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9/3/23

Un cómic para rescatar del olvido la figura de Juan Negrín, el hombre de la resistencia republicana

 “Lucharemos hasta el triunfo incondicional de la causa del pueblo español y del Gobierno legítimo de España”. Es una de las frases recogidas en las viñetas del cómic Juan Negrín, dedicado a contar la vida de esta figura clave de la II República y que para los autores representa la capacidad de “resistencia” que mostró en un período tan convulso de la historia, como fue el golpe de Estado franquista y la Guerra Civil. El periodista Francisco de Zárate y el dibujante Fer Clavi narran en forma de historieta la biografía de este personaje nacido en Las Palmas de Gran Canaria, con amplia formación médica y científica y que dominaba cinco idiomas. Un hombre altamente preparado cuya condición de “médico ilustre” le llevó primero a incorporarse al laboratorio de Fisiología General en Madrid y después a ser diputado socialista, para finalmente ser el último presidente del Gobierno de la II República antes del fin de la Guerra Civil y el exilio.

Para ambos autores, Negrín fue un total “descubrimiento”. Francisco de Zárate, nacido en Las Palmas de Gran Canaria, pero criado en Tenerife, explica que durante su etapa escolar apenas le nombraron a este personaje, pese a ser canario y ocupar un lugar relevante en la historia. “Nací en 1974 y en EGB nunca llegábamos a la II República; me imagino que porque las cosas estaban muy frescas”, añade. Fer Calvi (Buenos Aires) también conocía muy poco y este trabajo de documentación le ha permitido destacar de él que “su esfuerzo permanente por lograr sus objetivos sin traicionarse, como humanista y como hombre de ciencia, ni traicionar a su pueblo”. De Zárate considera que ese desconocimiento que sigue existiendo sobre el personaje se debe principalmente a esas leyendas negras que construyeron sus adversarios sobre él y que se desmontan con su biografía. “Negrín fue una persona excepcional que fue vencido en una Guerra Civil y eso explica todo; que el bando contrario lo demonizara durante los 40 años que duró su Gobierno, pero también explica las divisiones dentro de su propio bando cuando se producen las derrotas o en casi todas, dentro del bando socialista y de exiliados fuera de España”, resume.

El escritor de la historieta lo compara con Churchill por su capacidad de resistencia. La diferencia, recuerda, es que el primer ministro inglés tuvo finalmente el apoyo de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, Negrín, que siempre esperó la ayuda de Francia e Inglaterra vio desvanecer las esperanzas de la República mientras la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler apoyaban a Franco, una ayuda con la que pudo ganar la Guerra. Ejemplo del tesón de Negrín fue su discurso en la Sociedad de Naciones en 1937. “Hemos sido las primeras víctimas. Tened cuidado. No seremos las últimas”, dijo. 

Desmontar los mitos sobre Negrín

Francisco de Zárate señala que en el cómic no quisieron responder a las leyendas negras para no darle más peso, ya que consideran que con la propia biografía del personaje se desmontan. Una de ellas es la del oro. “En los documentos que las autoridades franquistas recibieron por insistencia de Negrín quedó demostrado que las reservas del Banco de España se emplearon íntegramente en el esfuerzo de la guerra”, recoge el cómic. Un dato que se puede comprobar además en los documentos que atesora la Fundación Juan Negrín, que realiza un trabajo de divulgación y de estudio de los documentos de la II República y de la biblioteca del expresidente. Además, Moscú se quedó sin cobrar los 50 millones en créditos concedidos a la República, lo que desmonta una supuesta conspiración con los soviéticos para robar el oro español. 

Otro de los mitos que se han difundido con los años tiene que ver con la pérdida de vidas por su resistencia. De Zárate insiste en que Negrín esperaba esa ayuda de Francia o Inglaterra, pero además Franco siempre se negó a negociar una rendición en la que se acordara el respeto a las personas que habían sido leales al Gobierno de la República, por lo que no podía producirse una rendición en esos términos. En el cómic se recogen los “13 puntos de Negrín” y que sirvieron como testimonio de sus principios democráticos.    

El reto de traducir al lenguaje del cómic

Los autores se han enfrentado al reto de traducir al lenguaje del cómic cientos de páginas de la historia más dura de España. Para apoyarse y documentarse han utilizado la biografía de Enrique Moradiellos, de la Real Academia de la Historia y el tratado de la Guerra Civil de Helen Graham. “El cómic permite aportar información no solo descriptiva, por ejemplo, del avión con el que Negrín viajó cuando salió de España, sino información emocional de cómo se vivía cada momento”, resume de Zárate, que se define como traductor de la historia al lenguaje del cómic. Considera que este tipo de narración permite acercar la figura de Negrín a un perfil de público que quizás no se habrían leído una biografía de 300 páginas. Por ello, celebra la oportunidad que puede suponer el cómic para que su historia sea conocida o se pueda trabajar en un aula. 

“Ojalá el libro ayude a que personas que no conocen en profundidad la vida y obra de Negrín se interesen y la descubran. Es lo que me pasó a mí, entonces confío que a algunos lectores les pasará”, señala Fer Calvi, quien explica que la elaboración de las viñetas tiene su parte trabajosa, “todos los cómics la tienen, pero particularmente los históricos”, pero en especial una gran parte del trabajo es el proceso de documentación: “buscar referencias gráficas para todo, máquinas, paisajes, personas, vestidos, etc ya que nada se podía dibujar sin una referencia histórica fiable”. Se trata de una cuestión a la que se enfrentan “quienes hacen cómics históricos siempre y se termina disfrutando”, apunta. A Francisco de Zárate, encargado de la parte de narración, se le debe la parte de síntesis, algo a lo que está acostumbrado por su profesión periodística y porque lleva diez años trabajando en periodismo de historietas. 

Un cómic que aborda todas las etapas de Negrín

Pese a que la etapa de la Guerra Civil centraliza gran parte del cómic, en sus páginas se repasa toda su biografía, desde la descripción de sus padres; su madre (María Dolores López Marrero) venía de una familia propietaria de terrenos agrícolas y su padre aunque no venía de una familia acomodada hizo dinero antes de casarse gracias al comercio de frutas, fincas y solares. También ahondan en la juventud de Negrín, su importante etapa de formación en Alemania. “Era un investigador muy importante, pero también destacó como formador de investigadores”, destaca de Zárate. De hecho, nada más regresar de Alemania puso en marcha, por encargo del propio Ramón y Cajal, el laboratorio de Fisiología General en Madrid y tuvo un papel central en la constitución de la ciudad universitaria antes de la guerra. 

“Me pareció mientras iba leyendo sobre él, que tenía una resistencia sobrehumana, con la responsabilidad tan gigantesca que tenía encima, nunca huyó de su responsabilidad y siempre tomó las decisiones que él creía que favorecía al interés general”, apunta el escritor de la historieta. Confiesa que, como le ocurrió cuando leyó el Quijote, la muerte del personaje le llama mucho la atención ya que se encuentra “triste” en el final de su etapa. “Estaba triste y es una muestra más de que era un ser humano, maravilloso, pero un ser humano con su fragilidad y que resistió muchísimo”, concluye de Zárate. 

Las Casas Consistoriales de Las Palmas de Gran Canaria acogen durante el mes de marzo una exposición sobre esta historieta, publicada por la Fundación Canaria Cine+Cómic. Cuarenta paneles que erigen en este lugar céntrico de la ciudad donde nació Negrín cuentan la historia de este personaje."                    (Jennifer Jiménez  , eldiario.es, 4 de marzo de 2023)

1/6/22

¿Que diablos ocurre con la historia en España? ¿Qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos, 1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado? Que en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo, a la historia

 "Este título simplemente refleja mi creciente perplejidad. Por los círculos universitarios madrileños -y quizá incluso fuera de ellos- circula en busca de adhesiones un texto de queja al Defensor del Universitario de la UCM.

Me llegó la semana pasada. Precisamente cuando, después de dos años y tres meses de encierro riguroso en Bruselas a causa de la pandemia, me disponía a tomar unas cortas vacaciones para ver a mi hija en su nuevo domicilio en Reino Unido. Cuando este post se publique estaré allí y alejado de mis papeles y libros. Por vez primera en tal lapso de tiempo.

No sorprenderá que apenas si tardase treinta segundos en adherirme después de leer el texto en cuestión. No sabía nada al respecto y no tengo conocimiento directo o indirecto si los hechos narrados sucedieron como en él se describen o no. Tampoco me parece que se trate de una broma pesada. En cualquier caso, si lo fuera no se tardaría en descubrir la superchería.

Para mí llueve sobre mojado. Hace algunos meses denuncié la orientación del contenido de la petición de VOX, elevada a la mesa del Congreso de los Diputados el pasado mes de septiembre por la portavoz adjunta de este partido, la Excma. Señora Doña Macarena Olona. Solicitaba la retirada del proyecto de ley de Memoria Democrática. Que yo sepa, nadie se hizo eco del caso. El “sabroso” texto de la petición tampoco se hizo público. No lo ha exhibido, que yo sepa, VOX ni tampoco ningún órgano de prensa de los que suelen aparecer digitalmente en mi bien baqueteado ordenador. Sí leí  la noticia de que tal petición había sido desestimada. Escribí un par de artículos sobre el caso en InfoLibre, para darles mayor publicidad que la modesta de que goza mi blog, y me he permitido hacer una referencia en un próximo libro, CASTIGAR A LOS ROJOS, en el que colaboro. Se publica el 15 de junio y haré alusión a él en varias ocasiones en el futuro.

Se trata de una puesta a punto de las bases conceptuales, filosóficas, históricas y jurídicas que sirvieron de pauta a los sublevados del 18 de julio para realizar un sinfín de actos de puro terrorismo que duró a lo largo de la guerra e incluso después. Y, como es lógico, nos basamos en evidencias primarias relevantes de época. Las que, por cierto, jamás ha utilizado el profesor Stanley G. Payne a quien un medio digital ha sacado recientemente de la oscuridad.

Innecesario es decir que personalmente me relamo de gusto anticipando las reacciones, si las hubiera, de VOX y del PP y de los historiadores detrás de ellos. Ya han dado muestras de lo que valen, en mi opinión, en el curso del debate sobre si el ingeniero e inventor Juan de la Cierva estaba o no compinchado con la sublevación.

Pues bien, si las concepciones de la historia de España que tienen puerta abierta en los medios de la derecha sobre la República, la guerra civil y el franquismo me son familiares, no había prestado suficiente atención al debate sobre los orígenes de España. Lo que había leído al respecto había sido obra de, con todo respeto, aficionados o periodistas. Unos los sitúan en tiempos de los romanos, otros lo hacen en la época de los visigodos y no faltan quienes los ponen en los comienzos de la “cruzada” contra los moros invasores. La fecha mítica es el año 711.

No soy tan lerdo como para ignorar que fuera de España (aunque menos aquí en Bélgica) existen debates similares. Quizá porque en este país en que vivo la fecha de fundación del Estado belga está fuera de toda duda. Pero en el caso español la fecha 711 suscita connotaciones muy parecidas a las que vienen arbolando en Francia Mme Le Pen y el distinguido “historietógrafo” (tomo la expresión prestada al profesor Albert Reig) Mr Zemmour. ¿Será que, como en el pasado, todo lo bueno -para unos- y lo malo -para otros- sigue viniendo de Francia? Había leído que el trumpismo tiene grandes adherentes en la España democrática, pero quizá la patología norteamericana en temas de historia esté demasiado alejada de nuestras latitudes.

En cualquier caso, el escrito que he firmado denuncia el intento de ocupación de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM el 1º de abril (sin duda la fecha no es una casualidad:  es cuando el invicto general Francisco Franco firmó su famoso parte final de guerra en 1939). Según dicho escrito para tan solemne fecha se había solicitado una reserva de sala para que una -para mi desconocida- “Plataforma 711 para la Reconquista Cultural” pudiera celebrar un acto. A la vez, en las redes sociales se anunciaba, al parecer, la “toma” de la Facultad.

Obvio es señalar que la fecha de 711 tiene unas connotaciones zemmourianas y lepenistas. El término “Reconquista” no solo se refiere a una división, más o menos arbitraria, en la historia española sino también a movimientos perfectamente definibles y definidos en el país vecino. Incluso copia el nombre del partido de Mr Zemmour. Una casualidad.

El escrito al Defensor del Universitario cita un programa de una hora de duración (https://www.youtube.com/watch?v=iku5eDrV8no) en el que un chaval actúa como locutor que explica el acto no autorizado y sus vicisitudes en una mezcla de estupideces y de ejemplos de proyección. Esta es una de las características más acusadas de la “teología” e “historietografía” franquistas: acusar al adversario del tipo de comportamientos propios y que no se reconocen como tales.

Leyendo algo de lo que se publica hoy en España sobre la República, la guerra civil y la dictadura no veo una gran solución de continuidad. Y me pregunto: ¿qué ha fallado en la enseñanza de la historia desde, digamos, 1976 en adelante para que se haya llegado a esta situación de banalización de un pasado nada glorioso, con las imprescindibles muestras de inculpación a otros por los desastres del pasado?

Para mí está resultando obvio que la labor callada, silenciosa, de los historiadores que vamos a archivos, que buscamos evidencias que permitan sustentar -o rechazar- unas u otras interpretaciones, es una condición necesaria para acercarnos a un pasado tumultuoso. Pero no es una condición suficiente.

Personalmente no tengo tiempo de seguir la política actual y dos años largos de ausencia total de España no me permiten tomar el pulso de la calle ni de los colegas. Volcado en la dura tarea de interpretar el pasado, no tengo tiempo de pensar demasiado en el presente. Por eso, quizá me sea permitido diseñar un futuro que, para mí, no es deseable en absoluto.

Si las controversias que más o menos he seguido de cerca continúan sin dar frutos, dicho futuro no me parece nada halagüeño. En tanto que historiador lo que me ha preocupado y me preocupa son los siguientes temas:

*¿Cómo dotar de recursos materiales a los archivos de titularidad pública? Su situación es con frecuencia lamentable. Para terminar el libro que he enviado a la editorial hace un mes tuve que esperar más de ocho meses a que pudieran reunirse los materiales necesarios al efecto, Todavía no pueden hacerse fotografías de los documentos. Hay que atravesar por un largo y lento proceso de petición a los funcionarios -pocos y sobrecargados de trabajo- para que se pongan en pdf. El proceso de pago dilata aun más el tiempo que transcurre hasta recibirlos.  Menos mal que por ordenador. Me pregunto: ¿por qué en una multitud de archivos extranjeros hace años que pueden fotografiarse sin limitación alguna los documentos consultables? La última vez que estuve en los Archivos Nacionales británicos pude hacer una media de 800 fotografías diarias.

*La apertura, silenciosa y en general silenciada, de ciertos archivos no se ha visto acompañada de un incremento en las dotaciones de personal. ¿Acaso el Estado sigue en situación de amenaza de quiebra financiera? Porque el tema dura ya muchos años. En 1983 mi añorado amigo y compañero Julio Aróstegui y servidor fuimos a ver a un elevado personaje para rogarle que dotara de medios al Archivo de la Guerra Civil en Salamanca, ya abierto a la curiosidad de cualquier investigador (no como en la época de la dictadura). No olvidaré su respuesta: “pedidme que se construya otro edificio. No que se aumenten los gastos de personal”. En mi próximo libro en un largo prólogo alabo la profesionalidad y el espíritu de servicio de los funcionarios y empleados públicos que sirven en los archivos. ¿Hasta cuándo el orgulloso Estado español continuará dejando de lado el abordaje de los problemas estructurales de sus archivos?

*¿Y qué pasará en el Congreso de los Diputados con la Ley de Memoria Democrática, si no se aprueba y se blinda en esta legislatura? Porque si, como avisan observadores del acontecer político español, un futuro Gobierno que fuese de signo contrario, es de suponer que PP, Vox y tal vez de los residuos que quedan de Ciudadanos, no se apresurará a hacerla avanzar. La experiencia muestra que, por desgracia, en España las variopintas derechas tienen miedo, mucho miedo, a la historia.

No es de extrañar que haya dado comienzo a mis vacaciones lleno, muy a mi pesar, de preocupaciones."             

(Ángel Viñas . Historiador, economista, diplomático. Es catedrático emérito de la UCM. Rebelión, 31/05/22)

11/10/21

El 12-O, entre la demagogia y la banalización... el colonialismo es una de las grandes vergüenzas de la historia... La expansión colonial en América y África fue probablemente también, una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo... Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente... anque los ejemplos más claros de genocidio se dieron más claramente después de la independencia de las repúblicas americanas... Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos, o en Argentina... y desde luego, durante el siglo XX ha habido bastantes, como el nazi o el armenio...

 "Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no […]

Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no lo es mucho más que los argumentos esgrimidos por sectores soberanistas, y afines, incluyendo la primera edil de Barcelona Ada Colau, en vísperas del 12-O de 2015, al identificarlo con el inicio del supuesto genocidio de los pueblos indígenas americanos. Supongo que este año vamos a tener más de lo mismo, a tenor de la propuesta de la CUP de demoler el monumento a Colón del puerto de Barcelona. Buen comienzo.

Claro que con la iglesia han topado. Los de «Nova Història» han puesto el grito en el cielo, ya que es cosa sabida que «Cristòfor Colom fou català», como reza un panfleto que circula desde hace ya bastantes años. También peligra la estatura de Antonio López que, como su cuñado Güell, mecenas de Gaudí, hizo fortuna al parecer con el tráfico de esclavos. Pero con Güell no se meten; quizá porque no se llamaba López. Y puestos a hacer, queda pendiente otro monumento de un racista, el del Dr. Robert. Claro que como él lo que intentaba demostrar era que los catalanes eran de una raza superior a la de los españoles, no se le tiene en cuenta.

Veamos. Empecemos por el sustantivo «descubrimiento». Estoy bastante de acuerdo en que calificar el 12-O así, es en gran medida impropio. De manera más o menos fortuita, debió haber bastantes europeos que cruzaron el Atlántico antes que Colón. O quizá asiáticos por el Pacífico. También es impropio en la medida en que el almirante estaba convencido de haber alcanzado las costas de Cipango (Japón). El verdadero «descubrimiento» fue la evidencia de que la circunferencia terrestre era mucho mayor de lo que se había asumido, ya que la existencia de América alejaba necesariamente Europa de Asia.

Sea cual fuere el tipo de descubrimiento, el resultado fue la colonización de todo un continente por diferentes monarquías europeas, no solo la Hispánica. Y no creo que haya desacuerdo en considerar globalmente el colonialismo como una de las grandes vergüenzas de la historia.

Ahora bien, colonialismo no implica irrevocablemente genocidio sino, en cierta manera, algo totalmente contrario. En principio, al colonialista lo que interesa es sacar el máximo provecho de los recursos naturales, mediante la consiguiente explotación de la mano de obra nativa, sin interés especial en exterminarla. Y cuando esa mano de obra resulta insuficiente, por una u otra causa, se busca otra. Caso típico, el tráfico de esclavos de África a América. Las enfermedades introducidas por los europeos habían mermado considerablemente la población amerindia. Pero no tengo noticias de que en el siglo XVI haya habido Mengeles que les inocularan a los indios la viruela, por ejemplo, para exterminarlos. Las jornadas extenuantes a que estaban sometidos los mineros del Potosí boliviano, por ejemplo, se pueden calificar de crueles y despiadadas, pero no son propiamente un genocidio, en el sentido de cómo se estableció el concepto (voluntad de exterminio), como veremos enseguida.

Otro ejemplo, el «Estado Libre del Congo» de Leopoldo II. El rey de los belgas no estaba interesado en matar negros, sino en sacar el máximo provecho de su trabajo esclavo, para pagarse las francachelas. Asimilar explotación, colonial o no, a genocidio, nos llevaría a calificar también como tal el capitalismo llamado manchesteriano. ¿O es que vamos a ser más laxos al juzgar lo descrito por Engels que lo que denunciaba Bartolomé de las Casas? Que por cierto según «Nova Història» era también catalán y se llamaba Casaus. Sobre Engels, todavía no se han pronunciado.

El error se prolonga cuando se asocia exclusivamente la idea de colonialismo y sus víctimas a pueblos no europeos. Como ha demostrado más de un historiador, los primeros en experimentar las consecuencias de la aventura colonial fueron los europeos, digamos, periféricos.

Veamos el caso inglés. Roma somete a la población celta. Cuando el Imperio retira sus legiones, los anglosajones arrinconan a los celtas en los confines occidentales, Gales y Cornualles. Luego, después de Hastings, son los normandos los que feudalizan el país, desposeyendo a los sajones de sus derechos y propiedades. El sojuzgamiento del espacio celta prosigue en Irlanda.

En el este europeo, son los Caballeros Teutónicos los que colonizan, a costa de los pueblos bálticos y eslavos.

Podemos encontrar situaciones no muy diferentes en nuestro entorno inmediato. Por ejemplo, la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, con las «gestas» almogávares en Grecia o la conquista de Cerdeña (¿por qué fue necesario repoblar L’Alguer?). También la Reconquista, en sentido global, tema válido para todas las coronas ibéricas. Un ejemplo.

El 9 de octubre de 1238, Jaime I entraba en Valencia. En realidad la ciudad se había rendido el último día de setiembre. El retraso se debió a la necesidad de expulsar la población musulmana, a fin de distribuir sus hogares entre los conquistadores. ¿Fue mejor o peor la suerte de los musulmanes de las Baleares, muchos de ellos vendidos como esclavos? ¿No se asemeja más esto a lo que hoy llamamos genocidio, que hechos aludidos anteriormente? Será casualidad pero, hasta el momento, nunca he visto que en los círculos nacionalistas cunda el mismo nerviosismo cuando se acerca el citado 9 de octubre, o el 31 de diciembre (conquista de Mallorca), como ocurre en las vísperas del 12-O.

No creo que ningún historiador digno del calificativo acepte simplificar el fenómeno del colonialismo calificándolo de genocidio. Cuestión aparte son determinados hechos puntuales que pueden llegar a calificarse como tal, por características muy específicas. Es el caso de las situaciones de colonización unidas a la introducción de una población ajena, que exige «vaciar» previamente el espacio. Curiosamente, y volviendo al caso americano, los ejemplos más claros de dicho proceder se dieron más claramente después de que se hubiera obtenido la independencia. Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos. Pero hay otros que nos son culturalmente más cercanos. Por ejemplo, Argentina.

La ocupación de las tierras aborígenes del sur, con los consiguientes perjuicios para sus habitantes, comienza no mucho después de la independencia, de la mano de Juan Manuel de Rosas. Culmina con la llamada «campaña del desierto» de Julio A. Roca. En ambos casos el proceso se lleva a cabo en beneficio de las familias criollas, las llamadas «patricias», ya que les permite pasar a poseer enormes latifundios. Me gustaría saber si interpreta de igual manera la cuestión cierto «lobby» argentino establecido en Barcelona con, sospecho, unas más que probables raíces en el peronismo de izquierdas, dado que todo el justicialismo siempre ha sido ardientemente rosista.

Tampoco fue genocidio el idealizado sistema patriarcal de las reducciones jesuíticas, pero sí el exterminio de la etnia tupí-guaraní, especialmente en Brasil, cuando aquellas desaparecieron, cosa que tuvo lugar ya después de la independencia. En prácticamente todas las repúblicas sudamericanas se ha producido el mismo fenómeno: la «leyenda negra» de la colonización (ya de por si suficientemente negra) ha sido una construcción de un sector de la oligarquía criolla, los mismos que en muchos casos llevaron a cabo la política de expansión territorial para el asentamiento de los inmigrantes europeos y que, durante 200 años de independencia, han mantenido segregada a lo que quedaba de la población amerindia.

Se cuenta que Vicente Blasco Ibáñez, en una visita a un país sudamericano, tuvo que aguantar de un criollo una larga retahíla sobre las barbaridades que los conquistadores habían llevado a cabo. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente: «Eso lo debieron hacer sus antepasados, porque los míos se quedaron en España».

La expansión colonial en América, y luego África, fue sin lugar a dudas una vergüenza, como ya he dicho antes, pero probablemente también una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo y el atraso tecnológico de los pueblos nativos, en ambos continentes. Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente

Recordemos además que la idea de genocidio es relativamente nueva. Fue establecido por el jurista Raphael Lemkin, judío polaco emigrado a Estados Unidos, en 1944, con la siguiente definición: » La puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento» . La consecuencia es que se aplica el calificativo de forma retroactiva, a situaciones en un pasado más o menos lejano.

Durante el siglo XX ha habido bastantes casos que, desgraciadamente, se pueden calificar sin titubear como genocidio. La más evidente, por supuesto, es el exterminio nazi contra judíos y romaníes, o incluso homosexuales, aunque en este caso el apelativo de «grupo nacional» no sería aplicable, de tal manera que quizá la definición original resulte insuficiente. El otro gran genocidio en la misma centuria es el de los armenios y cristianos asirios, emprendido hace un siglo por los Jóvenes Turcos, eficazmente ayudados por la población kurda, muy idealizada por cierta izquierda. Y también tuvo visos genocidas la acción del ejército japonés en China en la década de 1930. Recuérdese la toma de Nankín.

Hace ya más de 50 años Hanna Arendt teorizó sobre la banalidad del mal. En el tema que se aborda, asistimos a una banalización terminológica muy peligrosa, ya que vacía de contenido los conceptos correspondientes. Cuando a un mero reaccionario se le califica de «fascista», se le está lavando la cara al fascismo, y lo mismo se hace con la Shoa, cuando se califica como genocidio algo que no lo es. Un análisis de los acontecimientos históricos implica documentarse en aras del máximo rigor conceptual, no ir por la vida de fetichista de fechas o hechos. Y en el caso concreto que aquí se trata, supone distinguir explotación, en sus diversos grados de crueldad y brutalidad, del puro fanatismo asesino.

No creo en la casualidad cuando veo que año tras año, cuando se acerca el 12-O, sea en Cataluña donde aparecen los elementos más radicales de ese sesgo demagógico con el que se juzga la colonización americana. Desengañémonos, en diversos ámbitos del nacionalismo catalán, el hecho de que la supuesta «lengua opresora» tenga la importancia que tiene, molesta en grado sumo. Cuando lo normal sería felicitarse de que los hablantes de una lengua minoritaria tengamos acceso, en nuestra condición de bilingües, a todas las ventajas que supone una de los pocos idiomas de carácter mundial. El terreno ha estado abonado por supuesto durante años por la historiografía nacionalista, reflejada convenientemente en el día a día. Sería interesante, por ejemplo, estudiar el fenómeno en la enseñanza, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales.

En realidad, es pura hipocresía. Cuando oigo determinadas voces que reclaman una escuela con solo catalán e inglés, me pregunto cuántos de nuestros industriales, incluidos los del «Cercle Català de Negocis», la patronal independentista, estarían dispuestos a renunciar a las ventajas que supone hablar castellano, para penetrar en el jugoso mercado latinoamericano. Quizá los que están fuera del juego. Al fin y al cabo, la inmersión no funciona en las escuelas de élite."                   (Rebelión, 08/10/21)

8/10/21

El populismo historiográfico como problema y síntoma del presente. No solo se politiza la historia, también se la moraliza. En estos discursos abundan los “buenos” y “malos” y se intercalan juicios de valor. Con ello fomentan maniqueísmos que favorecen la polarización e intolerancia... los gobiernos, los movimientos de todo tipo e incluso las personas individuales han sentido la tentación de legitimarse y reafirmarse desde la “autoridad del pasado”... lo más distante pueda ser lo más próximo y presente a nivel emotivo o político... las leyendas negras denunciadas por los nacionalismos son justamente creaciones que proceden en gran medida de otras historiografías nacionalistas y que, al mismo tiempo que se las combate, no se las deja de imitar... las utopías propugnadas en la actualidad no residen tanto en el futuro como en el pasado, pues este se ha convertido ahora mismo, en tiempos de posverdad, en un espacio mucho más manipulable que un futuro poco promisorio

 "La importancia de la historia para la política viene de antiguo. También, naturalmente, las tentaciones de instrumentalizarla. De ahí que se convierta en un terreno de persistente politización y proliferen visiones sesgadas y presentistas del pasado. Además, como se comprueba actualmente, estas visiones son muchas veces las que más éxito tienen, no solo en ventas o público, sino también a nivel político. 

En buena medida, eso se explica por el auge de relatos históricos que incurren en lo que podríamos llamar “populismo historiográfico”, el cual se caracteriza por propagar explicaciones sesgadas del pasado cuyo éxito en buena medida descansa en saber servirse de recursos populistas que colisionan con una investigación académica a la que se enfrentan o suelen desdeñar e incluso desacreditar en público.

Lo curioso es que esto ocurre en una época en que, con sus limitaciones, el nivel de la investigación histórica tanto en España como en el extranjero es en realidad muy elevado. La paradoja contemporánea es que en el momento en que la calidad de esa investigación se encuentra en un gran momento de su existencia, cuando tantos libros buenos hay para conocer y matizar desde diversos ángulos lo acontecido en el pasado, es también cuando proliferan best-sellers de historia que se refugian en perspectivas más sesgadas y pragmáticas que omiten o desconocen el estado de esas investigaciones y propagan tesis hace tiempo refutadas; tesis que, más deformadas aún, se repiten, amplifican y circulan abundantemente por los medios o las redes.

 Ciertamente, se debería hablar aquí de las dificultades de la academia a la hora de divulgar los progresos alcanzados, que se explican por factores como el exceso de especialización, la tendencia a encerrarse en los círculos académicos, la difícil legibilidad de muchos de sus textos, un publish or perish materializado en papers solo leídos por especialistas o una precariedad que dificulta una divulgación tan importante y necesaria como poco valorada para medrar en la universidad. Todo eso influye en la progresiva pérdida de presencia de los historiadores en la esfera pública.

Sin embargo, el auge del populismo historiográfico no solo deriva de los errores o limitaciones de “la academia” –una palabra problemática pues no pocas grandes contribuciones a la historia se han hecho con rigor desde fuera de los ámbitos universitarios, mientras que dentro también se han escrito obras muy cuestionables–. Los mismos requisitos y virtudes ideales de la investigación histórica (imparcialidad, desapasionamiento, consulta de fuentes de todos los bandos, problematización y tratamiento crítico de los documentos, evitación en la medida de lo posible de anacronismos y del presentismo, no generalización, cautela a la hora de sacar conclusiones…) dificultan que sus libros puedan ser altamente populares. Y es que uno de los clásicos problemas de la historia ha sido la gran atracción que siempre ha suscitado. Por ello, continuamente, los gobiernos, los movimientos de todo tipo e incluso las personas individuales han sentido la tentación de legitimarse y reafirmarse desde la “autoridad del pasado” y, con ello, de ahormarlo a los intereses del presente desde una historia oportunamente distorsionada.

 Si bien este populismo historiográfico es una categoría transversal, también hay que decir que encuentra un acomodo más fácil en los nacionalismos (europeos o no europeos y se reconozcan como tales o no). Sin embargo, y pese a que haya importantes elementos en común y la nación no sea entonces más que otro rostro de ese pueblo al que se dirige, no se lo debería identificar con el nacionalismo historiográfico. No pocos libros de historia influidos por el nacionalismo no pretenden venderse como best-sellers ni siguen necesariamente el modus operandi populista. De facto, muchas obras de “la academia” no son totalmente ajenas a unas influencias políticas entre las cuales también están las nacionalistas. Precisamente porque el populismo historiográfico es transversal puede darse en cualquier movimiento político, y sin duda los usos populistas del pasado no son privativos ni exclusivos de ninguna ideología. En verdad, es menos importante qué se defiende que el cómo, aunque ambas cuestiones no se desliguen con facilidad y la nación haya sido y siga siendo una fórmula históricamente muy exitosa a la hora de construir un nosotros político. El populismo historiográfico es en tales casos la forma más eficaz, mas no la única, que asume hoy en día el relato histórico nacionalista.

Por otro lado, el populismo historiográfico tampoco es lo mismo que el revisionismo. A menudo ciertamente revitaliza tesis revisionistas como si fuesen nuevos descubrimientos o, al contrario, como si hubieran sido injustamente perseguidas por el establishment académico. Ahora bien, no siempre el revisionismo ha pretendido ser populista, mientras que el populismo historiográfico persigue clara e incluso descaradamente la conquista de la opinión y, al mismo tiempo, la construcción, reafirmación o redefinición de un pueblo desde el discurso histórico. La escritura de la historia conecta así con la reescritura de la memoria y el pasado aparece como una especie de presente extendido hacia atrás; uno en el que lo que vende es la relectura de ese pasado que, por muy lejano que pueda ser, nos interpela todavía en la actualidad.

 Al fin y al cabo, la memoria no solo sirve para recordar sino también para olvidar, o al menos para postergar otros episodios menos cómodos o digeridos. Eso se percibe en el revival de una Leyenda Negra asociada cronológicamente a la etapa más esplendorosa del Imperio español y de la que, sobre todo desde la derecha, se declara su plena vigencia contemporánea. En cambio, desde los mismos posicionamientos también se repite que la memoria de la mucho más reciente Guerra Civil o del franquismo solo forma parte del pasado y que ya es hora de superarla, como si fuera una historia lejana y muerta para el presente. En el campo de la memoria no es contradictorio que lo más distante pueda ser lo más próximo y presente a nivel emotivo o político.

 Por eso, mientras que la investigación histórica reivindica la distancia, dar cuenta de las diferencias y comprender el pasado desde el pasado, el populismo historiográfico incurre sin cesar en el presentismo y en otros anacronismos flagrantes. El retrato del pasado, pues, se confunde y entremezcla continuamente con lo que preocupa en el presente y, no por casualidad, aparecen los mismos sujetos políticos, los mismos enemigos, los mismos problemas que nos absorben hoy en día...

Por último, el populismo historiográfico no debe ser directamente tachado de pseudohistoria, algo más atribuido a iniciativas como el Institut Nova Història (conocido por sus tesis sobre la catalanidad de Colón, Cervantes y un largo etcétera) en el libro Pseudohistòria contra Catalunya (2020), coordinado por Vicent Baydal y Cristian Palomo, y que desmonta posverdades propagadas en nombre de la historia, incluyendo también las de la historiografía anticatalanista. Y no es tanto pseudohistoria porque el populismo historiográfico no se define tanto por la mentira o la ficción absoluta como por la exageración. Su problema es más bien el de tomar ventajosamente una parte por el todo y, con ello, invisibilizar o menospreciar lo que no cuadra con su relato. De ahí que lo contrario a un relato populista no suela ser la tesis contraria, que puede recaer en muchos de sus defectos y la retroalimenta, sino la problematización y el matiz.

 Si la historia como herramienta crítica se propone problematizar y matizar, evitar generalizaciones y deshacer prejuicios o clichés, el populismo historiográfico difunde otros nuevos o actualiza antiguos mientras ofrece grandes explicaciones generales más fáciles de vender. Además, estas explicaciones tienden a ser prácticamente monocausales, con lo que puede pretender dar cuenta de un fenómeno complejo de varios siglos desde un único factor que mágicamente lo explica todo (por cierto, muchas veces psicológico, bajo la forma de fobias, envidias, resentimientos o complejos de inferioridad o superioridad) o desde un colectivo culpable que conecta el pasado con el presente y facilita una oportuna dialéctica como la del amigo/enemigo. Por ello, son obras con una tesis clara y rotunda que anuncian, recuerdan y demuestran machaconamente. Además, la información recolectada se adapta ad hoc a esa tesis con procedimientos como una selección (cherry picking) muy voluntarista y con frecuencia cita pasajes descontextualizados, adaptados e incluso modificados, como desgrané en su momento en relación a Imperiofobia y leyenda negra (2017).

 

Así pues, lo que suelen faltar más son las aristas, los matices y los contraejemplos, todo aquello que pueda invalidar la tesis expuesta. En vez de abordarlo o mencionarlo, se prefiere infravalorarlo o pasarlo por alto como si no existiera. De este modo se impulsa una unidimensionalización de la historia que también pasa a serlo de la política. Por añadidura, eso conduce a revelar que lo importante de estos relatos no es solo lo que dicen sino sobre todo lo que omiten. En realidad, pueden describir episodios concretos más o menos correctamente y exponer tesis parcialmente ciertas, pero estiran esa parcialidad para convertirla en un todo exagerado o falso. Por eso, una clásica respuesta a las críticas no es “descender” al debate constructivo y sosegado sino desautorizarlas globalmente desde acusaciones generales (discurso negrolegendario, facha o las variantes correspondientes) que sustituyen a la argumentación.

A la hora de la verdad no solo se politiza la historia, también se la moraliza. En estos discursos abundan los “buenos” y “malos” y se intercalan juicios de valor, incluidas alusiones o difamaciones ad hominem para desacreditar a personajes históricos o historiadores. Con ello fomentan maniqueísmos que, pasados por el filtro de la moralización, favorecen la polarización e intolerancia contemporáneas. Además, también recrudecen los problemas políticos actuales al proyectarlos al pasado y retratarlos como si fueran fatalmente crónicos e inevitables.
Así pues, mientras que el populismo historiográfico apunta a priori a un pueblo que pretende unificar y cohesionar, lo que hace en realidad es crear división, polarización y antagonismo. En esta misma línea, reproduce visiones unilaterales que solo se preocupan por los de un lado y que lo “explican” todo desde ese lado. Las fuentes de autoridad reivindicadas también vienen principalmente de ahí. Obviamente, el autor en cuestión se alinea explícitamente con una causa y recurre con frecuencia a una retórica del “nosotros y ellos”, aunque a menudo ese mismo “nosotros” sea incompleto y tenga como sintomáticas excepciones a esos enemigos internos contra los que combatir y que al mismo tiempo ayudan a forjar y delimitar el potencial cohesivo anhelado.

Para acabar, este populismo historiográfico también se sirve de un tono apasionado y vehemente o de expresiones inflamadas con las que atrae y fideliza a la audiencia. En los tiempos actuales, esta retórica se identifica con frecuencia con una “sinceridad”, un “compromiso” y una “valentía” que se alaban públicamente. De hecho, muchas de estas obras, pese a que puedan tener gran apoyo mediático e incluso político, se presentan como osadas y sus autores son retratados desde una retórica épica como “políticamente incorrectos”.

Sin embargo, en rigor no se trata de una novedad sino más bien de una tendencia que se ha ido consolidando en el decurso de los últimos años. Desde una perspectiva semejante, Jean Sévillia creó ya en 2006 el “Premio al libro incorrecto del año” en Francia y, siguiendo varios de los aspectos mencionados, ha publicado libros exitosos como Históricamente correcto (2004), Moralmente correcto (2007) o Históricamente incorrecto (2011). En el último ha criticado lo “históricamente correcto” como forma colectiva de odio a sí mismo que entronca con la pérdida de valores comunes en una sociedad francesa “cuya cohesión cultural se tambalea por la brusca introducción del Islam”. Por ello, Sévillia proporciona una interpretación alternativa de la historia gala y propugna un olvido de los episodios divisorios, a lo que añade lamentos nacionalistas y pasajes en los que escribe que “en las escuelas de antaño, la historia tenía como finalidad formar franceses. Esto se hacía con mentiras, como hacer recitar Nuestros antepasados los galos por todos los niños. Sin embargo, era mejor que nuestra escuela actual, que se dirige a mentes que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte”.

 La Leyenda Negra como síntoma

La Leyenda Negra, tan en boga de nuevo, en realidad no solo hace referencia a la historia de las contumaces injurias padecidas por España, también es el símbolo victimista y la justificación de buena parte de estos populismos, nacionalismos o revisionismos historiográficos en otras partes. De ahí que, con las mismas palabras u otras equivalentes, haya renacido en tantos lugares, incluso Domenico Losurdo se empeñó hace años en criticar y “desmontar” la Leyenda Negra de Stalin, lo que no impide que cada colectivo se centre en la propia y no en la de los otros. Eso mismo se observa en el libro de Jean Sévillia, quien denuncia la “leyenda negra” (sic) de la derecha y del catolicismo en Francia y justifica la Inquisición francesa, que “en la Edad Media no indignaba a nadie”. En cambio, no sale tanto en defensa de la española, de la que prudentemente afirma que fue más un producto hispano que católico para señalar acto seguido que “Torquemada no es, pues, el fruto del catolicismo: es el producto de una historia nacional”.

El propósito de estos populismos historiográficos es patrimonializar el agravio. Se nutren de un victimismo movilizador que se propone reconquistar la memoria y restaurar así la autoestima colectiva. Por ello, cada uno de estos relatos populistas compite por ser la verdadera y mayor víctima, a la vez que deniega los agravios sufridos por los demás, en especial por los antagonistas políticos. El problema es que estos relatos rivalizan entre sí y a la postre se retroalimentan de manera conflictiva, pues para salvar la memoria nacional deben recurrir a comparatismos ventajistas que, además de destacar las injusticias padecidas, se centran en resaltar que las otras naciones eran peores. En otras palabras, lo paradójico es que las leyendas negras denunciadas por los nacionalismos son justamente creaciones que proceden en gran medida de otras historiografías nacionalistas y que, al mismo tiempo que se las combate, no se las deja de imitar.

 

No es extraño, pues, que encontremos estos populismos en muchos otros países, especialmente en aquellos que se proponen hacer una nueva historia oficial del pasado. En Polonia se intenta eximir al siempre heroico pueblo polaco de toda responsabilidad en el exterminio judío y culpar únicamente a los alemanes, algo materializado en leyes mordaza para silenciar a aquellos historiadores que damnifiquen la imagen nacional. En la Hungría de Viktor Orbán se ha reivindicado la memoria de un dictador como el almirante Horthy y, mientras se retrata a los húngaros como víctimas, héroes o al menos inocentes, también se culpa en exclusiva a los alemanes del Holocausto. En Alemania, Alternative für Deutschland ha llegado a calificar a la etapa nazi como una simple minucia o nadería histórica (Alexander Gauland la llamó Vogelschiss, literalmente “mierda de pájaro”), ha impulsado una cruzada contra lo que desdeñosamente llaman el culto a la culpa (Schuldkult) y fomenta frente a este una memoria nacional de la que enorgullecerse. En Rusia, Putin ha rehabilitado parcialmente la memoria de Stalin y promueve relatos que centran la culpa de la Segunda Guerra Mundial en Francia y Gran Bretaña y que sirven para justificar históricamente el Pacto Molotov-Ribbentrop y la ocupación de Polonia oriental como una necesidad de una Unión Soviética retratada como víctima. Para ello se ha basado mucho incluso en textos producidos por Stalin y su entorno como Los falsificadores de la historia (1948), mientras ha preferido no mencionar la guerra contra Finlandia de 1939-1940 o las anexiones de Besarabia y los Países Bálticos en 1940.

En Francia, un gran best-seller como Le suicide français (2014) de Eric Zémmour –quien ahora se ha apuntado a la carrera presidencial– aporta una reinterpretación nacionalista y revisionista de un gobierno de Vichy que habría tenido el mérito de “salvar a un 90% de los judíos franceses”. Critica a Robert Paxton y su demonizada “doxa paxtoniana”, la cual deriva de la exhaustiva investigación acerca de Vichy promovida y realizada por este historiador, tachada por Zemmour de antifrancesa por haber dejado desvalido al Estado francés frente a la actual “amenaza migratoria”. En su opinión, y mezclando de nuevo pasado y presente, el Estado francés ya no puede “mantener sus fronteras contra la avalancha de inmigrantes del sur, por miedo a ser acusado de enviar a los judíos a campos de exterminio”.

La conclusión común de este tipo de retóricas es la promoción de una historia afirmativa que salga en defensa de la autoestima del pueblo o la nación y que elimine aquello que pueda hacerle sombra. De ahí que apunten hacia una suerte de reconstitución moral nacional en un contexto como el actual, tan influido por la importancia de las redes, la crisis de las mediaciones o el auge de la posverdad. Además, coincide en una época marcada por una crisis de futuro que, caracterizada por la dificultad del presente de imaginar y creer en un porvenir sustancialmente distinto y mejor, contribuye a la actual ubicuidad de estos pasados que no pasan y de una memoria deformada e instrumentalizada. La consecuencia lógica fue advertida por Zygmunt Bauman en su libro Retrotopía (2017): las utopías propugnadas en la actualidad no residen tanto en el futuro como en el pasado, pues este se ha convertido ahora mismo, en tiempos de posverdad, en un espacio mucho más manipulable que un futuro poco promisorio y que ya no brinda grandes esperanzas de cambio."                  (Edgar Straehle, CTXT, 06/10/21)

17/10/17

Les gusta tanto el pintoresquismo de nuestro atraso que se ofenden si les explicamos que no vamos a misa, que las mujeres tienen una presencia social activa, que el matrimonio homosexual fue aceptado con una naturalidad asombrosas, que hemos integrado, sin erupciones xenófobas, a varios millones de emigrantes...

"Me pasó la última noche de septiembre en Heidelberg, pero me ha pasado igual con cierta frecuencia en otras ciudades de Europa y de América, incluso aquí, dentro de España, en conversaciones con periodistas extranjeros.

 Muchas veces, en épocas diversas, con una monotonía en la que solo cambia el idioma y el motivo inmediato, me ha tocado explicar con paciencia, con la máxima claridad que me era posible, con voluntad pedagógica, que mi país es una democracia, sin duda llena de imperfecciones, pero no muchas más ni más graves que las de otros países semejantes.

 Me he esforzado en dar fechas, mencionar leyes, cambios, establecer comparaciones que puedan ser útiles. En Nueva York he debido recordarle a personas llenas de ideales democráticos y condescendencia que mi país, a diferencia del suyo, no admite la pena de muerte, ni la cadena perpetua, ni el envío a prisión de por vida de menores de edad, ni la tortura en cárceles clandestinas.

Fuera de España uno a veces tiene que dar explicaciones de historia, y hasta de geografía. Hasta no hace mucho tiempo, un ciudadano español tenía que explicar, aun sabiendo que había grandes posibilidades de que no se le hiciera ningún caso, que el País Vasco no se parece al Kurdistán, ni a Palestina, ni a las selvas de Nicaragua en las que los sandinistas resistían al dictador Somoza. 

Uno explicaba que el País Vasco es uno de los territorios más desarrollados y con más alto nivel de vida de Europa; y además que dispone de un grado de autogobierno y hasta soberanía fiscal muy superior a la de cualquier Estado o región federada del mundo. Lo más que se conseguía era una sonrisa cortés, aunque también incrédula.

Una parte grande de la opinión cultivada, en Europa y América, y más aún de las élites universitarias y periodísticas, prefiere mantener una visión sombría de España, un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de sangre. 

El estereotipo es tan seductor que lo sostienen sin ningún reparo personas que están convencidas de sentir un gran amor por nuestro país. Nos quieren toreros, milicianos heroicos, inquisidores, víctimas. Nos aman tanto que no les gusta que pongamos en duda la ceguera voluntaria en la que sostienen su amor.

Aman tanto la idea de una España rebelde en lucha contra el fascismo que no están dispuestos a aceptar que el fascismo terminó hace muchos años. Les gusta tanto el pintoresquismo de nuestro atraso que se ofenden si les explicamos todo lo que hemos cambiado en los últimos 40 años: que no vamos a misa, que las mujeres tienen una presencia activa en todos los ámbitos sociales, que el matrimonio homosexual fue aceptado con una rapidez y una naturalidad asombrosas, que hemos integrado, sin erupciones xenófobas y en muy pocos años, a varios millones de emigrantes.


La otra noche, en Heidelberg, la víspera del ya célebre 1 de octubre, en medio de una cena muy grata con profesores y traductores, tuve que repetir mi explicación, con una vehemencia que me hizo sobreponerme al desánimo. Una profesora alemana me dijo que, según le acababa de contar alguien de Cataluña, España era todavía “Francoland”. 

Le pregunté, tan educadamente como pude, qué sentiría ella si alguien decía en su presencia que Alemania es todavía Hitlerland. Se ofendió enseguida. Tan calmadamente, tan pedagógicamente como pude, le aclaré lo que no tiene que aclarar nunca ningún ciudadano de ningún otro país avanzado de Europa: que España es una democracia, tan digna y tan imperfecta como Alemania, por ejemplo, y tan ajena como ella al totalitarismo; incluso más, si atendemos a los últimos resultados electorales de la extrema derecha. 

Si, según su informante catalana, seguíamos en la tierra de Franco, ¿cómo era posible que Cataluña dispusiera de un sistema educativo propio, un Parlamento, una fuerza de policía, una radio y una televisión públicas, un instituto internacional para la difusión de la lengua y la cultura catalanas? El reconocimiento de la singularidad de Cataluña era tan prioritario para la naciente democracia española, le dije, que la Generalitat se restableció incluso antes de que se aprobara la Constitución. 

Extraño país franquista el nuestro, tan opresor de la lengua y de la cultura catalana, que elige una película hablada en catalán para representar a España en los Oscar.

Quien ha vivido o vive fuera de nuestro país conoce lo precario de nuestra presencia internacional, la asfixia presupuestaria y el mangoneo político que han malogrado tantas veces la relevancia del Instituto Cervantes, la falta de una política exterior ambiciosa a largo plazo, de un acuerdo de Estado que no cambie desastrosamente de un Gobierno a otro.

 La democracia española no ha sido capaz de disipar los estereotipos de siglos. Los terroristas vascos y sus propagandistas supieron aprovecharse muy bien de ellos durante muchos años, precisamente aquellos en los que éramos más vulnerables, cuando a los pistoleros más sanguinarios se les seguía concediendo en Francia el estatuto de refugiados políticos.

De modo que a los independentistas catalanes no les ha costado un gran esfuerzo, ni un gran despliegue de sofisticación mediática, volver a su favor en la opinión internacional eso que ahora todo el mundo se ha puesto de acuerdo en llamar “el relato”. 

Lo habían logrado incluso sin la colaboración voluntariosa del Ministerio del Interior, que envió a policías nacionales y guardias civiles a actuar de extras en el espectáculo amargo de nuestro desprestigio. Pocas cosas pueden dar más felicidad a un corresponsal extranjero en España que la oportunidad de confirmar con casi cualquier pretexto nuestro exotismo y nuestra barbarie. 

Hasta el reputado Jon Lee Anderson, que vive o ha vivido entre nosotros, miente a conciencia, sin ningún escrúpulo, sabiendo que miente, con perfecta deliberación, sabiendo cuál será el efecto de su mentira, cuando escribe en The New Yorker que la Guardia Civil es un cuerpo “paramilitar”.

Como ciudadano español, con todo mi fervor europeísta y viajero, me siento condenado sin remedio a la melancolía, por muy variadas razones. Una de ellas es el descrédito que sufre el sistema democrático en mi país por culpa de la incompetencia, la corrupción y la deslealtad política.

 Otra es que el mundo europeo y cosmopolita en el que personas como yo nos miramos y al que hemos hecho tanto por parecernos prefiere siempre mirarnos a nosotros por encima del hombro: por muy cuidadosamente que queramos explicarnos, por mucha aplicación que pongamos en aprender idiomas, a fin de que se entiendan bien nuestras explicaciones inútiles."               ( , El País, 13/10/17) 

13/11/15

Barracas: la Barcelona escondida...

 
 Vista general de las barracas de Montjuïc en la década de los sesenta del siglo pasado

"Aquí hemos estado y aquí hemos vivido. Esta fue mi primera Barcelona”. Tiene unos 65 años muy bien llevados. Se llama Carmen. Viste con elegancia y mantiene un monólogo sordo frente a los paneles que muestran imágenes de la montaña de Montjuïc en 1969, barracas, chamizos, caminos sin pavimentar y vegetación rala entre el estadio y el monumental palacio de la exposición de 1929.

 “No teníamos agua, ni luz, ni calles pavimentadas, pero aquí pasé los años más felices de mi vida”.

Es domingo, 25 de octubre, y Carmen y otras 500 personas se han reunido en la confluencia del paseo Olímpico y la calle del doctor Font i Quer para participar en la colocación de las grandes placas que recuperan una historia perdida, escondida durante años como si de una vergüenza se tratara, como si esas viviendas no hubieran formado parte de la opulenta Barcelona.



Las barracas que puntearon las afueras de la ciudad (1) acabaron de desaparecer con la llegada de los ayuntamientos democráticos y los Juegos Olímpicos de 1992 acabaron por cubrir sus cicatrices en el territorio. Después, el silencio. Montjuïc se convirtió en la aclamada zona olímpica por antonomasia; la Diagonal fue amplio paseo, césped y centro comercial; Can Valero se transformó en jardín botánico y Somorrostro en hermosa playa recuperada; Camp de la Bota cedió su espacio para el frustrado Fórum Universal de las Culturas del 2004, y el potente puerto engulló Can Tunis. 

La nueva Barcelona había hecho desaparecer las barracas, pero también su recuerdo. La ciudad perdió parte de su pasado, de su historia. Contra el olvido fueron surgiendo voces que con pausa trabajaron para recuperar aquella memoria. 

El punto de partida fue el seminario La inmigración en Barcelona en el siglo XX que del 19 de febrero al 4 de junio del 2003 acogió el Institut d’Història de Barcelona. La sesión dedicada al crecimiento demográfico y el barraquismo despertó el interés de un joven historiador, Òscar Casasayas, que junto a historiadores y antropólogos del grupo Pas a Pas formó un equipo de trabajo dirigido por Mercè Tarjer y Cristina Larrea (2) con el fin de investigar la formación de los núcleos barraquistas, la procedencia de los hombre y mujeres que las habitaron y cómo vivieron y fueron expulsados de sus casas cuando la ciudad necesitó el espacio para sus fastos, como el Congreso Eucarístico Internacional de 1952. 

Este grupo buscó a los antiguos vecinos, recuperó material gráfico y grabó testimonios, retazos de aquella gran historia olvidada que acabaron con el silencio que durante tanto tiempo había tapado su propia vida. Tres años de trabajo dieron como resultado el estudio El fenómeno del barraquismo en la ciudad de Barcelona, punto de partida de la exposición Barracas. La ciudad informal, de abril del 2009. 

Los visitantes de esta muestra se vieron protagonistas en fotografías, cifras, textos, orgullo de haber pertenecido a un grupo, a una clase social, que llegó a Barcelona huyendo de la miseria, de la represión política, se integró para siempre en la ciudad de acogida y aportó  su trabajo en la reconstrucción económica.

 

A la exposición del 2009 siguieron un dossier de Carrer, publicación de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona (FAVB), un reportaje en el programa 30 Minuts y el documental del programa Sense ficción, de TV3, de enero del 2010 que planteaba la necesidad de rescatar la memoria colectiva de aquellas barracas y de sus ocupantes. 

El resto fue llegando  poco a poco. Surgió un movimiento vecinal y asociativo que exigió el reconocimiento público de lo que habían sido aquellos años de supervivencia, de olvido. 

Fueron las voces de Rafael Usero de las barracas de Montjuïc, o las de Julia Aceituno y su hermano José, vecinos de Somorrostro, las que marcaron el camino: “No quieren recordar que aquí estuvo Somorrostro. Pues estuvo, y muchos años de sufrimiento, de penuria…No, no hay ni un letrero que ponga Somorrostro…”. Las calles se bautizaron como avenida Icaria o Bogatell, pero Somorrostro nunca existió para la Barcelona postolímpica.  

El lamento fue recogido por diversos sectores ciudadanos y canalizado a través de los autores del documental, Alonso Carnicer y Sara Grimal, los historiadores Mercè Tatjer, Oriol Granados y Jaume Fabre, y representantes vecinales, como Custodia Moreno y José Molina.

 Se constituyó una comisión para la recuperación de la memoria de los barrios de barracas y se  redactó un manifiesto que consiguió la adhesión de más de 80 entidades  y 800 personas a título individual. La petición era modesta: que el nomenclátor y la señalización de la ciudad recogiera la existencia y el reconocimiento sobre el terreno de los diversos núcleos barraquistas de la ciudad.

 Ese proceso se ha prolongado durante el mandato de tres alcaldes, el socialista Jordi Hereu, el convergente Xavier Trias y Ada Colau, de Barcelona en Comú. Finalmente, el trabajo de tanta gente se concretó el 25 de noviembre del 2014 con la colocación en la playa del Somorrostro (3) de la primera de las grandes placas que visualizan el pasado de lo que hoy es una atractiva playa y concurrido paseo marítimo, a escasos metros del barrio de la Barceloneta. Junto a la placa, unos paneles con fotografías del núcleo barraquista. 

El mismo proceso se repitió en Montjuïc (4) y seguirá en el Carmel (5) y La Perona. Otras siete placas de menor tamaño se muestran ya en Can Tunis, Poble Sec, Poblenou, Santa Engracia, Diagonal, Camp de la Bota y La Perona.

 ¿Qué se ha conseguido con tanto esfuerzo? Mercé Tatjer asegura que reportajes, documentales, comisiones, placas y encuentros han servido para recuperar el pasado, cierto, pero también para acabar con el recelo de vincular a los barraquistas con la degradación urbana y romper el miedo a expresar en voz alta cómo fueron los primeros años de existencia de aquellos vecinos, “años lastrados por una leyenda negra que ahora también se ha roto”.

 Los  primeros barraquistas procedían, en general, de fuera de Barcelona, pero Tatjer ha documentado un elevado número de familias que llegaron de Lleida y de otros puntos de Catalunya. 

Algunos eran pescadores que decidieron recalar definitivamente en la ciudad, otros abandonaron sus pueblos huyendo de la miseria o de la represión franquista, y todos aquellos hombres y mujeres que llegaron con la esperanza bajo el brazo han tenido historias de superación más allá de barracas y primeras miserias. 

Tatjer recuerda que en la década de los 50 y 60 del siglo pasado faltaba mano de obra en Barcelona y que la inmigración colaboró en el resurgimiento industrial y las necesidades del servicio doméstico. “De las barracas pasaron a los polígonos construidos con prisa en el extrarradio, sin equipamientos, y surgieron barrios con vida propia, reivindicativos, exigentes con la administración, el núcleo obrero de la lucha antifranquista”. 
 
La preparación de Barcelona para los Juegos Olímpicos acabó con los últimos vestigios de barraquismo, pero Mercè Tatjer no está segura de que  Barcelona haya superado la lacra de la infravivienda y prefiere decir que, simplemente, ha cambiado de aspecto: “Hoy hay hipotecas que expulsan a la gente, superocupación de pequeños pisos, naves industriales abandonadas convertidas en alojamiento de los nuevos emigrantes y viviendas de autoconstrucción aisladas cuya existencia, otra vez, nadie quiere reconocer, así que da miedo pensar que la historia pueda volver a repetirse”.    


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(1) En la década de los 60 del siglo pasado se calcula que 100.000 personas vivían en diferentes núcleos barraquistas de Barcelona, aproximadamente el 10% de la población de la ciudad.
(2) Barraques. La Barcelona informal del segle XX. Mercè Tatjer y Cristina Larrea. Diciembre 2010. Publicaciones del Ayuntamiento de Barcelona.
(3) En 1957 se contabilizaron en esta zona 1.332 barracas. La erradicación de las mismas comenzó en 1966.
(4) Las diversas zonas de la montaña acogían casi 6.000 barracas que desaparecieron en 1972.
(5) En 1957, el ayuntamiento reconoció en los tres núcleos del barrio casi 600 barracas.

5/8/15

No hubo la auténtica reconciliación, fruto de la verdad histórica. Hubo un rechazo total a admitir que la sublevación franquista fue un genocidio, cuando se dan todos los requisitos fijados por Lemkin, para ello

"(...) A veces la condena de la memoria no logra del todo sus propósitos. Así sucedió en las figuras del Palatium en San Apolinar Nuovo de Ravena, donde la sustitución obligada de mosaicos deja ver las sombras de los personajes eliminados y sobre todo persisten las imágenes de sus manos sobre las columnas.

La larga noche de la posguerra ofreció entre nosotros un panorama semejante. Los vencidos ocultaban con frecuencia su vida política pre-39 a los propios familiares: llegabas a conocer que tu padre formó parte del comité ugetista de socialización de la Bolsa de Madrid por la investigación de unos alumnos.

Desde los años sesenta, la cortina fue siendo rasgada y, como era de esperar, y según sucediera en la Armenia turca, la tercera generación asumió la tarea de abordar ese rescate del pasado.

Por desgracia, la eventual responsabilidad de los familiares franquistas, incluso más allá de la guerra, y la larga sombra de la victoria, suscitaron el rechazo violento de capas conservadoras, que gracias a ella habían disfrutado de una prolongada dominación política y social. No hubo, como auspiciara Ian Gibson, la auténtica reconciliación, fruto de la verdad histórica.

El rechazo total a admitir que la sublevación franquista fuese un genocidio, cuando se dan todos los requisitos fijados por Lemkin —ideología de aniquilamiento de la Antiespaña, conspiración militar, práctica de exterminio antes y después de la guerra, voluntad de extirpar la cultura de los vencidos— tiene por contrapunto que desde la izquierda es olvidado que en la España republicana, aunque sin responsabilidad del Gobierno, se cometieron crímenes contra la humanidad (Paracuellos, chekas, patrullas de control de la FAI en Cataluña).

 Unos fueron diablos, pero entre los antifranquistas tampoco faltaron.

Sin aclarar este punto, no cabe esperar una conciencia democrática, y sí una eclosión de sectarismo y odio. Una reciente participación en la Cátedra de la Memoria de la Complutense me confirma en esta idea: la justa pretensión de recuperar la memoria de los perseguidos y represaliados de 1936 a 1975 va unida al rechazo tajante de reconocer los propios actos de barbarie. “Hay que recuperar solo la memoria silenciada”, postuló el profesor Clavero.

Conviene recordarlo cuando las nuevas Administraciones anuncian la intención de limpiar el callejero de residuos fascistas y, en el caso de Madrid, de construir un Museo de la Memoria. Lo primero parece de todo punto necesario, por lo que toca a la pléyade de generales golpistas y evocaciones lamentables.

Solo cabe exigir ponderación y no eliminar a un buen escritor por su militancia franquista, sin convertir tampoco en referencias de la memoria a políticos de izquierda siniestros.

Otro tanto cabe decir del museo, que debería mostrar la cultura y la resistencia antifranquistas, y también los puntos negros registrados en ese trayecto histórico. “Es necesario contar lo ocurrido”, advierte Todorov en un luminoso artículo de Letras Libres."            (  , El País,  3 AGO 2015)