Mostrando entradas con la etiqueta Ideologías: Militarismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ideologías: Militarismo. Mostrar todas las entradas

12/1/21

El proceso de degeneración de la democracia americana (la presidencia imperial) y la atrofia de los poderes legislativo y judicial, es un proceso que tiene sus raíces en el complejo militar-industrial de posguerra y “en el modo en el que amplios sectores de la población aceptaron al ejército como la institución pública más efectiva"

 "La degeneración de la república estadounidense viene de lejos y tiene que ver con su acción imperial. Nadie como Donald Trump, una caricatura de Calígula del Siglo XXI, la ha retratado.

 El torpe intento de Donald Trump por revertir los resultados electorales en Estados Unidos es, objetivamente, una fechoría menor al lado de las que su acción exterior tiene en su haber a lo largo de su nefasto mandato presidencial.

Comparado con su retirada de los acuerdos fundamentales sobre control de armamento nuclear, su ruptura de los compromisos internacionales en materia de calentamiento global, su veto a las iniciativas para poner fin a las masacres en Yemen, su responsabilidad en la mortandad ocasionada en Venezuela por sus sanciones y bloqueos, su retirada del acuerdo nuclear con Irán y el asesinato de su principal líder militar, que coloca a toda la región ante una tensión extrema; comparado con sus iniciativas para seguir recompensando a Israel por su pisoteo del derecho internacional hacia Palestina y su  ocupación, su escalada militar con China y Rusia que encierran el peligro de un conflicto mundial, es decir, comparado con todo aquello que ha hecho de Trump un presidente aun más criminal e irresponsable en su acción exterior que la criminal media que va con el cargo de Presidente de Estados Unidos por lo menos desde la Segunda Guerra Mundial, su chapucera pataleta del asalto al Congreso, con todas las ambiguas complicidades institucionales que la rodean, es un asunto de calibre menor.

Sin embargo para el complejo mediático ha sido este pintoresco incidente, y no todo lo anterior, lo que ha aportado la prueba de la dolencia.

“La violencia en el Capitolio muestra que Estados Unidos padece una enfermedad grave. Entre el público votante, el 21% piensa que las elecciones fueron amañadas y existe el temor de que incidentes similares puedan ocurrir en cualquier momento”, señalaba el viernes el editorial del diario surcoreano Hankyoreh.

 En realidad el proceso de degeneración de la democracia americana, lo que Chalmers  Johnson definió como la emergencia de la presidencia imperial y la atrofia de los poderes legislativo y judicial, es un proceso que tiene profundas raíces en el complejo militar-industrial de posguerra y “en el modo en el que  amplios sectores de la población aceptaron al ejército como institución pública más efectiva así como toda una serie de aberraciones de nuestro sistema electoral”.

 Desde 1941, Estados Unidos ha estado permanentemente implicado y movilizado en la guerra. Así ha sido como la República realizó la profecía formulada en abril de 1795 por  James Madison, uno de sus padres fundadores:

De todos los enemigos de la verdadera libertad, la guerra es quizás el más temido, porque compromete y desarrolla el germen de todos los demás. La guerra es el padre de los ejércitos; de éstos proceden deudas e impuestos, y los ejércitos, las deudas y los impuestos son los instrumentos conocidos para poner a la mayoría bajo el dominio de unos pocos. También en la guerra se amplía el poder discrecional del Ejecutivo; se multiplica su influencia en el reparto de cargos, honores y emolumentos. Todos los medios para seducir las mentes, se suman a los de dominar la fuerza del pueblo. El mismo aspecto maligno del republicanismo se puede rastrear en la desigualdad de fortunas y las oportunidades de fraude que surgen de un estado de guerra y en la degeneración de los modales y de la moral, engendrados en ambos. Ninguna nación puede preservar su libertad en medio de una guerra continua. La guerra es, de hecho, la verdadera incubadora del engordamiento del ejecutivo. En la guerra debe crearse una fuerza física y es la voluntad ejecutiva quien la va a dirigir. En la guerra, los tesoros públicos deben abrirse y es la mano ejecutiva quien los distribuye. En la guerra se multiplican los honores y emolumentos del cargo que se enroscan alrededor del ejecutivo. Las pasiones más fuertes y las debilidades más peligrosas del espíritu humano; la ambición, la avaricia, la vanidad, el amor honorable o venal a la fama, están todos en conspiración contra el deseo y deber de la paz.

Más de medio siglo de devoción a la guerra hicieron que los estadounidenses abandonaran sus controles republicanos sobre las actividades de sus mandatarios y elevaron al ejército a una posición que en la práctica está por encima de la ley, constataba Johnson hace una década. Esa evolución degenerativa explica, por ejemplo, que el fraude al Congreso que significaron las mentiras que justificaron la guerra de Irak quedaran completamente impunes y que a nadie se le ocurriera pedir responsabilidades por ellas.

Con la personalidad sociópata de Donald Trump en la Casa Blanca, esta gangrena degenerativa adquirió tal crudo nivel de evidencia, que los habituales decorados, disimulos y coartadas propagandísticas del Imperio apenas ocultaban ya sus vergüenzas. Por eso Trump ha dividido al establishment estadounidense, además de a la población, y no por casualidad este Presidente Calígula se granjeó la enemistad del aparato de propaganda liberal: por su burda caricaturización de la criminal y brutal naturaleza del sistema al que ese aparato da brillo y esplendor.

Contemplado desde la perspectiva de los golpes, “revoluciones” y operaciones de cambio de régimen que Estados Unidos propicia y celebra en el mundo, desde Venezuela, hasta Hong Kong, pasando por Ucrania y Bolivia, por citar algunos de los más recientes, el “golpe” de Washington, con cuatro muertos y una irrupción de vándalos parecidos a hinchas de fútbol en el “templo de la democracia”, ha sido un espectáculo de opereta. Puede que no haya sido así para muchos ciudadanos de Estados Unidos que aun creen que su degenerada república imperial es una democracia, pero desde luego sí a ojos de la mayoría del mundo que sufre el poder imperial de Washington. 

(P.S. El escándalo liberal ante el espectáculo de Washington contrasta mucho con la indiferencia con que se ha acogido la sentencia del tribunal británico contra Julian Assange, un enemigo del Imperio y el disidente occidental más significativo de nuestro tiempo junto con Edward Snowden. La sentencia que ha denegado, de momento, la extradición de Assange a Estados Unidos, no ha objetado el asunto de fondo: está plenamente de acuerdo en que el culpable no es el criminal sino quien denuncia y expone sus crímenes. Caracterizando a Assange como frágil mental, la jueza Baraitser ha convertido en desequilibrio síquico un caso de persecución política y disidencia, honrando una tradición bien conocida en la URSS de los años setenta.

 El objetado riesgo de suicidio ha servido para no extraditar -quizá de acuerdo con la administración de Biden-, pero no para una puesta en libertad, lo que equivale a una continuación de la persecución y castigo del enemigo público que en el mejor de los casos permanecerá tres meses más en la prisión de alta seguridad en abierto insulto al más elemental sentido de la decencia.)"                  (Rafael Poch, blog, 08/01/21)

4/12/18

Siete décadas del fin del Ejército en Costa Rica: una decisión rentable... La abolición militar de 1948 permitió al país centroamericano triplicar su cobertura educativa y sanitaria, e impulsar el crecimiento económico...

"Costa Rica elevó este sábado una efeméride, la de la abolición del Ejército, a rango de fiesta nacional con la certeza de que sus 70 años sin fuerzas armadas han dado mucho más réditos que una imagen internacional de pacifismo o su ya sabida estabilidad política alcanzada a mediados del siglo pasado. 

Los beneficios de aquella decisión se miden ahora directamente en números, en un progreso apalancado por la inversión social que se elevó después de 1948, según concluye la investigación estadística e histórica elaborada por un instituto de la Universidad de Costa Rica (UCR).

Los índices de bienestar que mantienen a Costa Rica por encima del promedio latinoamericano se pueden explicar en parte por el crecimiento que tuvo la inversión en educación y salud después la eliminación del Ejército, determina el estudio del Observatorio del Desarrollo de la UCR. La inversión social se multiplicó por cinco —del 2,6% del PIB pasó al 13,4%— en los 25 años posteriores a la decisión concretada en 1948 por el presidente José Figueres, de origen catalán, aunque la promovieron antes otros políticos de la época.

Los investigadores apuntan también a una reducción en el presupuesto para seguridad en ese período, después de que el exrevolucionario Figueres, más por estrategia política que por pacifismo o por cálculo económico, firmara el decreto de la abolición. Esta medida fue posteriormente incluida en la Constitución de 1949.




En esos 25 años posteriores a la desmilitarización Costa Rica elevó del 15% a 35% la inversión en educación y pudo triplicar la cantidad de escuelas (2.610 en el año 1974). También pudo aumentar a 29% del PIB el dinero destinado salud y hacer que se triplicara el porcentaje de seguro social de la población (66% en 1974), según los datos recogidos por los investigadores Alejandro Abarca y Suráyabi Ramírez.

Ellos analizaron datos de la base de historia económica del centro de estudios latinoamericanos de Oxford y siguieron un método de “control sintético” para poder precisar los efectos atribuibles a la abolición del ejército.

El avance educativo y sanitario, explican, incidió en que la tasa promedio de crecimiento de la economía pasara de 1,33% del PIB antes de 1949 a 2,44% en la segunda mitad del siglo XX. “Este shock es único en Latinoamérica”, apunta el estudio, que señala a Costa Rica como el país con la segunda tasa de crecimiento más alta en este período. Esta expansión sin precedentes coincide, agrega la investigación, con una serie de cambios institucionales realizados en buena medida gracias a la estabilidad política: en estos 70 años el país solo ha sufrido un intento de golpe de Estado (1955), que se acabó resolviendo por la vía diplomática.

 “Nuestros resultados proporcionan pruebas empíricas sólidas para afirmar que la abolición del ejército de Costa Rica contribuyó significativamente al desarrollo a largo plazo del país”, se lee en el estudio.

El presidente costarricense, Carlos Alvarado, elevó este sábado el rango a la celebración y homenajeó a la figura de “Don Pepe” Figueres, fallecido en 1990. Además, el Presidente reiteró su mensaje político sobre la necesidad de “abolir” el consumo de combustibles fósiles, en la línea ambiental de “descarbonización” que se propuso desde que tomó el poder, el 8 de mayo. También condecoró a la antropóloga y economista Christiana Figueres, hija de “Don Pepe” y líder mundial de la lucha contra el cambio climático.

En un paralelismo con los beneficios económicos que tuvo la abolición del ejército, a pesar de que no eran el propósito, Christiana Figueres participó en el acto oficial mediante una comunición desde India y dijo que la descarbonización de la economía puede traer a largo plazo réditos al desarrollo y las finanzas de los países. Costa Rica se ofrece ahora como sede en noviembre de 2019 para la Cumbre del Clima (COP25), tras la decisión de Brasil de no auspiciarla como estaba programado.

El 70 aniversario de la abolición y la revelación de su impacto en el progreso se cruzan con un momento de incertidumbre en las finanzas públicas y dificultades para sostener la inversión social. Para ello el mandatario impulsó una reforma fiscal que podría aprobarse de manera definitiva esta semana, pese a la oposición de gremios de trabajadores públicos reflejada en la huelga que mantienen miles de educadores del sistema estatal."                    (Alvaro Murillo, El País, 03/12/18)

29/10/18

Cuando los ejércitos y las fuerzas de seguridad son las instituciones más fuertes y mejor financiadas de nuestra sociedad, no podemos sorprendernos de que se conviertan en las instituciones predeterminadas para afrontar los efectos del cambio climático...

"Atribuirle el cambio climático al capitalismo no es precisamente el pensamiento predominante, pero también ha dejado de ser un tabú. La escritora y activista canadiense Naomi Klein ha contribuido a popularizar las razones, pero ahora esta idea está teniendo eco en círculos menos habituales. En agosto de 2018, un grupo de científicos finlandeses contratados por el secretario general de Naciones Unidas advirtió de que el actual sistema económico no puede afrontar las múltiples crisis sociales y ecológicas que se están desarrollando. 

A comienzos de este año, el vicepresidente de la mayor gestora de fondos del mundo, BlackRock, admitió que ante el cambio climático “tenemos que cambiar el capitalismo. Eso es lo que realmente está en juego”.

Es, sin duda, un avance positivo que cada vez más personas relacionen nuestro sistema económico con la destrucción ecológica. Se presta mucha menos atención, sin embargo, a los vínculos entre los aspectos medioambientales y el militarismo y la seguridad.

 Es una omisión sorprendente dado el poder que detentan los militares y la forma espectacular en que dicho poder ha aumentado en las últimas décadas. Si tenemos en cuenta que el cambio climático va a aumentar de forma radical la inestabilidad y la inseguridad, analizar el papel de los militares en un mundo afectado por el cambio climático adquiere aún mayor relevancia.  

Porque mientras los políticos han demostrado ser incapaces de tomar las decisiones necesarias para detener el agravamiento del cambio climático, no han tenido dificultades en encontrar financiación para exigencias de “seguridad”

 El gasto militar mundial ascendió a 1,74 billones de dólares (1,53 billones de euros) en 2017, equivalente a 230 dólares por cada habitante de la Tierra –y casi el doble de lo que se ha invertido desde el final de la Guerra Fría–. Los sucesos del 11 de septiembre en particular alimentaron una guerra universal contra el “terror” y una oleada de gastos militares prácticamente ilimitada.

 Y a medida que los gobiernos gastaban más, a su vez reforzaban el poder e influencia de las corporaciones militares (como Lockheed Martin en EE. UU. e Indra en España) que ahora ayudan a proyectar y redactar políticas en materia de seguridad en todo el mundo, lo cual les reporta mayores beneficios.

Naomi Klein ha llamado la atención sobre el “caso épico del momento histórico inoportuno” de la revolución neoliberal mundial que ha alcanzado una lugar dominante justo cuando necesitábamos una regulación corporativa y una transición planificada hacia economías con bajas emisiones de carbono. 

Yo diría que un caso igualmente importante de momento inoportuno ha sido el descomunal crecimiento del complejo militar-defensivo-industrial justo cuando las repercusiones del cambio climático se han hecho cada vez más evidentes. Esto llevará con casi toda seguridad a que, en respuesta al cambio climático, los militares adquieran un papel aún más significativo –con consecuencias para todos nosotros–. 

El puño escondido

Para comprender el poder de los militares hoy en día, es importante trascender los presupuestos en constante aumento y las guerras interminables (como la guerra en Afganistán, que lleva ya 17 años) para ver el consenso creado de que, para mantenernos a salvo, necesitamos cada vez más “seguridad” en todas partes.

 Hoy en día, las grandes empresas del sector armamentístico no solo venden armas, sino diversas soluciones en materia de “seguridad”, desde cámaras de videovigilancia en barrios urbanos a bases de datos biométricos para el almacenamiento de huellas dactilares y hasta sistemas de radares de alta tecnología en fronteras cada vez más militarizadas. Este mercado ha crecido de una forma desmesurada: un cálculo modesto sugiere que, en 2022, la industria de la seguridad nacional mundial valdrá 418.000 millones de dólares.

Algunos de los nuevos gigantes de la seguridad participan de forma perversa tanto en la creación de inseguridad como en la provisión de soluciones a la misma. Un informe elaborado por el Transnational Institute en 2016, mostraba que tres de los fabricantes de armas europeos más importantes que venden al norte de África y Oriente Medio –Finmecannica, Thales y Airbus– también son algunos de los principales adjudicatarios de los contratos para militarizar las fronteras de la UE. 

En otras palabras, se benefician por partida doble –primero de alimentar las guerras que generan refugiados y después de proporcionar la tecnología e infraestructuras que impiden a los refugiados encontrar un lugar seguro–.

Por lo tanto, es artificial definir el militarismo como algo relacionado únicamente con las guerras en el extranjero, pues también concierne a las respuestas cada vez más militarizadas en el ámbito nacional –aquellas en un principio dirigidas a las comunidades marginadas (musulmanes, inmigrantes), después a los activistas, después a los trabajadores que prestan asistencia humanitaria y, en última instancia, a todo el mundo–. 

Esta militarización (y la correspondiente criminalización) avanza cada día en todo el mundo. En el Reino Unido, por ejemplo, un programa de vigilancia a gran escala señaló, en 2015, a 4.000 personas como extremistas potenciales, de los cuales, más de una tercera parte eran niños. En EE.UU., los manifestantes tanto de Black Lives Matter como de Standing Rock se han tenido que enfrentar a vehículos blindados a prueba de minas, así como a drones. En Honduras, más de 120 personas fueron asesinadas, entre 2010 y 2016, a manos de grupos paramilitares por oponerse a la explotación maderera, la minería y las represas.

El influyente abogado neoliberal y comentarista estadounidense Thomas Friedman explicó las razones de esta respuesta militarizada–y de un modo bastante más honesto de lo que cabría esperar–: “La mano invisible del mercado no puede funcionar sin un puño escondido. McDonald's no puede prosperar sin McDonnell Douglas, el diseñador del F-15.

 Y el puño escondido que mantiene el mundo a salvo para que las tecnologías de Silicon Valley prosperen se llama el Ejército, las Fuerzas Aéreas, la Armada y los Marines de EE.UU.”. Dicho de otro modo, el capitalismo y el militarismo (en particular el imperialismo de EE.UU.) no son dos fuerzas paralelas, sino que están inextricablemente entrelazadas.

Lo que Friedman no señala, sin embargo, es que el puño escondido no solo está ahí fuera, en el “mundo”, sino que también está en casa.

La conexión entre el ejército y el petróleo

Los estrechos vínculos entre el capitalismo y el militarismo se pueden observar en el propio funcionamiento del ejército de EE.UU.. Hoy en día, desplegar la mayoría de los efectivos militares exige ingentes emisiones de gases de efecto invernadero, lo que significa que el Pentágono es el principal organismo consumidor de petróleo.

 Tan solo uno de sus aviones, el B-52 Stratocruiser, consume aproximadamente 12.620 litros a la hora, más o menos la misma cantidad de combustible que usa el conductor de un coche medio en siete años. 

A pesar de la enorme “huella” de carbono que dejan, en los países industrializados la contribución del sector militar ni siquiera se evalúa adecuadamente y está exento del Acuerdo de París estipulado por Naciones Unidas. Por supuesto, si sus emisiones fueran debidamente contabilizadas, estaríamos aún más lejos de cumplir el objetivo de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de dos grados centígrados.

El papel que desempeñan las fuerzas armadas es aún más significativo si se tiene en cuenta para lo que son movilizadas –en particular la vasta infraestructura militar de EE.UU., formada por más de 800 bases con sus flotas navales y aéreas–.

 Está claro que se despliegan principalmente en regiones ricas en petróleo y recursos y cerca de rutas estratégicas de transporte marítimo que mantienen en funcionamiento nuestra economía globalizada. Y este enfoque no es un caso aislado de EE.UU.. El grupo de investigación Oil Change International calcula que hasta la mitad de todas guerras entre estados que ha habido desde 1973 han sido por el petróleo.

La violencia policial contra las poblaciones a menudo también está relacionada con la protección para hacer frente a la resistencia que se ofrece ante proyectos de combustibles fósiles, industrias e infraestructuras.

 Constatamos, una y otra vez, que los activistas medioambientalesse enfrentan a la violencia cuando desafían a las industrias extractivas. La organización de derechos humanos Global Witness observó en 2015 que cada semana son asesinadas tres personas por defender sus tierras, bosques y ríos en su lucha contra de las industrias extractivas.

Una confluencia catastrófica 

El puño escondido del capitalismo no es un fenómeno nuevo –el poder económico siempre ha empleado la violencia para protegerse–, pero en las últimas décadas también se ha acelerado. Tras el 11 de septiembre, sin duda se produjo un impulso que legitimó un aumento descomunal del gasto militar y la violencia estatal. Sin embargo, también es probable que una crisis ecológica más generalizada haya avivado la respuesta militar.

El estudio del Centro de Resiliencia de Estocolmo muestra que existen nueve procesos ecológicos fundamentales que regulan la estabilidad y resiliencia de la tierra de la que dependemos. La humanidad ya ha traspasado los límites relativos a la pérdida de la diversidad biológica y a los cambios en los ciclos de los nutrientes (nitrógeno y fósforo), y está en una situación peligrosa en lo que respecta al cambio climático y al uso de la tierra.

Respaldado por una “carrera a la baja” corporativa -en la que las multinacionales buscan constantemente eliminar normas y costes que limiten los beneficios–, señala en particular a las industrias extractivas que chocan contra nuestros límites ecológicos y se establecen en los últimos territorios sin explotar. La gente se ve obligada a resistir, no solo para evitar la contaminación o la corrupción, sino para poder sobrevivir. Su firme resistencia se ha topado con una represión severa.

La “declaración de guerra” de Canadá contra sus naciones originarias 

Hechos recientes ocurridos en Canadá nos muestran esta realidad de cerca. En 2013, la empresa energética Kinder Morgan anunció que construiría un oleoducto desde Alberta hasta la Columbia Británica directamente a través de una zona sensible desde el punto de vista medioambiental y a través de los territorios de más de 100 “Naciones Originarias”. 

El anuncio provocó una enorme oposición, hasta el punto de que la empresa finalmente anunció que abandonaba el proyecto debido a “riesgos legales”. Sin embargo, en lugar de retractarse de un proyecto petrolífero tóxico, el estado dobló su apuesta y en la práctica acabó nacionalizando el oleoducto.

Un caso judicial de agosto de 2018 declaró en favor de los manifestantes –donde se señalaba la falta de consultas constitucionales con la Naciones Originarias y la ausencia de un análisis medioambiental sobre el aumento del tráfico de petroleros en el mar de Salish. 

Es una demora importante, pero está claro que es poco probable que el estado canadiense, dominado por los intereses petroleros, se eche atrás –y, en última instancia, utilizará la fuerza para imponer el proyecto. Tal y como se ha hecho en innumerables proyectos de extracción de combustibles fósiles por todo el mundo.

Y los que se han enfrentado a la violencia creen que no les queda más remedio que resistir. Tal y como observó Kanahus Manuel, de Secwepemc Nation en Canadá: “Todo emana de la tierra. Si se destruye la tierra, nos destruimos a nosotros”. Es comprensible, por lo tanto, que ella, junto con una coalición de organizadores indígenas, calificara las acciones del gobierno canadiense de “declaración de guerra”.

 Kanahus prosigue: “Lo creemos literalmente. Llamarán a los militares. Es la pauta nacional emplear la criminalización, la acción civil y otras sanciones para reprimir la resistencia indígena a estas políticas mediante la aplicación del peso de la ley y el uso de las fuerzas policiales contra los individuos y comunidades indígenas”. 

Una adaptación militarizada 

A medida que los efectos del cambio climático se agravan cada vez más, es probable que aumente esta tendencia hacia una respuesta militarizada. Puede que Trump no crea en el cambio climático, pero su ejército sí, y ya está haciendo planes para abordar sus consecuencias. La velocidad del deshielo en el Ártico llevó este año a la Marina de EE.UU. a anunciar que está revisando su estrategia en la región con un probable aumento de buques armados y tropas.

 En mayo de 2018, Australia se sumó a la Unión Europea y EE.UU. para declarar el cambio climático una amenaza para la “seguridad” y advertir de los peligros de “la migración, la inestabilidad interna o los movimientos insurgentes dentro de los Estados… el terrorismo o los conflictos transfronterizos”, que necesitarían “gran variedad de respuestas en materia de Defensa”. 

Cuando los ejércitos y las fuerzas de seguridad son las instituciones más fuertes y mejor financiadas de nuestra sociedad, no podemos sorprendernos de que se conviertan en las instituciones predeterminadas para afrontar los efectos del cambio climático.

Las respuestas mayoritarias de los Estados de EE.UU. y la UE a los refugiados es uno de los augurios más perturbadores de lo que podría parecerse a una adaptación climática militarizada. La respuesta predeterminada de las naciones ricas industrializadas a los refugiados no ha sido mostrar solidaridad o compasión, sino que, cada vez con más frecuencia, se hace todo lo posible por mantener a los refugiados fuera –ya sea militarizando las fronteras, apoyando a dictadores, manteniendo a los refugiados en campos de concentración o forzando a la gente a hacer viajes tan peligrosos que miles de personas mueren en el intento–. 

Es una abominable demostración de crueldad que, sin embargo, se está convirtiendo en la triste norma. Cuando sabemos que los efectos del cambio climático solo será un factor añadido a la presión para emigrar, el futuro se prevé funesto.

La verdad es que hemos normalizado la violencia por parte de los Estados. Ya no vemos las cámaras de videovigilancia en nuestras calles, las vallas de alambre de espino en nuestras fronteras, los blindajes de la policía, los refugiados en los campamentos porque ya no es algo inusual. Esta normalización significa que hay un creciente peligro de que las soluciones de defensa ante el cambio climático no sean solo esta respuesta predeterminada, sino que además sean prácticamente imperceptibles.

Romper con los parámetros de referencia

Deshacer este consenso en favor de la seguridad en vez de la solidaridad no será tarea fácil. Una herramienta que podría ayudar es el concepto de “cambiar los parámetros de referencia” puesto que puede ayudarnos a entender este proceso y puede darnos alguna pista de cómo deberíamos empezar a forjar otra vía. 

El ecologista Daniel Pauly se inventó este término para referirse a la forma en que los científicos especializados en pesca establecerían sus “normas” para mantener los caladeros en buen estado teniendo en cuenta el estado de agotamiento en que se los encontraron en lugar del estado intacto en que se hallaban originalmente. La mayoría de los científicos ya no recordaban los mares repletos de grandes peces porque habían aceptado el mar devastado como lo normal. 

Sin embargo, en el mundo de la pesca, se ha dado respuesta a esto mediante el establecimiento de reservas marinas. Si se hace de la forma debida y se protege de las embarcaciones de arrastre (en lugar de los pescadores a pequeña escala), puede derivar en una recuperación espectacular de la fauna y hábitats marinos. Y lo que es más importante, sacan a la luz los peligros de la sobreexplotación de los mares y la posibilidad de adoptar un enfoque distinto. 

Necesitamos un enfoque similar respecto a la seguridad –mediante la creación de ejemplos de enfoques alternativos a la militarización en el ámbito local y estatal–.

 Necesitamos demostrar que militarizando nuestra respuesta a los asuntos sociales y ecológicos, como el cambio climático, únicamente se agravará el impacto sobre los más vulnerables. Pero también necesitamos discutir y movilizarnos en contra de esta militarización de la sociedad en cualquiera de sus formas y demostrar la posibilidad de adoptar un enfoque distinto.

 Esto puede hacerse de muchas formas, desde sencillos planes de adaptación climática que prioricen la solidaridad en lugar de la seguridad –como los impulsados por el movimiento de las Comunidades en Transición– hasta la red de ciudades que ofrecen asilo a los refugiados –y hasta los manifestantes de Black Lives Matter que exigen que la policía rinda cuentas en EE.UU.–.

 Todos estos esfuerzos pueden empezar a ralentizar el imparable avance hacia la militarización de nuestro planeta. Los defensores del clima han empezado a frenar la maquinaria de los combustibles fósiles, y lo que necesitamos ahora es empezar a echar arenilla en los engranajes del complejo militar-industrial-defensivo."                           (Nixk Buxton, CTXT, 24/10/18)

11/7/17

Operaciones especiales estadounidenses en todo el planeta. Un vasto mundo de guerras perdidas

"Si el lector quiere una cifra, pruebe 194. Este es el número de países que hay en el planeta Tierra (ponga o quite uno o dos). 

El informe de Nick Turse que publicamos hoy habla de una cifra relacionada que le dejará boquiabierto; por lo menos 137 de esos países (el 70 por ciento de ellos) ya tienen algo en común en este 2017, y todavía no hemos completado la mitad del año*. 

Estos países comparten la experiencia de tener unidades de las fuerzas de Operaciones Especiales (FOE) estadounidenses desplegadas en su territorio. Supuestamente, en este guarismo no están incluidos Rusia, China, Irán, Andorra o Mónaco (a menos que vigilar los casinos del mundo sea una novedosa prioridad nacional para nuestro presidente afecto al capitalismo de timba). 

Aun así, son la evidencia de la gran apuesta que el militarismo de casino ha hecho en estos años: que unas fuerzas de elite de operaciones especiales puedan hacer lo que el resto de las fuerzas armadas de Estados Unidos no han podido: conseguir un triunfo en un conflicto, o en un par de ellos. 

Podemos pensar que en estos años el Comando de Operaciones Especiales (o SOCOM) ha ganado el premio mayor de la lotería. De los pocos miles de soldados de elite que tenía a sus órdenes en los ochenta ha crecido hasta los 70.000 de estos momentos; esto es, una fuerza mayor que los ejércitos de muchos países. Por lo menos, 8.000 de ellos están asaltando, adiestrando y asesorando en el extranjero en cualquier momento dado. 

De hecho, es estos días es casi seguro que si la guerra estadounidense se intensifica en algún sitio del mundo, las FOE están allí desempeñando un papel central. Por ejemplo, en Siria, hace un año, había 50 operadores especiales ayudando a las distintas fuerzas que luchaban contra el Daesh. 

Ahora, cuando se intensifica la batalla por la ‘capital’ del Califato, esa cifra se ha elevado a 500 y, obviamente, continúa creciendo (algo parecido ocurre en Irán; sin duda, después de que el Pentágono despache en los próximos meses su último mini-contingente de personal a Afganistán, también en este país. 

En cuanto al dinero, el SOCOM ciertamente ha ganado en la versión Pentágono de la ruleta Por supuesto, en esa versión, todos ganan (aunque algunos son más ganadores que otros). Entre 2001 y 2014, la asignación presupuestaria de las FOE se incrementó en un nada modesto 21,3 por ciento y, desde entonces, no ha parado de crecer. (...)

Introducción de Tom Engelhardt 

(...) Las FOE en la guerra

“Operamos y combatimos en todos los roncones del planeta”, se jacta el general Taymond Thomas, jefe del Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos (USSOCOM o SOCOM, por sus siglas en inglés). “Sostenemos diariamente un despliegue o una fuerza en puestos de avanzada de unos 8.000 hombres en 80 o más países. 

 Estas unidades están realizando todo tipo de misiones propias de las FOE, tanto en situaciones de combate como de otro tipo.” Sin embargo, estas cifras dan a entender solo una parte de la verdadera dimensión y alcance de las acciones globales de las FOE.

 El año pasado, las fuerzas más escogidas de EEUU estaban realizando diversas misiones en 138 países –aproximadamente el 70 por ciento de las naciones del planeta– según los guarismos proporcionados a TomDispatch por el Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos. Asombrosamente, a mediados de este 2017, los grupos comando estaban desplegados en 137 países, según Ken McGraw, portavoz del SOCOM . 

Al Comando de Operaciones Especiales se le ha encomendado la tarea de llevar a cabo 12 misiones básicas que van desde la contrainsurgencia y la guerra no convencional hasta el rescate de rehenes y la neutralización de la proliferación de armas de destrucción masiva. 

Sin embargo, es posible que el contraterrorismo –la lucha contra las que el comando denomina organizaciones extremistas violentas (VEO, por sus siglas en inglés)– sea la actividad por la que las FOE de EEUU son más conocidas desde el 11-S. “La amenaza planteada por las VEO sigue siendo la más alta prioridad para el USSOCOM, tanto en la atención como en la acción”, dice Thomas. (...)

Hoy en día, en relación con el despliegue de operadores especiales, África está en segundo lugar. Esto es así debido al crecimiento exponencial de las misiones realizadas allí en los últimos años. En 2010, solo el 3 por ciento de los grupos comando de EEUU desplegados en el mundo era enviado a África. En estos momentos, ese número llega a más del 17 por ciento, según información del SOCOM. 

El año pasado, las FOE de Estados Unidos han sido enviadas a 32 países africanos, alrededor del 60 por ciento de los de ese continente. Tal como informé recientemente en VICE News, en cualquier momento dado, los Boinas Verdes, es decir, los grupos SEAL de la Marina de EEUU, y otras unidades especiales están hoy día realizando cerca de 100 misiones en 20 países africanos.

En mayo, por ejemplo, integrantes de los SEAL estaban trabajando en una “operación de asesoramiento y ayuda” junto con miembros del ejército de Somalia cuando fueron atacados. Kyle Milliken fue muerto y otros dos estadounidenses, todos del SEAL, resultaron heridos en un intercambio de disparos que también, según el portavoz de AFRICOM Robyn Mack, provocó la muerte de tres militantes de al-Shabaab.

 Asimismo, unidades de EEUU están destacadas en Libia para recoger información de inteligencia que permita realizar ataques en las mejores condiciones contra el Daesh que opera allí. Se dice que en operaciones que tuvieron lugar en África Central contra el Ejército de Resistencia del Señor (LRA, por sus siglas en inglés, una brutal milicia que ha aterrorizado la región durante décadas y cuya actividad ha sido reducida recientemente, un grupo comando de EEUU ha matado a un integrante del LRA hace menos de dos mese, en abril.

Adiestramiento de primavera

Lo que el general Thomas llama “aumentar la capacitación de las naciones asociadas” es la columna vertebral de la actividad de su comando en el mundo. Todos los días, las tropas más escogidas de Estados Unidos realizan misiones de adiestramiento para afinar sus técnicas, las de sus aliados y las de las fuerzas que actúan por delegación en todo el planeta.

Por ejemplo, el pasado enero, los Boinas Verdes y un grupo de paracaidistas japoneses realizaron instrucción aerotransportada cerca de Chiba, Japón. En febrero, los Boinas Verdes asesoraron a reclutas del Consejo Militar Manbij, una unidad de combate compuesta por mujeres kurdas, árabes, cristianas, turcomanas y yasadíes; esto fue en el centro de entrenamiento de Sanaa, en el noroeste de Siria. En marzo, una unidad de Boinas Verdes –que se mueve con trineos– enviada a Laponia, Finlandia, trabajó con fuerzas locales para aumentar sus destrezas militares en entornos fríos.

 El mismo mes, agentes especiales y más de 3.000 soldados de Canadá, República Checa, Estonia, Finlandia, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Kosovo, Lituania, Macedonia, los países Bajos, Eslovenia y el Reino Unido participaron en maniobras de adiestramiento táctico en Alemania.

En aguas de Kuwait, agentes especiales se unieron a unidades de elite de los países del Consejo de Cooperación del Golfo [Pérsico] para realizar ejercicios que simulaban una respuesta rápida al secuestro de un petrolero. En abril, tropas de las FOE viajaron a Serbia para adiestrar a una unidad local de lucha antiterrorista. 

En mayo, miembros de la Fuerza Conjunta de Operaciones Especiales-Iraq realizaron maniobras con la fuerza de operaciones especiales iraquí cerca de Bagdad. Ese mismo mes, 7.200 militares, entre ellos personal de la Fuerza Aérea de EEUU, integrantes de unidades de operaciones especiales de Italia, miembros de la Fuerza de Tareas Especiales de Jordania –el país anfitrión– y soldados de más de una docena de países, participaron en el ejercicio Eager Lion; el ejercicio comprendía desde el asalto a barracones con prisioneros hasta tareas de ciber-defensa. 

Por otra parte, un grupo SEAL trabajó en el adiestramiento de submarinistas junto con fuerzas de operaciones especiales griegas en la bahía de Souda, mientras otros se encontraron con tropas de la OTAN en Alemania como parte del ejercicio Saber Junction 17 para adiestramiento en operaciones terrestres, entre ellas el simulacro de una “misión detrás de las líneas del enemigo” en un pueblo europeo simulado”.

“En las últimas tres décadas, hemos estado en la vanguardia de las operaciones de la seguridad nacional, incluso el combate sin cesar en las últimos 15 años y medio”, le dijo Thomas –del SOCOM– el mes pasado a la subcomisión de Servicios Armados sobre Amenazas Emergentes y Capacidades de la Cámara de Representantes.

 “Este histórico periodo ha sido la base sobre la que se asientan algunos de nuestros mayores éxitos, pero también la fuente de nuestro mayor desafío: la preparación sostenida de esta magnífica fuerza.” Aun así, las FOE, con toda su magnificencia y todos sus éxitos, con todas las ceremonias de celebración a las que han asistido, las guerras, las intervenciones y otras acciones en las que han servido como la punta de la lanza estadounidense han sufrido muchas derrotas, y han tenido numerosos traspiés y fracasos.

Después de sus primeros éxitos en Afganistán en la estela de los ataques del 11-S, la fuerza de elite se convirtió en víctima del fracaso de Washington para declararse victoriosa y regresar a casa. Como resultado de ello, durante los últimos 15 años, los grupos comando de Estados Unidos han estado asaltando casas, recurriendo a ataques aéreos, adiestrando fuerzas locales y guerreando implacablemente contra una lista cada vez más larga de grupos terroristas en ese país. 

Con todos los esfuerzos tanto de las FOE como de las fuerzas armadas convencionales hermanas y los aliados locales afganos, la guerra está ahora, según el comandante en jefe de Estados Unidos en Oriente Medio, en un “punto muerto”.

 Esta es una forma cortés de decir lo que descubrió un informe para el Congreso redactado hace poco tiempo por el Inspector Especial para la Reconstrucción de Afganistán: las zonas que no responden a la autoridad central o están “controladas o influidas por los insurgentes” han subido de un notable 28 por ciento en 2015 a el 40 por ciento.

La guerra en Afganistán empezó con las acciones destinadas a capturar o matar a Osama bin Laden. Habiendo fracasado en esta misión tras el 11-S, las fuerzas de elite de Estados Unidos continuaron dando patinazos hasta que en la década siguiente bin Laden se encontró con su destino.

 Finalmente, en 2011, un comando SEAL de la marina lo acorraló en una casa en Pakistán en la que vivía desde hacía tiempo y acabó con él. Desde entonces, los agentes especiales que participaron en la operación y los personajes de poder de Washington (por no hablar de Hollywood) no han cesado de vender este único éxito táctico.

En una entrevista de Squire, Robert O’Nell, el SEAL que metió dos balas en la cabeza de bin Laden, confesó que él se unió a esa unidad de elite debido a una frustración que había vivido cuando era adolescente, un despecho amoroso. “Es por esa razón que al Qaeda fue diezmada”, bromeó; “porque ella me rompió el maldito corazón”.

 Pero al Qaeda no fue diezmada; todo lo contrario, según Ali Soufan, ex agente especial del FBI y autor de Anatomy of Terror: From the Death of Bin Laden to the Rise of the Islamic State (Anatomía del terror: de la muerte de bin Laden al surgimiento del Estado Islámico). 

Como él observó hace poco tiempo, “Mientras que, el 11-S, al Qaeda tenía apenas algunos centenares de integrantes, la mayor parte de ellos con base en un solo país, en este momento disfruta de muchos refugios seguros en todo el mundo”. De hecho, señala Soufan, desde la muerte de bin Laden los grupos terroristas se han hecho más fuertes.

Año tras año, las FOE de Estados Unidos se han enfrentado con nuevas oleadas de combatientes en varios continentes, entre ellas organizaciones terroristas que no existían el 11-S. Según se dice, todos los militares estadounidenses muertos en Afganistán en 2017 murieron combatiendo contra alguna franquicia del Daesh que empezaron a operar allí hace apenas dos años.

Otro ejemplo: la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos propició el meteórico crecimiento de un grupo afiliado a al Qaeda, lo que a su vez hizo que el hermético Comando Conjunto de Operaciones Especiales (JSOC, por sus siglas en inglés) de las fuerzas armadas –lo más escogido de las fuerzas de elite de EEUU– creara una verdadera maquinaria para la búsqueda y captura de hombres diseñada para matar a su jefe Abu Musab al-Zarqawi y acabar con su organización.

 Como pasó con bin Laden, finalmente los agentes especiales dieron con él y lo eliminaron; en el proceso, castigaron duramente a su organización, aunque nunca acabaron con ella. Atrás quedaron unos cuantos elementos endurecidos en la lucha que más tarde crearon el Daesh e hicieron lo que al Qaeda jamás pudo hacer: apoderarse de vastas franjas de territorio en dos países y mantenerlas en su poder. Mientras tanto la rama siria de al Qaeda creció hasta convertirse en una fuerza autónoma de más de 20.000 hombres.

En Yemen, después de más de 10 años de involucramiento de bajo perfil de las FOE, el país se tambaleó al borde del colapso en medio de una guerra llevada adelante –con el respaldo de Estados Unidos­– por Arabia Saudí. Las continuas misiones de las FOE realizadas en ese país –intensificadas recientemente– aparentemente no han hecho nada que modificara la situación. Del mismo modo, en Somalia –en el Cuerno de África– las fuerzas de elite estadounidenses continúan complicadas en una guerra interminable contra diversos combatientes.

En 2011, el presidente Obama puso en marcha la operación Observant Compass (observador de la brújula) despachando algunas FOE para ayudar a unas unidades que combatían por delegación en la República Centroafricana en una acción para capturar o matar a Joseph Kony y aniquilar su criminal Ejército de Resistencia del Señor (LRA), que por entonces contaba con entre 150 y 300 hombres armados. 

Después de buena parte de una década y 800 millones de dólares, 150 integrantes del grupo comando estadounidense fueron retirados esta primavera (la del hemisferio Norte), y sus oficiales asistieron a una ceremonia para recordar el final de la misión. Sin embargo, Kony nunca fue capturado ni asesinado y en este momento se estima que el LRA cuenta con entre 150 y 250 combatientes, prácticamente la misma cantidad que tenía cuando se inició la operación.

Esta sucesión de futilidades se repite también en Asia. “Las Fuerzas Especiales de EEUU han estado proporcionando apoyo y ayuda en la parte sur del archipiélago de Filipinas durante muchos años, atendiendo al pedido de diferentes administraciones filipinas”, declaró a principios de junio Emma Nagy, portavoz de la embajada de Estados Unidos en Manila. Ciertamente, durante más de una década las acciones esfuerzo de las FOE en ese país han sido saludadas como un éxito importante.

 La operación Freedom Enduring (libertad duradera) en Filipinas, escribió Linda Robinson, analista de RAND, a principios del año pasado en el periódico del Pentágono Prism, “tenía como objetivo posibilitar que las fuerzas de seguridad filipinas combatieran contra los grupos terroristas internacionales en la conflictiva región de Mindanao”.

En 2016, un informe de RAND realizado en coautoría por Robinson concluía así: “... las actividades de la FOE de EEUU preemitieron que el gobierno filipino redujera sustancialmente la amenaza del terrorismo transnacional en el sur de Filipinas”. 

Sin embargo, el pasado mayo, combatientes del Daesh invadieron la ciudad de Marawi, un importante centro urbano de Mindanao. Mantuvieron en su poder partes de la ciudad durante semanas a pesar de un decidido contraataque de soldados filipinos apoyados por las FOE estadounidenses. En estas acciones, amplias zonas de la ciudad fueron reducidas a escombros.

En el límite de sus fuerzas

El general Tomas, de las fuerzas de elite de Estados Unidos, le dijo el mes pasado a los congresistas que “... están absolutamente comprometidas con la victoria, tanto en las luchas actuales como en las futuras”.

 Aunque, en realidad, de guerra en guerra y de intervención en intervención, desde la ceremonia de la Brigada Anti-Droga en Florencia, Colombia, hasta el final de la caza de Kony en Obo, República Centroafricana, hay muy poca evidencia que incluso acciones duraderas realizadas por las FOE acaben en victorias estratégicas o mejoras en los resultados de la seguridad nacional. Aun así, a pesar de esas realidades de las ‘botas sobre el terreno’, las fuerzas estadounidenses de operaciones especiales y sus misiones no hacen otra cosa que crecer.

“Estamos... agradecidos por el apoyo del Congreso por la necesaria provisión de recursos que, a su vez, ha resultado en un SOCOM relevante ante todas las amenazas actuales y futuras que enfrenta la nación”, le dijo Thomas en mayo a la comisión Servicios Armados del Senado. Ciertamente, la provisión de recursos ha estado siempre disponible.

 El presupuesto anual del SOCOM ha saltado de los 3.000 millones de 2001 a más de 10.000 millones en este momento. Sin embargo, la supervisión ha fallado seriamente. Ningún miembro de las comisiones de Servicios Armados de la Cámara de Representantes o del Senado ha preguntado por qué, después de más de 15 años de guerra, la victoria en “las luchas actuales” ha resultado tan esquiva.

 Ninguna de ellos ha sugerido que ese “apoyo” del Congreso deba se reconsiderado teniendo en cuenta los contratiempos habidos tanto en Afganistán como en Iraq, tanto en Colombia como en la República Centroafricana, tanto en Yemen como en el sur de Filipinas.

Según se informó, en los últimos y decaídos días de la administración George W. Bush, las FOE estaban desplegadas en 60 países de todo el mundo. En 2011, con el presidente Barack Obama, ese número se infló hasta llegar a los 120. Durante el primer años y medio de la administración Trump, los grupos comando estadounidenses ya están en 137 países, con soldados de elite enredados en conflictos que van desde África hasta Asia.

 “Muchas de las unidades de FOE se emplean en el límite de su capacidad”, les dijo Thomas a los miembros de la comisión de Servicios Armados de la Cámara de Representantes el pasado mayo. De hecho, durante cierto tiempo, algunos integrantes de esas fuerzas –aún en el servicio activo o ya retirados– han estado haciendo sonar la alarma sobre el nivel de tensión que viven las FOE.

Sin embargo, ese nivel de despliegue de las fuerzas y la falta de resultados estratégicamente significativos no han hecho que Washington se formule preguntas fundamentales sobre la forma en que Estados Unidos emplea a sus fuerzas de elite, mucho menos aún sobre la raison d’être del SOCOM. 

“La nuestra es una fuerza de grupos comando en guerra y continuaremos siéndolo en el futuro inmediato”, explicó Thomas, del SOCOM, la comisión de Servicios Armados del Senado. Ninguno de sus miembros preguntó para qué ni con qué finalidad."             (Nick Turse , TomDispatch, en Rebelión, 06/07/17)

23/6/17

Los Estados Unidos de Trump no son una réplica de la Alemania nazi, expresan elementos del totalitarismo en formas claramente americanas

"(...)  ¿Cuáles serían las similitudes y las diferencias respecto a formas pasadas de autoritarismo y totalitarismo? 

Hay ecos del fascismo clásico de los años veinte y treinta en gran parte de lo que Trump dice y hace. Elementos fascistas resuenan cuando Trump utiliza un mar de ira mal dirigida, se presenta como un líder fuerte que puede salvar a una nación en declive y repite el guión fascista del nacionalismo blanco en sus ataques contra inmigrantes y musulmanes. 

 También coquetea con el fascismo en su llamada a un renacimiento del ultranacionalismo, su discurso del odio racista, su chivo expiatorio del otro, y sus rabietas juveniles y ataques en Twitter a cualquier persona que esté en desacuerdo con él.

  Lo mismo sucede con su uso del espectáculo para crear una cultura de autopromoción, su mezcla de política y teatro mediada por una brutalidad emocional y la voluntad de elevar la emoción sobre la razón, la guerra sobre la paz, la violencia sobre la crítica y el militarismo sobre la democracia. 

La adicción al autoenriquecimiento masivo y la moralidad de gánster amenazan con normalizar un nuevo nivel de corrupción política. Además, usa el miedo y el terror para demonizar a otros y para rendir homenaje a un militarismo desenfrenado. Se ha rodeado de un círculo íntimo de la derecha para ayudarlo a poner en práctica sus peligrosas políticas en materia de salud, medio ambiente, economía, política exterior, inmigración y libertades civiles. 

Trump también ha ampliado la noción de propaganda a algo más peligroso para la democracia. Como mentiroso habitual, ha intentado borrar la distinción entre los hechos y la ficción, los argumentos basados ​​en la evidencia y la mentira. No sólo ha reforzado la legitimidad de lo que llamo la máquina de desimaginación, sino que también ha creado entre grandes segmentos del público una desconfianza hacia la verdad y las instituciones que promueven el pensamiento crítico.

 En consecuencia, ha conseguido organizar a millones de personas que creen que la lealtad es más importante que la libertad cívica y la responsabilidad. Al hacerlo, ha vaciado el lenguaje de la política y el horizonte de la política de cualquier significado sustantivo, contribuyendo a una cultura autoritaria y despolitizada del sensacionalismo, la inmediatez, el miedo y la ansiedad.

Trump ha galvanizado y envalentonado a todas las fuerzas antidemocráticas que han estado moldeando el capitalismo neoliberal en todo el mundo durante los últimos 40 años. A diferencia de los dictadores de los años treinta, no ha creado una policía secreta ni campos de concentración, no ha tomado el control total del Estado, ni arrestado a disidentes o desarrollado un sistema de partido único. 

Sin embargo, aunque los Estados Unidos de Trump no son una réplica de la Alemania nazi, expresan elementos del totalitarismo en formas claramente americanas. Se trata de la advertencia de Hannah Arendt de que, en lugar de ser algo del pasado, elementos del totalitarismo se cristalizarían, probablemente a mediados de siglo, en nuevas formas. 

Seguramente, como señala Bill Dixon, “los orígenes demasiado proteicos del totalitarismo siguen estando con nosotros: la soledad como registro normal de la vida social, la frenética legalidad de la certidumbre ideológica, la pobreza y la falta masiva de vivienda, la rutina de utilizar el terror como instrumento político y las velocidades y escalas cada vez mayores de los medios de comunicación, la economía y la guerra”.

Las condiciones que produce la aterradora maldición del totalitarismo parecen estar sobre nosotros y pueden observarse en la negación de Trump de las libertades civiles, en el temor entre la población en general, en la hostilidad al Estado de Derecho y a una prensa libre y crítica, un desprecio por la verdad y este intento de crear una nueva formación política a través de la alineación de fundamentalistas religiosos, racistas, xenófobos, islamófobos, ultrarricos y militaristas desquiciados.

¿Cuáles son las conexiones entre el neoliberalismo y el surgimiento del neoautoritarismo? 

El neoliberalismo ha actuado agresivamente como un proyecto económico, político y social destinado a consolidar la riqueza y el poder en manos del 1% superior. Funciona a través de múltiples registros, como una ideología, un modo de gobierno, una máquina de hacer política y una forma venenosa de pedagogía pública. 

Como ideología, considera el mercado como el principal principio organizador de la sociedad, al mismo tiempo que adopta la privatización, la desregulación y la mercantilización como elementos fundamentales para la organización de la vida política y cotidiana.

 Como modo de gobernar, produce sujetos con un egoísmo desenfrenado y un individualismo desenfrenado mientras normaliza la competencia entre tiburones, la visión de que la desigualdad es evidentemente parte del orden natural y que el consumo es la única obligación válida de la ciudadanía. 

Como máquina de políticas, permite que el dinero conduzca la política, venda las funciones del Estado, debilite a los sindicatos, sustituya al Estado de Bienestar por el Estado de Guerra y busque eliminar las provisiones sociales, al mismo tiempo que amplía el alcance del Estado Policial a través de la criminalización de los problemas sociales.

 Como forma de pedagogía pública, se enfrenta a los valores públicos, al pensamiento crítico y a todas las formas de solidaridad que abarcan nociones de colaboración, responsabilidad social y el bien común.

El neoliberalismo ha creado el paisaje político, social y pedagógico que ha permitido acelerar las tendencias antidemocráticas que generan las condiciones para un nuevo autoritarismo en los Estados Unidos. 

Ha creado una sociedad gobernada por el miedo, ha impuesto grandes dificultades y desigualdades que benefician a los ricos a través de políticas de austeridad, ha erosionado la cultura cívica y formativa necesaria para producir ciudadanos críticamente informados y ha destruido cualquier sentido de ciudadanía compartida. 

Al mismo tiempo, el neoliberalismo ha acelerado una cultura de consumo, sensacionalismo, choque y violencia espectacular que produce no sólo un amplio panorama de competencia, mercantilización y vulgaridad desenfrenadas, sino también una sociedad en la que la agencia es militarizada, infantilizada y despolitizada.

Las nuevas tecnologías, que podrían ayudar a los movimientos sociales, han sido ampliamente utilizadas, por ejemplo, por Black Lives Matter. Junto con el desarrollo de medios críticos en internet para educar y promover en una agenda radicalmente democrática,. 

Al mismo tiempo, el paisaje de las nuevas tecnologías y las principales redes sociales operan dentro de un poderoso ecosistema neoliberal que ejerce una influencia desmedida en el aumento del narcisismo, el aislamiento, la ansiedad y la soledad.

 Al individualizar todos los problemas sociales, priorizar e idealizar la responsabilidad individual, el neoliberalismo ha desmantelado los puentes entre la vida privada y la pública, haciendo casi imposible traducir las cuestiones privadas en consideraciones sistémicas más amplias.

 El neoliberalismo creó las condiciones para la transformación de una democracia liberal en un Estado fascista, creando las bases para el control no sólo de las instituciones dominantes por una élite financiera, sino también eliminando las protecciones civiles, personales y políticas ofrecidas a los individuos en una sociedad libre.

Si el autoritarismo en sus diversas formas apunta a la destrucción del orden democrático liberal, el neoliberalismo proporciona las condiciones para que esa devastadora transformación ocurra al crear una sociedad a la deriva en una situación de extrema violencia, desigualdad, crueldad y desdén por la democracia. 

La elección de Trump sólo confirma que las posibilidades de autoritarismo están al acecho y han dado paso a una forma más extrema y totalitaria del capitalismo tardío.  (...)"

(Entrevista a  Henry A. Giroux / Autor de ‘America at War with Itself, Juan Pedro-Carañana, CTXT, 21/06/17. Traducción del autor del texto publicado en  Truthout.)

16/6/14

Autoritarismo del siglo XXI: ¿quién es el enemigo?

"Vivimos en un contexto autoritario que afecta el conjunto de las relaciones sociales en sus estructuras y sus prácticas. El autoritarismo contemporáneo lejos está de ser una renovada versión de los fascismos históricos o de los procesos contrarrevolucionarios de la segunda mitad del siglo XX. 

Ante lo que estamos es un nuevo orden social que reorganiza las relaciones interestatales y las relaciones sociales de los distintos países; su fundamento es la militarización de la vida cotidiana a través de múltiples mecanismos, que no se reducen a la presencia de cuerpos armados, legales o ilegales, en la mayoría de los espacios públicos. 

La militarización de las distintas formas sociales sigue un modelo de capas interactuantes que intentan atravesar todas las estructuras de la vida social, en las que ocupa un lugar privilegiado la presencia de cuerpos militares o de segmentos militarizados (...)

Este nuevo autoritarismo es resultado de al menos cuatro grandes transformaciones estructurales en la vuelta de siglo.

 La primera transformación está en el cambio de estrategia global estadounidense, que desde los años noventa dirige sus empresas militares al control de los recursos estratégicos y a la construcción de una “democracia internacional” acorde con las necesidades del libre mercado. 

En este proceso el papel de las fuerzas armadas estadounidenses se modificó; junto a la invasión de países y la administración de guerras en las que se convirtió en el coordinador de los cuerpos internacionales de paz, hay una campaña de intervención cívico-policiaca a través del entrenamiento de las fuerzas represivas locales, estatales o privadas, que complementan los proyectos de desarrollo económico transnacionales, localizados en las regiones donde están los bienes naturales estratégicos.

El segundo cambio es la transformación de las relaciones intercapitalistas, que modificaron la composición del bloque económico hegemónico. A pesar de los traspiés económicos, Estados Unidos es la potencia hegemónica mundial, la financiarización de la economía depende del papel estadounidense; al mismo tiempo, las empresas domiciliadas en Estados Unidos, amparadas bajo sus leyes, tienen una ventaja comparativa en los sectores estratégicos de la economía mundial. (...)

La tercera transformación es la presencia de una movilización popular abigarrada, en la que se mezclan distintas demandas sociales y múltiples formas de lucha. Ante la crisis de los estados de bienestar y la avalancha de proyectos neoliberales, se han producido múltiples estrategias de resistencia, que no se adaptan a las viejas formas de organización política, el sindicato, la confederación o la guerrilla, si bien éstas siguen existiendo ya no son las que sirven de referente para la movilización popular. 

Desde la vuelta de siglo hay un nuevo ciclo de protestas sociales, en ocasiones con demandas perentorias o coyunturales, en ocasiones con proyectos de transformación de las estructuras sociales. Dentro de estos hay un amplio grupo de movilizaciones que construyen o intentan construir otro tipo de relaciones con el territorio, en abierta oposición a los mecanismos de territorialización del capitalismo.(...)

La cuarta mudanza es la inminente crisis orgánica de la civilización capitalista. Las múltiples dimensiones de la crisis obligan a reconfigurar el orden de poder internacional, para asegurar la flexibilidad del poder económico y su incesante acumulación de capitales. En esta crisis, la lucha por los recursos estratégicos para la sobrevivencia del modelo de civilización capitalista es cada vez más intensa. (...)

Estos cuatro grandes cambios han motivado una reestructuración profunda de la doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos. (...)

La doctrina de seguridad nacional estadounidense ha cambiado su perspectiva (Field Manual 3-24. Counterinsurgency). El enemigo ya no es el pueblo afín a las demandas de la subversión comunista; ahora lo es todo aquel sector de la sociedad que exprese manifiesta o explícitamente una oposición a las reglas de funcionamiento del capitalismo internacional.

El enemigo ya no es resultado de una infiltración externa, producto de una conspiración comunista internacional. El enemigo es expresión de un desarreglo de las fuerzas locales, que aprovechando los contextos de inestabilidad económica o política ejerce una acción que “pone en peligro” a la nación en su conjunto y, en casi todas las ocasiones, convirtiéndose en un peligro para la región y, por tanto, una amenaza para la libertad y la democracia.

Ahora el enemigo se construye como aquel que no respeta los “valores democráticos” y que busca imponer por la fuerza formas de socialidad que no son consensuadas por las mayorías a través de los canales institucionales (el voto universal, la representatividad de poderes y el respeto a las leyes). El nuevo enemigo es el terrorista, (...)

Uno de los espacios donde esta configuración del enemigo ha tenido grandes repercusiones es en la esfera del derecho, tanto en sus formas nacionales como en su dimensión internacional. Se ha transitado de la imposición de derechos militares a la militarización del derecho. (...)

En este proceso se construyó otra imagen del enemigo, ya no es más el enemigo político subversivo que toma las armas, hay una caracterización ambigua de aquel que no respeta las leyes y que por tanto puede ser puesto en un régimen de excepción.(...)

El enemigo sigue siendo la población en su conjunto, sobre todo aquellas partes que se movilizan y resisten los proyectos político-económicos dominantes; lo que ha cambiado son las armas para combatirla. A diferencia de la guerra de contrainsurgencia de los años sesenta y setenta, desde la vuelta de siglo se construye una estrategia de lucha que abarca todos los niveles de la vida social. Junto con los ejércitos, los policías y los cuerpos de seguridad privados viajan antropólogos y sociólogos.

 Al enemigo se le vence conociéndolo (“viewing the adversary through one’s own eye” The U.S. Army Functional Concept for Intelligence, 2016-2028), y eso no lo hacen las fuerzas armadas, lo hacen académicos. La antropología y la sociología son instrumentos que pueden ser más efectivos que las armas de fuego. 

Una vieja práctica colonial, la de conocer las formas de vida de la sociedad por dominar, se recicla y se integra al autoritarismo contemporáneo que busca “derrotar” a los procesos terroristas mediante el control total de las formas sociales particulares.  (...)

De la construcción de la imagen del terrorista no sólo participa el orden jurídico internacional y sus adaptaciones locales, juegan un papel central los medios de comunicación. Junto con las leyes punitivas que hacen cotidiano el derecho militar, hay una fuerte campaña mediática por construir un sentido común en torno a la figura del terrorista, como aquella entidad asocial incapaz de manifestar sus demandas por las “vías institucionales” y “democráticas”.

 El proceso mediático contribuye a la construcción de la imagen difusa del terrorista; su representación sigue el principio de no referir a humanos, sino a figuras genéricas, sin rostro y sin identidad. La metáfora es la de un cuerpo sin identidad, sujeto sin historia, cuya única marca de diferenciación es su actuar fuera del “estado de derecho”. Este es el enemigo del poder hegemónico en el siglo XXI.(...)"               (Daniel Inclán, América Latina en movimiento, en Jaque al Neoliberalismo, 03/06/2014)