"El enemigo. La cultura entera se levanta en armas cuando se menciona. Los libros, la música, las exposiciones, el teatro... saben que no pueden competir con él: es su némesis.
En un gran partido, durante un campeonato europeo, no digamos un Mundial, la industria del ocio se para, abonando la inquina contra el deporte rey: despreciarlo es de buen tono en ciertos círculos artísticos y académicos.
Un juego para estúpidos jugado por estúpidos, alienante, peligrosamente populista, enaltecedor de patrioterismos y nacionalismos desaforados. Y por si esto fuera poco, megamillonario. El maldito fútbol. (...)
Bernardo Bertolucci rodaba su superproducción a pocos kilómetros del lugar donde lo hacía quien en su día le había dado la oportunidad de comenzar en el cine como ayudante de dirección en Accatone y el pique entre ambos era manifiesto.
¿Qué mejor que medir sus fuerzas en un campo de fútbol? Pero il capitano Pier Paolo abandonó el terreno de juego a medio partido, enfurecido por la poca pasión que sus actores y técnicos pusieron en un encuentro que perdieron 5-2. No hay amistosos en el calcio.
Más allá de semióticas, lo que queda claro para cualquier aficionado es que el fútbol se encuentra emparentado con la épica (épos: palabra, historia, poema), la tatarabuela de todas las narraciones desde hace 3000 años; la de los dioses de la victoria y el fracaso; los héroes inventados por Homero.
O un Maradona filmado por Kusturica (2008) aunque en este caso el serbio sea fan de la mano de Dios. A veces salta la chispa. En Zidane. Un retrato del siglo XXI(Gordon y Parreno, 2006) Zinedine Zidane, uno de los mejores jugadores de la modernidad, protagoniza en un ejercicio de metalenguaje improvisado reproduciendo en un Real Madrid-Villarreal su dramática expulsión –pathos y narración– durante la del final del Mundial de Alemania 2006, en una vuelta de tuerca sorprendente que deja en el aire un interrogante sobre el misterio del propio jugador, preso de la hibris de un héroe trágico.
Caso aparte representa Eric Cantona: el internacional francés desarrolla una carrera como intérprete en grandes producciones e incluso con Ken Loach en Buscando a Eric (2009). Rara avis además por ser un conocido activista -no por casualidad: su abuelo español fue un exiliado de la República- a favor de los refugiados, contra las políticas de recortes europeas y los excesos del sistema bancario. Seguro que a Pasolini le hubiera gustado jugar un partidillo con él.
Hay excepciones: Evasión o Victoria (1981) resulta una divertidísima obra menor de John Huston, en la que Ardiles, Pelé, Van Himst y Bobby Moore meten goles a la selección nazi en plena segunda Guerra Mundial, capitaneados por un Michael Caine que, como buen inglés, incluso se defiende con el balón.
El guión se inspiró en el “Partido de la Muerte” jugado en 1942 entre ucranianos prisioneros y una selección de la Werhmacht arbitrados por un oficial de las Waffen-SS, en la que los primeros golearon a los segundos a sabiendas de lo que supondría: tortura, deportación y muerte. De nuevo heroísmo, pathosy épica.
La pelota golpea a la cámara, revelando que el juego más popular es a la vez tan simple y tan enorme –la clave de su universalidad– como imposible de captar. Porque, ¿puede contar el fútbol más allá de sí mismo? Gracias a las reivindicaciones feministas y a la mirada de cineastas no occidentales, encontramos unas cuantas goleadas a los tópicos y convenciones del imaginario futbolístico.
Mucho más difícil que la muchacha sij de la película británica lo tienen las chicas de Offside, de Jafar Panahi, Oso de plata de Berlín, 2006. La cinta fue prohibida en Irán, donde las mujeres tienen prohibido asistir a los partidos de fútbol para “protegerlas” del lenguaje obsceno y el peligro que para su decencia supone estar rodeada de hombres desenfrenados.
Offside es un verdadero canto de amor al fútbol como instrumento de igualdad y de libertad contado a través de la peripecia de un grupo de chicas vestidas con ropa de hombre para poder colarse en un partido de la selección iraní contra la de Bahrein.
Detenidas por soldados que hacen la mili, pasan el partido encerradas en el exterior del estadio, en un precioso ejercicio de fuera de campo -por partida doble- en el que el represaliado Panahi muestra la hipocresía de las autoridades iraníes para con las mujeres.
Y más allá de documentales hagiográficos, la historia de los futbolistas europeos de origen africano o antillano, como los integrantes de las selecciones de Bélgica y Francia.
Salidos de las banlieue, de las barriadas, con el deporte más barato como único ascensor social, odiados por los lepenistas, por los racistas y ultraderechistas cada vez más fuertes en toda Europa, estas estrellas del deporte proyectan su imagen más allá de los campos de juego hasta llegar a quienes caen en el Mediterráneo huyendo de la guerra, de la miseria o son cercados como sospechosos de terrorismo.
Estos triunfadores sí pueden celebrar para el mundo entero aquello que es propio de todos los seres humanos: la libertad en el juego, en el disfrute y la diversión. Cosas muy serias, como el fútbol." (Pilar Ruiz, CTXT, 18/07/18)