"Hace unos días finalicé la lectura de Negreros. Españoles en los tráficos y en los capitales esclavistas
(Madrid, Los Libros de Catarata, 2021), cuyo autor es José Antonio
Piqueras. Estamos ante un libro denso e intenso, lleno de personajes
que, en muchos casos, se encuentran entrelazados entre sí. Es una
historia de la esclavitud moderna española, centrada en el periodo que
va de finales del siglo XVIII a finales del XIX y relacionada con el
despegue del capitalismo. Está conectada con lo ocurrido en otros
países, como Gran Bretaña, EE.UU., Francia, Países Bajos o Portugal,
pero sin olvidarse, entre otros, de países latinoamericanos como
Brasil, Venezuela o Argentina, o las por entonces todavía colonias
españolas de Cuba y Puerto Rico. .
En todos esos países o colonias se conocieron situaciones cambiantes
en torno a la esclavitud, si bien cobró importancia el caso de Gran
Bretaña, que a partir de 1807 tomó un camino contrario a la trata de
personas esclavas, dedicándose a perseguir, apresar y enjuiciar a
quienes se dedicaban a ella en las aguas del océano Atlántico. Eso no
óbice para que su sistema económico -lo que no debe olvidarse- formara
parte de la canalización de los capitales que circulaban y se generaban
en torno a esa actividad, así como sus empresas se dedicaran a la compra
de materias primas (sobre todo, el algodón) y de productos para el
consumo europeo (como el azúcar, el tabaco o el café). Y tampoco debemos
perder de vista la constatación, una vez más, de que en la historia del
capitalismo, en gran medida en sus orígenes, la trata de personas y su
utilización como mano de obra de esclava fue una de las principales
fuentes de acumulación de capital.
En el libro se menciona a muchas personas, que son situadas en sus
entornos familiares y en los consiguientes entrelazamientos
matrimoniales que se fueron dando entre ellas. Se alude también, por
supuesto, a las redes de intereses económicos y políticos que se fueron
desplegando a lo largo de esos años, tanto en los lugares donde está
presente la esclavitud de una forma directa como en la propia metrópoli
española. Aparecen, así, inversores de las expediciones, capitanes de
barco, comerciantes, compradores, cargos públicos de la isla, militares,
políticos de la metrópoli… Fue frecuente un trasiego de ida y vuelta
entre la Península y América por una parte de esos personajes. Y no
faltó la corrupción sistémica que involucró a numerosas personas a base
de mordidas, participaciones directas o encubiertas, etc.
En el caso español el circuito de la trata hizo uso del tradicional
comercio triangular iniciado principalmente a partir del siglo XVII:
barcos que salían con productos europeos hacia la costas africanas,
donde se trocaban por personas esclavas con destino a América, para
finalmente regresar con productos americanos, trabajados, a su vez, con
mano de obra indígena y/o esclavizada. En otros casos las expediciones
salían de la propia Cuba, e incluso de EEUU, en un viaje de ida y vuelta
intercontinental. Cobraron, así, importancia puertos como los de La
Habana, Santiago de Cuba, Cádiz, La Coruña, Nueva York, Charleston o
Boston; factorías comerciales ubicadas a lo largo de las costas de
Sierra Leona, Benin, Angola o Mozambique; centros financieros como los
de Nueva York, Londres o Barcelona; o ingenios azucareros que se
ubicaron a lo largo y ancho del oeste y el centro de Cuba.
Se ha estimado que desde 1819 participaron en el caso español entre
2.000 y 2.500 barcos para tales menesteres, de los cuales hay constancia
de unos 350 apresados por los barcos británicos y llevados algunos de
sus responsables a juicio en tribunales especiales ubicados en Sierra
Leona y La Habana. Fueron, pues, centenares de miles las personas
llevadas forzosamente al continente americano, en especial al área del
Caribe y en mayor medida a la isla de Cuba.
En el libro se mencionan también las localidades originarias de donde
fue saliendo a lo largo de esos años esa minoría de españoles: vascos,
cántabros, gallegos, catalanes, andaluces… Formaron parte de esa minoría
enriquecida a los que se conoció como indianos. Menos, como negreros,
entre otras cosas para evitar la mala prensa y la pérdida de honor que
esa denominación suponía. Y por nombrar a unos pocos, entre los más
destacados estuvieron los hermanos Cuesta Manzanal, Juan Madrazo,
Antonio Frías, Carlos Drake del Castillo, Juan José Zangróniz, Pedro
Blanco, Juan Manuel Manzanedo («el hombre más rico de España»), Antonio
López y López…
Hay unos pasajes del libro, los referidos al último de los nombrados,
que pueden ilustrar lo que fue esa realidad: «el futuro marqués de
Comillas dista de figurar entre los grandes negreros de la trata. Ese
lugar corresponde a Joaquín Gómez, Juan José Zangróniz, Juan Zulueta,
Pedro Blanco, Pedro y Santiago Cuesta Manzanal, Domingo Aldama, Juan
Madrazo, Antonio Frías, Bernardo Martínez de Pinillos, los O’Farrill, y
tantos otros» (p. 199).
Y es que el cántabro Antonio López y López, con la ayuda de su
hermano Claudio en los primeros momentos, pasó de ser un humilde tendero
a adquirir varios ingenios en Cuba, que eran trabajados por centenares
de esclavos. A mediados del siglo XIX decidió regresar a la Península,
sin perder de vista lo que había sembrado en la isla. Empezó a invertir
en empresas de navegación ubicadas en Alicante, Barcelona y Cádiz, y
luego decidió instalarse en la capital catalana. Con el paso de los
años, nombramiento de senador vitalicio incluido, «recibió de Alfonso
XII en 1878 el titulo de marqués de Comillas. En 1881 el rey le otorgó
la Grandeza de España de primera clase [que conllevó su nombramiento
como senador vitalicio]. Al fallecer en 1883, el antiguo comerciante de
tienda en Santiago de Cuba, que anunciaba en la prensa local su voluntad
de comprar esclavos, presidía el banco Hispano Colonial, el Banco de
Crédito Mercantil, la Compañía General de Tabacos de Filipinas, la
Compañía Transatlántica de España y la compañía de seguros La Previsión.
Era vicepresidente de la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de
España. Levantó los astilleros de Matagorda [en la Bahía de Cádiz] y
grandes fincas rústicas en varias provincias. Era el
empresario-financiero-industrial- más importante del país. Había
comprado el palacio Moja en Barcelona y había hecho construir el palacio
Sobrellano y una villa en Comillas, El Capricho, a Antonio Gaudí». Ya
fallecido, su hijo Claudio fue quien dio vida a la famosa Universidad
Pontificia de Comillas, elitista donde las haya y entregada para su
gestión a la Compañía de Jesús (pp. 199-200).
Y un añadido/inciso, por mi parte, sobre este personaje: es el mismo
al que le erigieron estatuas con el fin de perpetuar su memoria
como modelo hombre de negocios, intrépido y triunfador. Una, la de
Barcelona, fue retirada en 2018 por decisión del Ayuntamiento, después
que se reconociera que sus méritos estaban basados, como los de tantos
otros negreros, en la trata y explotación de personas esclavas. Otra de
las estatuas está ubicada en su localidad natal de Comillas, donde
continúa levantada, sin que exista voluntad de reconocer la historia
oscura que se esconde tras el personaje.
Volviendo al libro, todavía hasta la actualidad no ha dejado de
mantenerse la presencia de esos personajes a través de lo que fueron sus
creaciones materiales (esto es, empresas e instituciones) y, claro
está, de quienes las han ido heredando. A modo de ejemplos, es lo que
ocurre con personajes como las hermanas Koplowitz, Manuel Soroa, la
familia Rato y Rodrigo Rato, Fernando Suárez, los Primo de Rivera, Alejo
Vidal-Quadras, José María de Areilza, los hermanos Goytisolo, Joaquín
Satrústegui, la familia Terry, la familia Borbón (a través de María
Cristina y su consorte Agustín Fernando Muñoz), Eusebio Güell y familia,
la familia Ybarra, Antonio Goicoechea…
En el libro se hace mención a un «partido negrero», un poderoso grupo
de presión formado para que las cosas de la esclavitud,
independientemente de la situación legal, siguieran como desde décadas
atrás se había conformado. Cobró importancia desde los años centrales
del siglo XIX y, entre otras cosas, como se señala en el libro, estuvo
en la raíz del asesinato del general Juan Prim. No debemos perder de
vista que en 1870 fue cuando se abolió parcialmente la esclavitud en
Puerto Rico y que entre las intenciones del general, por entonces jefe
de gobierno, estaba acabar con la recién iniciada guerra de
independencia en la isla y hasta la concesión de la autonomía. Desde los
medios de ese «partido negrero» Prim fue víctima de una campaña de
prensa lanzada bajo la acusación de querer vender la isla a EEUU (p.
293). A finales de ese año fue víctima de un atentado mortal, en el que
estuvo involucrada gente con vínculos con ese grupo de presión, como el
general Francisco Serrano o el duque de Montpensier. Pocos años
después, con Antonio Cánovas al frente del gobierno, se sobreseyó el
caso y fueron puestos en libertad quienes habían estado en prisión como
inculpados.
Fue en ese contexto donde surgió un patrioterismo español, mezcla de
racismo y clasismo desaforado, que, sobre todo desde 1898, fue ganando
adeptos en los círculos políticos y militares. Entre los primeros
estuvieron Ramiro de Maeztu o Antonio Goicoechea, miembros de los años
30 de la rama fascista monárquica. Y entre los últimos, algunos de los
que participaron en el golpe de estado de 1936. Sí, los Sanjurjo, Mola,
Cabanellas, Queipo de Llano, Kindelán, Dávila… Y ya para terminar, no
podemos olvidarnos de algunas de las personas que mostraron su oposición
a la esclavitud, dando con ello muestras de la dignidad que estuvo
ausente en quienes participaron en el negocio negrero. Una de ellas fue
el sevillano José María Blanco White, que estuvo entre los primeros
liberales españoles y fue autor del libro Bosquexo del comercio en esclavos.
El motivo que le llevó a escribirlo fue llamar la atención «en nombre
de las victimas que la codicia de algunos de sus paysanos está
arrancando todos los días de la costa de África» (p. 275). Otra de esas
personas fue Agustín Argüelles, uno de los redactores de la Constitución
de 1812 y el diputado que propuso el fin de la trata de personas
esclavos. Objeto de duros ataques por ello, se refirieron a su propósito
con el término de «humo filantrópico» (p. 276). Y también está el
general Jerónimo Valdés, quien desde su cargo de capitán general de Cuba
durante los años de gobiernos progresistas combatió las prácticas
ilegales llevadas a cabo y la corrupción existente.
Hace unos años leí otro libro de José Antonio Piqueras, Cánovas y la derecha española. Del magnicidio a los neocon (Barcelona,
Península, 2008), con el que no quedé defraudado, sino todo lo
contrario, algo que ahora se ha repetido. Mientras estaba leyendo Negreros no
paré de dar vueltas al carácter sórdido de lo que se cuenta a lo largo
de sus 300 páginas. Y hablo de sordidez en un doble sentido: porque
estamos ante la realidad de la forma más extrema y perversa de
sometimiento, explotación y degradación llevada a cabo por unos seres
humanos sobre otros; y porque, en el caso que nos ocupa, el español, ha
estado pasando desapercibida para la gran mayoría, de manera que sus
responsables, en cualquiera de los grados que hubieran participado, han
pasado y siguen pasando como personas de honor."
(Jesús Mª Montero Barrado , Rebelión, 27/07/22; El artículo ha sido publicado en el blog del autor Entre el mar y la meseta: https://marymeseta.blogspot.com/2022/07/negreros-de-jose-antonio-piqueras-un.html).