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19/6/23

Silvio Berlusconi no era un corrupto sino un sistema de corrupción basado en saltarse las leyes del propio sistema... un buscavidas, que lo consiguió todo empezando por el final: representar a una sociedad harta de corruptelas que escoge al tipo más vulgar y avispado entre la delincuencia organizada... Su padre, un empleado de la Banca Rasini en Milán, se dedicaba a blanquear dinero mafioso (el banco, no necesariamente el empleado)... El Partido Socialista de Bettino Craxi ejercía el poder omnímodo en Lombardía y el constructor ansioso y condescendiente no era otro que Silvio. De rey del ladrillo fino a magnate de los medios de comunicación pasando por el espectacular embudo del fútbol... En su irresistible carrera de delincuente sólo fue condenado en firme por una ocultación a la Hacienda Pública. No se olviden, lo mismo le pasó a Al Capone... Luego estaban sus inclinaciones. Le gustaban las putas de lujo y a ser posible adolescentes. Arrasó en los medios de comunicación y su público lo jaleaba frente a unos adversarios convertidos en mendicantes de las apariencias... Cristiano viejo en costumbres, masón en la intimidad de la P2... Silvio no hizo mangas y capirotes con los besos a la mafia, como Andreotti. Él la metió en casa. A Vittorio Mancano, un asesino profesional de la Cosa Nostra le hizo ocuparse de sus caballos y a Marcello Dell´Utri, condenado por blanqueador, ambos sicilianos, los puso en nómina. Como estafador compulsivo llegó un momento que hizo saltar la banca, literalmente, cuando la prima de riesgo de Italia subió a 574. Sucedió en 2011 y en noviembre hubo de dimitir. Pero el baile siguió, lo llamaban bunga-bunga y tenía tantos adictos como forofos tiffosi... Quien fuera su virrey en España, el ideólogo arrogante Paolo Vasile, lo definió para el bronce: “la izquierda utiliza a la multitud, Silvio la amaba”... Roberto Saviano: “La santificación política de Berlusconi es una vergüenza democrática y un insulto a la verdad”. Quizá pronto surjan berlusconistas de derechas y de izquierdas. Pasó con Perón y nadie se sorprende

 "El cineasta Bertolucci iniciaba su particular Novecento con la escena arrebatadora de un enano disfrazado que corre entre los campos para llevar la noticia que en enero de 1901 cerraba un siglo, “¡Verdi ha muerto!”. Ningún director de cine se atreverá a hacer algo similar con Silvio Berlusconi, que impregnó la política, la cultura y las tendencias sociales de nuestro XXI. Merecería una reflexión este paralelo tan alucinante como distópico. Ambos murieron en Milán. Enterrado con honores de Estado, con las banderas a media asta y las más altas instituciones mostrándolo ante la ciudadanía del mundo como el político más influyente y carismático que cruzó los dos siglos. Quizá sea cierto, pero antes que cualquier elogio o sarcasmo tendremos que responder al dilema más obvio: cómo fue posible que el hombre que ascendió a primer ministro en tres ocasiones, tras la quiebra de los partidos políticos barridos por la corrupción, saliera elegido como lo más novedoso y limpio, tratándose de un “delincuente natural”, según sentencia de los altos tribunales.

¿Cómo se explican las paradojas? Dejarían de ser paradojas. Vivamos en una sociedad donde lo líquido ha inundado nuestra cabeza y nos basta con aprender a nadar entre los fantasmas que no podemos quitarnos de encima. Silvio Berlusconi no era un corrupto sino un sistema de corrupción basado en saltarse las leyes del propio sistema. Una vida sin masters. Qué ridículos resultan los currículos promocionales de tanto aspirante a la gloria política frente a un tipo como Silvio, un buscavidas, que lo consiguió todo empezando por el final: representar a una sociedad harta de corruptelas que escoge al tipo más vulgar y avispado entre la delincuencia organizada.

Su padre, ni siquiera banquero. Un empleado de la Banca Rasini en Milán, que por esas casualidades del destino (buscado) se dedicaba a blanquear dinero mafioso (el banco, no necesariamente el empleado). El futuro debía pintar tan mal que el muchacho Silvio se apuntó a cantante de crucero (hoy se dice crooner) -formaba dúo con un guitarrista de ocasión, Fedele Confalonieri (espónsor ahora de Forza Italia y presidente del emporio de la comunicación Mediaset). Ahí aprendió maneras: atraer al público holgado y ligar con todo la que se pusiera a su alcance. (Ya casi nadie recuerda un filme legendario de Dino Risi, La escapada (1962), con Vittorio Gassman y Jean-Louis Trigtignant en una lección de estilo de vida). Berlusconi ya estaba ahí con la construcción y el secreto mejor guardado, cómo apañar los primeros millones.  

Lo que viene después entre brumas de hagiógrafos es sabido. El Partido Socialista de Bettino Craxi (en España tanto Alfonso Guerra como Ernest Lluch lo consideraban el depositario de la socialdemocracia del futuro; se lo oí a ellos) ejercía el poder omnímodo en Lombardía y el constructor ansioso y condescendiente no era otro que Silvio. De rey del ladrillo fino a magnate de los medios de comunicación pasando por el espectacular embudo del fútbol. El empezó con la lección aprendida, primero un equipo que llegara a campeón, el Milán, lo de meterse a político vino luego. Quien controla potentes medios de comunicación y las ligas del fútbol considera los grupos políticos con una mirada deferente. Se sale al campo para ganar no para hacer teoría sobre el achique de espacios. (Florentino Pérez lo intentó en España como cabeza de lista del Partido Reformista de Roca Junyent, pero fracasó porque entonces sólo era Pérez y no Florentino, y a mayor abundamiento no tenía el master de crooner; otro mundo, otro país).

Bettino Craxi salió por pies a su mansión de Túnez para huir de la justicia y entró Berlusconi. En 1993 crea Forza Italia, un eslogan futbolero para un partido que aspira a la copa y la consigue al año siguiente. La victoria electoral de 1994 lo convirtió en el líder por antonomasia. Forma gobiernos y hace prácticamente lo que le da la real gana. La invención del término “populismo” es una especie de astracanada que inventó el gremio académico de la Ciencia Política y que parece ser la panacea semántica a la que recurrimos por falta de mayor dedicación y talento. Volvemos a tropezar en la charca de lo líquido, tan poco definitorio y muy cómodo de manejo. Decir que Trump, Chávez, Maduro y Perón pertenecen al mundo populista es una manera de salvarnos de nuestra inanidad analítica. Cada populista es un mundo porque el universo lo forma la humanidad que les consiente hacerse con el poder. Trasladando la responsabilidad a los jefes populistas nos olvidamos de las sociedades que los sostienen. “Sólo Napoleón ha hecho más cosas que yo”, decía Silvio y se lo creía, tanto él como los suyos.

En su irresistible carrera de delincuente sólo fue condenado en firme por una ocultación a la Hacienda Pública. No se olviden, lo mismo le pasó a Al Capone, y el común hace chistes sobre el talento sórdido de los criminales. No hay pruebas sólo evidencias, y las evidencias apenas pesan en el Código Penal aplicado a los grandes malhechores. Luego estaban sus inclinaciones. Le gustaban las putas de lujo y a ser posible adolescentes. Arrasó en los medios de comunicación y su público lo jaleaba frente a unos adversarios convertidos en mendicantes de las apariencias. Se pasó por el forro las convenciones de la Laica Inquisición, más desvergonzada aún que la Santa. Cuando se pierde el horizonte político nacen grupos cuya única opción de futuro está en convertirse en perversos profetas. Cristiano viejo en costumbres, masón en la intimidad de la P2.

Silvio no hizo mangas y capirotes con los besos a la mafia, como Andreotti. Él la metió en casa. A Vittorio Mancano, un asesino profesional de la Cosa Nostra le hizo ocuparse de sus caballos y a Marcello Dell´Utri, condenado por blanqueador, ambos sicilianos, los puso en nómina. Como estafador compulsivo llegó un momento que hizo saltar la banca, literalmente, cuando la prima de riesgo de Italia subió a 574. Sucedió en 2011 y en noviembre hubo de dimitir. Pero el baile siguió, lo llamaban bunga-bunga y tenía tantos adictos como forofos tiffosi. El fútbol del XXI es la nueva ideología de sustitución. 

Quien fuera su virrey en España, el ideólogo arrogante que nunca escribirá un libro, Paolo Vasile, lo definió para el bronce: “la izquierda utiliza a la multitud, Silvio la amaba”. Me quedo con la sentencia del cada vez más ninguneado Roberto Saviano: “La santificación política de Berlusconi es una vergüenza democrática y un insulto a la verdad”. Quizá pronto surjan berlusconistas de derechas y de izquierdas. Pasó con Perón y nadie se sorprende. "                       ( , Vox Populi, 17/06/23)

14/6/23

Berlusconi fue el político emblemático de nuestro tiempo... Desde el actual gobierno de extrema derecha de Italia hasta el ascenso del trumpismo en Estados Unidos, seguimos viviendo en el mundo de Berlusconi... es el representante icónico, la cara sonriente, la figura ridícula pero oscura que osciló entre las bromas racistas y la legislación que reprimía a los inmigrantes, las referencias «indulgentes» a Mussolini y la mortal represión policial en la cumbre del G8 de Génova en 2001... lejos de ser una época feliz que contrasta con los males actuales, la etapa de Berlusconi en el poder produjo los monstruos que siguieron. La trivialización de su historial hoy en día, como partidario de Europa o de la OTAN, o incluso como oponente al «populismo», es un indicador de hasta qué punto la política dominante ha virado hacia la derecha, y cuán bajos son los estándares que se han establecido para la «democracia liberal»

 "Silvio Berlusconi, fallecido el lunes a los 86 años, centró la política italiana alrededor de su imperio televisivo y condujo a la extrema derecha al poder. Predecesor de Donald Trump, fue el máximo emblema de la deslegitimación de la democracia por el poder mediático. 

 El «fin de una era». La Repubblica encabezó su cobertura de la muerte de Silvio Berlusconi destacando su larga etapa en el centro de la vida pública italiana. Este encuadre de su estatura «histórica» fue quizá demasiado amable con su historial de vínculos delictivos, abuso de poder y utilización del Parlamento para defender su imperio televisivo. Sin embargo, decir que su muerte marca el final de una era es malinterpretar los cambios que encarnó. Desde el actual gobierno de extrema derecha de Italia hasta el ascenso del trumpismo en Estados Unidos, seguimos viviendo en el mundo de Berlusconi.

La primera campaña electoral del magnate de los medios de comunicación en 1994 anunció muchos cambios que pronto se extendieron por la democracia occidental. Centrando su campaña en la resistencia a una izquierda supuestamente demasiado poderosa, se presentó como líder no de un partido de masas, sino de un vehículo de nueva creación llamado Forza Italia. Sus listas de candidatos estaban pobladas por sus aliados empresariales; su campaña se desarrollaba a través de sus propias cadenas de televisión privadas; y su llamamiento a una Italia «liberalizada» y de libre mercado venía de la mano del uso del poder estatal al servicio de sus propios intereses empresariales. Fue, en resumen, una privatización progresiva de la democracia italiana.

Esto fue posible gracias a la podredumbre del viejo orden, expresada en un escándalo de corrupción conocido como «Bribesville», que hundió a los viejos partidos de masas entre 1992 y 1994. En un ambiente de falta de fe popular en las instituciones, Forza Italia y sus aliados afirmaron representar un nuevo movimiento «liberalizador»; denigraron a los «políticos» elitistas. El neofascista Movimento Sociale Italiano se recreó como el partido de «la gente» —la gente corriente— y no de «tangente» —el soborno—.

Berlusconi, antiguo miembro de la logia masónica P2 —que tenía, a través de su socio Marcello Dell’Utri, un historial de vínculos con la mafia— era un candidato irónico para representar este cambio de los tiempos. De hecho, su gobierno endurecería el vínculo entre el poder estatal y los turbios intereses empresariales. Sin embargo, la nueva derecha que él lideraba consiguió cohesionar a una minoría considerable de italianos tras su proyecto, ganando poder de forma progresiva a medida que la propia base de la izquierda se fragmentaba. Aunque los problemas legales de Berlusconi acabaron por obstaculizar su carrera política, deja tras de sí un ámbito público permanentemente marchito y una derecha radicalizada.

Fin de la Historia

El final de la Guerra Fría fue decisivo para derribar el viejo orden político italiano y desatar las fuerzas que llevaron por primera vez a Berlusconi al poder. En medio del triunfalismo del «fin de la historia» y sus mezquinas disputas ideológicas, los medios de comunicación liberales hablaron con entusiasmo de una oportunidad histórica: el momento de crear una Italia «moderna», «normal», «europea», que podría surgir de las cenizas de los viejos partidos de masas. Los comunistas arrepentidos se pasaron a la socialdemocracia o a los liberales, y los durante mucho tiempo poderosos partidos demócrata cristiano y socialista desaparecieron bajo el peso de las acusaciones de corrupción. Las masacres orquestadas por la mafia que marcaron el comienzo de la década de 1990 añadieron urgencia a la petición de que se limpiara la vida pública italiana, y de que una administración eficiente y racional impusiera por fin el Estado de derecho.

 La primera incursión de Berlusconi en la arena electoral fue una respuesta a este mismo momento de refundación, pero, aunque también aprovechaba un espíritu «posideológico», apuntaba en una dirección casi opuesta. La implosión de los partidos de masas y de sus raíces sociales no trajo consigo un ámbito público moralizado y finalmente liberado de las redes clientelares, sino su captura por quienes, como Berlusconi, ya ostentaban el poder por medios no electorales. Aunque en las décadas de posguerra el parlamento e incluso la radiotelevisión pública habían estado dominados por los partidos que lideraron la Resistencia contra el fascismo, esto ya había empezado a cambiar. El imperio empresarial de Berlusconi se había construido primero en el sector inmobiliario, y su expansión en la yuppificada Milán de los años 80 le ayudó a encarnar el espíritu del dinámico hedonismo empresarial. Gracias a sus vínculos con el Partido Socialista de Bettino Craxi, en esos mismos años pudo convertir sus cadenas de televisión locales en emisoras nacionales privadas.

El hundimiento de los viejos partidos también alimentó una especie de celebritización de la vida pública, unida a la búsqueda de líderes «presidenciales» al estilo estadounidense. Mucho más allá del propio Berlusconi, una multitud de empresarios, jueces y tecnócratas compitieron por el control de la arena electoral como supuestas figuras «salvadoras» que podrían rescatar a Italia de los males de los políticos y la política. Esta personalización de la vida pública alcanzó seguramente su punto álgido durante los nueve años de Berlusconi como primer ministro, dispersos entre 1994 y 2011. Sus continuos comentarios sexistas y racistas, su trivialización del fascismo histórico y sus denuncias de los ataques de magistrados supuestamente «comunistas» contra él enfurecieron a sus oponentes y agitaron a sus propias bases.

Durante este periodo, la centroizquierda cayó habitualmente en la trampa de hacer de las fechorías personales del magnate el centro de su propia acción política, con interminables intentos de llegar a las partes supuestamente «moderadas» de la base de Berlusconi, que acabarían cansándose de sus payasadas. Lo que estaba bastante menos en cuestión —y era mucho más perjudicial para el propio electorado histórico de la izquierda— era la prioridad incuestionable de la «liberalización» empresarial y económica como modelo para el futuro de Italia.

En un sentido limitado, la corrupción personal de Berlusconi fue realmente un talón de Aquiles político. En 2013, fue inhabilitado para ocupar cargos públicos gracias a una condena por fraude fiscal, lo que acabó con su posición como líder de la alianza de derechas y pronto abrió el camino a la Lega de Matteo Salvini. Sin embargo, cuando esto ocurrió, la centroizquierda ya se había unido a él en el gobierno, pues la imposición de medidas de austeridad tras la crisis exigía «grandes coaliciones» que supuestamente superaban las divisiones políticas.

Giro a la derecha

Forza Italia ya no es la fuerza dominante de la derecha italiana: hoy es un socio relativamente menor en la coalición liderada por los posfascistas de Giorgia Meloni. Veteranos aliados de Berlusconi, como el antiguo jefe del partido en Sicilia, Gianfranco Miccichè, ya han dicho que es improbable que Forza Italia sobreviva sin su histórico fundador-propietario. Sin embargo, aunque el propio partido esté en las últimas, la transformación berlusconiana de la vida pública italiana sigue muy presente.

 De hecho, centrarse en la agenda interesada de Berlusconi y en su excéntrico personaje público también puede ocultar su efecto más específico en el sistema de partidos. Lo puso de manifiesto en un discurso pronunciado en 2019, en el que —ya pasado su mejor momento político— se jactó de su papel histórico en la construcción de la coalición de derechas. «Fuimos nosotros quienes legitimamos y constitucionalizamos a la Lega y a los fascistas», insistió, haciendo un gobierno con estas fuerzas en 1994, donde los partidos anteriores los habían rechazado como aliados potenciales. Dijo esto en un discurso en el que se distanciaba del nacionalismo italiano «soberanista»: sugirió que había moderado a estas fuerzas integrándolas en altos cargos. Sin embargo, la realidad es mucho más confusa.

A través de muchos cambios y rupturas esporádicas, esta alianza básica —la Forza Italia de Berlusconi con la Lega regionalista del norte y los herederos del fascismo, hoy organizados en Fratelli d’Italia— ha durado casi tres décadas. Sin embargo, aunque en los últimos años el magnate se presentó como un guardián «proeuropeo» frente a las tendencias «populistas», en general la dinámica clara ha sido la radicalización de la política identitaria nacionalista de esta coalición, bajo el liderazgo de Salvini y ahora de Meloni.

Parte de esta apertura fue una cuestión de revisionismo histórico, buscando trivializar el historial del fascismo. Sin duda, las afirmaciones del multimillonario de que Benito Mussolini «nunca mató a nadie» fueron ofensivas para los antifascistas y para quienes recordaban el régimen. Pero no solo tenían que ver con el pasado, sino con presentar a Italia y a los italianos como víctimas de la corrección política de la izquierda y de una hegemonía cultural no conquistada en las urnas. Berlusconi también trató de cambiar lo que denominó la Constitución italiana de «inspiración soviética», redactada por los partidos de la Resistencia en 1946-47, y sustituirla por otra centrada en el líder. Hoy Meloni promete llevar a cabo la misma agenda: revisionismo histórico acompañado de una liquidación definitiva del orden político de posguerra y de sus partidos de masas mediante una reescritura de la propia constitución.

El viernes, la presentadora de TV Lucia Annunziata afirmó que los planes de Meloni de reescribir la carta magna y amontonar la radiotelevisión pública RAI con aliados políticos eran un poco para crear un «orden jerárquico con su propio Istituto Luce». Aquí comparó hiperbólicamente la visión de Meloni de los medios de comunicación con el régimen fascista; en otros lugares, el nuevo gobierno ha suscitado muchas comparaciones con el líder húngaro Viktor Orbán. Sin embargo, también es un producto puro de una historia italiana más reciente, desde la caída en picado de la participación democrática hasta el auge de un nacionalismo resentido, pasando por un «anticomunismo» que ha sobrevivido durante mucho tiempo a la existencia real de los comunistas.

Seguramente Berlusconi no ha vaciado la democracia italiana ni ha dado un empujón a la extrema derecha él solo. Pero sin duda es el representante icónico, la cara sonriente, la figura ridícula pero oscura que osciló entre las bromas racistas y la legislación que reprimía a los inmigrantes, las referencias «indulgentes» a Mussolini y la mortal represión policial en la cumbre del G8 de Génova en 2001. Al igual que George W. Bush, cuya guerra de Irak apoyó con tropas italianas, Berlusconi sería más tarde comparado positivamente con la derecha más dura y radical que le siguió, y su amor por los caniches recibió un espacio notable en la radiotelevisión pública.

Sin embargo, lejos de ser una época feliz que contrasta con los males actuales, la etapa de Berlusconi en el poder produjo los monstruos que siguieron. La trivialización de su historial hoy en día, como partidario de Europa o de la OTAN, o incluso como oponente al «populismo», es un indicador de hasta qué punto la política dominante ha virado hacia la derecha, y cuán bajos son los estándares que se han establecido para la «democracia liberal». Berlusconi el hombre se ha ido, pero seguimos viviendo en su mundo."        ( , JACOBINLAT, 14/06/23)

7/2/11

¿Por qué los italianos apoyan a Berlusconi?

"El triunfo del estilo Berlusconi es demostrar que la corrupción cuando se expone, maravilla. Fascina la capacidad de saltarse todos los controles y esquivar la justicia hasta el final. El que fracasa, el que es finalmente atrapado y juzgado, viene a significar el prototipo actual del perdedor.

Berlusconi es el triunfador, sus harenes particulares en sus casas de Cerdeña o Roma, cada día dejan de ser oprobiosos para difundir una complicidad escapista con el hombre común. Las revelaciones sobre este harén, las cenas copiosas de sustancias y sexo, según algunos o de "conversaciones cultas y educadas", de acuerdo con sus defensoras, terminan por suscitar un cosquilleo de querer verlas por dentro.

Observar estas nuevas diosas del sexo, labios intervenidos imitando los morros de Monica Bellucci, melenas atiborradas de productos químicos para lucir mas "naturales". Todas paseándose delante de hombres que no han tenido ni la suerte ni el dinero de Berlusconi para frenar el paso del tiempo. En ese cuadro decadente y actual, resalta otro ingrediente del glamour berlusconiano: la importancia del calzado.

El sexy actual, al menos en las velinas, no está tanto en el traje sino que se mueve serpentino en el triángulo pelo, busto, pie. Más busto, más poder. Y el zapato de la velina, perturba por su tacón, su sádico diseño. La comodidad queda para los que no están en la fiesta, el electorado que aplaude." (BORIS IZAGUIRRE: Quo vadis, Silvio. El País, 06/02/2011, p. 46)