Mostrando entradas con la etiqueta Política: hegemonia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política: hegemonia. Mostrar todas las entradas

30/7/20

Jon Beasley-Murray: “La clave del cambio social no es la ideología, sino los cuerpos, los afectos y los hábitos”... debemos pensar la política, no tanto como la misión de educar a los demás y explicarles cómo son las cosas, sino como el arte de facilitar encuentros y formar hábitos que construyan cuerpos colectivos más potentes (multitudes)

"Entrevista a Jon Beasley-Murray, autor del importante y polémico ensayo. Poshegemonía, sobre el concepto político de moda en España gracias a Podemos: la "hegemonía".

Según Antonio Gramsci, el poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad. El Estado mantiene su dominación por medio del consenso de los dominados. Y sólo allí donde no se logra el consenso, se recurre a la represión. El poder, por tanto, no sólo es un asunto de fuerza, sino sobre todo de hegemonía: persuasión, convencimiento, creencia, seducción. En este enfoque, la lucha ideológica se vuelve fundamental: deslegitimar la explicación dominante del mundo, provocar su descrédito, proponer una nueva explicación. 

Hegemonía es hoy un concepto de moda en el debate político contemporáneo. En España ha irrumpido de la mano del grupo fundador y dirigente de Podemos. La lucha ideológica se desarrolla ahora en los platós de televisión donde se produce la opinión pública. Se trata de arruinar la legitimidad del relato que protegía al régimen del 78 y ofrecer una nueva explicación y un nuevo pacto social que se gane el consenso de la “mayoría social”. 


John Beasley-Murray (@jbmurray) ha dedicado el largo trabajo de investigación culminado en su libro Poshegemonía a cuestionar esta mirada sobre el orden social y esta comprensión 'discursivista' de la hegemonía, muy basada en la capacidad de articulación comunicativa de los intelectuales. Y no sólo. A partir de un minucioso acercamiento a los movimientos políticos latinoamericanos del siglo XX (el peronismo, los movimientos de liberación nacional y las guerrillas, etc.), Poshegemonía propone también otra lectura de lo que hace y deshace el orden de las cosas, de lo que sostiene la dominación y de lo que anima la revuelta, convirtiéndose en una aportación imprescindible a la discusión teórica que acompaña a las luchas contra el neoliberalismo.

1- Pablo Iglesias decía el otro día, en un programa de La Tuerka dedicado a Podemos y el populismo, que “la ideología es el principal campo de batalla político”. Tu sin embargo lo ves muy diferente...programa de La Tuerka
 

Jon Beasley-Murray. Sí, desde luego. Me parece que esa idea (de que "la ideología es el principal campo de batalla") implica que la tarea política más urgente es la de educar a la gente, mostrarles que las cosas no son cómo aparecen. Por eso los proyectos de hegemonía son siempre esencialmente proyectos pedagógicos y la teoría de la hegemonía otorga tantísima importancia y centralidad a los intelectuales (algo muy visible en Podemos). Es un error histórico de la izquierda occidental. 


Más allá de la condescendencia implícita, lo que presupone esta actitud es que lo que cuenta en el fondo es la opinión y el saber. Y yo estoy más bien de acuerdo con lo que dice Slavoj Zizek: en general, la gente ya sabe, sabe que el trabajo es una esclavitud, sabe que los políticos son unos mentirosos y los banqueros unos ladrones, que el dinero es una mierda y los ricos no lo son por una virtud propia, que la democracia liberal es un fraude y que el estado reprime más que libera, etc. Todo eso es parte del sentido común actual. Y aún así, cínicamente, actuamos como si estas ficciones fueran verdaderas. 


El cinismo actual puede haber roto con una complacencia y credulidad previa, pero las cosas siguen más o menos igual. Lo cual sugiere que la “lucha ideológica”, no sólo no tiene la centralidad que tenía antes, sino que en realidad nunca la tuvo. La lucha por la hegemonía siempre funcionó como una distracción o una cortina de humo que oscurecía poderes y luchas más fundamentales. 


2- Pero en el libro no sólo hay crítica de esta idea de hegemonía, sino la exposición de otra manera de entender los procesos políticos y vitales.
 

Jon Beasley-Murray. Sí, en el libro trato de esbozar otra teoría para explicar, por un lado, la razón del orden social, es decir, por qué la gente no se rebela cuando más esperamos que se rebele. Es una pregunta básica de la teoría política, desde Étienne de la Boétie hasta Gilles Deleuze, pasando por Spinoza o Wilhelm Reich: ¿por qué las masas desean su propia servidumbre y represión? 


Y, por otro lado, intento pensar también la otra cara de la moneda: por qué la gente se rebela en un punto en el que ya no aguanta más. Mi respuesta es que la política no tiene tanto que ver con la ideología, como con la disposición de los cuerpos, su organización y potencias. Para entender esto, propongo los conceptos de afecto, hábito y multitud. 


Una política de los cuerpos


Una política de los cuerpos3- ¿Podrías explicarlos brevemente?
 

Jon Beasley-Murray. Un afecto es el índice de la potencia de un cuerpo y del encuentro entre cuerpos. Cuanta más potencia tiene un cuerpo, más afectividad tiene, es decir, más capacidad para afectar y ser afectado. A la vez, los encuentros entre cuerpos se pueden dividir en buenos y malos encuentros: los buenos son los que aumentan la potencia de un cuerpo y se caracterizan por la producción de afectos positivos (como la alegría); los malos son los que disminuyen la potencia de cuerpo y se distinguen por la presencia de afectos negativos (como la tristeza). Aquí sigo a Spinoza y a los neo-spinozistas, como Deleuze y Brian Massumi. Deleuze hace una distinción importante entre afecto y emoción: mientras que el sentimiento es privado y personal, el afecto es una intensidad impersonal, colectiva.


En segundo lugar, el hábito es un concepto que tomo de Pierre Bourdieu. Podemos pensar los hábitos como “afectos congelados”. Son los encuentros cotidianos, rutinarios, de los cuerpos, sobre los cuales ni siquiera pensamos la mayor parte del tiempo, hasta el punto de que son casi completamente inconscientes. Son disposiciones corporales e inconscientes. Pero, a pesar o quizá gracias a esto, los hábitos tienen sus propias potencias. Y podemos diferenciar también entre hábitos buenos (por ejemplo, los que ayudan a constituir lo común, la comunidad) y hábitos malos (los auto-destructivos, los que nos restan potencias). 


Por último, pienso la multitud (con Antonio Negri) como el afecto en acción. Una red de cuerpos en conexión. 


4- ¿Y qué consecuencias políticas se derivan del hecho de poner los afectos y los hábitos en el centro de atención?
 

Jon Beasley-Murray. En términos abstractos, pero al mismo tiempo muy concretos y materiales, creo que debemos pensar la política, no tanto como la misión de educar a los demás y explicarles cómo son las cosas, sino como el arte de facilitar encuentros y formar hábitos que construyan cuerpos colectivos más potentes (multitudes). De construir otras formas de sincronizar y orquestar cuerpos y ritmos; otras lógicas prácticas y encarnadas. No nos conformamos al capitalismo porque nos convenza una trama ideológica súper-coherente y persuasiva, sino por los afectos y los hábitos (como el consumo, etc.).

5- Me parece que, frente a cierta “espiritualización” de la política, fruto de una teoría de la hegemonía de base muy discursiva, como afirman Verónica Gago, Diego Sztulwark y Diego Picotto, vuelves a situar el cuerpo en el centro de las preocupaciones por la transformación social, ¿es así? Un materialismo de los cuerpos frente a un idealismo de los significantes.como afirman Verónica Gago, Diego Sztulwark y Diego Picotto
 

Jon Beasley-Murray. Sí, pero debo clarificar que por “cuerpo” no quiero decir (simplemente) el cuerpo humano e individual. Un cuerpo puede ser una parte del cuerpo humano (mano, puño, oreja, lengua), una combinación de cuerpos humanos (grupo, familia, partido, muchedumbre), algo absolutamente no humano (roca, zorro, tijeras, selva) y/o alguna combinación de humano y no humano (empresa, tren, dispositivo).


6- Pero el cuerpo humano no es algo limpio y puro. Está educado, dañado... El racismo, por ejemplo, ¿lo podríamos pensar como un afecto? En ese caso, no se trata de una lucha entre los afectos y el poder, sino que hay buenos y malos afectos, ¿cómo distinguirlos?
 

Jon Beasley-Murray. Como las almas, sólo los cuerpos platónicos son limpios y puros... y eso por no ser cuerpos reales, sino ideales. Además, todo cuerpo está “dañado” en el sentido de que está abierto a su alrededor, no tiene límites fijos ni bordes duros: su piel siempre puede ser atravesada, siempre está ahí la posibilidad de la disolución, de perder una parte... Este es el otro lado de la gran potencia que tienen los cuerpos: la apertura siempre puede mostrarse o sentirse como herida, llaga, amputación. 


Por supuesto que el racismo tiene que ver con los afectos y los hábitos, aún con los afectos y los hábitos de los liberales biempensantes. Por eso en el libro enfatizo que ninguno de estos términos tiene un valor pre-establecido, sino que son todos ambivalentes. No hay que celebrar el afecto (contra el sentimiento) o el hábito (contra la opinión), ni celebrar la multitud (contra el pueblo). Existen afectos, hábitos y -también, a pesar de Negri- multitudes malas, que nos dañan, que disminuyen nuestra potencia. La alternativa nunca consiste en buscar la limpieza ni la pureza, porque son las mismas propiedades que nos abren a los otros las que nos permiten dañarlos, son las mismas propiedades que posibilitan la construcción de formas cooperativas de vivir juntos las que nos permiten herir a los demás.

7- En las movilizaciones recientes en España (15M, mareas, etc), los afectos han sido un motor muy importante: la indignación, por ejemplo, o la alegría de estar juntos en las calles. Pero suele decirse que ese motor “no dura mucho”, que se necesita otra cosa, algo menos errático e inconstante, un suelo firme, etc. ¿Estás de acuerdo? ¿Cómo pueden sostenerse en el tiempo esas politizaciones existenciales y no simplemente discursivas o ideológicas?
 

Jon Beasley-Murray. Creo que todo empieza por el afecto: lo que se siente. John Holloway afirma que “todo empieza por el grito”. Pero de igual importancia es la construcción de hábitos. O, mejor dicho, porque hábitos siempre hay, la sustitución de unos hábitos por otros. Un afecto como la indignación puede ayudar a la tarea de, primero, identificar y, segundo, romper con los hábitos malos, los que tienden a disminuir la potencia de los cuerpos singulares y colectivos. Pero el desafío es construir nuevos hábitos, nuevas formas estables de lo común y la comunidad. No tanto un “suelo firme”, como modos y herramientas de convivencia, que diría Iván Illich.

Es decir, lo primero es la línea de fuga, el momento en que rechazamos un sistema que ya no se soporta ni se tolera. Pero la línea de fuga es ambivalente: puede ser una línea de construcción o seguir una tendencia autodestructiva. Nunca se sabe de antemano. Todo es cuestión de experimentación y el gran valor de lo que ha estado pasando en España (pero también Grecia y en muchos lugares de América Latina) es que se han constituido laboratorios políticos de enorme potencia, vitalidad y diversidad. No siempre han tenido buenos resultados (pienso en la deriva de la “primavera árabe”), pero han supuesto una verdadera reinvención de prácticas y posibilidades políticas, sociales, culturales.

Crítica de Laclau y de la razón populista


Crítica de Laclau y de la razón populista8- Aprovechando el quiebre/desplazamiento del sentido común generado por el clima de las plazas 15M, en España aparece en cierto momento Podemos, con la intención de conquistar la opinión pública, los votos y el poder institucional. La cúpula dirigente habla en este sentido de “operación hegemónica” y se refiere a las teorías de Ernesto Laclau, el gran pensador del populismo, que le sirven de referencia. En tu libro eres muy crítico con Laclau. ¿Por qué? ¿Qué tipo de política organiza la “razón populista”?quiebre/desplazamiento del sentido común

Jon Beasley-Murray. La razón de ser del populismo es precisamente construir un pueblo. Aunque las teorías liberales proyectan el pueblo como antecedente, fuente y origen de la política, Ernesto Laclau reconoce que el pueblo no está dado, sino que hay que construirlo. ¿Cómo? Enlazando las demandas insatisfechas (“cadena de equivalencias”) en torno a un “significante vacío” (que suele ser el nombre de un líder, como Perón) con vistas a la conquista del Estado. Pero creo que se trata de una versión muy restringida de la política, que niega otras muchas alternativas existentes, a mi juicio más interesantes. 


Mi crítica a Laclau es, muy resumidamente, que 

1) reduce los movimientos a “demandas” que se dirigen al Estado, en lugar de ver en ellos instancias creadoras de nuevas realidades, valores y relaciones; 

2) que hace de la relación entre pueblo y Estado la relación fundamental de toda lucha política, reificando y fetichizando así una instancia trascendente y separada de poder como es el Estado, que a mi juicio es un pliegue y una limitación del poder constituyente de la multitud; y que 

3) coloca en el centro lo nacional, cuando el desafío político más interesante (esbozado por los movimientos de las plazas) sería inventar una nueva articulación entre los distintos niveles de la vida terrestre (la especificidad de la plaza y el barrio, lo continental, lo global). 


Pueblo, demanda, Estado, nación: me parecen todos ellos conceptos limitadores de las posibilidades que abren los movimientos más recientes. 


9- ¿Y cómo explicas entonces el éxito del populismo, a los dos lados del charco?
 

Jon Beasley-Murray. Uno de los problemas con la teoría de la hegemonía en clave populista es que acepta la auto-representación del populismo sin cuestionarla. No problematiza la idea de que la fuerza del populismo viene de la capacidad de articular equivalencias entre significantes y así construir un significante (casi) vacío que reuniría una cantidad de identidades y demandas particulares, formando con ellas un pueblo. ¡Yo no acepto la explicación populista sobre el propio funcionamiento de los movimientos populistas! 


Una lectura más cuidadosa del fenómeno peronista, por ejemplo, muestra que su éxito, cuando lo hubo, vino precisamente de su capacidad para movilizar y desmovilizar cuerpos -en la plaza, en las urnas- y de convertirse en hábito. Por eso el triunfo del populismo se expresa en esa frase famosa tomada de un libro de Osvaldo Soriano: “Nunca me metí en política, siempre fui peronista”. 


Esto puede explicar la gran ansiedad del discurso populista sobre la multitud: es la materia prima que se apropia y a la vez se niega. Es la gran ansiedad del populismo argentino con respecto a la insurrección de 2001, es la gran ansiedad de los dirigentes de Podemos hacia el 15M. 


Por cierto que ese mismo libro de Osvaldo Soriano (No habrá más penas ni olvido) muestra la precariedad del triunfo populista: algo se le escapa siempre, su máquina de captura no lo puede todo. 


¿Qué puede el lenguaje?


¿Qué puede el lenguaje?10- ¿El lenguaje es (o puede ser) cuerpo o cae siempre del lado de la representación y el discurso? ¿Cuál es (o podría ser) la potencia propiamente política del lenguaje?
 

Jon Beasley-Murray. Sí, una lectura equivocada de Poshegemonía sostiene que digo que el lenguaje no cuenta. Pero es obvio que un discurso (en el sentido de un discurso político, pero también de una conversación entre amigos, un eslogan gritado en una manifestación, un libro leído en una biblioteca, etc.) puede ser un acontecimiento y tocar los cuerpos. 


Lo que yo creo -con Deleuze, Félix Guattari o Michel Foucault- es que no se explica un texto a través de lo que representa o significa, sino del modo en que funciona. Véase por ejemplo mi lectura en el libro del famoso “Requerimiento” colonial, supuestamente una justificación del derecho español en territorio americano, dirigido al indígena para informarlo y educarlo, pero que tenía sus efectos principales en habituar y moldear los cuerpos mismos de los conquistadores. 


No entendemos mucho si nos fijamos sólo en lo que dice un texto, lo más interesante está en otro lado o por debajo, en el discurso como forma de organizar y sincronizar la intuición, el instinto y el afecto. 


11- ¿Y qué valor le das a la explicación, a la pedagogía? Tu libro, por ejemplo, es una cierta explicación de cómo funcionan las cosas.

Jon Beasley-Murray. Precisamente por ser alguien cuya vocación y oficio es enseñar, sé que no hay que poner mucha fe en el proceso de enseñanza. Como dijo Freud, la pedagogía, por su propia naturaleza, es una de las “profesiones imposibles”. 


Para mí, está claro que la enseñanza y el aprendizaje dependen muchísimo de los afectos: desde la humillación ritual de estudiante que carece de “capital cultural” hasta las posibilidades de transformación que promete el profesor apasionado. Pensemos en las representaciones icónicas de la enseñanza, como La plenitud de la señorita Brodie o El club de los poetas muertos: lo que funciona ahí no tiene que ver con la explicación, sino con otro tipo de cosas. 


Mi libro intenta explicar algunos procesos tal y como yo los veo, pero no trato de convencer a nadie de nada. Más bien preferiría inspirar a algunos a formular su propia versión de la poshegemonía. 


El lado oscuro de la fuerza (creadora)


El lado oscuro de la fuerza (creadora)12- Los movimientos políticos que te interesan son “enigmáticos, invisibles, misteriosos y fuera de lugar”. No representan ni se dejan representar. Funcionan de alguna manera como los propios afectos: opacos y sin discurso articulado, sin demanda ni proyecto. Pero ese tipo de fuerza, ¿puede ser algo más que destituyente? ¿Puede convertirse también en un poder constituyente, creador de instituciones que organicen nuestra vida cotidiana?
 

Jon Beasley-Murray. ¡Son muchos los movimientos políticos que me interesan! O, en otras palabras, son muchos (¿todos?) los que tienen su costado enigmático, invisible, misterioso y fuera de lugar. Para mí, no se trata de escoger los movimientos que te gustan y apostar todo en ellos, como si se tratase de una carrera de caballos. Los movimientos son procesos de experimentación y los resultados nunca se pueden predecir ¡ni prevenir! Esa experimentación sin garantías es la esencia de la política, de otro modo no estamos hablando de política, sino de implementación de planes técnicos. En cada caso, en cada momento, está presente la posibilidad de ambivalencia, de error, de desastre.


No vamos a ninguna parte sin reconocer esa opacidad inherente e inevitable de la política. Mejor afirmarla que negarla o intentar eliminarla. Sobre todo, porque es desde ese lado oscuro que emerge cualquier posibilidad de lo nuevo, de la creación. Así que lo veo todo al revés de como lo plantea tu pregunta: lo que es claro, visible, ordenado, previsible y cognoscible me parece que nunca puede ser constituyente, porque (para bien o para mal) es pura repetición de lo mismo. 


Pero bueno, algo que aprendemos del hábito es que la repetición de lo mismo es otra ilusión: aún dentro de las repeticiones más regulares, algo se escapa, entra siempre la opacidad y el enigma. Y es por esto que debemos atender a estos momentos, de desviación y deriva, por sutiles y (casi) invisibles que sean.

13- Si no es la toma del poder, ¿qué sería un éxito, un logro, una victoria para los movimientos que te interesan?
 

Jon Beasley-Murray. La creatividad, la creación, la invención de nuevas formas de vivir; la expansión de lo común, de la comunidad. Un éxito nunca acabado, por supuesto; una victoria siempre por venir. O, en palabras del marqués de Sade, supuestamente en reacción a la Revolución Francesa: encore un effort si vous voulez être vraiment républicains! (todavía un esfuerzo si queréis ser verdaderamente republicanos)" 

(Pensé las preguntas con Álvaro, Diego, Luis, Marga, Susana y Vicente, Alberto me ayudó con la mediación, ¡gracias!; Entrevista a Jon Beasley-Murray, Amador fernández-Savater, Interferrencias, eldiario.es, 20/02/15)

18/12/18

La hoja de ruta de la Revolución Conservadora en Estados Unidos... el tablero de juego del conservadurismo moderno y su estrategia desde la posguerra... Siempre ganan los hermanos Koch... con su estrategia para “salvar permanentemente al capitalismo de la democracia”...

"Nancy MacLean se encontró un tesoro por casualidad. La prestigiosa historiadora americana, profesora de Historia y Políticas Públicas en la Universidad de Duke, buceaba en un oscuro archivo de la Universidad George Mason, en Virginia, cuando dio con la hoja de ruta de la Revolución Conservadora en Estados Unidos. 

MacLean es una historiadora ecléctica: en su primer libro, Behind the Mask of Chivalry (1994), exploraba la formación y auge del Ku Kux Klan a principios del siglo XX a través de su discurso no sólo racista sino también anti establishment y pro familia. Su segundo libro, Freedom is not Enough (2006), compone un valiente trabajo sobre la lucha por la igualdad a partir de los años 50, principalmente en los puestos de trabajo de las mujeres, los afroamericanos y las comunidades latinas. 

Siguiendo esa línea de demarcación que atravesaba la raza, el género, el trabajo y los movimientos sociales, MacLean publicó en 2017 un volumen explosivo que mezcla la historia con el análisis económico y el periodismo de investigación. En Democracy in Chains cristalizan, en el fondo, todas sus preocupaciones sobre la derecha reaccionaria, que ataca desde su raíz misma. A través de la figura del premio Nobel de Economía James M. Buchanan, en cuyo archivo secreto terminó MacLean casi por accidente, el libro despliega con brillantez el tablero de juego del conservadurismo moderno y su estrategia desde la posguerra.

 MacLean alerta no solo sobre su astuta propaganda, sino también sobre secretas maniobras antidemocráticas de las élites libertarias que han armado ideológicamente el conservadurismo anti establishment del partido republicano, y así hasta la victoria de Donald Trump. Lo que parece una anomalía a brocha gorda, mirado con los ojos de McLean se revela como resultado de una estrategia de décadas. Siempre ganan los hermanos Koch.

Su exploración de la derecha estadounidense empieza con un repaso a la historia reciente de ataques militantes de la derecha contra los sindicatos y el estado de bienestar en Estados Unidos. Hubo muchos, dentro y fuera de EE.UU., que vieron la victoria de Trump como una suerte de anomalía y se preguntaban entonces: “¿De dónde sale todo este vigor ideológico de la derecha?” ¿Podría hacer un repaso a esa historia reciente de lo que viene ocurriendo en Estados Unidos?

Muchos estadounidenses no empezaron a tomarse en serio todo esto hasta que Trump salió elegido, lo cual les sumió en un tremendo shock. Ahora le prestan más atención a la política. Veo a Trump como el síntoma, mórbido si se me permite, de un problema que lleva cociéndose mucho tiempo. 

Es inconcebible que Trump pudiera haber alcanzado la presidencia sin el trabajo previo de toda una serie de intelectuales y de una red de financiación bien urdida durante muchos años para transformar las instituciones de Estados Unidos.

Incluso si hablamos en concreto de la elección de Trump, toda esta red preparó el terreno al presentar tenaz y concienzudamente al Estado como una ciénaga que había que limpiar, al hacer que fuese tomando peso la idea de que no hay nada que merezca ser preservado en Washington, nuestra capital, y que los grupos de interés campan a sus anchas allí, desangrando al contribuyente.

 Por supuesto que hay muchísimas corporaciones, pero esta red ha trabajado duro para, precisamente, abrir el grifo del dinero corporativo y que este pueda inundar la política, así que estamos hablando de algo completamente diferente.

Para entender ese proyecto, menciona como clave la vida y obra del economista James McGill Buchanan. ¿Quién fue Buchanan? ¿Qué importancia tiene su figura dentro del forjamiento de la derecha neoliberal?

Quizá haya oído hablar de la Sociedad Mont Pelerin, que promovió este pensamiento radical de libre mercado. Yo lo defino como el proyecto supremacista de los propietarios o supremacista del capital. La Sociedad Mont Pelerin se fundó en 1947, cuando Buchanan estaba terminando sus estudios en la Universidad de Chicago, al albur de los fundadores del proyecto, Friedrich Hayek, Milton Friedman, Frank Knight y algunos otros. Buchanan formaba parte sin duda de ese proyecto radical de libre mercado, pero era una figura mucho más oscura que, por ejemplo, Friedman. Pienso en ellos como el ying y el yang de esta causa. 

Friedman era el tipo afable y dicharachero al que le gustaba hablar de las grandes virtudes del libre mercado y de cómo a todos nos iría mejor si tuviéramos la libertad de escoger, etcétera. Siempre estaba en la esfera pública. Buchanan era una figura que se movía mucho más en las sombras, contento con trabajar en el mundo académico, entre bambalinas, lidiando con compañías, grandes donantes de la derecha y demás. Quería cambiar la manera de pensar de la gente respecto del Estado. Quería demostrar el fracaso del Estado. Estaba decidido a desenmascarar a figuras públicas y probar que no les movía el bien común o los intereses de los ciudadanos.

Hay algo que une a la gente como el multimillonario Charles Koch, que tiene una empresa multinacional y los agentes políticos a los que paga, la red de donantes que gestiona, instituciones como el CATO Institute, la Heritage Foundation, la Atlas Network y los académicos juristas, economistas y científicos políticos a los que financia: no tienen ningún respeto a la Historia.
De modo que dejaron abandonado un enorme archivo con documentos y pruebas de todas sus campañas estratégicas.

 Se mudaron de la Universidad George Mason a un edificio moderno de cristal más cerca de Washington y dejaron todo eso. Yo había descubierto, en otro proyecto de investigación, cosas sobre Buchanan en el contexto de la época de la batalla por los derechos civiles en Virginia que me habían dejado tan helada. 

Me dejaba estupefacta que la gente que decía estar a favor de una sociedad libre fuera cómplice de fuerzas archi-segregacionistas sin inmutarse. Y este proyecto se alineaba perfectamente con aquel. Así que no pude dejarlo de lado. Llegar a aquel archivo y descubrir todo aquello fue como una bomba… Todo lo que sospechaba se confirmó.

Describe en su trabajo como el multimillonario financiador de campañas conservadoras Charles Koch encontró en Buchanan el sistema de ideas que llevaba tanto tiempo buscando para transformar América. Parece que Koch, más allá de su propio interés de clase, cree de verdad en esas ideas. ¿Cómo forjaron Koch y Buchanan una alianza para desarrollar una estrategia para lo que usted define como “salvar permanentemente al capitalismo de la democracia”? ¿Mediante qué instituciones o redes trabajaron juntos para hacer realidad ese proyecto?

Creo que Charles Koch ha sido subestimado sumamente por sus críticos. Estamos ante alguien que ha sido capaz de tejer una red de donantes para campañas, que tiene la audaz ambición de transformar no sólo la política estadounidense, sino también la de otros países del mundo. Ha incrementado el tamaño de la empresa que heredó de su padre entre un mil y un cinco mil porciento. Ahora opera en sesenta países. 

Tiene tres títulos de ingeniería del MIT, la universidad de élite tecnológica del país. Es un hombre muy inteligente, al que no deberíamos subestimar, que siempre ha sabido jugar a largo plazo. Mucha gente de izquierdas, desgraciadamente, piensa en lo que dijo no sé quién ayer y que sale hoy en las noticias, pero no a diez, veinte, treinta años vista. Koch sí lo hace.

A finales de los 60, empezó a financiar el trabajo de intelectuales y académicos que, pensaba, podrían ayudarle a abrir camino con sus ideas. Cuando donó sus primeros diez millones de dólares a la Universidad George Mason, donde estaba Buchanan, dijo que llevaba tres décadas financiando a toda una serie de intelectuales, en busca de la “tecnología” que necesitaba. Cuando hablaba de tecnología –hay que recordar que se trata de un hombre con tres títulos del MIT— se refería al poder transformador de las ideas. 

Y al dar con Buchanan, supo que la había encontrado. De modo que cuando dio su primer donativo, dijo: “Quiero dar rienda suelta al tipo de fuerzas que impulsaron a Colón hasta sus descubrimientos”. También se ha comparado a sí mismo con Martín Lutero. La relación, el conocimiento, se remonta bastante más, pero la verdadera conexión arranca en todo su esplendor a finales de los 90.

Hemos hablado bastante sobre cuestiones raciales y educativas, pero también cabe resaltar la importancia los sindicatos en esta historia. ¿Qué papel jugaron los sindicatos en el desarrollo de las ideas de Buchanan y en el impulso de Koch y el resto de donantes de su investigación? ¿Cómo de explícito fue su empeño en derrotar a los sindicatos? ¿Y cómo de exitoso?

Para Buchanan, los sindicatos no fueron un uno de los elementos centrales de su trabajo. Al haberse centrado en finanzas públicas, se fijaba más en cuestiones de ingresos estatales, de cargas impositivas y gasto público. Pero siempre fue muy anti sindicatos. Hay que recordar que los sindicatos estadounidenses de mitad de siglo eran muy poderosos.

 Consiguieron amasar suficiente poder como para marcar la agenda pública y hacer que los empresarios, o por lo menos los grandes empresarios, tuvieran que cambiar su comportamiento. Establecieron un suelo salarial. Dieron más poder a la gente. Y Buchanan y sus centros de estudios entendían eso y se oponían férreamente a los sindicatos.

A partir de los años setenta, llegó a decir en un buen número de contextos que los empleados públicos no deberían tener derecho al voto, porque eso afectaría las condiciones de su trabajo. Por supuesto, no defiende que los directores ejecutivos de las empresas pierdan el derecho al voto, porque eso afecta a las operaciones de sus empresas. Es un argumento con el que solo apunta a la izquierda. 

Ha hecho alusión a la inconsistencia argumental de ser muy partidarios de la “libertad económica”, como la llaman, pero a la vez no tener problema alguno en apoyar regímenes o políticas autoritarias. Hay un par de episodios especialmente significativos a este respecto: la represión a los movimientos estudiantiles de los sesenta, liderados, entre otros, por Angela Davis en California y la relación del movimiento con el Chile de Pinochet. ¿Qué demuestran para usted estos episodios? 

Lo que he aprendido investigando este asunto es que el tipo de libertad que más les importa a los arquitectos de esta causa son, en realidad, una serie muy concreta de libertades económicas de ciertos actores. Invertir, consumir, producir, ser libre del yugo de los impuestos. Pero la mayoría de libertades que nos importan a los seres humanos, como la libertad política, o el derecho de organizarnos, esas no les conciernen.

Buchanan lo dejó muy claro en su reacción a las revueltas estudiantiles de los sesenta. En sus archivos, lo encontré aconsejando a los líderes universitarios que utilizaran la violencia contra los manifestantes y recriminándoles que no demostrasen “coraje estratégico”. Tenían que ser mucho más represivos; castigar a los manifestantes. Ensañarse con gente como Angela Davis.

Se ha escrito mucho sobre los viajes de Milton Friedman a Chile en 1975, apenas dos años después del golpe. Para entonces ya llegaban las noticias horribles sobre lo que allí sucedía. Chile se estaba convirtiendo en un paria por culpa de las violaciones de derechos humanos de la dictadura. Pero Buchanan fue en 1980. 

Después de que se purgasen las universidades y de toda una infinidad de barbaridades sobre las que Buchanan tuvo que hacer la vista gorda. Todo para cumplir su sueño de asesorar a la dictadura y sus aliados civiles sobre cómo solidificar las reformas posteriores al golpe con una constitución que los hiciera irrevocables.

En su trabajo se detalla cómo el de Koch-Buchanan es en realidad un proyecto revolucionario que, siendo minoritario, necesitaba anclarse tanto en el conservadurismo tradicional estadounidense como en la derecha religiosa. ¿Cómo emergió dicha alianza y qué enseñanzas podemos extraer de ellas para el presente? 

Murray Rothbard, el economista de la escuela austríaca, le insistió a Charles Koch en que leyera a Lenin para entender cómo una minoría podía lograr llevar a cabo una revolución sin necesidad de la mayoría. Y Koch cita a Lenin en uno de sus libros como un autor que ha influido en su pensamiento. Está claro que, para ellos, no iba a ser una revolución violenta, porque tienen tanto dinero que no les hace falta. 

Pueden hacerla por otros medios. Pero, sin duda, es un proyecto revolucionario. Creo que han transformado el Partido Republicano en una especie de Partido Leninista Libertario de Derechas, en el que la disciplina es extraordinaria en asuntos como el cambio climático o la sanidad. No hay duda en que es revolucionario.

Sobre la derecha religiosa, lo interesante es que es lo que les permite avanzar políticamente con su proyecto. Los libertarios de derecha representan sólo el tres o el cuatro por ciento del electorado estadounidense, algo absolutamente inerme. Pero la derecha religiosa, en especial la derecha evangélica protestante, es eminentemente fácil de cooptar. Sus líderes, al menos, lo han sido. Se han movido con mucha astucia. 

Koch sabe que hay ciertas concesiones que estos grupos buscan de un gobierno de derechas, incluidas las que ahora vemos que aprueba Trump: financiación para colegios cristianos, exenciones de cumplir con ciertas normas en base a valores cristianos. Saben perfectamente cómo capturar a esos votantes religiosos. Lo hacen de muchísimas maneras. En el fondo, es la misma estrategia que seguía Buchanan y su grupo en Virginia en los 60.

 Él estuvo dispuesto a usar el supremacismo blanco para hacer valer su proyecto de supremacía de los dueños del capital. Hoy en día se cierra el círculo cuando vemos que la gente está dispuesta a usar los prejuicios contra las lesbianas, los gays, los transexuales o los inmigrantes para solidificar la misma 
agenda.

Si hay una palabra que une a toda la gente que describe es la libertad. ¿Qué significa para ellos, en su opinión?

La respuesta breve es que su libertad extinguiría las libertades de la mayoría de nosotros. En inglés, liberty, a diferencia de freedom, se utiliza en el sentido en el que la empleaba John C. Calhoun, para defender la esclavitud, o para defender los derechos de propiedad por encima de la libertad, pongamos, de los trabajadores para organizarse colectivamente. O de la gente transexual para utilizar el baño que corresponde con su género. Nuestras libertades, han concluido, interfieren con su libertad; su libertad económica.

Si uno lee su libro, escrito antes de las elecciones de 2016, podría pensar que el presidente de Estados Unidos a finales de la década de los 2010 es Jeb Bush o Ted Cruz. ¿Cómo lee la elección de Trump en este contexto? O el hecho de que Trump lograse la nominación del Partido Republicano en primera instancia, que es incluso más sorprendente que su elección, a la luz de su trabajo.

No es concebible que Donald Trump hubiera llegado a la Casa Blanca sin el trabajo previo de esta causa. Ellos sentaron los cimientos en un sinfín de maneras, a través del cinismo prevalente y tóxico que cultivaron en la opinión pública sobre el Estado, cómo funciona y a qué intereses responde. Pero también es cierto que la Red de Financiación Koch había trabajado con tanto ahínco dentro del Partido Republicano para hacerlo el vehículo de entrega de estas ideas que habían preparado a todos los otros favoritos en las primarias para esta causa y se habían asegurado de su obediencia, en contradicción directa con lo que quiere la mayor parte del electorado.

 Los votantes republicanos vieron a todos los favoritos por un lado y por otro, a Trump, que decía: “Estas son marionetas de los Koch. Están a su servicio”. Y eligieron a Trump.

Ahora bien, desde que fue elegido, Trump se ha demostrado decidido a impulsar la agenda de los donantes de la red Koch, dejando de lado lo que le prometió a la gente. El 70% de sus nombramientos vienen de la Red Koch. 

Ha llenado las agencias gubernamentales y secretarías de Estado de gente que viene de esa red, en especial la Agencia de Protección Medioambiental, pero también el Departamento de Trabajo, el de Interior, y otros lugares estratégicos en los que los Koch y sus donantes tienen agentes nombrados por Trump.

Aunque perdieron, terminaron ganando.

Ni siquiera tengo tan claro que perdieran. Creo que queda mucho por saber sobre cómo Trump llegó a la Casa Blanca. Pero aunque no lo quisieran ni tuvieran nada que ver con ello, lo que importa es que se han ajustado perfectamente y lo han rodeado de sus aliados, empezando por Pence.

Como ha dicho, Trump aún candidato insistía una y otra vez en que él no necesitaba el dinero de grandes empresas para su campaña. Eso parece romper con el modelo de los Koch. ¿En qué medida cree que Trump representa una ruptura con el conservadurismo “tradicional”?

Seamos claros sobre dos asuntos: en primer lugar, Donald Trump no tenía cómo movilizar el voto en la jornada electoral. Nunca hubiera sido elegido sin que el grupo de los Koch, Americans for Prosperity, asegurase la movilización de las bases republicanas y su red de donantes inyectase de dinero las campañas para el Congreso o cargos secundarios, surtiéndoles de la base de datos de votantes más sofisticada que existe, la llamada i360.

En segundo lugar, Charles Koch no es en absoluto un conservador “tradicional”. Es un radical libertario, un reaccionario cuya red está financiando un aparato para deshacer un siglo de victorias populares democráticas. No se puede entender la crisis de la democracia estadounidense que vivimos si seguimos pensando en que el conservadurismo o el Partido Republicano son lo que un día fueron. 

La elección de Trump es fruto de una ofensiva desbocada durante décadas –en especial desde 2010— de las ideas de Buchanan. Buchanan llamaba a la mayoría de votantes “parásitos” que “toman como presa” a los demás. Y esta noción es ahora mayoritaria en la derecha. Pero eso es sólo una parte de cómo el proyecto Buchanan-Koch nos trajo a Trump. 

La otra parte es que la red de financieros de los Koch impuso su agenda en el Partido Republicano tan insaciablemente que Trump se convirtió en el único candidato al que los votantes republicanos leales podían apoyar si no querían los cambios radicales en Seguridad Social, atención sanitaria, educación y demás a los que se habían plegado el resto de favoritos, bajo presión de la red Koch.

Seguimos creyendo, como país, que existe un Partido Republicano, con sus propias tradiciones, su toma de decisiones interna y su rendición de cuentas a los votantes. Pero eso se acabó. Ya no hay nada del Grand Old Party, el Partido Republicano de toda nuestra historia. Ese partido lo ha tomado por asalto la derecha libertaria, financiada por multimillonarios.

En torno a la guerra comercial declarada a China por parte del presidente o los eventos recientes han llevado a muchos a sugerir un conflicto entre Trump y los Koch. ¿Qué les une y qué les separa? ¿Podrían llegar a ser los Koch arquitectos del derrocamiento de Trump?

Charles Koch expresó su desdén personal hacia Trump en 2016, llegándole a llamar “un monstruo”. Dudo que le invitase a cenar jamás. Pero, en lo sustantivo, Koch se ha felicitado en dos en cumbres de donantes de lo muchísimo que han progresado a la hora de aprobar su agenda, en especial en el último año, área por área, desde terminar con las políticas de acción contra el cambio climático hasta el diseño de una ley fiscal al más puro estilo Buchanan.

Así que están logrando, quizá, el noventa por ciento de lo que quieren. Eso pone la cuestión del comercio en perspectiva. Creo que deberíamos prestar atención al juego a largo plazo de la derecha liderada por los Koch, y no distraernos con cuestiones que, desde el punto de vista de la Historia, serán pequeñas trifulcas comparadas con la gran narrativa."                   (Entrevista a Nancy K. Maclean / Historiadora, CTXT, 12/12/18)