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20/6/18

Eutanasia. Apunte para una reforma constitucional

"Los derechos fundamentales constitucionalizados no son naturales, sino convencionales, históricos. Por eso es posible proponer que su catálogo sea modificado. Y no para restringirlo, sino para consolidarlo y adaptarlo a necesidades básicas de los seres humanos que aún no han obtenido reconocimiento constitucional.

El inmediato derecho pendiente de reconocimiento constitucional es la eutanasia.  

La eutanasia es el suicidio asistido.
 
Derecho a la eutanasia no es el derecho al suicidio. Éste último ya lo tenemos. La tentativa de suicidio no es ilegal. La eutanasia es el derecho a ser ayudado lícitamente por otras personas para terminar voluntariamente con nuestra vida sin dolor y con dignidad.
 

Las instituciones, los nosotros —el Estado, la familia, una religión, cualquier otro tipo de comunidad— tiene deberes especiales de protección sobre cada una de las personas hasta que éstas alcanzan su mayoría de edad: la edad convenida para ser vistas por las instituciones como personas autónomas.
 

Así, la familia, por poner un ejemplo, y sea lo que se entienda culturalmente por familia, tiene el deber de proteger la vida de sus miembros menores. Pero no lo tiene para siempre: de otro modo les negaríamos a las personas su autonomía.
 

En culturas como la española, tanto y tan mal modeladas por visiones talibánicas del cristianismo, resulta difícil hablar de eutanasia sin escapar a la persecución del irracionalismo. Por eso evitaré argumentar sobre cuestiones ya debatidas en áreas culturales próximas y afirmaré sin más la autonomía personal.

 Ningún estado, ninguna religión, está por encima de nuestra conciencia moral personal. Argüiré que las cuestiones jurídicas que se plantean en torno a la eutanasia —autonomía de la voluntad, casos de menores, plazos de mantenimiento de la decisión de bien morir, garantías para los asistentes o ayudantes, etc.— han sido bien resueltas en otras legislaciones. Basta con copiarlas o adaptarlas.
 

Solamente parece necesaria una distinción conceptual. Se trata de la que media entre los llamados cuidados paliativos, aplicados a enfermos terminales, y la eutanasia. Los primeros son ya un deber por lo menos moral para los facultativos médicos en casos para los que no se ve remedio; la eutanasia, en cambio, puede tener cualquier motivo, por el que las instituciones no habrían de preguntar; los motivos no importan: son personales; y quienes ayuden a morir no han de ser necesariamente facultativos.
 

La eutanasia, entendida como el derecho a que te ayuden a morir, ha sido reconocida en años recientes por Bélgica, Holanda y Luxemburgo. En Suiza la eutanasia es legal desde los años cuarenta del siglo XX. 

Son muchas las personas que viajan a ese país, como antaño se viajaba a Inglaterra cuando en España se prohibía el aborto, para hacer efectivo su derecho a morir, voluntaria y dignamente. En Suiza el suicidio asistido es legal, siempre que quien ayude no lo haga por motivaciones personales interesadas.
 

Constitucionalizar la eutanasia en España significará eliminar del espacio político-jurídico una diferencia más entre ricos y pobres."         

(Juan-Ramón Capella es catedrático emérito de Filosofía del Derecho. InfoLibre, 13/05/18)

6/10/15

¿Qué diferencia hay entre suicidio asistido, sedación y eutanasia?

"El caso de Andrea, la niña de 12 años, ha reabierto el debate –nunca cerrado del todo– de la regulación de la muerte digna en España. Pero esto tiene que partir de un consenso acerca del nombre de las distintas posibilidades, entre las legales en España y las que no lo son, sobre las que se discute.

Cesación del esfuerzo terapéutico. 

Esta definición corresponde a poner fin al encarnizamiento u obstinación terapéutica, empeñarse en dar tratamientos a personas sin posibilidades de recuperación. La ley de autonomía del paciente de 2002 (y las autonómicas de Andalucía, Galicia, Aragón y Navarra) establecen que el paciente (o sus representantes) puede decidir qué tratamientos recibe y cuáles no, independientemente de qué consecuencias tenga para él. 

El caso extremo (y parecido al de Andrea) fue el de Inmaculada Echevarría en 2007, que consiguió que le retiraran el respirador tras más de 10 años viva gracias al aparato. Juan Pablo II se la aplicó cuando renunció a ser hospitalizado al final de su vida y prefirió morir en el Vaticano. Es lo que antiguamente se llamaba eutanasia pasiva.

Sedación terminal. 

También llamada sedación paliativa. Es otra buena práctica médica y legal. Consiste en proporcionar a un enfermo terminal y que sufre toda la analgesia u otros tratamientos (por ejemplo, para los ahogos o la agitación) que necesite para controlar estos síntomas. En este caso, se admite que esos fármacos puedan reducir el tiempo de agonía, pero no se busca provocarla, sino que el paciente la pase en la mejor situación posible.

Suicidio médicamente asistido. 

Es legal en Suiza, por ejemplo, pero ilegal en España, donde la ayuda necesaria al suicidio está penada. Consiste en facilitar a un enfermo terminal los medicamentos (generalmente varios con efecto inhibidor del sistema respiratorio y el cardiovascular, además de un antihemético) para que se quite la vida. Donde se aplica, se busca que sea un médico quien aconseje y recete los fármacos, pero la ingesta debe ser acción del paciente. 

En España lo llevó a cabo Madeleine Z, postrada en una silla de ruedas que tomó la combinación de medicamentos tomada con helado. También fue el caso del parapléjico Ramón Sampedro, solo que en su caso no fue asistido médicamente, sino que él planeó la compra e ingesta del cianuro con que se mató.

Eutanasia. 

Es legal en Holanda, Bélgica, Vermont, Washington y parte de Australia. Consiste en que un médico administra una combinación de fármacos letal a un paciente que lo ha pedido reiteradamente cuando está ya en situación terminal y tiene sufrimiento físico o psicológico. En España es ilegal."                      (   , El País, Madrid 6 OCT 2015)

13/7/15

Solo pido que no nos agudicen la tortura cuando ésta es su antesala y que respeten mi modo de vivir y morir como yo respeto el de los que no opinan como yo

"Acaba de morir mi ser más querido. La causa ha sido un melanoma o tumor negro. Se trata de un cáncer extremadamente agresivo y que sortea cualquier defensa. Una vez que la metástasis se ha extendido es casi imposible hacerle frente.  (...)

En algunas personas está funcionando esta nueva terapia. En la persona querida no ha funcionado. Entonces el tumor se desborda. Y ante la inutilidad del medicamento ingresó en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Universitario de La Paz. 

Tengo que decir que el trato profesional y humanitario de todo el personal sanitario fue excelente. Quede constancia aquí de la gratitud a tales profesionales. Los paliativos cubren un campo que en modo alguno minimizaría.

 Por eso serán bienvenidos más y mejores servicios paliativos.
Lo que sucede es que si bien puede ser una solución para algunos no son la solución para otros muchos. Y es que el hueco o boquete que se abre entre el momento en el que la medicina se muestra impotente para prolongar una vida razonablemente digna y el fallecimiento del paciente se incrustan las opciones libres de los individuos en su relación con la muerte.

Es verdad que en el hueco o boquete citado se dispone hoy y en nuestro entorno de medios que mitigan o anulan, si tomamos un tono optimista, el dolor. Pero no el sufrimiento. Desconocemos los grados de conciencia de un moribundo y, así, la tortura que podría causarle verse aproximarse a un inevitable final. Por otro lado, un enfermo despidiéndose de sus seres queridos puede llegar a parecerse, contra tanta falsa evidencia, a un reo expresando su última voluntad.

 A algunos les sonará entrañable. Otros sospechamos que es un sufrimiento añadido al físico que, por atenuado que sea, es difícil que desaparezca del todo. Y esto nos da pie a introducirnos una vez más en esa palabra, aún rodeada por un halo de tabú, y que no es otra sino la eutanasia.

No es cuestión de trivializar o dogmatizar sobre lo que se sitúa en esa parte de la vida que es la muerte. Ni de minimizar los avances que se han hecho en Francia, y más aún en Canadá al colocar la sedación en la voluntad del paciente y no en las pautas o protocolos médicos, siempre timoratos. 

Son pasos, sin duda, importantes aunque insuficientes y que no tocan el núcleo de lo que es el querer de los individuos cuando desean que su vida finalice. Necesitamos despertar y no permanecer dormidos ante la inercia de la tradición, los prejuicios de algunas religiones, la simple indiferencia o el temor a la espada del Código Penal.

No repetiré los bien conocidos argumentos a favor de la eutanasia basados en la incuestionable libertad de las personas o en la perversidad de prolongar un sufrimiento inútil. Solo recordaré que si a nadie se le puede prohibir que se suicide, por mucho que se le pueda aconsejar lo contrario, en buena lógica tampoco se puede castigar a quien, especialmente en aquellos casos en donde hay solo vida biológica y no biográfica, ayude al que decide, libremente, desaparecer.

 Por otro lado, habría que desterrar la inveterada manía de arreglar y controlar la existencia de los otros. Dejemos que cada uno resuelva, a su manera, el modo de existir elegido y, en consecuencia, de rematar, dentro de sus posibilidades, dicha existencia.

Dos palabras, finalmente, sobre esa sombra que nos persigue desde que nacemos y que es la muerte. Todas las culturas se las han ingeniado para hacer más digerible el hecho ineludible de la cesación total y que acompaña a los humanos. Como los individuos nos insertamos en las distintas culturas, unos la viven como fervorosos creyentes, otros con impostado o real estoicismo y otros como Dios o el Diablo les dé a entender. 

Todos, en cualquier caso, se ven obligados a atravesar el río helado del trauma mortal. Si la ingeniería genética alargará indefinidamente la vida está por ver. Nosotros, desde luego, no lo veremos. Desde el poema sumerio de Gilgamesh nos seguimos preguntando por qué tiene que morir el humano. Desde un punto de vista genético la respuesta es relativamente fácil.

Somos seres pluricelulares con una limitada división celular. Lo que ocurre es que podemos levantarnos sobre nuestros genes y mirar el horizonte. Y ahí la muerte se muestra como una traición a la vida. Algunos dicen contemplarla como algo natural y se encogen de hombros. Pienso que valoran tanto la naturaleza que la convierten, en la línea de Spinoza, casi en sobrenatural. Jesús Mosterín, un amigo, y yo somos de Bilbao y, por tanto, paisanos de Unamuno. Él dice no temer a la muerte. 

 Yo estoy con don Miguel y confieso mi miedo a morirme y, cómo no, a que mueran los que amo. E incluso a que mueran los que no he conocido ni conoceré. No iré de llorón como Job, ni jugaré el juego de la rebelión al modo de Drácula o preferiré el infierno a la obediencia siguiendo a Satán. 

Solo pido que no nos agudicen la tortura cuando ésta es su antesala y que respeten mi modo de vivir y morir como yo respeto el de los que no opinan como yo. Por lo demás, siempre nos queda el consuelo del poeta. Y es que la belleza pervive en el recuerdo."           (   , El País,  23 ABR 2015)

17/9/14

“Me voy a quitar la vida hoy alrededor del mediodía. Es hora”

“Me voy a quitar la vida hoy alrededor del mediodía. Es hora”.

Con estas palabras, publicadas en la web, Gillian Bennett, una neozelandesa de 85 años residente en Canadá, comenzó a explicar su decisión de poner fin a su vida. Bennett sabía desde hacía tres años que sufría de demencia. En agosto, la demencia había progresado a tal punto que, según ella misma lo dijo: “Prácticamente me he perdido”.

“Quiero terminar con esto”, escribió Bennett, “antes de que llegue el día en que ya no pueda evaluar mi situación o hacer algo para poner fin a mi vida”. Su marido, Jonathan Bennett, un profesor de filosofía retirado, y sus hijos respaldaron su decisión, pero ella se negó a que la ayudaran de alguna manera en su suicidio, ya que eso los habría expuesto al riesgo de una sentencia de 14 años de prisión. Por lo tanto, tenía que dar los pasos finales mientras todavía estuviera en condiciones de hacerlo.(...)

Al suicidarse, no estaba renunciando a nada que quisiera, o pudiera razonablemente valorar. “Todo lo que pierdo es una cantidad indefinida de años de ser un vegetal en un ambiente hospitalario, comiéndome el dinero del país pero sin tener ni la más mínima idea de quién soy”.

La decisión de Bennett también fue ética porque, como sugiere la referencia al “dinero del país”, no estaba pensando sólo en ella. Los detractores de la eutanasia voluntaria legal o del suicidio asistido por un médico suelen decir que si se modificara la ley, los pacientes se sentirían presionados a terminar con sus vidas para evitar ser una carga para los demás.

La baronesa Mary Warnock, la filósofa moral que presidió la comisión del gobierno británico responsable del “Informe Warnock” de 1984, que estableció el marco para la legislación pionera de su país en materia de fertilización in vitro e investigación embrionaria, no está de acuerdo. Ella sugiere que no tiene nada malo sentir que uno debería morir por el bien de los demás así como por el suyo propio.

En una entrevista publicada en 2008 en la revista Life and Work (Vida y trabajo) de la Iglesia de Escocia, Warnock respaldó el derecho de quienes sufren de una manera intolerable a poner fin a sus vidas. “Si alguien absolutamente, desesperadamente, quiere morir porque es una carga para su familia o para el estado”, sostuvo, “entonces creo que se le debería permitir morir”.

Como el servicio de salud pública de Canadá ofrece atención a la gente con demencia que no puede cuidarse por sí sola, Bennett sabía que no sería una carga para su familia; de todos modos, le preocupaba la carga que le impondría a las arcas públicas. En un hospital, podría sobrevivir otros diez años en un estado vegetal, a un costo que estimaba, en términos conservadores, en alrededor de 50.000-70.000 dólares por año.

Como Bennett no se beneficiaría de seguir viva, lo consideraba un despilfarro. También le preocupaban los trabajadores de la salud que tendrían que ocuparse de ella: “Las enfermeras, que siempre creyeron que se habían embarcado en una carrera que tenía un significado importante, se encuentran eternamente cambiando pañales e informando sobre los cambios físicos de una cáscara vacía”. Esa situación sería, según sus propias palabras, “absurda, antieconómica e injusta”

Algunos objetarán la descripción de una persona con demencia avanzada como una “cáscara vacía”. Pero, habiendo visto cómo esta enfermedad se apoderó de mi madre y de mi tía –las dos, mujeres dinámicas e inteligentes que terminaron reducidas a yacer, inconscientes, en una cama durante meses o (en el caso de mi tía) años- a mí me parece absolutamente certera. Más allá de un cierto estado de demencia, la persona que conocíamos ya no está.

Si la persona no quisiera vivir en esa condición, ¿qué sentido tendría mantener el cuerpo? En cualquier sistema de atención médica, los recursos son limitados y deberían utilizarse para una atención que es deseada por el paciente o de la cual el paciente se beneficiará.
Para la gente que no quiere seguir viviendo cuando la mente ya la abandonó, decidir cuándo morir es difícil. 

En 1990, Janet Adkins, que padecía del mal de Alzheimer, viajó a Michigan a poner fin a su vida con la ayuda del Dr. Jack Kevorkian, quien fue ampliamente criticado por ayudarla a morir, ya que en el momento de su muerte la mujer todavía estaba lo suficientemente bien como para jugar al tenis. Ella eligió morir de todas maneras, porque podría haber perdido el control sobre su decisión si la hubiera demorado.

Bennett, en su declaración elocuente, soñaba con el día en que la ley le permitiera a un médico actuar no sólo en base a un “testamento en vida” anterior que prohíba cualquier tratamiento que prolongue la vida, sino también que exija una dosis letal cuando el paciente se vuelve discapacitado en un grado específico.

 Ese cambio eliminaría la ansiedad que tienen algunos pacientes con demencia progresiva de que vivirán demasiado tiempo y se perderán la oportunidad de terminar con sus vidas. La legislación que Bennett sugiere le permitiría a la gente en su estado vivir todo el tiempo que quisiera –pero no más que eso."               (Project Syndicate | Peter Singer, en Revista de prensa, 15/2014)

15/6/11

No me imagino a nadie con ganas de sentarse ante la televisión a asistir a la muerte de un extraño. Lo que van a ver no es fácil pero es importante


Arthur Bernhard, de Dignitas, instruye a Craig Ewert, un enfermo terminal, y su mujer, antes de administrarle la dosis letal

"La BBC se convirtió ayer en blanco de todo tipo de críticas por su decisión de emitir un reportaje en el que el autor, sir Terry Pratchett, que sufre alzhéimer, reflexiona sobre la posibilidad de recurrir al suicidio asistido antes de perder el uso de razón.

La polémica se debe, sobre todo, a que en el documental Pratchett viaja hasta la clínica suiza Dignitas, cerca de Zúrich, donde asiste a la muerte voluntaria de Peter Smedley, un acaudalado hombre de negocios de 71 años que sufre una enfermedad neuronal degenerativa.

En el programa, realizado por Charlie Russell, Pratchett se entrevista con la viuda de un escritor belga que recurrió al suicidio asistido y con un joven de 42 años que también se plantea ir a Dignitas y que así lo hace, apenas un poco antes de Smedley.

También se ve la otra cara de la moneda: la de un taxista londinense condenado a la parálisis que ha preferido la opción de seguir vivo al cuidado de un hospicio a pesar del carácter degenerativo de su enfermedad.

Aunque se ven esas dos caras, los críticos del suicidio asistido atacaron ayer a la BBC por entender que el programa era sesgado. Estadísticamente hablando, seguramente tienen razón. Aparece más gente en defensa del suicidio asistido que de la vida a toda costa. Y apenas se debate uno de los aspectos que más subrayan quienes se oponen a ayudar a una persona a morir: el peligro de que muchas personas vulnerables se vean empujadas al suicidio asistido sin estar seguras de que eso es lo que realmente quieren.

Pero, ¿significa todo eso que la emisión de la BBC era sesgada y "mera propaganda fácil del suicidio asistido", como denunció ayer Alistair Thompson, portavoz de la organización Care Not Killing (Cuidar, No Matar)?

¿Era el programa "una glorificación del suicidio y desde luego del suicidio asistido", como asegura el reverendo Michael Nazir Ali, obispo anglicano? ¿La BBC ha explotado a un escritor con una enfermedad cerebral degenerativa para forzar un cambio en la ley que legalice el suicidio asistido?

Una vez visto el programa, las respuestas a esas preguntas se acercan mucho más al no que al sí. El documental no intentaba ser una exposición fría y equilibrada sobre los pros y contras de esa opción, hoy por hoy, ilegal en casi toda Europa, sino sobre las dudas que embargan a una persona que se plantea que quizás pronto tenga que tomar una decisión tan dramática como acabar con su vida.

Es difícil decir que glorificaba el suicidio: ver morir a Peter Smedley más bien ayuda a comprender la profundidad del dilema que se le plantea a una persona que sabe que más tarde o más temprano perderá la capacidad de moverse o la capacidad de razonar.

A unos, como al propio Terry Pratchett, les puede ayudar a decidirse por viajar a Dignitas, pero a otros les puede haber influido en sentido contrario.

Quizás el enfado de quienes se oponen a legalizar ese derecho en Reino Unido se deba a que lo que sí consigue reforzar el programa es la idea de que esa es una decisión personal que no debería depender de lo que opine una mayoría o una minoría de responsables políticos o el conjunto de la sociedad. El programa no glorificaba el suicidio, pero sí el derecho individual a decidir. (...)

"Estos reportajes solo sirven para alimentar el morbo, no para sacar un debate serio sobre la eutanasia o el suicidio asistido". Para hacer esto, si es que era la intención de los autores, "hay otras formas en las que se pueden exponer los puntos de vista a favor y en contra, con rigor y de una manera más aséptica" (...)

"La cultura del miedo es justo lo contrario de lo que quieren los enfermos en esta situación. Ellos, cuando les llega la información y tienen la certeza de la muerte, lo que quieren es la seguridad de que va a ser lo más rápida y confortable posible" (El País, 15/06/2011, p. 34/5)


"La cadena británica BBC rompió ayer uno de sus últimos tabúes al retransmitir un suicidio asistido. El documental Choosing to Die (Eligiendo Morir) muestra el fallecimiento de un hotelero multimillonario de 71 años que decidió quitarse la vida el pasado diciembre en la clínica suiza Dignitas. Peter Smedley padecía una enfermedad neuronal motora irreversible desde hacía dos años. (...)

El momento más intenso del documental es el de su muerte pero la cinta es también el recorrido intimista de su autor, Terry Pratchett, hacia su posible destino. Este es el primer documental del escritor de novela fantástica, que fue diagnosticado de alzhéimer en 2008.

Tras el rodaje, ha iniciado el procedimiento burocrático para terminar sus días, si es que así lo desea, en el mismo lugar y de la misma forma que el protagonista de su documental.

"Hace pocos años me olvidé de mecanografiar, ahora tengo un asistente. Pero cuando ya no me gusten mis libros, creo que será el final, aunque cambio de idea cada dos minutos", confiesa Pratchett. Sus dudas acompañan a las del espectador hasta el final del proceso.

"No me imagino a nadie con ganas de sentarse ante la televisión a asistir a la muerte de un extraño. Lo que van a ver no es fácil pero creo que es importante", asegura el autor en los primeros minutos de la cinta.

En Choosing to Die, Pratchett acompaña a Smedley y a su esposa Christine durante su viaje al hospital suizo. Allí, sentados en un sofá, cogidos de la mano y con una calma sobrecogedora Peter ingiere dos bebidas, una para preparar su estómago y otra compuesta por un cóctel de barbitúricos que le duerme y produce su muerte. La clínica Dignitas da alojamiento, asistencia al suicidio y repatría el cadáver por unos 11.300 euros.

La emisión ha levantado la polémica en Reino Unido donde organizaciones antieutanasia acusan a la BBC de promover una práctica que es ilegal en este país y de alentar a otros a que sigan los pasos de Smedley.

En Reino Unido el suicidio asistido puede suponer una pena de 14 años. El dolor por no poder morir "a la luz del sol" en su propio país es una de las cosas que más repiten los entrevistados y sus familias." (El País, 14/06/2011, p. 53)

16/5/11

Los jesuitas dicen: "No llegamos a encontrar razones definitivas que impidan a una persona... expuesta a muy fuertes dolores, acudir a la eutanasia"

"Pero la lucha por la vida -por la salud- tiene sentido mientras sea posible sanar. Es el miedo a sufrimientos insoportables o innecesarios lo que ha impuesto el debate sobre la "eutanasia médica" -como mitigación de los dolores de la muerte-. (...)

Por encima del 60% de los españoles la despenalizaría y el porcentaje se eleva al 62,2% entre los jóvenes. (...)

Finalmente, el famoso escritor se plantó ante los médicos que atendían la agonía de su padre y le dijo a este, ya inconsciente: "Papá, creo que te tengo que dejar marchar", antes de negarse a que lo tuvieran conectado a un aparato de respiración asistida. Lo cuenta en Mi vida como hijo. (...)

El PSOE se hacía eco en 2004 de una opinión pública muy favorable a la legalización de la eutanasia. La tendencia al alza no para de moverse. Estudios realizados por la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD) sitúan esos porcentajes en el 77%.

Sin embargo, el Gobierno se justifica diciendo que la sociedad aún no está madura para legalizar la eutanasia. "Quienes no están maduros son los políticos", replica uno de los fundadores de DMD, el filósofo y escritor Salvador Pániker.

Pániker lo reitera siempre que se recuerda la muerte del gallego Ramón Sampedro, tetrapléjico tras un accidente y postrado en una cama durante 32 años hasta su muerte en 1998 tras ingerir cianuro diluido en un vaso de agua que le había acercado a su boca una mano amiga.

Antes había librado -y perdido- una larga batalla para que los tribunales le concediesen su derecho a la eutanasia. (...)

Pese a todo, la jerarquía católica sigue expresándose con tremendismo. "[El Gobierno] quiere aniquilar a ancianos o enfermos inservibles", ha escrito el semanario Alfa y Omega, propiedad del Arzobispado de Madrid.(...)

La tesis del episcopado es que la vida es creación exclusiva de Dios y el hombre debe aguantar hasta el fin dispuesto. "Ningún poder puede autorizar, ni menos imponer, la supresión de la vida, sea un embrión, un feto o un enfermo incurable".

Pese a todo, la Conferencia Episcopal ha aprobado un llamado testamento vital en el que los enfermos pueden expresar, en un documento de últimas voluntades, su oposición a determinados tratamientos, pese a que su ausencia u omisión supongan el seguro acortamiento de la vida.

Esta modalidad es conocida en la literatura científica como eutanasia pasiva. Denota cómo la Iglesia católica puede acabar cambiando de opinión, aunque tarde a veces siglos.

También se opuso al pararrayos cuando lo inventó Benjamin Franklin -argumento: ¿quién es el hombre para desviar el rayo que Dios te envía para castigarte?-; y antes contra el parto sin dolor porque Dios impuso a la mujer la penitencia del "parirás con dolor". (...)

"Hay que levantar un puente entre las dos orillas", aconsejan los jesuitas en uno de los editoriales de su revista Razón y Fe. El argumento es que no siempre lo legal y despenalizado tiene que coincidir con la ética cristiana.

"No llegamos a encontrar razones definitivas que impidan a una persona, cuya vida en opinión de los médicos no tiene futuro y está expuesta a la amenaza de muy fuertes dolores, acudir a la eutanasia, que debería estar regulada con precisión y rodeada por serias garantías legales", sentencia.

Hans Küng, uno de los grandes teólogos del siglo, sostiene que tras "los argumentos de soberanía [de Dios sobre el hombre] se esconde una imagen distorsionada de Dios, basada en textos unilateralmente seleccionados de la Biblia, interpretados a la letra, es decir, Dios como el creador que dispone del hombre, propietario no sujeto a traba alguna, su absoluto amo, y últimamente también verdugo".

En esta visión vaticana no hay nada del Dios padre de los débiles, dolientes y extraviados, según Küng. A partir de esa descripción, proclama:

"Nuestra tarea teológica para con los moribundos no es la espiritualización del sufrimiento, o, peor aún, su aprovechamiento pedagógico, como purgatorio sobre la tierra, sino más bien, siguiendo la huella del Jesús sanador de enfermos, reducir en lo posible y eliminar el sufrimiento, que en ocasiones enseña a los hombres a rezar, pero en otras también a maldecir". (...)

Ahí ya está la tesis de que la lucha por la salud arma de coraje al enfermo mientras es posible sanar. Después, la batalla contra la muerte puede convertirse en un martirio insoportable, que admite el derecho de un paciente a decidir sobre los tratamientos que se le ofrecen.

La bioética lo expresa de esta sutil manera: nunca es lícito hacer el mal, pero a veces no es lícito hacer el bien. En esa idea anida el derecho del paciente a rechazar un tratamiento, aunque le vaya en ello la vida.

La cuestión es discernir por qué merece un juicio penal y moral diferente la llamada eutanasia pasiva de la eutanasia activa. Küng lo explica así: "El Papa no tiene nada en contra de que en casos en que no queda ninguna esperanza se omitan o interrumpan medidas destinadas a mantener la vida (por ejemplo, un respirador artificial).

La pregunta es: ¿por qué ha de merecer un juicio moral diferente la desconexión de un aparato de respiración asistida, con consecuencias mortales (eutanasia pasiva), que la administración de una dosis sobreelevada de opio con consecuencias mortales (eutanasia activa)? ¿Puede una acción ser pasiva? Es algo inescrutable". (El País, 15/05/2011, p. 42/3)


"¿Por qué países occidentales que han firmado la Convención contra la Tortura imponen, de hecho, una situación de auténtica tortura a sus ciudadanos al prohibir las diferentes formas de eutanasia.

La respuesta tiene que ver con el reparo consciente de los Gobiernos a enfrentarse al poder eclesiástico. También guarda relación con un cierto rechazo inconsciente de la sociedad a hablar abiertamente de una muerte buena. (...)

La eutanasia sería un crimen nefasto contra un Dios que es señor de la vida y de la muerte. Este lenguaje, que consagró Tertuliano, no fue, sin embargo, el primitivo cristiano. Pero Agustín de Hipona lo completó de forma rotunda: sufrir pasivamente esperando el momento final de la decisión reservada solo a Dios es imitar el sacrificio doloroso de Jesús en su pasión y cruz. (...)

Jesús de Nazaret no dijo eso. Más bien habló en sentido contrario: predicó el amor, en una triple dimensión indisoluble: Dios, los demás, uno mismo. Defendió, en contra del legalismo, la sinceridad espiritual íntima.

Proclamó la conciencia como ámbito de la única decisión válida frente a normas impuestas desde fuera. Repitió que había venido para traer la libertad a los oprimidos y proclamar la liberación frente al sarcasmo de los poderosos.

Esta forma de pensar, visible en los Evangelios, es anterior a la interpretación cristiana dominante y se opone a la apología del sufrimiento y el dolor hasta el final de la vida." (El País, 15/05/2011, p. 42)


"Suiza vota por mantener el suicidio asistido.

Los electores del cantón suizo de Zúrich rechazaron ayer en referéndum dos iniciativas: una para prohibir el suicidio asistido y otra para limitarlo a los ciudadanos locales, impidiendo así el llamado "turismo de la muerte".

Suiza es el único país europeo que no castiga la ayuda necesaria para el suicidio de enfermos terminales. Un vacío legal permite que existan clínicas como Dignitas, que recibe a pacientes que buscan un lugar donde se les dé asesoría y se les facilite la combinación de fármacos necesaria para poner fin a la propia vida cuando se sufre una enfermedad terminal o que no tiene cura." (El País, 16/05/2011, p. 35)