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14/10/21

Apartado un profesor por mostrar en clase el Otelo del actor blanco Laurence Olivier en EE UU. Bright Sheng, que sufrió en China la represión de la Revolución Cultural y dos veces finalista de los Pulitzer de la música, provocó el enfado de sus alumnos por usar la película en la que el intérprete británico actúa con el rostro pintado de marrón

 "Escoger mal una película puede tener devastadoras consecuencias en Estados Unidos. El músico Bright Sheng, de 65 años, se ha visto obligado a abandonar su seminario de composición en la Universidad de Michigan después de que sus alumnos reaccionaran a su decisión de poner en clase la versión cinematográfica de la obra Otelo protagonizada en 1965 por el actor británico Laurence Olivier. En la cinta, el intérprete actúa con el rostro pintado de marrón, una desfasada práctica conocida como blackface, considerada racista en este país.

El compositor, director y célebre pianista pidió disculpas por reproducir en clase una versión del drama de Shakespeare que “discrimina y degrada” a los afrodescendientes y a su cultura. Para defenderse, enumeró a varios artistas de minorías étnicas que ha contratado a lo largo de su carrera. Fue peor. Los estudiantes de primer año calificaron la misiva de “incendiaria” y exigen su despido.

 Sheng es profesor titular de la Escuela de Música, Teatro y Danza de la Universidad de Michigan desde hace un cuarto de siglo. Este otoño impartió un seminario para “analizar Otelo, de Shakespeare a Verdi”. Desde que en la primera clase proyectó la película, no ha vuelto a pisar el aula. “Los tiempos han cambiado y cometí un error al mostrarla. Fue insensible por mi parte”, apunta el profesor a este periódico. Explica que eligió la versión de 1965 por ser una de las más fieles a Shakespeare y añade que en el mundo de la ópera el cross-casting (elección de un actor sin que coincida el género o la etnia con el del papel que va a interpretar) es una costumbre que se remonta al origen del teatro.

“Pensé que tanto la obra como la ópera retrataban a Otelo como a un héroe que es víctima de los blancos” y que podría enseñar algo de provecho sobre “los malos comportamientos humanos universales y sobre problemas como las calumnias o las acusaciones falsas”, apunta el compositor. Muchos lo señalan como una nueva víctima de la corrección política y el revisionismo del arte. Consultado sobre si se ve como un afectado por la cultura de la cancelación, responde: “Antes de este incidente, nunca había oído hablar del término. No tengo comentarios al respecto”.

 Meses después de que el Otelo de Laurence Olivier llegara a las salas de cine, Bright Sheng, entonces de 11 años, vio en Shanghái cómo los Guardias Rojos se llevaban el piano de su madre, la mujer que le enseñó a tocar. A pesar de la represión de la Revolución Cultural se convirtió en uno de los grandes compositores de su generación. Obtuvo una beca MacArthur, conocida como la de los genios, y ha sido dos veces finalista de los Premios Pulitzer de música. Sus composiciones se han escuchado desde Pekín, en la apertura de los Juegos Olímpicos de 2008, hasta la Casa Blanca. “Bright Sheng sobrevivió a la Revolución Cultural de Mao, pero es posible que no sobreviva a un par de estudiantes de Michigan quejumbrosos a los que se les muestra una versión cinematográfica de Otelo”, tuiteó el novelista Christian Schneider.

Sammy Sussman, estudiante de cuarto año de música clásica, fue uno de los alumnos que se molestaron por tener que ver el Otelo de Olivier sin ninguna “advertencia o discusión” previa. Esta película ya fue criticada en los sesenta por herir sensibilidades y estereotipar a la comunidad negra. Sussman le escribió al director de la facultad, quien le recomendó hablar con Sheng antes de acusarlo, ya que creía que un profesor con su experiencia “tenía motivos educativos para compartir esta famosa interpretación de Otelo”, según cuenta el estudiante en su blog. El joven afirma que la solución de discutir el tema no era una opción factible “sin temer por las repercusiones profesionales”.

Al acabar la clase, algunos alumnos le hicieron ver a Sheng su rechazo a la película y este envió una disculpa a todos los estudiantes “en 108 minutos”. Enseguida, despachó otro mensaje informando de que cancelaba el proyecto sobre Otelo y que presentaría un nuevo tema para el seminario. “Investigué más y aprendí sobre el tema y me di cuenta de que la profundidad del racismo era, y sigue siendo, una parte peligrosa de la cultura estadounidense”, rezaba la misiva. Varios alumnos acudieron al decano de la facultad, Dean Gier. Este contactó a la Oficina de Equidad y Derechos Civiles de la Universidad para que investigara lo ocurrido. “Este [incidente] ha sido doloroso e inquietante para los estudiantes de la clase”, escribió Gier en un correo dirigido al alumnado.

Viendo que los ánimos no se calmaban con las disculpas iniciales, el profesor escribió a sus alumnos que a lo largo de su carrera docente había tenido muchos estudiantes afroamericanos y que mantiene el contacto con ellos. También, que ha contratado a varios artistas negros en su trayectoria. La defensa encendió aún más a su alumnado. “Da a entender que gracias a él muchos de ellos han logrado el éxito en sus carreras”, sostuvieron más de cuarenta estudiantes de composición de pregrado, posgrado y miembros de la facultad. Tras esa carta, Sheng dejó de ser oficialmente profesor del seminario sobre la obra de Shakespeare.

“Las acciones del profesor Sheng no se alinean con el compromiso de nuestra universidad con la acción antirracista, la diversidad, la equidad y la inclusión”, explicó a este periódico Kim Broekhuizen, portavoz de la facultad, quien aclaró que el compositor no fue despedido, sino que él mismo decidió, junto con Gier, “dar un paso al costado”. Sheng continúa ofreciendo clases privadas y está previsto que imparta un curso en invierno, pero ya no es el profesor del seminario. El cambio “permitirá un ambiente de aprendizaje positivo” para que los estudiantes puedan enfocarse en su “crecimiento como compositores”, argumentó el decano."                    (Antonia Laborde, El País, 12/10/21)

22/2/21

El grito terrorista de Hasel "¡Merece que explote el coche de Patxi López!" cabe dentro de la libertad de expresión, pero es puro fascismo. El canto de Lorenzo Pérez "La diputada Montero/ expareja del 'coleta'/ Ya no está en el candelero/Por una inquieta bragueta/ Va con Tania al gallinero"...es un insulto, nunca fascismo

J.Coscu @jcoscu

 Nuestra obligación como sociedad es defender y garantizar la libertad de expresión de
@PabloHasel Aunque él no tenga ninguna autoridad moral para exigirla, porque lleva muchos años atacando la libertad de expresión de sus conciudadanos.

2:58 p. m. · 19 feb. 2021
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 "Una joven ha perdido un ojo. “Estallido del globo ocular”. Es una pérdida muy seria, no es como pasar una noche en comisaría o como si te sisan la cartera y has de hacer todas las fastidiosas gestiones para que te den otro carnet de identidad y otra tarjeta de crédito. Es irreparable.

La política es un teatrillo, una tontería, pero de repente se fuerza la máquina, se calcula mal, y alguien pierde un ojo, y esto ya sí que es real.  

Probablemente esa joven piense que ha perdido el ojo luchando por la libertad de expresión y que la dignidad de esa causa honra esa pérdida, como un sacrificio involuntario pero valioso, en algún balance metafísico. Si esa idea le consuela, mejor. Otros pensarán que le ha pasado por apoyar de forma equivocada a un bocazas de versos aberrantes, a un despreciable difusor de odio. Y otros dirán que es cosa de mala suerte.

De momento, en el equilibrio causa-efecto, yo creo que sale mejor parado Hasél, con dos años de cárcel, si llega a cumplirlos, que esa hasta ahora anónima mujer, que se ha quedado tuerta para siempre.

El hecho sucedió en los violentos disturbios de la Vía Augusta, entre Diagonal y Travesera; pero cómo es posible, si por ahí pasaba yo cada día, al anochecer, camino a la piscina, en la más absoluta impunidad.

¿Quién sabe? A lo mejor estas algaradas, y este ojo que se ha perdido, servirán para acelerar un cambio legislativo para que no se repitan los largos calvarios como el que sufrieron el cantautor Javier Krahe, por meter un crucifijo en un horno y dar a los televidentes las instrucciones culinarias para “cocinar a un Cristo” (en una performance francamente graciosa, por lo menos para mí). Y el artista Eugenio Merino, por meter un muñeco de Franco en una nevera o la cabeza del dictador en un punching-ball. (Por cierto que el mismo Merino años más tarde expuso en Arco una efigie del Rey y luego la hizo arder, sin consecuencias). Y el jubilado Lorenzo Pérez San Francisco, por publicar en una revista una copla satírica sobre el vicepresidente y la ministra: "La diputada Montero/ expareja del 'coleta'/ Ya no está en el candelero/Por una inquieta bragueta/ Va con Tania al gallinero".

Gente inocente, y más o menos graciosa. Por suerte, sensatamente, Krahe, Merino y San Francisco fueron exonerados, pero hasta la sentencia exculpatoria final tuvieron que recurrir y apelar contra sentencias de jueces abusivos o disparatados, lo pasaron mal y gastaron tiempo y dinero.

Estaría muy bien que casos como esos no se repitiesen. Pero esto, y los momentos de exaltación y adrenalina de los enfrentamientos con la policía en la Vía Augusta, de los que sin duda, tras las algaradas e incendios, muchos revoltosos volvieron a cenar a casa felices y contentos de su justiciera machada, ¿compensará a esa mujer por su ojo?

Le queda otro. Seguramente intentará exigir en los tribunales una gran indemnización. Con pocos argumentos, visto lo que pasó, pero ¿quién se resigna de entrada a una pérdida así…?

Durante todos estos años los listillos de la dirigencia se han hecho ricos, mientras la clase de tropa corre y enreda y grita consignas y se manifiesta cuando se lo dicen, y algún policía queda parapléjico y algún manifestante pierde un ojo de la cara.

Los revolucionarios vivales conducen Porsche y lucen bolso de Michael Kors y compran mansiones, mientras la clase de tropa va de aquí para allá balando consignas indignadas, montando bronca y arriesgando la vista por algún taradito que creen que les representa, todo en nombre de la libertad, la justicia, la libertad de expresión y demás bellas palabras.

Y algunos se quedan tuertos."                   (Ignacio Vidal-Folch , Crónica global, 19/02/21) 

También la apología fascista de Hásel cabe dentro del libertad de expresión, rapear : "¡Merece que explote el coche de Patxi López!", no debe ser delito... es terrorismo intelectural... y un insulto a la dignidad democrática.     

26/10/20

La experiencia de una localidad estadounidense que se convirtió en un laboratorio del liberalismo... las carreteras se llenaron de baches, las calles se quedaron casi sin iluminación y se cometieron los primeros asesinatos en la localidad. No solo eso: el pueblo recibió cada vez más visitas de osos...

 "Grafton es una pequeña ciudad de New Hampshire, al noreste de Estados Unidos, con poco más de 1.300 habitantes censados. A partir de 2004 fue el objeto de un experimento político que quiso convertir la ciudad en un paraíso liberal. 

Los promotores esperaban que sirviera como ejemplo para todo el país de que los impuestos son un robo, de que el intervencionismo estatal trae pobreza y de que el Gobierno no debe inmiscuirse en si fumo marihuana, en cuántas armas tengo o en si puedo o no vender libremente mis órganos. Pero la iniciativa también trajo consigo una consecuencia inesperada: ataques de osos.

Lo explica el periodista Matthew Hongoltz-Hetling en A Libertarian Walks Into a Bear, título que se puede traducir como "Un liberal se encuentra a un oso", pero que también hace un juego de palabras con los chistes que comienzan con alguien (o algo) entrando en un bar. (Una aclaración: en Estados Unidos, un libertarian es un partidario del libre mercado y del Estado mínimo y no un libertario, que en español tiene un significado más cercano al de anarquista. 

Y liberal se acercaría a lo que entendemos en España por progresista). Recién publicado, el libro explica que los promotores de esta idea tenían pensado un futuro como el de La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, novela en la que un grupo de empresarios organiza en un valle oculto una sociedad rebelde que se rige solo por el libre mercado, y cuyo éxito contrasta con un país sumido en la burocracia, el intervencionismo y, por tanto, el caos y la pobreza.

A pesar del referente literario, mientras Estados Unidos seguía a lo suyo, en 2011 las carreteras de Grafton se habían llenado de baches, las calles se quedaron casi sin iluminación y se cometieron los primeros asesinatos registrados en la localidad. No solo eso: el pueblo recibió cada vez más visitas de osos que atacaban a gallinas, gatos y, en algún caso aislado, a personas.

Sí, osos: los habitantes liberales y anarcocapitalistas de la ciudad se negaban a respetar las normas sobre la recogida de basura o intentaban resolver los problemas por su cuenta, sin llamar para avisar de que había animales enormes en su jardín. Y eso sin mencionar a Doughnut Lady (la señora de los donuts, uno de los personajes con más presencia en el libro), que daba de comer a los osos que se acercaban a su casa y, por tanto, animaba a los animales a acercarse al pueblo con más frecuencia. Al fin y al cabo, ¿por qué no puedo hacer lo que quiera en mi jardín?

Además de todo eso, y a pesar de quedarse sin apenas servicios y de sufrir los ataques de estos animales, los vecinos de Grafton ni siquiera se ahorraron tanto dinero en impuestos: Hongoltz-Hetling compara su situación con la vecina ciudad de Canaan, donde había carreteras pavimentadas y servicios como piscinas, museos y parques. En esta ciudad, cada vecino pagaba, de media, 70 centavos más al día por esos servicios que en la liberal Grafton (unos 250 dólares al año).

Después de leer el libro, uno puede pensar que a lo mejor este experimento no es representativo. O puede que no estuviera bien planificado. O quizás no se ejecutó bien. Pero es bastante probable que esta experiencia, simplemente, padeciera muchos de los problemas comunes a las utopías.

Un problema de método

Hongoltz-Hetling habla en su libro de los liberales como personas cerebrales y lógicas que en algunos casos llegan a extremos que suenan absurdos solo por seguir esta lógica hasta el final. Si el liberalismo defiende que cualquier acuerdo libre y voluntario es válido, esto quiere decir que yo tengo derecho a vender mis órganos y que incluso se los puedo vender a alguien que los quiera para comérselos. También puedo batirme en duelo, organizar peleas entre vagabundos o llenar mi jardín de basura (haya o no osos en los alrededores), porque son decisiones tomadas libremente y, en el último caso, en mi propiedad.

En su libro La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper, filósofo cercano al liberalismo, critica precisamente esta apariencia racional de las utopías, que las hace especialmente peligrosas. Según Popper, el pensamiento utópico parte a menudo de una sociedad supuestamente ideal, que es la que hay que alcanzar. Para el filósofo, el problema no es que el objetivo parezca irrealizable (en su opinión, hoy en día disfrutamos de muchas cosas que en su momento parecían inalcanzables), sino que las utopías proponen reconstruir por completo la sociedad. Esto suele traer consigo “consecuencias prácticas difíciles de calcular, dada nuestra experiencia limitada” y a pesar del planteamiento supuestamente lógico.

Es decir, el problema de las utopías no es necesariamente el objetivo, sino el método, que implica muchos cambios a la vez con consecuencias impredecibles. Es, de hecho, lo que les ocurrió a los habitantes de Grafton: probablemente ninguno de los defensores de esta “ciudad libre” pensaba que criticar el intervencionismo y recortar impuestos traería consigo ataques de animales, pero, como escribe Hongoltz-Hetling, es más fácil resolver los problemas en Internet que en persona. 

Si el experimento sale mal, ¿lo volvemos a probar?

John Babiarz, uno de los protagonistas del libro de Hongoltz-Hetling, admite que el experimento de Grafton no salió todo lo bien que quería, pero eso no le ha hecho renunciar a sus ideales. De hecho, a lo largo del libro, sus protagonistas se quejan de que el problema no es que su proyecto tenga defectos, sino que aún no disfrutan de suficiente libertad, con personajes agraviados, por ejemplo, porque les obligan a apagar hogueras que ellos consideran seguras.

No están solos: hay liberales que defienden que el problema de las crisis económicas capitalistas es que no hay tanta libertad como debería y hay comunistas que creen que las ideas de Marx no se aplicaron correctamente. ¿Podría haber funcionado la utopía de Grafton si se les hubiera dejado aplicarla del todo (o mejor)? Al fin y al cabo, la biblioteca pública aún abría tres horas a la semana. ¿Habrían alcanzado una sociedad justa y libre cerrándola para siempre?

Parece poco probable, al menos si hacemos caso a lo que escribió hace más de 30 años el filósofo Robert Nozick, cuando comentaba el abismo entre los ideales políticos y su ejecución práctica. En su The Examined Life (La vida examinada), Nozick reflexiona sobre esta diferencia entre lo ideal y lo real. Cuando fracasa una utopía (o incluso una propuesta política que en principio parecía realista), sus partidarios se defienden diciendo que no se aplicó bien o que se aplicó “demasiado poco”. Para Nozick, eso es trampa porque omite que la diferencia entre lo que propone una teoría y cómo se acaba aplicando también es algo que hemos de tener en cuenta.

Por ejemplo, el capitalismo puede proponer un ideal de intercambio libre y voluntario, con países cooperando a través del comercio y con individuos obteniendo por su trabajo lo que los demás creen que merecen. Pero todo esto también ha venido asociado en la práctica con la explotación de trabajadores y, en muchos caso, el apoyo a regímenes dictatoriales. Nozick aprovecha incluso para apuntar una crítica a su libro más conocido, Anarquía, estado y utopía, en el que precisamente sentó las bases del liberalismo contemporáneo.

Por supuesto, esta diferencia entre lo ideal y lo real no se da solo en el capitalismo liberal: Nozick dedica unas líneas a la religión y al comunismo, cuyo ideal de cooperación sin clases ni privilegios en la práctica ha supuesto también totalitarismo y censura. “Esta no es toda la historia acerca de cómo opera en el mundo el ideal comunista, pero es parte de esa historia”.

De la utopía a la protopía

¿Todo esto significa que debemos renunciar a los planteamientos utópicos? ¿Las ideas planteadas en utopías no son inspiradoras? ¿No tiene razón el filósofo Francisco Martorell Campos cuando opina que sin la motivación del cambio social en apariencia utópico tenderíamos al conformismo?

En Soñar de otro modo, publicado en 2019, este filósofo admite que las críticas a las utopías son legítimas, ya que han dado lugar a “sociedades cerradas, estáticas, centralizadas y estandarizadas”. También recuerda que le debemos el término "distopía" a John Stuart Mill, que en 1868 ya avisó de que "muchos utópicos proponen modelos sociales tan pavorosos que merecen un calificativo específico para apodarlos".

Pero Martorell Campos también recuerda que las utopías entregaron “al progreso social cuantiosas ideas”. Apunta que a menudo se olvida “que la democracia fue en origen una utopía” y que “los avances sociales se consiguen únicamente mediante la protesta y la movilización ciudadanas, a veces tras décadas o siglos de insistencia”.

En Utopía para realistas, el historiador neerlandés Rutger Bregman propone ideas que hoy parecen casi inalcanzables como la semana laboral de 15 horas o la renta básica universal. En una línea similar a la de Martorell Campos, Bregman considera que las ideas utópicas son “horizontes alternativos que activan la imaginación”. Sin soñadores utópicos que defendieron la igualdad y la libertad, “todavía pasaríamos hambre y seríamos pobres, sucios, temerosos, ignorantes, enfermizos y feos”.

Hay un posible terreno medio entre el conformismo y la amenaza de la distopía: la protopía, término acuñado por Kevin Kelly, cofundador de la revista de tecnología Wired, y que defiende el ensayista y divulgador Michael Shermer en su libro The Moral Arc (El arco moral). Estas protopías son proyectos de cambio gradual y continuado. Podemos aspirar a la sociedad que consideremos más justa, pero no es necesario correr el riesgo de inventarla de cero.

Se trata de una idea que también recoge en su libro Popper, quien, recordemos, no estaba en contra de plantearse objetivos supuestamente inalcanzables, sino de los métodos para alcanzar estos objetivos. En lugar de intentar crear una nueva sociedad, podemos ir introduciendo avances paulatinamente. Esto nos permite ir comprobando el efecto de estas decisiones, corrigiendo si es necesario y contando con la opinión de todos los ciudadanos.

Así, tras uno o dos ataques de osos podríamos dar marcha atrás y admitir que, en fin, a lo mejor la idea no era tan buena."              (Jaime rubio Hancock, El País, 23/10/20)

7/1/20

“La ofensa al veganismo no es tan grave como a la raza o a la sexualidad”. En el “primer mundo” se comete el error de que los seguidores de diferentes estilos de vida tienden a arrogarse un privilegio...

"Para cualquier filósofo sin conocimientos sobre derecho es complicado pronunciarse sobre la sentencia del juez de Norwich que ayer consideró que el veganismo es “una creencia filosófica” y dictaminó que merece gozar del amparo de la Ley de Igualdad, aprobada en 2010 en Reino Unido para evitar que religiones y creencias sean objeto de cualquier forma de discriminación.

 “Podemos llegar al absurdo de que cualquier forma de vida se reivindique como un derecho; pero es un terreno peligroso. La ofensa al veganismo no es tan grave como a la raza, la sexualidad o la religión”, considera Germán Cano, profesor de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Alcalá de Henares.

A su juicio, el problema es que en las sociedades avanzadas del “primer mundo” se comete el error de que los seguidores de diferentes estilos de vida tienden a arrogarse un privilegio. Cano sitúa la raíz de esa distorsión en la secularización de la sociedad y la progresiva pérdida de peso de la religión.

“Se da la circunstancia de que uno piensa que su estilo de vida, independientemente del que sea, se debe equiparar al peso que han tenido las religiones, y por eso buscan el encaje de su ideología en el ámbito del derecho”. 

A falta de que el tribunal se pronuncie sobre si el despido de Jordi Casamitjana, ciudadano británico de origen catalán que demandó a su empresa por despedirle como consecuencia de sus “declaradas convicciones veganas”, fue o no procedente, Cano cree que su argumentario de que se le discriminó por ser vegano es una “justificación extemporánea” que carece de sentido.

Jorge Rlechman, profesor de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, recuerda que los ordenamientos jurídicos incorporan creencias filosóficas, una realidad que puede conducir a algunos ciudadanos a equívoco en cuanto a sus exigencias morales. “La declaración de derechos humanos de 1948, por ejemplo, tiene muchos principios filosóficos detrás, pero es complicado adaptar las diferentes creencias en un marco jurídico”.

Para Javier Morales, autor del libro El día que dejé de comer animales, más que una creencia filosófica, el veganismo es un movimiento político. “Si hablamos del marco regulatorio, lo que tendría sentido es que los gobernantes se preocupen por ofrecer opciones a los veganos en servicios públicos como los comedores de los hospitales o de los centros educativos”. En su opinión, esta corriente no se puede considerar una religión, sino una revolución con una fuerza similar a la del feminismo. “Luchamos para visibilizar a los animales y para erradicar las prácticas deplorables a las que los sometemos; los seres humanos no somos el centro del universo”.                   (Ana Torres, 04/01/20)

18/12/09

Libertad subjetiva, autoritarismo coactivo, libertad, ética... extravagantes masificados...

"hoy, todo poder -incluido el democrático- corre el riesgo de perder su legitimidad si, además de en la ley, no se basa en la ejemplaridad. (...)

- Autoridad sin autoritarismo. "Ha saltado por los aires el principio de autoridad, que era un elemento vertebrador de la sociedad. Hasta el siglo XVIII un individuo tenía una esfera de libertad muy pequeña y un concepto de sí mismo al servicio de (el rey o el gremio de zapateros). Además tenía creencias colectivas fuertes (patriotismo, religión) y costumbres extremadamente moldeadoras (la tradición). Y todo en una sociedad muy jerárquica con una minoría poderosa que se proponía a sí misma como modelo. Esa combinación rompía cualquier individualidad. Ahora vivimos la ausencia de todo eso unida al lenguaje de la liberación subjetiva.

Disturbios como los de septiembre en Pozuelo y la polémica sobre la autoridad de los maestros demuestran que los chicos viven en sociedad, pero no están socializados. Hay que volver a valorar las conquistas de la libertad: el derecho a la intimidad, a la reunión, al propio nombre, cosas que hasta hace poco se negaban. Los jóvenes de hoy no saben cuánto costó esa liberación porque el precio no lo pagaron ellos sino sus padres".

- Fascinante confusión. "Me considero un hijo gozoso de mi época. Tenemos la responsabilidad de dar contenido a un proyecto civilizatorio que es contingente, precario y sin precedentes que sirvan de modelo. Fascinante. Los que nos dedicamos a la reflexión debemos ayudar a moldear la que será la imagen natural del mundo en el futuro para que sea compatible con la convivencia colectiva y favorable al proyecto democrático, secularizado e igualitario".

- Demasiada vida privada. "La libertad es el presupuesto de la ética pero no la ética misma. Claro que hay violaciones a la libertad, infinitas, pero ya nadie las considera legítimas. El liberalismo ha convertido la libertad en un dogma. Cualquier insinuación sobre uso cívico y social de tu libertad produce alergia bajo el nombre de vida privada. Hemos olvidado que cuando se inventó el Estado coactivo se inventó también la vida privada como un terreno inviolable. No puedo estar más de acuerdo en términos jurídicos (la defensa frente a la autoridad), pero la socialización y la ética son otra cosa".

- Más ejemplos y menos leyes. "Siempre existirán autoridades coactivas -tu padre o el Ministerio de Hacienda-, pero las que pretendan ser legítimas tendrán que basarse en la ejemplaridad. Antes, ser padre era un hecho biológico del que se derivaba un arsenal de poderes sobre tu mujer y tus hijos. Hoy es un hecho moral que te tienes que ganar con una conducta ejemplar. El problema de la política es que hay sobreabundancia de leyes y falta de conductas ejemplares. Es un círculo vicioso: el ejemplo negativo de los políticos desmoraliza a la sociedad, se generaliza la vulgaridad en la conducta y los propios políticos reaccionan con más leyes". (JAVIER GOMÁ: "Sobran leyes y faltan conductas ejemplares". El País, ed. Galicia, cultura, 14/12/2009, p. 40)