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3/10/22

La guerra de invierno que cambió la historia hace 90 años. O Roosevelt o Hitler... Y que ahora se está repitiendo

 "La guerra de Ucrania está sometiendo a Occidente, y a Europa en especial, a fuertes tensiones. Se avecina un invierno duro, salvo que el conflicto bélico acabe pronto, lo que no parece que vaya a suceder, y ese escenario plantea a los gobiernos un dilema claro respecto de cómo afrontar la crisis económica en la que estamos, y que se espera que sea más dura si el frío intenso hace acto de presencia.

El instante queda resumido en el diagnóstico de Raymond Torres, director de Coyuntura Económica de Funcas. Estamos en un momento en el que los problemas de redistribución son importantes porque "una asimetría pronunciada del reparto de los costes de la inflación tendría un fuerte impacto social y económico". Por eso, "muchos gobiernos y muchos expertos, como el economista jefe del BCE, han decidido redistribuir, incluso mediante mecanismos de mercado, como la intervención de precios".

 Pero, por otra parte, "el margen de maniobra para este tipo de políticas, con la naturaleza estanflacionaria de la crisis energética y en un contexto de deuda elevada alta, es escaso. Es una situación paradójica". De cómo se resuelva este dilema, si se continúa con políticas de ayuda y de reforma del mercado, o se regresa a la ortodoxia pronto dependerá el futuro de las poblaciones occidentales, y principalmente de las europeas.

La 'guerra de invierno'

Este dilema se planteó en términos muy similares hace 90 años en EEUU: ¿qué se debe hacer en una economía que ha entrado en crisis? ¿Cómo afrontarla? La respuesta se dio en las elecciones celebradas el 8 de noviembre de 1932. Franklin Delano Roosevelt fue elegido presidente con una mayoría aplastante gracias a que había prometido un cambio radical de la política económica: debía sacar a su país de la Gran Depresión y estaba apostando por una fuerte intervención estatal para recuperar el nivel de vida de sus ciudadanos. Roosevelt debía afrontar muchas resistencias, pero entendió que, para estabilizar el sistema y aplacar las tentaciones comunistas y, sobre todo, las autoritarias, que estaban apareciendo en su país, eran imprescindibles políticas que generasen empleo y actividad económica, a pesar de que eso supusiera una mayor inversión estatal.

Roosevelt no tomó posesión del cargo hasta el 4 de marzo de 1933. Fueron cuatro intensos meses, que dieron lugar a lo que el historiador Eric Rauchway ha denominado ‘guerra de invierno’ ('Winter War', ed. Basic Books), en los que FDR hubo de hacer frente a todo tipo de presiones. Hoover, el presidente en funciones, puso todo tipo de obstáculos a lo que Roosevelt representaba e inició una fuerte oposición interna para conseguir que el presidente electo tomase otra dirección. Pero no fue eso lo más grave: en febrero de 1933, Roosevelt sufrió un intento de asesinato que falló porque una mujer desvió la pistola del asesino. Las cinco balas disparadas acabaron con la vida del alcalde de Chicago, presente en la comitiva presidencial. Además de las amenazas físicas, Roosevelt tuvo que afrontar otra clase de riesgos: las tentaciones autoritarias habían penetrado en parte de las élites estadounidenses, y ese invierno fue cuando más cerca estuvo de concretarse en un giro político que sintonizaba con el fascismo europeo. Tras esos turbulentos meses, FDR comenzó la implantación del New Deal.

Hasta entonces, la respuesta estadounidense había sido ortodoxa. Hoover reaccionó a la depresión con una serie de medidas que intentaron paliar los efectos negativos con el apoyo a algunas industrias nacionales y al ámbito financiero, y con la convicción de que los salarios no debían bajar. Sin embargo, tales medidas resultaron contraproducentes porque, como bien describe Andreu Espasa en ‘Historia del New Deal’, el entonces presidente se negó a reconocer cualquier problema en el modelo de crecimiento de los años 20. Insistió en que la depresión estaba causada por las disfunciones europeas, por lo que no tenía sentido plantear ninguna reforma sustancial de la economía estadounidense. Además, esa visión, según la cual las crisis servían para eliminar a las empresas menos eficientes, por lo que no tenía sentido interferir en esa necesaria purga, era la adoptada, en última instancia, por Hoover. Las medidas no funcionaron, y los cambios empezaron a llegar únicamente cuando Roosevelt desarrolló su novedoso programa.

El invierno que llevó a la guerra

El mismo dilema se había planteado en Europa, pero la respuesta elegida fue en dirección contraria. Cada país introdujo sus variantes, pero en esencia fue la opuesta a la estadounidense. Resulta especialmente relevante el ejemplo alemán, ya que era una gran potencia que estaba pasando graves apuros, en buena parte por la retirada de apoyo financiero estadounidense cuando la Gran Depresión estalló. Allí, el canciller Heinrich Brüning, el centrista que se había colocado al frente del Gobierno, apostó por el camino estándar: políticas antiinflacionistas, recorte de gastos estatales y bajada de los costes laborales. La idea era sanear la economía y, una vez conseguido ese propósito, conseguir que la inversión regresara.

El temor a la hiperinflación que Alemania había sufrido apenas 10 años antes permitió que esas políticas fueran acogidas también por el partido socialdemócrata, que, además, percibía a Brüning como la última línea de defensa frente al ascenso de Hitler.

El Estado alemán se hizo más rígido y menos democrático: Brüning tuvo que gobernar a golpe de decreto. Necesitaba ese margen de acción porque había apostado por aumentar los impuestos, reducir los beneficios sociales, recortar el número de funcionarios del Gobierno y los salarios de quienes conservaron el empleo, por lo que tuvo que lidiar con resistencias internas y con descontento social, como explica Eric D. Weitz en ‘La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia’ (Ed. Turner). Su sucesor en 1932, Franz von Papen, continuó la misma línea, y el último canciller de la República, Kurt von Schleicher, solo duró en el cargo un mes. Hindenburg nombró canciller a Hitler el 30 de enero de 1933.

Las semejanzas con Alemania

Un examen del contexto germano desde el punto de vista social resulta ilustrativo por las semejanzas que puede guardar con nuestra época. Alemania había sufrido dos grandes crisis, la posterior a la I Guerra Mundial, dadas las cargas que tuvo que soportar, y la hiperinflación de 1923. La recuperación de los años posteriores se vio frenada de golpe en 1929 y, en esos seis años, la situación de sus ciudadanos no había mejorado en exceso. Entonces, sufrieron un nuevo golpe económico.

Incluso en los años buenos, en la época dorada de los 20, los despidos se habían incrementado. Quizá los salarios subieran, pero también el paro. Como bien describe Weitz, había dos sectores especialmente afectados: los jóvenes, que tenían muy difícil encontrar un espacio en el mercado laboral, y los trabajadores de más edad, que eran percibidos como incapaces de ajustarse a los nuevos ritmos de trabajo. La productividad había aumentado a finales de la década respecto de 1923 gracias a dos factores perversos: se habían reducido las plantillas al mismo tiempo que se exigía mayor producción, y había regresado el trabajo a destajo. Como las retribuciones del mismo eran bajas, los operarios debían trabajar más, y más rápido, para alcanzar un salario razonable. El resultado no solo incrementó la productividad, también las presiones cotidianas y los accidentes laborales.

Las mujeres fueron parte importante en la mano de obra de aquellos años, dado que, al ser su salario más bajo, unas dos terceras partes de lo que percibía un varón, se las consideraba rentables. Puesto que ellas realizaban, además, las tareas del hogar, sus jornadas eran interminables: formaban parte de ese pueblo que se levantaba a las cinco y media de la mañana y no se acostaba hasta las 11 de la noche. Era un país que no dormía lo suficiente y que no tenía tiempo para descansar. Alemania se desenvolvía entre la desvitalización de los parados y la hiperactividad de los empleados, y era la primera más frecuente entre los hombres y la segunda entre las mujeres.

Si los sectores industriales no vivían buenos momentos, tampoco los demás. Los empleados por cuenta ajena, en especial si trabajaban en grandes empresas, vivían en un entorno jerárquico y muy disciplinado, en el que se generaban escasas posibilidades de ascender. Los cargos directivos estaban copados por una élite ligada por lazos familiares, educativos o de clase, cuyo nivel de vida era estable, porque permanecían en esos puestos hasta su jubilación. Muchos oficinistas se quedaban sin empleo a los 40 años, ya que, al igual que los obreros, eran percibidos como poco adaptados a unos ritmos de trabajo más veloces. El cambio era la constante: en 1930 solo la quinta parte de los asalariados realizaba las mismas tareas que habían llevado a cabo sus padres.

La suerte tampoco sonreía a las pequeñas y medianas empresas, muchas de las cuales desaparecieron. De los 11 millones de autónomos que estaban registrados en el censo de 1925, siete millones pertenecían al sector agrario. El resto, tenderos, artesanos y profesionales liberales, vivieron intensamente el aumento de costes y la competencia de las empresas de mayor tamaño, de modo que su subsistencia era precaria. Eran un grupo importante para el discurso político, en especial para la derecha, pero cuya realidad se había empobrecido sustancialmente."                   (Esteban Hernández , El Confidencial, 01/10/22) 

9/2/18

¿Qué hacer? Organizarse para la transición anticapitalista. Puntos co-revolucionarios en torno a los cuales la acción social podría converger: procedimientos administrativos democráticos, procesos de trabajo organizados por sistemas directos, la vida cotidiana como libre exploración de nuevos tipos de relaciones sociales, e innovaciones tecnológicas y organizativas orientadas hacia la búsqueda del bien común

"(...) El 3% de crecimiento compuesto anual (usualmente considerada la tasa de crecimiento mínima aceptable para una economía capitalista saludable) es cada vez menos posible de sostener sin recurrir a todo tipo de ficciones (como las que han caracterizado a los mercados de acciones y mercados financieros en las dos últimas décadas). (...)

La crisis actual se originó en las medidas adoptadas para resolver la crisis de los setenta.  (...)

El corolario fue aumentar la rentabilidad de las corporaciones financieras y encontrar nuevas formas de globalizar y, supuestamente, absorber riesgos mediante la creación de mercados de capital ficticios.
En el otro extremo de la escala social, esto significó mayor confianza en la “acumulación por desposesión” como medio para aumentar el poder de la clase capitalista. (...)

El aumento de la demanda efectiva, de lo contrario menguada, mediante el impulso de la economía de deuda (gubernamental, corporativa y del mercado interno) hasta su límite máximo (especialmente en los Estados Unidos y el Reino Unido, pero además en muchos otros países de Letonia a Dubai).

La compensación de las tasas de retorno anémicas en la producción por la construcción de toda una serie de mercados- burbuja de activos, la cual tenía la impronta Ponzi [2] , culminó con la burbuja inmobiliaria que estalló en agosto de 2007. Estas burbujas de activos se basaron en el capital financiero y fueron facilitadas por las innovaciones financieras como los derivados y las obligaciones de deuda con garantía u obligaciones de deuda colateral. (...)

¿Puede el capitalismo sobrevivir el trauma actual? Sí. Pero ¿a qué costo? Esta pregunta encubre otra. ¿Puede la clase capitalista reproducir su poder ante las dificultades económicas, sociales, políticas y geopolíticas, y medioambientales? Una vez más, la respuesta es un rotundo “sí”.  (...)

 Todo esto puede requerir mucho más que un poco de represión política, violencia policial y control estatal militarizado para reprimir los disturbios.  (...)


Por lo tanto, ¿qué pasará esta vez? Si vamos a volver a un crecimiento del 3%, entonces esto significa que debemos encontrar oportunidades globales de inversión, nuevas y rentables, de 1,6 billones de dólares en 2010, llegando a más de 3 billones de dólares en 2030.  (...)

¿Qué espacios se dejan en la economía mundial para los nuevos arreglos espaciales para la absorción de excedentes de capital? China y el ex bloque soviético ya se han integrado. Asia, meridional y sudoriental, se está atiborrando rápidamente. África aún no está totalmente integrada, pero no hay otro lugar con la capacidad de absorber todo este excedente de capital.

¿Qué nuevas líneas de producción pueden abrirse para absorber el crecimiento?
Probablemente no haya soluciones capitalistas efectivas de largo plazo (además de revertir las manipulaciones de capital ficticio) a esta crisis del capitalismo. (...)
El apalancamiento que nos llevó a la crisis ha vuelto triunfal como si nada hubiera pasado. Están en marcha innovaciones en las finanzas, como las nuevas formas de paquetes de venta de pasivos de capital ficticio que son promovidas y ofrecidas a las instituciones (como los fondos de pensión) desesperadas por encontrar nuevas salidas para el capital excedente. Las ficciones (así como los bonos) ¡han vuelto!. (...)
Si este es el esbozo de la estrategia de salida casi con toda seguridad estaremos en otro lío en cinco años. (...)

La pérdida de valor de los activos en esta coyuntura (mediados de 2009) es, nos informa el FMI, como mínimo de 55 billones de dólares, lo que equivale, casi exactamente, a la producción mundial anual de bienes y servicios. Entonces, ¿cuáles son las alternativas?.

Tiene largo tiempo el sueño de muchos en el mundo en que una alternativa a lai-racionalidad capitalista pueda ser definida, y que se llegue a la racionalidad mediante la movilización de las pasiones humanas en la búsqueda colectiva de una vida mejor para todos. Estas alternativas –llamadas históricamente socialismo o comunismo– han sido intentadas en distintos momentos y lugares. En épocas anteriores, como la década del treinta, la visión de una u otra de ellas funcionaba como un faro de esperanza.

Pero en los últimos tiempos ambas han perdido su brillo, desestimadas no sólo por el fracaso histórico de las experiencias comunistas en hacer honor a sus promesas y por la inclinación de los regímenes comunistas a encubrir sus errores por medio de la represión, sino también debido a sus presupuestos incorrectos con respecto a la naturaleza humana y el potencial de perfectibilidad de la personalidad humana y de las instituciones humanas. (...)

A largo plazo, esto no resultó ser próspero, pero, curiosamente, su conversión en China (y su implementación temprana en lugares como Singapur) ha demostrado ser mucho más exitosa que el modelo neoliberal puro en la generación de crecimiento capitalista, por razones que no pueden ser proporcionadas aquí. 

Los intentos contemporáneos de revivir la hipótesis comunista usualmente prescinden del control estatal y buscan otras formas de organización social colectiva para desplazar a las fuerzas del mercado y a la acumulación de capital como base para organizar la producción y la distribución. Integrados horizontalmente en red, a diferencia de los sistemas de mando jerárquico, la coordinación de colectivos de productores y consumidores organizados ora de manera autónoma, ora con gobierno propio, se vislumbra como el núcleo de una nueva forma de comunismo.
Las tecnologías de comunicación contemporáneas hacen que este sistema parezca factible. Se pueden encontrar, en todo el mundo, toda clase de experiencias en pequeña escala en la que tales formas económicas y políticas se están construyendo. En esto hay una convergencia de algún tipo entre las tradiciones marxista y anarquista que se remonta, en general, a la situación de colaboración entre ellas de la década de 1860 en Europa. (...)
El desarrollo desigual de las prácticas capitalistas en todo el mundo ha producido, por otra parte, movimientos anticapitalistas en todos lados. (...)


Esto se aplica tanto a los talibanes y al régimen comunista en Nepal como a los zapatistas en Chiapas, los movimientos indígenas en Bolivia y los movimientos maoístas en la India rural, aun cuando ellos vivan en mundos separados en lo que hace a objetivos, estrategias y tácticas.

El problema central es que, en conjunto, no hay un movimiento anticapitalista decidida y suficientemente unificado que adecuadamente pueda impugnar la reproducción de la clase capitalista y la perpetuación de su poder en el escenario mundial.

 Tampoco hay una forma obvia de atacar los bastiones de privilegios de las élites capitalistas o de poner freno a su desmesurado poderío financiero y militar. Si bien existen aperturas hacia un posible orden social alternativo, en realidad, nadie sabe dónde está ni qué es. Pero sólo porque no hay ninguna fuerza política capaz de articular y mucho menos de construir su programa, ello no es razón para claudicar en la proyección de alternativas.
La famosa pregunta de Lenin, “¿qué hacer?”, no se puede responder, por cierto, sin una idea de quiénes pueden hacerlo y dónde. Sin embargo, un movimiento anticapitalista global es poco probable que surja sin cierta visión de lo que hay que hacer y por qué. Existe un bloqueo doble: la falta de una visión alternativa evita la formación de un movimiento de oposición, mientras que la ausencia de tal movimiento se opone a la articulación de una alternativa. ¿Cómo puede ser superado este bloqueo, entonces?
(...) La pregunta de Lenin exige una respuesta.
El problema central que debe abordarse es suficientemente claro. El crecimiento sostenido por siempre no es posible, y los problemas que han afectado al mundo en estos últimos treinta años señalan que se avecina el límite para la acumulación de capital y que no podrá ser superado sin crear ficciones, poco o nada duraderas.  (...)

Una política revolucionaria que enfrente la acumulación ilimitada de capital compuesto y que finalmente la desactive como el principal motor de la historia humana requiere una comprensión sofisticada de cómo se produce el cambio social. 

El fracaso de esfuerzos anteriores para construir un socialismo y comunismo duraderos debe ser evitado y las lecciones de esa historia, enormemente complicada, deben ser aprendidas. Sin embargo, también debe ser reconocida la necesidad absoluta de un movimiento revolucionario anticapitalista coherente. El objetivo fundamental de dicho movimiento social es asumir el mando tanto de la producción como de la distribución de excedentes.
Necesitamos urgentemente una teoría revolucionaria adecuada a nuestros tiempos. Propongo una “teoría co-revolucionaria” derivada de la comprensión de lo postulado por Marx acerca de cómo el capitalismo surgió del feudalismo. El cambio social emerge mediante el despliegue dialéctico de las relaciones entre los siete momentos del cuerpo político del capitalismo visto como un conjunto, o como un conjunto de actividades y prácticas: las formas tecnológicas y organizacionales de la producción, intercambio y consumo; las relaciones con la naturaleza; las relaciones sociales entre las personas; las concepciones mentales del mundo que abarcan conocimientos, saberes culturales y creencias; los procesos específicos de trabajo y producción de bienes, geografías, servicios o afectos; convenios institucionales, legales y gubernamentales; y la conducta en la vida cotidiana que sustenta la reproducción social.
Cada uno de estos momentos es internamente dinámico y está intrínsecamente marcado por tensiones y contradicciones (basta pensar en las concepciones mentales del mundo), pero todos ellos son co-dependientes y co-evolucionan interrelacionadamente. La transición al capitalismo implica un movimiento de apoyo mutuo a través de los siete momentos. (...) 

Cuando el capitalismo se somete a una de sus fases de renovación lo hace precisamente por la co-evolución de todos los momentos, obviamente, no sin tensiones, luchas, peleas y contradicciones. 

Pero consideremos cómo estos siete momentos se configuraban alrededor de 1970, antes de la aparición neoliberal, y consideremos cómo se ven ahora y sabrán que todos han cambiado de manera tal que redefinen las características operativas del capitalismo visto como una totalidad no hegeliana.
Un movimiento político anticapitalista puede empezar en cualquiera de estos momentos (en los procesos de trabajo, alrededor de concepciones mentales, en la relación con la naturaleza, en las relaciones sociales, en el diseño de tecnologías y formas de organización revolucionarias, en la vida cotidiana o por medio de intentos de reformar las estructuras institucionales y administrativas, como así también la reconfiguración de los poderes del Estado).
El truco es mantener el movimiento político desplazándose de un momento a otro mediante el refuerzo mutuo. Así fue como el capitalismo surgió del feudalismo y así es como algo radicalmente diferente que se llama comunismo, socialismo o lo que sea necesario, surgirá del capitalismo. (...)

Las posibilidades futuras viables surgen del estado de relaciones existente entre los diferentes momentos. Las intervenciones políticas estratégicas dentro y a través de las esferas pueden gradualmente mover el orden social hacia un camino de desarrollo diferente. Eso es lo que los líderes sabios e instituciones de avanzada hacen todo el tiempo en situaciones localizadas, así que no hay razón para pensar que existe algo particularmente fantástico o utópico en cuanto a actuar de esta forma.
La izquierda debe buscar construir alianzas entre y a través de aquellos que trabajan en las diferentes esferas. Un movimiento anticapitalista tiene que ser mucho más amplio que grupos movilizándose en torno a las relaciones sociales o en torno a las cuestiones de la vida cotidiana en sí mismas. Las hostilidades tradicionales entre, por ejemplo, aquellos con pericia técnica, científica y administrativa, y aquellos que animan a los movimientos sociales en las bases, tienen que resolverse y superarse. Ahora tenemos a mano, en el caso del movimiento en torno al cambio climático, un ejemplo significativo sobre cómo tales alianzas pueden comenzar a funcionar. (...)
En cualquier movimiento de transición, sin embargo, debe haber al menos algunos objetivos comunes. Algunas normas generales pueden establecerse como guía.

Éstas podrían incluir (y las menciono aquí meramente para ser discutidas) respeto a la naturaleza, igualitarismo radical en las relaciones sociales, arreglos institucionales basados, en algún sentido, en el interés y la propiedad común, procedimientos administrativos democráticos (contrarios a los esquemas monetizados fraudulentos que existen hoy), procesos de trabajo organizados por procedimientos directos, la vida cotidiana como libre exploración de nuevos tipos de relaciones sociales y acuerdos de convivencia, concepciones mentales enfocadas en la autorrealización en servicio a los demás e innovaciones tecnológicas y organizativas orientadas hacia la búsqueda del bien común en lugar del apoyo al poderío militar, la vigilancia y el egoísmo corporativo. 

Estos serían puntos co-revolucionarios en torno a los cuales la acción social podría converger y girar. ¡Por supuesto que es utópico! ¡Y qué! No podemos darnos el lujo de no serlo. (...)

Para que esto suceda se necesita una revolución en el pensamiento, en lugares tan diversos como las universidades, los medios de comunicación y el gobierno, así como dentro de las propias instituciones financieras.  (...)


La estructura actual de conocimientos es claramente disfuncional y evidentemente ilegítima. La única esperanza es que una nueva generación de estudiantes perceptivos (en el sentido amplio de todos aquellos que buscan conocer el mundo) lo vea claramente e insista en cambiarlo. Esto sucedió en la década del sesenta. 

En varios puntos críticos de la historia, los estudiantes inspiraron movimientos, reconociendo la disyunción entre lo que sucede en el mundo y lo que se les enseña y muestra desde los medios de comunicación, y estuvieron dispuestos a hacer algo al respecto. Hay indicios de tal movimiento (...)

En términos más amplios, ¿qué pasaría si un movimiento anticapitalista fuese constituido a partir de una amplia alianza entre los alienados, los descontentos, los marginados y los desposeídos? La imagen de todas esas personas por todas partes, que se levantan, exigen y alcanzan un lugar apropiado en la vida social, política y económica, está sucediendo de hecho. También ayuda a concentrarse en la cuestión de qué es lo que pueden demandar y qué es lo que hay que hacer. (...)

En la actualidad, hay un gran número de ONG que juegan un papel político que apenas era visible antes de mediados de la década del setenta. (...) Pero el cambio revolucionario por las ONG es imposible. Están demasiado ajustadas a la política y a las posturas políticas de sus donantes. (...)

La segunda gran tendencia de la oposición surge de los anarquistas, autonomistas y organizaciones de base, que rechazan financiamiento externo, incluso cuando algunos de ellos se basan en instituciones alternativas (tales como la Iglesia Católica, con su iniciativa de “comunidad de base” en América Latina para ampliar el patrocinio de la iglesia a la movilización política en los centros urbanos de los Estados Unidos). 

Este grupo está lejos de ser homogéneo (de hecho, hay fuertes disputas entre ellos, picas, por ejemplo, la de los anarquistas sociales contra los que tildan cáusticamente como de mero “estilo de vida” anarquista).
Hay, sin embargo, una antipatía común de negociación con el poder del Estado y un énfasis en la sociedad civil como la esfera donde el cambio se puede lograr.
El poder de autoorganización de las personas en las situaciones cotidianas que viven debe ser la base para cualquier alternativa anticapitalista.La creación de redes horizontales es su modelo de organización preferido. Las llamadas “economías solidarias”, basadas en el trueque, sistemas de producción colectiva y local o regional, son su forma político-económica preferida.
Normalmente se oponen a la idea de que cualquier dirección central podría ser necesaria y rechazan las relaciones sociales jerárquicas o las estructuras jerárquicas de poder político, junto con los partidos políticos convencionales. Organizaciones de este tipo se pueden encontrar en todas partes y en algunos lugares han alcanzado un alto grado de prominencia política.

(...) Pero la eficacia de todos estos movimientos (dejando de lado sus franjas más violentas) está limitada por su resistencia y su incapacidad de convertir su activismo en formas de organización a gran escala capaces de enfrentar problemas globales.

La presunción de que la acción local es el único nivel de cambio significativo y que cualquier cosa que huela a jerarquía es contrarrevolucionaria se torna autodestructiva cuando se trata de cuestiones mayores. Sin embargo, estos movimientos proporcionan, incuestionablemente, una base amplia para la experimentación con políticas anticapitalistas.
La tercera posición o tendencia general está dada por la transformación que viene ocurriendo en la organización laboral tradicional y en los partidos políticos de izquierda, que van desde las tradiciones sociales democráticas a formas más radicales, trotskista y comunista, de organización de partidos políticos. Esta tendencia no es hostil a la conquista del poder estatal o a las formas jerárquicas de organización.
De hecho, se refiere a este último como necesario para la integración de la organización política mediante una variedad de escalas políticas. (...)

En los años en que la socialdemocracia era hegemónica en Europa y aún influyente en los Estados Unidos, el control estatal sobre la distribución del excedente se convirtió en una herramienta crucial para reducir las desigualdades.  (...)

Una forma de mirar al neoliberalismo, como se ha señalado, es como a un movimiento muy revolucionario y muy grande (encabezado por la autoproclamada figura revolucionaria, Margaret Thatcher) encargado de privatizar los excedentes o de al menos prevenir más su socialización. (...)

La actuación del Partido Verde Alemán en el poder ha sido poco estelar en relación con su postura política fuera del poder, y los partidos socialdemócratas han perdido completamente el camino de una verdadera fuerza política. Sin embargo, los partidos políticos de izquierda y los sindicatos todavía son importantes y su toma de posesión de aspectos del poder estatal, como el Partido de los Trabajadores en Brasil o el movimiento bolivariano en Venezuela, ha tenido un claro impacto en el pensamiento de izquierda, no sólo en América Latina. 

El problema complicado de cómo interpretar el papel del Partido Comunista Chino, con su control exclusivo sobre el poder político, y cuáles podrían ser sus políticas futuras, no es fácil de resolver tampoco.  (...)
La cuarta tendencia general está constituida por todos los movimientos sociales que no estén guiados por alguna filosofía política en particular o tendencias, sino por la necesidad pragmática de resistir el desplazamiento y el despojo (mediante el aburguesamiento, el desarrollo industrial, la construcción de represas, la privatización del agua, el desmantelamiento de servicios sociales y las oportunidades de educación pública, o lo que sea).
Esta instancia focaliza en la vida cotidiana en la ciudad, pueblo, aldea o en lo que provea una base material para la organización política contra las amenazas que las políticas estatales y los intereses capitalistas invariablemente plantean a las poblaciones vulnerables. Estas formas de protesta política son masivas.

Una vez más, hay una amplia gama de movimientos sociales de este tipo, algunos de los cuales pueden radicalizarse con el tiempo a medida que sean cada vez más conscientes de que los problemas son sistémicos y no particulares y locales.

La puesta en común de esos movimientos sociales en alianzas por las tierras –como la Vía Campesina, el Movimiento Sin Tierra (MST) de campesinos de Brasil o los campesinos en la India que se movilizan contra la apropiación de tierra y recursos por parte de las corporaciones capitalistas– o en contextos urbanos –el derecho a la vida digna en la ciudad y los movimientos de recuperación de tierras en Brasil y ahora en los Estados Unidos– sugiere que el camino puede estar abierto para crear alianzas más amplias, para debatir y confrontar a las fuerzas sistémicas que sustentan las particularidades del aburguesamiento, la construcción de represas, la privatización o lo que sea. Más pragmáticos antes que impulsados por preconceptos ideológicos, estos movimientos, sin embargo, pueden llegar a entendimientos sistémicos desde su propia experiencia. (...)

 Este es el terreno donde tiene mucho que decir la figura del “intelectual orgánico”, que es muy representativa y parte fundamental en la obra de Antonio Gramsci, los autodidactas que llegan a entender el mundo inmediato a través de experiencias difíciles pero que forman su comprensión del capitalismo en general.

Escuchar a los líderes campesinos del MST en Brasil o a los dirigentes del movimiento anticorporativo de apropiación de tierras en la India es una educación privilegiada. En este caso, la tarea de alienados y descontentos educados es ampliar la voz subalterna de manera tal que se pueda prestar atención a las circunstancias de explotación y represión y a las respuestas que se pueden formar en un programa de lucha anticapitalista.
El quinto epicentro para el cambio social reside en los movimientos emancipatorios en torno a cuestiones de identidad –mujeres, niños, homosexuales, razas y minorías étnicas y religiosas demandan un mismo lugar bajo el sol– junto con la amplia gama de movimientos medioambientales que no son explícitamente anticapitalistas.
Los movimientos que reclaman emancipación en cada uno de estos temas son geográficamente desiguales y a menudo están espacialmente divididos en términos de necesidades y aspiraciones, pero las conferencias mundiales sobre los derechos de la mujer (Nairobi en 1985, que condujo a la declaración de Beijing de 1995) y el anti-racismo (la conferencia más polémica fue la de Durban en 2009) están tratando de encontrar un terreno común, como es cierto también de las conferencias del medio ambiente y no hay duda de que las relaciones sociales están cambiando a lo largo de todas estas dimensiones por lo menos en algunas partes del mundo.

Cuando son enunciados en estrechos términos esencialistas, estos movimientos pueden parecer antagónicos a la lucha de clases. Ciertamente, en gran parte de la academia se arrogan un lugar de privilegio a expensas del análisis de clase y la economía política, pero la feminización de la fuerza laboral global, la feminización de la pobreza en casi todas partes y el uso de las diferencias de género como medio de control laboral hacen que la emancipación y la eventual liberación de la mujer de sus represiones sea una condición necesaria para enfocar más definidamente la lucha de clases. La misma observación se aplica a todas las otras formas de identidad donde se encuentran la discriminación o la represión pura y simple.

El racismo y la opresión de mujeres y niños fueron fundacionales para el surgimiento del capitalismo, pero el capitalismo, tal como en la actualidad se constituye, en principio, puede sobrevivir sin estas formas de discriminación y opresión, aunque su capacidad política para hacerlo se vería gravemente disminuida, si no herida de muerte, frente a una fuerza de clase más unificada.

El abrazo modesto del multiculturalismo y los derechos de la mujer dentro del mundo corporativo, especialmente en los Estados Unidos, aporta algunas pruebas del alojamiento del capitalismo en estas dimensiones del cambio social (incluyendo el medio ambiente), aun cuando hace hincapié en la relevancia de las divisiones de clase como principal dimensión de acción política.

Estas cinco grandes tendencias no son mutuamente excluyentes o exhaustivas de las plantillas de organización para la acción política.

Algunas organizaciones combinan perfectamente los aspectos de las cinco tendencias. Pero hay mucho trabajo por hacer para unir a estas tendencias en torno a la cuestión subyacente: ¿puede cambiar el mundo material, social, mental y políticamente, de tal manera que sea enfrentado no sólo el mal estado de las relaciones sociales y naturales en muchas partes del mundo sino también la persistencia del crecimiento compuesto ilimitado?

Esta es la pregunta que deben insistir en preguntar los alienados y descontentos, una y otra vez, incluso cuando aprenden de los que experimentan el dolor directo y por lo cual son tan adeptos a organizar resistencias a las graves consecuencias del crecimiento compuesto. (...)

Los comunistas, Marx y Engels, afirmaban en su concepción original, expresada en El manifiesto comunista, no tener partido político. Simplemente se constituyen en todo momento y en todo lugar como aquellos que comprenden los límites, fracasos y tendencias destructivas del orden capitalista, así como las innumerables máscaras ideológicas y legitimaciones falsas que los capitalistas y sus apologetas (particularmente en los medios de comunicación) producen para perpetuar su poder singular de clase. (...)"

(Conferencia pronunciada en el Foro Social Mundial de 2010, Porto Alegre. Traducción de Eugenia Cervio,  David Harvey, Socialismo21, Rebelión, 20/03/2013)

4/1/16

¡Que se vaya el patrón! 3 ejemplos de empresas recuperadas en Argentina

"(...) En los años 90, con el gobierno de Carlos Menem, el proceso de desindustrialización se acentúa y Argentina entra de lleno en el neoliberalismo. Las pequeñas y medianas empresas deben enfrentarse a las desfavorables condiciones económicas para la producción. 

En la mayoría de los casos están tan endeudadas con el Estado y con los propios trabajadores que el patrón abandona el negocio. En este punto, muchos trabajadores desocupados toman medidas de resistencia caracterizadas por su radicalidad, una radicalidad no menos extrema que la propia ofensiva gubernamental. 

En esta profunda crisis nace el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER). Durante el 2003 se recuperan 128 empresas en Argentina; en 2010 aumenta a 205. Actualmente, se calcula que existen unas 315 empresas recuperadas que cuentan con 13.000 trabajadores.

El cambio legislativo que facilitaría las cooperativizaciones


Uno de los primeros problemas que se enfrenta el movimiento de empresas recuperadas por sus trabajadores es encontrar un marco legal que les garantice el proceso de recuperación y puesta en marcha de la cooperativa. Precisamente la Federación Argentina de Cooperativas de Trabajadores Autogestionadas (FACTA), formada por 60 cooperativas de trabajo, se encarga de realizar una tarea de asesoramiento.

A día de hoy, la lucha continúa en el ámbito jurídico a la espera de una posible aprobación de la Ley de Expropiación Nacional impulsada por el propio movimiento. La propuesta, que actualmente se encuentra en la cámara de diputados de la nación, estipula que la propiedad se declare de utilidad pública y pueda ser expropiada a favor del Estado, que podría ceder el negocio a las cooperativas. El proyecto de ley autorizaría al gobierno a transferir los bienes expropiados y la entrega de la propiedad a la cooperativa durante el tiempo que se mantenga la actividad productiva.

¡El BAUEN es de todos!

Hace doce años que los trabajadores y trabajadoras del BAUEN reabrieron las puertas de uno de los hoteles más emblemáticos de Buenos Aires. Hoy día se han convertido en un icono del movimiento de empresas y fábricas recuperadas y un ejemplo de autogestión como alternativa al cierre sistemático de los puestos de trabajo. "La autogestión nace como una respuesta a la necesidad de conservar nuestro puesto de trabajo, pero con el tiempo se ha convertido en un valor añadido", explica María Delvalle, socia histórica del BAUEN.

 El hotel, ubicado a la céntrica Avenida Callao, se declaró en quiebra el mes de diciembre de 2001 dejando cerca de 100 trabajadores en la calle. Fue un momento muy difícil, pero gracias a la experiencia de otras recuperaciones y el apoyo de las redes de solidaridad, el 21 de marzo de 2003, un total de 20 extrabajadores decidieron ocupar el hotel y devolverlo a la vida. En la actualidad el BAUEN cuenta con una plantilla de 130 personas.
 
Durante el mes de julio de 2014, coincidiendo con la celebración de los once años de trabajo autogestionado, la cooperativa recibió la última de las múltiples ordenes de desalojo. Nuevamente sus socios siguieron movilizándose en todo el territorio con el grito que se ha convertido en la seña de identidad de su resistencia: "lucha, cultura y trabajo". Como asegura Marcelo Ruarte, socio de la cooperativa, "el Bauen es de todos".

El hotel construido en 1978 representa la herencia de una historia oscura que tiene su origen durante la dictadura argentina. Marcelo Iurcovich, presidente de la empresa Bauen S.A. se benefició de un crédito entregado en mano por el dictador Jorge Rafael Videla que nunca fue devuelto al Estado y que, finalmente, ha jugado a favor de los hoy trabajadores del nuevo hotel Bauen.

El pasado jueves 26 de noviembre el Congreso de diputados argentino entregó a la cooperativa de trabajadores la propiedad del hotel. El bloque de diputados Kirchneristas con la abstención de la mayoría de parlamentarios conservadores, que no se presentaron a la resolución, aprobó la expropiación de la empresa recuperada y transfirió todas sus competencias a los 130 trabajadores que forman la cooperativa.

La Casona, la recuperación en la actualidad


Son la una del mediodía y en el restaurante La Casona no cabe ni un alfiler. Es un lugar de tránsito para turistas y trabajadores de la zona. A tres calles del monumento del Obelisco, centro de Buenos Aires, nadie se imaginaría que este establecimiento debería cerrar por falta de solvencia económica. 

Desde el mes de julio del año pasado, este restaurante se ha convertido en una cooperativa, una muestra más de la consolidación de este movimiento. Anyelen Anorada, actual responsable de la administración, explica que, gracias al apoyo y asesoramiento que han recibido de otras empresas recuperadas, el proceso ha sido mucho más rápido de lo que esperaban. Ahora queda pendiente llegar a un acuerdo con el propietario del terreno.

Todo empezó cuando, sin previo aviso, la propietaria dejó de pagar las propinas y algunas mensualidades. Después, despidió varios empleados sin justificación, y finalmente se llevó mobiliario del restaurante. El padre de Anyelen, que hacía muchos años que trabajaba en La Casona, también fue despedido; entonces se dirigieron a la cooperativa Los Chanchitos, donde les informaron de la posibilidad de recuperar la empresa. 

 "Los compañeros que aún trabajaban nos pedían que nos apresurásemos ante la quiebra inminente". El día de la ocupación todo sucedió pacíficamente. "El abogado de la propietaria nos entregó las llaves y desde ese día funcionamos con la responsabilidad de decidir no por el beneficio individual, sino por el colectivo", relata la cooperativista.

Chilavert, una imprenta de puertas abiertas

"La cooperativa no solo es de los trabajadores, también es de la gente del barrio, es una cooperativa de puertas abiertas", nos cuenta un trabajador. La imprenta Chilavert llamada antes de la recuperación Gaglianone, ubicada en la misma calle Chilavert, en Buenos Aires, en cuyo interior del edificio hay un boquete de 25 centímetros a más de dos metros de altura, tapado ahora con ladrillos, que permitió a los trabajadores de la imprenta trabajar secretamente durante la ocupación mientras estaba sitiado por la Policía, era una empresa con 76 años de existencia en la que tan solo entraban a trabajar ocho trabajadores a lo largo del día. 

Hoy está abierta a toda la comunidad y en ella circulan alrededor de unas 90 personas entre los trabajadores de la imprenta, el bachillerato nocturno, el centro cultural y el centro de documentación de empresas recuperadas asociado a la Universidad de Buenos Aires.

 Plácido Peñarrieta, actual presidente de la cooperativa, explica como la imprenta se ha convertido en un lugar común para la comunidad: "Cuando conseguimos recuperar Chilavert en realidad no conocíamos a la gente que había estado ahí apoyándonos. 

Por eso decidimos que la imprenta también tenía que ofrecer un servicio para el barrio. Con el permiso del Ministerio de Educación de la Nación decidimos entre todos comenzar a gestionar un bachillerato para todos aquellos que aún no habían terminado la secundaria. Ahora nosotros trabajamos de día y ellos estudian de noche".
 
"A finales de los años 90 había una persona desocupada en cada familia y muchas fábricas cerradas. Después de meses sin pagarnos y de llevarse prácticamente toda la maquinaria, en abril de 2002 decidimos ocupar para evitar que se llevasen la máquina principal. Muchos vecinos del barrio, otros trabajadores del movimiento de empresas recuperadas, de los sindicatos y el gremio vinieron a ayudarnos. Más de 300 personas nos acompañaron para impedir el desalojo", explica Peñarrieta.

Diez meses más tarde la cooperativa consiguió la posesión legítima de la fábrica, en noviembre de 2004 la expropiación definitiva del edificio a manos del Estado, y en 2012 las indemnizaciones por los impagos. Actualmente, los 15 trabajadores están a la espera de la cesión oficial del edificio.

"La autogestión nace como respuesta a la necesidad de conservar el empleo, pero luego se convierte en un valor añadido, ya que todos los socios de la cooperativa tienen el mismo poder de decisión, y eso comporta más responsabilidad", concluye Peñarrieta. Chilavert es un ejemplo de como ese modelo de trabajo es sostenible, rentable y generador de nuevos puestos de trabajo. "Nosotros pasamos de la acción a la ideología, fuimos aprendiendo a medida que actuábamos".     

16/12/15

¿Podremos generar electricidad 100% renovable? Sí... Uruguay, Islandia, Costa Rica, Brasil o Noruega ya lo hacen. Se podría transitar a un sistema eléctrico 100% renovable en España, usando tecnologías disponibles en la actualidad

"(...) El 100% renovable es ciencia ficción. ¿Pero es esto cierto? ¿Es imposible garantizar un suministro eléctrico totalmente renovable con la tecnología existente? Pues bien, la respuesta es un rotundo no. En primer lugar, hay unos cuantos países que ya lo han hecho: Uruguay, Islandia, Costa Rica, Brasil o Noruega tienen un sistema eléctrico total o casi totalmente renovable. 

Estos casos son relativamente excepcionales, ya que todos estos países disponen de recursos renovables particularmente importantes. Sin embargo, sirven para ilustrar que no existe ninguna limitación fundamental o intrínseca, ni se necesita ninguna tecnología futurista para que un país de 200 millones de habitantes como Brasil produzca su electricidad sin emitir prácticamente CO2.

 Además, lo que realmente hace excepcionales a estos países es el tipo de recurso renovable del que disponen (hidroeléctrico, geotérmico), no su capacidad total de producción.

 En efecto, al contrario de lo que se suele pensar, el principal problema técnico que tienen que superar las energías renovables no es el de producir suficiente energía: con la actual tecnología fotovoltaica (FV) podríamos generar toda la electricidad que se consume en España con una superficie claramente inferior a la ocupada por carreteras. 

En un momento en que la FV ya compite en precio con las fuentes convencionales (y teniendo en cuenta que la suma de hidroeléctrica y eólica ya proporciona casi la mitad de nuestra electricidad), es evidente que la limitación en un país como el nuestro no viene de la capacidad de producción.

En realidad, el principal problema técnico que se debe resolver para lograr una penetración renovable muy alta es el de la controlabilidad: en un sistema eléctrico, las fuentes de generación deben equilibrar de manera instantánea la demanda de consumo, ya que de lo contrario se desperdiciaría energía o se producirían apagones. 

El problema está en que algunas fuentes renovables, como la FV y la eólica, dependen de la disponibilidad de su recurso (sol, viento), y por tanto no puede elegirse cuánta electricidad generan en un momento dado. Así pues, un sistema que estuviera basado sólo en eólica y FV tendría que tener suficiente potencia instalada para que, incluso en el momento de mínima generación –una noche con poco viento- se pudiera atender el máximo de consumo.

 Es fácil comprender que un sistema diseñado de esta manera estaría tremendamente sobredimensionado y resultaría difícil de sostener económicamente, y por eso se dice a menudo que las renovables necesitan fuentes fósiles “de respaldo” que cubran la demanda en esas situaciones. Afortunadamente, este caso extremo no es muy realista por dos motivos: 

en primer lugar, porque también existen fuentes renovables que pueden regularse perfectamente, tales como la hidroeléctrica (salvo en periodos de grave sequía), la geotérmica o las centrales térmicas de biomasa. Esto hace que los países que pueden cubrir la mayor parte de su demanda con estas tecnologías (como los mencionados antes) alcancen el 100% renovable sin problemas de controlabilidad.

 En segundo lugar porque, cuando la generación supera el consumo durante un pico de generación solar o eólica, es posible utilizar sistemas de almacenamiento para acumular el exceso de energía y reservarla para momentos en que estas fuentes no están disponibles.

 Para ello, el sistema más utilizado actualmente son las centrales de bombeo: dos embalses a distintas alturas que pueden funcionar como generador (dejando caer el agua a través de una turbina como una presa normal) o como almacén (bombeando agua de nuevo al depósito superior y convirtiendo así la energía eléctrica en energía potencial).

 Además, existen otras formas de almacenamiento en desarrollo (aire comprimido y baterías para control rápido; P2G [2] para almacenamiento a largo plazo) que ya han probado su viabilidad técnica y sólo requieren ser desarrolladas hasta un nivel comercial.

 Otro tanto ocurre con el coche eléctrico, que sería un caso particular de batería, y que empieza a ser más visible en nuestras calles.
En el caso de España, la situación es bastante favorable para el establecimiento de un sistema totalmente renovable: por un lado, disponemos de un recurso controlable considerable (un 16% de la energía generada en 2014 fue hidroeléctrica, frente al 3.5% de Alemania, por ejemplo). 

Por otro, el recurso eólico y la irradiación solar son altos (sobre todo en comparación con otros países europeos), por lo que el potencial de generación renovable es muy elevado. En una tesis doctoral publicada recientemente, y de la que resaltamos aquí algunos de los resultados principales, se describe cómo se podría transitar a un sistema eléctrico 100% renovable en España, empleando tan sólo tecnologías disponibles en la actualidad. 

Básicamente, la transición requeriría tres cambios principales: en primer lugar, un aumento sustancial pero no exagerado de la potencia renovable (sería necesario instalar aproximadamente 35 GW eólicos y 25 GW fotovoltaicos, frente a los cerca de 20 y 4,5 GW que se han instalado en la última década), que podría lograrse mediante la repotenciación de los parques eólicos más antiguos y la generalización de la FV en tejados mediante una legislación razonable en materia de autoconsumo. 

 En segundo lugar, la instalación de una cantidad moderada de renovable controlable adicional (unos 8-10 GW), típicamente centrales de biomasa (que podrían ser en parte ciclos combinados reconvertidos), geotérmicas o solares termoeléctricas con sales fundidas. 

Por último, un incremento de los sistemas de almacenamiento de unos 5 GW (de los que ya están en construcción o en proyecto al menos 3.3 GW). Hay que tener en cuenta que se trata de un programa de máximos: la complicación del sistema crece rápidamente a medida que uno se aproxima al 100% renovable. 

Si se mantuviera durante algún tiempo una pequeña cantidad de generación basada en ciclo combinado (un 10%, por ejemplo) dedicada exclusivamente a equilibrar el sistema, se reducirían en gran medida las infraestructuras de nueva construcción y se ganaría tiempo para implantar las medidas más complicadas.

Quizás lo más relevante de este estudio es que muestra que, en contra de lo que se suele pensar, en este mismo momento disponemos de la tecnología necesaria para generar toda la electricidad española de manera 100% renovable. Sería necesario, eso sí, llevar a cabo un programa de transición de cierta envergadura que tardaría dos o tres décadas en completarse.  (...)

Los motivos son exclusivamente políticos: tras dos décadas de desregulación neoliberal, el Estado español ha perdido casi cualquier capacidad para planificar o incluso influir directamente en el desarrollo del sistema eléctrico, que está en manos de un oligopolio verticalmente integrado [4] y dedicado únicamente a la búsqueda del beneficio a corto plazo, si es preciso por encima del interés general. 

 En ese sentido, la instalación de grandes cantidades de energía renovable no resulta económicamente rentable al oligopolio, que construyó en la pasada década un parque de centrales de ciclo combinado gravemente sobredimensionado. Y, por supuesto, la generalización del autoconsumo como método para fomentar la producción renovable choca frontalmente contra los intereses de estas empresas, que perderían una parte importante de su cuota de mercado. 

Por tanto, incluso aunque llegue al poder un Gobierno consciente de la importancia de esta cuestión (e incluso sin expresidentes en los consejos de administración de las eléctricas), la transición hacia el modelo 100% renovable, independientemente de su viabilidad tecnológica, no podrá ponerse en marcha mientras el sistema eléctrico siga respondiendo exclusivamente a la lógica de un mercado.

 Más aún, un sistema con una alta fracción de generación eólica y solar requerirá que toda la potencia controlable y toda la capacidad de almacenamiento disponibles se utilicen para equilibrar sus fluctuaciones de generación. Pero esto significa que la decisión de activar unas u otras fuentes de generación debe ser técnica (basada, por ejemplo, en un criterio de minimización de emisiones) y no económica. 

Esto no sólo es virtualmente imposible en un mercado marginalista como el actual sino que, a efectos prácticos, supone eliminar las prácticas especulativas de las que proviene buena parte de los beneficios del sector (los windfall profits suponen típicamente la mitad de los beneficios en España de las grandes eléctricas). No es sorprendente que hasta la nuclearizada Francia, que tiene un sistema eléctrico muy diferente al nuestro –pero a cambio retiene un considerable control público sobre su sistema eléctrico-, nos esté adelantando en la transición energética.

En definitiva, una electricidad completamente limpia está a la vez mucho más cerca y mucho más lejos de lo que se suele pensar: por un lado, la tecnología necesaria está lista o al alcance de la mano. 
Por otro lado, para poder utilizarla tenemos que romper el dogma neoliberal (que algunos parecen encontrar más inamovible que las leyes de la física) de que es aceptable que decisiones fundamentales para el futuro de toda la sociedad sean tomadas por un puñado de empresas que anteponen la perpetuación de su poder económico a todo lo demás. 
El verdadero problema que bloquea el camino es político, y no técnico: las fuerzas de mercado, por sí solas, nunca implantarán un modelo 100% renovable, o al menos no antes de que sea tarde, demasiado tarde. 
Ante una crisis energética y ecológica sin precedentes, los ciudadanos debemos tomar el control de algo tan crítico como el sistema eléctrico –ya sea indirectamente a través del Estado, o directamente a través del autoconsumo o la formación de cooperativas eléctricas- y reconstruirlo para asegurar el derecho a la energía a los que estamos aquí, y el derecho a un planeta habitable a los que están por venir."                 (Daniel Carralero, José Luis Velasco, Aída González, Econonuestra, 12/12/15)

4/1/13

Europa es la parte más guerrera y violenta del mundo. De lo que se trata es de realizar una refundación ciudadana del proyecto europeo

"Vamos a hablar del proyecto europeo, de porqué esta Unión Europea, tal como está diseñada, es inviable e inútil para afrontar los retos del siglo. (...)

Así que vamos a hablar primero de las razones que hacen inviable desde ese punto de vista a la actual Unión Europea, luego, de la respuesta ciudadana que habría que dar a esa realidad y acabaremos con una reflexión sobre la violencia y los riesgos que tal respuesta comporta para quienes la asumen. (...)

El motivo es que, desde el punto de vista de la historia universal de la guerra y la paz, Europa es la parte más guerrera y violenta del mundo. En los últimos quinientos años la historia europea salta de una guerra a otra, especialmente en los dos siglos que van de 1615 al fin de las guerras napoleónicas en 1815. En ese periodo las naciones europeas estuvieron en guerra una media de sesenta o setenta años por siglo. 

 Luego hubo un poco más de paz hasta 1914, si olvidamos la guerra de Crimea o la franco-prusiana, pero en ese periodo Europa continuó culminando la exportación de guerra y genocidio hacia fuera de sus fronteras con el holocausto colonial- imperial que fue la conquista del mundo no europeo. 

Además, en ese periodo de relativa paz interna Europa inventó la industrialización y con ella industrializó la guerra lo que la convirtió en algo mucho mas destructivo. Dos guerras mundiales de inusitada mortandad e incubadas en y por Europa, fueron el resultado.

La Unión Europea se creó, precisamente, para remediar la crónica pelea continental, que después de la Segunda Guerra Mundial ha dado lugar a 67 años de paz, una paz, sin embargo, tutelada por dos superpotencias en tensión nuclear, es decir una paz bajo vigilancia y presidida por un factor, el de la destrucción masiva, que representa el escalón superior de la estupidez humana. (...)

Constatamos que esa Europa “autónoma y mejor” y preconizadora de “otros valores”, ha apoyado, colaborado y participado en casi todo lo que reprochaba a su pariente histórico de ultramar. Es decir Europa sigue siendo imperialista y sus debilitadas naciones se unen, precisamente, para poder seguir siéndolo. Veamos la lista:
-Durante veinte años se ha excluido a Rusia de cualquier esquema de seguridad continental. Es decir se ha impedido cerrar la relación de guerra fría con el extremo oriente de Europa, tal como quería el malogrado proyecto de Gorbachov. 
 La ampliación al Este de la UE se hizo sobre un guión supervisado en Washington, según el cual el ingreso en la OTAN era la antesala de la Unión Europea.
- En cuanto la URSS dejó de ser percibida como amenaza, Europa se lanzó a la guerra. Doce días después del ingreso de Polonia, Hungría y Chequia en la OTAN, comenzó la campaña de Kosovo para acabar con Serbia como estado regional anómalo para la nueva disciplina continental. 
El belicismo y la manipulación mediática adquirieron en Europa niveles que se creían exclusivos de Estados Unidos. Por primera vez desde Hitler, tropas alemanas participaron, en los Balcanes, en un conflicto, y nada menos que en nombre de la prevención de nuevos Auschwitz y “genocidios”.
-En Irak la divergencia franco-alemana con Bush no impidió una colaboración en toda regla a nivel de logística, servicios secretos, torturas y centros secretos de detención de la “guerra contra el terror” que impide considerar como exclusivamente americanos asuntos como el de Guantánamo: los vuelos de la CIA atravesaron Europa desde Polonia hasta Rota, las cárceles secretas, las torturas y los secuestros implicaron complicidades de todo el mundo. (...)

-En Palestina, la UE ha sido incapaz de trabajar para la creación de un Estado Palestino, sin duda la medida más eficaz contra el radicalismo islámico en todo el mundo y un imperativo moral incontestable. Por el contrario, ha ido incrementando unas relaciones privilegiadas con Israel y ha incrementado su complicidad con esa comedia que llaman “proceso de paz” en Oriente Medio, basada en el apoyo al país ocupante y agresor.
- En Afganistán, la misma Europa que durante la guerra fría protestó y se negó a participar en Vietnam, se ha volcado con decenas de miles de soldados europeos metidos allá once años en esta guerra infame de treinta que no registra protestas.  (...)

-En Oriente Medio vivimos ahora las sanciones y amenazas contra Irán. Un intervencionismo creciente en la guerra civil de Siria que contribuye claramente a hacerla más sangrienta, que usa a fondo la habitual manipulación mediática y que da por completo la espalda a toda acción diplomática.
 El horizonte estratégico de este intervencionismo va más allá de Siria: complicar la vida a su aliado, Irán –objeto de sanciones por la sospecha de una ambición nuclear que, convertida en hecho conocido en el caso israelí se tolera sin problemas- y de paso complicar también el aprovisionamiento energético de China.
-Y todo esto está perfectamente interiorizado en el discurso europeo de la política exterior y de seguridad. En Alemania imponer el “acceso” (Zugriff) a los recursos energéticos globales es lo que da sentido a las misiones internacionales del Bundeswehr, afirma el discurso oficial.
 Hoy día no hay experto y analista de cualquier “centro de estudios estratégicos” del estáblishment, de Bruselas, Berlín o Londres, que no mencione el tema como algo rutinario, dando por supuesto que el militarismo es la respuesta a los retos del siglo. Lo llaman “nuevos desafíos” y la doctrina de la OTAN los quiere contrarrestar con acciones militares “preventivas” y “proactivas”, es decir agresiones, en todo el mundo.
Es decir, y concluyendo esta lista: en su relación con EE.UU, la Unión Europea desempeña en el mundo el papel que un primer ministro australiano definió para su país en Asia: el del “ayudante del Sheriff”. (...)
Siendo imperialista y practicando un manifiesto vasallaje hacia Estados Unidos, la actual Europa no puede ser un polo de poder independiente y autónomo en el mundo multipolar y muchos menos un polo benévolo por otras razones.
En primer lugar, como ha apuntado Samir Amin, porque Europa no puede ser unos Estados Unidos de Europa. Por un lado carece de recursos naturales comparables a los de grandes países como Estados Unidos o Rusia. Por el otro, a causa de su manifiesta falta de unidad interna, porque en Europa están presentes las tensiones y conflictos de intereses centro-periferia propios del desarrollo desigual.
 Europa contiene zonas y países que son Norte -Alemania y compañía- otros que son Sur -España, Italia, Portugal- y otros que son patio trasero y tercera categoría: la Europa oriental y balcánica con Grecia incluida. (1)
En segundo lugar Europa no puede ser ni siquiera una federación unitaria porque no existe un “pueblo europeo”. La identidad europea no existe ni se la espera. Haciendo un gran esfuerzo, españoles, italianos, griegos y franceses, pueden alcanzar cierta afinidad identitaria apelando a aspectos de su común tradición (ibérica, católica, la herencia latina-románica, o al mediterráneo). 
A partir de ahí, y como dicen los chinos, “con la perspectiva de varias generaciones”, quizá pudieran embarcarse en algo juntos hasta el punto de borrar sus diferencias. Es una cuestión de imaginación. 
Pero imaginar eso mismo conjuntamente con los finlandeses, los alemanes, los húngaros o los británicos, es decir metiendo juntos a mediterráneos, vikingos y hunos, es superar los límites de la fantasía más atrevida.
Y en tercer lugar, la Unión Europea no puede funcionar como proyecto que valga la pena por el motivo que todos percibimos: porque su burocracia ha tenido la osadía de pretender que un billete de banco, asistido por un sistema sanguíneo-circulatorio compuesto por intereses empresariales multinacionales generalmente dominados por países del Norte europeo, podía ser el corazón de esa identidad de fantasía.
El resultado de esa osadía ha sido una especie de monstruo del Profesor Frankestein que ha acelerado la gran desposesión de soberanía que toda Europa siente hoy. (...)

Así que por todas estas razones (imperialismo, falta de autonomía y recursos, desigualdad interna, ausencia de un pueblo europeo y de identidad común, y por ser un androide empresarial) esta Europa es, a la vez, imposible e inservible para los retos del siglo.
Una vez constatado esto, y recordando aquello que hace importante y necesario un proyecto europeo común (impedir la pelea secular de sus miembros), no hay más remedio que plantearse la pregunta del qué hacer.
II) De lo que se trata es de realizar una refundación ciudadana del proyecto europeo.
De puertas afuera, esa refundación debe impedir la pelea europea. El proyecto europeo no debe tener más ambición mundial que una negación: la de no contribuir al imperio. Si el proyecto europeo ha de ser imperialista, no lo queremos.
De puertas adentro el marco de esta refundación no debe ser “más Europa”, sino más soberanía popular-nacional. (...)
Por un lado tenemos el avance, en toda Europa, del chovinismo, la xenofobia y el desprecio por el débil y el emigrante, la ridiculización de la solidaridad y el afán de justicia (resumido en ese miserable concepto neocon que es el buenismo). Una perspectiva de la Europa parda de 1930, podríamos decir.
Por el otro lado tenemos el progreso de la protesta social y solidaria: Cuarenta sindicatos en 23 países participaron el 14 de noviembre en una “Jornada de acción y solidaridad” sin precedentes en Europa. 
Cotejado con el tamaño y la virulencia de la enorme involución socio-laboral que sufre el continente aquello fue poco y desigual, muy poco. Pero eso ya no es Europa 1930, sino una perspectiva 1848. (...)
¿Qué quiere decir una refundación ciudadana? Quiere decir una reconquista de la esfera económica y financiera que la política ha ido cediendo al capital en las últimas décadas. La UE ha sido diseñada como una autopista de la mundialización neoliberal.
 Pues bien, ahora se trata de combatirla con una desmundialización ciudadana que devuelva todo eso arrebatado a la política en los últimos treinta años, como dice Bernard Cassen.
Evidentemente todo esto plantea la pregunta del cómo.
Para eso es necesario crear un Frente Popular. Una gran unión, una gran alianza y un gran encuentro entre el mundo sindical, los subproletarios emigrantes y parados, la generación sin futuro y deshauciada, la gente mayor estafada tras una vida de trabajo, los sectores religiosos e intelectuales para los que la actual involución es intolerable desde el punto de vista de los principios éticos y morales.
Es fundamental la creación de nuevas fuerzas políticas y de programas. Hacen falta líderes, personas de todos estos ámbitos que representen y sean portavoces de esta refundación – de momento por ejemplo en Catalunya no tenemos líderes obreros ni sindicales dignos de tal nombre, pero curiosamente ha aparecido una de esas personas en el ámbito más inesperado: una hermana benedictina….
Esta refundación solo puede ser (en Europa y en el mundo) internacional e internacionalista, pero, a menos que queramos disolvernos en un sueño idealista de hermandad universal, su marco solo puede ser nacional. (...)
Para acabar, una reflexión sobre la violencia.
III) La Europa de hoy no es la del XIX, cuando cualquier avance social pagaba el precio de enormes cantidades de sangre y de violencia. En este continente mucho más rico, mucho más culto y demográficamente mucho más envejecido que el del siglo XIX, quien más quien menos tiene algo que perder. Eso sugiere que la no violencia popular tiene un nuevo sentido y grandes espacios a su favor. (...)
La experiencia histórica más reciente nos avisa del enorme potencial de violencia y provocación que tiene el estáblishment. (...)
Y hay que volver a leer todo lo que expone el Profesor suizo Daniele Ganser en su libro de 2005 sobre Gladio, la cada vez más documentada evidencia de la manipulación directa del terrorismo de los años setenta y ochenta por grupos vinculados a la OTAN -los peores atentados en Italia, Bélgica y Alemania lo fueron. 
Volver a escuchar la opinión de algunos antiguos miembros de grupos alemanes violentos que hoy confiesan que seguramente su labor estuvo policialmente manipulada desde el principio.
 Analizar lo que sabemos de las protestas antiglobalización de julio de 2001 en Génova. Lo que está ocurriendo ante nuestros ojos con los apoyos policiales y empresariales a la extrema derecha griega, o lo que se ha visto en España con los indignados… (3)
Hay que tener claro que cualquier presión hacia esa necesaria desmundialización ciudadana chocará, está chocando ya, con las habituales reacciones, tramas negras, represiones, manipulaciones mediáticas y juegos sucios. Repito: hay que ser consciente de lo que significa decir no a una oligarquía.
 (3) El libro de Daniele Ganser, La Operación Gladio y el terrorismo en Europa Occidental, 2005. Sobre el brutal aplastamiento de la protesta contra la cumbre de julio de 2001 en Génova ver El atropello de Génova en este Diario de Berlín."              (Diario de Berlín, Rafael Poch, La Vanguardia, 07/12/2012)