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13/10/21

“No encontrar lo que buscamos en las tiendas será el pan de cada día... La crisis de los microchips no es más que la punta del iceberg de lo que vendrá”... Hemos realizado curvas de extracción de recursos minerales. La conclusión general es que el pico de la mayor parte de los recursos puede llegar antes de que acabe este siglo, y muchos de ellos antes de 2050

 "Alicia Valero (Zaragoza, 1978) es una referencia en el estudio del consumo de recursos. Hace 18 años que lo estudia desde el Centro de Investigación de Recursos y Consumos Energéticos (Instituto CIRCE). Dirige el grupo de investigación de ecología industrial de este centro, y también da clases en varios grados y másteres de la Universidad de Zaragoza. Este año ha publicado Thanatia. Los límites minerales del planeta (Icaria), un libro en formato de entrevista donde divulga la crisis de los materiales junto con su padre, también experto en la cuestión. En la vertiente académica, Valero ha sido más prolífica: 126 publicaciones y numerosos reconocimientos internacionales. Su campo de estudio puede parecer técnico y concreto, pero nos permite entender mejor qué pasa con las Play Stations, en la Seat o en el conflicto afgano.

La fábrica más grande de Cataluña, la Seat, está en un ERTE. El mayor productor de coches del mundo, Toyota, ha anunciado que bajará un 40% su producción mundial de coches este mes de septiembre. ¿Qué está pasando con los microchips? ¿Es una crisis de semanas o va para largo?

Las fábricas de microchips son muy pocas en todo el mundo y están concentradas en Asia. Ha habido una demanda brutal de microchips no solo a causa de la automoción, sino en general de todos los aparatos eléctricos y electrónicos. A ello, se ha sumado el hecho de que algunas fábricas tuvieron que estar paradas por la pandemia, y todo junto ha provocado serios problemas de abastecimiento. El sector está bastante preocupado porque no parece que esto pase rápidamente. En 2022 es seguro que continuarán las paradas, y es posible que se alargue a 2023. Además, hay el problema de que los coches tienen microchips relativamente baratos y sencillos, que solo tienen funciones como subir o bajar una ventanilla. La priorización de los fabricantes es hacia los microchips de mayor valor añadido, como los de los ordenadores. Los automóviles están al final de la lista. Hay algunas circunstancias puntuales relacionadas con la Covid-19 en esta crisis que no conozco bien porque no soy experta, pero no deja de ser la punta del iceberg de lo que vendrá en el futuro.

¿Por qué es la punta del iceberg?

Porque tenemos una demanda creciente exponencialmente y unos recursos del planeta que son los que son. No se puede soportar este crecimiento con los recursos que hay. Si haces cuentas, ves que la población aumenta con una tasa del 1% anual. Y que la depredación de recursos crece más, hasta un 3%. No solo hay más gente, sino que la gente que hay quiere más. En una generación habremos consumido tanto como en toda la historia del ser humano. Está clarísimo que esto estallará de alguna forma. Ya estamos viviendo estas consecuencias; los microchips son solo una muestra. Pero realmente todas las materias primas están sufriendo subidas brutales, porque la demanda sube de manera exponencial y no hay fábricas que sean capaces de dar abastecimiento ni recursos suficientes para proveerlas. Tenemos un problema serio que hay que abordar inmediatamente.

Pero, si no hemos pensado en comprar ningún coche… ¿esto nos puede afectar igual a corto plazo?

Para empezar, la economía de lugares como Martorell se puede ver muy afectada. Yo he visto afectaciones en mi entorno. Hay amigos de mis hijos que quieren una Play Station, y en la tienda no hay. O gente que necesitaba un sofá reclinable y este no llega porque faltaban microchips. No es un problema del sector del automóvil; ahora todo funciona con electrónica.

¿Cuál es tu previsión sobre los recursos que fallarán?

Si haces un análisis de cómo estamos extrayendo los recursos desde el año 1900 y de cuánta materia prima queda disponible para explotar, te das cuenta que, si seguimos a este ritmo, hay bastantes materias primas que tendrán un gran problema de suministro. Sobre todo, si consideras la transición digital y la transición a las energías limpias. Todo esto requerirá una serie de elementos que son escasos en la naturaleza.

Y, si estos materiales van buscados, ¿no se podrán encontrar nuevas minas?

No hay minas operativas suficientes. Y abrir una mina nueva implica, de media, unos 15 años, y muchos problemas ambientales asociados. Nadie quiere una mina cerca. No es tan fácil abrir una mina, como hemos visto en Cáceres. Aunque fuéramos capaces de encontrar nuevos yacimientos, que por supuesto se encontrarán, el problema está en el hecho que sus minerales estarán cada vez más diluidos. Esto es como el petróleo: la rentabilidad será cada vez peor. Es aritmética. Otra cosa es que no quieras ver el problema.

¿Quién no quiere ver el problema?

La Comisión Europea ya está diciendo que hay que apostar por nuevos yacimientos en el territorio porque dependemos de otros países. Pero, cuando he asesorado a comités de la Comisión Europea y explicaba que había que reducir, se me echaban a la yugular. Decían que se trataba de continuar creciendo económicamente. Pero tres más uno son cuatro. Y, si tienes cinco, solo te queda un margen de uno. Y, si sigues creciendo a un ritmo de uno, solo te queda un año. Algo hay que hacer. Ahora la transición energética está planteada para no superar los 2 grados y llegar a cero emisiones en 2050. O se invierte seriamente en minas y en la recuperación de materiales, o no llegaremos a estas cifras.

¿Debemos acostumbrarnos a no encontrar lo que buscamos en las tiendas?

Creo que será más el pan de cada día, sinceramente. Obviamente, todo esto se ha visto agravado por la Covid-19, y, cuando los precios suben mucho, al final vuelve a bajar la demanda y todo se vuelve a canalizar durante algún tiempo. La economía depende de muchísimos factores. Pero lo cierto es que, si existe un factor limitante, este factor es el físico, el de los recursos que hay. Tendremos que asumir que, si no tengo una Play Station, mala suerte y me aguanto, porque sencillamente no hay microchips para ofrecerme esta consola. Personalmente, estoy pendiente de que llegue el uniforme de gimnasia de mis hijos, y me han dicho que hasta enero o febrero no llegará porque los barcos chinos no están llegando. Fíjate que estamos hablando de un textil, ni siquiera de una cosa electrónica. Esto será cada vez más cotidiano; tendremos que volver cada vez más a las raíces de lo local. La globalización actual, además del impacto ambiental de traer unos pantalones desde China, nos hace muy vulnerables. Tarde o temprano —y yo creo que más temprano que tarde— toparemos con estos límites.

¿Qué significa “temprano”?

Hemos realizado curvas de extracción de recursos minerales. La conclusión general es que el pico de la mayor parte de los recursos puede llegar antes de que acabe este siglo, y muchos de ellos antes de 2050. Esto, contando con las reservas minerales que hipotéticamente existen en el planeta y que todavía no hemos detectado, y también con una tecnología futura que podría llegar a extraerlo. Si contamos solo las reservas que conocemos actualmente, los picos se avanzan muchísimo. Aquí el problema es que la demanda está aumentando exponencialmente y no hemos entendido lo que significa el consumo exponencial. No lo tenemos interiorizado; pensamos en lineal. Pero, precisamente cuando llegó la pandemia, experimentamos en primera persona lo que implica una transmisión del virus exponencial. Sin confinamiento, en pocos días nos habríamos infectado todos. Con ritmos diferentes, pero es la misma lógica de lo que estamos haciendo con los materiales.

Volviendo a Seat: ¿esto quiere decir que la promesa de fabricar 500.000 coches eléctricos cada año es inviable?

Yo he trabajado con Seat analizando como diseñar vehículos para evitar estos cuellos de botella. Si la demanda de vehículos y la de energías renovables aumentan de la manera que se prevé en los ‘Acuerdos de París contra el cambio climático’, nos podemos encontrar con límite de suministro de plata, cadmio, cobalto, cromo, cobre, galio, indio, litio, manganeso, níquel, plomo, platino, telurio o zinc antes de 2050. Estos son los elementos necesarios para las baterías de los vehículos, pero también para las energías renovables y en general para toda la electrónica. Tu ordenador también tiene batería; todo compite con todo. Por ahora, no hay baterías suficientes. Yo creo que los fabricantes de vehículos saben que no habrá baterías para todos los coches que esperan. El cobalto, por ejemplo, es muy crítico y está concentrado en muy pocos países.

Si las empresas automovilísticas lo saben… ¿por qué no actúan de una manera diferente?

Los fabricantes están creando acuerdos con los países proveedores para asegurar el suministro de materiales. Renault y Volkswagen ya prevén que las baterías se quedarán en propiedad del fabricante. Esto te da una idea de lo preocupados que están, de lo estratégicas que son las baterías, y de lo escépticos que están los fabricantes respecto a las previsiones que ellos mismos dicen. Lo que no hará un fabricante es lanzar mensajes apocalípticos.

¿Seat os pide que analicéis si tendrán materiales para sus coches?

Sí, nuestro grupo de investigación ha hecho varios proyectos con ellos. Antes de que ocurriera el problema de los microchips, nosotros ya les hicimos un análisis de varios modelos de Seat diciéndoles cuales eran las piezas críticas que tiene el vehículo, y como habría que diseñarlas para mejorar. ¿Sabes cuáles eran las piezas críticas? Justamente la electrónica, los microchips. Esto fue en 2018. Ya les estábamos diciendo que “ojo con estas piezas”, porque dependen de unos materiales muy escasos. Y bien, ya lo ves. Los fabricantes son conscientes de que tienen que repensar la manera de fabricar, y ahora han visto las orejas al lobo con el tema de los microchips.

Y los gobiernos, ¿son conscientes del problema? ¿Cómo está preparado el Estado español en este tema?

No estamos preparados ni mucho menos. Nos hemos hecho vulnerables intentando fabricar de manera más barata en otros países. Si fabrican otros lo que es tuyo, aparentemente tú no tienes los problemas de emisiones contaminantes. Y hemos pensado: ¡que fabriquen los chinos! A corto plazo podía ser una estrategia, pero a la hora de la verdad, si los chinos dicen que no suministrarán chips o tierras raras, aquí se para la economía. No tenemos fábricas, ni materias primas, ni una industria capaz de obtener materias primas de la basura que estamos generando.

Pero hoy en día ya somos dependientes del petróleo y del gas de otros países, y no nos va tan mal.

El problema es que queremos dejar de quemar combustibles fósiles, porque es lo que hay que hacer, pero lo queremos hacer con el mismo ritmo de crecimiento. Los aerogeneradores, los vehículos eléctricos, las placas solares…, todo esto es necesario, y todo esto está basado en materiales que son muy críticos. Pasaremos de ser dependientes del petróleo a ser multidependientes de toda la tabla periódica. Puede haber escasez de litio, puede haber escasez de manganeso, de cobalto… No todos estos elementos están situados en Arabia Saudí.

¿Quién se está preparando mejor?

El litio está en Bolivia, Argentina y Chile. El cobalto, sobre todo en el Congo. Las tierras raras, en China. Pero sobre todo seremos dependientes de China. Ellos tienen o bien los recursos o bien el procesamiento y refinamiento de los recursos de otros países. Y está comprando terrenos ingentes de África y de América Latina que contienen recursos. Son la fábrica del mundo y saben que quien tenga los recursos tendrá el poder. China tiene, desde hace décadas, una política de acaparamiento, o como mínimo de asegurarse el suministro. Los otros países no lo han sabido ver. Nosotros seremos más bien unos espectadores.

Algunos países petroleros, en América Latina y en Oriente Medio, han sufrido inestabilidad política y guerras como consecuencia de la lucha por su petróleo. ¿Puede pasar lo mismo con países que tienen muchos recursos minerales?

Esto ya está ocurriendo en Marruecos. Los conflictos que hay por el Sáhara Occidental no son para apoderarse del desierto. Son porque tienen las mayores reservas de fósforo del planeta. El fósforo es el oro verde, porque es la materia prima de los fertilizantes, y quizás podemos vivir sin microchips pero no sin alimentación. Las plantas necesitan este fósforo. Hoy en día hay mucha menos hambre en el mundo porque hubo una revolución de la agricultura con los fertilizantes. La productividad de los campos aumentó mucho. Pero se han echado tantos fertilizantes en los campos que hay unos problemas de contaminación brutales. Y estamos viendo una desaparición de suelo fértil. O encontramos otra revolución verde en la que no necesitemos estos fertilizantes minerales, o lo tenemos difícil. En el caso de Afganistán, no me atrevería a decir que ha estado determinante porque desconozco el background del país. Pero en 2007 ya era uno de los países estrella en busca de nuevas reservas de elementos como el litio. Si ahora mismo los chinos la tienen a bien con los talibanes es porque hay unas reservas estratégicas que interesan. Obviamente, de trasfondo del conflicto puede haber otros muchos factores, pero por supuesto en Afganistán hay reservas de varias materias que son estratégicas.

Muchos economistas defienden que es posible seguir creciendo sin consumir tantos materiales, porque en una economía digital ya no harán tanta falta, y entonces no habrá que sufrir por la escasez. ¿Cómo lo ves tú?

Precisamente son las tecnologías digitales las que más materias primas escasas necesitan. Esto, para empezar, pero es que, además, la historia nos dice que, cada vez que hemos mejorado la eficiencia de algún equipo, ha ocurrido un efecto rebote. Los coches ahora son más eficientes que nunca, pero utilizamos la mejora para fabricar muchos más coches. Y, al final, lo que tienes es un aumento exponencial de la depredación de los recursos. Hay que buscar la eficiencia, evidentemente; pero, si eso no va acompañado de repensar el modelo de sociedad que tenemos, difícilmente lo cambiaremos. Hay que replanteárselo todo muy seriamente. En el fondo, la pandemia nos ha enseñado mucho sobre esto: lo que hay que hacer es bajar la curva.

¡Una de las apuestas podría ser que todos estos materiales se reciclen!

En el caso de los coches, hemos hecho estudios para ver como se podría hacer un reciclaje mejor. Y, actualmente, todos estos elementos que son críticos los estamos perdiendo. Cuando llevas un vehículo a desguazar, le sacan las ruedas, los fluidos, el catalizador…; esto, con suerte. Los aceros del coche, que son ultraresistentes, se juntan con las chapas de cualquier electrodoméstico, y el acero que queda es de baja calidad, con impurezas. De todo ello, se dice que actualmente se reciclan los vehículos en un 95%, que es a lo que obliga la legislación. Pero en realidad lo que se recicla es un 95% del peso, y los minerales críticos se pierden en el vertedero o quedan diluidos en la mezcla de aluminio. Hoy por hoy, no existen procesos mejores que recuperen estos elementos, los que están en los microchips y que son esenciales. No será fácil, pero hay que entender lo estratégico que es recuperar estos elementos. Ahora mismo estamos parando las fábricas de vehículos de 1.000 kilos porque nos faltan unos microchips que pueden pesar 3 gramos.

Di algún ejemplo de mineral desconocido para el gran público que utilizamos mucho y que echaremos de menos pronto.

El telurio, por ejemplo. Se emplea en los nuevos paneles fotovoltaicos, porque son más finos y eficientes. Pero no hay minas de telurio, porque son elementos que salen del refinamiento de otros elementos mayores, como el cobre. Es decir, que están supeditados a la producción de estos minerales mayores. No abrirás una mina específicamente para el telurio si lo que puedes sacar son unos gramos por tonelada. Con el indio pasa lo mismo: es un material que hace que puedas mover la pantalla del móvil con el dedo. Y es necesario para los LED. Y una sola compañía china suministra una gran parte de este indio.

¿Y las tierras raras? ¿Por qué son importantes?

Se llama tierras raras a un conjunto de 17 elementos de la tabla periódica. Algunas son muy críticas para las energías renovables, como el neodimio y el disprosio. Con estos dos materiales hacen imanes muy fuertes, unos imanes que son necesarios para cualquier motor. Todo motor eléctrico tiene tierras raras: ordenadores, cámaras, vehículos… Cualquier cosa que se mueva lo tiene: incluso un sofá reclinable. Pero no hace falta fijarse en materiales tan concretos para darse cuenta de la gravedad de la situación. El sector de la construcción está temblando por los precios de las materias primas que no son raras. La madera está subiendo muchísimo. El aluminio y el cobre, también. De momento, los promotores están asumiendo esta subida de precios, pero no sé cuánto tiempo aguantarán así. Al final nos lo repercutirán. Todo está relacionado con el consumo exponencial. Por algún lado tiene que explotar.

Si falla alguno de estos materiales, ¿es posible que encontremos alternativas para fabricar a partir de otras cosas?

Siempre se buscan alternativas. Todo es reemplazable. Pero en el sistema de producción actual no lo es, porque todo se basa en el just in time. Si necesito un pedido de microchips, es para mañana. Tenemos que ir hacia un modelo diferente, de stocks más grandes, de más flexibilidad, porque las cadenas de suministros cada vez son más débiles. China ya hizo un embargo de tierras raras en 2010 y los precios subieron de manera brutal. Puede volver a ocurrir que se frene bruscamente la circulación de cualquier de estos materiales, como estamos viendo ahora con los chips.

Si no hay bastante materiales para hacer la transición energética, ¿nos veremos forzados a incumplir los objetivos porque no habrá alternativa a quemar gas y petróleo? ¿Qué podemos hacer para dejar de contaminar sin agotar los materiales?

No creo que sigamos quemando combustibles fósiles al ritmo actual porque, como explica Antonio Turiel, ya hay desinversión por parte de las petroleras. Ya no buscan nuevas reservas. Y se están cerrando las centrales de carbón. Está en la mente de todos que tenemos que ir hacia las energías renovables. Pero hay un problema: la extracción de minerales necesarios para la transición energética es a base de energía fósil. Ahora mismo, la minería ya es el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Si la demanda aumenta, también lo hará la extracción de minerales. El impacto climático de esta minería en el futuro será mayor. ¿Podremos descarbonizar la economía tal como está pensado? Yo creo que no, porque no se ha tenido en cuenta este factor, y descarbonizar el sector de la minería es muy complicado. Si no nos podemos desarrollar con las renovables, volverá el viejo debate de si alargar la vida de la energía nuclear. Pero esto último ya no es ciencia, sino mi opinión. En todo caso, creo que no nos podremos desarrollar tal como habíamos pensado. Habrá paradas económicas y bajará el PIB. O cambiamos el modelo, o la falta de recursos nos hará cambiar bruscamente el modelo."            (Entrevista a Alicia Valero, Manuel Riu, Rebelión, 12/10/21)

18/2/20

Trece tesis sobre la catástrofe (ecológica) inminente y los medios (revolucionarios) de evitarla

"I. La crisis ecológica está ya presente y se convertirá todavía más, en los meses y años próximos, en la cuestión social y política más importante del siglo XXI. 

El porvenir del planeta y de la humanidad va a decidirse en los próximos decenios. Los cálculos de algunos científicos en relación con los escenarios para el 2100 no son muy útiles, por dos razones: a) científica: considerando todos los efectos retroactivos imposibles de calcular, es muy aventurado hacer proyecciones de un siglo; b) política: a finales del siglo, todos y todas nosotros y nosotras, nuestros hijos y nietos habrán partido y entonces ¿qué interés tiene? 

II. La crisis ecológica incluye varios aspectos, de consecuencias peligrosas, pero la cuestión climática es sin duda la amenaza más dramática. 

Como explica el GIEC [Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, ndt], si la temperatura media sobrepasa más de 1,5 grados en relación con la del período preindustrial, existe el riesgo de que se desencadene un proceso irreversible de cambio climático. ¿Cuáles serían las consecuencias? A continuación se señalan algunos ejemplos: la multiplicación de mega-incendios como el de Australia; la desaparición de los ríos y la desertificación de los suelos; el deshielo y la dislocación de los glaciares polares y la elevación del nivel del mar, que puede alcanzar hasta decenas de metros, mientras que solo con dos metros amplias regiones de Bengala, de India y de Tailandia, así como las principales ciudades de la civilización humana –Hong-Kong, Calcuta, Viena, Amsterdam, Sangai, Londres, Nueva York, Río- desaparecerán bajo el mar. ¿Hasta dónde podrá subir la temperatura? ¿A partir de qué temperatura estará amenazada la vida humana sobre este planeta? Nadie tiene respuesta a estas preguntas…


III. Estos son riesgos de catástrofe sin precedente en las historia humana. 

Sería preciso volver al Plioceno, hace algunos millones de años, para encontrar una condición climática análoga a la que podrá instaurarse en el futuro gracias al cambio climático. La mayor parte de los geólogos estiman que hemos entrado en una nueva era geológica, el Antropoceno, en el que las condiciones del planeta se han modificado por la actividad humana. ¿Qué actividad? El cambio climático empezó con la Revolución Industrial del siglo XVIII, pero fue después de 1945, con la globalización neoliberal, cuando tuvo lugar un salto cualitativo. En otros términos, es la civilización industrial capitalista moderna quien es responsable de la acumulación de CO2 en la atmósfera y, con ello, del calentamiento global.


IV. La responsabilidad del sistema capitalista en la catástrofe inminente está ampliamente reconocida. 

El Papa Francisco, en la Encíclica Laudatio Si, sin pronunciar la palabra capitalismo, denunciaba un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso, exclusivamente basado en “el principio de maximización del beneficio” como responsable a la vez de la injusticia social y de la destrucción de nuestra Casa Común, la Naturaleza. Una consigna universalmente coreada en las manifestaciones ecologistas en todos los lugares del mundo es: “¡Cambiemos el sistema, no el clima!” La actitud de los principales representantes de este sistema, partidarios del business as usual – millonarios, banqueros, expertos, oligarcas, politicastros- puede ser resumida en la frase atribuida a Luis XIV: “Después de mí, el diluvio”.


V. El carácter sistémico del problema se ilustra cruelmente con el comportamiento de todos los gobiernos (con rarísimas excepciones) al servicio de la acumulación de capital, de las multinacionales, de la oligarquía fósil, de la mercantilización general y del libre comercio. 

Algunos -Donald Trump, Jair Bolsonaro, Scott Morrison (Australia)- son abiertamente ecocidas y negacionistas climáticos. Los otros, los razonables, dan el tono en las reuniones anuales de la COP (¿Conferencias de los Partidos o Circos Organizados Periódicamente?) que se caracterizan por una vaga retórica verde y una completa inercia. La de más éxito fue la COP21, en París, que concluyó con solemnes promesas de reducciones de emisiones por todos los gobiernos participantes -no cumplidas, salvo por algunas islas del Pacífico-; ahora bien, si se hubieran cumplido, los científicos calculan que la temperatura podría sin embargo subir hasta 3,3 grados suplementarios.


VI. El capitalismo verde, los mercados de derechos de emisión, los mecanismos de compensación y otras manipulaciones de la pretendida economía de mercado sostenible se han revelado completamente ineficaces. 

Mientras que se enverdece a diestra y siniestra, las emisiones suben en flecha y la catástrofe se aproxima a grandes pasos. No hay solución a la crisis ecológica en el marco del capitalismo, un sistema enteramente volcado al productivismo, al consumismo, a la lucha feroz por las partes de mercado, a la acumulación del capital y a la maximización de los beneficios. Su lógica intrínsecamente perversa conduce inevitablemente a la ruptura de los equilibrios ecológicos y a la destrucción de los ecosistemas.


VII. Las únicas alternativas efectivas, capaces de evitar la catástrofe, son las alternativas radicales.  

Radical quiere decir que ataca a las raíces del mal. Si la raíz es el sistema capitalista, son necesarias alternativas anti-sistémicas, es decir anticapitalistas, como el ecosocialismo, un socialismo ecológico a la altura de los desafíos del siglo XXI. Otras alternativas radicales como el ecofeminismo, la ecología social (Murray Bookchin), la ecología política de André Gorz o el decrecimiento anticapitalista, tienen mucho en común con el ecosocialismo: en los últimos años se han desarrollado las relaciones de influencia recíprocas.


VIII. ¿Qué es el socialismo? Para muchos marxistas es la transformación de las relaciones de producción –mediante la apropiación colectiva de los medios de producción- para permitir el libre desarrollo de las fuerzas productivas. 

El ecosocialismo se reclama de Marx pero rompe de forma explícita con ese modelo productivista. Ciertamente, la apropiación colectiva es indispensable, pero es también necesario transformar radicalmente las mismas fuerzas productivas: a) cambiando sus fuentes de energía (renovables en lugar de fósiles); b) reduciendo el consumo global de energía; c) reduciendo (decrecimiento) la producción de bienes y suprimiendo las actividades inútiles (publicidad) y las perjudiciales (pesticidas, armas de guerra); d) poniendo fin a la obsolescencia programada. El socialismo implica también la transformación de los modelos de consumo, de las formas de transporte, del urbanismo, del modo de vida. En resumen, es mucho más que una modificación de las formas de propiedad: se trata de un cambio civilizatorio, basado en los valores de solidaridad, igualdad y libertad y respeto de la naturaleza. La civilización ecosocialista rompe con el productivismo y el consumismo para privilegiar la reducción del tiempo de trabajo y, así, la extensión del tiempo libre dedicado a las actividades sociales, políticas, lúdicas, artísticas, eróticas, etc., etc. Marx designaba ese objetivo con el término Reino de la libertad.


IX. Para cumplir la transición hacia el ecosocialismo es necesaria una planificación democrática, orientada por dos criterios: la satisfacción de las verdaderas necesidades y el respeto de los equilibrios ecológicos del planeta. 

Es la misma población –una vez desembarazada del bombardeo publicitario y de la obsesión consumista fabricada por el mercado capitalista- quien decidirá, democráticamente, cuales son las verdaderas necesidades. El ecosocialismo es una apuesta por la racionalidad democrática de las clases populares.


X. Para llevar a cabo el proyecto ecosocialista no bastan las reformas parciales. Sería necesaria una verdadera revolución social. 

¿Cómo definir esta revolución? Podríamos referirnos a una nota de Walter Benjamin, en un margen a sus tesis Sobre el concepto de historia (1940) : “Marx ha dicho que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Quizá las cosas se presentan de otra forma. Puede que las revoluciones sean el acto por el que la humanidad que viaje en el tren aprieta los frenos de urgencia”. Traducción en palabras del siglo XXI: todas y todos somos pasajeros de un tren suicida, que se llama Civilización Capitalista Industrial Moderna. Este tren se acerca, a una velocidad creciente, a un abismo catastrófico: el cambio climático. La acción revolucionaria tiene por objetivo detenerlo, antes de que sea demasiado tarde.

 No se trata de esperar a que las condiciones estén maduras: hay que promover la convergencia entre luchas sociales y luchas ecológicas y batirse contra las iniciativas más destructoras de los poderes al servicio del capital. Es lo que Naomi Klein llama Blockadia . Es en el interior de las movilizaciones de este tipo donde podrá emerger, en las luchas, la conciencia anticapitalista y el interés por el ecosocialismo. Las propuestas como el Green New Deal forman parte de ese combate, en sus formas radicales, que exigen el abandono efectivo de las energías fósiles pero no en las que se limitan a reciclar el capitalismo verde.
 

XII. ¿Cuál es el sujeto de este combate? El dogmatismo obrerista/industrialista del pasado ya no es actual. Las fuerzas que hoy se encuentran en primera línea del enfrentamiento son los jóvenes, las mujeres, los indígenas, los campesinos. 

Las mujeres están muy presentes en el formidable levantamiento de la juventud lanzado por el llamamiento de Greta Thunberg, una de las grandes fuentes de esperanza para el futuro. Como nos explican las ecofeministas, esta participación masiva de las mujeres en las movilizaciones proviene del hecho de que ellas son las primeras víctimas de los daños ecológicos del sistema. Los sindicatos comienzan, aquí o allá, a comprometerse también. 

Eso es importante, ya que, en último análisis, no se podrá abatir al sistema sin la participación activa de los trabajadores y las trabajadoras de las ciudades y de los campos, que constituyen la mayoría de la población. La primera condición es, en cada movimiento, asociar los objetivos ecológicos (cierre de la minas de carbón o de los pozos de petróleo, o de centrales térmicas, etc.) con la garantía del empleo de los y las trabajadores y trabajadoras afectados.


XIII. ¿Tenemos posibilidades de ganar esta batalla antes de que sea demasiado tarde? 

Contrariamente a los pretendidos colapsólogos, que proclaman, a bombo y platillo, que la catástrofe es inevitable y que cualquier resistencia es inútil, creemos que el futuro sigue abierto. No hay ninguna garantía que ese futuro será ecosocialista: es el objeto de una apuesta en el sentido pascaliano, en la que se comprometen todas las fuerzas, en un trabajo por lo incierto. Pero, como decía, con una gran y simple prudencia, Bertold Brecht: “El que lucha puede perder. El que no lucha ha perdido ya”.                  (Michael Löwy , Mediapart, Viento sur, en Rebelión, 17/02/20)

26/11/18

La receta del ecólogo Salvador Rueda para salvar las ciudades: las supermanzanas

"Cuando Madrid está a punto de estrenar una valiente, pionera y amplia restricción del tráfico privado al centro de la ciudad, entrevistamos al ecólogo urbano Salvador Rueda, que se ha empeñado en rediseñar las ciudades para evitar el fin del mundo. 

Su receta: las supermanzanas. Licenciado en ciencias biológicas y psicología, las clases de su maestro, el ecólogo Ramón Margalef, le hicieron ver las tramas urbanas como los más complejos ecosistemas que ha creado la especie humana.

 Su novedosa visión científica está empezando a aplicarse en las grandes urbes de todo el mundo en un intento por entenderlas, estructurarlas y equilibrarlas, pues en ese equilibrio está la habitabilidad, lo más cercano a la felicidad. Además tiene algo claro: “Hay que cambiar el uso del coche en la ciudad. No es necesario cuando hay alternativas. Es posible moverse de otro modo”.

Director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona, el famoso ecólogo urbano propone agrupar los barrios en supermanzanas a modo de grandes células donde el tráfico motorizado se reduzca al máximo y los espacios públicos crezcan. 

Un modelo urbano pensado para las personas. Más ecológico, social, abierto, interconectado, sostenible, basado en el equilibrio ecosistémico, el mismo que rige en la naturaleza. Urgentemente replicable si de verdad tenemos interés por el futuro porque, advierte, nos queda poco tiempo.

¿Cómo podemos hacer las ciudades más ecológicas?

Acabo de presentar una carta [Carta para la planificación ecosistémica de las ciudades y metrópolis] que quiere poner las bases para el diseño de los nuevos desarrollos y la regeneración de lo ya existente. Las ciudades son las principales responsables del actual desaguisado ambiental del Planeta. Producen más del 70% de los gases de efecto invernadero, son las que más suelo ocupan en el territorio y las que demandan la mayor parte de los recursos. Las ciudades son la clave. Y las tenemos que repensar.

¿Son el problema o la solución?

Hoy son el problema, mañana tienen que ser la solución si queremos reducir las incertidumbres actuales y mejorar nuestra capacidad de anticipación. La posibilidad de asegurar el futuro vendrá de las ciudades o no vendrá.

¿Nos están matando las ciudades?

Ahora nos están matando. Son causantes de los mayores impactos en el globo. Se ha extendido la degradación fruto del mal funcionamiento de las ciudades, el mal diseño y organización de las mismas, y necesitamos repensarlas profundamente para volvernos a adherir a las leyes de la naturaleza. 

El problema es que la sociedad industrial quiso jugar a ser dios, modificando las reglas de juego que tiene el planeta. Y la naturaleza nos ha respondido que, cuando se agoten los límites, nos vamos a enterar. Nos va a dar una respuesta contundente de lo que representa que suba el nivel de las aguas, que se deserticen ciertas áreas, que las temperaturas suban hasta extremos insospechados. Y eso solo hablando de los efectos del cambio climático, pero podemos hablar de otras variables que también han sobrepasado la línea roja.

¿Es un problema de diseño de las ciudades o de concepto?

De las dos cosas. La sociedad industrial se ha hecho una sociedad urbana. Ahora vivimos en las ciudades el 50 % [de la población mundial], pero dentro de unos años, hacia 2050, se espera que el 75 % de los seres humanos sean habitantes de las ciudades. Una sociedad eminentemente urbana. En la ciudad está el problema, pero también la solución.

 Tenemos que incorporar visiones ecosistémicas que permitan enlazar aquello que proponemos en la planificación y en la ejecución de la misma, para no sobrepasar aquellos límites que hacen que los procesos se hagan irreversibles. Pero que nos permitan, de algún modo, acomodarnos a esas leyes sin que ello suponga ninguna merma de servicios.

¿Qué cambiaría de las ciudades?

Tenemos que cambiar su morfología, su funcionalidad y modelos de movilidad, las condiciones de habitabilidad de nuestro espacio público. Tenemos que saber cuál es la pieza clave en el desarrollo de la organización urbana, de la mezcla de usos. Debemos cambiar las reglas de convivencia para que nuestras ciudades estén más cohesionadas socialmente. Esas son las claves.

¿Cambiarlo todo para que nada cambie?

Esa es una muy buena pregunta. Pero es así. Necesitamos incorporar la inteligencia, e incluso la sabiduría, entendiendo que la sabiduría es la inteligencia con memoria y con sentido común. Cuando incorporas las tres piezas, la resultante son soluciones que a alguien le pueden parecer tibias, pero que si están bien planteadas son revolucionarias.

Póngame un ejemplo.

Por ejemplo, la movilidad y el espacio público. La propuesta de reordenar la circulación con la intención de liberar el 70% del espacio público que hoy ocupa la movilidad. Es factible hacerlo con una reducción, en el caso de Barcelona, de solo un 13% menos de coches circulando. Con lo cual la podemos hacer habitable. Muchísimo más habitable. 

En el momento en que reducimos el 13% [de coches], quiere decir que las condiciones de vida de esas personas que vivan en la periferia de esas supermanzanas serán las mismas que tienen hoy o similares. Pero hemos de ir más allá o no lograremos reducir la contaminación atmosférica a los niveles que necesitamos. 

Y en el caso de Barcelona ponemos como meta un 21% en lugar de un 13%. De esta forma los niveles de contaminación atmosférica estarán por debajo de los que marca la legislación europea. Y eso supondrá que las condiciones ambientales y urbanas de las personas que vivan en la periferia con un 21% menos de coches serán mucho mejores que las que tienen ahora.

¿Y cómo se consigue algo así? ¿Apostando por el transporte público?

No. Se consigue con una panoplia de propuestas, pero la principal es la redefinición de una red ortogonal de vías en donde se generan unas células de unos 400 por 400 metros en cuyo interior se libera el espacio para usos distintos al de la movilidad, que se restringe fundamentalmente a las periferias de esas células. Y eso con un coste en el cambio relativamente pequeño, porque reduciendo un 13% de coches conseguimos un mismo servicio de tráfico. Garantizamos la funcionalidad. Garantizamos la organización urbana. Pero liberamos el 70% del espacio. Parece como magia, ¿no?

Es lo que usted llama “supermanzanas”. ¿Pero es algo posible o tan solo es una teoría?

Eso es posible mañana en Barcelona. En Madrid no sé cuál es el porcentaje. En Vitoria es el 8% [menos de coches]. Y conseguimos lo mismo. Conseguimos que la ciudad sea para el ciudadano. Ahora mismo, todos los que planifican hablan de crear áreas peatonales, sin darse cuenta de que el peatón es un modo de transporte.

 Necesitamos que sean ciudadanos y no solo peatones. Que puedan utilizar el espacio para el entretenimiento, ver a los niños jugando en la calle sin peligro. Que el ciego, la persona que no ve, pueda andar y deambular sin miedo, porque las velocidades internas de las supermanzanas no pueden sobrepasar los 10 kilómetros por hora; velocidad que hace compatible el conjunto de usos y de intereses. Necesitamos garantizar los derechos de intercambio. El mercado es el que hace ciudad en gran medida. Pero no solo es la venta de frutas y verduras. Hay millones de cosas para intercambiar en la ciudad, desde cromos hasta el pan o el hecho de tomarte una cerveza en una terraza. 

Garantizar el derecho a la cultura, al arte y al conocimiento en el espacio público. Y el derecho a la democracia, de nuevo al ágora, a la posibilidad de expresarse la gente. A todo eso tenemos derecho y, además, a movimientos alternativos a pie y en bicicleta. Funciona porque garantizas la funcionalidad del sistema.

¿Lo están aplicando ya en Barcelona?

En Barcelona hemos hecho una nueva red de transporte público, pero fundamentalmente hemos cambiado toda la red de autobuses. Pasamos de 84 a 28 líneas, con frecuencias de cuatro a cinco minutos en toda la ciudad y una espera media de dos minutos, pero como el reloj mental de una espera es de dos minutos, en realidad no esperas. La distancia desde cualquier punto a las paradas se ha reducido. 

Todo el mundo tiene ahora mejor acceso a esta red, 30.000 personas más. Y eso permite que, vivas donde vivas, tienes el mismo servicio. También es básico contar con una nueva red de bicicletas que sea completa para toda la ciudad. Cuando tú tienes todas las alternativas, luego puedes pedir sacrificios a la población, pero si no las tienes no puedes.

¿Es rentable ese nuevo modelo?

Una medida que es clave en cualquier proceso de planificación es entender que el órgano más sensible de la especie humana es su bolsillo. [Se ríe]. Con unos pocos céntimos somos capaces de reducir un número brutal de vehículos circulando cuando los aplicamos al aparcamiento. Brutales. No hay medida mejor. La gente se va acomodando a estos cambios, poco a poco. Y al final consigues cambiarlo todo sin que parezca que hayas cambiado nada.

Suena un poco ingenuo pensar que un buen diseño puede cambiar el mundo cuando no se cambian también las estructuras económicas y de poder.

El tema está claro. Esto es una guerra de intereses. Yo soy un servidor público. A mí me interesa la ciudad. Cuando a mí me contratan para trabajar en una ciudad, yo les digo a los políticos que no trabajo para ellos. Yo trabajo para los ciudadanos. Para los que les han votado y para los otros también.

 ¿Qué ocurre? Que los intereses económicos, por su propia definición, son intereses privados. Y por lo tanto no tienen en su ADN la necesidad de incorporar los criterios, los principios y los objetivos de lo público. Van a ganar dinero. Lo público está, precisamente, para que ganando ellos dinero, no suponga una merma de la calidad urbana y de vida de sus habitantes. Yo hoy no estoy diciendo que no se hagan coches.

 Mañana no lo sé, pero hoy lo que estoy diciendo es que hay que cambiar el uso del coche en la ciudad. Que no es necesario cuando hay alternativas. Que es posible moverse de otro modo de una forma competitiva respecto al uso del coche. Pero hay que poner la infraestructura y diseñar los elementos que permitan que eso sea así. Y hay que hacer una apuesta pública por lo que es público, que es el derecho de todas las personas a acceder a la ciudad.

Usted ha sido discípulo de Ramón Margalef. Como ecólogo, ¿cree que la ciencia puede ayudarnos a mejorar las ciudades?

Entendiendo que una buena teoría es la mejor práctica, tiene que venir sobre bases a ser posible científicas. No por nada, sino porque la ciencia lo que busca es conocer las regularidades que se producen de un determinado fenómeno, y define el sistema de clasificación que nos permite encajar todas las piezas y poder avanzar en el proceso de conocimiento cuando alguna pieza no encaja y se generan nuevos paradigmas. 

Mi inicio teórico empieza con la ecología académica. Cuando necesitas tener marcos de referencia que te permitan ligar las variables, y en el caso de la ecología, ligarlas de manera integrada. Porque la ecología es la ciencia que estudia los ecosistemas. Y fuera de los sistemas no hay nada. La ciudad es el ecosistema más complejo que ha creado la especie humana.

A pesar de toda la información que maneja, o precisamente por eso mismo, usted se declara un pesimista activo. ¿Ve muy negro el futuro?

Muy mal. Yo soy un optimista redomado en la acción, pero la información que tengo solo me permite ser pesimista a partir de la constatación y la evolución de las variables que he ido siguiendo a lo largo de 40 años. Creo y espero que reaccionemos ante una catástrofe, pero la catástrofe viene sí o sí. Fruto de los impactos que generamos en la Tierra, esa catástrofe vendrá por la mucha gente que tendrá que moverse de lugar. Migraciones que no serán como las de hoy: serán masivas. Y ese movimiento generará cortocircuitos de materiales y de energía. Y la primera víctima será la organización.

Suena terrible…

Creo que estamos en una situación de riesgo muy elevada, y que la solución está en buena medida en cómo diseñemos las ciudades del futuro. En el caso de África se espera que en 20 años crezca la población en 2.000 millones de personas. Mi pregunta es dónde van a ir esas personas si no hay organización, no hay ciudad para acogerlas.

 Pero tienen que sobrevivir. No podemos levantar muros. Tenemos que empezar a rediseñar las ciudades, a construir aquellas ciudades que permitan que esas personas puedan vivir en buenas condiciones en ellas. Y estoy hablando de 20 años. Si eso no es incierto, que venga Dios y lo vea.

¿A qué esperamos para tomarnos todo esto en serio?

Que nadie crea que si no se repiensan las ciudades hay futuro. No lo hay. Aunque se pongan las naciones de acuerdo ¿Para hacer qué? La gente tiene que vivir. ¿Y dónde vive? ¿Cuáles son los flujos, los recursos? Tiene que ser en ciudades. ¿Y qué ciudades? Esa es la cuestión. No hay más vuelta de hoja. 

Con la Carta para la planificación ecosistémica de las ciudades y metrópolis que en mayo pasado presenté en Barcelona, propongo crear una comunidad que desde abajo vaya sumando apoyos. Y que esa suma sea tan potente, genere tantos instrumentos, metodologías, soluciones de carácter legal y académico, que permita aflorar desde abajo lo que los políticos nunca van a aprobar porque están al servicio de los intereses económicos. Y como he dicho al principio, nunca van a apostar, digo nunca es nunca, por el bien común. 

Aunque lo vistan como quieran y le pongan la etiqueta de ecológico, de sostenible, de verde. No sé cuál será la próxima palabra que se van a inventar, me parece que será la resiliencia. Es igual. Al final nos querrán vender la moto para beneficiar intereses espurios. Y lo que nos estamos jugando es bastante más serio que esa puesta en escena del mundo económico por la ecología."                       (Entrevista al ecólogo Salvador Rueda, Publico, 20/11/18)

9/7/18

La realidad es que en la lucha ecologista hoy por hoy casi todo está perdido, así que ¿qué podemos perder si cambiamos de forma de actuar?

"Con la correlación de poder existente es perfectamente imaginable una “patada adelante” que garantice los niveles de vida deseados a una parte minoritaria y privilegiada, a costa de la desposesión de amplios sectores de población. [...]
[…] exponer la crudeza de estos datos y exigir que sea la prioridad de las agendas políticas es tildado, con frecuencia, de catastrofista.

Es un error garrafal confundir la consciencia de los datos con la catástrofe. Los datos son datos y es absurdo rebelarse contra ellos. La catástrofe es que COP tras COP se constate que vamos al colapso y los resultados sean irrelevantes.
La catástrofe es no hacer nada. Nadie llama a su doctora catastrofista cuando le diagnostica un tumor. 

Más bien, afronta el proceso de curación, reorientando todo hacia la prioridad de conservar la vida. Eso es lo que toca ahora. Esa la tarea política más importante, heroica y hermosa que tenemos por delante.

(YAYO HERRERO, "La catástrofe es no hacer nada")

Ahora son los “mercados” (no sin la connivencia o, incluso, el respaldo y el patrocinio tácito o explícito de los impotentes y desventurados Gobiernos estatales) los que han usurpado la primera y la última palabra a la hora de negociar la línea que separa lo realista de lo poco realista. Y los “mercados” son un nombre abreviado para designar a fuerzas anónimas, sin rostro ni domicilio fijo: fuerzas que nadie ha elegido y que nadie es capaz de limitar, controlar o guiar.

(ZYGMUNT BAUMAN y LEÓNIDAS DONSKIS, Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida)

Base social y activismo ecologista

Este texto continúa el análisis comenzado en “Apuntes sobre el eje verde que se desvanece”, donde se abordaba la ausencia del conflicto ambiental en la agenda de movilización social vigente; partiendo de Albert Recio [1], el análisis se inscribe en la reflexión de Pablo Massachs sobre potencialidades y limitaciones de las TIC en el movimiento ecologista organizado [2].

Se trata de ir más allá de la gastada expresión «la gente», un lugar común entre ecologistas a la hora de decidir qué se hace y cómo se hace lo decidido; ya se sabe, “la gente” no quiere informaciones pesimistas, “la gente” no tiene tiempo para leer documentos largos o complejos, “la gente” quiere cosas sencillas, positivas y concretas…; esa “gente” que justifica cualquier actividad de protesta sin mayor reflexión de fondo, actividad que, en muchos casos, responde a intereses de los que “la gente” no tiene ni idea. 

Para superar la falacia de “la gente” se apuntan cuatro líneas: la evolución histórica del movimiento ecologista, una aproximación a la estructura social en que se inscribe su acción, su enlace desde esa estructura a la función paliativa que cumple hoy por hoy, y un esbozo de perspectivas para afrontar las limitaciones con que interviene/intervenimos.

El movimiento ecologista ha cambiado (y mucho) desde sus inicios hasta hoy
Aunque la Cumbre de la Tierra (Estocolmo 1972) se considera la referencia inicial del movimiento, ese acontecimiento representa la eclosión de un trabajo que comienza a pocos años del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando algunos núcleos de científicos y técnicos empiezan a tomar conciencia del binomio producción-destrucción vinculado al desarrollo industrial. Un trabajo que cristaliza en libros como Primavera silenciosa (Rachel Carson, 1963), en documentos como Los límites del crecimiento (informe del MIT al Club de Roma, 1971) o en iniciativas como el simposio “El papel del hombre en los cambios de la faz de la Tierra” (Estados Unidos, 1955), por poner algunos ejemplos. En el campo de la energía, se vinculan el pacifismo y el movimiento contra la energía nuclear, por la relación entre nuclearización militar y civil.

Leídos desde la perspectiva de hoy, la reflexión y denuncia de esa primera etapa sobre los impactos que industrialización y desarrollo provocan en ecosistemas renovables y recursos no renovables (extracción hasta el agotamiento en una lógica implacable del lucro), sorprende por su lucidez y radicalidad (mi favorito es el segundo informe al Club de Roma de Mesarovic y Pestel, La humanidad en la encrucijada), forman parte de la denuncia del capitalismo, aunque el marco de la Guerra Fría hizo imposible una confluencia con las izquierdas por causas que merecen un estudio propio.

Lo significativo, siguiendo a Naredo [3], es que se puede establecer la línea de fractura en la evolución del movimiento ecologista a partir del inicio de los años ochenta (no por casualidad es el período en que la doctrina neoliberal pasa de «run-run» académico a imposición política agresiva). La fractura se concreta en la reducción del rigor y la concreción en las investigaciones, y en el nivel de exigencia de las alternativas; y se concreta, finalmente, en la institucionalización de la crisis ecológica que representa la Cumbre de Río de 1992.

En Estocolmo 1972 se concretó el avance en la consciencia ambiental iniciado en los años cincuenta, en Río 1992 se levantó acta del retroceso iniciado en los años ochenta.

Naredo demuestra esa fractura con el contraste entre documentos publicados con anterioridad a los años ochenta y todo lo que se redacta después. Los años setenta plantean diagnósticos contundentes, cuantifican, y fijan objetivos en leyes y medidas concretas a aplicar por fuerzas políticas, instituciones, y el Estado, para llegar a unos cambios que se consideran urgentes [4]. 

En cambio, a partir de los ochenta, y especialmente después de 1992, los objetivos pierden concreción; aparecen las planificaciones indicativas, leyes y reglamentos vinculantes son sustituidos por acuerdos voluntarios redactados por empresas implicadas en la devastación ambiental; y las fuerzas que han de actuar se limitan a la difusa “sociedad civil” (de la que forman parte tanto los que obtienen lucro de la devastación ambiental, como los que sufren las consecuencias de la misma), las ONG y, en algunos ámbitos, las entidades municipales (hay que recordar el papel tan inútil como cosmético de las llamadas “Agendas 21” institucionalizadas en Río 92). En conjunto, se pasa de determinar quiénes son los responsables a proclamar que “todos somos responsables” [5]. Una primera aproximación a la vaciedad del concepto “la gente” se deduce de este recorrido histórico.

Las personas que nos dedicamos al activismo voluntario compartimos una experiencia de esta dinámica: mientras el tratamiento de un conflicto ambiental se limita a la denuncia y alternativa genéricas, se disfruta de un consenso social y político elevado (recordemos, por ejemplo, la aceptación casi universal de las energías renovables como alternativas al modelo fósil y nuclear); pero cuando el conflicto pasa de enunciar la “problemática” a abordar la “resulótica”, lo que implica medidas concretas, delimitación de responsabilidades, afectación de intereses, inversiones económicas y cambios en las pautas de vida y consumo de sectores sociales concretos, la ausencia de políticas concretas hace que el consenso inicial se desvanezca, y el NIMBY (o SPAN) aparece en múltiples formas [6].

El movimiento ecologista se ha desarrollado, sobre todo, en países del Primer Mundo [7]. Cuando las políticas neoliberales impusieron sus cambios sociales, la adaptación de las ONG ecologistas se desarrolló en paralelo a la reducción y fragmentación de las clases trabajadoras (resultado de la externalización de la producción material), y al hundimiento del movimiento político y social articulado en torno a ellas; el movimiento ecologista se adaptó sin dificultades al individualismo, el discurso «post», el particularismo, la sustitución del análisis en clave conflicto por el análisis en clave «problema», el papel del “activismo virtual”, etc. [8].

Esta adaptación es común a la mayoría del «ONGismo», y no se puede separar de la codificación de una función paliativa que ha llevado a la creación del llamado Tercer Sector, en el que, sin embargo, las organizaciones ecologistas no acaban de conseguir reconocimiento institucional, precisamente por las características del conflicto que abordan, que no puede reducirse a la atención individual de casos desde la propia ONG [9].

Base social, conflictos y ecologismo banal

En el Primer Mundo existe una tolerancia de las élites hacia la contestación que provocan la devastación ambiental y las crecientes desigualdades sociales. En otras áreas geopolíticas del mundo, afectadas por el expolio masivo, la perturbación que provoca la actividad de personas afectadas/concienciadas por conflictos ambientales y sociales se resuelve con represión y violencia directa [10], pero en el Primer Mundo las cosas no son tan sencillas, como muestra una revisión de los tipos de conflictos ambientales y su vinculación con la base social afectada.

Tomemos el reconocimiento universal de la llamada “pobreza energética”, compartido tanto por las organizaciones del Tercer Sector como por cónclaves internacionales de representantes de los que mandan, como ejemplo; es un caso de manual del tratamiento paliativo de las desigualdades en sociedades del Primer Mundo. 

Se asume la existencia de un precariado sin relación con la situación laboral, cuya cantidad (y calidad) cambia en función de la variable del consumo que se aborda, como una realidad que está aquí para quedarse. La atención paliativa a una fracción de ese precariado, desde ONG del Tercer Sector que actúan de mediadoras con las empresas y las administraciones, se publicita como solución a una “pobreza energética” que goza de omnipresencia publicitaria [11].

Esto constituye una segunda aproximación a la vaciedad del concepto “gente”. No se actúa sobre “la gente”, sino sobre unos grupos sociales formados por precarios, que incluyen a gran parte de las personas paradas (unos 4,4 millones en 2016 sobre 22,8 millones de personas activas), y también a una parte de los 18,3 millones de personas consideradas ocupadas, habida cuenta que en dicha categoría estadística, “se consideran personas ocupadas o personas con empleo, a todas aquellas de 16 y más años que durante la semana de referencia han trabajado al menos una hora a cambio de una retribución (salario, jornal, beneficio empresarial) en dinero o en especie” [12].

Sobre estas desigualdades crecientes, en la que parte de la población con derechos ciudadanos subsiste en la marginación, se despliega un activismo ecologista dirigido a “todas las personas”. Pero eso no es así ni en el propio campo; para valorar el apoyo social de que el ecologismo dispone hay que analizar dos tipos básicos de conflicto ecológico y la forma en que participan en ellos las organizaciones ecologistas consolidadas, es decir, aquellas que están registradas legalmente, tienen personas asociadas y cotizantes, personas que trabajan en ellas de manera remunerada junto a otras que lo hacen de manera voluntaria, disponen de un mínimo de infraestructura logística (sede o local, proyección en la red, etc.), presencia en la sociedad, y relaciones formales con medios de información, instituciones políticas y culturales.

Los conflictos ambientales más numerosos, que son los menos visibles en los medios, afectan a impactos de tipo concreto y local; son impactos fácilmente perceptibles en la sociedad o el territorio afectado. Relacionados casi siempre con proyectos de infraestructuras sobre espacios no urbanizados, o actuaciones que alteran espacios considerados estables (proyectos de nuevo urbanismo o de remodelación, vías de transporte, explotaciones mineras o infraestructuras energéticas). 

Son conflictos que, si cristalizan, provocan una movilización amplia y directa, porque al ser fácilmente visibles su denuncia es fácilmente gestionable (explicable y asumible por la sociedad afectada en términos de sentimientos agredidos de pertenencia o identidad o de prioridad del afán de lucro a costa del entorno) y, además, como afectan a comunidades concretas, ofrecen múltiples vías de participación social creativa.

En estos conflictos, la cantidad y la heterogeneidad de personas afectadas/concienciadas/movilizadas determina la respuesta desde el poder (sea el de empresa/s implicada/s o el de la mediación política institucional): La respuesta va desde políticas persuasivas basadas en la imagen, para prevenir la cristalización del conflicto, hasta el fomento de la división en la comunidad afectada (contando con el papel activo de los medios de información); habitualmente se invoca el “desarrollo”, el “trabajo”, la “riqueza” o las “oportunidades” que supondrá la realización del proyecto previsto; y no hay que descartar la compra directa o cooptación desde el poder de personas claves en la movilización para neutralizarlas o, en el extremo opuesto, maniobras de presión y acoso sobre ellas.

El papel de las organizaciones ecologistas consolidadas en este tipo de conflictos es variable: dependiendo de si su ámbito es global, local o regional, pueden mantenerse al margen o asumir protagonismo; o dar apoyo al colectivo ciudadano que impulsa la movilización aportando logística, medios de difusión, asesoramiento técnico o legal; o desarrollar funciones de interlocutor con el poder empresarial o político implicado.

Será la forma en que se resuelva el conflicto la que determinará la relación entre las organizaciones ecologistas consolidadas (que se impliquen, o no) y la base social afectada, el resultado puede llevar a una situación de incremento o reducción, del prestigio, del número de personas asociadas, del peso político como referente, etc.; las variables, como es fácil de imaginar, son muchas, y no se pueden homogeneizar en términos de “gente”.

Pero es en los conflictos ambientales globales donde el papel paliativo de las organizaciones ecologistas consolidadas se revela clave para la gestión correcta por parte de los responsables. Los conflictos globales están provocados por impactos que no son directamente perceptibles, que afectan el aire, el agua, el suelo o el subsuelo; que implican energía y residuos, que afectan la biodiversidad a niveles regionales o planetarios, o a espacios remotos, a ecosistemas completos o a especies consideradas exóticas; que llegan a amplias capas sociales del Primer Mundo a través de los medios, porque su envergadura, lejanía e importancia, pese a no ser directamente visibles, les hace aparecer con frecuencia en los medios.

Esa presencia del conflicto en los medios provoca una necesidad de respuesta social en una parte de las personas informadas (y su complemento de resignación en otra parte). Para ese sector concienciado se pone en marcha la dinámica circular de las respuestas paliativas. La información sobre la gravedad del “problema” incentiva la necesidad de “hacer algo”, las organizaciones ecologistas consolidadas canalizan esa necesidad; una necesidad que, forzosamente, debe obtener un resultado positivo (parcial o total) para que el círculo que comienza con la información no concluya en frustración, lo que devaluaría el papel mediador de la organización implicada. En este proceso circular las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) juegan un papel clave.
Dos puntos más.
  • Los conflictos ambientales globales implican actividades productivo-destructivas a gran escala (de extracción de recursos y vertidos de residuos), implican grandes empresas o grupos financieros, grandes movimientos de capital, y la participación de gobiernos nacionales e instituciones internacionales, etc. Por su envergadura se trata de conflictos en los que es muy difícil incidir realmente, y en los que también es muy difícil comprobar si la incidencia (real o virtual) obtiene resultados. La complejidad y amplitud del conflicto dificulta la percepción de éxito o fracaso; todo es confuso.
  • Adquirir conciencia de un conflicto cuyas causas no son perceptibles directamente (dioxinas, nitratos, radiaciones ionizantes, partículas en el aire, emisiones de gases de efecto invernadero, vertidos masivos en áreas lejanas, expoliación o extinciones de especies, etc.), y cuyas consecuencias se producen en entornos alejados del lugar donde se generan las causas, requiere formación, curiosidad activa y conciencia de la utilidad de lo que se hace. La “gente” en este caso es un grupo social distinto, que vive en su mayoría en ciudades o urbanizaciones residenciales, con formación y tiempo disponible para que su conciencia se traduzca en actividad. Aquí entran en juego las TIC.
Las personas que éramos activistas en los años ochenta recordamos las campañas de tarjetas postales de Greenpeace; se enviaban a personas con poder político o a presidentes de empresas, con una petición concreta o genérica. 

Su eficacia oscilaba entre discutible y nula, pero mostraban una capacidad logística que reforzaba la sensación de que “se hacía algo”. Las TIC han generalizado las peticiones, ampliando su alcance, potenciado la difusión y reduciendo la logística al mínimo. 

Han supuesto el impulso definitivo al ecologismo banal y al activismo virtual, aquel que pasa del conflicto al problema, del objetivo definido al hacer algo. El que da prioridad al bienestar anímico de la persona que actúa sobre la eficacia de la actividad, lo que impone la necesidad de publicitar un cierto éxito por encima del conocimiento riguroso del estado del conflicto sobre el que se pide actuar.

Las TIC sustituyen la comunicación y la acción. Su campo es tan enorme como banal: se calcula que en los tres últimos meses de 2016, 29 millones de personas entre 16 y 74 años (un 84,6% de la población de España) han usado internet desde dispositivos móviles u ordenadores personales par diversos fines, desde la documentación al entretenimiento [13]. Una parte de ellas lo ha hecho para actuar.

Un primer nivel de activismo virtual lo ofrecen las plataformas de peticiones que combinan la oferta gratuita de difusión con la sugerencia de aportación económica para aumentar el alcance de la petición una vez iniciada. Change.org, declara en su página web que dispone de 226.376.565 personas actuando; otra de ellas, Avaaz (presentada como “el movimiento Avaaz”) dice disponer de 47.833.388 miembros en todo el mundo [14].

El activismo virtual es específico para cada una de las ONG más conocidas. En el campo de la ecología su carácter paliativo queda más en evidencia por varios motivos: el contraste entre los conflictos globales que se abordan, la concreción en la calidad y precisión de los destinatarios de la petición, la definición de objetivos y, sobre todo, por la ausencia de verificación de los resultados que se ofrecen.

Así, “Salva la Selva”, la única página de peticiones de contenido específicamente medioambiental, presentaba 64 peticiones de acción en su web mediante el envío de cartas dirigidas a políticos locales o a la Unión Europea sobre conflictos ambientales que se desarrollan en América Latina, África y Asia. El tema de varias peticiones se repite: once estaban relacionadas con el aceite de palma; de otra parte, el apoyo para cada petición oscilaba entre más de 290.000 y menos de 15.000 envíos. 

La web de “Salva la Selva” detalla dieciocho éxitos, que van desde el abandono de planes de urbanización de espacios naturales (que pueden responder a múltiples factores, especialmente económicos) a la corrección de una información falsa sobre animales en un canal de entretenimiento de la TV de pago, pasando por diversas sentencias judiciales.

 Muchas de la peticiones recogidas en “Salva la Selva” corresponden a iniciativas locales de organizaciones de defensa indígena a las que la web ofrece cobertura. En algunos casos, “Salva la Selva” reconoce que el éxito obtenido no puede valorarse con precisión.

Pero son las organizaciones ecologistas consolidadas a nivel estatal las que ofrecen una mejor perspectiva sobre el valor del activismo virtual. En el caso de Greenpeace, su web ofrece diez peticiones, seis de ellas se refieren a conflictos que se desarrollan en espacios remotos (desde Indonesia a los bosques boreales o el Ártico y el Antártico), siete tienen destinatarios genéricos (desde “los supermercados” a “los gobiernos” pasando por grupos de empresas) y tres interpelan directamente a interlocutores concretos, con poder de tomar decisiones verificables.

La página de victorias de Greenpeace es muy definitoria de las características y resultados que ofrece el activismo virtual. Organizada por años de existencia de la organización se remonta a 1972, a la acción que le dio origen; lo significativo es que en 2017 (siete victorias reflejadas en la web) Greenpeace considera victorias propias el cierre de las térmicas de carbón de Iberdrola (una decisión empresarial vinculada a sus políticas de expansión internacional), el cierre de la central nuclear de Garoña (fruto de un desacuerdo entre Enel-Endesa e Iberdrola), o un acuerdo internacional histórico para proteger el Ártico de la pesca industrial firmado por nueve países de la UE.

 Es importante señalar que Greenpeace consigna como victorias tres compromisos voluntarios de grandes empresas que no tienen concreción definida.

En el caso de Ecologistas en Acción también existe una página de ciberacciones que finaliza el 2 de abril de 2018 y se remonta a junio de 2007. En ella figuran más de 120 ciberacciones, que en determinados casos se clasifican como finalizadas. La web incluye peticiones de microfinanciación para proyectos, y réplicas de peticiones presentadas en plataformas como Change.org u otras ONG ecologistas.

 En 2017 aparecen 22 ciberacciones que incluyen reivindicaciones vecinales, locales, regionales, peticiones de microfinanciación para actividades de la propia ONG, recogidas de firmas genéricas y dos con peticiones a nivel de la Unión Europea. Fuera de considerar finalizadas determinadas ciberacciones, Ecologistas en Acción no se adjudica victorias en sus actividades, ni reivindica en exclusiva su participación en el cierre de Garoña [15].

Como muestra de lo que es el activismo virtual conviene detenerse en el análisis de la campaña de protección de las abejas frente a los productos químicos que están provocando su exterminio. La gravedad e implicaciones de este conflicto lo convierte en uno de los más importantes de este inicio de siglo. 

Tanto Greenpeace como Salva la Selva reivindican una victoria (?) que se limita a prohibir el uso de cuatro productos químicos, y sólo en el ámbito de la Unión Europea, y en la que se reconoce que aún existen multitud de insecticidas tan peligrosos como los prohibidos incluso, al nivel regional europeo en que se ha obtenido la supuesta victoria.

Pero el conflicto de las abejas ni se limita a la Unión Europea, ni se circunscribe a unos cuantos insecticidas. Se trata de un conflicto mundial de extrema gravedad, que combina todas las amenazas que el ecologismo comenzó a denunciar en 1963, cuando Rachel Carson publicó Primavera silenciosa, y algunas nuevas y más graves fruto de la codicia neoliberal [16].

El tratamiento del conflicto de las abejas pone en evidencia la falacia paliativa que supone el activismo virtual.

Bueno, pero ¿qué hay que hacer?

Formular el diagnostico acertado es el primer paso para afrontar el conflicto. El grito de desesperación contenido en el fragmento de texto de Yayo Herrero que encabeza este artículo es algo compartido por muchas de las personas que participamos en el activismo ecologista. 

Lo que no está compartido es el camino común para actuar, y aquí, más allá del inventario de medidas (tan necesarias como casi imposibles) que la propia Yayo Herrero desgrana en su artículo, es necesario un debate sobre criterios éticos del activismo, sin que ello suponga detener la actividad y ponerse a debatir. Planteo ocho puntos, podrían ser catorce o veinte. Lo importante es empezar. El orden de exposición no indica prioridad.
  • Superar al máximo el doble lenguaje. Mantener el respeto y escuchar a quién se expresa es la premisa básica de cualquier debate. No cerrar un debate hasta haber agotado toda la exposición de razones y valorado sus causas, aunque el proceso pueda llevar tiempo.
  • Asumir el carácter político del activismo ecologista. Superar el discurso sobre “la gente” y el “todos somos responsables”. Denunciar con la mayor concreción posible y señalando a los verdaderos responsables. Superar la adicción compulsiva de aparecer en los medios y buscar la vinculación y el diálogo con los sectores sociales concretos afectados por los conflictos.
  • No presentar como soluciones lo que son compromisos. Llamar a los compromisos por su nombre y explicar las limitaciones por las que puede ser necesario aceptarlos o asumirlos, pero no adjudicarles un valor de solución que no tienen.
  • Diferenciar entre lucha y protesta, explicando lo que se juega en la primera (el precio del fracaso) y las limitaciones de la segunda (pura expresión de enojo sin mayores consecuencias).
  • No renunciar a denunciar los conflictos ocultándolos como problemas. No afrontar un conflicto sin explicar claramente el/los/la/las responsable/es del mismo y sus implicaciones.
  • Interrogarse siempre sobre la presencia de las zonas de confort que nos ofrecen los que mandan y los que gobiernan en su nombre, las implicaciones que tiene mantenerse en ellas y el precio que se pagará por salir de ellas.
  • Superar el individualismo (el activismo virtual es una de sus fórmulas, pero hay más) buscar el contacto presencial y el debate personal más allá de las pantallas de ordenador.
Tener paciencia, la realidad es que en la lucha ecologista hoy por hoy casi todo está perdido, así que ¿qué podemos perder si cambiamos de forma de actuar? (...)"                (Miguel Muñiz, Mientras Tanto, 30/06/18)