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21/4/22

Varoufakis: Tan pronto como los conglomerados decididos a mercantilizar Internet se apoderaron de ella, los principios de la publicidad se transformaron en sistemas algorítmicos que permitían una selección específica de personas... y las agrupaban para completar sus búsquedas, sugerir libros o recomendar películas. El avance llegó cuando los algoritmos dejaron de ser pasivos... Una vez que los algoritmos pudieron evaluar su propio rendimiento en tiempo real, empezaron a comportarse como agentes, controlando y reaccionando a los resultados de sus propias acciones... la tarea de infundir deseos en nuestra alma fue entregada a Alexa y Siri. ¿Qué hace exactamente Alexa? A medida que nos conoce, desarrolla una extraña capacidad para sorprendernos con buenas recomendaciones e ideas que nos intrigan. Antes de que nos demos cuenta, el sistema ha adquirido poderes sustanciales para guiar nuestras elecciones, es decir, para darnos órdenes... los propietarios de este capital de mando algorítmico basado en la nube merecen un término que los distinga de los capitalistas tradicionales: "cloudalistas", una nueva clase dominante

 "El capital está en todas partes, pero el capitalismo está en decadencia. En una era en la que los propietarios de una nueva forma de «capital de control» han ganado un poder exorbitante sobre todos los demás, incluidos los capitalistas tradicionales, esto no es una contradicción.

Érase una vez. Los bienes de capital eran solo los medios de producción fabricados. El aparejo de pesca rescatado de Robinson Crusoe, el arado de un granjero y el horno de un herrero fueron bienes que ayudaron a producir una captura de peces más grande, más alimentos y herramientas de acero brillante. Luego, llegó el capitalismo y otorgó a los propietarios del capital dos nuevos poderes: el poder de obligar a los que no tienen capital a trabajar por un salario y el poder de establecer la agenda en las instituciones que formulan políticas. Hoy, sin embargo, está emergiendo una nueva forma de capital y está forjando una nueva clase dominante, quizás incluso un nuevo modo de producción.

El comienzo de este cambio fue la televisión comercial en abierto. La programación en sí no podía comercializarse, por lo que se utilizó para atraer la atención de los espectadores antes de venderla a los anunciantes. Los patrocinadores de los programas utilizaron su acceso a la atención de la gente para hacer algo audaz: encauzar las emociones (que habían escapado a la mercantilización) a la tarea de profundizar… la mercantilización.

La esencia del trabajo del publicista fue capturada en una línea pronunciada por Don Draper, el protagonista ficticio de la serie de televisión Mad Men, ambientada en la industria publicitaria de la década de 1960. Al asesorar a su protegida, Peggy, sobre cómo pensar sobre la barra de chocolate Hershey que su empresa vendía, Draper captó el espíritu de la época:

“No compras una barra Hershey por un par de onzas de chocolate. Lo compras para recuperar la sensación de ser amado que conociste cuando tu padre te compró una por cortar el césped”.

La comercialización masiva de la nostalgia a la que alude Draper marcó un punto de inflexión para el capitalismo. Draper señaló una mutación fundamental en su ADN. Fabricar eficientemente las cosas que la gente quería ya no era suficiente. Los deseos de la gente eran en sí mismos un producto que requería una hábil fabricación.

Tan pronto como los conglomerados se apoderaron del incipiente Internet decididos a mercantilizarlo, los principios de la publicidad se transformaron en sistemas algorítmicos que permitían la orientación específica de personas, algo que la televisión no podía respaldar. Al principio, los algoritmos (como los utilizados por Google, Amazon y Netflix) identificaron grupos de usuarios con patrones y preferencias de búsqueda similares, agrupándolos para completar sus búsquedas, sugerir libros o recomendar películas. El gran avance se produjo cuando los algoritmos dejaron de ser pasivos.

Una vez que los algoritmos pudieron evaluar su propio desempeño en tiempo real, comenzaron a comportarse como agentes, monitoreando y reaccionando a los resultados de sus propias acciones. Fueron afectados por la forma en que afectaron a las personas. Antes de que nos diéramos cuenta, la tarea de inculcar deseos en nuestra alma fue arrebatada a Don y Peggy y entregada a Alexa y Siri. Quienes se preguntan cómo de real es la amenaza de la inteligencia artificial (IA) para los trabajos administrativos deberían preguntarse: ¿Qué hace exactamente Alexa?

Aparentemente, Alexa es un sirviente mecánico en el hogar al que podemos ordenar que apague las luces, pida leche, nos recuerde que llamemos a nuestras madres, etc. Por supuesto, Alexa es solo la fachada de una gigantesca red basada en la nube de inteligencia artificial que millones de usuarios entrenan varios miles de millones de veces por minuto. A medida que hablamos por teléfono, o nos movemos y hacemos cosas en la casa, aprende nuestras preferencias y hábitos. A medida que nos va conociendo, desarrolla una extraña habilidad para sorprendernos con buenas recomendaciones e ideas que nos intrigan. Antes de que nos demos cuenta, el sistema ha adquirido poderes sustanciales para guiar nuestras elecciones, para manipularnos de manera efectiva.

Con dispositivos o aplicaciones similares a Alexa basados ​​en la nube en el papel que una vez ocupó Don Draper, nos encontramos en la más dialéctica de las regresiones infinitas: entrenamos el algoritmo para que nos entrene a servir los intereses de sus propietarios. Cuanto más lo hacemos, más rápido aprende el algoritmo cómo ayudarnos a entrenarlo para darnos órdenes. Como resultado, los dueños de este capital de control algorítmico basado en la nube merecen un término para distinguirlos de los capitalistas tradicionales.

Estos “nubelistas” son muy diferentes a los dueños de una firma de publicidad tradicional cuyos anuncios también podían convencernos de comprar lo que ni necesitábamos ni deseábamos. Por glamurosos o inspirados que hayan sido sus empleados, las empresas de publicidad como el ficticio Sterling Cooper en Mad Men vendían servicios a las corporaciones que intentaban vendernos cosas. En cambio, los nubelistas cuentan con dos nuevos poderes que los diferencian del tradicional sector de servicios.

En primer lugar, los especialistas en la nube pueden obtener grandes beneficios de los fabricantes cuyas cosas nos persuaden a comprar, porque el mismo capital de mando que nos hace querer esas cosas es la base de las plataformas (Amazon.com, por ejemplo) donde se realizan esas compras. Es como si Sterling Cooper se hiciera cargo de los mercados donde se venden los productos que anuncia. Los nubelistas están convirtiendo a los capitalistas convencionales en una nueva clase vasalla que debe rendirles tributo para tener la oportunidad de vendernos.

En segundo lugar, los mismos algoritmos que guían nuestras compras también tienen la capacidad subrepticia de ordenarnos  directamente que produzcamos nuevo capital de control para los nubelistas. Hacemos esto cada vez que publicamos fotos en Instagram, escribimos tweets, ofrecemos reseñas en libros de Amazon o simplemente nos movemos por la ciudad para que nuestros teléfonos aporten datos de congestión a Google Maps.

No es de extrañar, por lo tanto, que esté surgiendo una nueva clase dominante, compuesta por los propietarios de una nueva forma de capital basado en la nube que nos ordena reproducirlo dentro de su propio reino algorítmico de plataformas digitales especialmente diseñadas y fuera de los mercados laborales o de productos convencionales. El capital está en todas partes, pero el capitalismo está en decadencia. En una era en la que los dueños del capital de control han obtenido un poder exorbitante sobre todos, incluidos los capitalistas tradicionales, esto no es una contradicción."          (Yanis Varoufakis.  Rebelión, 19/04/22)

17/11/21

La pandemia y el bloqueo del canal de Suez de marzo de 2020 dejaron en claro que las cadenas de suministro globales son vulnerables a múltiples formas de interrupción, entre ellas, las huelgas obreras... asistimos a un recrudecimiento de las luchas obreras sin precedente a nivel histórico en cuanto a su escala y a su alcance. Si bien la magnitud del desafío que plantea la crisis del capitalismo global para la humanidad tampoco tiene antecedentes... de estos nuevos movimientos surgirá un proyecto emancipatorio capaz de guiarnos fuera de este capitalismo destructivo, hacia un mundo donde la dignidad humana valga más que las ganancias

 "Cuando los especialistas en ciencias sociales se refieren al período 2019-2021, destacan tres signos de crisis sistémica profunda: en primer lugar, la incapacidad de la mayoría de los Estados para responder adecuadamente a la pandemia de COVID-19, ese gran revelador de las falencias sociales y gubernamentales. En segundo lugar, la aceptación de Estados Unidos del fracaso de la guerra en Afganistán, que dejó en claro que la «guerra contra el terrorismo» no logró revertir la pérdida de poder de Estados Unidos a nivel mundial. Por último, pero no menos importante, el tsunami de protestas sociales a nivel mundial, que empezó en 2010-2011 —como consecuencia de la crisis financiera de 2008— y no dejó de crecer hasta 2019.

Si ponemos la mirada en el futuro, está claro que cualquier estrategia obrera y socialista deberá tener en cuenta el terreno en el que se despliegan las luchas, es decir, la inestabilidad hegemónica de Estados Unidos en el marco de una crisis capitalista mundial sin parangón luego de los años 1930. Como sucedió durante la primera mitad del siglo veinte, la crisis actual del capitalismo global adopta la forma de una enorme crisis de legitimidad: la consigna «socialismo o barbarie» vuelve a plantearse con urgencia.

La creación, destrucción y reconstrucción de la clase obrera mundial

¿Qué pueden hacer las movilizaciones clasistas para frenar el deslizamiento del presente hacia la «barbarie»? Hasta hace algunos años, la respuesta de los teóricos de la globalización, de izquierda y de derecha, era unánime: «No mucho». La tesis de la «carrera hacia el abismo» plantea que la globalización creó barreras insuperables para la movilización de la clase obrera. Desde los años 1980, los partidarios de esta perspectiva escribieron innumerables obituarios para la clase y el movimiento obreros, centrados en el debilitamiento y la destrucción de las clases obreras existentes, sobre todo —y esto es significativo— las ocupadas en la producción industrial de los países centrales. Pero ignoraron las formas en que el capitalismo —por medio de transformaciones recurrentes de la organización productiva mundial— crea nuevas clases obreras con nuevas fuentes de poder, padecimientos y reivindicaciones.

Este enfoque alternativo pone el eje en la creación y reconstrucción de las clases obreras, que responden a su vez a los costados creativos y destructivos del proceso de acumulación de capital. En efecto, la ola mundial de movilizaciones de los años 2010-2011 estuvo marcada por las protestas de nuevas clases en proceso de formación y clases existentes que luchaban para conservar los derechos conquistados en ciclos anteriores. El espectro abarcó huelgas de obreros industriales en China, huelgas ilegales en las minas de platino de Sudáfrica, jóvenes desempleados y subempleados que se lanzaron a ocupar las plazas en todo el mundo y protestas contra la austeridad que se extendieron desde África del Norte hasta los Estados Unidos. El proceso terminó siendo solo el preludio a un tsunami de protestas de clase que duró más de una década y estuvo compuesto tanto por huelgas obreras como por luchas callejeras.

Hay quienes piensan que la lección de los años 2010-2011 es que las luchas de clase se desplazaron desde los lugares de producción hacia las calles. Con todo, aunque no deberíamos menospreciar el significado de las «luchas callejeras», sería un grave error subestimar las huelgas en los lugares de trabajo, pues son las fuentes de poder que operan detrás de esos movimientos. Así, por ejemplo, aunque la historia estándar de los levantamientos egipcios de 2011 se centra en la ocupación de la plaza Tahrir, la verdad es que Mubarak renunció a su cargo solo cuando los obreros del canal de Suez —sitio fundamental para el comercio internacional y nacional— hicieron huelga.

Desde los años 1980, la adopción generalizada de la producción «Just in time» —la provisión de inputs se mantiene en niveles mínimos con la perspectiva de recortar costos distribuyéndolos «justo a tiempo»— incrementó la vulnerabilidad de las fábricas situadas más abajo en la cadena a las huelgas que se desarrollan en los sitios de los proveedores. Este es el caso aun si la fábrica que para está en la misma provincia, como sucedió, por ejemplo, cuando la huelga de una autopartista forzó a Honda a cerrar todas sus plantas de ensamblado en China.

La pandemia y el bloqueo del canal de Suez de marzo de 2020 dejaron en claro que las cadenas de suministro globales son vulnerables a múltiples formas de interrupción, entre ellas, las huelgas obreras. Hasta cierto punto, esto no es nada nuevo. En el siglo veinte, los trabajadores del transporte disponían de mucho poder en virtud de su localización estratégica en las cadenas de suministro globales y nacionales. De ahí el rol central que jugaron en el movimiento obrero en general. No cabe duda de que las cadenas de suministro globales serán distintas a mediados del siglo XXI —de hecho, la pandemia y las tensiones geopolíticas están forzando a reestructurarlas—, pero es muy probable que los trabajadores del transporte, los almacenes y la comunicación sigan teniendo poder (y tal vez cobren más relevancia), dada su localización estratégica en los procesos de acumulación de capital.

Del mismo modo, sería insensato descartar la importancia futura de las huelgas de los obreros industriales, pues la diseminación mundial de la producción a gran escala, puesta en marcha durante el siglo veinte, tuvo como consecuencia la formación de nuevas clases obreras y oleadas sucesivas de conflictos de clase. A comienzos del siglo veinte, cuando el epicentro de la producción industrial a gran escala se desplazó al continente asiático, también lo hizo la lucha obrera: se confirmó la tesis de que donde hay capital, hay conflicto.

Esa frase tiene un sentido geográfico, pues el capital, al ser relocalizado en busca de mano de obra dócil y barata, termina creando clases obreras y conflictos nuevos en sus lugares de destino. Pero también tiene un sentido intersectorial, pues a medida que el capital se desplaza a nuevos sectores de la economía, se crean nuevas clases obreras y emergen conflictos originales.

Una perspectiva obrera hegemónica

¿En qué sectores debemos centrarnos hoy? Sin duda, uno muy importante es la «industria de la educación» que, según la UNESCO, pasó de contar 8 millones de docentes a nivel mundial en 1950 a 62 millones en 2000, y creció otro 50% en 2019, hasta alcanzar un total de 94 millones de docentes. Más allá del crecimiento meteórico de los números, existen otros motivos para pensar que los docentes están jugando un rol fundamental en el movimiento obrero a nivel mundial, análogo al que jugaron los obreros de la industria textil en el siglo XIX y los obreros de las automotrices en el siglo XX.

La tendencia al conflicto obrero en la «industria de la educación» se convirtió en un dato incuestionable a fines del siglo XX, pero las movilizaciones de la última década marcaron un punto de inflexión. En Estados Unidos, este punto correspondió a la emergencia de la organización Caucus of Rank-and-File Educators (CORE) que, con amplio consenso social, dirigió a los docentes de Chicago a través de su exitosa huelga de 2012. El conflicto logró instalar la idea de que los docentes no solo luchaban por sus propios intereses, sino por los de los estudiantes y las familias. La huelga de Chicago fue seguida de una oleada nacional de paros y movilizaciones en todo el país, especialmente en los distritos escolares localizados en estados con una fuerte política antisindical.

En Chile, los docentes de las escuelas públicas que fueron a la huelga bajo dirección del Colegio de Profesores de Chile (CPC) —con apoyo de estudiantes, vecinos y otros trabajadores— jugaron un rol central en el ciclo de protestas nacionales que reivindicó el acceso universal a la educación y el abandono de la constitución neoliberal heredada de la época de Pinochet. Se observaron acciones similares en Costa Rica, Honduras y Colombia y, en Perú, el presidente de izquierda Pedro Castillo llegó al poder con apoyo del sindicato docente.

Esta nueva oleada de militancia docente responde a una serie de reclamos fundados en un claro proceso de proletarización, que incluye la intensificación del trabajo, el deterioro de las condiciones laborales y la pérdida de autonomía y control sobre el proceso de trabajo en las aulas. En parte, las huelgas docentes son exitosas debido a que sus reivindicaciones se complementan con un fuerte poder de negociación en sus lugares de trabajo. Es posible argumentar que la «industria de la educación» suministra los bienes de capital más importantes del siglo XXI, es decir, esos obreros educados que luego deben insertarse en una «economía de la información». A diferencia de la mayoría de las actividades manufactureras, es imposible presionar a los docentes mediante la amenaza de relocalizar la producción (más allá de los experimentos virtuales a partir de la pandemia, la enseñanza debe realizarse donde están los estudiantes). Del mismo modo, la «industria de la educación» parece resistir a la automatización (reemplazar a los docentes por robots no es algo que aparezca en el horizonte).

Además, los docentes ocupan un lugar estratégico en la división del trabajo social concebida en términos más amplios. Si los docentes hacen huelga, generan un efecto dominó que afecta toda la división social del trabajo: interrumpen la rutina de las familias y dificultan el trabajo de los padres. En ese sentido, el poder estratégico de los docentes, aunque en última instancia está fundado en su capacidad de interrumpir la economía, es bastante singular, pues depende especialmente de la centralidad que tiene su actividad en la sociedad. Sin embargo, a menos que este poder se ejerza en el marco de una perspectiva hegemónica más amplia, los docentes quedan expuestos a que el Estado y el capital los utilicen como chivos expiatorios y los sometan a la represión. En efecto, la crisis cada vez más grave del capitalismo conlleva también la ampliación y la profundización de las formas coercitivas del poder.

Como sea, las huelgas más grandes de la última década muestran que los docentes tienen el potencial de formular dicha perspectiva, es decir, de mostrar que sus luchas particulares implican la defensa de los intereses de toda la sociedad. Su propia labor hace que entren en contacto cotidiano con círculos mucho más amplios de la clase obrera, pues son testigos de todos los problemas que enfrentan los estudiantes y sus familias. Entonces, basta con que difundan la idea de que, aun si sus reivindicaciones buscan un beneficio que los afecta específicamente como docentes, también promueven los intereses de los estudiantes, sus familias, sus barrios y sus ciudades. Por supuesto, este potencial hegemónico, fundado en condiciones estructurales, debe realizarse a través de una agencia política que vincule las luchas particulares de los docentes —y de los trabajadores— con luchas más amplias por la dignidad humana y la supervivencia planetaria.

Solidaridad forever

La automatización que promueve la Inteligencia Artificial llevó a muchos intelectuales a sugerir que estaríamos llegando al «fin del trabajo» y que, en consecuencia, se terminarán los conflictos laborales. Con todo, la prescindencia completa del trabajo humano en los procesos de producción continúa siendo una fantasía esquiva, y no deberíamos subestimar la importancia que siguen teniendo las luchas obreras en los sitios de producción.

Sería un error también subestimar las movilizaciones callejeras. En efecto, es posible derivar el entrelazamiento esencial de estos dos sitios de lucha —el lugar de trabajo y la calle— a partir del Tomo I de El capital. Por un lado, llegando a la mitad —donde describe el conflicto ininterrumpido entre el capital y el trabajo por la duración, la intensidad y el ritmo de la actividad—, Marx se refiere a lo que sucede en la «oculta sede de la producción». Por otro lado, en el capítulo 25, Marx aclara que la lógica del desarrollo capitalista, no solo lleva a constantes luchas en los lugares de trabajo, sino también a conflictos más amplios a nivel social, pues la acumulación de capital avanza de la mano de la «acumulación de miseria», especialmente bajo la forma de la expansión de un ejército industrial de reserva de trabajadores desempleados, subempleados y precarios.

En este sentido, la historia del capitalismo se caracteriza, no solo por el proceso cíclico de destrucción creativa en el punto de la producción, sino también por la tendencia de largo plazo a destruir los modos de vida existentes a un ritmo más veloz del que define la creación de otros nuevos. Esto conlleva la necesidad de conceptualizar tres tipos de conflictos obreros: 1) las protestas de las clases obreras en proceso de formación; 2) las protestas de las clases obreras existentes que están siendo destruidas y 3) las protestas de esos trabajadores que el capital ignora y excluye, es decir, los miembros de la clase obrera que, aunque dependen exclusivamente de ello para sobrevivir, es probable que nunca logren vender su fuerza de trabajo.

Los tres tipos de conflictos obreros son manifestaciones distintas de un proceso de desarrollo capitalista único. Los tres son visibles en las luchas actuales. El destino de cada uno está íntimamente entrelazado con el de los otros. Una estrategia socialista debe abarcarlos a todos. En efecto, la perspectiva estratégica de Marx y Engels —articulada en el Manifiesto del Partido Comunista y en otras obras—, convocaba a los sindicatos a organizar a estos tres segmentos de la clase obrera mundial en un proyecto común.

No hace falta decir que se trata de una tarea inmensa. Pero además, sin dejar del todo de pecar de cierto optimismo, Marx asumía que estos tres tipos de trabajadores —los que son incorporados como asalariados durante las últimas fases de expansión material, los que son expulsados durante la última ronda de reestructuraciones y los que son excedentes desde el punto de vista del capital— habitaban los mismos hogares y barrios obreros. Vivían juntos y luchaban juntos.

En otros términos, las distinciones al interior de la clase obrera —entre trabajadores empleados y desempleados, activos y en reserva, capaces de imponer pérdidas costosas al capital y capaces solo de manifestarse en las calles— no se solapaban con diferencias de ciudadanía, raza, etnicidad o género. Entonces, los trabajadores que encarnaban cualquiera de esos tres tipos conformaban una sola clase obrera con mismo poder y las mismas demandas, y con la capacidad de generar una perspectiva poscapitalista sobre la emancipación de la clase en su conjunto.

Sin embargo, en términos históricos, el capitalismo se desarrolló junto al colonialismo, al racismo y al patriarcado, es decir, dividió a la clase obrera en función de su condición y limó sus capacidades para generar una visión común de la emancipación. En períodos de grandes crisis capitalistas, como la que estamos viviendo, estas divisiones tienden a endurecerse. El capitalismo en crisis empodera directa e indirectamente a los «monstruos» del «interregnum» gramsciano (movimientos neofascistas, racistas, patriarcales, antinmigrantes y xenófobos). Entonces se despliegan formas coercitivas de control social y militarismo contra un movimiento socialista que es a la vez «demasiado fuerte» como para ser ignorado (por el capital) y «demasiado débil» (hasta ahora) como para salvar a la humanidad de una larga época de caos sistémico.

Con todo, también asistimos a un recrudecimiento de las luchas obreras sin precedente a nivel histórico en cuanto a su escala y a su alcance. Si bien la magnitud del desafío que plantea la crisis del capitalismo global para la humanidad tampoco tiene antecedentes, estos nuevos movimientos están construyendo puentes y, en algunos casos, son capaces de solidarizar a los protagonistas de los tres segmentos de la clase obrera a los que nos referimos. Es en estas luchas —y a través de ellas— que surgirá un proyecto emancipatorio capaz de guiarnos fuera de este capitalismo destructivo, hacia un mundo donde la dignidad humana valga más que las ganancias."                  ( , Viento Sur, 16/11/21; Publicado en Jacobinlat 08/11/2021)

3/8/20

Erasmus, una generación de esclavos sin lugar fijo (de trabajo y de vida)

"Animada por el anarquismo posmoderno del deseo ilimitado y el capricho desmedido, la Generación Erasmus encuentra su figura antropológica de referencia en el homo novus. Este es un ciudadano del mundo, es decir, privado de toda ciudadanía. 

Su casa es cualquier lugar del mundo, es decir, no tiene hogar fijo. Está arraigado igualmente en cualquier lugar, es decir, privado de todo arraigo. Además, tiene una mente abierta, es decir, sin identidad cultural propia y, por lo tanto, «abierto» a todo lo que la sociedad de consumo y la dictadura de la publicidad querrá imponerle.


De la Política de Aristóteles aprendemos, entre otras cosas, que el esclavo es aquel que carece de vínculos y de hogar fijo, por eso puede ser utilizado en todas partes y de cualquier manera. Sin embargo, el hombre libre es, aristotélicamente, el que entabla muchas relaciones y tiene muchas obligaciones con los demás, con la polis y con el lugar donde vive.


Lo que nos enseña esta fábula (fabula docet) es que la libertad no se construye como una especie de autonomía del átomo errático, sin raíces éticas ni arraigo territorial. Esta figura sería, al contrario, la de la esclavitud, aunque sus cadenas sean invisibles. Tal es la subalternidad del nuevo polvillo de egoísmos cósmicos y de mónadas cínicas en un mundo desorientado, sin centro de gravedad. La libertad, en cambio, se construye por medio de vínculos con los lugares y las personas: existe siempre como nexo relacional, no como propiedad atesorada por la individualidad de los nuevos Robinson Crusoe.


También de la lección aristotélica emerge la falsedad del discurso cosmopolita actual, que celebra como peculiaridad del hombre libre esa errancia, ese desarraigo y esa ausencia de vínculos que, en realidad, son los rasgos específicos de la esclavitud y de su capacidad de transformar al individuo en un átomo abstractamente omnipotente -al no tener vínculos- y, concretamente impotente, completamente subordinado al orden de la producción y el intercambio.


Una vez más, la lógica capitalista transforma en oportunidades o chances emancipadoras las que, en realidad, son condenas y penas para las clases desclasadas de la globalización, hijos de un dios menor.


Es lo que podríamos llamar justamente la «paradoja de Andrew Ure». Este último, dice Marx con «despiadado sarcasmo», en las páginas de La Filosofía de las manufacturas (1835) se oponía a la propuesta de reducir las horas de trabajo de los jóvenes y se empeñaba en demostrar «científicamente» que, trabajando doce horas al día en las hilanderías, los chicos crecían más sanos y más fuertes.


Los Andrew Ure del nuevo orden mundial son aquellos que hoy rechazan cualquier propuesta de reducir la flexibilidad laboral y existencial, pero también la competitividad global, citando como hipócrita demostración «científica» el supuesto daño que se derivaría para las clases dominadas y, en particular, para las nuevas generaciones."          (Diego Fusaro, El Viejo Topo, 17/06/20)

9/11/17

El capital especulativo obtiene su rentabilidad del viejo proletariado, del autónomo, de las clases medias propietarias, de la pyme nacional, de las estructuras estatales o de las grandes empresas en situaciones débiles... estas firmas “no son más que mecanismos de reducción de los salarios a meros niveles de subsistencia”

"(...) Como señalé en Los límites del deseo, nuestra época está dirigida por la economía financiarizada, algo de lo que no terminan de entenderse las consecuencias reales que tiene para nuestra vida cotidiana. Existe una gran masa de capital, entre real y ficticio, que se desplaza allí donde encuentra una opción de extraer beneficio. 

Constituye una suerte de tribu nómada siempre en tránsito que se detiene cuando percibe una oportunidad de aumentar su caudal. Desde el punto de vista económico, el mapa no está constituido por países o por regiones, sino por puntos de debilidad y espacios fortificados, por lugares (empresas, firmas, sistemas informáticos, países, mercados, materias primas, modelos de negocio) que pueden resistir a la velocidad y la potencia de los flujos de capital y los que se encuentran limitados a consecuencia de su tamaño, de las escasas fuerzas que pueden movilizar o de la posición débil que ocupan en la red global.

En este escenario, las cosas funcionan así: gente que posee capital, o que tiene acceso a él y puede pedirlo prestado, lo invierte en una empresa, en acciones especulativas, en operaciones de arbitraje o en montar una infraestructura de trading de alta frecuencia. Va buscando opciones de negocio por todas partes, de forma que el dinero genere más dinero. 

En lo que toca al mundo productivo, esas inversiones suelen focalizarse en dos clases de apuestas. Por una parte, el capital vive de grandes expectativas, y por eso canaliza enormes cantidades hacia empresas digitales, como Amazon, Google, Facebook o Uber, a pesar de que en sus inicios puedan ser ampliamente deficitarias. La promesa de conseguir un monopolio, y con él enormes ganancias, alimenta sus esperanzas. Este tipo de empresas también suponen la reorganización de los modos de producción social precedentes y de muchas de las normas que sustentaban las interacciones comerciales y legales.

 Como subraya Eric Peters, jefe de inversiones del hedge fund One River, estas firmas “no son más que mecanismos de reducción de los salarios a meros niveles de subsistencia”. Cambios del mismo tenor promueven en el terreno fiscal o en la reorganización de los operadores en la cadena de producción del servicio.

Con las compañías que están consolidadas, y al igual que los integristas religiosos perseguían cualquier rastro de pecado, los financieros husmean dinero cuando entienden que las empresas o Estados no se gestionan de manera ortodoxa, y se dedican a aplicarles la penitencia adecuada. Toman algo que ya existe (un sector comercial o profesional, una firma, un grupo de Estados) y lo reestructuran de un modo que sea provechoso para quienes aportan el capital; no trabajan desde la innovación, sino desde una gestión ligada al corto plazo.

El objetivo de esta clase de gestión, en esencia, consiste en transferir mayores cantidades de los recursos de la empresa hacia los accionistas, y hay muchos modos de hacerlo. Se pueden reducir costes, despedir personal, rebajar salarios, sustituir mano de obra por otra más barata, racionalizar los sistemas de producción o de prestación de servicios  de modo que los empleados asuman más tareas o las realicen en menos tiempo, o incrementar el número de servicios prestados; también pueden aumentar el precio de los bienes y servicios o reducir la calidad.  

Mediante esos ajustes, mayores cantidades de dinero quedan libres, que son destinadas no a la reinversión en la compañía o en la mejora de la misma, en ofrecer un mejor producto, en contratar talento o en mejorar las condiciones de sus asalariados, sino en la mejor retribución a los accionistas, y a menudo al equipo directivo vía dividendos, recompra de acciones, o venta de partes de la empresa o de la empresa misma.

En ese contexto, la clase obrera, esa que produce el valor del que otros se apropian, se hace mucho más indefinida. Y en términos estrictos, mucho más amplia.  Comparemos varios momentos en esa transición. El terrateniente cultivaba tomates; los campesinos a su servicio labraban el campo y le proporcionaban una materia prima que él vendía a precios muy superiores a los retribuidos a los trabajadores. 

Pero después el sector se conformó a partir de pequeñas empresas, que contrataban ocasionalmente a temporeros, y que vendían lo cultivado a bajo precio a grandes firmas de distribución que por su situación sólida en el mercado obtenían el rendimiento real. Más tarde, los distribuidores, conocedores de su posición dominante, comenzaron a apretar a sus proveedores, y a pagarles cantidades escasísimas. Y hoy, incluso las empresas de distribución se han convertido en mercancías en sí mismas fruto de la financiarización.

En este tránsito es más difícil delimitar quiénes son los que producen algo que tiene valor y quiénes obtienen la rentabilidad. Pongamos el caso de un hospital, (público o privado, es poco relevante para el capitalismo financiarizado, porque de ambos extrae ganancias).

 Cuando el equipo directivo decide, como ha ocurrido de manera insistente en los últimos tiempos, que la esencia del negocio no es prestar un mejor servicio sino ganar más ajustando costes, ya sea porque no hay recursos (en el caso público) o porque los accionistas lo exigen (en el privado), se produce una reacción en cadena que afecta a los salarios y a los tiempos de atención que los médicos dedican a cada paciente, al número de enfermeras contratadas, a sus sueldos y a la cantidad de pacientes que cada una de ellas debe atender, a los recursos administrativos con que se cuentan, a la disponibilidad de las máquinas adecuadas para realizar pruebas diagnósticas, a los medicamentos disponibles, a la presión sobre los proveedores para que reduzcan costes, a la  atención que se presta a los pacientes y a la misma calidad de realización del trabajo, entre otros elementos.

Un tercer ejemplo: cuando un fondo activista adquiere una pequeña parte de las acciones de una empresa y presiona a los accionistas principales para que exijan más rentabilidad, o cuando el private equity adquiere una empresa para venderla tiempo después, los efectos suelen ser los mismos: despido de parte de los trabajadores, ya sean de los escalones inferiores o más habitualmente de los intermedios, la presión por la mejora de productividad,  los horarios más exigentes, la externalización de servicios,  la reducción de salarios, la vuelta de tuerca a la relación con los proveedores, y a menudo una menor calidad en el bien fabricado o en el servicio prestado.

La deuda de los países básicamente es esto, la reestructuración de ingresos y gastos con el objetivo de destinar cada vez más dinero a los acreedores, en forma de devolución de capital y de intereses, y menos a las necesidades institucionales. 

España es un ejemplo apropiado de esta lógica, ya que los recursos destinados a pensiones, prestaciones de desempleo, contratación y salarios de empleados públicos y realización de servicios, así como los destinados a inversión, menguan sustancialmente al mismo tiempo que aumentan las cantidades destinadas a hacer frente una deuda que no para de crecer. Si el Estado español fuera una persona, pertenecería a la clase obrera, al estar sometido a una lógica que le obliga a producir dinero y a destinarlo a cumplir con las exigencias de rentabilidad de quienes aportaron capital (ese que, a muchos de ellos, les prestó el BCE a un interés inferior, por otra parte), en lugar de a atender a sus nacionales.

Estos son algunos ejemplos de cómo funciona el mundo financiarizado, pero hay muchos otros y no son mejores. En esencia, el capitalismo actual discrimina poco, porque obtiene su rentabilidad de cualquier espacio. Funciona a partir de la reestructuración de las bases sociales que teníamos establecidas en Occidente, obteniendo su rentabilidad del viejo proletariado, del autónomo, de las clases medias propietarias, de la pyme nacional, de las estructuras estatales o de las grandes empresas en situaciones débiles. 

 Esa es su materia prima: unos sectores a los que señala como anticuados y apegados a las tradiciones, que no han evolucionado, a los que hay que reconvertir y a los que gestionan afinando el modelo productivo hasta que consiguen extraer el máximo capital posible. Desde su perspectiva, da igual el entorno del que provengamos, ya sea clase obrera, media o media alta. Todo es una oportunidad para que las rentas fluyan en su dirección.

Y ese es el papel también que nos toca cumplir. No sólo los ingresos de una mayoría de españoles han descendido desde la crisis, sino que nos vemos obligados a pagar más: ya sea en forma de impuestos para saldar la deuda de los bancos; por la hipoteca o por el alquiler de vivienda, que siguen aumentando; por la factura de la luz; por el transporte;  por la menor prestación de servicios estatales o por el encarecimiento de los privados;  por la formación, más cara y con menos becas. Cuando hablamos de que la desigualdad crece, hablamos en esencia de este reestructuración social que está provocando que las cantidades fluyan de abajo hacia arriba. 

Y este es el efecto definitivo que estamos viviendo en nuestras sociedades. Se puede atribuir al capitalismo de toda la vida, a una expresión concreta de este instante, a la necesaria adaptación a los nuevos tiempos de los países occidentales, al adelgazamiento preciso para combatir en el mundo global o a lo que se quiera.

 La realidad es que así están las cosas: ganamos menos, pagamos más y tenemos menos seguridad, nuestras opciones vitales se reducen y estamos seguros de que la jubilación será muy dura, si es que llega. Esto le sucede a la clase obrera, a la media, a vuestros padres y a mis hijos; a una mayoría amplia de la población.

Este es el escenario. Pasarlo por alto, o poner el foco en una sola de las partes no es pragmático ni tampoco refleja lo que está sucediendo. Hay que poner encima de la mesa respuestas, y ahí es donde entra en juego la ideología, porque según el tipo de sociedad que se desee se ofrecerán unas u otras. 

La derecha, por ejemplo, ha ofrecido dos salidas: una es la de Macron que, al dar por sentado este contexto, ofrece la esperanza de situarse bien en él a través de esas reformas que quieren convertir a su país en una start-up nation; la otra es la del populismo de derechas, que ha entendido bien la transversalidad de los perjudicados, esos que, por su posición salen perdiendo, y les ha sugerido otra posibilidad. La izquierda española no ha hecho nada de esto; en parte porque cuando ha hablado de transversalidad quería decir “juntémonos con el PSOE” (o, en una vertiente más ambiciosa, “seamos el nuevo PSOE”), y en otro sentido, porque ha preferido buscar una traslación a los nuevos tiempos del esquema proletario de la época fordista o simplemente ha obviado lo material y ha priorizado las cuestiones culturales.

Lo siento, las cosas ya no funcionan así. Podéis seguir pensando en términos de mérito, de  innovación o creer que la gente que se prepare en STEMS tendrá la vida resuelta, o seguir señalando a los canis, los teleoperadores y los reggaetoneros como los grandes perdedores a los que todos los demás oprimimos.

 Pero la realidad es que el mundo occidental se está partiendo y hay una línea que separa a los que ganan de los que ven sus opciones vitales deterioradas; hay sectores sociales que pierden más que otros, pero la realidad es que las filas de los perjudicados, de aquellos que están sirviendo para proporcionar beneficios a los vencedores de la financiarización, son mucho más amplias.

 Existe un nuevo reparto de posiciones producto de un mundo financiarizado en el que pensar desde lo material y desde el lugar que se ocupa en la estructura ya no es cuestión de blanco y negro. Obviar este hecho es trabajar gratis para quienes extraen los beneficios. "      

17/4/17

El precariado no es particularmente de izquierdas... se siente más atraído hacia políticas y líderes anti-establishment.

"(...) En el libro habla sobre el precariado y, aunque no inventa el término, sí desarrolla el concepto. Actualmente, ¿podríamos considerar como parte del precariado a los hijos de la clase media que fueron a la universidad pero no encuentran trabajo acorde a sus capacidades?

Creo que no, no estarían en el precariado. Una de las clases de las que hablamos en el libro es la que llamamos “trabajadores de servicios emergentes”. Son personas que, en muchos casos, han ido a la universidad, que están bastante capacitados, pero no tienen todavía una carrera profesional asegurada, y por tanto van cambiando de trabajo.

 Pero quienes están en el precariado están realmente en la parte más baja de la sociedad, trabajando en tiendas, en trabajos de seguridad y vigilancia, y en general no tienen estudios universitarios. Es un tipo distinto de precariedad.

 Nosotros utilizamos términos distintos para diferenciar entre quienes vienen de clase media, con estudios universitarios probablemente, y el precariado, que va pasando de trabajo temporal en trabajo temporal, empleo informal, lo que llamamos contratos “de cero horas”, con pocas capacidades y pocas perspectivas de desarrollar una carrera profesional. 

Y son distintos, yo creo, de quienes han ido a la universidad, que puede que estén encadenando trabajos temporales ahora, pero tienen expectativas de moverse hacia unos puestos de trabajo más afianzados para desarrollar una carrera profesional más adelante.

¿Estamos viviendo el fin de una tendencia en la que las nuevas generaciones solían vivir, como mínimo, igual de bien que las anteriores?

Sin duda. Los jóvenes están experimentando muchas dificultades en Reino Unido; la diferencia entre jóvenes y mayores se está ampliando mucho. Si eres un joven en la veintena ahora, puedes esperar tener un modo de vida peor que tus padres hace 30 años. 

Es una de las contradicciones de la desigualdad contemporánea: la diferencia generacional. Los pensionistas de una determinada edad tienen sus planes de pensiones, y ya pagaron sus casas. Pero los jóvenes tienen dificultades para comprar una casa o incluso para pagar un alquiler y han sido desplazados del mercado inmobiliario. Es un gran problema.

¿Cuál es la inclinación política del precariado? 

En nuestro estudio, el precariado estaba bastante desilusionado, era bastante escéptico respecto a la política. Sin duda lo era respecto a la política oficial del Partido Laborista y del Partido Conservador. Tenemos la imagen de un cambio hacia una política más populista, que se ha podido ver en el Brexit. 

Mucha gente del precariado no se sentía atraída por vivir en Europa porque no veía qué ventajas le ofrecía personalmente el hecho de quedarse en Europa, y también había preocupación por la inmigración. El precariado no es particularmente de izquierdas, tiene mucho más que ver con una visión cortoplacista, se siente más atraído hacia políticas y líderes anti-establishment. 

¿Diría que el Brexit fue un voto de clase?
No sólo de clase, pero sí que la clase fue uno de los elementos, junto con el miedo a la inmigración, la raza… Los resultados del referéndum muestran que fueron quienes vivían en zonas pobres los que se inclinaron por abandonar la UE. Las personas que vivían en zonas con más inmigrantes y un nivel de estudios superior tendieron a votar a favor de permanecer.

Comenta que la mayoría del precariado no ve ventajas en ser parte de la UE pero, al mismo tiempo, depende del sistema público del bienestar, que difícilmente no se verá afectado por esta decisión. 

Tenemos esta imagen de gente que vive de las prestaciones del Estado, pero la mayoría de los que están en paro y cobran la prestación por desempleo lo hacen solo un par de meses mientras buscan otro trabajo. En realidad, la mayoría del precariado trabaja, pero lo hace en condiciones inestables. Una pequeña parte sí vive de estas prestaciones, pero la mayoría de la gente pobre o precaria  sobrevive con trabajos temporales y mal pagados.

¿Cree que los resultados hallados en su investigación podrían generalizarse al resto de Europa?

Creo que hay diferencias entre países. El caso británico es probablemente extremo, pero hay un patrón común: a la clase dominante le va bien y está muy separada del resto, sobre todo de los pobres, del precariado. Imagino que en España el precariado es probablemente más grande que en Reino Unido porque el desempleo es mayor, pero esa diferencia cada vez mayor entre el precariado y las élites es bastante común en muchos países de la UE. 

En medio, según la estructura de clases, se ven grupos sociales bastante complejos y fragmentados. Así que, aunque los detalles pueden variar, el modelo general de una mayor división entre la parte más alta y la más baja de la sociedad está bastante extendido.

¿El aumento del precariado explicaría el auge del populismo en Europa en general?

Sí, sin duda. El populismo también está rechazando las élites. Creo que en muchos países, conforme la élite ha ido decepcionando a la gente, muchos se han inclinado por opciones más populistas. Se vio claramente en la política italiana, por ejemplo, con el Movimiento 5 estrellas. Es una cuestión bastante vigorosa.

 En su obra menciona las políticas conservadoras de Margaret Thatcher y cómo cambiaron la mentalidad hacia el “si eres pobre, es porque no haces lo suficiente para no serlo, por tanto, es culpa tuya”. ¿Dónde estaba el Partido Laborista cuando los conservadores estaban haciendo todo este trabajo mental para convencer a la gente de que es culpa suya ser pobres? 

 El Partido Laborista gobernó durante la mayor parte de los setenta, y era un partido bastante de izquierdas --según los estándares actuales, sin duda--. En cierto modo, Thatcher tenía mucho que ver con derrotar esa visión del Partido Laborista. 

Y lo que pasó en el corto plazo es un poco lo que está pasando ahora con Jeremy Corbyn: el partido se movió hacia la izquierda a principios de los años ochenta, y ese giro no atrajo al votante de centro, así que en las elecciones de 1983 los laboristas sufrieron una seria derrota frente al Partido Conservador. 

A finales de los noventa, Tony Blair trató de relanzar el Partido Laborista con el movimiento New Labour, posicionando el partido en un terreno más centrista. Es discutible si no lo movieron incluso demasiado hacia la derecha. 

Creo que en los noventa los laboristas podrían haber tenido políticas más socialdemócratas, pero Blair era un político muy eficaz. Lo que ha pasado ahora es que Jeremy Corbyn ha vuelto a inclinar el partido hacia la izquierda, rechazando esa visión de Tony Blair, pero ese tipo de visión izquierdista de los ochenta no es ya tan atractiva para el electorado, en parte porque es difícil volver a un modelo de país manufacturero. (...)

¿Hay alternativa para la izquierda?

Creo que sí, creo que hay una sensación entre el electorado de que debería haber más redistribución, que defiende que las personas pudientes paguen más impuestos. Plantearlo de esta forma podría atraer más votantes. El gasto en bienestar, en cambio, es más controvertido. 

Ed Miliband, el líder laborista tras Gordon Brown, desplazó el partido un poco hacia la izquierda, y presentó elementos de redistribución sin perder de vista las identidades populares, pero perdió las elecciones. Creo que la cuestión de Europa ha sido muy controvertida en la política británica por razones obvias. 

El Partido Laborista bajo Jeremy Corbyn no ha hecho de este tema un “gran tema”, lo que yo considero que es un error. Me parece que si el líder del partido hubiera dicho claramente que creía que Reino Unido debía quedarse en Europa, podría haber obtenido un apoyo significativo, porque la mayoría de los partidarios del Partido Laborista son europeístas. "                   (Entrevista a Mike Savage / Autor de ‘Social Class in the 21st Century’, CTXT, Irene G. Pérez, 07/04/17)

13/12/16

Los “movimientos antisistémicos de izquierda” han sostenido posiciones “mucho menos radicales que la derecha antisistémica”... cousas veredes

"(...) La necesidad de que la izquierda se construya como una fuerza orgánica entre la clase trabajadora lleva necesariamente a un primer debate sobre qué es la clase obrera a nivel mundial y en cada uno de los países.

Durante los años ‘80 y ‘90, en medio del auge neoliberal, los intelectuales posmodernos habían cuestionado el concepto mismo de clase obrera, hasta el colmo de asegurar que ésta había “desaparecido”. 

La situación era paradójica, porque en momentos en que el capitalismo se extendía como nunca antes en la historia a nuevas zonas del planeta para encontrar nuevos nichos de valorización, y por consiguiente las fuerzas cuantitativas de la clase trabajadora aumentaban vertiginosamente, ésta se daba por “desaparecida” en las aulas académicas.

Otros intelectuales, en cambio, aceptaban la existencia sociológica de la clase obrera, pero argumentaban que ésta había perdido toda relación con las tradiciones de lucha del pasado, porque los obreros fabriles ya no eran mayoritarios entre las y los asalariados, lugar ahora ocupado por una nueva clase trabajadora estructurada en los diversos estratos del sector de servicios.

Las fuerzas de la clase trabajadora no se encuentran solamente entre los obreros industriales que, por otra parte, a nivel mundial son muchísimos más que hace un siglo. La fortaleza objetiva de la clase trabajadora radica también en las y los trabajadores de servicios, de los bancos, del transporte, de la telefonía, de los bares, etc., es decir, en todas y todos los asalariados ‘que no tienen más que vender que su fuerza de trabajo’, delimitando por fuera a aquellos sectores que ocupan posiciones gerenciales o de mando, que actúan como brazos ejecutores del capital.

 Y diferenciándose también de los sectores medios o la “pequeñoburguesía”, ya sean profesionales autónomos, pequeños comerciantes o pequeños agricultores, etc.

Por lo tanto, no solo era falso el postulado del “fin del trabajo” hace 30 años, sino que, además, la clase obrera es hoy numérica y geográficamente mucho más extensa que hace 170 años, cuando Marx y Engels escribieron el Manifiesto Comunista.

Por ejemplo, en estos días podemos leer sobre las grandes huelgas de los trabajadores de Wall Mart en China, producto de la expansión del capitalismo a otras regiones, o las jornadas de lucha de los trabajadores del sector de servicios en Estados Unidos, que incluye a trabajadores de locales de comida rápida, trabajadores del aeropuerto de Chicago y trabajadores de Uber.

Ahora que los tiempos han cambiado y el neoliberalismo está en plena crisis, los intelectuales liberales ‘aceptan’ que la clase obrera existe, pero aseguran que es conservadora, ‘ignorante’ ‘machista’ y ‘racista’. ‘Miren, ha votado a Donald Trump’, sostienen. Otro presupuesto falso, que utiliza de forma intencionada para “culpar” a la clase obrera del triunfo de un derechista como Trump.

En primer lugar, es necesario aclarar que la clase obrera norteamericana no está formada solo por hombres blancos heterosexuales entre los 45 y los 60 años -que fueron los que mayoritariamente votaron a Trump, junto a gran parte de sectores medios-. La clase obrera de EEUU está conformada también por jóvenes precarios, mujeres, latinos, árabes, afroamericanos, gays, lesbianas, etc.

 Y en su mayoría estos sectores no votaron a Donald Trump, aunque ciertamente no se entusiasmaron con Hillary Clinton, porque era una candidata del establishment, detestada por muchos. Este último elemento político, sobre el papel del Partido Demócrata en las últimas décadas, que preparó su derrota, queda por fuera del análisis para muchos ‘progresistas’.

Aclarado esto, y volviendo a la definición de la clase trabajadora, en los años ‘90 hubo un auge de las teorías de los movimientos sociales o la “pluralidad de sujetos”, que pretendían contraponer los movimientos por los derechos de las mujeres, de la juventud, de la diversidad sexual, antirracistas, a lo que llamaban el “viejo paradigma de la clase obrera”. Una contraposición de “sujetos por la identidad” al “sujeto de la producción”.

Que estamos ante una nueva clase obrera, feminizada, que ha incorporado a nuevas generaciones precarias y súper explotadas, multirracial, etc., es una realidad. Pero este fenómeno, lejos de quitarle fuerza como sujeto social y político a la clase trabajadora, al contrario, puede potenciar su capacidad transformadora.

Hoy más que nunca esta clase obrera feminizada y multirracial puede transformarse en sujeto hegemónico en la lucha contra el capitalismo, tomando como parte de su misma lucha -por mejores salarios, por la disminución de la jornada laboral, contra la precariedad y por mejores condiciones laborales-, las demandas específicas de todos los sectores oprimidos, como la lucha los derechos de las mujeres contra el patriarcado, de gays, lesbianas y trans por sus derechos, de los negros contra el racismo.

A su vez, esta es la única forma de articular una lucha verdaderamente radical por esos derechos, que el capitalismo concede parcialmente o limita para algunos sectores en los países ricos, mientras los niega para millones de personas. La lucha antirracista, antipatriarcal, de las nacionalidades oprimidas, necesita de una estrategia revolucionaria y anticapitalista o está condenada al fracaso.

Una izquierda radical de la clase trabajadora

La izquierda europea en general tendió en las últimas décadas de restauración capitalista a alejarse de la clase trabajadora. La debacle del estalinismo y los ex estados obreros burocratizados, empezando por la ex URSS, no sólo dio lugar a una ofensiva ideológica y material del neoliberalismo contra la clase trabajadora, sino también un proceso de aggiornamiento de las viejas “izquierdas”. 

En primer lugar de la socialdemocracia europea, que se pasó con armas y bagajes al campo del social-liberalismo ubicándose en el margen izquierdo de lo que más tarde Tariq Ali llamaría el “extremo centro” europeo. (...)

La crisis capitalista internacional que estalló en 2007-2008 -la cual ha demostrado no ser una crisis cíclica más como sostenían los apologistas del capital- ha sepultado el triunfalismo burgués que acompañó la ofensiva neoliberal de la década de los ‘90.

 Al mismo tiempo, ha desnudado ante millones el carácter reaccionario del “extremo centro” burgués, que ya sea en sus variantes conservadoras o social-liberales, ha sido el artífice mediante duros ajustes y medidas represivas de uno de los ataques más profundos que ha sufrido la clase trabajadora en décadas.

 En ese marco, también las burocracias sindicales, que siempre han sido las principales garantes de la estabilidad de los diversos estados capitalistas, han demostrado su completa incapacidad para defender siquiera las conquistas de su propia base social.

Una crisis de conjunto, que en el terreno político ha tenido una profunda expresión en procesos de polarización y crisis política en los regímenes de los países centrales, especialmente en Europa y Estados Unidos, y una tendencia al desgaste de los mecanismos de representación política burguesa. Este escenario se ha transformado en el caldo de cultivo para la emergencia de nuevas soluciones políticas a izquierda y derecha, así como la emergencia de una serie heterogénea de fenómenos de la lucha de clases. Aunque, como hemos visto, es por derecha donde más claramente se expresan esos fenómenos.

Como escribía recientemente Claudia Cinatti, columnista internacional de Izquierda Diario, a propósito del triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, “se ha abierto una etapa de mayores tensiones interestatales en la que están inscriptos conflictos económicos y militares de envergadura y ‘soluciones de fuerza’ frente amenazas de la lucha de clases, en la que si bien hay polarización, es la extrema derecha la que por ahora tiene la ventaja, frente a una centroizquierda tímida que sigue siendo una variante de los partidos social liberales.”

En ese marco, y retomando el debate inicial, en la izquierda se reabre el debate sobre la relación con la clase trabajadora, lo cual es muy necesario. Pero lo fundamental es debatir con qué programa y discurso se va a reconstruir la izquierda en el movimiento obrero. Los discursos electoralistas y los programas moderados del reformismo, han mostrado que no son ningún freno para el avance de la extrema derecha o los “populistas” conservadores. 

Es que, como decía Perry Anderson en una conferencia hace casi dos años, los “movimientos antisistémicos de izquierda” –como por ejemplo Podemos o Syriza-, han sostenido posiciones “mucho menos radicales que la derecha antisistémica”. O peor aún, han resultado ser una completa estafa, como en Grecia, donde el “gobierno de izquierda” de Tsipras es hoy el mejor aplicador de los planes neoliberales de la “troika” en el país heleno.

Para enfrentar la demagogia de la derecha, es necesario articular un programa radical, anticapitalista y de clase frente a la crisis. Un programa que se proponga medidas radicales contra el desempleo masivo, contra la precariedad laboral, por plenos derechos para los inmigrantes, las mujeres y la juventud, contra todo tipo de discriminación por raza, sexo o nacionalidad, por la renacionalización de las empresas de servicios esenciales (como las eléctricas) y el transporte, para terminar con la especulación privada a costa del pueblo trabajador, entre otras medidas.

 Es decir, medidas que cuestionen a los capitalistas que se han enriquecido con la crisis, al establishment y los políticos corruptos a su servicio."                  (Josefina L. Martínez  , Diego Lotito , Izquierda diario, 02/12/16)

25/2/16

Todos somos el precariado


"Arturo Collado tiene 36 años, estudió Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha vivido en 17 ciudades distintas y ha trabajado en más de 25 lugares. Para ganar 1.300 euros al mes, tiene tres trabajos como tele operador. 

Entre el alquiler, la electricidad, la comida y los préstamos que ha acumulado en parte por ayudar a sus padres a pagar la hipoteca durante años, Collado lo pasa mal para llegar a fin de mes. Paga 275 euros por vivir en apenas diez metros y medio. Un zulo. “Cuando tengo un gasto imprevisto, tiemblo porque se me rompe totalmente el presupuesto”, cuenta. Casi siempre ha tenido trabajo, aunque ninguno de ellos le ha motivado.

 Los que eran con contrato, eran temporales, y en muchos no tuvo que firmar ningún documento. “Gasto 140 euros en comida. Como poco y apuro mucho, en verano como bastante ensalada y en invierno lentejas y estofados con poca carne y mucha patata”, explica con gesto de resignada tranquilidad.
Cuando tenía 20 años, Arturo había empezado la carrera de Políticas y decidió independizarse. Era el año 2000 y no era difícil encontrar trabajo y menos para la gente joven. “Durante la carrera tuve varios trabajos que compaginaba con los estudios. Trabajé cargando váteres, de tele operador, de administrativo, ayudante de soldador, entre muchos otros”, relata.  

“Lo que hacía era dejar el trabajo cuando llegaban los exámenes, porque  una vez no lo hice y suspendí algunas asignaturas. Acumulaba dinero durante el periodo que trabajaba y cuando llegaban los exámenes dejaba el trabajo y me dedicaba ese mes a preparar los exámenes”, añade Collado.

 Con 23 años, Collado entró en el mundo de la tele operación con un trabajo para una empresa de telefonía móvil. “Una vez que entras en el mundillo es fácil que te vuelvan a coger. Pero actualmente ya empieza a costar más esfuerzo encontrar trabajo en este ámbito”, admite.
“En 2010 toqué fondo. Vivía un muy mal momento personal y económico. Tuve que ir al asistente social porque no tenía ningún ingreso, debía dos meses de alquiler y no tenía para comer. Me sentí muy avergonzado”, cuenta cabizbajo. “Allí se sorprendieron mucho por mi situación, era un hombre de 32 años con carrera y un gran curriculum pero sin dinero para vivir”, añade.

 La ayuda llegaría al cabo de tres semanas, le dijeron. Pero a las dos semanas tuvo la suerte de encontrar un trabajo, aunque eso significó quedarse sin ayuda y esperar un mes a cobrar. “Estuve un año en el paro y no pude cobrarlo porque no había superado el periodo de prueba entre los dos trabajos.  

Dio la casualidad que me echaron de los dos antes de que terminara el periodo de prueba, algo que hoy en día es muy frecuente. No podía cobrar el paro. Fui a pedir la ayuda pero me dijeron que como tenía derecho a paro, aunque no pudiera cobrarlo, no podía cobrar la ayuda. Me encontré en un vacío burocrático. Estaba con 100 euros y dos meses de alquiler por pagar. Sin ingresos. 

Llegó un momento en el que solo comían las mascotas que tenía (dos perros y gatos). El banco no me pudo embargar nada porque no tenía nada para embargar”, concluye riéndose.
Más tarde, tuvo que volver a vivir con sus padres una temporada. “Les dije que se quedaran con lo que me daban del paro mientras que me dieran de comer. Fue un cambio muy bestia porque me había ido de casa con 20 y volvía 12 años después”, confiesa amargamente. “Del futuro, no tengo ni idea”, contesta Arturo cuando se le pregunta sobre él.
En uno de los tres trabajos como tele operador, Alexandra Orrico de 25 años es su compañera desde hace dos meses. Gana 640 euros al mes por una jornada diaria de 6 horas. Alexandra tuvo que dejar los estudios de Adiestramiento Canino en Barcelona porque no podía seguir pagándoselos. 

Para poder terminar el curso y hacer otro de adiestramiento canino, Alexandra ha trabajado en diferentes sitios, desde zapaterías a restaurantes de comida rápida. Su primer trabajo fue como ayudante en una peluquería canina.

 “El contrato se acabó y no me lo renovaron. Trabajaba 9 horas diarias y cobraba 500 euros al mes. Bueno, supongo que tenía contrato. No lo sé, era mi primer trabajo”, admite Alexandra. “En los trabajos, o ganas dinero o aprendes. Y ese trabajo me sirvió para aprender bastante. Después al no encontrar nada me vine a Barcelona con 19 años a vivir con mi abuela”, explica.
“En una clínica veterinaria estuvieron a punto de contratarme pero vino una chica diciendo que quería hacer prácticas gratis y que le daba igual no tener seguro ni tener nada. Y evidentemente, no me cogieron a mí”, recuerda. Alexandra explica que se ha planteado varias veces estudiar Veterinaria en la universidad para tener más oportunidades de trabajo pero es caro y es tiempo.

 “Estoy ahorrando y espero que en cinco años pueda pagarme los estudios y luego volveré a ahorrar para montar mi propio negocio de peluquería canina”, cuenta decidida. Alexandra advierte que ha estado buscando ayudas para montar su negocio, pero éstas son insuficientes y hasta los 25 años. Actualmente, Alexandra vive con una amiga y paga unos 350 euros al mes, alquiler y gastos incluidos.

 “Además, también tengo un préstamo, porque fui a comprarme un ordenador y en la tienda me dijeron que con la nómina del McDonalds no me lo daban”, explica enfadada. Desde entonces, Alexandra paga 50 euros al mes por el ordenador y tardará diez años hasta que sea suyo definitivamente. 

“Veo que tendré que buscarme otro trabajo por las mañanas porque no me salen las cuentas. En cuanto cobre, con suerte me quedarán 100 euros”, cuenta nerviosa. Tanto Alexandra y Arturo coinciden en que muchos de los trabajos que han conseguido los han encontrado a través de plataformas online como infojobs o studentjob.
Por su parte, Laura García-Barrios es una periodista madrileña de 23 años. Después de graduarse en Periodismo en Madrid, fue a Barcelona para cursar el máster de Periodismo de Viajes en la Universidad Autónoma de Barcelona. El máster terminó en noviembre y no consiguió ningún trabajo más allá de unas prácticas escasamente remuneradas en la comunicación de un hotel mientras también estudiaba. 

“Cuando acabé el máster estuve tirando currículums por todas partes pero solamente conseguí un trabajo temporal de dos meses en el Primark que buscaban a gente para el periodo de compras navideñas”, cuenta. “Igualmente, trabajando en el Primark seguía buscando algún trabajo como periodista pero al no encontrar nada, tendré que volver a Madrid a vivir con mis padres”, explica resignada Laura. 

En esta tienda, Laura cobraba 775 euros y trabajaba 6 horas por la mañana. “En Navidad entramos 50 personas en el Primark pero cuando dos meses después se terminó el contrato, a ninguna le renovaron el contrato”, explica.
En Madrid, cuando estaba estudiando Periodismo tampoco encontraba nada más que prácticas no remuneradas. “A las empresas lo que les interesa es tener al becario, al que o no se paga nada o casi nada” declara enfadada. “Lo que no voy hacer es trabajar gratis, con la excusa de que amplías el curriculum, porque no cobras y encima tienes que pagarte el transporte y la comida”, aclara. 

Laura confiesa que todavía no ha pensado en irse de España, como ya han hecho 218.000 jóvenes desde que empezó la crisis en el 2008 hasta el 2013.“De los que acabamos la carrera de Periodismo en Madrid, dos amigos míos se fueron a Londres para encontrar trabajo como periodistas, aunque acabaron en un bar como camareras, y uno se fue a Nueva York pero volvió a los tres meses porque no encontraba nada”, explica.

 “Muchos aprovechan el máster para hacer prácticas y a ver si hay suerte. Pero ahora ya tengo el expediente del máster cerrado y no me pueden contratar como becaria y, por otro lado, no tengo mucha experiencia, por lo que es mucho más difícil que me contraten en ningún sitio. Para contratarte te piden experiencia, pero nadie te da la oportunidad”, advierte amargamente.