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24/9/23

Los marineros y piratas del siglo XVIII son precursores de los movimientos anticapitalistas modernos... “Todos vivimos con los fantasmas de la esclavitud”

 "El historiador Marcus Rediker (Kentucky, 71 años) pronuncia con sosiego palabras cargadas de rebelión. No le hace falta alzar la voz. Avala su contenido con un estudio profundo de los testimonios y acciones de “las personas de abajo” que claman justicia histórica. Otorga el protagonismo de su investigación a los esclavos africanos llevados por millones a mejorar la vida de otros en otras latitudes durante siglos y defiende que los marineros y piratas del XVIII son precursores de los movimientos anticapitalistas modernos. Como muestra de su activismo por reescribir una Historia dominada por los vencedores comparte que en todas las cárceles de Texas está prohibido su libro La hidra de la revolución (2022), que ha presentado este mes en España junto a Villanos de todas las naciones (2023), los dos de Traficantes de Sueños

Pregunta. ¿Qué lecciones dejaron los piratas?

Respuesta. Los piratas eran marineros, trabajadores comunes con bajos salarios, mala alimentación y castigos violentos infligidos por los todopoderosos capitanes de barcos. Ellos se organizaron de manera diferente. Elegían a su capitán, establecían límites a su poder, dividían los recursos en partes iguales y le daban a la tripulación el poder de establecer los castigos... El barco pirata era una utopía democrática e igualitaria para el marinero común. Desafiaron los modelos existentes sobre cómo gestionar un barco.

P. ¿Y quiénes serían los piratas del siglo XXI?

R. Probablemente la comparación más cercana serían los hackers. Ocupan una posición estratégica. Así como los piratas provocaron una crisis comercial mundial, los piratas informáticos tienen un poder similar en el sistema de comunicaciones, algunos con intenciones subversivas.

P. ¿Siente que ahora tiene el poder para renegociar la Historia con su trabajo?

R. Siento que hago un aporte a la sociedad. Pero la historia es colectiva, no individual, y muy amplia. Se necesita una revisión con nuevas miradas, de la esclavitud o de las mujeres. Esto puede conducir a resultados que para algunos no son lo suficientemente patrióticos o desafían el nacionalismo de una historia pasada de moda.

P. ¿Detecta cambios en los discursos históricos?

R. Sí. Crecí durante la Guerra Fría con una historia dominada por una élite de hombres blancos. Ahora hay más personas incluidas y representadas, pero todavía tenemos trabajo por hacer; que el público en general comprenda la importancia de la esclavitud, por ejemplo. Y esto es controvertido.

P. ¿Se pueden sentir todavía en África los efectos de millones de personas desarraigadas de sus tierras durante siglos?

R. Definitivamente. Todos vivimos con los fantasmas de la esclavitud. No es casualidad que en África Occidental se encuentren muchos de los países más pobres del mundo. Durante siglos, los europeos y sus aliados africanos capturaron y se llevaron a millones de los más jóvenes y fuertes de su población. Los europeos también han explotado allí sus recursos naturales. No hay duda de que se han causado graves daños.

P. ¿Qué recomienda ahora?

R. En mis estudios veo una conexión directa entre la violencia deliberadamente calculada utilizada en el sistema esclavista y el racismo y la violencia que existen hoy. Debemos comenzar con un reconocimiento honesto de lo que sucedió en el pasado. Hay disculpas, pero necesitamos ir más allá. Necesitamos reparar los daños causados por la trata de esclavos y la esclavitud, eliminar los prejuicios, la pobreza, la desigualdad y las muertes prematuras. Las reparaciones no son solo una cuestión de dinero, sino de educación, de justicia social y de creación de una vida mejor para todos. Si no afrontamos el daño causado por nuestra historia violenta, persistirá una injusticia masiva.

P. ¿Dónde encuentra las evidencias de las personas a las que llama “sin rostro” o “sin voz”?

R. He encontrado que los registros judiciales son muy útiles, entre otras cosas porque los pobres casi siempre están en el lado equivocado del mundo. En esos documentos legales se pueden encontrar sus testimonios con su versión de los hechos, sus creencias, sus culturas... Hay muchos secretos dentro de esas fuentes.

P. En Barco de esclavos (Capitán Swing, 2021) se lee que un capitán mató a latigazos a una chica de 15 años que se negaba a bailar desnuda, entre otras atrocidades. ¿Cómo afrontó el dolor de realizar esta investigación?

R. Es doloroso, pero hay que estar dispuesto a decir la pura verdad. Cuando uno escribe sobre un tema como la trata de esclavos, también debe intentar hacer justicia a las víctimas de tanta violencia y terror. Lo que pasé al escribir el libro no es nada comparado con lo que ellos sufrieron."                       (Ángeles Lucas, El País, 23/09/23)

25/8/23

¿Por qué los esclavistas nunca emanciparon voluntariamente a sus esclavos? (Branko Milanović)

 "Cuando escribí mi capítulo sobre Adam Smith en Las visiones de la desigualdad (que se publicará el 10 de octubre) me planteé incluir una sección en la que se discutieran las opiniones de Smith sobre la esclavitud. Al final decidí no hacerlo porque la esclavitud sólo desempeña un papel incidental en Smith; la mayor parte de su análisis en La riqueza de las naciones parte del supuesto de las tres clases sociales estándar que son todas formalmente libres y la interacción entre ellas genera sus ingresos y posiciones sociales. En ese contexto, los esclavos que ya no existían en los países de los que Smith se ocupaba principalmente, a saber, Inglaterra, Escocia, Francia, Países Bajos y el resto de Europa Occidental, quedaban un tanto fuera del ámbito principal de su interés.

 Sin embargo, las opiniones de Smith sobre la esclavitud son, como es bien sabido, bastante complejas. Escribí sobre su argumento de que la posición de los esclavos era mejor en los gobiernos autocráticos que en los democráticos oligárquicos. La razón es que en un gobierno oligárquico y representativo el poder lo ostentan las personas que a su vez son los mayores poseedores de esclavos (me viene a la mente EE.UU.) y es muy poco probable que emancipen a los esclavos porque así se privarían a sí mismos y a sus amigos de una gran cantidad de capital. Desconfían de tratarlos bien porque temen permanentemente la insurrección de los esclavos. En las sociedades más ricas (Smith lo explica con cierta extensión), la diferencia de ingresos y social entre el amo y el esclavo es mucho mayor. El esclavo tiene también mucho más que codiciar. De ahí que en las sociedades más democráticas y ricas el trato a los esclavos, para evitar su insurrección, deba ser especialmente duro. En el pasaje quizá más llamativo de The Lectures on Jurisprudence Smith dice:

    "La opulencia y la libertad, las dos mayores bendiciones que los hombres pueden poseer, tienden en gran medida a la miseria de este cuerpo de hombres, que en la mayoría de los países donde se permite la esclavitud constituye con mucho la mayor parte. Un hombre humanitario desearía por lo tanto, si la esclavitud ha de establecerse generalmente, que estas bendiciones más grandes, siendo incompatibles con la felicidad de la mayor parte de la humanidad, nunca tuvieran lugar. LoJ (A), 16 de febrero de 1763."

 (Creo que este pasaje se cita tan pocas veces porque cuestiona las dos creencias más arraigadas: el gobierno popular y la opulencia. Si ambos sólo pueden existir si se aterroriza a los esclavos, ¿de qué sirven? Es una afirmación sorprendente).

En formas de gobierno más autocráticas, los reyes no dependen necesariamente de los esclavos para su poder y, como explica Adam Smith en relación con la abolición de la servidumbre en Europa Occidental, puede que incluso les guste deshacerse del trabajo forzado si eso reduce el poder de los señores locales que podrían utilizar ejércitos de esclavos para desafiar al rey.

 Pero la parte más importante que atrajo la atención de los economistas, y quiero destacar un trabajo reciente de Barry Weingast, es la siguiente. Smith afirma muy claramente en sus Lectures on Jurisprudence que la esclavitud, como institución económica, es ineficiente. Eso significa que una tierra cultivada por esclavos rendiría al propietario mucho menos que si la misma tierra se arrendara por un alquiler razonable al arrendatario. La razón es obvia: el agricultor arrendatario tiene un incentivo para aumentar la producción aunque tenga que ceder un tercio (la estimación de Smith, pero podemos sustituirla por cualquier número) de la cosecha al propietario. El propietario puede calcular fácilmente que, en un período de x años, el Valor Actual Neto (VAN) de la renta que obtiene superaría el importe del excedente de producto que recibe de los esclavos, a los que sólo paga el salario de subsistencia. No estamos hablando aquí de altas matemáticas. Las cosas son bastante sencillas. Podemos introducir diferentes tasas de descuento, y diferentes cantidades para la renta, diferentes diferenciales de productividad para la tierra trabajada por mano de obra libre frente a la esclava, etc., como hace Weingast, pero sea cual sea el conjunto de supuestos (razonables) que elijamos el resultado final es el mismo. El terrateniente debería simplemente despedir a sus esclavos, ofrecer a algunos de ellos seguir trabajando como arrendatarios libres, encontrar nuevos arrendatarios si fuera necesario, y pasar el resto de su tiempo libre disfrutando de la renta.

 Entonces, ¿por qué los propietarios de esclavos no hicieron precisamente eso? ¿Por qué nunca observamos en la historia un desguace endógeno de la esclavitud cuando se trata de un sistema tan ineficiente y cuando los propietarios podían ganar más dinero contratando mano de obra libre que utilizando esclavos?

Es una pregunta justa y Weingast la resuelve utilizando un marco teórico de juegos que demuestra que ninguna de las partes puede comprometerse de forma creíble con su parte del trato. (Lo hace porque introduce, en mi opinión, una suposición totalmente innecesaria de que los esclavos compran con el tiempo su libertad. Sí, los propietarios de esclavos también pueden tratar de extraer eso, pero en un modelo simple, es superfluo. Pues los propietarios de esclavos están en mejor situación incluso si emancipan a los esclavos gratuitamente).

La razón por la que esta emancipación espontánea nunca ha ocurrido en el mundo real es la siguiente. ¿Cuál sería la reacción que nuestro terrateniente emancipador encontraría entre sus iguales ante la noticia de que acaba de liberar a todos sus esclavos? ¿Cómo verían ese acto? Desde luego, no con agrado y calidez. Como escribe Smith, los propietarios de esclavos, al igual que todos los propietarios, cuanto más ricos son más viven en un miedo perpetuo a la expropiación por parte de los pobres. Todo propietario de esclavos forma parte de esa compañía implícita. Todo aquel que, como propietario de esclavos, no respete el pacto es una amenaza tanto o más grave para los demás propietarios de esclavos que los propios esclavos.

 Smith sostiene que en los países más ricos, donde los esclavistas son mucho más ricos que los esclavos, temen especialmente las rebeliones. La única forma de sujetar a los esclavos es aplicarles un control brutal que Smith detalla, con minuciosidad sangrienta: desde azotarlos a diario, mantenerlos encadenados durante la mayor parte del día o, en el ejemplo más truculento, crucificarlos por ofensas triviales, descuartizar sus cuerpos y luego dárselos de comer a los peces. En tal ambiente de miedo a la rebelión constante, un terrateniente que siguiera la lógica económica descrita anteriormente no encontraría la simpatía de otros terratenientes. Es más, los demás terratenientes harían todo lo posible por impedir la manumisión: podrían alegar que nuestro terrateniente-economista ha perdido la cabeza, que ha sido hechizado por magos esclavistas, que está loco, que es un traidor, un agente extranjero, cualquier cosa. Harían todo lo posible por hacerle la vida imposible, por hacerle cambiar de decisión y, a falta de ello, por castigarle confiscándole las tierras que, en su opinión, está gestionando mal. Así pues, calcular las ganancias y las pérdidas de la esclavitud en un trozo de papel es algo muy distinto de actuar en función de lo que revela el cálculo.

 Pero vayamos más lejos y supongamos que, por alguna razón, la racionalidad prevalece y que su decisión de emancipar a los esclavos es imitada por muchos, y goza de un impulso suficiente para que, en un momento dado, un gran número de esclavos se liberen, por así decirlo, espontáneamente. Supongamos, además, algo muy poco realista: que el poder, que Smith asocia muy claramente con la gente que posee esclavos y que, como él dice, "los odia", supere el odio por interés material y acceda a la emancipación.

Tenemos que hacernos entonces la nueva pregunta: ¿qué ocurrirá después? Si la tierra era trabajada originalmente por 5 esclavos y ahora puede ser trabajada de forma igualmente productiva (rindiendo lo mismo) por 1 arrendatario, esto significa que todos los esclavos liberados no podrán encontrar trabajo en la tierra en la que trabajaban antes. Tal vez sólo una parte. Otros se congregarían en las zonas urbanas en busca de trabajo allí.

Y ahí es donde empiezan los problemas. Habrá una oleada masiva de gente embrutecida, pobre y no cualificada que entraría en una competencia feroz con el proletariado urbano, haciendo bajar los salarios y entrando en conflictos, quizás disturbios y peleas, con la clase obrera. Además, en las zonas urbanas habría ahora dos grandes clases de descontentos con trabajos inestables, salarios de subsistencia, un profundo odio mutuo y un odio aún más profundo hacia los ricos. Esto es algo que los políticos más importantes de la élite esclavista difícilmente pasarán por alto.

 No se trata de una situación muy diferente, sólo más dramática, de la que han afrontado muchos países en desarrollo contemporáneos: una inmensa afluencia de mano de obra del campo a las zonas urbanas que ha creado inestabilidad política, violencia, delincuencia y conflictos entre las diferentes partes de las clases bajas y, en última instancia, el conflicto entre las clases bajas y las clases altas.

Sólo una pequeña dosis de realidad demuestra que la idea panglossiana, compartida por algunos economistas (pero no por Adam Smith) de que al demostrar que la tenencia de esclavos no era rentable para el propietario individual debería haber conducido a la emancipación espontánea de los esclavos. Tales economistas cometen varios errores lógicos: cometen un error de composición al suponer que lo que es cierto para uno también puede serlo cuando se extiende a todo el mundo, e ignoran la externalidad política al suponer que otros propietarios de esclavos no se ven afectados por la decisión de algunos de ellos.

 Y lo que es más importante, cometen un error que Smith no cometió: no tienen en cuenta las fuerzas políticas ni las implicaciones políticas de un movimiento de tal envergadura. Al fin y al cabo, ya tenemos suficientes pruebas históricas de que ninguna sociedad ha dejado de ser esclavista espontáneamente por la sola acción de factores económicos: ni los esclavistas de Egipto, ni los persas, ni los esclavistas árabes, ni los esclavistas del Imperio Romano de Oriente de Justiniano, ni los esclavistas del Imperio Romano de Occidente, ni los esclavistas entre los visigodos y los ostrogodos, ni el trabajo forzado fue abolido espontáneamente en Francia, ni en el imperio de los Habsburgo, ni en Rusia, y obviamente tampoco en las Indias Occidentales y el Sur de Estados Unidos. Y no es porque los propietarios de esclavos no tuvieran los conocimientos numéricos suficientes para calcular el Valor Actual Neto que han descubierto los economistas.

 la forma en que se aplastó y abolió la esclavitud fue casi siempre mediante el uso de la violencia: disturbios, revolución, amenazas al gobierno y guerras civiles. Adam Smith, que creía que las fuerzas antiesclavistas nunca serían lo suficientemente fuertes como para abolir la esclavitud: "A pesar de esas ventajas [económicas] superiores, no es probable que la esclavitud sea abolida nunca, y fue debido a algunas circunstancias peculiares por lo que ha sido abolida en el pequeño rincón del mundo en el que se encuentra ahora", se equivocaba al respecto, pero nos ofrece un cuento con moraleja que demuestra que fijarse sólo en las ventajas económicas sin considerarlas en su contexto político es insuficiente. Podemos dibujar casillas de teoría de juegos, pero son un mísero sustituto de lo que observamos en la realidad. Pueden ser un punto de partida, pero nunca un punto final."              

(Branko Milanović, Brave New Europe, 15/08/23; traducción DEEPL)

27/1/23

Una historia de la esclavitud moderna española... centrada en el periodo que va de finales del siglo XVIII a finales del XIX y relacionada con el despegue del capitalismo y conectada con lo ocurrido en otros países, como Gran Bretaña, EE.UU., Francia, Países Bajos o Portugal... el "partido negrero" participó en el asesinato de Prim y estuvo en el origen de un patrioterismo español, mezcla de racismo y clasismo desaforado, que, sobre todo desde 1898, fue ganando adeptos en los círculos políticos y militares

 "Hace unos días finalicé la lectura de Negreros. Españoles en los tráficos y en los capitales esclavistas (Madrid, Los Libros de Catarata, 2021), cuyo autor es José Antonio Piqueras. Estamos ante un libro denso e intenso, lleno de personajes que, en muchos casos, se encuentran entrelazados entre sí. Es una historia de la esclavitud moderna española, centrada en el periodo que va de finales del siglo XVIII a finales del XIX y relacionada con el despegue del capitalismo. Está conectada con lo ocurrido en otros países, como Gran Bretaña, EE.UU., Francia, Países Bajos o Portugal, pero sin olvidarse, entre otros, de países  latinoamericanos como Brasil, Venezuela o Argentina, o las por entonces todavía colonias españolas de Cuba y Puerto Rico. .

En todos esos países o colonias se conocieron situaciones cambiantes en torno a la esclavitud, si bien cobró importancia el caso de Gran Bretaña, que a partir de 1807 tomó un camino contrario a la trata de personas esclavas, dedicándose a perseguir, apresar y enjuiciar a quienes se dedicaban a ella en las aguas del océano Atlántico. Eso no óbice para que su sistema económico -lo que no debe olvidarse- formara parte de la canalización de los capitales que circulaban y se generaban en torno a esa actividad, así como sus empresas se dedicaran a la compra de materias primas (sobre todo, el algodón) y de productos para el consumo europeo (como el azúcar, el tabaco o el café). Y tampoco debemos perder de vista la constatación, una vez más, de que en la historia del capitalismo, en gran medida en sus orígenes, la trata de personas y su utilización como mano de obra de esclava fue una de las principales fuentes de acumulación de capital.

En el libro se menciona a muchas personas, que son situadas en sus entornos familiares y en los consiguientes entrelazamientos matrimoniales que se fueron dando entre ellas. Se alude también, por supuesto, a las redes de intereses económicos y políticos que se fueron desplegando a lo largo de esos años, tanto en los lugares donde está presente la esclavitud de una forma directa como en la propia metrópoli española. Aparecen, así, inversores de las expediciones, capitanes de barco, comerciantes, compradores, cargos públicos de la isla, militares, políticos de la metrópoli… Fue frecuente un trasiego de ida y vuelta entre la Península y América por una parte de esos personajes. Y no faltó la corrupción sistémica que involucró a numerosas personas a base de mordidas, participaciones directas o encubiertas, etc. 

En el caso español el circuito de la trata hizo uso del tradicional comercio triangular iniciado principalmente  a partir del siglo XVII: barcos que salían con productos europeos hacia la costas africanas, donde se trocaban por personas esclavas con destino a América, para finalmente regresar con productos americanos, trabajados, a su vez, con mano de obra indígena y/o esclavizada. En otros casos las expediciones salían de la propia Cuba, e incluso de EEUU, en un viaje de ida y vuelta intercontinental. Cobraron, así, importancia puertos como los de La Habana, Santiago de Cuba, Cádiz, La Coruña, Nueva York, Charleston o Boston; factorías comerciales ubicadas a lo largo de las costas de Sierra Leona, Benin, Angola o Mozambique; centros financieros como los de Nueva York, Londres o Barcelona; o ingenios azucareros que se ubicaron a lo largo y ancho del oeste y el centro de Cuba. 

Se ha estimado que desde 1819 participaron en el caso español entre 2.000 y 2.500 barcos para tales menesteres, de los cuales hay constancia de unos 350 apresados por los barcos británicos y llevados algunos de sus responsables a juicio en tribunales especiales ubicados en Sierra Leona y La Habana. Fueron, pues, centenares de miles las personas llevadas forzosamente al continente americano, en especial al área del Caribe y en mayor medida a la isla de Cuba. 

En el libro se mencionan también las localidades originarias de donde fue saliendo a lo largo de esos años esa minoría de españoles: vascos, cántabros, gallegos, catalanes, andaluces… Formaron parte de esa minoría enriquecida a los que se conoció como indianos. Menos, como negreros, entre otras cosas para evitar la mala prensa y la pérdida de honor que esa denominación suponía. Y por nombrar a unos pocos, entre los más destacados estuvieron los hermanos Cuesta Manzanal, Juan Madrazo, Antonio Frías, Carlos Drake del Castillo, Juan José Zangróniz, Pedro Blanco, Juan Manuel Manzanedo («el hombre más rico de España»), Antonio López y López…

Hay unos pasajes del libro, los referidos al último de los nombrados, que pueden ilustrar lo que fue esa realidad: «el futuro marqués de Comillas dista de figurar entre los grandes negreros de la trata. Ese lugar corresponde a Joaquín Gómez, Juan José Zangróniz, Juan Zulueta, Pedro Blanco, Pedro y Santiago Cuesta Manzanal, Domingo Aldama, Juan Madrazo, Antonio Frías, Bernardo Martínez de Pinillos, los O’Farrill, y tantos otros» (p. 199). 

Y es que el cántabro Antonio López y López, con la ayuda de su hermano Claudio en los primeros momentos, pasó de ser un humilde tendero a adquirir varios ingenios en Cuba, que eran trabajados por centenares de esclavos. A mediados del siglo XIX decidió regresar a la Península, sin perder de vista lo que había sembrado en la isla. Empezó a invertir en empresas de navegación ubicadas en Alicante, Barcelona y Cádiz, y luego decidió instalarse en la capital catalana. Con el paso de los años, nombramiento de senador vitalicio incluido, «recibió de Alfonso XII en 1878 el titulo de marqués de Comillas. En 1881 el rey le otorgó la Grandeza de España de primera clase [que conllevó su nombramiento como senador vitalicio]. Al fallecer en 1883, el antiguo comerciante de tienda en Santiago de Cuba, que anunciaba en la prensa local su voluntad de comprar esclavos, presidía el banco Hispano Colonial, el Banco de Crédito Mercantil, la Compañía General de Tabacos de Filipinas, la Compañía Transatlántica de España y la compañía de seguros La Previsión. Era vicepresidente de la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España. Levantó  los astilleros de Matagorda [en la Bahía de Cádiz] y grandes fincas rústicas en varias provincias. Era el empresario-financiero-industrial- más importante del país.  Había comprado el palacio Moja en Barcelona y había hecho construir el palacio Sobrellano y una villa en Comillas, El Capricho, a Antonio Gaudí». Ya fallecido, su hijo Claudio fue quien dio vida a la famosa Universidad Pontificia de Comillas, elitista donde las haya y entregada para su gestión a la Compañía de Jesús (pp. 199-200).

Y un añadido/inciso, por mi parte, sobre este personaje: es el mismo al que le erigieron estatuas con el fin de perpetuar su memoria como modelo hombre de negocios, intrépido y triunfador. Una, la de Barcelona, fue retirada en 2018 por decisión del Ayuntamiento, después que se reconociera que sus méritos estaban basados, como los de tantos otros negreros, en la trata y explotación de personas esclavas. Otra de las estatuas está ubicada en su localidad natal de Comillas, donde continúa levantada, sin que exista voluntad de reconocer la historia oscura que se esconde tras el personaje.

Volviendo al libro, todavía hasta la actualidad no ha dejado de mantenerse la presencia de esos personajes a través de lo que fueron sus creaciones materiales (esto es, empresas e instituciones) y, claro está, de quienes las han ido heredando. A modo de ejemplos, es lo que ocurre con personajes como las hermanas Koplowitz, Manuel Soroa, la familia Rato y Rodrigo Rato, Fernando Suárez, los Primo de Rivera, Alejo Vidal-Quadras, José María de Areilza, los hermanos Goytisolo, Joaquín Satrústegui, la familia Terry, la familia Borbón (a través de María Cristina y su consorte Agustín Fernando Muñoz), Eusebio Güell y familia, la familia Ybarra, Antonio Goicoechea…

En el libro se hace mención a un «partido negrero», un poderoso grupo de presión formado para que las cosas de la esclavitud, independientemente de la situación legal, siguieran como desde décadas atrás se había conformado. Cobró importancia desde los años centrales del siglo XIX y, entre otras cosas, como se señala en el libro, estuvo en la raíz del asesinato del general Juan Prim. No debemos perder de vista que en 1870 fue cuando se abolió parcialmente  la esclavitud en Puerto Rico y que entre las intenciones del general, por entonces jefe de gobierno, estaba acabar con la recién iniciada guerra de independencia en la isla y hasta la concesión de la autonomía. Desde los medios de ese «partido negrero» Prim fue víctima de una campaña de prensa lanzada bajo la acusación de querer vender la isla a EEUU (p. 293).  A finales de ese año fue víctima de un atentado mortal, en el que estuvo involucrada gente con vínculos con ese grupo de presión, como el general Francisco Serrano o el duque de Montpensier. Pocos años después, con Antonio Cánovas al frente del gobierno, se sobreseyó el caso y fueron puestos en libertad quienes habían estado en prisión como inculpados.

 Fue en ese contexto donde surgió un patrioterismo español, mezcla de racismo y clasismo desaforado, que, sobre todo desde 1898, fue ganando adeptos en los círculos políticos y militares. Entre los primeros estuvieron Ramiro de Maeztu o Antonio Goicoechea, miembros de los años 30 de la rama fascista monárquica. Y entre los últimos, algunos de los que participaron en el golpe de estado de 1936. Sí, los Sanjurjo, Mola, Cabanellas, Queipo de Llano, Kindelán, Dávila…  Y  ya para terminar, no podemos olvidarnos de algunas de las personas que mostraron su oposición a la esclavitud, dando con ello muestras de la dignidad que estuvo ausente en quienes participaron en el negocio negrero. Una de ellas fue el sevillano José María Blanco White, que estuvo entre los primeros liberales españoles y fue autor del libro Bosquexo del comercio en esclavos. El motivo que le llevó a escribirlo fue llamar la atención «en nombre de las victimas que la codicia de algunos de sus paysanos está arrancando todos los días de la costa de África» (p. 275). Otra de esas personas fue Agustín Argüelles, uno de los redactores de la Constitución de 1812 y el diputado que propuso el fin de la trata de personas esclavos. Objeto de duros ataques por ello, se refirieron a su propósito con el término de «humo filantrópico» (p. 276). Y también está el general Jerónimo Valdés, quien desde su cargo de capitán general de Cuba durante los años de gobiernos progresistas combatió las prácticas ilegales llevadas a cabo y la corrupción existente.

Hace unos años leí otro libro de José Antonio Piqueras, Cánovas y la derecha española. Del magnicidio a los neocon (Barcelona, Península, 2008), con el que no quedé defraudado, sino todo lo contrario, algo que ahora se ha repetido. Mientras estaba leyendo Negreros no paré de dar vueltas al carácter sórdido de lo que se cuenta a lo largo de sus 300 páginas. Y hablo de sordidez en un doble sentido: porque estamos ante la realidad de la forma más extrema y perversa de sometimiento, explotación y degradación llevada a cabo por unos seres humanos sobre otros; y porque, en el caso que nos ocupa, el español, ha estado pasando desapercibida para la gran mayoría, de manera que sus responsables, en cualquiera de los grados que hubieran participado, han pasado y siguen pasando como personas de honor."

(Jesús Mª Montero Barrado ,  Rebelión, 27/07/22; El artículo ha sido publicado en el blog del autor Entre el mar y la meseta: https://marymeseta.blogspot.com/2022/07/negreros-de-jose-antonio-piqueras-un.html).

22/9/22

Las amazonas del reino de Dahomey (en los siglos XVIII-XIX)

 "La epopeya histórica "The Woman King", que acaba de estrenarse en la taquilla estadounidense con una acogida exagerada, es una película realmente extraordinaria. Ambientada en el África occidental del siglo XIX y protagonizada por Viola Davis y John Boyega, es una historia de idealismo y pasión; de violencia brutal y de ira ardiente; de sueños hechos y rotos, de mitos y misterios, de mentiras y traiciones, de las ambiciones abotagadas y las hipocresías enconadas de una sociedad en plena revolución cultural. Estoy hablando de América, por supuesto, no de África. Todo esto es antes de que la película haya comenzado.

Enseguida hablaré de todas las controversias. Pero en un nivel, la historia detrás de The Woman King es en realidad bastante simple. Como ha explicado su productora, la ex actriz de Hollywood Maria Bello, se le ocurrió la idea hace unos años tras visitar la república de Benín, en África Occidental. Allí se enteró de la existencia de un regimiento de mujeres guerreras inmensamente feroces llamadas Agojie, que lucharon por el Reino de Dahomey en los siglos XVIII y XIX. Como era de esperar, los viajeros europeos, los misioneros y los traficantes de esclavos las llamaron "amazonas", y como pocos podemos resistirnos a una historia de terroríficas amazonas esculturales, a Bello le llamó inmediatamente la atención su potencial cinematográfico. Y dado que Pantera Negra de Marvel ha demostrado que hay un enorme público internacional para las historias con héroes negros que empuñan espadas, los ejecutivos de Sony estuvieron de acuerdo con ella. Hasta aquí, nada complicado.

¿Y la trama? De nuevo, no es muy complicado. Las epopeyas históricas suelen ser bastante melodramáticas, con héroes imposiblemente admirables y villanos diabólicamente crueles, y El rey mujer no es una excepción. Para abreviar una historia de dos horas y cuarto, nos encontramos en Dahomey en la década de 1820. El rey Ghezo, interpretado por John Boyega, es básicamente un tipo decente, al menos para los estándares de los reyes guerreros en tiempos turbulentos. Depende de Viola Davis y su regimiento de amazonas, sobre todo contra sus vecinos, los oyo, cuyo líder asesino y rapaz está aliado con los esclavistas portugueses.

 Hay varios tejemanejes familiares del tipo "Luke, soy tu padre", pero no es necesario entrar en ellos ahora. ¿Un personaje aparentemente huérfano resulta ser la hija de otro? No lo voy a decir. De todos modos, en un desarrollo totalmente impredecible, algunos de los buenos son tomados prisioneros. Igualmente imprevisible, el rey es reacio a jugárselo todo a una arriesgada misión de rescate. Así que, en un giro que nadie podría haber imaginado, Viola Davis desafía las órdenes y lidera una expedición para salvarlos de todos modos. (Puede que pienses que ya has visto esto antes, pero no es así, porque no estaba ambientada en África cuando la viste antes, así que esta vez es completamente diferente). ¿Y qué pasa? Bueno, no quiero estropearlo. ¿Son todos masacrados en el lugar donde se encuentran? ¿Termina la película con una nota sorprendentemente baja? ¿O los buenos ganan la partida? Tendrá que verla usted mismo para averiguarlo.

Los productores afirman, como siempre, que The Woman King está "basada en hechos reales". Y, para ser justos, no se equivocan del todo. En el siglo XIX existía un reino de Dahomey: orgulloso, independiente, ferozmente agresivo, y eso es decir poco. El historiador Stanley B. Alpern, autor de la historia definitiva de los Agojie en inglés, lo califica de estado "dedicado a la guerra y a la caza de esclavos... con el rey controlando y regimentando prácticamente todos los aspectos de la vida social". Uno de esos reyes se llamaba efectivamente Ghezo. Y los Agojie también existieron. Como explica un excelente ensayo de la revista Smithsonian, se fundaron probablemente a principios del siglo XVIII y contaban con unas 6.000 guerreras que "asaltaban aldeas al amparo de la oscuridad, tomaban cautivos y cortaban las cabezas de los que se resistían para devolvérselas a su rey como trofeos de guerra".

 ¿Eran tan intimidantes como sugiere la película? En realidad, aún más intimidantes. A las Agojie se les prohibía acostarse con hombres, se las reclutaba cuando eran jóvenes y se las obligaba a someterse al tipo de entrenamiento militar que convertiría a la mayoría de nosotros en objetores de conciencia. Un viajero británico describió cómo se les obligaba a atravesar densos matorrales de espinas de acacia, sin nada que les protegiera los pies de las hemorragias.

Otras pruebas fueron diseñadas para insensibilizarlos a los horrores del combate. Cada año, según el Smithsonian, "los nuevos reclutas de ambos sexos debían subirse a una plataforma de 4 metros de altura, recoger cestas con prisioneros de guerra atados y amordazados, y lanzarlas por encima del parapeto a una multitud que aullaba abajo". Y en lo que quizá sea el detalle más horriblemente memorable, un oficial francés llamado Jean Bayol vio cómo una recluta adolescente llamada Nanisca, "que todavía no había matado a nadie", era llevada ante un joven capturado que tenía las manos atadas. Según Bayol, ella "blandió su espada tres veces con ambas manos, y luego cortó tranquilamente la última carne que unía la cabeza al tronco. ... Luego exprimió la sangre de su arma y se la tragó".

 Qué bien. Fue esta Nanisca, por cierto, la que parece haber inspirado el nombre del personaje de Viola Davis. Acabó sus días luchando contra los franceses, cortando la cabeza de un oficial de artillería antes de ser abatida en su turno. Era lo que ella hubiera querido. Por supuesto, muchas películas históricas romantizan a sus héroes aterradoramente violentos, como puede atestiguar cualquiera que haya visto Gladiator o 300. Así es la naturaleza de la narración. Sin embargo, el problema de The Woman King es que Dahomey no era sólo una sociedad violenta, sino que era una sociedad violenta de tráfico de esclavos. De ahí el tsunami de controversias.

Aunque siempre nos han dicho que la esclavitud es un tema terriblemente difícil y complicado, la historia que hay detrás de todo esto es en realidad bastante sencilla. El comercio de esclavos era enormemente importante, si no esencial, para el reino de Dahomey. Como ha señalado la historiadora brasileña Ana Lucia Araujo, la expansión de Dahomey coincidió exactamente con el apogeo del comercio de esclavos en el Atlántico. En particular, Dahomey se apoderó y controló el puerto de Ouidah, uno de los centros más importantes de toda la red. Desde aquí, cientos de miles, tal vez incluso un millón de cautivos africanos fueron embarcados a la fuerza hacia el Nuevo Mundo.

 Y aunque esta fue una historia en la que los traficantes de esclavos europeos desempeñaron un papel destacado, las guerreras de Dahomey no fueron inocentes. Todo lo contrario. Como señala Araujo, El rey mujer se abre con una escena en la que los Adojie atacan una aldea vecina, matando a los hombres pero perdonando caballerosamente a las mujeres. Sin embargo, esto es pura ficción. En realidad, escribe, "los soldados del ejército de Dahomey (tanto hombres como mujeres) tomaban como prisioneros a los aldeanos más jóvenes y sanos y los llevaban a la capital de Dahomey, Abomey". Aquí, algunos se convertirían en esclavos locales, otros serían sacrificados. Pero "la mayoría serían transportados a la costa, donde serían vendidos, y subirían a bordo de barcos negreros que navegarían hacia las Américas, especialmente hacia Brasil".

Esta no es la única distorsión de la verdad. En la película, se convence al rey Ghezo para que deje de depender de los traficantes de esclavos europeos y se dedique a la producción de aceite de palma. Pero esto no tiene sentido. De hecho, para sus vecinos, la idea de que él y sus guerreros amazónicos fueran liberadores reformistas habría parecido francamente obscena. En realidad, Ghezo era tan brutal e interesado como cualquier imperialista europeo. Cuando subió al trono en 1818, uno de sus primeros actos fue castigar a sus rivales familiares vendiéndolos como esclavos. Y durante gran parte de su reinado se resistió activamente a las presiones de Europa para acabar con el comercio de seres humanos, ya que en las décadas de 1830 y 1840 los británicos intentaban enérgicamente acabar con él, llegando a bloquear sus costas con barcos de la Marina Real.

 ¿Importa todo esto? Tal vez no. Repito: todas las películas históricas convierten los hechos en ficción. Si usted acude a Hollywood en busca de su historia, ese es su problema, no el de ellos. Dirigiéndose a sus críticos en Variety, Viola Davis insistió en que una película es sólo, bueno, una película. "Si sólo contáramos una lección de historia, que bien podríamos haber hecho, eso sería un documental", dijo sin rodeos. "Por desgracia, la gente no iría a los cines". En cuanto a John Boyega, volvió a caer en el tipo de galimatías impenetrable por el que los actores han sido admirados durante mucho tiempo en todo el mundo. "El arte puede vivir en un espacio moral o inmoral, y a veces podría tratarse simplemente de arrojar una luz sobre la naturaleza humana, la historia y la realidad de ese conflicto", dijo gnómicamente. "Así que, para mí, incluir eso sólo demuestra que hay una forma en la que podemos abrazar historias que aceptan el hecho de que la humanidad no es perfecta, a la vez que son entretenidas y algo de lo que se puede aprender".

 ¿Qué significa eso? Sospecho que nunca lo sabremos.

Pero como se trata de África y de la esclavitud, algunas personas no ven esto como un asunto trivial en absoluto. Hace un mes, Nikole Hannah-Jones, del New York Times, cerebro del alocado "Proyecto 1619" para reescribir toda la historia de Estados Unidos en torno al tema de la esclavitud, lanzó una ominosa advertencia de que estaba deseando ver "cómo una película que parece glorificar a la unidad militar femenina de los Dahomey trata el hecho de que este reino obtuvo su riqueza de la captura de africanos para el comercio transatlántico de esclavos". The New Yorker, analizando las numerosas distorsiones de la película, la condenó no sólo como "confusa" y "poco sincera", sino como una "cínica distorsión de la historia".

 Y en Twitter, los sospechosos habituales han salido en masa, con las horcas preparadas. En cierto modo, no importa de qué lado estés; el mero hecho de entrar en las listas es exponerse a acusaciones de herejía. Así que cuando Ana Lucia Araujo, experta en la trata de esclavos de la Universidad de Howard, se aventuró en la red a hablar de un libro sobre otra reina guerrera africana de Angola, y cometió el error de utilizar la palabra "deportada" para describir el transporte de esclavos a través del Atlántico... bueno, eso fue su fin. "¡La absoluta caucasidad de esta persona!", tronó uno de sus críticos, él mismo, a juzgar por su foto, claramente caucásico. Académicos, ¿eh? "¡Qué espectáculo de payasos!", decía una respuesta. Bueno, tú lo has dicho.

En el fondo, pues, la historia de La mujer rey no es realmente una historia sobre Dahomey en el siglo XIX, sino una sobre la política racial salvajemente histérica de los Estados Unidos en el siglo XXI. Ni siquiera he mencionado el hecho de que la actriz Lupita Nyong'o, que originalmente iba a participar en la película, fue a África Occidental, hizo un documental sobre el comercio de esclavos, rompió a llorar cuando descubrió la participación de los Agojies en la esclavitud, y luego se retiró de la película. Tampoco tengo tiempo para entrar en la alegría desenfrenada de la derecha estadounidense ante el espectáculo de tantos liberales de Hollywood y locos académicos destrozándose unos a otros por una película sobre la esclavitud. "Pocos de los gobiernos extinguidos por el colonialismo europeo", exultaba un escritor en la National Review, "merecían tanto ser destruidos como el de Dahomey". Aunque apuesto a que no se atrevería a decirle eso a John Boyega.

 ¿Me molesta entonces la distorsión de la historia que hace la película? Bueno, quizás un poco. Las películas son importantes. Teniendo en cuenta su perdurable legado en antiguas sociedades esclavistas como Estados Unidos y Brasil, habría sido mucho mejor contar la historia de la esclavitud de forma cuidadosa y matizada, en lugar de reducirla a un melodrama caricaturesco, salvajemente distorsionado y risiblemente despierto de héroes y villanos. Y si los realizadores hubieran tenido la valentía de contar la verdadera historia de Dahomey -una historia en la que las mujeres africanas audaces e independientes eran a veces tan crueles y explotadoras como los más despiadados capitanes de mar portugueses-, entonces podrían haber animado a sus espectadores a ir más allá de la visión infantil de buenos y malos de la historia imperial que se ha vuelto tan común hoy en día.

De todos modos, no voy a ponerme demasiado nervioso al respecto. Gritar y vociferar sobre las películas de Hollywood nunca es una buena imagen. Vienen y se van, y la mayoría de los espectadores de a pie son demasiado sensatos para tomárselos en serio. Dejemos que los lunáticos monten en cólera en Twitter. El resto sabemos que es sólo una película." 
             ( , UnHerd, 22/09/22)

8/6/22

Invadan Haití, exigió Wall Street, y eso hizo Estados Unidos... La larga ocupación estadounidense de Haití comenzó con la presión del banco que se convirtió en Citigroup, según revelan décadas de correspondencia diplomática y otros registros... ocho infantes de la Marina estadounidense ingresaron a la sede del banco nacional de Haití y salieron con 500.000 dólares en oro... en pocos días, el oro estaba en la caja fuerte de un banco de Wall Street... Las fuerzas estadounidenses tomaron el país el verano siguiente y lo gobernaron con fuerza bruta durante 19 años, una de las ocupaciones militares más largas de la historia de Estados Unidos... Estados Unidos disolvió el parlamento de Haití a la fuerza, mató a miles de personas, controló sus finanzas durante más de 30 años, envió una gran parte de sus ganancias a banqueros de Nueva York y dejó a un país tan pobre que los agricultores que ayudaron a generar los beneficios a menudo vivían con una dieta “cercana al nivel de inanición”, según funcionarios de las Naciones Unidas en 1949

 "En el sopor vespertino de una tarde de diciembre, ocho infantes de la Marina estadounidense ingresaron a la sede del banco nacional de Haití y salieron con 500.000 dólares en oro, empacados en cajas de madera.

 Llevaron el botín en un remolque hasta la orilla y pasaron frente a los soldados estadounidenses vestidos de civil que vigilaban a lo largo de la ruta. Una vez en el agua, cargaron las cajas y se dirigieron a toda velocidad a una lancha de guerra que los esperaba.

En pocos días, el oro estaba en la caja fuerte de un banco de Wall Street.

La operación ocurrió en 1914 y fue precursora de la invasión a gran escala de Haití. Las fuerzas estadounidenses tomaron el país el verano siguiente y lo gobernaron con fuerza bruta durante 19 años, una de las ocupaciones militares más largas de la historia de Estados Unidos. Incluso después de que los soldados se marcharan en 1934, Haití siguió bajo el control de las autoridades financieras estadounidenses que movieron los hilos del país durante otros 13 años.

 Estados Unidos declaró que la invasión de Haití era necesaria. Según su justificación, el país era tan pobre e inestable que, si Estados Unidos no se hacía cargo, lo haría otra potencia, nada menos que en el patio trasero de Estados Unidos. El secretario de Estado, Robert Lansing, también describió la ocupación como una misión civilizadora para acabar con la “anarquía, el salvajismo y la opresión” en Haití, convencido de que, como escribió una vez, “la raza africana carece de toda capacidad de organización política”.

Pero décadas de correspondencia diplomática, informes financieros y registros de archivo revisados por The New York Times muestran que, más allá de las explicaciones públicas, había otro actor que también presionaba con fuerza a Estados Unidos para que interviniera y tomara el control de Haití por la riqueza que prometía: Wall Street y, en particular, el banco que luego se convirtió en Citigroup.

Bajo la fuerte presión del National City Bank, predecesor del Citigroup, los estadounidenses hicieron a un lado a los franceses y se convirtieron en la potencia dominante en Haití durante las siguientes décadas. Estados Unidos disolvió el parlamento de Haití a la fuerza, mató a miles de personas, controló sus finanzas durante más de 30 años, envió una gran parte de sus ganancias a banqueros de Nueva York y dejó a un país tan pobre que los agricultores que ayudaron a generar los beneficios a menudo vivían con una dieta “cercana al nivel de inanición”, según determinaron funcionarios de las Naciones Unidas en 1949, poco después de que los estadounidenses soltaran las riendas.

“Yo ayudé a que Haití y Cuba fueran un lugar decente para que los chicos del National City Bank recolectaran ganancias”, escribió en 1935 el mayor general Smedley Butler, líder de la fuerza estadounidense en Haití, describiéndose a sí mismo como un “extorsionista para el capitalismo”.

Durante más de un siglo, Haití ha sido calificado como un desastre, un caso perdido, un lugar tan desamparado, endeudado, carente y sin ley que necesita ser salvado todo el tiempo. El asesinato del presidente en su habitación, los secuestros en la capital, las oleadas de inmigrantes haitianos que se dirigen a Estados Unidos, todo apunta a un país en un vórtice de desesperación interminable que las grandes potencias del mundo, ya sea con tropas o con toneladas de ayuda, no han conseguido arreglar.

Sin embargo, los documentos y registros financieros que recabó este diario en Haití, Estados Unidos y Francia muestran a qué grado la miseria de Haití ha sido ocasionada desde afuera y cuán a menudo la intervención ha sido presentada como una mano amiga.

Para cuando las fuerzas estadounidenses llegaron en el verano de 1915, Haití ya había pasado más de medio siglo entregando una enorme porción de sus escasos ingresos a Francia. Aunque los haitianos derrocaron a sus esclavistas franceses, a las fuerzas de Napoleón y declararon su independencia en 1804, los buques de guerra franceses regresaron a las costas haitianas décadas después, para exigir enormes cantidades de efectivo bajo la amenaza de la guerra.

Haití se convirtió en el primero y único país donde los descendientes de personas esclavizadas pagaron reparaciones durante generaciones a las familias de los propietarios esclavistas, lo cual obstaculizó su capacidad para construir una nación casi desde su nacimiento.

Después vinieron los banqueros franceses, con el ofrecimiento de préstamos a un país diezmado por décadas de pagos a Francia. Se llevaron tanto en comisiones, intereses y cargos que, en unos años, los beneficios de sus accionistas franceses fueron mayores que el presupuesto de obras públicas del gobierno haitiano para todo el país.

Luego vinieron los estadounidenses, que a veces hacían pasar su intervención por una manera de defender la “soberanía” haitiana. Y al igual que para las generaciones de banqueros parisinos, Haití resultó rentable para Wall Street. En su audiencia ante la Comisión de Finanzas del Senado en 1932, el National City Bank dijo que obtuvo uno de sus mayores márgenes durante la década de 1920 gracias a la deuda que controlaba en Haití.

 En la actualidad, Citigroup casi ha eliminado de su perfil público toda esa historia. Haití apenas se menciona en su cronología oficial. La empresa se negó a facilitar el acceso a sus archivos y dijo que no logró encontrar ninguna información sobre algunos de sus mayores préstamos a Haití.

Sin embargo, según casi dos decenas de informes anuales publicados por funcionarios estadounidenses y revisados por el Times, una cuarta parte de los ingresos totales de Haití se destinó a pagar deudas controladas por el National City Bank y su filial en el transcurso de una década, casi cinco veces la cantidad gastada en escuelas gestionadas por el gobierno en Haití durante ese tiempo.

Y en el transcurso de algunos años, los funcionarios estadounidenses que controlaban las finanzas de Haití gastaron más dinero en sus propios salarios y gastos de lo que destinaron a la salud pública de toda la nación, de unos dos millones de habitantes.

“Hemos estado bajo el dominio absoluto” de Estados Unidos, declaró Georges Léger, un abogado haitiano, ante los senadores estadounidenses en 1932, para explicar lo mucho que los haitianos resentían el control financiero y político de su país “solo para satisfacer a un grupo de banqueros de Nueva York”.

Al principio, muchos legisladores estadounidenses no querían saber nada de Haití y se negaban rotundamente a reconocer su independencia. Aunque los haitianos habían luchado junto a los estadounidenses durante la guerra de Independencia, Estados Unidos se negó a reconocer a Haití durante casi seis décadas, por temor a que pudiera inspirar a las personas esclavizadas a sublevarse y derrocar a los propietarios esclavistas en el sur de Estados Unidos.

Pero a principios del siglo XX, a medida que la huella estadounidense se ampliaba en el hemisferio, los estadounidenses vieron un imperativo… y una oportunidad. Querían reducir la influencia europea en la región, en particular la alemana, pero también reconocieron lo que los franceses habían sabido desde el principio: había mucho dinero de por medio.

Los historiadores siguen debatiendo el legado de la invasión estadounidense y cómo moldeó, o sigue moldeando, el Haití de hoy. Algunos le atribuyen a la ocupación el mérito de imponer orden en Haití en una época de violencia y golpes de Estado, mientras que otros señalan que los estadounidenses aplastaron la disidencia, dispararon contra manifestantes civiles, cometieron ejecuciones extrajudiciales e impusieron la ley marcial durante un largo periodo.

 Algunos historiadores citan ganancias tangibles, como hospitales, unos 1300 kilómetros de carreteras y una administración pública más eficiente, pero también señalan que los estadounidenses recurrieron a los trabajos forzados, en los que los soldados ataban a civiles con cuerdas, los obligaban a trabajar sin remuneración y disparaban contra los que intentaban huir.

Otros afirman que la expropiación estadounidense de tierras en Haití desencadenó una de las crisis más intrincadas que asolan el hemisferio en la actualidad: la enorme migración de haitianos a países de toda la región.

Los expertos de las Naciones Unidas que visitaron el país a finales de la década de 1940, poco después del fin del control financiero estadounidense, encontraron una nación empobrecida “con un rezago aún mayor que el de otros países y territorios de la región”. La mayoría de los pueblos no tenían luz, alcantarillado ni calles pavimentadas. Solo uno de cada seis niños iba a la escuela.

Los funcionarios financieros estadounidenses se habían centrado tanto en pagar los préstamos de Haití —incluidos los que Estados Unidos había impuesto al país a pesar de las fuertes objeciones— que una comisión designada por el presidente Herbert Hoover para investigar la ocupación cuestionó “la sabiduría de este curso.”

“Podría haber sido mejor”, decía su informe en 1930, haber mantenido “más dinero en el país donde la experiencia ha demostrado que era muy necesario”.

Más de un siglo después de la llegada de las fuerzas norteamericanas, Estados Unidos sigue siendo un elemento permanente de la política haitiana. Washington ha apoyado a los sucesivos presidentes, a veces incluso a los Duvalier, los dictadores, padre e hijo, que gobernaron durante casi tres décadas tras la ocupación. Jovenel Moïse, el presidente que fue asesinado en su habitación el pasado mes de julio, también gozó del respaldo público de dos presidentes estadounidenses a pesar de las crecientes pruebas de los abusos de su gobierno, lo que enfureció a quienes se oponían a su régimen autocrático.

 Cuando el diplomático estadounidense de mayor rango en Haití, Daniel Foote, renunció a su cargo el año pasado, condenó el maltrato estadounidense contra los refugiados haitianos a golpe de látigo. Pero también mencionó un argumento que no recibió la misma atención: que la intervención extranjera había tenido consecuencias desastrosas en Haití.

“Lo que nuestros amigos haitianos realmente quieren, y necesitan, es la oportunidad de trazar su propio camino, sin la manipulación internacional”, escribió Foote.

“Tomemos la delantera”, dijo a sus compañeros legisladores Robert Y. Hayne, senador por Carolina del Sur en 1826: la independencia de Haití era un tema que “la paz y la seguridad de gran parte de nuestra Unión no nos permite siquiera mencionar”.

Durante décadas, a los hacendados del sur les había preocupado Haití, la primera nación del mundo moderno que emergió de un pasado esclavista, y Hayne era un emisario natural de sus temores: un defensor acérrimo de la esclavitud que había nacido en una plantación de arroz y que llegó a esclavizar a 140 personas.

Fue fiscal general del estado durante la fallida insurrección de personas esclavizadas liderada por Denmark Vesey, un hombre libre de las Indias Occidentales, y al igual que algunos de sus contemporáneos, Hayne creía que reconocer a Haití —o incluso debatir sobre la esclavitud— “pondría en peligro nuestros más queridos intereses”.

“Nuestra política con respecto a Haití es clara”, declaró en su discurso ante el Congreso. “Nunca podremos reconocer su independencia”.

Solo durante la guerra de Secesión, después de que los estados del sur abandonaron la Unión, el presidente Abraham Lincoln reconoció a Haití. Lo vio, junto con Liberia, como un destino viable para los hombres libres de Estados Unidos y envió a algunos cientos de ellos allí para establecer un asentamiento.

En los primeros años del siglo XX, Haití se encontraba en el nexo de múltiples intereses estadounidenses. Estaba al otro lado del mar Caribe desde el canal de Panamá, que estaba en construcción. Estados Unidos había tomado el control de Puerto Rico y se invirtieron grandes cantidades de dinero en las plantaciones de azúcar en Cuba. Los impuestos de importación y exportación en la República Dominicana, que comparte una isla con Haití, estaban bajo control estadounidense.

Los franceses seguían ejerciendo su influencia en Haití, pero en 1910, Estados Unidos vio la oportunidad de abrirse paso: la reestructuración del banco nacional de Haití.

 El banco era nacional solo de nombre; estaba controlado por su consejo de administración en París y había sido creado en 1880 por el banco francés Crédit Industriel et Commercial para darles beneficios inmensos a sus inversores y accionistas franceses. Controlaba el tesoro de Haití —el gobierno haitiano ni siquiera podía depositar o gastar dinero sin pagar comisiones—, pero las autoridades haitianas acabaron por acusar al banco nacional de fraude y encarcelaron a algunos de sus empleados.

A medida que aumentaba la desconfianza de los haitianos hacia el banco nacional, los inversionistas franceses y alemanes se apresuraron a reestructurarlo bajo una nueva propiedad europea. Estados Unidos puso el grito en el cielo: el Departamento de Estado calificó la propuesta de amenaza no solo para Estados Unidos, sino también para el bienestar y la independencia del pueblo haitiano.

Un alto funcionario del Departamento de Estado arremetió contra el acuerdo de 1910 por considerarlo “tan perjudicial para los intereses estadounidenses y tan despectivo para la soberanía de Haití” que no podía permitirse.

El secretario de Estado estadounidense, Philander Knox, invitó a algunos bancos de Wall Street a Washington y los animó a invertir en el banco nacional de Haití. Cuatro bancos estadounidenses, entre ellos el National City Bank de Nueva York, compraron una parte importante de las acciones del banco. Otra parte fue a parar a un banco alemán. Pero la mayor parte se quedó en París.

Ningún haitiano tenía una participación de control. El Banco Nacional de la República de Haití estaba, una vez más, bajo el mando de extranjeros.

“Fue la primera vez en la historia de nuestras relaciones con Estados Unidos en la que intervinieron de manera tan manifiesta en nuestros asuntos”, escribió Jean Coradin, historiador haitiano y exembajador ante las Naciones Unidas.

Poco después de su creación, el nuevo banco nacional hizo lo mismo que su predecesor: cobrar al gobierno por cada depósito y gasto, mientras generaba grandes beneficios para sus accionistas en el extranjero. También concedió un préstamo al gobierno haitiano. Una vez deducidas las comisiones y los beneficios, Haití recibió unos nueve millones de dólares, pero aun así tuvo que pagar el valor nominal completo de casi 12,3 millones de dólares.

Los haitianos empezaron a preguntarse qué políticos habían sido sobornados para conseguir un acuerdo tan malo y el banco se hizo tan poderoso que un presidente haitiano se preguntó públicamente si su país había cedido su independencia.

A los accionistas franceses les inquietaba el creciente control estadounidense y con buena razón. La inversión estadounidense en el banco nacional fue el comienzo de la campaña estadounidense para expulsarlos de Haití y hubo un hombre en particular que la alentó.

Roger Leslie Farnham había sido periodista y se había convertido en cabildero cuando el National City Bank lo contrató en 1911.

Su misión consistía en defender los intereses del banco en el extranjero y Haití fue una de sus primeras escalas. Atravesó el país en caballos que importó de Wyoming y, en el camino, se convirtió en la fuente más fiable del gobierno estadounidense sobre Haití.

Farnham, ya conocido en Washington por sus maquinaciones para persuadir al Congreso a fin de que eligiera a Panamá para el canal, acudía con frecuencia al Departamento de Estado y era muy cercano a William Jennings Bryan, el secretario de Estado del presidente Woodrow Wilson.

Bryan no sabía mucho sobre la nación caribeña. Así que, en 1912, invitó a John H. Allen, un gerente del banco nacional de Haití que llegó a ser vicepresidente del National City Bank, a “contarme todo lo que hay sobre Haití”.

Según el relato de Allen sobre la reunión, Bryan quedó sorprendido por lo que escuchó. “¡Caramba, piénsalo! Negros hablando en francés”, relata Allen que dijo el secretario de Estado.

Aunque Bryan había expresado su hostilidad hacia Wall Street en las campañas políticas y declaró: “No crucificaréis a la humanidad en una cruz de oro”, confiaba en el consejo de Farnham. Los dos hombres se reunieron en Washington, intercambiaron telegramas y se escribieron cartas confidenciales. Llegaron a estar tan unidos que Bryan pedía la aprobación de Farnham para las nuevas contrataciones del gobierno.

Farnham utilizó esta relación para ejercer presión para invadir Haití con el fin de asegurar los intereses comerciales de Estados Unidos, y atrajo la atención de Washington al plantear el espectro de una toma de poder por parte de Alemania. En ese momento, la huella del National City Bank en el país se estaba expandiendo y Wall Street comenzó a ejercer su influencia sobre los líderes de Haití mediante la retención del dinero que controlaba en el banco nacional.

En los meses siguientes, el Departamento de Estado adoptó lo que los diplomáticos llamaron el “Plan Farnham”, en el que se establecía que Estados Unidos controlaría los impuestos de importación y exportación de Haití, una fuente vital de ingresos para el país.

Aunque los estadounidenses seguían siendo accionistas minoritarios del banco nacional, Farnham declaró ante el Congreso que Francia había quedado muy mermada por la Primera Guerra Mundial como para dirigirlo, por lo que “la gestión activa se ha realizado desde Nueva York”. El Departamento de Estado redactó un convenio basado en el plan de Farnham y lo envió a él para que ayudara a ejecutarlo.

Los legisladores haitianos arremetieron contra su ministro de Relaciones Exteriores por el acuerdo. Lo acusaron de “intentar vender el país a Estados Unidos” e incluso intentaron descargar su furia mediante “duros golpes”, que lo obligaron a huir de la Asamblea Nacional “en medio de la más desenfrenada excitación”, según un telegrama del Departamento de Estado.

El banco nacional los hizo pagar por su atrevimiento: retuvo los fondos, y el gobierno de Haití, que ya se tambaleaba por la agitación política y económica, se volvió aún más inestable. El país cambió de presidente cinco veces en tres años durante sucesivos golpes de Estado, algunos de ellos financiados por comerciantes alemanes que operaban en Puerto Príncipe, según dijeron en aquel entonces funcionarios estadounidenses.

Después, en diciembre de 1914, el Departamento de Estado intervino con más fuerza. Bryan autorizó la operación de los infantes de Marina mediante la cual se incautaron 500.000 dólares en oro tras una consulta de última hora con Farnham.

El gobierno haitiano estaba indignado y dijo que la operación era un robo descarado de los fondos del banco central, además de una “invasión flagrante de la soberanía” de una nación independiente. Pero Estados Unidos se encogió de hombros ante la queja, con el argumento de que había tomado el oro para proteger “los intereses estadounidenses que estaban bajo un gran peligro”.

Los historiadores observan que los políticos y financieros estadounidenses no siempre coincidían en sus posturas. “La relación entre Wall Street y Washington era compleja”, dijo Peter James Hudson, profesor asociado de la Universidad de California en Los Ángeles que imparte las materias de Estudios Afroestadounidenses e Historia, quien ha escrito un recuento de las acciones de Wall Street en el Caribe. “Hay mucha confabulación, pero a veces es contradictoria”.

En ocasiones, Bryan vaciló sobre el papel de Estados Unidos en Haití. Creía que Haití necesitaba la tutela estadounidense, pero se resistía a ser una herramienta para Wall Street. “Tal vez haya motivos suficientes para intervenir, pero no me gusta la idea de una injerencia forzosa por motivos puramente comerciales”, le escribió al presidente Wilson.

Pero Farnham insistió y lanzó lo que el historiador Hans Schmidt llamó una amenaza: todas las empresas estadounidenses abandonarían Haití, advirtió Farnham, a menos que el gobierno de Estados Unidos interviniera para proteger sus intereses.

Al final, Bryan le escribió a Wilson a favor de la invasión.

“Los intereses estadounidenses están dispuestos a permanecer allí, con miras a comprar una participación de control y convertir el banco en una sucursal del banco estadounidense”, afirmó. “Están dispuestos a hacerlo siempre y cuando este gobierno tome las medidas necesarias para protegerlos”.

En julio de 1915, una turba iracunda sacó a rastras al presidente haitiano del Consulado francés y lo asesinó, como parte de la agitación política que Wall Street temía y que, según algunos historiadores, empeoró al retener el dinero del tambaleante gobierno haitiano y confiscar el oro.

Los soldados estadounidenses ocuparon el país ese mismo día.

La invasión siguió un plan detallado concebido por la Marina de Estados Unidos un año antes. El ejército estadounidense tomó la oficina presidencial y las aduanas que manejaban los impuestos de importación y exportación.

Los estadounidenses instalaron un gobierno títere y para el otoño de ese mismo año, Haití había firmado un tratado que otorgaba a Estados Unidos el control financiero total. Estados Unidos nombró a funcionarios de su país, a los que llamaron asesores, pero el término apenas transmitía su verdadero poder: supervisaban la recaudación de ingresos de Haití y aprobaban, o denegaban, sus gastos.

La ley marcial se convirtió en la norma del país. Los periódicos privados fueron amordazados y los periodistas encarcelados.

Los estadounidenses justificaron la invasión con el argumento de que Haití estaba destinado a caer en manos de europeos, en particular de Alemania.

“Si Estados Unidos no se hubiera hecho cargo, alguna otra potencia lo habría hecho”, declaró después el secretario de Estado Lansing, quien había sustituido a Bryan un mes antes de la ocupación.

Lansing también estaba cegado por los prejuicios raciales. En una ocasión, escribió que los negros eran “ingobernables” y que tenían “una tendencia inherente a volver al salvajismo y a dejar de lado los grilletes de la civilización que son molestos para su naturaleza física”.

El racismo determinó muchos aspectos de la ocupación. Muchos de los administradores nombrados por Estados Unidos procedían de estados del sur y no ocultaban su manera de ver la vida.

John A. McIlhenny, un heredero de la fortuna de la salsa Tabasco de Luisiana que había luchado en el regimiento de caballería de voluntarios conocido como Rough Riders (“Jinetes Duros”, en español) comandada por Theodore Roosevelt durante la guerra hispano-estadounidense, fue nombrado asesor financiero de Estados Unidos en 1919, con amplia autoridad sobre el presupuesto de Haití.

En una comida oficial antes de su nombramiento, McIlhenny no podía apartar la mirada de un ministro del gobierno haitiano porque, como le dijo más tarde a Franklin D. Roosevelt, “ese hombre habría alcanzado 1500 dólares en una subasta en Nueva Orleans en 1860 para ser un semental”.

Poco después de la ocupación, los supervisores estadounidenses comenzaron a construir carreteras para conectar el interior montañoso de Haití con su costa. Para ello, resucitaron la corvée, una ley haitiana del siglo XIX sobre el trabajo en régimen de servidumbre.

Según la ley, los ciudadanos estaban obligados a trabajar en proyectos de obras públicas cercanos a sus hogares durante algunos días al año en lugar de pagar impuestos, pero el ejército estadounidense, en contubernio con la policía que entrenaba y supervisaba, secuestró a los hombres y los obligó a trabajar lejos de su residencia sin remuneración. Los haitianos ricos pagaban para evitar la servidumbre, pero los pobres no tenían escapatoria de la ley.

Para los haitianos, esto representaba un regreso a la esclavitud y se rebelaron. Hombres armados, llamados cacos, huyeron a las montañas y comenzaron una insurgencia contra las fuerzas estadounidenses. Los jornaleros obligados a trabajar en el régimen de la corvée huyeron de sus captores y se unieron a la lucha. Un líder de los cacos, Charlemagne Péralte, invocó la revolución de Haití contra Francia para pedir a sus compatriotas que “arrojaran a los invasores al océano”.

“La ocupación es un insulto en todos los sentidos”, se leía en un cartel pegado a las paredes de la capital, Puerto Príncipe.

“Que viva la independencia”, decía el cartel. “¡Abajo los estadounidenses!”.

Estados Unidos respondió con mano dura. Los soldados ataron a los trabajadores con cuerdas para evitar que huyeran. Cualquiera que intentara escapar de la corvée era tratado como un desertor y muchos fueron fusilados. Como advertencia, los estadounidenses mataron a Péralte y distribuyeron una imagen de su cadáver atado a una puerta, evocando una crucifixión.

Documentos militares filtrados de la época mostraban que la “matanza indiscriminada de nativos continuó durante algún tiempo” y cobró la vida de 3250 haitianos. Cuando el Congreso comenzó a investigar en 1921, los soldados estadounidenses disminuyeron la cifra y dijeron que 2250 haitianos habían sido asesinados en la ocupación, una cifra que los funcionarios haitianos condenaron por ser un conteo insuficiente. También murieron al menos 16 soldados estadounidenses.

“Fue un régimen militar estricto, el triunfo del lobo”, escribió en 1936 Antoine Bervin, periodista y diplomático haitiano.

Los primeros años después de la invasión aportaron pocos beneficios económicos a Haití. Los asesores estadounidenses nombrados por el presidente de Estados Unidos cobraron hasta el cinco por ciento de los ingresos totales de Haití en salarios y gastos, lo cual a veces era más que el gasto en salud pública de todo el país.

En 1917, Estados Unidos ordenó a la Asamblea Nacional de Haití que ratificara una nueva Constitución para permitir a los extranjeros poseer tierras. Desde su independencia, los haitianos habían prohibido la propiedad de tierras a los extranjeros como símbolo de su libertad y para protegerse de una invasión.

Cuando los legisladores haitianos se negaron a cambiar la Constitución, el general Butler disolvió el parlamento con lo que denominó “auténticos métodos de la Marina”: los soldados entraron a la Asamblea Nacional y obligaron a los legisladores a dispersarse a punta de pistola. Los estadounidenses aprobaron entonces una nueva Constitución que Franklin Roosevelt afirmó más tarde en un mitin de campaña que había escrito él mismo.

Las empresas estadounidenses arrendaron miles de acres de tierra para plantaciones, lo cual obligó a los agricultores a servir como mano de obra barata en su país o migrar a los países vecinos en busca de mejores salarios. La Haitian-American Sugar Company alguna vez se jactó ante sus inversionistas de que solo pagaba 20 centavos por un día de trabajo en Haití, en comparación con 1,75 dólares en Cuba.

Según la historiadora haitiana Suzy Castor, las mujeres y los niños de Haití cobraban 10 centavos al día.

Los campesinos desplazados se fueron a Cuba y a la República Dominicana, lo que, según los historiadores, provocó el efecto más duradero de la ocupación estadounidense: la migración masiva de haitianos a otros países del continente americano.

“Ese es el gran legado”, dijo Weibert Arthus, embajador de Haití en Canadá e historiador.

Como el secretario de Estado Bryan sugirió en su carta antes de la invasión, Farnham no estaba satisfecho con su participación en el banco nacional de Haití, así que trabajó con el Departamento de Estado para orquestar una toma de control absoluta. Para 1920, National City Bank había comprado todas las acciones del banco nacional por 1,4 millones de dólares y, en la práctica, remplazaba a los franceses como el poder financiero dominante en Haití.

Con el banco nacional de Haití bajo su control y los intereses estadounidenses bajo la protección del ejército, Farnham comenzó a actuar como un enviado oficial y viajaba con frecuencia a bordo de buques de guerra estadounidenses, según dicen los historiadores.

“La palabra de Farnham prevalece sobre la de cualquier otra persona en la isla”, escribió James Weldon Johnson, secretario ejecutivo de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, quien visitó Haití en 1920.

Farnham tampoco tuvo reparos en expresar su opinión sobre Haití y su gente.

“Se puede enseñar al haitiano a convertirse en un trabajador bueno y eficiente”, dijo a los senadores que investigaban la ocupación. “Si los jefes militares lo dejan en paz, es tan pacífico como un niño e igual de inofensivo”.

“De hecho”, continuó, “ahora no hay más que niños grandes”.

Durante cinco años, los funcionarios estadounidenses insistieron en que Haití pidiera préstamos a los bancos de Nueva York para saldar sus deudas del pasado. Y durante cinco años, los haitianos se resistieron.

“Haití no quiere este préstamo. Haití no necesita este préstamo”, escribió Pierre Hudicourt, un abogado haitiano que representó a Haití en las negociaciones de la deuda.

Los haitianos sabían muy bien que cualquier nuevo préstamo ampliaría la autoridad de los asesores financieros estadounidenses que determinaban el futuro del país a la distancia. McIlhenny, el heredero de la salsa Tabasco designado como asesor financiero, pasó gran parte del año en su plantación de piñas en Luisiana mientras cobraba un gran sueldo de los ingresos de Haití. También suspendió los salarios de los altos funcionarios haitianos que no estaban de acuerdo con él.

Para 1922, Estados Unidos estaba decidido a concertar un préstamo con Wall Street. Cansados de la resistencia haitiana, los estadounidenses instalaron como presidente a Louis Borno, un político sagaz que simpatizaba con la ocupación.

Borno admiraba a Mussolini y aspiraba a un ideal fascista de rápido desarrollo en Haití bajo control estadounidense, afirman los historiadores. Una vez escribió que la invasión “vino a nosotros cuando estábamos al borde de un abismo sangriento y nos salvó”. Semanas después de asumir el cargo, dio luz verde a un préstamo de Nueva York.

El National City Bank, que ahora era propietario del banco nacional de Haití a través de una filial, emitió el primer préstamo tras incluir una garantía inicial que consistía en que Estados Unidos gestionaría las finanzas de Haití hasta que se pagara la deuda. El banco acabó controlando casi toda la deuda externa de Haití.

Igual que sucedió en el siglo XIX, Haití casi siempre estaba demasiado endeudado para invertir en su gente. Hasta Borno, dirigiéndose a los peces gordos del National City Bank en Nueva York, señaló que la deuda de Haití se pagaba más rápido que la de Estados Unidos.

Esta situación prevaleció hasta la caída de la bolsa de valores de 1929 y la devastación económica posterior. Años de austeridad ayudaron a gestar el descontento y la caída mundial de los precios del café agravó las dificultades en un país que dependía bastante de ese cultivo. Las protestas estallaron contra Estados Unidos y el gobierno de Borno que hacía su voluntad.

Los estudiantes se manifestaron contra el retiro de las becas. Los empleados de las aduanas en Puerto Príncipe irrumpieron en su lugar de trabajo para exigir un aumento de sueldo. En la ciudad de Los Cayos, más de mil campesinos protestaron contra sus precarias condiciones de vida. Un destacamento de 20 infantes de la Marina estadounidense se enfrentó a la multitud y mató al menos a una decena de personas. Este acontecimiento se conoce como la masacre de Los Cayos.

Ante el clamor internacional, Estados Unidos comenzó a contemplar su retirada.

Casi cinco años después, en agosto de 1934, los últimos soldados estadounidenses abandonaron Haití. Pero Estados Unidos mantuvo el control financiero durante otros 13 años, hasta que Haití pagó la última de las deudas que tenía con Wall Street.

La responsabilidad de Estados Unidos en la inestabilidad crónica de Haití sigue siendo objeto de un fuerte desacuerdo.

Algunos historiadores dicen que los pagos originales que Francia le exigió a Haití como castigo por su independencia infligieron una cicatriz más profunda en el desarrollo de la nación. Otros sostienen que la causa principal es la larga historia de enriquecimiento personal de los gobernantes haitianos. Pero muchos dicen que, en conjunto, más de 130 años de enviar una gran parte de los ingresos de Haití al extranjero tuvieron un efecto devastador, ya que mermaron su capacidad de construir una nación desde sus inicios.

“Hasta cierto punto, estas debacles financieras sucesivas son responsables de la situación en la que nos encontramos ahora”, dijo Hudson, profesor de la Universidad de California en Los Ángeles, y añadió que la ocupación estadounidense fue un “golpe psíquico” que cercenó la independencia de Haití durante décadas.

“Creo que eso es tan importante como cualquier tipo de pérdida financiera”, dijo."     

(Selam Gebrekidan, Matt Apuzzo, Catherine Porter y

18/3/22

Ucrania es uno de los países más pobres del mundo, que lleva años financiándose a través de la explotación reproductiva de sus mujeres... A través del alquiler de vientres de mujeres pobres y de la venta de los seres humanos que de ellos nacen, el gobierno ucraniano saca una buena tajada... mientras, llueven bombas sobre las granjas de mujeres... Se estará obligando a esas mujeres a permanecer en cautividad sin poder siquiera volver con sus propios hijos y sus familias ante la evidencia del peligro inminente, para salvaguardar la inversión de las agencias, igual que se les prohíbe vacunarse contra el Covid, por orden de los adquirentes de bebés...

 "Ucrania es uno de los países más pobres del mundo, que lleva años financiándose a través de la explotación reproductiva de sus mujeres, de la más precarizadas de mundo. A través del alquiler de vientres de mujeres pobres y de la venta de los seres humanos que de ellos nacen, el gobierno ucraniano saca una buena tajada de la que pagar, entre otras cosas, sus sueldos.

No es gratuito que a Ucrania se la conozca como el “Útero de Europa”, ya que ese arruinado país que no respeta ni uno sólo de los derechos humanos más básicos de esas mujeres y de esos niños, es el destino preferente de miles de personas abyectas que contratan los servicios de una agencia de vientres de alquiler que se encarga de buscar a una mujer ucraniana, lo suficientemente maltratada por la vida y por el sistema como para estar “dispuesta” a vender a sus hijos, seguramente para darles de comer a los que ya tiene.

 Ucrania es uno de los países donde es más barato adquirir una bebé a través de un vientre de alquiler, y ello explica que sea el país donde más españoles y españolas van a explotar reproductivamente a mujeres y usurpar la propiedad de un ser humano, como si de una mascota se tratase. En 2019 la Fiscalía ucraniana solicitó a la fiscalía general de España que le facilitara todos los datos sobre ciudadanos y ciudadanas españolas que habían adquirido en Ucrania a través de la empresa Biotexcom, ya que dicha empresa y su equipo directivo estaban acusados de tráfico de personas, manipulación genética, falsedad documental y un montón de lindeces más.

Se da la circunstancia que esa empresa es la más popular entre los proxenetas de a maternidad españoles, ya que al ser la más abusiva, también es la más barata. Sin embargo, casi tres años después no tenemos conocimiento de que la Fiscalía española respondiera a tal reclamo, ya que siguen yendo convecinos nuestros a importar seres humanos a ese país. Lo que sí sabemos es que RTVE les hizo un reportaje/anuncio a esta empresa con su director chupando cámara que emitió hace tres o cuatro meses en La 2.

 Esa gente va a Ucrania porque en España no pueden hacer lo que hacen porque es ilegal. Está penado en el artículo 221 y siguientes del Código Penal, y ratificado en 2014 por el Tribunal Supremo al considerar los contratos de vientres de alquiler “una práctica que vulnera los derechos humanos de las mujeres, de los niños, y que va contra el orden público”. Y, sin embargo, ahí siguen, yendo a comprar bebés ante la pasividad total de las autoridades españolas, que espero que algún día sean condenadas por prevaricación.

Ahora, se da la triste circunstancia de que Ucrania está siendo invadida por Rusia y caen bombas y llueven balas. También sobre las granjas de mujeres que es donde estabulan a las madres de alquiler durante el embarazo, para poderlas controlar 24 horas diarias y evitar que se escapen con el preciado producto, el bebé.

 Esas madres seguramente están encerradas por esas empresas para salvaguardar su inversión y su ganancia, y sólo eso, porque la vida de las mujeres importa menos que nada pues los contratos firmados ya contemplan la posibilidad de utilizar un número ilimitado de mujeres para conseguir el “producto” pactado por contrato. Es muy probable que se las esté obligando a permanecer en cautividad sin posibilidad de defensa propia, ni siquiera de volver con sus propios hijos y sus familias ante la evidencia del peligro inminente que suponen las tropas rusas. Es seguro que es así como seguro que es que a las madres de alquiler se les prohíbe vacunarse contra el Covid, por orden de los adquirentes. La Mala Gente.

No ha faltado ya el adquirente de bebés que ha salido a la palestra a exigir al gobierno español que intervenga para sacar a esas mujeres de allí y que acaben su proceso de explotación reproductiva en España.  Tampoco estará por tardar en aparecer el estúpido reclamando que España flete un avión para traer a unos supuestos niños atrapados, adquiridos como souvenirs de manera complemente ilegal. Pero esto puede tener sus posibilidades de éxito como ya lo tuvo en pandemia, cuando vimos cómo con el espacio aéreo mundial se fletaba un avión por diferentes países para ir a recoger a los niños comprados en Kíev.

También siento decirles que, aunque se consume la invasión, Rusia tiene igual una industria de los vientres de alquiler que permite la compraventa de criaturas, con alguna que otra restricción más que Ucrania, cierto, pero la tiene. Así que no hay esperanza para las ucranianas pobres, en ningún caso.

 Malditas sean todas las guerras porque siempre son los más jodidos los que sufren primero y más. Maldito sea también el siniestro Putin que está dejando la “legalidad internacional” a la altura de un chicle pisoteado. Malditos todos los que disparan armas por orden de los poderosos que nunca morirán en un tiroteo o en un bombardeo y no se revelan.

Pero me cuesta, me cuesta mucho empatizar con un gobierno y con todos aquellos de ese país que se llenan los bolsillos a costa de tratar a sus conciudadanas y a sus hijos como baratijas humanas o que no han levantado ni la voz ni un dedo para atajar esa insoportable situación. Me cuesta."              (Núria González , elTaquígrafo, 22/02/22)