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31/1/23

El "síndrome de Estocolmo" de Europa con respecto a Estados Unidos

 "Un 23 de agosto de 1973 fue asaltado un banco de Estocolmo por un atracador que, al verse descubierto por la policía, se encerró en el banco, con un pequeño grupo de rehenes, entre los que estaba una joven de veintidós años llamada Kristin Ehnmark. Pasaban los días y Kristin se fue identificando con el secuestrador y poniéndose de su parte. Kristin criticó a la policía, le pidió a otro rehén que se dejara disparar en una pierna para que la policía creyera que el secuestrador iba en serio -el tiro, finalmente, no se produjo- y llegó a discutir con el primer ministro sueco, por teléfono, defendiendo que el secuestrador "era bueno" y que tenían miedo de que un ataque policial "causara su muerte".

 Un año después, un periodista de la revista New Yorker entrevistó a parte de los secuestrados y encontró que todos ellos seguían manteniendo una actitud indulgente hacia el secuestrador, tanto, que sus respuestas contenían gratitud hacia él, como si "le debieran la vida". El jefe negociador con los asaltantes, Nils Bejerot, llamó 'síndrome de Norrmalmstorg' [Plaza de Normalm] al proceso psicológico que llevó a los rehenes a identificarse con su captor, a pesar del peligro que corrían. Después, el proceso psicológico de identificación de la víctima con el victimario pasó a llamarse "síndrome de Estocolmo".

En junio de 1944 se produjo el desembarco angloestadounidense en las playas de Normandía. Ningún otro episodio de la II Guerra Mundial ha sido tan insistentemente conmemorado, alabado, homenajeado y jaleado de mil formas, desde el cine a los discursos. A tal punto ha sido glorificado, que ese desembarco ha quedado, en el imaginario colectivo europeo occidental, como 'el' episodio que decidió la II Guerra Mundial, de lo que resultaba que EEUU había ganado la guerra y salvado a Europa, de los nazis (y de los soviéticos). Poco ha importado, en ese imaginario, alimentado interesadamente desde el otro lado del Atlántico, que el llamado Día D tuviera, realmente, un impacto menor en el desarrollo de la guerra. Para ese junio de 1944, el Ejército Rojo había destruido el espinazo del ejército nazi, de Stalingrado a Kursk.

Porque, entre julio y agosto de 1943, en Kursk, se enfrentaron tres millones de soldados, 6.000 tanques y 5.500 aviones, en una de las mayores batallas de la historia mundial, con victoria contundente del Ejército Rojo. En Normandía, unas 7.000 embarcaciones transportaron a 156.000 soldados. Pero será en Kursk, a 640 kilómetros al sur de Moscú, donde la Wermacht fracasó en su intento de infligir una derrota definitiva al Ejército Rojo.

La victoria soviética permitió lanzar una ofensiva abrumadora sobre Alemania. En junio de 1944, la Operación Bagratión terminó con la mayor derrota militar de la historia alemana. Cerca de medio millón de soldados germanos perecieron y el Cuerpo Central de la Wermacht fue destruido. Berlín estaba a un paso. El 12 de enero, el Ejército Rojo penetró en Alemania, mientras las fuerzas anglo-estadounidenses habían sido detenidas en las Ardenas, en Bélgica. A finales de enero, millón y medio de soldados soviéticos empezaban a desplegarse en torno a Berlín. El 2 de mayo de 1945, el general Weidling rindió Berlín ante el mariscal soviético Zukov.

Esa es la historia real. La contada es otra. Llegó el Séptimo de Caballería, desembarcó en Normandía y los invencibles herederos del general Custer derrotaron a la Alemania nazi y liberaron Europa. Luego trajeron zurrones cargados de dinero -el Plan Marshall- y cantidades infinitas de bienes -las futuras multinacionales- y la libertad y el bienestar brillaron en la Europa Occidental gracias a la generosidad infinita del tío Sam. En 1947, el tío Sam garantizó la seguridad de la temerosa Europa creando la OTAN y pasaron, europeos occidentales y 'americanos', a ser felices comiendo perdices sobre cañones. El cuento de hadas, como todos los cuentos, tiene otra lectura, que devuelve el sueño a la realidad, y, ya saben, mala cosa es confundir sueños con realidades. Aquí la otra lectura.

Ningún país del mundo se ha beneficiado tanto de las debacles europeas como EEUU. Durante las guerras napoleónicas, la movilización masiva de campesinos dejó desiertos los campos y las potencias en guerra estaban urgidas de alimentos. En EEUU se dieron prisa en llenar el hueco y pasaron años vendiendo todo lo vendible a la Europa en guerra. Los beneficios fueron tan altos que sembraron las bases del prodigioso crecimiento económico durante el siglo XIX. Hubo otro beneficio indirecto: la pobreza y las hambrunas que dejo la guerra obligaron a millones de europeos a emigrar a EEUU, país básicamente despoblado, que recibió a unos diez millones de parias en poco menos de veinte años. Con los emigrantes europeos llegaron nuevas tecnologías, nuevas ideas y mano de obra abundante, barata y dispuesta a hacer cualquier cosa. Un chollo.

No obstante, mayor fue el regalo que significó para EEUU la Primera Guerra Mundial (IGM). Con las grandes potencias autodestruyéndose, EEUU se aplicó a comerciar con los dos bloques en lucha, obteniendo beneficios astrales. No entró en guerra hasta meses antes de final del conflicto, por la presión desesperada del Imperio Británico, al que la guerra estaba desangrando humana, comercial y económicamente. Hasta ese momento, el comercio con el bloque británico había pasado de 824 millones de dólares en 1914 a 3.215 millones de dólares en 1916. Sus ventas a las potencias centrales -Alemania, sobre todo- pasaron de 169 millones a 3.214 millones en el mismo periodo.

Las tropas de EEUU entraron en Francia en junio de 1918 y Alemania, agotada y sin reservas, se rindió en noviembre de ese año. EEUU combatió únicamente cuatro meses y perdió en total menos soldados que Francia o Alemania en una única batalla. De 115.000 muertos estadounidenses sólo 50.000 lo fueron en combate. El resto murió por enfermedades. Europa quedó en ruinas y endeudada con EEUU. El negocio, para este país, fue tan pingüe que su PIB pasó de 33.000 millones de dólares en 1914 a 72.000 millones en 1920. Un incremento del 120% en apenas seis años. Desde su hegemonía económica, EEUU manejó a su antojo la Conferencia de Versalles, que condenó a Alemania a la ruina más total. En esa conferencia, guiada por el odio a lo germano, se gestó la Segunda Guerra Mundial (IIGM). Por lo demás, los soldados estadounidenses llevaron a Europa la mal llamada gripe española, que contribuyó a agravar todavía más el colapso europeo.

La Segunda Guerra Mundial obligó a EEUU a realizar un esfuerzo mayor y más temprano, pero, aun así, le dejó más beneficios que la primera. Fue cosa que la guerra estallara para que su producción industrial aumentara un 20%. En abril de 1940, EEUU había superado el nivel existente en 1929, cuando la Gran Depresión. Al concluir el conflicto, los muertos de EEUU sumaron un total de 404.399 soldados (cifras oficiales), menos de la mitad que las bajas soviéticas en Stalingrado. Era, además, era el único país beligerante cuyo territorio no había sufrido ningún daño. Merced a la destrucción europea, la marina mercante estadounidense representaba el 66% del tonelaje mundial y su superávit comercial era, en 1945, de 40.700 millones de dólares. Para que se haga una idea, un dólar de 1940 equivaldría a 20 dólares de 2022. Es decir, el superávit era de unos 800.000 millones de dólares actuales.

Europa, en cambio, estaba destruida. La producción industrial había descendido un 40% y la agrícola hasta un 50%, además de estar los países ahogados en deudas. El Plan Marshall acrecentó la riqueza de EEUU y, ciertamente, permitió a los beneficiarios levantarse, pero ese plan -empréstitos, en la realidad- fue pagado religiosamente por los europeos. Era negocio, no caridad (de ahí que el PIB per cápita medio en Europa fuera de 5.013 dólares, por 27.331 el de EEUU). Con el Plan Marshall llegaron las empresas estadounidenses, en lo que fue el acta de nacimiento de las transnacionales. Y con el plan Marshall llegó la OTAN, organización que tradujo a términos militares la hegemonía política y económica de EEUU.

La IIGM dejó a EEUU como amo y señor de Europa Occidental, como la Gran Guerra lo había reconvertido en la mayor potencia industrial del mundo. Como afirmaría el economista canadiense John Kenneth Galbraith, "Ningún país de los tiempos modernos surgió de una guerra en unas circunstancias económicas tan felices como EEUU en 1945". Tanto que, en 1950, EEUU poseía el 50% del PIB mundial, algo nunca visto en la breve historia del tiempo humano. Europa Occidental, en cambio, quedaba supeditada en todo a las políticas de EEUU. Si bien las raíces se remontaban a la IGM, la dependencia de Europa Occidental respecto a EEUU se crea en el marco de la Guerra Fría, y esa dependencia (repetimos, política, comercial, económica, militar e ideológica) se hizo patológica. La UE se convirtió en gallinero.

¿Ha cambiado eso en 2022? Sí, para peor. Le dejamos unos datos para que saque, el inteligente lector, las conclusiones que desee. El gallinero enfrenta una crisis energética sin -casi- solución, que EEUU aprovecha para venderle su gas a cuatro o cinco veces el precio de febrero pasado. La histeria armamentista deja un claro y total vencedor: el complejo militar-industrial de EEUU. El imperio está arrastrando al gallinero a la guerra con China; si hay guerra, el gallinero colapsará (Alemania la primera), pues la relaciones económicas con China son vitales para la UE, como vital es el gas ruso.

EEUU arrebató sus tierras a los indígenas y a México y se enriqueció con la esclavitud de los negros. Eso se conoce bien. Menos se conoce que el dinero líquido, fresco, dinero en cantidades ingentes, astronómicas, ha salido de Europa, ordeñada en cada guerra y conflicto por EEUU. A EEUU no le interesa el gallinero. Solo su dinero. El euro ha colapsado (el rublo no) y está a la par del dólar. Con pingües beneficios para EEUU, pues gas y petróleo se pagan en dólares, como centenares de bienes más. Esto quiere decir que al aumento del precio de los combustibles hay que agregarle un 20% extra, pues hasta hace pocas semanas se pagaban 1.20 dólares por un euro. ¿Lo capta?

Pero, atentos al hecho. En este siglo XXI no hay el binomio Europa/EEUU dominando el mundo. Hay otro mundo, plural, multipolar, industrial, esperando su oportunidad. Son China, Rusia, India, Indonesia, Irán, Brasil, Sudáfrica... En ese mundo la UE cuenta poco, cuenta nada. Su síndrome de Normandía puede acelerar su fin, pues la sumisión patológica a EEUU le ha llevado a renunciar a defender sus intereses.

Así, por ejemplo, EEUU tiene sus propias y autosuficientes fuentes de energía mientras que Europa carece de ellas. EEUU cobrará los miles de millones de euros que se paguen demás por el gas, el petróleo y las armas estadounidenses y, con ello, seguirá el trasvase de dinero fresco del gallinero europeo a los bolsillos del tío Sam. EEUU gana, la UE pierde. Una Europa cautiva que agradece su cautiverio e, incluso, se presenta dispuesta a morir por su captor, aunque ese captor jamás arriesgaría su seguridad por este triste gallinero envejecido y ciego.

El cine de Hollywood ha hecho el resto, con el bombardeo audiovisual de una industria que ha tenido lazos históricos directos con la CIA y el Pentágono. Fue así que surgió y se creó en Europa Occidental la visión de EEUU como una superpotencia inmortal que todo lo puede. EEUU es Superman, Batman, Spiderman, Aquaman... El análisis político se ha hecho obediencia ciega. En el inconsciente europeo quedó grabada la imagen del Día D y de un país que, en cualquier momento, puede llenar de suministros y armas a la Europa Occidental. El mito de todos esos superhéroes hecho síndrome, el síndrome de Normandía. Como el de Estocolmo, pero a nivel de plaga de zombis. Y, ya saben, esos muertos vivientes terminan, en las películas, muriendo todos. Tampoco se equivoquen. No habrá otro Séptimo de Caballería. Está ocupado con China. 'Happy end'."                      

(Augusto Zamora R. , Exembajador de Nicaragua en España, La Haine, 29/07/22)

16/1/23

La última muerte de Aldo Moro... En 1978 nuestro mundo lo formaban restos de todos los naufragios

 "El estreno de una serie de televisión sobre el calvario y asesinato del que fuera presidente del Gobierno italiano Aldo Moro debería ser suficiente para una reflexión sobre la política. También sobre el cine. Un veterano como Marco Bellocchio, que hizo clásicos desde los años sesenta -"I pugni in tasca" (1965)- emprende a sus 83 años una aventura en el formato que ya se ha convertido en convencional, las series televisivas ("Exterior noche". Filmin. 6 capítulos). Una novela, una historia, que no sea posible transformar en varios capítulos parece condenada a la irrelevancia.

Reconozco mi desdén por las series de televisión. He visto tres en mi vida -"Retorno a Brideshead", sobre la novela de Evelyn Waugh, que me descubrió a un gran actor, Jeremy Irons. Luego "Yo, Claudio" a partir de las historias romanas narradas por Robert Graves, y ésta de Bellocchio, tan deudora de Leonardo Sciascia-. La industria del cine va por ahí. Parece inevitable por más que nos parezca un recordatorio de cuando las novelas se editaban por entregas en los periódicos -"La Regenta" de Clarín, sin ir más lejos-. Aseguran que este año electoral el presidente Sánchez nos amenaza con una serie de televisión sobre su vida. Algo insuperable, que de tan ridículo no merecería ningún comentario. Recuerdo que Franco se entronizó con un documental "Franco, ese hombre" (1964) del que se benefició el siempre dispuesto director imperial, José Luis Sáenz de Heredia, pariente usufructuario de José Antonio Primo de Rivera.

 La historia en la que se recrea Bellocchio no tiene comparación alguna con esas muescas del pasado. Nos sitúa en dos planos paralelos; el de un hombre condenado sin misericordia y una clase política dispuesta a sacrificarle para salvarse a sí misma. Situémonos en la Italia de 1978, un mundo con la conciencia de que nada puede seguir igual porque se ha llegado al fondo del túnel y no hay ninguna señal que consienta seguir. A su alrededor, iniciativas descabelladas que no permiten otra cosa salvo imaginar la manera de destruir la República. La P-2, la logia secreta que controla el poder y está preparada para desestabilizarlo ante la mínima sospecha de un cambio. En el aparente lado opuesto, los grupos radicales Autonomia Operaria, Prima Linea, Lotta Continua y sobre todo las influyentes Brigadas Rojas, inclinados hacia el terrorismo individual. El otro terrorismo, el indiscriminado que tiende a aterrorizar a la población, estaba al servicio de la extrema derecha cuyas redes alcanzaban directamente a la P-2, es decir el sistema en el poder durante los "años de plomo".

Es lo que se llamó estrategia de la tensión provocada por las fuerzas extraparlamentarias de derecha e izquierda. No es una ecuación de suma cero sino "pi", ese número endiablado que carece de final. En ese punto entra Aldo Moro, un curtido dirigente de la Democracia Cristiana, experto en enjuagues, maniobras, dobles lenguajes, heredero de Alcide De Gasperi, fundador del partido y de la República, un hombre de respeto. Pero en 1978 todo se ha deteriorado. Ni la Cosa Nostra es lo que era, ni la Democracia Cristiana tampoco. El dilema para el poder se reduce a abrirse al Partido Comunista, el más potente y prestigioso del mundo occidental, cuyo peso electoral es indiscutible y se ha constituido en un eje de la gobernabilidad; sin ellos no es posible seguir sin arriesgarse a una ruptura del consenso democrático que se restableció con De Gasperi y la derrota del fascismo, ese consenso que hacía posible, incluso obligado, la presencia hasta 1947 de Palmiro Togliatti; el líder comunista que sobreviviría a todo, desde Stalin hasta sus pugnaces herederos.

Aldo Moro en marzo de 1978 consigue convencer a sus irreductibles de la Democracia Cristiana que hay que abrirse a consensuar un gobierno con el Partido Comunista. No que formen parte de él, sólo que no lo impidan y provoquen el colapso del sistema democrático. Será su último y funesto intento que le costaría la vida. La llamada "guerra fría" tenía muchos frentes abiertos, el de Italia quizá se presentaba como el de mayor trascendencia. El presidente del Consejo, Aldo Moro, creía posible adelantar un alfil en el trágico ajedrez de un mundo donde no se admitían más que dos jugadores. Los Estados Unidos y la Unión Soviética, los demás hacíamos de peones. ¿Dónde estábamos nosotros en 1978?

Se daban las últimas puntadas a la Constitución y nos quedaba en la conciencia tres acontecimientos de los que aprendimos. Franco había muerto en el 75, hacía menos de tres años. En Chile, Salvador Allende fue derrocado por el ejército con el apoyo explícito de los Estados Unidos y se abría una dictadura criminal donde antes hubo una esperanza y una democracia aparentemente consolidada. Fue entonces cuando el líder de los comunistas italianos, Enrico Berlinguer, se hizo una pregunta que no se dio por recibida: ¿cuántas masas se necesitan para parar un tanque? Sucedía en 1973 y apenas un año después los capitanes del Ejército portugués daban un golpe incruento que instauraba las elecciones libres. Nada que ver con nuestro ejército que había ganado de manera implacable una guerra y una posguerra, y que además se sentía gratificado por su pasado colonial y la gratificación de los EEUU, gran valedor del sistema hasta el punto de jugar a la neutralidad en el golpe del 23-F del 81. En 1978 nuestro mundo lo formaban restos de todos los naufragios.

Pero Aldo Moro en 1978 estaba vivo cuando en marzo lo secuestraron las Brigadas Rojas que jugaban el mismo juego sanguinario que el sistema corrupto, pero con diferente lenguaje. Le acabarán asesinando y depositando su cadáver en un coche aparcado a la distancia exacta que media entre la sede de la Democracia Cristiana y la del Partido Comunista. De esta reflexión cinematográfica de Marco Bellocchio de la que modestamente he intentado apuntar el contexto, queda patente la soledad de un líder secuestrado por una banda de aventados que pretendían cambiar la historia y la convirtieron en más miserable de lo que ya era.

"No me resigno a morir", dice Aldo Moro a su espantado confesor. Ni la D.C., ni el PCI, ni sus amigos más íntimos, incluido el papa Pablo VI, osan romper el círculo infernal. Para ellos el Moro secuestrado "se ha vuelto loco" porque quiere vivir. Salvar a Moro, intentarlo al menos, hubiera sido una debilidad para sus colegas cristianos. Un hombre, sea el que sea, no vale un sistema, dijeron los que serían enterrados poco después en la mierda que crearon."           (Gregorio Morán, Vox Populi, 07/01/23)

11/6/21

Branko Milanović: El principal impulso de la caída de los regímenes comunistas fue la deuda... el deseo de reformar su economía utilizando créditos occidentales creó una poderosa combustión que, con bastante rapidez (en menos de una década), rompió la espalda del comunismo, destino del que se salvó China

"En un excelente libro "Cómo China escapó de la terapia de choque" en cuyo lanzamiento fui uno de los ponentes (junto con Jamie Galbraith y Bin Wong), Isabella Weber analiza, entre otras cosas, cómo China escapó de la terapia de choque y el Big Bang, y creó, o tropezó con su propio camino hacia el crecimiento económico. 
 
Weber menciona solo de pasada que China también escapó de otra posible calamidad: la trampa de la deuda. Esa amenaza se cernió alrededor de 1978 cuando Hua Guofeng quiso relanzar la economía utilizando el enfoque de Europa del Este para el crecimiento económico. Weber escribe sobre las delegaciones económicas chinas que fueron a Hungría y Yugoslavia en 1988 para discutir la experiencia de las reformas en estos dos países; regresaron con una evaluación bastante negativa, basada en un crecimiento anémico y una alta inflación en estos países. 
 
Pero supongo que también podrían haber regresado con una advertencia sobre no caer en la trampa de la deuda. Por lo tanto, vale la pena examinar más de cerca cómo Yugoslavia, Rumania, Polonia y Hungría, todos ellos se involucraron de manera independiente en la década de 1970, después de la crisis del petróleo y cuando los petrodólares eran abundantes, en préstamos a gran escala de fuentes públicas y privadas en el Oeste. El endeudamiento respondió al deseo de acelerar el crecimiento, el proceso que también motivó las reformas económicas en Yugoslavia en 1965, Hungría en 1968 y el cambio de gobierno en Polonia en 1970 después de los disturbios de Gdansk. 
 
La idea que los reformadores tenían en mente era pedir prestado a Occidente, usar los fondos para construir industrias de sustitución de importaciones (como de hecho se hacía en la mayor parte del mundo en esos días), o una producción orientada a la exportación que genera ingresos en divisas. En cualquier caso, esperaban, los préstamos se pagarían por sí solos.
 
 Los países ahorrarían el dinero que gastaban en importaciones en moneda fuerte produciendo las "cosas" en casa, o se convertirían en exportadores a Occidente. (Polonia tenía su programa bajo Gierek más claramente definido). Además, pedir prestado era políticamente preferible a tratar de atraer a inversores extranjeros (occidentales). Cuando pide prestado, obviamente conserva el control total sobre el uso de dicho dinero; se puede optar por cumplir con otros objetivos como ayudar al desarrollo de las regiones más pobres, obtener apoyo político o incluso utilizar los fondos para el consumo. Con los inversores extranjeros, uno se limita a aceptar lo que le gusta.
 
 Esa lógica llevó, como es bien sabido, a todos los países socialistas a un callejón sin salida. Sus inversiones fueron ineficientes, las nuevas empresas se convirtieron en una carga. (Hay un libro muy bonito sobre las inversiones yugoslavas más derrochadoras del período, publicado en 1990, que leí entonces y aún guardo en mi estantería. Se titula, en la traducción al inglés, "Entre las ruinas de las inversiones desperdiciadas" de Ratko Bošković). Por lo tanto, la tasa de rendimiento del dinero prestado era más baja que la tasa de interés que pagaban los países por sus préstamos occidentales. 
 
No es imposible, creo, que la tasa de rendimiento haya sido incluso negativa. En cualquier caso, significa que todos los países socialistas que se embarcaron en una ola de endeudamiento en los años setenta, de repente, cuando las tasas de interés estadounidenses y mundiales aumentaron tras el shock de Volcker, tuvieron que transferir un porcentaje significativo de su PIB al exterior.
 
 (Se podría argumentar que Volcker terminó así con el socialismo en estos países. Por supuesto, este es un comentario un tanto gracioso, porque lo que terminó con el socialismo fue, entre otras cosas, que las inversiones eran ineficientes. El choque de Volcker simplemente lo dejó en claro). La incapacidad para pagar el servicio de la deuda se manifestó de formas diferentes pero relacionadas. 
 
En Yugoslavia, condujo a un endeudamiento masivo del FMI. El préstamo del FMI a Yugoslavia en 1981 fue el mayor préstamo que el FMI había otorgado hasta ese momento. ¡Esto, a un país de 20 millones de habitantes! Pero Yugoslavia era estratégicamente importante para Occidente. (Hay que recordar que el préstamo se produjo en el apogeo de las tensiones de la Guerra Fría, aproximadamente un año después de la invasión de Afganistán, que hizo que la importancia estratégica de Yugoslavia fuera aún mayor. Occidente siempre pensó que los soviéticos se estaban aprovechando de Yugoslavia para traerla Aunque Occidente no estaba dispuesto a perdonar los préstamos comerciales anteriores, estaba dispuesto a ayudar (o "ayudar") abriendo los grifos del FMI. Yugoslavia nunca logró salir de la "trampa de la deuda", y a mediados de la década de 1980, la hiperinflación y el alto desempleo juvenil, junto con el problema irresoluble de Kosovo, llevaron la atención de las élites políticas hacia el nacionalismo.
 
 Pero creo que hay pocas dudas de que la catástrofe económica de la década de 1980 allanó el camino. En Polonia, la crisis de la balanza de pagos llevó a los intentos de imponer la austeridad, que en condiciones de una clase trabajadora eternamente inquieta, creó la “Solidaridad” y trajo un nuevo cambio de gobierno. (Gierek cayó en la misma prueba que lo llevó al poder en 1970). Polonia impuso la ley marcial en diciembre de 1981 y dejó de cumplir con el Club de París. Aunque Polonia ya era miembro del FMI y del Banco Mundial, no recibió apoyo de ninguno de ellos. Técnicamente, la ausencia de préstamos se explicaba por su estado de incumplimiento, pero, por supuesto, la verdadera razón era política.
 
 Estados Unidos no iba a rescatar a un régimen comunista que acababa de imponer el estado de emergencia y prohibir un sindicato anticomunista de diez millones de personas. En 1988, Polonia intentó otro programa de austeridad ("La operación de precios e ingresos") que no era muy diferente del programa Balcerowicz un año después. Pero fracasó por la falta de voluntad de los trabajadores para aceptar recortes salariales. Se suponía que las conversaciones de la Mesa Redonda resolverían el estancamiento, y lo hicieron reemplazando (bastante inesperadamente) al partido comunista en el gobierno, abriendo el camino a la reprogramación de la deuda polaca y a la implementación del programa Balcerowicz. 
 
 En Rumanía, la crisis de la deuda llevó a Ceausescu a decidir emprender un curso acelerado de pago de la deuda externa, con el fin de deshacerse para siempre de la intromisión económica extranjera. Impuso medidas increíblemente austeras, incluidos cortes draconianos de electricidad, reducción de la disponibilidad de alimentos, etc. En 1989, Ceausescu era una figura solitaria en Europa y fue derrocado en un golpe de estado.
 
 Hungría cojeó con un bajo crecimiento y problemas permanentes de balanza de pagos, sin ni siquiera estar en mora, o incluso reprogramar su deuda. (Algunos húngaros solían quejarse de que, después de 1989, Polonia consiguió la condonación del 65% de su deuda, mientras que Hungría tuvo que devolverlo todo). El cambio de régimen se produjo también en Hungría.
 
 Sin embargo, China evitó todo esto, tal vez por pura suerte de ser un reformador tardío y ver a dónde conducía el endeudamiento sin un cambio en la estructura de la gobernanza económica. 
 
También escapó del Big Bang, habiendo llegado, como detalla Weber, tres veces en un abrir y cerrar de ojos para implementarlo. A diferencia de la represión en Polonia que dejó a Jaruzelski en un limbo, la violencia de Tiananmen de 1989 desplazó irónicamente las energías del cambio político al desarrollo económico. 
Cuando Deng hizo su famosa "gira por el sur" en 1992 (que hizo como, técnicamente, un ciudadano privado), China estaba lista para adoptar el otro camino: atraer inversiones extranjeras y de la diáspora, adquirir tecnología extranjera y emular a los países de Asia oriental y sus economías “milagrosas”.
 
 La historia que se cuenta aquí es importante por dos razones. Primero, en comprender las fuentes del éxito chino que no fueron planificadas, sino producto de una serie de acontecimientos fortuitos. En segundo lugar, hacernos comprender que el principal impulso de la caída de los regímenes comunistas fue económico. 
 
A los politólogos occidentales les encanta escribir sobre la "libertad" y el "espíritu de 1989", etc. A menudo no saben mucho sobre la economía comunista, ni tienen una idea de cuán ineficientes son las economías, y el deseo de reformarlas utilizando créditos occidentales creó una poderosa combustión que, con bastante rapidez (en menos de una década), rompió la espalda del comunismo."                   (Branko Milanović, brave New Europe, 02/06/21, traducción google)

6/11/19

La mayoría de los ciudadanos de las antiguas repúblicas socialistas en Europa central han sufrido un desastre económico que dejó profundas cicatrices en la psique colectiva... Las catástrofes económicas poscomunistas provocaron millones de muertes, emigración en masa y males sociales casi desconocidos bajo el comunismo: pobreza, delincuencia organizada y aumento de la desigualdad... Treinta años después de la caída del Muro de Berlín, la realidad invirtió la famosa promesa de Kohl: muchos están peor que antes, pero unos pocos están mucho mejor...

"Tras la caída el 9 de noviembre de 1989 del Muro de Berlín, el canciller alemán Helmut Kohl aseguró a los alemanes del este: “Nadie estará peor que antes, pero muchos estarán mucho mejor”. 

Sus palabras ayudaron a alentar veloces cambios políticos y económicos en toda Europa poscomunista. Pero treinta años después, cabe preguntarnos hasta qué punto Kohl y otros dirigentes occidentales cumplieron la promesa.

Quien hoy viaje a Praga, Kiev o Bucarest encontrará esplendorosos paseos de compra llenos de bienes de consumo importados: perfumes de Francia, moda de Italia, relojes de Suiza. En el Cineplex local, los jóvenes urbanos hacen cola para ver la última de Marvel. No apartan la mirada de sus relucientes iPhones, con los que tal vez estén planeando sus próximas vacaciones en París, Goa o Buenos Aires.

 El centro de la ciudad es un hormigueo de cafés y bares a los que asisten extranjeros y élites locales que compran productos gourmet en hipermercados masivos. En comparación con la escasez y el aislamiento del pasado comunista, Europa central y del este hoy rebosa de oportunidades nuevas.

Pero en esas mismas ciudades, pensionados y pobres luchan por conseguir artículos de primera necesidad. Los ciudadanos de más edad deben elegir entre la calefacción, la medicina y el alimento. En las áreas rurales, algunas familias han vuelto a practicar la agricultura de subsistencia. Los jóvenes huyen en tropel, en busca de mejores oportunidades en el extranjero. 

El padecimiento económico y el nihilismo político alientan la desconfianza social, mientras crece la nostalgia por la seguridad y la estabilidad del pasado autoritario. Líderes populistas aprovechan el descontento público para destruir las instituciones democráticas y dirigir la economía en beneficio de amigos, familiares y simpatizantes.

Ambos mundos coexisten lado a lado, nacidos después de las revoluciones de 1989. Si bien los últimos treinta años generaron cambios positivos para una minoría significativa, la mayoría de los ciudadanos de las antiguas repúblicas socialistas en Europa central y del este y Asia central han sufrido un desastre económico que dejó profundas cicatrices en la psiquis colectiva del mundo poscomunista.

Cuando estos países liberalizaron sus economías en los noventa, los economistas y los funcionarios sabían que habría recesiones, pero no imaginaron la profundidad y duración devastadoras que tuvieron. Con datos del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, el Banco Mundial y el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD), hemos calculado la magnitud de las recesiones sucedidas durante la transición y comparado su profundidad en Europa y Eurasia (a partir de 1989) con la Gran Depresión estadounidense (a partir de 1929).

Dividimos los países poscomunistas en tres grupos, en términos de la duración y profundidad promedio de la debacle económica transicional. En los países más exitosos, la recesión transicional fue comparable a la Gran Depresión en los Estados Unidos (una caída del 30% del PIB per cápita). En los países del grupo del medio, la recesión transicional devastó la economía, y superó a la Gran Depresión en profundidad (una caída del 40% del PIB per cápita) y duración (diecisiete años contra diez). Los países más afectados nunca se recuperaron: treinta años después, el PIB per cápita sigue por debajo del nivel de fines del período socialista.

El mejor representante de los países donde la transición económica defraudó a la mayoría de la gente es Moldavia. Tras la desintegración de la Unión Soviética, el PIB per cápita de Moldavia se desmoronó, y en 1999 llegó a un mínimo: 66% inferior al PIB per cápita de 1989. En 2007, todavía estaba un 42% por debajo; y aunque después de 2010 Moldavia creció considerablemente, en 2016 todavía estaba 12% por debajo de su nivel en 1989.

Moldavia no es el único caso. En 2016 el PIB per cápita en otros cinco países poscomunistas (Georgia, Kosovo, Serbia, Tayikistán y Ucrania) también estaba por debajo del nivel de 1989. En estos países, la transición generó un sufrimiento económico nunca antes visto y pocas mejoras, excepto para una élite reducida. 

Las catástrofes económicas poscomunistas provocaron millones de muertes, emigración en masa y una variedad de males sociales casi desconocidos bajo el comunismo: pobreza, delincuencia organizada y aumento de la desigualdad. Y en la mayoría de los países poscomunistas, las cifras agregadas de PIB enmascaran un aumento inmenso de la polarización de ingresos después de 1989.

Algunos de estos países están entre los primeros del mundo en pérdida de población, como consecuencia de una espiral demográfica impulsada por el aumento de la mortalidad, el descenso de la fertilidad y el incremento de la emigración. Un estudio del BERD publicado en 2016 señala que la estatura promedio de los niños nacidos cerca del inicio de la transición en sus respectivos países es alrededor de un centímetro menos que la de niños un poco mayores o menores en edad. Es común encontrar esta diferencia en zonas de guerra y otros entornos donde los bebés sufren a la vez deficiencias de micronutrientes y estrés psicosocial.

Mientras las élites liberales en el este y el oeste conmemoran el final pacífico de la Guerra Fría y celebran los avances reales de las últimas tres décadas, es importante recordar que la llegada del capitalismo no benefició a todos. Las encuestas de opinión pública revelan un derrumbe de los niveles de confianza social y en las instituciones públicas, y un creciente malestar por la desigualdad de ingresos.

Esto ha creado terreno fértil para líderes y partidos populistas, incluso en algunos de los países más exitosos, como Hungría y Polonia. El profundo padecimiento de las recesiones transicionales está fresco en la memoria de muchos ciudadanos e influirá en las elecciones políticas y económicas de la región por décadas, así como la experiencia de la Gran Depresión todavía anima las políticas públicas en Estados Unidos.

Treinta años después de la caída del Muro de Berlín, la realidad invirtió la famosa promesa de Kohl: muchos están peor que antes, pero unos pocos están mucho mejor. Hasta que la prosperidad se extienda a los muchos, las revoluciones que empezaron en 1989 estarán sin terminar."

(Kristen R. Ghodsee is Professor of Russian and East European Studies at the University of Pennsylvania. Mitchell A. Orenstein, Professor of Russian and East European Studies and Political Science at the University of Pennsylvania, . Traducción: Esteban Flamini. Project Syndicate, 01/11/19)

5/6/15

A Olof Palme lo mataron los americanos tres semanas antes de que viajara a Moscú para entrevistarse con Gorbachov. No hay duda de que fue un asesinato político, porque amenazaba intereses muy poderosos

"Ahora que regresamos a una segunda edición de guerra fría -en realidad nunca terminó- y aparecen signos de desafío en ciertos países europeos, resulta muy interesante ver documentales como los que el canal Arte ofreció el pasado 5 de mayo, y que se volverá a divulgar el martes 12 y el lunes 18, naturalmente a las 8,55… de la mañana.


Quienes llevamos algunos años en estos asuntos ya conocemos la sustancia de la guerra fría. Sabemos, por ejemplo, que el imperio occidental fue siempre el más agresivo y temerario, creando armas de destrucción masiva y protagonizando situaciones de enorme peligro nuclear, pero la generación joven, que ahora parece despertar, suele ignorar muchas cosas esenciales, que el conflicto de Ucrania -y en general la creciente tensión militar del Imperio del Caos con los llamados BRICs, las potencias emergentes- pone de suma actualidad.

Por ejemplo: los precios del petróleo están ahora muy bajos y vuelven a aparecer submarinos rusos junto a las costas de Suecia y Finlandia (repasen la prensa de octubre del año pasado y de abril y mayo de este año). Todo eso ya pasó con Reagan: utilizando a los saudíes se forzó la bajada de precios contra la URSS, igual que ahora se hace contra Rusia (y Venezuela). 

Respecto a los submarinos, el referido documental es interesante porque demuestra como una de las democracias más robustas del mundo, de la que estamos a varias galaxias de distancia, funcionó como una república bananera; con sus militares y sus poderes fácticos conspirando por cuenta de Washington contra su primer ministro electo, el magnífico Olof Palme, al que acabaron asesinando en 1986.

El documental no hace sino confirmar una de mis más asentadas convicciones, a saber; que en asuntos de Estado y muy especialmente de Estados imperiales, uno siempre se queda corto cuando piensa mal: la realidad siempre acaba siendo bastante peor y superando lo que los cretinos denominan “teorías de la conspiración” y que frecuentemente no son más que prudentes reservas y sanos escepticismos.

Las fuentes de este documental son, por orden de aparición; Thomas C. Reed, ex consejero de seguridad nacional de Estados Unidos, Herbert Meyer, consejero del jefe de la CIA, John F. Lehman, ex secretario de la Navy, Ingemar Engman, asistente del secretario de defensa sueco, Ola Frithofson, ex secretario de las juventudes socialistas suecas, Olof Franstedt, ex jefe de los servicios secretos suecos, Boris Pankin, ex embajador soviético en Estocolmo y último ministro de exteriores de la URSS, Caspar Weiberger, ex secretario de Defensa de Estados Unidos, Egon Bahr el ayudante de Willy Brandt que inventó la Ostpolitik, o James “Ace” Lyons, adjunto del jefe de operaciones de la Navy, además de algunos expertos suecos y noruegos.

El documental narra como con Reagan se formó en la Casa Blanca un nuevo sanedrín de “seguridad nacional” para radicalizar la tensión con Moscú a cuyo frente estaba Bill Casey, director de la CIA, ex banquero de Wall Street y director de la campaña electoral de Reagan. Eran amigos y entraba en su despacho sin llamar, por así decirlo. 

Ese nuevo Comité de Operaciones restableció las operaciones militares más provocadoras desde los años cincuenta en las fronteras más sensibles de la URSS, en la península de Kola, donde Moscú tenía, y tiene, una buena parte de su apuesta nuclear estratégica, tanto submarina como terrestre, recreando ataques inminentes que volvían locos a los rusos. 

Pero lo más interesante, como se ha dicho, es lo que se hizo contra la amenaza que representaba Olof Palme, el gran socialdemócrata que deseaba construir un sistema de seguridad integrado entre el Este y el Oeste, algo cuyo defecto explica, ahora, tantos años después del fin oficial de la guerra fría, que se haya llegado a situaciones como las de Ucrania.

Para evitar aquella distensión que Palme propugnaba con gran inteligencia, el establishment sueco, el ejército, los servicios secretos, la gran burguesía y lo que hay alrededor de su institución monárquica, naturalmente con la enorme ayuda de la prensa corporativa, logró sembrar la histeria en el país. 

Para ello bastó con pasear varios “submarinos soviéticos” con el periscopio al alza –lo que es del todo absurdo- por delante de bases militares suecas e incluso frente al palacio real en Estocolmo y algunas residencias secundarias del monarca. Pero los submarinos no eran soviéticos, sino americanos, británicos y en algunos casos italianos usados por los americanos. 

La finalidad era desenmascarar la política antibelicista de Palme, a quien los propios servicios secretos suecos consideraban un “traidor”, explica Olof Franstedt, su ex director. Los americanos se encargaban de susurrarles al oído a los almirantes y generales que aquel hombre era un “agente de influencia” del KGB. En ese susurro era muy activo el jefe del contraespionaje americano, James Jesus Angleston, explica Franstedt.

Mientras Palme convocaba al embajador Boris Pankin para darle la bronca por aquello y éste le aseguraba que no había ningún submarino (al final, desesperado de que no le creyera, le dijo que bombardeara de una puñetera vez aquellas naves misteriosas), todos estaban en el secreto. 

 Cuando más tarde Pankin fue nombrado (último) ministro de exteriores de la URSS, en agosto de 1991, como no las tenía todas consigo (entonces los diplomáticos soviéticos desconfiaban del KGB y de sus militares como del diablo), pidió a sus amigos Vadim Bakatin y Evgeni Sháposhnikov, hombres de Gorbachov y amigos suyos puestos al frente del KGB y del Ministerio de Defensa, respectivamente, que buscaran en los archivos de sus agencias si había documentos sobre todos aquellos incidentes de submarinos de los años ochenta: no los había. Cero. 

En el documental, James “Ace” Lyons, el adjunto de la Navy, admite que todo fue un montaje. El resultado fue excelente: Antes de la operación el porcentaje de suecos que se declaraba “amenazado” por la URSS era del 27%, después de la operación eran el 83% (minuto 37 del documental).

Pero es que luego, el 28 de febrero de 1986, Palme fue asesinado, en un caso aun no resuelto, como las bombas de Luxemburgo de la OTAN y tantos otros crímenes de la red Gladio de la OTAN durante la guerra fría. En 1986, Gorbachov ya estaba en el Kremlin y la política de paz de Palme, disponía de un formidable nuevo factor a su favor: la extraordinaria disposición hacia ella del líder soviético. A Palme lo mataron tres semanas antes de que viajara a Moscú. Para Gorbachov, “no hay duda de que fue un asesinato político, porque amenazaba intereses muy poderosos partidarios de mantener el estado de cosas”. 

Suecia creó una comisión de investigación por lo de los submarinos (también por lo de Palme, naturalmente sin resultado). Un miembro de esa comisión recuerda como desaparecían los documentos. “Un grupo de individuos que actuaba fuera del cuadro democrático sueco, no quería que su propio gobierno supiera lo que había pasado en realidad”, dice. Una manera muy nórdica de decir que en determinadas situaciones, la democracia con más solera de Europa, importa una higa. Imagínense la nuestra.

Bueno, últimamente los europeos vamos comprendiendo mucho de todo eso en propia carne. Los griegos, por ejemplo, ya son doctores en esa ciencia. Algunas consignas del 15-M incluso lo reflejaron con gran acierto. 

Pero cuando leo los periódicos y veo a todos esos nuevos jóvenes actores esperanzadores que aparecen en el horizonte, me pregunto si saben lo que significa, realmente, plantarle cara a una oligarquía, los riesgos que conlleva y el nivel de juego sucio al que se enfrentan cuando se intenta reformar lo verdaderamente esencial, trátense de un sistema de seguridad internacional, o de los intereses financieros de la cleptocracia local."                 (Rafael Poch, La Vanguardia, en Rebelión, 13/05/2015)

29/5/15

El terrorismo de la OTAN

"El 2 de agosto de 1990, el entonces presidente de Italia, Giulio Andreotti, reconoció ante el Senado italiano la existencia de una red de ejércitos secretos a lo largo de la Europa occidental.

 Aquella noticia era terrible y confusa en términos iguales. Terrible debido a que habían existido tropas paramilitares no controladas por el poder civil; confusa porque no se sabía ni cuáles eran los objetivos de estas tropas stay behind, ni quiénes la formaban, ni qué acciones habían llevado a cabo.

En este artículo se intentará dar respuesta a qué fueron los ejércitos secretos de la OTAN, quiénes lo formaron y cuáles fueron sus operaciones y sus objetivos. (...)

Después de la II Guerra Mundial, Italia quedó encuadrada dentro del bloque occidental. Sin embargo, Estados Unidos sabía a la perfección que las probabilidades de que el PCI llegase al poder en las elecciones de 1948 eran bastante altas. 

Con el objetivo de evitar tal situación, la CIA organizó un operativo cuyo principal fin era que la Democracia Cristiana se alzase con la victoria en las elecciones del 48. Para ello se usaron varios recursos, desde una campaña difamatoria contra el PCI dirigida y realizada por la Iglesia católica italiana, pasando por un refuerzo económico a Italia y a la Democracia Cristiana para llevar a cabo su campaña, finalizando en una operación donde los italo-americanos enviaban cartas a sus familiares en Italia avisándoles de los peligros de votar al PCI.

La estrategia funcionó a la perfección y la Democracia Cristiana obtuvo los mejores resultados en su historia en esas elecciones de 1948. Pero lo más relevante de la victoria de la DC fue el éxito de una de las primeras acciones encubiertas de la CIA. De hecho, en caso de que el PCI hubiera ganado aquellas elecciones, los EEUU habían planeado un Plan B que consistía en una invasión de la Italia, tal y como reconoció décadas después Francesco Cossiga, presidente de Italia entre 1985 y 1992. 

No sería hasta la década de 1960, más concretamente en 1963, cuando Italia volvería a estar en el radar de los Estados Unidos. En esta ocasión no se trataban de una posible llegada del PCI al poder italiano, sino de la entrada del Partido Socialista Italiano (PSI) en el ejecutivo nacional. El objetivo de la alianza cristiana-socialista era dar mayor estabilidad al panorama político y social italiano a través de una coalición de centro-izquierda. 

Sin embargo, la CIA y los sectores más reaccionarios de la política italiana y estadounidense mostraron una preocupación ante el giro a la izquierda y aprovechando el asesinato de J.F. Kennedy en noviembre de 1963, planearon llevar a cabo un golpe de estado. Dicho golpe fue marcado para el año siguiente, aunque finalmente no fue necesario ejecutarlo debido a la salida de los socialistas del ejecutivo. El golpe, que ha pasado a ser conocido bajo el nombre de “Piano Solo”, triunfó sin poner en marcha el músculo militar que había tras él.

“Piano Solo” no fue el único golpe de estado planificado en Italia durante la Guerra Fría. Apenas seis años después del éxito del golpe de 1964, en 1970 desde los servicios secretos y militares italianos junto con los paramilitares de Borghese, se volvía a preparar otro golpe de estado, en esta ocasión liderado por Valero Borghese. Los golpistas debían ocupar las sedes del Ministerio de Defensa y de Interior, al mismo tiempo que hacerse con el poder en la sede de la RAI y otros medios de comunicación de importancia. 

Posteriormente, todos aquellos elementos calificados como subversivos serían detenidos y un gobierno militar sería instalado con el objetivo de volver a instaurar el orden y la disciplina a Italia. Sin embargo, y por razones que aún hoy se desconocen, Borghese ordenó que el golpe se detuviese y que Italia no se despertase bajo un gobierno militar.

La Estrategia de la Tensión, los años del plomo y la Operación Gladio

Para comprender la década de 1970 en Italia, primero deben ser clarificados los significados de “años del plomo” y “estrategia de la tensión”. Respecto al primero, se puede definir como el contexto de violencia callejera que evolucionó a la lucha armada por parte de grupos extremistas (de derecha y de izquierda) que recurrieron a la violencia para conseguir sus objetivos aprovechando la debilidad de las instituciones políticas y económicas, del caos político y de la negativa coyuntura económica italiana derivada de la crisis del petróleo de 1973. 

Por otro lado, respecto al segundo concepto, se puede considerar como una táctica para cometer actos terroristas y atribuirlos a la otra parte. El término tensión se refiere a la tensión emocional, a aquella que crea una sensación de miedo; el término estrategia se refiere a quién alimenta el miedo en la sociedad y lo dirige contra un grupo o sector determinado. En el caso italiano, el grupo era la izquierda, representada principalmente por el Partido Comunista Italiano.

La Operación Gladio, esto es, el uso indiscriminado del terrorismo contra la población civil italiana, comenzó el 12 de diciembre de 1969 con la explosión de cuatro bombas en Roma y en Milán que mataron a 16 personas. De estos cuatro atentados, el más famoso ha sido el de la sede de la Banca Nazionale dell’ Agricoltura, localizada en Piazza Fontana. En un primer momento, las autoridades culpabilizaron de los atentados a la izquierda, exactamente a grupos anarquistas.

No obstante, desde los primeros momentos del atentado muchas dudas surgieron en torno a la autoría de los atentados. De hecho, legal y jurídicamente, ninguna persona y/u organización ha sido declarada culpable de la matanza. Aún con lo anterior, un informe secreto del SID, los servicios secretos italianos, datado a 16 de diciembre, mencionaba la posibilidad de que los atentados en Milán y Roma hubiesen sido perpetrados por grupos de la derecha con el apoyo de la CIA. Esta mención se vio confirmada años después con las declaraciones del General Maletti sobre cómo la CIA brindaba apoyo a terroristas de la extrema derecha para detener el avance de la izquierda en Italia.

En 1972, cuando Italia aún se recuperaba de los acontecimientos de 1969, tres miembros de los carabinieri fueron asesinados en un atentado acontecido en Peteano. Al igual que los sucesos de 1969, el atentado fue atribuido a grupos de extrema izquierda revolucionaria. Sin embargo, como sucedió en Roma y Milán, las dudas surgieron rápidamente. 

En primer lugar, porque según el General Serravalle, tres de los siete depósitos de explosivos C4 localizados en Trieste y pertenecientes a la red Gladio habían desaparecido a sólo dos meses del atentado de Peteano. 

Y en segundo lugar porque, durante su juicio en 1984, Vincenzo Vinciguerra confirmó la existencia de una “superorganización” organizada por la OTAN y con la colaboración de los servicios secretos italianos y fuerzas militares y paramilitares italianas. Pero no sólo eso, sino que Vinciguerra contextualizó las acciones de grupos paramilitares de extrema derecha tales como Ordine Nuovo o Avanguardia Nazionale como acciones llevadas a cabo dentro de la Operación Gladio.

En 1974 se produjeron nuevos incidentes. Por un lado, en una manifestación anti-fascista en la ciudad de Brescia se produjo un atentado en donde fallecieron ocho personas y 102 resultaron heridas. Llevado a cabo por personajes encuadrados en grupos de extrema derecha, en 1982 los imputados por el caso fueron declarados inocentes, lo que llevó a una manifestación espontánea en el lugar donde había tenido lugar el atentado y a una reflexión por parte de la izquierda institucional que cobraría todo su sentido tras el descubrimiento del ejército paralelo de Gladio: 

¿Cómo era posible que mientras a los responsables del terrorismo de la extrema izquierda se les juzga y se les condena, a los de extrema derecha nunca se les consigue condenar porque al final resultan siempre inocentes? 

Esta reflexión es también válida para los resultados de la investigación de la “Operación Tora Tora” donde las pesquisas llevadas a cabo sobre el caso dieron el resultado de 145 personas acusadas, de las cuales 78 de ellas fueron llevadas a juicio y de estas 78, 46 fueron sentenciadas culpables, los cuales apelaron al Tribunal Supremo Italiano y fueron finalmente exonerados de sus cargos.


Otro incidente de importancia ocurrido en 1974 se localizó en el tren que hacía la ruta Roma-Münich, en donde fallecieron 12 personas y 48 resultaron heridas. Además, en este año, el que había sido miembro de la logia P2 y director del Servizio Informazioni Difesa (SID), Vito Miceli, fue arrestado bajo los cargos de “conspiración contra el Estado” en relación con la “Operación Tora Tora”. Durante el juicio, Miceli declaró la existencia del Operativo Gladio (sin nombrarlo) y cómo éste estaba coordinado desde la OTAN y desde los EEUU.

Del Compromiso Histórico al atentado de Bolonia

Formulado en octubre 1973, el “compromiso histórico” es como se conoce a la intención del PCI de formar una coalición de gobierno junto con la DC con el objetivo de dar estabilidad política a Italia y así evitar que una solución más autoritaria fuera tomada para internar resolver los problemas económicos y sociales por los que atravesaba el país. 

En el fondo de este compromiso está el fundamento ideológico del Eurocomunismo, pero también el temor de Berlinguer de que si el PSI y el PCI formaban una alianza para formar un ejecutivo, esto provocaría una reacción de la derecha en forma de golpe de estado. 

La sombra de Salvador Allende y el golpe de estado de Pinochet eran alargada. Desde el ala más progresista y moderada de la Democracia Crsitiana se acogió la idea del “compromiso histórico” favorable, por lo que la DC y el PCI acercaron posturas y comenzaron a armonizar sus objetivos.

Un año después de la formulación del “compromiso histórico”, Aldo Moro, primer ministro de Italia, viajó a Washington donde le comentó a Henry Kissinger y a Gerald Ford su intención de incluir al PCI en el ejecutivo italiano, a lo cual recibió una respuesta negativa por parte de ambos, los cuales recordaron a Aldo Moro que ningún elemento comunista podía participar en el gobierno. 

Sin embargo, los resultados de las elecciones de 1976, en donde el PCI logró el mejor resultado en su historia, llevaron en 1978 a Aldo Moro a intentar poner en marcha el “compromiso histórico” formulado cinco años antes. El 16 de marzo de 1978, Aldo Moro se dirigió a la Cámara de los Diputados para presentar el proyecto. Sin embargo, nunca llegó al Parlamento ya que fue secuestrado ese mismo día.

Durante 55 días Aldo Moro estuvo secuestrado, hasta que el 9 de mayo su cadáver apareció en una calle céntrica de Roma. Supuestamente su secuestro y ejecución fueron realizadas por las Brigate Rosse, pero lo cierto es que el secuestro y posterior asesinato del ex primer ministro italiano estaba lleno de misterios.

 El principal era si la CIA, los servicios secretos italianos o la estructura Gladio tenían algo que ver con la cuestión Moro. Según el periodista italiano Carmine Pecorelli detrás de la muerte de Aldo Moro no estaban las Brigate Rosse sino la CIA y la estructura Gladio. Si Pecorelli tenía razón o no fue algo imposible de verificar ya que fue asesinado el 20 de marzo de 1979. 

Lo más inquietante es que entre los imputados por el caso se encontraba el entonces primer ministro Giulio Andreotti, el cual fue declarado inocente junto al resto de acusados en 1999. Sin embargo, en 2002 Andreotti fue declarado culpable de instigador de homicidio, aunque finalmente el Tribunal Supremo italiano lo exoneró de la anterior condena en el 2003.

Es probable que nunca se sepa a ciencia cierta quién estuvo detrás del secuestro y asesinato de Aldo Moro. La comisión del Senado que investigó la estructura Gladio en la primera mitad de la década de 1990 sospechaba que la CIA, los servicios secretos italianos y la estructura Gladio estaban tras el asesinato de Moro. Sin embargo, cuando se dispusieron a investigar esa hipótesis descubrieron que la mayor parte de los documentos relacionados con el secuestro y asesinato habían desaparecido.

La última acción de importancia que se encuadra dentro de la “estrategia de la tensión” fue el atentado de 1980 en la estación de tren de Bolonia. Un total de 85 personas fallecieron y los heridos ascendieron a más de 200 en uno de los peores atentados sobre suelo europeo que se había registrado hasta aquel momento. Según la comisión investigadora del Senado, el atentado de Bolonia fue la acción más mortífera conectada con la red Gladio.

Tras la masacre de Bolonia, la estrategia de la tensión, los años de plomo y los atentados de bandera falsa comenzaron a cesar debido a que el Estado fue capaz de controlar la situación y a que la opinión pública, tras una década de asesinatos, atentados, muertes y heridos rechazó de plano la violencia.

 Sin embargo, la consecuencias sociales de la década de 1970 en Italia fueron tremendamente dolorosas, tal y como constató la comisión de investigación del Senado en su informe, señalando que entre 1969 y 1987, 491 civiles fallecieron, mientras que 1.181 fueron heridos.

Conclusiones

Originariamente, la stay-behind nació como un ejército paralelo y secreto que sólo se accionaría en caso de ataque por parte fuerzas extranjeras, que en la lógica de la Guerra Fría no podía ser más que las fuerzas del bloque socialista sobre un territorio del bloque capitalista. Y así ocurrió en 7 de los 15 países que integraban la estructura secreta de la OTAN. 

Sin embargo, en los restantes países de la trama parece claro que sus estructuras stay-behind han tenido alguna relación con actos de terrorismo con el objetivo de desacreditar a la izquierda y que ésta no pudiera llegar al poder a pesar de la aceptación de la “reglas del juego” exigidas por los Estados del bloque occidental.

Desmantelada a comienzos de la década de 1990, no se puede asegurar si los ejércitos secretos de la OTAN han sido disueltos definitivamente, ya que la OTAN jamás ha reconocido oficialmente la existencia de esta estructura. 

Sin embargo, su existencia está fuera de toda duda, mientras que en Italia el operativo estuvo ligado estrechamente con atentados terroristas que tenían el objetivo de desacreditar a la izquierda, especialmente al PCI, para restarle el gran apoyo popular con el que contaba.

Que una estructura similar a Gladio pueda seguir existiendo es una posibilidad y más después de que la prensa italiana diera a conocer la existencia de Department of Anti-terrorism Strategic Studies (DSSA), especia de policía paralela, fundada por Gaetano Saya y Rocardo Sindocca, los cuales habían formado parte de la red Gladio. 

Aun así, dictaminar la existencia de una red paralela como Gladio es en la actualidad imposible por falta de evidencias. Sin embargo, nunca es descartable que los Estados vuelvan a usar este recurso con el fin de ejecutar decisiones u obtener objetivos de distinta naturaleza que serían imposibles conseguir sin el uso de la tensión y las operaciones de falsa bandera."              ( , El orden mundial en el siglo XXI, 27 may, 2015)

2/4/14

Crimea significa que las cosas ya no van a ser como antes en Europa. No se puede seguir abusando de Rusia

"Crimea significa que las cosas ya no van a ser como antes en Europa. No se puede seguir abusando de Rusia. Quien no lo entienda debe volver a escuchar el discurso de Putin, y observar su coreografía. No hay marcha atrás. (...)

Desde la firma de la Carta de París para una nueva Europa de noviembre de 1990 (“¿Qué es eso?”, se preguntan los inútiles expertos de nuestros think tanks atlantistas), Occidente ha venido pisoteando el acuerdo general que puso fin a la guerra fría (crear una seguridad continental integrada, no a consta de la seguridad del otro y renunciando a bloques) y arrinconando a Rusia; ocupando y militarizando todos los espacios que su ejemplar retirada dejó libres, avanzando la OTAN, instalando escudos antimisiles de inequívoco sentido estratégico y bloqueando y deslegitimando como “intento imperial de reconstruir la URSS” cualquier intento de consolidación de Moscú por crear una gran zona comercial y aduanera.

 Eso ha pasado en Europa Oriental, en el Báltico, en Transcaucasia y en Asia Central. En Ucrania ha chocado con una línea roja.

El cambio de régimen inducido en Kíev, aprovechando una legítima revuelta popular y sobre un script de Estados Unidos con protagonismo polaco y acompañamientos europeos, ha sido un exceso. Incluso si la mitad de lo que ha revelado el General Aleksandr Yakimenko, ex jefe de los servicios secretos ucranianos, en materia de financiación, francotiradores, papel de las embajadas, campos de entrenamiento, etc., no fuera cierto, estamos ante un caso de manual.

 Y el resultado de este exceso, un gobierno llegado al poder de forma irregular que no es reconocido por la mitad del país, anuncia una larga inestabilidad. Reducir a “agitación moscovita” el desagrado que la administración de Kíev siembra con sus torpes decisiones (anulación de la ley sobre cooficialidad de lenguas, introducción de visados con Rusia donde trabajan 3 millones de ucranianos, venganzas y represalias contra los líderes de la disconformidad hacia todo ello) a menudo aplicadas por la fuerza ultraderechista tan bien representada en el gobierno, los ministros de fuerza y la justicia, es una locura.

En Crimea Rusia ha avisado de que no va a ceder más porque ya no le queda terreno al que replegarse. “Continuamente nos arrinconan porque tenemos una posición independiente (en el mundo) pero todo tiene sus límites y con Ucrania nuestros socios occidentales lo han traspasado de forma grosera e irresponsable”, ha dicho Putin. 

 Después de Crimea la Unión Europea tiene dos opciones. Una es reconocer que Rusia tiene intereses geopolíticos legítimos, tanto relativos a seguridad como a economía, que hay que tener en cuenta. Para eso es necesario corregir algunos errores de bulto y comenzar a pensar en un sistema de seguridad continental integrado, en línea con la Carta de París de 1990. (...)

Tomar consciencia de que Ucrania no será estable con un gobierno hostil a Rusia, que solo mira a Occidente y con el que la mitad del país se impone a la otra mitad. Eso puede ser muy bueno para lograr bases militares en las barbas de Moscú, pero es una perspectiva de guerra civil. 

Contra eso la solución es obvia: un gobierno representativo de la diversidad de Ucrania, garantías de neutralidad y relaciones dobles y no excluyentes hacia el Este y el Oeste. Para esta opción se precisan políticos y estadistas europeos prudentes, con amplitud de miras y conscientes de que en tiempos de crisis tentar a la violencia con propuestas excluyentes en Ucrania es una doble temeridad. (...)

La segunda opción es seguir con más de lo mismo. Seguir metiéndole el dedo en el ojo al oso ruso, más militarización en las barbas de Rusia, más demonización de Putin, más dobles raseros y más sanciones. 

Es decir, continuar como si el vuelco de la política rusa que Crimea ha evidenciado –ese “hasta aquí podíamos llegar”- no hubiera tenido lugar. Ucrania es el terreno perfecto para empujar a la Europa en crisis hacia una dinámica destructiva y militarizada que degenere en serios conflictos armados en Europa y en una nueva guerra fría de ámbito mundial. 

Si para la primera opción se precisan políticos prudentes, para ésta basta con un puñado de cretinos irresponsables en Bruselas, Berlín y Varsovia. Hay que decir que los hay: esta segunda opción sería la continuación lógica de la indecente y antisocial política que hemos visto en el continente en materia bancaria y monetaria en los últimos años.

No hay duda de que, metidos en sanciones, Occidente es más poderoso que Rusia. Mucho más. Solo la caída de la bolsa de Moscú que se ha propiciado ya le ha costado a Rusia 60.000 millones de dólares, más que los juegos de Sochi. 

El abultado accionariado occidental de empresas estratégicas rusas como Gazprom o Rosneft permite todo tipo de chantajes a Moscú allí donde más duele. Europa también puede plegarse a la estrategia que se apunta desde Washington, con fuertes ecos en Varsovia, de acabar con la “dependencia” europea del gas ruso, echando mano del desastre medioambiental del gas de esquisto y construyendo las infraestructuras necesarias para su recepción licuada desde América.

 Para ello basta con abandonarse a la rodada inercia de la guerra fría y olvidar el pensamiento más básico de los padres fundadores de la Unión Europea como Jean Monnet, a saber; que la interdependencia es clave de la paz y alternativa al enfrentamiento.

Sin duda Rusia sufrirá mucho más que la UE en esta necia escalada. Pero Rusia tiene una capacidad de aguante enorme. Enfrentada a verdaderas sanciones, si se le cortan las venas de su exportación energética a Europa –algo posible a seis o siete años vista- se hará ciertamente aún menos democrática hacia adentro.

Putin maneja desde hace tiempo lo que puede considerarse como un particular proyecto neocón eslavo-ortodoxo alternativo a la “decadencia de Occidente”. Ese proyecto toma fuerza en las experiencias que el país ha acumulado desde los años ochenta; la certeza de que el mundo no respeta a los débiles, de que el liberalismo como regla interior y la confianza en materia exterior solo conducen al abuso y al intento de dominio de Rusia. 

Todo eso empuja hacia un nuevo nacionalismo elitario, al reflejo de reducir la interdependencia, al regreso a la mentalidad soviética de fortaleza asediada, a un vuelco hacia Oriente y a rechazar lo poco que queda del espíritu democrático que aportó la perestroika de Gorbachov. (Andrei Medushevski en www.gorby.ru). Y, por supuesto, empuja también hacia una “respuesta consecuente”.

En los últimos días se ha registrado una retirada de capital de los fondos de Estados Unidos sin precedentes (100.000 millones) que se atribuye a fondos rusos. Llevada a su extremo la respuesta rusa a las sanciones europeas precipitaría a Alemania (y con ella a Europa) definitivamente a la recesión. En el peor de los escenarios, Moscú prepara represalias que incluyen la incautación de los bienes de las 6000 empresas alemanas allá presentes se advierte en medios empresariales alemanes.

En seis o siete años Rusia también puede trazar nuevas venas exportadoras hacia China –algo de eso ya se ha hecho. Se dibujaría algo parecido a una nueva bipolaridad Este/Oeste que al parecer es el único esquema con el que los estrategas del complejo militar-industrial y energético de Estados Unidos saben operar, y en el que ni Pekín ni Moscú están interesados. ¿Lo está Europa?

 Metida en una crisis disolvente que está acabando con las últimas apariencias de aquel “club de iguales y prósperos” que nos vendieron dispuesto a diseminar por el mundo su benévolo “soft power”, la Unión Europea, con el maltrato de su periferia y las ínfulas hegemónicas y autoritarias de su centro, camina decidida hacia su potencial desintegración interna, mientras reafirma hacia afuera su histórico vicio colonial-imperial, bien patente en la presencia militar en Afganistán, Libia, África, Siria, y de forma general en la doctrina de seguridad alemana.

No faltan necios que ven en Ucrania la gran oportunidad para que Europa se decida de una vez por una “política exterior coherente” y agresiva. La enorme y chapucera estupidez ucraniana, “podría ser el principio de algo grande” dicen ciertos cretinos desde los correspondientes “think tanks” (Carnegie Europe). No falta quien recomienda a Ucrania armarse y dotarse del arma nuclear (Andrei Illarionov en Pravda.com).

Después de Crimea, cuando todos los indicadores sugieren prudencia y moderación, todo un ejército de irresponsables está invitando a la bronca, pidiendo mano dura desde los medios de comunicación. 

Ante tanta ceguera, después de Crimea hay que tener bien a mano aquellos argumentos contra la guerra de Irak y aquellas voluntades del movimiento por la paz alemán de principios de los ochenta. En tiempos de crisis los generales y los exportadores de armas cotizan al alza en Europa y la extrema derecha en auge –no solo en Ucrania- es particularmente sensible al redoblar de los tambores."        (Rafael Poch , La Vanguardia, 20/03/2014)     

3/3/14

La RDA trajo consigo la STASI... y fue un país de pleno empleo, igualdad social, vivienda, transporte y cultura asequibles; creó el mejor sistema de guarderías infantiles del mundo

"(...) Después de una década de recuperación económica tremendamente desigual, señala SM, Europa del Este se ha hundido de nuevo en una profunda crisis. La causa: el colapso de Occidente, su abonada y fantasiosa tierra prometida, “con la violencia étnica extendiéndose y los trabajadores del sector público haciendo frente a recortes de sus sueldos de hasta el 40%” (p. 327). Seguimos en ello como es sabido.

La incapacidad del Occidente capitalista, prosigue el autor, para reconocer el escalofriante precio que han tenido que pagar tantos ciudadanos europeos (por ejemplo, en su salud, en sus condiciones laborales, en sus proyectos vitales y en su esperanza de vida) por “una libertad tan limitada” es sólo comparable por la resistencia o deformación de los poderes elitistas occidentales (también en los de allí) en reconocer que “el sistema comunista trajo tantos beneficios como evidentes costes”.

El ejemplo de SM es la ex República Democrática alemana. La RDA trajo consigo la STASI (las fuerzas policiales occidentales no tienen mucho que envidiar a sus práctica y a su extensión), carencias de bienes (no de los esenciales: sería impasible una situación de déficit energético como la que vivimos actualmente en muchos países europeos), el muro (cuyo origen SM ignora o no recuerda, cuyo balance –no pretendo hacer ninguna apología- en absoluto es comparable al de otros muros existentes en la actualidad), pero fue también, prosigue SM, “un país de pleno empleo, igualdad social, vivienda, transporte y cultura asequibles; creó el mejor sistema de guarderías infantiles del mundo y sus trabajadores gozaban de más libertad en sus puestos de trabajo que la mayoría de los empleados de la Alemania actual.

” Doy fe de esto último: nada que ver la situación de un obrero en la antigua RDA con la que de un trabajador medio en cualquier fábrica (o del 95% de ellas) de cualquier país capitalista, desarrollado o no, emergente o menos emergente.

Junto a la humillación de la absorción, prosigue SM, el 57% de los ciudadanos de la RDA pensaba ese mismo 2009 (desconozco los datos actuales) que su antiguo país tuvo más aspectos positivos que negativos y hasta los más jóvenes rechazaban que hubiera sido, sin más consideraciones, una dictadura. La RDA no fue el Chile de Pinochet ni la España del general asesino. (...)"             (Salvador López Arnal, Rebelión, 21/02/2014)

3/2/14

Ucrania, el punto de no retorno

"(...) Después del trágico y fulminante derrumbe de la Unión Soviética, Ucrania, su segunda república después de Rusia, por nivel de desarrollo y número de población, entró en el turbulento periodo de su historia independiente.

 A pesar de un sin número de problemas económicos y políticos, a diferencia de sus vecinos, Ucrania se mantuvo este cuarto de siglo con una envidiable paz social y mis compatriotas me repitieron varias veces ese narcisista y seductor mito de “lo pacífico” del “carácter nacional” de los pueblos de Ucrania, tan diferente de los otros, donde están desde los bosnios hasta los chechenos, capaces de tanta barbarie.

A partir de mediados de enero del presente año, nadie más creerá en este cuento. Se derramó sangre (...)

Sin duda estamos frente a un fenómeno que todavía no logramos entender por completo.
En el territorio de Ucrania hoy se enfrentan dos grandes depredadores: el capital occidental y el capital ruso, donde los oligarcas ucranianos como chacales siempre estarán detrás y siempre apostarán por el más fuerte.

En el futuro seguramente se escribirán varios libros sobre el trabajo de los servicios secretos extranjeros en Ucrania de principios del siglo XXI. De esos temas ya hablan y hablarán mucho, cambiando el énfasis según la óptica ideológica. Tocaremos otro tema, por ahora menos mediático: las verdaderas y más profundas causas del descontento popular en Ucrania. 

Algo sucedió en este país, todavía ayer tan pacifico y tolerante, que ahora en su desesperación busca un cambio urgente, sin elegir los medios ni las fuerzas que hoy prometen asegurarlo.

Las protestas, cada vez más violentas, contra un gobierno de derecha, cada vez más violento, son encabezadas por grupos de ultraderecha también cada vez más violentos. Lamentablemente esta ultraderecha ahora tiene cada vez más aceptación social. 

Esto pasa porque la ultraderecha actúa contra un gobierno corrupto que prácticamente perdió su legitimidad frente a la mayoría de los ucranianos, mientras otra derecha, ya la tercera de las derechas, la de oposición democrática, la de los cuentos europeos y llantos por Yulia Timoshenko (temas y nombres hoy día ya olvidados), no tuvo valor ni capacidad para encabezar las protestas populares. Así que mejorando los cálculos anteriores esta guerra interna ucraniana ya no es entre dos sino entre tres de las derechas.

Uno de los periodistas ucranianos comparó el rol de la ultraderecha nacionalista ucraniana en la actual lucha contra el gobierno con el rol de los integristas musulmanes en la “Primavera Árabe”. Tomando en cuenta la enorme diferencia cultural e histórica entre estos dos casos, igual me parece una comparación interesante y como fenómeno digna de un estudio más profundo.

Criticando o defendiendo al partido fascista ucraniano “Svoboda”, los medios normalmente ignoran el hecho que hace unos 4 años, este partido era un grupito de fanáticos y tuvo un apoyo electoral del 0,12%.

 Al ganar la elección presidencial, el actual mandatario del país Víctor Yanukovich, pensando en su futura reelección optó por dar luz verde a Svoboda y a su propaganda, porque según su cálculo, el podía ser reelecto sólo si su futuro rival fuese un siniestro candidato fascista. En las elecciones parlamentarias del 2012 “Svoboda” logró un 10,44% de los votos y hasta ahora duplicó o triplicó el número de sus partidarios.

 El nivel de aprobación del presidente Yanukovich está cerca de un 12 ,6%. Si los comicios fueran hoy, con toda seguridad Víctor Yanukovich perdería frente a un candidato nazi. Entre otras cosas, lo anterior es una prueba más de la destrucción de la memoria histórica del pueblo ucraniano. 

 Recordemos que en la Segunda Guerra Mundial, que para nuestro pueblo fue La Gran Guerra Patria, murió uno de cada seis habitantes ucranianos. Mis felicitaciones a los nuevos medios de comunicación: libres, entretenidos, democráticos y anticomunistas.

Las típicas frases que suenan en las calles de Kiev: “No son fascistas, son nacionalistas no más”. Otros reflexionan: “Mejor los fascistas que los bandidos”. Una de las características de esta extraña postmodernidad neoliberal es el rápido retroceso mental donde confundimos la patria con las banderitas. (...)

En Ucrania se habla bastante de su actual presidente, que cuando era joven fue un asaltante y estuvo preso por robos con violencia. En realidad el joven Víctor Yanukovich, quien fue criado por su abuela, vivía en los suburbios de un pueblito minero, a la edad de 17 años fue condenado a 1,5 años de cárcel por integrar una pandilla que robaba los gorros de piel a los transeúntes.

 Pero en comparación con las fábricas, tierras, palacios y millonarias sumas de dinero del estado robados por tantos políticos ucranianos, los tiernos recuerdos de la adolescencia de su presidente son un chiste que no merece la atención, aunque los medios afirmen lo contrario.

Respecto al extraño “sueño europeo” de los ucranianos. Hace medio año estuve en Ucrania Occidental, la cuna del actual nacionalismo. Visité pueblos fantasmas, todos sus habitantes se fueron a trabajar a Europa Occidental o a Rusia. Obreros, choferes, pilotos, empleadas domesticas y prostitutas ucranianas siguen invadiendo mercados de empleos formales e informales de Europa y el mundo.

 Mientas muchos latinos empiezan a regresar desde Europa en crisis a sus países de origen, los ucranianos siguen saliendo. En comparación con las realidades de Ucrania, Europa incluso en crisis para ellos sigue siendo casi un paraíso. No hay comparación, dicen. 

Una mujer en un pueblito cerca de Lvov, que tiene a sus cuatro hijos y dos nietos entre Polonia e Italia, me explicaba: si pudiéramos ganar aquí trabajando en lo que sea por lo menos unos USD 150 al mes, nadie se iría de Ucrania. Para salir del país hacia el Oeste, los ucranianos necesitan visas. Las visas al paraíso europeo no se las entregan a todos. Esta es la razón del misterioso deseo de ser miembros de la UE para muchos ucranianos.

¿Qué pasa con la izquierda ucraniana? Casi nada, porque casi no existe. El Partido Comunista de Ucrania, que hasta la semana pasada fue aliado del gobierno derechista de Yanukovich, ahora siguiendo su instinto oportunista “se indignó con la represión” y “rompió con el régimen”.

 A veces pienso que la última izquierda verdadera del país fue aniquilada en los campos de concentración de Stalin. Los pequeños grupitos de izquierda ucraniana, más individuos que organizaciones, están totalmente sobrepasados por la magnitud de los actuales acontecimientos.

 Frente a estos hechos están divididos, unos optan por “estar con el pueblo” y “primero acabar con el régimen y luego ver qué se puede hacer”, otros dicen que “esta guerra no es nuestra” y que la derrota del actual gobierno conducirá al país a una dictadura mucho peor. Ambas posturas son honestas y reconozco sentirme esquizofrénicamente dividido, dando la razón a las dos y observando cómodamente desde lejos. (...)

Aparte de una natural reacción a las acciones dictatoriales del gobierno, esta rebelión irracional fue consecuencia de una incapacidad e imposibilidad de resolver los problemas catastróficos, acumulados en Ucrania después de la desarticulación de la URSS, de una manera racional. Problemas que se agudizaron con la llegada al poder de Yanukovich.

 Por una parte, la rebelión ha demostrado la debilidad de su régimen y por otra, que los líderes y las masas de esta rebelión no tienen ninguna comprensión racional de lo que pasará después y tampoco saben a qué aspirar en el caso de un eventual triunfo.

El principal problema está en las contradicciones que se acumularon en el país durante casi un cuarto de siglo: el saqueo de los bienes nacionales por parte de los nuevos ricos, aparición y fuerte aumento de la injusticia social, una enorme desigualdad económica y política y como consecuencia de todo eso una increíble descomposición moral de toda la sociedad que provocó una total corrupción desde abajo hacia arriba.

Este problema no tiene solución ni en una protesta callejera ni dentro de los procedimientos legales del estado, incluyendo todo tipo de negociaciones o “mesas” que pueden servir sólo como válvulas de escape.(...)"                   (Oleg Yasinsky