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2/7/25

¿Por qué el Occidente oficial, y en especial la Europa occidental oficial, es tan indiferente ante el sufrimiento de los palestinos? ¿Por qué el Partido Demócrata en Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, de apoyar la inhumanidad cotidiana en Palestina? Esta es una pregunta pertinente, dado que nos encontramos ante un genocidio transmitido en directo... Ignorar el genocidio en la Franja de Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania solo puede describirse como intencional, no como ignorancia... Este tipo de ignorancia es, en primer lugar, el resultado de la eficaz presión israelí, que ha prosperado en el terreno fértil del complejo de culpa, el racismo y la islamofobia europeos. En el caso de Estados Unidos, también es el resultado de muchos años de una maquinaria de presión eficaz y despiadada que muy pocos en el mundo académico, los medios de comunicación y, especialmente, en la política se atreven a desobedecer... Este fenómeno es conocido en investigaciones recientes como Pánico Moral... El pánico moral es una situación en la que una persona teme defender sus creencias morales porque requeriría valentía y podría tener consecuencias... Esta es la razón por la que tantos alemanes permanecieron en silencio cuando los judíos fueron enviados a los campos de exterminio, y esta es la razón por la que los estadounidenses blancos se quedaron de brazos cruzados y observaron cuando los afroamericanos fueron linchados... Este pánico moral da lugar a fenómenos sorprendentes... Cuando el editor de Palestine Chronicle, Ramzy Baroud, perdió a 56 miembros de su familia a causa de la campaña genocida israelí en la Franja de Gaza, ninguno de sus colegas periodistas estadounidenses se dignó a hablar con él ni a mostrar interés en esta atrocidad. Por otro lado, una acusación inventada por Israel sobre una conexión entre el Chronicle y una familia en cuyo edificio de apartamentos se encontraban rehenes generó un enorme interés en estos medios y captó su atención... No ceder al pánico es un paso pequeño pero importante hacia la construcción de una red global para Palestina (Ilan Pappe)

"Sobre el coraje de hablar

EL SILENCIO DE OCCIDENTE SOBRE GAZA

Las reacciones del mundo occidental a la situación en la Franja de Gaza y Cisjordania plantean una pregunta inquietante: ¿por qué el Occidente oficial, y en especial la Europa occidental oficial, es tan indiferente ante el sufrimiento de los palestinos?

¿Por qué el Partido Demócrata en Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, de apoyar la inhumanidad cotidiana en Palestina, una complicidad tan obvia que probablemente fue una de las razones por las que perdió las elecciones, ya que el voto árabe-estadounidense y progresista en estados clave no pudo, y con razón, perdonar a la administración Biden por su papel en el genocidio en la Franja de Gaza?

Esta es una pregunta pertinente, dado que nos encontramos ante un genocidio transmitido en directo que se ha reanudado sobre el terreno. Es diferente a períodos anteriores en los que se demostró la indiferencia y complicidad de Occidente, tanto durante la Nakba como en los largos años de ocupación desde 1967.

Durante la Nakba y hasta 1967, la información no era fácil de conseguir, y la opresión posterior a 1967 fue en su mayor parte gradual y, como tal, ignorada por los medios y las políticas occidentales, que se negaron a reconocer su efecto acumulativo sobre los palestinos.

Pero estos últimos dieciocho meses son muy diferentes. Ignorar el genocidio en la Franja de Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania solo puede describirse como intencional, no como ignorancia. Tanto las acciones de los israelíes como el lenguaje que las acompaña son demasiado visibles como para ignorarlos, a menos que políticos, académicos y periodistas decidan hacerlo.

Este tipo de ignorancia es, en primer lugar, el resultado de la eficaz presión israelí, que ha prosperado en el terreno fértil del complejo de culpa, el racismo y la islamofobia europeos. En el caso de Estados Unidos, también es el resultado de muchos años de una maquinaria de presión eficaz y despiadada que muy pocos en el mundo académico, los medios de comunicación y, especialmente, en la política se atreven a desobedecer.

Este fenómeno es conocido en investigaciones recientes como Pánico Moral, muy característico de los grupos más conscientes de las sociedades occidentales: intelectuales, periodistas y artistas.

El pánico moral es una situación en la que una persona teme defender sus creencias morales porque requeriría valentía y podría tener consecuencias. No siempre nos ponemos a prueba en situaciones que requieren valentía, o al menos integridad. Cuando sí lo hacemos, es en situaciones donde la moralidad no es una idea abstracta, sino un llamado a la acción.

Esta es la razón por la que tantos alemanes permanecieron en silencio cuando los judíos fueron enviados a los campos de exterminio, y esta es la razón por la que los estadounidenses blancos se quedaron de brazos cruzados y observaron cuando los afroamericanos fueron linchados o, antes, esclavizados y maltratados.

¿Cuál es el precio que tendrían que pagar destacados periodistas occidentales, políticos veteranos, profesores titulares o directores ejecutivos de conocidas empresas si culparan a Israel de cometer genocidio en la Franja de Gaza?

Parecen estar preocupados por dos posibles resultados. El primero es que serán condenados como antisemitas o negacionistas del Holocausto; el segundo es que temen que su respuesta honesta desencadene un debate que incluya la complicidad de su país, de Europa o de Occidente en general, en la facilitación del Genocidio y todas las políticas criminales contra los palestinos que lo precedieron.

Este pánico moral da lugar a fenómenos sorprendentes. En general, convierte a personas educadas, elocuentes y competentes en completos imbéciles cuando hablan de Palestina. Impide que los miembros más perspicaces y reflexivos de los servicios de inteligencia examinen las exigencias israelíes de incluir a toda la Resistencia Palestina en una lista de terroristas, y deshumaniza a las víctimas palestinas en los grandes medios de comunicación.

La falta incluso de un mínimo de compasión y solidaridad hacia las víctimas del Genocidio ha quedado expuesta por los dobles estándares que aplican los principales medios de comunicación occidentales, y en particular los periódicos más establecidos de los Estados Unidos, como el New York Times y el Washington Post.

Cuando el editor de Palestine Chronicle, Ramzy Baroud, perdió a 56 miembros de su familia a causa de la campaña genocida israelí en la Franja de Gaza, ninguno de sus colegas periodistas estadounidenses se dignó a hablar con él ni a mostrar interés en esta atrocidad. Por otro lado, una acusación inventada por Israel sobre una conexión entre el Chronicle y una familia en cuyo edificio de apartamentos se encontraban rehenes generó un enorme interés en estos medios y captó su atención.

Este desequilibrio entre humanidad y solidaridad es solo un ejemplo de las distorsiones que conlleva el pánico moral. No me cabe duda de que las acciones contra estudiantes palestinos o propalestinos en Estados Unidos, o contra activistas reconocidos en Gran Bretaña y Francia, así como el arresto del editor de The Electronic Intifada , Ali Abunimah, en Suiza, son manifestaciones de esta conducta moral distorsionada.

Un caso similar ocurrió recientemente en Australia. Mary Kostakidis, reconocida periodista australiana y expresentadora de SBS World News Australia, programa semanal en horario de máxima audiencia, fue llevada ante el Tribunal Federal por su desafortunada cobertura sobre la situación en la Franja de Gaza. El hecho de que el Tribunal no desestimara de inmediato la acusación demuestra lo arraigado que está el pánico moral en el hemisferio norte.

Pero hay otra cara de la moneda. Afortunadamente, existe un grupo mucho más amplio de personas que no temen asumir los riesgos que implica declarar abiertamente su apoyo a los palestinos, y que demuestran esta solidaridad incluso sabiendo que podría conllevar la suspensión, la deportación o incluso la cárcel. No son fáciles de encontrar en el mundo académico, los medios de comunicación o la política, pero son la voz auténtica de sus sociedades en muchas partes del mundo occidental.

Los palestinos no pueden permitirse el lujo de permitir que el pánico moral occidental tenga voz ni impacto. No ceder al pánico es un paso pequeño pero importante hacia la construcción de una red global para Palestina, que se necesita con urgencia: primero, para detener la destrucción de Palestina y su pueblo, y segundo, para crear las condiciones para una Palestina descolonizada y liberada en el futuro."

4/11/22

El ponente Yes-Men se presentó el día indicado con un traje y una conferencia aburridos... Hasta que, sin abandonar el tedio, empezó a hablar de la necesidad, para el intercambio de flujos de riqueza, de exterminios masivos de población pobre. Nadie interrumpió la conferencia, sino que, al parecer, hubo aplausos y, en el turno de preguntas, interés notorio hacia la innovación liberal propuesta. Los Yes Men demostraban así que, si bien la Modernidad, ese calentón, había inventado el exterminio, la Postmodernidad, esa frialdad, inventaba algo tal vez peor, por incalculable y reproducible: la ausencia de reparos ante el exterminio, su normalización, su posible cotidianización, cuando se anuncia sin gritos y con gráficos y con corbata. Como sucedió en 2020 en Madrid, Catalunya, USA… en el mundo

 "(...) Otros virtuosos en señalar la brutalidad de la época, pero dos décadas posteriores, son The Yes Men, nunca lo suficientemente recordados. 

3-Recordémosles.

4- The Yes Men es un grupo que empezó a emitir arte en los USA de los 90. Lo hacía bajo el mismo criterio que Fidias en el 450 a.C. Belleza, esto es, gamberrismo. En España hubo grupos parecidos, como La Fiambrera Obrera, que empezó en València, yendo a las inauguraciones de exposiciones sociatas, con fiambreras, a mangar el catering de las croquetas, ese alimento que, snif, tanto hizo por el arte en España. La Capilla Sixtina de los Yes Men fue la construcción de una página web clon de la de la Organización Mundial de Comercio, repleta de barbaridades. 

Pese a ello –o tal vez por ello– en esa web se recibió un mail de otra organización internacional, solicitando un ponente de la OMC para una conferencia. Lo enviaron. El ponente Yes-Men se presentó el día indicado en el continente correcto, y con un traje y una conferencia aburridos. Hasta que, sin abandonar el tedio, empezó a hablar de la necesidad, para el intercambio de flujos de riqueza, de exterminios masivos de población pobre. Nadie interrumpió la conferencia, sino que, al parecer, hubo aplausos y, en el turno de preguntas, interés notorio hacia la innovación liberal propuesta. Los Yes Men demostraban así que, si bien la Modernidad, ese calentón, había inventado el exterminio, la Postmodernidad, esa frialdad, inventaba algo tal vez peor, por incalculable y reproducible: la ausencia de reparos ante el exterminio, su normalización, su posible cotidianización, cuando se anuncia sin gritos y con gráficos y con corbata. Como sucedió en 2020 en Madrid, Catalunya, USA… el mundo. 

5- Los Yes Men dibujaron la época a partir de una novedad importante nunca jamás vista en democracia: la absoluta y formal ausencia de empatía y responsabilidad social por parte de cada vez más políticos e instituciones. Un jalón histórico absoluto, en tanto la ausencia de empatía va contra la especie humana. Gracias, en todo caso, a The Yes Men, Luis de Guindos, consejero del BCE, exconsejero de Lehman Brothers, y exministro de Economía con Rajoy cuando la coventrización de Grecia y de algunos barrios PIGS, es, así, una persona que me hace sentir seguro. Seguro del punto de vista de The Yes Men. ¿Cómo se llegó a esa total ausencia de empatía ante los seres humanos en lo público? (...)

6- La empatía llega a las constituciones europeas en 1945, donde se establece el fin de la Revolución, como siempre, pero con la novedad de que se fija también el fin de la contrarrevolución. Derechas e izquierdas transigían. Aquí nadie va a volver a exterminar a nadie, porque no se va a amenazar la propiedad de nadie. En contrapartida a ambas renuncias, se fija un nuevo tipo de Estado, que garantiza derechos y propiedad. Podría denominarse Empático. Pero se le llamó del Bienestar. Dura razonablemente bien hasta 1973. (...)"                  (Guillem Martínez  , CTXT, 30/10/2022)

1/2/22

Cuando se permite la reducción de los servicios públicos o las libertades, una sociedad democrática puede acabar considerando normal la miseria extrema o la violencia y convivir con ello, como en Estados Unidos... una chica recuperada de su adicción a los opiáceos me reveló que había contemplado las mayores aberraciones, robos, asesinatos, durante la época en que se inyectaba... “Yo estaba hecha una mierda, ¿sabes?, pero mucha gente estaba peor que yo, y no fui capaz de mover un dedo por ella. Jamás imaginé que podría llegar a ser tan mala persona"... El desdén hacia el dolor del otro no es un rasgo intrínseco al ser humano, sino que se cultiva socialmente... son sintomas de la desaparición progresiva de nuestras sociedades democráticas y su transformación en otra cosa, de la inexistencia del Estado del bienestar, que empobrecen los bolsillos tanto como la moral... y sobre todo, la oportunidad perdida de haber podido ser, tal vez, buenas personas

 "El metro de Filadelfia, como casi todo el transporte público de Estados Unidos, se convierte, una vez transcurrida la hora punta, en una suerte de antro que acoge a los seres más desarrapados del lugar, los más pobres o débiles según el patrón ideológico dominante, los menos aptos para la supervivencia.

 En la ciudad desde la que escribo, esta lacra nacional viene con la particularidad de una presencia muy específica entre esos olvidados, la de muchos adictos a los opiáceos que, raíl arriba y abajo, se pinchan a la vista de cualquiera y sufren los efectos de una crisis creada por las empresas farmacéuticas. 

Filadelfia alberga el mayor mercado al aire libre de drogas de todo el país; sus víctimas, si logran moverse, a menudo se agrupan en los vagones que los trasladan de un barrio a otro, sea para dedicarse al robo de pequeñas mercancías que después puedan vender, o simplemente en busca de calefacción.

 El otro día, mi marido se encontraba en uno de esos vagones y fue testigo de una escena desgarradora que, de tanta reiteración, se ha erigido ya en costumbre: un hombre se balanceaba al ritmo del traqueteo hasta que, de repente, perdió el equilibro: en la caída de frente se partió la nariz, a juzgar por los gritos de dolor. “¿Y tú qué hiciste?”, quise saber. “Preguntarle si estaba bien, pero no podía hablar. El resto de los viajeros permaneció indiferente”.

Son cientos las situaciones de ese calibre que el ciudadano estadounidense observa en su rutina diaria, cuando no le toca sufrirlas de primera mano. La mayor parte de las veces, el gentío no pasa de mero espectador ante las desgracias ajenas. Si ese día a mi marido le latió algo que lo instigó a proferir unas palabras, en otras ocasiones no ha sido así: la tarde que vimos a un mendigo tirado en el suelo, agonizante y ensangrentado, ambos seguimos caminando mientras conteníamos una rabia, por lo demás, inservible. Semanas después, una mujer fue violada en un tren a la vista de multitud de pasajeros: nadie hizo nada por evitarlo. 

Meses antes, yo había entrevistado a una chica recuperada de su adicción a los opiáceos que me reveló lo errado de una sociedad sin ningún tipo de atención pública en la que se deja morir a los más indefensos: había contemplado las mayores aberraciones —robos, asesinatos, agresiones físicas— durante la época en que se inyectaba aquellas sustancias. Incontenible, el llanto le resbalaba por las mejillas al contestar a mis preguntas: “Yo estaba hecha una mierda, ¿sabes?, pero mucha gente estaba peor que yo, y no fui capaz de mover un dedo por ella. Jamás”, argumentaba con dificultad, entre espasmos, “jamás imaginé que podría llegar a ser tan mala persona.

 El desdén hacia el dolor del otro no es un rasgo intrínseco al ser humano, sino que se cultiva socialmente. Suele nacer del miedo al contagio, a que la situación desesperada en que alguien se encuentra nos salpique de alguna manera, lo cual refuerza un sistema que fomenta el individualismo y normaliza esa completa desasistencia, especialmente entre los más vulnerables. Ante la visión de una persona enferma yaciendo en la calle, el primer impulso quizá sea llamar a la ambulancia, pero automáticamente surge el interrogante de cuánto va a costar y quién pagará la factura, cuando no el pensamiento que la culpabiliza por su condición. 

La falta de sanidad pública construye así una tolerancia frente al cuerpo aquejado de mil males que habrán sido, decimos, instaurados por el propio sujeto y cuya sanación vale dinero. De la misma forma, el pánico a que alguien lleve un arma nos disuade de actuar, pero también el pavor a unas fuerzas del orden militarizadas, en las que abundan energúmenos de extrema derecha entrenados para reducir al enemigo y no para asistir a la ciudadanía. Se les podría escapar una bala en la dirección inapropiada, podrían acusarme a mí de las circunstancias en que se halla el otro y arrestarme sin motivo; la cooperación entre gentes que conviven y deberían preocuparse por el bienestar común se esfuma si se ha sido educado para subsistir en la jungla.

 Estas dinámicas, que no son más que síntomas de la desaparición progresiva de nuestras sociedades democráticas y su transformación en otra cosa, de la inexistencia del Estado del bienestar, empobrecen los bolsillos tanto como la moral, que acaba siendo el andrajo con que arropar a la familia más cercana, la nuclear, y, si acaso, al reducido grupo de contactos que constituyen tanto como resguardan nuestro pequeño círculo de privilegio.

 Cuando desde instancias gubernamentales se impone el sálvese quien pueda a costa de los ahogados que yacen debajo, se institucionaliza también una maldad que es tan administrativa como personal y termina haciendo mella en nuestra concepción del ser humano, los cuidados —y los derechos— que merece, si no nos transforma directamente en piedras.

 Describía el escritor portugués Valter Hugo Mãe en la novela La máquina de hacer españoles las vicisitudes de un puñado de ancianos, residentes en un geriátrico, en quienes transpiraba “el fascismo de los hombres buenos”, a saber, una vileza sutil, desmigada en actos suavemente violentos, como minúsculos alfileres, que provenía de haber sido socializados en la dictadura de Salazar. No eran seres diabólicos; al contrario, sus chascarrillos e historietas los tornaban entrañables, hasta que el monstruo del hábito alimentado durante décadas brotaba de improviso, provocando daños incalculables. El literato jugaba así con el concepto de “la banalidad del mal” que acuñó Hannah Arendt: basta un engranaje estatal dañino, una burocracia perniciosa, para que cualquier ser humano se transforme en una criatura despreciable.

Si atravesamos fronteras y comparamos países cuidadosamente, admitimos las diferencias, pero establecemos paralelismos, rimas que nos permitan abrir los ojos, discerniremos con lucidez una atomización social que es capaz de pudrirnos por dentro mientras se despedazan los vínculos colectivos. Que comunidades autónomas como Madrid o Andalucía se hayan empeñado en destruir la atención primaria y, con ello, la sanidad pública, como se han hartado de gritar las multitudes que se han manifestado recientemente, no solo engorda la masa de clientes de la privada, sino que desgaja al individuo del objetivo común que debería ser cuidarnos entre todos y no salvarnos —quien lo consiga— aisladamente.

 Lo mismo podría decirse del desmantelamiento de la educación pública e, igualmente, de una ley mordaza que reprime el civismo en cuanto que lo criminaliza y autoriza la mano dura policial sin restricciones ni fiscalización por parte de esa gente que, además, les paga el sueldo con sus impuestos a cambio de un servicio que no recibe. Ante la paliza arbitraria o la declaración que da con tus huesos en la cárcel sin más pruebas que un testimonio, muchos optarán por no hablar, por torcer la vista en un gesto de desinterés que es también de egoísmo, por no denunciar el abuso que conlleva empobrecernos cada vez más y privarnos de derechos fundamentales. 

Después, como ya he vivido tantas veces aquí, seguiremos remando en soledad, en mitad de aguas sépticas y procelosas, para acabar llorando no solo la democracia y sus pilares del bienestar, sino, sobre todo, la oportunidad perdida de haber podido ser, tal vez, buenas personas."         (Azahara Palomeque , El País, 29/01/22)

15/6/18

La detención del flujo migratorio en los países africanos lo hace la UE con los métodos brutales allí imperantes, vía subvenciones a mafias locales para detener a los emigrantes antes de cruzar el mar. Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás. Hipocresía

"Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir vergüenza.

En el mundo de hoy hay 230 millones de emigrantes internacionales, alrededor de un 3% de la población global, frente a los 174 millones estimados en el año 2000. Desde finales del siglo XX, una creciente desigualdad territorial y social, crisis y conflictos, así como la circulación de la información que estimula la comparación y las ganas de irse, aceleraron y mundializaron las emigraciones.

Una encuesta realizada en 2014 por la OIT en 150 países, sugiere que más de una cuarta parte de los jóvenes de la mayoría de las regiones del mundo quiere residir permanentemente en otro país. Nada más comprensible en un planeta en el que 1200 millones de personas viven en la extrema pobreza y donde a una quinta parte de la población le corresponde sólo el 2% del ingreso global, mientras el 20% más rico concentra el 74% de los ingresos.

Este es el gran contexto del fenómeno migratorio que está yendo a más y que las consecuencias del calentamiento global multiplicarán, según todas las previsiones. ¿Cómo se está respondiendo a esto en el Norte global?

La actual crisis migratoria en Europa es insignificante, comparada con la situación de países como Líbano, Turquía o tantos países africanos y del Sur global, donde se recibe más del 50% de los flujos migratorios del planeta. Pese a ser pequeña, la corriente recibida en la UE crea grandes convulsiones políticas. 

La respuesta es el actual endurecimiento de la política migratoria europea enfocado hacia más expulsiones, movilización militar en el Mediterráneo y detención del flujo migratorio en los países africanos, con los métodos brutales y en las circunstancias allí imperantes, vía acuerdos y subvenciones a mafias y bandas militares locales para detener a los emigrantes antes del intento de cruzar el mar.

 Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar apenas el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás, una hipocresía que quedó bien patente en la última cumbre euro-africana celebrada en París a finales de agosto.

El vector de esta política apunta hacia una división del mundo en dos categorías, dos castas geográfico-sociales, en la que el estrato superior que podría implicar al 20% de la población del planeta podría vivir en un cuadro de relativa distribución, suficiente para generar un consenso y una fuerza militar capaz de mantener al 80% restante en una posición totalmente subyugada y paupérrima. Evocando este escenario, el sociólogo Immanuel Wallerstein observa con razón que, “el orden mundial que Hitler tuvo en mente no era muy diferente”.

Al mismo tiempo, es evidente que el Norte no puede abrir de par en par las puertas al Sur sin exponerse a grandes trastornos. Esas tensiones ya están hoy a la vista en Estados Unidos y en la UE, donde alimentan xenofobias y nacionalismos excluyentes que se mezclan con la merma de soberanía que resulta de la mundialización neoliberal y son uno de los factores de desintegración interna.

 Propugnar una política de puertas abiertas, algo que como actitud moral es correcto, resulta completamente inviable e irrealista desde el punto de vista político. 

A la luz de los incrementos que están por venir como consecuencia del belicismo, del cambio climático y de los incrementos demográficos, ni el estado social ni la estabilidad política resistirían la prueba de tal apertura en el Norte. Entonces, ¿Cuál es la política adecuada, la actitud conforme con los retos del siglo y el más elemental humanismo que podrían defender los responsables políticos ante sus electores, desmarcados de esa hitleriana Herrenvolk-Demokratie del 20% de los humanos sobre la subyugación y la pobreza del resto?

La respuesta es obvia: una política decente en materia de emigración es imposible sin afrontar las cuestiones generales que están en el origen del fenómeno; la cuestiones de la guerra y de la paz, del desarrollo desigual y del calentamiento global.

 Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas a una emigración masiva del Sur sin sentir vergüenza. Cumplir con el mundo, quiere decir llevar a cabo en su acción de gobierno -y promover en su acción exterior- una línea en sintonía con los retos de los tiempos. El decálogo de tal política es cada vez más evidente.

La actual crisis migratoria en Europa está en relación directa con el estado de guerra declarado en Oriente Medio, desde Afganistán hasta el norte de África, con su epicentro en Siria e Iraq. Recordemos que en Afganistán quince años de guerra han creado 220.000 muertos, que en Iraq trece años produjeron más de un millón de víctimas y la división del país en tres trozos, que en Libia se contabilizan más de 40.000 muertos tras seis años de caos y la división del país en trozos, y que en Siria seis años de guerra han generado más de 300.000 muertos y fragmentado el país. 

En todos esos países la intervención occidental ha empeorado claramente la situación existente antes. Acabar con eso, dejar de participar en eso y romper con las alianzas que promocionan eso, sería el primer artículo del decálogo para cumplir con el mundo.

El antibelicismo habría que conjugarlo con políticas contra el crecimiento crematístico que está en el origen de tales desastres, con el fin de las políticas comerciales basadas en la rapiña y el abuso así como con los regímenes emplazados en el Sur para garantizarlas, con la práctica del multilateralismo en la esfera diplomática, con la denuncia de los acuerdos y relaciones desiguales, con el coto al extractivismo y a la emisión desenfrenada de gases responsables del efecto invernadero, con el respeto y desarrollo de los acuerdos internacionales en la materia, con el cumplimiento del insuficiente compromiso de la ONU de dedicar el 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo, con la prohibición de la venta de armas y la sanción al colonialismo, con la promoción del desarme de los recursos de destrucción masiva comenzando por las cinco potencias nucleares del consejo de seguridad de la ONU, etc., etc.

Solo desde un programa político reformista y humanista que apuntara en esa dirección, podría un estado nacional cerrar sus puertas a los grandes flujos migratorios que están por venir, alegando su compromiso práctico con un mundo viable y la necesidad de preservar su estabilidad interna.

Solo los gobiernos del Norte que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir la vergüenza que suscita la presente política hipócrita de la Unión Europea, hablando por un lado de derechos y valores mientras se organizan centros de detención de emigrantes en África y se alimentan las hogueras globales con un modo de vida inviable para todos y sostenido por el militarismo."               (Rafael Poch, 15/09/18)

15/10/15

¿Puede la fotografía también alcanzar dimensión ética a través de la compasión, y así motivar una conducta sin egoísmo?


"(...) Martha C. Nussbaum, la filósofa norteamericana galardonada con el premio Príncipe de Asturias hace un par de años, le dedica páginas muy brillantes al mencionado sentimiento en su libro Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones, un grueso volumen en el que su autora trata de convencernos de que la emoción es una función de las facultades cognitivas, del pensamiento, tesis que, en principio y a falta de un más fino examen, parece verosímil a la luz de las conclusiones extraídas por el neurocientífico Antonio Damasio a partir de las evidencias encontradas en el transcurso de sus prolijas investigaciones neurológicas (muy recomendable a este respecto la lectura de sus libros, especialmente El error de Descartes y En busca de Spinoza). 

Afirma la señora Nussbaum en la publicación mencionada: “El reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidad es, entonces, un requisito epistémico muy frecuente y casi indispensable para que los seres humanos se compadezcan… la mayoría de las veces extendemos nuestra simpatía basándonos en la existencia de una vulnerabilidad compartida ante el dolor. 

Pensamos qué horrible sería sufrir un dolor así y sin esperanza alguna de cambiarlo”. Más adelante dirá que ese pensamiento “promueve la selección de principios que elevan los niveles mínimos de la sociedad”. Aquí pone la autora de esta frase un punto y aparte, quedando implícito que está referida a los niveles mínimos de exigencia ética. 

Desde luego que la filósofa norteamericana no es la primera en fijarse en el valor ético de la compasión. Ya lo hizo el cascarrabias de Arthur Shopenhauer, el cual asigna a la compasión nada menos que el fundamento de la moral, ya que ella es la única que excluye el egoísmo como motivación de la conducta. 

La compasión, en efecto, según el antagonista de Hegel, se ejerce en la experiencia de sufrimiento y carencia del otro; en convertir el sufrimiento del otro en mi sufrimiento. Para él era “el gran misterio de la ética”. (...)

¿Puede la fotografía también alcanzar dimensión ética a través de la compasión, y así motivar una conducta sin egoísmo, como apuntaba el viejo Schopenhauer?
La prueba la tenemos en esa fotografía de un niño en una playa de Turquía publicada hace un par de semanas que ha conmovido la conciencia moral de muchos ciudadanos europeos, y que ha provocado un cambio de actitud notable de parte de algunos importantes líderes de la Unión. 

Ella ha hecho pensar sobre ese movimiento de refugiados, que se percibía más bien como un problema molesto, en el sentido en el que Nussbaum habla de pensamiento como conjunto de capacidades cognitivas que incluyen las emociones, particularmente la compasión.

 En efecto, nos dice la filósofa: “La compasión tiene, pues, tres elementos cognitivos: el juicio de la magnitud (a alguien le ha ocurrido algo malo y grave); el juicio del inmerecimiento (esa persona no ha provocado su propio sufrimiento); y un juicio eudaimonista (esa persona o esa criatura es un elemento valioso en mi esquema de objetivos y planes, y un fin en sí mismo cuyo bien debe ser promovido)”. 

Todos ellos se activaron evidentemente ante la contemplación de la lacerante imagen citada. Ahora bien, siendo innegables la magnitud de la desgracia así como irrefutable el inmerecimiento del dolor causado es el juicio eudaimonista el que está equivocado la mayor parte de las veces –“y casi siempre de forma dramática”, nos advierte la autora–.

 Y, en efecto, así parece en el caso que hemos mencionado. Diríase que la imaginación empática se quiebra ante la controversia ideológica sobre hasta qué punto otros seres humanos deben ser incluidos dentro del círculo de aquellos que merecen nuestro interés respecto de lo que les pase. 

Así, hay concepciones éticas, ya sean religiosas o seculares, que animan a las personas a ampliar sus esferas de interés más allá de los límites que abarca la moral cálida de la proximidad; a trascender las fronteras de raza, clase, religión o, incluso, de nacionalidad. 

Por contra, también nos encontramos con el fomento de actitudes en sentido contrario que conducen a una restricción de los intereses de los ciudadanos, y de preferencia por los miembros de su propia religión o de su grupo y, a menudo, a despreciar y rechazar a ciertos otros grupos. 

Si no, ¿cómo entender el proceder de países europeos que tienen memoria histórica de lo que es encontrarse en la terrible situación en la que se hallan los que ahora buscan refugio y que, sin embargo, no parecen compadecerse de ellos a juzgar por su conducta insolidaria?

Para no estar al albur de las inspiraciones ideológicas en un sentido moral u otro, o de la percepción de estímulos –como la mencionada fotografía– que nos hagan pensar de forma compasiva parece preciso fijar ese pensamiento en la praxis política, plasmándolo en un cuerpo de leyes que asuman los tres elementos cognitivos enunciados más arriba. 

Porque podemos plantar cara a ese relativismo que parece imposibilitar un juicio sobre la legitimidad moral de un determinado proceder político ateniéndonos al universalismo ético que propugna Mario Bunge en su libro, tan completo como incisivo, titulado Filosofía Política, y que conlleva una ética humanista, es decir, antropocéntrica, no teocéntrica, constituida por normas universales. 

Lo que es incompatible con el localismo ético; el cual es parte integrante tanto del relativismo ético como de las ideologías tribales, que –como no puede ser de otro modo– anulan el juicio eudaimonista definido por Nussbaum y, por ende, desactiva la compasión como motivación, pues se piensa que quien sufre ese grave daño de modo inmerecido, no obstante, no es un elemento valioso en mi esquema de objetivos y planes, ni consecuentemente un fin en sí mismo cuyo bien debe ser promovido, ya que no es miembro de mi tribu, nación, credo, raza…

Casi al final de Blade Runner hay una secuencia estremecedora en la que el replicante líder, el único superviviente de los suyos, consciente de que ya no puede eludir su muerte inminente, salva la vida del humano que trataba de ejecutarlo. 

Próximo a su propio fin se compadece de su verdugo porque, en ese preciso instante agónico, conoce el fundamento de la esencial fraternidad que hace de la humanidad una realidad que trasciende cualquier ficción tribal, y que no es otra que la preciosa fragilidad de la misma vida, nuestra mortalidad (consciente).

 Es la plasmación del supremo principio moral humanista –al que el maestro Bunge denomina “agatonismo”–, que no es vivir y dejar vivir, sino vivir y ayudar a vivir."                (José María Agüera Lorente , Rebelión, 29/09/2015)

3/7/15

La ceguera moral... la nuestra

" El internacionalmente famoso, sociólogo polaco, Zygmunt Bauman nos acaba de sorprender con un nuevo libro impactante, publicado recién en marzo de este año, con el título “Ceguera moral”. Denuncia la insensibilidad moral y el deterioro moral progresivo que según él se está convirtiendo en característica de nuestro tiempo. (...)

Para identificar mejor lo que está pasando, Bauman crea un neologismo de raíz griega: “adiáfora”, aludiendo al hecho concurrente de “situar ciertos actos o categorías de los seres humanos fuera del universo de evaluaciones y obligaciones morales”.

La ética o la moral, como prefieran decir, no existe para ciertos campos del quehacer, del comportamiento humano. Los actores de esos campos de acción (por ejemplo, los actores de la política) ignoran, prescinden de todo compromiso moral. Pueden hacer lo que quieren y les conviene a sus respectivos intereses egoístas, sin que se les ocurra ni permiten que a otros se les ocurra o intervengan, para poner orden y sanción a sus comportamientos corruptos.

Parecería que Zygmunt Bauman estuvo visitando nuestro país, observando a muchos de nuestros políticos, administradores públicos, narcotraficantes, narcopolíticos, criminales y delincuentes para inspirarse y escribir sobre la adiáfora y la ceguera moral.

La ceguera no está solamente en los ojos morales de los actores en esos sectores, está contagiándose también en toda la sociedad, que contempla pasiva y permisivamente la corrupción y nada hace para impedirla, incluso es tanta la ceguera y torpeza que a la hora de las elecciones para las responsabilidades políticas no son capaces de ver que vuelven a elegir a los mismos corruptos que les están robando dinero, oportunidades y esperanzas.

Sucede, como escribe Bauman, que la sociedad parece estar embotada, ha perdido la sensibilidad moral y no le da importancia a los hechos y sus autores que hacen daño grave a todos.

Esa sensibilidad embotada se realimenta con el comportamiento insólito de mucha gente, quizás la mayoría, también niños y adolescentes, que disfrutan dedicando su tiempo libre de distracción y descanso, hasta pagando dinero para ver sin prisa violencias, muertes, asesinatos, crímenes horrendos, destrucciones masivas en películas de cine y televisión que presentan descarnadamente la crueldad y el terror, convertidos en espectáculo.

Estamos bombardeados por tantos y constantes estímulos que nuestra sensibilidad termina acostumbrándose a ver el sufrimiento trágico de los demás sin inquietar nuestra afectividad y nuestra conciencia. El sufrimiento de muchas personas que están en nuestro entorno social resulta pálido e insignificante para sensibilidades embotadas.

La voz de alerta de Bauman se une a una denuncia semejante que pocos años atrás hizo Gilles Lipovetsky, cuando escribió su interesante libro: “El crepúsculo del deber”. El sutil análisis sociológico de Lipovetsky hace ver cómo el “deber” sostenido por criterios razonados y generador de virtud, a partir de la posmodernidad queda relevado por el placer que busca la felicidad individual y subjetiva.

La posmodernidad depuso a la diosa razón e instaló al sentimiento y el placer en su trono, alimentados por el consumo. La hipermodernidad está acelerando el consumo hasta el hiperconsumo, que ya ha superado la simple adquisición del consumo material, moviendo a la sociedad actual en búsqueda, a veces compulsiva, del consumo de emociones, con el turismo erótico, el turismo de aventuras, el consumo de drogas, los espectáculos de la crueldad y el terror.

La ética se ha debilitado tanto, que estamos ciegos y ni la vemos ni la echamos de menos, prescindimos de ella. Las normas del deber nos resultan rígidas, la virtud es cosa del pasado, lo que importa es el placer personal vivido en el individualismo excluyente, tan exclusivo que no se interesa ni asume responsabilidad ni compromiso ni siquiera con la pareja en la experiencia del amor. (...)"             (Publicado en www.abc.com.py , en Ssociólogos)

10/6/15

¿Cómo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?

"(...) ¿Qué es el hambre en lo que tú en el ensayo nombras como el “OtroMundo” y el hambre en nuestras sociedades occidentales?

Aquí nos parece que conocemos el hambre. Tenemos hambre dos o tres veces por día, y lo decimos: “Ay, qué hambre tengo”. Eso no tiene nada que ver con la sensación de no saber si vas a poder conseguir comida mañana, que es lo que le pasa a novecientos millones de personas en el mundo, ni con la situación de pobreza y marginación donde esto se produce.

Hablas de muchos condicionantes de la pobreza: la falta de higiene, la violencia… pero, ¿hay algo que la defina más que el hambre?

No. Es la forma más extrema de la pobreza. Es la más extrema porque es la más insoportable: muchas otras son intolerables en términos éticos pero puedes vivir sufriéndolas. En cambio, el hambre se te hace muy difícil seguir viviendo con él. 

En España, hace cinco o seis años nadie hubiese dicho que había personas pasando hambre. Haz una prueba: pon en Google “España hambre” y la mayor cantidad de resultados son páginas en las que puedes donar dinero para paliar el hambre en Nigeria o la India.

 El Estado español sigue hoy con la misma actitud para con la desnutrición de sus ciudadanos. Si te fijas, no hay estadísticas. Se hace muy difícil encontrar cifras sobre la desnutrición en este país: el Gobierno sigue haciéndose el tonto, pero por lo menos hay más consenso que hace cinco o seis años de que en España hay gente que tiene problemas para comer todos los días.
El lexico perverso sobre el hambre: “subdesarrollados” en lugar de miserables, “villas” en lugar de barrios de chabolas… ¿Crees que este lenguaje está estratégicamente diseñado o lo vamos creando de forma inconsciente para que, de alguna forma, el hambre no esté presente en nuestras vidas?

Hay de todo. Por un lado hay miles de funcionarios, de políticos… que intentan crear lenguajes que no digan lo que deberían decir. “Inseguridad alimentaria” para llamar al hambre es un ejemplo clarísimo. Pero al mismo tiempo, si ese lenguaje prospera, es porque hay muchas personas que prefieren no escuchar. Entonces se produce una alianza perfecta entre quienes no quieren decir y quienes no quieren escuchar.  (...)

En los escenarios del hambre a los que has ido (India, África, Argentina, USA) siempre preguntas “¿Y Dios qué tiene que ver en esto?”.

Digo bastante que no me he encontrado hambrientos ateos porque da la sensación de que, cuando uno está muy jodido, necesita creer que hay algún orden que produce esa desolación, esa miseria. Para que tenga algún sentido, para que uno no tenga del todo la culpa, porque es lo que le han dicho… 

Las religiones siempre han servido para justificar ese tipo de situaciones y aplacar a los hambrientos. Hay una cita en “El Hambre” de la Madre Teresa que habla de la belleza de ver a los pobres sufrir su suerte. Me parece, como dicen los abogados en las series americanas, “I rest my case”.   (...)

Eso sí, al menos en el cristianismo si eres pobre tienes un sitio en el Reino de los Cielos, en cambio en el hinduismo, como cuentas, la idea del karma es terrible, a pesar de que ha sido trasladada a Occidente con este rollo “new age” y buenrrollista.

Lo del hinduismo es increíble. Te dice que si estás pasándolas canutas es porque anteriormente hiciste algo muy malvado y, ahora, catorce encarnaciones más adelante, lo estás pagando. Esto es de una perversidad… si te mueres de hambre es porque te lo has buscado.

Un dilema del libro: la caridad. La caridad como idea puede ser criticada pero en el día a día práctico, sí da de comer a mucha gente.

No tengo respuesta a eso. Como medida de intervención yo la condenaría en la medida en que lo que hace es ayudar a que se sostenga un sistema injusto. Yo preferiría una forma de organización en la que nadie necesitase la caridad y entonces estuviese destinada a desaparecer. Al mismo tiempo, mientras esto no ocurra, es mejor que la haya a que no la haya porque eso hace la diferencia entre la vida y la muerte para muchas personas.

Frase de café que te puede decir cualquier cuñado neoliberal: “El capitalismo será malo pero nunca ningún otro sistema ha dado de comer a tanta gente”. Esto choca con algo que dices en el libro, “estoy a favor de lo impensable”, ¿existe algún otro sistema?

La frase del inicio de pregunta se podría decir, a lo largo de la Historia, de cada uno de los sucesivos sistemas. Lo curioso es que cuando uno estudia la Historia, lo primero que ve es que ha habido desde hace tres o cuatro mil años una sucesión de sistemas de organización social, económica y política que, cada uno de los cuales, estaba convencido de que no podría haber otro. Si en el siglo XVI hubieses salido a la calle y dicho “¿Reyes? ¿Para qué necesitamos reyes? Tenemos que votar”, pensarían que estabas loco.  (...)

“Que tantos consigan comer todos los días es un milagro, que tantos no lo consigan es una canallada”, escribes. Ya sé que tú no la tienes pero, ¿hay alguna solución?

Sí, hay soluciones y son claramente políticas. Insisto en que el hambre contemporánea es el más canalla porque, por primera vez en la Historia, hay comida para todos. Ya no vale la coartada de que no alcanza: algunos concentran tanto que otros no tienen lo que necesitan. Eso solo puede solucionarse a través de decisiones políticas que hagan que se establezca lo que yo llamo en el libro “una forma moral de la economía”, en la que todos tengan suficiente y

ninguno tenga demasiado. El problema es que no sabemos cuál es la forma política que podría llevarlo a cabo.

Te plagio la última pregunta de una que te repites en tu libro, “¿Cómo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”.

Lo conseguimos de muchas maneras: la más habitual y eficaz consiste en mirar hacia otro lado. Hay muchos lugares donde mirar que nos permiten olvidar que pasan estas cosas, sobre todo en la medida que estas cosas les pasan a otros. El hambre es el menos igualitario de los problemas que sufrimos. 

Así como se supone que las amenazas ecológicas son igualitarias porque a todos se nos van a joder los pulmones si el aire está poluido, en cambio, sabemos que la miseria y el hambre la van a pasar otros. 

No seremos ni nosotros, ni nuestros parientes, ni nuestros amigos. Eso facilita mucho seguir viviendo. También hay otros mecanismos: la religión, las ideologías, la creencia en el mercado… que hacen que nos digamos que, finalmente, esto es lo mejor que podemos conseguir. 

Si esto es lo mejor que podemos conseguir, estamos como Aisha, la mujer africana que abre el libro, que, cuando el mago le ofrecía cualquier cosa, a ella lo más osado que se le ocurría pedir eran dos vacas. Nosotros deberíamos poder pedir algo más que dos vacas, por lo menos, que todos podamos comer bien."                (Entevista a Martín Caparrós sobre su libro "El hambre", Edu Galán , El diario.es, en Rebelión, 09/06/2015)

3/9/14

Aceptamos que es más urgente para todos evitar que una empresa de seguros o un banco vayan a la bancarrota, que alimentar a millones de niños

"Octubre de 2008. La FAO, la Organización para la Alimentación y la Agricultura (el traductor de Ernesto Guevara en su periplo europeo fue su coordinador en algún momento) informaba que el hambre afectaba a unos mil millones de seres humanos.

 En sus cálculos reconocidos, con 30 mil millones de dólares USA anuales bastaba para superar la situación, para salvar todas esas vidas afectadas por el hambre, la miseria y la muerte. 

En ese mismo momento, la acción concertada de seis bancos centrales, los de EEUU, UE, Japón, Canadá, Gran Bretaña y Suiza, derivó 180 mil millones de dolares al mercado financiero: ¡era necesario salvar a los grandes bancos privados que estaban hundiéndose!

Yanis Varoufakis describió así la situación: “En 1929 el total de los créditos pendientes de pago en EEUU era del 160% del PIB. En 1932, conforme las deudas se acumulaban y el PIB caía, había subido hasta el 260%. En contraste, EEUU entró en el crash de 2008 con un total de créditos pendientes de pago del 365% del PIB.

 Dos años más tarde, en 2010, se había elevado hasta un formidable 540% del PIB (Y esta cifra no se incluye los derivados, cuyo valor nominal pendiente de pago es de al menos cuatro veces el PIB)” [3]

Poco después de la primera inyección financiera, el Senado USA aprobó una partida adicional de 700 mil millones. Dos semanas más tarde, otra de 850 mil millones. El paquete de “ayuda” continuó creciendo y creciendo. Hasta el infinito y más allá. Se calcula que en septiembre de 2009 alcanzó los 17 billones (millones de millones) de dólares. USA por supuesto. 

Ante una situación así, señala Manfred Max-Neef, tenemos dos alternativas: ser demagogos o realistas. ¿Demagogos, realistas? ¿En qué sentido, qué acepción usamos? En este: “si… aceptamos que es más urgente, más necesario y más conveniente y rentable para todos evitar que una empresa de seguros o un banco vayan a la bancarrota que alimentar a millones de niños, o brindar ayuda a las víctimas de un huracán, o curar el dengue, seremos calificados de realistas.”

¿O no es el caso? Si, por el contrario, proponemos un referéndum para preguntar a la ciudadanía si prefiere usar sus recursos monetarios para salvar vidas o bancos, seremos acusados de ser unos demagogos. Con razón. Y unos irresponsables. 

Durante tiempo se dijo y repitió, señala Max-Neef (se sigue repitiendo la misma letanía), que nada se podía hacer, que no había dinero suficiente. Surgió de repente, una verdadera y teológicamente pura creatio ex nihilo. 

De las mejores, nunca superada hasta el momento. “Nunca hay suficiente para quienes no tienen nada pero siempre hay suficiente para quienes lo tienen todo” comenta el economista chileno-germano. 

Mediados de 2014, ¿a cuánto ha podido subir el dinero global del rescate? ¿Exagero si hablo en 25 billones (millones de millones) de dólares? Exagero. Vale, de acuerdo. Lo dejamos en 20 billones. 

Dividamos esa cantidad entre los 30 mil millones necesarios (supongamos la misma cantidad, no es un disparate) para superar el hambre en el mundo. Resultado-cociente de la operación (con residuo insignificante): 666, ¡medio milenio, un siglo y medio más, una década y media sumada y un año añadido: un mundo humano sin hambre! 

¿666? ¿No era 666 la marca de la Bestia en el Nuevo Testamento, en las Revelaciones de San Juan? “ El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis.”
Pues eso: contra la paradoja de la Bestia."               (Salvador López Arnal, Rebelión, 02/08/2014)

2/3/12

La gente de «clase alta» tiende a comportamientos menos éticos

"Las personas de clase social más alta, con más recursos económicos y educación tienden a comportamientos menos éticos que las personas con menos recursos, según informó el investigador Rodolfo Mendoza Denton, de origen mexicano y profesor en el Departamento de Psicología de la Universidad de California (Berkeley).

«Llevamos a cabo siete estudios experimentales y naturalísticos que nos llevaron a conclusiones sorprendentes porque uno pensaría que las personas con menos recursos estarían más motivadas a comportarse de manera inmoral, antiética o aún violando la ley», afirmó el investigador desde Turquía, donde se encuentra cuando se ha publicado un estudio de su equipo en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.

El equipo, encabezado por Paul Piff, llevó a cabo dos pruebas en situaciones naturales para evaluar las probabilidades de que los conductores de vehículos se cruzaran al paso de otros vehículos en una intersección muy transitada de dos calles con cuatro direcciones, y de los peatones en una esquina del área de San Francisco (EEUU).

El factor de referencia fue la marca del vehículo, la edad y la apariencia del conductor para señalar su clase social. Los autores descubrieron que un porcentaje más alto de los conductores de vehículos caros -«un Porsche o un Ferrari», dijo Mendoza- se adelantaba al cruce de otros vehículos o los peatones, comparado con los conductores de vehículos de menos lujo.

En otros cinco experimentos de laboratorio con estudiantes de licenciatura de la Universidad de California o una muestra de alcance nacional de adultos en internet mostraron que los participantes que se consideraban a sí mismos de «clase alta» tenían tendencias mayores que los de «clase baja» a tomar decisiones contrarias a la ética.

Entre esos comportamientos se citan la sustracción de objetos valiosos de otras personas, mentiras en una negociación o para aumentar las posibilidades de ganar un premio o el aval a una conducta incorrecta en el trabajo. «Las conclusiones se aplican independientemente de la edad, el género, el grupo étnico, el credo religioso o la ausencia de fe religiosa, y la orientación política de los participantes», indicó el estudio.

«El concepto general de clase social incluye los ingresos y también la profesión porque hay profesiones que son prestigiosas aunque uno no gane tanto dinero, como los profesores», dijo Mendoza, quien agregó que también incluye el nivel de educación. «Ése es el nivel social objetivo, pero está también el subjetivo que es la manera que uno se percibe a sí mismo en relación con los otros», explicó el investigador.

Lo importante no es sólo la conclusión de que la gente «que está más arriba tiende a comportarse menos éticamente, sino por qué» continuó Mendoza.

«La gente de clase alta tiende a sentir que la avaricia es buena», y añadió que alguna gente dice que la «avaricia es buena por muchas razones, y esa actitud tiende a concentrarse en gente de clase alta», insistió.

En cuanto a la gente de clase baja, que está más expuesta a peligros y tiene menos recursos o el trabajo no es estable, «trabaja más para asegurar las relaciones humanas sean fuertes y duraderas», añadió.

En cambio, las personas de clase alta «como tienen más recursos, se sienten más seguras, tienen el lujo de ser más independiente, tienden a enfocar pensamientos y las emociones hacia sí mismos y piensa menos en las consecuencias que su comportamiento tiene para otros», concluyó."            (La Voz de Galicia, 27/02/2012)

22/5/11

"De las tres historias de la humanidad, la de la violencia, la de la belleza y la del sufrimiento, solo las dos primeras se escuchan"

"El sufrimiento", ha escrito Adam Zagajewski, "es mudo. Quiero decir históricamente mudo. Un grito no dura mucho y no se deja perpetuar en ninguna partitura".

El sufrimiento no deja ninguna huella y basta con mirar a otro lado para que sus efectos desaparezcan.

Nadie cuenta la historia de los niños que se mueren de hambre, de los africanos que naufragan en las pateras, del pueblo saharaui, de las vendedoras de rosas en los arrabales de la droga, de las adolescentes mexicanas asesinadas en las fronteras de la corrupción y la perversidad.

Nadie quiere escuchar su historia, porque hacerlo supondría tener que preguntarnos, por ejemplo, si tal vez pudimos hacer algo para evitar su sufrimiento, y si acaso no somos responsables de él por nuestro silencio.

El alto ejecutivo que va a cobrar bonos millonarios mientras se prepara una brusca reducción de los empleados de su empresa, ¿se pregunta por el destino de todas esas familias que se quedarán sin trabajo? No, no lo hace, le basta con pensar en su libertad.

Los sanos no se preguntan por las historias de los enfermos, las grandes damas por el destino de los esclavos que bajan a las minas de Sierra Leona para conseguirles los diamantes que lucirán en las fiestas, los vendedores de armas por el uso que darán a las armas aquellos que se las compran. (...)

Como afirma José María Merino, el modelo del caballero andante ha caído en desuso. Hoy el modelo es el pícaro, el que no duda en hacer lo que sea con tal de conseguir sus propósitos. Pero los héroes de nuestra infancia no eran así. Amaban la libertad, pero sabían que esta no era nada sin el anhelo de justicia.

Por eso se ponían de parte de los débiles y los oprimidos. Ellos no podían aceptar vivir en un mundo donde alguien sufriera a causa de los abusos o la indiferencia de los poderosos. Amaban la libertad, pero sabían que esta solo cobraba su verdadero sentido en un mundo desinteresado y fraterno.

El corazón de una sociedad es la ley, el de una comunidad es el amor, dijo Roberto Rossellini. La idea de una comunidad no es nada sin un proyecto común, sin la certeza de que más allá de nuestros intereses particulares hay algo delicado y eterno que compartimos con los demás.

La poesía surge de esa certeza, y por eso se empeña en seguir contando la historia del sufrimiento de los hombres. Cesare Pavese dijo que era una protesta contra las afrentas de la vida.

Una forma de llamar la atención sobre la tristeza, el dolor y las injusticias, pues mientras haya alguien que sufra en el mundo no somos lo que deberíamos ser." (GUSTAVO MARTÍN GARZO: La historia del sufrimiento. El País, 21/05/2011, p. 35)

20/1/09

¿Somos culpables por la guerras? ¿Inocentes?

"El fanatismo se alimenta de la debilidad. El principio de que todo hombre debe reconocer al otro como un semejante, lejos de ser evidente, es una conquista de la voluntad. Que la inteligencia venga a socorrer al amor, escribió Antoine de Saint-Exupéry. Sólo los más fuertes, desde un punto de vista moral, son capaces de evitar responder con violencia a los violentos y de escuchar las palabras de la dulce y amigable razón.

Emmanuel Lévinas, en una de sus lecciones talmúdicas, habló de las ciudades refugio. Eran lugares en que podían cobijarse quienes habían matado a alguien sin quererlo. Su acción había sido involuntaria, por lo que no podían ser condenados, pero necesitaban protegerse de los amigos o familiares del muerto. Eso era una ciudad refugio, un lugar donde se recibía a los que, no siendo culpables, tampoco eran enteramente inocentes. Lévinas pensaba que Occidente podía verse como una de esas ciudades refugio.

Puede que no seamos culpables de las cosas que ocurren a nuestro alrededor, pero tampoco somos inocentes de ellas. No deberíamos olvidar esto, a riesgo de caer en lo más terrible: la indiferencia ante el dolor de nuestros semejantes." (GUSTAVO MARTÍN GARZO: Los niños muertos. El País, ed. Galicia, Opinión, 18/01/2009, p. 35)