Mostrando entradas con la etiqueta c. cerebro y locura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta c. cerebro y locura. Mostrar todas las entradas

17/2/21

La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho. No hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido. Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. ¿Cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos

 "La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho.Se alude a ella continuamente en los medios de comunicación, que tratan de esbozar la amenaza que se cierne sobre la sociedad apoyándose en declaraciones de profesionales y datos sobre el incremento del consumo de psicofármacos. 

En otro plano, alguien como Bernie Sanders ha hecho referencia a los estragos causados por el aislamiento y la ansiedad en el primer párrafo de su artículo de opinión sobre las medidas que debe tomar la Administración de Joe Biden en los primeros compases de la nueva legislatura.

 La idea de que el sufrimiento psíquico de la gente es un problema de primer orden ha conseguido desbordar los márgenes de lo clínico y de la experiencia individual, lo que ofrece la oportunidad de pensar la salud mental sin los reduccionismos a los que estamos acostumbrados. 

Que se acepte la conexión directa entre el contexto y los denominados “trastornos mentales” puede parecer algo evidente a primera vista, pero lo cierto es que no ha sido ni es la tendencia dominante en psiquiatría. La interpretación hegemónica es biologicista, lo que quiere decir que los problemas de salud mental son considerados básicamente como desajustes bioquímicos. 

Así pues, la “enfermedad mental” se presenta como una patología análoga al resto de afecciones tratadas por la medicina, una disfuncionalidad cuyo abordaje es esencialmente farmacológico. Este es el motivo por el que a la mayoría de las personas que hemos sido atendidas en consultas psiquiátricas nunca nos han preguntado por lo que estaba ocurriendo en nuestras vidas, pero sí hemos escuchado reiteradamente que debemos tomarnos los psicofármacos recetados de la misma manera que un diabético tiene que ponerse la insulina.

 Un argumento que responde más a un anhelo que a los hechos, y que ha sido refutado hasta la saciedad por pacientes, profesionales e investigadores ajenos a esta forma de simplificar la complejidad de los fenómenos mentales, pero que, aun así, sigue vigente porque concuerda con un modo de concebir la realidad que cuenta con entusiastas y poderosos defensores.

 La apología extrema de la individualización que celebra la ideología neoliberal no solo se queda en las dinámicas de consumo, la configuración del sistema productivo o el quehacer institucional, también atraviesa otros territorios menos evidentes, entre los que se encuentra el cómo se percibe y gestiona la salud mental. Hacer del sufrimiento psíquico un problema estrictamente individual responde a la lógica que gobierna el mundo. Un mundo que hoy se cae a pedazos.

 La crisis global que ha provocado el coronavirus está tensando buena parte de las contradicciones sobre las que se asienta la organización de la vida que conocemos. Son muchas las viejas verdades que ya no se podrán sostener sin caer en el ridículo. No, no hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido, no hay nada parecido a una insulina para los problemas de salud mental que nos asolan. Nunca lo hubo. 

Al igual que no existen pruebas médicas objetivas que sirvan para diagnosticar la “enfermedad mental”, solo entrevistas subjetivas, y tampoco demostración empírica alguna de que la depresión, la ansiedad o la psicosis sean causadas por desequilibrios bioquímicos (como suele decir Joanna Moncrieff, profesora de Psiquiatría en el University College de Londres, no se tiene la menor idea de cómo es un cerebro químicamente equilibrado).

Si todo esto fuera así, si los diagnósticos psiquiátricos tuvieran una base fundamentalmente biológica que pudiera subsanarse con medicación, no habría tanto de qué preocuparse en la actual situación: se podría prever el crecimiento de los casos en base a una prevalencia estimada y habría una solución farmacológica ya inventada desde hace décadas para ellos. 

Pero no, el problema de la salud mental estaba antes de la covid, las consultas psiquiátricas y el consumo de psicofármacos crecían desde hacía décadas sin que se produjera un verdadero cuestionamiento social acerca de los factores que propiciaban semejante escalada. La anterior crisis económica dio numerosas pistas al respecto, pero el modelo asistencial permaneció intacto. 

Las investigaciones sobre Procesos de desahucio y salud de la Escuela Andaluza de Salud Pública y Los riesgos de la crisis económica en la salud mental en España: evidencias en los centros de Primaria o el más reciente informe del Observatorio Desc sobre Emergencia habitacional, pobreza energética y salud en Barcelona son claras muestras de ello. La irrupción del virus nos acerca a toda velocidad a un horizonte que llevamos tiempo atisbando.

 Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. En el caso de las experiencias psicóticas o el diagnóstico de esquizofrenia, por ejemplo, se ha estudiado su relación con las experiencias traumáticas, la pobreza o el desempleo. Lejos de querer defender la existencia una única causa, ni tampoco descartar la influencia de la biología (lo cual sería absurdo), creo honestamente que las vidas que vivimos son lo que mejor explica nuestro sufrimiento psíquico. 

Esta perspectiva, que nada tiene de novedosa, acarrea una serie de consecuencias lógicas y políticas que la han hecho sumamente impopular en determinados ámbitos. Para empezar, apela directamente a la responsabilidad social, es decir, si el contexto que habitamos empuja a una parte más que relevante de la ciudadanía a la atención psiquiátrica, parece urgente revisar el cómo estamos viviendo. 

También saca la salud mental del campo acotado de la psiquiatría y la psicología y hace de ella una preocupación compartida, ya que deja de ser una cuestión circunscrita únicamente a los individuos y sus dolencias. Plantea, entre otras muchas cuestiones, los límites de un modelo centrado en el fármaco, pues medicalizar la existencia no ofrece una salida real a los problemas de la gente.

 Porque, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando es de que no pueden ofrecerse soluciones individuales a problemas que son colectivos si lo que se busca es la reducción significativa del sufrimiento. A la larga es insostenible. Toda alfombra tiene una cantidad limitada de mierda que puede esconder, y esta ya rebosaba.

 Desgraciadamente, este es un momento perfecto para evaluar cómo afronta esta sociedad el deterioro del bienestar mental de las personas. Padecer ansiedad, estar deprimido o incluso tener experiencias psíquicas inusuales como la disociación u oír voces en un contexto como el actual no significa tener una enfermedad, es una respuesta humana a una situación extrema de confusión, precariedad y aislamiento. 

Llegar ahora a esta conclusión no es complicado, nos basta con mirarnos a nosotros mismos y a nuestro alrededor: el juicio se bloquea con pensamientos recurrentes, la incertidumbre paraliza, algunas ideas desembocan en paranoias, cuesta dormir [inciso: mientras escribo estos párrafos he hablado por teléfono con mi madre, una estoica mujer castellana de 75 años que ha dicho: “Si esto sigue así nos vamos a volver todos locos”]. 

 Nuestro propio día a día nos hace bastante más intuitivo el pensar que los problemas de nuestra salud mental están localizados en la vida que creer que lo están el cerebro. ¿Por qué no reflexionar también sobre cómo ha podido afectar el estrés continuado o un conjunto de experiencias negativas a todas esas personas que ya tenían diagnosticados trastornos mentales antes de la pandemia? Sin duda se podrían extraer valiosas conclusiones prácticas de ello…

 Solo si vamos más allá del qué nos está pasando, de la mera constatación de que la gente está sufriendo con todo lo que sucede, podremos plantearnos qué hacer al respecto. La consigna generalizada parece ser invertir en salud mental… ¿pero en qué consiste esa inversión?, ¿más gasto farmacéutico, más personal sanitario, mayor capacidad diagnóstica, más camas en las unidades agudos? Que las plantillas de los dispositivos en salud mental están mermadas es un hecho de sobra conocido. 

Que la posibilidad de ver a un psicólogo en la sanidad pública suele ser escasa, también. Sin embargo, centrar las necesidades exclusivamente en ello parece presuponer que tenemos un modelo correcto falto de medios, algo que cualquier visita a un centro de salud mental o una planta de psiquiatría pone seriamente en cuestión. Hay que mirar a todo lo que falla antes, esa es la idea implícita en el verbo “prevenir”. Voy a poner un ejemplo concreto que quizás ayude a ilustrar lo que estoy tratando de trasmitir:

Un compañero ha sufrido dos ingresos prácticamente consecutivos durante el confinamiento, un total de ocho semanas. Uno de los detonantes, si no el principal, fue la vulnerabilidad económica, ya que sus ingresos se vieron suspendidos por la situación sanitaria y quedaba fuera de las medidas de protección social al formar parte de la llamada economía sumergida. 

Cuando le dieron el alta se le facilitó el número de teléfono del trabajador social que le correspondía por zona para que tramitara el Ingreso Mínimo Vital. Nunca nadie atendió a ese teléfono, consiguió presentar la documentación por su cuenta y casi medio año después no tiene ninguna noticia al respecto (una situación compartida por cientos de miles de ciudadanos, tal y como vienen señalando movimientos sociales y sindicatos desde hace meses).

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas,

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas, pero ¿cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? 

Yendo más allá de estrictas necesidades materiales: ¿cómo nadie te va a enseñar a lidiar con el aislamiento cuando el futuro inmediato se caracteriza por el distanciamiento social? o ¿cómo aprender a gestionar la ansiedad provocada por la inseguridad si los vaticinios fallan día tras día desde hace diez meses? Por eso, por tentador que parezca en un primer momento, pedir psicoterapeutas para todos y todas lleva a otro callejón sin salida. No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos.

 De silenciar históricamente la salud mental se ha pasado a alarmar sobre la necesidad de tenerla en cuenta (la próxima ola de estos tiempos pandémicos), hay quienes han ido más allá y han exigido recursos. De acuerdo, ahora hace falta definirlos, plasmar su traducción práctica para hacer frente a los efectos que está teniendo en la población el miedo, la pérdida, la ausencia de control sobre las propias vidas y la precarización acelerada, cuando no directamente la pobreza.

 Una perspectiva que tiene que implicar a quienes han experimentado y experimentan el sufrimiento psíquico, a quienes tienen un conocimiento directo de lo que funciona y de lo que no cuando se necesita ayuda. Y que a su vez exige romper con todos los discursos que se quedan y agotan en los síntomas y obvian la vinculación con una vida que a todas luces está funcionando mal. 

Porque invertir en salud mental supone muchísimo más que “reforzar los dispositivos de salud mental de manera que puedan hacer frente a las necesidades no atendidas y afrontar el [aumento] previsible de la demanda” (Editorial del 11 de enero de El País); es hacer políticas que combatan la desigualdad y ofrezcan un sostén efectivo a todas las personas en situación de vulnerabilidad. Y a partir de ahí, avanzar.

Ya no tiene sentido seguir pensando en la locura como algo situado al margen, algo ajeno. Está demasiado presente en nuestra cotidianidad para seguir desviando la mirada. Las consecuencias psicológicas de la pandemia evidencian que el sufrimiento psíquico es un problema que debe ser afrontado colectivamente.

 Su politización conlleva exigir con carácter de urgencia los mecanismos necesarios para minimizar su magnitud e impacto, pero desde luego no se queda solo ahí. Significa trabajar por agrietar los tabúes, reconocernos vulnerables a las acometidas de la vida y trazar un camino común a partir de ese reconocimiento. Asumir, en definitiva, que la construcción de una sociedad más libre y justa es por principio un problema de salud mental."              (Fernando Balius, CTXT, 09/02/21)

 

 

28/12/18

Así es el cerebro de un psicópata... el estrés emocional en la infancia precipita la sobremaduración de algunas regiones cerebrales como un sistema de protección contra el sufrimiento, pero termina dificultando también la gestión de las emociones. La conexión entre las dos áreas que procesan la cognición y el razonamiento y las que procesan la actividad emocional, falla... el origen de esa maduración acelerada está en haber sufrido situaciones de estrés emocional en edades tempranas... En la práctica, esta alteración cerebral provoca que, ante un dilema moral, la activación de los dos sistemas (el cognitivo y el emocional) se bloquee... pero son responsables de sus actos...

"Aunque el imaginario colectivo desvíe siempre la mente hacia la delincuencia y la maldad cuando se habla de la psicopatía, este trastorno de la personalidad es algo más complejo de lo que sugiere esa asociación. Ni todos los delincuentes son psicópatas, ni todos los psicópatas son Hannibal Lecter, el villano caníbal de El silencio de los corderos.

 "Los psicópatas son personas con problemas de relación interpersonal y de gestión de las emociones. Aparentemente son fríos, aunque no es cierto que no tengan emociones. Las tienen muy intensas. Lo que no tienen son remordimientos, que es lo que da una tendencia hacia la delincuencia, pero no en todos los casos, por supuesto", explica el doctor Jesús Pujol, director de investigación de la Unidad de Resonancia Magnética del servicio de Radiología del Hospital del Mar de Barcelona.

 El médico ha liderado una revisión científica de otros estudios publicados y ha constatado que el cerebro de los psicópatas es distinto. La investigación apunta a que el estrés emocional en la infancia precipita la sobremaduración de algunas regiones cerebrales como un sistema de protección contra el sufrimiento, pero termina dificultando también la gestión de las emociones.

La complejidad de la psicopatía trasciende a los estereotipos. De hecho, un estudio publicado en 2013 en la revista Journal of Forensic Science, ya advertía de que el prototipo psicopático del icónico Lecter ni siquiera era muy realista. Lo llamaron "un psicópata de élite, que exhibe niveles exagerados de inteligencia, modales sofisticados y astutos, a veces hasta niveles sobrehumanos y supermediatizados". Más acorde a la realidad era, según el estudio, el personaje de Anton Chigurh en No es país para viejos, un papel interpretado por el actor español Javier Bardem.

El abanico de conductas es amplio, pero todos los psicópatas coinciden en una cosa: las alteraciones cerebrales que los diferencian de otros individuos sin este trastorno. Pujol y su equipo revisaron más de 400 artículos científicos en los que se había analizado el cerebro de las personas con psicopatía a través de resonancias magnéticas. 

El metaanálisis, publicado en la revista científica Psychological Medicine, ha concluido que el cerebro de los psicópatas presenta una maduración acelerada de varias regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento emocional y el cognitivo. "El cerebro de los psicópatas es diferente desde el punto de vista anatómico y funcional. Hay diferencias en las áreas que procesan la cognición y el razonamiento y en las que procesan la actividad emocional. La conexión entre estas dos áreas falla", explica Pujol.

Los investigadores encontraron que, desde el punto de vista anatómico, en las regiones de lóbulo temporal (donde está la amígdala, relacionada con la emociones) y en el frontal (encargado de las funciones cognitivas) había "una aparente atrofia de la sustancia gris". "Sin embargo, lo que luego nosotros postulamos es que, en realidad, lo que había era un aumento de la sustancia blanca, lo que implica una sobremaduración de esas áreas", apunta Pujol.

El estudio sugiere que el origen de esa maduración acelerada de algunas regiones cerebrales está en haber sufrido situaciones de estrés emocional en edades tempranas. El cerebro desarrolla esa sobremaduración para protegerse de las circunstancias que le provocan sufrimiento. "En un contexto de estrés emocional, el niño desencadena una sobremaduración que implica, por un lado, un bloqueo para evadir el sufrimiento y, por otro lado, convierte a la persona en alguien no escrupuloso y carente de remordimientos", señala el facultativo. 

Al madurar rápidamente, el niño amplía la capacidad de tolerancia al sufrimiento y logra evadirse de esa situación emocional que le hiere. Sin embargo, este sistema de defensa provoca daños colaterales: "no tienen freno emocional", sintetiza Pujol. El médico matiza que el trauma no es puntual, sino que ha de ser persistente en el tiempo para llegar a modular la anatomía del cerebro.

En la práctica, esta alteración cerebral provoca que, ante un dilema moral, la activación de los dos sistemas (el cognitivo y el emocional) se bloquee. Ni su capacidad de razonamiento ni sus sentimientos o emociones están anulados. Lo que ocurre es que "la asociación entre emoción y cognición en la toma de decisiones está bloqueada", aclara el médico. Con todo, señala, "son responsables de sus actos".

 

Similitudes al consumo de esteroides


Los investigadores han encontrado también similitudes entre los cerebros de los psicópatas y las personas que consumen durante más de 10 años esteroides androgénicos (se suelen utilizar para mejorar el rendimiento deportivo o aumentar la masa muscular). Las afectaciones cerebrales detectadas en los psicópatas y en las personas que consumen estos anabolizantes durante largos períodos de tiempo son las mismas.

Pujol matiza, no obstante, que esta similitud no implica que los consumidores de esteroides acaben desarrollando, a largo plazo, un trastorno psicopático. "Hay una semejanza anatómica de las dos patologías. Si bien es cierto que el control de los impulsos y la conducta pueden cambiar tras consumir esteroides durante largos períodos de tiempo, esto está lejos de pensar que puede generar una psicopatía", explica el investigador."                    (Jessica Mouzo, El País, 19/12/18)

2/5/12

Científicos españoles explican por primera vez el fenómeno del aura de las personas. En términos neurológicos, la sinestesia consiste en que en el cerebro de ciertas personas se produce un «cruce de cables»

"Investigadores españoles de la Universidad de Granada han descubierto la capacidad de ver el aura de las personas es un fenómeno neuropsicológico denominado sinestesia. Los sinéstetas «mezclan los cinco sentidos, al tener más interconectadas las áreas del cerebro encargadas de procesar cada uno de los estímulos, de forma que son capaces de ver o paladear un sonido, según explica la nota de presa de la universidad española. 

De este modo, conocidos popularmente como «curanderos» o «santones», presentan en realidad esta capacidad, que explicaría científicamente esta supuesta «virtud»
En un artículo publicado en la prestigiosa revista «Consciousness and Cognition», los profesores del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Granada Óscar Iborra, Luis Pastor y Emilio Gómez Milán han ofrecido, por primera vez en el mundo, una explicación científica al fenómeno esotérico del aura, un supuesto campo energético de radiación luminosa multicolor que rodearía a las personas a modo de halo y que resulta invisible para la gran mayoría de los seres humanos. 

En términos neurológicos, la sinestesia consiste en que en el cerebro de ciertas personas se produce un «cruce de cables» o conexiones sinápticas . Este hecho «les permite establecer asociaciones automáticas entre regiones cerebrales que habitualmente no están conectadas», según explica el profesor Gómez Milán, una cualidad que tendrían muchos de los curanderos que dicen poder ver el aura.

Varios tipos de sinestesia

Para realizar esta investigación, los científicos entrevistaron a varias personas afectadas por sinestesia, entre los que se encontraban supuestos curanderos, como el granadino Esteban Sánchez Casas, conocido como «El Santón de Baza».
Muchos le atribuyen ciertos «poderes paranormales», como poder ver el aura de las personas, «cuando en realidad se trata de un claro ejemplo de sinésteta», explican los autores de esta investigación. 

Los autores del estudio destacan que en el caso de «El Santón de Baza» presenta sinestesia caras-color (por lo que asocia a cada persona con un color); sinestesia tacto-espejo (cuando observa a una persona que está siendo tocada o que experimenta un dolor, él experimenta ese mismo dolor); una alta empatía (la capacidad de sentir lo que está sintiendo otra persona) y esquizotipia (ciertos rasgos de personalidad con tendencia a formas atenuadas de paranoia y de alucinación que se da en las personas sanas)."                (ABC.es, Ciencia, 02/05/2012)

25/3/09

"El 5 de julio de 1996 mi hija se volvió loca"

"Sally fue internada en el hospital. El litio, ese regulador de los estados de ánimo, no le hizo efecto, y del éxtasis pasó a la apatía provocada por los tranquilizantes. Pero la locura no es un camino sin retorno. En ese Nueva York en el que, para ser atendido en un hospital, hay que llevar la tarjeta de crédito en la boca, también hay funcionarios que hacen la vista gorda a tu falta de recursos (como era el caso del escritor) y psiquiatras que tienden la mano a los pacientes. Sally tuvo suerte.

Tuvo una psiquiatra que supo interpretar su dolor: "Sé que te sientes como si tuvieras un león dentro de ti", y que la convenció poco a poco de que la manía es abusiva, se presenta como una de esas personas carismáticas que finge ser tu amiga y que lo único que hace es joderte la vida; es lo que el científico Oliver Sacks llama muy expresivamente "la seducción del mal". Sally se recuperó, aprendió a intuir cuándo esa aberración de su identidad estaba a punto de poseerla. No se ha curado, pero ha aprendido a anticipar sus crisis; vive en Vermont, cerca de su madre, de la naturaleza, y se siente feliz entre aquellos a los que puede ofrecer calor o ayuda: ancianos, perros, niños.

¿Cómo viviría ella en Nueva York?: "Mal", dice Greenberg, "y yo me sentiría terriblemente inseguro. La ciudad está llena de amenazas para alguien como ella. Pueden hacerle daño". Los dos entendemos a qué tipo de daño se refiere. Los periodos de exuberancia dejan al maniaco depresivo a merced de peligrosas tentaciones. "Ella me escribe cartas maravillosas, tiene ese temperamento artístico que se atribuye a los bipolares".

Es cierto, los bipolares perciben la realidad de manera intensa, aunque esa intensidad les acabe llevando a perder la razón. ¿Y cómo se siente ella al ser protagonista ahora de un libro y dentro de poco de una película? "Me da miedo la película, no quisiera que su personaje fuera una caricatura. Pero ella está contenta; cuando leyó el libro, me dijo: "sentí que estaba leyendo la historia de otra chica, la historia de una chica llamada Sally que había pasado un tiempo viviendo en el infierno y era la única que no lo sabía". (Elvira Lindo: Entrevista: Michael Greenberg evoca la vida de Sally, aquejada de trastorno bipolar. El País, ed. Galicia, Cultura, 25/02/2009, p. 34)