"En las últimas tres décadas, los
patrones de acumulación de capital en el mundo han cambiado
drásticamente. La globalización económica, la financiarización y la
reconfiguración del poder económico, tanto a nivel local, regional como
global, han sido los motores de esta transformación. Las esperanzas de
equilibrio económico que se vislumbraban en los años setenta,
representadas por el modelo «fifty-fifty», se desvanecieron sin dejar
rastro. Incluso el lenguaje económico ha cambiado, adoptando términos y
narrativas que en aquella época habrían sido incomprensibles.
Sin importar en qué lugar del mundo
nos encontremos, son las elites quienes configuran las transformaciones
en la creación, distribución y concentración del capital. Entre ellas se
libra una disputa constante por definir las reglas del juego. En países
como Argentina, por ejemplo, esta controversia se ha resuelto. Hace un
año, la población eligió a un gobierno que permitió que las
corporaciones manejaran el Estado para su propio beneficio, acelerando
la destrucción económica del país. Aunque se han generado numerosos
análisis y diagnósticos sobre este primer aniversario, las soluciones
concretas o modelos alternativos para superar esta situación siguen
siendo prácticamente inexistentes.
En el ámbito global, la
financiarización —la preeminencia del capital financiero sobre el
productivo— ha sido un fenómeno central de las últimas décadas. Aunque
muchos la consideran algo reciente, Giovanni Arrighi, en su libro El largo siglo XXI,
explica que la financiarización es una fase recurrente que emerge en
momentos de crisis y transición hegemónica. En cada ciclo histórico, una
potencia dominante combina poder militar, político y económico para
liderar la acumulación de capital. Es el caso de Venecia en el siglo
XVI, los Países Bajos en el XVII, Gran Bretaña en el XIX y Estados
Unidos en los siglos XX y XXI, claros ejemplos de este modelo.
Sin embargo, cuando el sistema
productivo de una hegemonía entra en crisis, las elites económicas
tienden a volcarse hacia los mercados financieros, buscando maximizar
beneficios a través de actividades especulativas. Este cambio no solo
genera inestabilidad y desigualdad, sino que también marca el declive de
una potencia y el ascenso de otra. Así, la financiarización no es un
fenómeno nuevo, sino una respuesta histórica a los límites del sistema
económico.
En paralelo, esta transformación
global redefine el papel de las elites en el establecimiento de las
reglas del sistema. Podemos distinguir entre quienes están obligados a
aceptar las reglas, quienes tienen el poder de decidir si las aceptan,
quienes las establecen y, finalmente, quienes determinan si las reglas
siquiera existen. Desde la década de 1980, estas decisiones están
influenciadas por el financiamiento político de las mismas elites
económicas, lo que restringe la capacidad de los gobiernos para actuar
con independencia.
Un ejemplo representativo ocurrió en
2021, cuando a la senadora estadounidense Nancy Pelosi se le preguntó si
el Congreso debería prohibir que sus miembros negociaran en los
mercados financieros debido a posibles conflictos de interés. Con un
salario anual de 223,500 dólares, Pelosi acumuló un patrimonio declarado
de 271 millones de dólares tras casi cuatro décadas en el Congreso. Su
respuesta fue: “No… esto es un mercado libre”. Este tipo de situaciones
pone en evidencia cómo las reglas del sistema son diseñadas para
beneficiar a quienes lo controlan, mientras las consecuencias recaen
sobre la población común.
Nancy Fraser, destacada filósofa y teórica crítica, acuñó el término «neoliberalismo progresista»
para describir un modelo que combina políticas económicas neoliberales
tradicionales —como desregulación, privatización y austeridad fiscal—
con valores culturales progresistas como la diversidad, la inclusión y
los derechos civiles. Aunque el neoliberalismo progresista se diferencia
del conservador en su discurso cultural, ambos comparten los mismos
resultados económicos: un aumento en la concentración de riqueza y una
profundización de la desigualdad. Las acciones de uno permiten el arribo
al poder del otro.
Por ejemplo, durante el mandato de
Bill Clinton, se derogó en 1999 la Ley Glass-Steagall, permitiendo que
los bancos combinaran actividades comerciales y de inversión. Esto
benefició a grandes instituciones como Goldman Sachs y JP Morgan Chase.
Sin embargo, la crisis financiera de 2008 expuso las consecuencias de
estas políticas: mientras millones de personas perdieron sus hogares y
empleos, los rescates multimillonarios salvaron a los bancos globales.
Al día de hoy, en 2024, cinco grandes empresas tecnológicas controlan
más del 23% del mercado bursátil de Estados Unidos, mientras que la
desigualdad salarial continúa en aumento.
El neoliberalismo progresista, aunque
intenta suavizar sus políticas económicas con medidas simbólicas de
inclusión y diversidad, rara vez transforma las estructuras económicas
que perpetúan la desigualdad. Así, tanto el progresismo como el
conservadurismo neoliberal resultan ser dos caras de la misma moneda.
Actualmente, la concentración de poder
económico ha alcanzado niveles históricos. Según datos recientes, solo
100 corporaciones controlan más del 70% del comercio global, mientras
que el 1% más rico del mundo acumula el 63% de toda la riqueza generada
desde 2020. Fondos de inversión como BlackRock y Vanguard han
experimentado un crecimiento impresionante: BlackRock administra más de
10 billones de dólares en 2024, mientras que Vanguard supera los 8
billones.
Además, este fenómeno se extiende al
ámbito militar. El gasto militar global pasó de 1.8 billones de dólares
en 2014 a más de 2.4 billones en 2024, impulsado por conflictos en Medio
Oriente, la guerra en Ucrania y tensiones en el Indo-Pacífico. Empresas
como Lockheed Martin y Raytheon han visto crecer sus ingresos de manera
exponencial, y sus principales accionistas, como BlackRock y Vanguard,
continúan consolidando su influencia tanto en la política como en la
economía mundial.
Argentina, como caso particular,
refleja cómo estas dinámicas globales operan en el nivel local. Desde la
dictadura militar (1976-1983), el país ha oscilado entre versiones de
neoliberalismo conservador y progresista, que comparten un mismo patrón:
priorizar la acumulación financiera y la fuga de capitales. Durante el
período 1976-2001, las elites económicas lideraron un modelo basado en
endeudamiento, fuga de capitales que llevo a la privatización, y a la
dolarización. Este sistema culminó con la crisis de 2001, que dejó al
país al borde del colapso.
Entre 2015 y 2019, bajo el gobierno de
Cambiemos, el capital financiero internacional retomó el control. En
este período, la fuga de capitales alcanzó niveles récord, superando los
86 mil millones de dólares, según el Banco Central de la República
Argentina. Los principales responsables de esta fuga fueron grandes
grupos empresariales como Clarín, Techint y Pampa Energía, que
utilizaron el sistema financiero para transferir riqueza hacia paraísos
fiscales.
Con el regreso del neoliberalismo
progresista tras el colapso de Cambiemos, las dinámicas no cambiaron
sustancialmente. Entre 2016 y 2023, los ingresos laborales de los
trabajadores se redujeron en más de 101 mil millones de dólares,
mientras que los principales beneficiarios seguían siendo los mismos
conglomerados económicos. IRSA, Clarín y Techint, entre otros,
continuaron utilizando al Estado como herramienta para garantizar su
acumulación de capital, mientras la población enfrentaba ajustes y
recortes.
Como señaló Antonio Gramsci, las
clases dominantes generan sus propios «intelectuales orgánicos» para
perpetuar su control. En Argentina, esto se traduce en la captura de las
instituciones públicas por parte de los intereses privados. En el
actual gobierno, empresas como la Corporación América y Techint
colocaron a funcionarios clave en áreas estratégicas como energía,
transporte y justicia. Por ejemplo, Techint aseguró el control de YPF a
través de la presidencia y la vicepresidencia en exploración y
producción, mientras que la Corporación América logró posicionar a sus
representantes en el Ministerio del Interior y Justicia.
El análisis global y local revela un
patrón claro: la alternancia entre versiones de neoliberalismo no busca
resolver las crisis estructurales, sino adaptarlas a las necesidades del
capital. En el caso argentino, este ciclo perpetúa la concentración de
riqueza, la fuga de capitales y la subordinación de las políticas
públicas a los intereses de las élites.
Romper con este modelo exige no sólo
un cambio en las políticas económicas, sino también una transformación
de las relaciones de poder que permiten su perpetuación. Mientras esto
no ocurra, tanto en Argentina como en el resto del mundo, la mayoría de
las mayorías seguirán atrapadas en un sistema diseñado para beneficiar a
unos pocos."
(Alejandro Marcó del Pont , blog, 15/12/24)