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25/10/23

Agamben: "¿A qué somos fieles, qué significa tener fe? ¿Creer en un código de opiniones, en un sistema de ideas formulado en una ideología o en un "credo" religioso o político? Si así fuera, la fidelidad y la fe serían un triste asunto... La idea de que el creyente es una especie de funcionario de su fe es tan repugnante que una muchacha, que había soportado torturas para no revelar los nombres de sus compañeros, a quienes elogiaban su fidelidad a sus ideas respondía simplemente: "No lo hice por eso, lo hice por capricho"... Somos fieles a una experiencia de la Palabra que sentimos tan cercana que no cabe separarla de lo que dice. La fe es, ante todo, otra experiencia de la palabra

 "¿A qué somos fieles, qué significa tener fe? ¿Creer en un código de opiniones, en un sistema de ideas formulado en una ideología o en un "credo" religioso o político? Si así fuera, la fidelidad y la fe serían un triste asunto, nada más que el deber monótono y complaciente de cumplir unas prescripciones a las que por alguna razón nos sentimos vinculados y obligados. Una fe así no sería algo vivo, sería letra muerta como la que el juez o el policía se sienten aplicando en el cumplimiento de sus deberes. La idea de que el creyente es una especie de funcionario de su fe es tan repugnante que una muchacha, que había soportado torturas para no revelar los nombres de sus compañeros, a quienes elogiaban su fidelidad a sus ideas respondía simplemente: "No lo hice por eso, lo hice por capricho".

¿Qué quería decir la muchacha, qué experiencia de fidelidad quería expresar con sus palabras? Una reflexión sobre esa fe por excelencia, que hasta hace pocas décadas se consideraba todavía fe religiosa, puede darnos pistas y evidencias para una respuesta.

Tanto más cuanto que fue precisamente en este ámbito donde la Iglesia, a partir del Símbolo de Nicea (325 d.C.), consideró necesario fijar el contenido de la fe en una serie de dogmas, es decir, proposiciones verdaderas, cuyo desacuerdo constituía una herejía condenable. En la carta a los Romanos, Pablo parece decirnos exactamente lo contrario. En primer lugar, vincula la fe a la palabra ("la fe viene del oír por la palabra de Cristo") y describe la experiencia de la palabra que está en juego en la fe como una cercanía inmediata de la boca y el corazón: "Cerca (eggys, literalmente a la mano) de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, ésta es la palabra de la fe... Porque con el corazón se cree en la justicia, con la boca se profesa para la salvación". Pablo retoma aquí un pasaje del Deuteronomio que afirmaba esta misma proximidad: "la palabra está muy cerca en tu boca y en tu corazón, y está en tus manos llevarla a cabo".

La experiencia de la palabra que está en juego en la fe no se refiere a su carácter denotativo, a su correspondencia con hechos y cosas externas: es, más bien, la experiencia de una cercanía que tiene lugar en la correspondencia íntima entre la boca y el corazón. Dar testimonio de la propia fe no significa hacer afirmaciones factualmente verdaderas (o falsas), como se hace en un juicio. No somos fieles, como en el credo o el juramento, a una serie de afirmaciones que se corresponden o no con los hechos. 

Somos fieles a una experiencia de la Palabra que sentimos tan cercana que no cabe separarla de lo que dice. La fe es, ante todo, otra experiencia de la palabra que la que creemos utilizar para comunicar mensajes y significados externos a ella. Somos fieles a esta palabra porque, en la medida en que no podemos separar la boca y el corazón, vivimos en ella y ella vive en nosotros. 

Es una experiencia así la que debió de tener en la cabeza aquella muchacha bereber que, cuando un día le pregunté qué la unía tan fuertemente a un hombre al que decía haber amado y con el que había vivido un año en una cabaña de las montañas rumanas, me contestó: "No le soy fiel a él, soy fiel a la nieve de Rumanía".                 (Giorgio Agamben, Sinistrainrete, 23/09/23; traducción DEEPL)

5/4/21

“No he encontrado a Dios en el universo, pero Einstein sí, en la perfección y la belleza de sus leyes”... la pregunta que se hacía Leibniz, “¿Por qué hay algo en lugar de nada”, se quedarán sin respuesta en el marco de la física

 "Eduardo Battaner López (Burgos, 1945) no ha buscado a Dios en la física, pero sí a los físicos que lo han hecho a lo largo de la historia y a aquellos que han negado su existencia, algo que, según decía Paul Dirac, es uno de los problemas fundamentales de esta ciencia. 

Battaner, astrofísico formado en España y en el prestigioso Instituto Max Planck de Alemania, es profesor emérito de la Universidad de Granada y ha publicado Los físicos y Dios (Editorial Catarata), un repaso a la relación de estos buscadores de respuestas a lo largo de la historia.

Pregunta. ¿Por qué Los físicos y Dios?

Respuesta. Los grandes investigadores han trabajado en ese horizonte que divide lo conocido y lo ignoto. Por tanto, han tenido el privilegio de observar la naturaleza como nunca antes se había visto. Su interpretación de la naturaleza ha tenido implicaciones en la filosofía y en la teología. Por eso, hay mucha gente que quiere saber cuál era el pensamiento religioso de los grandes científicos y, por tanto, de los grandes físicos. 

Pero hay que advertir que en este libro no hay ninguna intención de apostolado. No se defiende ninguna posición religiosa concreta. Ni se defiende el teísmo ni el ateísmo. Se habla de la actitud de los físicos ante la idea de Dios basada en sus propias palabras. Este libro tiene solo un enfoque histórico.

P. ¿Por qué esa preocupación entre los físicos?

R. Porque esta es una preocupación de todas las personas y lo es de los físicos porque son personas. Pero su punto de vista tiene un interés adicional porque su oficio es conocer el universo. Los físicos hoy trabajan prescindiendo de sus creencias particulares. Incluso los más creyentes no mezclan su ciencia y su religión. No siempre ha sido así. Por ejemplo, [Johannes] Kepler era un místico que, basándose en que estamos hechos a imagen y semejanza, creía que podía comprender el mundo. Es un método científico inaceptable hoy, pero que le llevó a establecer unas leyes de gran precisión. Creía tener la responsabilidad de interpretar la creación.

P. Michel Mayor, descubridor del primer exoplaneta, dice que “no hay sitio para Dios en el universo” En su tarea como astrofísico, ¿lo ha hallado?

R. No he encontrado a Dios en el universo, pero en este libro no pretendo exponer mis propias ideas sino la de los grandes físicos. Entre ellos y, en particular, entre los astrofísicos, hay una gran disparidad de creencias. Los hay creyentes, agnósticos y ateos. No todos piensan como Mayor. Por ejemplo, [Albert] Einstein sí encontró a Dios en el universo, en la perfección y la belleza de sus leyes.

P. Pero usted cuestiona que los físicos de ahora se amparan en la no respuesta como respuesta.

R. Es verdad que hoy los científicos tienen una especie de pudor al confesar sus creencias. No sé por qué. No suelen contestar. Esto contrasta con los físicos de otros tiempos que revelaban sus creencias sin tapujos. ¿Por qué no decirlo? Otra cosa son los agnósticos que no se pronuncian porque no encuentran la respuesta o creen que no la hay.

 P. ¿Hay un sentido en la evolución del universo?

R. El universo evoluciona de una forma bastante conocida y previsible matemáticamente (si se exceptúan los primeros instantes) Hay un sentido físico. Lo que no quiere decir que haya un propósito.

P. ¿Por qué cambia la relación de la física con Dios?

R. A lo largo de la historia se observa, en efecto, una evolución. Los científicos islámicos de la edad media daban por supuesta la existencia de Dios. Cuando la ciencia pasó a Europa, todos los científicos eran también creyentes, incluso clérigos y también daban por supuesta la existencia de Dios. O, si alguno no lo creía, se lo calló. A partir del Renacimiento empieza la diversidad de opiniones. Y hoy hay muchas posturas diferentes. ¿Por qué? Seguramente debido al avance prodigioso de la ciencia y la disolución de la censura.

 P. ¿Es compatible la física con Dios?

R. Completamente. Ha habido grandes físicos creyentes, incluso píos o ermitaños. Un buen ejemplo puede ser el de [Georges} Lemaître, el padre de la teoría del Big Bang, era sacerdote jesuita y uno de los mejores físicos de todos los tiempos.

P. ¿La fe limita el método científico?

R. Históricamente, sí. Por ejemplo, algunas órdenes religiosas tuvieron grandes intereses científicos, pero la prohibición del heliocentrismo constreñía su progreso. Pero, en el siglo XVIII, esta limitación se desvaneció. Hoy la respuesta es tajantemente no. Hay muchos físicos creyentes, aunque no mezclan sus ecuaciones diferenciales con su fe.

 P. ¿La física, seguirá buscando a Dios?

R. La física no busca a Dios. Los físicos, en cuanto hombres, sí. Pero en nuestro cerebro, y solo tenemos uno, la interrogante de la existencia de Dios merodea por ahí.

P. ¿Cuál es el fin de la física?

R. Como astrofísico, pienso que es comprender el principio, la evolución y el final del universo. El físico busca la unificación de todas las fuerzas. Es un viejo sueño en el que se embarcaron físicos de la talla de [Michel] Faraday o Einstein. Se busca la teoría del todo. Se busca una ecuación que lo explique todo.

P. ¿Esa ecuación podría ser Dios?

 R. Habrá algunos físicos que así lo vean y otros que no. Pero la pregunta de la existencia de Dios no será resuelta por la ciencia. Preguntas como la que se hacía Gottfried Leibniz, “¿Por qué hay algo en lugar de nada”, se quedarán sin respuesta en el marco de la física, pienso.

P. ¿Qué físico ha conjugado mejor la idea de Dios y la ciencia?

R. Albert Einstein tenía una idea de Dios no vinculada a ninguna iglesia o fe establecida. No creía en un Dios que premiara a los buenos y castigara a los malos o que prometiera la inmortalidad. Pero creía que en un Dios que había creado el Universo. Le extrañaba que él pudiera escribir las ecuaciones del universo en media cuartilla. No era ni ateo, ni agnóstico ni panteísta. Él así lo dijo. Con su sentido característico del humor llamaba a Dios “El Viejo”."              

(Entrevista al astrofísico Eduardo Battaner, Raúl Limón, El País, 03/04/21)

16/7/14

El factor más perjudicial para el descenso de fieles de la Iglesia católica ha sido su identificación con las élites económicas y políticas

"El sentimiento religioso es una dimensión esencial de la experiencia humana. Su contenido emocional ha sobrevivido a las manipulaciones y horrores cometidos en su nombre.

 Porque nuestra vida está marcada por sufrimiento y decepción y necesita de consuelo y refugio que vayan más allá de la familia porque esta no siempre funciona. Y más allá de la vida para superar la angustia de nuestra única certeza: tenemos fecha de caducidad. Es en esa necesidad de consolarnos en esta vida y proyectarnos en otra más justa donde anidan las creencias religiosas, en la diversidad en que Dios se manifiesta.

 Por eso. contrastando con una percepción sesgada por el laicismo europeo, la proporción de personas religiosas aumentó del 83% de la población del planeta en 1980 al 89% en el 2010.

Sin embargo, no todas las religiones participan por igual de esa creciente espiritualidad. Hay una excepción: la Iglesia católica. El porcentaje de católicos sobre religiosos descendió del 22% en 1980 al 17% en el 2010 y su porcentaje en la población mundial del 19% al 15%.

 La religión con más fieles es la musulmana, y también la que más crece, aumentando en un 4% entre 1980 y el 2010, mientras que los católicos descendían en 2,1%. También aumentan el hinduismo, en un 2,5%, y “otros cristianos”, sobre todo pentecostalistas, en un 1,1%, al tiempo que budistas y judíos se mantienen estables. Es significativo que la categoría que más desciende es la de los no religiosos, que cae en un 4,2% en tres décadas. 

Ese descenso de los no creyentes es particularmente marcado en Europa, con lo cual la creencia eurocéntrica en el laicismo es un dato obsoleto extrapolado por los intelectuales aspirantes a constituirse en sacerdotes racionalistas de las masas supersticiosas. 

Pero hay un fenómeno inverso en Norteamérica, único lugar en donde los “otros cristianos” (protestantes) disminuyen en 10%, el mismo porcentaje en que aumentan los no religiosos. Norteamérica experimenta un avance del laicismo cuando empieza a decaer en Europa. Pero también retroceden los católicos en Estados Unidos. De la misma manera, hay un incremento de no religiosos del 5% en América Latina. 

El descenso del catolicismo no se debe a la demografía, porque América Latina, principal región católica, mantiene crecimiento demográfico, pero registra una caída del 15% de los católicos, al tiempo que los “otros cristianos” se incrementan en un 14%.

 El desplazamiento de católicos por evangélicos es particularmente fuerte en Brasil, el mayor país católico, mientras que en Chile, Argentina, México el laicismo es otro factor de declive de la influencia católica, entre jóvenes especialmente.

En España no hay descenso significativo de la afiliación católica porque apenas hay competencia para la Iglesia Católica, pero aquí la crisis se manifiesta mediante un descenso significativo de la práctica religiosa: un 15%, el mayor del mundo, superior también a Brasil en donde la práctica religiosa (distinta de la afiliación) ha caído en un 10%. 

La única región del mundo en que la Iglesia incrementa su influencia, aunque en tan sólo un 3%, es África. Tal vez por la pervivencia de un espíritu misionero y distante de las instituciones en un contexto generalmente hostil.

¿A qué se debe el declive del catolicismo, en particular en América Latina, reserva histórica de la Iglesia? Los estudios realizados apuntan a varios factores concurrentes. (...)

Pero el factor más perjudicial para la Iglesia ha sido su identificación en América Latina, pero también en España e Italia, con las élites económicas y políticas.

 Su imbricación profunda con las instituciones del poder la ha alejado de los problemas cotidianos de los sectores pobres, mayoría en América Latina, que perciben a la Iglesia como la Iglesia de los ricos y poderosos a pesar de los numerosos ejemplos de heroísmo individual de curas, monjas y seglares en las barriadas y entre los marginados, como ejemplifica la Comunidad de San Egidio.

 Ese vacío del catolicismo entre los pobres ha sido colmado en parte por cultos evangélicos a pesar de que muchos de ellos explotan frecuentemente a sus feligreses, esquilmándoles lo poco que tienen a cambio de una salvación garantizada por contrato.

Las tribulaciones de la Iglesia católica no deberían dejar indiferentes a quienes no se sienten parte de la misma. Porque en una situación de crisis y desprotección hacen falta redes de solidaridad y esperanza que mantengan la fe en la vida y en los demás. Y en nuestra cultura la crisis de confianza en la Iglesia es factor de desamparo agravante de la crisis. De ahí la importancia del esfuerzo evangelizador del papa Francisco emplazando a los obispos a estar con la gente, dando ejemplo de modestia y tolerancia en su vida, limpiando las finanzas vaticanas de conexiones mafiosas, denunciando los abusos sexuales y pidiendo perdón. Si su apostolado fracasa perderemos, tras haber perdido la confianza en las instituciones políticas, otro elemento esencial de convivencia humana. Aunque siempre nos quedará Dios, que no depende de burocracias."           (Dios sube, la Iglesia baja, de Manuel Castells en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 12/06/2014)

3/6/09

Dios habita en el cerebro

"La investigación reciente en psicología cognitiva, neurobiología y antropología cultural ha revelado que la mayoría de los creyentes, sea cual sea su culto, tienen interiorizado un modelo extremadamente antropocéntrico de Dios. No sólo posee una figura humana, sino que utiliza los mismos procesos de percepción, razonamiento y motivación que las personas. Las creencias explícitas sobre la divinidad son muy distintas entre religiones, pero los supuestos tácitos son casi idénticos en la mayoría de las personas.

La característica central de cualquier religión es un núcleo de creencias sobre agentes no físicos. Este tipo de "conceptos sobrenaturales" -que también aparecen en la fantasía, los sueños y las supersticiones- está muy condicionado por nuestro conocimiento del mundo real. Un espíritu es un tipo de persona, sólo que atraviesa paredes. Dios comparte esas limitaciones dentro de la cabeza de los creyentes.

Más en general, las creencias subconscientes de la gente religiosa de cualquier credo son extraordinariamente parecidas: los agentes sobrenaturales ejercen una vigilancia permanente del comportamiento moral de la persona, con acceso instantáneo a sus pensamientos y deseos más íntimos. Los creyentes de cualquier culto también albergan creencias sobre la existencia y las propiedades de esos agentes sobrenaturales, y suelen guardar símbolos o amuletos que los representan, y celebrar rituales en su nombre. Cada grupo social suele atribuir a esos agentes su sistema moral, y su propia cohesión social.

Los científicos cognitivos han reunido muchas evidencias de que esta especie de religión natural se enraíza en cualidades humanas universales -como la capacidad para simular relaciones con personajes ficticios- que no son específicas de la experiencia religiosa, sino una consecuencia de tener el cerebro más desarrollado, y las estructuras sociales más complejas y estables, que han evolucionado en ninguna especie animal de este planeta.

"El pensamiento y el comportamiento religioso pueden considerarse parte de las capacidades naturales humanas, como la música, los sistemas políticos, las relaciones familiares o las coaliciones étnicas", dice Pascal Boyer, de la Universidad de Washington en Saint Louis. (...)

ingeniero de la Universidad de Michigan John Holland, padre de los algoritmos genéticos, asegura que "la verdadera esencia de una ventaja competitiva, sea en el ajedrez o en la actividad económica, es el descubrimiento y la ejecución de jugadas en un escenario ficticio". Y entre las principales jugadas que tenemos que simular los humanos, desde la más tierna edad, están las situaciones sociales ficticias.

"Todos los niños entablan relaciones sociales importantes y duraderas con personajes de ficción, amigos imaginarios, familiares desaparecidos, héroes invisibles, novios figurados...", dice Boyer. La práctica constante con ese tipo de "agentes no físicos", de hecho, puede explicar parte de la extraordinaria destreza social de nuestra especie, muy superior a la de los demás primates. Y desde ahí, el científico de Washington sólo ve un pequeño paso hasta otros "agentes no físicos" como espíritus, dioses y demonios, "intangibles pero implicados socialmente".

Los agentes sobrenaturales son a menudo la fuente de la moral para las personas religiosas, y también sus vigilantes omniscientes, esto es, que basta con pensar en algo pecaminoso para que se den por enterados. Ésta es otra de las creencias más generales entre los fieles de cualquier culto.

La psicología experimental indica, sin embargo, que los niños comprenden los imperativos morales básicos, como los relativos al trato justo y al daño a sus semejantes, desde que están en edad preescolar. Eso es antes de que puedan comprender esos conceptos abstractos y con independencia del entorno religioso en que se obtengan los datos. La neurobiología, por otro lado, ha revelado nexos muy relevantes entre los juicios morales y algunas de las emociones humanas más básicas y universales.

Uno de los nodos centrales de la red emocional del cerebro es el córtex prefrontal ventromedial (VMPC). Los pacientes que tienen destruida esa zona del córtex muestran una disminución general en su capacidad de respuesta emocional y una marcada reducción de las emociones sociales -como la compasión, la vergüenza y la culpa que están estrechamente relacionadas con los valores morales-. (...)

Según el neurólogo Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias, muchas reacciones morales aversivas son una combinación del visceral rechazo a ciertos actos (matar a alguien, por ejemplo) y de la compasión instintiva por otro ser humano. Damasio cree que las emociones no sólo se asocian a los juicios morales, sino que son cruciales para elaborarlos.

"Aunque los creyentes suelen atribuir su moralidad a un agente sobrenatural", dice Boyer, "los modelos cognitivos indican todo lo contrario: que nuestros sentimientos morales son reclutados para dar verosimilitud a las nociones morales de la religión".

Los ritos religiosos también parecen muy distintos entre unas culturas y otras, pero todos pertenecen a una clase de "comportamientos rituales" constantes en la especie humana. Los ritos se basan siempre en alguna secuencia de actos arbitraria, obligatoria, ejecutada en un orden rígido, desligada de un objetivo práctico obvio y repetida muchas veces. También implican a menudo el uso de números, colores llamativos y símbolos de la pureza, el orden o la simetría.

Nuevamente, estos comportamientos rituales son un tema común en el desarrollo infantil: por ejemplo, cuando un niño sólo puede andar por la acera pisando las baldosas rojas, o tiene que subir el primer peldaño de su portal antes de que se cierre la puerta de la calle. Los niños suelen asociar estos rituales a unas vagas nociones de purificación y protección del peligro. Cuando estos sistemas se pasan de revoluciones, ocurren los trastornos obsesivo-compulsivos.

"Sabemos que el cerebro humano tiene redes de seguridad y precaución dedicadas a prevenir peligros como la predación", dice Boyer. "Las aserciones religiosas sobre la pureza, la suciedad y el peligro oculto de los demonios al acecho estimulan esos mismos sistemas, y hacen que las precauciones rituales resulten intuitivamente atractivas". (...)

"Hay quien tiene un concepto tan amplio de Dios que no hay forma de evitar que lo acabe encontrando en cualquier parte", afirma Steven Weinberg, físico teórico y premio Nobel. "Si quieres decir que Dios es energía, lo puedes hallar en un montón de carbón". (El País, ed. Galicia, 23/02/2009, p. 28/9)

1/12/08

Ciencia y religión ¿Están en los genes?

"Ciencia y religión no pueden convivir en paz, añade el matemático Odifreddi. "La ciencia acepta verdades basadas en confirmaciones empíricas y deducciones matemáticas y lógicas. La religión, al menos la católica, se refiere a un libro de hace 2.000 años y a pronunciamientos dogmáticos de concilios y del Papa. Es difícil imaginar métodos más opuestos".

Pero ¿podemos vivir sin Dios? La respuesta de los científicos, filósofos y teólogos no es unánime. El Nobel Weinberg confiesa que no es fácil no creer, pero está convencido de que la creencia declina inevitablemente en Occidente. Y añade que aunque las prácticas religiosas se mantengan durante siglos, no está tan seguro de que la creencia perviva.

"Hay que distinguir la religión, que es construcción social, de la experiencia religiosa, que es personal", matiza Tamayo. "Las iglesias son instituciones, con un atractivo político y social, que incluso hoy pocas veces implican creencias profundas", añade Odifreddi, "por lo que pueden sobrevivir aunque la fe languidezca".

"En el futuro seguiremos creyendo, porque lo llevamos de fábrica", argumenta el físico Jorge Wagensberg. "La psicología del desarrollo, la antropología cognitiva y la neurociencia señalan que evolutivamente estamos programados para creer".

Otros están convencidos de que la ciencia es la respuesta. "¡Todos creemos en algo!", concede el matemático Odifreddi. "La cuestión es qué debemos creer; yo creo que la ciencia puede ofrecer incluso una concepción espiritual del mundo, al mostrar cómo tras el aparente caos del cosmos descansa un orden profundo". Su conclusión es clara: "La ciencia es hoy la religión verdadera, mientras que la vieja religión es sólo superstición. Así que si alguien quiere creer en algo, puede creer en la ciencia y su manera de ver el mundo". (El País, ed. Galicia, 24/11/2008, p. 34/5)

15/1/08

El síndrome del peregrino loco

“El síndrome del peregrino.

Psiquiatras de Burgos presentan en un congreso en Santiago el trastorno mental que sufren algunos de los que hacen el Camino.

Estaba haciendo el camino con otros compañeros de profesión, y fueron éstos los que, al cabo de dos semanas, decidieron llevarla al Complejo Asistencial de Burgos. Su amiga estaba irreconocible, "saturada, fatigada", no les dejaba dormir, tenía paranoias y decía "cosas raras". No paraba de hablar de su transformación mística.

En el servicio de Psiquiatría del centro burgalés, el doctor Jesús de la Gándara le explicó a la paciente que estaba sufriendo el síndrome del Camino de Santiago. Un trastorno temporal semejante al de Stendhal, esa sobredosis de arte definida hace años en Florencia, o al de Jerusalén, un mal que afecta a los que peregrinan hacia los Santos Lugares.

Él y su equipo desecharon primero a los vagabundos que transitan por la vía jacobea y sólo buscan en ella la cama y la comida, y poco a poco fueron depurando una lista de 38 peregrinos que en el ecuador del Camino Francés ya no pudieron dar un paso más y quedaron hospitalizados en su centro.

Según De la Gándara, ninguno era agresivo, pero todos habían experimentado una metamorfosis en su personalidad durante el viaje, hacían imposible su convivencia en el albergue y habían ingresado con "descompensaciones agudas, desórdenes graves de comportamiento, alucinaciones, fatiga, misticismo, delirios y síntomas maníacos". Además, todos se habían repuesto con una breve estancia en el hospital, de en torno a diez días.

El perfil del peregrino afectado por el síndrome es el de un varón (en el 70% de los casos) de unos 40 años y casi nunca extranjero (pese a que los foráneos representan el 50% de los caminantes), que la mitad de las veces cuenta con antecedentes psiquiátricos, o estrés o problemas de adaptación. (…)

"Hacía mucho tiempo que los expertos en el Jacobeo reclamaban un estudio como éste", porque "el Camino de Santiago es un gran manicomio ambulante", concluye Jesús de la Gándara. (El País. Ed. Galicia, Galicia, 27/09/2007, pp. 38)