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23/11/20

“Es una tragedia que las izquierdas hayan dejado en manos del neoliberalismo la idea de libertad”... en tanto que hijos de nuestro padre primigenio -Caín-, somos capaces de matar a nuestros semejantes. Y es justamente nuestra condición fraterna, así como lo son también nuestras ansias de libertad, aquello que nos aboca al estado de todos contra todos. Es para superar este estado por lo que los humanos se organizan políticamente, para obtener paz y seguridad

 "¿Crees que las consignas de orden y seguridad deben tener una centralidad en los planteamientos emancipatorios? ¿Qué relación podrían guardar con las ideas ilustradas de la libertad, igualdad y fraternidad?

Al objeto de refutar posteriormente sus argumentos, pensemos primero en Hobbes, quien -como buen lector de la Biblia del Antiguo Testamento-, partía en su Leviatán de la siguiente reflexión:todos somos iguales porque, en tanto que hijos de nuestro padre primigenio -Caín-, somos igualmente capaces de matar a nuestros semejantes. Y es justamente nuestra condición fraterna, así como lo son también nuestras ansias de libertad, aquello que nos aboca al estado -que Hobbes naturaliza-  del bellum omnium contra omnes: todos contra todos. Es para superar este estado (o lo que es peor, esta condición siempre latente o irrefrenable) por lo que los humanos se organizan políticamente, para obtener paz y seguridad (siempre tan precarias).

Como demostró sobriamente Eugenio Trías en La política y su sombra, el planteamiento de Hobbes es mucho más complejo de lo que parece a simple vista. De su relato idealista (mitológico, para decirlo todo) podemos extraer la siguiente lección: las categorías “luminosas” de igualdad, libertad y fraternidad hacen necesariamente cuadrilátero con la idea de seguridad, frecuentemente sustanciada como refugio comunitario ante las pasiones tristes del miedo, de la angustia, del resentimiento o del terror (que Trías, un tanto maniqueamente, tematizará como la zona umbría de nuestra condición humana- nuestra inhumanidad-). Es así que, siguiendo este hilo, según el autor, podría ser reinterpretada “la lucha a muerte por el reconocimiento” en el marco teórico hegeliano, la “lucha de clases” en la obra de Marx, la “pulsión de muerte” en el psicoanálisis de Freud, etc.

En cualquier caso, desde una perspectiva materialista, habría que sostener que, de modo inverso, son las ideas de igualdad, libertad y fraternidad las que suponen la existencia de comunidades políticas organizadas en base a un cierto orden y con unos determinados criterios de seguridad. Y son esas bases y esos criterios los que precisamente se van tejiendo y destejiendo en el sinuoso curso de la historia. Como primer analogado, a no dudar, en la transformación revolucionaria del Antiguo Régimen en las sociedades modernas burguesas. Por eso, lo que debemos decir inmediatamente es que en ningún caso se trata de contraponer los valores ilustrados de la igualdad, la libertad y la fraternidad (u otros similares) a los conceptos de seguridad u orden, sino de analizar cuáles son sus contenidos específicos, para poder juzgar sus conexiones y también sus incomensurabilidades.

¿Existe alguna forma política que no establezca criterios de orden y seguridad? Rotundamente no. Luego el planteamiento dialéctico ha de consistir en la crítica de los contenidos específicos y la propuesta, tanto teórica como práctica, de otros alternativos.

En ese sentido, respondiendo lo más directamente a tu pregunta, diría lo siguiente: que no se preocupen las izquierdas que no planteen criterios, propuestas (o consignas, como muy bien dices) de orden y seguridad para sus comunidades políticas; las derechas lo harán por ellas.

Pero las izquierdas, además, arrastran un gran problema que con rigor podemos denominar ontológico: mientras que las ideas ilustradas casi siempre son formuladas en clave sumamente abstracta, los valores que atribuyen las derechas al orden y la seguridad suelen tener un máximum de realidad efectiva: terroríficamente efectiva contra el hostis, el enemigo público, el/lo Otro: el inmigrante que nos roba, las mujeres que descentran la función del hombre proveedor, las personas trans que desestabilizan nuestra fantasmática identidad sexual, etc. Cuando estos enfoques exclusivistas del orden y la seguridad prevalecen, se produce lo que parafraseando a Badiou llamaríamos un “desastre oscuro”. El error da paso al horror.

Recordemos que Spinoza definía la seguridad como “la alegría que nace de la idea de una cosa futura o pasada a propósito de la cual ya no hay motivos para dudar”. En épocas o fases de crisis necesitamos, más que nunca, certezas como asideros afectivos y práxicos. En efecto, las izquierdas deben ser capaces de construir certezas que, no siendo absolutas, se materialicen en sentido común, sean creíbles, convincentes, lleguen a cualquiera, se hagan carne. Y eso implica ser capaces de imaginar, siquiera, alternativas de presente y futuro a las sociedades capitalistas existentes. Nos falta imaginación y phantasia políticas: saber anticipar, partiendo de la rememoración y reconsideración de planes políticos pretéritos, proyectos de futuro desde la inmanencia del presente.

¿Qué papel juegan entonces las consignas de la libertad en los movimientos transformadores? ¿Lo consideras como un principio relevante y digno de disputa?

Como decía Marx, “nadie combate la libertad; combate a lo sumo la libertad de los otros”. Esto significa que es imposible estar a favor o en contra de la libertad. Se está a favor o en contra de determinadas concepciones o prácticas de la libertad. Verdaderamente, es una tragedia que las izquierdas hayan dejado en manos del neoliberalismo cualquier definición compartida de libertad. Asumiendo que existe una oposición necesaria, o absoluta, entre las ideas de igualdad y libertad. Desentendiéndose de esta última. Dejándose arrinconar por el mito (conservador o reaccionario) de que la igualdad supone necesariamente proyectos de homogeneización totalitaria de la sociedad.

A mi juicio, lo que debemos defender, máxime en el contexto actual, es exactamente lo contrario. A saber: modelos políticos a través de los cuales los contenidos específicos de la libertad y la igualdad -mediante parámetros y valores precisos- se presupongan recíprocamente. Para ello podemos retrotraernos, como hace en nuestros días Balibar, a las nociones romanas de aequas libertas y aequum ius, recogidas por Cicerón: “no hay nada más dulce que la libertad como el que si no es igual para todos ni siquiera es libertad” (República, I, XXXI). Es en este punto en el que volvemos a la implacable crítica marxiana: en el capitalismo, la libertad está ligada esencialmente a la propiedad privada, al disfrute de bienes por parte de unos pocos, a causa de la explotación de la fuerza de trabajo de la mayoría.

En efecto, la libertad es la libertad de la valorización del capital, de la competencia extrema, protegida y promovida por la ley (la ley de los Estados, sin lugar a dudas -mercados y estados se codeterminan históricamente-). En el caso del neoliberalismo, claramente connotado por su darwinismo social, es la libertad supuestamente individualista del “sálvese quien pueda”, del “solo sobreviven los más aptos”, del “quien fracasa es porque se lo merece”. Y decimos “supuestamente” porque el individualismo, como tal, es imposible. En rigor, se trata de una ideología de clase, y por tanto, un dispositivo grupal de pensamiento y acción. Bien lo argumentó Hegel, frente a Kant: la libertad no es una cualidad individual, aunque así se represente. Al margen de sus determinaciones sociales e institucionales, la libertad es una abstracción.

Desde mi perspectiva, adelantada en parte en mi artículo “Las antinomias del raciouniversalismo”, publicado en la revista de Filosofía Eikasía, todo proyecto de emancipación supone la liberación de un régimen de dominación. Aquí radicaría el momento negativo de la libertad (libertad de), que los liberales reducen a un plano individual (necesario, pero no suficiente). De manera conjugada, todo proyecto emancipatorio procura erigir nuevas realidades sociopolíticas e institucionales que garanticen su realización. Estaríamos ante el momento positivo de la libertad (libertad para). Pero dicho movimiento dialéctico sólo es posible desde el presupuesto de la igualdad de las inteligencias, de las capacidades de cualquiera; por expresarlo ahora con Rancière. [Tal principio igualitario, dicho sea de paso, no se puede confundir con los conceptos institucionales y sociológicos de “igualdad de oportunidades”, “igualdad de resultados”, etc. Estamos ante dos niveles fenomenológicos distintos. Dichos conceptos lo toman como base (Basis), en el sentido de Schelling: es decir, como principio dinámico, siempre constituyente, que no puede ser superado (aufheben).

Así, estos lo determinan empíricamente, pero lo presuponen como aquello que los concretiza. La fraternidad, por último, mentaría bajo este prisma la necesidad de desarrollar de manera recurrente y universal, sin posibilidad de exclusión alguna, los proyectos de emancipación; esto es, evitando cualquier tipo de repliegue identitario o comunitario. A poco que se reflexione, se observará que lo que ofrezco en escorzo es un enfoque completamente alternativo al hobbesiano. Me parece necesario, en la medida en que estamos rodeados de hobbesianos, empezando por los liberales despóticos y acabando por los populistas laclausianos. Permítaseme la provocación. 

¿Qué papel crees que juegan los horizontes utópicos? ¿Existe una potencia emancipadora en sus planteamientos? ¿La idea de utopía debe impregnar los discursos raciouniversalistas? ¿O consideras que puede ser impotente o estéril?

 Desde una concepción estática, utópico (οὐ -τόπος) es aquello que no tiene lugar ni puede tenerlo. En este sentido, una Utopía (añadiendo el sufijo -ia), en tanto que lugar ideal en el que todos los seres humanos disfrutan de relaciones armónicas, o como modelo de gobierno perfecto, es una ficción que hay que rechazar; no por ser una ficción, sino en su condición de ficción falsa. Toda sociedad política es imperfecta, in- fecta, intrínsecamente. En consecuencia, en política, defender “la utopía” es algo así como, en termodinámica, defender la construcción del perpetuum mobile.

Lo utópico también puede entenderse en un sentido dinámico, como aquello que todavía no ha tenido lugar, pero puede llegar a tenerlo. Lo que en unas condiciones determinadas no es posible de realizar, acaso lo sea en otros contextos sociopolíticos. Desde este ángulo, dibujar un “horizonte utópico” puede tener una función crítica contra todo intento de totalización absoluta de la realidad política dada (“there is not alternative”, “fin de la historia”, etc.).

En cualquier caso, su potencia emancipadora deberá ser demostrada en virtud de sus contenidos y sus efectos. Si, por ejemplo, se entiende como utópico aquello que no ha tenido lugar (“no- todavía”), pero advendrá, es porque, de alguna manera, se presupone el contenido de aquello que habrá de advenir, esto es, porque se está pidiendo el principio. De este modo, ese “horizonte utópico” está sumido en una dimensión escatológica y apocalíptica. Es el caso de Ernst Bloch.

En términos generales, en fin, para los que no creemos en la existencia de un mundus intelligibilis, la noción misma de “horizonte utópico” puede resultar superflua, e incluso perniciosa. A quienes confían en ese horizonte, les puede ocurrir como a Tántalo, incapaz de alcanzar los frutos que pendían sobre él en unas ramas, porque, al moverlas, el viento los apartaba.

¿Cómo se anuda el combate a los discursos falaces que renuncian a todo tipo de objetividad con la proposición de ficciones sobre un mundo compartido más justo? ¿Existen mitos iluminadores y mitos oscurantistas?

Existen distintas clases de logoi y el mito es una de ellas. Los mitos no se oponen a la razón, porque ellos mismos son construcciones racionales del más alto nivel desde un punto de vista evolutivo -como especie- e institucional. Como es sabido, en su génesis, la filosofía académica no establece un corte con los mitos, sino que, al contrario, se nutre de ellos, en virtud de su fuerza expresiva, comunicativa, imaginativa, simbólica. Es más, los mitos no están reñidos con las verdades, puesto que las vehiculan; contribuyen a forjarlas. Así ocurre en los diálogos de Platón.

Por supuesto, en la política los mitos son también esenciales en tanto que catalizadores de afectos. Frente al economicismo de las versiones marxistas más vulgares, Gramsci sabría comprender su función en la organización de la multitud, en la constitución de subjetividades emancipatorias: “el proceso de formación de una determinada voluntad colectiva […] no es representado a través de pedantescas disquisiciones y clasificaciones de principios y criterios de un método de acción, sino […] despertando la fantasía artística de aquellos a quienes se procura convencer y dando una forma más concreta a las pasiones políticas”. [He aquí, sin lugar a dudas, una diferencia esencial entre la praxis política y la sistematicidad filosófica que, sin embargo, si es resueltamente materialista deberá asumir el criterio metapolítico gramsciano].

Ahora bien, ciertamente hay mitos luminosos y mitos oscurantistas, como bien dices. Esta distinción es debida a Gustavo Bueno (quien añade un tercer tipo de mito combinatorio, definido por sus claroscuros y ambigüedades, en el que ahora no nos detendremos). En efecto, no es lo mismo el mito de la caverna de Platón, que nos permite discernir las diversas formas de realidad y de conocimiento (entrelazando a su vez las dimensiones ontológica y epistemológica), el papel crítico del filósofo, etc. (estemos más o menos de acuerdo), que el mito nazi de la raza aria, basado en la sangre y el suelo –Blut und Boden-, en el deseo de exterminación de los otros, el mito de la mujer negra disoluta u otros mitos tenebrosos que conducen directamente al terror y a la barbarie.

Lo mismo podríamos decir, en general, a propósito del concepto de ficción. Las ficciones son tramas racionales que estructuran y producen significaciones, afectos y acciones. No son el reverso de la realidad material, sino una forma de realidad material que involucra, intercala y relaciona otras formas de materialidad, como son los objetos físicos o las síntesis científicas. Esta es la paradoja: reducir la materia a las realidades cósicas es propio del espiritualismo. Espiritualismo que comparten quienes subordinan, quiéranlo o no, “lo simbólico” (o lo cultural) a “lo material”, como si fueran dos bloques contrapuestos (aunque reconozcan, a posteriori, su “interacción”; también Descartes suponía la interacción entre la res cogitans y la res extensa, entre el alma y el cuerpo).

Las ficciones, los mitos, los discursos (incluyendo su modalidad no meramente lingüística, sino su caracterización como tramas relacionales de prácticas diversas- en el sentido de Laclau y Mouffe-), no son, entonces, extraterritoriales a la materialidad del mundo, sino parte constitutiva y constituyente del mismo. En palabras de Rancière, las ficciones pro- ponen realidad. Pero, como hemos dicho, estas solo pueden desplegarse a partir de la existencia de otras materialidades empíricas (cosas, artefactos, aparatos, etc.). De no ser así, girarían en el vacío. Y esto es imposible. En consecuencia, reconocer la función determinante de las ficciones en la política, la filosofía, etc. no supone negar la objetividad, sino indagar en sus condiciones de posibilidad. Debemos, por tanto, evitar dos errores simétricos: de un lado, desligar las ficciones de los referentes corpóreos fisicalistas, abatiendo la realidad a los “hechos observacionales”, considerados como algo ya dado -el positivismo es una forma de metafísica-; de otro, eclipsar u ocultar la necesidad de dichos referenciales para la conformación de las ficciones, lo que conduce al idealismo formalista -reduciendo las instituciones simbólicas al lenguaje-.

Un último apunte para precisar mi argumentación. Desde una óptica materialista, la racionalidad es eminentemente operatoria, práxica. No se predica de un sujeto incorpóreo, de una entidad espiritual, de una mente, sino que se refiere a la transformación intersubjetiva del mundo. Pero la racionalidad tiene como motor el deseo, según ya fue definido por Aristóteles o Spinoza; el querer o ansia, como lo entendieron los grandes idealistas alemanes: Fichte, Shelling o Hegel -algo que tan bien ha estudiado Ana Carrasco Conde-. La racionalidad, por tanto, siempre es afectiva, en la medida en que somos modos capaces de afectar y ser afectados. Además, nuestra racionalidad está normativizada por una serie de instituciones simbólicas.

Dicho de otro modo: somos seres instituyentes e instituidos simbólicamente: por los mitos, las técnicas, las tecnologías, las ciencias, las artes, las religiones, el amor, la filosofía, etc. Desde luego, la mediación del lenguaje es esencial. Por último, la racionalidad humana nunca es absoluta: no puede totalizar el mundo, roturarlo completamente. Siempre mantiene una tensión con un Afuera -no dado- que la desborda o se le resiste. En resumen, la racionalidad es práxica, afectiva, simbólica e incompleta (siempre hay algo que -dicho con Schelling- “no se deja disolver en el entendimiento” y que “conmueve [nuestra] singularidad”).

A vueltas ahora con el debate entre la identidad y la diversidad, a propósito de la clase obrera y los movimientos sociales. ¿Cómo se constituye esa tensión entre la aspiración a modificar el statu quo o ser una minoría autoafirmativa, a la que has aludido en algún artículo? ¿El objetivo de reconstruir y deconstruir tales identidades implica un proceso doloroso?

No es lo mismo el reconocimiento de la identidad, los derechos y las virtualidades emancipatorias de grupos sociales oprimidos, vilipendiados (trabajadorxs, migrantes, mujeres, personas trans, etc.), que el identitarismo excluyente de proyectos políticos que, autocalificándose como superiores, pretenden erigirse sobre el resto de la humanitas con voluntad de dominación. Se trata de formas de identidad antitéticas.

La identidad “se dice de muchas maneras”. De hecho, las identidades suelen ser más confusas y conflictivas de lo que parece, como advirtió Stuart Hall. Mi compromiso es con la de aquellos sujetos políticos, individuales o colectivos, que sufren las consecuencias del entrecruzamiento de diversas políticas particularistas: la expropiación extractivista, la explotación laboral, la depredación ecológica, las violencias machistas, la discriminación por motivos de género u orientación sexual, la opresión racial, etc. Es necesario hacer notar que se trata de formas de dominación que se coproducen y alimentan entre sí, huyendo consecuentemente de lo que Nancy Fraser denomina “separatismo crítico”. Para mí, las reflexiones filosófico-políticas carecen de valor alguno si no van encaminadas al repudio y la erradicación de estas situaciones. Como diría Deleuze, a la denuncia de la estupidez y la bajeza, fruto de la mala (o falsa) conciencia. La filosofía es una “empresa desmitificadora” o no es tal.

La denuncia de estas injusticias es también la preocupación por las heridas “psíquicas” de estos individuos y comunidades; su dolor, su duelo, su sufrimiento. Nada de idealismo subjetivista hay en este giro afectivo, que tan magníficamente están desarrollando autoras como Sara Ahmed, Wendy Brown o Judith Butler. Quien prejuzga como subjetivista la referencia a los afectos es porque, paradójicamente, los concibe como si fueran subjetivos. Según hemos argumentado, la racionalidad es intrínsecamente afectiva. Los afectos no están encerrados en “mente” alguna, sino que circulan trans-individualmente. Son el resultado de la praxis y de las relaciones entre nuestros cuerpos pensantes.

Entonces, si como indica Judith Butler, un sujeto no es una sustancia, sino una “serie activa y transitiva de interrelaciones”, que la vida de cualquiera sea digna significa que esta importe a terceros, a diversos círculos de reconocimiento. Pero que esta importe no se consigue con “pensamiento positivo” (caso, ahora sí, de idealismo), sino garantizando una serie de medidas políticas efectivas de las que ninguna persona o grupo social puedan ser excluidos por principio: asegurando derechos laborales, una vivienda adecuada a cualquiera, procurando transporte público, sanidad y educación universales, centros de cuidados, empleo de calidad, servicios sociales integrados en los barrios, participación y acceso a contenidos culturales sin restricciones ni elitismos, etc. Lo que demuestra, consecuentemente, que las dimensiones de la distribución y el reconocimiento social también se coimplican, que en ningún caso son esferas herméticas o reinos separados.

Retomo entonces una pregunta planteada con anterioridad y amplío la respuesta: sólo asegurando “derechos de existencia” (la expresión es de Robespierre) puede afianzarse la seguridad. La libertad pasa, por tanto, por el cumplimiento de estas condiciones materiales, que son también afectivas. Libertad y seguridad, así, se presuponen recíprocamente. En palabras de bell hooks: “La libertad en tanto que igualdad positiva que garantiza a todos los humanos la oportunidad de moldear sus destinos del modo productivo más saludable y común sólo podrá ser una realidad completa cuando nuestro mundo deje de ser racista y sexista”. Y, por supuesto -reafirmo yo-, clasista.

Por otro lado, debemos considerar que, en líneas generales, la noción de sujeto político puede interpretarse en dos sentidos límite: (1) bien sea designando la sujeción de individuos o colectivos a determinadas estructuras o instituciones simbólicas, a su anclaje en un orden dado; (2) o como una práctica de subjetivación que certifica una fisura en el reparto de roles y funciones del mismo, una subjetividad que se constituye en el movimiento de emancipación respecto de dicho orden. Este movimiento implica la suspensión de los criterios existentes de pertenencia (∈) a una comunidad dada. De este modo, como afirma Badiou, el sujeto se divide en el hiato “no…sino”: “no [rechazo de los principios que conforman un orden político particular]…sino [apertura e involucración en alguna forma de acontecimiento universalista e igualitario, esto es, diagonal a cualquier forma política]. Se apreciará, por cierto, que la reducción de la noción de sujeto a la primera opción (1) conduce al fatalismo, así como la segunda (2) nos arrastra al voluntarismo.

Pues bien. Desde estas coordenadas, cuando las demandas de los grupos sociales injuriados no son impugnatorias del statu quo, podemos afirmar que estos se convierten, efectivamente, en minorías autoafirmativas. Como ha explicado Wendy Brown, su potencial subversivo queda reducido a una miríada de atributos y diferencias perfectamente asimiladas por la normatividad disciplinaria de las prácticas capitalistas y sus tecnologías de poder. Así, la reivindicación de la diferencia supone la aceptación del consenso único; deviene en diferencia administrada [convengamos, asimismo, que todo consenso se establece contra algo u alguien]. En este sentido, se refuerzan las identidades delineadas y se fija a sus miembros, muchas veces, como víctimas (así suele ocurrir en las concepciones humanistas).

Por el contrario, cuando estos grupos sociales se organizan y ponen en solfa el reparto de poderes establecido, conforman una subjetividad emancipatoria que ofrece resistencias, modifica estructuralmente el statu quo, plantea renovadas prácticas sociopolíticas e inventa nuevas formas de experiencia. De este modo, las identidades preestablecidas se deconstruyen y configuran un sujeto político (plural, pero dotado de unidad de acción) que aspira a hacer posible otros modos de vida sin dominación, otras formas de relacionarnos y otros usos del tiempo, creando gramáticas alternativas de acción, percepción, afectos y pensamiento.

Esto supone rechazar la existencia de privilegios innatos, que no serían sino efecto de la naturalización de aquellos privilegios que en realidad se adquieren históricamente. Significaría, en definitiva, no conformarse con el ajuste a una condición social (laboral, pero también sexual, estética, etc.) entendida como un destino inalterable y verificar, mediante nuevas propuestas políticas singulares, nacidas de tales escenarios de desprecio, agravio y explotación, la hipótesis de la “igualdad de las inteligencias”.

De la conformación de esta como proceso recurrente, sin principio ni fin absolutos, sin arjé ni telos, Marx y Engels ya darían cuenta entre 1845 y 1846 en La Ideología Alemana: “no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad”. Emplearían para ello una hermosa palabra: “Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”.

Ahora bien, si queremos que nuestro análisis materialista sea lo más honesto y riguroso posible, debemos hacernos cargo de dos realidades a menudo incómodas desde el punto de vista emancipatorio. Por un lado el hecho de que, a poco que analicemos los acontecimientos históricos, nos percataremos de que no existe una división absoluta, pura, entre liberación y opresión. Las prácticas emancipadoras y los dispositivos de control coexisten, se entremezclan en grados variables. Lejos de ser momentos sucesivos o alternativos, se presentan como fenómenos simultáneos, contaminantes, que cohabitan líneas de sombra comunes; resultando ser procesos más entreverados de lo que nos gustaría en distintos contextos y experiencias. Esto, que ya fuera señalado de manera penetrante por Foucault, parece ocultarse por momentos en las exposiciones teóricas de Badiou o Rancière.

Por otro lado, habrá que entender que, en muchas ocasiones, los síntomas de indignación de determinados individuos o colectivos sociales ante un orden social opresivo no suponen la inequívoca asunción, por su parte, de que dicho orden sea injusto, cuanto una reacción al hecho de que no se les permita participar en las estructuras de poder existentes.

Pero así como, desde un punto de vista ético o moral, la posible génesis narcisista de un comportamiento verdaderamente generoso queda difuminada en virtud de la estructura de este, independientemente de la voluntad subjetiva o grupal, podríamos enunciar que estamos ante un acontecimiento emancipatorio cuando los intereses particulares o espurios resultan neutralizados por el signo liberador del mismo.

Sé que también le estás dedicando muchas horas de reflexión a un asunto que levanta ampollas: la noción del trabajo en la tradición interpretativa marxista. ¿Cuáles son las principales nociones del trabajo en la literatura marxista? ¿Cómo se articulan estas con las prácticas emancipatorias?

A mi juicio, en la literatura marxista hay dos registros conceptuales de la noción de trabajo que constantemente se están confundiendo. De un lado, (1) el trabajo como universal antropológico, esto es, la concepción del trabajo como motor de transformación de la realidad, como producción práxica del mundo. Es de este modo como Marx confronta la concepción idealista hegeliana según la cual la realidad sería fruto del despliegue del Espíritu (Geist). A su vez, esta transformación será concebida como eminentemente social y relacional, de suerte que la transformación operatoria de la realidad es coextensiva a la autorrealización del ser genérico del hombre. De lo que se sigue que el mundo no es una instancia previa a los sujetos, ni viceversa, sino que las realidades definidas por ambos vocablos se van conformando dialécticamente. Esta es, por ejemplo, la lectura realizada por Marcuse en base a los Manuscritos del 44, en peculiar interlocución con la ontología heideggeriana.

Por otro lado, (2) tenemos la noción moderna de trabajo asalariado, es decir, el trabajo como producción, distribución, cambio y consumo de mercancías para la valorización del capital, lo cual supone la separación de los medios de producción y la fuerza de trabajo (Arbeitskraft). En sentido marxista, el trabajo asalariado será concebido como forma de explotación y también como un mecanismo de alienación, como anegación de nuestra singularidad [en este punto el razonamiento es netamente hegeliano. En efecto, como explica Catherine Malabou, la alienación es para Hegel la figura invertida de la idiocia: mientras que esta se define como un exceso de la identidad sobre sí misma, un repliegue -el encierro del espíritu natural que petrifica un contenido determinado como si fuera una “representación fija”-, la alienación se basa en la férrea adherencia del sí- mismo a una determinidad particular; una profunda inmersión en determinadas estructuras absorbentes (económicas, políticas, etc.) que bloquea cualquier intento de liberación o emancipación y nos hace sumamente dependientes].

Ahora bien: ¿cuál es la conexión existente entre ambos planos de la idea de trabajo? Este es uno de los temas sobre el que más frecuentemente converso con mi amigo Jorge Moruno, profundo conocedor de la materia. ¿Constituye la noción moderna de trabajo asalariado, como forma de explotación, una degeneración del trabajo entendido como esencia genérica del hombre, en tanto que producción de mundo y, al tiempo, proceso de humanización, o acaso no ocurrirá que la idea genérica, global y abstracta de trabajo es también un producto del capitalismo, del productivismo y de su correspondiente ética del trabajo? Me decanto por lo segundo. La concepción de la fuerza de trabajo como potencia humana fundamental, o dicho de otro modo, la identificación reductiva de cada individuo con su fuerza de trabajo, está configurada por la economía capitalista.

Es así como, entrando en contradicción con su propia metodología materialista, algunas concepciones marxistas naturalizan la noción de trabajo, identificándola con la totalidad social de un modo transhistórico, e interpretan los procesos de emancipación como la extracción de la esencia genérica del trabajo de los diques de contención que representan las relaciones sociales capitalistas. O, en sus versiones negristas, como la liberación del “general intellect” de la concha del Imperio global; la autonomización del trabajo respecto de su camisa de fuerza capitalista. Desde estos enfoques, y en esto tiene razón Postone, las relaciones sociales capitalistas ocultarían o impedirían la realización personal del hombre a través del trabajo. Así, a fin de cuentas, la emancipación sería la reconciliación o reencuentro del trabajo consigo mismo. O, por mejor decir, la inversión del proceso de succión del trabajo vivo por los medios de producción capitalistas.

Bien es cierto que, según Marx, la dominación capitalista es la dominación del trabajo muerto sobre el trabajo vivo. Sin embargo, también lo que es -y aquí está la clave- que la relación “diferencial”, “antitética” o “polarmente opuesta” (expresiones todas empleadas por el de Tréveris) entre el trabajo vivo y el trabajo muerto se efectúa en el proceso de producción capitalista, siendo tales categorías intrínsecas a la economía política capitalista, y estando por tanto inextricablemente unidas, como las caras de una misma moneda. Marx es rotundo al respecto: “Trabajo inmediato y trabajo objetivado, trabajo presente y pasado, trabajo vivo y acumulado, etc., son fórmulas, pues, en las cuales los economistas expresan la relación entre el capital y el trabajo”. Dice más: “estas fuerzas productivas sociales el trabajo históricamente no se desarrollan sino con el modo de producción específicamente capitalista, y por lo tanto aparecen como algo inmanente a la relación del capital e inseparable de la misma” [ambas citas pertenecen al Capítulo VI (inédito) del Libro I de El Capital].

No en vano recordaba Rosa Luxemburgo que es la producción capitalista la que sitúa a la clase obrera como clase dependiente del salario (o lo que es lo mismo: ser obrero es ser dependiente de las estructuras de dominación que personifican los capitalistas). Sin embargo, mi posición nada tiene que ver con el “rechazo al trabajo”, pues con este sintagma se vuelve igualmente a esencializar la idea de trabajo, confundiendo así las distintas acepciones que el término ostenta [las propuestas políticas del grupo Krisis me parecen ciertamente insuficientes y paralizantes]. Más bien, me conformaría con rechazar la concepción del “sujeto del trabajo” como una sustancia prefijada, así como la reducción de lo que somos [”multitud”, “ser singular-plural”, “pueblo”, etc. -este es otro debate-]  a la condición de meros agentes de producción.

Congruentemente con lo que precede, nuestra propuesta no podrá consistir, entonces, en hacer una crítica del capitalismo “desde el punto de vista del trabajo”, en el sentido abstracto antes denunciado, sino en combatir la explotación laboral, así como el resto de formas de opresión intrincadas, empuñando el principio insobornable de la “igualdad de las inteligencias” -mediante la articulación de “derechos de existencia”- en pos de la emancipación del capitalismo. Para una filosofía materialista crítica, esta no será una cuestión accesoria, sino una necesidad interna de su mismo ejercicio práctico."            

(Juan Ponte es profesor de Filosofía en el IES Pérez de Ayala (Oviedo, Asturias) y Concejal de Cultura y Participación Ciudadana en el Ayuntamiento de Mieres (gobernado por IU con mayoría absoluta), Sin Permiso, 20/11/20)

26/9/18

El índice de libertad económica entre estados encuentra a Florida el más libre y a Nueva York el menos libre... ¿las diferencias reales entre Nueva York y Florida hacen a los neoyorquinos menos libres? ¿Se resienten los neoyorquinos bajo la pesada mano de la ley sanitaria, o se sienten más libres sabiendo que corren mucho menos riesgo de arruinarse por una emergencia médica, o de ser lanzados al abismo si pierden su empleo?

"(...) los mercados libres se traducen en libertad personal: que una economía de mercado desregulada libera a la gente corriente de la tiranía de las burocracias. En un mercado libre, continúa la historia, no necesitas adular a tu jefe o a la compañía que vende tus productos, porque saben que siempre puedes acudir a otra persona.

Lo que señala Robin es que la realidad de una economía de mercado no se parece nada a eso. De hecho, la experiencia diaria de decenas de millones de estadounidenses –especialmente aquellos que no ganan mucho dinero, pero no solo– es una de constante dependencia de la buena voluntad de empleadores y otros actores económicos más poderosos.  (...)

Las protecciones a los empleados obligadas por el gobierno puede que restrinjan la capacidad de las corporaciones para contratar y despedir, pero también blindan a los trabajadores contra algunas formas muy reales de abuso. Los sindicatos, en cierto modo, limitan las opciones de los trabajadores, pero también ofrecen un importante contrapeso contra el poder corporativo monopsónico.

Ah, y los programas de una red de seguridad social pueden hacer mucho más que limitar la miseria: pueden ser liberadores. He conocido a muchas personas que se quedan atascadas con empleos que aborrecen por miedo a perder la cobertura sanitaria.  (...)

El otro día me divertía con el índice de libertad económica entre estados del Cato Institute, que encuentra a Florida el más libre y a Nueva York el menos libre. (¿Está bien que yo escriba esto, camarada comisario?) Como señalé, la libertad al estilo Cato parece asociarse, entre otras cosas, con una alta mortalidad infantil. ¡Vive libre y muere! (New Hampshire está justo detrás de Florida).

Pero, seriamente, ¿las diferencias reales entre Nueva York y Florida hacen a los neoyorquinos menos libres? Nueva York es un estado altamente sindicado –el 25,3 por ciento de la fuerza de trabajo– mientras que solo el 6,6 por ciento de los trabajadores de Florida están representados por sindicatos. ¿Hace esto a los trabajadores de Nueva York menos libres, o les empodera contra el poder corporativo?

Asimismo, Nueva York ha expandido el Medicaid y ha intentado que funcionen los intercambios según la ACA [Affordable Care Act], de modo que solo el 8 por ciento de los adultos no ancianos carece de seguro médico, comparado con el 18 por ciento de Florida. 

¿Se resienten los neoyorquinos bajo la pesada mano de la ley sanitaria, o se sienten más libres sabiendo que corren mucho menos riesgo de arruinarse por una emergencia médica, o de ser lanzados al abismo si pierden su empleo?   
      
Si eres un profesional altamente remunerado, probablemente no haya mucha diferencia. Pero intuyo que la mayoría de los trabajadores se sienten al menos algo más libres en Nueva York que en Florida.

 Ahora bien, no hay respuestas perfectas al sacrificio inevitable de algo de libertad que implica vivir en una sociedad compleja; no hay utopía en el menú. Pero los abogados del poder corporativo sin restricciones y la mínima protección de los trabajadores se han salido con la suya durante demasiado tiempo, fingiendo que son los defensores de la libertad –la cual, en realidad, no es otra palabra para decir que ya no te queda nada que perder. "                  (Paul Krugman  , Sin Permiso, 17/09/2018)

19/9/18

Chantal Mouffe: La globalización y el cambio social han llevado a nuevas formas de inseguridad en la vida de muchas personas, no solo de las clases bajas. El discurso xenófobo articula toda una serie de necesidades y demandas que no tienen nada que ver básicamente con la migración, como la necesidad de protección. Soluciones a las migraciones africanas: parar las guerras y la globalización comercial. En Senegal solo puedes comprar cebollas europeas de Holanda

"(...) 3. Globalización y migraciónSin embargo, hoy muchas demandas, resistencias y debates están fuertemente influenciados por la cuestión de la migración.

El problema de la migración es difícil. En política, también hay problemas para los que realmente no hay solución. Creo que hay dos aspectos cruciales: En primer lugar, el discurso xenófobo articula toda una serie de necesidades y demandas que no tienen nada que ver básicamente con la migración.¿Tienes un ejemplo?

Toma el Brexit. Los votos afirmativos vinieron principalmente del norte de Inglaterra, especialmente de las capas precarizadas. En resumen, fueron los perdedores de la globalización, las víctimas de la hegemonía neoliberal, quienes abogaron por el Brexit. Estas fueron las personas a las que nadie hizo una oferta política, ni los conservadores (...) ni la izquierda del New Labour (...). Nadie se ha interesado más por los problemas de estos votantes. Entonces Farage pudo recogerla. Pudo traducir sus miedos y dificultades en un problema de política europea y migración, incluso si era una tontería en el asunto. Y él respondió a su necesidad de protección.Una necesidad de protección?

Este es un tema importante en este contexto. La globalización y el cambio social han llevado a nuevas formas de inseguridad en la vida de muchas personas, no solo de las clases bajas. Es por eso que anhelan la protección. Y dado que la globalización es responsable de esta inseguridad, uno regresa al estado nacional. La única pregunta es si es un estado nacional progresista o nacionalista.¿Y cuál es el segundo aspecto básico de la cuestión de la migración?

Estoy convencido de que necesitamos fronteras. No soy un defensor de fronteras completamente abiertas. La tragedia es que los europeos y Occidente tienen una gran responsabilidad por las guerras en el Medio Oriente y de las dificultades económicas en África pero las consecuencias, en forma de migración, no nos importan. Sin embargo, una democracia completamente cosmopolita es, en mi opinión, una imposibilidad.

 Entonces, ¿qué debería pasar?

Debemos tener una política activa para mejorar realmente las condiciones en el Tercer Mundo. Lo más importante es una corrección del libre comercio, que destruye la industria agrícola en África y conduce a grandes movimientos de población. 

 He estado varias veces en Senegal en los últimos años: solo puedes comprar cebollas europeas de Holanda. Necesitamos una dosis razonable de proteccionismo, no una ejecución hipotecaria, sino una regulación sensata de los mercados para mejorar las condiciones de vida en África.

 Debemos dejar de destruir las economías de los países en desarrollo con nuestras exportaciones. La fuga de cerebros también es un problema: el sistema de salud británico colapsaría de inmediato sin médicos de Europa del Este y del sudeste asiático. Estas fuerzas faltan en sus países de origen.  

Es cínico que Occidente ahorre costos al incitarlos tan pronto como sean educados. En definitiva, se trata de conseguir trabajadores calificados de la forma más económica posible. Es el pináculo de la lógica neoliberal, que causa un daño inmenso.Consideran inevitable que el estado nación vuelva a ser más importante. ¿Necesita un nacionalismo de izquierda?

Prefiero hablar de patriotismo izquierdista. Pero sí, estoy convencido de que todavía hay una ocupación afectiva muy fuerte de la identidad nacional, al menos así es hoy y debería ser mañana. Esto incluso aumentará como una reacción contra la globalización, incluso si no nos gusta.  

No considero que la teoría política sea una ciencia puramente normativa. Tenemos que comenzar con las personas, ya que realmente funcionan.Y a este funcionamiento pertenece el poder de las identidades colectivas?

Elias Canetti analiza muy bien este problema en "Mass and Power". Él dice que los humanos tienen dos impulsos básicos. Tienen un impulso por la individualidad, por la libertad. Pero también tienen un impulso hacia las masas, sienten la necesidad de ser parte de un colectivo. Las ciencias sociales de hoy tienden a reprimir completamente este hecho.

 ¿Qué opina del argumento de que, en el fondo, la identidad regional es mucho más importante que la identidad nacional? ¿Eso, por ejemplo, de que un Bayer es mucho más bávaro que alemán?

Esto puede tener alguna justificación para regiones y países individuales, pero creo que está fuera de discusión que el regionalismo reemplace de algún modo el nacionalismo. El afecto nacionalista sigue siendo fuerte.  

Y, además, el estado nación sigue siendo el principal marco institucional para el funcionamiento de las comunidades democráticas. Mientras permanezca así, no es deseable que el estado nación se debilite aún más.Y Europa?

Soy una europea absolutamente convencida. Europa debe defender su modelo social y social en conjunto. Pero quiero otro, no quiero la Europa neoliberal que existe hoy.  

Para construir esta otra Europa, debes comenzar a nivel regional y nacional, cambiar los discursos allí y crear nuevos espacios políticos allí. No creo que ese proyecto pueda tener éxito si comienza en el nivel superior, paneuropeo. 

 La democratización no se puede realizar de arriba hacia abajo. Por ejemplo, soy escéptico del movimiento democrático paneuropeo de Yanis Varoufakis. Eso no funcionará"

  (Entrevista a Chantal Mouffe, Daniel Binswanger, Republik, 08/09/18 ; traducción google)

14/12/16

Sin la alianza rusa, Fidel Castro y la Revolución Cubana habrían seguido el destino de Jacobo Arbenz en Guatemala, de Allende en Chile y de tantos otros.... así pues, comparemos...

"Yoani Sánchez no representa un consenso básico constructivo entre cubanos, sino el cambio de régimen que se ha venido promoviendo para Cuba desde 1959. Por eso se la aúpa.

Confieso que acudí escéptico pero curioso a la intervención que Yoani Sánchez, una “periodista independiente” cubana, ofreció el 8 de mayo en el Instituto Cervantes de Berlín, un acto organizado por el diario local Die Tageszeitung.

Sánchez es una joven despierta, bien parecida y de verbo afilado. Describió la situación en su país en términos muy extremos. Habló de la isla como de una “perversa jaula” y de su gobierno como “dictadura de un clan familiar”. Explicó la estabilidad del régimen cubano por “el miedo” que atribuye a su población.

 Definió la economía cubana como, “capitalismo de una familia” y consideró que el sistema cubano “es irreformable”. Sánchez, que se presenta como una “persona puente” dispuesta a dialogar con todos, dejó claro que es una abogada de lo que se llama “cambio de régimen”.

Su popularidad mediática es enorme. Su blog está traducido a muchísimas lenguas y goza de apoyos logísticos extraordinarios. Ella reclama su derecho a criticar. No le discuto a Sánchez el derecho a poner a caldo a quien quiera, ni a hablar de lo que quiera. Lo que discuto es el papel que se le atribuye, desde la derechona global, como representante de algo nuevo e incluso como conciencia del pueblo cubano.

Cuba, ahora junto con Venezuela, es el país que concentra la mayor atención mediática de América Latina en materia de derechos humanos. Asuntos que en otros lugares pasan desapercibidos, en Cuba son focalizados y frecuentemente manipulados para presentarlos en su peor luz. Pero si uno repasa con un poco de mesura la situación de los derechos humanos en el mundo y en América Latina, constatará que la situación de Cuba está muy lejos de las peores. (véase, por ejemplo: Cuba and the rhetoric of human rights). 

Eso no impide que cualquier asunto, por ejemplo el suicidio carcelario del preso Orlando Zapata en febrero de 2010, tenga un impacto y reciba una atención siempre superior a cualquier otro hecho similar o más grave en otros países, por ejemplo el descubrimiento, un mes antes del caso Zapata, de 2000 cadáveres de sindicalistas y activistas de derechos humanos asesinados por el ejército colombiano.

El maltrato de un cubano por motivos políticos siempre será mucho más noticiable y denunciable, para el mundo mediático occidental que el asesinato de decenas de activistas políticos en países amigos como Filipinas, con 56 periodistas asesinados en veinte años, como Colombia, cuya cuenta de eliminación de adversarios es inabarcable, y como muchos otros. Latinoamérica aporta centenares de ejemplos.

“Que en otros países las cosas estén mal o peor no es motivo para no criticar a Cuba”, dice Sánchez. Naturalmente que no, pero no es ese el asunto. Se trata de la política de derechos humanos (no confundir con la defensa universal de los derechos humanos), es decir de la utilización política y mediática de los derechos humanos para castigar a adversarios de la que tanto uso se hace en Occidente.

Sánchez ha sido aupada por el establishment occidental, desde Washington hasta Madrid, en ese contexto. Y por esa razón se le dan todos los altavoces, es recibida por los acostumbrados ministros y se le entregan los habituales premios. También en Berlín ha sido así.

Sánchez, que es una persona inteligente e incluso brillante, no puede ignorar que el papel que se le hace representar no es más que la continuación, actualizada, de la vieja campaña imperial contra el gobierno de su país. 

Ella tiene todo el derecho a posicionarse contra su gobierno, pero no tiene derecho a ser un recurso propagandístico de ese imperio que lleva 54 años intentando derrocar al sistema cubano por todos los medios ilícitos y criminales conocidos. La simple realidad es que Sánchez forma parte de ese esfuerzo.

El imperio no puede tolerar que a 90 millas de su territorio haya una república independiente de sus designios. Esa anomalía dura desde 1959 y ha pagado, y paga, un alto precio por existir. Durante 54 años el gobierno de la República de Cuba ha sufrido todo tipo de presiones y agresiones, desde una invasión militar en toda regla, hasta terrorismo de todo tipo para arruinar su economía y matar a sus ciudadanos con plagas inducidas por la guerra  química y biológica, pasando por el asesinato de sus dirigentes, la subvención del cisma de su población en bandos irreconciliables y una obstrucción implacable y sistemática en la arena internacional.

Puede que esas circunstancias no justifiquen todos los defectos que se atribuyen al régimen cubano, pero no hay duda de que explican muchos de ellos. La revolución cubana, como por otra parte todas las revoluciones que desafiaron al imperio, se vio obligada a vestir el uniforme militar desde sus mismos orígenes, algo que siempre es difícil de compaginar con una normalidad civil. Tuvo que mantener una férrea vigilancia e incluso renunciar a parcelas de su independencia por su alianza con la Unión Soviética.

Cuba pagó, sin duda, un fuerte peaje por aquella alianza que vino impuesta por imperativos de supervivencia y cuya alternativa era, simplemente, la rendición incondicional y perder toda su dignidad nacional. 

Pero, gracias a su lejanía geográfica de Moscú, gracias a la existencia del Océano Atlántico, y también gracias a su propia personalidad histórica y la de sus líderes, Cuba nunca fue un vasallo en el bloque del Este, lejanamente comparable a sus socios del mundo socialista. Cuba fue el único aliado de Moscú plenamente soberano e independiente.

Muchos dirán que huyendo del fuego del imperio, la isla cayó en las brasas de un sistema que devaluó gran parte de todo aquello que hizo grande a la Revolución Cubana. Mi opinión es que, sin todo aquello que le hizo perder parte de su genuino espíritu liberador inicial, Fidel Castro y la Revolución Cubana habrían seguido el destino de Jacobo Arbenz en Guatemala, de Allende en Chile y de tantos otros.

 Por desgracia la historia no se escribe sobre la ordenadas y simétricas líneas de un cuaderno impoluto, sino sobre el caos y las contradicciones más infames. Al final, con todos sus defectos, aún hay mucho rescatable en la Cuba de hoy, mucho de lo que merece ser defendido frente a las presiones y cercos de siempre.

Es legítimo que muchos observadores lejanos no estén de acuerdo con este planteamiento general, pero, aparentemente, la mayoría del pueblo cubano lo está, pues de lo contrario el actual gobierno no se mantendría y habría sucumbido como auguraban las erradas profecías que siguieron al derrumbe del bloque del Este en 1990. Cuba era, y es, algo más, mucho más, que aquel “socialismo real” que se desmoronó en la Europa de entonces. Por eso su desafío ha sobrevivido a la guerra fría en condiciones mucho más difíciles que las de cualquier país del Este de Europa.

Sánchez dijo en Berlín que llegó a la adolescencia, “en una época en la que (en Cuba) no había mucho en lo que creer”, pero incluso desde ese nihilismo no hay que perder el sentido de la decencia, especialmente cuando se quiere ser rebelde. 

En mi humilde caso, llegué a la adolescencia en una época en la que estaba muy claro para la juventud que al imperio le importan un rábano los derechos humanos. Desgraciadamente eso sigue siendo así, y no podría ser de otra manera, pues no hay nada más antihumanista que el propio imperio.

Lidiando con Cuba se trata, casi siempre y sobre todo, de ese pecado original revolucionario. Claro que hay otros ámbitos, pero todos, incluso las vergüenzas del régimen, están envueltas, impregnadas y condicionadas en y por esa gran revancha histórica. Washington y Bruselas (ésta como capital colectiva de la Europa neoimperial), se cuentan entre los mayores violadores de derechos humanos y destructores de vidas del mundo actual. 

Aunque sea solo por su belicismo –y no se trata solo de eso–. Hay que continuar castigando a la República heredera de aquella revolución imperdonable, especialmente ahora cuando su fatigado cuerpo está encontrando nuevos apoyos políticos en América Latina capaces de darle nuevo oxígeno. 

No seamos ingenuos, Sánchez no es un producto nuevo. No representa ese necesario consenso básico constructivo entre cubanos, sino el cambio de régimen que se ha venido promoviendo para Cuba desde 1959.  Y por eso se la aúpa."              (Fuente: La Vanguardia] , Rafael Poch, Mientras tanto, 11/05/13)

27/10/16

Es Edward Bernays, el sobrino de Freud, uno de los primeros en cambiar la forma de vender haciendo creer que tal o cual producto participan de tu propia personalidad, de tu necesaria realización

"(...) –¿A qué llama las "guerras del modo de vida" en el libro consagrado al encuentro que tuvo con Edward Snowden en compañía de Daniel Ellsberg, otro lanzador de alertas, responsable de la filtración de los "Papeles del Pentágono" durante la guerra del Vietnam?

–El modo de vida norteamericano se ha convertido en el modo de vida europeo y el modo de vida de la elite india. Snowden y Ellsberg tuvieron razón al denunciar la crueldad de la guerra de Vietnam o la vigilancia de la NSA pero sigue siendo necesario comprender por qué Estados Unidos hace estas guerras, tanto ayer como hoy.

La razón es, antes que nada, el control de los recursos y la voluntad de aprovecharlos lo más rápidamente posible. Para ello, hay que preconizar un determinado modo de vida particular basado en un apetito de consumo infinito y desenfrenado.

Es Edward Bernays, el sobrino de Freud, uno de los primeros en cambiar la forma de vender estos productos insistiendo no en la necesidad de poseer esto o aquello sino en conseguir hacer creer que tal o cual producto participaban de tu propia personalidad, de tu necesaria realización. 

Es el imaginario de un consumo sin límites, esa idea de que la felicidad pasa por la posesión de más y más objetos, esa forma mediante la cual creemos que la civilización y el capitalismo son una sola y misma cosa es lo que hay que volver a plantear si queremos tener una posibilidad de supervivencia. 

Pero no estoy segura de que la humanidad quiera sobrevivir…

–En este encuentro que tuvo con Edward Snowden y Daniel Ellsberg, se percibe que sigue reticente a los motivos patrióticos de su acción. Dicen haber actuado en nombre de cierta idea de Estados Unidos que la guerra de Vietnam o la vigilancia de NSA "traicionan". Rechaza desde hace tiempo el chovinismo pero, si este causa algunas guerras, ¿los hombres, sin embargo, no han alcanzado los estados-nación para combatirse mutuamente?

–Yo no digo que no tengan que existir países o naciones sino que no deberían estar provistos de semejante poder esotérico como en Francia o en India, donde mucha gente estima que sus países encarnan una superioridad cultural o civilizadora. No es ninguna tontería. Hay que relajarse.

 ¿Cómo explicar el fracaso de escritores y artistas que proporcionan un imaginario menos mortífero que el de la bandera? Es muy frecuente que artistas y escritores se plieguen a las demandas del mercado incluso teniendo el deseo de experimentar, porque se espera de ti que experimentes pero dentro de ciertos límites. 

Cuando escribí mi primera novela, El dios de las pequeñas cosas, fui bien acogida; sentí que se esperaba que yo publicara, dos años después, otra novela y así sucesivamente. Pero si yo hubiera querido satisfacer esa demanda, no hubiera podido participar en ninguna de las luchas en las que he participado, ni escribir los ensayos que he escrito. 

Cuando he publicado, en lugar de una nueva novela, El fin de la imaginación, quienes me habían alabado sintieron una rabia loca y me detestaron. El imaginario de consumo infinito ha penetrado en el mundo artístico y asistimos a formas de "cultural washing" lo mismo que vimos con el "green washing". 

El mayor festival de literatura mundial se encuentra hoy en India, en Jaipur. Todo el mundo va allá, los editores, los escritores… Se habla de la libertad de expresión, del arte, mientras que las personas que financian el festival destruyen los pueblos de los bosques y apoyan un gobierno en el que el simple hecho de no ser hindú y nacionalista es considerado un crimen.

 Las compañías mineras financian festivales de cine o de literatura con gentes maravillosas que hablan bajo vigilancia de libertad de expresión mientras sus patrocinadores destruyen el mundo. (...)"            (Entrevista a la escritora y activista india Arundhati Roy, Joseph Confavreux
 , Mediapart, en Rebelión, 22/10/16)

21/1/16

“La violencia política es un proceso relacional”

"Recientemente se ha publicado el libro 'Enclaves de riesgo', en el que aparece un texto tuyo dedicado al disciplinamiento de los jóvenes de las periferias francesas y su deriva securitaria. ¿Por qué ligas derechos y empleo con el asunto de la seguridad?

Es totalmente artificial separar la seguridad de la cuestión social. Existe un estrecho vínculo entre la inseguridad existencial y los pequeños desórdenes urbanos. En la sociedad fordista, los desórdenes característicos de la juventud (violencia, pequeños robos, vandalismo, etc.) se regulaban en su mayoría a través de la integración en el mundo de la fábrica. 

Con el paso de los años la integración profesional permitía “sentar cabeza”, como se decía entonces. Hoy ya no es el caso. La precariedad, las discriminaciones o el desempleo masivo que experimentan hoy muchos jóvenes de las periferias francesas les impide encontrar esta estabilidad y favorece la permanencia de los desórdenes juveniles. Además, estos jóvenes son percibidos de manera diferente que en el pasado.

 Los viejos obreros no reconocen en las nuevas generaciones sus herederos. Su mundo se ha deshecho y estos jóvenes encarnan de manera especialmente visible este declive colectivo.

 Todo ello genera un repliegue en el espacio doméstico y un malestar profundo que los politólogos analizan de manera sesgada como “sentimiento de inseguridad” y que los políticos usan en sus campañas par intentar reconquistar un electorado masivamente abstencionista.

Los atentados de París de la noche del 13 de noviembre de 2015, así como el ataque a la revista Charlie Hebdo o al museo judío belga, han tenido como protagonistas a jóvenes franceses, na­cidos y educados en Francia, y no a terroristas llegados de otros países. ¿Qué condiciones han hecho posible que jóvenes de barrios periféricos cometan actos de una extrema violencia en sus propias ciudades?

Es cierto que varios de los autores de estos ataques presentan unas trayectorias parecidas: intervención precoz de los servicios sociales, escolaridad técnica, sociabilidad callejera y delictiva y por fin encarcelamiento. 

Todos comparten una visión del islam compuesta de combatientes convertidos en héroes (los muyahidines), hazañas y escenarios lejanos de conflicto. De hecho, varios viaja­rían a esos destinos (Siria, Pakistán, Afganistán, Yemen).

 La pro­pa­ganda, las pré­dicas y las es­tancias iniciáticas les proporcionan una representación del mundo bastante simple que reúne en un todo coherente su experiencia concreta de la dominación, de la discriminación, la que sufren otros pueblos (en Mali, en Chechenia, en Palestina, etc.) y un gran relato civilizatorio que designa a los judíos y a los infieles como responsables de todos esos males.

 Esta concepción de la religión es fácil de asumir, dado que es al mismo tiempo una toma de conciencia (de su situación) y una liberación, que le ofrece a la rebeldía un ideal más ‘elevado’ y universal que la delincuencia y la marginalidad.

Sin embargo, estas características no son sólo las de unos individuos que han cometido atentados, sino las de decenas de miles de jóvenes. De ahí la gran ingenuidad de buscar perfiles. El uso de la violencia en política (en tiempo de paz) concierne a muy pocas personas, y no sale de la nada. 

Hay que dibujar sus genealogías –la guerra civil argelina juega sin ninguna duda un papel en los últimos atentados– y entender las dinámicas propias de las trayectorias de estos individuos, sin nunca olvidar el papel de las autoridades públicas (y particularmente de la policía y de la justicia): la violencia política es un proceso relacional.

Los ataques yihadistas están siendo usados por los gobernantes para mostrar músculo ante la opinión pública en forma de respuestas represivas bélicas. En este sentido, el discurso del Frente Na­cional parece marcar el paso desde hace años en la política francesa. ¿A qué verdad apela Marine Le Pen que ha atraído a tantos franceses?

Los atentados que experimenta Europa desde el principio de los años 2000 son terribles. Pero en ningún caso han desestabilizado los Estados. Los servicios de inteligencia, la policía y la justicia han hecho su trabajo, generalmente de manera eficiente. 

Los autores y sus cómplices han sido neutralizados o arrestados rápidamente. En vez de felicitarse por ello, el Gobierno francés usa un discurso bélico, o peor aún, de guerra de civilizaciones. Marine Le Pen no puede pedir más… Ni siquiera tiene que decir nada, si el propio Gobierno socialista señala el “islamismo radical” como enemigo.

El discurso de guerra implica una polarización (entre “ellos” y “nosotros”) que es un sinsentido en materia de violencia política. Dos discursos simétricos se enfrentan: el de las autoridades (“o están con nosotros o están con los terroristas”) y el de las organizaciones armadas (“o están con nosotros o son malos musulmanes, nacionalistas, revolucionarios, etc.”). 

Ahora bien, la “relación terrorista” no incluye a dos participantes, sino a tres. El enfrentamiento entre los dos primeros se realiza ante la mirada por lo general indiferente del grueso de la población, que ocupa una posición de espectadora a través de los medios de comunicación. 

Este distanciamiento constituye precisamente la condición de la no extensión de la violencia, particularmente cuando los grupos radicales no disponen de bases sociales o territoriales fuertes.

 Pero la presión que se ejerce para desembocar en condenas unánimes, las vejaciones y las humillaciones (tales como las que se pueden observar en los registros que se llevan a cabo con el estado de emergencia) pueden, por rechazo, incitar a una minoría de esos espectadores a unirse a los objetivos, o incluso a las filas, de las organizaciones que están en el punto de mira.

¿Qué puede desactivar el dispositivo securitario en forma de guerra y miedo que se ha apoderado de la vida cotidiana en Francia?

Es difícil de momento, dada la unanimidad política sobre este tema. El problema con las medidas descritas como “excepcionales” tomadas en momentos de crisis es que no hay vuelta atrás. El caso de Irlanda del Norte o de Italia de los 70-80 lo demuestran muy bien. Se convierten en la manera normal de gestionar una determinada situación.

 ¿Quién será el político francés que tendrá el valor de no activar el estado de emergencia después del próximo atentado? Por tanto, no estamos frente a un estado de excepción. Para la mayoría de la gente, nada cambia, y es la razón por la cual estas medidas pueden existir y recibir un cierto apoyo. La excepción concierne sólo a ciertos grupos, definidos por su “peligrosidad”, y por extensión unos medios cercanos a ellos. Vivimos dentro de regímenes liberales con bolsas de excepcionalismo. 

Eso dificulta la mo­vilización más allá de las orga­nizaciones tradicionales de defensa de los derechos humanos. Por eso hay que mostrar que además de discriminatorias, estas políticas son inútiles y, peor aún, contraproducentes. En efecto, participan de la radicalización de gente que no lo estaba y difunden un visión del mundo social dividido entre musulmanes y no musulmanes.

 Una división que defienden tanto los neoconservadores norteamericanos y la extrema derecha europea como el Estado Islámico y los grupos yihadistas..."                (Entrevista a Laurent Bonelli, profesor de Ciencia Política en la Universidad París X Nanterre, Diagonal, 05/01/16)

23/1/15

Noam Chomsky: Todos somos Charlie

"El mundo quedó horrorizado después del brutal ataque que sufrió la revista satírica francesa Charlie Hebdo. En las columnas del New York Times, el corresponsal Steven Erlanger, presente desde hace mucho tiempo en Europa, describió de forma sobrecogedora las repercusiones inmediatas de lo que muchos describen como el “11 septiembre” francés.

 Fue “una jornada durante la cual se sucedieron sirenas ruidosas con los ires y venires de los helicópteros. Una jornada de frenesí mediático, de cordones policiacos, de muchedumbres en pánico y de niños alejados de las escuelas por cuestiones de seguridad. Una jornada, como las dos que le siguieron, de sangre y de horror en París y sus suburbios”. 

El inmenso repudio mundial provocado por el atentado fue acompañado por una reflexión sobre las raíces profundas de esta barbaridad. “Muchos son los que ven en estos hechos un choque de civilizaciones”, anunciaba un título del New York Times. 

Las reacciones de horror y de indignación respecto a estos crímenes son justificadas, al igual que la búsqueda de sus causas profundas, siempre y cuando guardemos en mente firmemente algunos principios. La reacción debería ser completamente independiente de la opinión que se puede tener de ese periódico y del material que produce.

 Los eslóganes omnipresentes de tipo “Yo soy Charlie”, no deberían indicar, ni siquiera insinuar, ninguna asociación con el periódico, al menos en el contexto de la defensa de la libertad de expresión. Deberían más bien expresar una defensa de al libertad de expresión a pesar de lo que se puede opinar acerca del contenido, y aunque éste sea calificado de hiriente o depravado.

Y esos eslóganes también deberían expresar la condena de la violencia y del terror. El dirigente del Partido de los Trabajadores de Israel y principal contrincante para las próximas elecciones, Isaac Herzog, tiene toda la razón cuando dice que “El terrorismo es terrorismo.

 No existen dos formas diferentes de considerarlo.” También acierta cuando dice “Todas la naciones que desean la paz y la libertad enfrentan un inmenso reto” respecto al mortífero terrorismo – si dejamos de lado su interpretación selectiva acerca de este reto.

Erlanger describe muy bien la horrible escena. Cita uno de los periodistas sobrevivientes: “Todo se desplomó. No había ninguna escapatoria. Había humo por todos lados. Fue terrible. La gente gritaba. Una verdadera pesadilla.” 

Otro periodista superviviente describió “una inmensa deflagración antes de ser sumergidos en la absoluta oscuridad.” La escena, según Erlanger, “no era más que un montón de vidrio roto, paredes caídas, maderas retorcidas, pinturas desgarradas y devastación emocional.” Por lo menos 10 personas habrían muerto a raíz de la explosión, 20 otras habían desaparecido, “probablemente enterradas bajo los escombros”.

Esas citaciones, como nos lo recuerda el incansable David Peterson, no son de enero del 2015. En realidad son extraídas de una nota de Erlander del 24 de abril de 1999, que solo alcanzó la sexta página del New York Times, es muy lejos de alcanzar la relevancia del ataque de Charlie Hebdo. 

Erlanger en realidad describía el resultado de “un ataque con misil sobre la sede de la televisión de estado de Serbia” por parte de la OTAN (es decir los EE.UU.) que “dejó fuera del aire Radio Television Serbia.”

Hubo una justificación oficial. “La OTAN y los representantes estadounidenses defendieron el ataque”, reportó Erlanger, “como parte del esfuerzo para debilitar el régimen del Presidente de Yugoslavia Slobodan Milosevic.

” El portavoz del Pentágono, Kenneth Bacon declaró durante una conferencia de prensa en Washington que “la televisión serbia formaba parte integrante de la máquina de terror de Milosevic, al mismo nivel que sus fuerzas armadas”, lo que la convertía por lo tanto en un blanco legítimo.

El gobierno de Yugoslavia declaró: “La nación entera apoya a nuestro presidente, Slobodan Milosevic”, según reporta Erlanger, quien añade que “no queda claro cómo el Gobierno sabe esto con tal precisión.”

Ningún comentario sardónico de ese tipo sería el bienvenido ahora que se puede leer en la prensa que Francia está en duelo y que el mundo está indignado ante los abominables acontecimientos. Tampoco resulta necesario interrogarse acerca de las causas profundas, ni de preguntarse quien representa a la civilización y quien a la barbarie.

Pero Isaac Herzog se equivoca cuando dice “El terrorismo es terrorismo. No existen dos formas diferentes de considerarlo.” Definitivamente sí existen dos formas de considerarlo: el terrorismo no es terrorismo cuando se trata de un ataque mucho más violento pero perpetrado por los que son Justos en virtud su poder. De la misma forma, la libertad de expresión no corre peligro cuando los Justos destruyen un canal de televisión que apoya a un gobierno que están atacando.

Asimismo, se entiende fácilmente el comentario del abogado de derechos cívicos Floyd Abrams, reconocido por su defensa apasionada de la libertad de expresión, publicado en el New York Times y en el que señala que el ataque contra Charlie Hebdo “es la agresión más grave en contra del periodismo de la que se tenga memoria.” 

Tiene razón de precisar “de la que se tenga memoria”, lo que divide cuidadosamente a los ataques contra el periodismo y los actos de terrorismo en dos categorías: los Suyos, que son horribles; y los Nuestros, que son virtuosos y fácilmente eliminados de nuestra memoria.

Vale la pena subrayar que esto solamente es uno de los numerosos ejemplos de ataques contra la libertad de expresión realizado por los Justos. Para mencionar únicamente otro ejemplo que fue fácilmente borrado de “nuestra memoria”, el ataque llevado a cabo por las fuerzas de los EE.UU en Falluja en noviembre del 2004, uno de los peores crímenes realizados durante la invasión a Irak, que inició con la ocupación militar del Hospital General de esa ciudad. 

La ocupación militar de un hospital representa en sí, por supuesto, un grave crimen de guerra, independientemente de la forma en la que fue llevada a cabo. Los hechos fueron trivialmente descritos en un artículo publicado en primera plana del New York Times, junto con una fotografía ilustrando el crimen. 

El texto señalaba que “soldados armados sacaron de las habitaciones a los pacientes y empleados del hospital, y les ordenaron sentarse o tirarse al piso mientras que las tropas los maniataban por detrás.”

 Esos crímenes fueron descritos como si fuesen altamente meritorios y justificados: “La ofensiva permitió clausurar lo que oficiales describían como una herramienta de propaganda para los militantes: el Hospital General de Falluja, con su flujo de informes sobre el número de víctimas civiles.”

Evidentemente, no se le podía permitir a una agencia de propaganda de este tipo que siguiera escupiendo sus vulgares obscenidades."               (Noam Chomsky , zcomm.org, en Rebelión, 17/01/2015)