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15/2/21

Las desigualdades tienen un claro motor, un sistema fiscal injusto. El fin de la progresividad de los impuestos termina por sacudir los cimientos de la democracia... la injusticia fiscal es uno de los grandes fracasos políticos de nuestro tiempo. Las reformas de Reagan —bajó el impuesto de la renta— fueron el primer paso. Luego se pasó la carga impositiva de las rentas del capital a las del trabajo. En el siglo XXI se redujo el impuesto del patrimonio

 "La polarización fiscal también se ha agudizado. Es difícil encontrar otro territorio económico en el que las posturas de los técnicos estén más alejadas: mientras para unos la salida a la catástrofe pasa por la irremediable subida de impuestos, para los otros hay que bajarlos. 

Un ejemplo de ello: sale el libro de los dos profesores de Berkeley Emmanuel Saez y Gabriel Zucman El triunfo de la injusticia y lo subtitulan explícitamente Cómo los ricos eluden impuestos y cómo hacerles pagar. Al tiempo aparece otro texto de Rodríguez Braun, Blanco y Ávila (Hacienda somos todos, cariño, Deusto) y el subtítulo reza: Cómo nos engañan para que creamos que pagamos poco y por nuestro bien.

La tesis del libro de Saez y Zucman es rotunda: las desigualdades tienen un claro motor, un sistema fiscal injusto. Lo cual pone en cuestión la idea de los economistas de la tercera vía que defendían que la redistribución de la renta y la riqueza había que hacerla a través del gasto y no de los ingresos públicos.

 Esta tesis se completa con dos sentencias: el fin de la progresividad de los impuestos termina por sacudir los cimientos de la democracia, y la injusticia fiscal es uno de los grandes fracasos políticos de nuestro tiempo.

Toda sociedad democrática ha de debatir el tamaño apropiado de su Estado y el grado ideal de progresividad fiscal para mantenerlo. En su clásico Por qué fracasan los países, Acemoglu y Robinson sostuvieron que en sus inicios fue la democracia la que abrió las puertas a las políticas redistributivas y a la reducción de las desigualdades.

 Los hacendistas sostienen que los impuestos pueden ser un buen indicador de la salud de la democracia: si se acepta que la calidad de una democracia aumenta en la medida en que los ciudadanos sean más iguales, la presencia de un sistema tributario progresivo que reduzca las desigualdades de renta y de riqueza puede verse como una herramienta que contribuya a mejorar la calidad democrática, y también como un reflejo de ella.

Si se admite lo anterior, a continuación hay que reconocer la triste imagen de progresividad que proporcionan los sistemas tributarios actuales, resultado de un proceso político que se inició a finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, y que supuso una ruptura con lo que había sucedido desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial. 

Se trataba de la revolución conservadora, durante la cual aumentaron exponencialmente los niveles de desigualdad a través de dos mecanismos: un aumento de las desigualdades de las rentas (sobre todo, de los salarios y del resto de las retribuciones) y la decisión de los Gobiernos, tanto conservadores como socialdemócratas, de reducir la capacidad redistributiva del Estado.

El economista José Víctor Sevilla, que fue secretario de Estado de Hacienda, marca tres etapas muy nítidas en la regresividad de los sistemas tributarios (Informe sobre la democracia en España 2015, Fundación Alternativas). La primera empieza con la reforma impositiva de Reagan en 1981, que abre el camino hacia una masiva y generalizada reducción de los impuestos federales, que, básicamente, eran impuestos personales sobre la renta. 

Son los años de la curva de Laffer, que mantenía, contra toda evidencia, que bajando los impuestos aumentarían los ingresos públicos. Un reciente estudio de la London School of Economics, con datos de 18 países de la OCDE de los últimos 50 años, demuestra que reducir impuestos a los ricos incrementa la desigualdad y no tiene ningún efecto significativo sobre el crecimiento económico y el desempleo.

El segundo paso se da en la década de los noventa, con un desplazamiento de la carga tributaria desde las rentas del capital hacia las rentas del trabajo: reducción de la tributación sobre los rendimientos del capital extranjero, tratamientos más livianos para las ganancias del capital y los llamados sistemas de imposición dual que abiertamente gravan con tipos menores a las rentas del capital que a las rentas del trabajo. Son de esos años también los intentos de convertir los impuestos sobre la renta (impuestos directos) en un gravamen sobre el consumo (impuesto indirecto), regresivo por definición, y mucho más si se trata de un impuesto proporcional.

El tercer hito, de principios del siglo XXI, tenía el propósito de reducir o eliminar la imposición patrimonial, último reducto de progresividad en un sistema tributario. El impuesto sobre el patrimonio empezó a desaparecer de los sistemas fiscales; su importancia recaudatoria es pequeña, pero en realidad se trata de un impuesto de control interno, pues la información que proporciona permite reforzar el funcionamiento de los impuestos sobre la renta y también el del impuesto sobre sucesiones, un gravamen que bien configurado es pieza clave de la articulación de la imposición directa.

El ataque a la imposición patrimonial dio otro salto, alcanzando al propio impuesto de sucesiones, una figura importante para instrumentar una política de igualdad de oportunidades, fundamental en cualquier democracia. La presión se inició, una vez más, en EE UU durante los años de la presidencia de George W. Bush, cuando se aprobó la suspensión gradual, y en principio transitoria, de la imposición sobre las herencias, a pesar de que solo afectaba moderadamente a las grandes fortunas, aproximadamente al 1%-2% de los ciudadanos americanos. Reflexiona Sevilla sobre lo sorprendente que resulta que algo que sólo interesa al 1% o al 2% de la población, siendo además el colectivo más rico, pueda aprobarse en el Congreso y con una amplia mayoría.

Este giro regresivo de los sistemas fiscales (las reformas americanas crearon tendencia en el resto del mundo) ha contribuido a mermar la capacidad redistributiva del Estado, algo especialmente alarmante en tiempos de recesión o de una pandemia tan brutal como los que el mundo ha padecido o está padeciendo. Desde la aparición del eslogan “¡Somos el 99%!”, los ciudadanos se han familiarizado más con las divergencias entre las fortunas de los ricos y las del resto de la sociedad."             (Joaquín Estefanía, El País, 13/02/21)

8/2/21

Los estados no recaudan impuestos para poder gastar... Para gastar los estados hacen uso de tecleos informáticos en sus bancos centrales que crean dinero de la nada, por eso el dinero actual recibe el nombre de dinero fiduciario... la inflación no aparecerá hasta superado el nivel de pleno empleo de los recursos reales de la economía... el de pleno empleo sin inflación (punto Lerner), es el que debe marcar el nivel de gasto público correcto

 "El azar ha querido que dos hechos coincidieran durante este mes de enero. Por un lado, el famoso youtuber español El Rubius ha desatado la polémica por decir que se muda a Andorra para (entre otras cosas) pagar menos impuestos y por otro lado los economistas españoles Stuart Medina Miltimore y Miquel Bassart i Loré de la asociación de teoría monetaria moderna RedMMT han comenzado a traducir el libro de Warren Mosler con el título “Economía de la Divisa Blanda”.

 Esta coincidencia temporal es una oportunidad perfecta para desenmascarar la que a mi entender es la mentira más perniciosa y por desgracia más extendida en el campo de la política económica. Dicha mentira es, tal y como explica Mosler en su libro, aquella que sostiene que los impuestos recaudados por los estados son los que financian el gasto público. Esto es del todo falso y es absolutamente necesario que la población tome conciencia de ello. 

Los estados no recaudan impuestos para poder gastar, sino que lo hacen por tres motivos: dar valor a su moneda, intentar modular la inflación e incentivar/desincentivar las diferentes actividades económicas. Para gastar los estados hacen uso de tecleos informáticos en sus bancos centrales que crean dinero de la nada, por eso el dinero actual recibe el nombre de dinero fiduciario.

 Esto significa que el hecho de que El Rubius haya dejado de pagar impuestos en España no tendría que significar que España tuviera menos capacidad de gasto que antes si España abandonara el euro y la UE. Por consiguiente, los ataques que está recibiendo este famoso creador de contenidos deben cesar inmediatamente, no solo porque estos ataques están totalmente injustificados, sino porque además demuestran un total desconocimiento del sistema monetario actual.

La principal interesada en que la ciudadanía entienda las razones por las cuales es falso de toda falsedad que los impuestos financien el gasto corriente de los estados debería ser la izquierda, ya que esta mentira es la responsable del retroceso abismal en el que están sumidas actualmente sus posiciones. La idea de que en un sistema basado en el dinero fiduciario como el actual es el dinero de los contribuyentes el que determina las políticas de gasto público es una idea profundamente reaccionaria. 

Su origen se remonta a la década de 1970, cuando la derecha neoliberal inició su imparable revolución conservadora. La principal valedora de esta mentira fue Margaret Thatcher, quien en 1983 declaró: “no existe tal cosa como el dinero público, lo único que existe es el dinero de los contribuyentes”.

  La izquierda mordió el anzuelo. En vez de zafarse de esta idea, la apretó con fuerza entre sus mandíbulas hasta que el anzuelo se le clavó tan profundamente que se vio arrastrada hasta las redes conservadoras en las que sigue presa. Pero todo anzuelo necesita un cebo. El cebo utilizado por la derecha fue la equiparación de los estados a las familias.

 Así, igual que una familia necesita ahorrar para poder gastar y no puede vivir indefinidamente mediante unos ingresos menores que sus gastos, la derecha convenció a la izquierda de que con el estado (pese a ser el emisor de moneda) pasa lo mismo.

 Por tanto, el estado también tendría, según esta retórica, que recaudar impuestos para poder gastar, ya que los déficits públicos serían insostenibles en el largo plazo. Fue de nuevo la Sra. Thatcher la que defendió esta idea de forma más vehemente y afirmó: “no existe tal cosa como la sociedad; lo que hay son hombres y mujeres individuales, así como familias”.

 La reacción ya tenía preparado el anzuelo y el cebo de su mentira. La crisis del petróleo y el colapso de la Unión Soviética hicieron el resto. La pesca capturada fue la izquierda. A este ideario Margaret Thatcher lo denominó la doctrina TINA, acrónimo en inglés de There Is No Alternative [No Hay Alternativa].

Hasta ese momento, tanto la URSS como el keynesianismo sí que habían sido alternativas sólidas. El keynesianismo de posguerra, pese a desarrollarse antes de la desaparición del patrón oro, y por tanto antes de la aparición del dinero fiduciario no convertible, liberaba a los estados de la dictadura de los déficits públicos y permitía políticas de pleno empleo bajo la premisa de que si existe paro o recursos ociosos es que el gasto público no es lo suficientemente elevado.

 Por su parte, la URSS vivió varias décadas de relativo bienestar hasta que el empantanamiento gerontocrático surgido del golpe de estado de Breznev desembocara en el criptocapitalismo de Gorbachov.

El patrón oro desaparece definitivamente el 15 de agosto de 1971. Lo que podía haber sido la gran oportunidad de la izquierda para congeniar políticas keynesianas y socialistas se vio truncada por la crisis del petróleo. Los niveles de inflación y de paro aumentaron debido a un aumento en el precio de las materias primas que nada tenía que ver con las políticas de pleno empleo, pero que sin embargo fue la oportunidad que la derecha utilizó para lanzar su gran ofensiva. 

Al electorado se le dijo que las políticas de pleno empleo y de bienestar eran políticas confiscatorias que expoliaban el dinero de las denodadas familias trabajadoras para transferirlo a los vagos y maleantes que decidían no trabajar. Así fue como la crisis del petróleo se llevó por delante a James Callaghan y a Jimmy Carter y dejó paso a la revolución neoliberal de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

 Por su parte, los partidos comunistas también fracasaron en sus intentos por defenderse del tsunami neoliberal. La URSS seguía embarrada en un modelo económico basado en un patrón oro que ya no existía, así como en una ley histórica que vaticinaba un colapso inevitable del capitalismo que nunca llegó a cumplirse. En occidente, el eurocomunismo intentó alejarse de dicha ley histórica y plantear una alternativa democrática hacia el socialismo.

 El fracaso del eurocomunismo se vio propiciado precisamente por su aceptación de que los impuestos financian el gasto público. La política fiscal pasó a ser la nueva forma tomada por la lucha de clases. Ya no se perseguía eliminar la propiedad privada de los medios de producción, sino llevar a cabo políticas redistributivas de la riqueza mediante la financiación de los estados del bienestar con el dinero recaudado de los impuestos.

El neoliberalismo ya tenía a toda la izquierda, tanto a la socialdemocracia como a lo que quedaba de los grandes partidos comunistas de posguerra, donde quería, es decir, defendiendo la mentira de que los impuestos financiaban el gasto público.

Para el neoliberalismo el resto del camino hasta el día de hoy ha sido muy sencillo. Los partidos de la derecha pasaron a ser los representantes de los trabajadores exitosos. Estos trabajadores defienden con orgullo que gracias a su esfuerzo y dedicación tienen trabajo. Por eso pueden proveer a sus familias de buenos estándares de vida. Se enorgullecen de no necesitar al sector público, al cual consideran como un expropiador de su dinero y de sus recursos. Para ellos, el sector público debe reducirse a la mínima expresión, ejército, policía, adjudicatura y poco más. El sector público es de pobres.

La izquierda se ha convertido en la opción de los marginales y de las clases medias con mala conciencia por, precisamente, haber logrado buenos estándares de vida en un sistema que consideran injusto, pero al cual ya no quieren renunciar. Por eso lavan su conciencia mediante la política fiscal. Pagar muchos impuestos es lo que nos tranquiliza por las noches para poder dormir, es la opción ética, es lo que nos reconecta con nuestros ideales de igualdad de nuestros orígenes, es, en definitiva, lo correcto.

Como no podía ser de otra manera, el que gana en este orden de cosas es siempre el neoliberalismo. Es la izquierda la que permanentemente tiene que hacer concesiones para ganarse a los electores de la derecha, nunca al contrario, y al final siempre gana la banca.

¿Dónde está la alternativa ganadora para la izquierda? En la obra de Warren Mosler y en la teoría monetaria moderna (TMM) en general. La TMM pone al descubierto el verdadero carácter del dinero fiduciario y su funcionamiento. Para empezar, los estados son los únicos emisores de moneda nacional. Por tanto, la moneda nacional utilizada para llevar a cabo el gasto público no surge de los impuestos, sino de los bancos centrales.

 Los estados no se pueden quedar sin su propia moneda por mucho que gasten, ya que el dinero no es una mercancía sino meros apuntes contables. Esto significa que todo aquello que esté a la venta en moneda nacional puede ser comprado por el Estado. Esto incluye la mano de obra desempleada.

 Por consiguiente, el Estado debería emplear a todo aquel que no encuentre trabajo mediante un plan de trabajo garantizado que sirva por una parte para garantizar el pleno empleo permanente por ley y por otra de estabilizador automático de los precios, de manera que el pleno empleo no implique un aumento de la inflación (punto débil de la propuesta keynesiana).

 En este orden de cosas, la inflación no aparecerá hasta superado el nivel de pleno empleo de los recursos reales de la economía. Ese punto, el de pleno empleo sin inflación (al que he bautizado como punto Lerner), es el que debe marcar el nivel de gasto público correcto. El nivel de déficit o de superávit público es irrelevante, lo único a lo que hay que atender es al pleno empleo sin inflación.

El modelo tributario que propone Mosler en su libro no es nada popular entre las mansiones de Galapagar, ya que se basa en un impuesto a los bienes inmuebles que sustituya a todos o la mayoría de impuestos actuales porque “hacer que se cumpla es mucho más sencillo, genera una demanda de gasto público más estable y no desincentiva las transacciones”. 

Una propuesta compatible con esta idea aplicada al caso de España la encontramos en el libro “La especulación inmobiliaria y el silencio de los Corderos” (de Fernando Scornik Gerstein y Fred Harrison). Allí encontramos una propuesta para reformar el impuesto sobre bienes inmuebles (IBI) según estas líneas:

  • Aumentar mucho el impuesto inmobiliario hasta que sea similar al de otros países europeos.
  • Disminuir otras cargas fiscales y establecer eximentes para viviendas modestas ocupadas por su propietario.
  • El impuesto inmobiliario debe recaer sobre el valor del suelo libre de mejoras, ya que es el suelo y no las mejoras el que aumenta de precio.
  • A medida que se aumente el impuesto inmobiliario deben ir bajando o desapareciendo otros impuestos.
  • Gravar el plusvalor de la tierra urbana para luchar contra la especulación.
  • Gran aumento de los gravámenes sobre las transacciones inmobiliarias especulativas, es decir, las que se hacen dentro de un cierto período de años tras la adquisición, tal como y como por ejemplo pasa en Alemania y Austria.

En el caso de las viviendas en propiedad y en régimen de alquiler abierto, el Estado debería gravarlas con respecto a su valor catastral actualizado. Por ejemplo, si el valor catastral del suelo y de la vivienda en propiedad de una persona fuera de un 1.000.000 €, esa persona tendría que pagar en impuestos todos los años 10.000 € si el IBI fuera del 1%, 20.000 € si el IBI fuera del 2 %, etc. Las personas que residan en régimen de alquiler abierto no pagarían impuestos al estado, ya que el impuesto a los bienes inmuebles se lo repercutiría el dueño de su vivienda en el alquiler.

 A esto habría que añadir una política de vivienda garantizada de manera que todo el mundo pueda tener acceso a una vivienda de alquiler público. Una propuesta de estas características la encontramos en el libro de Bernie Sanders “Nuestra Revolución”, donde este senador norteamericano propone que el precio del alquiler público no debe superar el 25% de los salarios de sus inquilinos, lo cual considero que es un nivel razonable. 

Esta propuesta sumada al pleno empleo garantizado mediante los planes de trabajo garantizado cumpliría los tres cometidos de los impuestos: daría valor al dinero del estado porque los alquileres públicos y el IBI tendrían que pagarse en moneda nacional, serviría para modular la demanda agregada y por tanto la inflación, y evitaría la especulación inmobiliaria porque los alquileres en régimen abierto y la venta de viviendas en propiedad tendrían que competir con la oferta de alquileres públicos.

El nivel correcto del IBI sería el que le permitiera al Gobierno mantener la estabilidad general de precios. Además, el fraude fiscal disminuiría enormemente.

Fijémonos ahora en el caso de El Rubius. Esta propuesta que acabo de exponer es actualmente imposible en España debido a su pertenencia al euro y a la Unión Europea. España utiliza el euro, pero no lo emite de manera soberana, por tanto el esquema de la TMM no puede darse a nivel práctico en nuestro país. La Unión Europea es el organismo de mayor calado dentro de la revolución conservadora expuesta anteriormente. Sus reglas fiscales imponen un límite de déficit del 3%. Esto limita la capacidad de gasto de los estados, ya que les impide decidir libremente su nivel de déficit.

 Por consiguiente, los países que como España pertenecen a la UE eligen libremente renunciar a la posibilidad de gasto vía déficit ilimitado que tienen los países soberanos. Eso hace que el gasto del sector público dependa de la recaudación de impuestos. Por tanto, es cierto que la decisión de El Rubius limita la capacidad de gasto de España, pero solo porque España ha decidido formar parte del proyecto reaccionario y neoliberal de la UE, y eso no es responsabilidad de El Rubius.

 A esto habría que añadir una política de vivienda garantizada de manera que todo el mundo pueda tener acceso a una vivienda de alquiler público. Una propuesta de estas características la encontramos en el libro de Bernie Sanders “Nuestra Revolución”, donde este senador norteamericano propone que el precio del alquiler público no debe superar el 25% de los salarios de sus inquilinos, lo cual considero que es un nivel razonable. 

Esta propuesta sumada al pleno empleo garantizado mediante los planes de trabajo garantizado cumpliría los tres cometidos de los impuestos: daría valor al dinero del estado porque los alquileres públicos y el IBI tendrían que pagarse en moneda nacional, serviría para modular la demanda agregada y por tanto la inflación, y evitaría la especulación inmobiliaria porque los alquileres en régimen abierto y la venta de viviendas en propiedad tendrían que competir con la oferta de alquileres públicos.

El nivel correcto del IBI sería el que le permitiera al Gobierno mantener la estabilidad general de precios. Además, el fraude fiscal disminuiría enormemente.

Fijémonos ahora en el caso de El Rubius. Esta propuesta que acabo de exponer es actualmente imposible en España debido a su pertenencia al euro y a la Unión Europea. España utiliza el euro, pero no lo emite de manera soberana, por tanto el esquema de la TMM no puede darse a nivel práctico en nuestro país. La Unión Europea es el organismo de mayor calado dentro de la revolución conservadora expuesta anteriormente. 

Sus reglas fiscales imponen un límite de déficit del 3%. Esto limita la capacidad de gasto de los estados, ya que les impide decidir libremente su nivel de déficit. Por consiguiente, los países que como España pertenecen a la UE eligen libremente renunciar a la posibilidad de gasto vía déficit ilimitado que tienen los países soberanos. Eso hace que el gasto del sector público dependa de la recaudación de impuestos. Por tanto, es cierto que la decisión de El Rubius limita la capacidad de gasto de España, pero solo porque España ha decidido formar parte del proyecto reaccionario y neoliberal de la UE, y eso no es responsabilidad de El Rubius."                     (Carlos García, redmmt, 29/01/21)

11/5/09

El final de la revolución conservadora, de la desregulación, de las privatizaciones

"Aunque los pilares ideológicos de la revolución thatcheriana comenzaron a alzarse bastante antes de su elección como primer ministro el 3 de mayo de 1979. Porque estamos hablando de revolución, ya que Margaret Thatcher solía repetir que la economía es solamente un instrumento para cambiar el modo de ver el mundo.

En un Reino Unido quebrantado por las políticas asistenciales del Partido Laborista, la doctrina neoliberal alienta la iniciativa privada. Como setas tras una noche de lluvia, surgen las pequeñas empresas. Un resurgir facilitado por la demolición de las cuotas fiscales, la más elevada de las cuales queda reducida al 40%, y por la privatización de los bienes estatales.

Durante varios años, Reino Unido vende sus joyas: escuelas, parques, hospitales, y hasta los transportes y la telefonía acaban en manos privadas. Las cajas del Estado se hinchan y la política monetaria se convierte en un ejercicio contable, tal y como había sugerido el gurú del neoliberalismo, Milton Friedman, el economista más admirado por la Dama de Hierro.

Había terminado la era en la que se imprimía papel moneda para que tirase del vagón del Estado, y con ella las oleadas de inflación galopante.

Pero si alguien se beneficia mayormente de las nuevas políticas ése es el sector financiero. Con su Bing Bang, Margaret Thatcher abre las puertas de la City de Londres a los banqueros europeos y americanos. Un conjunto de desgravaciones fiscales, de incentivos monetarios y de relajación de controles transforma a la capital británica en el centro de negocios más dinámico y codiciado del mundo. Es el inicio de la desregulación.

El caballo de batalla del nuevo sistema económico pasa a ser la privatización, un virus entero y verdadero. Desde Londres, los bancos internacionales guían su contagio embolsándose cifras de vértigo mediante sus asesorías.

El modelo thatcheriano se presenta como el esquema económico de la globalización, un modelo que, sin embargo, funciona sólo en algunos países y que no resiste la prueba del tiempo. En Rusia crea la casta de los oligarcas; en Estados Unidos da vida a los abusos financieros que han arrastrado a la economía mundial a la recesión, y hasta en Reino Unido la herencia de la Thatcher consiste en el caos económico." LORETTA NAPOLEONI: Adiós a la Dama de Hierro. El País, ed. Galicia, Opinión, 09/05/2009, p. 29 )