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14/10/22

Annie Ernaux dignificó la vida de la clase trabajadora... ganó el Premio Nobel de Literatura por su valentía al interrogar la memoria colectiva de Francia. Su obra se ha ocupado de la vida de las mujeres de la clase trabajadora, que sus libros han tratado con una dignidad y un respeto poco comunes.

 "Annie Ernaux, galardonada con el Premio Nobel de Literatura el pasado jueves, no estaba al otro lado del teléfono cuando el comité llamó para dar la noticia. El año pasado recibió un mensaje de broma en el que se le comunicaba que había ganado el ilustre galardón, lo que podría ser una de las razones por las que su primera respuesta cuando el comité se puso en contacto con ella fue de incredulidad: «¿Están seguros?».

A diferencia de Philip Roth, que se mantuvo en vilo esperando una llamada que nunca llegó, Ernaux, a sus ochenta y dos años, nunca se preocupó demasiado por los premios. Desde luego, no los esperaba con ansia. Cuando no ganó el Man Booker International en 2019, fue a ver la exposición de Dorothea Tanning en la Tate Modern en su lugar, almorzó con vistas a la Catedral de San Pablo y bebió en un pub frecuentado por Amy Winehouse. Prefería su propia compañía al pesado y poco encantador mundo de la cultura de los premios. Al recibir el Nobel, Ernaux, sin embargo, reconoció la responsabilidad que conlleva: seguir luchando «contra todo lo que es una forma de injusticia contra las mujeres».

 Jean-Luc Mélenchon felicitó a Ernaux en un tuit: «Annie Ernaux, novelista literaria. Se nos saltan las lágrimas de felicidad. Las letras francófonas hablan al mundo en un lenguaje delicado que no es el del dinero». En otros rincones de Internet, los aficionados respondieron celebrando la victoria de las «nenas» y las «chicas guapas», como si el tema de la prosa de Ernaux —la vida de las mujeres— no fuera el más serio y universal de todos. La suya es una victoria inequívoca de la clase trabajadora, para la que la cultura de los premios nunca ha sido especialmente favorable.

Ernaux, que ha escrito veintitrés libros a lo largo de cincuenta años, creció siendo católica y de clase trabajadora en la pequeña ciudad de Yvetot, en Normandía. Sus padres eran obreros. Hijos de agricultores, cuando Ernaux era joven habían ahorrado y comprado un pequeño almacén, encima del cual la familia vivía y dirigía una tienda de comestibles y un café. Al principio, esta empresa fue auspiciosa, pero pronto la necesidad de vender a crédito y, más tarde, la invasión de los supermercados, hicieron del pequeño negocio familiar poco más favorable que el trabajo en la fábrica. Su padre, que a menudo tenía que aceptar otro trabajo y no formaba parte de un sindicato, «era a la vez obrero y tendero», escribe Ernaux, «y, como tal, estaba condenado a una vida de soledad y desconfianza».

Ascenso social

Al escribir sobre su padre en su cuarto libro, El lugar (1983), Ernaux abandonó el andamiaje convencional de la ficción, que consideraba que traicionaba la realidad de su vida, e ideó el estilo de escritura por el que ahora es conocida. «Para contar la historia de una vida regida por la necesidad», advierte ella misma en retrospectiva, «no tengo derecho a adoptar un enfoque artístico». Evitando las «reminiscencias líricas» y las «muestras triunfantes de ironía», Ernaux evita los ejes de la narrativa de la clase media, ofreciendo en su lugar una representación crudamente honesta de la violenta resistencia de una vida ordinaria y trabajadora, que es también una de las exploraciones más devastadoras del dolor. Al escribir sobre las bendiciones mixtas de su ascenso de clase, observó que la «gran satisfacción de su padre, posiblemente incluso la razón de ser de su existencia, era el hecho de que [ella] perteneciera al mundo que le había despreciado».

 Mientras sus padres pasaban de ser trabajadores manuales a propietarios de pequeños negocios, Ernaux pudo seguir asistiendo a la escuela y más tarde a la universidad en Rouen y convertirse en profesora. La época de la posguerra fue de bienestar y progreso social. En el mundo subvencionado de la socialdemocracia francesa, Ernaux se hizo un hueco que salvaguardaba a la joven escritora del miedo a caer de sus padres. Fue en este espacio donde conoció a su antiguo marido Philippe, que pertenecía, inequívocamente, al mundo de la clase media. Él la introdujo en las irónicas ocurrencias de esa clase, que perduran en el apretado aire de las cenas familiares, y en la idea de Europa como sede de una cultura sofisticada a la que la educación le otorgaba pertenencia. La pareja se instaló en Cergy-Pontoise, un suburbio a cuarenta kilómetros al norte de París, y formó allí una familia a finales de los años 60, un lugar, como escribe en Diario del afuera / La vida exterior (1993), que, al igual que muchas ciudades suburbanas dibujadas a partir de un mapa en blanco, «surgió de la nada» para atender a una clase media emergente, desplazada y cosmopolita.

Al principio, sin embargo, Ernaux abandonó su título de profesora y se fue a vivir a Londres, en pleno apogeo de los años 60, «simplemente», escribe, «porque quería ser libre». Como joven de clase trabajadora, vivir de forma independiente y escribir literatura era moverse en un terreno inexplorado y arriesgado. Las novelas —La respuesta, de Rosamund Lehmand, Buenos días, Tristeza, de Françoise Sagan— proporcionaban modelos, pero esos libros estaban escritos por mujeres de clase media. En la primera carta, de abril de 1963, que figura en una edición recientemente publicada de la obra de Ernaux, ésta le escribe a su amiga, con la urgencia del deseo juvenil desbordado por la expectación, para que le preste su máquina de escribir a fin de poder redactar su primera novela.

 Al escribir cuando el movimiento feminista cobraba impulso, Ernaux inventaría un lenguaje totalmente nuevo para hablar directamente de la vida y los deseos de las mujeres. Lejos de gran parte del feminismo francés de los años 70, que pretendía dar sentido a la experiencia de las mujeres apelando al lenguaje abstracto de la filosofía o a los giros de la llamada literatura culta, Ernaux mantuvo su lenguaje basado en lo cotidiano. En su obra posterior Los años (2008) reflexiona sobre el regreso a su dialecto local en las visitas a su ciudad natal: «La lengua que se pegaba al cuerpo, estaba ligada a las bofetadas en la cara, al olor a agua de jabón de las batas de trabajo, a las manzanas asadas durante todo el invierno, al sonido del pis en el cubo de la noche y a los ronquidos de los padres». No se trata simplemente de que busque material en su propia vida —¿qué escritor no lo hace?— sino de que radicaliza el género de las memorias al utilizarlas para vincular su propia experiencia individual con la de otros miembros de su clase, generación y sexo. Muestra cómo las memorias, como la expresión más directa de la subjetividad individual, son inextricables de las formaciones sociales históricas a las que dan lugar.

En Una mujer (1987), Ernaux escribe que su madre «se pasaba el día vendiendo leche y patatas para que yo pudiera sentarme en una sala de conferencias y aprender sobre Platón». En el libro, que se lee como un extraño espejo de Un lugar, Ernaux busca comprender a la mujer que la crio al margen de su existencia como cuidadora. Su objetivo es «capturar a la mujer real, la que existió independientemente de mí, nacida en las afueras de un pequeño pueblo de Normandía, y que murió en el geriátrico de un hospital en los suburbios de París». En No he salido de mi noche (1997), Ernaux vuelve a examinar la vida de su madre, con la culpa que supone escribir sobre alguien íntimo y la claridad de observar su vida en su conjunto; el título son las últimas palabras que pronunció su madre.

 En Memoria de chica (2016), Ernaux dirige su atención a su yo de dieciocho años —«la chica del 58»—, a su floreciente deseo, a la violenta expectación del mundo que la rodea, y a la primera noche que pasó con un hombre en un campamento de verano: su primer viaje fuera de casa. Un momento que podría haber sido un estimulante despertar sexual y emocional es contenido por el poder del hombre mayor, un instructor jefe del campamento. En el libro, el encuentro sexual se desarrolla en un retrato rápidamente dibujado de la sensación de ser joven y vivir la novedad de la historia de los años de la posguerra. Este, nos dice Ernaux, fue «el verano del regreso de De Gaulle, el nuevo franco y la nueva República (…) y la Historie d’un amour de Dalida». También fue el verano en el que «miles de militares abandonaron Francia para restablecer el orden en Argelia». Atrapada en la vorágine de la historia y el deseo, «la chica del 58» se encuentra abandonada y se queda «con lo real, por ejemplo un par de prendas interiores manchadas».

El recuerdo, lo que queda

Ernaux trata de atraer a su lector al espacio psíquico de alguien poseído tanto por su propio deseo como por la violencia de sus consecuencias. A diferencia de la mayoría de las mujeres francesas de su generación, se ha declarado fervientemente del lado del #MeToo, de la generación de feministas contemporáneas que reconocen el histórico desequilibrio de poder entre hombres y mujeres que subyace en la inadecuación de las relaciones laborales y sexuales actuales. En sus escritos, Ernaux da rienda suelta al deseo, llevándolo a sus límites más lejanos, un deseo autodestructivo y extático que ella considera que no es incompatible con la necesidad del consentimiento; de hecho, es más bien su precondición. El deseo, un tema al que Ernaux vuelve a lo largo de su vida, y del que habla con una claridad desarmante al liberarse de sus prohibiciones históricas, es desgarrador, estimulante y transformador.

En Pura pasión (1991) relata la intensidad solipsista de sus sentimientos por un diplomático ruso, más joven y casado, al que conoció en Leningrado en 1988. Una década más tarde retomó el tema en forma de diario en Perderse (2001), que ofrece una versión más explícita y sin adulterar de la agonía de la pasión que eclipsó el resto de su vida durante un periodo de dieciocho meses. El amante es objeto, no sujeto, de la historia: un extraño cuya extrañeza no hace sino intensificarse con el tiempo. Ernaux no pretende contextualizar ni moralizar la aventura, sino que se limita a describirla. Las personas implicadas en la historia de la pasión, la más individualizadora de las experiencias, parecen meramente incidentales en su relato.

Al Comité del Nobel no se le escapa que Ernaux ha escrito uno de los mejores relatos sobre el aborto en la literatura. El acontecimiento, publicada en 2000 en Francia y en Inglaterra al año siguiente, fue llevada al cine por Audrey Diwan a principios de este año. Es también uno de los mejores relatos de la escritura: de la transformación de una experiencia en escritura y de la escritura en experiencia. Fue el primer tema sobre el que Ernaux escribió en su novela de 1974, Los armarios vacíos, y al que siguió volviendo, a medida que el enfoque de sus escritos pasaba de la experiencia femenina ficticia, personal y clandestina a la historia. La narración, que se centra en su lucha por conseguir un aborto, gira en torno a la dificultad de abandonar una posición de clase y de hacer una vida por sí misma, como mujer, en 1963. Una década más tarde, las feministas francesas saldrían a la calle, dando a conocer sus propios abortos, formando una narrativa colectiva que allanó el camino para su legalización.

 Los años, publicado en francés en 2008 y en inglés en 2017, que es ampliamente reconocido como la obra maestra de Ernaux, se abre con una imagen de una mujer en cuclillas, en Yvetot después de la guerra, y traza los sonidos, las vistas, los modismos, las letras y los sentimientos de las décadas centrales del siglo XX. Plantea la cuestión de lo que permanecerá, lo que seguirá adelante y lo que pasará a la historia. Muestra cómo la memoria vive a la vez dentro y fuera de nosotros, en cuyos intersticios se siente colectivamente la textura material de los sueños callados y reprimidos de la gente corriente.

Lo que se recuerda: un primer beso, el muro que divide Europa, la rotonda mágica, las compras del sábado, las facturas mensuales, el Dr. Spock, la revolución. Lo que queda: el cuerpo de una mujer, igual pero diferente, nada que ver con su representación en las revistas pornográficas y femeninas; los trabajadores que siguen realizando el trabajo que hace posible la escritura; una narración del progreso de la posguerra que tartamudea y se tambalea al acercarse al presente: «A mediados de febrero los trabajadores del acero (…) quemaban neumáticos en las vías del tren, mientras ella leía El orden de las cosas en su asiento del TGV inmovilizado». Esta capacidad de vincular su propia memoria personal y la historia colectiva es el aspecto más radical de la obra de Ernaux. A medida que Los años se acerca a su cierre, retoma una perspectiva en primera persona, sacándose a sí misma de la historia, cediendo espacio a la generación que viene.

En una reunión de la Unión Popular en apoyo de Mélenchon como candidato presidencial en enero de 2022, Clémentine Autain, miembro del partido político de izquierdas La France Insoumise, lanzado en 2016 por Mélenchon, leyó el libro de Ernaux de 2013 sobre su ciudad natal, Regreso a Yvetot. En él, Ernaux describe la vergüenza que vivió de joven cuando la hija de un óptico le detectó el olor del agua de Javel, que la señalaba como perteneciente a la clase trabajadora. Pasajes del libro de Ernaux estaban contenidos en una colección de extractos que también incluía palabras de Angela Davis, Pier Paolo Pasolini, Jean Jaurès y Lola Lafon. En conjunto, estas voces insurgentes pretendían articular lo que podría ser un nuevo movimiento dirigido a crear un mundo más justo. Ernaux declaró que apoyaba a Mélenchon «porque se avergüenza de ver cómo el neoliberalismo destruye a los individuos y su entorno, de escuchar mensajes de odio contra una parte de la población, de no decir nada, de no hacer nada».

 A medida que el siglo XX llegaba a su fin, muchas organizaciones de la clase trabajadora también se fragmentaron, llevándose consigo las identidades y culturas que habían mantenido unidas. En este contexto, la atención de Ernaux a la forma en que los miembros de la clase trabajadora vivieron esos largos periodos de decadencia tiene el efecto de devolver la capacidad de acción a los que se vieron privados de ella. Al hablar de su abuelo, que trabajó en una granja desde los ocho años, observa que «su mezquindad fue la fuerza motriz que le ayudó a resistir la pobreza y a convencerse de que era un hombre. Lo que realmente le enfurecía era ver a un miembro de la familia leer un libro». Al mirar a su alrededor y dar espacio a «figuras anónimas que se vislumbran en una esquina o en un autobús abarrotado, que llevan involuntariamente el sello del éxito o del fracaso», Ernaux esculpe un lenguaje para la colectividad en el corazón del yo, una literatura que da forma a la transmisión de la memoria, a las opciones imposibles a las que se enfrentan los individuos y los movimientos políticos, y al deseo de revivir el sentimiento apagado de la revuelta."                   ( , JACOBINLAT, 13/10/22)

3/3/22

"Uno está tan obsesionado con el límite de la droga o de la pasión que se olvida de una paradoja: el único límite que te falta es la calma. Dicen que llegas al fondo y lo ves. Pero mi experiencia era que siempre puedes degradarte más. Tienes una opción: ser una persona común y corriente, que la mayoría no quisiéramos ser, o seguir entrando en una forma de oscuridad de manera permanente"

 "Cuando su madre se moría, Julián Herbert (Acapulco, 1971) se sentó a su lado a limpiarla. Y a escribir. Canción de tumba (Random House) es la historia de esa madre, que se ganaba la vida como prostituta, y la suya propia, plagada de huidas y búsquedas en las adicciones. También su poesía o cuentos son una celebración desatada y una lucha contra sí mismo, su miedo y su soberbia. “Lo malo de ser hijo de una puta es que muchos actúan como si la puta fueras tú”, dice mientras caminamos en Ciudad de México. Pide que le disculpe: él tiene que andar por el lado de la calzada. Es su instinto protector. “O machista, si quieres”. 

En un puesto de tacos pide un sidral. No para de dar pesos a todo el que le pide. “Es parte de estar aquí. En Saltillo es distinto”. Acaba de llegar en autobús para devolver a su hijo Leo a su madre. Tiene dos hijos anteriores. “Y la hija de Sylvia, de 18 años, que he adoptado”. ¿De dónde saca fuerza para casarse cada vez? “Le tengo mucha fe a la vida de pareja”.

“Soy un huérfano cínico, ex hijo de puta que ha leído a San Juan de la Cruz: sé que la tribu no me dará palabras más puras que las vulgares de Lorenzo Santamaría para hablarle a mi hijo: ‘Para que no me olvides, ni siquiera un momento”. ¿La vida está en esas canciones?

Son una de las grandes escuelas. Pero varía. El Gangnam Style no me dice nada. Y Bad Bunny, tampoco. Lo tradicional es lo que va quedando.

¿Hace falta que nos haga llorar?

Puede hacernos bailar. Dos o tres de Madonna. O Zorba el Griego, que tras la muerte de su hijo baila de dolor. El baile y el llanto tienen una conexión profunda.

Cuando reivindica a Santamaría, ¿crítica el esnobismo de cierta escritura?

No. Creo en el lenguaje culto. Lo que no encuentro es distancia. Mi trabajo es reducir esa distancia artificial entre la alta y la baja cultura.

¿Qué la ha provocado?

Pasar la vista por encima de las cosas y no entrar en ellas. Venía caminando con el GPS. Es enloquecedor. Uno puede sentarse a mirar un mapa o caminar, pero las dos cosas a la vez…

Cuando quiso ser padre con 21 años, su madre le dijo: “Ya no eres mi hijo, cabrón, no eres más que un perro rabioso”.

Mi mamá creció con un lenguaje sumamente violento. Su experiencia del mundo era la que reflejaba su lenguaje. Palabras que me resultaban habituales hace 15 años ahora me parecen violentas.

¿Por ejemplo?

Cabrón. Aprendí a ser muy mal hablado desde niño, pero en mi casa no se decían obscenidades: ni referencias a partes del cuerpo ni asuntos sexuales. Mientras me relacioné con mujeres de mi misma clase social no era un problema. Mis últimas dos parejas vienen de la clase media ilustrada. No me han impuesto un lenguaje, pero la experiencia cambia. La forma violenta del lenguaje tiene momentos de insulto y momentos en los que la costumbre hace que no se perciba como insulto.

 A su madre acabó limpiándola cuando estaba “borracha de transfusiones”. ¿Hay forma de amor mayor que cuidar?

La gravedad y la gracia, de Simone Weil, dice que no podemos dar a quienes amamos más de lo que nos da una obra de arte: que nos mejora la vida porque existe. Para mí, ese es el sentimiento del amor: dar. Creo que los sufrimientos amorosos tienen que ver con que no podemos dejar de ser egoístas. El amor no hace sufrir. Es el egoísmo de querer que las cosas sean como tú quieres y las personas se queden y no se mueran sometiéndose a tu voluntad. Eso no es amor. Son cosas que estorban al amor y a las que no podemos renunciar porque no somos monjes.

Acompañando a su madre, durante su leucemia mielítica, escribió su obra maestra Canción de tumba, a tumba abierta como casi todo lo que hace. ¿Fue un escape? ¿Una defensa?

Creo en la experiencia radical de la escritura. No quisiera escribir de otra manera. Aunque dejé de escribir poesía cuando Leonardo aprendió a hablar: qué flojera escribir obras maestras sin parar como esos novelistas tipo Vargas Llosa.

Habla de Leo, como si no tuviera tres hijos.

Nació cuando yo ya era un hombre más enfocado en la paternidad. Pero tiene 12 años. Está a punto de salir de mi marco de referencias. Adoro ser papá.

¿Cuál es el cansancio del padre?

El normal es físico: seguirlo cuando aprende a caminar. Pero lo extenuante es el asunto de las neuronas-espejo: uno siempre está leyendo a los demás en cada rasgo.

¿Tiene que ver con la ausencia de un padre en su vida?

Seguramente. No sé porque no tengo esa experiencia. Mi experiencia de ser hijo está acotada a ser hijo de mi mamá.

Guadalupe, Lorena, Vicky, Juana. Su madre cambiaba de nombre como las de otros cambian de peinado.

Era una experiencia de la identidad. Y la mexicanidad. Una de las formas de expresar el clasismo aquí es sabiendo cuántas generaciones has sido dueño de tu nombre. No lo vi hasta que jugué con eso en la novela. Los que no venimos de ningún lado no venimos tampoco de ningún nombre.

Su nombre de prostituta, Marisela Acosta, era fijo.

Sí. El único. Mi abuelo biológico se llamaba Pedro Acosta, aunque a ella la adoptó mi abuelo Marcelino.

De sus cuatro hermanos, solo usted viajaba con ella. Y cambiaba de colegio: Acapulco, Laredo, Oaxaca. ¿Por qué?

Mis hermanos se enfadarán, pero pienso que era su consentido. O esa es la fantasía que me hago. De ella aprendí a ir por el mundo como si todas las cosas fueran tuyas.

¿Sintió también lástima por ella? ¿Vergüenza?

De niño, no. Me dio en algún momento pena ajena verla muy borracha cuando volvía de trabajar. Su trabajo me avergonzó de mayor. Estaba muy resentido.

¿No sintió agradecimiento porque los sacara ­adelante?

Es que en la adolescencia te resientes con tu papá incluso si es Carlos Slim. Yo tenía además buenas herramientas para articular mi resentimiento: la pobreza, la prostitución. Eso se volvió para mí un tabú. Para mi hermano mayor, que vive en Japón, sigue siéndolo.

Vivieron en un cuarto levantado con bloques de hormigón y un techo de cartón donde entraban a gatas. Escribió: “Tres años de pobreza extrema no destruyen”. ¿Qué destruye?

Esa frase hoy la veo demasiado entusiasta. Hubo huellas que surgieron después. Lo que hace sangrar las heridas, viejas o nuevas, siempre es lo mismo: el orgullo, la soberbia. Lo que me ha hecho pedazos siempre no ha sido lo que he sufrido, sino no saber administrar las recompensas de la vida. No tener espesor emocional ni una visión suficientemente generosa. Lo más destructivo ha sido, y sigue siendo, lidiar con la soberbia. Soy un hombre muy soberbio. Eso es veneno puro. Y siempre se disfraza de una cosa nueva.

De un desahucio salvó las Obras completas de Oscar Wilde y el tomo 13 de la Nueva enciclopedia temática. ¿Cómo llega a leer y escribir quien no tiene nada?

No necesitas ni ser pobre ni ser rico para escribir. Va a suceder. Uno fantasea con eso, pero pienso que lo supe siempre.

Margarito J. Hernández, el último marido de su madre, le dijo que sería escritor.

Sí. Cuando mi madre me enseñó las primeras letras y logré escribir una palabra lloré. Walter Benjamin cuenta que empezamos a leer antes de saber leer: uno lee el clima, las expresiones… Antes del lenguaje ya existía una forma de leer.

También le recomendó que se fuera de México, que aquí era peso muerto.

Es la lectura de los periodistas: los escritores no le sirven de nada al país.

¿Era periodista?

Del tipo rancho-corrupto mexicano con una visión utilitaria y cínica. ¿De qué vas a vivir? Vas a morir de hambre. Mi hermano Jorge también creía que había que irse de México.

Y se fue a Japón.

Sí. Yo no me fui ni de Saltillo. Un poco para ir contra esa opinión.

¿Se quedó por resistencia?

Puede. Pero todo el tiempo tengo que vigilar que no sea mi soberbia.

¿Por qué salvó las Obras completas de Oscar ­Wilde?

Para ir en contra de ellas. Es un gran maestro de lo que no quisiera ser. Me gusta mucho que estemos aquí donde las mesas están medio jodidas. Vivo en un edificio viejo frente a una zapatería que antes era un cine. En los cuarenta, Edward Hopper pasó por Saltillo y pintó ese cine que veo todos los días. No es que yo viva allí por eso, pero por qué tiene que venir un tipo educado en Chicago para decirte que eso es importante y aquello otro bonito. ¿Por qué no puedes verlo tú? Si estás pensando en irte, no lo ves.

 Se queda, pero es autocrítico.

Creo en la figura de los aguafiestas. La única manera en la que pueden cumplir con su deber es yendo a una fiesta. La relación que tengo con México es intensa pero alejada del mexicano perpetuamente enamorado de su tierra.

¿López Obrador se ha vuelto muy populista?

Hay algo que cuesta ver desde fuera y desde ciertas clases sociales que se preguntan cómo es posible que siga teniendo tanta aceptación. Tras 70 años de gobernantes que nos han arruinado, es difícil cuestionar los errores de un tipo que lleva tres años montando un desbarajuste. No es que no haya corrupción ahora, seguro que hay mucha de la que todavía no nos hemos enterado. No es que el Gobierno sea honesto. Pero sí creo que hay un cambio de dinámica respecto a la corrupción. Y ese tema no se alcanza a ver. Creo que ha habido decisiones legislativas de largo plazo, como realizar consultas. Hacer el plebiscito ahora para él es decorativo: una manera de demostrar que tiene el poder. Pero como norma legislativa de futuro es importante. Significa que el presidente deberá enfrentarse a un control. Esas decisiones serán buenas a largo plazo. Pero lo que se ve ahora es nefastísimo. Se parece demasiado al pasado.

Se define como hartista: hace arte con el hartazgo.

Supongo que aprendí a ir a los extremos. Yo quiero más, de todo.

¿Le viene de la pobreza?

Seguramente. Pero aunque sigo lidiando con esa necesidad del hartazgo, ya no lo veo como una virtud, sino como uno de mis defectos. Es una de las múltiples encarnaciones de la soberbia.

 Hay mucho humor en lo que escribe.

Creo que viene de mi mamá, en el fondo sabes que todo es un poco ridículo, dramático pero chistoso. Poderte burlar de ti mismo es importante. Hay una sensibilidad que reacciona peor o mejor al ridículo. En parte viene dada por la cultura y en parte por el temperamento. Todos hemos estado haciendo el amor en una posición ridícula, ¿no? Casi todo puede ser ridículo. Piénsalo: tú y yo no nos conocemos y estamos hablando como si nos conociéramos desde hace 30 años.

Las drogas le dieron para un libro, Cocaína. “Tu novia te quiere, pero las montañitas blancas te quieren más”.

Son un sustituto de muchas cosas: una pareja o haber crecido sin padre. Todos somos yonquis de algo.

¿Sintió la tentación de pensar que cualquier derrumbe le iba a convertir en mejor escritor?

 Lo importante es la condición yonqui. No se me ha quitado. Ni se me va a quitar. Me engancharé con otras cosas. La diferencia es que ahora, cuando estoy crudo y me levanto por la mañana, tengo claro con qué tiene que ver mi sensación de resaca: con haberme burlado de alguien, con haber controlado un grado de ira. Son los restos de la vida emocional. He descubierto que necesito estar sobrio para poder ver esos restos y armar algo con eso. De la otra manera, la resaca es como la plastilina, que llega en colores y al mezclarla se vuelve toda de color marrón y pierde los colores. Si te detienes cuando todavía existen los colores, con eso se puede construir.

Ganó 100.000 pesos por un libro y compró bourbon y cocaína con la voluntad de suicidarse. Tenía dos hijos. Había dejado y vuelto a la cocaína.

Uno está tan obsesionado con el límite de la droga o de la pasión que se olvida de una paradoja: el único límite que te falta es la calma. Dicen que llegas al fondo y lo ves. Pero mi experiencia era que siempre puedes degradarte más. Tienes una opción: ser una persona común y corriente, que la mayoría no quisiéramos ser, o seguir entrando en una forma de oscuridad de manera permanente.

Lleva sobrio tres años.

Estoy ahora como recién licenciado, comprendiendo la sobriedad.

¿Cuántas veces lo ha dejado y ha vuelto?

Como cinco. Pero nunca había estado tres años. Ahora estoy en un programa. Antes siempre pensé que mi voluntad iba a poder controlar eso.

La soberbia.

Exacto. Aceptar que no podía fue liberador. Hace años hice un viaje a Baja California. Un pescador me contó su vida. Era muy hablantín. Dijo que siempre había sido pescador clandestino. Y hacía poco había entrado a trabajar como comisario del mar. “Me mandaron al mar para sacarme del mar”, decía. Entraron a su casa a revisarla y no encontraron nada. Pero esa noche él se despertó para mirar a sus hijos y al día siguiente pidió trabajo. Le dije que escribiría esa historia. Y hace algo más de tres años, Leo estaba conmigo un fin de semana. Me hice unas rayas y fui a ver cómo dormía. Me acordé de la historia del pescador. No fue una gran aventura. Fue eso: verlo.

No hay sobredosis mayor que la realidad.

Aprendí que hay trucos para curarse. Me levanto a las seis de la mañana. Hago una serie de lecturas. Medito. Corro cinco kilómetros. Subo y bajo las escaleras. Hago una hora de pesas. Eso me toma hasta las once de la mañana. Pero me da resistencia. Llego arrastrándome a la medianoche. Y ahí necesito cortar lazos. Menos con Sylvia [Georgina Estrada, también escritora y su pareja], corto con el resto del mundo. Y, claro, no eres buen amigo, no eres buen anfitrión. Jamás había disfrutado de la soledad no creativa. Cuando levantas pesas no tienes chance ni de pensar.

 Al final tienen razón los fanáticos del gimnasio.

Hay una cosa de ellos que no me gusta: están muy preocupados por cómo se ven.

Es una religión y para usted una salvación.

El control del cuerpo te da distancia.

A la edad de Leo, su hermano mayor lo salvó de ser violado por lo menos en tres ocasiones. Y le explicó cuáles eran los riesgos con los que tendría que vivir hasta convertirse en adulto.

La violación podía llegar de otros niños, de profesores, de adultos… Ojalá se tratara solo de protegerte de la curiosidad de otros niños.

Su hermano Jorge lo salvó porque él lo había ­vivido.

Sí. Me quiso avisar. Es un tipo fuerte. De esos peces que nadan con agresividad. Desde joven dijo que quería saber idiomas, salir del país, tener tres hijos, y… lo ha hecho.

Desde los 33 años canta en bandas de rock con nombres como Madrastras, La Dictadora, Bruja…

Ahora el grupo se llama Los Tigres de Borges.

¡Menos mal!

La música fue lo primero que llegó. Empecé escribiendo canciones con 15 años. Y con 18 cantaba en bares de Saltillo por unas monedas. Nunca he sido notable. Como dice Borges, con muy poco éxito, pero con mucha vocación.

De Saltillo, donde vive, ha escrito: “Se habla del problema de la entrada de droga en la frontera, no del tráfico de armas”.

El fiscal de EE UU considera que las drogas son ilegales en origen. Las armas, no. ¿Cómo llegan las armas a México? Los narcos tienen una cantidad de armamento impresionante que no se fabrica aquí. El periodismo no lo está cubriendo. Estados Unidos acusa a México de la entrada de drogas, pero la de armas ni se considera.

¿Qué teme ahora?

No entender cómo lidiar con las cosas de la manera menos destructiva posible. Lo que yo no entendía antes es que las crisis tienen una razón de ser. Y lo que necesito es verlas venir. Y aceptar que no tengo control sobre lo que va a venir. A Leo le van a pasar muchas cosas que yo no voy a poder controlar. No sé si Sylvia se va a enamorar de otro. No sé si tendremos dinero suficiente. Antes todo eso era mi sentido de la realidad. Ahora acepto la incertidumbre. Es esperanzador saber que hay una crisis a la vuelta de la esquina."                                     ( Anatxu Zabalbeascoa , El País Semanal,  24/12/21)

17/11/21

“En cierto modo, toda nuestra memoria es falsa”... el cuerpo es el receptor de sensaciones y esas sensaciones crean los recuerdos

 "Los recuerdos humanos son algo muy vivo, y se forjan en el momento presente. No son una memoria fija que el cerebro se limita a conservar en sus archivos para cuando sea necesario acudir a ellos. 

Veronica O’Keane llegó a esa conclusión, que dio la vuelta a todo lo que había aprendido en años de estudio de psiquiatría, medicina o neurología, después de una intensa conversación con una de sus pacientes. Víctima de una psicosis posparto, la enferma estuvo convencida durante un tiempo de que su recién nacido había muerto. A través de la ventanilla del coche que la llevaba a una institución mental, donde estuvo ingresada unas semanas, pudo ver incluso la tumba del bebé en un cementerio.

 Superado el trastorno, y consciente de que nada de lo imaginado había sido real, volvió a ver un día la lápida y le invadió una sensación de terror: “Los recuerdos seguían siendo reales”. En su libro El Bazar de la Memoria: cómo construimos los recuerdos y cómo los recuerdos nos construyen (Siruela), esta profesora de Psiquiatría del Trinity College de Dublín describe con una elegancia pedagógica cómo el cuerpo es el receptor de sensaciones, las sensaciones crean la memoria, y la memoria define a las personas.

PREGUNTA. ¿Cómo fue ese proceso por el que la historia de su paciente, Edith, le llevó a replantearse sus ideas sobre los recuerdos?

RESPUESTA. Tenía una idea muy establecida, la que nos enseñan en medicina, psiquiatría o neurología, de que la memoria era algo como un almacén permanente al que acudes cuando deseas recordar algo o figurar algo. Pero me di cuenta de que la memoria es algo que se forja en el momento presente, porque el único modo en que uno puede tener la experiencia de un momento dado es a través de la memoria, mediante un proceso de conexiones que dan sentido a ese momento.

 Las sensaciones llegan a tu cuerpo constantemente, y tú das sentido a esas sensaciones a través de la memoria. Es decir, la memoria es algo que, básicamente, vive en el momento presente. Eso es lo que me enseñó Edith, que la memoria es algo muy vivo, es lo que somos.

 P. Es usted muy crítica con esa idea tan generalizada de que existe un dualismo cuerpo-mente.

R. La idea de que las personas son algo diferente de sus propios cuerpos, que el ser humano pensante es diferente del ser humano que siente, es un completo error. Como el concepto mismo de que los hombres y las mujeres son diferentes. La filosofía ha estado dominada durante siglos por el concepto de que los hombres son los que piensan y las mujeres las que sienten. Todo eso comienza a desintegrarse con la llegada de la Ilustración y de los derechos humanos.

 Es la llegada del humanismo la que empieza a derribar esa concepción sexista. El reconocimiento de que mente y cuerpo actúan juntos, aunque lo hagan de un modo diferente, es fundamental no solo para entender la biología, sino para entendernos a nosotros mismos como animales humanos.

P. Es fascinante cómo utiliza en su libro las grandes obras de la literatura para explicar el funcionamiento del cerebro.

R. Todos estos autores dedicaron sus vidas a un proceso de introspección. La intensidad con la que llegaron al fondo de su propia conciencia, por la vía literaria, y sus procesos de pensamiento y sentimiento, supera mi capacidad de imaginar siquiera cómo alcanzaron esos logros. Eran seres humanos con un alto desarrollo. Piense en Samuel Beckett, capaz de crear un mundo el que no hay anclas, en el que no hay tiempo, espacio y a veces ni siquiera hay persona.

 Esas son precisamente las anclas a través de las que se construye la memoria, en un nivel celular del cerebro. Beckett se deshizo de ellos. Fue capaz de eliminar esos elementos para demostrar la materia cruda de la que estamos formados, debajo de todas esas estructuras que utilizamos para dar sentido al mundo.

P. Uno puede llegar a la conclusión de que los grandes autores no eran normales, en lo que se refiere al funcionamiento de su cerebro.

R. Tome el caso de Virgina Woolf, quien sufría de un desorden psicótico. A veces, durante sus estadios de enfermedad, lo que percibía a su alrededor y cómo lo integraba en su cerebro era un proceso no normal. Aprendimos lo que supone una percepción normal, porque, en su caso, era algo que estaba roto. Tenía un talento extraordinario para describir su propia introspección. Esa ruptura acaba resultando muy iluminadora sobre lo que ocurre en circunstancias normales.

 Las novelas de Dostoievski, por ejemplo, revelan para mí a un autor con trastorno maniático. No sé cuál era exactamente su diagnóstico, pero tenía periodos de perceptibilidad extrema en los que se descubre un estadio de emoción pura. ¿Era Cervantes una persona normal? No creo.

P. Uno podría pensar que la memoria es algo muy individual, pero sin embargo usted defiende el peso de la memoria colectiva.

R.No puedes separar tu cerebro de las influencias culturales, familiares o sociales que te rodean. Yo fui criada en Irlanda en un ambiente rígido dominado por el dogma católico. Rompí con eso cuando era muy joven. Pero esa influencia cultural ha permanecido en mí, y estoy segura de que ha estructurado muchas de mis creencias. E incluso si pierdes esas creencias, las estructuras que han creado en tu cerebro permanecen. El conocimiento se forma a través de capas anteriores de conocimiento previo, y siempre vamos a estar revisando el pasado en nuestro proceso de memoria.

P. Es normal, hasta saludable, defiende usted, mentirnos a nosotros mismos y crear falsos recuerdos.

R. . Somos humanos, y tenemos la necesidad de sentirnos bien. Uno de los aspectos más interesantes de la depresión es que los que la sufren no suelen engañarse a sí mismos. Se observan a sí mismos de un modo muy crudo, que podríamos considerar negativo. Pero es a la vez un análisis muy honesto del mundo y de la condición humana. La psiquiatría tiene mucho que enseñarnos sobre la necesidad que tenemos de pasar página. Y es algo saludable. 

Lo que se ha venido a llamar “psicología positiva” pretende animar a los pacientes, darles un impulso de optimismo, hacer que se sientan cómodos. Sin embargo, creo que también es bueno sentirse incómodo. Forma parte de la naturaleza humana la necesidad de hacer frente a los propios demonios. En cierto modo, toda memoria es falsa."           (Entrevista a Veronica O’Keane, Rafa de Miguel, El País, 29/08/21)

19/1/21

La prosa policial dramatiza la caza, actividad atávica del hombre que comenzó en la prehistoria y que, por lo tanto, se encuentra inscripta en nuestro genoma. El hombre civilizado lee porque le resulta irresistible “revivir” las múltiples experiencias del cazador primigenio: los detalles, la conjetura, el seguimiento, el acorralamiento y el asalto final

 "En uno de sus últimos textos críticos, Ricardo Piglia sostiene que el detective es una de las mayores representaciones modernas de la figura del lector. Acude, para demostrarlo, al cuento que funda todo el género: Los crímenes de la calle Morgue, que comienza precisamente en una librería de Montmartre y que presenta en sociedad a Auguste Dupin, un bibliófilo incurable.

 Poe, que cultivaba a la vez el relato gótico y sobrenatural, inventa en ese texto positivista la ficción policial, y con ese simple movimiento tiende un puente simbólico y perfecto entre el fin de una era y el comienzo de otra. Se ha escrito mucho acerca de que la novela criminal era hija del conservadurismo victoriano y de la burguesía moderna, donde el asesino rompía el orden establecido y el investigador lo restituía. 

Borges no contradecía esta hipótesis, pero tenía sus propias ideas sobre el tema. En una conferencia de 1979, afirma: “Poe no quería que el género policial fuera un género realista, quería que fuera un género intelectual, un género fantástico si ustedes quieren, pero un género fantástico de la inteligencia”.

En efecto, las facultades razonadoras de esos primeros detectives eran tan portentosas, geniales y a menudo rebuscadas que resultaban sobrehumanas, increíbles, en el fondo fantásticas. Es curioso porque esta verdadera operación de superpoderes cuasi mágicos se hacía en nombre de la ciencia. Holmes la llamaba, en concreto, “la ciencia del razonamiento deductivo”, algo que en ese momento también era una completa ficción, pero que le garantizaba verosimilitud literaria y anticipaba rudimentariamente la criminología.

 Esta disciplina social contemporánea estudia las causas y circunstancias de los distintos delitos, la personalidad de los delincuentes y el tratamiento adecuado para su represión, pero poco se parece a aquella observación infalible, milagrosa y clarividente de los investigadores ficcionales del policial “blanco”, todos ellos héroes de una agudeza exagerada, claramente imposible.

La definición de Borges es muy poco citada por los críticos pero resulta crucial, puesto que explica muy bien la inminente derivación norteamericana, la llamada “novela negra”, que no es fruto entonces del género fantástico como su predecesora, sino del realismo. 

Esta diferencia radical explica en gran parte toda la genealogía de una literatura que ha mutado y ha encontrado nuevas formas híbridas, pero que no ha dejado de producir grandes escritores ni de multiplicar lectores en todas las épocas y en todas partes del mundo. Su explosiva vigencia no se explica, a mi entender, en el hecho de que el detective sea efectivamente un lector, como prefiere Piglia, sino en que representaba entonces, y sigue encarnando ahora mismo, la figura del cazador. 

La prosa policial dramatiza la caza, actividad atávica del hombre que comenzó en la prehistoria y que, por lo tanto, se encuentra inscripta en nuestro genoma. El hombre civilizado lee acerca de peripecias y persecuciones porque tiene dentro de sí ese ímpetu dormido, ese adn explorador y carnívoro, y porque le resulta irresistible “revivir” las múltiples experiencias del cazador primigenio: los detalles, la conjetura, el seguimiento, el acorralamiento y el asalto final.

 Salvador Vázquez de Parga, tal vez el máximo especialista español de toda esta novelística, lo explica a su manera: “La novela policial es el relato de una persecución —escribe—. Hasta ahora los teóricos del tema han cifrado el corazón de la novela criminal en el enigma, y realmente en ningún caso puede carecer de él, pero su situación como punto álgido de la trama puede hallarse desplazada. La novela detectivesca pura hace efectivamente del problema el centro de gravedad alrededor del cual gira toda la narración. Las distintas transformaciones del género, sin embargo, han podido desplazar el punto vital al misterio, al suspenso, a la aventura, a la acción, al criminal, a la víctima, a la sociedad, al ambiente, etc., dando lugar a los distintos subgéneros de la literatura criminal”.

Personalmente, creo que hasta el enigma racionalista a la manera de Sherlock Holmes (alguien capaz de analizar pisadas y de utilizar un perro para seguir olores y huellas) reproduce las habilidades del hombre primitivo para deducir y anticipar los movimientos de su presa, y darle caza. Es que dentro de esta clase de narraciones hasta el problema más intelectual es, en verdad, una duda, un acertijo sobre el terreno, una búsqueda, un acoso, una batida. Borges y Bioy Casares llegan a un extremo cuando con los cuentos de don Isidro Parodi colocan al cazador en el más completo aislamiento: el “detective” está preso y por meras referencias verbales inicia la cacería mental y da con el culpable sin moverse un centímetro de su celda. Significativamente, de la caza de un animal homicida termina tratándose Los crímenes de la calle Morgue: Dupin descubre que el asesino no es un humano, sino un enorme orangután de Borneo.

Si el detective es el cazador, podemos decir que el suspenso sin investigadores es la novela de la presa, inocente o culpable: William Irish, Charles Williams, David Goodis, Patricia Highsmith y tantos otros cultivaron esta otra narración apasionante, cuya empatía y punto de vista se encuentran ya no en el clásico perseguidor sino en el perseguido.

Caído el Muro de Berlín y la Guerra Fría, un particular depredador aideológico se ha puesto de moda en esta gran cacería literaria, y es el asesino serial. El noir escandinavo, que se ha vuelto famoso en todo el planeta y que incluso ha contagiado al cine universal y específicamente a la televisión anglosajona, pone el ojo en ese animal sediento de sangre, y utiliza sus siniestras andanzas para mostrar las perversiones de la vida moderna y, sobre todo, el femicidio, penoso y extendido fenómeno de época que la escritura intenta denunciar. Un antecedente de esta poderosa tendencia lo constituye el “Drácula de la era de las computadoras y de los teléfonos celulares”, como Stephen King nombró alguna vez a Hannibal Lecter, que por supuesto es el más refinado depredador de la literatura policial. La criatura de Harris es cultísima y tiene predilección por la carne humana, y constituye el punto culminante de ese juego del gato y el ratón que libran el cazador y su peligrosa presa, en un permanente intercambio de roles. Dragón Rojo y El silencio de los corderos provienen de episodios tristemente célebres de la realidad norteamericana y derivan en cientos de ficciones en las que ingeniosos asesinos múltiples buscan emular al más perfecto y aterrador de todos. Holmes y Poirot fueron los responsables de una ola infinita de imitadores de esos detectives agudos y caballerescos; Hannibal es culpable de una avalancha de psicópatas monstruosos.

El paso, a principios del siglo XX, de la novela de cuartos cerrados y salones con venenos y dagas, a la calle salvaje, sucia y trepidante, encumbró a los detectives privados de Hammett, Chandler y Ross Macdonald. Estos Quijotes melancólicos y escépticos eran cazadores cansados, pero lo novedoso que tenían esas narraciones radicaba en las sociedades que sus autores pintaban con gran talento. Allí el cazador y la presa a veces no eran más que piezas de un tablero intricado y lleno de acechanzas: la ciudad como protagonista y, fundamentalmente, como selva. O “la jungla de asfalto”, como la denominó Burnett en la célebre novela que filmó John Houston. Ese género nació en un pequeño cuento de Hemingway: “Los asesinos”. Dos sicarios, dos fieras cínicas, llegan a un bar buscando a un hombre a quien deben eliminar: la psicología, la atmósfera, los diálogos y la violencia flotan en esa obra maestra que condensa y anticipa todo el género negro.

Los secretos de la selva urbana, sus interconexiones privadas, sus arquetipos, recodos y trampas, y sus lógicas de poder son esenciales para esta pléyade de detectives realistas y descarnados, a quienes Borges desdeñaba porque practicaban una cierta truculencia y le parecían simples “malevos”, pero a quienes tuvo a bien colocar en el canon literario al darles su lugar en la legendaria colección del Séptimo Círculo. Para estos narradores, el crimen es una especie de excusa de la que se valen para descubrir la trama oculta de la sociedad, donde ricos y poderosos se codean con lúmpenes, y donde al final ya casi no importa quién mató a quién sino el viaje por la jungla que hemos experimentado siguiendo los pasos audaces del cazador. Es por eso que el género negro se convierte, con el tiempo, en la gran novela sociológica. Y por supuesto, también en la novela política que da cuenta del presente.

Hoy en día la geografía se ha transformado en algo tan central y decisivo que prácticamente cada año podemos viajar a Grecia de la mano de Márkaris, a Scilia con Camileri, a Suecia con Mankell, a París con Lamaitre, a Dublín con Benjamin Black, a Shanghai con Andy Okes. Los contextos sociales, sus culturas dominantes, sus gastronomías y sus problemáticas son tan importantes como la personalidad de los detectives y de hecho mucho más relevantes que los crucigramas del enigma, convertido apenas en un anzuelo que mordemos con gusto. El lector de policiales es hoy un turista feliz que se desplaza alrededor del globo, y esos sabuesos costumbristas son guías involuntarios en lejanas y escabrosas junglas de cemento por donde vagan y husmean en busca de pistas.

 El desarrollo de este género en la Argentina está lleno de curiosidades y conflictos. Podríamos decir que goza de considerable prestigio literario merced a estos dos defensores ardorosos: Borges y Piglia. Pero aquí el género no ha brillado mayormente en novelas, sino en cuentos breves. Aun así, prácticamente no existe escritor de primera línea que no haya incursionado o, aunque sea, se haya visto tentado alguna vez a merodear el género: desde Lugones, Groussac, Nalé Roxlo y Roberto Arlt hasta Cortázar, Castillo y Saer. ¿Podríamos decir que El túnel de Sabato es de algún modo también una novela policial y que acaso El informe sobre ciegos es un thriller paranoide? Yo creo que sí. Pero vayamos a lo seguro: Borges crea a Lönnrot en La muerte y la brújula para ejecutarlo con una vuelta de tuerca en el acto final, Bioy reescribe a James Cain en Cavar un foso, Peyrou practica la alegoría en El estruendo de las rosas, Castellani se inspira en Chesterton para las pesquisas del padre Metri, Velmiro Ayala Gauna da vida a un pintoresco comisario correntino que resuelve delitos de la vida rural, Denevi sorprende con una trama amorosa ejecutada bajo una estructura de novela de misterio en Rosaura a las 10, Walsh reinventa el enigma británico en los relatos de Variaciones en roj”, María Angélica Bosco pone en escena el homicidio de una mujer y alude a lo político y a lo psicológico en La muerte baja en ascensor, Tizziani narra la fuga de un delincuente en Noches sin lunas ni soles, Feinmann dibuja un frío asesino profesional en la borgeana Ultimos días de la víctima, Soriano homenajea a Phillip Marlowe en Triste, solitario y final, Sasturain parodia a los fanáticos de Chandler y de Hammett en Manual de perdedores, Guillermo Martínez se luce con una intriga matemática en Crímenes imperceptibles y el académico Pablo De Santis da a luz a un sinfín de deliciosos investigadores amateurs. Hay muchos otros ejemplos en nuestra prosa, que sin embargo adolece de un mito propio. La gran imposibilidad de crear un detective empático y noble y a la vez creíble, que goce de popularidad y de respeto crítico entre los lectores más pedestres y entre los más calificados, como sucede en muchos otros países, ha sido quizá explicada por el propio Borges en Leyes de la narración policial, que escribe en 1933 y que recogen sus “Textos recobrados”: en esas páginas acomete irónicamente contra el criollo, a quien siempre le parece extraño —dice— “el apetito de legalidad” de los ingleses. En un ensayo posterior afirma que los argentinos no denunciamos un crimen porque nos sentimos delatores y tendemos a sospechar del Estado y a ver a la policía como una mafia. El primer concepto habla de un rasgo social, tal vez heredado de los inmigrantes italianos y españoles, pero curiosamente el segundo dejó con el tiempo de ser un prejuicio o un malentendido y terminó resultando una verdad dramática: para el ciudadano de a pie la policía es hoy sinónimo de ilegalidad y de corrupción. En la actualidad, muchos argentinos piensan, y con razón, que algunos policías manejan el delito común y el narcotráfico. Es decir, que el cazador es a la vez el depredador, como en las viejas novelas de Jim Thompson.

Como el detectivismo privado es una superstición norteamericana que resulta una impostura en la Argentina, y los comisarios e inspectores locales no gozan de buena reputación, algunos escritores han buscado en la figura del periodista de investigación o del cronista policial un sucedáneo del sabueso clásico, hasta ahora con relativa suerte. El gran detective argentino es todavía una asignatura pendiente, la presa dorada que los cazadores de la pluma seguirán buscando en la gran selva de nuestra literatura."

( , Zenda, XL Semanal, 05/01/21)

22/12/20

Cervantes...

"Hay autores cuyas vidas son tan anodinas que nadie se interesaría por ellas a no ser por sus escritos. Lo que vivieron y lo que escribieron siguen cauces distintos. Es, por ejemplo, el caso de Calderón. En cambio, hay autores cuyas vidas nos brindan testimonios apasionantes. La de Cervantes es inte­resantísima y muy relacionada con sus obras. Él mismo sin duda la consideraba novelesca, mucho más apasionada e intensa que las fingidas historias de los libros de caballerías. 
 
Las fuentes para conocerla son unos documentos que, en su mayoría, tratan de su servicio a la corona como militar, comisario y recaudador de impuestos. Leídos —o escudri­ñados— con conocimiento de las prácticas comerciales, brotan a veces conclusiones jugosas de las secas líneas. Aparte de estos documentos, que iluminan bien sólo ciertas etapas y actividades de su biografía, tenemos que sacar conclusiones de la autopresentación de Cervantes en sus prólogos y dedicatorias, y de sus obras. Un aviso previo: como era el caso de muchos escritores y artistas. Cervantes solía cargar las tintas describiendo su mala posición econó­mica, para animar al mecenas a una donación más generosa.
Biografía

Cervantes nació en 1547 en la joven ciudad universitaria de Alcalá de Henares, la ciudad castellana más intelectual del siglo XVI. Sus antecesores, por sus oficios y por la falta de datos sobre su madre, tienen que haber formado parte del grupo llamado, sin caridad, «cristianos nuevos». (No hay término para referirse a este grupo que no sea despectivo.) Esta gente descendía de judíos españoles, un grupo culto y trabajador forzosa o sinceramente convertido al catolicismo durante los siglos XIV y XV.
 
 Muchos de ellos, gente margi­nada social si no económicamente, en sinceridad y actividad religiosa sobrepasaban a los más seguros cristianos viejos. Víctimas de leyes cada vez más discriminatorias, que los excluían de las universidades, de los altos cargos y de las colonias americanas, recurrían a menudo a documentación fraudulenta para establecer su llamada «limpieza de sangre». Se dedicaban a la medicina, profesión típica de los judíos, y a los oficios despreciados por los hidalgos: los oficios manuales como la sastrería, zapatería u orfebrería, la admi­nistración pública y particular, la banca.

El padre de Cervantes fue cirujano, oficio sanitario algo inferior al de médico. Tuvo altibajos económicos, y mudó su familia de una ciudad a otra, según consta en los pocos documentos de esta etapa. Abandonó la ciudad humanista de Alcalá, entonces, cuando Miguel era joven. Por ello su influjo es tenue, pero también innegable. Luis Astrana Marín, en su biografía de Cervantes, ofrece una buena descripción de la Alcalá donde Miguel pasó sus primeros años:

“Ved aquí una oficina singular del pensamiento, una vasta forja del espíritu. Se hablan todas las lenguas, las clásicas, las orientales y las vivas. Se examinan todos los problemas científicos, todos los misterios teológicos, todas las conquistas del método experimental. Allí está el códice, la esfera y la retorta, la espátula, el compás y el tetragrama. Las torres mismas son otra rama de la Universidad. La ciencia y el arte viven allí felices, y la muerte parece una amenaza irreal. La propia vejez respira juventud entre la juventud, y una y otra entonan un himno triunfal a la vida.

El primer dato para conocer directamente la personalidad de Miguel es de 1569. En una colección de elegías reunida por Juan López de Hoyos, director del «Estudio de Madrid», aparece Miguel como autor de cuatro poemas. Más signi­ficativo, encontramos que López de Hoyos le califica de «caro y amado discípulo». Es de suponer, entonces, que fue un estudiante sobresaliente, el predilecto del maestro. Por el erasmista López de Hoyos disfrutará de otro contacto con la tradición humanística española que Felipe II pronto des­truiría. Los seguidores de Erasmo de Rotterdam, quien tuvo más influjo en España que en cualquier otro país —incluido el suyo— estimaron una religiosidad interna y personal y despreciaron las ceremonias religiosas y la vida monástica. Cervantes evidentemente recibió estas enseñanzas.

Pronto encontramos a Cervantes desterrado por una riña cuyos detalles no sabemos. Sirve en Italia al cardenal Acquaviva. Entra en la marina, y según nos cuenta él mismo, participó en la batalla de Lepanto, una gran victoria de los galeones cristianos sobre los turcos. Por un arcabuzazo perdió el uso de la mano izquierda. Cervantes era, desde entonces, un minusválido. Su mano destrozada era muy visible y sin duda objeto de constantes comentarios y explicaciones.

Durante el viaje de vuelta a España, Cervantes fue aprisionado por piratas argelinos. Entonces comienzan sus cinco años de cautiverio en Argel, una estancia que le marcaría hasta los tuétanos y que constituye, en opinión de Alonso Zamora Vicente y Juan Goytisolo, el eje de su vida. En lugar de ser vendido como esclavo, suerte de los cautivos pobres, fue retenido en espera de un rescate elevado e imposible de reunir para su familia. Según informaciones que sugieren pero no aclaran unas enormes lagunas, Cervantes organizó varios intentos de huida, fracasados todos ellos. Increíblemente, no recibió ningún castigo, y se hizo amigo de sus captores. Cinco años después pudo volver a España gracias a los esfuerzos de su familia y de un fraile trinitario, Juan Gil. Entre sus actividades en el cautiverio figuraba la composición literaria.

Llevaría siempre consigo un anhelo de libertad y una honda repugnancia hacia la crueldad de los administradores musulmanes. Otra vez en España, cuyo suelo no había pisado desde hacía más de diez años, Cervantes buscaba un empleo seguro al mismo tiempo que se dedicaba a la composición literaria. Sin éxito, intentó conseguir un puesto administra­tivo en las Indias. Consta cierta resonancia y lucro como autor de comedias: vendió «veinte o treinta» de ellas, que fueron representadas en los teatros de Madrid. Con pocas excepciones, estas comedias se han perdido.

También Cer­vantes pudo vender la Primera Parte de su Galatea, publicada en 1585. Era la más filosófica de todas las llamadas «novelas pastoriles», y es a ella a la que Cervantes expresa más veces el deseo de volver. Esta primera etapa de composición literaria se cierra con lo que Cervantes llama «el alzamiento de Lope con la monarquía cómica». La aparición del fecundo Lope, quien más que Cervantes escribía para el gusto del público, significaba que las comedias de éste no se vendían.

Hacia 1584 nace el único vástago de Cervantes: su hija Isabel, a quien después protegería económicamente. Pero los datos del amorío con la madre de su hija, Ana Franca de Rojas, nos faltan. El mismo año de 1584 Cervantes se casa con Catalina de Palacios, mujer mucho más joven y econó­micamente mejor acomodada que él, del pueblo toledano de Esquivias. Aunque no lo sabemos directamente, el matrimo­nio, sin descendencia, parece haber sido infeliz, y Cervantes nunca se refiere a su esposa.

Entonces consigue unos encargos administrativos: procurador de la Armada y recau­dador de impuestos atrasados en el reino de Granada. Los dos eran trabajos regularmente pagados, aunque sin prestigio y conllevando la necesidad de enfrentarse con gente que no quería recibir, por sobrados motivos pecuniarios, ni a procuradores ni a recaudadores.

Pero estos cargos aparentemente ingratos tenían la que sería para Cervantes una ventaja fundamental: la oportuni­dad de viajar por Andalucía. Dejando a su mujer bien respaldada materialmente, la abandona y se marcha de la casa marital. Es entonces cuando Cervantes, como después don Quijote, va de pueblo en pueblo. Trasnocha en ventas pobres, pero tiene algo que estima mucho: «la santa libertad». Sus diversiones son la conversación y la lectura. Durante este período sucedió su famoso encarcelamiento en la cárcel real de Sevilla, aludido en el prólogo a la Primera Parte de Don Quijote.

Las actividades posteriores de Cervantes nos son menos conocidas. Cuando la corte se traslada a Valladolid, a principios del siglo XVII, Cervantes se establece allí tam­bién, acompañado no de su mujer sino de su hermana y de otras parientes, costurera de nobles una de ellas. Parece que tuvo algún empleo administrativo particular. Fue entonces cuando acabó y publicó la Primera Parte de Don Quijote. Aunque la cronología de su desarrollo no está del todo clara, cuando la remata, aprovechando materiales ya escritos, se publica enseguida. Contrario a lo que se cree, Cervantes no tuvo dificultad en publicar sus libros acabados, aunque no con las recompensas elevadas que quisiera haber percibido.

Con la Primera Parte del Quijote en la calle, Cervantes ganó la primera entrega de la fama que siempre anhelaba, si bien como autor «festivo», es decir cómico. En la última década de su vida, cuando tenía más de cincuenta y ocho años, consiguió el apoyo económico del Conde de Lemos, que le permitió dedicarse completamente a la escritura. Acaba en unos pocos años las Novelas ejemplares, obra que le saca de la poco prestigiosa categoría de autor humorístico y le concede el aplauso general. Entonces se le califica, por primera vez, de «honra y lustre de nuestra nación, admiración y envidia de las extrañas». Comienza a tener admiradores y seguidores, entre ellos Tirso y Góngora. Entonces, también, le es posible publicar una colección de sus comedias y entremeses que en la portada declara, en desafío, «nunca representados».

En sus últimos años, enfermo y amargado por el infructuoso intento de conseguir un cargo en Nápoles, escribe constantemente. Con la colaboración activa de su antiguo rival Lope, aparece un ataque de mal gusto en la forma de la continuación de «Avellaneda» del Quijote, y se siente obligado a detenerse para acabar rápidamente su propia continuación, paralizada años atrás. Publica el Viaje del Parnaso, un poema de crítica literaria. Acaba apresu­radamente la que considera su obra maestra, Los trabajos de Persiles y Sigismundo, cuatro días antes de morir, y que publica, póstuma, su viuda. Aparte de las comedias de cuyos manuscritos no disponía porque las había vendido, se habían publicado todas sus obras acabadas. Con pocas excepciones, los manuscritos de sus obras editadas y de las inacabadas se perdieron. 

¿Qué tipo de hombre fue Cervantes?

Honrado, desde luego. Lo demuestran tanto el cuidado que tuvo para proteger a su hija natural y a su mujer, como los avales que consiguió para poder trabajar con dinero de la corona. También es notable su sentido de la responsabi­lidad del escritor a estimular al lector a vivir y obrar bien.

Cervantes también era hablador, buen bebedor, asiduo de tabernas y jugador de naipes. Como don Quijote, estaba más a gusto entre gente humilde que en palacio. El pueblo llano le parecía por lo general más sensato, inteligente y honrado que la cortesana aristocracia, cuya ignorancia cuando no corrupción—le era insoportable. Entre la gente sencilla Cervantes encontraba, a veces, verdaderos filósofos, perso­najes peculiares con quienes conversar y de quienes aprender con alegría.

Era la conversación, entonces, un medio de satisfacer su curiosidad insaciable, sus ganas de conocer y entender. Era sin duda un hombre de amistades. Entre ellas se cuentan su maestro poético Pedro Laínez, los poetas Cristóbal de Mesa, Pedro de Padilla, Luis Barahona de Soto, Francisco de Figueroa, López Maldonado, Juan de Jáuregui, y Vicente Espinel. Ya mayor, como hemos dicho, tuvo admiradores y hasta seguidores. También sabemos que fue amigo de Tomás Gutiérrez, dueño de una lujosa casa de huéspedes en Sevilla. Las burlas burdas de sus rivales Lope de Vega y «Avella­neda», de quien trataremos más adelante, le hirieron mucho. No tenemos noticia, sin embargo, de ninguna amistad suya de toda la vida, ni ninguna que sepamos haya sido íntima.

Tampoco tenemos noticia de una amistad femenina, y sus relaciones emocionales con su mujer y con Ana Franca, la madre de su hija, parecen haber sido parcas. Era un hombre rodeado de compañeros, pero al mismo tiempo solitario y callado, sin este «verdadero amigo», de toda la vida, tan apreciado en sus obras.

Otro medio de satisfacer su curiosidad era viajar. Cer­vantes viajó mucho, y conocía Italia, Portugal, el imperio otomano, Barcelona y Andalucía. Quería viajar más: a las Indias, por ejemplo, y quería volver a Italia. Si no podía viajar lo reemplazaba con la lectura. Esta tiene que haber sido su diversión favorita durante muchos años, según los muchí­simos libros, entre ellos libros de historia, geografía, ciencias y matemáticas, que muestra haber conocido. Era uno de los hombres de más ancha formación que había en la España de su tiempo. En sus propias palabras: «quien anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho».

Saber mucho, en un mundo en que la libertad de prensa no existiría hasta siglos después, era carga a veces dura. Siendo la sociedad española de su tiempo más opresora de los intelectuales que de los criminales, comunicar, un punto de vista disidente sin rodeos llevaría a uno directamente a los grilletes, cuando no a la hoguera. Pero las opiniones políticas y religiosas de Cervantes, nacidas de sus experien­cias más que de la lectura, salen fácilmente de sus obras.

Quería una sociedad racional y por ello justa, y la que le tocó vivir visiblemente distaba mucho de serlo. Todas las almas son creadas iguales, recuerda el equitativo Cervantes, y cada uno es hijo de sus obras. Las obras de la corrupta aristocracia, cuando hacían otra cosa que entretenerse, no correspondían con su posición en la sociedad. Más honradez y menos hipocresía se podía encontrar entre los muleros, picaros y prostitutas: hasta los criminales tenían honra. Más justicia había entre los moros. Resultado de la venalidad de la aristocracia, nobleza y realeza es que su país, tan rico, iba a la ruina.

Como cualquier pensador de su tiempo, Cervantes disen­tía de varias posiciones oficiales de la iglesia. La abundancia de conventos y monasterios, ricos muchos de ellos, le parecía escandalosa. El culto a los falsos santos y milagros, el mal cumplimiento de los votos religiosos, las luchas entre facciones cristianas y la falta de unidad contra su «enemigo común», los turcos, le desagradaban mucho. En un sentido más íntimo, se encontraba confuso ante la contradicción entre lo que le decían sus observaciones y razón, y las creencias a que le obligaba la fe. Estaba, entonces, perplejo ante el gran problema religioso: la existencia del mal.

Por último, parte del deseo de Cervantes de vivir, en todos los sentidos, era el de sobrevivir a la muerte. La perspectiva tradicional de una vida eterna en el cielo no parece haberle satisfecho. Para permanecer vivo en la tierra el mejor remedio es la literatura. Las obras literarias, pues, son independientes de una forma física, resisten el paso del tiempo mejor que los palacios, los monumentos, las láminas de bronce o piedra. De los griegos desapareció su pintura completamente, junto con la mayor parte de su escultura y sus monumentos. Sus creadores están olvidados, o no son sino nombres, completa e irreparablemente separados de sus creaciones. También los historiadores, los científicos, hasta los filósofos son conocidos de pocos.

Pero el griego a quien conoce todavía toda persona culta es Homero. Ser autor de literatura ofrece la mejor defensa contra el olvido. ¿Quién tiene mayor fama, pregunta un teórico leído por Cervantes (Sánchez de Lima): Aquiles y Héctor por lo que hicieron, u Homero y Virgilio por lo que escribieron? Por eso figurar en un libro —reproducirse en muchos ejemplares— debe haber sido para Cervantes, como para su héroe don Quijote, motivo de una enorme satisfac­ción.

Participar en la literatura europea más avanzada de su época, la española, poder contribuir a ella, era causa de orgullo tanto personal como patriótico. Le hubiera emocio­nado hondamente a Cervantes saber que sus obras están en la cumbre de la literatura española, que han sido traducidas a todos los lenguajes escritos del mundo y que hoy en día, después de casi cuatro siglos, se leen, se celebran y se estudian con más interés que nunca.

Fuente: Capítulo primero del libro de Daniel Eisenberg Cervantes y Don Quijote" (
Daniel Eisenberg, El Viejo Topo, 29/09/20)

12/11/19

El linchamiento de Peter Handke por criticar, con toda la razón, el informe mediático occidental contra Serbia que preparó las guerras de Bosnia (1992-1995) y Kosovo (1999)...

"El Nobel de literatura se interpone en el camino de los apologistas de la guerra humanitaria de la OTAN (...)

No solo tiene Handke méritos más que sobrados para tal premio, sino que desde los años noventa figuraba en el índice de los apestados, circunstancia que había convencido a todo el mundo, y en primer lugar al propio autor, de que nunca sería premiado. El motivo es que Handke criticó, con toda la razón, el informe mediático occidental contra Serbia que preparó las guerras de Bosnia (1992-1995) y Kosovo (1999). 

Sin aquello nunca habríamos llegado a comprender que las bombas de Javier Solana explicadas por el infame Jamie Shea, eran necesarias y humanitarias, que la agresión de la OTAN violadora del derecho internacional iba destinada a prevenir el genocidio. Por eso, su publicación, en enero de 1999, del texto Gerechtigkeit für Serbien (“Justicia para Serbia”) lleno de buen sentido, fue el escándalo literario del año en el mundo germanoparlante. Algo parecido le sucedió a Régis Debray en Francia, con su Carta de un viajero al Presidente de la República (1999). Ovejas negras que desentonaban en el rebaño. Notas que desafinaban en la disciplinada y gregaria orquesta.

Parecido pero de diferente calidad. Porque los Nouveaux Chiens de garde  que sufrió Debray en Francia eran los habituales payasos mediáticos de la derecha parisina, Alain Finkielkraut, André Glucksmann, Bernard-Henri Lévy y similares, mientras que los apologistas de la guerra en Alemania que denigraron a Handke eran gente de mayor categoría, Jürgen Habermas, habitualmente descrito como “el principal filósofo alemán vivo”, Hans Magnus Enzensberger o Peter Schneider. Habermas vio en el ataque de la OTAN a Serbia un “salto en el camino del derecho internacional clásico de los estados hacia el derecho cosmopolita de una sociedad civil mundial”. En ausencia de instituciones responsables de mantener el orden global, la OTAN debía actuar como “instrumento de un derecho superior”.

El texto de Handke se basaba en un viaje que el autor hizo con amigos en noviembre y diciembre de 1995 a través de Serbia. Su propósito era contar la verdad sobre Serbia y el conflicto. “Cuando los criminales de la OTAN bombardean el país, mi lugar está en Serbia”, decía en un contexto dominado por las acusaciones unilaterales y las tergiversaciones mediáticas más groseras. Handke volvió a Yugoslavia en 1999, cuando caían las bombas de la llamada guerra de Kosovo, y publicó sus notas “Unter Tränen fragend” (Preguntando entre lágrimas). 

Católico practicante, anunció que dejaba la “Iglesia actual” en protesta porque en su mensaje de Pascua, el papa no condenó “el arrollador asalto de la OTAN contra un país pequeño”. Mas tarde visitó a Slobodan Milošević en La Haya y escribió sobre él nuevos textos incorrectos.

Por su comprensión hacia Milosevic, Handke fue comparado con Ezra Pound por sus loas a Mussolini, y con Louis-Ferdinand Céline, ese enorme escritor que fue fan de Hitler, poniendo el signo de igualdad entre actitudes, situaciones y personajes tan diferentes. Como escribió hace unos años el historiador Kurt Gritsch en la revista Hintergrund, “apenas se intentó entender la motivación de Handke, al revés: se cuestionó su credibilidad e integridad”. Es una manera moderada de decirlo.

Lo que hubo fue un linchamiento, algo particularmente asqueroso cuando los pateadores de la víctima hablan alemán, lo que inevitablemente se asocia con perros de presa y un fondo de reflectores y alambre de espino. Se le tachó de “negacionista”, de “tonto útil”, etc., y todo para justificar una enormidad: la primera participación alemana en una guerra desde Hitler. Esa circunstancia no concurría en Francia.

A Habermas en 2001 le dieron el premio de la paz de los libreros alemanes. A Handke se le nominó en 2006 para el premio Heinrich Heine pero el consejo municipal de Düsseldorf protestó recordando la “actitud proserbia del autor” y el entonces presidente de la región de Renania del Norte-Westfalia, Jürgen Rüttgers, declaró indigno de tal premio “a quien ha relativizado el holocausto”.

Este tipo de acusaciones y reproches deshonestos se han mantenido hasta hoy y han resurgido con motivo de la concesión del Nobel de literatura. “Nadie ha convertido en tanta pequeñez las masacres, la guerra y el sufrimiento en los Balcanes tan expresivamente como Peter Handke, para las víctimas, la decisión de Estocolmo tiene un mensaje demoledor”, señalaba hace unos días el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

 “Alemania estaba en guerra con Milosevic por muy buenas razones humanitarias, ¿no honramos ahora a los apologistas del dictador?”, se pregunta en el Tagespiegel el embajador y lobbysta del complejo militar-industrial alemán Wolfgang Ischinger.

Los mismos que en su día contaminaron el informe yugoslavo, sobre el que hoy disponemos de cuadros mucho más completos y realistas continúan manipulando y tergiversando. Por una vez el Nobel de literatura se les ha atravesado en el camino."              (Rafael Poch, blob, 16/10/19)

29/5/18

Sé que todo empieza con una imagen, pero no sé por qué. Tampoco puedo anticipar su naturaleza, su origen, el instante en que nacerá. Después de unos días de efervescencia, durante los que mi cabeza estalla varias veces para recobrar inmediatamente su forma, escojo un cuaderno, una pluma y empiezo a contarme a mí misma el argumento...

"Se supone que yo debería saber por qué ocurre, pero la verdad es que no tengo ni idea.

Sé que todo empieza con una imagen, pero no sé por qué. Tampoco puedo anticipar su naturaleza, su origen, el instante en que nacerá. Me ha pasado muchas veces y nunca es exactamente igual, aunque siempre es parecido. Mientras ando por la calle, mientras recorro estaciones o aeropuertos, mientras hago la compra, o leo un libro, o estoy sentada delante del televisor, de pronto veo algo que en sí mismo no es nada, excepto la promesa de una historia. 

Puede ser una persona o uno solo de sus rasgos. Puede ser una situación o un objeto inanimado. Puedo existir o no, y eso es lo más raro, porque a menudo esas imágenes sólo existen en el interior de mi cabeza.

No es un trastorno mental, es mi oficio. No estoy loca, escribo novelas. Y todas empiezan así, con una figura borrosa, a la que no consigo verle la cara, que se mueve o está quieta, en algún lugar o en ninguno. A veces el escenario es importante, a veces no, porque me lo invento yo misma. 

No sé por qué me pasa, pero tampoco me lo pregunto, porque cuando sucede me pongo tan contenta que me olvido de todo lo que no sea esa imagen, ese algo que aún no es nada pero, con suerte, llenará por completo algunos años de mi vida.

No es la única cosa rara que me pasa. Después de unos días de efervescencia, durante los que mi cabeza estalla varias veces para recobrar inmediatamente su forma, escojo un cuaderno, una pluma y empiezo a contarme a mí misma el argumento. He dicho empiezo, porque no es tan fácil. La euforia es caprichosa, y nace, y se va, y parece que no vuelve, y vuelve a traición, y se esfuma. 

Llego a creer que me ha abandonado mientras las placas tectónicas de un mundo que aún no ha nacido permanecen en una calma engañosa, una apariencia de inmovilidad tan perfecta como el fondo de un pozo al que no llega la luz del sol. 

 Hasta que de repente algo se mueve y suena un ¡clac! dentro de mi cabeza. Algo hace clac, y luego clac clac, y por fin clac, clac, clac, como si todos los engranajes de una máquina que nunca ha llegado a arrancar se pusieran en marcha a la vez, misteriosa, milagrosamente. 

Esto es todavía más difícil de explicar, pero los cabos sueltos saben anudarse, retorcerse sobre sí mismos para adquirir el grosor, la espesura de una maroma que ya es capaz de sujetarme, de mantenerme a salvo aunque mis pies no toquen el suelo.

En ese momento, los personajes ya existen. Nunca tendrán rostro, quizá ni siquiera tengan nombre todavía, pero están ahí, les oigo respirar, hablar, presiento su alegría o su desánimo. En ese momento, aunque no haya escrito ni una sola palabra del texto todavía, ya estoy escribiendo un libro. 

Y me tiro las horas muertas pensando, tomando decisiones, calculando si acierto o me equivoco, hasta que me canso. Entonces me levanto para llenar páginas y páginas de mi cuaderno con una letra infernal, tan deformada por la velocidad que no la entiendo ni yo. 

Cuando comprendo que mi cabeza va mucho más deprisa que mi mano, me pongo nerviosa y salgo a la calle, ando sin ir a ninguna parte, camino un par de horas sin objetivo alguno, más allá de la ruta que trazan mis pasos, y no veo a la gente con la que me cruzo, ni los escaparates ante los que paso, ni los edificios entre los que camino. A veces me asombro de que no me atropelle un coche. A veces escucho una bocina furiosa y sé que es para mí.

Hoy no he llegado a escucharla. Hoy, cuando ya tenía puestas las zapatillas, mi cuaderno abierto sobre la mesa del comedor con la pluma encima, como un programa de puro optimismo, se me ha ocurrido mirar el móvil. Entre los múltiples avisos proporcionados por el sistema, he visto que me había escrito la responsable de esta revista y, durante un instante, hasta me he permitido el lujo de preguntarme por qué.

Le debía un artículo y no he sido capaz de inventarme nada. Lo he intentado, se lo aseguro. He estado casi una hora delante del ordenador, pero mis personajes, los que me esperan en ese cuaderno que sigue abierto, se colaban entre las noticias, llenaban la pantalla, me sacaban la lengua.

Son más poderosos que yo, y por eso he acabado contándoles todas estas cosas raras que me pasan. "