Mostrando entradas con la etiqueta dd. Neoliberalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dd. Neoliberalismo. Mostrar todas las entradas

9/9/26

La ultraderecha alemana ha ganado las elecciones por primera vez en la misma región en la que los nazis lo hicieron hace casi 100 años. Entonces fue por culpa de la austeridad que aplicó el gobierno anterior, y todo apunta a que en la actualidad ha pasado lo mismo... En 1930 llega al poder Brüning, del partido de centro. Su obsesión: cuadrar las cuentas públicas en plena Gran Depresión. La receta de siempre: recortar gasto y subir impuestos. Lo de siempre... austeridad por decreto... El resultado económico fue catastrófico. El superávit público logrado con motosierra destruyó la economía: PIB real: desplome absoluto. Cayó más que EEUU, centro del crack del 29... Las consecuencias sociales fueron brutales... La mortalidad, que llevaba años bajando, empezó a subir en 1932. Y subió MÁS en las regiones donde más se recortó en sanidad. Brüning fue denominado "el canciller del hambre"... ¿Qué prometían los nazis? Exactamente lo contrario de la austeridad: Creación masiva de empleo mediante obra pública. El mensaje que nadie más ofrecía (sólo el Partido Comunista)... En enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller. Y cumplió lo prometido: expansión fiscal colosal, creación de empleo a gran escala. Crecimiento económico real, sí... pero orientado al rearme y al exterminio. Ya sabemos cómo terminó... Existe un estudio de 2021, "Austerity and the Rise of the Nazi Party" (Galofré et al. 2021), que analizó 1.000 distritos y 100 ciudades comparando regiones similares con distintos niveles de recorte. Resultado: a más recortes, más voto nazi. La correlación es clara y robusta... votaron más al partido nazi las ciudades donde más subió la mortalidad (por recortes sanitarios), las regiones con más personas dependientes de ayudas sociales; las zonas que más dependían de financiación nacional y más sufrieron los recortes... Austeridad para hoy, fascismo para mañana... seguimos cometiendo el mismo error (Eduardo Garzón)

Eduardo Garzón @edugaresp

La ultraderecha alemana ha ganado las elecciones por primera vez en la misma región en la que los nazis lo hicieron hace casi 100 años. Entonces fue por culpa de la austeridad que aplicó el gobierno anterior, y todo apunta a que en la actualidad ha pasado lo mismo. 

 En 1928, el partido nazi era marginal; era básicamente un grupo de frikis con ideas raras. No llegaba al 2% de los votos. En julio de 1932, apenas 4 años después, tenía el 38% y era la primera fuerza del Parlamento alemán. ¿Qué ocurrió en esos 4 años?

 En marzo de 1930 llega al poder el canciller Brüning, del partido de centro. Su obsesión: cuadrar las cuentas públicas en plena Gran Depresión. La receta de siempre: recortar gasto y subir impuestos. Lo de siempre. Y lo de siempre hizo el daño de siempre.

 Como no tenía mayoría parlamentaria, recurrió al artículo 48 de la Constitución de Weimar (decretos de emergencia). Básicamente: austeridad por decreto, sin debate, sin parlamento. Autoritarismo al servicio del recorte. Esto acabó dañando mucho la imagen de la democracia.

 Los números son escalofriantes: Gasto público estatal: -14%... Gasto de los Länder: -8%... Impuestos: subieron, y más en rentas medias y bajas que en rentas altas. Un gobierno "de centro" atacando principalmente a los de abajo. Ya conocemos esa historia.

 El resultado económico fue catastrófico. El superávit público logrado con motosierra destruyó la economía: Entre 1928 y 1932: Producción industrial: cayó casi a la mitad... Desempleo: pasó de 1,4 millones a 5,6 millones... PIB real: desplome absoluto. Cayó más que EEUU, centro del crack del 29.

 Las consecuencias sociales fueron brutales. La mortalidad, que llevaba años bajando, empezó a subir en 1932. Y subió MÁS en las regiones donde más se recortó en sanidad (Galofré et al. 2021). Brüning fue denominado "el canciller del hambre". No era un apodo metafórico.

 ¿Y el partido nazi qué hacía mientras tanto? Campaña intensísima denunciando los recortes. Goebbels en el parlamento no hablaba de razas. Hablaba del tendero ahogado por impuestos. Del funcionario que no podía calentar su casa. Iba a lo material, a lo que dolía.

 ¿Qué prometían los nazis? Exactamente lo contrario de la austeridad: Rebaja de impuestos... Restauración del Estado del bienestar... Creación masiva de empleo mediante obra pública. Expansión fiscal pura. El mensaje que casi nadie más ofrecía (sólo el Partido Comunista) pero con mucha vehemencia.

 Existe un estudio de 2021, "Austerity and the Rise of the Nazi Party" (Galofré et al. 2021), que analizó 1.000 distritos y 100 ciudades comparando regiones similares con distintos niveles de recorte. Resultado: a más recortes, más voto nazi. La correlación es clara y robusta.

 También encontraron que votaban más al partido nazi: Las ciudades donde más subió la mortalidad (por recortes sanitarios)... Las regiones con más personas dependientes de ayudas sociales... Las zonas que más dependían de financiación nacional y más sufrieron los recortes

 En julio de 1932, con el partido nazi al 37%, el gobierno se asustó y cambió de estrategia. Los sucesores de Brüning aprobaron programas de creación de empleo y de estímulo económico. En noviembre de 1932, el voto nazi bajó al 33,1%. Que sigue siendo altísimo, pero la correlación es evidente.

 Pero llegaron demasiado tarde. En enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller. Y cumplió lo prometido: expansión fiscal colosal, obras públicas masivas, creación de empleo a gran escala. Crecimiento económico real, sí. Pero orientado al rearme y al exterminio. Ya sabemos cómo terminó.

 La conclusión es contundente: las medidas de austeridad de 1930-1932 empobrecieron y radicalizaron al electorado alemán. No fueron el único factor explicativo. Pero sí uno de los más importantes y de los menos estudiados.

 Imponer austeridad salvaje no sólo es económicamente contraproducente. También puede desencadenar consecuencias políticas impredecibles y trágicas. Lo sabemos desde hace casi 100 años. Austeridad para hoy, fascismo para mañana. Pero lo peor de todo es que seguimos cometiendo el mismo error...

 Desarrollo todo esto en vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=miF2ETeYyLA

9:50 a. m. · 9 sept. 2026 ·1.438 Visualizaciones

18/12/24

En las últimas tres décadas, los patrones de acumulación de capital en el mundo han cambiado drásticamente... son las elites quienes configuran las transformaciones en la creación, distribución y concentración del capital... Nancy Fraser acuñó el término «neoliberalismo progresista» para describir un modelo que combina políticas económicas neoliberales tradicionales —como desregulación, privatización y austeridad fiscal— con valores culturales progresistas como la diversidad, la inclusión y los derechos civiles. Aunque el neoliberalismo progresista se diferencia del conservador en su discurso cultural, ambos comparten los mismos resultados económicos: un aumento en la concentración de riqueza y una profundización de la desigualdad. Las acciones de uno permiten el arribo al poder del otro... Así, tanto el progresismo como el conservadurismo neoliberal resultan ser dos caras de la misma moneda... la concentración de poder económico ha alcanzado niveles históricos. Según datos recientes, solo 100 corporaciones controlan más del 70% del comercio global... En Argentina la población eligió a un gobierno que permitió que las corporaciones manejaran el Estado para su propio beneficio, acelerando la destrucción económica del país... En el actual gobierno, empresas como la Corporación América y Techint colocaron a funcionarios clave en áreas estratégicas como energía, transporte y justicia. Por ejemplo, Techint aseguró el control de YPF a través de la presidencia y la vicepresidencia en exploración y producción, mientras que la Corporación América logró posicionar a sus representantes en el Ministerio del Interior y Justicia. El análisis global y local revela un patrón claro: la alternancia entre versiones de neoliberalismo no busca resolver las crisis estructurales, sino adaptarlas a las necesidades del capital (Alejandro Marcó del Pont)

 "En las últimas tres décadas, los patrones de acumulación de capital en el mundo han cambiado drásticamente. La globalización económica, la financiarización y la reconfiguración del poder económico, tanto a nivel local, regional como global, han sido los motores de esta transformación. Las esperanzas de equilibrio económico que se vislumbraban en los años setenta, representadas por el modelo «fifty-fifty», se desvanecieron sin dejar rastro. Incluso el lenguaje económico ha cambiado, adoptando términos y narrativas que en aquella época habrían sido incomprensibles.

Sin importar en qué lugar del mundo nos encontremos, son las elites quienes configuran las transformaciones en la creación, distribución y concentración del capital. Entre ellas se libra una disputa constante por definir las reglas del juego. En países como Argentina, por ejemplo, esta controversia se ha resuelto. Hace un año, la población eligió a un gobierno que permitió que las corporaciones manejaran el Estado para su propio beneficio, acelerando la destrucción económica del país. Aunque se han generado numerosos análisis y diagnósticos sobre este primer aniversario, las soluciones concretas o modelos alternativos para superar esta situación siguen siendo prácticamente inexistentes.

En el ámbito global, la financiarización —la preeminencia del capital financiero sobre el productivo— ha sido un fenómeno central de las últimas décadas. Aunque muchos la consideran algo reciente, Giovanni Arrighi, en su libro El largo siglo XXI, explica que la financiarización es una fase recurrente que emerge en momentos de crisis y transición hegemónica. En cada ciclo histórico, una potencia dominante combina poder militar, político y económico para liderar la acumulación de capital. Es el caso de Venecia en el siglo XVI, los Países Bajos en el XVII, Gran Bretaña en el XIX y Estados Unidos en los siglos XX y XXI, claros ejemplos de este modelo.

Sin embargo, cuando el sistema productivo de una hegemonía entra en crisis, las elites económicas tienden a volcarse hacia los mercados financieros, buscando maximizar beneficios a través de actividades especulativas. Este cambio no solo genera inestabilidad y desigualdad, sino que también marca el declive de una potencia y el ascenso de otra. Así, la financiarización no es un fenómeno nuevo, sino una respuesta histórica a los límites del sistema económico.

En paralelo, esta transformación global redefine el papel de las elites en el establecimiento de las reglas del sistema. Podemos distinguir entre quienes están obligados a aceptar las reglas, quienes tienen el poder de decidir si las aceptan, quienes las establecen y, finalmente, quienes determinan si las reglas siquiera existen. Desde la década de 1980, estas decisiones están influenciadas por el financiamiento político de las mismas elites económicas, lo que restringe la capacidad de los gobiernos para actuar con independencia.

Un ejemplo representativo ocurrió en 2021, cuando a la senadora estadounidense Nancy Pelosi se le preguntó si el Congreso debería prohibir que sus miembros negociaran en los mercados financieros debido a posibles conflictos de interés. Con un salario anual de 223,500 dólares, Pelosi acumuló un patrimonio declarado de 271 millones de dólares tras casi cuatro décadas en el Congreso. Su respuesta fue: “No… esto es un mercado libre”. Este tipo de situaciones pone en evidencia cómo las reglas del sistema son diseñadas para beneficiar a quienes lo controlan, mientras las consecuencias recaen sobre la población común.

Nancy Fraser, destacada filósofa y teórica crítica, acuñó el término «neoliberalismo progresista» para describir un modelo que combina políticas económicas neoliberales tradicionales —como desregulación, privatización y austeridad fiscal— con valores culturales progresistas como la diversidad, la inclusión y los derechos civiles. Aunque el neoliberalismo progresista se diferencia del conservador en su discurso cultural, ambos comparten los mismos resultados económicos: un aumento en la concentración de riqueza y una profundización de la desigualdad. Las acciones de uno permiten el arribo al poder del otro.

Por ejemplo, durante el mandato de Bill Clinton, se derogó en 1999 la Ley Glass-Steagall, permitiendo que los bancos combinaran actividades comerciales y de inversión. Esto benefició a grandes instituciones como Goldman Sachs y JP Morgan Chase. Sin embargo, la crisis financiera de 2008 expuso las consecuencias de estas políticas: mientras millones de personas perdieron sus hogares y empleos, los rescates multimillonarios salvaron a los bancos globales. Al día de hoy, en 2024, cinco grandes empresas tecnológicas controlan más del 23% del mercado bursátil de Estados Unidos, mientras que la desigualdad salarial continúa en aumento.

El neoliberalismo progresista, aunque intenta suavizar sus políticas económicas con medidas simbólicas de inclusión y diversidad, rara vez transforma las estructuras económicas que perpetúan la desigualdad. Así, tanto el progresismo como el conservadurismo neoliberal resultan ser dos caras de la misma moneda.

Actualmente, la concentración de poder económico ha alcanzado niveles históricos. Según datos recientes, solo 100 corporaciones controlan más del 70% del comercio global, mientras que el 1% más rico del mundo acumula el 63% de toda la riqueza generada desde 2020. Fondos de inversión como BlackRock y Vanguard han experimentado un crecimiento impresionante: BlackRock administra más de 10 billones de dólares en 2024, mientras que Vanguard supera los 8 billones.

Además, este fenómeno se extiende al ámbito militar. El gasto militar global pasó de 1.8 billones de dólares en 2014 a más de 2.4 billones en 2024, impulsado por conflictos en Medio Oriente, la guerra en Ucrania y tensiones en el Indo-Pacífico. Empresas como Lockheed Martin y Raytheon han visto crecer sus ingresos de manera exponencial, y sus principales accionistas, como BlackRock y Vanguard, continúan consolidando su influencia tanto en la política como en la economía mundial.

Argentina, como caso particular, refleja cómo estas dinámicas globales operan en el nivel local. Desde la dictadura militar (1976-1983), el país ha oscilado entre versiones de neoliberalismo conservador y progresista, que comparten un mismo patrón: priorizar la acumulación financiera y la fuga de capitales. Durante el período 1976-2001, las elites económicas lideraron un modelo basado en endeudamiento, fuga de capitales que llevo a la privatización, y a la dolarización. Este sistema culminó con la crisis de 2001, que dejó al país al borde del colapso.

Entre 2015 y 2019, bajo el gobierno de Cambiemos, el capital financiero internacional retomó el control. En este período, la fuga de capitales alcanzó niveles récord, superando los 86 mil millones de dólares, según el Banco Central de la República Argentina. Los principales responsables de esta fuga fueron grandes grupos empresariales como Clarín, Techint y Pampa Energía, que utilizaron el sistema financiero para transferir riqueza hacia paraísos fiscales.

Con el regreso del neoliberalismo progresista tras el colapso de Cambiemos, las dinámicas no cambiaron sustancialmente. Entre 2016 y 2023, los ingresos laborales de los trabajadores se redujeron en más de 101 mil millones de dólares, mientras que los principales beneficiarios seguían siendo los mismos conglomerados económicos. IRSA, Clarín y Techint, entre otros, continuaron utilizando al Estado como herramienta para garantizar su acumulación de capital, mientras la población enfrentaba ajustes y recortes.

Como señaló Antonio Gramsci, las clases dominantes generan sus propios «intelectuales orgánicos» para perpetuar su control. En Argentina, esto se traduce en la captura de las instituciones públicas por parte de los intereses privados. En el actual gobierno, empresas como la Corporación América y Techint colocaron a funcionarios clave en áreas estratégicas como energía, transporte y justicia. Por ejemplo, Techint aseguró el control de YPF a través de la presidencia y la vicepresidencia en exploración y producción, mientras que la Corporación América logró posicionar a sus representantes en el Ministerio del Interior y Justicia.

El análisis global y local revela un patrón claro: la alternancia entre versiones de neoliberalismo no busca resolver las crisis estructurales, sino adaptarlas a las necesidades del capital. En el caso argentino, este ciclo perpetúa la concentración de riqueza, la fuga de capitales y la subordinación de las políticas públicas a los intereses de las élites.

Romper con este modelo exige no sólo un cambio en las políticas económicas, sino también una transformación de las relaciones de poder que permiten su perpetuación. Mientras esto no ocurra, tanto en Argentina como en el resto del mundo, la mayoría de las mayorías seguirán atrapadas en un sistema diseñado para beneficiar a unos pocos."

(Alejandro Marcó del Pont , blog, 15/12/24)

28/5/24

¿Qué salió mal con el capitalismo? La teoría capitalista de la desaparición del capitalismo... el capitalismo ha tenido suficiente espacio para funcionar durante más de 250 años con sus auges y depresiones; sus crecientes desigualdades a nivel mundial; y ahora su amenaza medioambiental para el planeta; y el creciente riesgo de conflictos geopolíticos. No es de extrañar que el 58% de los jóvenes demócratas estadounidenses prefieran el socialismo (Michael Roberts)

 "Ruchir Sharma ha publicado un libro titulado What went wrong with capitalism?  Ruchir Sharma es inversor, autor, gestor de fondos y columnista del Financial Times. Dirige el negocio internacional de Rockefeller Capital Management y fue inversor en mercados emergentes en Morgan Stanley Investment Management.

Con esas credenciales de estar «dentro de la bestia» o incluso de ser «una de las bestias», debería conocer la respuesta a su pregunta.  En una reseña de su libro en el Financial Times, Sharma esboza su argumento.  En primer lugar, nos dice que «me preocupa hacia dónde está dirigiendo Estados Unidos el mundo ahora. La fe en el capitalismo estadounidense, que se construyó sobre un gobierno limitado que deja espacio a la libertad y la iniciativa individuales, ha caído en picado».  Señala que ahora la mayoría de los estadounidenses no esperan estar «mejor dentro de cinco años», un mínimo histórico desde que el Barómetro Edelman de Confianza formuló esta pregunta por primera vez hace más de dos décadas. Cuatro de cada cinco dudan de que la vida sea mejor para la generación de sus hijos de lo que lo ha sido para la suya, también un nuevo mínimo. Y según las últimas encuestas de Pew, el apoyo al capitalismo ha caído entre todos los estadounidenses, especialmente entre los demócratas y los jóvenes. De hecho, entre los demócratas menores de 30 años, el 58% tiene ahora una «impresión positiva» del socialismo; sólo el 29% dice lo mismo del capitalismo.

 Son malas noticias para Sharma, como firme defensor del capitalismo.  ¿Qué ha ido mal?  Sharma dice que es el auge de los grandes gobiernos, el poder de los monopolios y el dinero fácil para rescatar a los grandes.  Esto ha llevado al estancamiento, al bajo crecimiento de la productividad y al aumento de la desigualdad.

Sharma sostiene que la llamada revolución neoliberal de los años 80, que supuestamente sustituyó a la macrogestión de estilo keynesiano, redujo el tamaño del Estado y desreguló los mercados, era en realidad un mito.  Sharma: «La era del gobierno pequeño nunca existió».   Sharma señala que en Estados Unidos el gasto público se ha multiplicado por ocho desde 1930, pasando de menos del 4% al 24% del PIB, y al 36% si se incluye el gasto estatal y local.  Junto a los recortes fiscales, aumentaron los déficits públicos y se disparó la deuda pública.

En cuanto a la desregulación, el resultado fue en realidad «normas más complejas y costosas, que los ricos y poderosos estaban mejor equipados para sortear».  En realidad, las normas reguladoras aumentaron.  En cuanto al dinero fácil, «temerosos de que las deudas crecientes pudieran acabar en otra depresión al estilo de los años 30, los bancos centrales empezaron a trabajar junto a los gobiernos para apuntalar a las grandes corporaciones, a los bancos, incluso a países extranjeros, cada vez que los mercados financieros se tambaleaban». Así que no hubo ninguna transformación neoliberal que liberara al capitalismo para expandirse, sino todo lo contrario.

Pero, ¿es realmente correcta la historia económica de Sharma del periodo posterior a la década de 1980?  Sharma intenta retratar el periodo posterior a la década de 1980 como un periodo de rescates de bancos y empresas durante las crisis, en contraste con la década de 1930, cuando los bancos centrales y los gobiernos siguieron la política de «liquidación» de los que tenían problemas.  En realidad, esto no es correcto, salvar el capital corporativo y los bancos fue la fuerza motriz del New Deal de Roosevelt; la liquidación nunca se adoptó como política gubernamental.  Además, la década de 1980 fue sobre todo una década de altos tipos de interés y política monetaria restrictiva impuesta por banqueros centrales como Volcker, que buscaban reducir la inflación de la década de 1970.  De hecho, Sharma no tiene nada que decir sobre la «estanflación» de los setenta, una década, según él, en la que el capitalismo tenía un gobierno pequeño y poca regulación.

Sharma habla mucho del aumento del gasto público, incluido el «gasto social», en los últimos 40 años.  Pero no explica realmente por qué.  Tras el aumento del gasto y la deuda durante la guerra, gran parte del aumento del gasto desde entonces se ha debido a un aumento de la población, en particular un aumento de los ancianos, lo que ha llevado a un aumento del gasto (improductivo para el capitalismo) en seguridad social y pensiones.  Pero el aumento del gasto público fue también una respuesta al debilitamiento del crecimiento económico y de la inversión en capital productivo a partir de la década de 1970.  A medida que el PIB crecía más lentamente y el gasto social crecía más rápidamente, el gasto público en relación con el PIB aumentaba.

Sharma no dice nada sobre otros aspectos del periodo neoliberal.  La privatización fue una política clave de los años de Reagan y Thatcher.  Se vendieron activos estatales para impulsar la rentabilidad del sector privado.  En este sentido, se produjo una reducción del «gran Estado», contrariamente al argumento de Sharma.  De hecho, desde mediados de los años setenta, se vendió el capital del sector público. En Estados Unidos, se ha reducido a la mitad en porcentaje del PIB.

Del mismo modo, después de los años 80, la inversión del sector público en porcentaje del PIB se ha reducido casi a la mitad, mientras que la del sector privado ha aumentado un 70%. 

No es el «gran Estado» el que controla las decisiones de inversión y producción, sino el sector capitalista.  Esto apunta a la razón para reducir el papel del sector público.  El problema para el capitalismo a finales de los años 60 y 70 fue la drástica caída de la rentabilidad del capital en las principales economías capitalistas avanzadas.  Había que invertir esa caída.  Una política fue la privatización.  Otra política fue el aplastamiento de los sindicatos mediante leyes y reglamentos diseñados para dificultar, si no imposibilitar, la creación de sindicatos o la adopción de medidas industriales.  También se produjo el traslado de la capacidad manufacturera del «Norte Global» a las regiones de mano de obra barata del Sur Global, la llamada «globalización».  Combinada con el debilitamiento de los sindicatos nacionales, el resultado fue un fuerte descenso de la parte del PIB destinada a la mano de obra junto con la mano de obra barata en el extranjero; y un (modesto) aumento de la rentabilidad del capital.

Sharma admite que «la globalización trajo más competencia, manteniendo a raya la inflación de los precios al consumo» en contra de su tesis del estancamiento de los monopolios, pero luego argumenta que la globalización y los bajos precios de los bienes importados «solidificaron la convicción de que los déficits y la deuda públicos no importan».  ¿En serio?  A partir de la década de 1990, los gobiernos intentaron imponer la «austeridad» en nombre del equilibrio presupuestario y la reducción de la deuda pública.  Fracasaron, no porque pensaran que «los déficits y la deuda no importan», sino porque el crecimiento económico y la inversión productiva se ralentizaron.  Los recortes del gasto público fueron significativos, pero la proporción del PIB no disminuyó.

Sharma considera que «las recesiones fueron menos frecuentes y más espaciadas» en el periodo posterior a los años ochenta.  Hmm.  Dejando de lado la enorme doble recesión de principios de los 80 (otro factor clave en la reducción de la fuerza laboral), hubo recesiones en 1990-1, 2001 y luego la Gran Recesión de 2008-9, culminando en la recesión pandémica de 2020, la peor recesión en la historia del capitalismo.  Tal vez menos y más espaciadas, pero cada vez más dañinas.

Sharma señala que después de cada desplome desde la década de 1980, la expansión económica ha sido cada vez más débil.  Esto parece un misterio para los defensores del capitalismo. «Detrás de la ralentización de las recuperaciones estaba el misterio central del capitalismo moderno: un colapso en la tasa de crecimiento de la productividad, o producción por trabajador. Al comienzo de la pandemia, había caído más de la mitad desde los años 60».

Sharma presenta su explicación: «un creciente conjunto de pruebas señala con el dedo acusador a un entorno empresarial repleto de regulación gubernamental y deuda, en el que las megacompañías prosperan y cada crisis sobrevive más madera muerta corporativa».  Los rescates de los grandes monopolios («tres de cada cuatro industrias estadounidenses se han osificado hasta convertirse en oligopolios») y el «dinero fácil» han mantenido un capitalismo estancado que se arrastra, engendrando empresas «zombis» que sólo sobreviven pidiendo prestado.

Sharma pone aquí el caballo delante del carro.  El crecimiento de la productividad se ralentizó de forma generalizada porque cayó el crecimiento de la inversión productiva.  Y en las economías capitalistas, la inversión productiva está impulsada por la rentabilidad.  El intento neoliberal de aumentar la rentabilidad tras la crisis de rentabilidad de los años setenta sólo tuvo un éxito parcial y llegó a su fin al comenzar el nuevo siglo.  El estancamiento y la «larga depresión» del siglo XXI se manifiestan en el aumento de la deuda privada y pública, ya que los gobiernos y las empresas intentan superar el estancamiento y la baja rentabilidad aumentando el endeudamiento.

 Sharma proclama que el «inmovilismo social está ahogando el sueño americano».  Mientras que en el pasado color de rosa del «capitalismo competitivo», a fuerza de trabajo duro y empuje empresarial, se podía pasar de la pobreza a la riqueza, ahora eso no es posible.  Pero el «sueño americano» siempre fue un mito.  La mayoría de los multimillonarios y ricos de EE.UU. y de otros países heredaron su riqueza y los que se hicieron multimillonarios en vida no lo hicieron sin fondos iniciales considerables de sus padres, etc.

Y permítanme añadir que la tesis de Sharma se basa por completo en las economías capitalistas avanzadas del Norte Global.  Tiene poco que decir sobre el resto del mundo, donde vive la mayoría de la gente.  ¿La movilidad social se ha estancado o nunca ha existido? ¿Existe en estos países un gran Estado con un gasto masivo en bienestar social?  ¿Las empresas obtienen préstamos con facilidad?  ¿Hay monopolios nacionales que eliminan la competencia?  ¿Hay rescates en abundancia?

Esto nos lleva al mensaje principal de Sharma sobre lo que está mal en el capitalismo.  Para Sharma, el capitalismo tal y como él lo concibe ya no existe.  En su lugar, el capitalismo competitivo se ha transformado en monopolios reforzados por un gran Estado.  «La premisa del capitalismo, de que un gobierno limitado es una condición necesaria para la libertad individual y la oportunidad, no se ha puesto en práctica durante décadas».

 El mito de un capitalismo competitivo que proyecta Sharma suena similar a la tesis de Grace Blakeley en su reciente libro, Vulture Capitalism, donde argumenta que el capitalismo nunca ha sido realmente una batalla brutal entre capitalistas competidores por una parte de los beneficios extraídos del trabajo, sino una economía bien acordada y planificada controlada por grandes monopolios y respaldada por el Estado.

En efecto, tanto Sharma como Blakeley coinciden en señalar el surgimiento del «capitalismo monopolista de Estado» (CME) como la razón de lo que ha ido mal con el capitalismo.  Por supuesto, difieren en la solución.  Blakeley, que es socialista, quiere sustituir el SMR por la planificación democrática y las cooperativas de trabajadores.  Sharma, que es «una de las bestias», quiere acabar con los monopolios, reducir el Estado y restaurar el «capitalismo competitivo» para que siga su «camino natural» y proporcione prosperidad a todos. Sharma: «el capitalismo necesita un campo de juego en el que los pequeños y los nuevos tengan la oportunidad de desafiar -destruir creativamente- las viejas concentraciones de riqueza y poder».

Verán, los capitalistas, si se les deja en paz para explotar la mano de obra, y se les libera de la carga de las regulaciones y de tener que pagar por el gasto en bienestar, florecerán de forma natural. «Las ciencias reales explican la vida como un ciclo de transformación, de cenizas a cenizas, y sin embargo los dirigentes políticos siguen escuchando a asesores que afirman saber cómo generar un crecimiento constante. Hay que contener su exceso de confianza antes de que haga más daño».  Así que, según Sharma, el capitalismo volverá a ir bien, si dejamos que los ciclos capitalistas de auge y caída se desarrollen de forma natural y no intentamos gestionarlos.

«El capitalismo sigue siendo la mejor esperanza para el progreso humano, pero sólo si tiene suficiente espacio para funcionar». Pues bien, el capitalismo ha tenido suficiente espacio para funcionar durante más de 250 años con sus auges y depresiones; sus crecientes desigualdades a nivel mundial; y ahora su amenaza medioambiental para el planeta; y el creciente riesgo de conflictos geopolíticos.  No es de extrañar que el 58% de los jóvenes demócratas estadounidenses prefieran el socialismo."

( Michael Roberts, blog, 27/05/24, traducción DEEPL, gráficos y enlaces en el original)

14/5/24

Branko Milanovic: Las universidades como fábricas... en Estados Unidos, los administradores universitarios no son nombrados por Biden, ni por el Congreso. ¿Por qué atacarían entonces a sus propios estudiantes? ¿Son individuos malvados a los que les encanta pegar a los más jóvenes? La respuesta es que no. Simplemente están en un trabajo equivocado. No están viendo su papel como lo que tradicionalmente era el papel de las universidades, es decir, tratar de impartir a la generación más joven valores de libertad, moralidad, compasión, abnegación, empatía o cualquier otra cosa que se considere deseable. Su papel hoy es ser los directores generales de fábricas que se llaman universidades... Estas fábricas tienen una materia prima que se llama estudiantes y que convierten, a intervalos regulares anuales, en graduados. Por consiguiente, cualquier perturbación en ese proceso de producción es como una perturbación en una cadena de suministro. Hay que eliminarla lo antes posible para que la producción se reanude. Hay que «dar salida» a los estudiantes graduados, traer a los nuevos, embolsarse el dinero de ellos, encontrar donantes, conseguir más fondos. Si los estudiantes interfieren en el proceso, hay que disciplinarlos, si es necesario por la fuerza... A los administradores no les interesan los valores, sino la cuenta de resultados... Se suponía que debían producir mejores personas. Pero esto se olvidó en la carrera por los ingresos y el dinero de los donantes. Así pues, la fábrica de salchichas no puede parar, y hay que llamar a la policía

 " He visto y leído sobre muchos casos en los que la policía desalojaba las universidades de estudiantes que se manifestaban. La policía acudía por orden de las autoridades descontentas con los oasis de libertad creados por los estudiantes. Llegaba armada, golpeaba a los estudiantes y ponía fin a la protesta. La administración universitaria se pondría del lado de los estudiantes, invocaría «la autonomía de la universidad» (es decir, el derecho a estar exenta de la vigilancia policial), dimitiría o sería destituida. Esta es la pauta habitual.

La novedad, para mí, en la actual oleada de manifestaciones por la libertad de expresión en Estados Unidos fue que fueron los administradores universitarios quienes pidieron a la policía que atacara a los estudiantes. Al menos en un caso, en Nueva York, la policía se mostró desconcertada por su intervención y pensó que era contraproducente. Es comprensible que esta actitud de los administradores pueda darse en países autoritarios, donde los administradores pueden ser nombrados por el poder para mantener el orden en los campus. Entonces, obviamente, como funcionarios obedientes, apoyarían a la policía en su actividad de «limpieza», aunque rara vez tendrían autoridad para convocarla.  

Pero en Estados Unidos, los administradores universitarios no son nombrados por Biden, ni por el Congreso. ¿Por qué atacarían entonces a sus propios estudiantes? ¿Son individuos malvados a los que les encanta pegar a los más jóvenes?

La respuesta es que no. Simplemente están en un trabajo equivocado. No están viendo su papel como lo que tradicionalmente era el papel de las universidades, es decir, tratar de impartir a la generación más joven valores de libertad, moralidad, compasión, abnegación, empatía o cualquier otra cosa que se considere deseable. Su papel hoy es ser los directores generales de fábricas que se llaman universidades. Estas fábricas tienen una materia prima que se llama estudiantes y que convierten, a intervalos regulares anuales, en graduados. Por consiguiente, cualquier perturbación en ese proceso de producción es como una perturbación en una cadena de suministro. Hay que eliminarla lo antes posible para que la producción se reanude. Hay que «dar salida» a los estudiantes graduados, traer a los nuevos, embolsarse el dinero de ellos, encontrar donantes, conseguir más fondos. Si los estudiantes interfieren en el proceso, hay que disciplinarlos, si es necesario por la fuerza. Hay que traer a la policía, restablecer el orden.

A los administradores no les interesan los valores, sino la cuenta de resultados. Su trabajo es equivalente al de un director general de Walmart, CVS o Burger King. Utilizarán el discurso sobre los valores, o el «entorno intelectualmente desafiante», o el «debate vibrante» (¡o lo que sea!), como se describe en un reciente artículo de The Atlantic, como el habitual discurso promocional y performativo que los altos directivos de las empresas producen hoy en día a la primera de cambio. No es que nadie crea en esos discursos. Pero es de rigor pronunciarlos. Es una hipocresía ampliamente aceptada. La cuestión es que tal nivel de hipocresía todavía no es del todo común en las universidades porque, por razones históricas, no eran vistas exactamente como fábricas de salchichas. Se suponía que debían producir mejores personas. Pero esto se olvidó en la carrera por los ingresos y el dinero de los donantes. Así pues, la fábrica de salchichas no puede parar, y hay que llamar a la policía."

(Branko Milanović es economista especializado en desarrollo y desigualdad, blog, 04/05/24, traducción DEEPL)

16/4/24

Los desproporcionados costes de la austeridad... estamos observando un preocupante aumento de la retórica militar por parte de los líderes políticos mundiales... Para ello, resulta útil conocer qué es lo que generó las dos primeras Guerras Mundiales y establecer alguna similitud con la situación presente... existe un importante paralelismo entre la situación actual y la de los años 20 y 30... y es que ambos contextos surgen de un período de austeridad fiscal e ideología política neoliberal... El apoyo de los votantes a partidos extremistas se vincula a las consecuencias económicas de las políticas de austeridad, que provocan una caída del PIB, del empleo, de la inversión, y de los salarios... es la estrategia que se implementó durante el auge neoliberal (1990-2007) y la que se está intentando restablecer hoy. Por aquel entonces esta estrategia nos llevó a una crisis económica global de consecuencias catastróficas; y hoy nos ha colocado a las puertas de la tercera Guerra Mundial. Otra opción es un capitalismo social (como el del periodo 1945-1973) que sea capaz de gestionar el descontento de los perdedores desde su origen; creando un crecimiento inclusivo y sostenible que reduzca la necesidad y el deseo de autoritarismo en la sociedad civil

  "Actualmente, estamos observando un preocupante aumento de la retórica militar por parte de los líderes políticos mundiales. Esta escalada del discurso bélico, probablemente fruto del debilitamiento del sentido común político-militar que solía guiar las relaciones entre las superpotencias nucleares, podría desembocar en un conflicto nuclear. 

La mera posibilidad de una tercera Guerra Mundial es demasiado terrible y nos obliga a tomar medidas para prevenirla. Para ello, resulta útil conocer qué es lo que generó las dos primeras Guerras Mundiales y establecer alguna similitud con la situación presente. 

En una entrevista reciente (ver aquí), David Harvey nos recuerda que existe un importante paralelismo entre la situación actual y la de los años 20 y 30, y es que ambos contextos surgen de un período de austeridad fiscal e ideología política neoliberal. Un artículo recientemente publicado en la prestigiosa revista Review of Economics and Statistics (ver aquí) señala que la austeridad fiscal causa un aumento significativo del porcentaje de votos a los partidos extremistas. 

El apoyo de los votantes a partidos extremistas se vincula a las consecuencias económicas de las políticas de austeridad, que provocan una caída del PIB, del empleo, de la inversión, y de los salarios. Otro artículo importante, y un clásico en este tema, publicado en el Journal of Economic History (ver aquí), señala que en las cuatro elecciones alemanas entre 1930 y 1933 el partido Nazi tuvo más éxito electoral en las áreas más afectadas por la austeridad fiscal. 

La austeridad fiscal ha causado que hoy se estén dando situaciones de gran agitación política; y de tal agitación están saliendo reforzados políticos aparentemente anti establishment cuyas propuestas son eminentemente autoritarias. De este modo, tal y como indica la evidencia empírica y la historia, los efectos socioeconómicos de las políticas de austeridad refuerzan los marcos ideológicos de represión disciplinaria. Esta estructura ideológica de represión constituye una herramienta clave para el creciente autoritarismo que nos ha situado hoy, de nuevo, a las puertas de una guerra planetaria. 

La crisis financiera global y la Gran Recesión frenaron en seco el proceso de acumulación de deuda de los hogares en el que se basó el régimen de crecimiento económico del periodo 1990-2007, y crearon una crisis en el capitalismo global cuyos efectos siguen hoy presentes. La clave para la renovación institucional necesaria para abordar esta situación pasa por gestionar el descontento de los perdedores. Para ello existen, como mínimo, dos estrategias. Una de ellas es el neoliberalismo autoritario, que básicamente implica reconciliar a los hogares trabajadores con las realidades del mercado laboral neoliberal mediante la coacción, la distracción y la austeridad. 

Esta es la estrategia que se implementó durante el auge neoliberal (1990-2007) y la que se está intentando restablecer hoy. Por aquel entonces esta estrategia nos llevó a una crisis económica global de consecuencias catastróficas; y hoy nos ha colocado a las puertas de la tercera Guerra Mundial. Otra opción es un capitalismo social (como el del periodo 1945-1973) que sea capaz de gestionar el descontento de los perdedores desde su origen; creando un crecimiento inclusivo y sostenible que reduzca la necesidad y el deseo de autoritarismo en la sociedad civil."                     ( , Economistas frente a la crisis, 06/04/24)

21/11/23

Felipe González... el PSOE... la Transición

"Gregorio Morán (Oviedo, 1947) es uno de los últimos cronistas políticos chapados a la antigua. De esos que vivieron los tiempos en los que las oficinas de los periódicos olían al humo rancio de los puros y en los que los periodistas redactaban sus noticias acompañados por el ruido ametrallador del teletipo de la habitación de al lado.

Como antiguo partícipe de la oposición contra el franquismo, conoce de primera mano la historia de la Transición (1975-1982) y de los primeros años de la democracia. Ello le ha llevado a escribir algunos libros muy relevantes sobre el tema, incluyendo una biografía de Adolfo Suárez que el propio exmandatario valoró antes de su muerte como la mejor que se había realizado nunca.

A poco tiempo de terminar el año 2023, Morán vuelve a la carga con un texto inédito sobre otro de los líderes políticos más importantes del siglo XX en España: Felipe González. En esta entrevista podrán comprobar que el filo de su lengua es equiparable al de su legendaria pluma...

Su nueva obra narra la biografía política de una de las figuras institucionales más polémicas de la historia de España: la del expresidente del Gobierno Felipe González, que se mantuvo en el cargo durante 14 años consecutivos. ¿Cómo lo definiría?
Limitándome al periodo en el que estuvo al frente del Ejecutivo, lo compararía con un jugador de billar. Y después de 1996, el año en el que abandonó la presidencia, lo describiría mediante una metáfora que él mismo utilizó: la del jarrón chino.

Creo que es bastante acertada, ya que el antiguo secretario general del PSOE se convirtió en un gran armatoste al que nadie sabía dónde colocar. Y ahora ya ha adquirido el papel de una maceta, porque está opinando sobre la vida política a pesar de que, supuestamente, se había retirado de ella. Antes ni siquiera se le habría ocurrido hacer algo parecido por temor a ser indiscreto...

Por lo tanto, hay una pregunta importante que todos los españoles deberíamos hacernos: ¿Qué es lo que ha incitado a González a cambiar su papel de jarrón chino por el de maceta con raíces?

Creo que está bastante claro, pues el tema ha suscitado mucho debate estos meses: los últimos movimientos políticos de Pedro Sánchez. ¿En qué términos describiría la trayectoria gubernamental de su antecesor sevillano?
El de Felipe es un caso singular, ya que fue el primer dirigente del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en llegar al Gobierno respaldado por una mayoría absoluta de su propia formación en el Congreso. Recuerde que, desde su fundación en 1879 y hasta ese momento, la organización había formado parte de varios Consejos de Ministros, pero siempre en coalición con otras fuerzas políticas.

Además, el cierre de la Transición que él mismo protagonizó supuso una estabilización de la vida democrática. A partir de esta fecha, hubo varias etapas que yo intento señalar en la biografía.

Como jugador de billar, y no es una expresión frívola, sino auténtica, González tuvo que enfrentarse a las bolas que rodaban sobre el tapete. En algunas ocasiones lo hizo con una gran brillantez, y en otras con evidente torpeza. A veces, tuvo que jugar a la modalidad americana, teniendo que hacer desaparecer algunas bolas que ya no le eran útiles...

Sin ser demasiado específico, los 14 años en los que transcurrió su presidencia podrían dividirse en dos periodos: el de la década de 1980, en el que Alfonso Guerra fue su compañero de mesa, y el de los años 1990, cuando se vio forzado a jugar solo y con las bolas que tenía a mano.

De alguna manera, la presencia y la ausencia de su vicepresidente marcaron tanto la composición de los distintos Ejecutivos como la manera de actuar de González.
Llopis representaba la traición. Si hubiera seguido siendo el secretario general, el PSOE nunca habría llegado al poder

Los dos eran miembros de la facción «interior» del partido que, en el Congreso de Suresnes (1974), propició el derribo de Rodolfo Llopis y de los últimos dirigentes “históricos” de la formación. ¿Qué motivos tenían para ello?
Llopis era un viejo funcionario que había sido miembro de la masonería y director general de Primera Enseñanza durante la II República (1931-1939). Su estilo era el propio de una época que ya había caído en el olvido. Él representaba la traición, y los dirigentes más jóvenes tenían otras ideas. Si hubiera seguido siendo el secretario general, el PSOE nunca habría llegado al poder. Su destino habría sido similar al del comunista Santiago Carrillo.

González empezó a construir su «nuevo» partido en 1974, y terminó de consolidarlo el 15 de junio de 1977 con la celebración de las primeras elecciones democráticas del país desde el fin de la Guerra Civil (1936-1939). La ratificación absoluta de su éxito la obtendría el 28 de octubre de 1982, cuando ganó unos nuevos comicios con la mayoría absoluta que antes mencionábamos.

Esa organización ya era la de Felipe González. Pienso que los analistas, que suelen ser mucho más jóvenes que yo, no saben valorar que no es la misma que la de Pedro Sánchez. No obstante, tanto la una como la otra son poco descriptibles sin el peso del poder. Las dos tenían y tienen escasa viabilidad fuera de él. De ahí los esfuerzos que, cada uno en su momento, han hecho por mantenerlo.

Tras la «depuración», los «vascosevillanos» se dedicaron a transformar al PSOE en un partido socialdemócrata. En su libro, usted menciona al empresario Friedrich Karl Flick, al sindicalista Dieter Konecki y a la Fundación Friedrich Ebert como agentes clave en este proceso. ¿Hasta dónde llegó la influencia del socialismo alemán dentro del nuevo movimiento político español?
El segundo personaje que usted ha nombrado fue decisivo a la hora de modernizar la máquina política «felipista». Cuando González lanzó aquella intransigente frase de «o el marxismo o yo», el hombre que trabajaba en la sombra era Konecki.

Durante los primeros años de la Transición, Enrique Tierno Galván, que luego se convertiría en alcalde de la ciudad de Madrid, tenía aspiraciones de sustituir a González en el secretariado general. Pero el alemán le advirtió de que las deudas acumuladas por su Partido Socialista Popular (PSP), integrado dentro del PSOE, eran tan importantes que era mejor que se lo pensara con calma.

Tierno Galván entendió la advertencia a la perfección, así que se retiró del camino del que, tiempo después, llegaría a ser presidente del Gobierno. Había otros candidatos de menor cuantía, como Luis Gómez Llorente, aunque no tenían nada que hacer frente al andaluz.
Estoy seguro de que Redondo habrá jugado al mus, pero no creo que se haya acercado nunca a un billar

¿Nicolás Redondo pudo haber dado un paso adelante?
No. Él no decidió rebelarse hasta la huelga general de diciembre de 1988, cuando el PSOE y la Unión General de Trabajadores (UGT) rompieron sus tradicionales relaciones. No tenía nada que hacer frente a la brillantez, la edad, la arrogancia y el talento político de González. Ni como orador, ni como «maniobrero». Estoy seguro de que Redondo habrá jugado al mus, pero no creo que se haya acercado nunca a un billar.

Como decía usted hace un momento, el tándem formado por Felipe González y Alfonso Guerra pasó a liderar al PSOE a mediados de los años 1970. El primero fue su «rostro» público durante dos décadas. ¿Qué papel tuvo el segundo dentro de él?
Consolidó el partido. Javier Solanita Solana fue el anzuelo que los socialistas utilizaron en aquellos años para atraerse a todos los elementos políticos situados a la izquierda del Partido Comunista de España (PCE). Sin embargo, Guerra se encontraba detrás suya. Fue el verdadero responsable de tejer los entramados de relaciones con otros grupos y de organizar el nuevo PSOE a escala nacional.

Tanto él como González recibieron la noticia de que habían ganado las elecciones generales de 1982 en una suite del Hotel Palace de Madrid. Hay una famosa foto que les hicieron asomados al balcón en el momento de la victoria. En ella, Guerra sostenía en el aire la mano del nuevo «Moisés».

Aquella pareja parecía indestructible. Aunque gobernar es muy difícil, y el desgaste de hacerlo le fue pasando factura a Felipe hasta que Alfonso se convirtió en otra bola con la que hubo de jugar.

Esto ocurrió en 1990. Ocho años antes, el dúo formó la cúpula de un nuevo Ejecutivo. Aun con su nuevo cargo, Guerra siguió siendo el «hombre» del Gobierno en el partido. ¿Por qué?
Porque, para bien y para mal de González, su mano derecha todavía era la que lo controlaba. La conocida huelga general de 1988 expuso algunas de las diferencias que acabaron por romper su relación, pero la fractura final solo se produjo en el año que usted menciona, cuando el presidente se vio obligado a prescindir de ella hasta en el propio PSOE.

La caída de Alfonso tuvo una consecuencia muy importante: el ascenso de Carlos Solchaga a la jefatura de la mayoría socialista en el Congreso de los Diputados. Este dirigente navarro pasó a ser el orientador, divulgador e incitador de las decisiones tomadas por el partido y su secretario general, y acabó convertido en todo un líder político.

Usted mismo afirma que Narcís Serra pasó a ser el «hombre de confianza» del presidente tras la marcha de Guerra. ¿Quién llegó a ser más importante dentro del Gobierno, Solchaga o el exministro de Defensa?
Serra nunca dejó de ser un político de oficina. Solchaga era un individuo con convicciones propias. Estas no eran precisamente socialistas, aunque eso era lo de menos. Para que entienda lo que quiero decir, le voy a explicar una anécdota personal.

Yo le conocí en Bilbao, más o menos alrededor del año 1978. Y observé que poseía una dualidad insólita que, quizá, nunca se ha señalado hasta ahora. Era el asesor de la UGT en Vizcaya y, al mismo tiempo, era el hombre del empresario Pedro Toledo en el Banco de Vizcaya. Esto puede parecer paradójico, pero, entonces, a nadie le alarmaba.
 
Por lo que dice, parece que Guerra era un hombre más izquierdista que González.
¿Cómo se sitúa uno a la izquierda o a la derecha? En mi opinión, depende de si está o no en el poder. Hasta que llega a él, todo el mundo es mucho más radical. Fíjese en el caso de François Mitterrand, que es de manual...

Guerra se encargaba de las relaciones con los sindicatos y las bases del PSOE. Por ejemplo, comprobaba que los mítines de mineros que se celebraban todos los años en Rodiezmo de la Tercia, en las montañas leonesas y asturianas, no se les fueran de las manos a los dirigentes del Sindicato de los Obreros Mineros de Asturias (SOMA-FITAG-UGT) que los organizaban.

Por cierto, en aquella región residía un personaje de suma importancia en la historia de los últimos años del «felipismo», José Ángel Fernández Villa, que estuvo implicado en todas las tramas de corrupción habidas y por haber en la década de 1990.

La gente siempre piensa en el exdirector general de la Guardia Civil, Luis Roldán, cuando se le habla de los procesos judiciales por malversación de la época. Pero este señor era el típico trepa que sale de la nada y se convierte en multimillonario. En los años 1990, cuando empezaron a saltar los escándalos ya fraguados en los 1980, había muchos individuos como él. Cada comunidad autónoma tenía uno, como mínimo. Su caso formaba parte de un entramado general.
Carrillo o Pasionaria pertenecían a un pasado que la gente ni siquiera quería recordar

Ha aludido al PCE. Los comunistas españoles lideraron la lucha de la oposición democrática contra la dictadura franquista. Sin embargo, a pesar de la limitada actuación del PSOE en este mismo marco, el Partido Socialista fue la segunda fuerza más votada en las elecciones generales de 1977 y 1979. ¿Cómo fue posible la materialización de este «sorpasso» por la derecha?
Por un problema generacional. La cúpula del Partido Comunista no estaba dispuesta a asumir que personas como Carrillo o Pasionaria pertenecían a un pasado que la gente ni siquiera quería recordar.

A sus homólogos socialistas no les podía frenar ese obstáculo... Estaban mucho más cerca del imaginario del votante y del ciudadano. Aunque, en realidad, esto representaba una contradicción, ya que las bases del PCE siempre estuvieron mucho más implicadas con la sociedad que los escasos militantes del PSOE.

Toda esta cuestión tiene que ver con el peso del exilio. Santiago Carrillo creía que la mochila que llevaba encima desde que cruzó a Francia en 1939 sería fundamental para su supervivencia política cuando se implantara un régimen democrático en España. Las cosas no fueron como él las había previsto, y los socialistas le ganaron la partida porque estaban libre de esas cargas.

En octubre de 1982, la victoria de la formación de González sobre el resto de las organizaciones políticas fue total. ¿Por qué?
La Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez se resquebrajaba por sus luchas intestinas. La derecha clásica española no tenía opciones, estaba hipotecada por completo. Y el Partido Socialista representaba la idea del cambio.

Ese último concepto no cuadraba con la escasa experiencia política de los nuevos gobernantes del país, quienes tampoco habían ideado grandes planes de transformación para él. ¿Cómo solucionaron esta falta de concreción?
Si tú tienes el poder en tus manos, puedes arreglar lo que sea. Lamento tener que recurrir otra vez al presente más inmediato, pero, ¿puede usted evaluar las promesas del Sánchez de 2014 comparándolas con las que hace en la actualidad? No, ¿verdad? Porque el único hilo conductor que hay entre ellas es el poder.

En política, este es el único elemento que consigue explicar lo inexplicable. Los medios de comunicación, e incluso los periodistas y tertulianos independientes, estarán dispuestos no solo a aceptar lo que tú propongas, sino a encontrar justificaciones que tú ni siquiera habías pensado para desarrollar tu plan.

Lo que más sorprendió al PSOE de Felipe González, y no digamos al de Sánchez, es que, cuando llegaron al poder, se encontraron con que podían hacer todo lo que quisieran porque siempre encontrarían a una mayoría de medios, ideólogos y juristas que explicarían cómo lo imposible se había vuelto posible.

En el libro, analiza usted el nombramiento de Miguel Boyer como ministro de Economía en el primer Ejecutivo de González. ¿Su designación marcó un desvío del programa socialdemócrata del PSOE hacia el ultraliberalismo?
Boyer se incorporó a la organización en el último momento. Él había sido uno de los pocos militantes de la Agrupación Socialista Universitaria (ASU) en los primeros años del franquismo tecnocrático. Sus posturas derechistas le hicieron abandonar la militancia socialista y afiliarse al Partido Socialdemócrata de Francisco Fernández Ordóñez, de donde le recuperó González tiempo después. De todo ello se deduce que el exministro siempre se encuadró en el espectro ideológico de la socialdemocracia.

Junto a Carlos Solchaga, representó una de las dos patas en las que se apoyó la política económica del «felipismo». Tuvo que dejar su cargo cuando intentó echarle un pulso al presidente con el objetivo de sustituir a Guerra. El que años después sería jefe de la mayoría del PSOE en el Congreso acabó reemplazándole a él por su atrevimiento.

González y Guerra no tenían ni pajolera idea sobre economía, al igual que gran parte de mi generación. Éramos tan ingenuos que pensábamos que la lucha ideológica era más importante que la económica... Boyer y Solchaga nunca tuvieron ese problema.

La política neoliberal se importó a España después de que ocurrieran dos acontecimientos internacionales de suma importancia: la ascensión de Reagan a la presidencia de EE UU en 1981 y la ruptura del Gobierno de unidad izquierdista de Francia en 1984. El presidente Mitterrand cambió la orientación progresista de sus políticas porque las clases medias que le habían apoyado hasta entonces se estaban disolviendo.

El giro del Partido Socialista Francés fue imitado en toda Europa. Le siguieron sus homólogos italiano, portugués, griego y español. Se puede reflexionar sobre si había alguna otra opción en aquel momento... Pero me parece que esta es una pregunta muy conservadora, porque sí la había. Si no, todos los habitantes del continente hubieran votado a los partidarios de la aplicación de programas neoliberales.
Es verdad que el PSOE se dio un castañazo en las europeas de 1994. Sin embargo, allí se puede votar en conciencia. En las generales, solo se puede hacer por interés

La conversación nos lleva de nuevo al papel del poder como engranaje esencial de la vida política...
Claro. Lo único que uno necesita es ganar las elecciones. Y, perdone, pero, en los comicios de 1986, González se vio consolidado. De hecho, cuando perdió ante Aznar diez años después, lo hizo por un margen mínimo. Es verdad que el PSOE se dio un castañazo en las europeas de 1994. Sin embargo, allí se puede votar en conciencia. En las generales, solo se puede hacer por interés.

La cartera de Interior fue ocupada por José Barrionuevo, quien, junto con su subsecretario, Rafael Vera, y el general de la Guardia Civil Enrique Rodríguez Galindo, fue uno de los grandes planificadores de la «guerra sucia» contra ETA. Usted describe al ministro como a un hombre que no reunía las condiciones para el puesto que le habían dado...
Había sido el responsable político de la Policía Municipal de Madrid. Ese era su único haber en aquel siniestro mundo. No deberían haberlo colocado en esa posición.

Los escándalos sobre la colaboración de su ministerio con los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) surgieron en 1988 y se extendieron a lo largo de los años 1990. ¿Hasta qué punto estuvieron implicadas las instituciones en sus crímenes?
No tuvieron necesidad de participar en ellos de manera directa. Los que los ejecutaron siempre fueron otros. No obstante, tuvieron una actitud más que benevolente hacia los miembros del GAL. Los jurisconsultos dicen que el silencio no significa ni sí ni no... Yo no comparto esa opinión. Para mí, el asentimiento es una forma velada de afirmación.

Usted asegura que la exposición de los GAL ante la opinión pública fue uno de los motivos por los que el PSOE perdió las elecciones de 1996. Hubo otros: las escuchas ilegales del CESID; la huelga general de 1988; el cambio de postura respecto a la entrada en la OTAN... ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso?
Todo ello se fue sumando, pero el propio Felipe fue quien expresó la razón fundamental de su fracaso. «A nosotros nos derrotó la corrupción», dijo en su última intervención como secretario general del Partido Socialista.
No se regalaba nada. Todo se cobraba de diferentes maneras. Los miembros de la cúpula socialista y los propietarios de los media se hicieron ricos

Según lo que expone en la biografía, para encubrir todas sus contradicciones y fallos, González y su equipo se aseguraron de establecer un férreo control de los principales medios de comunicación de nuestro país. ¿Cómo lo hicieron?
A través del intercambio de favores. Usted solo tiene que buscar la historia de Jesús Polanco y del grupo Prisa para entenderlo. Es bastante obvio. No se regalaba nada. Todo se cobraba de diferentes maneras. Los miembros de la cúpula socialista y los propietarios de los media se hicieron ricos.

Entonces, ¿la cuestión se reducía a una mera transacción empresarial?
Claro. Con perdón, pero, en política, hay que apelar siempre a la famosa frase de El Padrino: «No es nada personal, solo negocios»."

(Entrevista a Gregorio Morán, Jayro Sánchez, El Salto, 18/11/23)

11/9/23

La narrativa del "milagro económico de Pinochet" es profundamente engañosa... Chile fue sometido a dos rondas de terapia de choque de los "Chicago Boys"... la primera ronda (1975-1982) terminó en una crisis económica devastadora en la que la renta per cápita cayó por debajo de la de 1960. La crisis se resolvió con un rescate masivo del sistema bancario por parte del gobierno... los rescates financieros forman parte del mecanismo por el que el neoliberalismo concentra la riqueza. Más que eso, también ilustra cómo el Neoliberalismo requiere persistentemente que el gobierno lo rescate de sí mismo... A la crisis económica de 1982 le siguió una segunda ronda de la política de los Chicago Boys, la década de 1980 puede considerarse como un periodo de larga recuperación desde las profundidades de una depresión económica. En este sentido, se pueden establecer paralelismos con Argentina en la década de 2000... en los 90 hubo un beneficio macroeconómico de las políticas de los Chicago Boys que transformaron a Chile en el hijo predilecto del neoliberalismo. Esa ganancia provino de hacer de Chile un paraíso para el capital internacional... la ganancia macroeconómica se produjo a costa de una supresión de la participación de los salarios y una alta participación del capital, de modo que Chile tuvo la mayor desigualdad de ingresos de la OCDE a finales de la década de 2000

 "El 11 de septiembre de 2023 se cumplen cincuenta años del golpe militar del general Pinochet contra el presidente chileno Salvador Allende. Aunque en la actualidad se reconoce ampliamente que Pinochet autorizó abusos a gran escala de los derechos humanos, existe una narrativa paralela según la cual también desencadenó un milagro económico al adoptar la visión de los "Chicago Boys" de Milton Friedman de una economía de mercado.

La narrativa del "milagro económico de Pinochet" es profundamente engañosa. Peor aún, es una amenaza política por dos razones. En primer lugar, corre el riesgo de promover tácitamente la idea de que la dictadura puede ser legítima en la medida en que ofrezca un camino hacia la prosperidad. En segundo lugar, el régimen de Pinochet abrazó el neoliberalismo, que promueve tendencias antidemocráticas al fracturar la sociedad. La afirmación de un milagro económico de Pinochet presta apoyo al neoliberalismo, fomentando así la aceptación del neoliberalismo a pesar de sus tendencias antidemocráticas.

Por estas razones, el debate sobre la política económica de Pinochet sigue siendo de vital importancia. El quincuagésimo aniversario del golpe de Pinochet es una oportunidad para cuestionar el pernicioso mito del milagro, que forma parte cada vez más de la sabiduría convencional.

Desmontando el mito del milagro económico de Pinochet

 Abordar el mito de Pinochet es difícil. En primer lugar, los defensores del neoliberalismo tratan de convertir el debate en uno sobre las políticas socialistas del Presidente Salvador Allende, cambiando así de tema. En segundo lugar, las economías son complejas, por lo que una verdadera medida del efecto Pinochet requiere restar las ganancias de otras fuentes.

Para empezar, cabe señalar que el programa económico del Presidente Allende fue objeto de un extraordinario sabotaje económico auspiciado por las élites chilenas y Estados Unidos. La huelga de camioneros chilenos de 1972 contó con la ayuda de la CIA, paralizó la economía e hizo que la inflación se disparara. Las empresas multinacionales estadounidenses iniciaron una huelga de inversiones (con la aprobación del gobierno de EEUU), y también se paralizó la compra de cobre chileno, lo que aplastó los ingresos en divisas de Chile. El gobierno de Allende se vio acosado por el desorden interno y su programa podría haber fracasado de todos modos. Sin embargo, es dudoso que cualquier economía en desarrollo pudiera tener éxito ante un ataque económico tan concertado.

 Dicho esto, el argumento del mito se refiere a las políticas de Pinochet, y no a las de Allende. El argumento comienza reconociendo que Chile fue sometido a dos rondas de terapia de choque de los "Chicago Boys", y la primera ronda ha sido totalmente excluida de la narrativa del milagro de Pinochet. Esa primera ronda (1975-1982) terminó en una crisis económica devastadora en la que la renta per cápita cayó por debajo de la de 1960. La crisis se resolvió con un rescate masivo del sistema bancario por parte del gobierno. Se trata de un ejemplo clásico de lo que se ha convertido en una característica habitual del neoliberalismo: los rescates financieros forman parte del mecanismo por el que el neoliberalismo concentra la riqueza. Más que eso, también ilustra cómo el Neoliberalismo requiere persistentemente que el gobierno lo rescate de sí mismo.

 A la crisis económica de 1982 le siguió una segunda ronda de la política de los Chicago Boys, asociada a un mayor éxito macroeconómico. El rescate restableció la estabilidad financiera, y la década de 1980 puede considerarse como un periodo de larga recuperación desde las profundidades de una depresión económica. En este sentido, se pueden establecer paralelismos con Argentina en la década de 2000.

 En la década de 1990, entraron en juego otros factores. Chile es uno de los principales exportadores de cobre del mundo, y los últimos veinticinco años han sido un periodo de auge para el cobre. Además, Chile es un importante exportador de litio, que se ha convertido en otra materia prima en auge durante la última década. La consecuencia es que gran parte del éxito macroeconómico de Chile se debe a su dotación única de recursos, acorde con los tiempos, y no al giro de Pinochet hacia el neoliberalismo.

Dicho esto, hubo un beneficio macroeconómico de las políticas de los Chicago Boys que transformaron a Chile en el hijo predilecto del neoliberalismo. Esa ganancia provino de hacer de Chile un paraíso para el capital internacional y luego insertar al Chile neoliberalizado en la emergente economía neoliberal globalizada en la década de 1990. Sin embargo, la ganancia macroeconómica se produjo a costa de una supresión de la participación de los salarios y una alta participación del capital, de modo que Chile tuvo la mayor desigualdad de ingresos de la OCDE a finales de la década de 2000.

Desde 2010, se ha producido una cierta reducción de la desigualdad. Sin embargo, se puede argumentar razonablemente que la mejora se debe a la base de recursos naturales de Chile y no a que el modelo económico sea bueno. Eso explica la aparente paradoja por la que los chilenos de a pie han protestado enérgicamente contra el modelo a pesar de su éxito macroeconómico superficial.

 Un último punto es que Pinochet también mantuvo muchas innovaciones estatales del pasado. Así, la minería del cobre siguió siendo de propiedad pública y Chile sigue teniendo un sistema nacional de salud. Esto refuerza aún más el argumento de que no hubo un "milagro económico de Pinochet". Por el contrario, el efecto de Pinochet fue llevar a Chile en una dirección opresiva e inigualitaria. En resumen, el mito del milagro económico no sólo da un apoyo indirecto al autoritarismo, sino que también hace afirmaciones manifiestamente falsas sobre los beneficios económicos del neoliberalismo.

Conclusión: un doble movimiento peligroso

En los últimos treinta años se ha producido un doble movimiento que reconoce los abusos de Pinochet en materia de derechos humanos, pero luego los excusa sutilmente alegando que desencadenó un milagro económico. La afirmación de un milagro económico de Pinochet es falsa, y también es políticamente peligrosa por el apoyo tácito que da a la dictadura y al neoliberalismo.

Los mitos son siempre difíciles de desmentir. El mito del milagro económico de Pinochet es especialmente difícil, ya que lo promueven tanto los economistas neoliberales "duros", políticamente conservadores, como sus colegas liberales "blandos", más compasivos.

 Es fundamental que conozcamos bien el historial económico de Chile, ya que el debate tiene implicaciones que van mucho más allá de la economía. La realidad es que el general Pinochet es un ejemplo perdurable de los males de la dictadura. El golpe de Estado contra Allende ofrece una ventana a las realidades del comportamiento de la política exterior estadounidense. El éxito macroeconómico de Chile se debe en gran medida a su dotación de recursos naturales y al legado de las intervenciones estatales del pasado. La economía chilena es un ejemplo de las contradicciones económicas del neoliberalismo, en el que los "mejores" obtienen malos resultados y su único mérito es que los demás obtienen peores resultados. Por último, el mito del milagro económico de Pinochet presta un cruel apoyo a las tendencias antidemocráticas."                   

(Thomas Palley es un economista estadounidense que ha sido economista jefe de la Comisión de Examen Económico y de Seguridad Estados Unidos-China. Brave New Europe, 11/09/23; traducción DEEPL)

30/8/23

El fascismo está repuntando en las democracias liberales... el neoliberalismo está evolucionado desde una visión cínica de la democracia, hacia una deriva autoritaria, un nuevo fascismo... el surgimiento del populismo fascista tiene sus raíces en las mismas fuentes que han dado lugar al denominado “estancamiento secular”... las élites reaccionan ... Creen que desde un sistema represivo autoritario mantendrán intacto sus riquezas y de paso competirán con China. Esperemos que sea exactamente lo contrario, su desaparición definitiva y la vuelta a un sistema económico y político inclusivo, auténticamente democrático... los gobiernos emisores de moneda nunca pueden quedarse sin dinero. El culto a la austeridad se deriva de la lógica del patrón oro y no son aplicables a los sistemas monetarios “fiat” modernos. Por lo tanto, las políticas fiscal y monetaria pueden, y deben, concentrarse en garantizar que el gasto doméstico fuera el suficiente para mantener altos niveles de empleo (Juan Laborda)

 "El fascismo está repuntando en las democracias liberales, con piel de cordero, con su verdadera cara oculta, ésa que debería haber quedado grabada en los rostros de todo hombre de bien, especialmente de aquellos dedicados a la vida pública, para que no se volviera a repetir la ignominia. El despertar de las ideas totalitarias, que algunos creían imposible, es la consecuencia lógica de ese sistema de gobernanza llamado neoliberalismo. La historia se repite. Hoy más que nunca es necesario una hoja de ruta distinta que pase página definitivamente a aquella impuesta desde las élites, que, bajo la apariencia de libertad, solo escondía el peor de los yugos, el miedo, la deuda, un nuevo feudalismo.

Desde 1998 se han desarrollado varias dinámicas, aparentemente independientes, que no solo es que estén profundamente interrelacionadas sino que en la actualidad están dirigidas. Abarcan economía, finanzas, gobernanza y geopolítica. Desde un punto de vista político, el neoliberalismo está evolucionado desde una visión cínica de la democracia, el totalitarismo invertido, hacia una deriva autoritaria, un nuevo fascismo. Es la reacción de las élites ante lo que ellos consideran desorden e inestabilidad social. Creen que desde un sistema represivo autoritario mantendrán intacto sus riquezas y de paso competirán con China. Esperemos que sea exactamente lo contrario, su desaparición definitiva y la vuelta a un sistema económico y político inclusivo, auténticamente democrático.

El sistema de gobernanza actual, el neoliberalismo, está agotado

Permítanme introducir alguno de los análisis del estratega jefe de una de las mejores gestoras de fondos del mundo, GMO. El extravagante James Montier, en colaboración con Philip Pilkington, de la Kingston University, ambos postkeynesianos de pro. Son dos piezas que permiten entender lo que está pasando desde una perspectiva distinta. Por un lado, “Six Impossible Things Before Breakfast”, y, por otro, sobre todo, “The Deep Causes of Secular Stagnation and the Rise of Populism”

Para Montier y Pilkington el surgimiento del populismo fascista tiene sus raíces en las mismas fuentes que han dado lugar al denominado “estancamiento secular”.

 Cuando hurgamos la raíz del problema nos encontramos con un sistema roto de gobernanza económica, denominado “neoliberalismo”, surgido a mediados de la década de 1970 y que se caracterizó por cuatro políticas económicas significativas basadas en hipótesis falsas y que han colapsado. 

Primera, el abandono del pleno empleo como objetivo político deseable y su reemplazo por objetivos de inflación. 

Segunda, un aumento en la globalización de los flujos de personas, capital, y comercio. 

Tercera, un enfoque empresarial basado en la maximización del valor para los accionistas en lugar de la reinversión y el crecimiento económico. 

Cuarta, la búsqueda de mercados laborales flexibles con la disrupción de sindicatos y trabajadores.

 Bajo este marco, la visión ortodoxa sobre el estancamiento secular adopta dos perspectivas distintas: O bien el estancamiento secular es causado por una situación en la que el tipo de interés real tiene que ser negativo para generar una vuelta al crecimiento (explicación desde el lado de la demanda); o bien algo no funciona desde el lado de las fuerzas que determinan la productividad en la economía (explicación desde el lado de la oferta).

Montier y Pilkington, al igual que otros tantos economistas postkeynesianos, son profundamente críticos con este marco de pseudo-pensamiento. Argumentan que las razones últimas del auge del populismo se encuentran en las políticas que se han seguido bajo el paradigma neoliberal, y que han llevado a los “hechos estilizados” observados del actual estancamiento secular.

 El régimen neoliberal ha dado lugar a una inflación más baja, menores tasas de crecimiento económico, caídas de las tasas de expansión de la inversión, menor crecimiento de la productividad, aumento de la desigualdad de ingresos y riqueza, disminución de la seguridad laboral, y períodos de deflación. Además, la economía mundial se ve temporalmente “obstruida” por los altos niveles de deuda, cuando los precios del colateral que la alimentan se hunden. Estas son tendencias de largo plazo que han sido visibles durante décadas, pero que se vieron gravemente exacerbadas por el colapso de la burbuja de la deuda privada mundial en 2008-2009.

 Pero a medida que los ciudadanos de varios países de todo el mundo percibieron que las soluciones puestas en marcha después de la crisis solo beneficiaban a la superclase, y que simplemente eran una coartada para mantener un sistema desequilibrado y cada vez más disfuncional, se rebelaron. Fue entonces cuando comenzaron a emitir votos para varios candidatos políticos populistas en un aparente esfuerzo por sacudir al sistema. Si no hay un cambio de rumbo hay muchas posibilidades de que el sistema siga adelante, independientemente de su disfunción, hasta que se descomponga.

Qué se puede hacer

Para conseguir una mayor eficiencia económica y mayor cohesión social se deben dar muchos más pasos. 

Lo primero, desmantelar y desmontar los andamiajes colocados por una ortodoxia que ya no da más de sí. La economía, en el momento actual, representada por la corriente dominante, no deja de ser una pseudo-ciencia. En “The Trouble with Macroeconomics”, el premio nobel Paul Romer entona un mea culpa, y nos obsequia con un resumen que no tiene desperdicio: “Durante más de tres décadas, la macroeconomía ha ido hacia atrás. El tratamiento de la identificación ahora no es más creíble que a principios de la década de 1970, pero escapa al desafío porque es mucho más opaco. Los teóricos de la macroeconomía descartan los meros hechos fingiendo una ignorancia obtusa sobre afirmaciones tan simples como que una política monetaria restrictiva puede causar una recesión. Sus modelos atribuyen las fluctuaciones de las variables agregadas a fuerzas causales imaginarias en las que no influye la acción de ninguna persona…”.

 En segundo lugar, el Estado debe repensarse. Para ello debe expulsar de sus inmediaciones a los distintos lobbies económicos y financieros que succionan del presupuesto público, y volver a controlar, desde la voluntad de la ciudadanía, el volante de la política fiscal. Sí es posible alcanzar el pleno empleo, y la política económica debe ineludiblemente centrarse en ello. Tras la ruptura de Bretton Woods en 1971, la mayoría de los gobiernos empezaron a emitir sus monedas mediante decretos legislativos bajo un tipo de cambio flotante. Un tipo de cambio flexible libera a la política monetaria de tener que defender una paridad fija. Los gobiernos que emiten sus propias monedas ya no tienen que financiar su gasto, ya que los gobiernos emisores de moneda nunca pueden quedarse sin dinero. El culto a la austeridad se deriva de la lógica del patrón oro y no son aplicables a los sistemas monetarios “fiat” modernos. Por lo tanto, las políticas fiscal y monetaria pueden, y deben, concentrarse en garantizar que el gasto doméstico fuera el suficiente para mantener altos niveles de empleo.

 

Sin embargo, la realidad fue por otros derroteros: se cedió la financiación a los Tesoros al sistema financiero. Con ello se pretendía limitar la eficacia de la política fiscal de los gobiernos. Michal Kalecki ya en 1943 en “Political Aspects of Full Employment” exponía las razones por las que a “los hombres de negocio” o a las élites no les gustaba, y sigue sin gustarles, la idea de utilizar la política fiscal como instrumento de política económica. Hay que seguir manteniendo comportamientos y estructuras institucionales que limiten las capacidades de gasto de los gobiernos. Esto le da a la superclase un poderoso control indirecto sobre la política del gobierno, mientras permiten dar forma a los fundamentos de cierta ética capitalista basados en que te ganarás el pan con el sudor -a menos que tengas los medios privados suficientes-. Pero sobre todo permiten que el miedo siga desempeñando su papel como medida disciplinaria.

En tercer lugar, se debe desmontar el principal andamiaje, a modo de Leviatán, generado por la ortodoxia económica en las últimas tres décadas, bajo el fundamentalismo de mercado: la financiarización de la economía. Dicha financiarización es la responsable última de las subidas de los precios de los alquileres, del precio de la vivienda, del precio de los alimentos y de los combustibles, del precio de la luz, de la pobreza energética y alimentaria, de la desigualdad creciente, del mayor poder de mercado de ciertas empresas, en definitiva, de una extracción de rentas asfixiante… ¿O ustedes creen que los personajes más ricos del mundo han conseguido su fortuna con negocios reales y no financieros?

Sí, lo sé, lo que pido quizás, ingenuamente, es demasiado soñar. Pero, como recitaba el poeta Carl Sandburg, “nada sucede a menos que primero lo soñemos”.     (Juan Laborda  , El Salto, 21/08/23)

3/7/23

La división social del sufrimiento... la pregunta principal es qué tipos de sociedad tienden a producir qué tipos de sufrimiento... El neoliberalismo ha hecho más visible el sufrimiento individual y colectivo y los ha dramatizado como calamidades, como espectáculos e incluso como oportunidades de negocio... Debido a que las identidades se viven en una clave neoliberal (es decir, autoritaria, de suma cero, pura e inquisitorial), el ser sufriente individual que vive en la sociabilidad de lo plenamente humano tiene muchas menos posibilidades de compartir el sufrimiento... En estas sociedades, el individuo que sufre, lo hace más en forma de aislamiento, ya sea en forma de silenciamiento o en forma de espectacularidad. Su silenciamiento es a menudo directamente proporcional a lo que se dice sobre él o ella. Las ambulancias, los bomberos, la violencia y la repetición de las escenas del accidente o del escándalo, la multiplicidad de comentarios y «análisis» convergentes tienen el efecto acumulativo de silenciar al ser sufriente al dar noticias sobre él e invisibilizarlo al mostrarlo (Boaventura de Sousa Santos

 "El 14 de junio, un barco de migrantes se hundió en el mar Egeo y murieron entre 400 y 700 personas de Afganistán, Pakistán, Siria y Egipto. Fue un sufrimiento inmenso para los ahogados y sus familias que vieron en ese viaje ciertamente peligroso la última oportunidad para escapar del sufrimiento del hambre, la guerra, el desempleo, las inundaciones, la sequía y el odio religioso. ¿Alguien más ha sufrido con esto? ¿Sufrió la sociedad griega? ¿Ha sufrido la sociedad europea? ¿Cómo se produce y contiene el sufrimiento en nuestras sociedades? ¿Cómo se distribuye la propensión al sufrimiento y la inmunidad al mismo? ¿Por qué no sufren tantas personas el sufrimiento por el que pasan tantas otras?

El sufrimiento es una de las experiencias humanas más profundas y perturbadoras. Dependiendo de su gravedad, se considera un mal real, físico o moral; peligroso para la vida; amenaza a la integridad física o psíquica; pone en riesgo la autoestima y el autocontrol; hace imposible la alegría. En resumen, es un sinsentido abismal y alienante que disminuye la humanidad del humano sufriente. El neoliberalismo ha hecho más visible el sufrimiento individual y colectivo y los ha dramatizado como calamidades, como espectáculos e incluso como oportunidades de negocio. La idea de sufrimiento se asocia con patología, daño, crisis, degradación personal o colectiva, alienación del ser, dependencia. Pero la capacidad de sufrir es también una condición para resistir la explotación y la crueldad. En An Introduction to the Principles of Morals and Legislation ([1789] 2012) Jeremy Bentham argumenta que la cuestión de los derechos humanos no es la cuestión de quién tiene capacidad racional o quién tiene la posibilidad de hablar, sino más bien sobre quién tiene la capacidad de sufrir.

El sufrimiento es un tema tan profundo y complejo que ha sido tratado por todas las ramas del conocimiento. Las preguntas básicas que dominan este tema varían según el campo analítico. ¿Qué es el sufrimiento? ¿Cuál es la relación entre el sufrimiento individual y colectivo? ¿Hay sufrimiento justo e injusto? ¿Cuál es la fuente o causa del sufrimiento? ¿Cuál es su anatomía? ¿Cómo se puede superar o redimir el sufrimiento? De una forma u otra, estas preguntas están presentes en las diferentes áreas del conocimiento, especialmente en teología, filosofía y ciencias sociales. Me limito a estas últimas.

Las ciencias sociales son una de las conciencias teóricas de la modernidad occidental. Si las corrientes positivistas o funcionalistas se centraron en la descripción y el análisis del sufrimiento, las corrientes críticas buscaron identificar las causas del sufrimiento, especialmente el sufrimiento colectivo. En una reseña del libro Soziologie der Leiden (Sociología del sufrimiento) de Muller Lyer (1924), Oskar Blum declaró que «Podemos decir justificadamente que el problema fundamental de la sociología es el sufrimiento». Desde la esclavitud y la violencia colonial hasta el holocausto y el Gulag, desde las guerras mundiales hasta el genocidio en Ruanda y las atrocidades en las guerras de Yugoslavia de la década de 1990, las ciencias sociales han encontrado un vasto campo de análisis y crítica. No olvidemos que el énfasis está en el sufrimiento social o colectivo y no en el sufrimiento individual. Los horrores de la batalla de Solferino (1859) darían lugar a los Convenios de Ginebra y a la Cruz Roja Internacional.

Desde un punto de vista de la teoría crítica, la pregunta principal es qué tipos de sociedad tienden a producir qué tipos de sufrimiento y qué impacto tiene esto en la producción de conocimiento y la transformación progresiva de la sociedad. El sufrimiento tiene que ser integrado en una teoría más amplia de la realidad. Theodor Adorno decía que la separación entre las disciplinas es el gran obstáculo para ver las relaciones entre el sufrimiento individual y el sufrimiento colectivo. Este último se concibe como una patología social o como una experiencia social negativa a menudo invisible, y corresponde a la teoría crítica darle visibilidad e indicar formas de minimizarla. Pero se reconoce que este esfuerzo analítico puede resultar en la reproducción del silenciamiento. Tal vez por eso Bourdieu señaló, en un libro fundamental sobre el sufrimiento del mundo, que su papel era el de ser un portavoz.

Desde el punto de vista del ser sufriente, ninguna de las teorías sociológicas convencionales nos permite responder a una pregunta fundamental: ¿por qué yo? (en el caso del sufrimiento individual) o ¿por qué nosotros? (en el caso del sufrimiento colectivo). Si el sufrimiento es negatividad, ¿qué niega? Si significa vida dañada, ¿cuáles son los factores que dañan la vida? La respuesta que me propongo dar tiene como punto de partida un intento de imaginar las respuestas a estas preguntas que ahora están a muchos metros de profundidad en el Mar Egeo dentro de los cuerpos de los ahogados, desaparecidas al igual que ellos.

Las sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales en las que vivimos no permiten que todos los seres humanos sean tratados como plenamente humanos. Hay humanos y subhumanos y el sufrimiento de uno y otro es tratado de manera totalmente diferente. Los plenamente humanos son aquellos que viven en sociedad de manera similar a aquella en la que yo vivo y en la que viven los lectores de esta crónica, personas que son capaces de leer esta crónica, tienen la libertad y el tiempo para leerla e incluso reflexionar sobre ella. El mundo de la vida en el que viven les permite distinguir claramente entre sufrimiento individual y colectivo. De hecho, hay sufrimiento individual porque no hay sufrimiento colectivo. La sociedad solo sufre colectivamente en momentos excepcionales: desastres naturales, guerras, pandemias, fenómenos meteorológicos extremos, colapsos de infraestructura (financieras, de transporte, etc.). El sufrimiento individual, tanto cuando es invisible como cuando es espectacularizado, no está relacionado con el sufrimiento colectivo porque la sociedad en tiempos normales no vive o no es consciente de vivir en sufrimiento colectivo. El sufrimiento individual, por lo tanto, tiende a ser experimentado, no como un sufrimiento-con, sino como un sufrimiento-contra. La experiencia del sufrimiento injusto es mucho más personal y menos compartible.

Debido a que las identidades se viven en una clave neoliberal (es decir, autoritaria, de suma cero, pura e inquisitorial), el ser sufriente individual que vive en la sociabilidad de lo plenamente humano tiene muchas menos posibilidades de compartir el sufrimiento. El compartir que le es accesible es un intercambio que no se basa en una comunidad de relaciones complejas y los afectos densos que tejen, sino en una comunidad de medios virtuales o profesionales hecha de relaciones simples. En estas sociedades, el individuo que sufre, lo hace más en forma de aislamiento, ya sea en forma de silenciamiento o en forma de espectacularidad. Su silenciamiento es a menudo directamente proporcional a lo que se dice sobre él o ella. Las ambulancias, los bomberos, la violencia y la repetición de las escenas del accidente o del escándalo, la multiplicidad de comentarios y «análisis» convergentes tienen el efecto acumulativo de silenciar al ser sufriente al dar noticias sobre él e invisibilizarlo al mostrarlo. La respuesta a la pregunta “¿por qué yo?” sólo se puede encontrar en el individuo, nunca en la sociedad. Después de todo, hay personas en las mismas condiciones que no sufren. Las posibles explicaciones son malos hábitos alimenticios, conductas que violan convenciones sociales, mal humor, conflictos familiares o laborales, etc.

El hecho de que el sufrimiento individual no esté relacionado con el sufrimiento colectivo permite afrontarlo de forma socialmente organizada, pero siempre con el objetivo de resolver el sufrimiento individual y sólo éste. Así es como funcionan los sistemas de salud y las políticas sociales en general. Hay enfermos, pero la sociedad no está enferma; hay pobres, pero la sociedad no es pobre; hay ignorantes, pero la sociedad no es ignorante; Hay criminales, pero la sociedad no es criminal.

Los migrantes que seguían en el barco hundido no vivían en la sociedad que acabo de describir. Vivían en la sociedad de los subhumanos. Visto desde la sociedad de los plenamente humanos, los subhumanos no tienen problemas. Son un problema. Por lo tanto, la separación entre el sufrimiento individual y el sufrimiento colectivo es muy tenue. El sufrimiento individual no es un acontecimiento excepcional, es, por el contrario, una experiencia recurrente. Hay sufrimiento individual porque hay sufrimiento colectivo. La pregunta “¿por qué yo?” nunca se hace. El individuo que sufre nunca sufre individualmente. Sufre-con. En las relaciones entre los subhumanos y los plenamente humanos que los escoltan con alta tecnología y finalmente los dejan hundirse, el sufrimiento individual padecido o infligido es siempre una ilustración o consecuencia del sufrimiento colectivo. El sufrimiento individual no vale por sí mismo ni se explica por sí mismo. Siempre es derivado. Hay sufrimiento individual porque hay sufrimiento colectivo. Y si este último es justo, el primero también lo es necesariamente. Por poner un ejemplo paradigmático, cuando el capataz o el esclavista castiga al esclavo, su sufrimiento no es sino la emanación y la justificación del sufrimiento colectivo que caracteriza a la esclavitud. El esclavo que sufre es la esclavitud justificada. El sufrimiento individual es justo porque el sufrimiento colectivo es justo.

El sufrimiento de los migrantes hundidos fue un sufrimiento justo porque se atrevieron a entrar ilegalmente donde no debían, en la sociedad de los plenamente humanos. Su sufrimiento no es comparable al sufrimiento que existe en nuestras sociedades. Dar importancia a su sufrimiento sería un incentivo para que recayeran en la ilegalidad. Su justo sufrimiento es la condición para que nosotros, los plenamente humanos, no estemos sujetos al sufrimiento injusto que su invasión nos causaría.

Esta condición estructural no ha variado mucho en los últimos siglos, pero la forma en que entra en la experiencia social difiere según las épocas y los contextos históricos. El neoliberalismo representa un cambio cualitativo en esta experiencia. Es la versión (¿final?) del capitalismo caracterizada, entre otras facetas, por la transferencia sistemática de riqueza de las grandes masas de población empobrecida, incluidas las clases medias, a una minoría de super-ricos. Esta transferencia se justifica por la idea de crisis permanente que crea una situación de malestar y sufrimiento incluso entre la sociedad plenamente humana. Este mecanismo opera de dos maneras en las relaciones entre el sufrimiento de los subhumanos y el sufrimiento que el neoliberalismo está causando a los plenamente humanos con las políticas de concentración de la riqueza y las asociadas a ella (guerra permanente, colapso ecológico).

La primera vía consiste en legitimar el malestar causado a los seres plenamente humanos convirtiéndolo en el bienestar de no estar sometidos al sufrimiento mucho más violento al que están sometidos los subhumanos. El bienestar social deja de tener un contenido positivo para convertirse en la mera ausencia del malestar específico al que están sometidos los subhumanos con el sufrimiento particularmente violento que se les impone. Entre seres plenamente humanos, la única manera de no ser consciente del sufrimiento es no sufrir como sufren los subhumanos. Y los medios de comunicación transforman el sufrimiento de los subhumanos en el único sufrimiento, un sufrimiento tan dramático como excepcional, tan fugaz y trivializado como el espectáculo mediático que se hace de él. La segunda forma, aún más perversa, consiste en legitimar el sufrimiento infligido a los subhumanos como única condición para aliviar el malestar y el sufrimiento impuestos a los seres plenamente humanos: «si no fuera porque los inmigrantes nos absorben los recursos, viviríamos mejor». De estas dos maneras, el bienestar se vacía de su contenido positivo. Este vaciamiento está en la raíz de la política del odio que transforma fácilmente a las otras víctimas del neoliberalismo en supuestos agresores y, por tanto, en objetos de odio. El juego de suma cero ya no es entre opresores y oprimidos o entre agresores y víctimas, sino entre oprimidos y entre víctimas. Con su política del odio, la extrema derecha es la conciencia política del neoliberalismo.

Al final no habrá bienestar más que en la contemplación y exacerbación del malestar ajeno. ¿Qué clase de sociedad es ésta en la que la única forma de estar bien es saber que los demás están peor? ¿Qué clase de sociedad es ésta en la que esforzarse por el bienestar propio significa contribuir activamente a aumentar el malestar de todos los demás?"

( Boaventura de Sousa Santos , El Viejo Topo, 29/06/23)

16/6/23

Michael Roberts: La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington son modelos, no para mejorar la economía y el medio ambiente del mundo, sino para una nueva estrategia global que sostenga el capitalismo estadounidense en el interior y el imperialismo estadounidense en el exterior... El libre comercio y los flujos de capital y la no intervención gubernamental van a ser sustituidos por una "estrategia industrial" en la que los gobiernos intervienen para subvencionar y gravar a las empresas capitalistas de modo que se cumplan los objetivos nacionales. Habrá más controles sobre el comercio y el capital, más inversión pública y más impuestos para los ricos. Debajo de estos temas está que, en la década de 2020 y más allá, cada nación irá a lo suyo: no habrá pactos globales, sino acuerdos regionales y bilaterales... Y en torno a eso, nuevas alianzas militares para imponer este nuevo consenso.

 "La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington.

 El mes pasado, el Asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, expuso la política económica internacional de la administración estadounidense.  Fue un discurso fundamental, porque Sullivan explicó lo que se denomina el Nuevo Consenso de Washington sobre la política exterior estadounidense.

El Consenso de Washington original era un conjunto de diez recetas de política económica que se consideraba que constituían el paquete de reformas "estándar" promovido para los países en desarrollo en crisis por instituciones con sede en Washington, D.C., como el FMI, el Banco Mundial y el Tesoro estadounidense. El término fue utilizado por primera vez en 1989 por el economista inglés John Williamson. Las recetas abarcaban políticas de fomento del libre mercado, como la "liberalización" del comercio y las finanzas y la privatización de activos estatales. También implicaban políticas fiscales y monetarias destinadas a minimizar los déficits fiscales y el gasto público.  Era el modelo político neoclásico aplicado al mundo e impuesto a los países pobres por el imperialismo estadounidense y sus instituciones aliadas.  La clave era el "libre comercio" sin aranceles ni otras barreras, la libre circulación de capitales y una regulación mínima, un modelo que beneficiaba específicamente a la posición hegemónica de Estados Unidos.

Pero las cosas han cambiado desde la década de 1990: en particular, el ascenso de China como potencia económica rival a escala mundial y el fracaso del modelo económico internacional neoliberal y neoclásico a la hora de generar crecimiento económico y reducir la desigualdad entre las naciones y dentro de ellas.  Especialmente desde el final de la Gran Recesión en 2009 y la Larga Depresión de la década de 2010, EE.UU. y otras economías capitalistas avanzadas líderes han estado tambaleándose.  La "globalización", basada en el rápido aumento del comercio y los flujos de capital, se ha estancado e incluso ha retrocedido.  El calentamiento global ha aumentado el riesgo de catástrofe medioambiental y económica.  La amenaza a la hegemonía del dólar estadounidense ha crecido.  Se necesita un nuevo "consenso".

El ascenso de China, con un gobierno y una economía que no se pliegan a los deseos de Estados Unidos, es una señal de alarma para los estrategas estadounidenses.  Las cifras del Banco Mundial que figuran a continuación hablan por sí solas.  La cuota de Estados Unidos en el PIB mundial aumentó del 25% al 30% entre 1980 y 2000, pero en las dos primeras décadas del siglo XXI volvió a caer por debajo del 25%.  En esas dos décadas, la cuota de China pasó de menos del 4% a más del 17%, es decir, se cuadruplicó.  La cuota de otros países del G7 -Japón, Italia, Reino Unido, Alemania, Francia, Canadá- descendió bruscamente, mientras que los países en desarrollo (excluida China) se han estancado como porcentaje del PIB mundial, variando su cuota en función de los precios de las materias primas y las crisis de deuda.

 El Nuevo Consenso de Washington pretende sostener la hegemonía del capital estadounidense y sus aliados menores con un nuevo enfoque.  Sullivan: "Ante la agravación de las crisis -el estancamiento económico, la polarización política y la emergencia climática- se requiere una nueva agenda de reconstrucción". Estados Unidos debe mantener su hegemonía, dijo Sullivan, pero "la hegemonía, sin embargo, no es la capacidad de prevalecer -eso es dominación- sino la voluntad de que otros la sigan (bajo coacción), y la capacidad de establecer agendas".  En otras palabras, Estados Unidos establecerá la nueva agenda y sus socios menores la seguirán: una alianza de voluntarios.  Los que no la sigan pueden atenerse a las consecuencias.

Pero, ¿en qué consiste este nuevo consenso?  El libre comercio y los flujos de capital y la no intervención gubernamental van a ser sustituidos por una "estrategia industrial" en la que los gobiernos intervienen para subvencionar y gravar a las empresas capitalistas de modo que se cumplan los objetivos nacionales.  Habrá más controles sobre el comercio y el capital, más inversión pública y más impuestos para los ricos. Debajo de estos temas está que, en la década de 2020 y más allá, cada nación irá a lo suyo: no habrá pactos globales, sino acuerdos regionales y bilaterales; no habrá libre circulación, sino capital y mano de obra controlados nacionalmente.  Y en torno a eso, nuevas alianzas militares para imponer este nuevo consenso.

Este cambio no es nuevo en la historia del capitalismo.  Siempre que un país se convierte en dominante económicamente a escala internacional, quiere libre comercio y mercados libres para sus bienes y servicios; pero cuando empieza a perder su posición relativa, quiere cambiar a soluciones más proteccionistas y nacionalistas.

A mediados del siglo XIX, el Reino Unido era la potencia económica dominante y defendía el libre comercio y la exportación internacional de sus capitales, mientras que las potencias económicas emergentes de Europa y América (tras la guerra civil) se apoyaban en medidas proteccionistas y en la "estrategia industrial" para construir su base industrial.  A finales del siglo XIX, el Reino Unido había perdido su hegemonía y su política pasó al proteccionismo. En 1945, después de que Estados Unidos "ganara" la II Guerra Mundial, entró en juego el consenso de Bretton Woods-Washington y se volvió a la "globalización" (para Estados Unidos). Ahora le toca a Estados Unidos pasar del libre mercado a estrategias proteccionistas dirigidas por el gobierno, pero con una diferencia.  Estados Unidos espera que sus aliados también sigan su camino y que, como resultado, sus enemigos sean aplastados.

Dentro del Nuevo Consenso de Washington hay un intento por parte de la corriente económica dominante de introducir lo que se denomina "economía moderna de la oferta" (EMES).  La "economía de la oferta" era un enfoque neoclásico opuesto a la economía keynesiana, que sostenía que todo lo que se necesitaba para el crecimiento eran medidas macroeconómicas fiscales y monetarias para garantizar una "demanda agregada" suficiente en una economía y todo iría bien.  A los partidarios de la oferta les disgustaba la implicación de que los gobiernos debían intervenir en la economía, argumentando que la macrogestión no funcionaría, sino que simplemente "distorsionaría" las fuerzas del mercado.  En esto tenían razón, como demostró la experiencia de los años setenta en adelante.

La alternativa del lado de la oferta era concentrarse en impulsar la productividad y el comercio, es decir, la oferta, no la demanda. Sin embargo, los partidarios de la oferta también se oponían totalmente a la intervención pública en la oferta.  El mercado, las empresas y los bancos podrían hacer el trabajo de mantener el crecimiento económico y los ingresos reales, si se les dejaba solos.  Esto también ha demostrado ser falso.

Así que ahora, dentro del Nuevo Consenso de Washington, tenemos la "economía moderna de la oferta".  Así lo expuso la actual secretaria del Tesoro estadounidense y ex presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, en un discurso pronunciado en el Stanford Institute for Economic Policy Research.  Yellen es la Nueva Keynesiana por excelencia, que defiende tanto las políticas de demanda agregada como las medidas del lado de la oferta.

Yellen explicó: "el término "economía moderna de la oferta" describe la estrategia de crecimiento económico de la Administración Biden, y la contrastaré con los enfoques keynesianos y tradicionales de la oferta".  Y continuó: "Con lo que realmente estamos comparando nuestro nuevo enfoque es con la "economía de la oferta" tradicional, que también busca expandir la producción potencial de la economía, pero a través de una agresiva desregulación emparejada con recortes fiscales diseñados para promover la inversión de capital privado."

¿Cuál es la diferencia? "En cambio, la economía moderna de la oferta da prioridad a la oferta de mano de obra, el capital humano, las infraestructuras públicas, la I+D y las inversiones en un medio ambiente sostenible.  Todas estas áreas de atención tienen como objetivo aumentar el crecimiento económico y abordar los problemas estructurales a largo plazo, en particular la desigualdad"

Yellen descarta el antiguo enfoque: "Nuestro nuevo enfoque es mucho más prometedor que la antigua economía de la oferta, que considero una estrategia fallida para aumentar el crecimiento.  Los importantes recortes fiscales sobre el capital no han logrado los beneficios prometidos.  Y la desregulación tiene un historial igualmente pobre en general y con respecto a las políticas medioambientales, especialmente en lo que se refiere a frenar las emisiones de CO2".  Efectivamente.

Y Yellen señala lo que hemos discutido en este blog muchas veces. "Durante la última década, el crecimiento de la productividad laboral en Estados Unidos apenas alcanzó una media del 1,1%, casi la mitad que durante los cincuenta años anteriores.  Esto ha contribuido a un lento crecimiento de los salarios y la remuneración, con ganancias históricas especialmente lentas para los trabajadores en la parte inferior de la distribución salarial."

 Yellen orienta a su audiencia de economistas de la corriente dominante hacia la naturaleza de la moderna economía de la oferta.  "El potencial de crecimiento a largo plazo de un país depende del tamaño de su mano de obra, la productividad de sus trabajadores, la renovabilidad de sus recursos y la estabilidad de sus sistemas políticos.  La economía moderna de la oferta trata de estimular el crecimiento económico impulsando la oferta de mano de obra y aumentando la productividad, reduciendo al mismo tiempo la desigualdad y los daños medioambientales.  Esencialmente, no nos centramos únicamente en lograr una cifra de crecimiento superior que sea insostenible, sino que aspiramos a un crecimiento que sea integrador y ecológico". Así pues, la economía del MSSE pretende resolver los fallos del capitalismo del siglo XXI.

¿Cómo?  Básicamente, mediante subvenciones públicas a la industria, no mediante la propiedad y el control de los sectores clave de la oferta.  Como ella dice: "la estrategia económica de la Administración Biden adopta, en lugar de rechazar, la colaboración con el sector privado mediante una combinación de incentivos mejorados basados en el mercado y un gasto directo basado en estrategias empíricamente probadas.  Por ejemplo, un paquete de incentivos y descuentos para energías limpias, vehículos eléctricos y descarbonización incentivará a las empresas a realizar estas inversiones críticas."  Y gravando a las empresas tanto a nivel nacional como a través de acuerdos internacionales para poner fin a la evasión de paraísos fiscales y otros trucos de elusión del impuesto de sociedades.

En mi opinión, los "incentivos" y las "regulaciones fiscales" no lograrán el éxito del lado de la oferta más que la versión neoclásica de la ESS, porque la estructura existente de producción e inversión capitalista permanecerá en general intacta.  La economía moderna de la oferta espera que la inversión privada resuelva los problemas económicos y que el gobierno "dirija" dicha inversión en la dirección correcta.  Pero la estructura existente depende de la rentabilidad del capital.  De hecho, es más probable que los impuestos a las empresas y la regulación gubernamental reduzcan la rentabilidad más de lo que los incentivos y las subvenciones gubernamentales la aumenten.

La moderna economía de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington combinan la política económica nacional e internacional de las principales economías capitalistas en una alianza de voluntades.  Pero este nuevo modelo económico no ofrece nada a los países que se enfrentan a crecientes niveles de deuda y costes de servicio que están llevando a muchos de ellos al impago y a la depresión.

 El Banco Mundial ha informado esta misma semana de que el crecimiento económico en el Sur Global fuera de China caerá del 4,1% en 2022 al 2,9% en 2023. Golpeados por la alta inflación, el aumento de los tipos de interés y los niveles récord de deuda, muchos países se están empobreciendo. Catorce países de renta baja se encuentran ya en situación de alto riesgo de sobreendeudamiento, frente a solo seis en 2015. "A finales de 2024, el crecimiento de la renta per cápita en cerca de un tercio de los EMDE será inferior al registrado en vísperas de la pandemia. En los países de renta baja -especialmente los más pobres- el daño es aún mayor: en alrededor de un tercio de estos países, los ingresos per cápita en 2024 se mantendrán por debajo de los niveles de 2019 en una media del 6%."

Y no hay cambios en las condiciones de préstamo del FMI, la OCDE o el Banco Mundial: se espera que los países endeudados impongan medidas fiscales austeras sobre el gasto público y privaticen las entidades estatales restantes.  La cancelación de la deuda no está en la agenda del Nuevo Consenso de Washington.  Además, como dijo recientemente Adam Tooze, "Yellen trató de demarcar los límites de una sana competencia y cooperación, pero no dejó ninguna duda de que la seguridad nacional triunfa sobre cualquier otra consideración en Washington hoy en día".  La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington son modelos, no de mejores economías y medio ambiente para el mundo, sino de una nueva estrategia global para sostener el capitalismo estadounidense en casa y el imperialismo estadounidense en el exterior."                   

(Michael Roberts es economista en la City de Londres, Brave New Europe, 08/06/23; traducción DEEPL)