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10/9/18

Pasolini: “El fútbol es el único gran rito que queda en nuestra época”




"El enemigo. La cultura entera se levanta en armas cuando se menciona. Los libros, la música, las exposiciones, el teatro... saben que no pueden competir con él: es su némesis. 

En un gran partido, durante un campeonato europeo, no digamos un Mundial, la industria del ocio se para, abonando la inquina contra el deporte rey: despreciarlo es de buen tono en ciertos círculos artísticos y académicos. 

Un juego para estúpidos jugado por estúpidos, alienante, peligrosamente populista, enaltecedor de patrioterismos y nacionalismos desaforados. Y por si esto fuera poco, megamillonario. El maldito fútbol. (...)

Pero están las excepciones: los traidores tifossi, los hinchas vendidos, los forofos renegados. Como Pier Paolo Pasolini.

“El fútbol es el único gran rito que queda en nuestra época”. Una afirmación tan rotunda solo podía venir de un italiano forofo, tanto, que por su Bologna (Bolonia) se enzarzaba en agrias discusiones chiringuiteras. No solo eso; protagonizó la famosa anécdota futbolera-cinéfila del partido entre los equipos de Saló y Novecento. 

 Bernardo Bertolucci rodaba su superproducción a pocos kilómetros del lugar donde lo hacía quien en su día le había dado la oportunidad de comenzar en el cine como ayudante de dirección en Accatone y el pique entre ambos era manifiesto. 

¿Qué mejor que medir sus fuerzas en un campo de fútbol?  Pero il capitano Pier Paolo abandonó el terreno de juego a medio partido, enfurecido por la poca pasión que sus actores y técnicos pusieron en un encuentro que perdieron 5-2. No hay amistosos en el calcio.
El director rossoblu –tras su asesinato enterrado con la camiseta del club de aficionados que él mismo creó– afirmaba que el fútbol era un lenguaje específico con sus poetas y sus prosistas. “Quien no conoce el código del fútbol no entiende el significado de sus palabras (los pases) ni el sentido de su discurso (un conjunto de pases)”. 

Más allá de semióticas, lo que queda claro para cualquier aficionado es que el fútbol se encuentra emparentado con la épica (épos: palabra, historia, poema), la tatarabuela de todas las narraciones desde hace 3000 años; la de los dioses de la victoria y el fracaso; los héroes inventados por Homero. 
Pero a pesar de tanto supuesto potencial narrativo, el cine pocas veces ha sabido retratar con grandeza a su rival, un monstruo tan grande que no cabe en la pantalla. Hay que cortarlo, trocearlo, reducirlo a cliché o a chiste. En el mejor de los casos, convertir el campo de fútbol en coliseo romano, un sugerente paisaje propicio para que el director se luzca en una bella excusa. Como en El secreto de sus ojos (Campanella, 2009)

Cierto es que abunda el cine no narrativo sobre las estrellas del balón, en ocasiones firmado por reputados cineastas –trabajos en su mayoría alimenticios– casi siempre ejercicios de estilo aburridos, destinados a los hinchas reclacitrantes, donde reparten juego los más polémicos, como George Best o rodeados de escándalos como Benzemá. 

O un Maradona filmado por Kusturica (2008) aunque en este caso el serbio sea fan de la mano de Dios.  A veces salta la chispa. En Zidane. Un retrato del siglo XXI(Gordon y Parreno, 2006) Zinedine Zidane, uno de los mejores jugadores de la modernidad, protagoniza en un ejercicio de metalenguaje improvisado reproduciendo en un Real Madrid-Villarreal su dramática expulsión –pathos y narración– durante la del final del Mundial de Alemania 2006, en una vuelta de tuerca sorprendente que deja en el aire un interrogante sobre el misterio del propio jugador, preso de la hibris de un héroe trágico.  
El cine de ficción se resiste aún más que el documental a dejarse la piel en el campo. Argumentos banales, realizaciones planas o vacías, sin atisbo de reflexión en ese lenguaje que tanto le interesaba al poeta Pasolini. En España fue vano el intento de transmutar al celuloide a Alfredo Di Stéfano, “la saeta rubia”, paradigma de la estolidez de la mayoría de estrellas deportivas, incapacitadas para expresarse más allá de un regate o un gol de volea, demostrando la dificultad que entraña ponerse delante de una cámara: no todo el mundo puede ser actor de cine, como no todo el mundo puede ser deportista profesional. 

Caso aparte representa Eric Cantona: el internacional francés desarrolla una carrera como intérprete en grandes producciones e incluso con Ken Loach en Buscando a Eric (2009). Rara avis además por ser un conocido activista -no por casualidad: su abuelo español fue un exiliado de la República- a favor de los refugiados, contra las políticas de recortes europeas y los excesos del sistema bancario. Seguro que a Pasolini le hubiera gustado jugar un partidillo con él.

Hay excepciones: Evasión o Victoria (1981) resulta una divertidísima obra menor de John Huston, en la que Ardiles, Pelé, Van Himst y Bobby Moore meten goles a la selección nazi en plena segunda Guerra Mundial, capitaneados por un Michael Caine que, como buen inglés, incluso se defiende con el balón. 

El guión se inspiró en el “Partido de la Muerte” jugado en 1942 entre ucranianos prisioneros y una selección de la Werhmacht arbitrados por un oficial de las Waffen-SS, en la que los primeros golearon a los segundos a sabiendas de lo que supondría: tortura, deportación y muerte. De nuevo heroísmo, pathosy épica. 

La pelota golpea a la cámara, revelando que el juego más popular es a la vez tan simple y tan enorme –la clave de su universalidad– como imposible de captar. Porque, ¿puede contar el fútbol más allá de sí mismo? Gracias a las reivindicaciones feministas y a la mirada de cineastas no occidentales, encontramos unas cuantas goleadas a los tópicos y convenciones del imaginario futbolístico.

La película de la cineasta angloindia Gurinder Chada Quiero ser como Beckham, verdadero blockbuster en su modesto presupuesto, se atreve a competir con unos cuantos tabúes, de esos que hacen temblar a los “largueristas” y forococheros: el feminismo, el intercambio entre culturas y la necesidad de acabar con los prejuicios que coartan la libertad, el placer, la búsqueda de la felicidad. 

Mucho más difícil que la muchacha sij de la película británica lo tienen las chicas de Offside, de Jafar Panahi, Oso de plata de Berlín, 2006. La cinta fue prohibida en Irán, donde las mujeres tienen prohibido asistir a los partidos de fútbol para “protegerlas” del lenguaje obsceno y el peligro que para su decencia supone estar rodeada de hombres desenfrenados. 

Offside es un verdadero canto de amor al fútbol como instrumento de igualdad y de libertad contado a través de la peripecia de un grupo de chicas vestidas con ropa de hombre para poder colarse en un partido de la selección iraní contra la de Bahrein. 

Detenidas por soldados que hacen la mili, pasan el partido encerradas en el exterior del estadio, en un precioso ejercicio de fuera de campo -por partida doble- en el que el represaliado Panahi muestra la hipocresía de las autoridades iraníes para con las mujeres. 


Aún queda mucho por contar, como la homosexualidad en los vestuarios, uno de los grandes tabúes de un deporte que hasta hace poco era el paradigma de la masculinidad más rancia y que el auge del fútbol femenino ha puesto en entredicho. 

Y más allá de documentales hagiográficos, la historia de los futbolistas europeos de origen africano o antillano, como los integrantes de las selecciones de Bélgica y Francia. 

Salidos de las banlieue, de las barriadas, con el deporte más barato como único ascensor social, odiados por los lepenistas, por los racistas y ultraderechistas cada vez más fuertes en toda Europa, estas estrellas del deporte proyectan su imagen más allá de los campos de juego hasta llegar a quienes caen en el Mediterráneo huyendo de la guerra, de la miseria o son cercados como sospechosos de terrorismo. 

Estos triunfadores sí pueden celebrar para el mundo entero aquello que es propio de todos los seres humanos: la libertad en el juego, en el disfrute y la diversión. Cosas muy serias, como el fútbol."                  (Pilar Ruiz, CTXT, 18/07/18)

3/12/12

Da igual que uno sea rico o pobre, culto o analfabeto, el fútbol nos permite a todos hablarnos de tú a tú, en igualdad de condiciones

"Existe un grupo reducido de gente en el mundo que no solo no entiende que seamos tantos los que nos pasamos gran parte de nuestras vidas hablando de fútbol, sino que nos desprecia. Qué ridículo, dicen, obsesionarse con un juego en el que 22 personas corren detrás de una pelotita cuando la crisis nos mata, cuando el futuro de Europa está en juego, cuando tenemos la alternativa de conversar sobre literatura, o cine, o música, o el cambio climático, o la primavera árabe, o la religión, o el tigre siberiano, en peligro de extinción.

Bueno, pues hagamos una breve defensa de los futboleros. Se podría escribir un libro sobre la cuestión; nos limitaremos a dos argumentos.

Primero, lo que muchas veces define a aquellos que nos desdeñan es el esnobismo intelectual. Suelen pertenecer a ese pequeño sector de la población mundial que goza de la suerte de haber tenido una buena educación, permitiéndoles desarrollar a un alto nivel su capacidad cerebral. Lo que no ven desde sus torres de marfil es que el mundo del fútbol es la democracia más grande que hay.

 Da igual que uno sea rico o pobre, culto o analfabeto, el fútbol nos permite a todos hablarnos de tú a tú, en igualdad de condiciones. En el debate sobre cuál es mejor, el Real Madrid o el Barcelona, el Arsenal o el Chelsea, Argentina o Brasil, el escritor, el filósofo, el Nobel de la ciencia, el ministro de gobierno y el listo que se embolsa un bonus millonario mientras su empresa se desploma participan con igualdad de criterio con el albañil desempleado, el campesino chino, con el minero africano. No importa su país o su condición social, todos tienen acceso a más o menos la misma información y todos tienen la misma capacidad para interpretarla.
 
Segundo, hablar de fútbol no solo es hablar de fútbol. En la superficie el tema es si Messi es mejor que Ronaldo, o si el planteamiento táctico fue el correcto, o si el entrenador debería haber puesto de lateral a fulano en vez de a mengano, o si el árbitro se equivocó, y tal y cual.

 Pero existe también un proceso mental paralelo en el que participamos los futboleros, sin necesariamente darnos cuenta de ello. A través del fútbol definimos nuestra identidad moral, igual que cuando nos asociamos con un partido político, o con una causa, o una religión.

Por un lado está nuestra afiliación tribal, que suele ser heredada. Somos del Madrid —como somos del PP o de Esquerra Republicana o católicos o musulmanes o ateos— porque nuestros padres nos indicaron el camino. Más interesante, porque revela más sobre el carácter de las personas, es con qué jugador o entrenador de su propio equipo nos asociamos más.

 Éste es el proceso mental oculto al que nos referimos. Obligados a elegir, por ejemplo, entre Iker Casillas o Cristiano Ronaldo, entre José Mourinho o Vicente del Bosque, uno delata claramente sus valores, cuáles son sus prioridades, qué es lo que más importancia tiene en su relación con el mundo exterior.

Especialmente reveladora es la opinión de los futboleros sobre personajes que no son de su equipo, ni de otro por el que sienten particular rivalidad. Hace nueve días en un bar neoyorquino un albanokosovar que había huido de la guerra en su país a los 13 años contaba que su jugador favorito en el mundo era Pedro, del Barcelona.

 Mientras festejaba los tres goles que había marcado Pedro ese mismo día para la selección española, el albanokosovar reconoció que había jugadores mejores, pero para él el canario representaba una actitud frente a la vida a la que le daba un singular valor. Su visión de Pedro era la de un luchador incansable, un obrero noble, un hombre optimista que exprime siempre lo mejor de sí y mantiene la sonrisa en el triunfo y en la adversidad.

Para otros los referentes serán Obama, el Papa, Castro, Mandela, Merkel, Paul Krugman, Vargas Llosa, Philip Roth, Clint Eastwood, Pavarotti, Bill Gates o el presidente de la Asociación para la Defensa de la Naturaleza.

 Para este albanokosovar, que tras una infancia dura acabó triunfando en Estados Unidos, Pedro es el modelo a seguir, el personaje en el que ve reflejada la imagen que aspira a tener de sí mismo. El contexto es el fútbol. Cosa seria."               ( , El Páis,  20 OCT 2012)

19/10/11

"La emoción es imprescindible para aprender. Se recuerda lo que siente, y eso se convierte en experiencia"

"David Brierley recuerda la primera vez que, de niño, fue a Old Trafford a ver su equipo, el Manchester United. "Era una zona muy deprimida, donde la gente vivía solo para ir el sábado a ver el partido".

Le conmovió ver a 50.000 personas cantando; y aquello del fútbol se convirtió en una pasión que le dura hasta hoy. (...)

¿Es esa la clase de pasión que hay que perseguir en la escuela? Piensa un poco y contesta: "Por supuesto". "La emoción es imprescindible para aprender. Se recuerda lo que siente, y eso se convierte en experiencia". (...)

Cada vez menos gente vota, dice, los políticos no se sienten servidores de lo público, el miedo atenaza a Europa. "Creo que todos estos cambios [en la educación] deben hacerse para salvar la democracia".

No hay dramatismo ni grandilocuencia en sus palabras; solo la certeza de que lo que se enseña a los niños hoy en la escuela está demasiado volcado en el pasado, en transmitir lo que se sabía hasta ahora, en unos contenidos que luego se pueden medir en pruebas y exámenes; pero se deja de lado la otra parte, la que ayuda a descubrir a cada niño su propia individualidad, su forma de responder a los nuevos retos y las nuevas situaciones. (...)

Antes, con el salmón en escabeche, dijo que habría que eliminar la cultura de los exámenes que estrangula la labor de los profesores en la escuela y condena cada vez a más alumnos al fracaso; que cada niño tiene su propio potencial y que la labor del profesor es encontrarlo.

Habla de la lucha en la que se encuentra Europa entre el miedo y la esperanza, de cómo por ahora va ganando el primero. Y conecta todo ello con esa manera de entender la educación solo como conservación y repetición del pasado en lugar de dar espacio a la creatividad individual que encuentre nuevas oportunidades en cada dificultad.

No habla de cambiar asignaturas, sino de que cada cosa que se enseñe se haga de esa manera. Pero el cambio que propone no vendrá desde arriba; en un siglo XXI en el que todas las revoluciones llegan desde abajo, solo podrán hacerlo "jóvenes profesores con ganas de hacer las cosas de otra manera".

¿Confía en que ocurrirá? Sonríe, levanta las cejas y se encoge de hombros. No hay tiempo para postre ni café. Tiene que volver al congreso a contestar las preguntas que le lancen. Cuando responda, intentará causar algún tipo de sensación en su interlocutor, dice." (DAVID BRIERLEY. "Solo se recuerda lo que se siente". El País, 12/10/2011, última)

14/4/08

Er fumbol...

“¿El fútbol? Si tanto nos gusta el fútbol a los aficionados es por lo mucho que se parece a la vida o, mejor, a las promesas de felicidad que la vida podría sembrar sobre nuestra biografía y de una manera tan sencilla como la de pasar a una semifinal. Contemplar el partido ganado, presenciar la escena, hallarse sentado ante los 90 minutos o los 90 años, y disfrutar con los goles no sería otra cosa que saborear nuestro propio equipaje vivencial sometido, como las incidencias del encuentro, a las más azarosas y diversas circunstancias pero venciendo, al cabo, la dificultad. De hecho, el trance de algunos pasajes de nuestra vida calca el desarrollo del carrusel deportivo que, en sus idas y venidas, transmite tanto la jornada de nuestro equipo como una maqueta de alguna vicisitud vital.

Los no aficionados hallarán su reflejo en otras referencias pero para el hincha el fútbol constituye, por antonomasia, la posible metáfora de su propio quehacer. Su equipo forma cuerpo con su aventura, los resultados puntean su felicidad o su tristeza, su decepción o su esperanza, y con una ventaja incomparable: cada temporada aparece como otra inauguración saneada, el viaje reiniciado desde cero para volver a probar.

De este modo, el orden del fútbol es un rico festival de oportunidades perdidas y ganadas, extraviadas y reencontradas, sucesivos estrenos que impulsan creer en la suerte de la reencarnación, el lavado de los errores o la prolongación del honor. La vida sin fin, sin muerte, en suma.

La vida sentida de verdad y, a la vez, comportándose de mentirijillas. Es decir, sin sentido. (…)

¿La enseñanza del encuentro? El encuentro incide en el mundo de lo invisible e indescifrable y, en consecuencia, resalta la primacía de lo mágico repartiendo placer o dolor arbitrariamente entre la orgía del absurdo y la paradoja.

¿Una calamidad para el hincha? Ciertamente la frustración se hizo tan profunda en el ánimo del hincha que favorecía el deseo de morir, pero el hincha se alimenta de estos vaivenes de la muerte y de la vida, de la sepultura, la ignominia y la resurrección. El hincha creyó morir, pero, enseguida, una lacerante lucidez aprendida de la experiencia futbolística y el carácter de sus derrotas, devolvió al conocimiento feliz de su contingencia y a la esperanza de otra oportunidad que borrará del cuerpo colectivo la figurada muerte y anticipará, para la próxima final, la reaparición de su imaginada fiesta.” (VICENTE VERDÚ: Getafe o el sentido de la vida. El País, ed. Galicia, sociedad, 12/04/2008, p. 38)