"(...) El
3% de crecimiento compuesto anual (usualmente considerada la tasa de
crecimiento mínima aceptable para una economía capitalista saludable) es
cada vez menos posible de sostener sin recurrir a todo tipo de
ficciones (como las que han caracterizado a los mercados de acciones y
mercados financieros en las dos últimas décadas). (...)
La crisis actual se originó en las medidas adoptadas para resolver la crisis de los setenta. (...)
El corolario fue aumentar la rentabilidad de las
corporaciones financieras y encontrar nuevas formas de globalizar y,
supuestamente, absorber riesgos mediante la creación de mercados de
capital ficticios.
En el otro extremo de la escala social, esto
significó mayor confianza en la “acumulación por desposesión” como medio
para aumentar el poder de la clase capitalista. (...)
El
aumento de la demanda efectiva, de lo contrario menguada, mediante el
impulso de la economía de deuda (gubernamental, corporativa y del
mercado interno) hasta su límite máximo (especialmente en los Estados
Unidos y el Reino Unido, pero además en muchos otros países de Letonia a
Dubai).
La compensación de las tasas de retorno anémicas en la
producción por la construcción de toda una serie de mercados- burbuja de
activos, la cual tenía la impronta Ponzi [2] ,
culminó con la burbuja inmobiliaria que estalló en agosto de 2007.
Estas burbujas de activos se basaron en el capital financiero y fueron
facilitadas por las innovaciones financieras como los derivados y las
obligaciones de deuda con garantía u obligaciones de deuda colateral. (...)
¿Puede el capitalismo sobrevivir el
trauma actual? Sí. Pero ¿a qué costo? Esta pregunta encubre otra. ¿Puede
la clase capitalista reproducir su poder ante las dificultades
económicas, sociales, políticas y geopolíticas, y medioambientales? Una
vez más, la respuesta es un rotundo “sí”. (...)
Todo esto puede requerir
mucho más que un poco de represión política, violencia policial y
control estatal militarizado para reprimir los disturbios. (...)
Por
lo tanto, ¿qué pasará esta vez? Si vamos a volver a un crecimiento del
3%, entonces esto significa que debemos encontrar oportunidades globales
de inversión, nuevas y rentables, de 1,6 billones de dólares en 2010,
llegando a más de 3 billones de dólares en 2030. (...)
¿Qué espacios se dejan en la
economía mundial para los nuevos arreglos espaciales para la absorción
de excedentes de capital? China y el ex bloque soviético ya se han
integrado. Asia, meridional y sudoriental, se está atiborrando
rápidamente. África aún no está totalmente integrada, pero no hay otro
lugar con la capacidad de absorber todo este excedente de capital.
¿Qué
nuevas líneas de producción pueden abrirse para absorber el crecimiento?
Probablemente
no haya soluciones capitalistas efectivas de largo plazo (además de
revertir las manipulaciones de capital ficticio) a esta crisis del
capitalismo. (...)
El apalancamiento que
nos llevó a la crisis ha vuelto triunfal como si nada hubiera pasado.
Están en marcha innovaciones en las finanzas, como las nuevas formas de
paquetes de venta de pasivos de capital ficticio que son promovidas y
ofrecidas a las instituciones (como los fondos de pensión) desesperadas
por encontrar nuevas salidas para el capital excedente. Las ficciones
(así como los bonos) ¡han vuelto!. (...)
Si este es el esbozo de
la estrategia de salida casi con toda seguridad estaremos en otro lío en
cinco años. (...)
La pérdida de valor de
los activos en esta coyuntura (mediados de 2009) es, nos informa el
FMI, como mínimo de 55 billones de dólares, lo que equivale, casi
exactamente, a la producción mundial anual de bienes y servicios.
Entonces, ¿cuáles son las alternativas?.
Tiene largo tiempo el sueño de muchos en el mundo en que una alternativa a lai-racionalidad
capitalista pueda ser definida, y que se llegue a la racionalidad
mediante la movilización de las pasiones humanas en la búsqueda
colectiva de una vida mejor para todos. Estas alternativas –llamadas
históricamente socialismo o comunismo– han sido intentadas en distintos
momentos y lugares. En épocas anteriores, como la década del treinta, la
visión de una u otra de ellas funcionaba como un faro de esperanza.
Pero
en los últimos tiempos ambas han perdido su brillo, desestimadas no
sólo por el fracaso histórico de las experiencias comunistas en hacer
honor a sus promesas y por la inclinación de los regímenes comunistas a
encubrir sus errores por medio de la represión, sino también debido a
sus presupuestos incorrectos con respecto a la naturaleza humana y el
potencial de perfectibilidad de la personalidad humana y de las
instituciones humanas. (...)
A
largo plazo, esto no resultó ser próspero, pero, curiosamente, su
conversión en China (y su implementación temprana en lugares como
Singapur) ha demostrado ser mucho más exitosa que el modelo neoliberal
puro en la generación de crecimiento capitalista, por razones que no
pueden ser proporcionadas aquí.
Los intentos contemporáneos de revivir
la hipótesis comunista usualmente prescinden del control estatal y
buscan otras formas de organización social colectiva para desplazar a
las fuerzas del mercado y a la acumulación de capital como base para
organizar la producción y la distribución. Integrados horizontalmente en
red, a diferencia de los sistemas de mando jerárquico, la coordinación
de colectivos de productores y consumidores organizados ora de manera
autónoma, ora con gobierno propio, se vislumbra como el núcleo de una
nueva forma de comunismo.
Las tecnologías de
comunicación contemporáneas hacen que este sistema parezca factible. Se
pueden encontrar, en todo el mundo, toda clase de experiencias en
pequeña escala en la que tales formas económicas y políticas se están
construyendo. En esto hay una convergencia de algún tipo entre las
tradiciones marxista y anarquista que se remonta, en general, a la
situación de colaboración entre ellas de la década de 1860 en Europa. (...)
El
desarrollo desigual de las prácticas capitalistas en todo el mundo ha
producido, por otra parte, movimientos anticapitalistas en todos lados. (...)
Esto se aplica tanto a los
talibanes y al régimen comunista en Nepal como a los zapatistas en
Chiapas, los movimientos indígenas en Bolivia y los movimientos maoístas
en la India rural, aun cuando ellos vivan en mundos separados en lo que
hace a objetivos, estrategias y tácticas.
El problema central es
que, en conjunto, no hay un movimiento anticapitalista decidida y
suficientemente unificado que adecuadamente pueda impugnar la
reproducción de la clase capitalista y la perpetuación de su poder en el
escenario mundial.
Tampoco hay una forma obvia de atacar los bastiones
de privilegios de las élites capitalistas o de poner freno a su
desmesurado poderío financiero y militar. Si bien existen aperturas
hacia un posible orden social alternativo, en realidad, nadie sabe dónde
está ni qué es. Pero sólo porque no hay ninguna fuerza política capaz
de articular y mucho menos de construir su programa, ello no es razón
para claudicar en la proyección de alternativas.
La famosa pregunta de Lenin,
“¿qué hacer?”, no se puede responder, por cierto, sin una idea de
quiénes pueden hacerlo y dónde. Sin embargo, un movimiento
anticapitalista global es poco probable que surja sin cierta visión de
lo que hay que hacer y por qué. Existe un bloqueo doble: la falta de una
visión alternativa evita la formación de un movimiento de oposición,
mientras que la ausencia de tal movimiento se opone a la articulación de
una alternativa. ¿Cómo puede ser superado este bloqueo, entonces?
(...) La pregunta de Lenin exige una respuesta.
El
problema central que debe abordarse es suficientemente claro. El
crecimiento sostenido por siempre no es posible, y los problemas que han
afectado al mundo en estos últimos treinta años señalan que se avecina
el límite para la acumulación de capital y que no podrá ser superado sin
crear ficciones, poco o nada duraderas. (...)
Una
política revolucionaria que enfrente la acumulación ilimitada de
capital compuesto y que finalmente la desactive como el principal motor
de la historia humana requiere una comprensión sofisticada de cómo se
produce el cambio social.
El fracaso de esfuerzos anteriores para
construir un socialismo y comunismo duraderos debe ser evitado y las
lecciones de esa historia, enormemente complicada, deben ser aprendidas.
Sin embargo, también debe ser reconocida la necesidad absoluta de un
movimiento revolucionario anticapitalista coherente. El objetivo
fundamental de dicho movimiento social es asumir el mando tanto de la
producción como de la distribución de excedentes.
Necesitamos
urgentemente una teoría revolucionaria adecuada a nuestros tiempos.
Propongo una “teoría co-revolucionaria” derivada de la comprensión de lo
postulado por Marx acerca de cómo el capitalismo surgió del feudalismo.
El cambio social emerge mediante el despliegue dialéctico de las
relaciones entre los siete momentos del cuerpo político del capitalismo
visto como un conjunto, o como un conjunto de actividades y prácticas:
las formas tecnológicas y organizacionales de la producción, intercambio
y consumo; las relaciones con la naturaleza; las relaciones sociales
entre las personas; las concepciones mentales del mundo que abarcan
conocimientos, saberes culturales y creencias; los procesos específicos
de trabajo y producción de bienes, geografías, servicios o afectos;
convenios institucionales, legales y gubernamentales; y la conducta en
la vida cotidiana que sustenta la reproducción social.
Cada
uno de estos momentos es internamente dinámico y está intrínsecamente
marcado por tensiones y contradicciones (basta pensar en las
concepciones mentales del mundo), pero todos ellos son co-dependientes y
co-evolucionan interrelacionadamente. La transición al capitalismo
implica un movimiento de apoyo mutuo a través de los siete momentos. (...)
Cuando
el capitalismo se somete a una de sus fases de renovación lo hace
precisamente por la co-evolución de todos los momentos, obviamente, no
sin tensiones, luchas, peleas y contradicciones.
Pero consideremos cómo
estos siete momentos se configuraban alrededor de 1970, antes de la
aparición neoliberal, y consideremos cómo se ven ahora y sabrán que
todos han cambiado de manera tal que redefinen las características
operativas del capitalismo visto como una totalidad no hegeliana.
Un
movimiento político anticapitalista puede empezar en cualquiera de
estos momentos (en los procesos de trabajo, alrededor de concepciones
mentales, en la relación con la naturaleza, en las relaciones sociales,
en el diseño de tecnologías y formas de organización revolucionarias, en
la vida cotidiana o por medio de intentos de reformar las estructuras
institucionales y administrativas, como así también la reconfiguración
de los poderes del Estado).
El truco es mantener el
movimiento político desplazándose de un momento a otro mediante el
refuerzo mutuo. Así fue como el capitalismo surgió del feudalismo y así
es como algo radicalmente diferente que se llama comunismo, socialismo o
lo que sea necesario, surgirá del capitalismo. (...)
Las
posibilidades futuras viables surgen del estado de relaciones existente
entre los diferentes momentos. Las intervenciones políticas
estratégicas dentro y a través de las esferas pueden gradualmente mover
el orden social hacia un camino de desarrollo diferente. Eso es lo que
los líderes sabios e instituciones de avanzada hacen todo el tiempo en
situaciones localizadas, así que no hay razón para pensar que existe
algo particularmente fantástico o utópico en cuanto a actuar de esta
forma.
La izquierda debe buscar construir alianzas
entre y a través de aquellos que trabajan en las diferentes esferas. Un
movimiento anticapitalista tiene que ser mucho más amplio que grupos
movilizándose en torno a las relaciones sociales o en torno a las
cuestiones de la vida cotidiana en sí mismas. Las hostilidades
tradicionales entre, por ejemplo, aquellos con pericia técnica,
científica y administrativa, y aquellos que animan a los movimientos
sociales en las bases, tienen que resolverse y superarse. Ahora tenemos a
mano, en el caso del movimiento en torno al cambio climático, un
ejemplo significativo sobre cómo tales alianzas pueden comenzar a
funcionar. (...)
En cualquier movimiento
de transición, sin embargo, debe haber al menos algunos objetivos
comunes. Algunas normas generales pueden establecerse como guía.
Éstas
podrían incluir (y las menciono aquí meramente para ser discutidas)
respeto a la naturaleza, igualitarismo radical en las relaciones
sociales, arreglos institucionales basados, en algún sentido, en el
interés y la propiedad común, procedimientos administrativos
democráticos (contrarios a los esquemas monetizados fraudulentos que
existen hoy), procesos de trabajo organizados por procedimientos
directos, la vida cotidiana como libre exploración de nuevos tipos de
relaciones sociales y acuerdos de convivencia, concepciones mentales
enfocadas en la autorrealización en servicio a los demás e innovaciones
tecnológicas y organizativas orientadas hacia la búsqueda del bien común
en lugar del apoyo al poderío militar, la vigilancia y el egoísmo
corporativo.
Estos serían puntos co-revolucionarios en torno a los
cuales la acción social podría converger y girar. ¡Por supuesto que es
utópico! ¡Y qué! No podemos darnos el lujo de no serlo. (...)
Para que
esto suceda se necesita una revolución en el pensamiento, en lugares tan
diversos como las universidades, los medios de comunicación y el
gobierno, así como dentro de las propias instituciones financieras. (...)
La estructura actual de conocimientos es claramente
disfuncional y evidentemente ilegítima. La única esperanza es que una
nueva generación de estudiantes perceptivos (en el sentido amplio de
todos aquellos que buscan conocer el mundo) lo vea claramente e insista
en cambiarlo. Esto sucedió en la década del sesenta.
En varios
puntos críticos de la historia, los estudiantes inspiraron movimientos,
reconociendo la disyunción entre lo que sucede en el mundo y lo que se
les enseña y muestra desde los medios de comunicación, y estuvieron
dispuestos a hacer algo al respecto. Hay indicios de tal movimiento (...)
En términos más amplios, ¿qué pasaría si un movimiento
anticapitalista fuese constituido a partir de una amplia alianza entre
los alienados, los descontentos, los marginados y los desposeídos? La
imagen de todas esas personas por todas partes, que se levantan, exigen y
alcanzan un lugar apropiado en la vida social, política y económica,
está sucediendo de hecho. También ayuda a concentrarse en la cuestión de
qué es lo que pueden demandar y qué es lo que hay que hacer. (...)
En la actualidad, hay un gran número de ONG
que juegan un papel político que apenas era visible antes de mediados de
la década del setenta. (...) Pero el cambio
revolucionario por las ONG es imposible. Están demasiado ajustadas a la
política y a las posturas políticas de sus donantes. (...)
La segunda gran tendencia
de la oposición surge de los anarquistas, autonomistas y organizaciones
de base, que rechazan financiamiento externo, incluso cuando algunos de
ellos se basan en instituciones alternativas (tales como la Iglesia
Católica, con su iniciativa de “comunidad de base” en América Latina
para ampliar el patrocinio de la iglesia a la movilización política en
los centros urbanos de los Estados Unidos).
Este grupo está lejos de ser
homogéneo (de hecho, hay fuertes disputas entre ellos, picas, por
ejemplo, la de los anarquistas sociales contra los que tildan
cáusticamente como de mero “estilo de vida” anarquista).
Hay, sin
embargo, una antipatía común de negociación con el poder del Estado y
un énfasis en la sociedad civil como la esfera donde el cambio se puede
lograr.
El poder de autoorganización de las personas
en las situaciones cotidianas que viven debe ser la base para cualquier
alternativa anticapitalista.La creación de redes horizontales es su
modelo de organización preferido. Las llamadas “economías solidarias”,
basadas en el trueque, sistemas de producción colectiva y local o
regional, son su forma político-económica preferida.
Normalmente
se oponen a la idea de que cualquier dirección central podría ser
necesaria y rechazan las relaciones sociales jerárquicas o las
estructuras jerárquicas de poder político, junto con los partidos
políticos convencionales. Organizaciones de este tipo se pueden
encontrar en todas partes y en algunos lugares han alcanzado un alto
grado de prominencia política.
(...) Pero la eficacia de
todos estos movimientos (dejando de lado sus franjas más violentas) está
limitada por su resistencia y su incapacidad de convertir su activismo
en formas de organización a gran escala capaces de enfrentar problemas
globales.
La presunción de que la acción local es el único nivel
de cambio significativo y que cualquier cosa que huela a jerarquía es
contrarrevolucionaria se torna autodestructiva cuando se trata de
cuestiones mayores. Sin embargo, estos movimientos proporcionan,
incuestionablemente, una base amplia para la experimentación con
políticas anticapitalistas.
La tercera posición o
tendencia general está dada por la transformación que viene ocurriendo
en la organización laboral tradicional y en los partidos políticos de
izquierda, que van desde las tradiciones sociales democráticas a formas
más radicales, trotskista y comunista, de organización de partidos
políticos. Esta tendencia no es hostil a la conquista del poder estatal o
a las formas jerárquicas de organización.
De hecho,
se refiere a este último como necesario para la integración de la
organización política mediante una variedad de escalas políticas. (...)
En los
años en que la socialdemocracia era hegemónica en Europa y aún
influyente en los Estados Unidos, el control estatal sobre la
distribución del excedente se convirtió en una herramienta crucial para
reducir las desigualdades. (...)
Una forma de mirar al
neoliberalismo, como se ha señalado, es como a un movimiento muy
revolucionario y muy grande (encabezado por la autoproclamada figura
revolucionaria, Margaret Thatcher) encargado de privatizar los excedentes o de al menos prevenir más su socialización. (...)
La actuación del Partido Verde
Alemán en el poder ha sido poco estelar en relación con su postura
política fuera del poder, y los partidos socialdemócratas han perdido
completamente el camino de una verdadera fuerza política. Sin embargo,
los partidos políticos de izquierda y los sindicatos todavía son
importantes y su toma de posesión de aspectos del poder estatal, como el
Partido de los Trabajadores en Brasil o el movimiento bolivariano en
Venezuela, ha tenido un claro impacto en el pensamiento de izquierda, no
sólo en América Latina.
El problema complicado de cómo interpretar el
papel del Partido Comunista Chino, con su control exclusivo sobre el
poder político, y cuáles podrían ser sus políticas futuras, no es fácil
de resolver tampoco. (...)
La
cuarta tendencia general está constituida por todos los movimientos
sociales que no estén guiados por alguna filosofía política en
particular o tendencias, sino por la necesidad pragmática de resistir el
desplazamiento y el despojo (mediante el aburguesamiento, el desarrollo
industrial, la construcción de represas, la privatización del agua, el
desmantelamiento de servicios sociales y las oportunidades de educación
pública, o lo que sea).
Esta instancia focaliza en
la vida cotidiana en la ciudad, pueblo, aldea o en lo que provea una
base material para la organización política contra las amenazas que las
políticas estatales y los intereses capitalistas invariablemente
plantean a las poblaciones vulnerables. Estas formas de protesta
política son masivas.
Una vez más, hay una amplia gama de
movimientos sociales de este tipo, algunos de los cuales pueden
radicalizarse con el tiempo a medida que sean cada vez más conscientes
de que los problemas son sistémicos y no particulares y locales.
La
puesta en común de esos movimientos sociales en alianzas por las
tierras –como la Vía Campesina, el Movimiento Sin Tierra (MST) de
campesinos de Brasil o los campesinos en la India que se movilizan
contra la apropiación de tierra y recursos por parte de las
corporaciones capitalistas– o en contextos urbanos –el derecho a la vida
digna en la ciudad y los movimientos de recuperación de tierras en
Brasil y ahora en los Estados Unidos– sugiere que el camino puede estar
abierto para crear alianzas más amplias, para debatir y confrontar a las
fuerzas sistémicas que sustentan las particularidades del
aburguesamiento, la construcción de represas, la privatización o lo que
sea. Más pragmáticos antes que impulsados por preconceptos ideológicos,
estos movimientos, sin embargo, pueden llegar a entendimientos
sistémicos desde su propia experiencia. (...)
Este es el terreno donde tiene mucho que
decir la figura del “intelectual orgánico”, que es muy representativa y
parte fundamental en la obra de Antonio Gramsci, los autodidactas que
llegan a entender el mundo inmediato a través de experiencias difíciles
pero que forman su comprensión del capitalismo en general.
Escuchar
a los líderes campesinos del MST en Brasil o a los dirigentes del
movimiento anticorporativo de apropiación de tierras en la India es una
educación privilegiada. En este caso, la tarea de alienados y
descontentos educados es ampliar la voz subalterna de manera tal que se
pueda prestar atención a las circunstancias de explotación y represión y
a las respuestas que se pueden formar en un programa de lucha
anticapitalista.
El quinto epicentro para el cambio
social reside en los movimientos emancipatorios en torno a cuestiones de
identidad –mujeres, niños, homosexuales, razas y minorías étnicas y
religiosas demandan un mismo lugar bajo el sol– junto con la amplia gama
de movimientos medioambientales que no son explícitamente
anticapitalistas.
Los movimientos que reclaman
emancipación en cada uno de estos temas son geográficamente desiguales y
a menudo están espacialmente divididos en términos de necesidades y
aspiraciones, pero las conferencias mundiales sobre los derechos de la
mujer (Nairobi en 1985, que condujo a la declaración de Beijing de 1995)
y el anti-racismo (la conferencia más polémica fue la de Durban en
2009) están tratando de encontrar un terreno común, como es cierto
también de las conferencias del medio ambiente y no hay duda de que las
relaciones sociales están cambiando a lo largo de todas estas
dimensiones por lo menos en algunas partes del mundo.
Cuando son
enunciados en estrechos términos esencialistas, estos movimientos pueden
parecer antagónicos a la lucha de clases. Ciertamente, en gran parte de
la academia se arrogan un lugar de privilegio a expensas del análisis
de clase y la economía política, pero la feminización de la fuerza
laboral global, la feminización de la pobreza en casi todas partes y el
uso de las diferencias de género como medio de control laboral hacen que
la emancipación y la eventual liberación de la mujer de sus represiones
sea una condición necesaria para enfocar más definidamente la lucha de
clases. La misma observación se aplica a todas las otras formas de
identidad donde se encuentran la discriminación o la represión pura y
simple.
El racismo y la opresión de mujeres y niños fueron
fundacionales para el surgimiento del capitalismo, pero el capitalismo,
tal como en la actualidad se constituye, en principio, puede sobrevivir
sin estas formas de discriminación y opresión, aunque su capacidad
política para hacerlo se vería gravemente disminuida, si no herida de
muerte, frente a una fuerza de clase más unificada.
El abrazo
modesto del multiculturalismo y los derechos de la mujer dentro del
mundo corporativo, especialmente en los Estados Unidos, aporta algunas
pruebas del alojamiento del capitalismo en estas dimensiones del cambio
social (incluyendo el medio ambiente), aun cuando hace hincapié en la
relevancia de las divisiones de clase como principal dimensión de acción
política.
Estas cinco grandes tendencias no son mutuamente
excluyentes o exhaustivas de las plantillas de organización para la
acción política.
Algunas organizaciones combinan perfectamente
los aspectos de las cinco tendencias. Pero hay mucho trabajo por hacer
para unir a estas tendencias en torno a la cuestión subyacente: ¿puede
cambiar el mundo material, social, mental y políticamente, de tal manera
que sea enfrentado no sólo el mal estado de las relaciones sociales y
naturales en muchas partes del mundo sino también la persistencia del
crecimiento compuesto ilimitado?
Esta es la pregunta que deben insistir
en preguntar los alienados y descontentos, una y otra vez, incluso
cuando aprenden de los que experimentan el dolor directo y por lo cual
son tan adeptos a organizar resistencias a las graves consecuencias del
crecimiento compuesto. (...)
Los comunistas, Marx y Engels, afirmaban en su concepción original, expresada en El manifiesto comunista, no
tener partido político. Simplemente se constituyen en todo momento y en
todo lugar como aquellos que comprenden los límites, fracasos y
tendencias destructivas del orden capitalista, así como las innumerables
máscaras ideológicas y legitimaciones falsas que los capitalistas y sus
apologetas (particularmente en los medios de comunicación) producen
para perpetuar su poder singular de clase. (...)"
(Conferencia pronunciada en el Foro Social Mundial de 2010, Porto Alegre. Traducción de Eugenia Cervio, David Harvey, Socialismo21, Rebelión, 20/03/2013)