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9/8/22

El diseño de una red como Twitter favorece el enfrentamiento y el conflicto... comer o no carne, reciclar o no, llevar la mascota al veterinario o no, y hasta encender el aire acondicionado se ha convertido en una cuestión moral que puede provocar la sanción social. Para ir repartiendo sanciones y poniéndose medallas se necesitan las redes sociales. Y todo eso lleva incluida la ira contra el díscolo... podemos decir que las redes sociales hacen negocio con nuestra indignación moral igual que las webs de pornografía hacen negocio con nuestra sexualidad: se aprovechan de una tecla de la naturaleza humana

 "El flamante nuevo director de The New York Times, Joe Kahn, que tomó posesión de su nuevo cargo el pasado mes de junio ha recomendado a sus periodistas que no usen Twitter “demasiado”. Así lo explicaba en una entrevista en el diario ABC: “no queremos que la gente se tome Twitter como si representara a la audiencia, que es mucho más amplia y rica. Deberíamos estar siempre dispuestos a escuchar las críticas, pero en las redes sociales no son tan útiles y tampoco son representativas. Queremos que los periodistas sigan su misión periodística al margen de las redes”. Según Kahn, la recomendación “es un mensaje para que los periodistas se centren en lo importante. Twitter genera debates muy tóxicos y no deberíamos utilizarlo como una especie de barómetro de lo que es bueno y lo que no”. 

Ya son muchos los especialistas que llaman la atención sobre la estrecha relación entre las redes sociales -y especialmente Twitter- y la ira. O más bien, la explotación de la ira como gancho para conseguir usuarios y actividad en las redes. Toda la vida existieron los cotilleos, primero en las sociedades, y después en la prensa que descubrió que las emociones disparaban las audiencias. Ahora las redes saben que los contenidos que incorporan emociones morales, y en especial la ira, generan más likes, más retuits y, por tanto, más caja. La neurocientífica estadounidense Molly Crockett, especialista en estudiar la moralidad, señala que las redes sociales son superestímulos para la indignación moral y la disparan por encima de lo que sucede en la vida real, sobre todo en Twitter. 

El psiquiatra Pablo Malo, en su obra “Los peligros de la moralidad” explica que para expresar la indignación moral contra alguien, en la vida real hay que enfrentarse cara a cara con los malos o incluso llegar a la agresión física, lo que implica riesgos. Pero en el mundo digital se puede expresar la ira tecleando una frase en un momento desde la comodidad de nuestra habitación. No somos igual de beligerantes con el que nos indignamos si viaja con nosotros en el metro, que el que nos indigna cuando estamos frente al ordenador. De ahí que el umbral para expresar la ira es mucho más bajo en el mundo digital. Todos conocemos algún amigo, usuario de Twitter, que, en persona, es mucho más sereno y conciliador que en sus tuits. 

Y es que, según Malo, “el diseño de una red como Twitter favorece el enfrentamiento y el conflicto”. Por eso ya va siendo habitual en Twitter impedir que los usuarios puedan responder a tus tuits, bloquear masivamente o denunciar a algunos usuarios que insultan o amenazan. Si a ello le añadimos la capacidad que tiene la red social para descontextualizar y manipular, entenderemos que el director de New York Times pida a sus periodistas que no tenga mucho en consideración Twitter. 

Ingenuo, Pablo Malo plantea que los ingenieros de las redes deberían “buscar diseños que favorezcan el diálogo sin acaloramiento y la cooperación constructiva en las conversaciones y debates”. 

Le llamo ingenuo por dos motivos que, creo, hacen imposible que eso suceda. En primer lugar porque, como también analiza en su libro, hemos llegado a una sociedad hipermoral donde necesitamos potenciar todos nuestros instintos y actitudes destinadas a lograr la aceptación grupal y, al mismo tiempo, la sanción contra el no aceptado. Es decir, una sociedad del postureo meritorio/castigador. Ahora comer o no carne, reciclar o no, llevar la mascota al veterinario o no, y hasta encender el aire acondicionado se ha convertido en una cuestión moral que puede provocar la sanción social. Para ir repartiendo sanciones y poniéndose medallas se necesitan las redes sociales. Y todo eso lleva incluida la ira contra el díscolo. 

Por otro lado, como también afirma Molly Crockett, “en cierta manera podemos decir que las redes sociales hacen negocio con nuestra indignación moral igual que las webs de pornografía hacen negocio con nuestra sexualidad: se aprovechan de una tecla de la naturaleza humana”.

Visto lo visto, uno diría que las redes sociales, por su diseño y por su negocio, se han mostrado no solo como un obstáculo para el buen periodismo, sino también como un grave problema para la convivencia. Y no parece que ninguna autoridad esté dispuesta a ponerle el cascabel gato. "                 (Pascual serrano, eldiario.es, 30/07/22)

21/4/22

Varoufakis: Tan pronto como los conglomerados decididos a mercantilizar Internet se apoderaron de ella, los principios de la publicidad se transformaron en sistemas algorítmicos que permitían una selección específica de personas... y las agrupaban para completar sus búsquedas, sugerir libros o recomendar películas. El avance llegó cuando los algoritmos dejaron de ser pasivos... Una vez que los algoritmos pudieron evaluar su propio rendimiento en tiempo real, empezaron a comportarse como agentes, controlando y reaccionando a los resultados de sus propias acciones... la tarea de infundir deseos en nuestra alma fue entregada a Alexa y Siri. ¿Qué hace exactamente Alexa? A medida que nos conoce, desarrolla una extraña capacidad para sorprendernos con buenas recomendaciones e ideas que nos intrigan. Antes de que nos demos cuenta, el sistema ha adquirido poderes sustanciales para guiar nuestras elecciones, es decir, para darnos órdenes... los propietarios de este capital de mando algorítmico basado en la nube merecen un término que los distinga de los capitalistas tradicionales: "cloudalistas", una nueva clase dominante

 "El capital está en todas partes, pero el capitalismo está en decadencia. En una era en la que los propietarios de una nueva forma de «capital de control» han ganado un poder exorbitante sobre todos los demás, incluidos los capitalistas tradicionales, esto no es una contradicción.

Érase una vez. Los bienes de capital eran solo los medios de producción fabricados. El aparejo de pesca rescatado de Robinson Crusoe, el arado de un granjero y el horno de un herrero fueron bienes que ayudaron a producir una captura de peces más grande, más alimentos y herramientas de acero brillante. Luego, llegó el capitalismo y otorgó a los propietarios del capital dos nuevos poderes: el poder de obligar a los que no tienen capital a trabajar por un salario y el poder de establecer la agenda en las instituciones que formulan políticas. Hoy, sin embargo, está emergiendo una nueva forma de capital y está forjando una nueva clase dominante, quizás incluso un nuevo modo de producción.

El comienzo de este cambio fue la televisión comercial en abierto. La programación en sí no podía comercializarse, por lo que se utilizó para atraer la atención de los espectadores antes de venderla a los anunciantes. Los patrocinadores de los programas utilizaron su acceso a la atención de la gente para hacer algo audaz: encauzar las emociones (que habían escapado a la mercantilización) a la tarea de profundizar… la mercantilización.

La esencia del trabajo del publicista fue capturada en una línea pronunciada por Don Draper, el protagonista ficticio de la serie de televisión Mad Men, ambientada en la industria publicitaria de la década de 1960. Al asesorar a su protegida, Peggy, sobre cómo pensar sobre la barra de chocolate Hershey que su empresa vendía, Draper captó el espíritu de la época:

“No compras una barra Hershey por un par de onzas de chocolate. Lo compras para recuperar la sensación de ser amado que conociste cuando tu padre te compró una por cortar el césped”.

La comercialización masiva de la nostalgia a la que alude Draper marcó un punto de inflexión para el capitalismo. Draper señaló una mutación fundamental en su ADN. Fabricar eficientemente las cosas que la gente quería ya no era suficiente. Los deseos de la gente eran en sí mismos un producto que requería una hábil fabricación.

Tan pronto como los conglomerados se apoderaron del incipiente Internet decididos a mercantilizarlo, los principios de la publicidad se transformaron en sistemas algorítmicos que permitían la orientación específica de personas, algo que la televisión no podía respaldar. Al principio, los algoritmos (como los utilizados por Google, Amazon y Netflix) identificaron grupos de usuarios con patrones y preferencias de búsqueda similares, agrupándolos para completar sus búsquedas, sugerir libros o recomendar películas. El gran avance se produjo cuando los algoritmos dejaron de ser pasivos.

Una vez que los algoritmos pudieron evaluar su propio desempeño en tiempo real, comenzaron a comportarse como agentes, monitoreando y reaccionando a los resultados de sus propias acciones. Fueron afectados por la forma en que afectaron a las personas. Antes de que nos diéramos cuenta, la tarea de inculcar deseos en nuestra alma fue arrebatada a Don y Peggy y entregada a Alexa y Siri. Quienes se preguntan cómo de real es la amenaza de la inteligencia artificial (IA) para los trabajos administrativos deberían preguntarse: ¿Qué hace exactamente Alexa?

Aparentemente, Alexa es un sirviente mecánico en el hogar al que podemos ordenar que apague las luces, pida leche, nos recuerde que llamemos a nuestras madres, etc. Por supuesto, Alexa es solo la fachada de una gigantesca red basada en la nube de inteligencia artificial que millones de usuarios entrenan varios miles de millones de veces por minuto. A medida que hablamos por teléfono, o nos movemos y hacemos cosas en la casa, aprende nuestras preferencias y hábitos. A medida que nos va conociendo, desarrolla una extraña habilidad para sorprendernos con buenas recomendaciones e ideas que nos intrigan. Antes de que nos demos cuenta, el sistema ha adquirido poderes sustanciales para guiar nuestras elecciones, para manipularnos de manera efectiva.

Con dispositivos o aplicaciones similares a Alexa basados ​​en la nube en el papel que una vez ocupó Don Draper, nos encontramos en la más dialéctica de las regresiones infinitas: entrenamos el algoritmo para que nos entrene a servir los intereses de sus propietarios. Cuanto más lo hacemos, más rápido aprende el algoritmo cómo ayudarnos a entrenarlo para darnos órdenes. Como resultado, los dueños de este capital de control algorítmico basado en la nube merecen un término para distinguirlos de los capitalistas tradicionales.

Estos “nubelistas” son muy diferentes a los dueños de una firma de publicidad tradicional cuyos anuncios también podían convencernos de comprar lo que ni necesitábamos ni deseábamos. Por glamurosos o inspirados que hayan sido sus empleados, las empresas de publicidad como el ficticio Sterling Cooper en Mad Men vendían servicios a las corporaciones que intentaban vendernos cosas. En cambio, los nubelistas cuentan con dos nuevos poderes que los diferencian del tradicional sector de servicios.

En primer lugar, los especialistas en la nube pueden obtener grandes beneficios de los fabricantes cuyas cosas nos persuaden a comprar, porque el mismo capital de mando que nos hace querer esas cosas es la base de las plataformas (Amazon.com, por ejemplo) donde se realizan esas compras. Es como si Sterling Cooper se hiciera cargo de los mercados donde se venden los productos que anuncia. Los nubelistas están convirtiendo a los capitalistas convencionales en una nueva clase vasalla que debe rendirles tributo para tener la oportunidad de vendernos.

En segundo lugar, los mismos algoritmos que guían nuestras compras también tienen la capacidad subrepticia de ordenarnos  directamente que produzcamos nuevo capital de control para los nubelistas. Hacemos esto cada vez que publicamos fotos en Instagram, escribimos tweets, ofrecemos reseñas en libros de Amazon o simplemente nos movemos por la ciudad para que nuestros teléfonos aporten datos de congestión a Google Maps.

No es de extrañar, por lo tanto, que esté surgiendo una nueva clase dominante, compuesta por los propietarios de una nueva forma de capital basado en la nube que nos ordena reproducirlo dentro de su propio reino algorítmico de plataformas digitales especialmente diseñadas y fuera de los mercados laborales o de productos convencionales. El capital está en todas partes, pero el capitalismo está en decadencia. En una era en la que los dueños del capital de control han obtenido un poder exorbitante sobre todos, incluidos los capitalistas tradicionales, esto no es una contradicción."          (Yanis Varoufakis.  Rebelión, 19/04/22)

17/10/19

Debemos ser morales porque… no tenemos más remedio que serlo. Estamos diseñados para ello. Somos morales porque tenemos un sexto sentido... el sentido moral. Si vemos cómo se golpea a un niño, sentimos algo parecido al vértigo. Eso es el “sentido moral”... los sentimientos benévolos son parte inalienable de la condición natural humana. Están ahí... ¿Y qué pasa con la crueldad? Pues que resultaría ser un aprendizaje...

"Cuando la Modernidad alboreó, allá por los finales del siglo barroco, hubo que volver a hacerse las viejas preguntas y las respuestas cambiaron. Por ejemplo, esta: “¿Por qué debemos ser morales?”. 

La respuesta admitida había estado clara más de un milenio: porque así lo quiere Dios Nuestro Señor y serlo evita las penas del infierno. Dios ha dado su ley, de una vez para siempre. Se debe cumplir y no hay más que contar. Si alguien duda de las llamas infernales, tenemos previstas llamas terrenales para que pierda cuidado.

Pero ahora es distinto. Vamos a sacar del matraz a Dios, dada su enorme masa, y dejemos fuera también el temor a los fuegos infernales y quizás a los de aquí. Vamos a buscar otras respuestas. ¿Por qué debemos ser morales? Bueno… porque… ¿para evitar líos? ¿Porque somos seres racionales y la razón nos exige que lo seamos? Quizá somos morales para no contravenir a nuestra racionalidad. Descartes, el primer y mayor de los racionalistas, no lo apoyó. 

Fue más bien partidario de no buscarse problemas. Esto tardó su tiempo. Sin ir más lejos, un tipo tan evidentemente genial como Hume, un escocés, se permitió bromear de esta manera: del hecho de que yo prefiera que estalle el mundo siempre que a mí no se me estropee un dedo, no se sigue ninguna falta de lógica. Va a ser que el universalismo moral no depende de la calidad de nuestra razón.


Las mejores respuestas a una pregunta tan compleja vinieron de Inglaterra y de Escocia. Se macizaron así: debemos ser morales porque… no tenemos más remedio que serlo. 

Estamos diseñados para ello. Somos morales porque tenemos un sexto sentido. Cuando vemos una acción directamente contraria a lo que es bueno, se nos levanta un asco, un horror, se nos despierta algo en el fondo de nuestro cuerpo que nos dice que aquello no está bien. Es nuestro sexto sentido, el sentido moral. Si vemos cómo se golpea a un niño, a un animal indefenso, se viola, se calumnia con gusto…, sentimos algo parecido al vértigo. 

Eso es el “sentido moral”. Con tan buena guía es difícil equivocarse. Es tal que la vista o los oídos. Y, como ellos, puede muy bien suceder que alguien lo tenga flojo o carezca por completo de él. Pero eso no lo invalida. La mayoría lo poseemos en su modo corriente. A quien lo tenga deficiente difícilmente se lo podemos mejorar. Lo mejor es precaverse de ese tipo de gente… o gentuza.


Estas cosas, en filosofía, nunca se afirman sin que se desate una polémica, pero dejémosla ahora callada. Hutcheson lo bordó: los sentimientos benévolos son parte inalienable de la condición natural humana. Están ahí. Antes de hablar ya sonreímos. No somos buenos por naturaleza, pero somos morales por destino. Para hacer desaparecer a ese nuestro sexto sentido hay que trabajar bastante. Porque es más fuerte que la voz de la conciencia. Es terror y vómito a un tiempo.

¿Y qué pasa con la crueldad? Pues que resultaría ser un aprendizaje. Poco a poco, mediante sucesivas y al principio pequeñas crueldades, aprenderíamos a orillar y evitar ese sentimiento innato. Iríamos subiendo la dosis. Ensayaríamos a distanciarnos con los objetos, los animales, los débiles, subiendo y alargando la distancia hasta ensordecer a nuestra naturaleza. Practicaríamos la crueldad en gustos y espectáculos. Distancia, risa, chacota del dolor ajeno. Gusto por la crueldad o incluso el ensañamiento. 

Lo llevaríamos a término con ciertas excepciones… con cualquiera que no pudiera devolvérnosla. Porque esa precaución siempre, quien no fuera definitivamente idiota, la guardaría. Así que desde el siglo ilustrado la humanidad supo que tenía un sentido que añadir a los cinco corrientes. Cierto problema había en que nunca antes hubiéramos sabido nada de él. Pero no seamos gente puntillosa. Reconocemos lo que se nos quiere decir.


Ahora le solemos llamar “inteligencia emocional”, esto es, la capacidad de ponerse en el lugar de otro o de casi poder sentir lo que siente si a ello nos afanamos. Goleman, cuyos libros fueron tan visitados a principios de milenio, es lo que cuenta. Que hay gente más o menos lista en ver y captar la emoción base de los demás. Percibimos que en esas intuiciones brilla una chispa de verdad. Por lo mismo sabemos cómo se educa en la falta de compasión. Sabemos que muchas culturas definitivamente han hecho de esa senda cruel su fundamento de existencia. Nos basta con ver su pedagogía de presentación. Las reconocemos. Todavía las usamos."                     (Amelia Valcárcel, El País, 12/10/19)

28/1/19

La inmensa mayoría de nosotros pensaba que la posibilidad de encontrar a Julen con vida era inferior a una entre un millón... A un extraterrestre que nos vigilara desde el espacio le costaría mucho trabajo entender como los seres humanos son capaces de ser solidarios hasta la locura y, a la vez, permitir la muerte masiva de niños como Julen en guerras, atentados, hambrunas, enfermedades curables y travesías en patera... fuimos la especie más altruista y sacrificada del planeta a la hora de proteger a nuestra tribu pero, a la vez, fuimos la especie más agresiva y cruel con aquellos que se cruzaban en nuestro camino...

"La inmensa mayoría de nosotros pensaba que la posibilidad de encontrar a Julen con vida era inferior a una entre un millón. También lo pensaban, sin duda, los mineros y guardias civiles que se han jugado la vida, literalmente, para llegar hasta él, los profesionales de todo tipo que han trabajado a ritmos inhumanos y la gente de Totalán que se ha volcado en ayudar a la familia y en facilitarle las cosas a los miembros del operativo… 

Y todos lo han hecho con el mismo esfuerzo y el mismo espíritu de sacrificio que si este endiablado reto de uno entre un millón fuera posible ganarlo

A un extraterrestre que nos vigilara desde el espacio le costaría mucho trabajo entender como los seres humanos son capaces de ser solidarios hasta la locura y, a la vez, permitir la muerte masiva de niños como Julen en guerras, atentados, hambrunas, enfermedades curables y travesías en patera

La razón de esta paradoja es antropológica: fuimos la especie más altruista y sacrificada del planeta a la hora de proteger a nuestra tribu pero, a la vez, fuimos la especie más agresiva y cruel con aquellos que se cruzaban en nuestro camino o considerábamos una amenaza.

Es fácil pensar que un niño de dos años forma parte de aquello que debemos proteger (aunque no faltan seres humanos que los martiricen, los rapten, los esclavicen o los asesinen por diversos motivos) pero también es cierto que para convertir esta protección en algo concreto y activo es importante convertirlo en algo concreto e identificable. 

Por eso nos conmueve mucho más un caso como el de Julen que una estadística sobre accidentes mortales en niños de corta edad

Esta cuestión introduce varios temas peliagudos: ¿por qué darle tanta cancha a Julen cuando hay tantos niños desaparecidos, accidentados o víctimas de enfermedades incurables?, ¿No hay algo de amarillismo en los medios que se vuelcan azarosamente sobre algunos casos y que obvian otros iguales o peores?, ¿Por qué los políticos, los artistas y los deportistas se vuelcan en algunos temas y en otros no?…

Sin duda hay algo injusto en la locura que ha generado un accidente como el de Julen porque hay muchos niños y familias que padecen tragedias iguales o incluso más flagrantes. Como también tuvo algo de injusto la conmoción que provocó en 2015 Aylan, el pequeño inmigrante ahogado en una playa turca, cuando entonces, como ahora, había y hay tantos otros niños ahogados en el más absoluto anonimato .

Sin embargo, y personalmente, creo que criticar estas “injusticias” es un error porque pueden cumplir una función irreemplazable a la hora de llamar la atención sobre determinadas problemas, a la hora de denunciar determinadas realidades o de poner en valor ejemplos de solidaridad y heroísmo como los que se han producido en Totalán. 

Si se cumplen estos objetivos, sea bienvenida la injusticia de focalizar determinados temas.
Nuestros antepasados, los homo sapiens, iniciaron su andadura llevándose por delante a una docena de especies de homínidos, primos suyos pero menos listos que ellos. Con semejantes antecedentes, todo esfuerzo es poco para dejar atrás el mero instinto grupal de autoprotección y avanzar hacia la bendita locura de ser más solidarios, más justos y más altruistas."                  (Groskke, la izquierda unida y más, 25/01/19)

14/1/19

¿Cómo influyen el lenguaje y las emociones en la polarización política de una sociedad?

"¿Cómo influyen las emociones en la polarización de una sociedad?

Gran pregunta sin una respuesta sencilla. Sabemos que las emociones con alto componente de activación, como el miedo, el enfado, o el entusiasmo, hacen que los individuos tomen posiciones más extremas. 

Pero eso no significa necesariamente que las emociones sean las únicas responsables de la aparición de polarización estable a gran escala, aunque pueden ser una explicación. Desde otros puntos de vista, hay intervenciones en las emociones de las personas que ayudan a aliviar los conflictos entre grupos.

 Por ejemplo, un estudio vio que hacer pensar a la gente sobre sus reacciones emocionales les hacía reducir sus prejuicios en un análisis entre palestinos e israelíes.

¿Y el lenguaje?

Sobre el lenguaje tampoco es fácil responder. Uno de los patrones más habituales en sociolingüística es el sesgo de entregrupo, que es un patrón del lenguaje que aparece cuando hablamos de gente de nuestro grupo (o nuestro bando) en comparación con cuando hablamos sobre los de otro grupo. 

Por ejemplo, al hablar, generalizamos aspectos positivos de la gente de nuestro grupo y explicamos de forma concreta los aspectos negativos, mientras que sucede al revés cuando hablamos de gente de otros grupos. Un ejemplo de estudios al respecto es uno que hice con textos de Wikipedia. Más del 90% de editores son hombres y se ve ese sesgo cuando escriben biografías sobre mujeres o sobre hombres.

¿Y en Twitter, qué papel juegan las emociones?

Hay más de un papel, pero creo que el más relevante en este tema es cómo influyen la compartición de información o el retuiteo. Sabemos que el contenido más emocional se comparte más, y que esto es especialmente visible cuando hablamos de emociones relacionadas con temas morales en discusiones sobre política. 

Los temas que generan fuertes emociones o están ligados a fuertes identidades de grupo son más propicios a manifestar polarización. Sobre todo, los sentimientos de identidad nacional o de género en estos casos combinan los dos factores y son un caldo de cultivo perfecto para la polarización.

¿Cree que en España ha aumentado en los últimos tiempos esa polarización?

Depende de qué consideremos los últimos tiempos. Si hablamos de un par de generaciones, sí es cierto que ha aumentado la polarización. Pero este es un patrón a nivel mundial, no solo en España, y se puede explicar por el incremento de conflicto entre élites que se genera tras tiempos de bonanza económica y del aumento en la desigualdad ecónomica. 

Hay un modelo muy interesante de un colaborador mío, Peter Turchin, que explica las oscilaciones de conflicto político en la historia. En 2010 le invitaron a hacer una predicción en un número especial de Nature y, de todos los científicos que hablaron, él fue el único que dijo que la cosa se iba a poner peor y que los conflictos políticos iban a aumentar.

¿Cómo podemos reducirla desde el lenguaje y las emociones?

Esa es la pregunta del millón. Las intervenciones emocionales en estudios psicológicos parecen tener efecto, incluso a medio plazo, pero todavía estamos bastante lejos de poner a prueba esos métodos a la escala de sociedades enteras. A gran escala solo conozco dos estudios, uno funcionó y otro no, así que es difícil sacar conclusiones.

¿Cree que determinadas formas de hacer periodismo acrecientan la polarización?

Tampoco tenemos resultados muy fiables, pero ciertos contenidos no ayudan a reducir la polarización. Noticias con sesgo de entregrupo ayudan, por ejemplo, a normalizar un lenguaje polarizante, lo que a la larga puede contribuir.

 También el clickbait con títulos emocionales contribuye a la atención a contenidos con informacion errónea, o la falta de tiempo de los periodistas para contrastar noticias genera un ambiente de falta de confianza que es ideal para que emerjan rumores que aumentan la polarización.

¿Hacia dónde vamos en una sociedad polarizada?

Pensando en el ciclo histórico que mencionaba antes, parece que es demasiado pronto para que se reduzcan los conflictos políticos. Es decir, que va a ir a peor. Pero la diferencia con el pasado es que ahora tenemos esa perspectiva histórica y datos y medios para intentar contrarrestarla. 

Esta semana [posterior al cierre de esta edición] saco un artículo con unos colegas sobre cómo la ciencia de sistemas complejos puede ayudarnos a entender cómo estabilizar la democracia."        (Entrevista a David García, investigador en el Complexity Science Hub. Olivia Carballar, La Marea, 27/12/18)

15/10/15

¿Puede la fotografía también alcanzar dimensión ética a través de la compasión, y así motivar una conducta sin egoísmo?


"(...) Martha C. Nussbaum, la filósofa norteamericana galardonada con el premio Príncipe de Asturias hace un par de años, le dedica páginas muy brillantes al mencionado sentimiento en su libro Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones, un grueso volumen en el que su autora trata de convencernos de que la emoción es una función de las facultades cognitivas, del pensamiento, tesis que, en principio y a falta de un más fino examen, parece verosímil a la luz de las conclusiones extraídas por el neurocientífico Antonio Damasio a partir de las evidencias encontradas en el transcurso de sus prolijas investigaciones neurológicas (muy recomendable a este respecto la lectura de sus libros, especialmente El error de Descartes y En busca de Spinoza). 

Afirma la señora Nussbaum en la publicación mencionada: “El reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidad es, entonces, un requisito epistémico muy frecuente y casi indispensable para que los seres humanos se compadezcan… la mayoría de las veces extendemos nuestra simpatía basándonos en la existencia de una vulnerabilidad compartida ante el dolor. 

Pensamos qué horrible sería sufrir un dolor así y sin esperanza alguna de cambiarlo”. Más adelante dirá que ese pensamiento “promueve la selección de principios que elevan los niveles mínimos de la sociedad”. Aquí pone la autora de esta frase un punto y aparte, quedando implícito que está referida a los niveles mínimos de exigencia ética. 

Desde luego que la filósofa norteamericana no es la primera en fijarse en el valor ético de la compasión. Ya lo hizo el cascarrabias de Arthur Shopenhauer, el cual asigna a la compasión nada menos que el fundamento de la moral, ya que ella es la única que excluye el egoísmo como motivación de la conducta. 

La compasión, en efecto, según el antagonista de Hegel, se ejerce en la experiencia de sufrimiento y carencia del otro; en convertir el sufrimiento del otro en mi sufrimiento. Para él era “el gran misterio de la ética”. (...)

¿Puede la fotografía también alcanzar dimensión ética a través de la compasión, y así motivar una conducta sin egoísmo, como apuntaba el viejo Schopenhauer?
La prueba la tenemos en esa fotografía de un niño en una playa de Turquía publicada hace un par de semanas que ha conmovido la conciencia moral de muchos ciudadanos europeos, y que ha provocado un cambio de actitud notable de parte de algunos importantes líderes de la Unión. 

Ella ha hecho pensar sobre ese movimiento de refugiados, que se percibía más bien como un problema molesto, en el sentido en el que Nussbaum habla de pensamiento como conjunto de capacidades cognitivas que incluyen las emociones, particularmente la compasión.

 En efecto, nos dice la filósofa: “La compasión tiene, pues, tres elementos cognitivos: el juicio de la magnitud (a alguien le ha ocurrido algo malo y grave); el juicio del inmerecimiento (esa persona no ha provocado su propio sufrimiento); y un juicio eudaimonista (esa persona o esa criatura es un elemento valioso en mi esquema de objetivos y planes, y un fin en sí mismo cuyo bien debe ser promovido)”. 

Todos ellos se activaron evidentemente ante la contemplación de la lacerante imagen citada. Ahora bien, siendo innegables la magnitud de la desgracia así como irrefutable el inmerecimiento del dolor causado es el juicio eudaimonista el que está equivocado la mayor parte de las veces –“y casi siempre de forma dramática”, nos advierte la autora–.

 Y, en efecto, así parece en el caso que hemos mencionado. Diríase que la imaginación empática se quiebra ante la controversia ideológica sobre hasta qué punto otros seres humanos deben ser incluidos dentro del círculo de aquellos que merecen nuestro interés respecto de lo que les pase. 

Así, hay concepciones éticas, ya sean religiosas o seculares, que animan a las personas a ampliar sus esferas de interés más allá de los límites que abarca la moral cálida de la proximidad; a trascender las fronteras de raza, clase, religión o, incluso, de nacionalidad. 

Por contra, también nos encontramos con el fomento de actitudes en sentido contrario que conducen a una restricción de los intereses de los ciudadanos, y de preferencia por los miembros de su propia religión o de su grupo y, a menudo, a despreciar y rechazar a ciertos otros grupos. 

Si no, ¿cómo entender el proceder de países europeos que tienen memoria histórica de lo que es encontrarse en la terrible situación en la que se hallan los que ahora buscan refugio y que, sin embargo, no parecen compadecerse de ellos a juzgar por su conducta insolidaria?

Para no estar al albur de las inspiraciones ideológicas en un sentido moral u otro, o de la percepción de estímulos –como la mencionada fotografía– que nos hagan pensar de forma compasiva parece preciso fijar ese pensamiento en la praxis política, plasmándolo en un cuerpo de leyes que asuman los tres elementos cognitivos enunciados más arriba. 

Porque podemos plantar cara a ese relativismo que parece imposibilitar un juicio sobre la legitimidad moral de un determinado proceder político ateniéndonos al universalismo ético que propugna Mario Bunge en su libro, tan completo como incisivo, titulado Filosofía Política, y que conlleva una ética humanista, es decir, antropocéntrica, no teocéntrica, constituida por normas universales. 

Lo que es incompatible con el localismo ético; el cual es parte integrante tanto del relativismo ético como de las ideologías tribales, que –como no puede ser de otro modo– anulan el juicio eudaimonista definido por Nussbaum y, por ende, desactiva la compasión como motivación, pues se piensa que quien sufre ese grave daño de modo inmerecido, no obstante, no es un elemento valioso en mi esquema de objetivos y planes, ni consecuentemente un fin en sí mismo cuyo bien debe ser promovido, ya que no es miembro de mi tribu, nación, credo, raza…

Casi al final de Blade Runner hay una secuencia estremecedora en la que el replicante líder, el único superviviente de los suyos, consciente de que ya no puede eludir su muerte inminente, salva la vida del humano que trataba de ejecutarlo. 

Próximo a su propio fin se compadece de su verdugo porque, en ese preciso instante agónico, conoce el fundamento de la esencial fraternidad que hace de la humanidad una realidad que trasciende cualquier ficción tribal, y que no es otra que la preciosa fragilidad de la misma vida, nuestra mortalidad (consciente).

 Es la plasmación del supremo principio moral humanista –al que el maestro Bunge denomina “agatonismo”–, que no es vivir y dejar vivir, sino vivir y ayudar a vivir."                (José María Agüera Lorente , Rebelión, 29/09/2015)

7/2/13

"La ética no es una colección de normas, es una sensibilidad"

"Venimos de la represión de las emociones?
Sí, tenemos un pensamiento mayoritariamente racionalista. La moral se ha entendido como la represión de los sentimientos, algo que había que dominar.

Pero ahora estamos en el otro extremo.
Totalmente. En un mundo en el que todo está en venta, el canal para vender son las emociones. Es muy fácil manipular a la gente con un lenguaje que toque la fibra emotiva, y se usa en política, en el mercado, en los medios de comunicación... Las emociones son importantes, pero no hay que caer en el culto a la emocionalidad.

Nos gobiernan.
Nos pueden arrastrar, lo cual tiene su parte buena porque nos llevan a actuar.

También puede ser malo.
Sí, el sentimiento es la base del comportamiento moral. No sólo hay que entender lo que es bueno y lo que es malo, hay que querer lo bueno y que te repugne lo malo, y eso es una emoción.

Has de sentirlo.
Sí, es como el fumar, todo el mundo sabe que es malo, pero el fumador sigue fumando hasta que revierte el sentimiento: el susto que te provoca un enfisema pulmonar te hace dejarlo. La ética no es una colección de normas, es una sensibilidad.

¿Por qué hay tanto corrupto y tanto desvergonzado?
Falta voluntad de hacer las cosas bien y falta un clima moral social que reconozca a las personas que cumplen y no a las que no cumplen.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Es una consecuencia de la misma libertad, del progreso, al tener más posibilidades de elegir, cada cual debe tener lo que se llamaba fuerza de voluntad para reprimir lo que no se debe hacer, y más criterio.

Pero dice la ciencia que la raza humana ha progresado gracias a la cooperación.
Cierto, pero es muy fácil desviar la compasión y la cooperación hacia "lo que a mí me interesa". El ser humano es una mezcla de dos tendencias, por una parte es egoísta y por otra benefactor y compasivo. Equilibrar los dos aspectos es complicado.

¿La ética sin sentimiento se convierte en norma de colegio?
Son deberes escritos en algún sitio, sí. Ahora todo el mundo quiere hacer un código ético: las empresas, los ayuntamientos, ¿pero para qué sirve un código ético?

¿Para saltárselo?
O guardarlo en un cajón. Si no existe la voluntad, que es más sentimental que racional, no sirve para nada.

Igual lo que nos sobra es individualismo.
Dar valor al individuo ha sido un gran logro, los derechos humanos son derechos individuales, pero si lo único que hace el individuo es pensar en sus intereses y olvidarse de los demás, eso es la negación de la ética.

¿Por qué es más moral ser justo que injusto?
Esa es la gran pregunta filosófica, y no tiene respuesta. Platón lo planteaba así: ¿por qué el tirano (el injusto) es feliz, y el justo es desgraciado?

¿Alguna conclusión?
Platón hablaba del sufrimiento del tirano.

Casi todos los tiranos han muerto felizmente en su cama.
Yo diría que nos hemos inventado una palabra, justicia, que es positiva, que es buena y no hace falta darle más vueltas.

¿Cómo define la ética?
Como el intento de conseguir que las personas convivan de una forma amable, pacífica y sin destruirse unos a otros.

La ética tiene que ver con los demás.
Totalmente. La regla de oro de la moralidad la inventó Confucio: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti; eso es la ética: pensar en los demás.

¿En nuestras democracias no hemos encontrado el equilibrio entre libertad y convivencia?
Así es. Por una parte la libertad es un gran valor pero por otra hay que construir un demos, un pueblo cohesionado, con objetivos comunes que no favorezcan a una oligarquía en detrimento de los demás, y encontrar ese equilibrio es lo que falla.

¿Con qué virtudes se queda?
El catecismo nombraba cuatro virtudes cardinales, que en el fondo son aristotélicas: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. En esta crisis las cuatro han fallado, no se ha sido prudente, no se ha sido justo: hay quien dice que las grandes desigualdades, ese uno por ciento muy rico frente a una gran mayoría miserable, es una de las causas de la crisis, y estoy de acuerdo.

¿Y la fortaleza?
Es la valentía, y ha habido muy poca para afrontar todo el caos que nos ha ido llevando hasta aquí. Y la templanza significa moderación, demasiada codicia.

¿Cuál cree que es la virtud fundamental que debe cultivar un político?
Hoy sin duda el coraje, para decir la verdad y hacer lo que tienes que hacer pese a las presiones internas, externas y a la impopularidad."    (Entrevista a Victoria Camps,La Vanguardia, 04/02/2013)

23/7/07

Moral emocional

“Los científicos muestran que el juicio moral depende de las emociones. Cierto daño cerebral lleva a decisiones éticamente discutibles aunque la razón esté intacta.” (El País, Sociedad, 22/03/2007, pp. 51)

Y las emociones ¿De qué dependen? ¿De la educación, de los genes?