidades básicas” (Ingreso Mínimo Vital).

https://www.seg-social.es/wps/portal/wss/internet/Trabajadores/PrestacionesPensionesTrabajadores/65850d68-8d06-4645-bde7-05374ee42ac7

Tampoco la RBU es una medida complementaria de las rentas mínimas de inserción (RMI) que algunas CCAA han aprobado en España, ya que las rentas mínimas son maneras  atajar la pobreza extrema y no llegan a todos sus posibles usuarios por complejidades administrativas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Renta_m%C3%ADnima_de_inserci%C3%B3n_(Espa%C3%B1a)

¿Quién defiende esta idea de la RBU?

Pues ahora parece que todo el mundo, desde el Foro Económico Mundial (WEF, en inglés) en su cumbre de anual de Davos (2017) al Papa pasando por los partidos políticos de derecha e izquierda, intelectuales de todo tipo y medios de comunicación; si bien con bastantes diferencias en sus formulaciones.

En España se presentó el 15 de enero de 2014 una Iniciativa Legislativa Popular por Unidas-Podemos que no prosperó, porque son necesarias 500.000 firmas para que fuese debatida en el Congreso de los Diputados y sólo recogieron 150.000, aun dando una prórroga para completar el expediente.

http://www.juntaelectoralcentral.es/cs/jec/ilp/legislaturas/Legislatura?idDocNumExp=22&p=1379061558559&sIdLeg=10&template=ILP/JEC_DetalleBD

Anteriormente, en 2013, la Comisión Europea había aprobado una Iniciativa Ciudadana Europea de recogida de firmas para incentivar la idea de la RBU. Se necesitaban un millón de firmas para tramitarla y no pasaron de 290.000 firmas, de las cuales 28.000 eran españolas.

¿Defensa y crítica de la RBU?

Defensa:
1. Es universal y sin criterios de discriminación.
2. Las personas en situación de pobreza “saldrían de ella” de forma permanente y sin necesidad de trámites ni revisiones en el tiempo.
3. Nadie tendría que aceptar un trabajo por un salario miserable, y si lo hace la RBU le compensaría esa miseria.
4. Los empleadores al ver que nadie coge sus ofertas de trabajo con salarios bajos los elevarían.
5. Se trabajaría en lo que realmente gustase y en mejores condiciones.
6. Si no se trabaja en algo remunerado se puede dedicar el tiempo a lo que verdaderamente llena las aspiraciones personales de cada cual sin perder esa RBU.
7. Mejoraría la opción de negociar las condiciones de trabajo al tener asegurada una RBU siempre.
8. Se eliminarían trabajos administrativos del Estado: perseguir el fraude en el cobro del paro, las condiciones insalubres, el cobro en “B”, IVM, RMI, etc, al ser un ingreso que se recibe sólo por el hecho de existir, con el consiguiente ahorro para el Estado.
9. Si quieres ser autónomo pues lo eres y si fracasas no te “arruinas” porque sigues con la RBU a salvo.

Crítica:
1. Se perdería mano de obra, ya que habría un número significativo de gente que se quedase en casa o dedicada a sus aficiones sin más.
2. Ni el esfuerzo personal, ni la formación tendrían el reconocimiento adecuado.
3. Se crearía un masa de dependientes del Estado que haría peligrar las conquistas sociales del movimiento obrero (Sanidad y educación universal, Pensiones, Dependencia…).
4. Los trabajos más penosos serían realizados por los que no tuviesen la ciudadanía del país y por lo tanto no recibirían la RBU.
5. Si se recibe la RBU en cualquier circunstancia, se podría emplear para apartar a las mujeres del mundo laboral. Quedarse en casa al cuidado de hijos estaría remunerado. Vieja aspiración de la derecha.
6. Si la RBU se tiene de por vida, se pueden eliminar mecanismos de protección social ya establecidos siendo al final la RBU un ataque a los servicios públicos, que podrían desaparecer.
7. Como consecuencia de lo anterior, se crearía una oportunidad de negocio privado para atender esos servicios que hoy compiten con lo público, que una vez desaparecidos, no tendrían freno a su actuación.
8. ¿La RBU sería equivalente a un SMI que asegurase la calidad de vida, o una cantidad menor que además no se actualizaría con el IPC?
9. La RBU no lucha contra la pobreza, sino contra las políticas por eliminar el origen de las desigualdades.
10. Consolida la pobreza en su estado actual sin cuestionar porqué se genera.

¿De dónde sale el dinero para pagar la RBU?

Pues hay distintas propuestas. De los presupuestos del Estado vía impuestos, incrementando los existentes como el IVA o al consumo de ciertos productos o una tasa especial sin determinar de qué tipo, impuestos a los robots -como una cotización de un empleado más-, tasas tipo Tobin, por contaminar, etc. El asunto no está nada claro y sin saber de dónde sale el dinero y de quién el resto es un brindis al sol.

¿Es viable este modelo?

Pues depende de cómo y de dónde salga el dinero, y lo que suponga de ajustes en otras partidas del Estado.

Para el caso español, y con datos de 2020 en un SMI de 1.108 € (en 12 meses) y para una población de 47 millones de habitantes el coste de la RBU -ajustado a que los menores de 18 años no recibirían íntegra esa cantidad- estaría entre los 500 a 600 mil millones €/año.

Si el PGE de España para 2021 es de unos 456.000.000.000 millones -contando la ayuda de la UE- hay un desfase de 50 a 150 mil millones. Y esto sólo en pagar la RBU, sin tener en cuenta que hay que pagar educación, sanidad, infraestructuras, defensa, investigación, dependencia, pensiones, paro…

Con estos datos no parece que el modelo de la RBU con un “salario” universal equivalente al SMI -que da lo justo para vivir y poco más- el sistema funcionase. Entonces, ¿dónde está el truco, el que esto se defienda por la derecha y multimillonarios como Elon Musk o la cumbre de Davos lo vean con buenos ojos?

Pues que ni se daría el equivalente al SMI -que ya es de por sí “mínimo”-, y que en partidas que hoy cubre el Estado quedarían anuladas o prácticamente testimoniales, en la línea de lo que defienden las políticas neoliberales: hacer del Estado lo mínimo posible o extinguirlo. Por supuesto las partidas para seguridad de policía y ejército se mantendrían o privatizarían, como ya sucede.

Ahora sí empiezan a salir las cuentas. Si eliminamos de los PGE todas esa partidas tan engorrosas de Pensiones, Paro, Sanidad, Educación, Dependencia, etc, hasta sobraría dinero al Estado, que como ya nos enseñó Marx es la representación política de la clase dominante."                  (Ricardo Fernández, El Común.es, 31/08/21)

27/8/20

Ingreso Mínimo Vital versus Renta Básica Universal

 "La sociedad mayoritariamente ha saludado  la aprobación del Ingreso Mínimo Vital  como un gran avance histórico en nuestro sistema de protección social. La izquierda, sin olvidar  el insuficiente alcance del ingreso, tiene buenas razones para sentirse parte nuclear  en la consecución del Ingreso Mínimo Vital. 

Pero también desde algunos sectores de la izquierda han salido voces discordantes, como los activistas de la Renta Básica Universal. Para algunos el Ingreso Mínimo Vital solo es un camino imperfecto e inmaduro hacia su futura extensión como Renta Básica Universal, para otros son, simplemente, palos en la rueda para no abordar nunca la buena solución. La Renta Básica Universal sigue acumulando defensores  desde un amplio  abanico ideológico, pero parecen ser los que se ubican en la izquierda los más contumaces, cuando el espectro ideológico de la derecha parece haber abandonado  posiciones.  

En cambio, proliferan en artículos, textos y comentarios desde la izquierda  las referencias a la Renta Básica Universal como si se tratara de una cita obligada que no necesita aclaración. Una referencia más extensa, pero igualmente poco aclaratoria, la de Mario del Rosal en La gran revelación (Eco-book 2019), que comento más adelante.

Las diferencias conceptuales, estratégicas y prácticas entre el modelo de protección social que es  el Ingreso Mínimo, y el modelo de sociedad que supone la Renta Básica Universal  elimina cualquier gradualismo o complementariedad entre ambas propuestas, una real ya, la otra quimérica.

1. El capitalismo compasivo coquetea con la Renta Básica Universal

El fin del trabajo, la robotización y la sociedad satisfecha

“Un estudio de la Universidad de Oxford elaborado en enero de 2016, sostiene que  el 57% de la fuerza de trabajo humana en los países de la OCDE está en riesgo de desaparecer por la automatización y los avances tecnológicos.”
“Los gigantes tecnológicos de Silicon Valley ven con buenos ojos la renta básica ya que podrá hacer frente a las amenazas de paro masivo a causa de la automatización del trabajo, es decir, como tirita frente al mundo laboral que ellos ya están visualizando gracias al progreso en sus diseños de inteligencia artificial y robótica avanzada” (Enrique Zamorano, El confidencial, 8-2-2019)

La revolución neoliberal llega a la Renta Básica.  El gobierno conservador de Finlandia ha liderado las iniciativas  a favor de la Renta Básica Universal, a partir de una idea muy simple: el desarrollo tecnológico creará una inmensa bolsa de parados que hoy conforman la gran masa de la llamada clase media.

La mejor alternativa para que el dinero fluya a los hogares y siga manteniendo la demanda interna es una renta de por vida.  La nueva sociedad rentista deberá buscar otras actividades y empleos de alto rendimiento que, a su vez, contribuirán al circuito de la acumulación de capital  y a la expansión del consumo compulsivo (o al revés). El  resultado será la desaparición de los servicios públicos, que pasarían a ser privados, habiendo dado a la población el nivel necesario de solvencia y el fin de la intervención estatal en la economía -aspiración cínica neoliberal, grandes beneficiarios de la acción estatal- y un nuevo ciclo de expansión ilimitado. La RBU muestra así su carácter de utopía conservadora, emparentado con el mito del crecimiento infinito.

Tras la prueba piloto puesta en marcha por el gobierno de Finlandia para estudiar los efectos de una renta básica sin contrapartidas en un grupo de desempleados, se abandonó la idea, pues a pesar de que los agraciados con esa lotería quedaron muy a gusto, no se demostró que tuvieran mejores oportunidades de empleo, que era lo que se quería demostrar.

La crítica a la Renta Básica no es  una reacción ante la apropiación por parte del capitalismo de una reivindicación mantenida por sectores de la izquierda, sino que es anterior –desde el punto de vista cronológico- siendo estructural –por los propios contenidos de la Renta Básica, sea su defensor Agamenón o su porquero- y es ideológica, ante la debilidad  intelectual de sus argumentos en sectores de una izquierda  que se abandona a las utopías conservadoras.  En el fondo, responde a la idea de que no hay alternativa al modelo productivo y de consumo, y se parapetan en soluciones técnicas sobre el reparto y la distribución; llevados a este terreno, no es tan extraño que confluya una propuesta supuestamente izquierdista con experimentos sociales de la más ramplona derecha europea.

Un mito más, emparentado con la ciencia ficción, pero no aquella que adelanta el futuro con una visión crítica, sino con la ciencia ficción de las utopías conservadoras. Una sociedad robotizada que prescinde del trabajo, con sofisticados resultados para la plutocracia,  suministrando pan y circo para una satisfecha clase media de los países ricos.

“Finalmente, el entusiasmo que genera el IBU (RBU) se basa en gran medida en una interpretación errada de las tendencias de empleo en las economías avanzadas. Contra lo que suele creerse, no hay pruebas de que el trabajo, tal como lo conocemos, vaya a desaparecer en poco tiempo. En realidad, la automatización y la globalización están reestructurando el empleo, eliminando ciertos tipos de trabajo y aumentando la desigualdad. Pero en vez de crear un sistema en el que una gran fracción de la población recibe una limosna, deberíamos adoptar medidas para alentar la creación de empleos ‘de clase media’ bien remunerados y fortalecer nuestra deficiente red de seguridad social. El IBU no hace nada de esto.”(Daron Acemoglu, 2020)

2. La Renta Básica Universal y la economía mundial.

No se debería llamar universal una idea pensada desde los países ricos y para los países ricos, por ello hay que insistir que la Renta Básica Universal NO ES UNIVERSAL. A diferencia de los derechos humanos, que son reclamables y defendibles en cualquier formación social actual, y de hecho así lo refleja el trabajo de las organizaciones de derechos humanos que crecen en todos los países del planeta, la llamada Renta Básica Universal nunca se pensó para todos los países del planeta, salvo que algunos de sus defensores opinen que “con el tiempo” también podrían llegar a los países pobres.  

La Renta Básica Universal ni se pensó, ni tiene el menor viso de ser realidad en todo el planeta;  es una propuesta para los países ricos, que pueden pagarla.  Se trata, por tanto, de una renta básica universal PARTICULAR. Es solo universal en la medida en que afecta a todos los habitantes de un determinado país, ¿a todos? Es otra cosa que está por ver. La Renta Básica Universal particularizada no es que no sea posible, es que resulta indeseable, pues la capacidad de pago de tal renta depende de las relaciones económicas globales, y éstas ya se sabe que son gravosas para los países dependientes, precisamente aquellos que quedan fuera del horizonte de la Renta Básica.

Una propuesta solo factible en las economías centrales, el enfoque centrado en la distribución de la renta evade la cuestión fundamental de la producción.  Se alimenta la creencia de que una sociedad organizada tan solidariamente en torno a la distribución  se centraría en producir tan solo bienestar, una economía solidaria con las generaciones futuras  y ecológicamente responsable, pero de ninguna manera explica cómo. Una economía centrada en dotar a sus ciudadanos de una Renta Básica, ¿dejará de fabricar armas, si ya nadie quiere trabajar en esas fábricas, o al contrario, tendrá todo su afán en fabricar armas y cosas semejantes para mantener los ingresos suficientes para  pagar dicha Renta? 

Nada hace pensar que el resultado sea una economía sostenible, pues centrados en la distribución de la renta, no se explica cómo se mantendrá una producción que se realice en el mercado para generar dicha renta, si no es continuando con la lógica del crecimiento del capitalismo. Sostener, sospechar o deducir que una sociedad rentabasista daría lugar a tales cambios en las pautas de consumo que se traducirían automáticamente  en una economía productiva justa, en una economía para la vida, solo es una creencia más, un mito occidental a sumar a los mitos del crecimiento infinito y del automatismo del mercado.

Toda clase de disfraces le vienen bien para representar su ideario. ¿Cómo responde a la pretensión de universalidad? ¿Universal, universal para todos los países del mundo? Se presupone que las necesidades básicas a cubrir con cada renta individual se adaptarán a la situación de cada país, de manera que un parisino cobraría pongamos 1200 euros mensuales, y un haitiano con 210 euros -7 euros al día, tres veces y media más que el umbral de pobreza del Banco Mundial -se arreglaría bastante bien. La brecha de desigualdad entre países seguiría existiendo, aunque los haitianos ya no tuvieran la perentoria necesidad de emigrar a República Dominicana para ser explotados, despreciados y marginados en las plantaciones de caña.  

Pensemos ahora que el gobierno haitiano, ahogado por la deuda externa, por las corporaciones transnacionales que no pagan impuestos y por la baja productividad del país, no puede con la carga de la Renta Básica. ¿Quién obligará al cumplimiento efectivo de este derecho universal? O se privatiza Haití a favor de una Corporación que pueda exprimir concienzudamente el país, o se encarga el FMI  de transferencias de capital suficiente para hacer frente a las obligaciones de la RBU, (algo cercano a la ciencia ficción). 

Las economías centrales deberían transferir a la periferia ingentes cantidades de capital sin recibir nada a cambio, o sí, con la esperanza de tener compradores para productos básicos, jabón, alimentos, ropa, utensilios domésticos, viviendas, escuelas y hospitales; solo que estos productos no son la base del emporio financiero tecnológico de las economías centrales.  Un rápido repaso a la ayuda al desarrollo y al nunca alcanzado 0,7% ilustra lo lejos que está de la realidad el carácter universal de la Renta Básica.

3. Crítica de la Renta Básica Universal

¿Es factible?

La Renta Básica Universal tiene respuestas para todas las preguntas que se le hacen o puedan hacérsele, pero ninguna es convincente. La objeción más común es que no es factible porque no puede pagarse. La misma objeción es errónea, porque la pregunta no es si es factible, sino si es pertinente. Aquí no se pone en tela de juicio su factibilidad, sino que se trata de mala factibilidad.

La RBU puede pagarse, claro que el capital podría pagarla si ello garantiza su funcionalidad , pero habida cuenta de la resistencia de la plutocracia en España y otros países para pagar impuestos, se necesitaría una revolución ciudadana. Puestos a ello, ya sería innecesaria la Renta Básica, pues o bien se trata de una estrategia de revolución ciudadana que una vez realizada hace innecesaria la Renta Básica Universal, o bien se  retrotrae a una revolución triunfante del nuevo capitalismo.

Y si no se paga a través de impuestos, el Estado lo podría pagar si tiene la soberanía monetaria para imprimir moneda en cantidad suficiente. No pocos problemas  implica esta hipotética solución, ampliamente discutid en la llamada “teoría monetaria moderna”, pero uno de ellos es el papel del Estado como apaciguador de las clases subalternas.

¿Una sociedad ociosa?

El pensamiento conservador insiste en un argumento ya manido: recibir una renta a cambio de nada generaría una sociedad de ociosos a los que sería muy difícil llevarlos a trabajar. Sabemos que no es así. Percibir una renta básica no desanima la contratación en empleos bien remunerados, siendo pocos los que aprovecharían su ventajosa posición para dedicarse a actividades  creativas, solidarias o comunitarias fuera del mercado. Siendo el salario la parte del valor que sirve para cubrir las necesidades básicas de la clase trabajadora (y de su reproducción), estando éstas cubiertas por la RBU, se entiende entonces que los ingresos adicionales por trabajar para un empleador ya no es el salario, ¿qué es, por tanto,  participación en la plusvalía?

El mundo que prefigura la RBU es el de una mayoría con necesidades satisfechas sin opciones de trabajo por estar sus funciones ocupadas por la inteligencia artificial y la robótica -una forma de alienación  asumida-, una minoría que incrementaría sus ingresos ocupando puestos laborales interesantes y bien remunerados,  una minoría porque si hubiera puestos de trabajo interesantes y bien remunerados para todos la RBU sería superflua, una redundancia, y una pequeña fracción que se dedicaría a la creación de riqueza fuera de la esfera mercantil.

Si se considerara que la Renta Básica responde a una línea de simple supervivencia –posibilidad muy probable, consecuencia de la inflación- que no permita la compra de un coche o de un dispositivo de última generación, ir de copas o pasar una semana de vacaciones, la sociedad así subsidiada seguirá compitiendo por trabajos que le permitan acceder al codiciado consumo, de modo que la supuesta capacidad negociadora individual  se diluye, originando una caída de los salarios reales.

En cambio, dicen, al disminuir la presión por la supervivencia aumentan las energías para otras actividades. ¿Se liberan fuerzas para la transformación social? Está por ver, pero los antecedentes no son halagüeños. Si cada individuo dispone de plena capacidad negociadora, al no tener nada que perder si no encuentra un trabajo suficientemente bien pagado, se sustituye el proceso colectivo de cuestionamiento del capital por  el  punto de vista individual. Y sí, esto supondría un alza de los salarios o bien la sustitución de  los trabajadores rentistas por mano de obra inmigrante, no rentista. Otros opinan lo contrario, que la Renta Básica presionaría a la baja los salarios, pues una parte del salario ya está soportado por dicha renta.

Otra cara del absurdo sería una sociedad únicamente de consumidores satisfechos –posibilidad que, por extrema que parezca, no hay que desechar como opción-  servidos por un capitalismo sin trabajadores, sin plusvalía, sin acumulación, sin ganancia. Una sustancia  amalgamada entre Zeus, Google y Amazón conchabados para nuestra felicidad.

Slavoj Zizek considera que la renta básica universal es “el sueño imposible de que el capitalismo se haga funcionar a sí mismo como un sistema socialista“, solucionando al mismo tiempo el problema del desempleo y del consumo.

Al centrar sus esfuerzos  en la distribución de la renta, sin entrar en el problema de la producción –qué se produce, para quién, es sostenible o insostenible el sistema de producción/consumo- ni en la organización del trabajo, la RBU acaba debilitando al ya débil sindicalismo. Sus resultados sociales más probables serían la reedición de la sociedad de consumo -o más claramente la sociedad de producción de consumidores- y el individualismo. Fin del sindicalismo pero no de la dualización y polarización de la sociedad.

Posiciones sindicales ante la Renta Básica Universal.

CCOO y UGT mencionan en documentos y declaraciones la Renta Básica Universal, pero cuando se profundiza un poco más en sus propuestas en realidad están hablando del Ingreso Mínimo Vital, algo que en su día llevaron al Congreso con el apoyo de 700.000 firmas, una iniciativa hoy superada con el Ingreso Mínimo Vital.

Las referencias circunstanciales a la RBU habrá que entenderla como una concesión semántica a una idea extendida entre sus  bases, pero el fundamento último social, político y económico de la misma entra en contradicción con su propia razón de ser  como sindicatos.

La CGT, en cambio, se aferra a la reivindicación de la RBU, denominada aquí Renta Básica de las Iguales, o REBis, “una renta individual, universal e incondicional, es decir, que no dependa de los ingresos que alguien pueda tener o ganar ni tampoco de la posibilidad de haber pasado o pasar por el mercado de trabajo”. Una  idealización basada en  la necesaria movilización ciudadana para su implantación, y que una vez desarrollado liberará energías para oponerse al sistema y llegar a la sociedad sin clases. Un proceso polietápico –primero reforma, luego revolución- cuya referencia a la tradición libertaria de la que procede la CGT causa, cuando menos, perplejidad.

La Renta Básica Universal no es una propuesta pertinente para la izquierda.

El fundamento último de una RBU es una política distributiva  para los países ricos que compatibilice el normal desarrollo del capital con la protección social,  que amortigüe la tendencia al empobrecimiento de las clases subalternas, mantenga la demanda de bienes de consumo  y garantice la estabilidad económica y la paz social. Su instrumento es una renta monetaria igual y generalizada para toda la población, sea cual sea su posición en el mercado de trabajo.  Es una propuesta de reformismo radical de índole monetaria, que en ningún momento se ocupa del modelo  productivo ni de las relaciones sociales de producción.

Sustituye la resistencia por la renuncia; una moral que renuncia a oponerse al capitalismo, optando por la reforma, renunciando al cambio, proponiendo derechos, pero obteniendo privilegios;  en el hipotético caso de llevarse a efecto supondría toda una derrota ideológica y política de las fuerzas sociales con vocación transformadora, pues sin su concurso difícilmente se lograría el consenso básico para su aprobación y consiguiente gestión. En efecto, la puesta en marcha de la RBU  sugiere la reafirmación de la hegemonía del capitalismo en algunos países “como poder conformador de la entera sociedad”. Por decirlo con palabras de Rafael Sánchez Ferlosio, librada ésta de la explotación capitalista, cuando todos sus miembros  -trabajadores o no- quedan liberados de la obligación de trabajar para cubrir sus necesidades y, por tanto, ya no puedan ser explotados por el capital.

Expurgando de aquí y de allá unas frases de Marx o de Kropotkin, algunos teorizadores de la RBU pretenden liberar a la humanidad de la esclavitud del trabajo. Sin embargo, “el trabajo útil es la condición de la existencia humana, condición independiente de todas las formas de sociedad, necesidad perenne y natural, sin la cual no se mediaría el intercambio material del hombre con la naturaleza” (Karl Marx, El Capital, cap.1).  De lo que habla la RBU es de liberar a la sociedad de la constricción del trabajo asalariado, posibilidad laboral que seguiría existiendo para aquellos rentabasistas que quisieran mejorar sus ingresos sin entrar a considerar si el bien pagado trabajo que aceptarían es útil o inútil, su producto socialmente necesario o destructor de la vida.

Magistral reforma del capitalismo capaz de perpetuarse al perder su esencia predatoria, pero solo en algunos países. Lo que aboca al final de la historia en aquellos países donde no existiría ya la explotación, con el inestimable apoyo de una extraña clase trabajadora voluntaria, unificación de las clases subalternas sometidas al poder benévolo de la plutocracia. Magistral reforma, aunque quimérica,  pues en la evolución actual de la dominación a escala mundial hay de todo menos benevolencia. La imposibilidad lógica de tal evolución del sistema capitalista es, probablemente, una de las lecciones permanentes del marxismo.

4. Renta Básica Universal. La posición del libro La gran revelación

Sostiene Mario del Rosal en su texto de sugestivo título (La gran revelación: de cómo la teoría monetaria moderna pretende salvarnos del capitalismo salvando el capitalismo, Ecobook, Madrid 2019) que la RBU propone un ingreso en concepto de derecho de ciudadanía, sin contraprestación exigible en trabajo. Proposición sobre la que el autor no se pronuncia, pero parece admitirla como justificación lógica.

Planteada como derecho, la renta básica universal tiene sus fundamentos en la secularización del mito del pecado original. Así como los recién nacidos no hicieron nada para merecer la culpa del pecado original (seguramente atribuible a sus antecesores, pero no a ellos), tampoco los felices nascituri de las sociedades opulentas deben haber hecho nada para merecer un salario fijo y suficiente de por vida (aunque sí sus antecesores, que se dejaron el pellejo en el tajo).  Se trata, por tanto,  de una VIRTUD ORIGINAL que otorga la salvación económica a los naturales de las sociedades opulentas, por el mero hecho de serlo; aunque propiamente no se trata de un derecho de nacimiento, sino de adscripción –como el bautismo- pues de alguna forma habrá que registrar a los derechohabientes como partícipes de la  comunidad de beneficiarios del derecho a la Renta Básica.

Y esto lleva a un debate siempre soslayado: si son los naturales, los nacionales, los nacionalizados, los migrantes arraigados o los recién llegados los que sean sujetos del derecho.  Y como parece que no cabrían todos los chinos en Europa si todos los países europeos tuvieran la Renta Básica, pero no China, hay que plantear quien sí y quien no, en un determinado país, es sujeto del derecho, y en consecuencia hay que hablar de su efecto en las migraciones, en el control de fronteras o en la libre circulación de las personas. Y habría que hablar de una nueva segmentación del mercado del trabajo,  un mercado para los  rentabasistas y otro mercado para los migrantes, en el supuesto de que siguiera existiendo la necesidad de fuerza de trabajo para mantener la producción.  Pues siendo lógico que nadie quiera aceptar un trabajo penoso por un sueldo miserable teniendo cubiertas sus necesidades básicas, si la producción  demanda  fuerza de trabajo para mantener la oferta de bienes y servicios requeridos, la industria deberá recurrir a trabajadores no rentabasistas -por tanto migrantes- que acepten menores salarios. O elevar los salarios acelerando la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.  Otra alternativa sería una elevación generalizada de los precios para devaluar los salarios reales y en definitiva depreciar la renta que de básica pasaría a simbólica.

Del Rosal ve la renta básica como “una alternativa al trabajo asalariado para quienes no encuentren empleo o, simplemente, prefieran no trabajar , aunque les suponga una vida más austera”.  Ya no la caracteriza como universal, sino como una opción para parados o para gente contemplativa, un híbrido entre el subsidio de desempleo, el ingreso mínimo vital o una ayuda para situaciones especiales. Y continúa: “Como tal, es frontalmente contraria a la lógica del capitalismo y a los intereses del capital, que tiene una necesidad vital de impedir a toda costa que los trabajadores dejen de depender de la venta de su fuerza de trabajo para sobrevivir”. Siguiendo su propio discurso debería añadir que el capital no estará dispuesto, bajo ningún concepto, a correr con el gasto, y que entonces solo queda la posibilidad de que sea el Estado, tirando del dinero que él mismo fabrica,  quien se haga cargo del supuesto derecho,  algo que el propio Del Rosal critica (que el Estado cree el dinero de la nada).  Por lo que debería concluir, siguiendo su propia lógica, que la renta básica más que un derecho es una quimera.

5. Reforma improbable del capitalismo o transformación social.

La teoría –si se la puede llamar así- de la RBU  elucubra en una realidad imaginaria, porque imagina un capitalismo domesticado, robotizado, la paz perpetua y la integración  de la  especie humana en una comunión satisfecha en sus necesidades básicas. Porque su marco teórico no incluye en su estrategia las guerras, las migraciones, los millones de desplazados, la desnutrición crónica, la pobreza extrema, exclusión y marginación de más de 2.000 millones de vecinos de este planeta, la crisis ecológica –que es más que el cambio climático- y la concentración del poder militar-industrial-financiero.

 O quizá no lo desconoce, y están pensando a 50 años vista, lo que sigue siendo un despropósito. Porque en última instancia, sería la tabla de salvación del capitalismo en su fase senil, al que se le da la oportunidad de sobrevivir con una cara amable; pero sin preguntar al anciano, que sigue detentando todo el poder. Porque sería un derecho universal arrancado al avaro capitalismo por un movimiento civil planetario que impondría su racionalidad económica al irracionalismo del mercado. Es bonito, pero sigue siendo un despropósito, una mala utopía.

La RBU puede ser  pensada lógicamente, pero no tiene consistencia teórica, ni  viabilidad estratégica, es impracticable. Las transformaciones sociales que superarán el capitalismo van por otros derroteros, ahora son múltiples, fragmentarias, dispersas, sin un sujeto claro  que convoque al conjunto de clases subalternas frente a la plutocracia; la revolución ciudadana no se vislumbra, pero ya está sembrada. Propuestas como la Renta Básica Universal de nada le sirven, y mucho la distraen.  La RBU no pasa de ser “un delirio narcisista del pensamiento occidental” (préstamo de Gilbert Rist), incapaz de calibrar los límites de lo posible en un mundo turbulento y, por tanto, inútil para una praxis de la emancipación humana."               (Joserra González Parada es sociólogo y especialista en cooperación, Viento Sur, 25/08/20)