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29/4/22

Pasolini quiso retratar especialmente la maniobra social y destructora que la sociedad de consumo -es decir, la producción de bienes en masa-, habría llevado a cabo transformando la sociedad con una envoltura de falso progresismo y tolerancia... Por encima de ello, caracterizó a la sociedad de consumo -entendida como entidad unificadora universal- como la más represiva de los totalitarismos... Este carácter destructor de la sociedad lo sufren primeramente los jóvenes. ‘El poder […] ha destruido toda cultura anterior para crear una cultura propia, hecha de pura producción y consumo y, por consiguiente, de falsa felicidad.’ Continúa después: Vuestras pocas élites cultas -socialistas, o radicales, o católicas avanzadas- quedan ahogadas por una parte por el conformismo y de otra por la desesperación. Los únicos que todavía se baten por una cultura y en nombre de la cultura son los jóvenes comunistas... apuesta por una ruptura frontal y sin diálogo de convivencia con la sociedad de consumo... Los valores preconsumistas: el honor, la confianza, la amistad, el homoerotismo, la virilidad o la dignidad, han sido sustituidos, las relaciones interpersonales completamente debilitadas, y la mujer, humillada

 "Imagínese una reunión entre Pier Paolo Pasolini y algún directivo de Netflix. La multinacional le explica que para hacer un guión llamativo, este ha de ser, por fuerza, inclusivo. La fuerza del guión se basaría en esto y no al contrario ¿Se acerca esto a la realidad actual tanto en Occidente como en Asia? Probablemente Pasolini se levantase de un portazo dando la respuesta. En 2022 se cumplen 100 años del director Pier Paolo Pasolini: homosexual, comunista, y contrario a la mediocridad que el capitalismo ha dirigido durante el siglo XX.

Además, fue, y es elogiado por ciertos sectores de la Iglesia Católica. La acepción por parte de la potestad eclesiástica le fue concedida por ‘El evangelio según San Mateo’ (1964). Se decía que tuvo que venir un ateo a rodar la mejor película sobre la vida de Jesucristo. Probablemente la clave de que gustara tanto es que el director viera la historia de Jesucristo como un ejemplo -de modernización social- opuesto a la modernidad. Algo así como una versión antropológica fuera de los estigmas de poder narrados en el cine de Hollywood. Jesucristo ríe, se enoja y duda.

 Es humano, a fin de cuentas. En definitiva, Pasolini recreaba entornos emocionales inclusivos sin ser este su foco de mira principal. Este modo de librepensamiento le hizo granjearse enemigos en todos los entornos que él consideraba dogmáticos en la sociedad italiana. Por encima de ello, caracterizó a la sociedad de consumo -entendida como entidad unificadora universal- como la más represiva de los totalitarismos.

Para el cine de corte social y realista, las condiciones materiales son cruciales para que la cinta funcione, es decir: retratar el momento preciso de la manera más concreta. Como en el ejemplo anterior, Pasolini viajó durante un año por los alrededores de Palestina e Israel para grabar El evangelio según San Mateo, y hasta contrató a un actor <virgen> -cinematográficamente hablando- (Enrique Irazoqui) delante de las cámaras para que la pureza del personaje fuera más real y evidente. Hasta cinco instituciones bancarias denegaron la financiación del proyecto por miedo a la censura.

El neorrealismo italiano supo retratar mejor que nadie la diferencia de clases y la crudeza de la pobreza que vivió Italia -especialmente en el sur- después de la segunda gran guerra. El cine italiano era impactante y demoledor, y también uno de los géneros más puros y cercanos a la realidad, donde todavía a día de hoy, no nos hemos acercado tanto a la realidad en términos de <reflejo social>. Pasolini quiso retratar especialmente la maniobra social y destructora que la sociedad de consumo -es decir, la producción de bienes en masa-, habría llevado a cabo transformando la sociedad con una envoltura de falso progresismo y tolerancia. Idea que, entre otros, desarrollaría Zizek en su obra En defensa de la intolerancia (1998). A lo largo de la historia, el concepto de tolerancia no ha actuado como idea positiva, donde Pasolini la cita exclusivamente con carácter nominal: es decir, como papel mojado. Sí lo ha hecho sin embargo la intolerancia (por ejemplo, podemos decir que los romanos no toleraban a los cristianos). Este carácter destructor de la sociedad lo sufren primeramente los jóvenes. ‘El poder […] ha destruido toda cultura anterior para crear una cultura propia, hecha de pura producción y consumo y, por consiguiente, de falsa felicidad.’ Continúa después: Vuestras pocas élites cultas -socialistas, o radicales, o católicas avanzadas- quedan ahogadas por una parte por el conformismo y de otra por la desesperación. Los únicos que todavía se baten por una cultura y en nombre de la cultura son los jóvenes comunistas.

Pasolini apuesta por una ruptura frontal y sin diálogo de convivencia con la sociedad de consumo. Sobre esta interpretación de la realidad, tanto el PSI como el PCI habrían caído en las mismas garras que la socialdemocracia cristiana: la aceptación de este desarrollo consumista con total identificación tanto en lo teórico como en lo práctico, y erráticos a la hora de interpretar la realidad. Quedarían siendo sin más sendos partidos en meros sustitutos de la socialdemocracia cristiana, donde no se podría hacer política, sino moral. Dentro de esta situación, la auto identificación con la etiqueta de <antifascista> estaría vacía, anulada de contenido.

Por otro lado, a Iglesia no sería más que una institución financiera y una potencia extranjera, ya que queda anulada -al disminuir drásticamente el activismo católico- a la hora de proporcionar los principios y valores cristianos entre un número mínimo de feligreses.

Utilizando términos como <conformidad> o <desesperación>, Pasolini circula entre la corriente existencialista característica de finales del XIX y principios del XX. Estas dos características citadas serían consecuencia de un cambio generacional más profundo que el que dio mundo en las épocas paleo industrial y preindustrial. Los valores preconsumistas: el honor, la confianza, la amistad, el homoerotismo, la virilidad o la dignidad, han sido sustituidos, las relaciones interpersonales completamente debilitadas, y la mujer, humillada.

La indistinción entre los conceptos de diversidad e igualdad que vemos hoy en día en las apelaciones a las políticas identitarias están presentes en el autor a través de la crítica de ambos: la diversidad, como culpa de ser diferente, y la igualdad, de por sí sola retratada en Italia. De nuevo cito al autor: lo que ha cambiado […] no es el lenguaje de las cosas: lo que ha cambiado son las cosas mismas. Y han cambiado de un modo radical. Es pues, conclusivamente, la sociedad de consumo donde ha de hacerse la crítica política para una transformación radical de la realidad.

En una sociedad donde impera la elección del consumidor a modo de elige-tu-propia-aventura, sobran las ideas y faltan ideólogos. El espectador elige cómo (además de cuánto) va a ser el impacto de su elección. Realmente esta libertad de elección debería ser magnificadora, pero lo cierto es que nos mueve lentamente a una realidad artificial y adulterada, más cerca de la ficción que de la propia realidad. Curioso que ya lo defendiera Oscar Wilde hablando en este caso de la literatura: Decir a las gentes lo que deben leer es generalmente inútil o perjudicial […] pero decir a las gentes lo que no deben leer es cosa muy distinta y me atrevo a recomendar este tema a la comisión del proyecto de extensión universitaria’.

Dentro de esta perspectiva, Bong Joo-Ho nos muestra en Parasite (estrenada en 2019) una Corea del Sur sumida en la diferencia de clases. Podríamos suponer que La lucha de clases es cuestionable o creíble, pero la diferencia de clases es innegable. Hay un elemento clave que hace que esta diferencia social de clases (actualmente sumergida en el posmodernismo) funcione: A la clase obrera lo que le preocupa constantemente es la falta de dinero; a la alta burguesía, el tiempo.

La violencia no solamente se muestra de manera física. Vemos una familia trabajando desde casa en una cadena de montaje preocupada por no tener una conexión wifi decente; otra, preocupada por no sacar adelante el ingenio artístico del portentoso hijo pequeño de la familia por medio de clases particulares privadas (mal llamado aburrimiento, algo, por otro lado, que la ‘clase media’ no ha llevado nunca muy bien).

Una clase retroalimenta a la otra: donde lo que importa para unos es el tiempo, concepto que es subjetivo y relativista, para otros, es el dinero, concepto más objetivo y materialista. En resumidas cuentas, lo que debería preocupar a uno lo tiene el otro, y viceversa. En esta mezcolanza de atributos, el capitalismo defendería que esta diferencia social es natural y además es solventada por el intercambio de bienes comunes y materiales.

Sin embargo, Bong Joo-Ho recurre a la resolución del conflicto por medio de la violencia, donde la burguesía y el proletariado (en ausencia de una clase media que parece desmantelada) son sujetos incapaces de entenderse entre sí. Resulta evidente que la familia pobre de la película parasita a la rica, pero la idea es darse cuenta totalmente de lo contrario. La edulcoración de estos opuestos hace cada vez menos visible las luchas simbióticas entre clases, y en resumen, que importe menos al espectador de clase media, quien se encuentra según su juicio ‘teóricamente’ igual de alejado de ambas clases, en un especie de centro no muy bien definido.

A medida que se discute sobre la lealtad del asunto de la lucha de clases, el tercer punto de la tríada en la industria audiovisual lo aporta de manera muy inteligente lo que anteriormente definía Pasolini como la sociedad de consumo. Pasolini pensaba que la sociedad de consumo llegaría al más extremo de los totalitarismos, pues lo tiene fácil: A diferencia de lo que ambas clases sociales aspiran a alcanzar, ésta lo tiene todo a su mano. Tanto el dinero como el tiempo. La sociedad de consumo: testifica a los espectadores (por ejemplo, cancelando series a destiempo), modifica la estética visual en aras de producir mayor ingresos en cuanto a merchandising (Star Wars vs Lego), alarga obras literarias cerradas añadiendo fantasía y excesiva duración a las adaptaciones (The Hobbit), hace que las plataformas digitales sean accesibles 24 horas, y pasados los años y las décadas,  reanuda remakes y continuaciones sin sentido alguno.

Como el ángel seductor que recorre Teorema, tanto la burguesía como el proletariado serán perjudicadas por la sociedad de consumo, y las únicas entidades ganadoras dentro del posmodernismo audiovisual, serán las multinacionales y las grandes compañías."                   (Adolfo M. Rodríguez, El Papel)

19/11/21

Hay que pensar en la pérdida de empatía, de dolor frente a cuerpos “desechables”, como los llaman los colombianos... “vidas que no importan”. Son vidas que no se reclaman. Lo mismo sucede con los desaparecidos y con los feminicidios... “se fue con el novio” o “andará de fiesta”. Luego, si las chavas aparecen —no se sabe nunca cómo, no hay documentación—, y aparece estando aparentemente bien, la respuesta de la sociedad en redes sociales es “se fue de puta y aquí nos tenían a todos preocupados”... el éxito del crimen organizado —el narcotráfico, pero también a las maquilas, estas fábricas de muerte de las fronteras, no están en el opuesto de la legalidad, sino que ellas mismas abrían un orden distinto. Un orden paralelo, una paralegalidad que genera códigos, normas o sentido de pertenencia

"Dice Rossana Reguillo (Guadalajara, México, 1955) que el lenguaje naufraga cuando trata de encontrar una explicación a las violencias que configuran hoy el relato político de diferentes estados de su país. No sirven las palabras porque el lenguaje que se ha instaurado es el de la Necromáquina, la maquinaria de producir muerte. Así, Necromáquina. 

Cuando morir no es suficiente, se llama su último libro, que ha sido publicado en 2021 por Ned ediciones. Reguillo, hija de un jefe de tanques de la II República española exiliado en México, quiere darle un sentido universal a un trabajo que fija la mirada en México pero atiende a lo que sucede en Centroamérica, en África y en el mar Mediterráneo.

 Cuando la necromáquina no significa “el fin de la vida, sino de la condición humana” —parafraseando a Primo Levi— no basta con el recuento de los muertos o con la búsqueda de un sentido a cada una de esas violencias, sino que cabe la impugnación al discurso de la seguridad y a las artificiales separaciones entre una violencia legitimada y otra reprobable.

Aunque habla de México, Necromáquina no es un libro sobre México, el sentido que propones es universal. 

En mi esfuerzo como investigadora, como analista de la cultura, como antropóloga pero especialmente como comunicadora y cronista, que son todas las identidades que me habitan, me ha sido muy importante hacer la investigación en distintos lugares del globo (Argentina, Colombia, Puerto Rico,o en Barcelona donde pude hacer una estancia en 2004). Mi intención es tener un habla situada: hablo desde un país herido, que se desangra, pero lo que trato de hacer es hablar del mundo a través de pensar México.

En la última parte del libro hablas de las políticas de extracción, algo que se extiende por toda América Latina, pero también a territorios como África.

La política extractivista va avanzando, engullendo territorios. Las “zonas de sacrificio” son cada vez más crecientes a nivel planetario. Me importa mucho la reflexión sobre los cuerpos rotos de los migrantes. Utilizo analíticamente la figura de Aylan, esta criatura que se ahogó en el Mediterráneo. Pero también me interesa el cuerpo de los migrantes centroamericanos cruzando el río Bravo. Me interesa pensar la época. En esta atmósfera de pérdida de sentido, me interesa pensar en esta normalización de las violencias, incluso en zonas donde esto no es tan visible. Me parece que la insensibilidad para lo que está sucediendo desborda las fronteras físicas y nos debería ocupar como humanidad.

¿Qué tipo de reflexión crees que estamos perdiendo?

Lo que más me interesa es pensar, si no universalmente, digamos “mundialmente” esta crisis por la que cada vez hay más cuerpos que no importan. Hay que pensar en la pérdida de empatía, de dolor frente a cuerpos “desechables”, como los llaman los colombianos, en una expresión que me parece brutal, pero que tienen incorporada para hablar de la gente sin hogar, o de la gente de las comunas, abandonada a su suerte en zonas de mucha pobreza. Pienso en el caso de las favelas de Brasil, en la cantidad de jóvenes que son masacrados por la policía. Y no hay una voz de la autoridad, de la sociedad, que dé cuenta de eso. En ese sentido, me interesa mucho también lo que llamo “la demanda infinita”, para explicar el compromiso político de los periodistas de investigación que están documentando todos estos procesos. Ellos y ellas son los que se están haciendo responsables de esta narración, a costos muy altos.

En el caso de México, el nivel de violencia contra los periodistas es elevadísimo.
Se ha convertido en uno de los países más letales para el ejercicio del periodismo. Periodistas que son amenazados por autoridades locales, o por el narco, o por políticos, o por empresas. Esto se va normalizando. Es terrible. Esto se tiene que hablar a nivel planetario. No podemos seguir permaneciendo anestesiados o, como hacen muchos de los grandes medios, pasteurizar estas realidades utilizando eufemismos para hablar de la violencia.

En Necromáquina criticas la vieja noción de los Estados como monopolio de las violencias legítimas y das un paso más, proponiendo acabar con los binomios de violencias “buenas o malas” o “legítimas e ilegítimas” como paso previo para salir de la espiral en la que se ha entrado en tu país como consecuencia de esa guerra contra el Narco, fundamentada en ese tipo de binomios. ¿Ves visos de que cambie esa concepción en el México actual?

No, está muy incorporado en el imaginario social, por un lado, pero también en el discurso político de la autoridad y de los gobernantes, porque es una distinción que les permite eludir responsabilidades. Si nos remontamos a la época de la dictadura en Argentina, pensemos en que la gente para omitir lo que estaba sucediendo decían “en algo anduvo”, como para justificar esta violencia brutal que venía de arriba de hacia abajo, del Gobierno hacia la ciudadanía. En el caso de Colombia en la época más mala de su violencia contemporánea, cuando llegabas y preguntabas por alguien, la frase con la que te respondían era “se tuvo que ir”. En ese “se tuvo que ir” tú entendías que no tenías que preguntar absolutamente nada. En este momento, en el caso de México, lo más dramático es que se explica que se matan “entre ellos” —lo cual es falso— como si eso justificara el exceso de muerte que tenemos, que resulta intolerable en términos incluso estadísticos.

Son esos “cuerpos desechables” de los que has hablado antes, vidas que valen menos.

En el libro narro las últimas masacres que ha habido en México y señalo que, aunque el ejército sea responsable de masacres, termina por ser justificado porque, o bien se prepara la escena para ponerle a los ejecutados rifles, etc, o porque a nivel discursivo son, otra vez volvemos al tema, “vidas que no importan”. Son vidas que no se reclaman. Lo mismo sucede con los desaparecidos y con los feminicidios. Con las mujeres desaparecidas la respuesta constante por parte de la autoridad es “se fue con el novio” o “andará de fiesta”. Luego, si las chavas aparecen —no se sabe nunca cómo, no hay documentación—, y aparece estando aparentemente bien, la respuesta de la sociedad en redes sociales es “se fue de puta y aquí nos tenían a todos preocupados”. Es muy lamentable que no puedan pensarse las violencias contemporáneas de una manera más compleja, de una manera multidimensional y, sobre todo, desde una lógica de los derechos humanos.

¿Ha corregido el Gobierno actual el problema generado a partir de la Guerra contra el Narco?

El problema es que ninguno de los dos presidentes que siguieron a Calderón corrigió ese fracaso de la Guerra contra el Narco. [Enrique] Peña Nieto se hizo el tonto y el presidente actual [Andrés Manuel López Obrador] lo que ha hecho es avanzar la militarización de la sociedad. Y se le están acumulando más muertos que en los periodos anteriores. Hablamos de una incapacidad de ver el problema de fondo.

No podemos usar los odres viejos de la legalidad/ilegalidad y por eso propones la idea de la paralegalidad. ¿En qué consiste?

Este ha sido uno de los conceptos que he trabajado a nivel de categoría, metodológicamente. Fui acuñando este concepto después de una larga observación etnográfica situada en distintos lugares, especialmente en México, y lo que pude ver para llegar a proponer el concepto de paralegalidad es que el éxito del crimen organizado —el narcotráfico pero podemos incluir también a las maquilas, estas fábricas de muerte que se instalan en las fronteras— es que estas fuerzas no estaban en el opuesto de la legalidad, sino que ellas mismas abrían un orden distinto. Un orden paralelo.

¿Qué tipo de orden?

Uno en el que generan códigos, generan normas o generan sentido de pertenencia. Se debe hablar en presente, porque esto sigue muy vigente. Si tú tienes un orden paralelo es muy difícil combatirlo con policías o con políticas de mano dura. Igual que actuaron muchas de las guerrillas en América Latina, el orden paralegal construye base social. Pensemos en el caso de la Familia Michoacana y de los Caballeros Templarios: tienen un dominio territorial brutal, que no se construye solo por miedo o en la clandestinidad, a veces operan a campo abierto. Lo mismo sucede en Sinaloa, en Culiacán, en Badiraguato… Se construye porque dirimen conflictos agrarios, conflictos entre familias. Castigan. Hacen regalos, como refrigeradores para todas las señoras, etc. Entonces van horadando el orden de lo legítimo, pero no desde la ilegitimidad, sino que van construyendo algo que no dialoga con la ley. No les importa dialogar con la ley.

En el libro explicas cómo pasan a formar parte de la cultura de esos territorios.

Mira, no lo he incluido porque pasó en este Halloween: la autoridad detuvo a 28 personas que, para salir esa noche, pintaron sus camionetas con sangre, llenaron bolsas negras con cosas para asemejar los cuerpos que nos van entregando diariamente. Y esto a mi juicio no es otra cosa que la colonización de la Necromáquina en el imaginario. Se convierte en una especie de performance. Es muy complejo. Por eso este concepto de paralegalidad me es tan importante, porque me permite eludir esta visión normativa de que todo lo ilegal es visible a primera vista. Lo que la paralegalidad hace es construir legalidad dentro de un orden paralelo.

El subtítulo del libro dice que morir ya no alcanza. La violencia manda otro mensaje además del balance de pérdidas y ganancias del narco, sino uno que ni siquiera es económico y tiene un poder simbólico.

Tengo la suerte de que la portada del libro esté acompañada de una fotografía de Christopher Vanegas, un periodista de Saltillo que capta una escena terrible de entrega de cuerpos embalsamados. Efectivamente, el mensaje de la necromáquina es muy profundo. No pensemos solo en estas imágenes terribles y siniestras, sino en el asesinato de Berta Cáceres en Honduras, para ver distintas piezas en esa maquinaria de muerte. Matar a Cáceres no era suficiente, lo importante para ellos era colocar el mensaje de “si ustedes defensores de territorio, le siguen, les va a pasar lo mismo”. Hay otras escenas, que por brutales no narro en el libro, que me han permitido avanzar en el análisis.

Hay algunos pasajes muy impactantes.

Una de esas escenas tuvo lugar en Tamaulipas, otro Estado azotado por eso que llamo la “violencia expresiva”. Es una violencia que no busca un fin último sino que quiere mostrar su poder total. En Tamaulipas había una periodista que usaba Twitter para hacer la crítica del avance de los grupos del crimen organizado, a la que asesinan. Pero no solamente basta que la asesinen sino que lo que hacen es cortarle la cabeza y ponerla en una banqueta, con sus audífonos y un teclado. Por eso, para mí el subtítulo del libro es fundamental, porque es lo que me permite dar cuenta del agravamiento de esta normalización de la violencia. También del exceso de poder que han adquirido las empresas extractivistas, que pagan protección a grupos delincuenciales. También relatar el estatuto de muerte que han adquirido las fronteras —no solamente en Latinoamérica, pensamos en la propia frontera marítima en España— que son trampas mortales para la gente.

En el libro retomas el concepto de necropolítica de Achille Mbembe. ¿Cómo dialoga la necropolítica de Mbembe con tu obra?

Mbembe es un pensador clave justamente porque piensa desde esta larga noche de la colonia africana. Habla desde una herida profunda y me parece que su trabajo ha sido clave para repensar muchas cosas. Creo que el trabajo de Mbembe nos ha permitido a muchas investigadoras, analistas, intelectuales, entender justamente el cambio de época que él plantea. Cuando Mbembe arranca este trabajo de la necropolítica, él dice “yo no me estoy peleando con Foucault y su concepto de la biopolítica”, lo que él quiso hacer es llevar ese concepto al momento que estamos experimentando y repensarlo en una clave larga de tiempo histórico. 

En su Crítica de la razón negra del mundo, este pensador camerunés nos permite ver y pensar en cómo esta formación de la modernidad occidental condenó —y lo voy a decir suavemente— a la exclusión y a la negación de pueblos enteros. Recuperar toda esa historia no es fácil. Pero al mismo tiempo, es tan poderoso su dispositivo de pensamiento que no solamente nos permite recoger en una clave de historicidad lo que nos ha traído hasta esta orilla, sino que nos permite tener herramientas para analizar el presente. Creo que esto es muy importante en el trabajo de Mbembe. Yo pienso de él como eso que Walter Benjamin llamaba el “tiempo ahora”: esa noción para referirse a cómo no podíamos hablar de un historicismo lineal, de una idea de progreso, sino que tenemos que entender el presente desde todas las astillas del pasado.

Una de las cuestiones de relieve es que se trata de la juventud. Es la juventud la que es desaparecida, trabaja en las maquilas o naufraga en el Mediterráneo. En ese sentido, ¿qué va más allá de lo económico en esa lectura de lo que llamas los juvenicidios?

Una de las líneas principales de investigación desde que empecé mi carrera han sido las y los jóvenes. Mi primer libro, publicado en 1991, se llama En la calle otra vez: las bandas. Identidad urbana y usos de la comunicación. Es un estudio a fondo de los grupos de esquina —para evitar el nombre de “pandillas” que se ha convertido en una categoría estigmatizadora— y desde entonces hasta la fecha he venido manteniendo una mirada a cómo los y las jóvenes van experimentando su relación con el mundo. Y me interesan no todos los jóvenes sino especialmente la juventud en situación de precariedad. Como lo planteo en el libro, me interesa volver visible cómo este proyecto capitalista, brutal, feroz, depredador, ha ido precarizando a los jóvenes pero no solamente en términos económicos. Yo hablo de una precarización subjetiva, que tiene que ver con cómo este proyecto les ha arrebatado la posibilidad de pronunciarse con certeza sobre sí mismos.

El libro tiene esa vocación antropológica, te pones en contacto con los protagonistas de esas biografías tan fragmentadas. Muy especialmente, resaltas el caso de las mujeres.

He hecho entrevistas a jóvenes de Argentina, en España, en Estados Unidos, y narran esta dificultad de la juventud precarizada de trazar un horizonte de futuro, cuando no saben si van a poder comer en la noche. Eso les hace presas fáciles, caldo de cultivo para alimentar la necromáquina. El caso de las mujeres me tiene muy desvelada porque parece que a medida que avanza el tiempo histórico, en vez de mejorar, en vez de que se produzca una atmósfera societal en la que las mujeres y los cuerpos femeninos puedan transitar libremente por lo público, se ve que está pasando lo contrario. El feminicidio avanza, la desaparición de las mujeres para la trata, avanza. Yo tiendo a ser optimista, no soy una pesimista irredenta. Mis amigos dicen que soy una optimista de clóset porque creo que todavía es posible intervenir, creo que todavía hay condiciones para desandar. Pero es urgente. Por eso digo que la necromáquina es la vida en un estado de urgencia: ya no hay manera de mirar para otro lado.

Has hablado del papel del periodismo de investigación pero también hay una protesta en Necromáquina hacia los medios que no cuestionan la lógica de los medios y que confunden constantemente el lenguaje, reforzando esa visión dualista buenos/malos sobre algo mucho más complejo. ¿Cuál es el periodismo predominante hoy?

Yo tengo una profunda simpatía por el periodismo, de hecho, lo ejercí al principio de mi carrera. Creo que habría que hacer una distinción entre medios dominantes, hegemónicos, y lo que podríamos llamar un periodismo de investigación emergente, aunque casos como el de Rodolfo Walsh en Argentina no tienen nada de emergente. Poniendo el énfasis en México, el papel de esto que llamo las “retóricas de la seguridad” tiene que ver en cómo se va construyendo una falsa noción de seguridad. Estos medios dominantes van contribuyendo a la normalización del lenguaje.

¿En qué sentido?

Por ejemplo, en el hecho de que esta guerra nos ha dejado un montón de neologismos: el encobijado, que es ese cuerpo que se entrega envuelto en una cobija [manta], el encajuelado, que es el que se entrega en la cajuela [maletero] de un auto, el pozoleado, que es una expresión brutal porque el pozol es una comida típica mexicana, donde se va pelando el maíz y alude al cuerpo que es disuelto en ácido. No abundo en esto porque es fuerte para la gente escuchar esto, pero los medios van normalizando esta especie de “narcoñol”. También ha contribuido la industria del espectáculo.

Series como Narcos, ¿no?

Sí, habría que hacer un trabajo fino de articulación entre lo que ha sido el relato de la autoridad, la narrativa política, la narrativa mediática y la industria del espectáculo que es afín a esta forma de entender la violencia. Estoy pensando en la apología que hacen los narcocorridos, en las series de narcotráfico —ya ves que Netflix ahorita trae varias—. No digo que no se haga, no tengo una visión puritanista sobre el tema, pero sí me preocupa que eso no está ingresando, por ejemplo, a las aulas. Los maestros están aterrados, entonces avientan para afuera toda esta dimensión y no sabemos qué hacer con esto. 

Creo que es importante un trabajo educativo, un trabajo analítico más fino y, sobre todo, una sociedad civil más demandante. Me parece que sí, que los medios tienen mucha responsabilidad pero no van solos. Lo que sostengo es que los medios no inventan, no fabrican una realidad, sino que le hablan al imaginario profundo de las sociedades. Esos imaginarios de “se matan entre ellos” y las mujeres que salen de noche “son malas y merecen desaparecer” está muy metido, muy corporeizado en la sociedad. Los medios lo saben y trabajan con eso.

Hablas de la Contramáquina, que son una serie de propuestas desde la militancia, la performance, la fotografía o las artes escénicas para tratar de modificar el lenguaje de la violencia. ¿En qué consiste ese concepto?

 La contramáquina es una noción que creo que es muy importante porque con ella se refleja el esfuerzo que están haciendo grupos de la sociedad civil, fundamentalmente con recursos muy pobres, para colocar en otro registro este problema de la violencia. Pienso en el trabajo de gente de la performance y del arte, como Teresa Margolles, como Luperca, que es este joven que en Ciudad Juárez coleccionó miles de ejemplares de un periódico amarillista y se dedicó a borrar con un lapicero el cuerpo herido, y de la viruta de la goma que se desprende iba armando bolsitas, para tratar de restituir cierta dignidad a ese cuerpo masacrado. También pienso que una contramáquina que nos sostiene en pie en este país es el caso de las madres buscadoras, el de los colectivos de familiares que hacen un trabajo verdaderamente brutal para encontrar a sus desaparecidos. 

En el caso de las madres buscadoras de Sonora, salen a los campos, y una práctica que me deja sin habla es que meten palitos en la tierra y los huelen después y dicen “aquí hay un cuerpo”. Imagínate a una madre recogiendo los restos de su hijo de esa manera... Creo que el trabajo que ellos han hecho, la exigencia continua que han hecho a la autoridad, el mostrar al rey desnudo, ha sido muy importante. Les falta más difusión, más presencia. 

Yo espero que en algún momento, Netflix promueva una serie sobre las buscadoras, en lugar de una como Narcos. En este optimismo de clóset creo que es posible desandar un poco y hay en la sociedad un repertorio importante de tácticas robustas que pueden, si no combatir a la necromáquina, sí atenuar sus efectos y volver visible para la sociedad la urgencia de una acción colectiva."              

(Entrevista a Rossana Reguillo, Pablo Elorduy, El Salto, 18/11/21)

30/9/19

Cuando Baltimore prohibió los niños (negros) limpiacoches

"En 1982, el científico político James Q. Wilson y el criminólogo George Kelling publicaron un ensayo en The Atlantic en el que describían un nuevo método policial cuyo objetivo era frenar una supuesta amenaza. Su argumento era que “los disturbios y el crimen, por lo general, están inextricablemente relacionados”, y que, en última instancia, “una ventana rota que no se repara es una señal de que a nadie le importa, y por eso romper más ventanas no cuesta nada”.

El argumento, peligrosamente simplista, sostenía que si los departamentos de policía se concentraban en comportamientos habitualmente no delictivos, podrían mantener el orden social de una comunidad y evitar de esa manera que las ciudades sucumbieran al deterioro.

 Lo natural, y casi inevitable, fue que las fuerzas de seguridad pública de la época de Reagan terminaran adoptando esa teoría como práctica, puesto que les proporcionaba el poder para vigilar interacciones que eran ligeramente amenazantes o, las más de las veces, sencillamente molestas para ellos en el ámbito personal.

La teoría de las ventanas rotas le pareció bien al Instituto para la Investigación Política de Manhattan, un incipiente laboratorio de ideas que surgió de las cenizas de la crisis fiscal de la década de 1970. El objetivo central del grupo, que fundaron el emprendedor británico sir Antony Fisher y el antiguo director de la CIA William J. Casey, era promover ideas de libre mercado que por entonces eran poco populares en Nueva York. 

Este instituto creció durante la época de Reagan y en los noventa vendía libros a las principales editoriales y elaboraba una publicación trimestral llamada City Journal. La teoría de las ventanas rotas encajaba perfectamente con su agenda: en 1991, la institución organizó una conferencia sobre vigilancia policial para mejorar la “calidad de vida” que giró en torno a las infracciones menores. Fue precisamente esa conferencia la que le dio ideas nuevas a un abogado de mediana edad llamado Rudolph Giuliani.

Por aquel entonces, Giuliani ya había perdido en 1989 unas elecciones para la alcaldía contra el demócrata David Dinkins. Fue un combate particularmente rudo, puesto que Giuliani estaba increíblemente mal preparado para hacer campaña contra el hombre que se convertiría en el primer alcalde negro de la ciudad. Al suponer que se enfrentaría al impopular titular del cargo Ed Koch, Giuliani, en las primarias, adoptó una actitud moderada que se centró en “crimen, crack y corrupción”. 

Sin embargo, cuando Dinkins se convirtió en un serio contendiente, Giuliani pasó a jugar sucio, e intentó equiparar al candidato negro con el candidato equivocado: en la última mitad de la campaña, publicó un anuncio en la revista en lengua yiddish Algemeiner Journal en la que yuxtaponía una foto de sí mismo con la del por entonces presidente Bush y otra de Dinkins con Jesse Jackson, quien había llamado de forma infame a Nueva York “judiolandia” en 1984. “Dejemos que la gente de Nueva York elija su propio destino”, proponía el anuncio.

Giuliani perdió por apenas 50.000 votos, pero aun así perdió. Por eso, para las siguientes elecciones a la alcaldía, basculó su plataforma hacia las ideas que propagaba el Manhattan Institute. Y funcionó: ganó las elecciones de 1993 en gran parte porque apuntó a lo que muchos consideraban el origen del deterioro de la ciudad: las prostitutas, los sintecho y, quizá lo menos recordado, lo que Dinkins fue el primero en tachar de “plaga de limpiacoches”. Este último concepto describe a esas personas non gratas de la metrópolis que se dedican a limpiar en la calle los parabrisas de los coches a cambio de una propina.

 Como es sabido, ahora recordamos Nueva York como el mejor ejemplo de mantenimiento del orden policial de esa era: ciudades como Newark, Los Ángeles o Baltimore adoptaron una forma u otra de esta filosofía, que cambió por completo la manera en que los ciudadanos interactuaban con esas “personas indeseables” en sus comunidades. En definitiva, los síntomas de desigualdad racial y económica de muchas de las ciudades más grandes de Estados Unidos pasaron a considerarse el origen del deterioro urbano e incluso del caos.

Comienza el mal 

Era julio de 1984 y el gobierno de Reagan llevaba más de dos años intentando reducir drásticamente la ayuda federal que se entregaba a las ciudades, una política que agudizó la desaparición de las industrias urbanas a lo largo y ancho del país. En Baltimore, los niños con bayetas limpiacristales regresaron a los semáforos para ganar un poco de dinero extra durante las vacaciones de verano, como lo llevaban haciendo desde al menos la década de 1960.

 En aquella época, la periodista local Katie Gunther puso el foco en la ‘moda’ de los niños limpiacoches para el Baltimore Sun, y utilizó el ejemplo de Lionel, un niño de ocho años, que había salido a las calles para ganar “25 o 50 céntimos, o hasta un dólar o más”, durante sus largas vacaciones escolares. “Al igual que las aves de pata larga caen sobre la arena cuando retroceden las olas, y se apresuran hacia las alturas cuando regresa el agua, estos niños se precipitan sobre el paso de cebra cuando la luz se vuelve roja y se baten rápidamente en retirada cuando cambia de color”, escribió Gunther. 

En esta versión desenfadada, es evidente que los niños limpiaban parabrisas no porque tuvieran que hacerlo, sino porque querían hacerlo: los “jovenzuelos” aprovechaban mejor sus vacaciones que si estuvieran jugando a la rayuela, a los indios y vaqueros o buscando cuerpos muertos en las vías del tren a las afueras de la ciudad. Como ejemplo de periodismo cotidiano, la reseña de Gunther fue poco más que un inocente artículo sobre cierto suceso local. No obstante, hoy en día vale la pena preguntarse: ¿hizo la lógica de las ventanas rotas, o la guerra de Reagan contra los guetos, que los lectores se escandalizaran contra los jóvenes de la ciudad?

El de Gunther fue el único artículo que se publicó ese año sobre los niños limpiacoches, aparte de un sucinto editorial del Evening Sun unos meses más tarde que se preguntaba: “¿Por qué (no) están  más de estos niños limpiacoches en los colegios?”. El número aumentó el año siguiente: en enero de 1985, el departamento de policía de Baltimore solicitó que el ayuntamiento criminalizara por completo a los limpiacoches, y en particular el acto de limpiar los parabrisas en los semáforos por dinero, a menos que la persona en cuestión fuera el conductor o el pasajero del vehículo.

 ¿Por qué? “En ocasiones, si el conductor no quiere que le limpien el parabrisas, los niños le golpean la ventana o el capó del coche”, comentó un portavoz. Ya existía una ley que prohibía la venta sin permiso de productos y servicios en la calle, pero como los niños recibían propinas en lugar de pagos, la ley no podía aplicarse a los limpiacoches.

Fue Bishop L. Robinson, el primer comisario de policía negro de la ciudad, quien comenzó a impulsar que se criminalizara la práctica de limpiar los parabrisas. Sus intenciones eran tan puras como lo pueden ser las de un policía: “Lo hice pensando en el bien y la seguridad de los niños”, declaró posteriormente en el Sun. “La intención no era enviar a los niños a la cárcel”. El ayuntamiento celebró la primera audiencia el 12 de marzo, y se dio cuenta de que no sería fácil. El ayuntamiento estaba dividido principalmente en función del color: los concejales negros pensaban que los niños limpiacoches estaban sencillamente imbuidos por un espíritu emprendedor y que limpiar parabrisas era un mejor aprovechamiento de su tiempo que cualquier otro desagradable pasatiempo al que podrían dedicarse. 

El concejal Nathaniel McFadden, en un claro contraste con el comisario Robinson, pensó que el proyecto de ley “asignaría a los limpiadores de parabrisas el papel de delincuentes”, según un reportaje del Sun de marzo de 1985. El concejal Timothy Murphy pensaba algo parecido: “Prefiero ver a los niños limpiando parabrisas y ganando dinero de forma honesta antes que verlos robando bolsos”.
 
Sin embargo, los concejales blancos pensaban que la práctica era peligrosa tanto para los niños como para los conductores. La concejala Rikki Spector explicó diligentemente que no todos los niños eran angelitos y, de acuerdo al concejal Anthony Ambridge, varios habitantes de Baltimore ya habían declarado que los niños limpiacoches agredían a los conductores y a sus coches cuando rechazaban el servicio. Ellos argumentaban que la ciudad debería sencillamente encontrar empleos más seguros y más constructivos para los jóvenes.

Registrados y con licencia 

El ayuntamiento no se había movido un ápice de su postura cuando el 22 de abril de 1985 se produjo la primera votación. Sorprendentemente, los once concejales blancos del ayuntamiento votaron a favor de la ley y los siete concejales negros votaron en contra. El concejal Kweisi Mfume declaró abiertamente que la ley “estaba plagada de tintes racistas”, y esto provocó que el alcalde pospusiera durante una semana el voto final, eso sí, después de haber anunciado que promulgaría la ley en cuanto estuviera encima de su mesa.

La denominada “ley limpiacoches” pretendía imponer una multa de 100 dólares (que luego se redujo a 50) a cualquiera de más de 18 años que fuera sorprendido limpiando parabrisas en la calle. La concejal Jody Landers afirmó que lo único que haría sería “tapar un hueco” en la anterior ley (la que prohibía la venta de bienes o servicios en la calle) para permitir que los niños trabajaran mientras no estuvieran pidiendo nada al mismo tiempo. 

Mfume se retractó de sus declaraciones iniciales y afirmó que sus electores eran los únicos que pensaban que la ley era racista. Al contrario, “esta es una ley bien intencionada del comisario, que ha afirmado que le preocupa la seguridad pública”. El viernes 26 de abril presentó un plan de siete puntos cuya intención era regular la práctica de los limpiacoches: la ciudad proporcionaría a los niños mayores de 12 años un servicio de registro, clases de seguridad, uniformes y un número limitado de horas en las que podrían trabajar sin ser multados.

Tras semanas de discusión, un comité compuesto por el comisario Robinson, el procurador municipal Benjamin Brown y Mary Ann Willin, directora del Consejo Coordinador de Justicia Penal del ayuntamiento, enmendaron la ley para que se centrara menos en castigar y más en reformar: eximía a los menores de recibir sanciones penales y en su lugar creaba unas “estaciones limpiacoches” en las que tanto los niños como los adultos podían limpiar parabrisas con impunidad. 

Los menores que se negaran a detener la práctica serían inscritos en un programa de adaptación previo registro, que enviaba a los jóvenes sin antecedentes penales que cometieran delitos no violentos a organizaciones comunitarias para que asistieran a una formación laboral u orientación de 90 días.

El 3 de junio de 1985, se aprobó la “ley limpiacoches” por 18 votos contra uno. Se convenció a los concejales negros para que la apoyaran gracias a las enmiendas consensuadas (algunas propuestas por el propio concejal Mfume) y en cierto modo porque no había otra opción posible; si se hubieran mantenido firmes en su negativa habrían perdido de todos modos, dado que para empezar solo eran siete concejales negros. La única persona que votó en contra fue la concejala Jacqueline F. McLean. “Tienes que tener en cuenta a la gente de negocios”, explicó de manera desconcertante. “Muchos de esos vendedores de periódicos trabajaron en esquinas durante años”.

El alcalde William Donald Schaefer promulgó la ley el 25 de junio de 1985, y estaba previsto que entrara en vigor el 25 de julio. Después de eso, cualquier niño limpiacoches que quisiera seguir trabajando tenía que recibir una formación y hacerlo únicamente en las estaciones limpiacoches. Cuatro días después de que la ley entrara en vigor, Susan Warner del Evening Sun informó de que los niños limpiacoches ni siquiera sabían de la existencia de la ley; y que tampoco les importaba.

De los estranguladores a los minidelincuentes 

En la primavera de 1986, un universitario publicó un ensayo sobre los limpiacoches en la revista de narrativa de la Universidad de Loyola. El culto al limpiacoches se iniciaba con la descripción de un antiguo culto a la muerte en el sur de la India llamado los thugs [NdT: homónimo en inglés para referirse tanto a esta red de estranguladores indios como a la palabra delincuente] que recorrían el país robando y matando viajeros hasta que una campaña de la East India Company, liderada por el capitán William Sleeman, los “exterminó” en algún momento entre 1831 y 1882 (el año en que se ahorcó al último estrangulador conocido).

 Como pueden haber imaginado, el joven escritor utilizó la anécdota para trazar los orígenes de la palabra thug antes de utilizarla para describir el “culto al limpiacoches” propio de Baltimore, y sostener que criticar a los thugs no era racista, ya que los thugs eran, al fin y al cabo, asesinos. “Las ‘guerras de los limpiacoches’ no tienen nada que ver con la raza”, escribió Stewart. “Las víctimas no son negros desempleados o conductores de vehículos. La auténtica víctima es el automóvil estadounidense”.

El ensayo es evidentemente satírico, y el estudiante pasa la segunda mitad del mismo desarrollando su absurda tesis, hasta llegar a declarar que limpiar parabrisas “¡es un ataque contra la Constitución y el capitalismo estadounidenses!”.

Cuando se aprobó la ley, la percepción pública de los niños limpiacoches sufrió un claro descenso. Mientras que los que robaban carteras o perdían el tiempo siempre habían sido considerados como manzanas podridas entre la multitud de jóvenes precoces, el foco de la opinión pública cambió y pasó a centrarse en el problema de los “minidelincuentes”. En una ocasión, un vecino escribió al Sun para denunciar que uno de los limpiadores había rociado la cara de su hija con líquido de limpieza. “Personalmente, considero el término “niño limpiacoches” con la misma benevolencia que el término “combatiente por la libertad” cuando este se utiliza para referirse a los terroristas revolucionarios”, escribió con toda sinceridad. Más tarde esa misma semana apareció una noticia que informaba de que un limpiacoches había golpeado a una anciana con un limpiacristales. Y el sábado 3 de agosto de 1985, un conductor pasó por encima del pie de un niño limpiacoches en la calle North Wolfe. Ese mismo fin de semana, otro adolescente más fue arrestado y acusado de patear el coche de una señora que se había negado a recibir el servicio.

Sin embargo, el Departamento de Policía de Baltimore, seguro y victorioso, declaró a mediados de 1986 que la “ley limpiacoches” había funcionado. Los niños limpiacoches seguían siendo una presencia habitual en algunas zonas no autorizadas de la ciudad, pero entre junio de 1985 y abril de 1986, solo “once menores y ningún adulto han sido arrestados”, informó el Sun. “El reducido número de arrestos es consecuencia de que la mayoría de los infractores obedece las órdenes de los agentes de policía sobre suspender… su actividad”, según el comisario Robinson.

A comienzos de agosto, un niño de 14 años, Howard Bradshaw, fue atropellado por un semirremolque de 18 ruedas en la autovía Jones Falls. Era un limpiador de parabrisas que principalmente quería ganar dinero para comprar ropa, zapatos y material escolar. Ese martes 5 de agosto, tenía 200 dólares encima que había ganado solo limpiando parabrisas. Bradshaw estaba limpiando el parabrisas de un coche poco después de las nueve de la mañana cuando el camión chocó contra un coche y “atropelló al joven”. El conductor fue acusado de conducción negligente; el adolescente falleció menos de una hora después como consecuencia de las heridas múltiples. Esto supuso el fin de las guerras de los limpiacoches… por el momento.
 
Hipersegregación 

Cuando los forasteros piensan en Baltimore, lo normal es que piensen en dos cosas. La primera es The Wire, una serie de TV que se inspira en uno de los períodos más tumultuosos de la ciudad (finales de la década de 1980 y principios de la década de 1990), cuando su creador, David Simon, cubría la sección de delitos en el Sun, años antes de que el alcalde encargado de acabar el milenio, Martin O’Malley, diera el pistoletazo de salida a un método policial de tolerancia cero, inspirado en el férreo control que Giuliani había impuesto en Nueva York. (En un momento dado, la obsesión por la sobrevigilancia policial se volvió tan extrema que un chico de 19 años fue detenido por ensuciar el portal de su tía).

La segunda cosa que recuerdan los forasteros es a Freddie Gray. El 12 de abril de 2015, varios policías en bicicleta persiguieron a este joven de 25 años después de cruzar miradas en una esquina de North Avenue. Gray fue atrapado y arrestado por posesión de un pequeño cuchillo que pensaron que era ilegal. Entre las 8:46 h y las 9:24 h, la columna vertebral de Gray terminó prácticamente rota de camino a la estación de policía del distrito oeste. A los siete días falleció. Los acontecimientos que precedieron a la muerte de Gray dieron pie a que se produjeran una serie de disturbios por toda la ciudad (de diverso tipo) que cambiaron el paisaje de Baltimore para siempre.

En un reciente artículo publicado en ProPublica, Alec MacGillis señaló que Baltimore, antes de la muerte de Freddie Gray, estaba experimentando un “repunte”. “A causa del imperio biomédico de Johns Hopkins, del ajetreado puerto de la ciudad y de su proximidad con Washington”, escribió, “la zona metropolitana de Baltimore gozaba de mayores niveles de riqueza y renta (también entre la población negra) que muchos otros polos industriales previos”. El desempleo había pasado de casi un 12% en 2010 a un 5% en 2018. Por desgracia, seguía existiendo una marcada división racial mucho antes de la revuelta. La adquisición de viviendas por parte de la población negra no había crecido como muchas personas pensaban que lo haría durante ese impulso económico, y el hogar blanco medio ganaba aproximadamente el doble que el hogar negro medio. El patrimonio neto de un tercio de los hogares de color equivalía a cero en 2017.

Una gran parte de esto se debe a la segregación. En 2016, un profesor de Morgan State llamado Lawrence Brown publicó una sorprendente visualización de datos sobre patrones de inversión, que confirmaba la marginación sistemática de los ciudadanos negros de Baltimore. “A causa de 105 años de políticas y prácticas racistas”, escribió, “los barrios hipersegregados de Baltimore experimentan realidades radicalmente diferentes”. Los barrios blancos que acumulan ventajas estructurales adoptan la forma de una “L”; los barrios negros, que permanecen en situación de desventaja, conforman una mariposa. La riqueza y los recursos siguen concentrándose de forma deliberada a lo largo de la “L”: el Charm City Circulator (un servicio de autobuses privado y gratuito) en lugar del MTA (un servicio de autobuses públicos urbanos no gratuito), oficinas bancarias en lugar de casas de empeño, tiendas de comida orgánica en lugar de tiendas de productos de descuento, escuelas públicas con buena financiación en lugar de escuelas susceptibles de ser cerradas.
 
Los habitantes negros de Baltimore, a pesar de representar un 63% de la ciudad, son propietarios de menos casas que los habitantes blancos de Baltimore; hay tres residentes negros sin empleo por cada residente blanco sin empleo. Los hogares negros llevan a casa solo la mitad de lo que ganan los hogares blancos; nueve de cada diez presidiarios son negros. Y, francamente, la ciudad fue diseñada así: en 1937, el Instituto de Crédito Hipotecario publicó un mapa que asignaba un color a cada barrio de Baltimore, con el objetivo de establecer una clasificación de referencia para las empresas de préstamos hipotecarios. Las zonas que estaban en rojo presentaban supuestamente mayores riesgos, y casualmente todas eran mayoritariamente negras.

Justicia para Baltimore

Fue en este contexto cuando la alcaldesa Catherine Pugh (que dimitió el pasado mayo a causa de unos pagos que recibió del Sistema Médico de la Universidad de Maryland cuando pertenecía a su junta directiva) puso de nuevo el foco sobre los niños limpiacoches. Durante el verano de 2017, formó un “cuerpo de limpiacoches”, en una iniciativa similar a la que se propuso en 1985, es decir, que funcionara sin la amenaza de arrestos. El programa reclutó a niños que ya trabajaban por su cuenta y poseían lavaderos de coches efímeros. En lugar de limpiar parabrisas por unos pocos dólares cada vez, el “cuerpo de limpiacoches” ofrecía precios fijos según el modelo de vehículo que tenían los conductores y el tipo de limpieza que desearan. El objetivo era enseñar a los chicos cómo llevar un negocio y cómo trabajar en equipo, al tiempo que se les proporcionaba un espacio seguro para trabajar. El proyecto no llegó a finalizar el año.

A comienzos de 2018, Pugh comenzó a publicar una serie de vídeos en YouTube bajo el título Movimientos del alcalde, en forma de vlogs en los que se relataba el día a día del cargo más alto de la ciudad. La primera publicación, del 11 de enero, mostraba una interacción que llamó la atención de los habitantes de Baltimore. Mientras la llevaban en coche por Druid Heights, la alcaldesa Pugh observó a un joven limpiando un parabrisas. Bajó la ventanilla y le preguntó: “¿Por qué no estás en el colegio?” El niño se quedó sin palabras y la alcaldesa repitió la pregunta: “¿Por qué no estás en el colegio? ¡Vete de esa esquina, vete al colegio, ahora mismo!”.

La escena provocó la furia en Twitter; muchas personas criticaron a la alcaldesa por satanizar a los jóvenes negros y por gestionar mal una situación que precisaba de una mayor empatía. Pugh subió la apuesta dos meses después al basar su segundo discurso sobre el estado de la ciudad en la historia del joven.

En su discurso, reveló que la madre del chico era “en realidad una vagabunda y una drogadicta”, que había puesto a la familia en contacto con los servicios sociales y que “había averiguado que había muchos otros problemas que desconocíamos”. Terminó enviando al niño a un hogar de acogida y apuntándolo a uno de los programas de trabajo juvenil de la ciudad.

Este episodio ilustra la forma en que nuestras interacciones con los niños se han vuelto tensas. El 4 de octubre de 2018, un “hombre de Maryland” afirmó que un niño limpiacoches le había roto la ventanilla por rechazar sus servicios. “Si no hacemos nada con este tipo de personas, esto volverá a suceder”, declaró en la cadena de noticias WMAR-2. Sin embargo, como explicó la reportera Justine Barron en un reportaje para el Baltimore Fishbowl, “en realidad no se han recopilado datos que describan con qué frecuencia se producen o cómo de peligrosos son estos sucesos”. También averiguó que, inmediatamente después del incidente, el hombre había tildado a los niños de “animales”, un término que no es extraño que los residentes blancos de Baltimore utilicen en Facebook para referirse a estos niños. Tras hablar con los niños, Barron descubrió que eran objeto de “frecuentes abusos verbales y acoso”. En algunos casos, los conductores salían de sus coches y daban pie a que se produjeran escenas potencialmente violentas.

Después de que el concejal Eric Costello llevara el incidente de este hombre ante el Comité de Salud Pública el 10 de octubre, la Asociación del Centro de la Ciudad anunció que colocarían guardias de seguridad sin armas en ciertos cruces para monitorizar las interacciones que se producían entre los limpiadores y los conductores. El 22 de octubre, la alcaldesa Pugh escribió un editorial en el Sun en el que anunció su última iniciativa para sacar a los niños limpiacoches de las calles, antes de meterse con ellos por estar ahí. “El problema con algunos niños limpiacoches es, por supuesto, su costumbre de concentrarse en los mismos cruces, lo que genera una preocupación comprensible e incluso miedo entre los conductores que esperan en el semáforo”, escribió. “Lo que algunos de esos que desean ganar un dólar o dos por limpiar un parabrisas no comprenden lo suficientemente bien es que no significa eso, no”. Pugh, en el editorial, enumera también algunas de las pasadas iniciativas que había impulsado para acabar con la práctica de limpiar parabrisas en las calles. Además del “cuerpo de limpiacoches” (afirmaba que ocho de los chicos ganaban más de 700 dólares) destacaba también que algunos otros limpiacoches se habían inscrito en el programa BMORE Beautiful, que embellecía diferentes barrios de la ciudad.

Este año las tensiones han seguido creciendo: el 12 de enero, la cadena WJZ-13 informó de que una familia había tenido un altercado con un grupo de niños limpiacoches. De acuerdo con el padre, Jon Coles, uno de los chicos había golpeado la ventanilla del conductor cuando él rechazó el servicio. Salió del coche y le golpearon en la cara y en la cabeza antes de que rociara a los chicos con spray pimienta y se marchara. Los chicos no han sido identificados y solo podemos imaginar lo que pensaban que Coles les iba a hacer.

Es un negocio peligroso, pero es simplemente un negocio demasiado lucrativo. Muchos chicos prefieren ganar 200 dólares al día limpiando parabrisas que vendiendo drogas.

Muchas de estas cosas son de dominio público entre los residentes de Baltimore porque están a la vista. Lo ves cuando pasas por barrios gentrificados, por una universidad y por casas adosadas vacías, todas ellas situadas en la misma carretera, o cuando no puedes subirte al autobús Circulator porque te encuentras un poco demasiado al este. Después que los cuerpos de seguridad del Estado adoptaran métodos policiales de mantenimiento del orden como el de las ventanas rotas, aquellos que se encontraban en situación de desventaja económica o de vulnerabilidad decidieron utilizar medios de fácil acceso que les permitieran ganar dinero para poder sobrevivir. Y cuando eres un niño, sobrevivir no solo significa comer lo suficiente para vivir, sino también ganar suficiente para acudir al colegio cada día. Mientras tanto, el ayuntamiento adopta con demasiada frecuencia iniciativas antilimpiacoches para poder controlar a los chicos, cuando claramente son ellos las víctimas de las políticas municipales.

 El método policial de mantenimiento del orden sigue utilizándose hoy en día, aunque su eficacia es cuestionable. Por ejemplo, en Newark, las relaciones entre la policía y la comunidad se han desintegrado como consecuencia de la llegada de las “citaciones judiciales azules” (por delitos menores) que saturan de multas sobre todo a los barrios con bajos ingresos. Nueva York, por su parte, experimentó un marcado descenso en las tasas de criminalidad después de que se implementara su política en la década de 1990: homicidios, atracos y robos de coches disminuyeron en más de un 60%. Como es lógico, hoy en día sabemos que este fenómeno estaba más relacionado con el dinero que con la teoría. En 2002, los economistas Hope Corman y Naci Mocan utilizaron argumentos convincentes para afirmar que unas mejores condiciones económicas proporcionaron a los neoyorquinos menos motivos para cometer delitos. Al final resulta que lo mejor que puedes hacer con las ventanas rotas es arreglarlas, algo que supone un apropiado preludio para el acto de limpiarlas."                    (Kaila Philo (The Baffler), en CTXT, 25/09/19)