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10/2/20

Nuestra capacidad para cooperar es lo que nos separa de otros animales. Algo que nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel a miles de kilómetros o compartir valores... pero nuestra capacidad de cooperar evolucionó dentro del grupo. Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera. Esto es parte de nuestra herencia evolutiva, pero podemos reunir a gente de distintas culturas en entornos colaborativos... si trabajamos juntos tenemos la tendencia a repartir con justicia

"Desde que existimos, los humanos nos hemos sentido especiales. Durante milenios mantuvimos la ilusión de que éramos el centro de la creación, de que la Tierra se encontraba en el centro del universo, de que nuestra naturaleza no tenía nada que ver con el resto de los animales. 

Casi siempre, nos separamos incluso del resto de los de nuestra especie, llegando a inventar dioses omnipotentes que habían elegido nuestro pueblo entre todos los de la Tierra. Los científicos, sin embargo, aguaron la fiesta. Los astrónomos nos colocaron en los suburbios de una galaxia entre millones y los biólogos nos enseñaron lo mucho que nos parecemos a los otros animales.

El hecho es que, pese a la cura de humildad de los últimos tiempos, los humanos somos unos animales diferentes, capaces de colonizar en pocos milenios todos los rincones del planeta y con un talento inédito en bichos de nuestro tamaño para crecer y multiplicarnos. Esta semana, en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, se reunieron los principales investigadores del mundo sobre cognición y cultura en el contexto evolutivo. Puesto de una manera más simple, científicos que indagan sobre qué nos hace humanos.

Michael Tomasello (1950, Bartow, Florida, EE UU) es uno de estos investigadores. Codirector del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, ha trabajando con chimpancés, nuestros parientes animales vivos más cercanos, y bebés, en busca de algunos rasgos que hacen especiales a los sapiens y ha llegado a la conclusión de que es nuestra capacidad para cooperar y conectar nuestras mentes lo que nos separa de otros animales. Algo que, en último término, nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel a miles de kilómetros de nuestra casa o compartir valores.

Pregunta. Dice que una de las particularidades que nos hace humanos es nuestra capacidad para cooperar poniendo juntas nuestras cabezas. ¿Cuándo sucedió y por qué?

Respuesta. Nuestra hipótesis es que, hace alrededor de medio millón de años, hubo una gran explosión de poblaciones de monos que les estaban robando la comida a los humanos. En esa situación, tuvieron que encontrar otras formas de conseguir comida y acabaron colaborando para conseguir alimentos, como los antílopes, fuera del alcance de los monos. En esa situación, si no podías colaborar, no podías sobrevivir, así que había presión para colaborar.

Ese es el paso uno. Después se acaban formando grupos en los que todos los individuos dependen del resto. Así aparece la división del trabajo: tú haces una actividad y yo hago otra, y ahora dependemos mutuamente, especialmente cuando hay competición con otros grupos o guerras. A partir de ahí necesario que unamos nuestras cabezas para sobrevivir. Este proceso comienza hace medio millón de años y avanza hasta la aparición de la cultura hace 150.000 años.

P. ¿Somo altruistas o egoístas por naturaleza?

R. A veces somos generosos y a veces egoístas, dependiendo de la situación. Pero hemos visto que cuando se colabora, la gente tiende a repartir con justicia lo que se obtiene. Cuanto más podamos construir situaciones en las que la gente colabore, y hagan cosas juntos de forma interdependiente, se facilitará un tratamiento más justo para todo el mundo. 

Incluso si es gente a la que no conoces, si trabajas con ellos sientes que lo adecuado es compartir con igualdad. Esto se puede ver en las relaciones europeas después de la Segunda Guerra Mundial. Algunas herramientas como el euro han hecho interdependientes a diferentes naciones y eso lleva a que se traten entre ellas con mayor justicia.

P. Muchas de las personas con más éxito de la sociedad son muy buenas organizando a los demás para que cooperen en su propio beneficio, pero no se preocupan demasiado por tratarlos con justicia

R. Eso puede suceder, sí, pero creo que otra forma de pensar sobre ello es fijarte en como tratan a sus amigos y su familia. Incluso gente que es muy competitiva en otros contextos, como en los negocios o donde sea, son muy generosos en su entorno de amigos y familia. Lo que pasa es que estas personas juzgan de manera distinta qué condiciones aplican a las personas que pertenecen a su grupo y a las que no.

P. ¿Por qué hay gente encantadora con su familia o incluso con la gente de su país, pero despiadada con los que están fuera de ese círculo?

R. Puedes considerarlo un hecho desafortunado, pero nuestra capacidad de cooperar, evolucionó dentro del grupo. Hace 100.000 años éramos interdependientes con nuestro grupo cultural, pero luchábamos con otros grupos, y no confiábamos en otros grupos, no podíamos entender su idioma... Es uno de los hallazgos más sólidos de la psicología, las diferencias de trato a los miembros del grupo y a los que no lo son. Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera.

 Esto es parte de nuestra herencia evolutiva, puede que no nos guste, pero lo es, y no tienes que ir muy lejos para encontrar pruebas de que es así. Si es algo que quieres cambiar, es posible que no puedas cambiar la biología, pero podemos crear instituciones sociales que reúnan a gente de distintas culturas en entornos colaborativos.

Las normas sociales pueden cambiar muy rápido. Yo crecí en el sur de EE UU, en lo que básicamente era una situación de apartheid, donde los afroamericanos tenían peores casas o peores escuelas. Todo el mundo vivía con ello, pero de repente, los negros empezaron a protestar y a decir que no iban a aceptar más esa situación. Los blancos que no habían sido racistas, pero sí complacientes, aceptando la situación como si fuese normal, vieron que no estaba bien. 

Y las normas sociales cambiaron muy rápido. Por supuesto aún hay vestigios de racismo, pero no puedes utilizar determinadas palabras en público, no puedes discriminar a la hora de ofrecer oportunidades de alojamiento o trabajos... Creo que incluso en casos en los que tenemos un sesgo evolutivo, trabajando en otra dirección se pueden cambiar las normas sociales relativamente rápido.

P. ¿Ha cambiado la forma de relacionarse con los otros desde la aparición de la agricultura y de la civilización?

R. Sí. Lo que sucede es que antes de la agricultura solo existían grupos de cazadores recolectores. Eran bastante igualitarios, no había muchas posesiones privadas, se compartía todo. Con la agricultura, y Marx fue el gran analista de esta situación, se produce una acumulación de recursos que no existía antes. 

En un grupo de cazadores recolectores, una de las razones por las que todo el mundo comparte es porque no puedes guardar, no hay frigoríficos. Cuando hay un animal muerto te lo tienes que comer en 48 horas o se echará a perder. Cuando llega la agricultura, puedes acumular grano y lo tienes que proteger con armas. 

En el análisis de Marx se dice que si tengo mucho grano, ese grano va a estar ahí durante un largo periodo de tiempo, y tú que no tienes grano, lo único que tienes es tu trabajo, así que digo, bueno, abrillanta mis zapatos y te daré algo de grano. Se construyen estas relaciones de poder sobre el hecho de que algunas personas controlan los recursos que aparecen con la agricultura y se complica la situación.

P. ¿Cómo podemos mejorar la cooperación después de esos cambios?

R. Nuestras capacidades de cooperación evolucionaron para una vida en pequeños grupos. Con la agricultura, mucha gente llegó a por comida a las ciudades y se crearon entornos multiculturales. Adaptarse a la nueva situación es duro. Podría decir que todos los conflictos serios en el mundo se dan entre gente que dice: nosotros frente a ellos. Muchos de los grandes problemas en el mundo hoy son fruto del colonialismo, en el que los europeos dibujaron círculos en los que introdujeron a gente dentro de un mismo país que tenían un gran historial de odio mutuo.

P. ¿Les preguntan los políticos sobre cómo resolver este tipo de conflictos?

R. No hacemos eso en mi instituto, pero si hemos averiguado cosas que pueden ayudar. Sabemos que si trabajamos juntos para producir los recursos, tenemos la tendencia a repartirlos con justicia. Esto es algo que incluso los niños de tres años lo tienen muy integrado.

Que biológicamente seamos de una forma no significa que no podamos cambiar, solo que tenemos que trabajar duro para cambiarlo y que es necesario cambiar normas sociales y percepciones. Si vas a construir una sociedad mejor, tienes que tener en cuenta que hay mucha gente que no confía en los extranjeros o los de fuera del grupo, y no puedes descartar sin más ese hecho. Es un fenómeno real y lo tienes que tener en cuenta, poniendo un esfuerzo extra para que la gente se conozca mejor, que trabajen juntos...

Yo crecí en los sesenta en EE UU, y había muchas comunas de jipis y era una gran idea. Yo no participé en ellas durante mucho tiempo, pero las conocí de cerca. La mayor parte de ellas fracasaron, y esto se puede aplicar al comunismo en general, porque tenían una visión demasiado optimista de la naturaleza humana, sobre la posibilidad de que todos trabajemos duro y compartamos nuestros recursos. Cuando el tipo de al lado no hace nada y tiene lo mismo que nosotros, nos molesta. Es un hecho sobre la naturaleza humana que muchas comunas no tuvieron en cuenta: que hay que hacer algo sobre los aprovechados. 

Ellos tienen que sufrir alguna desventaja o la gente no seguirá trabajando. Hay diferencias individuales, también tenemos santos y los santos no piensan así, pero la gente normal sí, y lo vemos desde un momento muy temprano de la infancia, así que cualquier planificación social que hagamos tiene que tomar eso en cuenta. Mejorar la sociedad implica no obviar los aspectos negativos de nuestra biología."                  


10/6/15

¿Cómo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?

"(...) ¿Qué es el hambre en lo que tú en el ensayo nombras como el “OtroMundo” y el hambre en nuestras sociedades occidentales?

Aquí nos parece que conocemos el hambre. Tenemos hambre dos o tres veces por día, y lo decimos: “Ay, qué hambre tengo”. Eso no tiene nada que ver con la sensación de no saber si vas a poder conseguir comida mañana, que es lo que le pasa a novecientos millones de personas en el mundo, ni con la situación de pobreza y marginación donde esto se produce.

Hablas de muchos condicionantes de la pobreza: la falta de higiene, la violencia… pero, ¿hay algo que la defina más que el hambre?

No. Es la forma más extrema de la pobreza. Es la más extrema porque es la más insoportable: muchas otras son intolerables en términos éticos pero puedes vivir sufriéndolas. En cambio, el hambre se te hace muy difícil seguir viviendo con él. 

En España, hace cinco o seis años nadie hubiese dicho que había personas pasando hambre. Haz una prueba: pon en Google “España hambre” y la mayor cantidad de resultados son páginas en las que puedes donar dinero para paliar el hambre en Nigeria o la India.

 El Estado español sigue hoy con la misma actitud para con la desnutrición de sus ciudadanos. Si te fijas, no hay estadísticas. Se hace muy difícil encontrar cifras sobre la desnutrición en este país: el Gobierno sigue haciéndose el tonto, pero por lo menos hay más consenso que hace cinco o seis años de que en España hay gente que tiene problemas para comer todos los días.
El lexico perverso sobre el hambre: “subdesarrollados” en lugar de miserables, “villas” en lugar de barrios de chabolas… ¿Crees que este lenguaje está estratégicamente diseñado o lo vamos creando de forma inconsciente para que, de alguna forma, el hambre no esté presente en nuestras vidas?

Hay de todo. Por un lado hay miles de funcionarios, de políticos… que intentan crear lenguajes que no digan lo que deberían decir. “Inseguridad alimentaria” para llamar al hambre es un ejemplo clarísimo. Pero al mismo tiempo, si ese lenguaje prospera, es porque hay muchas personas que prefieren no escuchar. Entonces se produce una alianza perfecta entre quienes no quieren decir y quienes no quieren escuchar.  (...)

En los escenarios del hambre a los que has ido (India, África, Argentina, USA) siempre preguntas “¿Y Dios qué tiene que ver en esto?”.

Digo bastante que no me he encontrado hambrientos ateos porque da la sensación de que, cuando uno está muy jodido, necesita creer que hay algún orden que produce esa desolación, esa miseria. Para que tenga algún sentido, para que uno no tenga del todo la culpa, porque es lo que le han dicho… 

Las religiones siempre han servido para justificar ese tipo de situaciones y aplacar a los hambrientos. Hay una cita en “El Hambre” de la Madre Teresa que habla de la belleza de ver a los pobres sufrir su suerte. Me parece, como dicen los abogados en las series americanas, “I rest my case”.   (...)

Eso sí, al menos en el cristianismo si eres pobre tienes un sitio en el Reino de los Cielos, en cambio en el hinduismo, como cuentas, la idea del karma es terrible, a pesar de que ha sido trasladada a Occidente con este rollo “new age” y buenrrollista.

Lo del hinduismo es increíble. Te dice que si estás pasándolas canutas es porque anteriormente hiciste algo muy malvado y, ahora, catorce encarnaciones más adelante, lo estás pagando. Esto es de una perversidad… si te mueres de hambre es porque te lo has buscado.

Un dilema del libro: la caridad. La caridad como idea puede ser criticada pero en el día a día práctico, sí da de comer a mucha gente.

No tengo respuesta a eso. Como medida de intervención yo la condenaría en la medida en que lo que hace es ayudar a que se sostenga un sistema injusto. Yo preferiría una forma de organización en la que nadie necesitase la caridad y entonces estuviese destinada a desaparecer. Al mismo tiempo, mientras esto no ocurra, es mejor que la haya a que no la haya porque eso hace la diferencia entre la vida y la muerte para muchas personas.

Frase de café que te puede decir cualquier cuñado neoliberal: “El capitalismo será malo pero nunca ningún otro sistema ha dado de comer a tanta gente”. Esto choca con algo que dices en el libro, “estoy a favor de lo impensable”, ¿existe algún otro sistema?

La frase del inicio de pregunta se podría decir, a lo largo de la Historia, de cada uno de los sucesivos sistemas. Lo curioso es que cuando uno estudia la Historia, lo primero que ve es que ha habido desde hace tres o cuatro mil años una sucesión de sistemas de organización social, económica y política que, cada uno de los cuales, estaba convencido de que no podría haber otro. Si en el siglo XVI hubieses salido a la calle y dicho “¿Reyes? ¿Para qué necesitamos reyes? Tenemos que votar”, pensarían que estabas loco.  (...)

“Que tantos consigan comer todos los días es un milagro, que tantos no lo consigan es una canallada”, escribes. Ya sé que tú no la tienes pero, ¿hay alguna solución?

Sí, hay soluciones y son claramente políticas. Insisto en que el hambre contemporánea es el más canalla porque, por primera vez en la Historia, hay comida para todos. Ya no vale la coartada de que no alcanza: algunos concentran tanto que otros no tienen lo que necesitan. Eso solo puede solucionarse a través de decisiones políticas que hagan que se establezca lo que yo llamo en el libro “una forma moral de la economía”, en la que todos tengan suficiente y

ninguno tenga demasiado. El problema es que no sabemos cuál es la forma política que podría llevarlo a cabo.

Te plagio la última pregunta de una que te repites en tu libro, “¿Cómo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”.

Lo conseguimos de muchas maneras: la más habitual y eficaz consiste en mirar hacia otro lado. Hay muchos lugares donde mirar que nos permiten olvidar que pasan estas cosas, sobre todo en la medida que estas cosas les pasan a otros. El hambre es el menos igualitario de los problemas que sufrimos. 

Así como se supone que las amenazas ecológicas son igualitarias porque a todos se nos van a joder los pulmones si el aire está poluido, en cambio, sabemos que la miseria y el hambre la van a pasar otros. 

No seremos ni nosotros, ni nuestros parientes, ni nuestros amigos. Eso facilita mucho seguir viviendo. También hay otros mecanismos: la religión, las ideologías, la creencia en el mercado… que hacen que nos digamos que, finalmente, esto es lo mejor que podemos conseguir. 

Si esto es lo mejor que podemos conseguir, estamos como Aisha, la mujer africana que abre el libro, que, cuando el mago le ofrecía cualquier cosa, a ella lo más osado que se le ocurría pedir eran dos vacas. Nosotros deberíamos poder pedir algo más que dos vacas, por lo menos, que todos podamos comer bien."                (Entevista a Martín Caparrós sobre su libro "El hambre", Edu Galán , El diario.es, en Rebelión, 09/06/2015)

27/6/12

Somos una especie altruista y cooperadora por naturaleza

"El biólogo evolutivo estadounidense David Sloan Wilson estuvo en Gran Bretaña en febrero y habló sobre el estudio de campo que realiza desde hace seis años en su ciudad, Binghamton, un suburbio de Nueva York que se encuentra en declinación económica.

 “Hay cosas que a un biólogo le resultan naturales y una de ellas es el estudio de especies en su hábitat natural”, explica Wilson. “Jane Goodall (famosa por sus estudios sobre chimpancés) tiene el Gombe Stream Park en Tanzania, y los pinzones de Darwin se estudian en las Islas Galápagos. ¿Por qué no estudiar a los seres humanos en el contexto de su vida cotidiana?”.

En 2006, Wilson decidió estudiar a los 47.000 habitantes de Binghamton. Confiaba en que mediante la observación, la confección de pronósticos sobre la base de sus teorías y la posterior realización de intervenciones para comprobar si los pronósticos se confirmaban, el estudio de campo generaría pruebas para sus teorías evolutivas y, en el proceso, “también haría del mundo un lugar mejor”.
Las teorías de Wilson se oponen a lo que se nos dice desde hace más de treinta años, desde que el biólogo y reconocido divulgador científico inglés Richard Dawkins publicó El gen egoísta en 1976.
A diferencia de Dawkins, Wilson sostiene que el egoísmo genético no es la opción por omisión de la humanidad y afirma que somos una especie altruista y cooperadora por naturaleza. La “prosocialidad”, como él la llama, es una conducta que da una auténtica ventaja competitiva a un grupo.
“El egoísmo se impone al altruismo en el interior de los grupos pero los grupos altruistas superan a los grupos egoístas. Todo lo demás es especulación”, dice Wilson. (...)
El equipo trató de confirmar esos resultados mediante pruebas como dejar caer cartas para comprobar si la gente las despachaba e ir a escuelas y participar en juegos para medir la cooperación. 
Hasta recorrieron los barrios de Binghamton en Halloween y Navidad para ver cuáles tenían una iluminación más decorativa, ya que pensaban que cuanto más se adornaba un barrio con decoración festiva, más reconfortante era y, por lo tanto, mejor era su salud cívica.
Wilson organizó luego una serie de proyectos locales para ver si podía usar lo que llama su “caja de herramientas evolutiva” para mejorar los niveles de cooperación. El certamen de diseño de parques, por ejemplo, tenía por objeto enfrentar a los barrios entre sí en una competencia amistosa.
De la misma forma, el propósito de su programa educativo era alentar la cooperación y la competencia amistosa utilizando elementos basados en los principios que desarrolló la politóloga estadounidense Elinor Ostrom (premio Nobel de Economía), entre ellos un fuerte sentido de comunidad, un entorno seguro y recompensas y sanciones graduales.
Las reacciones ante su ambicioso Binghamton Neighborhood Project (http://bnp.binghamton.edu) van desde un cálido entusiasmo hasta la sonrisa y algunos comentarios condescendientes. Una pregunta recurrente es: ¿qué tiene que ver la evolución con todo eso? En The New York Times, el periodista y escritor Mark Oppenheimer se preguntó si Wilson no se apresura un poco al “asimilar prácticamente toda idea que le gusta como prueba de evolución cultural”. También hay algunas dudas respecto a su metodología dada la enorme magnitud del proyecto y un abordaje que puede parecer disperso.
Wilson es en extremo honesto respecto del carácter intuitivo de la investigación. En una ocasión parafraseó a Albert Einstein al decir: “Si supiéramos lo que hacemos, no sería investigación”.
En cuanto a los resultados, el trabajo aún se encuentra en una etapa inicial, pero Wilson hace referencia a su programa académico para estudiantes en riesgo, en el cual los alumnos tuvieron un notorio mejor desempeño que el grupo de comparación en una prueba controlada. Se hizo sentir a los estudiantes, que habían reprobado en por lo menos tres de cinco materias el año anterior, que formaban parte de un grupo especial en un entorno muy seguro y alentador, se les proporcionó muchos incentivos a corto plazo y se les dio una auténtica responsabilidad en la dirección del programa.
Sus teorías se conocen desde hace décadas, pero ahora cobran popularidad entre políticos y centros de investigación en políticas a ambos lados del Atlántico, que aspiran a entusiasmar a las comunidades de sus propios barrios y lograr que se trabaje en conjunto en la solución de problemas sociales inabordables de forma más efectiva y barata que la vía del Estado.
También hacen pensar en cuestiones sobre las comunidades y la cooperación en la era de los medios sociales que estudian sociólogos como Richard Sennett, así como en la agenda de bienestar que impulsa el economista Richard Layard.
Wilson visitó Gran Bretaña por invitación del Co-operative Group, que insiste en que la conducta de cooperación es la norma, no la excepción. “Queremos que la gente empiece a pensar de manera diferente, que se dé cuenta de que la norma no es el hombre que no paga una vuelta cuando todos están en el pub, sino el hombre que lo hace”, dice Paul Monaghan, el director de objetivos sociales de Co-op.
Webster dice que, poco a poco, ve algunos resultados. Ahora está a cargo de tres competencias de diseño de parques y señala que algunos vecinos con los que había tenido roces aparecen de pronto en una de las fiestas de la cuadra con una gran bandeja de tacos. “Es el tipo de cosa que me pone la carne de gallina”, declara. “Ahora las escuelas locales se acercan a nosotros, hablamos con la municipalidad y la gente parece tomarnos más en serio”.
Pero es un trabajo lento, admite. “Lo más gracioso es que David piensa que soy una especie de increíble ejemplo de altruismo. Pero inicié todo esto porque el barrio estaba decayendo y no quería que mi casa perdiera valor, de modo que soy tan interesada como cualquiera. ¿Qué le parece?”.
Wilson se ríe cuando le cuento lo que Mary Webster me dijo. “Mary me lo dijo el día que la conocí”, señala. “Pero en realidad podría haber manifestado su egoísmo de muchas maneras: yéndose del barrio, invirtiendo en un sistema de seguridad, tratando de expulsar a los malos elementos, etcétera. En lugar de eso, lo expresa trabajando para mejorar el conjunto del barrio. Si tiene éxito, entonces compartirá la mejora del barrio, pero lo hará con un gran costo personal.

 Eso es el altruismo definido en términos de conducta. Tal vez el altruismo haga sentir bien al altruista, o se lo practique por un sentimiento de deber, o para ganarse el cielo, o tal vez se base en un sentimiento de egoísmo esclarecido. Mientras el resultado sea la misma conducta orientada a la sociedad, puede considerárselo equivalente en términos funcionales.” 

Agrega: “Tal vez Mary piense que es por completo egoísta, pero la experiencia me demuestra que es muy común que las personas altruistas afirmen que sus motivos son egoístas como forma de minimizar lo que hacen. ¡No es altruista proclamarse altruista!”.     (Noticias positivas, Bibi Van Der Zee)

4/4/11

"No prestamos suficiente atención a lo que nos hace sentir bien porque estamos obsesionados midiendo si tenemos más o menos placer que el resto"

"S. Z. Me interesan más otras cosas. Por ejemplo, los conceptos de posible e imposible. Hoy cualquiera con dinero puede viajar al espacio, cada mes anuncian descubrimientos contra algún tipo de cáncer, incluso se habla de avances para alcanzar la inmortalidad.

Al mismo tiempo, en cada telediario, salen políticos y economistas explicando que no hay dinero para mantener la Seguridad Social. Vivimos una época que promueve los sueños tecnológicos más delirantes, pero no quiere mantener los servicios públicos más necesarios.
EP3. ¿Qué postura toma frente a esto?
S. Z. No estoy en contra del capitalismo en abstracto. Es el sistema más productivo en la historia. Me considero comunista, aunque el comunismo no sea ya el nombre de la solución, sino el del problema. Hablo de la lucha encarnizada por los bienes comunes.
Las corporaciones intentan privatizar los recursos naturales, la biogenética o los conocimientos. El capitalismo actual se mueve hacia una lógica de apartheid, donde unos pocos tienen derecho a todo y la mayoría son excluidos.
EP3. Su último libro, Living in the end times (2010), explora nuestra negativa a aceptar que el mundo está al borde del colapso. ¿Qué nos impide tomar verdadera conciencia?
S. Z. Nos gustan las respuestas sencillas. En vez de pensar sobre la estructura del sistema, nos refugiamos en cuestiones morales. El anticapitalismo es muy popular entre las grandes estrellas de Hollywood. Todos están en contra de alguna compañía que explota niños o que contamina el medio ambiente. Hacen estas cosas para calmar su conciencia individual.
Me opongo por completo a lo que suele llamarse estilo de vida ecologista. Hablo de la gente que recicla, tiene paneles solares y compra comida orgánica.
Leí hace poco un informe que demuestra que si todos siguiéramos esas pautas de consumo provocaríamos una catástrofe, ya que los artículos ecológicos son mucho más caros de producir.
EP3. ¿Cuál es la alternativa?
S. Z. La solución que ofrecían era que la mayor parte posible de la humanidad viviera apiñada en grandes ciudades. Así, todos los servicios serían más baratos. El sueño de todos de la casita en el campo o en las afueras puede acabar en cataclismo.
EP3. ¿Hay que replantearse todo?
S. Z. Hay que ser más hedonistas. El problema es que no nos centramos en lo que realmente nos satisface. Estamos atrapados en una competición malsana, una red absurda de comparaciones con los demás. No prestamos suficiente atención a lo que nos hace sentir bien porque estamos obsesionados midiendo si tenemos más o menos placer que el resto.
En estos casos extremos, me gusta recurrir a los clásicos. Por ejemplo, Rousseau. Él veía el egoísmo como algo saludable. El único límite que ponía es que no es legítimo preferir el bien propio si causa un mal a otros. Los capitalistas actuales son fanáticos religiosos que defienden sus beneficios aunque traigan la ruina para millones de personas." (El País, EP3, 01/04/2011, p. 4)