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1/12/20

¿Por qué es tan importante llamarlo fascismo? Porque si nosotros, como norteamericanos, reconocemos abiertamente esa terrible verdad, podremos encontrar un modo de impedir que este régimen fascista consolide su poder, antes de que sea demasiado tarde

 "No me enteré de que mi madre y Anne Frank habían sido amigas en la infancia hasta que, estando en séptimo curso, lleve el Diario de Anne Frank a casa. Aquél día mi madre me enseñó una fotografía en la que estaba con su prima y Anne y Margot Frank.

Fue una mirada excepcional al pasado de mi madre. Ella nunca hablaba de su infancia en Alemania y en la Holanda ocupada, de la guerra, de vivir escondidos o del Holocausto. Se negaba a hablar alemán incluso con nosotros, sus dos hijos.

Posteriormente averigüé que en 1960 mi madre fue la primera persona de su generación en demandar al gobierno alemán y exigirle reparaciones. El abogado de mi madre fue Robert Kempner, que sobrevivió a un campo de concentración nazi y llegó a ser ayudante del abogado en jefe estadounidense en el tribunal militar internacional de Núremberg. El juicio se prolongó durante catorce años antes de ser desestimado por falta de fondo legal. Solo después de su muerte vi las transcripciones que describían sus cicatrices físicas y psicológicas y empecé a entender por qué nunca salía de casa, ni siquiera cuando me galardonaron en el instituto.

Algunas personas sostienen que los alemanes no sabían o no entendían lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Puede que sea verdad, aunque las señales estaban ahí desde el principio.  Básicamente, existía un rechazo a ver lo que estaba pasando delante de sus narices y una falta de liderazgo moral en los momentos clave, cuando aún se hubiera podido detener al régimen. Las diferentes facciones políticas –comunistas, socialistas, Jewish Bund, movimiento sindical– no lograron unirse para detener el programa “Make Germany Whole Again” (“Logremos una Alemania Completa de Nuevo”) a pesar de que todos ellos, hasta cierto punto, reconocían el peligro. No se dieron cuenta de que llegaría un momento en que la puerta se cerraría de golpe y no habría más oportunidades para oponerse.

Hoy presenciamos la misma espiral de acontecimientos con el programa de odio e intolerancia de Donald Trump “Make America Graet Again” (Hagamos a América Grande de Nuevo”) que destruye las normas y el principio de legalidad al permitir que una niñas como Darlyn Cristabel Cordova-Valle mueran en campos de concentración en la frontera o que una autoproclamada milicia de nacionalistas blancos asesine a manifestantes en las calles de Kenosha, Wisconsin. Todo se ha precipitado en los últimos meses: Trump se niega a reconocer la pandemia  en la que han muerto más de 180.000 estadounidenses; tropas federales paramilitares sin identificación persiguen a manifestantes en vehículos civiles y fuerzas similares surgen ahora en otras ciudades; claras maniobras para socavar o cancelar el núcleo de la democracia: las elecciones.

Algunos comentaristas andan ahora debatiendo si Trump es fascista, si lo que estamos presenciando es fascismo, si ya es hora de utilizar la maldita palabra. Los expertos en política sostienen que Trump se está comportando como un fascista, usando tácticas fascistas, actuando como un dictador o representando un show para su base electoral, pero siguen negándose a afirmar abiertamente que Trump es un fascista o a llamar fascista al régimen que preside. Algunos defienden que no es fascismo porque todavía tenemos un Estado bipartidista; porque la Gestapo no está llamando a las puertas de todo el mundo; porque aún existe cierta apariencia de libertad; porque Trump no ha comenzado una nueva guerra a pesar de sus belicosas amenazas.

Si ese es el criterio para catalogar a un régimen de fascista, tampoco los nazis eran fascistas cuando llegaron al poder. Sin embargo lo eran. No se juzga si un régimen es fascista por sus contratiempos o por lo que todavía no ha hecho. Basta con ver lo que Trump ha hecho. Basta con ver lo que ha dicho y lo que promete hacer. Basta observar los propósitos de su régimen y la dirección por la que nos está llevando.

Poco antes de morir, la Fundación Shoah de Steven Spielberg hizo una entrevista a mi madre. En ella describía cómo fue sucediendo todo: un cambio en la ley o un edicto aquí y allá… y de repente ya no podía comprar en su panadería favorita. Luego presenció cómo dispararon al director de su escuela por negarse a izar la bandera nazi. Y al final llegó el día en que no pudo ver más a su amiga Anne Frank.

Pienso en que mi madre y Anne Frank podrían haber celebrado los éxitos de sus nietos en una comida familiar si el pueblo alemán hubiera expulsado a los nazis cuando todavía estaban a tiempo de hacerlo.

¿Por qué es tan importante llamarlo fascismo? Porque si nosotros, como pueblo, reconocemos abiertamente esa terrible verdad, podremos encontrar un modo de impedir que este régimen fascista consolide su poder, antes de que sea demasiado tarde. Si el pueblo alemán hubiera sabido lo que nosotros sabemos y hubiera tenido la oportunidad de echar a Hitler y al partido nazi con protestas continuas no violentas, ¿no la habrían aprovechado? ¿No se habrían negado a aceptar lo que ya estaba pasando?

Esa es la pregunta a la que nos enfrentamos ahora. Si no llegamos aceptamos la cruda realidad no hay debate posible y estaremos contribuyendo a un engaño masivo. ¿Cuántos Anne Frank, Darlyn Cristabel, o Joseph Rosenbaum vamos a consentir? ¿Cuántas vidas vamos a sacrificar si no rompemos ya el engaño?

(Scott Gilbert es un médico que trabaja en el área de Boston y es portavoz regional de la organización RefuseFascism.org. en Rebelión, 24/09/20; fuente: Counterpunch)

8/6/20

Las raíces estadounidenses del nazismo

"Las ideas de superioridad de la raza blanca para explicar y justificar el imperialismo moderno fueron moneda común durante el siglo XIX en ambos lados del Atlántico, generaciones antes que apareciera la excusa del comunismo. En Estados Unidos las justificaciones científicas eran necesarias para mantener oprimida a su numerosa población negra. 


“Si eres rubio, perteneces a la mejor gente de este mundo. Pero todo se terminará contigo. Tus antepasados han cometido el pecado de mezclarse con las razas inferiores del sur. Como resultado, las mejores cualidades de los rubios, pertenecientes a la raza creadora de la mejor cultura, se ha ido corrompiendo, sobre todo aquí, en Estados Unidos”.


Así comienza el New York Times su artículo destacado del 22 de octubre de 1916 basado en el nuevo libro de Madison Grant The Passing of the Great Race (El final de la Gran Raza) quien, “en palabras mucho más científicas”, alerta del fin de la raza rubia a manos de los blancos de pelo castaño y, peor, de los de pelo castaño de piel oscura. Según el autor, el problema de los nórdicos era que no disfrutaban del frío y preferían el calor y la calidez soleada del sur, pero sólo podían subsistir en estas regiones tropicales como dueños de las tierras sin tener que trabajarlas. 

Los habitantes de India hablan la lengua aria pero su sangre ha perdido la calidad del conquistador. El autor, en una de sus conclusiones más moderadas, descubre que la solución está en las prácticas del pasado. “Ninguna conquista puede ser completa si no se extermina a las razas inferiores y los vencedores llevan a sus mujeres con ellos… Por estas razones, los países al sur del cinturón negro de Estados Unidos, y hasta los estados al sur de Mississippi deben ser abandonados, es decir, libres, dejados a la suerte de los negros”. 


Las ideas de superioridad de la raza blanca para explicar y justificar el imperialismo moderno fueron moneda común durante el siglo XIX en ambos lados del Atlántico, generaciones antes que apareciera la excusa del comunismo. En Estados Unidos, las justificaciones científicas eran necesarias para mantener a su numerosa población negra (primero como esclavos y luego como ciudadanos segregados) en el lugar que supuestamente les correspondía según las reglas del orden, la civilización y el progreso. 


Ya avanzado el siglo XX, los memorandos y los  informes de diferentes políticos, senadores y embajadores continuaron con esa tradición. El jefe para América Latina y eventual embajador, Francis White, durante décadas escribió reportes y dio conferencias a futuros diplomáticos explicando que “con algunas excepciones, los gobiernos de América latina, sobre todo aquellos en los trópicos, poseen muy poca sangre blanca pura y mucha deshonestidad”. 

Para White, Ecuador era un país retrógrado porque tenía “apenas cinco por ciento de sangre blanca; el resto son indios o mestizos”. Su consejo a los futuros cónsules y embajadores que lo escuchaban en una conferencia en 1922 fue: si les toca un país de indios, sepan que “la estabilidad política está en proporción directa a la cantidad de blancos puros que ese país posea”.


Según Grant, y según muchos otros, la raza blanca ha sobrevivido en Canadá, en Argentina y en Australia gracias a que ha exterminado a las razas nativas. Si la raza superior no extermina a la inferior, la inferior vencerá. “Por mucho tiempo, América se ha beneficiado de la inmigración de la raza nórdica, pero lamentablemente, en los últimos tiempos también ha recibido gente de las razas débiles y corruptas del sur de Europa. Estos nuevos inmigrantes ahora hablan el idioma de la raza nórdica, usan la misma ropa, han robado sus nombres y hasta comienzan a aprovecharse de nuestras mujeres, aunque apenas entienden nuestra religión y nuestras ideas.


The Passing of the Great Race no se convirtió en un best seller inmediato, pero sí en uno de los clásicos del racismo científico del siglo XX que encontrará eco fácil en las élites económicas y en sus aspirantes pobres de raza blanca. Entre sus ávidos lectores se contarán Theodore Roosevelt y Henry Ford, futuro admirador y colaborador de Adolf Hitler, a quien se lo recomendará. The Boston Transcript publicará que todas las personas pensantes (es decir, blancas) deberían leerlo. 

El libro produjo un fuerte impacto en la clase dirigente y ayudó a definir las categorías que los elegidos usaron luego para redactar las leyes de inmigración en Estados Unidos en 1924: arriba se ubica la raza nórdica, más abajo los judíos, españoles, italianos e irlandeses y, aún más abajo, todo el resto de apariencia oscura. Según el autor, “la capacidad intelectual de las razas varía como varían los aspectos físicos de cada una… A los estadounidenses les ha llevado cincuenta años para comprender que hablar inglés, usar buena ropa, asistir a la escuela y a la iglesia no transforma a un negro en un blanco”. 


El autor no aclara si los racistas procedentes de las razas superiores no son las inevitables excepciones a la regla, ya que es bien sabido que entre los blancos también existen los integrantes con aguda discapacidad mental que, por obvias razones, no se consideran como tal y son los primeros en adoptar esta teoría de la superioridad por asociación que no requiere méritos individuales. 


Unos años después, en 1924, del otro lado del Atlántico, un soldado en su celda llamado Adolf Hitler leerá con pasión el libro de Madison Grant y comenzará a escribir Mi lucha. Hitler reconocerá The Passing of the Great Race como su biblia. Cuando Hitler se convierta en el líder de la Alemania nazi, su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, leerá con la misma pasión el libro Propaganda, del estadounidense judío, doble sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays. Berneys no inventará las fake news pero las elevará a la categoría de ciencia. Diferente a su tío Freud, probará que estaba en lo cierto cuando, en 1954, por pedido de la CIA, logre hacer creer al mundo que el nuevo presidente de Guatemala no era un demócrata sino un comunista. Como consecuencia de esta manipulación mediática, cientos de miles de muertos alfombrarán los suelos de Guatemala en las siguientes décadas. 


El soldado Adolf Hitler no tenía ideas radicales. Tampoco era un pensador radical, sino todo lo contrario: sus ideas y su pensamiento eran de uso común en su época, sobre todo del otro lado del Atlántico. En Estados Unidos, la idea de una gloriosa raza teutónica y aria amenazada de extinción por las razas inferiores eran moneda en curso durante el siglo XIX, desde los encapuchados del Ku Klux Klan hasta para presidentes como Theodore Roosevelt, pasando por marines y voluntarios que cazaban negros por deporte, violaban a sus mujeres y se divertían justifiando las violaciones como forma de mejorar la raza de las islas tropicales. Es muy probable que el nazismo hunda algunas de sus raíces en el sur de Estados Unidos, mucho antes de perder la memoria durante la Segunda guerra mundial.


Diez años más tarde el zoólogo de la Universidad de Berkeley Samuel Holmes propondrá la esterilización forzada de los mexicanos en Estados Unidos (de la misma forma que se había esterilizado a diez mil personas con discapacidades sólo en California) para resolver el serio problema racial que significaba disminuir la calidad de la raza estadounidense. “Los hijos de los trabajadores de hoy serán ciudadanos mañana”, afirmaba Holmes.

 En artículos sucesivos, repetirá la advertencia hecha por Theodore Roosevelt sobre el “suicidio racial” que encontrará eco no sólo en los miembros del Ku Klux Klan sino en una vasta masa de ciudadanos anglosajones, la que derivará, durante la Gran Depresión, en la persecusión de mexicanos y en la deportación de medio millón de ciudadanos estadounidenses con aspecto de mestizos."                  (Jorge Magfud, Rebelión, 08/06/20)

12/4/16

La historia y el Tercer Reich

"En el ranking de los hechos históricos que han sido objeto del mayor número de publicaciones a nivel global, destacan tres temas que han gozado de la predilección de los especialistas: la Guerra Civil española, la I Guerra Mundial y, a muchísima distancia en el primer puesto, se encuentran el nazismo y la II Guerra Mundial.

 Al referirnos a estos, estamos hablando de un fenómeno histórico que ha propiciado kilómetros y kilómetros de páginas de bibliografía académica (su faceta divulgativa en la literatura la multiplica exponencialmente), que hacen casi inmanejable el conocimiento de todo lo que se publica, teniendo en cuenta que el Holocausto judío por sí solo, es un capítulo con material ingente.

Para ayudarnos a entender cómo ha cambiado nuestra concepción de la Alemania nazi en los últimos 15 años, su nuevo contexto de estudio y las características de la sociedad y dictadura nacionalsocialistas, contamos ahora con El Tercer Reich, en la historia y la memoria (Pasado y Presente), de Richard J. Evans, profesor emérito de la Universidad de Cambridge y miembro de la British Academy y la Royal Historical Society. 

Evans, autor de una monumental trilogía de la era nazi (publicada en la década pasada por Editorial Península), reúne ahora una colección de ensayos y reseñas publicados en medios anglosajones como The London Review of Books, en donde analiza críticamente los trabajos más trascendentes de muchos de los expertos sobre la materia, prestando especial atención al nexo cada vez más intrincado entre historia y memoria, cuestión que aquí en España llevamos años tratando de conciliar con un éxito bastante desigual.

 Para el autor, “la memoria debe someterse al escrutinio detallado de la historia si quiere gozar de solidez, en tanto que las implicaciones de la historia para la memoria colectiva del nazismo en nuestros días deben ser expresadas con precisión y pasión”. 

El volumen contiene 25 capítulos independientes dentro de 7 unidades temáticas y esa apuesta por ofrecer este material fragmentado en un solo bloque nos permite apreciar el vasto conocimiento de Evans sobre las más variadas cuestiones del Tercer Reich. 

En ellos se examinan desde aspectos personales de Adolf Hitler, hasta las megalómanas implicaciones de sus planes para conseguir el dominio del mundo tras una ulterior victoria sobre Estados Unidos y la fantasmagórica conspiración judía mundial, a la vez que se dedica una unidad aparte al Holocausto

 Si hay algo criticable en el libro es la reiteración de algunos argumentos que, a causa de la primigenia dispersión de los artículos, es algo imposible de solucionar, al solaparse algunos de los temas tratados a lo largo del libro. Evans no olvida contextualizar los derroteros elegidos por los primeros estudiosos del nazismo. 

En las décadas posteriores a la guerra mundial, surgen en Alemania los enfoques intencionalista y funcionalista. Los primeros colocaron a Hitler en el centro de sus teorías, entendían que todo ocurrió porque así lo quiso el Führer y así lo tenía planeado de antemano, mientras que los segundos concluyeron que este se vio obligado a improvisar sobre la marcha. 

Tampoco faltaron a la cita intelectuales marxistas con el concepto de clase y los antagonismos y divisiones sociales como base estructural de su labor investigadora ni los que fijaron su atención en las raíces nacionales del nazismo, en la continuidad entre la Alemania imperial y el Tercer Reich. 

En cualquier caso, desde 1990, los historiadores de la Alemania de Hitler se han centrado de forma cada vez mas exclusiva en el Holocausto, y la ideología y el factor racial han pasado a ser el eje vertebrador de la historiografía y es aquí donde innegablemente Richard J. Evans se mueve con más comodidad.

“Herido y encarcelado, Adolf Hitler sigue siendo para nosotros el mismo que, intacto y en libertad, era: el necio más sustancioso que desde que estamos en el mundo, hemos tenido el gusto de conocer. Un necio cargado de empuje, de vitalidad, de energía; un necio sin medida ni freno. Un necio monumental, magnífico y destinado a hacer una carrera brillantísima”. 

De esta manera irónica, mordaz e inteligente, describía Eugenio Xammar, corresponsal en Berlín de La Veu de Catalunya y Ahora en las turbulentas décadas de entreguerras, en una impagable entrevista a Adolf Hitler tras su intento de golpe de Estado de 1923 (El huevo de la serpiente, Ed. Acantilado), coincidiendo en esta descripción tan prematura y aguda del personaje con la idea actual que Evans y otros historiadores como Ian Kershaw tienen de su personalidad. 

El profesor británico no rehuye el envite de diseccionarlo y elige caminos llenos de interés como su relación con Eva Braun o la controvertida faceta de la posible locura del dictador nazi. ¿Podía un ser diabólico tener una relación sentimental y sexual normal? ¿estaba enfermo Hitler? 

Este aspecto de las enfermedades del Führer ha dado pie a escribir incontables páginas, en gran parte subproductos carentes de un mínimo de rigor. Evans, en su reseña de Was Hitler ill? (2013),de Eberle y Neumann, concurre con su amigo Kershaw, el biógrafo más reconocido del dictador, en que no estaba loco ni trastornado y era por completo responsable de sus actos. Como dijo este a EL PAÍS, “es cierto que la maldad de Hitler resulta más aterradora sin su locura”.
                      
Evans es un investigador todoterreno del nazismo pero si brilla especialmente es como historiador de lo social. Su análisis de los marginados sociales del Reich es sobresaliente y nos lanza un aviso necesario y útil para cualquier investigador del genocidio nazi: “El proceso no supuso un regreso a lo salvaje, describirlo como tal equivale a usar este vocablo en un sentido moral más que histórico, y en consecuencia, impide la comprensión seria y bien informada de la propensión nazi al exterminio”. 

 ¿Podemos juzgar moralmente el comportamiento de la sociedad alemana por su actitud frente al nazismo entre 1933 y 1945? ¿hubo coacción o hubo consentimiento? ¿cuál fue la reacción del alemán de a pie ante la deportación y asesinato masivo de judíos? Evans es taxativo y afirma que la violencia y el terror sufridos en todas las regiones europeas conquistadas desde 1939, en particular en el Este y por los judíos, formaban parte de la teoría y la práctica del nacionalsocialismo y fue algo que ya experimentaron en sus carnes millones de alemanes en mayor o menor grado, judíos, marginados sociales, y sectores de todo el arco político desde 1933.

La fortuna no fue esquiva con Hitler en casos concretos como el de la situación económica. Se hizo con las riendas de Alemania en el momento en que lo peor de la Gran Depresión ya había pasado y el rearme fue la medida que consolidó la recuperación económica, hasta el punto de acaparar en vísperas de la guerra la quinta parte del gasto estatal. 

 Pero, ¿cuál era la fuerza que guió a los gestores de la industria armamentística alemana? Una vez más, Evans ve necesario recurrir a la ideología para comprender a gente como Albert Speer, el ministro de Armamento, que en 1942, cuando los economistas nazis más realistas daban la guerra por perdida, el creía que no había nada irrealizable si mediaba “el triunfo de la voluntad”; o la gestión de compañías tan señeras como la Krupp, “foco, símbolo y beneficiario de las fuerzas más siniestras que han tenido bajo amenaza a la paz de Europa”, según el fiscal del proceso de Núremberg de 1947 a los industriales alemanes.
                            
Evans aborda el genocidio judío tratando de compararlo con otros asesinatos masivos del siglo XX. El mismo concepto de la comparación ya es un problema, pues muchos intelectuales lo definieron como crimen sin precedentes ni parangón en la historia. Las colectivizaciones forzosas en Ucrania en los años treinta, el exterminio de los armenios de 1915-16, las matanzas de tutsis en Ruanda en 1994… 

¿Tenía finalmente la “solución final” de los nazis a la cuestión judía rasgos que la hicieron diferente del resto de genocidios? Europa oriental sufrió la guerra de manera mucho más profunda que el resto de Europa con la puesta en marcha del macabro Plan General del Este de Heinrich Himmler, el jefe de la SS, que proponía la muerte por hambre de entre 30 y 45 millones de eslavos y judíos, y esta zona del mapa también sufrió las decisiones de Yósif Stalin, que tenía otros intereses en el control del territorio que incluían deportaciones y homicidios masivos.

 ¿Cuáles fueron los procedimientos y motivaciones de ambos dictadores en sus programas de genocidio y asesinatos en masa? Evans aprovecha este artículo para hacer una crítica muy dura al trabajo de Timothy Snyder, Tierras de sangre (Galaxia Gutenberg), del que no salva ni la prosa. Las nuevas teorías de Snyder sobre los genocidios habidos en Europa oriental durante este periodo han contado con la aclamación de muchos expertos sobre el nazismo, lo que provoca dudas sobre la ecuanimidad de Evans en su análisis.

 De hecho, acaba de publicar Tierra negra (Galaxia Gutenberg), un ensayo que plantea los posibles riesgos de repetición del Holocausto en un futuro incierto, que ha sido muy bien recibido por la crítica.

 Queda patente que el nazismo y Hitler como asuntos a tratar por los historiadores siguen siendo un filón inagotable en donde el rigor científico de autores como Evans es necesario para aportar luz al conocimiento del hombre que con su régimen político personificó la maldad humana y provocó la guerra más devastadora de la historia."            ( El País, 25 de enero de 2016)

9/2/10

La definición de nazismo

"El historiador catalán Ferran Gallego ha explicado hoy, en una conferencia en el Instituto de Estudios Europeos de Valladolid, que "el nazismo triunfó porque ofrecía lo que la sociedad necesitaba para sentirse segura".

Su disertación, que ha llevado por título 'Nazismo: la ideología de la comunidad y la exclusión del otro (...)

Entre los motivos que llevaron al triunfo del nazismo, Gallego también ha señalado el hecho de que la sociedad alemana tenía una cultura antidemocrática previa sin la cual "no hubiese sido posible entender el apoyo a Hitler".

"Los nazis querían construir una raza homogénea a través de la limpieza de sangre que los riñones dañados de la democracia no habían podido depurar", ha señalado Gallego, quien ha recordado que objetivo final del régimen era "crear un gran imperio de hombres superiores".

Gallego ha querido explicar en su intervención "cómo millones de personas hicieron posible la masacre de Auschwitz", ya que aunque resulta "muy fácil comprender el dolor de las víctimas" también "es importante entender que nosotros podríamos ser verdugos", según ha precisado en declaraciones a Efe.

"Hay personas que por su pasividad podrían apoyar una ideología de exclusión y construir sobre esa idea un proyecto político de una sociedad que quiere preservarse y defenderse en unos tiempos de inseguridad como los que tenemos ahora", ha señalado durante su intervención.

El historiador ha manifestado su deseo de hacer ver "cómo detrás de esa barbarie hay una lógica y no solamente una patología".

"Solemos pensar que los nazis actuaban porque les gustaba matar, y lo cierto es que tenían ideas y un proyecto que aceptó la sociedad alemana por unos u otros motivos", ha observado este experto en la extrema derecha." (ADN.es, 07/05/2009)