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3/2/23

Un punto de vista del establishment ruso sobre la guerra de Ucrania... En Moscú tardaron años en comprender la seriedad del proyecto globalista occidental que contemplaba una Rusia subalterna con una elite nacional compradora subordinada a las grandes transnacionales occidentales y a la que no se piensa reconocer "soberanías" ni cotos privados derivados del tradicional control estatal de los negocios y desfalcos en el mayor país del mundo. Los occidentales querían libre acceso sin restricciones para sus multinacionales a los recursos de Eurasia, y, por supuesto, no reconocían "zonas de influencia" políticas, económicas ni militares, mas allá de su propio dominio hegemónico. La inicial colaboración de Moscú fue considerada debilidad... el reproche de Karaganov a Occidente es el de no haber sido capaz de "acordar con Rusia y China los términos del nuevo mundo"

 "Para entender la guerra de Ucrania es imprescindible conocer los puntos de vista de todas las partes beligerantes. Comprendemos el del nacionalismo ucraniano defendiendo su país ante la agresión imperial de su vecino y al mismo tiempo imponiendo su identidad a las regiones menos nacionalistas acusadas de "colaboracionismo" con el invasor. Comprendemos también los intereses y el papel de Estados Unidos en esta "guerra por procuración" en la que se trata de derrotar de forma ejemplarizante el desafio militar ruso iniciado en 2014 con la anexión de Crimea.  Importantes estrategas y responsables de Washington nos lo han explicado con toda claridad y admiten que se trata de un "precalentamiento a lo que está por venir" contra China (Charles Richard, jefe del Stratcom y uno de los máximos jefes militares de Estados Unidos). Pero comprendemos mucho menos los motivos de Rusia.

Este artículo de Sergei Karaganov, presidente honorario del Consejo ruso de política exterior y de defensa, presenta un punto de vista del establishment ruso sobre el conflicto, vetado de nuestros medios por la censura y el foco unilateral en las tesis atlantistas.

Karaganov fue un típico "occidentalista" durante la época de Yeltsin en la que se produjo el gran desfalco de la privatización que instauró la rapiña del patrimonio nacional. En aquella época la élite rusa occidentalista de nuevos ricos y la intelligentsia liberal celebraban su ascenso a la "civilización" y soñaban con la homologación con sus socios del oeste. Los obstáculos "ideológicos" de la guerra fría ya no estaban y se daba por supuesto que a Rusia se le haría, automáticamente, un lugar en el nuevo escenario del capitalismo global.

Hoy Karaganov expresa las frustraciones y evolución del establishment ruso por no haber sido aceptado en pie de igualdad por sus homólogos capitalistas occidentales. La irritación fue creciendo con los años a medida que avanzaba el rodillo geopolítico de Estados Unidos en Europa, via OTAN, que complicaba y envenenaba cualquier intento de integración de una Unión Europea en la inopia geopolitica con su principal socio energético ruso y su primer socio comercial chino, hasta dar lugar al giro en las prioridades de la elite rusa al que estamos aistiendo hoy.

¿Qué significaba ser aceptados "en pie de igualdad"? Fundamentalmente que Occidente reconocía la soberanía y primacía de la elite rusa en la rapiña del patrimonio nacional y de los ricos recursos en su propio país, incluyendo en ese reconocimiento el de los intereses rusos en su entorno geográfico, una especie de "Doctrina Monroe" del espacio postsoviético aunque fuera en condiciones de condominio con Occidente, Turquía y China, como viene ocurriendo en Asia Central y Transcaucasia.

 En Moscú tardaron años en comprender la seriedad del proyecto globalista occidental que contemplaba una Rusia subalterna con una elite nacional compradora subordinada a las grandes transnacionales occidentales y a la que no se piensa reconocer "soberanías" ni cotos privados derivados del tradicional control estatal de los negocios y desfalcos en el mayor país del mundo. Los occidentales querían libre acceso sin restricciones para sus multinacionales a los recursos de Eurasia, y, por supuesto, no reconocían "zonas de influencia" políticas, económicas ni militares, mas allá de su propio dominio hegemónico. La inicial colaboración de Moscú fue considerada debilidad y las repetidas quejas de Putin, ignoradas durante años. Todo eso es lo que contiene, desde mi punto de vista, el reproche de Karaganov a Occidente de no haber sido capaz de "acordar con Rusia y China los términos del nuevo mundo".

Karaganov expresa el cambio de humor y mentalidad de la élite rusa al calor de las duras realidades y lecciones aprendidas, que ahora desembocan en el desastre de la guerra. Suscribe un discurso antioccidental con denuncia del "imperialismo globalista" en el mundo, y defiende la necesidad de una purga de los "elementos occidentalistas y compradores" en la propia Rusia, lo que parece anunciar cambios fundamentales en ese país. 

ASISTIMOS AL SURGIMIENTO DE UN NUEVO MUNDO

Sergey Karaganov

La crisis no comenzó en 2022, sino a mediados de los años 90, al igual que la Segunda Guerra Mundial, que comenzó realmente con la Paz de Versalles, que fue injusta y sentó al 100% las bases de la misma.

Hace 25-27 años, Occidente se negó a hacer una paz justa con Rusia. Y, como le pareció a muchos en su momento, creó un nuevo sistema para su dominación basado en «reglas». Otros se refirieron más tarde a él como imperialismo liberal global. Pero el sistema fue construido sobre la arena. En él se colocó una mina de la Tercera Guerra Mundial que tarde o temprano podía explotar. Los veteranos como yo suelen compartir recuerdos, a menudo inventados. En mi caso puedo documentar que desde 1996/1997 ya escribía y decía que un mundo basado en la expansión de la OTAN y la dominación occidental conduce a la guerra.

La hegemonía de Occidente comenzó a desmoronarse en 1999 cuando, en un frenesí de impunidad, violó a Yugoslavia. El desmoronamiento fue a más cuando, eufórico, se metió en Afganistán, luego en Irak y perdió, devaluando su entonces superioridad militar y su liderazgo moral. Al mismo tiempo, se producían dos procesos aún más importantes. Rusia - convencida tras Yugoslavia, Afganistán, Irak y la retirada de Estados Unidos del Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM) - de que era imposible construir una paz justa y duradera con Occidente, comenzó a restablecer su poderío militar. Y así, una vez más, como había hecho en los años 60 y 80, comenzó a derribar los cimientos de la dominación occidental en la economía, la política y la cultura mundiales, que se basaba en la superioridad militar. Este dominio duró quinientos años y comenzó a desmoronarse en la década de 1960. En la década de 1990, debido al colapso de la URSS, parecía haber regresado, pero ahora Rusia ha empezado a derribar de nuevo esos cimientos.

Al mismo tiempo, Occidente dejó pasar el ascenso de China. Paralelamente cometió un error aún más sorprendente. A finales de la década de 2000, Occidente comenzó a frenar a China y a Rusia al mismo tiempo, empujándolas hacia un bloque político-militar común que no entrara en conflicto con sus intereses fundamentales.

La manifestación del poderoso desmoronamiento de Occidente fue la crisis de 2008, que tuvo como telón de fondo los procesos antes mencionados y socavó la confianza en su liderazgo moral, económico e intelectual. Desde finales de la década de 2000, Occidente comenzó a desatar la Guerra Fría. Pero todavía había una ventana de oportunidad para acordar con Rusia y China los términos del nuevo mundo. Existió en algún momento entre 2008 y 2013. Esta ventana no se ha utilizado. Desde 2014, Occidente intensificó su política activa de contención de China y Rusia, incluyendo un golpe de Estado en Kiev para preparar a las tropas de choque y tratar de socavar a Rusia para recuperar la hegemonía.

Occidente, al perder terreno militar, político y moral, incluso su núcleo moral (recordemos el rechazo de Europa al cristianismo ya en 2002), pasó al contraataque histérico. La guerra se hacía inevitable, la cuestión era dónde y cuándo.

Al mismo tiempo, los problemas globales a los que se enfrenta la humanidad - el clima, la energía, la escasez de agua y de alimentos, el crecimiento explosivo de la desigualdad dentro del propio Occidente y la erosión de la clase media - no se resolvieron, sino que se agravaron. Su no resolución exigió maniobras dilatorias. Eso fue un poderoso factor en dirección a la guerra.

Durante dos años, la Covid se utilizó como sustituto de la guerra, pero una vez que su efecto se ha diluido, se hizo inevitable que se produjese un choque aquí o allá. Consciente de ello, Rusia decidió atacar primero.

Esta guerra tiene varios objetivos: impedir que Occidente cree una cabeza de puente militar ofensiva en las fronteras de Rusia, que se estaba creando rápidamente, y preparar a Rusia para una existencia a largo plazo en un mundo de conflictos y cambios rápidos, que requiere un modelo diferente de sociedad y economía: un modelo de movilización.

El siguiente objetivo es purgar a la elite rusa de los elementos pro-occidentales y compradores. Pero quizás el contenido principal de esta guerra u operación en términos de la historia mundial, no sólo de la historia rusa, es la lucha por la liberación final del mundo de quinientos años de yugo occidental, que reprimió a los países y civilizaciones, imponiéndoles condiciones desiguales de interacción. Primero simplemente saqueándolos, a través del colonialismo, luego del neocolonialismo, y después a través del imperialismo globalista de los últimos treinta años.

La guerra de Ucrania, al igual que muchos acontecimientos de la última década, no trata sólo y no tanto del desmoronamiento del viejo mundo, sino también de la creación de un mundo nuevo, más libre, más justo, más plural y policromo política y culturalmente.

El significado global de la lucha en Ucrania es la devolución de la libertad, la dignidad y la autonomía a los no occidentales (proponemos llamarlos con otro nombre: la Mayoría Mundial, que antes era reprimida y robada y humillada culturalmente). Y, por supuesto, una parte justa de la riqueza mundial.

Rusia no puede dejar de ganar esta guerra, aunque será difícil. Muchos de nosotros no habíamos contado con una disposición tan alta de Occidente para luchar militarmente, ni tampoco con una disposición tan alta de una parte de los ucranianos, convertida en algo parecido a los nazis alemanes enfrentados contra la URSS en el pasado, por luchar desesperadamente.

Probablemente, dadas las tendencias generales del mundo y el equilibrio de poder mundial, deberíamos haber golpeado antes. Pero no conozco el nivel de preparación de nuestras Fuerzas Armadas. Aunque creo que en 2014 deberíamos haber actuado con más decisión, abandonando las esperanzas de un acuerdo.

Vivimos un periodo peligroso, al borde de una tercera guerra mundial en toda regla que podría acabar con la existencia de la humanidad. Pero si Rusia gana, lo que es más que probable, y el conflicto no llega a una guerra nuclear total, no deberíamos considerar las próximas décadas como una época de peligroso caos (como dice la mayoría de Occidente). Llevamos demasiado tiempo viviendo en esas condiciones.

El viejo sistema de instituciones y regímenes ya se ha derrumbado (libertad de comercio, respeto a la propiedad privada), instituciones como la OMC, el Banco Mundial o el FMI, la OSCE me temo y la UE, están llegando a sus últimos años. Empiezan a surgir nuevas instituciones a las que pertenece el futuro. Son la Organización de Cooperación de Shanghai, la ASEAN+, la Organización de la Unidad Africana y la Asociación Económica Integral Regional (RCEP). El Banco Asiático de Desarrollo ya presta mucho más dinero que el Banco Mundial.

No todas las nuevas instituciones sobrevivirán, esperemos que sobrevivan algunas de las antiguas, especialmente en el sistema de la ONU, que necesita urgentemente una reforma, principalmente para la representación de la Mayoría Mundial , y no de Occidente, en la secretaría. Lo principal es no permitir que el Occidente perdedor frene la historia o la descarrile con una guerra mundial.

No sólo los países de la Mayoría Mundial, sino también los países occidentales pueden vivir bastante felices en este mundo, en el que estos últimos han invertido muchos de sus eruditos, escritores. Cervantes, Shakespeare, Stendhal, Hemingway, los grandes rusos. Occidente simplemente perderá la oportunidad de saquear al resto del mundo, tendrá que encogerse un poco. Vivir dentro de sus posibilidades.

Temo que este nuevo mundo que está tomando forma ahora se cree más allá de mi vida intelectual o física. Pero mis jóvenes colegas y seguramente sus hijos verán ese mundo. Pero hay que luchar por este hermoso mundo, en primer lugar evitando una tercera guerra mundial, por el intento de venganza de Occidente. Fue en Europa donde se desencadenaron las dos primeras guerras mundiales. Rusia lucha ahora, entre otras cosas, para que no se den las condiciones necesarias para una tercera. Pero los conflictos se producirán en una época de rápidos cambios. Así pues, la lucha por la paz debería ser uno de los temas principales de nuestra comunidad intelectual y del mundo en general, quizá también el foco de atención del Club Valdai."

 (Rafael Poch de Feliu ; aporrea, 07/12/22)

4/10/22

Branko Milanović: Fukuyama se equivocó en 1989... las revoluciones de independencia nacional y autodeterminación que eran esencialmente revueltas nacionalistas fueron proclamadas por Fukuyama y otros maîtres à penser de la época como revoluciones de la democracia... Si eran las revoluciones de la democracia, el liberalismo y el multinacionalismo, ¿por qué se disolvieron las tres federaciones comunistas en lugar de limitarse a democratizarse? ¿Por qué, por utilizar un contraste, se democratizó España y se mantuvo como una federación democrática de base étnica, mientras que se disolvieron todas las federaciones étnicas comunistas? Está claro que había algo más que la simple democratización, y ese algo más era la autodeterminación étnica. Esta era la característica clave de las revoluciones de Europa del Este; la democracia era contingente... Toda la ideología de 1989 eludió esta cuestión... pero responde a la pregunta de qué motivó una serie de guerras, incluida la actual, que hemos presenciado desde 1989. Hubo 12 guerras en los llamados países en transición. Todas ellas se libraron en las antiguas federaciones comunistas

 " 1 - Rusia es una nación con vastos recursos naturales, una población bien educada y una profunda base científica. Sin embargo, por persona, Rusia es sólo la 67ª nación más rica del mundo. ¿Por qué?

Branko Milanović: El problema de Rusia es lo que he llamado su "historia económica circular". Para enriquecerse, las naciones necesitan paz interna y externa, no caos. Se puede recordar la famosa afirmación de Adam Smith de que "la paz, los impuestos fáciles y una administración de justicia tolerable" son suficientes para que los países transiten de una renta muy baja a una muy alta. Rusia no ha tenido esa experiencia durante todo un siglo. El periodo de rápido crecimiento económico tras la eliminación de la servidumbre en 1861 -es decir, antes del fin de la esclavitud en Estados Unidos- terminó con la Primera Guerra Mundial y luego con la revolución bolchevique y la Guerra Civil. 

Otra aceleración del crecimiento en los años 30 gracias a la industrialización estalinista fue detenida por la Segunda Guerra Mundial. El repunte del crecimiento de los años 50-60 se ralentizó bajo Brezhnev, pero al menos no hubo declive entonces. El declive llegó con la disolución de la Unión Soviética y la transición al capitalismo. El PIB ruso disminuyó más del 40% (más de lo que disminuyó el PIB estadounidense durante la Gran Depresión). En el último episodio de la dinámica "crecimiento-guerra-y-vuelta", los resultados relativamente buenos de la Rusia de Putin hasta aproximadamente 2012, han terminado definitivamente con la guerra.

Se pueden discutir otras razones, quizás más fundamentales, para la falta de avance tecnológico de Rusia, pero quería destacar un hecho muy simple que a menudo se pasa por alto: para llegar a ser desarrollados y ricos, los países necesitan estabilidad y crecimiento constante durante largos períodos de tiempo. Para cualquier persona razonable (salvo el presidente de Rusia), esto se traduce simplemente en que Rusia necesitaba al menos cincuenta años de paz, estabilidad y una administración de justicia tolerable para alcanzar los países avanzados. Nunca tuvo esa oportunidad.

2 - ¿Durante cuánto tiempo continuarán las sanciones occidentales a Rusia, y cuál será el efecto a largo plazo en la economía política de este país?

Creo que las sanciones continuarán durante varias décadas porque los problemas abiertos por la invasión rusa de Ucrania son excepcionalmente difíciles de resolver políticamente. Son tan difíciles, si no más, como el problema de Oriente Medio (Israel-Palestina), o el problema chipriota (Chipre del Norte) o el de India y Pakistán (Cachemira). Ninguno de estos problemas se ha resuelto en los últimos 50-70 años. Así que tampoco se resolverá el problema entre Rusia y Ucrania, lo que a su vez significa que las sanciones occidentales, y especialmente las estadounidenses, seguirán en vigor.

Las sanciones tendrán un impacto devastador en la economía rusa. Ese impacto es de medio a largo plazo. No tiene sentido centrarse en las oscilaciones diarias o semanales de los tipos de interés o de cambio, como hace mucha gente.

Rusia tendrá que proceder a la sustitución de importaciones en unas circunstancias únicas en las que la importación de maquinaria fabricada en el extranjero que normalmente se necesita para poner en marcha la sustitución de importaciones es imposible. Por lo tanto, Rusia tendrá que proceder a lo que llamé "sustitución regresiva de importaciones", es decir, a sustituir los bienes producidos hoy en día en Occidente, empezando por las cosechadoras, los coches y los aviones, hasta las patatas fritas y la novocaína (para las cirugías dentales) por sustitutos nacionales de calidad inferior. En otras palabras, la política será, a discreción, retroceder en términos de desarrollos tecnológicos y/o tratar de reinventar todo de nuevo por fuerzas propias. Nadie en la historia se ha visto obligado a hacerlo.

Es en ese sentido que la sustitución "regresiva" de las importaciones es fundamentalmente diferente de la sustitución de las importaciones de Stalin que estaba, en la parte técnica, basada en la tecnología occidental, es decir, en la tecnología avanzada de la época.

La idea de que China ayudará de alguna manera a Rusia a no tener que retroceder es parcialmente cierta. Pero China tendrá mucho cuidado de no caer en las sanciones secundarias de Estados Unidos. Además, China no puede sustituir a Occidente en todos los campos tecnológicos. La propia China depende en muchos ámbitos de la cooperación con Occidente.

Permítanme mencionar que dentro de 5-6 años, el transporte aéreo civil ruso no podrá dar servicio a zonas lejanas: no se podrá viajar en avión directamente desde Moscú a (digamos) Vladivostok. En muchos aspectos, el modo de vida ruso retrocederá, tecnológicamente, a los años 80. Sí, se puede decir, pero la gente vivía, y muchos muy bien, en la década de 1980. Es cierto, pero es muy diferente vivir con la tecnología de los años 80 en los años 80 que vivir con la tecnología de los años 80 en la actualidad.

3 - ¿Sigue siendo apropiado llamar a Rusia una oligarquía, o es ahora evidente que los oligarcas son benefactores del Estado sin influencia?

 Esta es una muy buena pregunta. Antes de la guerra, cuando apenas se amenazaba con las sanciones, la suposición en Occidente era que los oligarcas eran lo suficientemente influyentes como para que el miedo a perder todos (o casi todos) sus activos concentrara sus mentes y los empujara a disuadir a Putin de la invasión. Esto no ocurrió. Así que la suposición en la que se basaba toda esta idea de amenazar con sanciones a los oligarcas era errónea. Es importante tener esto en cuenta por dos razones.

En primer lugar, no tenemos ni idea de por qué se castiga hoy a los oligarcas. Supongo que por no ser lo suficientemente poderosos. Occidente les está diciendo: "ahora sabemos que no sois poderosos y os castigaremos por ello". ¿No es extraño? Escribí sobre ello aquí.

 En segundo lugar, la naturaleza de la oligarquía rusa había cambiado de manera fundamental entre Yeltsin y Putin. He escrito sobre eso en 2019 aquí. Para decirlo de forma sencilla, bajo Yeltsin, los oligarcas mandaban. Tomemos como ejemplo la famosa reunión de invierno de 1996 de los principales multimillonarios rusos en Davos cuando, junto con George Soros, decidieron financiar la campaña presidencial de Yeltsin, traer asesores y consultores estadounidenses y hacer todo lo posible para ayudar a Yeltsin a ganar en junio (1996). Tuvieron éxito y fueron ricamente recompensados mediante el infame acuerdo de préstamo por acciones.

Con Putin las cosas cambiaron, aunque gradualmente. En efecto, fue llevado al poder por Berezovsky, que creía que él, Berezovsky, sería el titiritero y Putin la marioneta. En realidad, sin embargo, Berezovsky acabó ahorcándose (probablemente) en su antigua casa de Inglaterra. Bajo el mandato de Putin, los principales oligarcas (no necesariamente todos) podían conservar sus bienes sólo si no contradecían los intereses del Estado, tal como los definían Putin y los ministerios del poder, y podían aumentar su riqueza si hacían lo que el Estado les decía. La relación de poder entre los ultra-ricos y los gobernantes políticos se ha invertido. Parece que en Washington y en Londres no fueron conscientes de ese cambio hasta el 24 de febrero de 2022; o tal vez fingieron no ser conscientes de ello. (...)

5 - ¿En qué acertó y se equivocó Fukuyama en "El fin de la historia"?

Admiro profundamente el trabajo de Fukuyama en "El origen del orden político". Es, en mi opinión, un libro de primera clase. He escrito dos reseñas, aquí hay una.

Pero se equivocó en 1989. Esto es lo que vemos claramente ahora. Hubo dos errores. En primer lugar, las revoluciones de independencia nacional y autodeterminación que eran esencialmente revueltas nacionalistas fueron proclamadas por Fukuyama y otros maîtres à penser de la época como revoluciones de la democracia. Esto fue un rompecabezas para mí desde el principio. 

Si eran las revoluciones de la democracia, el liberalismo y el multinacionalismo, ¿por qué se disolvieron las tres federaciones comunistas en lugar de limitarse a democratizarse? ¿Por qué, por utilizar un contraste, se democratizó España y se mantuvo como una federación democrática de base étnica, mientras que se disolvieron todas las federaciones étnicas comunistas? Está claro que había algo más que la simple democratización, y ese algo más era la autodeterminación étnica. Esta era la característica clave de las revoluciones de Europa del Este; la democracia era contingente.

Toda la ideología de 1989 eludió esta cuestión. Es una cuestión fundamental, porque responder a esa pregunta no sólo pone de manifiesto la verdadera naturaleza de las revoluciones, sino que responde a la pregunta de qué motivó una serie de guerras, incluida la actual, que hemos presenciado desde 1989. Hubo 12 guerras en los llamados países en transición. Todas ellas se libraron en las antiguas federaciones comunistas, y 11 de estas 12 guerras fueron las guerras por las fronteras. (La única guerra que no fue por las fronteras fue la guerra civil en Tayikistán.) Por lo tanto, la respuesta sobre lo que motivó estas revoluciones debe ser obvia para todos, pero para las mentes más dogmáticas.

Pero, incluso si Fukuyama tuviera algo de razón en su explicación de 1989, el punto más amplio que planteó, siguiendo a Hegel, en relación con un término en la evolución de las instituciones humanas, a saber, la democracia en la esfera política y el capitalismo en la esfera económica, es simplista y es poco probable que se haga realidad. Como muestra el propio Fukuyama en "Orígenes...", la experiencia humana, ya sea la historia, la filosofía, el trasfondo económico, las instituciones, la "cultura", etc. de los distintos pueblos, es tan diversa que creer que un sistema se ajustará a todas esas necesidades y creencias tan diversas es poco menos que utópico. 

Y el peligro de la utopía de Fukuyama, como el de todas las utopías, es que el deseo de conjurar su existencia conduce inevitablemente al conflicto. Si creemos que Rusia y China, y Egipto y Sudáfrica, y Nigeria y Brasil, y Irán y Argelia, y Birmania y Arabia Saudí, y todo el mundo en este amplio mundo estaría mejor si tuvieran un sistema, el sistema político occidental, lógicamente tenemos que convencerles de ello. Y si se obstinan en persistir en lo "erróneo de sus formas", tenemos que hacerles la guerra. Así, la utopía de Fukuyama conduce a una cadena interminable de conflictos. (...)"                  

 (Branko Milanović es un economista especializado en desarrollo y desigualdad, Brave New europe, 31/07/22; traducción DEEPL)

24/5/22

Dicen los intelectuales orgánicos del Kremlin que la invasión de Ucrania es un intento preventivo ruso de cambiar un orden que considera injusto y adverso y que habría acabado en una gran guerra contra Rusia... La intensa modernización de las fuerzas armadas ucranianas por la OTAN con una millonaria financiación y formación de decenas de miles de militares por instructores occidentales, inmediatamente después del cambio de régimen de 2014, así como la nueva doctrina militar ucraniana encaminada a reconquistar militarmente Crimea y el Donbas, convertía una guerra de Ucrania contra Rusia en “mera cuestión de tiempo”, repite Putin... La invasión de Ucrania es, por tanto una guerra preventiva, dice... el nuevo “telón de acero” está servido... Para Rusia la ruptura con Occidente supondrá enormes pruebas y dilemas. El discurso del nuevo conservadurismo ruso pretende nada menos que poner fin a una orientación de tres siglos... El consenso interno ante las “amenazas existenciales” deberá ser alimentado con una economía de guerra más social para la que el neoliberalismo, simplemente, ya no sirve... Solo el tiempo dirá si este giro neocon de la elite rusa lentamente larvado y hoy instalado en el Kremlin, es socialmente sostenible y tiene futuro

 "La ideología neocon rusa afirma que se ha puesto fin a la orientación europeísta-occidental del país, llevada a cabo por el zar Pedro el Grande hace trescientos años. ¿Es seria esa ideología, o es una quimera?

La desastrosa guerra de Ucrania ha puesto en evidencia una nueva Rusia. ¿Cómo pudo llegarse a una aventura tan extrema e insensata? ¿Qué ideología y proyecto nacional la han hecho posible? La ortodoxia mediática responde una y otra vez a esas preguntas, repitiendo “Putin, Putin, Putin…”. La demonización del Presidente ruso pretende explicarlo todo con un pueril y maniqueo guion de Hollywood, pero ¿Qué hay detrás de ese recurso?

¿Cómo se gestó la nueva mentalidad neoconservadora de la élite rusa?, ¿Tiene futuro esta reacción a la “globalización cosmopolita” y a la “decadencia liberal”, reacción que se advierte por doquier, también fuera de Rusia? ¿Y cómo empalma ese particular giro ruso con el traslado de la potencia global desde el espacio euroatlántico al indo-pacífico en el que estamos insertos? ¿Cómo afecta, en definitiva, a la correlación de fuerzas global?

Uno de los que se ha planteado algunas de estas preguntas es Glenn Diesen, un poco conocido profesor de una universidad de provincias de Noruega, autor de Russian Conservatism (2021). Su perfil en wikipedia lo presenta poco menos que como un diabólico ideólogo al servicio del Kremlin, sin embargo la simple realidad es que este autor es de los que mejor han explicado la génesis y los presupuestos de la mentalidad dominante en el Kremlin.

Diesen no explica la “Rusia de Putin”, ni mucho menos el sentir y el pulso de la sociedad rusa, sino la mentalidad y convicciones del grupo dirigente ruso y sus intelectuales orgánicos. Si esa ideología es quimera o no, si tiene raíces y futuro en la sociedad rusa, o si por el contrario es la construcción intelectual de los acomplejados dirigentes de una gran potencia venida a menos y en búsqueda de consolidación para su régimen autocrático en crisis, es algo que solo el tiempo dirá. Pero para entender la situación presente hay que interesarse por ello, sea cual sea su verdadera sustancia.

Nueva síntesis

El nuevo conservadurismo ruso ha sido formulado como alternativa, tanto al pasado soviético como al liberalismo de los 90. Al mismo tiempo se quieren incorporar a la nueva narrativa nacional conservadora aspectos de ambos periodos para afirmar una “continuidad histórica” superadora de las rupturas “revolucionarias” características de la historia rusa y consideradas responsables de tantos desastres, estancamientos y debilidades. Superar ese defecto y afirmar una dinámica de modernización y cambio armónico, orgánico, gradual, continuado y asumible por toda la sociedad, era una idea que Putin defendía ya en los primeros años de su mandato, cuando aún era un liberal-conservador occidentalista partidario de la reintegración de Rusia en la “civilización”, como se decía entonces.

 La idea, común a todos los llamados “demócratas” rusos -en realidad partidarios del mercado autoritarios de mentalidad estalinoide- era que el periodo soviético había excluido a la URSS de la civilización a la que había que regresar. En su voluntad estabilizadora, Putin introducía una importante enmienda al propósito de los autoritarios de mercado rusos: lo nuevo debe construirse sobre el pasado y sin romper con el, decía.

 En ese afán continuista, el régimen ruso practica hoy una síntesis conservadora de todo lo que es útil en la historia nacional para la consolidación social y el desarrollo: símbolos soviéticos, canonización de Nicolás II y reivindicación de los zares más gloriosos, himno soviético, Stalin y las epopeyas de su periodo, condenando al mismo tiempo sus crímenes.

Contra lo que suele afirmarse a la ligera, el régimen no reivindica el estalinismo, ni mucho menos tiene en él un modelo, sino que practica un equilibrio. En marzo de 2010 Putin participó junto al primer ministro polaco Donald Dusk en la conmemoración de las masacres de Katyn buscando una reconciliación con Polonia y calificó de “inmoral” el pacto Molotov-Ribbentrop, mientras la Iglesia ortodoxa estigmatizaba a Stalin como “monstruo”. La idea ahora es que no se puede erradicar ni arrojar a la basura el siglo XX de la memoria e identidad nacional, porque hacerlo sería malograr el desarrollo orgánico al adoptar y caer de nuevo en una “ruptura revolucionaria”.

Todo esto choca mucho, especialmente a observadores que no han conocido las experiencias de los años noventa en Rusia y que carecen por tanto de perspectiva para entender la lógica de esta evolución.

El idóneo continuador

En 1999 el dominical de The New York Times retrataba así a Vladimir Putin, recién nombrado sucesor de Yeltsin. Putin será, decía, “una versión humanitaria de Pedro el Grande, el gobernante que abrirá el país a la influencia del mundo, una Rusia más dulce y más dinámica que nunca”.

Dos décadas después, el régimen ruso afirma estar poniendo fin al viraje occidental llevado a cabo por el zar Pedro el Grande hace trescientos años y los mismos plumíferos del gran diario neoyorkino describen rutinariamente a Putin como “fascista” y “dictador”, “criminal de guerra” y “genocida”, y hasta el propio Presidente de Estados Unidos se refiere a él como “asesino” que debe ser desplazado del poder. Obviamente, la invasión de Ucrania ha jugado su papel, pero el giro hacia una calificación rotundamente negativa y la demonización del personaje venía de mucho más atrás. Merece la pena repasar la lógica de esa evolución.

En aquel 1999 y en cuestión de pocos meses, el senil y errático Yeltsin había seleccionado a su sucesor, asesorado por su hija Tatiana, entre un elenco de una docena de aspirantes. El viejo presidente contemplaba su legado. Yeltsin se había abierto paso en los ochenta denunciando los “privilegios de la nomenclatura” y los límites de la democratización de Gorbachov. Yeltsin disolvió la URSS para hacerse con el Kremlin, instauró un caos de latrocinio, corrupción y desigualdad sin precedentes que permitió la reconversión social de la casta dirigente en clase propietaria, y convirtió en ridículos aquellos “privilegios de la nomenclatura” al lado de los nuevos capitales desfalcados. Para llevar a cabo todo eso, Yeltsin restableció el tradicional sistema autocrático ruso del que la perestroika había sido breve paréntesis y excepción.

Con todo eso en su haber, al final de su mandato el viejo autócrata era consciente de que dejaba el país hecho un desastre. Había que poner orden, pero un orden que no se entendiera como regreso al pasado comunistoide, que no cuestionara la privatización ni la “economía de mercado”. Había que corregir, sin desmantelar, manteniendo la continuidad. Rusia debía levantar cabeza y volver a ser respetada. Episodios como el de Yugoslavia en el que la potencia rusa había sido ignorada por Occidente y condenada a un papel de impotente comparsa, no podían repetirse.

Putin era un hombre absolutamente desengañado del periodo soviético. Con él no había el menor riesgo de regreso al antiguo régimen. Putin tenía perfectamente clara la superioridad de la “economía de mercado”, que no se podía dar marcha atrás a la privatización, por más aspecto de expolio que hubiera tenido. Que un tipo así procediera de los cuadros medios/bajos del KGB era una ventaja añadida.

 El KGB estaba mucho menos corrupto que el conjunto de los aparatos de estado, así que todo ello ofrecía un promedio muy a la medida de la situación: poner orden sin regresar al pasado, hacerse respetar sin abandonar el alineamiento con Occidente, lo que los liberal-estalinoides rusos designaban como la “civilización”. Además, Putin era un tipo leal que ofrecía algo fundamental, garantías de seguridad personal: que no se perseguiría a Yeltsin y su familia por haber disuelto la URSS y haber dejado el país hecho unos zorros. Por todo ello, Putin fue el seleccionado. En el orden internacional, la situación era crítica.

De la “Casa común europea” a Euroatlántida

El proyecto gorbacheviano de “Casa común europea”, de Lisboa a Vladivostok, es decir; una gran integración europea, pluralista y respetuosa de la diversidad interna del conjunto, con una seguridad continental integrada y apuntando hacia una multipolaridad enfocada a la resolución de los retos del siglo, una “nueva civilización”, sin armas de destrucción masiva, atenta a los problemas del sur global y a la resolución de las cuestiones medioambientales, todo eso, se había hundido. De la idea de Gorbachov de “superar” la guerra fría, se había pasado a otra cosa: el discurso del Presidente Bush-padre de “victoria” occidental en la guerra fría. La nueva música del presidente americano era inequívoca:

Por la gracia de Dios, América ganó la guerra fría. Hay quien dice que podemos dar la espalda al mundo, que no tenemos un papel especial que jugar, pero somos Estados Unidos de América, el líder de Occidente que se ha convertido en el líder del mundo, así que continuaremos liderando en apoyo de la libertad en todas partes”.

La cumbre de la OTAN de 1991 en Roma siguió esa senda: la disolución del Pacto de Varsovia no afectaba a su razón de ser ni a su papel, que debía globalizarse, estableció.

“Euroatlantida” había tomado el relevo a la “Casa común europea”. Ese cambio conceptual que cerró en falso la guerra fría fue posible por tres motivos.

En primer lugar, como hemos explicado en anteriores artículos Haciendo memoria – Rafael Poch de Feliu por el engaño y no respeto a las promesas verbales hechas a Gorbachov y a los documentos firmados con la URSS, como la Carta de París para la nueva Europa y el acuerdo 2+4 de la reunificación alemana, que pusieron fin a la guerra fría. 

En segundo, por la prioridad de Estados Unidos de seguir presente en el continente para evitar la emergencia de un nuevo gran actor europeo autónomo en el mundo. Por razones geográficas, la gran integración europea de Gorbachov dejaba fuera a Washington, lo que disminuía su potencia global. 

Y en tercer lugar por reacción a los espectáculos de la propia Rusia. En 1991 hubo dos golpes de estado, el frustrado de agosto de los conservadores del PCUS contra la perestroika y el exitoso de diciembre disolviendo la URSS. Siguió en 1993 el golpe de Yeltsin en octubre que abolió a cañonazos el pluralismo institucional y convirtió un parlamento efectivo en una Duma consultiva con una constitución autocrática. El primer “gesto de autoridad” del nuevo régimen fue el desastroso intento de aplastar militarmente la rebelión chechena. Y rodeando todo aquello, el espectáculo del saqueo económico del país, con decenas de decretos de privatización redactados por asesores norteamericanos…

Gorbachov y la URSS tenían credibilidad para proponer un gran proyecto internacional desde la posición de una superpotencia que se retiraba, generosa e incondicionalmente, de su espacio imperial. La Rusia de Yeltsin ya no tenía esa credibilidad. Yeltsin era la restauración de una autocracia bananera cuyo ejército era batido en 1994 por seis mil guerrilleros chechenos en el Cáucaso del Norte…Habiéndose instalado la idea de que eso siempre sería así, ¿Quién podía tomarse en serio a Rusia? Así que por esos tres factores Euroatlántida se impuso sin mayor dificultad a la “casa común europea”. Y la esencia de Euroatlántida era una Europa ampliada representada por una UE, neoliberal y sin instituciones democráticas, en expansión, que imponía uniformidad y disciplina (la díscola Yugoslavia fue eliminada, aprovechando sus serios problemas internos), así como una seguridad exclusiva a la medida de la tutela de Estados Unidos. En lugar de contribuir a la multipolaridad y al consenso internacional, la nueva formula apuntaba hacia otra cosa mucho más autoritaria y dictatorial para las relaciones internacionales: el hegemonismo.

Rusia despechada

En ese complejo contexto Vladímir Putin llegó a la presidencia de una Rusia desmoronada: como un liberal-conservador dispuesto a ordenar y corregir los desastres de los noventa, reconstruyendo la autoridad del Estado sin cuestionar el vector fundamental occidentalista del periodo anterior. En uno de sus primeros discursos (diciembre de 1999) decía lo siguiente:

Estamos completando la primera fase de la transición de las reformas políticas y económicas. Pese a las dificultades y errores hemos llegado a la senda en la que está el conjunto de la humanidad. Solo esta vía ofrece una perspectiva real de crecimiento económico dinámico y de mejora del nivel de vida de la gente. No hay alternativa”.

Meses después, en 2000, insistía: “Rusia es parte de la cultura europea y no puedo imaginar a mi país al margen de Europa o como solemos decir separado del “mundo civilizado” (…) ver la OTAN como un enemigo es destructivo para Rusia”. El 25 de septiembre de 2001, Putin explica en alemán ante el Bundestag que los “derechos y libertades democráticos” son el “objetivo clave de la política interior de Rusia” y que por primera vez el presupuesto militar es inferior al gasto social en su país.

Desde ese discurso liberal continuista, Putin comenzó a poner orden en Rusia. Retomó el control estatal de sus estratégicas industrias extractivas, disciplinó a los oligarcas con un pacto de lealtad al estado y buscó una inclusión en el cuadro occidental desde una posición menos débil. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York fue el primero en ofrecerle a George W. Bush una “plena colaboración”. Facilitó el establecimiento de bases militares de Estados Unidos en Asia Central, ofreció una importante cooperación de su inteligencia militar para la invasión americana de Afganistán (otoño de 2001), se abrió a un condominio de los ricos recursos de la región del Caspio y en Transcaucasia… No sirvió para nada. Todo eso se interpretó como debilidad y como expresión del lógico sometimiento. 

No tuvo ninguna consecuencia en la actitud de Occidente hacia Rusia. Al contrario, cuanto menos desbarajuste había en Rusia, tanto más crecía su mala imagen en Occidente como negador de valores democráticos. Sin duda, el país conocía un endurecimiento autoritario en el orden interno y también un crecimiento sin precedentes en más de una generación: la tasa de pobreza se dividió por dos, la esperanza media de vida masculina que había caído cinco años en los noventa (¡59 años!) y había dado lugar a un colapso demográfico de medio millón de muertes, subió hasta los 66. El consenso social era alto. Y conforme tenían lugar esos éxitos, peor era visto Putin en Occidente, porque ni en Washington ni en Bruselas se aceptaba una Rusia crecida y restablecida.

 El rodillo expansivo de Euroatlántida avanzaba. La absorción en la UE y en la OTAN de países del Este y de la ex URSS muy resentidos contra Rusia y con mayor sintonía hacia Washington que hacia Bruselas, facilitaba la reconstrucción de la imagen de enemigo cuyo empolvado andamiaje seguía intacto en el almacén occidental de la guerra fría. Las repetidas objeciones de Moscú sobre decisiones de seguridad europea sin Rusia y cada vez más contra Rusia, se ignoraban. Las tensiones que resultaban de la ampliación de la OTAN se utilizaban para justificar su razón de ser. La propia OTAN creaba los motivos para su pervivencia. Se reescribía la historia de la Segunda Guerra Mundial equiparando nazismo y estalinismo No es lo mismo – Rafael Poch de Feliu 

La percepción de que cualquier medida de consolidación interna rusa o cualquier exigencia de que se tuvieran en cuenta sus intereses de seguridad, no era aceptada en el extranjero e incluso se volvía informativamente contra ella (por ejemplo el enérgico discurso de Putin en Munich de 2007), alimentó el despecho de la elite rusa con Occidente y condujo al establecimiento de un nuevo conservadurismo entre los dirigentes rusos y sus intelectuales orgánicos, muy mediatizados por antiguos cuadros de los aparatos de seguridad que Putin había colocado en los puestos de mayor confianza. A Estados Unidos se le comprendía y respetaba.

 Al fin y al cabo, aquel país siempre quiso anular a Rusia, pero hacia la Unión Europea, más allá de Alemania y Francia, o de países internacionalmente irrelevantes como España, el sentir era otro: desprecio. Moscú ha llegado a despreciar a la Unión Europea como marioneta de Estados Unidos, carente de toda soberanía y a merced de los presupuestos rusófobos de países como Polonia y las repúblicas bálticas para los que la rusofobia es su principal aportación a la disciplina euroatlántica. Así, conforme aumentaba el agravio y el rechazo a cualquier consolidación de Rusia, en Moscú ese conservadurismo iba evolucionando gradualmente hacia la derecha y el antioccidentalismo. Hoy está plenamente asentado en la élite rusa.

La Rusia de hoy es como una amante despechada a la que le ha dejado el novio.

Entre Crimea y las pensiones

La opinión pública rusa apoyó claramente la labor de restablecimiento y consolidación llevada a cabo por Putin durante los primeros diez años de su mandato. Quienes se enfrentaban frontalmente a su acción de gobierno, medios de comunicación y personas, eran reprimidos sin contemplaciones. Con una buena coyuntura de los precios del petróleo, se detuvo la degradación de la vida y el prestigio del Presidente se mantuvo alto. Con los años y las dificultades de diversas crisis, ese apoyo disminuyó (70% en 2016, 33% en 2019), la economía, que seguía su curso neoliberal, se estancaba, aprisionada en una integración en la globalización que la condenaba a una extrema dependencia. Al mismo tiempo, el discurso oficial ponía cada vez mayor énfasis en la identidad de gran potencia.

Para mediados de la primera década de los 2000, Rusia había abandonado mentalmente la órbita occidental. El objetivo era consolidar el entorno postsoviético e integrarlo en una relación política y económica no hostil a Moscú. El definitivo descalabro de la influencia rusa en Ucrania de 2014, por una mezcla de revuelta popular y operación de cambio de régimen apadrinada por Occidente, significó un cambio radical: se hundía la posibilidad de una Ucrania puente y se instalaba la realidad de una Ucrania definitivamente hostil y beligerante, dominada por una identidad nacionalista muy activa pero en la que solo se reconocía, quizás, un tercio de la nación, con el resto bien en pasivo silencio, bien en diversos grados de disconformidad. En ese cuadro, Ucrania se convirtió en línea de frente y obsesión para el Kremlin.

El nacionalismo ruso ya había denunciado en los noventa (Solzhenitsyn lo formuló con toda claridad) la aberración que suponía que territorios rusos como el sureste del país (Járkov, Odesa, Crimea) formaran parte de Ucrania. El cambio de régimen en Kíev de 2014 demostró la profunda debilidad de la política de Moscú hacia su entorno postsoviético, pero se compensó con la consolación de la anexión de Crimea, en una operación impecable que significó una desafío militar inaceptable para el hegemonismo occidental y que fue percibida como indiscutible por la mayoría de los rusos. La operación volvió a estimular el prestigio de Putin, pero su efecto fue temporal. La fuerte protesta social contra los aumentos de la edad de jubilación y privatización neoliberal de las pensiones, a la que Putin tuvo que echar el freno, recordó que la mayoría de los rusos prefieren el bienestar y un orden social mas justo al sacrificio en el altar estatal de la identidad de gran potencia.

Conforme crecían las dificultades para un bienestar social mas o menos estable y para dar una apariencia democrática a una autocracia presidencial sin posibilidad de relevo mediante el voto, aumentaba el discurso oficial de gran potencia despechada. Tras el concepto de “democracia dirigida”, que ya se empezó a utilizar a finales de los noventa, apareció el de “democracia soberana”, un concepto que rechaza la hegemonía liberal y toda supervisión occidental de los asuntos internos.

 “En el mundo de hoy una gran potencia no es aquella que impone su voluntad a los demás, sino, al revés: aquella que no permite que nadie le dicte su voluntad y que si es necesario es capaz de contraponer una fuerza superior a la presión exterior”, dice el analista Dmitri Trenin.”Rusia dispone de esa capacidad y de los recursos necesarios para realizar una vía autónoma de desarrollo y una línea de política exterior independiente, y eso es lo que hace de ella una gran potencia”.

Somos civilización”

Los imperativos de afirmación de la soberanía y del estatuto de gran potencia, determinaron la revisión y crítica del liberalismo y la defensa del conservadurismo.

Poniendo al individuo en el centro, el liberalismo avanzó ideas profundas como la democracia y los derechos humanos que toda sociedad sana requieren, pero el liberalismo se había desarrollado en el marco del estado-nación y había sido tanto más exitoso cuanto más restringido y equilibrado fue por principios conservadores”, explica Diesen. “Los excesos del liberalismo han resultado en su desvinculación respecto a la nación-estado, lo que previsiblemente conduce a fragmentación y revolución”. En ese exceso, “el individuo se libera del hecho de ser definido por la nación y la cultura a la que pertenece, liberado de la iglesia, la familia, las tradiciones, e incluso de su género biológico”..” En esa degeneración, se plantea como reacción, “una lucha entre nacionalismo y cosmopolitismo”. “En el consenso neoliberal santificador de las liberadas fuerzas de mercado, la izquierda y la derecha resultan igualmente incapaces de perseguir sus compromisos ideológicos y quedan atrapados en guerras culturales en las que todos pierden”, dice Diesen.

En las relaciones internacionales “el liberalismose convierte en norma hegemónica” y se banaliza la legalidad a conveniencia. Se cambian las fronteras de Serbia, se invade Irak, se invoca la lealidad de una “alianza de democracias” como alternativa a la ONU y se llama “orden internacional basado en normas” a la arbitrariedad. “Se llega así a una simplista división binaria del mundo entre “democracias” y “autoritarismos” incapaz de comprender las complejidades de la política internacional”. La ambigüedad permite justificarlo todo a conveniencia: “que el “orden internacional basado en normas” priorice el principio de integridad territorial o el de autodeterminación en Kosovo y Crimea, es algo que depende de los intereses de Occidente. La soberanía desaparece porque las invasiones pasan a ser “intervenciones humanitarias” y los golpes de estado “revoluciones democráticas”. Así, “el fracaso de contener los excesos del liberalismo con principios conservadores en el orden interno, y con la igualdad de las soberanías en el orden externo, resulta en la degeneración de los ideales liberales”.

Un documento de 2014 sobre los Fundamentos de la Política Cultural del Estado dejaba bien claro que el objetivo de integrar a Rusia en “la civilización” (occidental) había caducado al afirmar que, “Rusia debe ser vista como una civilización única y original que requiere el rechazo de principios tales como el multiculturalismo y la tolerancia de aquellos que imponen valores ajenos a la sociedad”. No se trataba ya de “regresar” a la “civilización” de la que la URSS había sido negación, una especie de aberración histórica sin conexión con la historia nacional rusa y obra de unos bolcheviques extraterrestres, sino de subrayar que Rusia y su mundo son una civilización. “Los rusos son la matriz de la civilización rusa (…) pero son y pueden ser rusos, los tártaros, los yakutos, los chechenos y el mosaico étnico de Dagestán”, dice Dmitri Trenin. “La ortodoxia es la religión mayoritaria pero la tradición de tolerancia confesional permite la convivencia pacífica entre las principales confesiones autóctonas: ortodoxia, islam, budismo y judaísmo”, dice. “El Estado unido garantiza la paz, el bienestar y el desarrollo en un territorio enorme desde el Báltico a Mar de Japón y desde el Ártico hasta el Caspio. Precisamente la común potencia estatal es el valor mas importante para esa civilización compleja”. Desde esa reformulación consecuencia del despecho, se difunden las obras de filósofos conservadores como Iván Ilyin, Nikolai Berdiayev y Vladímir Soloviov, y se recupera el concepto de euroasianismo.

Eurasianismo compensatorio

Como el orden liberal internacional no deja espacio a Rusia en Europa y al mismo tiempo el ascenso de China anuncia el fin del dominio mundial occidental característico de los últimos siglos, el euroasianismo encuentra un doble sentido ideológico y geoeconómico: por un lado es una respuesta al agravio de esa Europa liberal decadente, que disuelve los valores sociales esenciales (familia, religión, patria) y confunde los géneros al afirmar las diferencias de las minorías sexuales, y por el otro se pone en sintonía con el traslado de la potencia global hacia Asia.

La mayor conexión con China ha sido también propiciada por la estupidez estratégica de Estados Unidos, que sometió y somete a Moscú y Pekín al mismo tipo de cerco militar, bloqueos y sanciones. Para paliar el peligro de verse convertida en la “hermana menor” de China, una potencia con una economía diez veces mayor y un dinamismo social claramente superior, Moscú cuida y estrecha relaciones fuertes también con potencias asiáticas recelosas de China, como India y Vietnam, e incluso lanza puentes a Corea del Sur y Japón -ahora destruidos por la invasión de Ucrania- en búsqueda de cierto equilibrio compensatorio. Y todo eso en el contexto de la teoría de MacKinder, según la cual el dominio de la matriz continental euroasiática está llamado a tomar el relevo a los imperios marítimos occidentales, con la UE convertida en una mera “península de Eurasia”. Clave de ese relevo es el trazado de corredores energéticos y de transporte, la puesta en marcha de nuevos instrumentos financieros y la creación de recursos de redes sociales con miras a independizarse de los monopolios digitales americanos vistos como aparatos de dominio, censura y guerra híbrida.

El conservadurismo es una tercera vía para escapar del liberalismo sin caer en un regreso al comunismo. El euroasianismo busca una consolidación geopolítica que permita tratar de igual a igual con Europa”, dice el noruego Glenn Diesen. “El problema de Rusia consistía en que se encontraba permanentemente en un estado de interdependencia asimétrica con Occidente, es decir que dependía mucho más de lo que aquél dependía de ella, lo que daba a Occidente una gran preponderancia. Era un grave problema porque además la arquitectura de seguridad se construyó sobre la herencia de una guerra fría nunca cancelada. La gran Eurasia es un intento de compensar este desequilibrio”.

Un régimen más duro y más social

La invasión de Ucrania es un intento preventivo ruso de cambiar un orden que considera injusto y adverso y que habría acabado en una gran guerra contra Rusia, dicen los intelectuales orgánicos del Kremlin. La intensa modernización de las fuerzas armadas ucranianas por la OTAN con una millonaria financiación y formación de decenas de miles de militares por instructores occidentales, inmediatamente después del cambio de régimen de 2014, así como la nueva doctrina militar ucraniana encaminada a reconquistar militarmente Crimea y el Donbas, convertía una guerra de Ucrania contra Rusia en “mera cuestión de tiempo”, repite Putin. La invasión de Ucrania es, por tanto una guerra preventiva, se dice.

 Con la actual guerra se anuncia un cambio fundamental en la correlación de fuerzas global. De repente, la influencia de Estados Unidos sobre Europa ha aumentado mucho. La Unión Europea se ha convertido en subsidiaria de la OTAN. De un día para otro, se ha restablecido un dominio de Estados Unidos sin fisuras en el viejo continente. El proyecto euroasiático chino-ruso de integrar a la Unión Europea en un gran eje continental euroasiático, se ve seriamente comprometido. Europa está rompiendo con Rusia y China con lo que se debilitará económicamente y quedará aun más amarrada políticamente a Estados Unidos.

Para Rusia la ruptura con Occidente supondrá enormes pruebas y dilemas. El discurso del nuevo conservadurismo ruso pretende nada menos que poner fin a una orientación de tres siglos. Si este discurso logra sobrevivir a la guerra de Ucrania, es decir si no hay una quiebra del régimen ruso, Hacia una quiebra en Rusia – Rafael Poch de Feliu el nuevo “telón de acero” está servido. Pero, ¿será solo un telón geográfico, digamos con el Dnieper en el antiguo papel del Elba, o será algo más transversal?

Cuando el Presidente Biden dice que hay una división del mundo entre “democracias” y “autocracias”, da la sensación de que deja fuera otras fracturas, incluida aquella que atraviesa a la sociedad de su propio país entre “nacional-patriotas” a la Trump y “globalistas cosmopolitas”. Una fractura transversal que atraviesa y crea brechas en la propia Unión Europea (Hungría Polonia…), en las naciones europeas (Macrón/Le Pen) e incluso en la propia izquierda, como muestra la polémica entre una “izquierda de derechas” ( liberal en lo cultural y en “modos de vida” pero conformista hacia el neoliberalismo y el imperialismo), y el llamado “rojipardismo”.

Sea como sea, en Rusia la guerra, las sanciones y los bloqueos encaminados a “quebrar” a Rusia (Ben Hodges, jefe de las tropas americanas en Europa), “ponerla de rodillas” (editorial de The New York Times) “destruir su economía” (Liz Truss, ministra británica de exteriores), “arruinarla” (su homóloga verde alemana), y a “desmantelar, paso a paso, la potencia industrial rusa” (Ursula von der Leyen), van a transformar al régimen político. Cambios de régimen – Rafael Poch de Feliu Privada de inversiones y paraísos fiscales occidentales, quizá la elite rusa tenga que invertir en el país. 

El consenso interno ante las “amenazas existenciales” deberá ser alimentado con una economía de guerra más social para la que el neoliberalismo, simplemente, ya no sirve. Respecto a los disidentes y opositores que no hayan emigrado (en marzo abandonaron el país 100.000 rusos, la mayoría de ellos jóvenes cualificados), la crónica de maltrato y represión de los últimos años puede llegar a ser un recuerdo feliz…

Solo el tiempo dirá si este giro neocon de la elite rusa lentamente larvado y hoy instalado en el Kremlin, es socialmente sostenible y tiene futuro, o si, por el contrario, es el desesperado intento de sobrevivir de un régimen inadecuado a la realidad social del siglo XXI."                 (Rafael Poch  , CTXT, 20/05/2022)