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15/9/22

Fukuyama se defiende y defiende el liberalismo... pero el mundo liberal real era éste: unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos... "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China"... la época tiene un color muy distinto, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones... Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia

 "El éxito de la ideología que ha gobernado Occidente durante las últimas décadas, y por extensión el mundo, no es responsabilidad de Francis Fukuyama, aunque lo cierto es que su contribución fue relevante: el politólogo estadounidense ideó una tesis, la del fin de la historia, sobre la que se basó el sistema que ha dominado el panorama político y económico. Ese hecho no le convierte en culpable de todo lo que se hizo con sus tesis, pero Fukuyama sí es responsable de intentar mantenerla vigente, incluso cuando las señales del presente nos muestran su irrealidad.

Esa idea de que el mundo se iba a organizar alrededor de una serie de valores sostenidos por la hegemonía estadounidense, de que los principios liberales se extenderían universalmente y que ese entramado de instituciones internacionales, relaciones comerciales y resolución jurídica de conflictos terminaría con los grandes enfrentamientos nacionales retrata escasamente nuestra realidad. Los efectos de esa idea han sido, además, particularmente perjudiciales: la confianza alemana y europea en que ese tejido institucional iba a perdurar durante mucho tiempo ha conseguido que Europa haya externalizado todo lo que le es necesario para competir en el nuevo mundo y que sea especialmente dependiente del exterior, y no solo en la energía. La debilidad europea actual proviene de esa convicción ilusa, que estuvo mucho tiempo operativa.

Fukuyama, del mismo modo que antes fue comúnmente alabado, se ha convertido ahora, en los malos momentos, en el politólogo más criticado del mundo. Ya sea para defenderse de los reproches o por convicción, acaba de publicar 'El liberalismo y sus desencantados' (Ed. Deusto) una obra con la que intenta rescatar los restos del naufragio para mantener viva su visión.

Uno de sus argumentos suena curioso, y no porque le falte razón, sino porque es aplicable prácticamente a todo. Es posible que las disfunciones que el liberalismo global ha creado no sean intrínsecas al liberalismo y que deberíamos separar la idea de su aplicación. Sin embargo, si se utiliza este razonamiento, tiene que aceptarse que se prolongue respecto de todo tipo de ideologías: el comunismo era bueno y que su puesta en práctica contuviera muchos errores no invalida la pertinencia de sus ideas; y así sucesivamente.

En segunda instancia, Fukuyama hace algo muy común entre quienes están acostumbrados a ser tenidos en cuenta. Incorpora a su discurso, ya que los entiende pertinentes, aspectos como la identidad, los valores socialdemócratas o la mayor participación del Estado en la economía; sin embargo, esos mismos elementos eran el objeto de sus críticas, aquello que combatió. Podría suponer una rectificación, el reconocimiento de un error y, si así fuera, resultaría positivo. Pero no hay nada de eso en el texto, que se despliega como si sus críticas no hubieran sido emitidas y como si las disfunciones hubieran sido causadas por fuerzas exteriores y ajenas, y no por sus propias ideas.

 Actúa de la misma manera que esa gente que alababa a Merkel y al modelo alemán y ahora los censura amargamente, como si ellos no hubieran formado parte del coro. Esa capacidad de estar siempre en el lado correcto de la historia resulta extraña, pero así parecen funcionar las cosas: quienes advirtieron de los problemas fueron excluidos, y ahí siguen, y quienes los ignoraron o fomentaron continúan en los lugares más prestigiosos. La habilidad para que tus errores no te manchen y que tus aciertos brillen es típica de los buscavidas de nuestro tiempo, y hay muchos.

El texto incurre también en algún argumento retorcido, como cuando, para alabar la vivacidad, la creatividad y la innovación que producen las sociedades liberales recurre a la Atenas de Pericles. Aquella Atenas era democrática, pero distaba mucho de ser liberal en el sentido que Fukuyama estableció en su teoría. De hecho, era sustancialmente distinta: fue producto de una presencia de las instituciones públicas incomparablemente mayor de la que el pensador estadounidense promovía; contaba con un liderazgo (resultado de la lucha contra la oligarquía) al que hoy se tilda frecuentemente de populista; y suponía un ejemplo de equilibrio económico entre los ciudadanos mucho más acentuado de lo que Fukuyama jamás propuso. La cita a Pericles no es significativa, pero sí simbólica: si tienes que atribuirte logros de otros sistemas para justificar tus posiciones, es que no son demasiado sólidas.

La idea de Fukuyama con el nuevo texto es noble: defender el liberalismo y sus instituciones en tiempos en lo que la cohesión social está rompiéndose y la polarización se desata. Es un propósito difícil de rebatir, pero sus propuestas no suenan especialmente pragmáticas. Y no lo son porque pone el acento en la derecha nacionalista populista y en la izquierda progresista obsesionada con las diferencias culturales como los grandes problemas del liberalismo. Con ese diagnóstico, la solución aparece de forma evidente: hay que combatir a los enemigos y todo aparece limpio de nuevo.

 Esto es hacerse trampas: señala como grandes obstáculos a fenómenos políticos que han crecido precisamente a causa de las fallas profundas del liberalismo que gente como él promovía; los defectos de su sistema han producido el tipo de clima social que favorece las posiciones iliberales. De manera que insistir en las mismas fórmulas que han causado los problemas y proponerlas como solución, además de añadir moderación y templanza, como propone, simplemente conseguirá que el liberalismo ahonde en su decadencia.

Si bien los propósitos de Fukuyama pueden ser ampliamente compartidos, su perspectiva es extemporánea. Ya no estamos en el momento del fin de la historia, sino en otro muy diferente. Según aseguraba a sus clientes Zoltan Pozsar, analista de Credit Suisse, "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China". En esencia, este era el mundo liberal real, unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos. El enredo geopolítico tiene también que ver con esto.

Ahora, como subraya Rana Foroohar en un artículo de 'Financial Times', en el que recoge el diagnóstico de Pozsar, la época tiene un color muy distinto: "Estamos en guerra, guerra significa industria y una industria en crecimiento significa inflación". Y esto, señala Foroohar, implica un modelo completamente distinto de aquel en el que hemos vivido en las últimas décadas, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones. Algunas de ellas se han puesto ya en marcha, llegarán otras, pero es complicado comprender cómo se puede afrontar este nuevo momento regresando a las prácticas que dominaron las décadas anteriores. Se quiere combatir los problemas actuales con soluciones que ya no responden a las necesidades del momento político, ni al geopolítico ni a las prioridades económicas. Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia. "         (Esteban Hernández, El Confidencial, 11/09/22)

3/3/21

Más allá de los personajes de esta historia reciente, lo relevante es el modo en que subraya los errores políticos de la izquierda española y sus afinidades calvinistas. En esa tradición, los activistas buscan traidores y blanqueadores, como Daniel Bernabé, y los atacan personalmente. La izquierda activista ha regresado a los espacios minoritarios... enredados en discusiones que solo entienden ellos, acerca de la ley trans, el feminismo y el movimiento LGTBI

 "Es una historia menor, pero relevante, ya que es el reflejo de una generación y nos dice mucho sobre la evolución de la política. Es poco conocida para el público mayoritario, porque ha tenido lugar en ámbitos restringidos, pero ilustra la marea de fondo que atraviesa nuestra sociedad. Al fin y al cabo, como asegura Simmel, en los grupos de resistencia suelen reproducirse las formas y las estructuras de los grupos dominantes, y este caso no ha sido una excepción.

Es también la historia de un grupo de personas, unidas por sus ideas y por una edad similar, que creyeron firmemente que iban a heredar España, que en poco tiempo estarían ocupando cargos o generando una corriente intelectual insoslayable. Se situaron en la órbita de Podemos, al calor del 15-M, y traían nuevas formas de comunicación e ideas que abogaban por una gran transformación. 

Habían estado tiempo ocupando espacios de escasa visibilidad, y la irrupción de Iglesias les puso en el centro de los debates. No son la única generación de la última década que ha visto frustradas sus aspiraciones, y quizá González Férriz nos cuente pronto algo al respecto, pero forman parte de la que fue más notoria durante un tiempo.

Muchos de ellos son personas que se acercaron a la política, que creyeron que podrían revolucionarla y que se vieron expulsadas por la crudeza de la política misma. La mayor parte entraron, salieron y se olvidaron de la participación pública; otros ya solo operan en lo interno, porque han conseguido un cargo, y otra parte regresó al ámbito del que provenía, el activismo, con las redes y algunos medios de comunicación como lugar principal de difusión de sus ideas.

Sin embargo, es una historia interesante más allá de sus protagonistas, porque señala una dinámica, una forma de actuar, una marejada de fondo que sigue plenamente operativa. El caso de Daniel Bernabé refleja todo esto de una manera precisa.

1. El éxito y un mal movimiento

Bernabé es un escritor y periodista que estaba situado ideológicamente cerca de IU, que escribía en ‘La Marea’ y que había publicado un par de libros de narrativa. Era muy activo en redes, y para 2017 contaba con un gran número de seguidores. No estaba en la órbita de la nueva intelectualidad que había despuntado con Podemos, ya que le miraban con cierto desdén, el reservado a quien es considerado poco sofisticado, alguien de ideas anticuadas. Pero era hábil con la palabra y sabía tocar puntos clave, lo que le generó cierta popularidad en su sector. 

Un avispado editor de Akal, tras observar las discusiones que mantenía en Twitter, le ofreció escribir un texto sobre los debates entre la izquierda y la identidad. En la primavera de 2018 aparece ‘La trampa de la diversidad’. Como se trataba de un tema entonces polémico, el libro gozó de una acogida importante, con posiciones encontradas y muchos partidarios y detractores.

Un movimiento muy mal calculado por parte de Alberto Garzón contribuyó a que el libro lograse su despegue definitivo. El coordinador de IU publicó una extensa crítica del texto, realizada en términos cordiales, pero oponiéndose a las tesis de fondo. Es bastante probable que Garzón entrase en ese debate porque políticamente le interesaba. En un instante en que deseaba que su partido abrazase las tesis feministas, ecologistas e identitarias, el ensayo de Bernabé estaba siendo bien acogido en su partido, por lo que creyó conveniente desautorizarlo públicamente.

 Como suele ocurrir con estas cosas, la reseña de Garzón provocó aquello que quería evitar, y mucha gente de IU, o cercana a IU, salió en defensa de Bernabé. Al mismo tiempo, los activistas de distintos colectivos, al percibir que el libro cobraba popularidad, redoblaron su animadversión. Le llovieron las críticas, pero también las descalificaciones y los insultos. ‘La trampa de la diversidad’ se convirtió así en uno de los libros de ensayo más exitosos de ese año, y va por la undécima edición.

2. Un instrumento para la venganza

El éxito de Bernabé resultó irritante al activismo por muchos motivos, y uno de los más importantes fue que simbolizaba el triunfo de aquello que querían dejar atrás. La nueva izquierda había insistido en que el futuro pasaba por ella, que las viejas formas debían reconstruirse y que las ideas obreristas, salidas del mundo de las fábricas, de las cervezas después del trabajo y del orden sindical, habían sido superadas. Bernabé, con su insistencia en los aspectos económicos y de clase, les recordaba mucho a los viejos comunistas.

 Pero tampoco Bernabé atacaba la diversidad, esa que se había constituido en el centro ideológico de la izquierda activista, sino el hecho de que se convirtió en el mecanismo de olvido de las condiciones económicas, del modo en que el capitalismo funcionaba concretamente en esta sociedad y en este tiempo, y de la forma en que el sistema estaba generando muchos perdedores. Bernabé entendía que esa nueva ideología de la izquierda era un problema más que una solución.

El libro de Bernabé funcionó también por la acogida que tuvo entre buena parte de esa izquierda a la que se le había insistido que estaba vieja, que ya no servía y que debía desaparecer en el pozo de la historia. ‘La trampa de la diversidad’ se publicó en un momento adecuado porque, hasta entonces, esa izquierda había permanecido más o menos invisible. Dado que Podemos era la fuerza dominante, y los de Iglesias y los suyos habían mantenido esas tesis, las críticas de esta corriente ideológica eran ignoradas. 

 Pero para 2018 ya se era consciente de que la fórmula no funcionaba, que el cambio social no iba a llegar y que los de Iglesias iban a ser una fuerza minoritaria. Lo sabía hasta el propio Iglesias, que se apoyó en IU para lograr la estructura de partido que le faltaba tras las sucesivas expulsiones y peleas internas. Iglesias regresó al lado de quienes había despreciado, y aunque los dirigentes de la formación lo pasaron por alto por intereses coyunturales, las bases no lo olvidaron. El libro de Bernabé era un instrumento para su venganza.

Y después estaba el elemento ideológico: esas mismas bases, así como personas afines a la izquierda, se cansaron de los fuegos de artificio, los giros tácticos y la palabrería de Podemos y de sus escisiones, y se sintieron políticamente traicionados a cambio de nada. La nueva teoría no era más que otro giro del socioliberalismo, y no estaban dispuestos a tragar con ello.

Este conjunto de factores lanzó una polémica cuya resolución dice mucho del problema de fondo, porque no se solventó con discusiones teóricas, debates en redes o con facciones de un partido tratando de hacerse con el poder ni nada de eso. Simplemente, se atacó a quien había lanzado el debate, y casi siempre en términos puramente personales. Los insultos, descalificaciones y menosprecios se volvieron muy frecuentes, y Bernabé, que no cedió ante el ataque, respondió con una defensa firme y agresiva.

Fue curiosamente entonces cuando surgieron términos como rojipardismo, izquierda tricornio y similares, que extendían el desprecio a un espectro más amplio. En el fondo, no era más que una maniobra política, la de aislar a quienes no coincidían con su perspectiva, que convenía a casi todas las facciones: Iglesias evitaba movimientos en Izquierda Unida contrarios a la alianza, Errejón resguardaba su espacio y los anticapitalistas podían exhibir su arma preferida, el regreso del fascismo.

Todo eso pasó, la animadversión contra Bernabé 'et alii' se redujo, y quedó solo encuadrada en el entorno activista, ya de poder reducido. En los últimos días, ha vuelto a elevarse el tono, de nuevo con ribetes personales disfrazados de ideológicos. Ahora andan enredados en discusiones que solo entienden ellos acerca de la ley trans, el feminismo y el movimiento LGTBI, pero he desconectado por completo, en parte porque se necesita un cursillo para entender de qué están hablando, cuáles son los motivos reales de las disputas, dónde están las diferencias y por qué se odian tanto.

Estas peleas, no obstante, no pasan solo desapercibidas para mí, sino para la mayoría de la gente. La izquierda activista ha regresado a los espacios minoritarios, esos en los que estaba antes del 15-M, y la consciencia de sus límites les hace volverse más agresivos. Sin embargo, en esa hostilidad hay elementos políticos importantes.

3. Los traidores

El interés de todo esto es relativo, pero existe, porque ha dejado dinámicas muy perjudiciales. Más allá de los personajes que aparecen en este pequeño drama, nos habla de la frustración de una generación que aspiraba a más y ha ido quedándose, en lo que se refiere a la política, por el camino. 

Algunos de ellos han hecho carrera, otros no, y otros siguen donde estaban. Pero, en todo caso, no son una fuente de influencia ni en la vida pública ni en el debate ideológico; todo lo más, son el muñeco al que dispara la derecha. Así son las cosas: si eres español, te gustan la filosofía y la política, y además eres de izquierdas, es prácticamente seguro que resultarás invisible. 

Si eres economista anglosajón es otra historia, pero no es el caso. Lo normal, en este escenario, es aceptar que unas veces estás arriba, otras abajo y las más de las veces no estás; que solo te queda hacer tu trabajo y que las circunstancias irán diciendo si tus opiniones, tus ideas y tus aportaciones tienen algún recorrido o ninguno. En fin, la vida misma. Pero no puedes culpar al hombre al que odias, porque ha tenido cierto reconocimiento, de lo que va mal en tu vida política o del poco arraigo que tiene tu ideología.

Sin embargo, lo hacen, y no solo se trata de frustración, porque algunos han llegado bastante más lejos que Bernabé. Se trata de una lógica en la que están inmersos y que forma parte de una tradición política, esa que está mucho más pendiente de los de dentro que de los de fuera: el mayor peligro no lo representan los rivales ideológicos sino quienes son débiles y complacientes con los enemigos.

 En el fondo, y esto es lo que explica lo de Bernabé y lo de tantos otros (y otras), el problema está siempre dentro: son los traidores, los heterodoxos, los que miran hacia otro lado, la causa última de que las cosas vayan mal. Esa es la razón de que se centren en atacarlos y también lo es de que, en lugar de buscar los puntos de encuentro, que existen, prefieran subrayar las diferencias. Las disensiones no son consideradas como puntos de vista complementarios sobre un mismo asunto, sino el núcleo que debe destruirse para lograr el éxito

 Así se construyó Podemos, con expulsiones y caídas en desgracia: Iglesias ha llegado al Gobierno rodeándose de un núcleo muy reducido de fieles que son quienes constituyen hoy Unidas Podemos, ya que ha excluido a todos aquellos que no seguían al pie de la letra la línea oficial del partido, la suya. En esa tradición, los activistas buscan traidores y blanqueadores, como lo fue Bernabé, y los atacan personalmente. Es su particular exorcismo para lograr que el fascismo abandone el cuerpo social.

4. El señalamiento

En el ámbito activista esta tendencia se recrudece, ya que no están en el poder y sus diferencias son todavía más sutiles, de forma que resultan menos perceptibles para el profano y más hostiles para los cercanos. Y es normal, ya que la época les ha reducido el espacio.

En la izquierda, el discurso feminista, global, verde y diverso está mayoritariamente representado por el PSOE, que lo ha acogido como parte de su ideario. Por eso Sánchez confronta con el PP en primer lugar y le reprocha que haya alimentado a Vox. Podemos, que ocupa un lugar secundario, en el Gobierno y en el voto, acentúa ese discurso y se vuelve más feminista, más ecologista, más cercano a los separatismos; en el reparto de papeles, le toca interpelar a Vox y lanzar la alerta antifascista. 

Y los grupos minoritarios prosiguen la tendencia y se vuelven todavía más feministas, ecologistas y antifascistas, y como su entorno es reducido, solo pueden visibilizarse siendo hostiles y agresivos, señalando a personas concretas y encontrando machismo, racismo y nazis por todas partes, pero sobre todo entre los suyos: siempre aparecen blanqueadores, gente complaciente, banalizadores, que en el fondo no son más que fascistas, homófobos o racistas que no quieren salir todavía del armario.

El caso Isabel Peralta es significativo en este sentido. Un medio de izquierdas, muy combativo contra el fascismo, convierte en estrella a una joven de 18 años de gestos alterados que emite una arenga falangista y que señala al judío como responsable del mal en el mundo. Se produce en el contexto de un homenaje a los caídos de la División Azul, de esos que se han venido realizando todos los años, y siempre con escaso público. La Falange, por otra parte, dista muchísimo de ser una fuerza con un peso político mínimamente relevante en España.

 Una vez que la joven ha llamado la atención de todo el mundo gracias al artículo y al vídeo que han difundido, otros medios se hacen eco de la noticia y la entrevistan. Es entonces cuando sube el tono, y las críticas se desplazan desde la joven antisemita hacia otros medios, esos que han recogido y prolongado la noticia, a los que acusan de blanquear y banalizar el fascismo. 

Se ha convertido una fuerza marginal y a una de sus integrantes en 'trending topic', en noticia, en debate público, en materia para los telediarios. Era muy probable que ocurriera así, y todo el mundo era consciente. El efecto final iba a ser muy diferente del deseado por quienes pusieron a Peralta en el foco, pero para todo hay una explicación: son los otros medios, los blanqueadores, los complacientes, quienes le están dando cancha, los responsables últimos.

5. Los errores políticos

Es aquí donde aparece el segundo problema, el de la incapacidad de los activistas, siempre pendientes de lo personal, para poner el acento en lo estructural. Elevan la anécdota a categoría para después olvidarse de las categorías.

El regreso del fascismo no consiste simplemente en una joven falangista emitiendo proclamas ante 200 personas. Tiene que ver con un suelo social en el que ese tipo de mensajes puedan calar, con fallos institucionales que generen malestar, con intereses objetivos en las clases dominantes, con fuerzas sociales sin anclaje, con deterioro material, con costumbres enfrentadas.

 Y, cuando eso ocurre, se genera un magma que puede llevar a cualquier sitio. La crisis de 1929 llevó al poder a Hitler, pero también a Roosevelt. Y quizá sea políticamente mucho más sensato, y desde luego más pragmático, ofrecer propuestas de salida a los problemas de fondo que señalar e insultar a todo el mundo. 

Si la izquierda (como el resto de fuerzas políticas democráticas) quiere evitar que los totalitarismos regresen, tendrá que pensar en términos estructurales, comprender los problemas y buscar soluciones, mucho antes que apuntar con el dedo y colgar un cartel en el cuello ajeno; pero prefieren despreciar a quien no piensa como ellos, incluso cuando sea de una tendencia ideológica parecida, que buscar puntos de encuentro. El hombre al que odia la izquierda activista no es Bernabé, sino cualquiera que pase por allí y no actúe y se exprese de la manera que entienden correcta.

Ese afeamiento de la persona como sustitución del pensamiento estructural es pernicioso políticamente porque lo centra todo en los actores y en sus actitudes. Es una reducción que se quedaría en otra forma de individualismo metodológico si no contuviera un elemento mágico, el de palabras que se convierten de inmediato en realidad.

 Puesto que creen demasiado en el poder del discurso y mucho menos en la manera en que las palabras y la sociedad encajan, es decir, en la interrelación permanente entre agencia y estructura, todo se sustancia en las cosas que dicen los individuos. Y esa misma perspectiva les autoriza a actuar como lo hacen: creen que llamando fascista a un fascista, el fascismo desaparece; es más, están convencidos de que si señalan como fascista a alguien que dice no serlo, cierran todas las puertas de entrada al fascismo.

No son los activistas los únicos que han contribuido a ensuciar las discusiones políticas desplazándolas al plano personal, porque es desgraciadamente algo muy común, pero fueron los pioneros en democratizar la tendencia. Es una buena manera de no tener debates políticos en absoluto y supone una forma muy calvinista de actuar."                      (Esteban Hernández, El Confidencial, 19/02/21)

18/12/18

La hoja de ruta de la Revolución Conservadora en Estados Unidos... el tablero de juego del conservadurismo moderno y su estrategia desde la posguerra... Siempre ganan los hermanos Koch... con su estrategia para “salvar permanentemente al capitalismo de la democracia”...

"Nancy MacLean se encontró un tesoro por casualidad. La prestigiosa historiadora americana, profesora de Historia y Políticas Públicas en la Universidad de Duke, buceaba en un oscuro archivo de la Universidad George Mason, en Virginia, cuando dio con la hoja de ruta de la Revolución Conservadora en Estados Unidos. 

MacLean es una historiadora ecléctica: en su primer libro, Behind the Mask of Chivalry (1994), exploraba la formación y auge del Ku Kux Klan a principios del siglo XX a través de su discurso no sólo racista sino también anti establishment y pro familia. Su segundo libro, Freedom is not Enough (2006), compone un valiente trabajo sobre la lucha por la igualdad a partir de los años 50, principalmente en los puestos de trabajo de las mujeres, los afroamericanos y las comunidades latinas. 

Siguiendo esa línea de demarcación que atravesaba la raza, el género, el trabajo y los movimientos sociales, MacLean publicó en 2017 un volumen explosivo que mezcla la historia con el análisis económico y el periodismo de investigación. En Democracy in Chains cristalizan, en el fondo, todas sus preocupaciones sobre la derecha reaccionaria, que ataca desde su raíz misma. A través de la figura del premio Nobel de Economía James M. Buchanan, en cuyo archivo secreto terminó MacLean casi por accidente, el libro despliega con brillantez el tablero de juego del conservadurismo moderno y su estrategia desde la posguerra.

 MacLean alerta no solo sobre su astuta propaganda, sino también sobre secretas maniobras antidemocráticas de las élites libertarias que han armado ideológicamente el conservadurismo anti establishment del partido republicano, y así hasta la victoria de Donald Trump. Lo que parece una anomalía a brocha gorda, mirado con los ojos de McLean se revela como resultado de una estrategia de décadas. Siempre ganan los hermanos Koch.

Su exploración de la derecha estadounidense empieza con un repaso a la historia reciente de ataques militantes de la derecha contra los sindicatos y el estado de bienestar en Estados Unidos. Hubo muchos, dentro y fuera de EE.UU., que vieron la victoria de Trump como una suerte de anomalía y se preguntaban entonces: “¿De dónde sale todo este vigor ideológico de la derecha?” ¿Podría hacer un repaso a esa historia reciente de lo que viene ocurriendo en Estados Unidos?

Muchos estadounidenses no empezaron a tomarse en serio todo esto hasta que Trump salió elegido, lo cual les sumió en un tremendo shock. Ahora le prestan más atención a la política. Veo a Trump como el síntoma, mórbido si se me permite, de un problema que lleva cociéndose mucho tiempo. 

Es inconcebible que Trump pudiera haber alcanzado la presidencia sin el trabajo previo de toda una serie de intelectuales y de una red de financiación bien urdida durante muchos años para transformar las instituciones de Estados Unidos.

Incluso si hablamos en concreto de la elección de Trump, toda esta red preparó el terreno al presentar tenaz y concienzudamente al Estado como una ciénaga que había que limpiar, al hacer que fuese tomando peso la idea de que no hay nada que merezca ser preservado en Washington, nuestra capital, y que los grupos de interés campan a sus anchas allí, desangrando al contribuyente.

 Por supuesto que hay muchísimas corporaciones, pero esta red ha trabajado duro para, precisamente, abrir el grifo del dinero corporativo y que este pueda inundar la política, así que estamos hablando de algo completamente diferente.

Para entender ese proyecto, menciona como clave la vida y obra del economista James McGill Buchanan. ¿Quién fue Buchanan? ¿Qué importancia tiene su figura dentro del forjamiento de la derecha neoliberal?

Quizá haya oído hablar de la Sociedad Mont Pelerin, que promovió este pensamiento radical de libre mercado. Yo lo defino como el proyecto supremacista de los propietarios o supremacista del capital. La Sociedad Mont Pelerin se fundó en 1947, cuando Buchanan estaba terminando sus estudios en la Universidad de Chicago, al albur de los fundadores del proyecto, Friedrich Hayek, Milton Friedman, Frank Knight y algunos otros. Buchanan formaba parte sin duda de ese proyecto radical de libre mercado, pero era una figura mucho más oscura que, por ejemplo, Friedman. Pienso en ellos como el ying y el yang de esta causa. 

Friedman era el tipo afable y dicharachero al que le gustaba hablar de las grandes virtudes del libre mercado y de cómo a todos nos iría mejor si tuviéramos la libertad de escoger, etcétera. Siempre estaba en la esfera pública. Buchanan era una figura que se movía mucho más en las sombras, contento con trabajar en el mundo académico, entre bambalinas, lidiando con compañías, grandes donantes de la derecha y demás. Quería cambiar la manera de pensar de la gente respecto del Estado. Quería demostrar el fracaso del Estado. Estaba decidido a desenmascarar a figuras públicas y probar que no les movía el bien común o los intereses de los ciudadanos.

Hay algo que une a la gente como el multimillonario Charles Koch, que tiene una empresa multinacional y los agentes políticos a los que paga, la red de donantes que gestiona, instituciones como el CATO Institute, la Heritage Foundation, la Atlas Network y los académicos juristas, economistas y científicos políticos a los que financia: no tienen ningún respeto a la Historia.
De modo que dejaron abandonado un enorme archivo con documentos y pruebas de todas sus campañas estratégicas.

 Se mudaron de la Universidad George Mason a un edificio moderno de cristal más cerca de Washington y dejaron todo eso. Yo había descubierto, en otro proyecto de investigación, cosas sobre Buchanan en el contexto de la época de la batalla por los derechos civiles en Virginia que me habían dejado tan helada. 

Me dejaba estupefacta que la gente que decía estar a favor de una sociedad libre fuera cómplice de fuerzas archi-segregacionistas sin inmutarse. Y este proyecto se alineaba perfectamente con aquel. Así que no pude dejarlo de lado. Llegar a aquel archivo y descubrir todo aquello fue como una bomba… Todo lo que sospechaba se confirmó.

Describe en su trabajo como el multimillonario financiador de campañas conservadoras Charles Koch encontró en Buchanan el sistema de ideas que llevaba tanto tiempo buscando para transformar América. Parece que Koch, más allá de su propio interés de clase, cree de verdad en esas ideas. ¿Cómo forjaron Koch y Buchanan una alianza para desarrollar una estrategia para lo que usted define como “salvar permanentemente al capitalismo de la democracia”? ¿Mediante qué instituciones o redes trabajaron juntos para hacer realidad ese proyecto?

Creo que Charles Koch ha sido subestimado sumamente por sus críticos. Estamos ante alguien que ha sido capaz de tejer una red de donantes para campañas, que tiene la audaz ambición de transformar no sólo la política estadounidense, sino también la de otros países del mundo. Ha incrementado el tamaño de la empresa que heredó de su padre entre un mil y un cinco mil porciento. Ahora opera en sesenta países. 

Tiene tres títulos de ingeniería del MIT, la universidad de élite tecnológica del país. Es un hombre muy inteligente, al que no deberíamos subestimar, que siempre ha sabido jugar a largo plazo. Mucha gente de izquierdas, desgraciadamente, piensa en lo que dijo no sé quién ayer y que sale hoy en las noticias, pero no a diez, veinte, treinta años vista. Koch sí lo hace.

A finales de los 60, empezó a financiar el trabajo de intelectuales y académicos que, pensaba, podrían ayudarle a abrir camino con sus ideas. Cuando donó sus primeros diez millones de dólares a la Universidad George Mason, donde estaba Buchanan, dijo que llevaba tres décadas financiando a toda una serie de intelectuales, en busca de la “tecnología” que necesitaba. Cuando hablaba de tecnología –hay que recordar que se trata de un hombre con tres títulos del MIT— se refería al poder transformador de las ideas. 

Y al dar con Buchanan, supo que la había encontrado. De modo que cuando dio su primer donativo, dijo: “Quiero dar rienda suelta al tipo de fuerzas que impulsaron a Colón hasta sus descubrimientos”. También se ha comparado a sí mismo con Martín Lutero. La relación, el conocimiento, se remonta bastante más, pero la verdadera conexión arranca en todo su esplendor a finales de los 90.

Hemos hablado bastante sobre cuestiones raciales y educativas, pero también cabe resaltar la importancia los sindicatos en esta historia. ¿Qué papel jugaron los sindicatos en el desarrollo de las ideas de Buchanan y en el impulso de Koch y el resto de donantes de su investigación? ¿Cómo de explícito fue su empeño en derrotar a los sindicatos? ¿Y cómo de exitoso?

Para Buchanan, los sindicatos no fueron un uno de los elementos centrales de su trabajo. Al haberse centrado en finanzas públicas, se fijaba más en cuestiones de ingresos estatales, de cargas impositivas y gasto público. Pero siempre fue muy anti sindicatos. Hay que recordar que los sindicatos estadounidenses de mitad de siglo eran muy poderosos.

 Consiguieron amasar suficiente poder como para marcar la agenda pública y hacer que los empresarios, o por lo menos los grandes empresarios, tuvieran que cambiar su comportamiento. Establecieron un suelo salarial. Dieron más poder a la gente. Y Buchanan y sus centros de estudios entendían eso y se oponían férreamente a los sindicatos.

A partir de los años setenta, llegó a decir en un buen número de contextos que los empleados públicos no deberían tener derecho al voto, porque eso afectaría las condiciones de su trabajo. Por supuesto, no defiende que los directores ejecutivos de las empresas pierdan el derecho al voto, porque eso afecta a las operaciones de sus empresas. Es un argumento con el que solo apunta a la izquierda. 

Ha hecho alusión a la inconsistencia argumental de ser muy partidarios de la “libertad económica”, como la llaman, pero a la vez no tener problema alguno en apoyar regímenes o políticas autoritarias. Hay un par de episodios especialmente significativos a este respecto: la represión a los movimientos estudiantiles de los sesenta, liderados, entre otros, por Angela Davis en California y la relación del movimiento con el Chile de Pinochet. ¿Qué demuestran para usted estos episodios? 

Lo que he aprendido investigando este asunto es que el tipo de libertad que más les importa a los arquitectos de esta causa son, en realidad, una serie muy concreta de libertades económicas de ciertos actores. Invertir, consumir, producir, ser libre del yugo de los impuestos. Pero la mayoría de libertades que nos importan a los seres humanos, como la libertad política, o el derecho de organizarnos, esas no les conciernen.

Buchanan lo dejó muy claro en su reacción a las revueltas estudiantiles de los sesenta. En sus archivos, lo encontré aconsejando a los líderes universitarios que utilizaran la violencia contra los manifestantes y recriminándoles que no demostrasen “coraje estratégico”. Tenían que ser mucho más represivos; castigar a los manifestantes. Ensañarse con gente como Angela Davis.

Se ha escrito mucho sobre los viajes de Milton Friedman a Chile en 1975, apenas dos años después del golpe. Para entonces ya llegaban las noticias horribles sobre lo que allí sucedía. Chile se estaba convirtiendo en un paria por culpa de las violaciones de derechos humanos de la dictadura. Pero Buchanan fue en 1980. 

Después de que se purgasen las universidades y de toda una infinidad de barbaridades sobre las que Buchanan tuvo que hacer la vista gorda. Todo para cumplir su sueño de asesorar a la dictadura y sus aliados civiles sobre cómo solidificar las reformas posteriores al golpe con una constitución que los hiciera irrevocables.

En su trabajo se detalla cómo el de Koch-Buchanan es en realidad un proyecto revolucionario que, siendo minoritario, necesitaba anclarse tanto en el conservadurismo tradicional estadounidense como en la derecha religiosa. ¿Cómo emergió dicha alianza y qué enseñanzas podemos extraer de ellas para el presente? 

Murray Rothbard, el economista de la escuela austríaca, le insistió a Charles Koch en que leyera a Lenin para entender cómo una minoría podía lograr llevar a cabo una revolución sin necesidad de la mayoría. Y Koch cita a Lenin en uno de sus libros como un autor que ha influido en su pensamiento. Está claro que, para ellos, no iba a ser una revolución violenta, porque tienen tanto dinero que no les hace falta. 

Pueden hacerla por otros medios. Pero, sin duda, es un proyecto revolucionario. Creo que han transformado el Partido Republicano en una especie de Partido Leninista Libertario de Derechas, en el que la disciplina es extraordinaria en asuntos como el cambio climático o la sanidad. No hay duda en que es revolucionario.

Sobre la derecha religiosa, lo interesante es que es lo que les permite avanzar políticamente con su proyecto. Los libertarios de derecha representan sólo el tres o el cuatro por ciento del electorado estadounidense, algo absolutamente inerme. Pero la derecha religiosa, en especial la derecha evangélica protestante, es eminentemente fácil de cooptar. Sus líderes, al menos, lo han sido. Se han movido con mucha astucia. 

Koch sabe que hay ciertas concesiones que estos grupos buscan de un gobierno de derechas, incluidas las que ahora vemos que aprueba Trump: financiación para colegios cristianos, exenciones de cumplir con ciertas normas en base a valores cristianos. Saben perfectamente cómo capturar a esos votantes religiosos. Lo hacen de muchísimas maneras. En el fondo, es la misma estrategia que seguía Buchanan y su grupo en Virginia en los 60.

 Él estuvo dispuesto a usar el supremacismo blanco para hacer valer su proyecto de supremacía de los dueños del capital. Hoy en día se cierra el círculo cuando vemos que la gente está dispuesta a usar los prejuicios contra las lesbianas, los gays, los transexuales o los inmigrantes para solidificar la misma 
agenda.

Si hay una palabra que une a toda la gente que describe es la libertad. ¿Qué significa para ellos, en su opinión?

La respuesta breve es que su libertad extinguiría las libertades de la mayoría de nosotros. En inglés, liberty, a diferencia de freedom, se utiliza en el sentido en el que la empleaba John C. Calhoun, para defender la esclavitud, o para defender los derechos de propiedad por encima de la libertad, pongamos, de los trabajadores para organizarse colectivamente. O de la gente transexual para utilizar el baño que corresponde con su género. Nuestras libertades, han concluido, interfieren con su libertad; su libertad económica.

Si uno lee su libro, escrito antes de las elecciones de 2016, podría pensar que el presidente de Estados Unidos a finales de la década de los 2010 es Jeb Bush o Ted Cruz. ¿Cómo lee la elección de Trump en este contexto? O el hecho de que Trump lograse la nominación del Partido Republicano en primera instancia, que es incluso más sorprendente que su elección, a la luz de su trabajo.

No es concebible que Donald Trump hubiera llegado a la Casa Blanca sin el trabajo previo de esta causa. Ellos sentaron los cimientos en un sinfín de maneras, a través del cinismo prevalente y tóxico que cultivaron en la opinión pública sobre el Estado, cómo funciona y a qué intereses responde. Pero también es cierto que la Red de Financiación Koch había trabajado con tanto ahínco dentro del Partido Republicano para hacerlo el vehículo de entrega de estas ideas que habían preparado a todos los otros favoritos en las primarias para esta causa y se habían asegurado de su obediencia, en contradicción directa con lo que quiere la mayor parte del electorado.

 Los votantes republicanos vieron a todos los favoritos por un lado y por otro, a Trump, que decía: “Estas son marionetas de los Koch. Están a su servicio”. Y eligieron a Trump.

Ahora bien, desde que fue elegido, Trump se ha demostrado decidido a impulsar la agenda de los donantes de la red Koch, dejando de lado lo que le prometió a la gente. El 70% de sus nombramientos vienen de la Red Koch. 

Ha llenado las agencias gubernamentales y secretarías de Estado de gente que viene de esa red, en especial la Agencia de Protección Medioambiental, pero también el Departamento de Trabajo, el de Interior, y otros lugares estratégicos en los que los Koch y sus donantes tienen agentes nombrados por Trump.

Aunque perdieron, terminaron ganando.

Ni siquiera tengo tan claro que perdieran. Creo que queda mucho por saber sobre cómo Trump llegó a la Casa Blanca. Pero aunque no lo quisieran ni tuvieran nada que ver con ello, lo que importa es que se han ajustado perfectamente y lo han rodeado de sus aliados, empezando por Pence.

Como ha dicho, Trump aún candidato insistía una y otra vez en que él no necesitaba el dinero de grandes empresas para su campaña. Eso parece romper con el modelo de los Koch. ¿En qué medida cree que Trump representa una ruptura con el conservadurismo “tradicional”?

Seamos claros sobre dos asuntos: en primer lugar, Donald Trump no tenía cómo movilizar el voto en la jornada electoral. Nunca hubiera sido elegido sin que el grupo de los Koch, Americans for Prosperity, asegurase la movilización de las bases republicanas y su red de donantes inyectase de dinero las campañas para el Congreso o cargos secundarios, surtiéndoles de la base de datos de votantes más sofisticada que existe, la llamada i360.

En segundo lugar, Charles Koch no es en absoluto un conservador “tradicional”. Es un radical libertario, un reaccionario cuya red está financiando un aparato para deshacer un siglo de victorias populares democráticas. No se puede entender la crisis de la democracia estadounidense que vivimos si seguimos pensando en que el conservadurismo o el Partido Republicano son lo que un día fueron. 

La elección de Trump es fruto de una ofensiva desbocada durante décadas –en especial desde 2010— de las ideas de Buchanan. Buchanan llamaba a la mayoría de votantes “parásitos” que “toman como presa” a los demás. Y esta noción es ahora mayoritaria en la derecha. Pero eso es sólo una parte de cómo el proyecto Buchanan-Koch nos trajo a Trump. 

La otra parte es que la red de financieros de los Koch impuso su agenda en el Partido Republicano tan insaciablemente que Trump se convirtió en el único candidato al que los votantes republicanos leales podían apoyar si no querían los cambios radicales en Seguridad Social, atención sanitaria, educación y demás a los que se habían plegado el resto de favoritos, bajo presión de la red Koch.

Seguimos creyendo, como país, que existe un Partido Republicano, con sus propias tradiciones, su toma de decisiones interna y su rendición de cuentas a los votantes. Pero eso se acabó. Ya no hay nada del Grand Old Party, el Partido Republicano de toda nuestra historia. Ese partido lo ha tomado por asalto la derecha libertaria, financiada por multimillonarios.

En torno a la guerra comercial declarada a China por parte del presidente o los eventos recientes han llevado a muchos a sugerir un conflicto entre Trump y los Koch. ¿Qué les une y qué les separa? ¿Podrían llegar a ser los Koch arquitectos del derrocamiento de Trump?

Charles Koch expresó su desdén personal hacia Trump en 2016, llegándole a llamar “un monstruo”. Dudo que le invitase a cenar jamás. Pero, en lo sustantivo, Koch se ha felicitado en dos en cumbres de donantes de lo muchísimo que han progresado a la hora de aprobar su agenda, en especial en el último año, área por área, desde terminar con las políticas de acción contra el cambio climático hasta el diseño de una ley fiscal al más puro estilo Buchanan.

Así que están logrando, quizá, el noventa por ciento de lo que quieren. Eso pone la cuestión del comercio en perspectiva. Creo que deberíamos prestar atención al juego a largo plazo de la derecha liderada por los Koch, y no distraernos con cuestiones que, desde el punto de vista de la Historia, serán pequeñas trifulcas comparadas con la gran narrativa."                   (Entrevista a Nancy K. Maclean / Historiadora, CTXT, 12/12/18)

29/1/16

El poder político está cambiando, se ha vuelto más fácil de obtener, más difícil de usar y mucho, mucho, más fácil de perder

"El poder ya no es como era antes. El venezolano Moisés Naím, en su best seller El Fin del Poder -libro que recomendó Mark Zuckerberg en su club de lectura online-, sostiene que está cambiando de manos y de forma; se ha vuelto más fácil de obtener, más difícil de usar y mucho, mucho, más fácil de perder. (...)

 Los ciudadanos, en la era de la Sociedad Red, están relacionados e informados como nunca antes. Son más críticos, exigentes, desconfiados y reactivos. Ya no se limitan a observar la realidad de forma pasiva, sino que también han desarrollado su capacidad de acción. (...)

Este nuevo ciudadano-elector está, además, sometido a un promedio de 3.000 impactos publicitarios diarios; un fenómeno que algunos expertos han llamado infoxicación. La publicidad ha perdido peso y terreno, ya no cambia percepciones, ni actitudes o conductas. 

Tiene tasas de retorno cada vez más ineficientes y la televisión ha perdido su peso hegemónico. Ante una sociedad de audiencias múltiples y diversas, de espectadores multipantalla y multiformato, se necesita menos publicidad y más comunicación.  (...9

Si la sociedad, como vimos, ha cambiado y está cambiando, la política también tiene que hacerlo. Las siguientes diez estrategias -antepuestas por el prefijo micro- nos ayudarán a pensar en esta nueva praxis electoral:

1. Microideas. El profesor David Perkins apunta que “es posible aprender a pensar mejor con estrategias sencillas que mejoran las capacidades que ya tenemos”. Así, ante la complejidad del mundo, se imponen soluciones prácticas, concretas, simples.

 Los grandes programas dan paso a propuestas centradas en la vida cotidiana y en los intereses pequeños. Son múltiples mensajes segmentados que se entrecruzan y conviven armoniosamente. Prevalecen las emociones… pensamos lo que sentimos y votamos lo que sentimos.

2. Microrrastros. El uso constante de la tecnología va dejando a nuestro paso huellas digitales. A partir de nuestro comportamiento en redes, se podría determinar con quiénes nos relacionamos, qué pensamos, qué decimos, qué nos gusta… quiénes somos. 

Los rastros semánticos en los buscadores (especialmente en Google), más la conversación en redes sociales, configuran una minería de datos que no puede desperdiciarse.

3. Microsegmentación. La micropolítica plantea la necesidad de ir más allá de la demoscopia tradicional. Las encuestas y los focus groups no son suficientes, dan fotografías incompletas de lo que piensa y siente la ciudadanía. Saber poco de muchos no sirve. 

Mejor será saber mucho de pocos; afinar la puntería al máximo para hacerles llegar a los votantes el mensaje oportuno; hablarles de lo que verdaderamente les importa y moviliza.

4. Microcomunicación. Cada vez se observa con mayor claridad cómo el marketing comienza a guiarse por la lógica de los micromomentos, que son las oportunidades específicas que las marcas buscan identificar para hacer llegar el mensaje adecuado, por el medio adecuado y hacia las personas adecuadas. 

Junto a esta búsqueda de los mejores momentos, hay una renovación total del lenguaje, mucho más simple y visual. De los grandes enunciados a los hashtags; del texto a la imagen y al video. Es la fuerza creativa del ARTivismo.

5. Microeventos. Se acabó el monopolio de los multitudinarios mítines de campaña. Se imponen, en su lugar, los actos reducidos, con pocos asistentes y de bajo coste. Se trata de encuentros más descentralizados, con escenografías sencillas que sugieren intimidad; ‘actos de bolsillo’ que son bastante más memorables que las concentraciones masivas.

6. Microacciones. Los modelos y los actores tradicionales anclados en viejas fórmulas para la acción política no parecen encajar en la demanda de una ciudadanía organizada en red. Se ‘comunica’ lo que se hace. No hay lugar para el oscurantismo ni para tomar decisiones sobre qué, cuándo y cómo se comunica.

 La política está vigilada y será mejor que se comunique lo que se hace y que se haga lo que se comunica. Internet, por otra parte, favorece la organización desde la base ciudadana, a menudo desde su vertiente más crítica… Es la movilización de las redes, el ACTivismo.

7. Microrreacciones. La velocidad aumenta y las reacciones, por lo tanto, deben volverse inmediatas. Nikesh Arora, quien fuera representante de Google, decía: “La competencia ya no será entre grandes y pequeños, sino entre rápidos y lentos”. 

Los equipos de campaña y activistas se vuelven comandos de guerrilla comunicacional, de intervención y respuesta rápida. El timing electoral ya no es planificado de una vez y para toda la campaña, sino que se convierte en un cúmulo de reacciones, propias y ajenas, superpuestas, simultáneas.

8. Microrredes. El comportamiento de redes es viral, no secuencial. La ciudadanía se organiza en redes y comunidades en torno a intereses comunes. La estructura vertical y centralizada ha mutado hacia una distribuida que favorece los movimientos bottom-up

Hay una Red, pero infinitas pequeñas comunidades radiales. El interés por el análisis de su evolución y conversación es constante, igual que la necesidad de identificar patrones de comportamiento.

9. Microinfluencias. Los mensajes que se elaboran y difunden desde las organizaciones cada vez son menos eficaces, pero cuando estos mismos mensajes son contados por otros, las posibilidades de impactar a las personas aumentan. Hoy en día prevalece la credibilidad de aquellos que son como nosotros, el poder del boca a boca se ha vuelto decisivo. 

Te convence alguien cercano, próximo, que tiene (o crees que tiene) el aval de una trayectoria y un comportamiento ejemplares. Por ello, se vuelve esencial identificar a los influencers, a los grandes y pequeños, a los offline y a los online.

10. Microcandidato. Los candidatos ya no son ‘propiedad’ exclusiva de los partidos. Con frecuencia irrumpen outsiders y renovadores que trastocan las estructuras de poder clientelar, territorial, históricas. 

Y cuando no es así, el fenómeno de la personalización hace que el contrato (el compromiso) sea directamente con los electores, sin intermediarios, pero también sin amparo. De ‘el candidato’ a ‘mi candidato’. Relaciones más directas, mayor accountability.

Estas diez estrategias micro conforman un nuevo paradigma, caracterizado por sentimientos, emociones, relaciones, comunidades y valores. Si se pretende llegar lejos, mejor será dando pasos cortos y seguros; es la metáfora del martillo pequeño: agilidad, precisión, persistencia, constancia y focalización. De la masificación a la personalización; de lo macro a lo micro."                  (Antoni Gutierréz-Rubí, 10/01/16, Publicado en: El Telégrafo , Ecuador)

27/3/14

La deshonestidad de un representante político es directamente proporcional a la dejadez y el cinismo de sus electores

"Según Medvic, la ‘trampa de las expectativas’ surge de tres grandes contradicciones que subyacen en nuestras expectativas respecto de los políticos:

a) Esperamos de los dirigentes políticos que lideren, que marquen orientaciones a la ciudadanía y, a la vez, que estén dispuestos a ser dirigidos por los ciudadanos.
b) Esperamos líderes políticos que se mantengan fieles a sus principios ideológicos y programáticos, y a la vez estén dispuestos a renunciar a ellos, sean pragmáticos y alcancen acuerdos en todas las grandes materias con sus oponentes.
c) Finalmente, esperamos líderes de cualidades excepcionales, de formación y  comportamiento sobresalientes, a la vez que se muestren ordinarios, cercanos al individuo común y representativos del mainstream social. 

No es muy difícil observar que, ante tales contradicciones, es muy probable que nuestras expectativas sobre los representantes políticos acaben viéndose defraudadas y alimenten la desafección contra lo político.

Hay dos elementos en la historia y en la cultura política españolas que alimentan esa ‘trampa de las expectativas’. Por un lado, la relevancia dada al valor del igualitarismo (que no significa necesariamente lo mismo que igualdad) que vino de la mano de la democratización posfranquista, y que tiende a valorar negativamente cualquier atisbo aparente o difuso de exclusividad o excelencia social o cultural.

Por otro lado, la historia de violencia política y autoritarismo que ha acompañado la tortuosa consolidación de la democracia en nuestro país ha contribuido a estigmatizar el carácter inherentemente conflictivo que acompaña a todo proceso y debate políticos. 

No soportamos el tono de contraste que suele rodear cualquier controversia política, y no hemos sido educados –en general– para sobrellevarlo de forma cordial y sosegada. ¿Hemos presenciado alguna vez a alguien que pierde los nervios porque otro le llevaba la contraria en una discusión política? ¿Sabemos admitir honestamente la relatividad de nuestras propias convicciones políticas cuando otro trata de refutárnoslas? 

En este contexto, muchos de los más convencidos se vuelven sectarios de sus ideas y pierden cualquier sospecha de duda. Pero la amplia mayoría desarrolla una cultura política ‘naíf’, desprendida y escéptica ante lo político. 

No es de extrañar que en 2002, en plena época de bonanza económica y bajo desempleo, la política suscitara a los españoles ‘desconfianza’ (28,8%), ‘indiferencia’ (27,2%) y ‘aburrimiento’ (14,8%), y que el 65,4% nunca o raramente hablara de política con otras personas.

¿Quizá esto pueda cambiar con el renovado interés por la política que ha traído la crisis económica actual, tal como nos explicaba Carol Galais?

Para Medvic, esta cultura de la desconfianza se manifiesta en una visión hipercrítica de la política y de los políticos, que se traduce en los frecuentes prejuicios con que muchos ciudadanos abordan tanto la vida pública como la vida privada de los políticos.

En cuanto a la vida pública, los ciudadanos suelen reprochar a sus representantes el populismo, el electoralismo y el partidismo de sus planteamientos. Por un lado, los políticos tienden a abusar de los mensajes populistas para atraerse el apoyo de los ciudadanos. Pero no es menos cierto que los ciudadanos parecen muy proclives a responder positivamente a las ofertas más populistas que les hacen sus representantes, siempre que estas puedan resultarles individualmente beneficiosas. 

Por otro lado, suele reprocharse que los políticos estén pensando siempre en las próximas elecciones. Ciertamente suele ser así, aunque con ello olvidamos que el horizonte electoral es el principal estímulo para que los políticos traten de mantener y reforzar el apoyo de sus electores, y, por lo tanto, les incentiva a una cierta rendición de cuentas y un seguimiento atento de las preferencias de estos. 

Finalmente, se acusa a los políticos de mostrarse siempre excesivamente partidistas en sus posiciones y demasiado críticos de entrada con las propuestas de sus adversarios. No obstante, hay que recordar la importancia que los electores dan a la claridad –a menudo simplista– en las posiciones políticas de sus representantes. Muchos electores son incluso más propensos a votar ‘en contra’ de otras posiciones o líderes políticos que a favor de su propio partido.

La valoración respecto de la vida privada de los políticos es si cabe aún más dura. Tenemos ciudadanos hipercríticos con las cualidades morales de sus representantes, a los que se les recrimina cualquier atisbo de ambición personal –a pesar de que una cierta dosis de ambición resulta inexcusable para soportar los elevados costes personales que genera la participación en política, como recuerda el Joseph A. Schlesinger en su clásico Ambition and politics (Rand McNally, 1966)– y de hipocresía –aunque esta sea en buena medida necesaria para mantener la convivencia cordial del sistema político en general y el ‘fair play’ en la disputa política en particular, como señala David Runciman en su 'Political hypocrisy' (Princeton University Press, 2010)–.

Y por encima de todo, los ciudadanos se muestran tremendamente exigentes en términos morales ante la mentira, el engaño y el uso de lo público en beneficio propio. El 60,6% de los españoles consideran que la desconfianza ante los políticos está relacionada con la corrupción que supuestamente muchos practican. 

El problema es que no sólo luego esa exigencia moral no se traduce automáticamente en castigo electoral ante los políticos, sino que los propios ciudadanos parecen sucumbir demasiadas veces a la tentación de tales defectos, o al menos se muestran socialmente más permisivos de lo que sugieren sus expectativas políticas.

10/1/14

La izquierda necesita construir con las clases medias una mayoría de cambio

"(...) El centro de toda ideología progresista es siempre una antropología que responda a tres preguntas. 

Primera, ¿las mujeres y los hombres se han de conformar con lo que son o pueden, incluso deben, aspirar a realizar todo su potencial? 

Segunda, ¿qué significa el trabajo en un proyecto vital contemporáneo?, cuestión clave porque la izquierda, materialista, asume que los hombres y mujeres se realizan a través del trabajo. 

Tercera, ya que el trabajo es un hecho social, ¿cuánto del valor generado por ese trabajo se ha de compartir?, ¿cómo?; es decir, ¿cuál es mi relación con los otros?

El ultimo aggiornamento antropológico de la izquierda va ya para medio siglo: 1968. Fue antiautoritario, enfocado a la liberación de los comportamientos privados. (...)

El primer desplazamiento es de la protección de los derechos de los trabajadores a la capacitación como instrumento para la emancipación. En un mundo global —sin refugios ya a la competencia laboral— sólo el individuo capacitado para adaptarse a las exigencias de la competitividad podrá ser dueño de su propio destino, menos alienado y dependiente de otros o del Estado; es decir, ser más. 

Para ello debe poder desarrollar talentos que le permitan el acceso continuo a las nuevas formas de producción. La diferencia entre una derecha moderna y la izquierda es que aunque la primera puede aceptar la igualdad de oportunidades de salida, la segunda permite redimir errores de elección de futuro, facilitando la reentrada, en cualquier momento, en la educación y en la fuerza de trabajo. 

El objetivo último progresista no debe ser por tanto la protección social, un objetivo intermedio, ni la igualdad de llegada —¿por qué, si el esfuerzo no ha sido igual?— sino la emancipación: dar a todos la oportunidad de soñar, elegir su vida y realizar su potencial (en un artículo en estas páginas J. M. Maravall ofrecía una opinión distinta).

La segunda es la transición desde una imaginería todavía focalizada al obrerismo o al empleado administrativo, a una que incluya a innovadores, creadores y emprendedores, figuras centrales del nuevo paradigma productivo basado en la innovación y las nuevas tecnologías, y que posibilitan no sólo la creación de más valor añadido sino también una más completa realización personal en el trabajo. La innovación y la labor creativa no sólo crean más riqueza sino también mejor trabajo.

La tercera basculación tiene que ver con la solidaridad y con las dificultades de encontrar bases para la misma en lo local, incluido lo nacional, y contar con agentes eficaces para su ejercicio. La tradicional filiación identitaria basada en un territorio y una comunidad cultural homogénea está desapareciendo —y cuando resiste es nacionalismo reaccionario—. Internet virtualiza el espacio y la inmigración hace heterogéneas las comunidades tradicionales. 

A su vez, el Estado está cada vez menos capacitado para vehiculizar la solidaridad, tanto por limitaciones fiscales —las clases medias rechazan sufragar servicios públicos que cada vez usan menos— como por pérdida de legitimidad derivada de su incapacidad de actuar en una economía global.

Tres estrategias políticas, correspondientes a cada una de las basculaciones, deben ser el primer paso a la renovación fundamental del proyecto progresista.

 Primero, educación para la emancipación. La educación sigue siendo la más efectiva palanca para la emancipación de las personas, y la prueba definitiva que separa progresistas de reaccionarios. La universalización de una educación analítica y experimental, con frecuentes reciclajes y oportunidades de acceso o reentrada a la fuerza de trabajo, debe constituir la primera y prioritaria estrategia de la izquierda. 

Desde el punto de vista de valores, no necesariamente presupuestario, ha de ser la más importante, incluso más que la sanidad. Sin educación para la competitividad global no hay libertad, sólo paro, dependencia y alienación.

Segundo, democratizar la innovación y el mercado. No existe igualdad de oportunidades para ser empresario o innovador. Debe trabajarse por ello, ampliando a la mayoría de ciudadanos el acceso a los instrumentos financieros y cognitivos que permiten innovar y crear actividad económica. 

Para lograrlo es necesario aplicar las reglas del capitalismo a los capitalistas, fomentando la competencia y mercados abiertos frente al corporativismo, especialidad de la derecha española camuflada en su discurso liberal.

 La izquierda debe reconocer que los emprendedores pueden ser agentes de cambio, de circulación de elites. Asumir que agentes económicos con capital no son progresistas, dejar a la derecha su representación, es una de las torpezas de la izquierda continental comparada con la anglosajona.

Tercero, transformar la solidaridad. La izquierda ha de replantearse si lo estatal es el instrumento de solidaridad a privilegiar. El Estado puede ser un eficiente ejecutor de políticas sociales, pero deja de serlo cuando está inmovilizado por intereses corporativos y élites que neutralizan su potencial redistributivo. (...)

Además, el repertorio de soluciones institucionales para proveer servicios sociales es mucho más amplio que lo puramente estatal o privado, como por ejemplo un tercer sector gestionado por el asociacionismo cívico.

Los perdedores del sistema son hoy ya mayoría; las clases medias tienen todavía conciencia de clase burguesa pero realidad material de clase en precarización. El partido que vehicule la demanda de cambio de esta nueva mayoría será el partido dominante del futuro. La izquierda debe aprovechar la oportunidad; no tanto moverse al centro, sino mover el centro. 

Para hacerlo necesita soltar lastre de su tradicionalismo doctrinal y construir con las clases medias una mayoría de cambio: transitar de la protección social a la capacitación para posibilitar la emancipación de las personas; de la desconfianza del mercado a la promoción de una economía de innovación que genere recursos para la educación; y del inmovilismo en lo social a una solidaridad responsable, con criterios de racionalidad, sin a prioris, sobre quién y cómo presta los servicios sociales, y con una fiscalidad eficaz que reduzca la desigualdad de rentas.(...)"              ( / , El País, 4 NOV 2013 )

26/4/13

"El único sentimiento del poder es el de seguir siendo el poder"

"El nuevo largometraje de Pierre Schoeller, El ejercicio del poder, examina a la clase política -una casta sin ideología- que dirige hoy los gobiernos europeos, analiza capa a capa todos sus elementos, y, finalmente, concluye un retrato de sus mandatarios.

 Son políticos que, aun con voluntad de servir al pueblo, son incapaces de ello, atrapados en un ritmo vertiginoso de toma de decisiones, manipulados y presionados desde varios frentes, y, sobre todo, subyugados por el brillo del poder, que, como dice el director, "no tiene sentimientos". Son políticos devorados por este sistema de Estado.(...)
 
El político protagonista de su película es un hombre trabajador, inteligente, humano... No es, desde luego, la visión que hoy tienen los ciudadanos españoles de sus políticos...

Pero en la película también se ve un estado de impotencia del político. Los políticos tienen las llaves de la casa, pero tienen las manos atadas. Lo peligroso es que cuanto más se acerca uno al centro del poder, más tienes la sensación de que son muy pocos los medios que tienen para poder actuar. 

Esta no es una película sobre corrupción, sino sobre las debilidades de los políticos en esa capacidad de acción.

¿Qué otras debilidades ha descubierto sobre los políticos al hacer esta película?

He tenido la sensación de que una vez en el poder es cuando se preguntan ¿qué se hace ahora? Es la sensación de que los políticos descubren el poder cuando llegan, que no han podido anticiparse a sus problemas antes. Pero pienso entonces en un panadero que no sabe qué hacer cuando está ante el horno y es absurdo.

Su protagonista, su ministro de Transportes, parece un buen tipo, pero a la hora de la verdad...

Sí, en la película vemos a un hombre generoso, compasivo, humano... pero hay algo más fuerte por encima de eso, algo que pesará sobre él. El poder no tiene sentimientos. El único sentimiento del poder es el de seguir siendo el poder. 

El poder no tiene sentimientos y los políticos no tienen ideología. Y ésta no es una cuestión de moral, es de naturaleza. Es como un hombre que lleve dentro un demonio. A veces yo también tenía la sensación de que estaba rodando a un demonio.

No es una película partidista, ni siquiera es sobre los políticos, realmente, ¿la intención última era hacer un retrato del poder? 

Sí. No pretendía retratar a un ministro para demonizarle ni destrozarle ni para lo contrario. Este es un tipo normal y corriente, que se vuelve un poco alocado en el gobierno, pero solo porque el mundo de hoy vive en un estado de desastre y el político también está al borde de ese desastre. 

Nosotros, los ciudadanos, vivimos ese desastre, lo sufrimos, transforma nuestras vidas, pero el político, además, está atrapado en ese movimiento de desastre."         (Público, 25/04/2013)

4/4/09

La política es desagradecida

""Los tiempos mutan: el cambio climático sí es el primer y gran problema global, y eso obligará a ceder soberanía". ¿Pero quién puede obligar a que Brasil no deforeste? "Pues a lo mejor pagándole para que no lo haga; el mundo cambia: hubo un pueblo al que como ministro les llevé electricidad, agua... y luego no me votaron. Antes su preocupación era salir de la pobreza; luego fue mantener su calidad de vida y mi discurso no lo vio". ¿Volverá a la política? "No; no se defendió lo que hicimos y me dolió..." (RICARDO LAGOS: "En Chile sabemos de activos pringados". El País, ed. Galicia, Última, 03/04/2009 )