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16/6/23

Michael Roberts: La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington son modelos, no para mejorar la economía y el medio ambiente del mundo, sino para una nueva estrategia global que sostenga el capitalismo estadounidense en el interior y el imperialismo estadounidense en el exterior... El libre comercio y los flujos de capital y la no intervención gubernamental van a ser sustituidos por una "estrategia industrial" en la que los gobiernos intervienen para subvencionar y gravar a las empresas capitalistas de modo que se cumplan los objetivos nacionales. Habrá más controles sobre el comercio y el capital, más inversión pública y más impuestos para los ricos. Debajo de estos temas está que, en la década de 2020 y más allá, cada nación irá a lo suyo: no habrá pactos globales, sino acuerdos regionales y bilaterales... Y en torno a eso, nuevas alianzas militares para imponer este nuevo consenso.

 "La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington.

 El mes pasado, el Asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, expuso la política económica internacional de la administración estadounidense.  Fue un discurso fundamental, porque Sullivan explicó lo que se denomina el Nuevo Consenso de Washington sobre la política exterior estadounidense.

El Consenso de Washington original era un conjunto de diez recetas de política económica que se consideraba que constituían el paquete de reformas "estándar" promovido para los países en desarrollo en crisis por instituciones con sede en Washington, D.C., como el FMI, el Banco Mundial y el Tesoro estadounidense. El término fue utilizado por primera vez en 1989 por el economista inglés John Williamson. Las recetas abarcaban políticas de fomento del libre mercado, como la "liberalización" del comercio y las finanzas y la privatización de activos estatales. También implicaban políticas fiscales y monetarias destinadas a minimizar los déficits fiscales y el gasto público.  Era el modelo político neoclásico aplicado al mundo e impuesto a los países pobres por el imperialismo estadounidense y sus instituciones aliadas.  La clave era el "libre comercio" sin aranceles ni otras barreras, la libre circulación de capitales y una regulación mínima, un modelo que beneficiaba específicamente a la posición hegemónica de Estados Unidos.

Pero las cosas han cambiado desde la década de 1990: en particular, el ascenso de China como potencia económica rival a escala mundial y el fracaso del modelo económico internacional neoliberal y neoclásico a la hora de generar crecimiento económico y reducir la desigualdad entre las naciones y dentro de ellas.  Especialmente desde el final de la Gran Recesión en 2009 y la Larga Depresión de la década de 2010, EE.UU. y otras economías capitalistas avanzadas líderes han estado tambaleándose.  La "globalización", basada en el rápido aumento del comercio y los flujos de capital, se ha estancado e incluso ha retrocedido.  El calentamiento global ha aumentado el riesgo de catástrofe medioambiental y económica.  La amenaza a la hegemonía del dólar estadounidense ha crecido.  Se necesita un nuevo "consenso".

El ascenso de China, con un gobierno y una economía que no se pliegan a los deseos de Estados Unidos, es una señal de alarma para los estrategas estadounidenses.  Las cifras del Banco Mundial que figuran a continuación hablan por sí solas.  La cuota de Estados Unidos en el PIB mundial aumentó del 25% al 30% entre 1980 y 2000, pero en las dos primeras décadas del siglo XXI volvió a caer por debajo del 25%.  En esas dos décadas, la cuota de China pasó de menos del 4% a más del 17%, es decir, se cuadruplicó.  La cuota de otros países del G7 -Japón, Italia, Reino Unido, Alemania, Francia, Canadá- descendió bruscamente, mientras que los países en desarrollo (excluida China) se han estancado como porcentaje del PIB mundial, variando su cuota en función de los precios de las materias primas y las crisis de deuda.

 El Nuevo Consenso de Washington pretende sostener la hegemonía del capital estadounidense y sus aliados menores con un nuevo enfoque.  Sullivan: "Ante la agravación de las crisis -el estancamiento económico, la polarización política y la emergencia climática- se requiere una nueva agenda de reconstrucción". Estados Unidos debe mantener su hegemonía, dijo Sullivan, pero "la hegemonía, sin embargo, no es la capacidad de prevalecer -eso es dominación- sino la voluntad de que otros la sigan (bajo coacción), y la capacidad de establecer agendas".  En otras palabras, Estados Unidos establecerá la nueva agenda y sus socios menores la seguirán: una alianza de voluntarios.  Los que no la sigan pueden atenerse a las consecuencias.

Pero, ¿en qué consiste este nuevo consenso?  El libre comercio y los flujos de capital y la no intervención gubernamental van a ser sustituidos por una "estrategia industrial" en la que los gobiernos intervienen para subvencionar y gravar a las empresas capitalistas de modo que se cumplan los objetivos nacionales.  Habrá más controles sobre el comercio y el capital, más inversión pública y más impuestos para los ricos. Debajo de estos temas está que, en la década de 2020 y más allá, cada nación irá a lo suyo: no habrá pactos globales, sino acuerdos regionales y bilaterales; no habrá libre circulación, sino capital y mano de obra controlados nacionalmente.  Y en torno a eso, nuevas alianzas militares para imponer este nuevo consenso.

Este cambio no es nuevo en la historia del capitalismo.  Siempre que un país se convierte en dominante económicamente a escala internacional, quiere libre comercio y mercados libres para sus bienes y servicios; pero cuando empieza a perder su posición relativa, quiere cambiar a soluciones más proteccionistas y nacionalistas.

A mediados del siglo XIX, el Reino Unido era la potencia económica dominante y defendía el libre comercio y la exportación internacional de sus capitales, mientras que las potencias económicas emergentes de Europa y América (tras la guerra civil) se apoyaban en medidas proteccionistas y en la "estrategia industrial" para construir su base industrial.  A finales del siglo XIX, el Reino Unido había perdido su hegemonía y su política pasó al proteccionismo. En 1945, después de que Estados Unidos "ganara" la II Guerra Mundial, entró en juego el consenso de Bretton Woods-Washington y se volvió a la "globalización" (para Estados Unidos). Ahora le toca a Estados Unidos pasar del libre mercado a estrategias proteccionistas dirigidas por el gobierno, pero con una diferencia.  Estados Unidos espera que sus aliados también sigan su camino y que, como resultado, sus enemigos sean aplastados.

Dentro del Nuevo Consenso de Washington hay un intento por parte de la corriente económica dominante de introducir lo que se denomina "economía moderna de la oferta" (EMES).  La "economía de la oferta" era un enfoque neoclásico opuesto a la economía keynesiana, que sostenía que todo lo que se necesitaba para el crecimiento eran medidas macroeconómicas fiscales y monetarias para garantizar una "demanda agregada" suficiente en una economía y todo iría bien.  A los partidarios de la oferta les disgustaba la implicación de que los gobiernos debían intervenir en la economía, argumentando que la macrogestión no funcionaría, sino que simplemente "distorsionaría" las fuerzas del mercado.  En esto tenían razón, como demostró la experiencia de los años setenta en adelante.

La alternativa del lado de la oferta era concentrarse en impulsar la productividad y el comercio, es decir, la oferta, no la demanda. Sin embargo, los partidarios de la oferta también se oponían totalmente a la intervención pública en la oferta.  El mercado, las empresas y los bancos podrían hacer el trabajo de mantener el crecimiento económico y los ingresos reales, si se les dejaba solos.  Esto también ha demostrado ser falso.

Así que ahora, dentro del Nuevo Consenso de Washington, tenemos la "economía moderna de la oferta".  Así lo expuso la actual secretaria del Tesoro estadounidense y ex presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, en un discurso pronunciado en el Stanford Institute for Economic Policy Research.  Yellen es la Nueva Keynesiana por excelencia, que defiende tanto las políticas de demanda agregada como las medidas del lado de la oferta.

Yellen explicó: "el término "economía moderna de la oferta" describe la estrategia de crecimiento económico de la Administración Biden, y la contrastaré con los enfoques keynesianos y tradicionales de la oferta".  Y continuó: "Con lo que realmente estamos comparando nuestro nuevo enfoque es con la "economía de la oferta" tradicional, que también busca expandir la producción potencial de la economía, pero a través de una agresiva desregulación emparejada con recortes fiscales diseñados para promover la inversión de capital privado."

¿Cuál es la diferencia? "En cambio, la economía moderna de la oferta da prioridad a la oferta de mano de obra, el capital humano, las infraestructuras públicas, la I+D y las inversiones en un medio ambiente sostenible.  Todas estas áreas de atención tienen como objetivo aumentar el crecimiento económico y abordar los problemas estructurales a largo plazo, en particular la desigualdad"

Yellen descarta el antiguo enfoque: "Nuestro nuevo enfoque es mucho más prometedor que la antigua economía de la oferta, que considero una estrategia fallida para aumentar el crecimiento.  Los importantes recortes fiscales sobre el capital no han logrado los beneficios prometidos.  Y la desregulación tiene un historial igualmente pobre en general y con respecto a las políticas medioambientales, especialmente en lo que se refiere a frenar las emisiones de CO2".  Efectivamente.

Y Yellen señala lo que hemos discutido en este blog muchas veces. "Durante la última década, el crecimiento de la productividad laboral en Estados Unidos apenas alcanzó una media del 1,1%, casi la mitad que durante los cincuenta años anteriores.  Esto ha contribuido a un lento crecimiento de los salarios y la remuneración, con ganancias históricas especialmente lentas para los trabajadores en la parte inferior de la distribución salarial."

 Yellen orienta a su audiencia de economistas de la corriente dominante hacia la naturaleza de la moderna economía de la oferta.  "El potencial de crecimiento a largo plazo de un país depende del tamaño de su mano de obra, la productividad de sus trabajadores, la renovabilidad de sus recursos y la estabilidad de sus sistemas políticos.  La economía moderna de la oferta trata de estimular el crecimiento económico impulsando la oferta de mano de obra y aumentando la productividad, reduciendo al mismo tiempo la desigualdad y los daños medioambientales.  Esencialmente, no nos centramos únicamente en lograr una cifra de crecimiento superior que sea insostenible, sino que aspiramos a un crecimiento que sea integrador y ecológico". Así pues, la economía del MSSE pretende resolver los fallos del capitalismo del siglo XXI.

¿Cómo?  Básicamente, mediante subvenciones públicas a la industria, no mediante la propiedad y el control de los sectores clave de la oferta.  Como ella dice: "la estrategia económica de la Administración Biden adopta, en lugar de rechazar, la colaboración con el sector privado mediante una combinación de incentivos mejorados basados en el mercado y un gasto directo basado en estrategias empíricamente probadas.  Por ejemplo, un paquete de incentivos y descuentos para energías limpias, vehículos eléctricos y descarbonización incentivará a las empresas a realizar estas inversiones críticas."  Y gravando a las empresas tanto a nivel nacional como a través de acuerdos internacionales para poner fin a la evasión de paraísos fiscales y otros trucos de elusión del impuesto de sociedades.

En mi opinión, los "incentivos" y las "regulaciones fiscales" no lograrán el éxito del lado de la oferta más que la versión neoclásica de la ESS, porque la estructura existente de producción e inversión capitalista permanecerá en general intacta.  La economía moderna de la oferta espera que la inversión privada resuelva los problemas económicos y que el gobierno "dirija" dicha inversión en la dirección correcta.  Pero la estructura existente depende de la rentabilidad del capital.  De hecho, es más probable que los impuestos a las empresas y la regulación gubernamental reduzcan la rentabilidad más de lo que los incentivos y las subvenciones gubernamentales la aumenten.

La moderna economía de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington combinan la política económica nacional e internacional de las principales economías capitalistas en una alianza de voluntades.  Pero este nuevo modelo económico no ofrece nada a los países que se enfrentan a crecientes niveles de deuda y costes de servicio que están llevando a muchos de ellos al impago y a la depresión.

 El Banco Mundial ha informado esta misma semana de que el crecimiento económico en el Sur Global fuera de China caerá del 4,1% en 2022 al 2,9% en 2023. Golpeados por la alta inflación, el aumento de los tipos de interés y los niveles récord de deuda, muchos países se están empobreciendo. Catorce países de renta baja se encuentran ya en situación de alto riesgo de sobreendeudamiento, frente a solo seis en 2015. "A finales de 2024, el crecimiento de la renta per cápita en cerca de un tercio de los EMDE será inferior al registrado en vísperas de la pandemia. En los países de renta baja -especialmente los más pobres- el daño es aún mayor: en alrededor de un tercio de estos países, los ingresos per cápita en 2024 se mantendrán por debajo de los niveles de 2019 en una media del 6%."

Y no hay cambios en las condiciones de préstamo del FMI, la OCDE o el Banco Mundial: se espera que los países endeudados impongan medidas fiscales austeras sobre el gasto público y privaticen las entidades estatales restantes.  La cancelación de la deuda no está en la agenda del Nuevo Consenso de Washington.  Además, como dijo recientemente Adam Tooze, "Yellen trató de demarcar los límites de una sana competencia y cooperación, pero no dejó ninguna duda de que la seguridad nacional triunfa sobre cualquier otra consideración en Washington hoy en día".  La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington son modelos, no de mejores economías y medio ambiente para el mundo, sino de una nueva estrategia global para sostener el capitalismo estadounidense en casa y el imperialismo estadounidense en el exterior."                   

(Michael Roberts es economista en la City de Londres, Brave New Europe, 08/06/23; traducción DEEPL)

3/2/23

Defensa del proteccionismo

 "Según Francis Marmande («La dure loi du marché», Revista «Ligues», París 1993), «el ideal del mercado es el mercado negro. (Este último) no es ni la desviación, ni la versión paralela del mercado a cielo abierto, sino la verdad, la purificación, la exaltación de la ley de la oferta y la demanda… La violación es la versión acelerada del mercado. La pólvora su símbolo, por excelencia, de rentabilidad».

En base a esta idea nació el capitalismo; hoy, doscientos cincuenta años después, sigue prosperando como sistema. Es, como ha dicho Ernest Mandel, la era del «Triunfal-capitalismo».

Pero el «Dios Mercado» ha sido en todo momento el eje de una historia que mezcla tragedia y progreso. Asi, Max Gallo, en su magnífico libro  Manifiesto sobre un oscuro fin de siglo, expone las consecuencias sociales de ese capitalismo liberal de la segunda mitad del siglo XIX y el primer cuarto del presente:

«Miseria obrera, fisiológica y moral; degradación de las condiciones de vida en los primeros decenios de la vida industrial; trabajo de los niños; enfermedades profesionales y accidentes de trabajo; hombres tratados como objetos desechables después de su uso; mujeres reducidas a la prostitución y al alcoholismo; ¿quién hará el recuento de las decenas de millones de vidas humilladas, saqueadas, destruidas, que el capitalismo -antes de que se organizase la resistencia obrera- arrojó a los altos hornos de  su crecimiento y enterró en los pozos mineros de sus crisis.»

Luego vinieron las luchas obreras, las Internacionales, los luchadores sindicalistas, socialistas y comunistas; y las reivindicaciones básicas: jornadas más cortas, vacaciones, salarios más dignos, desempleo, seguridad social, educación y sanidad, jubilación, conseguidas al precio de infinitas luchas sindicales, de la Revolución de Octubre, y del miedo al comunista “con el cuchillo entre los dientes.” Y también, para ser ecuánimes, gracias a un progreso tecnológico que, al llevar a la producción en masa de bienes, obligaba, necesariamente, a repartir medios de compra para absorber esa producción. Luego llegaron las guerras mundiales y de nuevo los infinitos sacrificios y, a cambio, el informe «Beveridge» y, en consecuencia, el «Estado de Bienestar», como compensación amén de como sostenedor del Estado Capitalista.

La propia ciencia económica progresó por la necesidad de superar las crisis cíclicas, rebasando la vieja teoría liberal de los ciclos «naturales», de la «mano invisible», y de las diversas «leyes de hierro», para sustituirla por la lucha contra el sub-consumo y por el papel del crédito, de los impuestos y de las obras públicas, bautizado todo ello unas veces con el nombre de Keynesianismo, otras con el de Planismo. Comenzó así, a partir de la década de los 30, una era de expansión y de progreso social. Luego, perdieron la guerra quienes la perdieron: el Fascismo y la Reacción, y como señala Samir Amin (en  La Gestión Capitaliste de la Crise, París, 1995): «el capitalista tuvo que ajustar sus estrategias a las condiciones sociales que las fuerzas populares y democráticas, reforzadas por la victoria antifascista, le impusieron. Lo contrario exactamente de las llamadas políticas de ajuste de nuestra época». Vinieron pues los tiempos en los que Samuelson pudo definir la economía como la «ciencia alegre del crecimiento», y los economistas hablar de la Edad de Oro, de los «gloriosos treinta años» y de los «milagros económicos» de la posguerra.

Porque el espacio generacional posterior a 1945 se caracterizó por un crecimiento extraordinario, de carácter fundamentalmente industrial, pero que arrastró consigo también a los demás sectores: una expansión industrial basada en las ramas química, electromecánica y siderúrgica, pujantes en la innovación tecnológica y esenciales a la hora de reconstruir una asolada Europa en un mundo entonces financieramente estabilizado por el predominio monetario y ban cario-empresarial norteamericano.

Sin embargo, a partir del inicio de la década de los 70, el panorama cambia. Y las curvas de crecimiento se tornan mis oscilantes, con dientes de sierra cada vez más profundos, a la vez que el crecimiento se ralentiza. Y hoy, el mundo desarrollado y  maduro se enfrenta a una doble crisis económica: de ciclo y de mutación estructural. A su vez, en el resto del mundo, surge el contragolpe de la crisis de los «desarrollados».

Al agotamiento de las potencialidades de crecimiento económico de posguerra por el lado de la oferta, tanto del factor de materias primas (excepto la energía) como del tecnológico (se está ralentizando notoriamente la innovación excepto en algunos sectores de las comunicaciones), se suma un fenómeno de agotamiento del crecimiento por el lado de la demanda en la CE y en USA. Por otra parte, en cuanto a los precios, nos hallamos en fase descendiente del ciclo Kondratiev y, además, en una fase negativa de endeudamiento empresarial (ciclo Haberle-Sicogne).

No contribuyen a reanimar la demanda los descensos continuados de la natalidad, la debilidad estructuralmente congénita del sector exterior, la deslocalización industrial que crea paro y deprime aún más la demanda, la crisis de la inversión (también por la caída de las tasas de acumulación y de beneficio del capital), la caída del crecimiento de la productividad, los errores de la política monetarista y el flotamiento de los keynesianos ante una estanflación persistente, así como un descenso de la capacidad adquisitiva del Tercer Mundo.

Todo ello ha configurado una crisis económica de carácter pre-depresivo o, cuando mínimo, recesivo de caídas múltiples que, para colmo, coincide con un cambio estructural profundo como es, a través de la mecanización, el orillamiento del trabajo humano del proceso productivo, y por ende la llegada de la era del trabajo sobrante. Mas, como dice el proverbio, «si los imbéciles volasen taparían el sol», (o quizá tratarían de gestionar la crisis  de «forma capitalista»).

De esta guisa, al inicio de esta década de los 90 el panorama de la reacción frente a la crisis es el siguiente: Triunfo del monetarismo, del equilibrio presupuestario (aún a costa de la reducción de gastos sociales esenciales no solo para los trabajadores sino incluso para la supervivencia de la actividad económica), del dinero caro, de la productividad a toda costa, y del absoluto y total predominio de la economía sobre la política (sobre el destino social común, el gobierno de los hombres, la solidaridad entre las personas). Todo esto se ha agravado porque las medidas adoptadas sólo tienen en cuenta soluciones favorables al capital.

Como primer ejemplo: la inflación perjudica el rendimiento del capital. Se luchará pues prioritariamente contra ella aun cuando jamás se ha conocido, en la historia económica, crecimiento sin algo de inflación; así son sacrificados el consumo, el empleo…

Segundo ejemplo: se luchará tanto más contra la inflación en lugar de contra el paro cuanto que, a menor paro, mayor precio del trabajo, con lo que no sólo puede reactivarse la inflación sino que caerán los beneficios empresariales; descenso del paro implicará pues, ante la pasividad del Estado, partidos y sindicatos, descenso de la bolsa. A su vez, se reducirá el consumo interno, pues éste será visto como una causa de aumento de la inflación; por ello, no se hará nada o poco, o con poca convicción para remediar la caida del consumo…

Tercer ejemplo: mantener tasas altas de rendimiento en épocas de tendencia a la caída de beneficios sólo se puede obtener:

–Por saltos tecnológicos fuertes

–Dopando el consumo (pero eso podría provocar inflación)

–Consiguiendo dinero barato: hay que crear abundancia de medios monetarios a disposición de la inversión (dado que abundancia implica abaratamiento!

Entonces, sobre la base de un postulado no sólo injusto sino falso (a saber, que las pensiones sólo son financiadas a través de las previas cotizaciones de los trabajadores, pero que dadas las actuales pirámides de edad y el paro, disminuye la cifra de cotizantes), se incita a la población a recurrir a los fondos privados de pensiones, es decir, se obliga a un sobre-ahorro forzoso y se cancela una parte del ahorro previo de los trabajadores cuando se reducen sus pensiones públicas. Paralelamente se reducirá la presión fiscal sobre los ricos para financiar de nuevo más ahorro excedentario. Igualmente, se generalizarán los impuestos indirectos sobre el consumo para de nuevo gravar el consumo, y otra vez descargar impositivamente las rentas altas.

Cuarto ejemplo: libertad de circulación de capitales, alias «Mundialización», para compensar la tendencia a la baja de los beneficios del capital, y así poder moverse libremente hacia donde quieran sus dueños, hacia donde consigan más rentabilidad.

Esta última es la medida más importante en defensa del capital,  pomposamente llamada «Mundialización de la economía» o «Globalización». Pero esta «Mundialización» sólo existe para:

–Favorecer las exportaciones, es decir, frenar el consumo interno (con los corolarios ya vistos: menos consumo, más ahorro, menos inflación, etc.); es el mismo «rollo» que antaño el mito del libre comercio.

–Favorecer la acumulación de capitales: la competitividad económica requiere concentración…

–Para hallar oportunidades (productos, países, etc..) nuevas donde invertir con la seguridad de poder repatriar beneficios y capital, pero, sobre todo, poder hallar inversiones más rentables…

Este punto de la libertad absoluta de acumulación de capitales es esencial para todos aquellos que han descrito el llamado «proceso de Mundialización»: Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Ricardo Petrella, Samir Amin, J.F. Kahn, José Mª Vidal Villa, etc.. Este último afirma (en su libro Mundialización, 1995): «La Mundialización requiere la libre movilidad de capital a escala mundial. Este es uno de los aspectos en los cuales el proceso está más avanzado». Pero las consecuencias son terribles:

  1. Economías desestabilizadas (véase México y el impacto de su crisis sobre la lira, la libra, la corona sueca, la peseta…).
  2. Quiebra de las soberanías nacionales (intervenciones cada vez más frecuentes y duras del FMI, préstamos a cambio de garantías abusivas).

Y quien se desvía es literalmente atracado; véase el caso ruso: el atraco a este país está siendo llevado a cabo mediante el llamado «método de la deuda» o de la «puesta al paso» o «sincronización económica».

El «Método de la deuda» nació en el siglo XIX y fue aplicado entonces, con éxito, en América Latina y Oriente Medio, y en África y América Latina durante el actual siglo. Ahora, ese «método» le está siendo aplicado a Rusia; consiste en hacer que:

  1. El deudor se endeude imprudentemente e invierta mal o gaste lo prestado.
  2. Para devolver el préstamo, el deudor tiene que aumentar (como le señala el FMI) sus exportaciones, para lo cual aplica programas de ajuste que son, esencialmente, programas de generación artificial de excedentes económicos que poder exportar (por ejemplo, mediante la política de los llamados «precios reales»).
  3. Ahora bien, el endeudado exportador ni está seguro de poder mantener los precios de venta de sus productos, ni tampoco que el mercado internacional adquiera ese excedente de bienes, apareciendo el riesgo de paro y de ralentización de la actividad económica… Si el deudor consigue pagar sus deudas, sale del atolladero; si no, tendrá que volver a pedir prestado para pagar los plazos de aquéllas… lo cual sólo obtendrá si aplica aún con más rigor la política de ajuste estructural propuesta por el FMI, o sea, desregulación de los mercados, austeridad fiscal, devaluaciones monetarias, descenso de los salarios, alza de los tipos de interés, privatizaciones, etc.
  4. Y ello con consecuencias reales tales como que el país endeudado (en este caso Rusia) tenderá a vender cada vez más sus materias primas para obtener ingresos inmediatos, aunque sea rompiendo precios (es decir, malvendiendo).
  5. Lo cual beneficiará sobre todo al extranjero (que compra esas materias primas baratas y esos bienes vendidos a bajo precio) y no a la industria rusa (la cual no podrá disponer ni de esas materias primas baratas ni de esos bienes a bajo precio).
  6. Lo que el país deudor ingresará por esas ventas tomará inmediatamente camino de los bancos de los países acreedores (el famoso «servicio de deuda»).
  7. No sólo no se impedirá la huida de capitales {llamada «libre circulación de capitales») sino que ésta será alentada. La inquietud que genera la aparición de dificultades económicas cada vez mayores en el deudor expulsará los capitales hacia los acreedores…
  8. Paralelamente, se producirá una «dolarización» de facto de la economía: con cada devaluación (exigida por la política de ajuste del FMI), mayor será la tendencia a huir de la moneda nacional (el rublo), para refugiarse en la moneda acreedora (dólar y otras).
  9. Aparición del «narco-capitalismo». En el país deudor, ante la desaparición de los ingresos clásicos la crisis económica incitará a comportamientos individuales y grupales que permitan ingresos alternativos: droga, corrupción, ilegalidades varias… Además, el sector «narco-capitalista» tiene como principal función permitir que una parte de los dólares pagados en concepto de servicio de la deuda vuelva al país deudor…
  10. Mientras los acreedores recuperan su dinero, (y ello les hace la espera más interesante) pueden participar en la invasión de! País deudor por productos de los países acreedores (pues el FMI y el G7exigen siempre la liberalización de intercambios) y en la compra de las privatizaciones, adquiriendo las más interesantes y a buen precio. Habitualmente, ello acentúa el deterioro económico, pues las privatizaciones suelen acarrear más despidos.
  1. Si se ve que el país deudor puede «quebrar», para paliar que suspenda el pago de la deuda se le pedirán garantías físicas (caso del petróleo mexicano), o financieras (caso de las aduanas otomanas), u otras (compromisos de desarme, o de no rearme), o de realineamiento en política exterior (caso de Rusia).

La crisis que atravesamos no es una crisis económica sencilla. Así, no es normal el nulo impacto económico positivo de la guerra contra Irak, dada la reconocida eficacia de los conflictos bélicos contra las crisis cíclicas del capitalismo. Los periodos de retroceso o de estancamiento se alternan con  recuperaciones ficticias o muy cortas. Japón y Alemania están cada vez peor, Francia no despega, y los casos de USA y UK se basan en la creación de empleos precarios y son relanzamientos momentáneos causados por la disminución del endeudamiento y, a veces el aumento del beneficio empresarial, pero con nula reactivación del consumo.

Esta crisis está repercutiendo cada vez más negativamente sobre lo que queda del Estado de Bienestar. ¿Cuáles son los ejes del asalto al que éste está sometido? Amén del artificial y forzado descenso del nivel de vida (por la creación forzada de excedentes para las exportaciones, del descenso de los salarios monetarios y de los reales y del fomento del sobre-ahorro de las clases menos pudientes), están las privatizaciones masivas en muy sabrosas condiciones para el capital, el recorte paulatino de los seguros de desempleo y de jubilación, y el de las prestaciones sanitarias y educativas…

Todo ello con un trasfondo de retorno a las argumentaciones reaccionarias sobre la inutilidad del progreso social y el carácter intrínsecamente vago de los trabajadores a los que el seguro de desempleo o salarios decentes «desmotivan» o vuelven aún más perezosos…

Como la mayoría de los economistas no corrigen el tiro, como se obstinan en que la equivocada es la realidad, sólo cabe pensar:

  1. Que los economistas creen sinceramente que hay que volver al monetarismo clásico: una «gestión capitalista de la crisis» intentará sobrellevarla hasta su término, hasta que las curvas, «naturalmente», vuelvan a ascender. Lástima, el economista especialista en econometría, Timbergen, ha calculado que los dramas sociales de nuestra época quedarán resueltos, de aplicarse las recetas del Banco Mundial y del FMI, en unos ¡908 años!
  2. Que entre ellos abunden los tontos.
  3. Que se dedican a encubrir, con pseudo-cíencia, una actitud de clase o favorable a determinadas clases sociales.

Porque hay evidencias de las que, sin embargo, nadie habla. En el interior del sistema, el obrero, el trabajador, el Estado de Bienestar se enfrentan a tres volantes de paro:

  1. el coyuntural, derivado de la incapacidad de los actuales dirigentes de hallar soluciones imaginativas para combatir la «sequedad» de las recuperaciones
  2. el estructural, derivado del orillamiento del trabajo por la robotizacion

Ambos son remediables mediante el reconocimiento: 1°) de que la sociedad industrial ha resuelto el problema de la producción; 2º) pero no el del consumo; 3º) que éste último ya no se puede resolver vía salarios; 4º) por lo que hay que ir a una primera desconexión histórica: la de la remuneración exclusivamente por el trabajo, por una parte, y enfocar la cuestión de la reducción del tiempo de trabajo, por la otra…

A esos dos volantes de paro hay que añadir otro, también interior: c) el de la nueva modalidad de trabajo servil para jóvenes, y el constituido por los esfuerzos tendentes a aplazar la edad de jubilación (medida absurda, por cuanto a los 60 años, la mitad de los trabajadores llevan ya años sin trabajo).

Pero hay más: es necesaria una segunda desconexión, porque el mayor y más inmediato peligro para el mundo del trabajo y para el Estado de Bienestar es que corre el riesgo de «taiwanización», derivado de la imposición del libre comercio y de la libre circulación de capitales. Es el cuarto cinturón, exterior. Y agravado por la deslocalización.

Ya hemos visto por qué ejes es asaltado el Estado de Bienestar. A lo que se va es a la destrucción de la mayor parte de lo arrancado. Como  apunta Samir Amin, «el paro es deseado, por el Estado del capital, para romper lo conseguido por el movimiento obrero». Porque si en economías de predominio de la demanda o de «crecimiento autocentrado», el mercado interior es el eje y, para absorber los excedentes, hay que subir el nivel de salarios y, por ello, el de vida, en el modelo de libre cambio, por el contrario, juega de lleno la rivalidad salarial. Con claridad, el efecto real, hoy, del libre cambio, de la mundialización, es el predominio casi absoluto del capital y el derrumbamiento del modelo de protección social. En el estudio magistral, llevado a cabo por Paul Bairoch, titulado Myths e t paradoxes de l’histoire económique, bastan doscientas noventa páginas para destrozar la tesis de que el libre cambio favoreció históricamente a los pueblos, excepto (y no siempre tampoco) a la Gran Bretaña y luego al mundo anglosajón. Bairoch demuestra, con cifras irrefutables, que la imagen de un «siglo XIX paraíso del proteccionismo» es radicalmente falsa. La consideración de la década de los 20, en este siglo, como una década proteccionista es, igualmente, falsa, como lo es la acusación hecha al proteccionismo de haber sido el causante de la gran crisis del 29: el  proteccionismo ni fue la causa del crack, ni una de ellas. Sencillamente, no existió en el periodo considerado.

Pero, además, prosigue Bairoch, tampoco es cierto que los periodos considerados más librecambistas lo fueran realmente; sin embargo, sí que puede ya establecerse una identidad entre los periodos de mayor crecimiento económico y un mayor grado de proteccionismo (o, lo que es lo mismo, de menor liberalización legal de los intercambios). Mas aún; increíble, pero cierto: los años de mayor grado de protección lo han sido también de un desarrollo más vigoroso de los intercambios exteriores.

En realidad, siempre según Bairoch, no ha habido más que dos fases de libre-cambio real en Europa: entre 1860 y 1879, a consecuencia del Tratado Anglo-francés al respecto; y, un siglo después, desde mediados de la década de los 60 hasta la actualidad.

Ahora bien, además de la crisis del 29, el mundo no ha conocido más que dos crisis de igual o similar magnitud: la de 1869-1873, con una caída brutal del P B por habitante; y la actual… «No al proteccionismo», «No al desarrollo aurocentrado», es pues el primer tabú que debe ser abandonado, sin rubor ni duda alguna. Ello tanto más cuanto la obligación de centrar el crecimiento económico en el propio mercado continental (hablamos siempre de mercado continental, no de mercado nacional) obliga a fomentar el consumo interno y el alza del nivel de vida de la propia población, y a respetar e incluso a potenciar el «Welfare State». Proteccionismo, es decir, la protección de grandes espacios económicos frente a otros, de manera que no se permita la generación de más del 12-15% del PNB por el sector exterior de la economía considerada, y que equivale pues, sobre todo hoy, a más nivel de vida y mayor bienestar social.

 Y no se argumente que ello frenaría el progreso técnico. Los actuales procesos de concentración de capital sí que son peligrosos; pero bloques de 350-400 ó más millones de habitantes son el primer seguro contra aquello. Deniro de los bloques autocentrados, habría una libertad radical de comercio y circulación de capitales y, por ello, una rivalidad, empresarial y  tecnológica, real: no se permitirá a las empresas cubrir más de una cuota dada de mercado del bloque geográfico de crecimiento autocentrado. Hacia fuera, complementariedad y rivalidad limitada.

Además, cerrar hasta el 15% los Bloques «autocentrados» es lo único que puede obligar a los demás Bloques a tener que absorber el excedente productivo a través de la demanda interna; y por ello, esta es la mejor arma contra el subdesarrollo y contra la dictadura económica y social del capital. Recuérdese, finalmente, que:

  1. Hay que rechazar, por falsa, la afirmación según la cual existe una relación inversa entre mayor «Estado de Bienestar» y competitividad. Lo cierto es que esta última requiere la existencia de un elevado número de empresas, lo cual a su vez exige un gran mercado, única garantía de que exista una demanda amplia y sostenida…
  2. La economía sólo crece, real y duraderamente, gracias al mercado interno…
  3. Al mercado exterior sólo pueden ir los excedentes reales, no los creados artificialmente.
  4. Aumentar estos excedentes bajando el nivel de vida de la población, es decir, disminuyendo la demanda interna, sólo producirá dificultades mayores para, cuando el tirón del comercio exterior se agote, volver a requerir una demanda interna -repito, deprimida hoy adrede- para tirar del carro."                   (Jorge Verstrynge , El Viejo Topo,  09/12/22)

12/1/23

En este año que acaba, la ideología económica neoliberal ha hecho un ridículo histórico... A Lizz Truss le ha correspondido protagonizar el coitus interruptus más clamoroso de la política económica... provocó tal desastre que solo pudo aguantar 45 días aplicando esas ideas... desde que se aplicaron políticas liberales, la tasa de crecimiento fue menor y cayeron los ingresos de la inmensa mayoría de la población y de las pequeñas empresas. Los capitales se orientaron hacia las finanzas especulativas, más rentables que la actividad productiva. así que las crisis, la deuda y la desigualdad alcanzaron los niveles más elevados de la historia contemporánea... Hasta la pandemia, todo se disimulaba por el poder de las grandes empresas que dominan los medios de comunicación... La crisis que empezó en 2007 fue un primer aviso... con la del covid-19, el planeta se vio envuelto en un shock tan traumático, que Estados Unidos, la superpotencia, ni siquiera podía producir productos simples como máscaras y otros equipos de protección... Para evitar que la economía colapsara, los gobiernos tuvieron que intervenir masivamente, los servicios públicos resultaron esenciales y los principios neoliberales se guardaron en el cajón. Ningún gobierno tuvo la insensatez de aplicarlos. Y cuando lo hicieron, como ocurrió con la política de vacunas, se produjo un desastre... la aplicación de las reglas neoliberales de propiedad intelectual de la Organización Mundial del Comercio inhibió la producción de vacunas en muchas partes del mundo... por todo esto, hoy, los organismos internacionales piden a los gobiernos que establezcan impuestos sobre los más ricos y las ganancias extraordinarias

 "Hasta que estalló la pandemia, los efectos negativos de las políticas neoliberales se disimularon sin demasiada dificultad gracias al enorme poder mediático y cultural de las grandes corporaciones. La crisis de la covid-19 demostró, ya sin paliativos, que sus principios de actuación sirven para que ganen más dinero los ricos, pero no para resolver los problemas socioeconómicos de mayor envergadura. En este año que acaba, la ideología económica neoliberal ha hecho un ridículo histórico.

Desde finales de los años setenta del siglo pasado se comenzaron a aplicar en casi todo el mundo políticas económicas inspiradas en el liberalismo decimonónico. Sus principios son bien conocidos: el mercado es el único sistema que resuelve bien los problemas económicos; el capital y las empresas son racionales y, por tanto, quienes mejor saben las decisiones que hay que tomar para que la economía funcione de la mejor manera, de modo que hay que darles la mayor libertad posible; no hay que preocuparse si la renta se concentra en los más ricos porque se producirá un goteo que hará que los ingresos lleguen a todos; la intervención del Estado es nefasta, cuanto menos impuestos se establezcan más se recaudará y lo mejor es que cada cual se resuelva sus problemas, dejando que la caridad y la buena voluntad ayude a los necesitados.

Las consecuencias de la puesta en marcha de estas políticas están perfectamente documentadas en cientos de estadísticas e investigaciones. La tasa de crecimiento de la actividad económica fue menor y cayeron los ingresos de la inmensa mayoría de la población y de las pequeñas y medianas empresas. Buscando el mayor beneficio, los capitales se orientaron hacia las finanzas especulativas, más rentables que la actividad productiva. En consecuencia de ambas circunstancias, el número de crisis, la deuda y la desigualdad alcanzaron los niveles más elevados de la historia contemporánea. El neoliberalismo fue extraordinariamente exitoso para proporcionar beneficios más elevados a las grandes corporaciones empresariales y financieras, pero debilitó a la economía productiva y la capacidad de creación de valor y riqueza: hambriento de la ganancia que se podía obtener sin límite, el capitalismo se consumía a sí mismo y enfermó de empacho.

Hasta la pandemia, todo eso se disimulaba sin problemas gracias al poder inmenso de las grandes empresas que dominan los medios de comunicación, mantienen grupos de presión capaces de influir en las decisiones políticas, y financian a académicos, magistrados, policías, militares, periodistas, partidos, organizaciones no gubernamentales o fundaciones para que difundan o apliquen las ideas que les benefician.

La crisis que empezó en 2007 fue un primer aviso y ya antes de la del covid-19 muchos dirigentes de las mayores empresas y bancos mundiales comenzaron a darse cuenta de que las cosas estaban fallando y de que ese capitalismo voraz y embriagado de beneficio y poder estaba destrozando sus propios cimientos. Comenzaron a hablar sin ambages de la necesidad de "reiniciarlo" pero la covid-19 puso todo patas arriba.

Cuando el planeta se vio envuelto en un shock tan traumático, ya no se pudo disimular lo que estaba pasando: una globalización concebida y diseñada con el exclusivo propósito de dar plena libertad al capital para que produzca con el menor coste posible y obtenga el máximo beneficio generaba un déficit extraordinario en seguridad y riesgos muy costosos; y dejar que solo los mercados y la iniciativa privada resolvieran los problemas económicos se reveló como suicida. Como escribió hace unos meses Joseph Stiglitz, "Estados Unidos, la superpotencia, ni siquiera podía producir productos simples como máscaras y otros equipos de protección, y mucho menos artículos más sofisticados como pruebas y ventiladores". Para evitar que la economía colapsara, los gobiernos tuvieron que intervenir masivamente, los servicios públicos resultaron esenciales y los principios neoliberales se guardaron en el cajón. Ningún gobierno tuvo la insensatez de aplicarlos. Y cuando lo hicieron, como ocurrió con la política de vacunas, se produjo un desastre. Como también dice Stiglitz, la aplicación de las reglas neoliberales de propiedad intelectual de la Organización Mundial del Comercio inhibió la producción de vacunas en muchas partes del mundo, provocando la muerte innecesaria de miles de personas.

Cuando se decía que pronto entraríamos de nuevo en la normalidad, las cosas volvieron a complicarse. La inseguridad y los bloqueos derivados de la globalización neoliberal, el enorme poder sobre los precios de las grandes empresas, la crisis climática, la especulación financiera, la debilidad del tejido empresarial que se dedica a crear riqueza y los problemas geopolíticos asociados a una sociedad mundial gobernada por los mercados y los capitales y no por instituciones democráticas... es decir, los grandes problemas que habían venido generando casi cuarenta años de políticas neoliberales se hicieron más patentes que nunca y han hecho que 2022 haya sido el año en que se ha desatado una nueva crisis. La describo con detalle en un libro de Ediciones Deusto que estará a la venta a finales del próximo enero con el título Más difícil todavía.

Pero lo interesante de lo ocurrido en estos últimos 12 meses es que la ideología económica neoliberal no solo se ha mostrado de nuevo como incapaz de proporcionar algo más que beneficios a los más ricos. Ha sido el año en el que ha quedado públicamente en evidencia, haciendo un espantoso ridículo.

A los neoliberales británicos y a Lizz Truss en particular les ha correspondido el honor de protagonizar el coitus interruptus más clamoroso y transparente de la historia de la política económica. Después de repetir como papagayos el mantra neoliberal, asegurando que la solución frente a la caída de la actividad económica era bajar impuestos a los ricos, reducir el gasto público y dar plena vía libre a los mercados, provocaron tal desastre que solo pudieron aguantar cuarenta y cinco días aplicando esas ideas desde el gobierno.

No ha sido esa la única marcha atrás en 2022 del neoliberalismo económico. En España se ha tenido que reconocer que las subidas del salario mínimo han ayudado a reactivar el mercado interno gracias al mayor consumo de los trabajadores de menor renta y que no ha tenido los efectos devastadores anunciados; la bondad para fortalecer el empleo de las reformas laborales que desactivaban los aspectos más negativos de las anteriores de perfil más neoliberal; o que bajar impuestos no es lo que aumenta la recaudación. En Europa se ha terminado aceptando que hay que corregir a los mercados para frenar la subida de precios, que las empresas no sobreviven sin el apoyo del Estado, o que las inversiones públicas son imprescindibles; la ley para la reducción de la inflación o la nueva estrategia industrial de Biden son misiles en la línea de flotación de la ideología neoliberal; y los organismos internacionales piden a los gobiernos que establezcan impuestos sobre los más ricos y las ganancias extraordinarias. Por no hablar del cambio de estrategia de miles de empresas de todo el mundo para evitar los fallos de seguridad y resiliencia a los que ha llevado el buscar tan solo el mínimo coste.

Escribió Stendhal en La cartuja de Parma que "no existe lo ridículo cuando nadie lo nota". A los neoliberales se les ha notado en este año que acaba. Los ideólogos y los burócratas de la patronal no lo reconocerán, a quien se juega los cuartos más le vale ser realistas, darse cuenta de lo que se nos viene encima y cambiar de discurso y estrategia."                     (Juan Torres López , Público, 29/12/22)