"En Brasil se dice que hay un racismo estructural. Esa nación es el
modelo de país esclavista en el mundo. Durante por lo menos tres siglos,
los trabajadores brasileños fueron millones de negros traídos de África
para ser esclavos. Se degradaba así, a la vez, tanto el negro, cuanto
el trabajo, considerado actividad menor, desarrollada por negros en
calidad de esclavos.
En Senegal se encuentra una isla donde se concentraba a los negros,
clasificados entre hombres, mujeres, niños, enfermos, como si fuera una
carnicería, antes de que pasaran por una puerta –la puerta del adiós–,
cuando tenían su última visión de su país, antes que ingresaran en los
navíos negreros para un viaje de mucho tiempo hacia Brasil, en el cual
gran parte moriría.
Trabajaban en promedio nueve años, era más fácil y barato traer más
esclavos que cuidar de los enfermos. Eran traídos por mercaderes
europeos para trabajar como raza inferior, como esclavos, para producir
riquezas para los europeos.
Brasil fue el último país de América en terminar con la esclavitud.
En otros países del continente, cuando se proclamaba la independencia,
se introducía la república, donde, legalmente, todos son iguales frente a
la ley y, por tanto, se terminaba con la esclavitud.
Brasil pasó de colonia a monarquía y no a república. El monarca portugués puso la corona en la cabeza de su hijo, diciendo: Mi hijo, pon la corona en tu cabeza, antes de que algún aventurero lo haga.
Aventurero era Tiradentes, que había intentado la independencia de
Brasil algunos años antes. Aventureros eran San Martín, Bolívar y otros
de los próceres de la independencia en otros países latinoamericanos.
A mitad del siglo XIX hubo una ley que legalizó todas las tierras del
país. Así, cuando a finales del siglo XIX terminó oficialmente la
esclavitud en Brasil, los esclavos se volvieron hombres libres, pero sin
tierras. Libres, pero pobres.
La cuestión colonial se engarza así, en Brasil, con otros dos
problemas: el racial y el social. Ello da la particularidad a la
historia brasileña frente a los países del continente. Ello propició el
racismo como fenómeno estructural en Brasil. Por lo menos por tres
siglos los negros fueron oficialmente una raza inferior, sin libertad,
que trabajaban para los otros, para los blancos.
El fin oficial de la esclavitud no ha terminado con el racismo. Al
contrario, se fue la esclavitud, pero dejó el racismo, la
discriminación, la segregación, la exclusión social. Los negros son la
mayoría de la población brasileña –alrededor de 54 por ciento–. Son, en
su gran mayoría, pobres.
Recientemente un juez consideró que las ofensas raciales no debieron
caracterizar el racismo. Esto es, las expresiones cotidianas que
descalifican a los negros, de las cuales Internet presenta ejemplos
abiertos de mujeres u hombres blancos ofendiendo a los negros, no
deberían ser calificados de racismo, un crimen inafianzable por la
Constitución brasileña.
Cuando es, no solamente en el trato que se da a los negros, sino
también en la forma en que son llamados, como son ofendidos,
descalificados, que se expresa en Brasil el racismo estructural,
cotidiano. Hay un sinnúmero de palabras, de expresiones, de formas de
dirigirse despectivamente a ellos, que reitera, refuerza, el racismo
profundamente arraigado en la sociedad brasileña.
Es algo constitutivo de Brasil como país. Viene de su historia, de su
configuración social. Echa raíces en su práctica cotidiana. La lucha en
contra de la desigualdad en Brasil es, ante todo, la lucha en contra
del racismo." (Emir Sader, El viejo Topo, 24/03/21. Artículo publicado originalmente en La Jornada.)
"Que los Estados Unidos representa la “tierra de los libres”, donde
“todos los hombres son iguales”, es un mito. Esta narrativa no solo
elimina o desplaza la historia de las comunidades indígenas, negras,
chinas, mexicanas, e inmigrantes, sino que además coloca a los grupos
blancos, considerados superiores, sobre otras etnias y razas.
En 2020, las grandes manifestaciones contra el racismo han comenzado a remover los símbolos de la supremacía blanca. En el Reino Unido,
los manifestantes lanzaron al río Avon el monumento de Edward Colston
cuya fortuna se atribuye al comercio de esclavos; en Amberes (Bélgica),
la estatua del Rey Leopoldo II fue blanco de ataques; y en Nueva Zelanda, fue removida la figura de John Hamilton, conocido por ser artífice de la guerra contra el pueblo Māori. En 1965, Malcolm X auguraba: “Al final, los oprimidos y los opresores se enfrentarán”.
Así comienza a escribirse una nueva historia
¿Quiénes son los que niegan la historia, el racismo, y la violencia
racial? Negar la historia es ocultar la verdad, pero lo que se ha
callado volverá a conocerse. La violencia racial se sustenta y expresa a
través de un lenguaje racista. Tal como señala el escritor Ralph Ellison,
“la forma de segregación más insidiosa y menos comprendida es la de la
palabra. Porque si la palabra tiene la potencia de revivir y hacernos
libres, también tiene el poder de cegar, encarcelar y destruir”.
La retórica de la supremacía blanca ha existido desde los inicios de
Estados Unidos. Surgió en el mundo Atlántico en el siglo XVI. Ibram X. Kendi
señala que fueron los españoles (siglo XVI) los primeros en llevar la
ideología racial a América del Norte, seguidos, un siglo después, por
los ingleses.
En las trece colonias, tanto las tradiciones religiosas como las
teorías científicas justificaron la esclavitud. Los colonizadores
europeos, explica Ronald Takaki, percibían a los indígenas como bárbaros y salvajes incivilizados, y los asociaban con el demonio.
Americanos blancos superiores
Durante el período de la Ilustración, el nuevo pensamiento científico incorporó las ideas raciales y propulsó el racismo científico.
Filósofos como Benjamin Franklin,Carolus Linnaeus, John Locke y Thomas Jefferson
creían que los americanos blancos eran superiores a las personas
esclavizadas provenientes de África, los negros libres y la población
indígena.
A fines del siglo XVIII, las revoluciones atlánticas cuestionan el
colonialismo europeo y expanden nuevas ideas políticas, pero solo la
revolución haitiana (1791-1804) culmina con el fin de la esclavitud. En
Estados Unidos, la constitución fue escrita por hombres blancos para
hombres, una carta fundamental que excluyó a las mujeres, los negros y
los pueblos originarios.
Bajo la influencia del darwinismo social, personalidades como Samuel Cartwright reforzaron la creencia de que la raza blanca era superior.
A comienzos del siglo XIX, el Nordicismo,
la idea de que los pueblos nórdicos pertenecían a una raza superior, se
expandió. Los textos de Arthur Schopenhauer, filosofo alemán que
atribuía a la raza blanca una supremacía cultural, tuvieron gran
recepción en Estados Unidos.
Los contenidos de los cursos de historia no solo omiten la verdad,
sino que además sostienen una interpretación racista del pasado que
enaltece a los hombres blancos como héroes de la historia.
Si bien la Guerra Civil (1861-1865) terminó con la esclavitud,
surgieron grupos terroristas como el Ku Klux Klan que utilizaban la
violencia extrema para defender la hegemonía de la supremacía blanca y
establecer la segregación racial. Estos grupos aterrorizaban a la
población negra.
Separados pero iguales
En 1896, la Corte Suprema, en el famoso caso Plessy v. Ferguson, declaró que la práctica “separados pero iguales” no contradecía la Constitución.
En los años siguientes, se aprobaron numerosas leyes que segregaron los espacios públicos, también se construyeron monumentos y memoriales. El mito de la causa perdida
influyó sobre la memoria colectiva de los estados del sur y se
convirtió en la base de una nueva interpretación histórica sobre la Confederación y la Guerra Civil.
En Richmond, Virginia, por ejemplo, un grupo de mujeres blancas creó la Confederate Memorial Literary Society, institución que tenía como solo objetivo construir una narrativa positiva sobre la esclavitud y enaltecer la confederación en la memoria colectiva.
De hecho, durante este período, que se inicia a partir de 1896, los neo-Confederados introdujeron la teoría de los derechos de los estados y “enseñaron que la supremacía blanca era la forma correcta de organizar la sociedad”.
Expansión de las ideas raciales en el Caribe y el Pacífico
La conmemoración de la Confederación y la conservación del poder de
los grupos blancos en los estados del sur ocurrió al mismo tiempo que
Estados Unidos expandía su imperio y sus ideas raciales en el Caribe y
en Pacífico.
El mundo académico es cómplice de esta historia, y algunas
disciplinas han contribuido a sostener ideológicas racistas y a
fortalecer “este territorio que niega” la historia.
La antropología cultural surgió de la mano del racismo científico,
mientras que la historiografía, hasta la década de 1970, excluyó la
historia de negros, centroamericanos, mexicanos, y otras personas racializadas.
Durante una reunión de la Sociedad Americana de Archivistas, en 1970,
el historiador Howard Zinn señaló que “por mucho tiempo los archivos
olvidaron a gran parte de la sociedad y privilegiaron a los ricos y
poderosos”.
En los cursos sobre “civilización occidental” no se abarca con
profundidad la historia de la violencia racial o cómo surgió el lenguaje
racista que la sustenta.
Diana Roberts acusa a académicos como Michael Hill, fundador de la
Southern League en 1994, de “convertir la bandera confederada en un
fetiche. Y a los confederados en héroes”.
En 2017, el historiador William Scarborough invocó el “patrimonio histórico” para justificar su apoyo a la bandera confederada en Mississippi. Dinesh D’Souza utiliza un lenguaje cargado de connotaciones racistas y, con frecuencia, ataca a historiadores como Kevin Kruse. Académicos como Steven Pinker buscan relativizar la relación que existe entre racismo y ciencia, mientras Martin J. Medhurst,
experto en retórica, ha recibido duras críticas de parte de importantes
académicos por sus intentos de menoscabar la existencia del racismo
estructural.
En twitter se puede seguir este debate, así como la experiencia de académicas y académicos negros.
Estados Unidos pertenece a los americanos… blancos
A comienzos de junio 2020, Trump defendió el derecho de algunas bases militares
a llevar el nombre de generales de la confederación ya que era su
derecho a conmemorar el pasado; pero esta actitud solo contribuye a
reafirmar que Estados Unidos pertenece a los americanos blancos.
En discursos y editoriales se continúa utilizando la retórica de la
supremacía blanca, lo que refuerza la narrativa del racismo y la
discriminación y la violencia racial en los Estados Unidos. Este
discurso no sólo busca influir en la opinión pública, sino reescribir
una historia que minimiza el impacto y el legado de la discriminación
racial y la violencia racial.
En las redes sociales y foros virtuales, políticos, líderes
mundiales, y académicos han refinado la retórica racial; sus
declaraciones, controvertidas y agresivas, han resonado con amplios
sectores de la población.
Después de las elecciones presidenciales de 2016, resurgió un lenguaje racista que no es siempre explícito, pero que busca llegar a las bases políticas de Trump.
Este discurso apela a sus partidarios que van desde los sectores evangélicos hasta grupos racistas violentos, como los Boogaloo Boys.
El discurso de Trump
Durante su campaña, Trump “se distanció renuentemente” de David Duke,
ex lider del Ku Klux Klan y político de Luisiana. En lugares públicos,
conferencias de prensa, y en Twitter, Trump ataca a musulmanes,
inmigrantes, académicos, religiosos anti-racistas, disidentes y críticos
con su administración.
Este discurso racista y anti-inmigratorio no es nuevo. Estados Unidos prohibió el ingreso de musulmanes en la década de 1790 y las leyes de Extranjería y Sedición definieron la composición racial aceptable de los Estados Unidos.
El acoso se extiende a otras comunidades de inmigrantes. Durante una
reunión sobre inmigración en 2018, Trump declaró que no quería que
llegaran inmigrantes provenientes “de países de mierda”, como Haití, El Salvador, y países de África.
Trump también ha atacado a los inmigrantes mexicanos, un discurso que resuena en su base de seguidores. Al describir a los inmigrantes mexicanos como “animales”, Trump utiliza la misma ideología racial que Shakespeare usó para describir Calibán en La Tempestad, y que siglos más tarde impulsó la violencia de los ingleses hacia las comunidades indígenas.
Trump se ha destacado por convocar a los nacionalistas blancos y
afirmar que Estados Unidos es un país de hombres blancos. Como señaló Roxanne Dunbar-Ortiz, “los nacionalistas blancos no son marginales en el proyecto estadounidense; deben ser entendidos como los descendientes espirituales de los colonos”.
El eslogan Make America Great Again se basa en el deseo de
retroceder en el tiempo. Volver al país anterior a la Ley de Derechos
Civiles de 1964 y la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1965.
Para las actuales organizaciones de supremacistas blancos y grupos
racistas, estas leyes simbolizan el fin de una época. Utilizan
conceptos como “genocidio blanco”, “despojo blanco”, y “la gran teoría del reemplazo” para crear miedo y legitimarse.
También utilizan los mitos de “crímenes de negros contra negros” para validar las ideologías raciales y la idea del Renacimiento estadounidense,
que es impulsada por una organización seudo-académica que difunde el
mito de la criminalidad negra, el racismo científico y la eugenesia.
Trump recurre con frecuencia a la frase “ley y orden”. Su forma de
criticar a la izquierda, condenar a la prensa, y describir lo Antifa
son un fiel reflejo de su visión racista de la historia. Al describir a
la prensa como enemiga del pueblo y reprimir a los manifestantes que
protestaban en los alrededores de la Casa Blanca, Trump nos recuerda la
censura y las tácticas represivas utilizadas por Augusto Pinochet y el presidente brasileño Jair Bolsonaro.
Racismo presidencial
Trump no es el primer político en utilizar un lenguaje racista. Los gobernadores George Wallace (Alabama), Orval Faubus (Alabama) y Ross Barnett (Mississippi) fueron famosos por sus tácticas de amedrentamiento y acoso.
Ronald Reagan criticó la cultura que existía en la Universidad de California en Berkeley. Al igual que Wallace, Reagan jugó con las ansiedades y los temores, y usó un lenguaje racista para describir a los delegados de la ONU de Tanzania: para él eran “monos”.
Cuando Richard Nixon
anunció en 1971 una “guerra contra las drogas”, esta se dirigió contra
los “hippies” y los negros. En 1981, el estratega republicano Lee Atwater
reveló durante una entrevista la estrategia de utilizar un lenguaje
específico para atraer a los racistas, una estrategia que había
comenzado en 1940 cuando los demócratas dejaron de apoyar la legislación
racista.
George Bush padre
utilizó la historia de Willie Horton para cuestionar la entrega de
permisos de salida a presos. El comportamiento de Trump tampoco es
nuevo. Fue acusado de prácticas discriminatorias en la vivienda en 1973 y publicó un anuncio de página completa en apoyo de la pena de muerte tras el arresto de los Central Park Five, un grupo de adolescentes afroamericanos y latinos acusados de golpear y violar a una mujer blanca.
Hoy somos testigos de un importante realineamiento del mundo. En una
entrevista reciente con la televisión británica, Angela Davis afirmó que
en este momento de la historia somos testigos de un “cuestionamiento
global del racismo”. Prestemos atención."
"Tengo la piel del color de una
violación. Mi negritud morena clara es testimonio viviente de las
reglas, las prácticas y las causas del Viejo Sur.
Para
quienes quieren recordar el legado de la Confederación, los que quieren
monumentos, bueno, entonces, mi cuerpo es un monumento. Mi piel es un
monumento.
A los confederados muertos se les honra en todo el país: con estatuas privadas caricaturescas,
solemnes monumentos públicos e incluso en los nombres de las bases del
Ejército de Estados Unidos.
Me fortalece y me anima ser testigo de las
protestas contra esta práctica y el creciente clamor de los servidores públicos serios y apartidistas para remediarla. Pero todavía existen quienes, como el presidente Donald Trump y el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell,
son incapaces de entender la diferencia entre reescribir y replantearse
el pasado. Yo digo que no se trata de “alterar” la historia, sino de
añadir una nueva perspectiva.
Soy
una mujer negra, sureña, y todos mis antepasados blancos inmediatos
eran violadores. Mi propia existencia es una reliquia de la esclavitud y
de Jim Crow.
Según
la regla de la hipodescendencia (la práctica social y jurídica de
asignarle a una persona de raza mixta genética la raza con menos poder
social) soy hija de dos personas negras, nieta de cuatro personas
negras, bisnieta de ocho personas negras. Si retrocedemos una generación
más, las cosas se complican y se tornan más siniestras. Como cuenta la
historia que se dice en mi familia, y como me han permitido confirmar
las modernas pruebas de ADN, soy descendiente de mujeres negras que eran
sirvientas domésticas y hombres blancos que violaban a sus empleadas.
Es
una realidad extraordinaria de mi vida que biológicamente soy más de la
mitad blanca y, sin embargo, no hay ninguna persona blanca en mi
genealogía en la memoria viva. Ninguna. Blancura. Voluntaria. Más de la
mitad de mi ser es blanca y nada de eso fue consensuado. Los hombres
blancos sureños, mis antepasados, tomaron lo que querían de mujeres que
no amaban, sobre las que tenían un poder extraordinario y luego no
reconocieron a sus hijos.
¿Qué es un monumento sino un recuerdo
permanente? Un artefacto para hacer tangible la verdad del pasado. Mi
cuerpo y mi sangre son una verdad tangible del sur y su pasado. Los
negros de los que provengo eran propiedad de los blancos de los que
provengo. Mis antepasados blancos lucharon y murieron por su Causa
Perdida. Y ahora pregunto: ¿quién se atreve a decirme que los celebre?
¿Quién se atreve a pedirme que los acepte en sus pedestales?
No
pueden desestimarme por no entender. No pueden decirme que no fueron
los miembros de mi familia los que lucharon y murieron. Mi negritud no
me pone del otro lado de nada. Me ubica directamente en el centro del
debate. No solo vengo del sur. Desciendo de los confederados. Por mis
venas corre sangre azul gris rebelde. Mi bisabuelo Will fue criado con
la conciencia de que Edmund Pettus era su padre. Pettus, el histórico
general confederado, el gran dragón del Ku Klux Klan, el hombre por el
que el Puente del Domingo Sangriento de Selma, Alabama, se llama de esa
forma. Así que no es una persona ajena la que hace estas demandas. Soy
tataranieta.
Y
debo decir que hay muchas cosas del sur que me resultan valiosas. Hago
lo mejor que puedo enseñando y escribiendo aquí. Sin embargo, hay un
peculiar modelo del orgullo sureño que ahora, por fin, debe tenerse en
cuenta.
No
es un orgullo ignorante sino desafiante. Es un orgullo que dice:
“Nuestra historia es rica, nuestras causas están justificadas, nuestros
ancestros están más allá de todo reproche”. Es un anhelo de grandeza, si
se quiere, un deseo de volver a tener un cierto tipo de memoria
estadounidense. Un recuerdo digno de un monumento.
Pero
esta es la cuestión: nuestros antepasados no merecen su orgullo
incondicional. Sí, estoy orgullosa de cada uno de mis antepasados negros
que sobrevivieron a la esclavitud. Se ganaron ese orgullo, según el
criterio de cualquier persona decente. Pero no estoy orgullosa de los
antepasados blancos que sé, por mi propia existencia, que actuaron mal.
Entre los apologistas de la causa sureña
y de sus monumentos, hay quienes se olvidan de las dificultades del
pasado. Imaginan un mundo de amos benévolos y hablan con lágrimas en los
ojos de la gentileza, el honor y la tierra. Niegan las violaciones en
las plantaciones, o las justifican, o cuestionan el grado de frecuencia
con el que ocurrieron.
A esas personas es mi derecho decir: yo soy prueba de ellas.
Soy prueba de que cualquier otra cosa que el sur pudiera haber sido, o
pudiera creerse que es, fue y es un espacio cuya prosperidad y sentido
del romance y la nostalgia se construyeron sobre la penosa explotación
de las vidas negras.
La versión
soñada del Viejo Sur nunca existió. Cualquier monumento fabricado de esa
época y en ese lugar dice, cuando mucho, la mitad de la verdad. Las
ideas e ideales que pretenden honrar no son reales. Para aquellos que
han aceptado estas fantasías: ahora es el momento de volver a examinar
su postura.
O han estado ciegos a una
verdad que la historia de mi cuerpo los obliga a ver, o de verdad
quieren honrar a los opresores a expensas de los oprimidos y, por fin,
deben reconocer su interés emocional en un legado de odio.
De cualquier manera, digo que los monumentos de piedra y metal, los
monumentos de tela y madera, todos los monumentos hechos por el hombre,
deben caer. Desafío a cualquier sureño sensible a defender a nuestros
antepasados ante mí. Literalmente, estoy hecha de razones para
despojarlos de sus laureles."
(Caroline Randall Williams es autora de Lucy Negro, Redux y Soul Food Love y escritora en residencia de la Universidad de Vanderbilt. The New York Times, 05/07/20)
"Durante estas últimas semanas de protestas en Estados Unidos me he
acabo metiendo en unas cuantas (demasiadas) discusiones en Twitter sobre
la prevalencia real del racismo en Estados Unidos.
Los comentarios
siempre van en una dirección parecida, señalando que la legislación de
derechos civiles fue aprobada hace más de cincuenta años y que las
actitudes de los americanos han cambiado, y nadie se atreve a decir en
voz alta que los negros son una raza inferior.
Ambas cosas son
ciertas, pero me temo que el racismo es algo más complicado que eso.
Para empezar, una persona racista es algo bastante distinto a una
sociedad racista, que es lo que la gente que protesta en las calles
estos días.
Definiendo el racismo:
Una
sociedad racista es aquella donde dos personas que nacen en un mismo
barrio, en la misma situación familiar, con el mismo nivel de renta
tienen una probabilidad considerable de tener trayectorias vitales
distintas según su color de piel. Si la probabilidad de un niño blanco
de familia pobre de ascender a la clase media es mayor que la de un niño
negro exactamente en la misma situación inicial de forma
consistente, esto quiere decir que el color de la piel tiene un impacto
en las expectativas individuales de cada persona, y podemos hablar de
racismo estructural.
¿Sucede esto en Estados Unidos?
Los datos indican que sí, esto es así, y la evidencia empírica en esta
dirección es abrumadora. Raj Chetty, Nathaniel Hendren, Maggie R. Jones,
y Sonya R. Porter, en un estudio épico
basado en una gigantesca base de datos del censo, demuestran de forma
concluyente que la movilidad social está increíblemente marcada por el
color de la piel, hasta el punto de que para niños que crecen en
familias ricas, la probabilidad de que sigan siendo ricos como adultos
es más del doble
para chavales blancos que para negros.
No importa cuántos indicadores y
controles añadas (estructura familiar, resultados educativos, lo que
sea) esta diferencia de resultados persiste para negros varones en todos
los niveles de renta. La clase social juega un papel, pero el color de
piel siempre sigue importando.
¿De dónde vienen estas diferencias?
Es cierto que en Estados Unidos no vas a escuchar nunca a nadie decir “no te voy a contratar porque eres negro”
en voz alta. Si miras la legislación sobre derechos laborales, acceso a
la vivienda, sanidad, seguros médicos, hipotecas, educación o cualquier
tema que se os ocurra nunca veréis ninguna cláusula que diga que “los negros no pueden vivir en este barrio” o que “los negros van a pagar extra en la hipoteca”. Si encontrarás en algunos rincones ejemplos de affirmative action,
legislación que da “puntos extra” a ciertos grupos (prioridad en acceso
a becas, por ejemplo) pero de forma limitada. Esta clase de leyes,
además, son cada vez menos habituales.
En realidad, la
discriminación racial es bastante más sutil. Pongamos por el caso el
acceso a la vivienda, un tema que me obsesiona y del que he escrito varias veces. Las ciudades y suburbios americanos no pueden decir en voz alta en sus estatutos que “no quieren negros”, porque
eso es feo e inconstitucional. Lo que llevan haciendo desde hace
décadas, sin embargo, es utilizar las regulaciones del uso del suelo
para definir qué clase de viviendas se pueden construir, y hacerlo de
tal manera como para que sea imposible construir viviendas asequibles en
ninguna parte.
Los suburbios de Connecticut, un estado norteño de impecables credenciales anti-racistas y progres, son espectacularmente buenos
haciendo estas cosas. El “truco” es poner regulaciones estrictas en
tamaño mínimo de las parcelas (un acre), edificabilidad (sólo un 30% de
la parcela con edificios), distancia respecto a la calzada (nada de
tener casas justo al lado de la calle), plazas de aparcamiento (dos
coches por vivienda), o superficie mínima de las viviendas dirigidas a
reducir la densidad y aumentar su coste. Todas estas medidas son
completamente “neutrales”, pero hacen imposible que nadie que no sea de
clase media se mude al barrio.
Las políticas excluyentes en vivienda no se quedan aquí. Ha habido gran cantidad de estudios que señalan que a igualdad condiciones, los agentes inmobiliarios tienden a ofrecer a sus clientes negros viviendas en barrios peores. Cuando van al banco, las entidades ofrecen peores condiciones hipotecarias a
clientes negros con idéntico nivel de renta y puntuación de crédito que
a sus equivalentes blancos.
Aquellos que se mudan a los suburbios, por
cierto, se encuentran con esa bonita tradición americana de policía de
gatillo fácil del que tanto se habla estos días. La mayoría de
los homicidios con policías de por medio en Estados Unidos suceden en
los suburbios, no en las ciudades. Por supuesto, cuando un barrio “se
llena” de demasiada gente de color la reacción habitual de las familias
blancas es largarse, así que lo de vivir en barrios sin segregación
racial no lo vemos demasiado.
Todo va en la misma dirección:
En
Estados Unidos, las competencias de educación son locales, así que la
calidad del colegio al que tienen acceso tus hijos depende directamente
de donde vives. En un suburbio “fortificado” con densidades bajas y
viviendas caras, los colegios (que se financian con un impuesto a la
propiedad) tendrán mucho dinero, muy pocos chavales con pocos ingresos,
profesores bien pagados y educación de primera.
En una ciudad densa con
viviendas pequeñas, más pobreza, y difícil acceso a crédito, los
colegios tendrán menos recursos. Si el punto de partida es uno donde las
familias negras tienden a vivir en un barrio pobre y las blancas en un
suburbio rico, vas a tener toneladas de discriminación racial sin tener
que mencionar el color de piel en ninguna parte.
Lo más
deprimente es que la discriminación no se limita a vivienda y educación,
sino que se extiende a esencialmente todos los sectores de la economía.
En el sistema de justicia, los acusados negros reciben penas mayores por el mismo crimen que los blancos de forma consistente. En sanidad, las mujeres negras con idéntica cobertura sanitaria reciben menos tratamiento y supervisión durante el embarazo, algo que genera unas diferencias enormes de mortalidad infantil según el color de piel.
Cuando envías tu currículum al buscar trabajo, la probabilidad que te llamen es mucho más alta
si tu nombre es más típico “blanco” (Kevin) que "negro" (Tyrone). El
efecto individual de cada una de estas discriminaciones es pequeño, pero
el problema es que todas van en la misma dirección, y todas van en
contra del grupo étnico que empezaba con menores recursos en 1970, y que
sigue siendo más pobre ahora.
Mi truco favorito de urbanismo excluyente, por cierto, es la costumbre de muchos suburbios de no
construir alcantarillado y obligar a todo el mundo a tener fosas
sépticas. Cuando alguien quiere construir más casas, alegan que añadir
más viviendas implica tener más fosas sépticas, y eso acabaría por
contaminar el suelo. En Connecticut es habitual encontrarte casas de cuatro millones de dólares con fosas sépticas por este motivo.
No hace falta decirlo, pero romper esta clase de instituciones es increíblemente
difícil. Estos días muchos suburbios de Connecticut (la clase de sitios
con precio de vivienda medio sobre los $500.000 y un 2-3% de población
de color) han tenido manifestaciones de Black Lives Matter. La respuesta sardónica de un periódico local ha sido tuitear de forma insistente esos datos por Twitter,
sin que nadie acabe de darse por aludido. Yo llevo más de diez años
soltándole la tabarra a cualquiera que quiera escucharme sobre el tema, y
la mayoría de activistas de izquierda me miran como si fuera Don
Quijote cargando contra molinos de viento.
Lo de la
discriminación hipotecaria, por cierto, lo sé de primera mano. Allá por
el 2007-2008 trabaje en una empresa de hipotecas subprime, y sí, sucedía, y sí, era totalmente descarado. Los márgenes de beneficio para las hipotecas basura son más altos.
"Cuando en abril dos hombres negros fueron arrestados en una cafetería de la cadena Starbucks en Filadelfia, se desató un debate nacional. La cadena rápidamente anunció
que cerraría 8.000 de sus tiendas en Estados Unidos el 29 de mayo para
que todo el personal recibiera un curso sobre prejuicios racistas.
Muchas personas creen que incidentes como el de Starbucks son
comunes en otros sitios.
Algunos argumentan que muchas empresas en todo
Estados Unidos son culpables de un comportamiento tan habitual que ya
tiene su propio término para definirlo: "racismo de cafetería".
Alfredo Weeks, profesor en el Columbus College of Art and Design y copropietario de un estudio de diseño gráfico, escribió sobre este fenómeno.
"Abro
la puerto de una cafetería y nada más entrar ya siento las miradas",
escribió. "Tanto en cafeterías como en centros de estudios, igual que en
la época de las Leyes Jim Crow, en la cultura actual sigue existiendo
un trasfondo de discriminación".
Según Weeks, el vídeo del arresto
de los hombres en Starbucks dejó en evidencia la discriminación que
sufre cada día la gente de color y especialmente los negros. Si bien
este tipo de comportamiento no se restringe sólo a cafeterías, en los
últimos meses se ha visto un gran número de ejemplos justamente en este
tipo de comercios.
En mayo, Starbucks volvió a los titulares cuando un empleado escribió un insulto racista en el vaso de un cliente. En octubre del año pasado,
dos representantes de la comunidad de Brooklyn en el gobierno de Nueva
York presentaron una queja por un empleado de una cafetería que durante
Halloween daba chuches a los niños blancos pero no a los negros.
Este
mes, salió a la luz un vídeo que mostraba a un hombre blanco insultando
a una mujer que llevaba una niqab en una cafetería Coffee Bean &
Tea Leaf en Riverside, California. Los empleados se negaron a servir
café al hombre.
¿Por qué las cafeterías son el sitio en el que quedan en evidencia las divisiones raciales y los prejuicios en Estados Unidos?
Rashad Robinson, director ejecutivo de Color of Change,
dice que una razón podría ser el cambio demográfico en algunos barrios.
Las ciudades de Estados Unidos están pasando por un proceso de
gentrificación, en el que personas blancas se mudan a barrios
tradicionalmente negros o latinos, haciendo que aumenten los alquileres y
cambie la dinámica de los comercios.
"Muchas de estas cafeterías
donde hemos visto este tipo de problemas están en barrios
gentrificados", afirma Robinson. "Starbucks es un ejemplo perfecto.
Cuando abre una tienda de Starbucks la gente empieza a comentar: ‘Ya se
han cargado el barrio’".
En estos barrios gentrificados, dice
Robinson, no suele haber mucha relación entre los recién llegados y la
gente que lleva décadas viviendo allí. Pero un sitio donde se encuentra
gente de diferente raza y nivel socioeconómico es en el café del barrio.
"En un país cada vez más segregado, los cafés con un espacio donde los
distintos grupos sociales se juntan", explicó Robinson.
"Los
distintos grupos sociales no van a la escuela juntos. No tienen los
mismos templos religiosos. Por momentos conviven en el mismo barrio pero
a menudo un grupo está siendo expulsado y otro está llegando, y eso
genera cambios en el barrio. No es una convivencia en armonía".
"Entonces, estas cosas suceden y la gente no siempre tiene la capacidad
de relacionarse entre sí".
Lejos de cadenas como Starbucks, el
mundo de los cafés de la "tercera ola" –donde el café es tratado de
forma artesanal un poco al estilo del vino– es predominantemente blanco,
destaca Keba Konte, propietario de Red Bay Coffee, una cafetería en Oakland, California.
Konte
no está seguro si se puede afirmar que en los cafés ocurren más
incidentes racistas que en otros sitios, Recuerda un incidente reciente
en un restaurante Waffle House en Alabama
en el que los empleados llamaron al 911 para denunciar a una mujer
negra que luego fue arrestada. Pero dice que el clima "eurocéntrico" de
algunas cafeterías podría dar lugar a la discriminación.
"Los
cafés, y especialmente los cafés artesanales, suelen ser blancos
respecto a su cultura, su estética, la música que ponen, los sabores,
los empleados", dice Konte. "Creo que si generas un clima construido en
base a la cultura blanca, pueden ocurrir este tipo de situaciones".
El
día en el que cierren las tiendas Starbucks, Konte, cuyo personal está
compuesto totalmente de mujeres, personas de color y antiguos presos,
organizará un debate de mesa redonda que se difundirá en directo por
internet, en el que participarán personas negras propietarias de
comercios. Como hombre negro, explica, la situación que vivieron los
hombres en el Starbucks de Filadelfia le resultó muy familiar.
"Existen
muchos vídeos que documentan este tipo de abuso", dice. "Algunos de
ellos acaban en un arresto, en otros la policía termina matando a una
persona. Sabemos que por cada incidente registrado en vídeo hay docenas y
docenas de otros que no han sido grabados".
"Racismo de manual"
Si
los incidentes registrados en vídeos reflejan la sociedad en general,
también pueden ser indicadores de un peor trato en otros entornos. Los
arrestos en Starbucks llevaron a que Junaid Nabi,
médico y profesor de Bioética en la Facultad de Medicina de Harvard,
escribiera un blog sobre "Cómo el racismo de cafetería perjudica a los
pacientes negros".
"Este reprobable incidente nos recuerda cómo
funciona el prejuicio racial, o en este caso el racismo de cafetería",
escribió Nabi. "Pero la industria de la restauración no es la única en
la que existe este problema. Los prejuicios raciales son de hecho
importantes indicadores de la percepción de la población negra en
general, y en las prácticas médicas esto suele llevar a cuidados de peor
calidad".
Nabi afirmó que los mismos "prejuicios raciales" que
llevaron a la empleada de Starbucks a llamar a la policía pueden hacer
que los pacientes negros sean peor tratados que los pacientes blancos.
Citó un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Virginia
que concluyeron que un "número significativo" de estudiantes blancos de
medicina creía en diferencias biológicas falsas entre los pacientes
negros y los blancos, como por ejemplo que "la piel de los negros es más
gruesa" y que "la sangre de los negros coagula más rápido".
Kamau Bell, un comediante que presenta el programa United Shades of America en la CNN, habló de sus propias experiencias de racismo de cafetería.
En Berkeley, California, lo echaron de una cafetería cuando lo vieron
entrar y ponerse a hablar con un grupo de mujeres blancas, una de las
cuales era su mujer.
Bell explicó que el personal lo acusó de
estar acosando a las mujeres. Cuando la esposa de Bell les remarcó su
error, los empleados insistieron en que la equivocación no tenía un
tinte racista.
"Pero de hecho, el que a un hombre negro lo echen
de una cafetería porque el personal cree que su presencia representa un
acoso para cuatro mujeres blancas y sus hijos, aunque no exista
evidencia alguna que lo respalde, esto es racismo de manual", escribió Bell en un blog poco después del incidente.
"Es
tan de la vieja escuela que parece racismo de museo. Lo ubicaría en
medio entre las sentadas en restaurantes y el paleto blanco sureño que
dice a un negro que está de viaje de negocios, ‘¿Tú no eres de por aquí,
verdad, chaval?’"
En diálogo con el San Francisco Chronicle
después de que saliera a la luz el vídeo de los arrestos en Filadelfia,
Bell dijo que el incidente era "algo mayor que dos negros siendo
expulsados de una cafetería".
"El mismo racismo que hace que a dos
negros los echen de una cafetería", dijo, "es el que hace que le
disparen a un adolescente negro por preguntar por una dirección". (Adam Gabbatt ,
"(...) Usted ha escrito, a partir de su propia
experiencia, sobre lo que llama “la construcción social de la raza”. ¿A
qué se refiere? ¿Y en qué medida es un fenómeno particularmente
estadounidense?
El capitalismo, como sistema social, necesita de algún
tipo de jerarquías de diferencia estructurada para funcionar con éxito
como sistema. En otros lugares es diferente. Las reglas son diferentes.
Puede que sea la religión, o quizá la nacionalidad de origen.
O quizá
sean otras características de uno las que estructuran su vida de manera
diferente. Pero en Estados Unidos hemos desarrollado la idea de la
supremacía blanca, que se basa en degradar a todo aquel que tenga
ascendencia africana, o que sea percibido como tal.
Existe la llamada
“regla de la gota única”. Sin duda, alguien como yo, que tuviera mi
aspecto, sería tratado de una manera muy diferente en otro contexto
nacional. Pero en Estados Unidos, si uno tiene una sola gota de sangre
negra, por así decirlo, se le considera negro.
¿Qué consecuencias tiene esa distinción? Mirando
al momento político actual, con Trump en la Casa Blanca, y a sucesos
como la violencia racial de Charlottesville, en agosto de 2017, parece
difícil entender que este sea el mismo país que eligió a Obama en 2008.
Ahora tenemos a un depredador sexual trastornado,
supremacista blanco en la Casa Blanca. Y resulta confuso. Cuando miramos
al último presidente, no recordamos el hilo conductor del racismo. El
hecho de que Obama se dirigiese a audiencias negras y a menudo les
regañase por su manera de criar a los hijos, pidiéndoles que revisaran
la tarea escolar y ese tipo de cosas. Todo eso alimenta la idea de que
hay algo defectuoso en los negros, de que los negros tienen que ponerse
las proverbiales pilas.
Eso tiene muchos antecedentes. No empieza con Obama Hay
una expresión, que creo que se llama ‘drapetomanía’, que se inventaron
en la etapa esclavista. Es un diagnóstico médico para el esclavo que
tiene una cierta tendencia: la de huir. Y hoy tenemos una manera de
tratar a mucha gente, no solo a los negros, sobre todo a ellos, que se
parece mucho a la de la ‘drapetomanía’.
Inculcamos a la gente la idea de
que el problema, el defecto, lo tienen ellos. Lo vemos cuando la
policía mata a alguien, en especial a un negro. Inmediatamente, la
pregunta que se hace es: “¿Qué había hecho? ¿Cuál era su lenguaje
corporal? ¿Le habló mal al policía?”
Gran parte de nuestra historia tiene que ver con el
intento de cambiar a los negros, de modificarlos de alguna manera para
que ‘encajen’.
La idea es que si no encajan, si se encuentran con
dificultades, es porque no han sido capaces de modificarse de manera
apropiada. Es, obviamente, una forma muy cómoda de evadir cuestiones
estructurales más profundas sobre, ¿por qué tenemos tanta desigualdad?
¿Por qué tenemos tantos policías, para empezar? ¿Por qué disparan
tantas balas sobre los cuerpos de la gente, en especial la gente
desarmada?
Usted ha dedicado gran parte de su vida a la
denuncia de la segregación racial en el sistema educativo, y sus raíces
en la desigualdad económica. Muchos observadores leyeron el ascenso de
Donald Trump como efecto del descontento de una “clase trabajadora
blanca” olvidada en EE.UU. ¿Comparte ese análisis?
El ascenso de Trump no se explica sólo a través de la
gente blanca excluida en la economía actual. Muchos de los lugares en
los que ganó tuvieron tasas de participación históricamente bajas, y
fueron lugares en los que Bernie Sanders o Barack Obama también se
habían impuesto. No creo que arrasara entre la 'clase trabajadora
blanca'.
Es un colectivo que está en disputa. Sin embargo, sí parece
tener un electorado muy sólido en lo que podríamos llamar la clase media
blanca. Esto es, la gente que vive a las afueras de las grandes
ciudades, los dueños de pequeños comercios, la gente de edad avanzada…
Esos son sus baluartes.
Y ahí recogemos el legado de lo sembrado con la supremacía
blanca, ligada a la segregación, al impulso de las políticas estatales y
de gobiernos locales, que llevan a la separación de pequeños enclaves
de riqueza. Y sí, nos quedamos con un país muy desigual, en el que se
aprecia geográficamente la desigualdad, que es a la vez racial y
económica.
Es algo que tiene reflejo en la violencia policial
que sufre la población negra. ¿Cómo se explica dicha violencia
sostenida, y a menudo impune? ¿Es cuestión de actitudes racistas u
obedece a algún otro factor estructural?
En esencia, lo que tenemos en EE.UU. es una policía cuyas
raíces están, históricamente, en dos cosas: la captura de esclavos y el
control de masas. Es una institución profundamente racista, y siempre lo
ha sido. Se les da, más o menos, mano libre para que se centren en los
delitos de los pobres y, en especial, allá donde hay grandes
concentraciones de gente de color.
Aquí estamos, en 2017, camino de batir todos los records
de número de asesinatos policiales, en su mayoría de gente desarmada, en
EE.UU. La única institución social a la que se organiza y recompensa, y
muy bien, para lidiar con la crisis de la desigualdad, es la policía.
La institución social de último recurso se está convirtiendo en el
recurso. Si un enfermo mental tiene un episodio grave, la gente llama a
la policía. La policía se presenta y mata a la persona enferma. No
rinden cuentas. En el fondo, saben que pueden matar a alguien y salir
impunes.
En una sociedad en la que se ensanchan las diferencias,
que se convierte en un pequeño grupo de gente muy muy rica, y por otro
lado el resto, ¿quién separa a esos dos grupos? La policía. Así que los
ricos y poderosos, y aquí incluyo a las élites políticas, no tienen
ningún incentivo para enfrentarse a la policía. En todo caso, vemos a la
policía recibir más y más armas, más tecnología; militarizándose.
Desde su experiencia como profesor y activista
educativo, ha denunciado más de una vez la privatización encubierta de
la educación estadounidense. ¿En qué consiste, y qué relación tiene con
la segregación económica y racial de la que hablaba antes?
Desde que llegué a Harlem para trabajar como profesor de
primaria, me di cuenta de que daba clase en colegios completamente
segregados. Me pareció una locura que no tuviéramos dinero para
materiales, para cuestiones básicas.
De pronto, Harlem, donde estamos
ahora mismo, se convirtió en la zona cero del movimiento para la
privatización educativa. Gente muy rica, no solo donde yo estaba sino en
todo el país, se empezó a interesar en reestructurar la educación de
maneras muy concretas, y empezó a llover el dinero.
Las llamadas escuelas charter son financiadas
públicamente, pero de gestión privada. Es un método para desviar dinero,
dinero público, a manos privadas. Cualquiera al que realmente le
importen los niños no apoyaría un sistema que enfrenta a los niños entre
sí, en el que hay un sorteo para entrar, y del que luego se expulsa a
algunos niños que consiguieron entrar.
La gente puede, literalmente, ganar el sorteo y que luego se lo
arrebaten. Es todo menos un ambiente basado en los cuidados.Observamos
un patrón que se repite. Ya no se trata del racismo de los
segregacionistas, los blancuchos, o los miembros del Ku Klux Klan. Este
es el racismo ilustrado. Es el racismo liberal, el de los progresistas
que vienen hacia uno no con capuchas y cruces en llamas, sino con libros
de texto.
El motivo por el que a Goldman Sachs le gustan las escuelas charter
es muy diferente: que no permiten que sus profesores pertenezcan a un
sindicato, que las gestiona el capital privado, que pueden contratar y
despedir libremente, que compiten con las escuelas privadas, etcétera,
etcétera.
En los Estados Unidos hemos probado todo tipo de soluciones
para el problema educativo: bien sea la privatización, las escuelas charter,
o ahora la nueva moda es la libertad de elección. Lo que nos negamos a
hacer, como sociedad, es redistribuir la riqueza para dar a todos los
niños una educación excelente.
La segregación está profundamente enraizada, y no es sólo
cuestión del mercado, del libre mercado en la vivienda, o de las
preferencias personales de la gente. En realidad, responde a políticas
concretas, a nivel federal, estatal y municipal, en todas la esferas del
estado, durante mucho tiempo en este país.
Nos quedamos en la superficie y pretendemos que el
problema lo tiene la gente, la gente negra. “¡Tienen que ponerse las
pilas! ¡Tienen que estudiar más!” Y entonces vienen las escuelas charter,
o alguna clase de salvador rico que propone sacarlos de su situación,
no tanto empleando a sus padres por un salario digno, sino entregándoles
un boleto para una lotería de acceso a un colegio.
En lugar de
garantizar el derecho a una educación de calidad, repartimos boletos
para que, quizá, alcancen esos recursos, pero otros no. Y, de nuevo, no
podemos echar la culpa de todo esto solamente a Walmart o a Goldman
Sachs. Obama favoreció todo esto. Obama lo apoyó.
El mercado de vivienda, y su historia en Estados
Unidos, sirve a menudo de correa de transmisión del racismo estructural
al económico. ¿Qué papel tiene la vivienda, todavía hoy, a la hora de
perpetuar las diferencias sociales entre negros y blancos?
En EE.UU. no tenemos un estado del bienestar desarrollado,
ni programas sociales extendidos para paliar la desigualdad. Para la
mayoría de la gente en este país, la vivienda es el principal activo que
tienen y, en cierta medida, su propio “programa de protección social”
personal. El problema es que la propiedad de vivienda ha estado
estructurada de manera que excluye a los afroamericanos
sistemáticamente.
Y entonces, con la crisis de las hipotecas ‘subprime’,
vimos como muchos prestamistas les eligieron como blanco precisamente a
ellos. El gran colapso de las hipotecas subprime arrasó
desproporcionadamente a los negros. Según ciertos estudios, fue la mayor
destrucción de riqueza negra en la historia de los Estados Unidos.
Según las estadísticas de la Reserva Federal –que no es
ninguna fuente socialista– el primer 40% de la población de este país no
es propietaria de nada: sus deudas superan en valor a sus activos. Eso
quiere decir que sobreviven, literalmente, día a día.
Les llega una
nómina y la gastan toda. Eso quiere decir que cualquier imprevisto, que
se les rompa el coche o les pare la policía, les lleva a una situación
límite, en la que pueden perder el trabajo, su casa… Toda su precaria
existencia se ve amenazada.
Viene hablando de la continuidad histórica del
racismo. Se van a cumplir diez años de la elección del primer presidente
negro. ¿Qué balance hace de su significado histórico, desde un momento
de profundización de la brecha de raza, por un lado, y de proliferación
del activismo negro, con movimientos como Black Lives Matter?
Algo que tenemos que digerir y pensar es el hecho de que
el ascenso de una clase política negra, de la que el mismo Obama es una
expresión, coincidiera con el desplome de muchas comunidades negras.
No
es lo que la gente esperaba. Resulta notable que durante los años de
gobierno de Obama hubiera un resurgimiento del activismo radical negro, y
toda una nueva generación de gente que creo que observó la situación,
vio una cara negra en el lugar de poder más alto, y como eso coincidía
con el asesinato masivo de negros en las calles, que parecía no remitir
en absoluto, ni siquiera frenarse un poco, y concluyeron que debía haber
algo más profundo que cambiar.
Cuando uno empieza a analizar la
naturaleza de clase de la América negra, no todos estamos en el mismo
barco. No es probable, en mi opinión, que haya una lucha política común.
Lo lógico es que la élite negra, especialmente en sus capas más altas,
defienda al sistema.
La frase “Black Lives Matter” (las vidas negras importan)
surgió de tres mujeres negras que ejemplifican y representan una nueva
generación que se abre camino y que quiere una política que profundice
más, que vaya más allá de la mera política representativa, de situar
caras negras en las altas esferas.
Hemos visto a colectivos levantarse,
tomar las calles, negarse a dar marcha atrás incluso ante las tremendas
movilizaciones policiales, de una policía militarizada, con tanques y
todo eso.
En lugares como Ferguson y Baltimore, hemos visto
levantamientos explosivos. Un gran reto al que nos seguimos enfrentando
es el de cómo desarrollar formas de organización que puedan por un lado
desarrollar el movimiento en su continuidad, y por otro estar abiertas a
que gente nueva se incorpore.
En 2018 se cumplen cincuenta años del asesinato de
Martin Luther King. Se celebra a menudo su mensaje en contra de la
discriminación racial, que parece haber sido absorbido por el discurso
oficial estadounidense. Y, sin embargo, King trascendió con frecuencia
el lenguaje de la raza, o supo entender sus complejidades y su potencial
emancipador. ¿Qué se ha perdido de aquella parte del discurso de King, y
qué lecciones esconde para los estadounidenses que se oponen hoy, no
solo a Trump, sino a las fuerzas que lo impulsaron al poder?
Tenemos mucho que aprender de Martin Luther King sobre
cómo pensar en una política para la izquierda del futuro. Como cuando
dijo, en 1967, que era su gobierno, el de los Estados Unidos, el
principal proveedor de violencia del mundo.
Cuando uno piensa en los
EE.UU. de hoy, donde tenemos un patrón repetido hasta la saciedad de
tiroteos, no solo de la policía, sino de tiroteos de todo tipo, y se
hace la pregunta, ¿de dónde sale toda esta violencia?... Volvamos a
King: el gobierno estadounidense es el principal proveedor de violencia
del mundo, el principal fabricante de armas, el principal exportador de
armas del mundo.
Ahora mismo estamos amenazando a todo un país, a su
gente, con la aniquilación, mediante el cuadragésimo quinto presidente.
Este es un país muy violento. Tiene una historia muy violenta. Y hasta
que no la excavemos y nos enfrentemos a ella, no seremos capaces de
enfrentarnos a los verdaderos problemas.
En el militarismo, el racismo, en la economía… Hay
infinidad de maneras en las que podemos aprender del legado del Dr.
King. También tenemos que enfrentarnos a la extrema derecha neonazi.
Ahora tenemos a Donald Trump, que está llevando a supremacistas blancos a
su círculo más cercano de colaboradores.
Está cuestionando los límites
del racismo oficial. Antes ya teníamos los asesinatos policiales y el
profundo racismo institucional. Y ahora tenemos que enfrentarnos a los
asesinatos policiales, el profundo racismo institucional, la
encarcelación masiva, la profunda desigualdad, las escuelas segregadas y
las expresiones abiertas de racismo legitimadas al nivel más alto del
Estado.
Resulta terrorífico, porque con todo lo que Trump trae
consigo vienen fascistas de verdad, auténticos neonazis, y gente que
quiere hacer daño, matar. Forma parte de su estrategia, el terror y la
intimidación.
Tenemos una oportunidad aquí para movilizar a enormes
cantidades de gente contra estas expresiones de racismo, y establecer
conexiones entre estas y el racismo cotidiano liberal de nuestra
sociedad, para así convencer a la gente de debemos ir más allá al
cuestionar las raíces del racismo. Tenemos la posibilidad de hacer
precisamente eso, aquí y ahora." (Entrevista a Brian Jones, IGNASI GOZALO-SALELLAS / ÁLVARO GUZMÁN BASTIDA / HÉCTOR MUNIENTE, CTXT, 11/02/18)