Mostrando entradas con la etiqueta c. Cerebro y placer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta c. Cerebro y placer. Mostrar todas las entradas

22/6/21

El ‘clickbait’ es una técnica poco ética cada vez más común, para atraer público a vídeos o artículos digitales. Así nos manipula.

 "Cómo ‘hackean’ tu cerebro para que hagas clic pase lo que pase.

 El ‘clickbait’ es una técnica poco ética cada vez más común, para atraer público a vídeos o artículos digitales. Así nos manipula.

Lo que leerás en este artículo te sorprenderá. O quizás no. Pero si hubiésemos puesto esta frase en el título ahora mismo habría muchas más personas leyéndolo. Eso es así, por mucho que intentemos evitarlo, al final todos acabamos cayendo en las garras del clickbait

Y no es para menos, ya que esta técnica dudosamente ética para atraer público se basa en un estudio muy completo del comportamiento humano. Puede que no la hayan desarrollado neurocientíficos, psicólogos, antropólogos o etólogos, pero lo cierto es que, a base de ensayo y error, con el tiempo se ha forjado como un truco infalible, capaz de encontrar la debilidad hasta en las fuerzas de voluntad más férreas. Veamos cómo lo consiguen.

¿Qué es el clickbait?

Antes de comenzar a hablar sobre cómo el clickbait manipula nuestra mente, debemos saber qué es exactamente.

 El nombre procede del inglés ‘anzuelo de clicks’

 Se trata de un nombre procedente del inglés, cuya traducción sería algo similar a “anzuelo de clicks”. Y se llama así porque básicamente consiste en eso: hacernos morder el anzuelo para que, a través de títulos engañosos o sensacionalistas, hagamos clics en una publicación.

Esta no tiene por qué ser necesariamente un artículo escrito en un medio digital. También pueden ser vídeos. De hecho, es una práctica muy extendida entre algunos youtubers. Además, hoy en día su uso ha llegado a ser tan común que incluso puede encontrarse en recetas de cocina, con títulos como: “Mezcló leche y huevo y no imaginas lo que ocurrió”. Si pinchamos en la receta, veremos que la leche y el huevo son solo dos de los ingredientes de una larga receta, cuyos resultado final posiblemente sea algo de lo más convencional. Pero ya habremos entrado y posiblemente en el proceso hayamos visto unos cuantos anuncios. Porque ese es otro de los propósitos del clickbait, generar ingresos publicitarios.

Aunque puede hacerse de muchas formas, generalmente se sigue más o menos el patrón del titular de la receta anterior. Frases que generen interés, a veces con exclamaciones, dirigidas en segunda persona al lector o espectador. Además, una vez dentro, la respuesta a esa curiosidad que generó el titular no está o es algo demasiado simple. 

En periodismo se considera una táctica poco ética y está muy condenada, tanto por algunos profesionales del sector como por los propios lectores. Pero incluso quienes la condenan pueden acabar cayendo en ella. Porque está hecha precisamente para eso. Y aquí es donde entra en juego la psicología.

 

Control mental

Los seres humanos tendemos a buscar constantemente información de nuestro entorno por un mero instinto de supervivencia. Igual que nuestros antepasados salían a por comida, nosotros intentamos tener el máximo posible de conocimiento sobre el medio en el que vivimos. Así explica en Psychology Today el psicólogo Mike Brooks por qué nos vemos atraídos por el clickbait. 

Y, como el resto de acciones que se relacionan con nuestra tendencia evolutiva a la supervivencia, activa los sistemas de recompensa del cerebro. La moneda de cambio en estos procesos es un neurotransmisor llamado dopamina. 

Popularmente se la conoce como hormona de la felicidad, porque nos genera una sensación de bienestar al liberarse ante determinados estímulos. El objetivo es que sigamos realizando esos hábitos que, en cierto modo, nos benefician evolutivamente. Por eso es tan placentero el sexo. Evolutivamente su fin es que nos reproduzcamos. Otra cosa es que, aun sin tener la más mínima intención de procrear, nos aprovechemos de ese placer que nos genera. Igualmente ocurre con muchas comidas. Comer es un placer, entre otras cosas, porque si no comiéramos nos moriríamos.

En este caso, el titular que induce el clickbait es como un bistec (o una buena hamburguesa de garbanzos para los vegetarianos). Sabemos que comerlo nos dará placer y por eso sentimos que lo necesitamos. Lo mismo ocurre con la promesa de información, que nos mantendrá al tanto de asuntos que, sin ser importantes, rellenarán huecos en nuestro cerebro con conocimientos que no teníamos.

En el mismo artículo, Brooks cita algo conocido como efecto Vegas, por ser muy frecuente entre quienes practican juegos de azar. Sentimos curiosidad por saber qué pasa si apostamos a la ruleta una vez más. O si abrimos ese vídeo en el que un youtuber sonriente anticipa que le ha pasado algo increíble.

El papel de las emociones

 

En declaraciones a WiredJonah Berger, profesor de la Universidad de Pensilvania, habla del papel de las emociones en la toma de decisiones. Cómo nos sintamos a la hora de decidir influye en lo que hagamos finalmente.

Por lo general, los sentimientos extremos, como la ira, la ansiedad o la sorpresa son los que nos llevan a reaccionar más rápido. A veces incluso impulsivamente. 

Es la razón por la que muchos de estos titulares clickbait buscan sorprendernos, con muletillas como “lo que ocurrió te sorprenderá” o “lo que pasó es increíble”. Pero también es la razón por la que a veces los medios de comunicación buscan la indignación. Lo hemos visto con la pandemia, al leer titulares que aumentaban nuestra exasperación por la situación. Y también tristemente con casos como el de las niñas asesinadas recientemente por su padre, en Tenerife. El clickbait funciona bien ante situaciones de horror como estas, porque la indignación y la ira de la gente hace mucho más fácil el clic.

¿Es malo caer en la trampa del clickbait?

Morder el anzuelo del clickbait no significa que seamos personas fáciles de engañar. Está muy bien diseñado y es normal picar de vez en cuando. Y tampoco es malo, más allá del tiempo perdido en intentar conocer un dato que finalmente no será tan interesante como parecía.

No debemos sentirnos mal por ello. Son los propios medios de comunicación los que deberían pensarlo dos veces antes de caer en la vía fácil del titular clickbait. Lógicamente, es imposible contar todo lo que dice un artículo o un vídeo solo en el título. Por supuesto, es importante captar la atención de quien recibe la información.

¿Pero a qué precio? Es algo que todo buen comunicador debe pararse a pensar. Literariamente hablando, sacrificar un buen contenido por un titular clickbait es casi como vender el alma al diablo. Y no, no somos Dorian Gray."                  (Azucena Martín , Rebelión, 19/06/2021; Fuente: Hipertextual)

16/3/18

Por qué las actividades placenteras pueden llegar a crear dependencia

"Cualquier inclinación desmedida hacia alguna actividad puede desembocar en una adicción, exista o no una sustancia química de por medio. De hecho, existen hábitos de conducta aparentemente inofensivos (las redes sociales, el sexo, las compras, el ejercicio físico, el juego de apuestas, entre otros) que, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en adictivos. 

Lo que separa una afición de una adicción es que de conductas normales se pueden hacer usos anormales si la frecuencia o cantidad de tiempo/dinero invertidos condicionan negativamente las relaciones personales, laborales o de salud de la persona afectada. Por ello, la adicción viene definida no tanto por la clase de conducta sino por el tipo de relación que la persona establece con ella.

No se trata, como es obvio, de considerar patológicas las conductas habituales en la vida cotidiana. Una adicción se caracteriza por la interferencia negativa grave en el día a día de la persona y por la dependencia psicológica de esta respecto al objeto de su adicción. 

Así, el sujeto manifiesta un deseo irrefrenable de llevar a cabo la conducta, sus pensamientos giran monotemáticamente en torno a ella, experimenta cambios bruscos del estado de ánimo si se le ponen obstáculos y muestra una pérdida de control, con una necesidad de dosis crecientes para conseguir el mismo grado de excitación. 

Es decir, es ya incapaz de autorregularse a pesar de las consecuencias negativas de todo tipo que le acarrea. El adicto se deja llevar por los beneficios de la gratificación inmediata sin prestar atención a los perjuicios posteriores.

No se puede hacer un listado de las conductas potencialmente adictivas. Son, en realidad, las actividades placenteras las que pueden llegar a crear dependencia. Los mecanismos psicofisiológicos que subyacen al placer inducen a los seres vivos a reiterar en conductas gratificantes.

 El circuito del placer recorre un conjunto de estructuras cerebrales en torno al sistema límbico, en donde se liberan unas sustancias químicas (las endorfinas y la dopamina especialmente) cuando se siente placer, que son como la sal de la vida. Se trataba inicialmente de los refuerzos naturales de las conductas de supervivencia, como comer o practicar el sexo, necesarias para el mantenimiento de la persona y la continuidad de la especie. 

Pero la dopamina puede aumentar también cuando surgen conductas placenteras vividas normalmente (un beso, el sonido de la música o la lectura de un libro, el disfrute de una conversación con los amigos, la contemplación de una puesta de sol o una victoria en una competición deportiva) o anómalamente (el subidón de una raya de cocaína, el sexo compulsivo o el enganche a una red social).

Todas las conductas adictivas están reguladas inicialmente por su aspecto placentero, pero terminan por ser controladas por el alivio de la tensión emocional. Es decir, una persona normal puede tomar una copa con los amigos, conectarse a las redes sociales o ir de compras por el disfrute de la conducta en sí misma; una persona adicta, por el contrario, lo hace compulsivamente buscando el alivio del malestar emocional (aburrimiento, soledad, ira o nerviosismo), pensando constantemente en ello e invirtiendo una considerable cantidad de tiempo que detrae de sus actividades habituales.

Como ocurre en las adicciones químicas, las personas adictas a una determinada conducta experimentan un síndrome de abstinencia cuando no pueden llevarla a cabo, que se traduce en un profundo malestar emocional (estado de ánimo disfórico, insomnio, irritabilidad o inquietud psicomotriz).

El ser humano necesita alcanzar un nivel de satisfacción global en la vida cotidiana. Normalmente, este se obtiene repartido en diversas actividades: el trabajo, los amigos, la pareja o familia o el ocio. Sin embargo, cuando la persona se siente contrariada en estas facetas, entonces puede centrar toda su atención en una sola, lo que la predispone a la adicción.

 El resultado final es que a la persona afectada se le estrecha el campo de la conciencia y pierde interés por lo que le rodea y por lo que anteriormente le resultaba gratificante, a excepción del objeto de su adicción, con una afectación negativa en su desempeño profesional y en sus relaciones personales y familiares. La adicción se convierte así en una afición patológica que resta libertad al ser humano al restringir la amplitud de sus intereses.

Por último, y al igual que ocurre con las drogas tradicionales, es difícil que un adicto se reconozca como tal por el reproche social existente en torno a la adicción. Por lo general, es un suceso negativo –fracaso escolar, trastornos de conducta, mentiras reiteradas, aislamiento social, problemas económicos, presión familiar- el que le hace tomar conciencia de su problema."                       (Enrique Echeburúa es catedrático de la Universidad del País Vasco, El País,01/03/18)

31/1/18

“El autodesarrollo práxico mediante la actividad es el origen del placer y de la felicidad”

"Nos habíamos quedado aquí, en este punto de la segunda parte de tu libro cuando afirmas que el fin de la política, de nuevo según Aristóteles, es el buen vivir, que es lo mismo que ser feliz. ¿La comunidad humana existe entonces para que seamos felices? ¿Cuándo lo somos, cuándo podemos serlo?

La polis tiene como finalidad el vivir bien, la buena vida; Buen Vivir: eú zen –εῦ ζῆν-. Solo la comunidad social genera la vida humana y a la par crea la antropología, la individualidad y las necesidades humanas.

 A comenzar por los recursos materiales y espirituales, imprescindibles para nuestra socialización, sin todo lo cual no hay posibilidad de vida humana. O sea la vida humana, la buena vida, es consecuencia inmediata y solo posible gracias a -o debido a- la actividad de la comunidad social. 

La felicidad de cada individuo tiene esa precondición, no puede existir sin la misma. Pero la noción de felicidad aristotélica se basa en el autodesarrollo de cada individuo que no es posible sin su voluntad de hacer, de auto elegirse en este o aquel hacer, y en aplicarse a esa praxis.

 La felicidad es una sensación inherente a la actividad que genera en sí el individuo activo, el individuo cuya característica ontoantropológica exige que pueda hacer, cuya antropología individual como ser humano solo se genera a medida que aprende a hacer y pone en obra su hacer: el hacer es la autogénesis de cada sujeto individual, y su auto desarrollo como tal. 


Hablas de actividad...

Debemos entender por actividad todo uso –toda génesis y todo uso- de todas y cada una de las facultades intelectuales humanas, y esto incluye también a las que ponemos en obra ante el arte o en el estudio de las ciencias y demás saberes; pero no solo esas. En la Ética Nicomáquea Aristóteles reflexiona sobre este asunto del placer, y de la felicidad. Muy especialmente en el libro X.

 El placer es generado por la actividad, esto es, por el desarrollo activo de cada una de las facultades y capacidades humanas. La felicidad, por ello, es inherente a toda actividad desarrollada conforme al saber hacer previamente elaborado por la comunidad, del que nos hemos apropiado previamente y cuya apropiación nos ha desarrollado las correspondientes capacidades y facultades –las dynameis-. 

Ese saber hacer incluye el conocimiento práxico que garantiza la pericia y el conocimiento de las normas que orientan la actividad para el bien de la comunidad. La felicidad depende del ethos, que es el que nos posibilita el desarrollo de nuestras capacidades, cuando nos lo apropiamos y ponemos en obra protagónicamente, autodeterminadamente, pero este ethos incluye. a la vez, ethos como saber hacer y ethos como norma ética o norma moral. 

Podemos aceptar claramente que el autodesarrollo práxico mediante la actividad es el origen del placer y de la felicidad. Es una axiología de valor de la felicidad nada pasiva, nada basada en el fin del consumo/consumismo, sino en la creatividad, que es imposible si no es en común. Y es una axiología potente y válida. Más procelosa es la justificación de que el bien moral nos causa felicidad.


Es una idea hermosa...

Es una idea hermosa, pero hemos visto que en las sociedades divididas en clases, hay quienes se autodesarrollan plenamente con independencia de los demás, y disponen de los medios que posibilitan su actividad autodesarrollada debido al sufrimiento o explotación de los demás. 


Perdona que insista. Cuando afirmas que el desarrollo de cada individuo como género homo depende de la comunidad social, ¿no estás subvalorando la libertad de los seres humanos y poniendo en primer plano el conjunto de la comunidad? ¿No puede derivarse de esa prioridad un aplastamiento de seres humanos concretos que la comunidad puede considerar disidentes, antisociales o conflictivos, enemigos del bien común, del buen vivir, de la vida feliz de la que hablábamos?

Es importante que plantees esta pregunta, cuya respuesta conoces mejor que yo, pero que me permite salir al paso de uno de los prejuicios ideológicos que el liberalismo moviliza contra la noción de prioridad ontológica de la sociedad sobre el individuo y, por tanto, contra toda alternativa de orden social que trate de oponerse al existente.


El tema, el asunto es importante.

El ser humano, puede ser considerado consecuencia o resultado de la sociedad, o resultado de su propia inherente, y previa a la sociedad y la socialización, naturaleza. De ser así, el hacer humano sería una etología más, como la de los animales, gobernada por instintos naturales. Sería inmodificable. 

No habría en consecuencia libertad alguna, excepto la de cumplir con la propia innata naturaleza biológica, y los impulsos e instintos naturales, ni habría por lo tanto, lugar al debate sobre lo que sea la libertad. 

Es ridículo plantearse la libertad respecto de los anélidos, las lombrices, los tiburones, etcétera. Son así, y basta, nadie puede decirles que ejerzan autodominio, que «repriman su fiera condición», para expresarlo con Calderón de la Barca, con una de las frases, dirigida a Segismundo sobre la libertad humana, que hay en La Vida es Sueño.


El individualismo antropológico es un determinismo biológico que, ese sí, excluye toda libertad humana posible


¿Por qué?

Porque convierte el asunto de la libertad en un sin sentido. Libertad sería dejar libre a la necesidad natural. Dejar a la naturaleza hacer su curso, por ser vano y loco tratar de domeñarla.

Que el individuo depende, incluso en su génesis individual, no de la naturaleza, sino de la sociedad, sin embargo, es la tesis que se abre a la libertad. 

La misma sociedad, posterior al individuo, surge como resultado de la praxis en común. y posibilita a su vez, una nueva actividad, un nuevo nivel de hacer, que es el que otorga libertad. Todo hacer decidido en grupo, genera economía de tiempo, al inventar tareas nuevas. Si un solo animal o un grupo muy reducido de individuos tiene que asumir las tareas imprescindibles para la subsistencia, hace las cosas de otro modo; el «posterior» modo social. 

Cada posterior modo social de cada posterior nivel de comunidad mayor tiene que ser traído a la realidad –inveniat, invento-. Junto al aumento de tiempo libre, que posibilita a su vez la creación o invento de nuevas acciones. El tiempo libre es lo que posibilita la auto interpelación, interpela a cada sujeto sobre qué hacer en ese tiempo. La diversidad de quehaceres interpela a la reflexión sobre posibilidad de elección, sobre qué hacer, cómo autoelegirse. 

El carácter social del hacer común exige el aprendizaje de ese saber hacer nuevo, y esto, plantea un nuevo nivel de desarrollo auto gobernado de la personalidad social: el que es inherente a la exigencia de que cada individuo ponga en obra ese saber hacer, cosa que exige que ese saber hacer que yace en nuestra consciencia sea operado protagónicamente cada caso, y eso exige, por tanto, protagonismo libre, como el desarrollo, previo, generado por cada saber hacer nuevo, de las nuevas capacidades y facultades correspondientes, en cada individuo que interioriza ese saber. 

La subjetividad y la libertad son creación, construcción derivada de esa previa, ontológicamente, construcción social, construcción en sociedad, de la propia praxis social y de la propia comunidad social activa.


La sociedad, la comunidad es la matriz generadora de la individualidad y de su necesidad de auto dirigirse y de ser libre.


Remarco lo que acabas de señalar. Disuelve un falso (e interesado) problema sobre la sociedad y el individuo.

La libertad por tanto es comunitaria, es fruto de la comunidad, porque la comunidad es autogénesis, no es natural ni posee etología natural. El ser humano que sí es comunitario y que sí es un ser que se autocrea mediante una actividad que se denomina praxis, es libre porque la praxis carece de patrón de saber hacer apriorísticamente definido por la naturaleza. Ese saber hacer debe ser creado en cada caso por cada comunidad. 

Ese ser en común, ser intersubjetivo, que dispone de capacidad de hacer, no dispone ontológicamente de saber hacer inherente. Lo debe crear, somos una subjetividad en común sin proyecto, pero necesitamos de uno que oriente nuestra praxis –fines, objetivos, saber hacer- para poder subsistir.

 Somos una nada que puede serlo todo, y eso es lo que nos hace libres ab origo, Legibus solutus, como el rey absoluto, por naturaleza. La libertad es consecuencia del orden social del que nos dotemos, pero este no es natural, sino social, histórico, autogenerado.


Tu reflexión, en mi opinión, tiene mucho interés. Abuso un poco más. Aristóteles, señala, lo citas tú mismo, que todo es obra de la filia, de la amistad, que la elección de la vida en común presupone amistad. Pero ¿es eso posible en comunidades grandes, enormes y complejas como las nuestras? ¿Cómo podemos sentir amistad por gentes que no conocemos ni conoceremos seguramente a lo largo de nuestra vida?

Recuerdo un hermoso ejemplo que debo a Cornelius Castoriadis. 


Un autor muy estudiado por uno de nuestros compañeros, por Jordi Torrent Bestit.

Sí, efectivamente. Él, Cornelius, decía que su abuelo, ya muy mayor, se había puesto a plantar olivos. Olivos que él sabía que no iba a disfrutar él. Y sin conocer quién acabaría disfrutando. Este es un hecho empírico.


Aparte de eso, todos nos sabemos miembros de comunidades, y las comunidades sociales nos transmiten –paideia- la solidaridad. Una catástrofe nos conmueve y si nos hallamos próximos, tratamos de ayudar, como podemos. La percepción de copertenencia a una sociedad y a la especie humana nos induce a comportamientos sociales solidarios, no por utilitarismo sino por reversibilidad de consciencia: no espero nada a cambio de lo que hago, pero hago lo que quisiera que se hiciera conmigo, con los míos, lo hago porque son mis iguales.


Mis iguales, en efecto.

Porque me parece que no es justo que teniendo yo para comer haya quién no pueda comer, puesto que es mi igual; no seré yo quien se ría de quien aporta unos alimentos a un centro de reparto. 


Yo tampoco, pienso que es una blasfemia hacerlo.

No es mala consciencia, pero incluso si aceptáramos esa ofensa: por qué de la misma. Es la ideología del individualismo antropológico liberal la que hace apología del aislamiento. Pero la experiencia de que toda actividad nuestra es en común, es inmediata…Y además, la creación de instrumentos para la organización política que nos permita intervenir en la sociedad, nos crea mayor consciencia de ello.


De acuerdo, tienes razón en lo que señalas. Lo dejamos aquí por ahora."          

(Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre Praxis política y estado republicano. Crítica del republicanismo liberal, Salvador López Arnal , en Rebelión,  28/01/18)

25/10/11

El placer de la música

"Estudió psicología experimental y utilizó los métodos de la psicología para comprender qué es la música, de dónde viene y por qué existe. Cuestiones transcendentales que la mayoría de las personas ignoran porque se limitan a sentirla y disfrutarla. Pero Zatorre le confiere al tema un halo científico.
De entrada aclara: "Me interesa especialmente el estudio de la corteza auditiva, porque es una de las áreas que mayormente distinguen a los humanos de otras especies. Por eso me interesé por la música como vehículo para entender mecanismos básicos del cerebro, porque además toca casi todas las funciones neuronales (motoras, emotivas, memoria...)".   (...)

No tarda en hablar de música y emociones. La mayoría de la gente escucha música, y si se les pregunta el porqué darán una respuesta que tiene que ver con las emociones; les gusta, les hace sentir bien, les traen recuerdos... "Lo importante es que ayuda a comprender qué ocurre en el cerebro; y lo interesante de la música es que es un estímulo que provoca placer pero el desencadenante no es biológico [como por ejemplo la sexualidad] sino mental", asegura. (...)

"si la música no fuera placentera no existiría", la pregunta es porqué es placentera. "Sabemos cómo funciona la música dentro del sistema nervioso y que lo hace igual que otras sustancias químicas [drogas, fármacos], lo que no sabemos es ni el porqué ni el cómo", concluye."        (ROBERT ZATORRE: "Si la música no fuera placentera no existiría". El País, 13/10/2011, última)

15/4/09

Las caricias, las maternas...

"Se ha estudiado mucho la neurobiología del dolor, pero muy poco la del placer. Por eso, científicos de la empresa Unilever y de la Universidad de Carolina del Norte (EE UU) se propusieron comprobar cómo se codifican las sensaciones táctiles agradables, o sea, las caricias.

Con un estimulador táctil robótico, que desplaza un pincel sobre el antebrazo del sujeto con una velocidad y una fuerza que se pueden variar, los investigadores han comprobado que son los mecanorreceptores del tipo táctil-C, entre todos los presentes en la piel, los encargados de responder a los estímulos lentos y ligeros. Se han medido directamente las veces que se disparaban estas terminaciones nerviosas libres y la intensidad de las señales mandadas al cerebro.

La velocidad a que se realizan las caricias ha resultado ser crucial para que se puedan considerar como tales. Según los voluntarios participantes en el experimento, los receptores mandan señales de placer al cerebro cuando la velocidad de la caricia oscila entre 1 y 10 centímetros por segundo. Si la velocidad es menor o mayor o no se produce esta sensación placentera o no se activan estas fibras nerviosas. La mayor activación del receptor, que se corresponde con la mayor sensación de placer, se produce a la velocidad de 1, 3 y 10 centímetros por segundo. (...)

Por ello, los autores del experimento creen que esta ruta nerviosa está adaptada a la estimulación entre madre e hijo, o a la de naturaleza social, probablemente distinta de la estimulación puramente sexual. También creen que la sensación de placer no depende únicamente de la señal enviada al cerebro, sino que está matizada por experiencias previas y otros factores como la cultura en que vive el individuo.

"Estos resultados son la primera demostración de la relación entre una sensación hedonista positiva y la codificación en el sistema nervioso periférico", señalan los científicos, dirigidos por Hakan Olausson en la revista Nature Neuroscience, en la que se ha publicado el estudio. (...)

Unilever, en un comunicado, da una interpretación ligeramente distinta, más adaptada a sus intereses como empresa de productos cosméticos. "Esta investigación indica que estamos hechos para disfrutar del acto físico de cuidarnos", indica Francis McGlone, uno de los autores del estudio. Se refiere concretamente a actos rutinarios diarios como darse crema en el cuerpo o lavarse la cabeza." (El País, ed. Galicia, Sociedad, 14/04/2009, p. 32)