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3/2/22

Los libros sí son peligrosos. Por eso no debemos prohibirlos

 "Cuando tenía 12 o 13 años, no estaba preparado para el racismo, la brutalidad o la agresión sexual de la novela de 1977 Close Quarters, de Larry Heinemann.

Heinemann, veterano de combate de la guerra de Vietnam, escribió sobre un amable estadounidense de a pie que va a la guerra y se convierte en un despiadado asesino. En el clímax del libro, el protagonista y otros soldados, también estadounidenses, amables y corrientes, violan en grupo a una prostituta vietnamita a la que llaman Claymore Face [Cara de Mina antipersonas].

Como adolescente vietnamita estadounidense, me horrorizó darme cuenta de que era así como algunos estadounidenses veían a los vietnamitas y, por tanto, a mí. Devolví el libro a la biblioteca, odiándolo a él y a Heinemann.

Y esto es lo que no hice: no me quejé a la biblioteca ni pedí a los bibliotecarios que retiraran el libro de los estantes. Tampoco lo hicieron mis padres. No se me pasó por la cabeza que debiéramos prohibir Close Quarters o cualquiera de los muchos otros libros, películas y series de televisión donde se caracteriza de forma racista a los vietnamitas y a otros pueblos asiáticos.

Lo que hice, años más tarde, fue publicar mi propia novela sobre la misma guerra, El simpatizante.

Mientras trabajaba en el libro, releí Close Quarters. Fue ahí cuando me di cuenta de que había malinterpretado las intenciones de Heinemann. Él no estaba apoyando lo que estaba describiendo. Él quería mostrar que la guerra embrutece a los soldados, y también a los civiles atrapados en su camino. La novela era una crítica condenatoria de la guerra estadounidense y las actitudes racistas de algunos estadounidenses amables y comunes y corrientes que condujeron a la matanza y la violación. 

Heinemann mostró el corazón de las tinieblas de Estados Unidos. No ofreció a los lectores una cómoda salida editorializando o sentimentalizando o humanizando al pueblo vietnamita, porque en la mente del narrador del libro y de sus compañeros soldados, los vietnamitas no eran seres humanos.

En Estados Unidos, las disputas a propósito de los libros se están acalorando, y algunos políticos y padres están exigiendo que saquen ciertos libros de las bibliotecas y de los planes de estudios. La semana pasada, sin ir más lejos, vimos las noticias de que una junta escolar de Tennessee votó por prohibir en las aulas la novela gráfica de Art Spiegelman sobre el Holocausto, Maus, y de que un alcalde de Misisipi retendrá 110.000 dólares de la financiación de la biblioteca de su ciudad hasta que retire los libros donde se representen a personas LGBTQ. Quienes quieren prohibir libros sostienen que estas historias e ideas pueden ser peligrosas para las mentes jóvenes, como la mía, supongo, cuando leí la novela de Heinemann.

Los libros pueden ser peligrosos, en efecto. Hasta Close Quarters, creía que las historias tenían el poder de salvarme. Esa novela me enseñó que las historias también tienen el poder de destruirme. Sentí el impulso de ser escritor por el complejo poder de las historias. No son herramientas pedagógicas inertes. Cambian mentes y cambian el mundo.

Sin embargo, por muy peligrosos que los libros puedan ser, quienes quieren prohibirlos se equivocan. Los libros son inseparables de las ideas, y eso es lo que de verdad está en riesgo: la lucha por lo que se le permite pensar, saber y cuestionar a un niño, a un lector y a una sociedad. Un libro puede abrir puertas y mostrar la posibilidad de nuevas experiencias, incluso nuevas identidades y futuros.

La prohibición de libros no encaja bien con las categorías políticas de izquierda o derecha. Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, ha sido prohibido en distintas ocasiones por el abundante uso de Twain de insultos racistas, entre otras cosas. Beloved, de Toni Morrison, ya fue prohibida antes y ahora se ve de nuevo amenazada, después de que una madre se quejara de que el libro provocaba pesadillas a su hijo. Sin duda, Beloved es una novela inquietante.

 En ella se describen infanticidios, violaciones, bestialismo, torturas y linchamientos. Pero, en pleno movimiento de oposición a la teoría crítica de la raza —o, más bien, a una caricatura de la teoría crítica de la raza—, parece obvio que los últimos intentos de eliminar esta obra maestra de la literatura estadounidense tienen menos que ver con sus descripciones explícitas de atrocidades que con la insistencia del libro en que nos enfrentemos a la brutalidad de la esclavitud.

Esta es la cuestión: si estamos en contra de que se prohíban algunos libros, deberíamos estar en contra de que se prohíba cualquiera. Si nuestra sociedad no es lo bastante fuerte como para soportar el peso de las ideas difíciles y desafiantes —e incluso odiosas o problemáticas—, entonces hay algo en nuestra sociedad que necesitamos reparar. Prohibir libros es un atajo que nos manda al destino incorrecto.

Como retrató Ray Bradbury en Fahrenheit 451 —otro libro que, a menudo, ha estado en la mira de quienes prohíben libros—, con la quema de libros se pretende que las personas dejen de pensar, lo que las hace más fácil gobernar, controlar y, en última instancia, dar paso a la guerra. Y, una vez que una sociedad consiente la quema de libros, tiende a ver la necesidad de quemar a las personas que aman los libros.

Y es amar los libros de lo que se trata, en realidad, no de leerlos para instruirse o ser más consciente o más activo políticamente (los cuales pueden ser beneficios adicionales). Yo recomendaría Fahrenheit 451 por sus edificantes dimensiones éticas y políticas, o diría que leer esta novela es bueno para ti, pero estaría pasando por alto lo esencial. El libro hace que nos preocupen la política y la ética al hacer que nos preocupemos por un hombre que quema libros para ganarse la vida y tiene una crisis catártica sobre su espantoso trabajo. Ese hombre y su toma de conciencia podría ser cualquiera de nosotros.

No son solo los libros que describen el horror, la guerra o el totalitarismo los que preocupan a quienes aspiran a prohibir libros. A veces ven el peligro en la empatía. Este parece ser el temor que llevó a una escuela de distrito de Texas a cancelar un evento con el novelista gráfico Jerry Craft y a retirar temporalmente sus libros de la biblioteca el pasado otoño. En el libro de Craft galardonado con la Medalla Newbery, New Kid, y su secuela, unos alumnos negros de la secundaria navegan la vida social y académica en un colegio privado donde hay muy pocos estudiantes de color. “Los libros no salen y dicen que quieren que los niños blancos se sientan como opresores, pero eso es desde luego lo que hacen”, dijo el padre que inició la petición para cancelar el acto de Craft. (La invitación a Craft para realizar una visita virtual fue pospuesta y sus libros fueron restituidos poco después).

El protagonista de Craft en New Kid es un chico adorable y tímido al que le encantan los cómics. Y es su campechanía lo que lo hace tan peligroso para algunos padres blancos. La historiadora y profesora de Derecho Annette Gordon-Reed sostuvo en Twitter que los padres que se oponen a libros como New Kid “no quieren que sus hijos empaticen con los personajes negros. Saben que sus hijos lo harán de forma instintiva. No quieren darles la oportunidad de hacerlo”. El historiador Kevin Kruse fue un paso más allá y tuiteó: “Si te preocupa que tus hijos lean un libro y no tengan más remedio que identificarse con los villanos en él, bueno…, quizá es algo en lo que debas trabajar por tu cuenta”.

Aquellos que prohíben libros quieren circunscribir la empatía y reservarla a un círculo limitado, más cercano al tipo de personas que ellos perciben ser. Frente a este acotamiento de la empatía, creo en la posibilidad y en la necesidad de expandirla, y en el papel esencial que libros como New Kid desempeñan en hacerlo. Si es posible odiar y temer a los que nunca hemos conocido, entonces es posible amar a los que nunca hemos conocido. Ambas opciones, el amor y el odio, tienen consecuencias políticas, y por eso algunos intentan ampliar nuestro acceso a los libros, y otros limitarlo.

Estos dilemas no son solo políticos; también son profundamente personales e íntimos. Ahora, como padre de un lector precoz de 8 años, tengo que pensar en qué libros llevo a nuestra casa. Mi hijo adora los cómics de Tintín de Hergé, que le di a conocer porque a me encantaban de pequeño. No fui consciente de las posturas racistas y colonialistas de Hergé entonces, desde el retrato paternalista de Chang, el amigo chino de Tintín en El loto azul, a los guerreros nativos americanos que llevaban tocados y blandían hachas de guerra en la década de 1930 en Tintín en América. Incluso aunque me hubiese dado cuenta, no tenía con quién poder hablar de estos libros. Mi hijo sí. Disfrutamos juntos de las aventuras del joven reportero y su perro blanco; pero, mientras leemos, le señalo el racismo del libro contra la mayoría de los personajes que no son blancos y, en particular, sus atroces caracterizaciones de los africanos negros. ¿Sería mejor que él no viese esas imágenes, o es mejor que lo haga?

Pequé de esto último e intenté modelar lo que pienso que deberían hacer nuestras bibliotecas y escuelas. Me aseguro de que tenga acceso a muchas otras historias de los pueblos que Hergé representó de forma tergiversada, y aporto contexto a nuestras conversaciones. No siempre son fáciles. Y tal vez esa es la verdadera razón por la que algunas personas quieren prohibir libros que puedan plantear cuestiones complicadas: implican e incomodan a los adultos, no a los niños. Al prohibir libros, también prohibimos los diálogos y desacuerdos difíciles, que los niños son perfectamente capaces de mantener y que son cruciales para la democracia. Le he dicho que nació en Estados Unidos por una compleja historia de colonialismo francés y de guerra estadounidense que llevó a sus abuelos y a sus padres a este país. Tal vez acabemos teniendo menos guerra, menos racismo y menos explotación si nuestros hijos pueden aprender a hablar sobre estas cosas.

Para que estas conversaciones sean sólidas, es necesario que, en primer lugar, los niños tengan el suficiente interés para querer tomar un libro. La literatura infantil es cada vez más diversa y muchos libros plantean ahora estas cuestiones, pero a algunos los estropean las buenas intenciones. La santurronería y la pedagogía no me parecen interesantes en el arte, y a los niños tampoco. La obra de Hergé tiene graves defectos y, sin embargo, es fascinante desde el punto de vista narrativo y estético. He olvidado toda la literatura infantil bienintencionada y moralista que haya leído jamás, pero no he olvidado a Hergé.

Los libros no deberían ser consumidos como algo beneficioso para nosotros, como las espinacas y la col que mi hijo aparta a un lado de su plato. “Me gusta leer historias cortas. Son como las papas fritas. No puedo detenerme con una”, me dijo una vez un lector. Esa es la actitud. Quiero lectores que ansíen libros como si fuesen un capricho delicioso, no saludable, como las papas con chile y limón que mi hijo come después de terminarse sus zanahorias y pepinos.

Lee Fahrenheit 451 porque su apasionante historia te mantendrá despierto hasta tarde, aunque tengas que madrugar a la mañana siguiente. Lee Beloved, Las aventuras de Huckleberry Finn, Close Quarters y Las aventuras de Tintín porque son imborrables, a veces incómodos y siempre cautivadores.

Deberíamos valorar el atributo del magnetismo. Para competir con los videojuegos, los videos de transmisión en continuo y las redes sociales, los libros deben ser emocionantes, adictivos, espinosos y peligrosos. Si, en ocasiones, esos atributos hacen que se prohíban libros, merece la pena señalar que, a veces, prohibir un libro puede aumentar sus ventas.

Sé que mis padres se habrían escandalizado de conocer el contenido de los libros que estaba leyendo: El lamento de Portnoy de Philip Roth, por ejemplo, que estuvo prohibido en Australia entre 1969 y 1971. No elegí esta novela quintaesencialmente estadounidense, o cualquier otra, porque pensara que leerla fuese beneficioso para mí. Yo buscaba historias que me emocionaran y desconcertaran, como hizo El lamento de Portnoy. Durante décadas después, lo único que recordaba de la novela era cómo el joven Alexander Portnoy se masturbaba con cualquier cosa que tuviera a mano, incluido un pedazo de hígado. Tras consumar su aventura con el hígado, Alex lo devolvió al refrigerador. Felices en su ignorancia, la familia Portnoy se cenó el hígado violado aquella noche. ¡Qué asco!

¿Quién cena hígado?

Resulta que lo hace mi familia. El libro de Roth fue un puente entre culturas para mí. A pesar de que los refugiados vietnamitas son distintos de los judíos estadounidenses, reconocí algunas de nuestras obsesiones en el mundo estadounidense judío de Roth, con sus ambiciones por el ascenso social y la asimilación, sus pronunciados rasgos “étnicos” y su sentido de una historia terrible no muy lejana. Sentí empatía. Y pude ver parte de mí en Portnoy y su obsesión por el erotismo; tanto, que rendí homenaje a Roth al hacer que el narrador de El simpatizante abusara de un calamar en un acto de frenesí masturbatorio y se lo comiera más tarde con su madre. (El simpatizante no ha sido totalmente prohibido en Vietnam, pero me he encontrado con muchas trabas al intentar que se publicara allí. Para mí, es obvio que esto se debe a su descripción de la guerra y sus secuelas, no al calamar sexy).

Prohibir es un acto de miedo: miedo a las ideas peligrosas y contagiosas. Los mejores libros, y tal vez los más peligrosos, presentan estas ideas envueltas en algo que es igual de problemático e infeccioso: una buena historia.

De modo que tuve sentimientos encontrados al enterarme de que algunos profesores estadounidenses de preparatoria mandan leer El simpatizante en sus clases. En general, estoy encantado; pero después me preocupo: no quiero ser los deberes escolares de nadie. No quiero que mi libro sea como el brócoli.

No obstante, me tranquilicé cuando una estudiante en su primer año de universidad se acercó a mí en un evento público y me dijo que había leído mi novela en la escuela.

“Sinceramente, lo único que recuerdo es cuando el simpatizante tiene sexo con un calamar”, dijo.

Misión cumplida."                    (

15/6/20

Revisionismo o barbarie, cuando el «buenismo» pretende borrar la Historia del cine... ¿debe el stablishment bienpensante de cada época dictaminar qué se puede ver y qué no?, ¿puede la mirada contemporánea juzgar y sentenciar una obra creada hace seis décadas?

"La decisión de HBO Max de retirar temporalmente de su catálogo ‘Lo que el viento se llevó’ para añadirle una nota contextualizando su contenido racista, abre de nuevo el debate sobre hasta qué punto debemos juzgar obras pretéritas con una mirada contemporánea. 

El debate es atávico y resurge cuando menos se le espera. En esta ocasión ha sido un clásico del cine lo que ha hecho disparar las alarmas en el seno del buenismo mundial, reabriendo de paso un viejo debate, a saber; ese que pretende embadurnar el Arte con una pátina de corrección política. 


La plataforma de streaming HBO Max retiraba este miércoles de su catálogo Lo que el viento se llevó (1939), la oscarizada película dirigida por Victor Fleming. Una cinta que es Historia del cine y que ha sido muy criticada durante años por ofrecer una visión idealizada de la esclavitud y perpetuar estereotipos racistas.


La decisión llegaba un día después de que el diario Los Angeles Times publicara una columna de opinión, firmada por John Ridley, guionista de la película 12 años de esclavitud, que cargaba contra la cinta al entender que «glorifica» la esclavitud durante la Guerra de Secesión, «ignora sus horrores y perpetúa los estereotipos más dolorosos para las personas de color».  


Su retirada, tal y como aclaran desde la compañía, será temporal y volverá a la plataforma «con un aviso de su contexto histórico y una denuncia de esas representaciones. No obstante, se presentará tal y como se creó originalmente porque no hacerlo sería lo mismo que afirmar que estos prejuicios nunca existieron. Si queremos crear un futuro más justo, equitativo e inclusivo, primero debemos reconocer y comprender nuestra historia».


El movimiento coincide con la decisión de otras compañías como Disney, que evitó incluir en su nueva plataforma Canción del Sur −un filme polémico desde su estreno en 1946− o la cadena de televisión Paramount que ha cancelado el realityCops, protagonizado por policías de EEUU.


El cuestionario surge solo: ¿debe el stablishment bienpensante de cada época dictaminar qué se puede ver y qué no?, ¿puede la mirada contemporánea juzgar y sentenciar una obra creada hace seis décadas?, ¿hasta qué punto eludir nuestro pasado es una buena solución a la hora de abordar nuestro presente?

«No somos responsables de las obras del pasado»


El historiador y documentalista de cine Luis E. Parés pone el foco en nuestra mirada contemporánea y en cómo somos capaces de articularla: «Tenemos el deber de releer la historia, pero esta relectura ha de ser inclusiva y no exclusiva, no podemos negar la importancia que ha tenido Lo que el viento se llevó en la Historia del cine por una visión que no existía en el tiempo en que fue rodada».


La euforia revisionista produce monstruos. Aproximarse a una obra con las dioptrías del XXI puede llegar a emborronar aún más la imagen. «Una película es hija de su tiempo, intentar corregir Lo que el viento se llevó o cualquier otra es intentar corregir su tiempo y esto es algo que no está en nuestra mano», apunta el historiador. Ahora bien, esto no significa que no haya que contextualizarlas, «estoy a favor −prosigue Parés− de que se introduzca una nota aclaratoria que presente la obra e informe al espectador, pero no pedir perdón por lo que va a ver, porque no somos responsables de las obras del pasado».


Por otro lado, enjuiciar desde un posicionamiento político Lo que el viento se llevó  sería como tratar de ponerle un traje para el que nunca estuvo hecho. «Es un melodrama, lo que pretendía era emocionar a la gente y erizar el vello, es decir, todo es político y está bien que intentemos extraer lecturas políticas de casi todo, pero no que busquemos finalidades políticas en aquellas cosas que no las tuvieron, creo que hoy día podemos trascender ese tipo de lecturas y hacer una lectura realmente artística», zanja Parés.


«Un debate ficticio»


Begoña Piña, periodista especializada en cine, encuentra estéril el debate: «Me parece ficticio, si aplicamos la misma óptica no habría películas en el planeta que se pudieran exhibir, no hay duda de que Lo que el viento se llevó es una peli racista, también lo es El nacimiento de una nación, y sin embargo es una película importantísima para entender el cine».


Un debate que además de ficticio es eterno. No en vano esta última polémica obedece a una lógica que viene de lejos y que, según se mire, emparenta a una cierta progresía extremadamente sensible a lo políticamente incorrecto, con hordas y hordas de pacatos y fanáticos que a lo largo de los siglos han boicoteado obras bajo el pretexto de herir sensibilidades. 


«La Historia del cine está hecha de películas machistas, homófobas y racistas. Tendríamos que eliminar millones de referencias que ilustran la historia de nuestra civilización, ¿qué hacemos con todos esos archivos?, son importantísimos para entender lo que somos», zanja Piña."                  (Juan Losa, Público, 10/06/20)

3/7/19

Poliítica identitaria: la Universidad de Eindhoven sólo contratará a partir de ahora mujeres para puestos docentes hasta igualar la proporción de sexos. Eliminar de partida a la mitad de los aspirantes es una vía segura para rebajar la calidad del claustro, si hay alguna duda al respecto recomiendo repasar la estadística básica que se daba en COU....

"Una rápida, que no tengo ganas de tirarme tanto tiempo aporreando el teclado.

Vamos para premio, a ver qué país europeo está más desquiciado por el identitarismo. Hace poco leía que la Universidad de Eindhoven sólo contratará a partir de ahora mujeres para puestos docentes hasta igualar la proporción de sexos. Eliminar de partida a la mitad de los aspirantes es una vía segura para rebajar la calidad del claustro, si hay alguna duda al respecto recomiendo repasar la estadística básica que se daba en COU.

 Me puedo permitir que vayan más allá en su énfasis identitario y dejen de contratar también a rostros pálidos. E investiguen la vida sexual del profesorado, y contraten sólo homosexuales hasta equilibrar la distribución. Cualquier rasgo identitario será más relevante en la selección de personal que la competencia docente.

Sin embargo, sin duda la medalla del policorrectismo se la lleva Suecia y su “gobierno feminista”, que por fin ha oficializado la adopción de un pronombre neutro inexistente hasta ahora en el sueco (el alemán o el finés sí lo tienen). 

El cambio es más sencillo porque el sueco, como el inglés, no tiene flexión de género. El día que le toque a las lenguas romances (curiosamente, el latín sí tenía neutro), que llegará, no os quepa duda, el asunto será más peliagudo que la mera adición de un pronombre.(...)"               (La mirada del mendigo, 29/06/19)

8/5/19

Las guerras culturales de la extrema derecha: los nuevos autoritarismos y los nacionalismos han adoptado la cultura nacional del “pueblo” como un eje de antagonismo. Las artes sirven para la “construcción del pueblo” mediante la instrumentalización de acontecimientos culturales...

"Viktor Orbán, líder de Fidesz, el partido de ultraderecha que actualmente gobierna Hungría con supermayoría parlamentaria, ha promovido el establecimiento de una red de intelectuales en torno a la Academia Húngara de las Artes (MMA), cuya actividad fomenta una visión conservadora de la cultura nacional. 

A partir del Programa de Cultura de Fidesz de 2009, se realizaron diversos cambios programáticos y administrativos en la política cultural, que han incluido la asignación discrecional de recursos y cargos y la promoción de los valores nacional-católicos. En 2010, el Ministerio de Cultura fue rebajado a una Secretaría del Ministerio de Recursos Humanos. Desde entonces, mediante una retórica de modernización de las instituciones culturales, se reforzaron particularmente las bibliotecas, museos y casas de cultura tradicionales.

 Pero otro de los principales instrumentos utilizados en este marco ha sido el patrimonio monumental, como la enorme escultura denominada “Unión Nacional para los húngaros”, inaugurada en 2012 en la ciudad de Ópusztaszer, con la presencia del propio Orbán. En su discurso, el primer ministro habló de una nación húngara pura, caracterizada por los lazos de sangre.

Por su parte, el Gobierno liderado por la ultraderecha polaca Ley y Justicia, también reformó sus políticas culturales. Tanto el periodo 2005-2007 de Gobierno, conducido por el ministro conservador Kazimierz Michał Ujazdowski, como la gestión actual, presentan similitudes con la gestión húngara. El Gobierno amplió el apoyo público al sector cultural, estableció nuevos museos e instituciones (incluido el Museo de Historia de Polonia en Varsovia) y defendió la promoción de los valores y la moral católicos a través de las políticas culturales. 

Mientras el sector patrimonial fue clave en este desarrollo, el apoyo a las artes ocupó una parte más limitada de la actividad del Ministerio. De hecho, se ha observado cómo las políticas culturales se han visto atravesadas por escándalos en torno al arte contemporáneo, particularmente en exposiciones y obras considerados como opuestas a la moral católica. Por ejemplo, en 2015, menos de un mes después de que Ley y Justicia llegase por segunda vez al poder, el ministro de Cultura Piotr Gliński instó a cancelar Der Tod und das Mädchen (La muerte y la doncella), mediante una carta oficial dirigida al gobernador de Baja Silesia. 

Se trata de una obra teatral escrita por el ganador del Premio Nobel Elfriede Jelinek, que iba a ser presentada en el Teatro Polaco de Varsovia. ·La pornografía dura no debe ser subvencionada por el Estado”, declaró Gliński.

Estos proyectos político-culturales, que comparten asimismo su antiislamismo y anticomunismo, cuestionan algunos de los elementos hegemónicos de la política cultural europea hasta fines del siglo pasado. Tras un primer período de institucionalización en la Francia de posguerra bajo la impronta del ministro André Malraux, la política cultural de la década de los años sesenta asentó las bases de la llamada democracia cultural.

 Este nuevo paradigma de actuación del Estado en el ámbito cultural puso un mayor acento en el patrimonio cultural popular, ampliando el repertorio estético, identitario e ideológico de las manifestaciones promovidas por las instituciones públicas. Dicho desarrollo, que fue acompañado por el movimiento de mayo de 1968, integró las demandas de diversos partidos y colectivos sociales, que promulgaban también una mayor participación comunitaria en cultura.

 Desde entonces, el modelo centro-europeo de política cultural, caracterizado por una importante inversión en la prestación de servicios culturales descentralizados y la defensa del patrimonio material e inmaterial, sirvió de referencia para la política bienestarista para el conjunto de la Europa continental.

Sin embargo, cabe recordar que las políticas culturales europeas han servido históricamente a otros proyectos político-sociales.

 Por una parte, las élites liberales de inicios de siglo XX habían desarrollado una administración cultural centralizada en las grandes metrópolis, que articulaba una visión del patrimonio mayormente vinculada a la alta cultura. Dichas políticas se pusieron en práctica a través las grandes instituciones de las artes y se focalizaron en la reafirmación de la lengua y los símbolos nacionales considerados legítimos. 

Se trató de un proyecto con un claro sesgo de clase, heredero de las monarquías o señoríos que sirvieron de base a la configuración de cada Estado, y por lo tanto reproductor de diversos elementos de su filosofía civilizatoria. Cabe tener en cuenta asimismo que estos proyectos nacionales tuvieron un claro reflejo en el colonialismo de la diplomacia cultural europea alrededor del mundo. 

Décadas más tarde, los totalitarismos de derecha desarrollaron la expresión más acabada de la exclusión político-cultural, en línea con la idea del “Estado total”. Como expuso Hannah Arendt, los movimientos autoritarios que dieron lugar a estos regímenes políticos, se caracterizaron por un acento en la superioridad de la raza, no solo derivada de su pretendida singularidad biológica, sino también basada en la cultura e identidad nacionales. 

El nazismo y el fascismo intensificaron aquellos elementos nacionalistas de la mediación estatal en la cultura, mediante la represión, la censura y la persecución de cualquier actor o expresión subalterna al ideal cultural originario. La promoción de la arquitectura monumental, el cine o las artes por parte de Hitler y también de Mussolini fueron relevantes para la construcción y legitimación del régimen, a través de la exaltación simbólica de la raza, el líder y el destino imperial. Así, un marcado historicismo nacionalista atravesó la gestión de las instituciones artísticas y académicas.  

Teniendo en cuenta estos antecedentes, cabe preguntarse por las posibles singularidades de las políticas culturales autoritarias desplegadas actualmente en Europa. La crisis financiera iniciada en 2008 y las políticas de “austeridad” impulsadas desde las instituciones europeas y financieras internacionales que le sobrevinieron, propiciaron diversas reacciones nacionalistas y el avance de la ultraderecha en diversos parlamentos europeos.

 Este proceso se vio acompañado por el desarrollo de discursos nativistas, que fueron legitimados por el cuestionamiento del paradigma multiculturalista realizado por diversos líderes europeos en 2010. Ese año, la canciller alemana Angela Merkel destacó que el enfoque multicultural había fallado en la integración de los inmigrantes. En este marco, diversos actores políticos fueron colocando en el centro de la agenda pública ejes culturales de exclusión e inclusión nacional y occidental, instrumentalizando los efectos sociales y políticos de la crisis de los refugiados y los sucesivos ataques terroristas de base islamista radical.

De este modo, un primer factor singular de estas nuevas políticas culturales autoritarias ha sido su desarrollo en el marco de democracias consolidadas, o de lo que las ciencias políticas han llamado “nuevos autoritarismos”, “autoritarismos competitivos”, asimilado a “democracias iliberales”. 

Los instrumentos clásicos de estas formas de gobierno son la manipulación electoral, la ruptura de la división de poderes o diversas limitaciones de las libertades civiles. Las políticas culturales pueden verse profundamente transformadas en el marco de estos nuevos autoritarismos, como se expone en el reciente informe de Freemuse: “El estado de la libertad artística de 2019: ¿de quién son las narraciones?”. 

El texto analiza 673 casos de violaciones a la libertad artística que ocurrieron en diferentes ámbitos culturales en 80 países a lo largo de 2018. En España, por ejemplo, 14 raperos fueron acusados ​​en este período de “enaltecimiento del terrorismo” en virtud del artículo 578 del Código Penal, y muchos de ellos condenados a prisión. El gobierno del Partido Popular avanzó sobre el ámbito cultural el marco de la represión que acompañó las políticas de austeridad. Su política cultural se vio marcada así por la llamada Ley Mordaza y transfiguró la política de Marca España en un instrumento de corte hispanista al servicio de la deslegitimación del derecho a la protesta. 

Un segundo elemento singular en este marco es la integración de las políticas culturales como herramienta privilegiada de las estrategias populistas. Como hemos mencionado, estos nuevos autoritarismos han adoptado la cultura nacional del “pueblo” como un eje de antagonismo con distintas definiciones de élite. 

La caracterización moral de esta oposición, donde las elites y otros enemigos de la nación son portadores de diversos males, se articula de modo frecuente mediante la cultura. La llamada agregación de demandas, teorizada por Ernesto Laclau, se ha basado frecuentemente en la interpelación del pueblo por parte de un líder carismático que actúa en la defensa de diversas expresiones de la cultura tradicional, como sucedió con el patrimonio monumental católico en Hungría. 

Los discursos culturales o las artes han servido así para la “construcción del pueblo”, por ejemplo mediante la instrumentalización de acontecimientos culturales en la esfera digital. Hay que recordar cómo la líder de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen, rechazó en su blog el uso de burkinis en Francia sobre la base de la figura de Brigitte Bardot, y sus posados en la playa. Así, estos movimientos de extrema derecha difunden su ideal nacional excluyente y racista utilizando nuevas estrategias populistas apuntaladas en los medios digitales, cuyos mensajes son asiduamente replicados por los grandes medios de comunicación.  

En línea con lo anterior, mientras hasta hace poco tiempo los debates académicos e institucionales en torno a la política cultural se veían atravesados por la cuestión de la tensión entre democratización y elitización en el campo cultural urbano, hoy la identidad ha recobrado importancia para su análisis y desarrollo. En el caso español, el partido de la ultraderecha Vox preside la Comisión de Cultura y Memoria Histórica en Andalucía, desde donde han comenzado a promover un revisionismo histórico-cultural con raíces hispanistas. 

Desde el espacio privilegiado que les asigna su ingreso en el Parlamento Español buscarán impulsar a escala nacional una noción singular de la policía cultural. Del breve apartado dedicado a política cultural en el programa electoral de Vox del pasado domingo, hay que destacar sus similitudes con los planes culturales de Fidesz en Hungría o Ley y Justicia en Polonia. El programa, liberal en lo económico y ultraconservador en lo moral, plantea: 

“66.Impulsar una ley de mecenazgo, para que particulares y empresas puedan participar en la creación cultural, aumentando la deducción fiscal de las aportaciones así como en la restauración y protección del extenso patrimonio cultural nacional. A nivel cultural, fomento del arraigo a la tierra, manifestaciones folclóricas y tradiciones de España y de sus pueblos dentro de la óptica de la Hispanidad. 67. Impulsar una ley de protección de la tauromaquia, como parte del patrimonio cultural español. 68. Se protegerá la caza, como actividad necesaria y tradicional del mundo rural. Promoción de una licencia única a nivel nacional eliminando el sistema de licencias autonómicas e inter autonómicas”.

Si observamos las prioridades de este programa, queda claro que una visión de la política cultural limitada a su dinámica institucional y a la gestión de los sectores culturales podría hacernos perder de vista la importancia de las políticas de representación y reconocimiento en este ámbito. 

Dicha política no se reduce a las mencionadas políticas lingüísticas y patrimoniales u orientadas a colectivos sociales específicos, sino que, en el mundo actual, se relaciona con la comunicación política en un sentido amplio. Los símbolos culturales operan en el marco de la oposición pueblo-élite que hoy se expresa en el debate público.

 La cultura es central en la escenificación de un retorno a un momento original de la nación, que debe ser rescatado de las manos de los inmigrantes, las corporaciones internacionales, el relativismo cultural o la izquierda. En el caso español, por ejemplo, esta estrategia ha encontrado en Cataluña un “enemigo interno” fundamental, mediante la instrumentalización lingüística o simbólico-ideológica. 

Así, mientras diferentes actores político-ideológicos vieron, a fines del siglo pasado, la dilución de los proyectos nacionales en un cosmopolitismo multicultural, hoy la disputa por la hegemonía en el ámbito de las políticas culturales ha recolocado la nación excluyente en el centro. Dicha cuestión está destinada a ser un eje central de las políticas culturales en el futuro. 

Pero, como demuestran diversos casos de nuevos autoritarismos al servicio de las políticas económicas neoliberales en todo el mundo, esto representa no solo un riesgo para la convivencia democrática y las políticas de reconocimiento, sino que puede devenir en un instrumento que contribuya a sostener y acrecentar la desigualdad material entre las élites económicas nacionales y aquellos grupos sociales que los gobiernos autoritarios sostienen representar. 

En estos nuevos autoritarismos, las políticas culturales bienestaristas pueden verse relegadas a un segundo papel, dado que las políticas de exaltación de los símbolos nacionales, afianzadas mediante estrategias populistas y articuladas en torno a políticas represivas y excluyentes, podrían facilitar el deterioro de los servicios culturales públicos, limitando la participación social y la redistribución de capital cultural. Queda por ver cómo juega el ascenso de la ultraderecha en España en este sentido." 

(Mariano Martín Zamorano,  doctor en Gestión de la Cultura y el Patrimonio e Investigador del CECUPS, Universidad de Barcelona. CTXT, 01/05/19)

13/2/08

Dirigismo cultural

“P. Hai dirixismo?

R. En parte si. A dependencia real das institucións favorece a intrusión e a intromisión. A vulnerabilidade económica non debera limitar o dereito á liberdade artística. O dirixismo dificulta a aparición de novas formas, ou máis arriscadas, provoca estados letárxicos e perda de vitalidade. En certa medida estáse dicindo que tipo de teatro hai que facer, e non se pode comisariar o gusto... Teatro de familia, por exemplo. E tamén se lles está dicindo aos programadores que tipo de teatro e en que tempos programar. Ás veces hai improvisación e falta de información e transparencia na organización de circuítos e programacións especiais por parte do IGAEM e da Dirección Xeral.” (ÁNXELES CUÑA: "O teatro debe buscar espectadores, non consumidores". El País, ed. Galicia, Galicia, 08/02/2008, p. 9)